El Cobrador Del Charro Negro Vino Por Una Deuda - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Me llamo Ramiro Salgado y trabajé como velador en una bodega de distribución a las afueras del Marqués Querétaro. La nave quedaba junto a varios terrenos baldÃos y detrás comenzaban unos cerros bajos. De dÃa entraban camiones, empleados y proveedores. Por la madrugada, el lugar quedaba vacÃo. Mi turno empezaba al anochecer. RecibÃa las llaves, revisaba los accesos, recorrÃa el patio y después me quedaba en la caseta. atento a las cámaras y al radio. HabÃa cámaras en las puertas, los andenes y los pasillos, pero ninguna cubrÃa el techo. También cuidaba a dos perros, Bayo y Mora, que andaban sueltos durante mi turno y conocÃan el lugar. Los dos reaccionaban en cuanto alguien se acercaba a la malla. Mora corrÃa primero y Bayo comenzaba a ladrar desde atrás. Si un animal cruzaba por el terreno, iban directo hacia el ruido.
1:03 Si una puerta quedaba mal cerrada, se detenÃan frente a ella. Nunca tuve que obligarlos a revisar una zona. Casi siempre se adelantaban y yo los seguÃa con la linterna. Por eso recuerdo con claridad lo que hicieron aquella noche, porque actuaron de una forma que nunca habÃa visto. El techo era de lámina y sonaba todas las noches. Con el frÃo daba chasquidos, con el viento crujÃa y cuando una lámina estaba floja, golpeaba con un ritmo fácil de reconocer. Yo llevaba meses oyendo esos ruidos y sabÃa cuando venÃan del techo, de la malla o de una puerta. La noche en que ocurrió todo, recibà el turno sin novedades.
1:46 Hice mi primera ronda y comprobé que los accesos estuvieran cerrados. El viento era ligero, los perros estaban tranquilos y la bodega no tenÃa movimientos. Regresé a la caseta, dejé el radio sobre el escritorio y me senté a revisar las cámaras. Cerca de las dos de la mañana escuché un golpe en la parte central de la nave. Fue seco, pesado y único. La ventana de la caseta vibró y los perros levantaron la cabeza al mismo tiempo. Esperé unos segundos y después comenzó un arrastre sobre las láminas. El sonido avanzó por el techo, se detuvo y volvió hacia el centro. No llevaba un ritmo continuo. Se oÃan contactos separados, con peso entre uno y otro, y cada movimiento hacÃa crujir una parte distinta de la estructura. Miré las cámaras. El patio estaba vacÃo. Las puertas seguÃan cerradas y no habÃa movimiento en los andenes. Entonces noté que Bayo y Mora no ladraban. Mora retrocedió hasta pegarse a la caseta. Bayo bajó el cuerpo y metió la cola. Los dos empezaron a llorar y buscaron el espacio debajo de la base.
2:57 Mora se raspó una pata al intentar entrar. Aún asÃ, siguió empujando hasta meter medio cuerpo. Bayo se colocó detrás de ella y no apartó la vista del techo. Verlos asà me inquietó más que el golpe. Ellos siempre salÃan hacia lo que escuchaban, pero esa noche solo querÃan esconderse. Tomé el radio y llamé a Ernesto, el supervisor que recorrÃa varias bodegas de la zona. Le informé que algo habÃa caÃdo sobre la nave, que escuchaba movimiento en las láminas y que los perros estaban aterrados. Me indicó que revisara el patio desde la caseta, que no subiera a ninguna escalera y que evitara la parte trasera. también dijo que iba hacia la bodega mientras hablábamos el arrastre volvió a empezar avanzó desde el centro hasta quedar encima de la caseta luego cayó un golpe corto sobre la lámina y salió polvo del marco de la puerta los perros se metieron más debajo de la base apague la luz interior tome la linterna y abrà la puerta me quedé junto al marco alumbre la entrada la malla y los costados de la nave No habÃa personas, vehÃculos ni movimiento en el patio. Salà unos pasos y levanté la luz hacia el borde del techo. Alcancé a ver las vigas exteriores y parte de la canaleta, pero no encontré nada.
4:22 El arrastre se habÃa detenido y el silencio ocupó toda la nave. Entonces oà un contacto sobre la parte alta de la caseta, detrás de mÃ. Me volvà y dirigà la linterna hacia una de las vigas exteriores. Y ahà estaba un ave negra enorme. TenÃa las alas recogidas, el cuerpo encorvado y un lado más bajo que el otro. La cabeza era ancha. No distinguà bien el pico ni las patas, pero vi dos ojos fijos que reflejaban la luz. Permaneció inmóvil sobre la viga, sin mover el cuello. Me quedé donde estaba, con la linterna apuntando hacia arriba y el radio cerca de la boca. le dije a Ernesto que habÃa un animal grande en la estructura negro y deforme él me ordenó regresar a la caseta y cerrar empecé a retroceder sin bajar la luz y cuando estaba a un paso de la puerta el animal abrió las alas una se extendió completa la otra quedó doblada y tenÃa menos plumas saltó hacia el techo golpeó la orilla de la nave y desapareció del otro lado entré, cerré con llave y mantuve la luz apagada Durante varios minutos escuché golpes y arrastres sobre las láminas. El movimiento iba del centro hacia el fondo, se detenÃa y comenzaba otra vez en otra parte. Revisé las cámaras, pero ninguna mostraba el techo. Solo apareció una sombra breve sobre una pared exterior,
5:52 demasiado rápida para distinguir una forma. Los perros siguieron escondidos y Mora no dejó de llorar. Ernesto llegó poco después y estacionó la camioneta frente a la nave, con las luces encendidas. Bajó, alumbró el techo desde lejos y me indicó que permaneciera adentro. Avanzó hasta quedar cerca de la caseta, sin apartarse de la camioneta, y entonces otro golpe sonó en la parte trasera. La lámina crujió, algo se arrastró unos metros y volvió a detenerse. Ernesto levantó la linterna, miró hacia el techo y se quedó quieto. No tuvo que preguntarme nada. También lo habÃa escuchado. Ernesto no intentó subir.
6:35 Se quedó junto a la camioneta, alumbró los accesos y después recorrió el patio conmigo, sin apartarnos de la caseta más de lo necesario. Revisamos las puertas, la malla y la escalera de mantenimiento, pero todo seguÃa cerrado. Bayo salió de debajo de la base, corrió hacia mà y se pegó a mis piernas. Mora no quiso moverse, seguÃa escondida. Respiraba rápido y tenÃa una herida en una pata. La llamé dos veces, pero no respondió. Solo levantó la cabeza cuando otro crujido bajó desde el techo. Caminamos por los costados de la nave con las linternas en alto. No encontramos cortes en la malla, objetos tirados, ni señales de que alguien hubiera entrado. Tampoco habÃa una escalera afuera ni un vehÃculo detenido cerca. Desde el suelo solo veÃamos la orilla de las láminas y parte de las vigas. Al llegar a los andenes, el arrastre empezó encima de nosotros y avanzó hacia el centro. Ernesto levantó la luz de inmediato y yo hice lo mismo. El sonido recorrió varios metros, se detuvo y volvió a moverse más despacio. Ninguno habló hasta que dejó de oÃrse. Ernesto llamó al jefe de seguridad y le informó que habÃa movimientos sobre la nave, que los accesos estaban cerrados y que no podÃamos identificar lo que estaba arriba. El jefe ordenó mantener la bodega cerrada hasta que llegara mantenimiento. No pidió apoyo policial, porque no habÃa una puerta forzada, una persona adentro, ni señales
8:08 de robo. No tenÃamos nada que mostrar salvo los golpes y la reacción de los perros. Regresamos a la caseta y revisamos las cámaras, pero ninguna cubrÃa el techo. En una grabación apareció una sombra breve sobre la pared exterior. y en otra se vio polvo caer dentro de uno de los pasillos. No habÃa una figura completa ni un movimiento claro. Ernesto repitió los videos varias veces. Luego apagó la pantalla y se quedó escuchando. El ruido continuó durante un rato, con golpes aislados y arrastres cortos. Después sonó un último golpe en el extremo de la nave, seguido de un raspado sobre la lámina. A partir de ahÃ, todo quedó en silencio. Ernesto permaneció conmigo hasta el amanecer.
