El Diablo Me Dio Una Última Oportunidad: Trato De Medianoche - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Ignacio Vargas. Durante varios años trabajé como guardia nocturno y el turno que más recuerdo fue en una planta cerrada que antes usaban para almacenar carne. Estaba fuera de la ciudad, lejos de las casas. TenÃa una caseta y varios galpones sin uso. Mi trabajo era recibir las llaves, cerrar, hacer rondas y anotar cualquier movimiento. Esa noche llegué a la hora de siempre. El guardia anterior me entregó la linterna el radio y el cuaderno de registro. Me informó que el turno habÃa estado tranquilo, aunque habÃa oÃdo golpes cerca del área de carga, pero no le dio importancia.
0:45 Firmó su salida y se fue. Yo cerré el portón, dejé mi mochila en la caseta y empecé la ronda. HabÃa luz en la caseta y en algunos pasillos. El resto quedaba oscuro porque la empresa mantenÃa solo lo necesario. Caminé por el patio, pasé frente a las oficinas y llegué al área de carga. Las puertas estaban cerradas, los candados puestos y no habÃa vehÃculos dentro. Anoté la ronda y regresé por el mismo camino. Antes de llegar a la caseta, escuché un golpe detrás de mÃ. Fue un golpe de mano contra metal. Me detuve, alumbré los galpones y esperé. No vi movimiento, asà que seguà caminando y el golpe se repitió cerca del portón trasero. levanté la linterna tomé las llaves y fui hacia allá en el portón trasero habÃa un hombre parado del lado de adentro vestÃa ropa oscura y estaba descalzo no traÃa mochila herramienta ni arma visible tenÃa las manos sueltas junto al cuerpo y me miraba de frente le pedà que se identificara y le recordé que ese terreno era privado me respondió que sabÃa dónde estaba y que venÃa por un asunto que no era conmigo Le ordené que saliera del terreno, pero él no se movió y dijo mi nombre completo, después el nombre de mi esposa y el de mi hija.
2:10 También mencionó la deuda del banco y el tratamiento médico que pagábamos con retrasos. Esos datos no estaban en el cuaderno ni en la caseta, y yo no los hablaba en el trabajo. Al escucharlos, bajé la linterna y sentà la garganta cerrada. Le pregunté quién era. Me respondió que esa pregunta ya tenÃa respuesta, pero que podÃa llamarlo Diablo para entender mejor lo que pasaba. No levantó la voz, no se acercó, no hizo gestos para asustarme. Se quedó junto al portón con una calma que me obligaba a escuchar cada palabra. Retrocedà un paso y pensé en volver a la caseta, cerrar la puerta y llamar al supervisor.
2:52 Ãl me advirtió que podÃa hacerlo, pero que la llamada no cambiarÃa la conversación. Me explicó que habÃa entrado por otro hombre, uno que faltó a una promesa, y que yo habÃa quedado metido por verlo esa noche. Luego me ofreció un trato, aprovechando que conocÃa mi necesidad. El trato fue claro. Yo debÃa abrir el portón trasero antes de terminar el turno, dejar entrar un camión y escribir en el registro que no habÃa pasado nada. No debÃa preguntar qué traÃa el camión ni quién lo mandaba. A cambio, mi deuda quedarÃa pagada, mi hija tendrÃa cubierto el tratamiento y mi esposa dejarÃa de pedir dinero prestado. Me aseguró que no tendrÃa que firmar nada fuera del cuaderno, ni hablar con nadie, ni volver a verlo si cumplÃa. Le respondà que no aceptaba. Mi voz salió baja, pero firme.
3:46 Miró las llaves y me pidió pensar mejor. Recordó que yo abrÃa y cerraba ese portón todas las noches, que firmaba el registro y que más de una vez habÃa escrito que todo estaba en orden, aunque hubiera fallas pequeñas. Eso era cierto. En ese trabajo uno callaba cosas para no meterse en problemas, pero abrirle la entrada a un camión desconocido no era una falla menor, era una decisión. Le dije que no iba a abrir y él contestó que mi miedo todavÃa hablaba por mÃ. y que podÃa aceptar por voluntad antes de que la necesidad me empujara. También me dijo que no necesitaba tocarme para hacerme daño.
4:29 Según él, la primera consecuencia ya estaba hecha, porque verlo en un asunto ajeno me habÃa dejado dentro de ese asunto. Después agregó que podÃa buscarme donde yo estuviera, repetir el trato y esperar hasta que yo aceptara, o hasta que perdiera lo que intentaba proteger. No le contesté. Caminé hacia la caseta sin darle la espalda por completo. Ãl se quedó junto al portón. Entré, cerré con seguro y llamé al supervisor. Le informé que habÃa un hombre dentro del terreno y que necesitaba apoyo. Mi supervisor hizo preguntas rápidas, pero al final solo me ordenó encerrarme y esperar. Mientras hablaba, el hombre apareció frente a la ventana de la caseta, pero no escuché pasos. La puerta seguÃa cerrada, la ventana también.
5:20 Estaba afuera mirándome. Mi supervisor seguÃa hablando, molesto, y decÃa que no podÃa mandar a nadie. Dejé el teléfono sobre la mesa. El hombre señaló las llaves y repitió que todavÃa podÃa abrir. Agregó que el camión llegarÃa antes del amanecer y que una firma bastaba. Me senté, pensé en mi hija, en las medicinas y en Juana contando billetes en la mesa de la casa. La oferta no era un lujo, era alivio. Tomar las llaves, abrir el portón y escribir una mentira era fácil. Lo difÃcil venÃa después porque, si aceptaba, ya no podrÃa decir que no sabÃa. Le dije que no iba a abrir, pero permaneció quieto. Luego avisó que esa era mi primera respuesta, no la última.
6:11 Después caminó hacia el patio y lo perdà entre los galpones. Me quedé en la caseta hasta que aclaró. No hice más rondas y cuando llegó el supervisor le entregué las llaves y le dije que renunciaba. Ãl se enojó, me pidió un reporte normal y trató de convencerme de que no complicara las cosas. Yo escribà que habÃa visto a un hombre dentro del terreno, que me pidió abrir el portón y que me negué. Guardé mis cosas y salà de la planta. Llegué a mi casa con la ropa del turno puesta. Juana estaba despierta. porque yo le habÃa llamado antes de salir de la planta y le pedà que no abriera la puerta. Entré, cerré con llave, puse el seguro y me quedé junto a la entrada, escuchando la calle. Ella me preguntó qué habÃa pasado. Me senté en la mesa y se lo conté en orden, sin quitar partes y sin acomodar las palabras para hacerlo menos grave.
7:08 Juana no me interrumpió y cuando terminé me preguntó si ese hombre habÃa dicho el nombre de nuestra hija. Le respondà que sÃ, y también le confirmé que habló de la deuda y del tratamiento. Ella bajó la mirada, respiró despacio y me pidió que no volviera a esa planta. Le dije que ya habÃa entregado las llaves y que no pensaba regresar. Quiso creerme, pero se le notó el miedo. Esa mañana, Juana mantuvo la rutina de la niña para no asustarla. aunque me dijo que seguir actuando normal era un error. Yo pasé el dÃa buscando trabajo, pero nadie tenÃa nada fijo. Por la tarde, mi supervisor me llamó.
