June 29, 2026

El Diablo Me Dio Una Última Oportunidad: Trato De Medianoche - Historias De Terror - REDE

El Diablo Me Dio Una Última Oportunidad: Trato De Medianoche - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Ignacio Vargas. Durante varios años trabajé como guardia nocturno y el turno que más recuerdo fue en una planta cerrada que antes usaban para almacenar carne. Estaba fuera de la ciudad, lejos de las casas. Tenía una caseta y varios galpones sin uso. Mi trabajo era recibir las llaves, cerrar, hacer rondas y anotar cualquier movimiento. Esa noche llegué a la hora de siempre. El guardia anterior me entregó la linterna el radio y el cuaderno de registro. Me informó que el turno había estado tranquilo, aunque había oído golpes cerca del área de carga, pero no le dio importancia.

0:45 Firmó su salida y se fue. Yo cerré el portón, dejé mi mochila en la caseta y empecé la ronda. Había luz en la caseta y en algunos pasillos. El resto quedaba oscuro porque la empresa mantenía solo lo necesario. Caminé por el patio, pasé frente a las oficinas y llegué al área de carga. Las puertas estaban cerradas, los candados puestos y no había vehículos dentro. Anoté la ronda y regresé por el mismo camino. Antes de llegar a la caseta, escuché un golpe detrás de mí. Fue un golpe de mano contra metal. Me detuve, alumbré los galpones y esperé. No vi movimiento, así que seguí caminando y el golpe se repitió cerca del portón trasero. levanté la linterna tomé las llaves y fui hacia allá en el portón trasero había un hombre parado del lado de adentro vestía ropa oscura y estaba descalzo no traía mochila herramienta ni arma visible tenía las manos sueltas junto al cuerpo y me miraba de frente le pedí que se identificara y le recordé que ese terreno era privado me respondió que sabía dónde estaba y que venía por un asunto que no era conmigo Le ordené que saliera del terreno, pero él no se movió y dijo mi nombre completo, después el nombre de mi esposa y el de mi hija.

2:10 También mencionó la deuda del banco y el tratamiento médico que pagábamos con retrasos. Esos datos no estaban en el cuaderno ni en la caseta, y yo no los hablaba en el trabajo. Al escucharlos, bajé la linterna y sentí la garganta cerrada. Le pregunté quién era. Me respondió que esa pregunta ya tenía respuesta, pero que podía llamarlo Diablo para entender mejor lo que pasaba. No levantó la voz, no se acercó, no hizo gestos para asustarme. Se quedó junto al portón con una calma que me obligaba a escuchar cada palabra. Retrocedí un paso y pensé en volver a la caseta, cerrar la puerta y llamar al supervisor.

2:52 Él me advirtió que podía hacerlo, pero que la llamada no cambiaría la conversación. Me explicó que había entrado por otro hombre, uno que faltó a una promesa, y que yo había quedado metido por verlo esa noche. Luego me ofreció un trato, aprovechando que conocía mi necesidad. El trato fue claro. Yo debía abrir el portón trasero antes de terminar el turno, dejar entrar un camión y escribir en el registro que no había pasado nada. No debía preguntar qué traía el camión ni quién lo mandaba. A cambio, mi deuda quedaría pagada, mi hija tendría cubierto el tratamiento y mi esposa dejaría de pedir dinero prestado. Me aseguró que no tendría que firmar nada fuera del cuaderno, ni hablar con nadie, ni volver a verlo si cumplía. Le respondí que no aceptaba. Mi voz salió baja, pero firme.

3:46 Miró las llaves y me pidió pensar mejor. Recordó que yo abría y cerraba ese portón todas las noches, que firmaba el registro y que más de una vez había escrito que todo estaba en orden, aunque hubiera fallas pequeñas. Eso era cierto. En ese trabajo uno callaba cosas para no meterse en problemas, pero abrirle la entrada a un camión desconocido no era una falla menor, era una decisión. Le dije que no iba a abrir y él contestó que mi miedo todavía hablaba por mí. y que podía aceptar por voluntad antes de que la necesidad me empujara. También me dijo que no necesitaba tocarme para hacerme daño.

4:29 Según él, la primera consecuencia ya estaba hecha, porque verlo en un asunto ajeno me había dejado dentro de ese asunto. Después agregó que podía buscarme donde yo estuviera, repetir el trato y esperar hasta que yo aceptara, o hasta que perdiera lo que intentaba proteger. No le contesté. Caminé hacia la caseta sin darle la espalda por completo. Él se quedó junto al portón. Entré, cerré con seguro y llamé al supervisor. Le informé que había un hombre dentro del terreno y que necesitaba apoyo. Mi supervisor hizo preguntas rápidas, pero al final solo me ordenó encerrarme y esperar. Mientras hablaba, el hombre apareció frente a la ventana de la caseta, pero no escuché pasos. La puerta seguía cerrada, la ventana también.

5:20 Estaba afuera mirándome. Mi supervisor seguía hablando, molesto, y decía que no podía mandar a nadie. Dejé el teléfono sobre la mesa. El hombre señaló las llaves y repitió que todavía podía abrir. Agregó que el camión llegaría antes del amanecer y que una firma bastaba. Me senté, pensé en mi hija, en las medicinas y en Juana contando billetes en la mesa de la casa. La oferta no era un lujo, era alivio. Tomar las llaves, abrir el portón y escribir una mentira era fácil. Lo difícil venía después porque, si aceptaba, ya no podría decir que no sabía. Le dije que no iba a abrir, pero permaneció quieto. Luego avisó que esa era mi primera respuesta, no la última.

6:11 Después caminó hacia el patio y lo perdí entre los galpones. Me quedé en la caseta hasta que aclaró. No hice más rondas y cuando llegó el supervisor le entregué las llaves y le dije que renunciaba. Él se enojó, me pidió un reporte normal y trató de convencerme de que no complicara las cosas. Yo escribí que había visto a un hombre dentro del terreno, que me pidió abrir el portón y que me negué. Guardé mis cosas y salí de la planta. Llegué a mi casa con la ropa del turno puesta. Juana estaba despierta. porque yo le había llamado antes de salir de la planta y le pedí que no abriera la puerta. Entré, cerré con llave, puse el seguro y me quedé junto a la entrada, escuchando la calle. Ella me preguntó qué había pasado. Me senté en la mesa y se lo conté en orden, sin quitar partes y sin acomodar las palabras para hacerlo menos grave.