8:56 Los perros tardaron en salir. Bayo se mantuvo cerca de mis piernas y Mora evitó apoyar la pata herida. Le limpié la sangre y la dejé dentro de la caseta. Cuando comenzaron a llegar los primeros empleados, nadie entró a la bodega. El gerente llegó con dos trabajadores de mantenimiento y pidió revisar el techo con una plataforma. Desde el patio se distinguÃan varias láminas hundidas en la parte central. y cerca de la caseta. Uno de los técnicos subió primero, revisó las zonas dañadas, avanzó hacia la viga donde yo habÃa visto al animal, y dejó de hablar por radio. Se inclinó sobre una parte de la estructura y pidió que acercaran más la plataforma. El gerente subió con él.
9:41 Desde abajo no veÃamos lo que revisaban, pero ambos tardaron varios minutos en bajar. TraÃan polvo en los guantes y no dijeron nada al principio. El gerente pidió que nadie tocara la zona. Tomó fotografÃas y después me permitió subir para señalar el punto exacto. En una de las vigas habÃa varias huellas de manos. Se veÃan las palmas y los dedos sobre el polvo. Algunas estaban en la parte superior del metal y otras por debajo. No habÃa marcas de zapatos cerca ni una pasarela para llegar caminando. Los técnicos revisaron la estructura y confirmaron que no habÃan trabajado ahà durante los últimos meses. Tampoco reconocieron las huellas y nadie pudo decir cuándo aparecieron. El polvo estaba removido, pero eso no bastaba para asegurar que fueran de esa noche.
10:32 Más adelante encontraron rayones en la pintura y tres zonas hundidas en el techo. No habÃa plumas, pelo, tela ni restos de algún objeto. El gerente decidió registrar el incidente como presencia de un animal grande. dejó las huellas fuera del reporte principal, porque no podÃa probar su origen y no querÃa detener la operación. Ernesto tomó varias fotografÃas antes de que limpiaran la viga. Yo vi cuando los trabajadores retiraron el polvo, cambiaron las láminas dañadas y ajustaron las piezas flojas. La bodega volvió a operar ese mismo dÃa. Antes de irme, revisé las grabaciones una última vez y Solo aparecÃan la sombra, la vibración de una cámara y el polvo cayendo dentro de la nave. Ningún video mostraba al animal. Entre los empleados comenzó a circular el rumor.
11:23 Un cargador mencionó que en otras bodegas también habÃan escuchado pasos sobre los techos. Otro habló de aves grandes detenidas en las vigas y al poco tiempo varios empezaron a llamarlas las brujas del parque industrial. Yo no usé ese nombre. pues lo que habÃa visto tenÃa cuerpo de ave, alas y plumas oscuras. No vi una mujer, ropa ni un rostro humano. Tampoco pude explicar el tamaño, la forma de una de las alas ni las huellas encontradas en la viga. Esa tarde dormà poco. Pensé en pedir un cambio de turno, pero no habÃa otro guardia disponible y necesitaba el trabajo, asà que regresé por la noche. Las láminas nuevas se distinguÃan desde el patio, El gerente dejó instrucciones para hacer rondas frecuentes y reportar cualquier ruido. Ernesto cubrirÃa otra zona, aunque mantendrÃa el radio encendido. Mora seguÃa lastimada y se quedó dentro de la caseta. Bayo salió conmigo, pero caminó pegado a mis piernas durante la primera ronda. Revisé las puertas, los pasillos y los andenes, pero todo estaba cerrado. El techo permaneció en silencio durante varias horas. Después de la medianoche, Mora levantó la cabeza y empezó a llorar. Bayo se acostó junto a la puerta, con las orejas hacia atrás.
12:47 Un momento después, algo golpeó la lámina nueva. El sonido cayó en la parte central de la nave, seco y pesado. Los dos perros se apretaron contra el suelo. Yo tomé el radio, aseguré la puerta y mantuve la luz apagada. Esta vez no salÃ. Llamé a Ernesto en cuanto escuché el segundo golpe. y dejé el radio abierto sobre el escritorio. Aseguré la puerta y apagué la luz de la caseta. Me respondió que iba hacia la bodega, aunque estaba lejos y tardarÃa en llegar. Mientras hablábamos, el arrastre cruzó la parte central de la nave, se detuvo unos segundos y regresó hacia mÃ. Los perros se pegaron a mis piernas.
13:29 Mora intentó meterse detrás del escritorio y Bayo quedó tendido junto a la puerta. con el cuerpo bajo y las orejas hacia atrás, pero ninguno ladró. Miré las cámaras una sola vez. El patio estaba vacÃo, las entradas seguÃan cerradas y no habÃa movimiento en los andenes. No hubo fallas ni imágenes extrañas, simplemente nada útil, porque el techo quedaba fuera de todos los ángulos. Cerré la pantalla para dejar la caseta a oscuras y me senté en el suelo junto al escritorio. con la linterna apagada en la mano. Ernesto seguÃa en el radio, preguntándome dónde se oÃa el ruido.
14:11 Le dije que ya estaba encima de la caseta. Primero sonaron dos contactos cortos sobre la lámina. Luego cayó un peso mayor y el techo cedió un poco. La lámpara se movió y golpeó contra el soporte. Escuché un paso, después otro, lentos y separados. El peso avanzó hasta quedar justo encima de mÃ. La lámina volvió a bajar y un raspado recorrió el metal. No miré por la ventana pues, para hacerlo, tenÃa que acercarme a la puerta y no iba a moverme de donde estaba. Los perros temblaban. Mora metió la cabeza debajo de mi brazo y Bayo apretó el cuerpo contra el piso. Arriba no se oyó nada durante varios segundos. Yo mantuve el radio cerca de la boca, pero dejé de hablar. Esperaba escuchar que se alejara hacia el techo de la nave. No pasó. El peso siguió sobre la caseta, quieto, hasta que otro golpe cayó cerca del borde. La manija no se movió y nadie tocó la ventana. Solo escuché el peso desplazarse hacia la puerta. Luego, una serie de contactos rápidos subió por la lámina y volvió a la nave. El arrastre se alejó hacia la parte trasera. Ernesto me pidió que no abriera hasta ver las luces de su camioneta. Poco después sonó otro golpe, ya lejos de la caseta. y después un aleteo fuerte.
15:35 También escuché una risa burlona, pero no habÃa nadie más que el ave enorme. El ruido terminó ahÃ. Cuando Ernesto llegó, abrió el portón desde afuera y dejó la camioneta frente a la entrada. Vi las luces por la ventana, tomé a Mora por el collar y salà con los dos perros. No revisé el patio ni miré hacia arriba. Subimos a la camioneta y cerramos las puertas. Ernesto tampoco quiso recorrer la nave. Desde el vehÃculo alumbramos el borde del techo, las vigas exteriores y la parte trasera, pero no vimos nada. Esperamos dentro de la camioneta hasta que llegó el jefe de seguridad. Le expliqué lo ocurrido y le dije que no continuarÃa el turno. Ãl respondió que primero debÃamos revisar si habÃa daños, pero me negué a entrar. Ernesto confirmó que habÃa escuchado golpes la noche anterior y apoyó mi decisión.
