El Coleccionista De Rostros: Dinero A Cambio De Dolor - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Iván Montalvo y recuerdo la primera vez que entendà que mi familia no guardaba un secreto sino una deuda. Yo era niño, vivÃa en la casa de mi abuelo y creÃa que las reglas de ahà eran normales porque nadie las discutÃa. Los espejos se cubrÃan antes de dormir, las pantallas apagadas quedaban volteadas contra la pared y la puerta del sótano permanecÃa cerrada con llaves que mi madre llevaba bajo la ropa. Si alguien preguntaba, ella contestaba que abajo habÃa cosas viejas. Yo le creà durante años hasta que escuché a un hombre llorar debajo de la cocina.
0:45 Mi abuelo, Pedro Montalvo, compró esa casa cuando todavÃa no tenÃa dinero. Mi madre decÃa que, antes de la riqueza, fue un hombre terco, cansado y lleno de deudas. VendÃa herramientas usadas, animales enfermos y cualquier cosa que pudiera dejarle ganancias. Se casó con Teresa, mi abuela, y durante un tiempo vivieron con poco, sin lujos. Después ella enfermó, los médicos la revisaron y le dijeron a mi abuelo que la llevara a casa. Mi madre era niña, pero recordaba la cama de Teresa, la respiración difÃcil y el miedo de mi abuelo. El pacto ocurrió una noche que mi madre nunca pudo contar sin bajar la voz. Ella estaba en el pasillo, descalza, escuchando detrás de la puerta. Mi abuelo habÃa puesto un espejo frente a la cama de Teresa.
1:37 Cerró la habitación, apagó las luces y leyó de un cuaderno viejo. Mi madre escuchó su voz temblar mientras ofrecÃa lo único que tenÃa. Su sangre, su casa y todo lo que viniera después. PedÃa que Teresa viviera, pedÃa dinero y pedÃa poder. El demonio le respondió desde el espejo. Mi madre vio la superficie oscurecerse y después vio una figura alta, formada por una materia negra, que se movÃa dentro del vidrio. No tenÃa rostro fijo. En la cabeza se abrÃan y cerraban caras humanas, unas viejas, otras jóvenes, todas torcidas por dolor. Mi abuelo escuchó las condiciones y aceptó.
2:21 Teresa iba a vivir. La familia tendrÃa dinero, las propiedades crecerÃan y las cuentas no quedarÃan vacÃas. A cambio, cada generación debÃa entregar a un miembro de la sangre Montalvo. Esa persona tenÃa que permanecer encerrada dentro de la casa, viva, alimentada y vigilada, mientras el demonio la consumÃa durante años. Si morÃa antes de que hubiera reemplazo, la marca caerÃa sobre el familiar más inocente. Teresa mejoró al poco tiempo. Se levantó de la cama, volvió a comer y caminó por la casa sin ayuda. Después llegó el dinero. Mi abuelo consiguió tierras, contratos y favores. La gente que antes lo evitaba empezó a visitarlo. Le pedÃan préstamos y trabajo.
3:10 Nadie quiso preguntar de dónde salió tanta suerte. Y tampoco preguntaron demasiado. Cuando Rafael, el hermano menor de mi abuelo, desapareció de la casa. Rafael fue el primer encerrado. Mi madre recordaba que era un hombre tranquilo, querido por Teresa y pendiente de los niños. Mi abuelo lo llevó al sótano con una excusa. Lo golpeó, lo ató y lo dejó en el cuarto oculto. A la familia le dijo que Rafael se habÃa ido a trabajar lejos. Mi abuela no preguntó en público, pero mi madre la escuchó llorar en la cocina. Durante años, Rafael siguió vivo abajo. A veces gritaba, a veces pedÃa agua, a veces insultaba a mi abuelo y a veces hablaba con voces ajenas. Mi madre creció con esos sonidos. Aprendió a caminar sin hacer ruido cerca de la cocina, aprendió a no tocar las llaves y aprendió a tapar cualquier vidrio cuando oscurecÃa. Cada vez que preguntaba por Rafael, mi abuelo le decÃa que la puerta debÃa seguir cerrada, porque todo lo que tenÃan dependÃa de eso. Con el tiempo ella dejó de preguntar, y cuando me lo contó años después no lloró por Rafael, lloró porque entendió que se habÃa acostumbrado. En la casa habÃa reglas claras, nadie bajaba solo al sótano, nadie dejaba espejos descubiertos, y nadie decÃa el nombre del demonio sin necesidad.