7:50 Dijo que yo habÃa abandonado el puesto, que mi reporte podÃa traer problemas y que debÃa volver. Le respondà que no iba a regresar y colgué. Esa noche cenamos temprano. Nuestra hija preguntó si yo iba a trabajar. Juana le dijo que esa semana iba a descansar. Después de acostarla, nos quedamos en la sala. Juana me pidió que nos fuéramos unos dÃas con su hermana. Acepté, pero le dije que saldrÃamos al amanecer. Esa decisión nos dejó dentro de la casa cuando él volvió. Tocaron la puerta después de medianoche. Fueron tres golpes, separados y claros. Juana me miró y yo le hice una seña para que no hablara. Caminé hasta la entrada y pregunté quién era, y del otro lado el hombre dijo que venÃa a repetir el trato.
8:40 La voz era la misma de la planta. Juana fue al cuarto de nuestra hija. Yo me quedé junto a la entrada, con la mano sobre el seguro. El hombre dijo que no venÃa por ellas, pero que ellas estaban en riesgo, porque yo las mantenÃa cerca. Dijo que podÃa evitarles miedo si salÃa y hablaba con él. Le respondà que no iba a salir. Y entonces dijo que hablarÃa desde ahÃ. Repitió las condiciones sin cambiar lo importante. Yo debÃa volver a la planta, recuperar las llaves, abrir el portón trasero, dejar entrar el camión y escribir que no habÃa visto nada. A cambio, la deuda quedarÃa pagada y mi hija tendrÃa tratamiento. También dijo que mi supervisor volverÃa a llamarme con una oferta de una noche más, pago doble y salida limpia. Eso me dejó frÃo, porque convertÃa su amenaza en una llamada común. Le dije que no aceptaba, pero me respondió que mi respuesta estaba débil, porque yo seguÃa pensando en el dinero. No pude negarlo. Mientras lo escuchaba, calculé lo que debÃamos, lo que costaban las medicinas y lo poco que podÃa resistir sin empleo. Juana volvió del cuarto y dijo en voz baja que la niña seguÃa dormida.
9:59 El hombre la oyó y le dijo que ella también podÃa pedirme que aceptara, que una madre tenÃa derecho a exigir una salida cuando su hija necesitaba atención. Juana se acercó a la puerta y le ordenó que se fuera. No gritó, pero le habló firme. Le dijo que una ayuda pagada con una mentira no era ayuda. El hombre guardó silencio. Luego le advirtió que iba a culparme cuando faltara dinero. cuando el tratamiento se atrasara y cuando nuestra hija preguntara por qué no podÃamos pagar. Juana empezó a llorar, pero no se apartó de mÃ. Yo abrà la boca para insultarlo y me detuve. Le dije que mi respuesta seguÃa siendo no. Ãl contestó que esa era la segunda negativa y que tenÃa más peso porque Juana la habÃa escuchado.
10:51 Después oà sus pasos alejarse. No abrimos hasta que hubo luz. Frente a la entrada habÃa marcas de pies sucios. Juana las vio y eso bastó para cambiar todo. Ya no era solo mi palabra, pues ella habÃa escuchado la voz, habÃa visto las marcas y sabÃa que el hombre podÃa encontrarnos. Nos fuimos ese mismo dÃa a casa de su hermana. Llevamos ropa, documentos y medicinas. Dijimos que yo habÃa tenido un problema grave en el trabajo y que necesitábamos quedarnos unos dÃas. Mi cuñada aceptó. Y yo pasé la tarde cerca de la puerta, atento a los pasos del diablo. Al dÃa siguiente, mi supervisor llamó, tal como el diablo habÃa anunciado. Me ofreció cubrir una noche más, con pago doble.
11:40 Dijo que faltaba personal y que podÃan arreglar mi salida. Le pregunté si las llaves estarÃan en la caseta, pero se quedó callado y luego respondió que sÃ. Colgué. Juana estaba frente a mà y entendió. Me pidió que no fuera y le dije que no irÃa. Ella me creyó, pero esa llamada nos dejó peor. El trato ya no estaba solo en la voz del hombre, estaba entrando por las rutas normales de mi vida. Una semana después encontré un sobre debajo de la puerta. No tenÃa nombre, y adentro venÃa una copia de mi deuda y una hoja escrita a mano. DecÃa que el trato seguÃa igual y que el camión seguÃa esperando. Juana leyó la hoja, se sentó y me dijo que ella y la niña tenÃan que irse a otro lugar. No lo dijo para castigarme, lo dijo porque la niña no podÃa vivir esperando golpes en la puerta. No discutÃ, pues querÃa pedirle que se quedara, pero no tenÃa cómo protegerla. Esa tarde las acompañé a la terminal. Mi hija me abrazó y me preguntó cuándo iba a alcanzar. Dije que pronto, y Juana me pidió que no le preguntara la dirección y que no intentara seguirlas. Acepté.
12:56 Cuando el autobús salió, me quedé sin lugar al cual volver. El diablo no tuvo que tocarme. Ya me habÃa sacado del trabajo, de mi casa y de mi familia, y el portón seguÃa cerrado. Conseguà un cuarto, lo pagaba por semana y no preguntaban demasiado. Dejé mis cosas en una bolsa, dormà vestido y busqué trabajo donde pude. Por las tardes llamaba a Juana desde teléfonos prestados. Ella me contaba poco, la niña seguÃa en tratamiento, y cada llamada terminaba con una cuenta pendiente. El hombre volvió una madrugada cuando yo estaba despierto. HabÃa puesto una silla contra la puerta, no porque eso fuera defensa, sino porque necesitaba escuchar si alguien empujaba.
13:41 Oà los tres golpes, pero no pregunté quién era. Me levanté despacio. Dejé la mano sobre el respaldo de la silla y esperé. Ãl habló desde el pasillo y traÃa la misma propuesta, sin cambios. El portón trasero, el camión, el registro limpio y el pago. Le dije que yo ya no trabajaba en la planta, pero me respondió que eso podÃa arreglarse. Y me avisó que al dÃa siguiente recibirÃa una llamada para cubrir un turno de vigilancia en la misma zona. Dijo que no tendrÃa que buscar nada, solo aceptar. Le dije que no otra vez y él respondió que yo usaba la palabra resistir para tapar una pérdida.
14:24 Me preguntó qué defendÃa todavÃa, si Juana estaba lejos, la niña enferma, la casa vacÃa y mi trabajo perdido. No tuve una frase buena para contestar. Yo seguÃa negándome, pero cada negativa dejaba algo roto. No empujó la puerta. No me pidió entrar. Solo dijo que volverÃa cuando mi cansancio pesara más que mi orgullo. Luego se fue por el pasillo. Después quité la silla, abrà apenas y vi marcas de pies sucios frente a la entrada. Al dÃa siguiente llegó la llamada anunciada. Una empresa de seguridad necesitaba personal urgente. El pago era alto y la zona era la de la planta. Colgué antes de escuchar el resto. Apagué el teléfono y lo tiré lejos del mercado. Con eso corté una ruta del trato, pero también corté trabajos. Pasé dos dÃas buscando empleo a pie. Dormà poco, comà mal y gasté lo último en una tarjeta para llamar a Juana.