16:31 Entregamos las llaves y permanecimos afuera hasta que comenzó a amanecer. El personal de mantenimiento revisó la caseta y el techo cuando hubo luz. Encontró una parte hundida sobre la puerta y varios rayones en la lámina. La escalera seguÃa cerrada, la malla no tenÃa cortes y en el patio no habÃa huellas ni objetos que permitieran subir. Tampoco encontraron plumas, sangre o restos de algún animal. Yo observé la revisión desde la entrada y no volvà a pasar debajo de la zona dañada. Renuncié esa misma mañana. La empresa consideró que habÃa abandonado el puesto y me pagó únicamente los dÃas trabajados. No presenté una denuncia pues no tenÃa pruebas de una agresión. No habÃa una persona identificada y las grabaciones solo mostraban el patio vacÃo. Las fotografÃas de las huellas y de las láminas quedaron dentro del reporte de la empresa. El jefe de seguridad tampoco llamó a la policÃa, registró los daños y cerró el caso como presencia de fauna.
17:34 Ernesto siguió trabajando en esa zona y durante las semanas siguientes me llamó dos veces. Primero me contó que los perros ya no querÃan permanecer fuera de la caseta durante la noche. Después me dijo que habÃan vuelto a escuchar golpes sobre la nave. Ãl no vio nada pero pidió su cambio a otra bodega poco tiempo después. Un mes más tarde me envió una fotografÃa tomada durante una revisión de mantenimiento. Era la misma viga que los trabajadores habÃan limpiado después de la primera noche. Sobre el polvo nuevo habÃa cuatro huellas de manos. Dos estaban en la parte superior y dos aparecÃan por debajo del metal. Las palmas y los dedos se veÃan completos. No habÃa marcas de botas, señales de escalera ni huellas alrededor. Le pregunté quién habÃa subido.
18:27 Ernesto respondió que nadie reconoció las marcas. Los técnicos aseguraron que no habÃan tocado esa parte desde la reparación y el gerente ordenó limpiar la viga sin abrir otro reporte. Esa fue la última vez que hablé con él sobre la bodega. La nave continuó operando. Algunos empleados dejaron de usar la salida trasera durante la madrugada y los choferes que llegaban temprano esperaban dentro de sus camiones hasta que alguien abriera el portón. Bayo y Mora fueron trasladados a otra bodega porque se negaban a permanecer en el patio durante la noche. Nunca regresé. Recuerdo el peso sobre la caseta, el raspado en la lámina y la forma en que los perros buscaron esconderse antes de que lloviera algo. También recuerdo al ave negra sobre la viga, inmóvil bajo la luz, y las huellas encontradas donde nadie podÃa llegar sin equipo.
19:23 No sé qué era, solo sé que estuvo ahÃ, que volvió la noche siguiente y que dejó marcas. Me llamo Abelardo Cruz MartÃnez. y durante casi dos años trabajé como velador en una pensión de camiones, ubicada fuera de un pueblo de Puebla. El lugar recibÃa trailers, cajas secas y camionetas de reparto. Durante el dÃa entraban operadores, mecánicos y proveedores, mientras que por la noche quedaban algunos choferes dormidos en sus unidades, y yo permanecÃa en la caseta junto al portón.
20:07 Mi trabajo era vigilar el patio y anotar cualquier movimiento en la bitácora. La regla principal era mantener cerrado el acceso después de medianoche. Nadie podÃa entrar sin autorización del encargado, aunque conociera el lugar o asegurara llevar una carga urgente. Yo debÃa pedir los datos del vehÃculo y llamar antes de abrir. La orden se habÃa establecido por varios robos de combustible en la zona, asà que no podÃa decidir por mi cuenta. La pensión tenÃa cámaras sencillas, una cubrÃa el portón y parte de la carretera, otra vigilaba el patio y una tercera apuntaba a la oficina. Las imágenes aparecÃan en un monitor dentro de la caseta y quedaban guardadas durante varios dÃas. La noche del incidente habÃa poca actividad.
20:57 Los últimos camiones llegaron antes del cierre y después de recorrer el patio regresé a la caseta. HabÃa llovido y el aire seguÃa húmedo. por la carretera pasaban algunos vehÃculos, pero ninguno se detenÃa frente a la pensión. Cerca de las tres, revisé el monitor. Anoté que no habÃa novedades y me quedé sentado. A las tres y quince, alguien golpeó con fuerza la ventanilla que daba al exterior. Fueron tres golpes seguidos. Me levanté, tomé la lámpara y me acerqué sin abrir. Del otro lado de la reja habÃa un hombre. VestÃa saco, pantalón oscuro y sombrero. No llevaba ropa de trabajo ni identificación visible. Estaba solo y la carretera detrás de él se veÃa vacÃa. La luz del acceso le daba de frente. Por eso pude observarlo con claridad.
21:49 Abrà apenas la ventanilla y le pregunté qué necesitaba. Me saludó con educación y pidió permiso para dejar un vehÃculo dentro de la pensión hasta el amanecer. Le pregunté qué tipo de unidad era, quién la conducÃa y de qué empresa venÃa. Contestó que el vehÃculo estaba cerca, detenido sobre la carretera, pero no dijo las placas ni el nombre de la empresa. Le expliqué que el portón ya estaba cerrado y que no podÃa recibirlo sin autorización. Me respondió que pagarÃa en efectivo y que solo necesitaba un espacio durante unas horas. Hablaba despacio, con voz baja, sin mostrar enojo. Mientras lo escuchaba, percibà un olor fuerte. No venÃa del patio ni de los camiones. porque dentro de la caseta no estaba antes de que él llegara. Era una mezcla de tierra húmeda y azufre, suficiente para irritarme la garganta.
22:45 Me aparté un poco de la ventanilla y volvà a pedirle los datos del vehÃculo. Dijo que no hacÃan falta, que el encargado entenderÃa la situación cuando llegara. Yo sabÃa que nunca enviaba a nadie sin avisarme, por eso mantuve la negativa. El hombre se quedó en silencio unos segundos, Y después me preguntó si estaba seguro de que no abrirÃa. Le respondà que la orden era clara y que no iba a romperla. No discutió, no levantó la voz ni intentó acercarse al candado. Mantuvo las manos frente al cuerpo y siguió mirándome. Entonces preguntó por un rancho. Dijo el nombre con claridad, aunque ahora no puedo repetirlo. QuerÃa saber si quedaba cerca y añadió que debÃa resolver un asunto antes del amanecer. Le contesté que no conocÃa ese lugar y que tendrÃa que preguntar en el pueblo. Inclinó la cabeza, me dio las gracias, dijo que entendÃa mi decisión y añadió que yo habÃa cumplido con mi trabajo. Pronunció esa última frase sin cambiar el tono y dejó un silencio antes de retirarse. Cerré la ventanilla y lo vi caminar por la orilla de la carretera. No volvió la cabeza y la luz del acceso dejó de alcanzarlo y su figura desapareció. Esperé escuchar un motor, una puerta o algún vehÃculo en movimiento, pero no se oyó nada. Me quedé observando la entrada. El olor seguÃa cerca de la ventanilla, aunque comenzaba a disminuir. Miré el monitor y no distinguà movimiento,
24:20 pero la imagen era pequeña y supuse que el hombre ya estaba fuera del alcance de la cámara. Antes de sentarme, revisé el portón. La cadena, el candado y el seguro interior seguÃan en su lugar. No encontré señales de que alguien hubiera intentado entrar. Tomé la bitácora y empecé a registrar la visita. Anoté la hora, la solicitud de acceso y la ropa del hombre. Cuando llegué a la descripción del rostro, me detuve. HabÃan pasado pocos minutos y no podÃa recordar sus facciones. SabÃa que lo habÃa mirado de frente. recordaba el sombrero el saco la posición de sus manos su voz y el olor que entraba por la ventanilla pero no podÃa precisar los ojos la nariz ni la boca cerré los ojos e intenté reconstruir la cara desde el inicio de la conversación no conseguà fijar un solo rasgo pensé primero en una nariz recta luego en una más ancha y después dudé de ambas con los ojos ocurrÃa lo mismo No sabÃa si eran claros u oscuros.