7:08 Juana no me interrumpió y cuando terminé me preguntó si ese hombre había dicho el nombre de nuestra hija. Le respondí que sí, y también le confirmé que habló de la deuda y del tratamiento. Ella bajó la mirada, respiró despacio y me pidió que no volviera a esa planta. Le dije que ya había entregado las llaves y que no pensaba regresar. Quiso creerme, pero se le notó el miedo. Esa mañana, Juana mantuvo la rutina de la niña para no asustarla. aunque me dijo que seguir actuando normal era un error. Yo pasé el día buscando trabajo, pero nadie tenía nada fijo. Por la tarde, mi supervisor me llamó.

7:50 Dijo que yo había abandonado el puesto, que mi reporte podía traer problemas y que debía volver. Le respondí que no iba a regresar y colgué. Esa noche cenamos temprano. Nuestra hija preguntó si yo iba a trabajar. Juana le dijo que esa semana iba a descansar. Después de acostarla, nos quedamos en la sala. Juana me pidió que nos fuéramos unos días con su hermana. Acepté, pero le dije que saldríamos al amanecer. Esa decisión nos dejó dentro de la casa cuando él volvió. Tocaron la puerta después de medianoche. Fueron tres golpes, separados y claros. Juana me miró y yo le hice una seña para que no hablara. Caminé hasta la entrada y pregunté quién era, y del otro lado el hombre dijo que venía a repetir el trato.

8:40 La voz era la misma de la planta. Juana fue al cuarto de nuestra hija. Yo me quedé junto a la entrada, con la mano sobre el seguro. El hombre dijo que no venía por ellas, pero que ellas estaban en riesgo, porque yo las mantenía cerca. Dijo que podía evitarles miedo si salía y hablaba con él. Le respondí que no iba a salir. Y entonces dijo que hablaría desde ahí. Repitió las condiciones sin cambiar lo importante. Yo debía volver a la planta, recuperar las llaves, abrir el portón trasero, dejar entrar el camión y escribir que no había visto nada. A cambio, la deuda quedaría pagada y mi hija tendría tratamiento. También dijo que mi supervisor volvería a llamarme con una oferta de una noche más, pago doble y salida limpia. Eso me dejó frío, porque convertía su amenaza en una llamada común. Le dije que no aceptaba, pero me respondió que mi respuesta estaba débil, porque yo seguía pensando en el dinero. No pude negarlo. Mientras lo escuchaba, calculé lo que debíamos, lo que costaban las medicinas y lo poco que podía resistir sin empleo. Juana volvió del cuarto y dijo en voz baja que la niña seguía dormida.

9:59 El hombre la oyó y le dijo que ella también podía pedirme que aceptara, que una madre tenía derecho a exigir una salida cuando su hija necesitaba atención. Juana se acercó a la puerta y le ordenó que se fuera. No gritó, pero le habló firme. Le dijo que una ayuda pagada con una mentira no era ayuda. El hombre guardó silencio. Luego le advirtió que iba a culparme cuando faltara dinero. cuando el tratamiento se atrasara y cuando nuestra hija preguntara por qué no podíamos pagar. Juana empezó a llorar, pero no se apartó de mí. Yo abrí la boca para insultarlo y me detuve. Le dije que mi respuesta seguía siendo no. Él contestó que esa era la segunda negativa y que tenía más peso porque Juana la había escuchado.

10:51 Después oí sus pasos alejarse. No abrimos hasta que hubo luz. Frente a la entrada había marcas de pies sucios. Juana las vio y eso bastó para cambiar todo. Ya no era solo mi palabra, pues ella había escuchado la voz, había visto las marcas y sabía que el hombre podía encontrarnos. Nos fuimos ese mismo día a casa de su hermana. Llevamos ropa, documentos y medicinas. Dijimos que yo había tenido un problema grave en el trabajo y que necesitábamos quedarnos unos días. Mi cuñada aceptó. Y yo pasé la tarde cerca de la puerta, atento a los pasos del diablo. Al día siguiente, mi supervisor llamó, tal como el diablo había anunciado. Me ofreció cubrir una noche más, con pago doble.

11:40 Dijo que faltaba personal y que podían arreglar mi salida. Le pregunté si las llaves estarían en la caseta, pero se quedó callado y luego respondió que sí. Colgué. Juana estaba frente a mí y entendió. Me pidió que no fuera y le dije que no iría. Ella me creyó, pero esa llamada nos dejó peor. El trato ya no estaba solo en la voz del hombre, estaba entrando por las rutas normales de mi vida. Una semana después encontré un sobre debajo de la puerta. No tenía nombre, y adentro venía una copia de mi deuda y una hoja escrita a mano. Decía que el trato seguía igual y que el camión seguía esperando. Juana leyó la hoja, se sentó y me dijo que ella y la niña tenían que irse a otro lugar. No lo dijo para castigarme, lo dijo porque la niña no podía vivir esperando golpes en la puerta. No discutí, pues quería pedirle que se quedara, pero no tenía cómo protegerla. Esa tarde las acompañé a la terminal. Mi hija me abrazó y me preguntó cuándo iba a alcanzar. Dije que pronto, y Juana me pidió que no le preguntara la dirección y que no intentara seguirlas. Acepté.

12:56 Cuando el autobús salió, me quedé sin lugar al cual volver. El diablo no tuvo que tocarme. Ya me había sacado del trabajo, de mi casa y de mi familia, y el portón seguía cerrado. Conseguí un cuarto, lo pagaba por semana y no preguntaban demasiado. Dejé mis cosas en una bolsa, dormí vestido y busqué trabajo donde pude. Por las tardes llamaba a Juana desde teléfonos prestados. Ella me contaba poco, la niña seguía en tratamiento, y cada llamada terminaba con una cuenta pendiente. El hombre volvió una madrugada cuando yo estaba despierto. Había puesto una silla contra la puerta, no porque eso fuera defensa, sino porque necesitaba escuchar si alguien empujaba.

13:41 Oí los tres golpes, pero no pregunté quién era. Me levanté despacio. Dejé la mano sobre el respaldo de la silla y esperé. Él habló desde el pasillo y traía la misma propuesta, sin cambios. El portón trasero, el camión, el registro limpio y el pago. Le dije que yo ya no trabajaba en la planta, pero me respondió que eso podía arreglarse. Y me avisó que al día siguiente recibiría una llamada para cubrir un turno de vigilancia en la misma zona. Dijo que no tendría que buscar nada, solo aceptar. Le dije que no otra vez y él respondió que yo usaba la palabra resistir para tapar una pérdida.

14:24 Me preguntó qué defendía todavía, si Juana estaba lejos, la niña enferma, la casa vacía y mi trabajo perdido. No tuve una frase buena para contestar. Yo seguía negándome, pero cada negativa dejaba algo roto. No empujó la puerta. No me pidió entrar. Solo dijo que volvería cuando mi cansancio pesara más que mi orgullo. Luego se fue por el pasillo. Después quité la silla, abrí apenas y vi marcas de pies sucios frente a la entrada. Al día siguiente llegó la llamada anunciada. Una empresa de seguridad necesitaba personal urgente. El pago era alto y la zona era la de la planta. Colgué antes de escuchar el resto. Apagué el teléfono y lo tiré lejos del mercado. Con eso corté una ruta del trato, pero también corté trabajos. Pasé dos días buscando empleo a pie. Dormí poco, comí mal y gasté lo último en una tarjeta para llamar a Juana.