15:23 Cuando contestó, me dijo que un hombre habÃa preguntado por mà en casa de su tÃa. No entró, no gritó, solo dijo mi nombre y se fue. Le pedà que se cambiara de lugar. Ella respondió que ya no sabÃa cuántas veces podÃa mover a una niña enferma. Me preguntó si yo habÃa aceptado algo, pero le dije que no. Ella respiró hondo y me pidió que siguiera asÃ. Durante varios dÃas no lo vi, pero eso no me dio calma. TenÃa golpes en puertas, testigos asustados y una oferta que yo rechazaba una y otra vez. Pero también tenÃa hambre, deudas y una familia escondida. Una tarde fui cerca de la planta. No fui para aceptar, fui a mirar el portón, a confirmar que seguÃa cerrado, a saber si el camión existÃa.
16:13 Me quedé al otro lado de la calle, pero no vi vehÃculos ni gente y el portón trasero seguÃa cerrado. Estaba por irme cuando escuché su voz detrás de mÃ. El hombre estaba en la banqueta a pocos pasos y vestÃa igual que la primera noche. Me dijo que volver al lugar también era una forma de acercarme al trato. Y le respondà que solo habÃa ido a mirar. Me dijo que mirar fue lo que me metió en esto. Después aclaró lo que buscaba de mÃ. El camión podÃa entrar sin mi ayuda, pero mi firma le daba cobertura. Si yo escribÃa que no vi nada, lo que entrara quedaba sostenido por mi mentira. Le pregunté qué habÃa en el camión. Me respondió que esa información tenÃa precio. Le pregunté qué pasarÃa si nunca aceptaba. Dijo que volverÃa porque mi negativa no cerraba el trato, solo lo aplazaba. Y también dijo que cada visita iba a encontrarme con menos fuerza, menos dinero y menos gente cerca. Me fui sin responder y esa noche no volvà al cuarto. Dormà sentado detrás de un puesto del mercado. Al amanecer el dueño del cuarto me pidió que sacara mis cosas. Un hombre habÃa pasado a preguntar por mà y él no querÃa problemas, asà que pagué lo que debÃa y me fui. Desde entonces he cambiado varias veces de lugar. A veces duermo en cuartos baratos, a veces cuido bodegas para que me dejen quedarme. Trabajo por dÃa y mando dinero cuando puedo.
17:47 Juana ya no me dice dónde está. Fue acuerdo de los dos, pues si no sé la dirección no puedo entregarla por cansancio, miedo o presión. Anoche el hombre volvió. Yo estaba en un cuarto prestado detrás de una tienda, escribiendo estos hechos en un cuaderno. Escuché los tres golpes, dejé la pluma sobre la mesa y esperé. Dijo mi nombre y luego repitió la oferta. El portón, el camión, la firma y el pago prometido. Le respondà que ya no tenÃa una vida normal para recuperar. Ãl dijo que por eso el trato era mejor ahora, porque antes podÃa perder algo y ahora podÃa recibir casi todo. Me quedé sentado con la mano sobre el cuaderno. Pensé en Juana, en mi hija, en las medicinas y en el portón de la planta. Pensé en lo fácil que serÃa firmar una noche y en lo imposible que serÃa vivir después con esa firma. Me acerqué a la puerta y le dije que mi respuesta seguÃa siendo no. Ãl guardó silencio.
18:51 Luego dijo que volverÃa, porque yo todavÃa hablaba con fuerzas prestadas, y sus pasos se alejaron por el pasillo. No abrà hasta que hubo luz. Frente a la puerta habÃa marcas de pies sucios. El dueño de la tienda las vio y me pidió que me fuera antes de la tarde. No escuchó explicaciones. Ahora estoy en otro cuarto con la bolsa lista. Juana llamó hace rato. Nuestra hija necesita pagar el tratamiento esta semana. Le dije que conseguirÃa el dinero, pero no sé cómo. El diablo va a volver con el mismo trato y con más paciencia que yo. Le basta esperar a que el hambre, el sueño o la culpa me bajen la voz. Yo sigo diciendo que no, pero cada vez lo digo con menos vida. Y el trato cada vez me parece la mejor idea. Esto me lo contó mi abuelo, una noche en que yo decidà entrar a trabajar a la mina. En mi casa faltaba dinero, y yo traÃa la idea de que cualquier sacrificio servÃa, si al final uno podÃa salir de pobre. Mi abuelo dejó la taza sobre la mesa y me pidió que me quedara despierto. No habló para entretenerme, habló porque conocÃa la mina y hombres que aceptaban tratos, de los que luego no podÃan zafarse. Ãl habÃa trabajado en tiros de San Luis PotosÃ, habÃa visto galerÃas cerradas por derrumbe, cuadrillas
20:25 perdidas y familias esperando a muertos que nunca salieron completos. Por eso me habló de Evaristo Luna. Me dijo que vivió cerca de Real de Catorce, que fue minero desde joven y que muchos en el pueblo supieron su historia. Evaristo tenÃa esposa, tres hijos y deudas por todos lados. VivÃan rentando. ComÃan poco y casi todo el jornal se iba antes de llegar a la casa. DebÃa en la tienda, en la cantina y en semanas de comida. Tomasa, su mujer, vendÃa pan cuando podÃa, pero apenas alcanzaba. En esos dÃas Evaristo ya no dormÃa bien. VolvÃa de la mina con las manos lastimadas. Se sentaba afuera y pasaba largo rato sin contestar. El golpe más duro llegó cuando perdió turnos.
21:16 Sin turnos no habÃa paga y sin paga no habÃa crédito. El tendero le cerró la cuenta delante de otros hombres y esa humillación le pesó más que la deuda. Esa noche Tomasa le puso enfrente la olla vacÃa y le preguntó qué pensaba hacer. Evaristo se quedó mirando el suelo, después salió al patio y fumó el último tabaco que le quedaba. En el cerro habÃa un socavón abandonado, al que le decÃan la Valenciana Chica. Era una entrada vieja, cerrada por accidentes y por miedo. Los mineros evitaban pasar por ahà cuando oscurecÃa. Se decÃa que abajo se oÃan pasos, que las lámparas perdÃan fuerza, y que en una galerÃa del fondo alguien recibÃa aguardiente y tabaco. Unos lo llamaban el dueño del cerro, otros el charro negro, y los más viejos le decÃan el diablo. Evaristo conocÃa esas historias.