25:25 La frente, las mejillas y la mandÃbula tampoco permanecÃan en mi memoria. Cada intento terminaba en una cara distinta, y ninguna me resultaba reconocible. Volvà a leer lo que habÃa escrito. La descripción terminaba en hombre con ropa oscura y sombrero. Dejé un espacio para completar después, cerré la bitácora y me acerqué al monitor. La cámara del portón habÃa grabado toda la conversación. desde los golpes en la ventanilla hasta el momento en que el hombre se retiró. Pensé que el video resolverÃa el problema y me permitirÃa terminar el informe. Retrocedà la grabación hasta unos minutos antes de su llegada y presioné reproducir. En la pantalla aparecÃa yo sentado dentro de la caseta. Después levantaba la cabeza, miraba hacia la ventanilla, tomaba la lámpara y me acercaba al vidrio. Esa parte coincidÃa con lo que recordaba. La diferencia estaba afuera. La cámara mostraba la reja, el portón y un tramo de la carretera, pero frente a la ventanilla no habÃa nadie.
26:33 Aún asÃ, en la grabación yo abrÃa el vidrio, miraba hacia el exterior y empezaba a hablar. Adelanté unos segundos. Me vi haciendo las mismas preguntas que recordaba, aunque el sistema no registraba sonido. MovÃa la cabeza. Esperaba, respondÃa y volvÃa a escuchar. En un momento apartaba el cuerpo por el olor y después me acercaba otra vez. La zona donde habÃa visto al hombre permanecÃa dentro del encuadre. Si hubiera estado pegado a la pared, la cámara habrÃa registrado una parte del sombrero, un hombro o una sombra. Revisé el fragmento hasta que cerré la ventanilla, pero no apareció nada.
27:14 Lo reproduje de nuevo. Yo hablaba solo durante varios minutos. Señalaba hacia el portón y al final, seguÃa con la vista un punto que se alejaba por la carretera. Los vehÃculos que pasaban al fondo avanzaban con normalidad. El reloj seguÃa corriendo y no habÃa cortes. Sentà un mareo y me senté hasta recuperar el equilibrio. Pensé en una falla del archivo, pero el video no tenÃa saltos ni cuadros detenidos. Miré por la ventanilla. La carretera estaba vacÃa y el olor ya era débil. Abrà la bitácora. En la descripción solo aparecÃan las palabras, hombre con ropa oscura y sombrero.
27:56 El espacio destinado al rostro seguÃa en blanco. Intenté recordar sus facciones, pero solo recuperaba el contorno del sombrero, la ropa y la posición del cuerpo. No recordaba los ojos, la nariz ni la boca. Eso me preocupó más que el video, porque yo habÃa hablado con él a poca distancia. Llamé a don Julián, el encargado, y le expliqué que una persona habÃa pedido acceso, aunque no aparecÃa en la cámara. Pensó que yo estaba confundiendo el ángulo y me pidió revisar el portón, pero también ordenó que despertara a un operador para no salir solo. Fui por Mauro, un chofer que llevaba varios meses estacionando en la pensión. Le dije que alguien habÃa estado afuera y que necesitaba comprobar el acceso.
28:43 Salió de su cabina con una lámpara y caminó conmigo hasta la caseta. Juntos revisamos el portón desde el interior. El candado seguÃa colocado y la cadena estaba firme. Mauro alumbró la carretera, la cuneta y los lados de la entrada. No encontró a nadie ni vio un vehÃculo cerca. Le pregunté si habÃa escuchado golpes, voces o un motor. Respondió que habÃa dormido hasta que fui a buscarlo. Volvimos a la caseta y le mostré la grabación. Al principio dijo que el conductor podÃa haber quedado fuera de cuadro, pero cambió de opinión. Cuando vio que yo mantenÃa la mirada fija en un punto cubierto por la cámara, retrocedÃa por el olor y seguÃa con los ojos algo que se alejaba.
29:30 terminó de ver el fragmento sin hablar don julián llegó poco después revisó el monitor el portón y la bitácora luego me pidió que repitiera la conversación le expliqué que el visitante querÃa guardar un vehÃculo que habÃa ofrecido pagar y que después preguntó por un rancho también le hablé del olor cuando me pidió el nombre del lugar descubrà que tampoco podÃa recordarlo sabÃa que el hombre lo habÃa repetido y que yo lo habÃa entendido pero la palabra no regresaba, solo recordaba que era un nombre corto. Don Julián reprodujo el video varias veces, pero no encontró una falla.
30:11 La cámara habÃa registrado cada uno de mis movimientos, pero no habÃa captado a la persona que estaba frente a mÃ. Mauro propuso llamar a la policÃa y pedir un recorrido. Don Julián aceptó, aunque informó únicamente que un desconocido habÃa rondado la pensión. No mencionó el rostro olvidado ni la ausencia del hombre en la grabación, porque esos datos no ayudaban a localizarlo. Una patrulla pasó más tarde. Los agentes revisaron la entrada, iluminaron la carretera y preguntaron si faltaba combustible, herramienta o mercancÃa. También buscaron daños en la cadena, la reja y el candado, pero no encontraron señales de robo ni de entrada forzada. Tomaron nota y continuaron el recorrido.
30:59 No regresaron y nosotros tampoco volvimos a llamar. Antes del amanecer, don Julián copió el fragmento en una memoria y fotografió la bitácora. Me pidió completar el registro sin agregar datos que no pudiera sostener. Escribà que el visitante no habÃa sido identificado, que solicitó acceso y que se retiró después de recibir una negativa. Cuando iba a firmar, vi una marca de tinta al final de la lÃnea. Era estrecha y más larga que un punto. Pasé el dedo por encima, pero la tinta estaba seca. Firmé, cerré el libro y regresé a la caseta. Durante los dÃas siguientes, revisamos el video varias veces. La copia siempre mostraba lo mismo. Yo hablaba a través de la ventanilla mientras el exterior permanecÃa vacÃo.
31:48 Ningún trabajador pudo reconocer al visitante porque no existÃa una imagen para mostrar. Dos operadores contaron una historia conocida en la región. Hablaban de un hombre vestido de negro que recorrÃa caminos de madrugada y se detenÃa para pedir nombres o direcciones. Algunos lo llamaban el Charro Negro, otros decÃan que trabajaba para él y buscaba personas con asuntos pendientes. Don Julián ordenó que dejaran de hablar del tema dentro de la pensión. Dijo que esas historias podÃan alterar a los choferes y afectar el trabajo. Yo acepté, pero desde esa noche cambié mi forma de atender la entrada. Cuando alguien golpeaba, primero revisaba el monitor, después llamaba al encargado y solo entonces me acercaba a la ventanilla. El cambio me ayudó a mantener el control, aunque no resolvió el problema.