4:39 Si una ventana mostraba una cara donde no habÃa nadie, se cubrÃa de inmediato. Si una pantalla apagada reflejaba movimientos, se volteaba contra la pared. El demonio no necesitaba entrar por una puerta. Usaba los reflejos para mirar, advertir y recordarle a la familia que el trato seguÃa vigente. Cuando Rafael murió, mi abuelo pensó que la deuda habÃa terminado. No preparó el reemplazo y siguió con sus negocios. Esa misma semana, mi primo Rolando despertó con heridas pequeñas en los brazos. DecÃa que un hombre aterrador lo miraba desde la televisión apagada y que le hablaba sin mover la boca.
5:19 Mi abuelo entendió el aviso, pues el demonio no aceptaba pausas. Si nadie era entregado, iba a tomar al niño. Entonces mi abuelo entregó a Teresa. Mi abuela bajó sin gritar. HabÃa escuchado a Rafael durante años y sabÃa lo que esa puerta significaba. Preparó ropa, medicinas y una foto de sus hijos. Mi madre la vio pasar por la cocina con la cara seca y las manos firmes. Mi abuelo abrió el sótano, la dejó entrar y cerró detrás de ella. Esa noche, todos los espejos de la casa mostraron la cara de Rafael. Su boca se movÃa, pero no salió sonido.
6:02 Mi madre dijo que la imagen duró poco, pero lo suficiente para terminar la mentira. Mi padre quiso sacar a Teresa años después. Ãl no nació Montalvo y nunca aceptó la regla. DecÃa que aquello era un crimen sostenido por miedo. Una noche bajó con herramientas y trató de abrir la puerta. Mi madre intentó detenerlo, pero él siguió. Yo estaba en la cocina y escuché los golpes. Después vi la ventana oscura. En el vidrio apareció una figura detrás de mi padre, aunque el pasillo estaba vacÃo. También la vio, se quedó quieto, gritó, y cuando mi madre bajó tenÃa quemaduras en las manos.
6:45 Murió después y en el acta escribieron accidente en casa. Desde entonces mi madre tomó el control. DecÃa que si desobedecÃa, el demonio elegirÃa a uno de sus hijos. Mi hermano menor, ElÃas, era el más tranquilo de los dos. Siempre estaba cerca de ella. Por eso todos sabÃamos, sin decirlo, que era el más vulnerable. Teresa duró muchos años encerrada hasta que empezó a fallar. Entonces las cuentas se vaciaron, los animales aparecieron muertos y Rolando volvió a ver caras en los reflejos. Mi madre reunió a la familia y dijo que habÃa que elegir. Mi tÃo Bruno quiso entregar a un trabajador, pero mi madre le recordó que tenÃa que ser sangre Montalvo.
7:33 Mi tÃa Clara quiso llevarse a sus hijos y esa misma tarde su hija empezó a hablar sola frente a una ventana cerrada. ElÃas entendió antes de que se lo dijeran. Se encerró en su cuarto y me pidió que lo ayudara a escapar. Le dije que sÃ. Esa noche mi madre puso gotas en su bebida. Yo la vi y no hice nada. Yo entendÃa el peligro, pero elegà quedarme quieto, mirar a otro lado y dejar que el miedo pesara más que ElÃas. Lo bajamos entre tres. ElÃas despertó en las escaleras, preguntó qué pasaba, y mi madre le dijo que lo Ãbamos a cuidar. Lloró, me llamó por mi nombre y golpeó la puerta hasta quedarse sin voz. Durante los primeros meses, ElÃas todavÃa hablaba con su voz de siempre.