15:23 Cuando contestó, me dijo que un hombre había preguntado por mí en casa de su tía. No entró, no gritó, solo dijo mi nombre y se fue. Le pedí que se cambiara de lugar. Ella respondió que ya no sabía cuántas veces podía mover a una niña enferma. Me preguntó si yo había aceptado algo, pero le dije que no. Ella respiró hondo y me pidió que siguiera así. Durante varios días no lo vi, pero eso no me dio calma. Tenía golpes en puertas, testigos asustados y una oferta que yo rechazaba una y otra vez. Pero también tenía hambre, deudas y una familia escondida. Una tarde fui cerca de la planta. No fui para aceptar, fui a mirar el portón, a confirmar que seguía cerrado, a saber si el camión existía.

16:13 Me quedé al otro lado de la calle, pero no vi vehículos ni gente y el portón trasero seguía cerrado. Estaba por irme cuando escuché su voz detrás de mí. El hombre estaba en la banqueta a pocos pasos y vestía igual que la primera noche. Me dijo que volver al lugar también era una forma de acercarme al trato. Y le respondí que solo había ido a mirar. Me dijo que mirar fue lo que me metió en esto. Después aclaró lo que buscaba de mí. El camión podía entrar sin mi ayuda, pero mi firma le daba cobertura. Si yo escribía que no vi nada, lo que entrara quedaba sostenido por mi mentira. Le pregunté qué había en el camión. Me respondió que esa información tenía precio. Le pregunté qué pasaría si nunca aceptaba. Dijo que volvería porque mi negativa no cerraba el trato, solo lo aplazaba. Y también dijo que cada visita iba a encontrarme con menos fuerza, menos dinero y menos gente cerca. Me fui sin responder y esa noche no volví al cuarto. Dormí sentado detrás de un puesto del mercado. Al amanecer el dueño del cuarto me pidió que sacara mis cosas. Un hombre había pasado a preguntar por mí y él no quería problemas, así que pagué lo que debía y me fui. Desde entonces he cambiado varias veces de lugar. A veces duermo en cuartos baratos, a veces cuido bodegas para que me dejen quedarme. Trabajo por día y mando dinero cuando puedo.

17:47 Juana ya no me dice dónde está. Fue acuerdo de los dos, pues si no sé la dirección no puedo entregarla por cansancio, miedo o presión. Anoche el hombre volvió. Yo estaba en un cuarto prestado detrás de una tienda, escribiendo estos hechos en un cuaderno. Escuché los tres golpes, dejé la pluma sobre la mesa y esperé. Dijo mi nombre y luego repitió la oferta. El portón, el camión, la firma y el pago prometido. Le respondí que ya no tenía una vida normal para recuperar. Él dijo que por eso el trato era mejor ahora, porque antes podía perder algo y ahora podía recibir casi todo. Me quedé sentado con la mano sobre el cuaderno. Pensé en Juana, en mi hija, en las medicinas y en el portón de la planta. Pensé en lo fácil que sería firmar una noche y en lo imposible que sería vivir después con esa firma. Me acerqué a la puerta y le dije que mi respuesta seguía siendo no. Él guardó silencio.

18:51 Luego dijo que volvería, porque yo todavía hablaba con fuerzas prestadas, y sus pasos se alejaron por el pasillo. No abrí hasta que hubo luz. Frente a la puerta había marcas de pies sucios. El dueño de la tienda las vio y me pidió que me fuera antes de la tarde. No escuchó explicaciones. Ahora estoy en otro cuarto con la bolsa lista. Juana llamó hace rato. Nuestra hija necesita pagar el tratamiento esta semana. Le dije que conseguiría el dinero, pero no sé cómo. El diablo va a volver con el mismo trato y con más paciencia que yo. Le basta esperar a que el hambre, el sueño o la culpa me bajen la voz. Yo sigo diciendo que no, pero cada vez lo digo con menos vida. Y el trato cada vez me parece la mejor idea. Esto me lo contó mi abuelo, una noche en que yo decidí entrar a trabajar a la mina. En mi casa faltaba dinero, y yo traía la idea de que cualquier sacrificio servía, si al final uno podía salir de pobre. Mi abuelo dejó la taza sobre la mesa y me pidió que me quedara despierto. No habló para entretenerme, habló porque conocía la mina y hombres que aceptaban tratos, de los que luego no podían zafarse. Él había trabajado en tiros de San Luis Potosí, había visto galerías cerradas por derrumbe, cuadrillas

20:25 perdidas y familias esperando a muertos que nunca salieron completos. Por eso me habló de Evaristo Luna. Me dijo que vivió cerca de Real de Catorce, que fue minero desde joven y que muchos en el pueblo supieron su historia. Evaristo tenía esposa, tres hijos y deudas por todos lados. Vivían rentando. Comían poco y casi todo el jornal se iba antes de llegar a la casa. Debía en la tienda, en la cantina y en semanas de comida. Tomasa, su mujer, vendía pan cuando podía, pero apenas alcanzaba. En esos días Evaristo ya no dormía bien. Volvía de la mina con las manos lastimadas. Se sentaba afuera y pasaba largo rato sin contestar. El golpe más duro llegó cuando perdió turnos.

21:16 Sin turnos no había paga y sin paga no había crédito. El tendero le cerró la cuenta delante de otros hombres y esa humillación le pesó más que la deuda. Esa noche Tomasa le puso enfrente la olla vacía y le preguntó qué pensaba hacer. Evaristo se quedó mirando el suelo, después salió al patio y fumó el último tabaco que le quedaba. En el cerro había un socavón abandonado, al que le decían la Valenciana Chica. Era una entrada vieja, cerrada por accidentes y por miedo. Los mineros evitaban pasar por ahí cuando oscurecía. Se decía que abajo se oían pasos, que las lámparas perdían fuerza, y que en una galería del fondo alguien recibía aguardiente y tabaco. Unos lo llamaban el dueño del cerro, otros el charro negro, y los más viejos le decían el diablo. Evaristo conocía esas historias.