22:13 Se habÃa burlado de ellas muchas veces, hasta que la pobreza le quitó la risa. Al dÃa siguiente de la pelea con Tomasa, vendió lo poco que todavÃa podÃa vender. Compró aguardiente, tabaco y un gallo negro. Guardó todo en un costal y esperó a que la casa quedara en silencio. Tomasa lo vio prepararse y le preguntó a dónde iba. Evaristo respondió que iba al cerro a buscar una beta. Ella le pidió que no se metiera en asuntos de mina vieja. Ãl contestó que esa noche no iba por eso. Salió solo. Mi abuelo no lo vio bajar, pero escuchó después la confesión de Evaristo. Ãl contó solo partes. Dijo que quitó piedras de la entrada, bajó con su lámpara y caminó hasta una galerÃa donde el aire estaba pesado.
23:03 Puso el aguardiente y el tabaco en el suelo, mató al gallo y esperó con la mano manchada de sangre. Después oyó espuelas debajo de la tierra. El hombre se presentó frente a él, vestÃa de charro, llevaba sombrero bajo y no necesitaba lámpara. Evaristo contó que no le vio bien la cara, pero supo con quién hablaba desde la primera palabra. El hombre preguntó qué buscaba, y Evaristo le pidió dinero, trabajo seguro y respeto. El hombre pidió pago. Evaristo ofreció lo que tuviera que entregar cuando llegara el plazo. Entonces el hombre le ordenó poner la mano sobre la sangre y repetir la promesa sin apartar la vista. Evaristo obedeció.
23:50 El hombre tomó el aguardiente, tomó el tabaco y señaló una pared de la galerÃa. Ahà debÃa picar al dÃa siguiente. También recibió una advertencia clara. No le debÃa contar el trato a Tomasa, ni a sus hijos, ni al cura. Evaristo preguntó cuánto tiempo tendrÃa. El hombre cerró el trato con una frase que mi abuelo recordaba palabra por palabra. El que pide bajo tierra no escoge la fecha de cobro. Evaristo regresó antes de que saliera el sol. Tomasa estaba despierta. Lo vio entrar con lodo en la ropa, sangre seca en una manga y olor a aguardiente. Preguntó qué habÃa hecho y Evaristo le respondió que habÃa encontrado la salida.
24:36 Ella quiso saber si venÃa borracho. Lo negó con la cabeza, se acostó vestido y ya no habló más. Al otro dÃa buscó a dos compañeros y los llevó al socavón. Les habló de una señal de mineral. Les prometió partes y guardaban silencio y los puso a picar justo donde le habÃan indicado. Sacaron piedra buena. La noticia llegó pronto a los dueños de la mina y la entrada volvió a abrirse. Evaristo empezó a recibir mejor paga. y desde entonces cada decisión suya daba resultado. Tocaba una pared, ordenaba picar y el mineral salÃa. Los otros hombres lo miraban con respeto, pero ya no se arrimaban demasiado. En pocos meses pagó sus deudas, compró una casa y puso comida diaria en la mesa. Tomasa dejó de vender pan. Evaristo empezó a prestar dinero a los mismos que antes lo habÃan humillado. Cuando alguien preguntaba de dónde habÃa salido tanta suerte, él respondÃa que la mina por fin le estaba pagando.
25:39 Tomasa fue la primera en notar el precio. Evaristo dejó de rezar antes de dormir, guardaba tabaco en un baúl cerrado y cada noche dejaba una copa de aguardiente sobre la mesa. Por la mañana la copa amanecÃa vacÃa. También salÃa solo hacia el cerro con una botella bajo el brazo. Cuando Tomasa preguntaba a quién iba a ver, él respondÃa que a nadie. Una noche, ella lo oyó hablar dentro del cuarto. Evaristo decÃa que todavÃa faltaba tiempo. Tomasa abrió la puerta y encontró el cuarto vacÃo, aunque el olor a tabaco recién encendido seguÃa en el aire. Desde entonces, el pueblo empezó a mirarlo de otra manera. Algunos hablaban de suerte, otros de trato. Mi abuelo recordaba una cosa precisa.
26:29 Cuando Evaristo cruzaba la calle, la gente evitaba pisarle la sombra. La riqueza de Evaristo creció rápido, pero en su casa no entró la calma. Recuerdo a mi abuelo hablando de esa parte, porque el dinero no llegó solo, llegó con silencio. Tomasa quiso creer al principio que todo venÃa del trabajo y de la beta nueva. Aceptó la comida, la ropa para los niños y la casa nueva, pero empezó a guardar cosas que no cuadraban. Evaristo comÃa poco, dormÃa menos y pasaba ratos sentado en el patio. No miraba a la familia cuando le hablaban. Miraba hacia la puerta o hacia el cerro. En la mesa dejaba una copa de aguardiente servida, siempre en el mismo lugar, y nadie podÃa tocarla.
27:15 Por la mañana la copa amanecÃa vacÃa. Los hijos empezaron a apartarse. Julián dejó de acompañarlo a la mina. Refugio evitaba quedarse sola en la sala. y Mateo se pegaba a Tomasa cuando su padre entraba. Evaristo no necesitaba alzar la mano para imponer miedo, bastaba con que abriera la puerta y se quedara callado. La primera señal que vio el pueblo ocurrió al salir de misa. Evaristo estaba cerca de la plaza, hablando de una deuda con un hombre del comercio. La luz le daba de lado y la sombra cayó sobre el suelo. Varias personas la vieron. Era más alta que él y llevaba sombrero, aunque Evaristo no traÃa nada en la cabeza. Nadie lo enfrentó, nadie preguntó, pero esa tarde el asunto pasó de casa en casa.
28:09 Mi abuelo también lo vio en la mina. Evaristo revisaba una pared con las manos ocupadas y su sombra levantó un brazo antes de que él se moviera. Cambiaron la lámpara de lugar y la sombra siguió igual. Mi abuelo se guardó el comentario, terminó su turno y desde entonces evitó quedarse a solas con él. Tomasa ya tenÃa sus propias pruebas. Una mañana encontró tierra negra junto a la cama, marcada por suelas de bota. Otra noche oyó espuelas en el corredor con la puerta de la calle cerrada. También vio la sombra de Evaristo separada del cuerpo. Ãl estaba sentado junto a la mesa con las manos en las rodillas y la sombra seguÃa de pie en la pared.
28:54 Tomasa buscó al cura y le habló del aguardiente, del tabaco bajo llave, de las salidas al socavón y de esa sombra que no obedecÃa al cuerpo. El cura entró solo a la casa y salió poco después. No aceptó agua ni comida. Tampoco volvió a recibir dinero de Evaristo para la iglesia. Evaristo se enfrentó a Tomasa esa misma semana. Cerró la puerta de la sala y le ordenó no volver a hablar de la casa con nadie. Ella le recordó que los niños tenÃan miedo, que por las noches se oÃan voces y que él bajaba al socavón aunque ya no necesitaba trabajar ahÃ. Evaristo miró hacia el patio y soltó una frase que Tomasa no olvidó. No estoy solo.