8:22 PedÃa salir. PrometÃa guardar silencio y juraba que se irÃa lejos, sin buscar a nadie y sin decir una palabra sobre la casa. Mi madre bajaba dos veces al dÃa con comida, agua limpia y medicinas. Dejaba la charola en la entrada, revisaba el candado y le respondÃa lo mÃnimo. Yo bajaba algunas veces, pero me quedaba lejos de la puerta, porque escuchar a mi hermano vivo me obligaba a recordar lo que habÃa hecho. Al principio nos llamaba por nuestros nombres. Después empezó a hablar con gente que no estaba ahÃ. Una noche lo escuché discutir con Rafael y otra tarde repitió una frase de mi padre. Mi madre se quedó rÃgida al oÃrla, cerró la mirilla y subió sin tocar la cena. Desde entonces aceptó que el demonio no solo le quitaba carne al encerrado, también le sacaba recuerdos y voces y los usaba contra los que seguÃamos arriba. La familia siguió con sus negocios. Las tierras produjeron, las deudas se cubrieron, y quienes querÃan comprar la casa retiraron sus ofertas.
9:29 Mi madre guardó los papeles en un cajón y nos ordenó no volver a hablar de venta. Yo intenté vivir lejos. Alquilé un cuarto en el pueblo y dejé de contestar llamadas. Una noche, la pantalla apagada de mi computadora mostró el pasillo del sótano. Vi la puerta, vi la ranura de la comida y escuché a ElÃas decir mi nombre desde las bocinas. Al dÃa siguiente volvÃ. Mi madre solo me entregó una copia de las llaves. A Marina la conocà en el pueblo. Me casé con ella sin contarle nada, la verdad. Pensé que podÃa mantenerla fuera de la casa. Pero mi madre enfermaba seguido y yo tenÃa que volver.
10:09 Marina notó las reglas desde la primera visita. Vio los espejos cubiertos, las pantallas volteadas y las llaves que mi madre llevaba colgadas. Preguntó por el sótano. Le respondà que estaba dañado. Esa mentira duró poco. Una noche, Marina escuchó mi nombre desde la cocina. Bajó antes de que yo pudiera detenerla y llegó hasta la puerta del sótano. ElÃas volvió a llamarme, pidió agua y después le pidió que llamara a la policÃa. Ella subió pálida y marcó, pero mi madre le quitó el teléfono. Yo se lo devolvÃ, pero le pedà esperar. Marina me miró con rabia y dijo una frase que todavÃa recuerdo. El miedo no justifica tener a un hombre encerrado. Ella quiso irse esa misma noche.
10:57 Guardó ropa, documentos y dinero en una bolsa. Cuando abrió el coche, el vidrio de la ventana mostró a ElÃas desde el otro lado. TenÃa el rostro pegado al reflejo y movÃa los labios sin sonido. Entonces se oyó su voz desde el cristal. Dijo el nombre de un hijo que aún no existÃa. Marina cerró la puerta y volvió a entrar. Gael nació tiempo después. Desde ese dÃa, mi madre empezó a preparar instrucciones. Guardó documentos, dinero, llaves y una libreta con fechas. Cada vez que ElÃas dejaba de comer, ella revisaba a Gael. Le miraba los brazos, la espalda, el cuello y la boca. Yo le decÃa que mi hijo no iba a entrar al sótano. Mi madre no discutÃa, solo respondÃa que la casa siempre elegÃa al que los demás querÃan salvar. ElÃas empeoró. A veces pasaba dÃas sin tocar la comida. Mi madre bajaba con caldo, agua con azúcar y pastillas molidas. Le hablaba por la ranura con la voz que usaba cuando éramos niños. Ãl le pedÃa morir, le pedÃa que abriera la puerta o que dejara de alimentarlo.
12:09 Una vez, cuando yo bajé con ella, ElÃas dijo que la familia merecÃa perderlo todo. SÃ, para conservarlo necesitaba entregar inocentes. Mi madre dejó la charola en el piso y lloró en silencio. Cuando mi madre enfermó de verdad, las señales aumentaron. Las ventanas reflejaban personas que no estaban en la habitación. El televisor apagado mostraba rostros aunque estuviera desconectado. Gael despertaba con rasguños en la espalda y sangre seca en la nariz. Marina quiso sacarlo de la casa tres veces, pero en cada intento el niño hablaba con palabras que no conocÃa. Yo querÃa que se fueran, pero veÃa lo que pasaba cuando cruzaban el portón. Mi madre murió en la cocina.