22:13 Se había burlado de ellas muchas veces, hasta que la pobreza le quitó la risa. Al día siguiente de la pelea con Tomasa, vendió lo poco que todavía podía vender. Compró aguardiente, tabaco y un gallo negro. Guardó todo en un costal y esperó a que la casa quedara en silencio. Tomasa lo vio prepararse y le preguntó a dónde iba. Evaristo respondió que iba al cerro a buscar una beta. Ella le pidió que no se metiera en asuntos de mina vieja. Él contestó que esa noche no iba por eso. Salió solo. Mi abuelo no lo vio bajar, pero escuchó después la confesión de Evaristo. Él contó solo partes. Dijo que quitó piedras de la entrada, bajó con su lámpara y caminó hasta una galería donde el aire estaba pesado.

23:03 Puso el aguardiente y el tabaco en el suelo, mató al gallo y esperó con la mano manchada de sangre. Después oyó espuelas debajo de la tierra. El hombre se presentó frente a él, vestía de charro, llevaba sombrero bajo y no necesitaba lámpara. Evaristo contó que no le vio bien la cara, pero supo con quién hablaba desde la primera palabra. El hombre preguntó qué buscaba, y Evaristo le pidió dinero, trabajo seguro y respeto. El hombre pidió pago. Evaristo ofreció lo que tuviera que entregar cuando llegara el plazo. Entonces el hombre le ordenó poner la mano sobre la sangre y repetir la promesa sin apartar la vista. Evaristo obedeció.

23:50 El hombre tomó el aguardiente, tomó el tabaco y señaló una pared de la galería. Ahí debía picar al día siguiente. También recibió una advertencia clara. No le debía contar el trato a Tomasa, ni a sus hijos, ni al cura. Evaristo preguntó cuánto tiempo tendría. El hombre cerró el trato con una frase que mi abuelo recordaba palabra por palabra. El que pide bajo tierra no escoge la fecha de cobro. Evaristo regresó antes de que saliera el sol. Tomasa estaba despierta. Lo vio entrar con lodo en la ropa, sangre seca en una manga y olor a aguardiente. Preguntó qué había hecho y Evaristo le respondió que había encontrado la salida.

24:36 Ella quiso saber si venía borracho. Lo negó con la cabeza, se acostó vestido y ya no habló más. Al otro día buscó a dos compañeros y los llevó al socavón. Les habló de una señal de mineral. Les prometió partes y guardaban silencio y los puso a picar justo donde le habían indicado. Sacaron piedra buena. La noticia llegó pronto a los dueños de la mina y la entrada volvió a abrirse. Evaristo empezó a recibir mejor paga. y desde entonces cada decisión suya daba resultado. Tocaba una pared, ordenaba picar y el mineral salía. Los otros hombres lo miraban con respeto, pero ya no se arrimaban demasiado. En pocos meses pagó sus deudas, compró una casa y puso comida diaria en la mesa. Tomasa dejó de vender pan. Evaristo empezó a prestar dinero a los mismos que antes lo habían humillado. Cuando alguien preguntaba de dónde había salido tanta suerte, él respondía que la mina por fin le estaba pagando.

25:39 Tomasa fue la primera en notar el precio. Evaristo dejó de rezar antes de dormir, guardaba tabaco en un baúl cerrado y cada noche dejaba una copa de aguardiente sobre la mesa. Por la mañana la copa amanecía vacía. También salía solo hacia el cerro con una botella bajo el brazo. Cuando Tomasa preguntaba a quién iba a ver, él respondía que a nadie. Una noche, ella lo oyó hablar dentro del cuarto. Evaristo decía que todavía faltaba tiempo. Tomasa abrió la puerta y encontró el cuarto vacío, aunque el olor a tabaco recién encendido seguía en el aire. Desde entonces, el pueblo empezó a mirarlo de otra manera. Algunos hablaban de suerte, otros de trato. Mi abuelo recordaba una cosa precisa.

26:29 Cuando Evaristo cruzaba la calle, la gente evitaba pisarle la sombra. La riqueza de Evaristo creció rápido, pero en su casa no entró la calma. Recuerdo a mi abuelo hablando de esa parte, porque el dinero no llegó solo, llegó con silencio. Tomasa quiso creer al principio que todo venía del trabajo y de la beta nueva. Aceptó la comida, la ropa para los niños y la casa nueva, pero empezó a guardar cosas que no cuadraban. Evaristo comía poco, dormía menos y pasaba ratos sentado en el patio. No miraba a la familia cuando le hablaban. Miraba hacia la puerta o hacia el cerro. En la mesa dejaba una copa de aguardiente servida, siempre en el mismo lugar, y nadie podía tocarla.

27:15 Por la mañana la copa amanecía vacía. Los hijos empezaron a apartarse. Julián dejó de acompañarlo a la mina. Refugio evitaba quedarse sola en la sala. y Mateo se pegaba a Tomasa cuando su padre entraba. Evaristo no necesitaba alzar la mano para imponer miedo, bastaba con que abriera la puerta y se quedara callado. La primera señal que vio el pueblo ocurrió al salir de misa. Evaristo estaba cerca de la plaza, hablando de una deuda con un hombre del comercio. La luz le daba de lado y la sombra cayó sobre el suelo. Varias personas la vieron. Era más alta que él y llevaba sombrero, aunque Evaristo no traía nada en la cabeza. Nadie lo enfrentó, nadie preguntó, pero esa tarde el asunto pasó de casa en casa.

28:09 Mi abuelo también lo vio en la mina. Evaristo revisaba una pared con las manos ocupadas y su sombra levantó un brazo antes de que él se moviera. Cambiaron la lámpara de lugar y la sombra siguió igual. Mi abuelo se guardó el comentario, terminó su turno y desde entonces evitó quedarse a solas con él. Tomasa ya tenía sus propias pruebas. Una mañana encontró tierra negra junto a la cama, marcada por suelas de bota. Otra noche oyó espuelas en el corredor con la puerta de la calle cerrada. También vio la sombra de Evaristo separada del cuerpo. Él estaba sentado junto a la mesa con las manos en las rodillas y la sombra seguía de pie en la pared.

28:54 Tomasa buscó al cura y le habló del aguardiente, del tabaco bajo llave, de las salidas al socavón y de esa sombra que no obedecía al cuerpo. El cura entró solo a la casa y salió poco después. No aceptó agua ni comida. Tampoco volvió a recibir dinero de Evaristo para la iglesia. Evaristo se enfrentó a Tomasa esa misma semana. Cerró la puerta de la sala y le ordenó no volver a hablar de la casa con nadie. Ella le recordó que los niños tenían miedo, que por las noches se oían voces y que él bajaba al socavón aunque ya no necesitaba trabajar ahí. Evaristo miró hacia el patio y soltó una frase que Tomasa no olvidó. No estoy solo.