29:42 Desde entonces la enfermedad se le metió en el cuerpo, la tos le cortaba las madrugadas, las manos perdieron fuerza y la piel se llenó de manchas oscuras. Los mineros hablaban de polvo en los pulmones y los viejos hablaban de cobro y Evaristo no querÃa escuchar. SeguÃa yendo al socavón con aguardiente y tabaco, regresaba con la ropa húmeda, los ojos irritados y menos voz. Tomasa le preguntó una vez qué deuda le quedaba. si ya tenÃa casa, dinero y tierras. Evaristo respondió sin mirarla, la que no se paga con dinero. Después dejó de hablar de la mina frente a ella, pero sus salidas continuaron. Cada regreso dejaba olor a tabaco fresco y tierra húmeda. La familia se rompió lento. Julián se fue a trabajar lejos y no se despidió de su padre. Refugio pidió entrar con unas monjas y Mateo se fue con unos arrieros. Tomasa resistió más tiempo, porque querÃa sacar de esa casa algo de sus hijos. Una mañana juntó su ropa, tomó una imagen religiosa y salió. Evaristo le pidió que no lo dejara solo, pero Tomasa le contestó, solo te quedaste desde la noche en que bajaste con la ofrenda. Después vinieron los criados.
31:05 Evaristo pagaba bien, pero nadie duraba. Uno abandonó la casa después de ver un hombre con sombrero junto al cuarto. Otro se fue porque al servir la cena vio dos sombras en la pared. Aunque Evaristo estaba sentado solo, nadie reclamaba el dinero. Todos lo tomaban y se marchaban antes de acostumbrarse a los ruidos. En el pueblo dejaron de hablar de suerte y empezaron a hablar del plazo. Evaristo preguntaba por registros de bautizo, por viejos de la familia y por personas que hubieran conocido a su madre. OfrecÃa dinero por un dato. o su nombre completo. En el pueblo todos lo llamaban Evaristo Luna, pero él necesitaba el nombre entero, el que su madre dio en la pila.
31:53 Tomasa recibió un recado suyo después de mucho tiempo y aceptó verlo, pero no fue sola. Mi abuelo la acompañó con un hermano de ella. Lo encontraron sentado en la sala, flaco, con la cara hundida y las manos manchadas. La casa estaba grande y vacÃa, sin voces, sin comida y sin rastro de familia. Evaristo pidió que lo acompañaran al socavón. No querÃa que Tomasa bajara hasta el fondo, solo necesitaba que lo llamara por su nombre completo cuando él se lo pidiera. Tomasa le respondió que no lo sabÃa. Ãl insistió, juró que ella lo habÃa oÃdo, mencionó a su madre, al bautizo y al cura viejo. Tomasa lo negó con la cabeza. Borraste a tu familia y ahora quieres que tu familia te salve, le dijo. Evaristo lloró frente a ellos sin gritar. Tomasa también lloró, pero no cedió. Le prometió rezar por él y nada más. No iba a bajar a la mina, no iba a llamar a sus hijos, no iba a meterlos en un trato que él buscó solo.
32:59 Cuando salieron, mi abuelo miró al suelo y vio la sombra de Evaristo junto a la puerta, derecha, con sombrero. mientras Evaristo seguÃa sentado y con la cabeza descubierta. La noche en que Evaristo volvió al socavón, salió solo de su casa. Llevaba aguardiente, tabaco y lámpara. Dos vecinos lo vieron tomar el camino del cerro, y ambos contaron después que Evaristo caminaba despacio, con el cuerpo vencido, y su sombra iba por delante, aunque la luz quedaba a su espalda. Mi abuelo estaba en la hacienda cuando escuchó los primeros gritos. Al principio llegaron apagados entre el viento y los animales del corral. Luego se hicieron claros. Era la voz de Evaristo.
33:47 PedÃa que alguien bajara, pero no pedÃa que lo sacaran. Solo pedÃa que lo llamaran por su nombre completo. Nadie quiso moverse. Todos conocÃan lo que se decÃa de la valenciana chica. Mi abuelo tomó una lámpara, llamó a tres compañeros y salió hacia el cerro. Dejarlo gritar ahà abajo iba a traer más desgracia al pueblo. En la entrada encontraron las piedras movidas. HabÃa aguardiente derramado, tabaco regado y sangre seca sobre la tierra. Mi abuelo entendió que Evaristo habÃa llevado otra ofrenda. Nadie lo dijo en voz alta. y bajaron con las lámparas levantadas pisando despacio atentos al suelo y a las paredes el aire estaba caliente y olÃa a tierra húmeda más abajo escucharon a Evaristo con mayor claridad repetÃa llámame por mi nombre por el nombre entero la voz venÃa de la galerÃa del fondo y cuando llegaron lo encontraron de rodillas con las manos metidas en el suelo y la boca manchada de tierra La lámpara estaba tirada a un lado. Detrás de él estaba la sombra. Mi abuelo no olvidó esa parte. La sombra cubrÃa la pared, alta, derecha, con sombrero. Evaristo temblaba, pero la sombra permanecÃa firme. Uno de los hombres levantó la lámpara para verla mejor y en ese instante varias luces
35:17 se apagaron. Quedaron dos lámparas encendidas, débiles, y con eso bastó para ver a Evaristo llorando Mi abuelo le gritó, Evaristo Luna, pero Evaristo golpeó el suelo y respondió que faltaba. Otro hombre dijo, Evaristo de la Cruz, pero tampoco bastó. Evaristo pidió el nombre de bautizo, el que su madre habÃa dado en la iglesia. Dijo que sin ese nombre no podÃa sostenerse, y dijo que el cobro ya estaba encima. Uno propuso ir por Tomasa, Pero Evaristo le respondió que ella no lo sabÃa. Otro mencionó al cura. Evaristo bajó la cabeza y dijo que la puerta ya estaba cerrada y después quiso arrastrarse hacia ellos. Sus manos avanzaron, arañaron la tierra, pero su cuerpo quedó detenido. Mi abuelo vio cómo las uñas se le llenaban de lodo y cómo los brazos se le estiraban por el esfuerzo. Entonces apareció el charro negro al fondo de la galerÃa. Mi abuelo juraba que nadie lo vio entrar. Estaba ahÃ, quieto, con el sombrero bajo y las manos pegadas al cuerpo. La sombra de la pared cambió de tamaño cuando él llegó, y Evaristo dejó de gritar. Primero ofreció la casa, luego ofreció el dinero, las tierras y todo lo que habÃa ganado, pero el charro no respondió. Evaristo ofreció bajar a la mina todos los dÃas, llevar más aguardiente, más tabaco y
36:51 buscar a otros hombres para el trato. Mi abuelo recordaba esas palabras con vergüenza, porque Evaristo ya no pedÃa perdón, pedÃa plazo. El charro negro levantó la cabeza apenas y Evaristo se cubrió el rostro con las manos. Se escuchó un golpe debajo de la tierra. No cayó piedra, no se abrió la pared. Solo fue un golpe seco, hondo, y después un silencio que les apretó el pecho. Evaristo intentó decir su nombre completo. Alcanzó a decir Evaristo José Cruz Luna. Se golpeó el pecho porque le faltaba una parte, pero nadie pudo ayudarlo. La sombra se desprendió de la pared.