32:41 La grabación confirmaba que yo habÃa hablado durante varios minutos. La misma grabación mostraba que frente a mà no habÃa nadie. Durante la semana siguiente trabajé acompañado. Don Julián puso a Mauro en el turno de noche y presentó el cambio como una medida temporal, aunque no fijó una fecha para terminarlo. Seguimos haciendo los rondines y anotando cada entrada en la bitácora. La pensión recuperó su actividad habitual, pero yo ya no atendÃa la ventanilla de la misma manera. Cuando llegaba un conductor fuera de horario, primero lo buscaba en el monitor, después le pedÃa sus datos sin abrir, y si la imagen no mostraba a nadie, me quedaba dentro de la caseta.
33:26 Revisé la pantalla cada vez que escuchaba un motor o paso cerca del portón. También intenté recordar el rostro del hombre. Lo hacÃa al terminar el turno, cuando podÃa ordenar la conversación sin interrupciones. Recordaba el sombrero, el saco, las manos frente al cuerpo y la voz baja con la que pidió entrar. Recordaba el olor a tierra húmeda y azufre, la forma en que se retiró y la frase con la que reconoció que yo habÃa cumplido con mi trabajo, pero el rostro no regresaba. Si trataba de fijar los ojos, perdÃa la nariz. Si pensaba en la boca, cambiaba la mandÃbula. Después de varios dÃas dejé de intentarlo, porque cada esfuerzo producÃa una cara distinta. HabÃa otra parte de la conversación que no escribà en el reporte. Cuando le indiqué que preguntara por el rancho en el pueblo, él respondió que necesitaba encontrarlo antes del amanecer porque tenÃa que cobrar una deuda.
34:24 La frase permanecÃa completa en mi memoria. No se la mencioné a los operadores porque ya hablaban del charro negro y de un cobrador que recorrÃa los caminos de noche. El cobrador del charro negro no viste como un jinete de leyenda. Usa traje oscuro, camisa cerrada hasta el cuello y botas cubiertas con polvo seco, aunque venga de un camino mojado. Lleva un sombrero negro sin adornos y nunca se lo quita. Su rostro es delgado, con la piel pálida, los labios resecos y los ojos hundidos. No parpadea cuando habla. Su trabajo consiste en localizar a quienes hicieron un trato con el charro negro. Algunos pidieron dinero, otros salud, protección o suerte. El cobrador aparece cuando la deuda vence. No amenaza ni levanta la voz. Llega con el nombre completo de la persona, la cantidad entregada y la fecha exacta del acuerdo. También conoce promesas que nadie más escuchó. Carga una libreta forrada con cuero oscuro y cada hoja contiene un solo nombre. Cuando encuentra al deudor, abre la página correspondiente y lee las condiciones. No acepta pagos parciales, excusas ni objetos robados. Cobra aquello que fue ofrecido desde el principio, aunque la persona asegure no recordarlo. Su presencia se reconoce por el olor a tierra mojada y azufre. Los perros se esconden, los caballos se niegan a caminar y las llamas pierden fuerza. Cuando termina su visita, deja una moneda
35:56 negra en el suelo. Al tocarla está tibia y al amanecer se convierte en un diente humano. Eso es lo que me contaron de él. Yo no querÃa mezclar mi recuerdo con esas historias, asà que se lo dije únicamente a don Julián, quien me pidió escribirlo en otra hoja, con fecha y firma, y la guardó junto con la memoria donde habÃa copiado el video. Poco después llevó a un técnico para revisar las cámaras. El hombre examinó el equipo, reprodujo el archivo y comprobó el ángulo desde la entrada. Dijo que el sistema funcionaba, que la oscuridad reducÃa el detalle, pero no podÃa borrar por completo a una persona frente a la ventanilla. Para probarlo, Mauro ocupó el lugar donde yo habÃa visto al visitante. En la pantalla apareció de cuerpo entero. Se acercó a la pared, se movió junto a la reja y se cubrió parte del rostro con un sombrero. Aún asÃ, la cámara registró su espalda, sus brazos y la sombra sobre el suelo. El técnico repitió la prueba y terminó la revisión sin encontrar una falla.
37:05 Don Julián pagó el servicio, guardó la memoria en la oficina y nos pidió que dejáramos de hablar del tema con los conductores. Acepté, porque no querÃa preguntas ni visitas de curiosos. La bitácora terminó de llenarse dos semanas después, y don Julián la revisó antes de archivarla. Mauro y yo estábamos presentes para aclarar varias entradas. Cuando llegó a la página del incidente, dejó de leer y acercó el libro a la luz. Debajo de mi firma habÃa una frase escrita con tinta negra. Acceso negado, la cuenta sigue pendiente. La letra era pequeña, firme y distinta de la mÃa.
37:48 Don Julián usaba tinta roja para sus correcciones y Mauro casi nunca escribÃa en la bitácora. Los dos negaron haber puesto la frase. Yo recordé la marca oscura que habÃa visto al final de la lÃnea antes de cerrar el libro. Pero entonces era solo una mancha seca. Don Julián buscó en su teléfono la fotografÃa tomada la mañana del incidente. En la imagen aparecÃan mi reporte, el espacio vacÃo de la descripción y mi firma. pero la frase no estaba. Donde ahora empezaba la primera palabra, solo se veÃa aquella marca alargada. Revisamos la hoja por ambos lados. No tenÃa cortes, borraduras, ni señales de haber sido cambiada. Las fechas, los renglones y mi firma coincidÃan con la fotografÃa. Mauro propuso llevar el libro a la policÃa, pero don Julián se negó.
38:43 Dijo que no podÃamos demostrar cuándo apareció la frase. y que el primer reporte habÃa quedado sin investigación, porque no hubo robo, daños, ni una persona visible en la grabación. Guardó la bitácora en un cajón de la oficina y se quedó con la llave. La nota sobre la deuda y la memoria del video quedaron en el mismo lugar. Seguà trabajando algunos meses. El hombre no regresó, y ningún operador informó de alguien vestido de negro en la carretera. Aún asÃ, comencé a buscar otro empleo. DormÃa mal durante el dÃa y llegaba al turno pendiente de la ventanilla.
39:23 Cuando presenté mi renuncia, don Julián no discutió ni trató de retenerme. Me pagó lo correspondiente y me pidió firmar la salida. Antes de irme, le solicité ver la bitácora una última vez, porque querÃa comprobar que la frase seguÃa ahÃ. Abrió el cajón y el libro no estaba. Revisamos la oficina. los estantes y las cajas donde guardaba documentos. Las demás bitácoras seguÃan ordenadas por fecha, pero faltaba solo la que contenÃa mi reporte. Tampoco encontramos la memoria con el video ni la hoja donde anoté la frase sobre la deuda. Don Julián sostuvo que nadie más tenÃa llave y que él no habÃa retirado nada. La grabación original ya no estaba en el sistema, porque el equipo borraba los archivos antiguos, Solo quedaba una copia en el teléfono de Mauro. La vimos antes de que yo saliera de la pensión. El archivo seguÃa completo. Yo aparecÃa frente a la ventanilla, hablaba durante varios minutos, hacÃa pausas para escuchar y al final seguÃa con la mirada a alguien que no estaba en la imagen. Don Julián cerró la oficina y me pidió que no volviera a contar lo ocurrido. Desde entonces no he regresado a trabajar de noche. Mauro conserva el video y yo sigo sin recordar el rostro del visitante. De aquella madrugada mantengo una frase completa, la misma que apareció debajo de mi firma y después desapareció con la bitácora.