29:42 Desde entonces la enfermedad se le metió en el cuerpo, la tos le cortaba las madrugadas, las manos perdieron fuerza y la piel se llenó de manchas oscuras. Los mineros hablaban de polvo en los pulmones y los viejos hablaban de cobro y Evaristo no quería escuchar. Seguía yendo al socavón con aguardiente y tabaco, regresaba con la ropa húmeda, los ojos irritados y menos voz. Tomasa le preguntó una vez qué deuda le quedaba. si ya tenía casa, dinero y tierras. Evaristo respondió sin mirarla, la que no se paga con dinero. Después dejó de hablar de la mina frente a ella, pero sus salidas continuaron. Cada regreso dejaba olor a tabaco fresco y tierra húmeda. La familia se rompió lento. Julián se fue a trabajar lejos y no se despidió de su padre. Refugio pidió entrar con unas monjas y Mateo se fue con unos arrieros. Tomasa resistió más tiempo, porque quería sacar de esa casa algo de sus hijos. Una mañana juntó su ropa, tomó una imagen religiosa y salió. Evaristo le pidió que no lo dejara solo, pero Tomasa le contestó, solo te quedaste desde la noche en que bajaste con la ofrenda. Después vinieron los criados.

31:05 Evaristo pagaba bien, pero nadie duraba. Uno abandonó la casa después de ver un hombre con sombrero junto al cuarto. Otro se fue porque al servir la cena vio dos sombras en la pared. Aunque Evaristo estaba sentado solo, nadie reclamaba el dinero. Todos lo tomaban y se marchaban antes de acostumbrarse a los ruidos. En el pueblo dejaron de hablar de suerte y empezaron a hablar del plazo. Evaristo preguntaba por registros de bautizo, por viejos de la familia y por personas que hubieran conocido a su madre. Ofrecía dinero por un dato. o su nombre completo. En el pueblo todos lo llamaban Evaristo Luna, pero él necesitaba el nombre entero, el que su madre dio en la pila.

31:53 Tomasa recibió un recado suyo después de mucho tiempo y aceptó verlo, pero no fue sola. Mi abuelo la acompañó con un hermano de ella. Lo encontraron sentado en la sala, flaco, con la cara hundida y las manos manchadas. La casa estaba grande y vacía, sin voces, sin comida y sin rastro de familia. Evaristo pidió que lo acompañaran al socavón. No quería que Tomasa bajara hasta el fondo, solo necesitaba que lo llamara por su nombre completo cuando él se lo pidiera. Tomasa le respondió que no lo sabía. Él insistió, juró que ella lo había oído, mencionó a su madre, al bautizo y al cura viejo. Tomasa lo negó con la cabeza. Borraste a tu familia y ahora quieres que tu familia te salve, le dijo. Evaristo lloró frente a ellos sin gritar. Tomasa también lloró, pero no cedió. Le prometió rezar por él y nada más. No iba a bajar a la mina, no iba a llamar a sus hijos, no iba a meterlos en un trato que él buscó solo.

32:59 Cuando salieron, mi abuelo miró al suelo y vio la sombra de Evaristo junto a la puerta, derecha, con sombrero. mientras Evaristo seguía sentado y con la cabeza descubierta. La noche en que Evaristo volvió al socavón, salió solo de su casa. Llevaba aguardiente, tabaco y lámpara. Dos vecinos lo vieron tomar el camino del cerro, y ambos contaron después que Evaristo caminaba despacio, con el cuerpo vencido, y su sombra iba por delante, aunque la luz quedaba a su espalda. Mi abuelo estaba en la hacienda cuando escuchó los primeros gritos. Al principio llegaron apagados entre el viento y los animales del corral. Luego se hicieron claros. Era la voz de Evaristo.

33:47 Pedía que alguien bajara, pero no pedía que lo sacaran. Solo pedía que lo llamaran por su nombre completo. Nadie quiso moverse. Todos conocían lo que se decía de la valenciana chica. Mi abuelo tomó una lámpara, llamó a tres compañeros y salió hacia el cerro. Dejarlo gritar ahí abajo iba a traer más desgracia al pueblo. En la entrada encontraron las piedras movidas. Había aguardiente derramado, tabaco regado y sangre seca sobre la tierra. Mi abuelo entendió que Evaristo había llevado otra ofrenda. Nadie lo dijo en voz alta. y bajaron con las lámparas levantadas pisando despacio atentos al suelo y a las paredes el aire estaba caliente y olía a tierra húmeda más abajo escucharon a Evaristo con mayor claridad repetía llámame por mi nombre por el nombre entero la voz venía de la galería del fondo y cuando llegaron lo encontraron de rodillas con las manos metidas en el suelo y la boca manchada de tierra La lámpara estaba tirada a un lado. Detrás de él estaba la sombra. Mi abuelo no olvidó esa parte. La sombra cubría la pared, alta, derecha, con sombrero. Evaristo temblaba, pero la sombra permanecía firme. Uno de los hombres levantó la lámpara para verla mejor y en ese instante varias luces

35:17 se apagaron. Quedaron dos lámparas encendidas, débiles, y con eso bastó para ver a Evaristo llorando Mi abuelo le gritó, Evaristo Luna, pero Evaristo golpeó el suelo y respondió que faltaba. Otro hombre dijo, Evaristo de la Cruz, pero tampoco bastó. Evaristo pidió el nombre de bautizo, el que su madre había dado en la iglesia. Dijo que sin ese nombre no podía sostenerse, y dijo que el cobro ya estaba encima. Uno propuso ir por Tomasa, Pero Evaristo le respondió que ella no lo sabía. Otro mencionó al cura. Evaristo bajó la cabeza y dijo que la puerta ya estaba cerrada y después quiso arrastrarse hacia ellos. Sus manos avanzaron, arañaron la tierra, pero su cuerpo quedó detenido. Mi abuelo vio cómo las uñas se le llenaban de lodo y cómo los brazos se le estiraban por el esfuerzo. Entonces apareció el charro negro al fondo de la galería. Mi abuelo juraba que nadie lo vio entrar. Estaba ahí, quieto, con el sombrero bajo y las manos pegadas al cuerpo. La sombra de la pared cambió de tamaño cuando él llegó, y Evaristo dejó de gritar. Primero ofreció la casa, luego ofreció el dinero, las tierras y todo lo que había ganado, pero el charro no respondió. Evaristo ofreció bajar a la mina todos los días, llevar más aguardiente, más tabaco y

36:51 buscar a otros hombres para el trato. Mi abuelo recordaba esas palabras con vergüenza, porque Evaristo ya no pedía perdón, pedía plazo. El charro negro levantó la cabeza apenas y Evaristo se cubrió el rostro con las manos. Se escuchó un golpe debajo de la tierra. No cayó piedra, no se abrió la pared. Solo fue un golpe seco, hondo, y después un silencio que les apretó el pecho. Evaristo intentó decir su nombre completo. Alcanzó a decir Evaristo José Cruz Luna. Se golpeó el pecho porque le faltaba una parte, pero nadie pudo ayudarlo. La sombra se desprendió de la pared.