37:34 Mi abuelo decÃa esa frase y se quedaba callado. La sombra bajó sobre Evaristo. Le cubrió la espalda, los hombros y la cabeza. Los hombres retrocedieron. Uno soltó la lámpara, otro salió corriendo por la galerÃa y mi abuelo se quedó clavado donde estaba, con la luz temblando en la mano. Evaristo miró hacia ellos y ya no pidió dinero ni tiempo. Pidió una sola cosa. DÃganle a Tomasa que tenÃa razón. Después la sombra lo cubrió entero. Su cuerpo cayó hacia adelante y quedó quieto. No hubo sangre, ni derrumbe, ni pelea. Solo quedó el olor a tabaco encendido. Cuando las lámparas volvieron a arder con fuerza, el charro negro ya no estaba.
38:21 Evaristo seguÃa boca abajo con tierra dentro de la boca y las manos cerradas. Lo sacaron antes de que amaneciera y nadie discutió la causa. En el pueblo dijeron que la mina lo habÃa cobrado y con eso bastó. Lo enterraron con poca gente. Tomasa fue, pero se mantuvo lejos del ataúd y sus hijos no llegaron. Algunos hombres fueron por deuda, otros por miedo. Después revisaron la casa y encontraron monedas, papeles, botellas vacÃas y un baúl cerrado. Dentro estaba el nombre completo escrito en una hoja doblada. Evaristo José de la Cruz Luna Armenta. Tomasa lo leyó y dijo que ese era el nombre que su suegra habÃa usado una vez. Nada de lo que dejó arregló a la familia. Tomasa se fue del pueblo. Julián no volvió a vivir ahÃ. Refugio se quedó con las monjas, y Mateo regresó años después, preguntó por la tumba y se marchó antes de que oscureciera. La casa pasó por varias manos, pero nadie duró mucho. Los que entraban hablaban de olor a tabaco en los cuartos y de pasos en el corredor.
39:32 La valenciana chica quedó cerrada otra vez. Le pusieron piedras en la entrada y dejaron una cruz. Años después, algunos muchachos bajaron por reto, y encontraron marcas en el suelo, arrastradas hacia la pared del fondo. Otros apagaron sus lámparas y escucharon una voz vieja, repitiendo un nombre incompleto. Mi abuelo terminó la historia sin levantar la voz. Me dijo que no sabÃa si aquel charro era el diablo o el dueño antiguo de la mina. Después me miró fijo y me dijo, la pobreza puede empujar a un hombre hasta la boca del cerro, pero nadie debe entrar ahà cargando una ofrenda. y menos aceptar un trato con el charro negro. Mi nombre es MarÃa, y quiero contar una historia que me ocurrió en el año 2006. No me faltaba mucho para terminar mi carrera de enfermerÃa, y en una ocasión, cuando nos llevaron a los hospitales para las prácticas, conocà a Doña Rosa. Era un hospital público, y en el momento en el que entramos nos dimos cuenta de que esa señora era un poco rara. Tal vez no del todo rara, pero sà tenÃa una cantidad casi ridÃcula de rosarios enrollados en cada lugar posible de la habitación en la que se encontraba. TraÃa algunos enrollados entre sus manos y habÃa muchos crucifijos. Uno pensarÃa que llevaba ahà ya
41:06 muchos dÃas, pero nos dijeron que habÃa sido ingresada el dÃa anterior. Eso sin mencionar que entablar una conversación con ella significaba que al final de cada respuesta escucharÃas un con el favor de Dios o si Dios asà lo quiere. Ella era exageradamente religiosa, muy amable y paciente con nosotros, los enfermeros que recién estábamos comenzando. Se podrÃa decir que su vibra era tan linda que con ella no tenÃas miedo de equivocarte. Ya era una mujer muy mayor, probablemente tenÃa alrededor de unos 85 años. No habÃa sido ingresada por una enfermedad en particular. Se habÃa resbalado con una cáscara de tomate cuando estaba haciendo su comida. No le habÃa pasado nada grave y le darÃan el alta muy pronto.
41:57 Por alguna razón que hasta la fecha desconozco, yo le agradé mucho. Y a pesar de lo excéntrica que ella podÃa llegar a ser, a mà también me agradaba. Me recordaba a mi madre en cierta medida. Pocos dÃas después de que ella saliera del hospital, recibà una llamada en mi teléfono. Eran los hijos de aquella mujer quienes me decÃan que a su madre le habÃa caÃdo muy bien. Después de darme las gracias por haberla cuidado durante esos dÃas, me hicieron una propuesta de trabajo. Ir a su casa para vigilar que se tomara el medicamento y cuidarla, pues vivÃa sola. Tuve mis dudas en aceptar. Se me hacÃa un poco extraño porque nunca les habÃa dado mi número.
42:43 Y por supuesto que, al ser yo una enfermera practicante, en el hospital tampoco tenÃan mis datos. Pero como siempre he sido una persona a la que le cuesta decir que no, solo les respondà que iba a pensarlo. Ellos siguieron insistiendo, enviando mensajes y preguntando si lo harÃa. Pues le surgÃa una respuesta ya que llevaban un par de meses buscando una buena enfermera y como yo le habÃa caÃdo también a su mamá, creÃan que serÃa perfecta. A pesar de no sentirme del todo preparada para tomar una responsabilidad como esa, terminé por acceder. Me dieron la dirección y fui hasta allá. Lo primero que noté al entrar es que su habitación en el hospital no era nada comparado con lo que podÃa llegar a ser su casa.
43:32 por donde miraras podrÃas encontrarte un cuadro, ya sea de la Virgen o de cualquier santo, al igual que rosarios en cada uno de los lugares donde era humanamente posible colgar uno. No voy a mentir, llegué a sentirme incómoda después de un rato. Sentà que eso podrÃa incomodar a la mayorÃa de las personas, pero la verdad es que no me sentÃa con el derecho de juzgar. En mi familia nunca habÃamos sido partidarios de ninguna religión en particular. A lo largo de los dÃas me di cuenta de que el trabajo era relativamente fácil. Yo aún seguÃa estudiando, pero estaba bien, pues la señora era bastante independiente. Me estaban pagando básicamente por recordarle dos veces al dÃa que debÃa tomarse el medicamento. En una ocasión eran cerca de las siete de la noche cuando Doña Rosa se fue a acostar y supuse que ya era hora de irme a casa. Me despedà de ella amablemente y caminé hacia la salida. El foco del pasillo que conducÃa hacia la puerta se habÃa fundido. Pensé en dejarlo asÃ, pero muy pronto me dio un cargo de conciencia, pues sabÃa que ninguno de sus hijos irÃa a componerlo hasta el fin de semana. Como en la casa no entraba tanta luz de afuera, para una anciana podrÃa verse demasiado oscuro. Sin preguntarle, fui a buscar un repuesto y decidà hacerlo yo misma.