12:55 La encontré en el suelo, con las llaves del sótano apretadas en la mano. El horno estaba apagado, pero la puerta reflejaba una figura negra detrás de mÃ. En el vidrio vi rostros que reconocÃ. Rafael, Teresa y mi padre. Después apareció el rostro de mi madre, mientras su cuerpo seguÃa en el piso. La boca se abrió en el reflejo y entendà que el demonio ya la habÃa reclamado. Después del entierro, la familia volvió a reunirse en la casa. Nadie habló mucho de mi madre. Mi tÃo Bruno insistió en mantener vivo a ElÃas, porque Gael ya mostraba señales.
13:37 Mi tÃa Clara habló de quemar la casa y vender las tierras, pero no tomó las llaves ni buscó gasolina. Todos esperaban que otro decidiera. Yo tenÃa las llaves y entendà que el control habÃa pasado a mÃ, sin ceremonia, sin permiso y sin discusión. Esa noche bajé solo. ElÃas estaba sentado contra la pared. TenÃa vendajes en los brazos y respiraba con dificultad, pero levantó la cabeza. Preguntó por Gael. Le mentà y respondà que estaba bien. ElÃas cerró los ojos y dijo que el demonio ya habÃa visto al niño. También dijo que el agua del lavabo mostraba su cara cuando apagaban la luz y que el demonio esperaba el momento en que su cuerpo dejara de servir. Le pregunté qué querÃa. Me pidió matarlo y sacar a Marina con Gael del terreno Dijo que la maldición podÃa saltar, pero que al menos yo dejarÃa de alimentar el pacto. Le respondà que no podÃa arriesgar a mi hijo. ElÃas se rió sin fuerza. Luego me recordó que mi abuelo habÃa usado la misma razón para encerrar a Rafael y que mi madre habÃa usado la misma razón para encerrarlo a él.
14:50 Cerré la mirilla y subà con la comida intacta. Marina estaba en la sala con Gael dormido en brazos. Me preguntó si ElÃas seguÃa vivo. Respondà que sÃ. Preguntó cuánto tiempo más Ãbamos a vivir asÃ, pero no contesté. Dejé las llaves sobre la mesa, pero no solté la mano de ellas. Marina lo vio y entendió que yo ya estaba ocupando el lugar de mi madre. Ahora la rutina me pertenece. Bajo la comida, reviso el candado. Escucho la respiración de mi hermano y reviso a mi hijo antes de dormir. Si ElÃas no come, Gael despierta con marcas. Si pienso en abrir la puerta, los reflejos se llenan de rostros. Si intento llamar a la policÃa, el teléfono muestra el pasillo del sótano antes de marcar. La casa responde antes de cada decisión. Esta noche bajé la cena y ElÃas no tocó la charola. Me pidió acercarla más.
15:48 Cuando lo hice, miró el metal opaco y sonrió. Dijo que el demonio estaba contento. porque yo ya pensaba como carcelero. Después habló con una voz seca, lenta, que salÃa de su boca sin pertenecerle. El dinero seguirá creciendo mientras haya amor que pudrir dentro de esta familia. Esa fue la frase exacta. Cerré la puerta y subà con la charola llena. Marina me esperaba en la cocina y Gael estaba despierto. Me miró y señaló la ventana. Dijo que habÃa un hombre aterrador de negro detrás de mÃ. No volteé, solo miré el vidrio. La silueta estaba pegada al reflejo. Alta, quieta, con la cara cambiando. Primero vi a mi abuelo, luego vi a mi madre, y después vi a ElÃas. Al final vi la cara de mi hijo. No voy a prometer que mañana haré lo correcto. La promesa serÃa otra mentira.
16:47 ElÃas sigue vivo abajo, Gael duerme arriba, y yo sigo con las llaves en la mano.
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