37:34 Mi abuelo decía esa frase y se quedaba callado. La sombra bajó sobre Evaristo. Le cubrió la espalda, los hombros y la cabeza. Los hombres retrocedieron. Uno soltó la lámpara, otro salió corriendo por la galería y mi abuelo se quedó clavado donde estaba, con la luz temblando en la mano. Evaristo miró hacia ellos y ya no pidió dinero ni tiempo. Pidió una sola cosa. Díganle a Tomasa que tenía razón. Después la sombra lo cubrió entero. Su cuerpo cayó hacia adelante y quedó quieto. No hubo sangre, ni derrumbe, ni pelea. Solo quedó el olor a tabaco encendido. Cuando las lámparas volvieron a arder con fuerza, el charro negro ya no estaba.

38:21 Evaristo seguía boca abajo con tierra dentro de la boca y las manos cerradas. Lo sacaron antes de que amaneciera y nadie discutió la causa. En el pueblo dijeron que la mina lo había cobrado y con eso bastó. Lo enterraron con poca gente. Tomasa fue, pero se mantuvo lejos del ataúd y sus hijos no llegaron. Algunos hombres fueron por deuda, otros por miedo. Después revisaron la casa y encontraron monedas, papeles, botellas vacías y un baúl cerrado. Dentro estaba el nombre completo escrito en una hoja doblada. Evaristo José de la Cruz Luna Armenta. Tomasa lo leyó y dijo que ese era el nombre que su suegra había usado una vez. Nada de lo que dejó arregló a la familia. Tomasa se fue del pueblo. Julián no volvió a vivir ahí. Refugio se quedó con las monjas, y Mateo regresó años después, preguntó por la tumba y se marchó antes de que oscureciera. La casa pasó por varias manos, pero nadie duró mucho. Los que entraban hablaban de olor a tabaco en los cuartos y de pasos en el corredor.

39:32 La valenciana chica quedó cerrada otra vez. Le pusieron piedras en la entrada y dejaron una cruz. Años después, algunos muchachos bajaron por reto, y encontraron marcas en el suelo, arrastradas hacia la pared del fondo. Otros apagaron sus lámparas y escucharon una voz vieja, repitiendo un nombre incompleto. Mi abuelo terminó la historia sin levantar la voz. Me dijo que no sabía si aquel charro era el diablo o el dueño antiguo de la mina. Después me miró fijo y me dijo, la pobreza puede empujar a un hombre hasta la boca del cerro, pero nadie debe entrar ahí cargando una ofrenda. y menos aceptar un trato con el charro negro. Mi nombre es María, y quiero contar una historia que me ocurrió en el año 2006. No me faltaba mucho para terminar mi carrera de enfermería, y en una ocasión, cuando nos llevaron a los hospitales para las prácticas, conocí a Doña Rosa. Era un hospital público, y en el momento en el que entramos nos dimos cuenta de que esa señora era un poco rara. Tal vez no del todo rara, pero sí tenía una cantidad casi ridícula de rosarios enrollados en cada lugar posible de la habitación en la que se encontraba. Traía algunos enrollados entre sus manos y había muchos crucifijos. Uno pensaría que llevaba ahí ya

41:06 muchos días, pero nos dijeron que había sido ingresada el día anterior. Eso sin mencionar que entablar una conversación con ella significaba que al final de cada respuesta escucharías un con el favor de Dios o si Dios así lo quiere. Ella era exageradamente religiosa, muy amable y paciente con nosotros, los enfermeros que recién estábamos comenzando. Se podría decir que su vibra era tan linda que con ella no tenías miedo de equivocarte. Ya era una mujer muy mayor, probablemente tenía alrededor de unos 85 años. No había sido ingresada por una enfermedad en particular. Se había resbalado con una cáscara de tomate cuando estaba haciendo su comida. No le había pasado nada grave y le darían el alta muy pronto.

41:57 Por alguna razón que hasta la fecha desconozco, yo le agradé mucho. Y a pesar de lo excéntrica que ella podía llegar a ser, a mí también me agradaba. Me recordaba a mi madre en cierta medida. Pocos días después de que ella saliera del hospital, recibí una llamada en mi teléfono. Eran los hijos de aquella mujer quienes me decían que a su madre le había caído muy bien. Después de darme las gracias por haberla cuidado durante esos días, me hicieron una propuesta de trabajo. Ir a su casa para vigilar que se tomara el medicamento y cuidarla, pues vivía sola. Tuve mis dudas en aceptar. Se me hacía un poco extraño porque nunca les había dado mi número.

42:43 Y por supuesto que, al ser yo una enfermera practicante, en el hospital tampoco tenían mis datos. Pero como siempre he sido una persona a la que le cuesta decir que no, solo les respondí que iba a pensarlo. Ellos siguieron insistiendo, enviando mensajes y preguntando si lo haría. Pues le surgía una respuesta ya que llevaban un par de meses buscando una buena enfermera y como yo le había caído también a su mamá, creían que sería perfecta. A pesar de no sentirme del todo preparada para tomar una responsabilidad como esa, terminé por acceder. Me dieron la dirección y fui hasta allá. Lo primero que noté al entrar es que su habitación en el hospital no era nada comparado con lo que podía llegar a ser su casa.

43:32 por donde miraras podrías encontrarte un cuadro, ya sea de la Virgen o de cualquier santo, al igual que rosarios en cada uno de los lugares donde era humanamente posible colgar uno. No voy a mentir, llegué a sentirme incómoda después de un rato. Sentí que eso podría incomodar a la mayoría de las personas, pero la verdad es que no me sentía con el derecho de juzgar. En mi familia nunca habíamos sido partidarios de ninguna religión en particular. A lo largo de los días me di cuenta de que el trabajo era relativamente fácil. Yo aún seguía estudiando, pero estaba bien, pues la señora era bastante independiente. Me estaban pagando básicamente por recordarle dos veces al día que debía tomarse el medicamento. En una ocasión eran cerca de las siete de la noche cuando Doña Rosa se fue a acostar y supuse que ya era hora de irme a casa. Me despedí de ella amablemente y caminé hacia la salida. El foco del pasillo que conducía hacia la puerta se había fundido. Pensé en dejarlo así, pero muy pronto me dio un cargo de conciencia, pues sabía que ninguno de sus hijos iría a componerlo hasta el fin de semana. Como en la casa no entraba tanta luz de afuera, para una anciana podría verse demasiado oscuro. Sin preguntarle, fui a buscar un repuesto y decidí hacerlo yo misma.