45:00 Ya estaba un poco oscuro, pero aún podÃa distinguir bien. Aún asÃ, encendà la lámpara de mi teléfono y comencé a desenroscar el foco fundido. Creo que ya iba más o menos a la mitad de poder quitarlo, cuando, de repente, comencé a escuchar algo que me pareció extraño. Era como si estuvieran rezando. En aquella casa, escuchar rezos no era para nada algo extraño. Aquella mujer se la pasaba rezando prácticamente unas 10 horas al dÃa. En ocasiones venÃan sus amigas y practicaban también algunos rosarios, pero en esta ocasión era diferente. Primero, porque la señora ya se habÃa ido a acostar. No tenÃa televisión en su cuarto, asà que no podÃa estar sintonizando ningún canal religioso. Tampoco contaba con teléfono que no fuera fijo, y dudaba que estuviera rezando con alguien por teléfono.
45:55 Eso sin mencionar que no se escuchaba como su voz. Es más, ni siquiera se escuchaba como la voz de una persona en especÃfico. El sonido era más bien como el ruido que te podrÃas esperar al entrar a una iglesia. Cientos de voces rezando al mismo tiempo. Por un momento pensé que podrÃa venir de afuera. Quizás algún vecino estaba rezando junto con sus amigos. pero no veÃa ninguna luz afuera que indicara que dentro de una casa habÃa la cantidad de personas que yo estaba escuchando. Técnicamente no estaba ocurriendo nada raro y solo seguà con lo mÃo. Terminé de desenroscar el foco y puse el nuevo. Después de eso comencé a bajar la pequeña escalera en la que me encontraba. Bajé un escalón y después el otro. Pero cuando iba a poner mi pie en el tercero, sentà claramente que una fuerza invisible jaló mi pie hacia adelante.
46:52 No lo sentà como una mano ni como un resbalón. Fue literalmente como si algo lo jalara, pero sin poder sentir que era. Perdà el equilibrio y caà de la escalera. No era muy alta y solo me faltaban dos escalones para bajar por completo. Mi pie se quedó atorado entre los huecos de un escalón a otro. Y cuando caà de espaldas al piso, la escalera también se vino sobre mà y me golpeó la frente, haciéndome sangrar. Me quedé ahà tirada, tal vez uno o dos minutos, tratando de que el dolor pasara para poder levantarme, ya que todo me dolÃa. Durante todo ese tiempo, los rezos se escuchaban cada vez más fuertes. Creo que tardé unos dos minutos en poder levantarme. Pero créanme, cuando les digo que fueron los minutos más largos de mi vida, Apenas estuve de pie, me di cuenta de que Doña Rosa me habÃa estado llamando para asegurarse de que yo estuviera bien. Le respondà que todo estaba bien y fui al baño a revisarme, solo para cerciorarme de que no era nada grave. Solo tenÃa una herida superficial, pero mi tobillo me dolÃa mucho.
48:02 Decidà no decir nada, pues pensé que se verÃa muy mal para mÃ. Pensé que tal vez habÃa sido mi culpa. quizás sin darme cuenta habÃa pisado mal y eso provocó que mi pie se fuera hacia adelante a pesar de no poder explicar las voces rezando decidà no darle importancia y me fui a casa a la mañana siguiente encontré a doña rosa en su lugar habitual en la sala leyendo la biblia como lo hacÃa todos los dÃas la saludé y le pregunté si ya se habÃa tomado el medicamento y ella me respondió que sà Yo estaba cojeando y me preguntó cuál era el problema y si tenÃa algo que ver con el dÃa anterior. Le dije que no, que me habÃa torcido el pie ese mismo dÃa, pero que estaba bien. Más tarde, me encontraba preparando las medicinas que le tocaban a Doña Rosa. Estaba en la cocina mientras ella permanecÃa en la sala. Estaba muy concentrada en lo mÃo cuando de pronto comencé a escuchar de nuevo rezos.
49:04 En esta ocasión supuse que era la televisión y no le di tanta importancia, pero mientras más los escuchaba, más me daba cuenta de que no sonaban como si estuvieran grabados. Era más como si hubiera personas rezando, y solo parecÃa que estaba rezando una mujer joven. Doña Rosa quedó descartada, ya que no concordaba con su voz. Tampoco podÃa ser ninguna de las amigas de Doña Rosa. pues también eran mujeres bastante ancianas y las voces no concordaban. Me asomé un poco hacia el pasillo y me di cuenta de que aquella voz realmente parecÃa salir de uno de los cuartos, el cual habÃa pertenecido a la hija de Doña Rosa cuando aún vivÃa ahÃ. Sin perder tiempo, fui y abrà la puerta, pero el cuarto se encontraba vacÃo, con un enorme cuadro de la Virgen MarÃa con el niño Jesús en brazos. Recuerdo que me asomé por la ventana para asegurarme de que no hubiese nadie cerca que pudiera haber estado rezando, pero pronto me di cuenta de que eso tampoco era posible. Esa ventana daba directamente al patio trasero, y en la casa de al lado no vivÃa nadie.
50:17 Salà de esa habitación y fui a dejarle las pastillas a Doña Rosa. Cuando estuve frente a ella, me volteó a ver y me sonrió. diciéndome que le alegraba mucho que ya me hubiese contagiado y que yo también estuviera empezando a rezar. No sabÃa de qué estaba hablando le pregunté. Ella me respondió que habÃa escuchado como yo habÃa estado rezando, que el sonido parecÃa venir de donde yo estaba y por eso habÃa creÃdo que era yo quien lo estaba haciendo. En ese momento no quise preocuparla y le dije que más bien habÃa estado escuchando una grabación. No sé por qué no le quise decir la verdad. supongo que no querÃa asustarla pues ni siquiera yo misma estaba totalmente segura de lo que habÃa sido eso si ella habÃa escuchado esos rezos era porque definitivamente provenÃan de la casa ya que no tenÃa el mejor oÃdo del mundo y por lo general los ruidos de afuera le eran prácticamente imposibles de escuchar cuando faltaba más o menos una hora para que yo volviera a mi casa Estaba sentada con ella mirando la televisión. HabÃa sintonizado una misa y se me ocurrió en ese momento preguntarle sobre su gran devoción hacia la iglesia católica, pues aunque creÃa que cada quien tenÃa su manera de honrar a su Dios, en ella me parecÃa casi compulsivo. No le dije todo esto, solo le pregunté si sus padres también eran católicos. Ella balbuceó un
51:48 poco y al final me dijo que, en realidad, sus padres no siempre habÃan sido católicos. Se podrÃa decir que, cuando era apenas una niña, sus padres eran ateos. Pero, en una ocasión, ella se habÃa caÃdo desde un tercer piso y habÃa quedado inconsciente. Los doctores habÃan dicho que jamás volverÃa a caminar. Esta señora me contó que desde entonces sus padres entraron en una especie de negación, diciendo que los doctores no sabÃan de lo que estaban hablando y que ella muy pronto volverÃa a caminar. Debido a esto, comenzaron a llevarla con diferentes personas, las cuales les prometieron sanarla de muchas maneras. Me dijo que todos ellos eran estafadores, que solo les sacaban dinero a sus padres y que jamás habÃa tenido una verdadera mejorÃa. Un dÃa, una de sus tÃas lejanas les habló de un hombre, según ella, especial.