40:57 Acceso negado, la cuenta sigue pendiente. Me empezaron a pasar situaciones tan siniestras y perturbadoras en el departamento en el que vivÃa, que me dolió mucho tener que dejarlo. No solo porque tuve miedo, sino porque me gustaba vivir ahÃ. Antes de irme a ese edificio, rentaba una casa con otros tres roomies. Me enfadé de no llegar a acuerdos, por lo que empecé a buscar un nuevo espacio. Me llevó tiempo encontrar ese pequeño departamento que apenas tenÃa dos habitaciones pequeñas. Pero la renta era accesible y por fin iba a estar sola. Durante más de seis meses estuve tranquila.
41:47 La mayorÃa de los vecinos eran adultos mayores, por lo que no tenÃa problemas con el ruido o el desorden. Además, eran muy amables conmigo. Un dÃa que iba hacia mi trabajo, me encontré con un señor que vivÃa en el departamento de abajo. Le costaba mucho trabajo caminar. Lo hacÃa con tanta dificultad que me dio pena. Me ofrecÃa ayudarlo. Ãl solo querÃa llevar su basura al estacionamiento. Ahà se encontraba el contenedor de basura. En aquella ocasión lo ayudé. Le comenté que a mà no me costaba trabajo llevar su basura al contenedor. Solo necesitaba dejarla afuera de su departamento y yo con gusto todos los dÃas la podÃa recoger.
42:27 Nuestra amistad poco a poco fue creciendo. Ãl empezó a confiar en mà y me invitaba a cenar a su casa. La pasaba muy bien con José porque era un hombre muy culto. Me contaba historias interesantes, con cierta frecuencia lo iba a visitar, aunque él nunca habló de su familia. Yo sabÃa muy poco de él, porque era un hombre muy discreto, y él tampoco hacÃa preguntas incómodas, asà que los dos nos contamos lo que querÃamos. Me daba curiosidad saber por qué estaba tan solo. Quizás nunca se casó, ni tampoco tuvo hijos, pero habÃa una fotografÃa en una portaretrato de una mujer joven. Creà que quizás fue una novia que tuvo, porque vestÃa con ropa antigua, y su peinado también era peculiar, no era alguien de esta época.
43:17 Pero con aquel acuerdo silencioso que tenÃamos los dos, jamás le pregunté de quién se trataba, solo que él se dio cuenta que me llamaba la atención aquella mujer de la foto, y al dÃa siguiente ya no estaba. La quitó para no sentirse invadido. En una ocasión que me invitó a comer, estuve tocando y no salió. Me alarmé mucho porque él nunca salÃa a ninguna parte. Asà que fui con el conserje para pedirle que me abriera el departamento. El encargado también se preocupó y abrió la puerta. Encontré a don José tirado en el baño con un golpe en la cabeza, lo que no le permitió levantarse. A partir de lo que ocurrió, con toda la confianza que me tenÃa José, Me dio un duplicado de la llave de su departamento. Le dije que no era necesario. En caso de requerir entrar, podÃa hacer lo mismo que ese dÃa.
44:10 Acudir con el conserje para que me abriera. Pero José, muy lindo, me dijo que yo era como su hija. Y me puso la llave en mi mano. HabÃa algo en José que me causaba extrañeza. Ãl tenÃa uno de los cuartos cerrado bajo llave. Le puso varias cerraduras para mantenerlo casi hermético. Me causó mucha curiosidad porque en una ocasión que me invitó a cenar, después de comer los alimentos, nos pusimos a ver la televisión con su programa favorito. En cuanto dieron las nueve de la noche, se levantó y se fue directo a su habitación. Sacó un crucifijo de madera mediano y lo puso debajo de la puerta de la habitación vacÃa. No le pregunté nada porque era un acuerdo entre los dos, aunque me pareció muy raro que hiciera eso. Luego se fue a sentar y seguimos viendo el programa hasta casi las 10 de la noche, algo inusual para José, porque por lo regular se dormÃa muy temprano, pero en aquella ocasión la estábamos pasando mejor que otras veces y era sábado, asà que al dÃa siguiente yo también me podÃa dar el lujo de levantarme hasta tarde.
45:20 Cuando me despedà de José, antes de marcharme, noté que el crucifijo que metió por debajo de la puerta estaba en el piso, como si alguien dentro del cuarto lo hubiese deslizado. Y José lo notó cuando lo vio. Se disculpó, diciendo que lo habÃa olvidado, que a veces su memoria le fallaba y que lo dejó ahà por descuido. Y me fui, pero me quedé inquieta por lo que vi. Hasta ese dÃa creà que José vivÃa solo. pero esa era una clara evidencia de que alguien estaba dentro de la habitación. Pero no quise hacer conjeturas, traté de no pensar en lo que vi y olvidar el asunto, porque si de verdad habÃa alguien más dentro de ese departamento, José tenÃa sus motivos para ocultarlo y yo no tenÃa por qué preguntarle. A partir de ese dÃa me llamó la atención aquella habitación cada vez que visitaba a José.
46:18 Y cuando él entraba al baño o iba a la cocina, me levantaba y ponÃa mi oreja en la puerta, tratando de escuchar algo, pero era en vano. Dentro de la habitación no habÃa nadie. Todos los dÃas hice lo mismo, hasta que después de una semana oà una voz. Era muy baja, apenas alcancé a escuchar una palabra que no pude entender. Eso me causó más curiosidad y me asomé por debajo de la puerta. Lo que escuché me dejó intrigada. Noté los pasos de una persona que caminaba adentro. Eso era imposible.¿ O era verdad que habÃa una persona adentro? Y me dio mucho miedo. Ya no supe qué pensar de José, porque mantenÃa cautiva a una persona y desde no sé cuánto tiempo. Aquella vez ya no me quise quedar a ver la televisión con él. Ya no le tuve confianza y sospecho que él notó mi alteración, porque me vio de una manera extraña. Hizo todo lo posible para que no me fuera de su departamento y me fui casi corriendo de ahÃ. Pero ya no me dijo nada.
47:24 Entendió perfectamente que ya no quise estar dentro de su departamento y me abrió la puerta para que me fuera. Antes de irme, lo miré de nuevo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. y su cara muy triste, pero aún asà me marché, esa acción que tuve aquella noche tuvo fatales consecuencias, y hasta la fecha me sigo lamentando por lo que hice, pero ya no tiene remedio, estaba nerviosa y no sabÃa por qué, me sentÃa alterada y no me pude concentrar en nada, prendà el televisor, Lo apagué, quise leer y no pude. Puse un poco de música tranquila, y eso fue lo que me ayudó a calmarme un poco, porque al poco tiempo empecé a escuchar un ruido en el piso. Apagué la música porque creà que alguien se habÃa metido en mi departamento, y eso me dio más miedo.
48:19 Pero me di cuenta que no se trataba de mi departamento, sino el de José. Los sonidos venÃan de con él. Era como si golpearan con un objeto duro el techo de su departamento. Por eso lo pude oÃr. Aquel sonido extraño duró como por una hora. Ya casi estaba a punto de bajar con José cuando todo quedó en silencio. TodavÃa estuve despierta por más de dos horas y ya no hubo ningún sonido. Me fui tranquilizando hasta quedarme dormida. Al dÃa siguiente, no sé si mi alarma no sonó o del sueño tan profundo no la escuché. Asà que salà corriendo hacia mi trabajo. Por la prisa que llevaba, no me di cuenta que José no estaba afuera de su departamento para desearme un buen dÃa. Para colmo, me quedé a trabajar horas extras y salà muy tarde de la empresa. Hasta que regresé al edificio, me acordé de José.