45:00 Ya estaba un poco oscuro, pero aún podía distinguir bien. Aún así, encendí la lámpara de mi teléfono y comencé a desenroscar el foco fundido. Creo que ya iba más o menos a la mitad de poder quitarlo, cuando, de repente, comencé a escuchar algo que me pareció extraño. Era como si estuvieran rezando. En aquella casa, escuchar rezos no era para nada algo extraño. Aquella mujer se la pasaba rezando prácticamente unas 10 horas al día. En ocasiones venían sus amigas y practicaban también algunos rosarios, pero en esta ocasión era diferente. Primero, porque la señora ya se había ido a acostar. No tenía televisión en su cuarto, así que no podía estar sintonizando ningún canal religioso. Tampoco contaba con teléfono que no fuera fijo, y dudaba que estuviera rezando con alguien por teléfono.

45:55 Eso sin mencionar que no se escuchaba como su voz. Es más, ni siquiera se escuchaba como la voz de una persona en específico. El sonido era más bien como el ruido que te podrías esperar al entrar a una iglesia. Cientos de voces rezando al mismo tiempo. Por un momento pensé que podría venir de afuera. Quizás algún vecino estaba rezando junto con sus amigos. pero no veía ninguna luz afuera que indicara que dentro de una casa había la cantidad de personas que yo estaba escuchando. Técnicamente no estaba ocurriendo nada raro y solo seguí con lo mío. Terminé de desenroscar el foco y puse el nuevo. Después de eso comencé a bajar la pequeña escalera en la que me encontraba. Bajé un escalón y después el otro. Pero cuando iba a poner mi pie en el tercero, sentí claramente que una fuerza invisible jaló mi pie hacia adelante.

46:52 No lo sentí como una mano ni como un resbalón. Fue literalmente como si algo lo jalara, pero sin poder sentir que era. Perdí el equilibrio y caí de la escalera. No era muy alta y solo me faltaban dos escalones para bajar por completo. Mi pie se quedó atorado entre los huecos de un escalón a otro. Y cuando caí de espaldas al piso, la escalera también se vino sobre mí y me golpeó la frente, haciéndome sangrar. Me quedé ahí tirada, tal vez uno o dos minutos, tratando de que el dolor pasara para poder levantarme, ya que todo me dolía. Durante todo ese tiempo, los rezos se escuchaban cada vez más fuertes. Creo que tardé unos dos minutos en poder levantarme. Pero créanme, cuando les digo que fueron los minutos más largos de mi vida, Apenas estuve de pie, me di cuenta de que Doña Rosa me había estado llamando para asegurarse de que yo estuviera bien. Le respondí que todo estaba bien y fui al baño a revisarme, solo para cerciorarme de que no era nada grave. Solo tenía una herida superficial, pero mi tobillo me dolía mucho.

48:02 Decidí no decir nada, pues pensé que se vería muy mal para mí. Pensé que tal vez había sido mi culpa. quizás sin darme cuenta había pisado mal y eso provocó que mi pie se fuera hacia adelante a pesar de no poder explicar las voces rezando decidí no darle importancia y me fui a casa a la mañana siguiente encontré a doña rosa en su lugar habitual en la sala leyendo la biblia como lo hacía todos los días la saludé y le pregunté si ya se había tomado el medicamento y ella me respondió que sí Yo estaba cojeando y me preguntó cuál era el problema y si tenía algo que ver con el día anterior. Le dije que no, que me había torcido el pie ese mismo día, pero que estaba bien. Más tarde, me encontraba preparando las medicinas que le tocaban a Doña Rosa. Estaba en la cocina mientras ella permanecía en la sala. Estaba muy concentrada en lo mío cuando de pronto comencé a escuchar de nuevo rezos.

49:04 En esta ocasión supuse que era la televisión y no le di tanta importancia, pero mientras más los escuchaba, más me daba cuenta de que no sonaban como si estuvieran grabados. Era más como si hubiera personas rezando, y solo parecía que estaba rezando una mujer joven. Doña Rosa quedó descartada, ya que no concordaba con su voz. Tampoco podía ser ninguna de las amigas de Doña Rosa. pues también eran mujeres bastante ancianas y las voces no concordaban. Me asomé un poco hacia el pasillo y me di cuenta de que aquella voz realmente parecía salir de uno de los cuartos, el cual había pertenecido a la hija de Doña Rosa cuando aún vivía ahí. Sin perder tiempo, fui y abrí la puerta, pero el cuarto se encontraba vacío, con un enorme cuadro de la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Recuerdo que me asomé por la ventana para asegurarme de que no hubiese nadie cerca que pudiera haber estado rezando, pero pronto me di cuenta de que eso tampoco era posible. Esa ventana daba directamente al patio trasero, y en la casa de al lado no vivía nadie.

50:17 Salí de esa habitación y fui a dejarle las pastillas a Doña Rosa. Cuando estuve frente a ella, me volteó a ver y me sonrió. diciéndome que le alegraba mucho que ya me hubiese contagiado y que yo también estuviera empezando a rezar. No sabía de qué estaba hablando le pregunté. Ella me respondió que había escuchado como yo había estado rezando, que el sonido parecía venir de donde yo estaba y por eso había creído que era yo quien lo estaba haciendo. En ese momento no quise preocuparla y le dije que más bien había estado escuchando una grabación. No sé por qué no le quise decir la verdad. supongo que no quería asustarla pues ni siquiera yo misma estaba totalmente segura de lo que había sido eso si ella había escuchado esos rezos era porque definitivamente provenían de la casa ya que no tenía el mejor oído del mundo y por lo general los ruidos de afuera le eran prácticamente imposibles de escuchar cuando faltaba más o menos una hora para que yo volviera a mi casa Estaba sentada con ella mirando la televisión. Había sintonizado una misa y se me ocurrió en ese momento preguntarle sobre su gran devoción hacia la iglesia católica, pues aunque creía que cada quien tenía su manera de honrar a su Dios, en ella me parecía casi compulsivo. No le dije todo esto, solo le pregunté si sus padres también eran católicos. Ella balbuceó un

51:48 poco y al final me dijo que, en realidad, sus padres no siempre habían sido católicos. Se podría decir que, cuando era apenas una niña, sus padres eran ateos. Pero, en una ocasión, ella se había caído desde un tercer piso y había quedado inconsciente. Los doctores habían dicho que jamás volvería a caminar. Esta señora me contó que desde entonces sus padres entraron en una especie de negación, diciendo que los doctores no sabían de lo que estaban hablando y que ella muy pronto volvería a caminar. Debido a esto, comenzaron a llevarla con diferentes personas, las cuales les prometieron sanarla de muchas maneras. Me dijo que todos ellos eran estafadores, que solo les sacaban dinero a sus padres y que jamás había tenido una verdadera mejoría. Un día, una de sus tías lejanas les habló de un hombre, según ella, especial.