52:44 Según el propio testimonio de su tÃa, él la habÃa sanado de un dolor de espalda crónico, del cual ningún doctor habÃa podido curarla. Lo máximo que le habÃan ofrecido eran calmantes, los cuales no le quitaban el dolor al 100%, pero hacÃan que su vida fuera un poco más llevadera. Pero aquel hombre habÃa logrado sanarla en tan solo dos sesiones. Para ese momento, y a pesar de haberse topado ya con varias estafas que solo se aprovechaban de su situación, sus padres aún tenÃan mucha fe y decidieron llevarla con esta persona. Una vez en ese lugar, se dieron cuenta de que habÃa muchÃsima gente que creÃa en él, y varios de ellos no eran clientes nuevos, sino personas a las que ya les habÃa curado dolencias en el pasado, y afirmaban que todo esto era muy real. Aquella señora cuenta que a pesar de ser una niña, en cuanto el hombre llegó y comenzó a hablar, le sonó como un mentiroso más. Sus padres le creÃan cada palabra que salÃa de su boca. Pero para ella era solo otro que le harÃa beber alguna cosa de hierbas que sabrÃa horrible, y tal vez tocarÃa su espalda para hacerla caminar de nuevo.
53:58 Pero ocurrirÃa exactamente lo mismo que habÃa pasado con las otras personas con las que habÃa ido. El hombre parecÃa alguien que se sentÃa muy especial. En cuanto la vio a ella y a sus padres, fue directamente hacia ellos y les preguntó el motivo de su visita. Sus padres, sin perder el tiempo, le contaron todo lo que habÃa ocurrido, al igual que el veredicto de los doctores. Ese hombre la miró y le tocó un poco la espalda. Después ella cuenta que pareció hacer una especie de mueca. que para ella solo podÃa significar que él también creÃa que ya no se podÃa hacer nada. Pero en lugar de eso, miró a sus padres y les dijo que quizás sà podrÃa ayudarla, pero que ellos tendrÃan que hacer algo también.
54:45 No dio más detalles, solo les dijo que a la hora de la consulta tenÃan que pasar los dos con ella. Una vez que fue su turno, dijo que volvió a tocar su espalda, solo que en esta ocasión ese hombre estaba diferente. Como niña no sabÃa exactamente qué era lo diferente que le veÃa a ese hombre, pero sà estaba segura de que habÃa algo. También notó que cuando lo habÃa visto afuera del consultorio, ese hombre podÃa ver perfectamente. Ahora él mismo tenÃa los ojos vendados, casi como si quisiera nublar su vista. pero a pesar de que estaban completamente vendados, se movÃa y dirigÃa a los demás como si no tuviera ningún problema de la vista. Volvió a revisarla y después le dijo a sus padres que lo de ella ya no tenÃa remedio por su cuenta, pero podÃa tomar un poco de ambos para curarla. Esto no los volverÃa inválidos a ellos, pero sà sufrirÃan de dolores de espalda cuando hiciera mucho frÃo o cuando estuvieran parados por más de cinco horas seguidas. Eso era algo que él nunca podrÃa curar, pero si lo hacÃan, les garantizaba que su hija volverÃa a caminar. Ella cuenta que todo su consultorio estaba rodeado de imágenes de santos y de cristos, tal y como estaba su casa. Dijo que a la hora de operar, si es que se le puede llamar asÃ, no les abrió ni nada, solo los tocó. A los
56:17 ojos de ella no parecÃa que pasara nada, pero sà se sentÃa fÃsicamente. Dijo que sintió muy claro cuando su espalda volvió a unirse, y dolió como nunca algo le habÃa dolido. Después de eso, él les afirmó que volverÃa a caminar, pero además de lo que ya les habÃa dicho que les ocurrirÃa a sus padres, habÃa otra cosa. ahora ella tendrÃa que vivir rodeada de imágenes sacras y rezar mucho para ese momento ella aún no sentÃa que pudiera caminar solo que le dolÃa mucho la espalda al igual que a sus padres quienes aunque sà pudieron caminar estaban rengueando y dijeron que sentÃan como si se hubieran fracturado volvieron a su casa aquella tarde y en tan solo 10 dÃas ella se pudo levantar creyeron cada palabra que aquel hombre les dijo Y era por eso que se habÃan volcado en la religión, creyendo que si no tenÃa todos esos cuadros y se volvÃa básicamente la persona más devota del mundo, entonces tal vez un dÃa dejarÃa de caminar.
57:22 Yo creà que me estaba mintiendo, pero me mostró sus documentos de cuando tenÃa esa edad y de cómo los doctores habÃan dicho que ya no volverÃa a caminar. También me contó que no era algo que hiciera por obligación. A pesar de que sà creÃa que si dejaba de hacerlo algo malo podrÃa pasar. Con el tiempo le habÃa gustado mucho la religión y no sentÃa que lo hiciera por obligación. Me dijo que siempre sintió que aquellos cuadros sà la protegÃan de cierta manera. En aquel momento no supe qué decirle y solo me fui a mi casa muy interesada por aquella historia que me habÃa contado. Creo que pasaron unos dos dÃas mientras estaba sentada en la cocina enviando mensajes. Comencé de nuevo a escuchar rezos, pero después de solo unos minutos comenzaron a escucharse llantos, no solo de mujeres, también de hombres, y decÃan una sola oración una y otra vez. Al principio no pude distinguirla porque lo decÃan entre sollozos, pero después sà pude escucharla perfectamente.
58:27 Ya es muy tarde. Se escuchaban demasiado angustiados. Comencé a caminar hacia allá, Por un momento pensé que quizás me estaba sugestionando por la historia que aquella mujer me habÃa contado, o quizás solo era algo que ella me estaba haciendo para que por alguna razón yo también empezara a creer en lo mismo que ella creÃa. En lugar de encontrarme con nada, una vez que estuve en el pasillo, logré ver de manera muy rápida a una mujer con una cara como de cadáver en descomposición. Lo único que podÃa pensar era que tenÃa que salir de ahà por mi propia seguridad, porque no entendÃa qué era lo que ocurrÃa.
59:08 Entonces salà corriendo hacia mi casa. Ya no me importaba no cumplir con mi trabajo. Lo único que querÃa era estar a salvo. Pensando en eso que me habÃa pasado, me quedé dormida. A la mañana siguiente me despertó mi teléfono sonando. Era directamente de la casa de Doña Rosa. Temblorosa contesté, pues supuse que eran sus hijos, los cuales me iban a comenzar a gritar porque habÃa dejado a su madre sola y tampoco me habÃa presentado a mi turno, ya que aquel dÃa habÃa prometido ir en la mañana. Pero antes de que siquiera pudiera disculparme, o al menos tratar de inventar una excusa, ellos me dijeron que Doña Rosa habÃa fallecido. Se escuchaban tristes. No me estaban culpando.
59:56 Lo supe porque me dijeron que habÃa muerto pacÃficamente mientras dormÃa. Me daban las gracias por haberla ayudado durante todo el tiempo que estuve con ella. Y también me dijeron que era más que bienvenida al funeral. Por supuesto que fui. Ella se veÃa muy tranquila. Nunca les conté mi anécdota a sus hijos, pero siempre me quedé con ella.
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