49:14 Estuve a punto de irle a tocar a su puerta. Incluso me quedé parada por unos minutos. Pero algo me detuvo. No lo hice. Ni tampoco los siguientes dÃas. El viernes por la noche llegó la señora Lolita. Me preguntó si sabÃa algo de José porque ya llevaba varios dÃas sin verlo. Le respondà que no, y en ese momento caà en cuenta que no habÃa ido a su casa. Un poco avergonzada, le dije a la señora Lolita que yo irÃa a ver qué sucedÃa con él. Al estar afuera de su departamento, un escalofrÃo invadió por completo todo mi cuerpo, a tal grado que me hizo estremecer. era como si me estuviera avisando a lo que me iba a enfrentar, primero toqué en varias ocasiones la puerta, la señora Lolita me dijo que era perder el tiempo, ella ya lo habÃa intentado todos los dÃas y él nunca respondió, ni tampoco salió a tirar la basura, no asomó la nariz para nada, justo en ese momento me sentà mal porque yo no fui a verlo casi toda la semana, era verdad que tuve mucho trabajo pero eso no fue una excusa para haberlo abandonado de esa forma al abrir la puerta con la llave que él me prestó un fuerte tufo salió del departamento fue necesario cubrirnos las narices porque el hedor era insoportable dejé la puerta abierta y entré al departamento todo era verdad y vi a José tirado cerca de
50:44 la ventana que da a la calle no hay palabras para describir lo impactante que fue y no solo por el estado de descomposición en el que se encontraba su cuerpo, sino por la forma macabra y perturbadora que tenÃa su rostro y sus extremidades. José murió con el cuerpo doblado por la mitad, en el que sus piernas tocaban sus manos, pero por la parte de la espalda era un espectáculo siniestro verlo de esa manera. Y eso no fue todo, sino que su rostro, su cara tenÃa una mueca aterradora, como si antes de morir hubiera visto algo terrible. No podÃa dar crédito a lo que vi. Era verdad que José era un adulto mayor, pero la forma en que murió no era para nada normal. Y mucho menos aquella expresión de su cara, era tan aterradora y perturbadora, como si en el último minuto de su vida hubiera visto algo tan horrible. que le dejó esa mueca tan difÃcil de explicar con palabras. El olor y el estado de descomposición en el que se encontraba el cuerpo era lo de menos. Verlo en esa posición y con esa mueca.
51:53 No habÃa nadie a quien avisar, asà que entre los vecinos nos unimos para darle un último adiós digno a José. No lo pudimos velar por el estado de descomposición en el que se encontraba su cuerpo, pero hubo algo que llamó mi atención. La puerta, la misma puerta de la habitación estaba abierta. Era la primera vez que la veÃa asÃ, pero no entré a la habitación por ocuparme de José. Después se me olvidó. Me sentà abrumada por la culpa y por la forma en que me ausenté de su vida. Después del funeral de José, otras dos vecinas se ofrecieron a ayudarme a limpiar y ventilar el departamento para que el olor a putrefacción desapareciera por completo. En poco tiempo realizamos la limpieza del departamento y algo que llamó de nuevo mi atención fue la puerta de la habitación cerrada.
52:45 Ahora estaba hermética de nuevo. Quise abrirla, pero como tenÃa varias cerraduras no tenÃa la menor idea dónde se encontraban las llaves para abrirla y la dejé asÃ. Cuando estaba en mi departamento fue cuando pensé en esa puerta. Yo la vi abierta cuando entré a ver a José. Ahora estaba cerrada de nuevo. Con todas las cerraduras puestas, no encontré explicación a ese hecho, ni tampoco tuve las fuerzas para seguir pensando. QuerÃa borrar de mi mente las imágenes de José y ya no pensar en él, en su departamento y mucho menos en la puerta. Vi la llave de su departamento y pensé en entregarla al dÃa siguiente al conserje. Todos en el edificio seguimos con nuestras vidas.
53:29 Cada vez que bajaba y pasaba por la vivienda de José, sentÃa nostalgia por su ausencia. Un dÃa llegué del trabajo un poco más tarde, ya era de noche, y noté algo que llamó mi atención. En el departamento de José habÃa luz, alguien la habÃa prendido, creà que eso no era posible, porque él no tenÃa ningún familiar. En el año que llevaba viviendo en el edificio, nunca fue nadie a visitarlo, y los vecinos, que eran gente que llevaban mucho tiempo viviendo ahÃ, dijeron lo mismo. ni siquiera en el dÃa de su funeral se apareció algún familiar, entonces quien estaba dentro del departamento, creà que podrÃa tratarse del conserje, él tenÃa las llaves y la autorización para hacerlo, asà que me calmé y me fui a descansar, esa noche escuché muchos ruidos abajo, pero creà que era Jaime el conserje, hizo varias reparaciones, me dormà temprano, serÃan como las 12 de la noche cuando me despertó un sonido muy fuerte, como si le dieran varios martillazos a la pared. Se me hizo bastante extraño que a esa hora de la noche Jaime siguiera trabajando, pero pronto los sonidos se terminaron y me volvà a dormir de nuevo. Al dÃa siguiente, cuando iba rumbo al trabajo, me encontré con Jaime. Me sorprendió verlo despierto tan temprano, sobre todo porque trabajó hasta muy tarde.
54:55 Y se lo dije. Ãl puso una cara de extrañeza. Me dijo que no habÃa entrado al departamento de Don José desde el dÃa que lo encontramos muerto y que él no estaba dentro de su vivienda. Eso no era posible. Si anoche vi luz en su departamento y también hubo ruidos hasta muy tarde, el conserje me dijo que no. Ãl no estuvo ahà y me pidió que lo acompañara para que viera que dentro no habÃa nadie. Cuando Jaime estaba a punto de meter la llave a la cerradura, La puerta se abrió de par en par. Yo me asusté tanto que grité. Y Jaime se echó hacia atrás. Los dos nos quedamos sorprendidos al ver a una mujer que nos abrió la puerta con una sonrisa en su rostro.
55:37 Ella se presentó como MarÃa y dijo ser la hija de José. Jaime y yo nos quedamos sin palabras. No tenÃamos la menor idea de la existencia de esa mujer, ni tampoco por qué nunca se apareció a visitarlo, ni siquiera el dÃa de su muerte. Los dos nos disculpamos y nos alejamos deprisa. Estábamos tan confundidos que ni siquiera hablamos. Yo me fui rumbo a mi trabajo y Jaime hizo lo mismo. Todo ese dÃa estuve pensativa, buscando una explicación a la sorpresiva aparición de esa mujer, que me parecÃa conocida, pero no tenÃa la menor idea de dónde la habÃa visto. Además, eso no era posible. Era la primera vez que la veÃa.
56:23 Ya no me sorprendió ver la luz encendida del departamento de José cuando regresé del trabajo, aunque ahora me pareció tan distante. Ni siquiera hice el intento de acercarme. Me fui directo a mi departamento, me preparé algo de comer y me puse a descansar un rato viendo la televisión. Sin darme cuenta, me fui quedando dormida. Una voz me despertó. Alguien me habló por mi nombre. Eso era imposible. Estaba sola. por lo que creà que habÃa sido un sueño, pero de nuevo escuché la voz pronunciando mi nombre, me levanté del sillón buscando a alguien cerca de mÃ, aunque no habÃa nadie, la verdad tuve miedo de que me estuviera volviendo loca o que fuera el espÃritu de José, quizás ahora se habÃa convertido en un alma en pena, fui a la cocina a prepararme un té para calmarme un poco, porque, por lo que escuché, estaba nerviosa y un temor inexplicable me empezó a invadir. Mientras esperaba que el agua hirviera, noté la sombra de una persona que atravesó por el umbral de la puerta. Salà corriendo y sucedió algo inexplicable.