52:44 Según el propio testimonio de su tía, él la había sanado de un dolor de espalda crónico, del cual ningún doctor había podido curarla. Lo máximo que le habían ofrecido eran calmantes, los cuales no le quitaban el dolor al 100%, pero hacían que su vida fuera un poco más llevadera. Pero aquel hombre había logrado sanarla en tan solo dos sesiones. Para ese momento, y a pesar de haberse topado ya con varias estafas que solo se aprovechaban de su situación, sus padres aún tenían mucha fe y decidieron llevarla con esta persona. Una vez en ese lugar, se dieron cuenta de que había muchísima gente que creía en él, y varios de ellos no eran clientes nuevos, sino personas a las que ya les había curado dolencias en el pasado, y afirmaban que todo esto era muy real. Aquella señora cuenta que a pesar de ser una niña, en cuanto el hombre llegó y comenzó a hablar, le sonó como un mentiroso más. Sus padres le creían cada palabra que salía de su boca. Pero para ella era solo otro que le haría beber alguna cosa de hierbas que sabría horrible, y tal vez tocaría su espalda para hacerla caminar de nuevo.

53:58 Pero ocurriría exactamente lo mismo que había pasado con las otras personas con las que había ido. El hombre parecía alguien que se sentía muy especial. En cuanto la vio a ella y a sus padres, fue directamente hacia ellos y les preguntó el motivo de su visita. Sus padres, sin perder el tiempo, le contaron todo lo que había ocurrido, al igual que el veredicto de los doctores. Ese hombre la miró y le tocó un poco la espalda. Después ella cuenta que pareció hacer una especie de mueca. que para ella solo podía significar que él también creía que ya no se podía hacer nada. Pero en lugar de eso, miró a sus padres y les dijo que quizás sí podría ayudarla, pero que ellos tendrían que hacer algo también.

54:45 No dio más detalles, solo les dijo que a la hora de la consulta tenían que pasar los dos con ella. Una vez que fue su turno, dijo que volvió a tocar su espalda, solo que en esta ocasión ese hombre estaba diferente. Como niña no sabía exactamente qué era lo diferente que le veía a ese hombre, pero sí estaba segura de que había algo. También notó que cuando lo había visto afuera del consultorio, ese hombre podía ver perfectamente. Ahora él mismo tenía los ojos vendados, casi como si quisiera nublar su vista. pero a pesar de que estaban completamente vendados, se movía y dirigía a los demás como si no tuviera ningún problema de la vista. Volvió a revisarla y después le dijo a sus padres que lo de ella ya no tenía remedio por su cuenta, pero podía tomar un poco de ambos para curarla. Esto no los volvería inválidos a ellos, pero sí sufrirían de dolores de espalda cuando hiciera mucho frío o cuando estuvieran parados por más de cinco horas seguidas. Eso era algo que él nunca podría curar, pero si lo hacían, les garantizaba que su hija volvería a caminar. Ella cuenta que todo su consultorio estaba rodeado de imágenes de santos y de cristos, tal y como estaba su casa. Dijo que a la hora de operar, si es que se le puede llamar así, no les abrió ni nada, solo los tocó. A los

56:17 ojos de ella no parecía que pasara nada, pero sí se sentía físicamente. Dijo que sintió muy claro cuando su espalda volvió a unirse, y dolió como nunca algo le había dolido. Después de eso, él les afirmó que volvería a caminar, pero además de lo que ya les había dicho que les ocurriría a sus padres, había otra cosa. ahora ella tendría que vivir rodeada de imágenes sacras y rezar mucho para ese momento ella aún no sentía que pudiera caminar solo que le dolía mucho la espalda al igual que a sus padres quienes aunque sí pudieron caminar estaban rengueando y dijeron que sentían como si se hubieran fracturado volvieron a su casa aquella tarde y en tan solo 10 días ella se pudo levantar creyeron cada palabra que aquel hombre les dijo Y era por eso que se habían volcado en la religión, creyendo que si no tenía todos esos cuadros y se volvía básicamente la persona más devota del mundo, entonces tal vez un día dejaría de caminar.

57:22 Yo creí que me estaba mintiendo, pero me mostró sus documentos de cuando tenía esa edad y de cómo los doctores habían dicho que ya no volvería a caminar. También me contó que no era algo que hiciera por obligación. A pesar de que sí creía que si dejaba de hacerlo algo malo podría pasar. Con el tiempo le había gustado mucho la religión y no sentía que lo hiciera por obligación. Me dijo que siempre sintió que aquellos cuadros sí la protegían de cierta manera. En aquel momento no supe qué decirle y solo me fui a mi casa muy interesada por aquella historia que me había contado. Creo que pasaron unos dos días mientras estaba sentada en la cocina enviando mensajes. Comencé de nuevo a escuchar rezos, pero después de solo unos minutos comenzaron a escucharse llantos, no solo de mujeres, también de hombres, y decían una sola oración una y otra vez. Al principio no pude distinguirla porque lo decían entre sollozos, pero después sí pude escucharla perfectamente.

58:27 Ya es muy tarde. Se escuchaban demasiado angustiados. Comencé a caminar hacia allá, Por un momento pensé que quizás me estaba sugestionando por la historia que aquella mujer me había contado, o quizás solo era algo que ella me estaba haciendo para que por alguna razón yo también empezara a creer en lo mismo que ella creía. En lugar de encontrarme con nada, una vez que estuve en el pasillo, logré ver de manera muy rápida a una mujer con una cara como de cadáver en descomposición. Lo único que podía pensar era que tenía que salir de ahí por mi propia seguridad, porque no entendía qué era lo que ocurría.

59:08 Entonces salí corriendo hacia mi casa. Ya no me importaba no cumplir con mi trabajo. Lo único que quería era estar a salvo. Pensando en eso que me había pasado, me quedé dormida. A la mañana siguiente me despertó mi teléfono sonando. Era directamente de la casa de Doña Rosa. Temblorosa contesté, pues supuse que eran sus hijos, los cuales me iban a comenzar a gritar porque había dejado a su madre sola y tampoco me había presentado a mi turno, ya que aquel día había prometido ir en la mañana. Pero antes de que siquiera pudiera disculparme, o al menos tratar de inventar una excusa, ellos me dijeron que Doña Rosa había fallecido. Se escuchaban tristes. No me estaban culpando.

59:56 Lo supe porque me dijeron que había muerto pacíficamente mientras dormía. Me daban las gracias por haberla ayudado durante todo el tiempo que estuve con ella. Y también me dijeron que era más que bienvenida al funeral. Por supuesto que fui. Ella se veía muy tranquila. Nunca les conté mi anécdota a sus hijos, pero siempre me quedé con ella.