57:35 No me imaginé nada. Todo era verdad. Esa sombra oscura la seguà viendo, y caminó hasta llegar a la puerta y desapareció. Con mucho miedo abrà la puerta y afuera ya no habÃa nadie. TenÃa temor meterme al departamento, pero por el susto dejé el pocillo con agua hirviendo sobre la estufa. Asà que no tuve opción. Ya el traste empezaba a sacar humo. Entré corriendo y apagué la lumbre, pero no pude resistir a quedarme dentro. Salà y estuve en el pasillo durante unos minutos. Desesperada fui al departamento del conserje. Con temor toqué en la puerta. No sabÃa cómo explicar lo que sucedió en la casa. Jaime abrió y me sorprendió ver su cara pálida, y con miedo estaba temblando. Balbuceando me dijo que vio algo que salió de mi departamento. Se movió entre las paredes y luego desapareció.
58:33 VenÃa bajando de la azotea por las escaleras cuando la vio. Le dije que precisamente por eso acudà a él, porque no sabÃa qué estaba pasando. Antes de la muerte de José eso no ocurrió, pero ahora tenÃa miedo que su alma no estuviera descansando, mientras que yo todavÃa temblaba de miedo. Jaime me comentó que esperarÃamos para ver si también en los otros departamentos sucedÃa lo mismo, ya que era inusual. En todo el tiempo que tenÃa trabajando en el edificio, nunca vio algo asÃ. No me encantó la respuesta de Jaime, sobre todo porque parecÃa que todo pasaba solo en mi departamento.
59:15 Nadie más comentó ver algo semejante. Cuando entré de nuevo, abrà la puerta con cuidado. La dejé abierta por si necesitaba salir. Pero todo estaba en completo orden, respiré aliviada y me fui a descansar. Después de las 3 de la mañana, empecé a escuchar pasos afuera de mi habitación, asà como el movimiento de trastes, como si alguien estuviera en la cocina preparando algo para comer. Tratando de hacer el menor ruido posible, abrà lentamente la puerta y me asomé. Era difÃcil ver con claridad, casi todo estaba muy oscuro. Solo habÃa un poco de luz por la ventana. La cortina estaba a medio cerrar. Y fue cuando la vi. Estaba equivocada.
59:59 No era el espÃritu de José. La silueta era la de una mujer con larga cabellera, delgada y de estatura bajita. Caminó de la cocina hacia la sala con un andar lento. Cerré la puerta esperando que no me viera y que se fuera de mi casa. Pero aquel ser siguió caminando. Oà sus pasos que se acercaron a mi habitación. Yo me encontraba con mucho miedo. Quise gritar por ayuda, pero a esas horas nadie me iba a escuchar. Luego tocaron en la puerta. Tres golpes secos. Me quedé helada esperando que en cualquier momento abriera la puerta. Pero no pasó. De nuevo tocaron en la puerta, pero con más fuerza.
1:00:40 Y una tercera vez lo hicieron. Para ese momento estaba ansiosa por el temor que me provocó esa presencia. Después todo quedó en silencio. No sé cuánto tiempo pasó, pero luego de un rato me atrevà a abrir la puerta. Lentamente y temblando por el miedo, creà que me iba a encontrar con un ser espectral, pero afuera de mi habitación no habÃa nadie. Con precaución salà de mi cuarto y revisé todo el departamento, pero dentro solo estaba yo. Fue la peor noche que pasé. Estaba despierta cuando amaneció.
1:01:20 En cuanto vi los primeros rayos de luz, agarré mis cosas y fui a buscar a Jaime. Abrió la puerta todavÃa somnoliento y le dije lo que sucedió, pero él tampoco tenÃa la menor idea de lo que estaba pasando, ni mucho menos qué hacer. Me sugirió que llevara agua bendita y a un sacerdote, aunque sabÃa que ese no era parte de su trabajo. Me fui molesta. Ãl solo se limitó a encoger sus hombros y se metió a dormir de nuevo. Yo estaba asustada y con miedo. Iba hacia abajo, cuando vi que la hija de José iba entrando a su departamento. Me sonrió de una forma extraña.
1:02:00 Mantuvo una mueca siniestra en su rostro. Al verla, de nuevo tuve la misma sensación de temor. Los escalofrÃos regresaron, mientras ella me veÃa fijamente. Ella tenÃa la misma cabellera larga, ese vestido hasta los pies, delgada, y no era posible que fuera ella. De ninguna forma pudo entrar a mi departamento, ni tampoco desaparecer. Casi me fui corriendo del lugar, porque, de verdad, esa mujer me dio mucho miedo. Algo habÃa en ella que me provocó un malestar en mi estómago, o fueron el cúmulo de emociones negativas que me puse a vomitar en el jardÃn. Salà huyendo del edificio y me fui sin rumbo fijo. Era muy temprano para entrar a mi trabajo. No tenÃa la menor idea de lo que iba a hacer, pero ya no querÃa pasar una noche igual a la anterior. Asà que le hablé a la muchacha que rentaba cuartos en la casa que vivÃa anteriormente.
1:02:59 Ella me contestó muy amable y me dijo que habÃa una habitación desocupada, sin dudarlo. Le pedà que me la apartara. Me regresarÃa a vivir de nuevo a esa vivienda. Me dolió dejar mi departamento. SabÃa que no iba a ser fácil conseguir un lugar asà de cómodo. Y que ahora tenÃa que vivir de nuevo con Rumis. Pero lo que vi no me dejó otra opción. A los 15 dÃas siguientes me habló por teléfono Jaime para regresarme el depósito. Fui al edificio una semana después y él me contó todo. La mujer que se metÃa a mi departamento era el espÃritu de una bruja. Ella vivÃa en el departamento de José y cuando él murió quedó libre. No entendà nada de lo que me dijo Jaime y le pedà que me explicara de nuevo. Jaime con más calma me dijo que esa mujer todo el tiempo vivió en el departamento de José. Encontraron elementos para darse cuenta de que ella estuvo encerrada en una habitación de su departamento. y que ella era una bruja que dañaba a las personas. Esa mujer fue la esposa de José. Entonces no era posible.
1:04:10 Esa mujer era joven. En ese momento recordé la foto que vi en el departamento de José. Ella era la misma, lo que significaba que todo era verdad. No podÃa creer lo que sucedÃa, y que a partir de la muerte de José ella quedó libre. Fue cuando empezaron a suceder los hechos macabros en mi departamento. Fue tan fuerte la información que me dio Jaime que me sentà abrumada y con un fuerte dolor de cabeza porque me di cuenta que quizás José murió a manos de esa mujer y que su muerte no fue natural, sino provocada por ella. Le pregunté qué pasó con esa mujer. Jaime me respondió que varios vecinos se juntaron y llevaron a un sacerdote al edificio porque ya sucedÃan más cosas. Los inquilinos hicieron de todo para que se fuera hasta que lo consiguieron Esa mujer se marchó un dÃa, y ya no regresó por sus pertenencias. Quedé pasmada por lo que sucedió en un mes que me alejé del edificio, y también confundida por el secreto que se llevó a su tumba José.
1:05:15 Algo turbio se escondió en esa relación que tuvo con esa mujer, y ahora ya no lo pude saber.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed