El Charro Negro Me Pidió Mi Alma A Cambio De Riqueza Y Curar A Mi Esposa -Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Julián Rivas y todavÃa recuerdo esa noche porque todo lo que pasó quedó unido a la enfermedad de mi esposa Teresa y al dinero que yo llevaba en la bolsa. HabÃa ido al pueblo para buscar medicamento pues ella llevaba varios dÃas con fiebre, tos fuerte y dolor en el pecho. El médico me habÃa pedido comprarle un tratamiento más fuerte, pero yo no completé el costo. Aunque llevaba dinero, no me alcanzó. En la farmacia pregunté por el medicamento principal, pero costaba más de lo que yo llevaba. El encargado no quiso venderme una parte ni dejarme dar un abono. Solo aceptó apartarlo hasta el dÃa siguiente. Con el dinero que traÃa, compré unas pastillas para la fiebre y unos sueros, y guardé el resto en un sobre, porque pensaba juntarlo con otro dinero al dÃa siguiente para completar el tratamiento. Volvà a mi casa por el camino de terracerÃa, manejando mi camioneta vieja con el sobre de los billetes guardado en el pantalón. No era mucho dinero, pero era lo único que tenÃa, y en ese momento representaba la posibilidad de comprar lo que Teresa necesitaba. Mi cuñada LucÃa se habÃa quedado con ella. y antes de irme me pidió que regresara pronto y durante el camino yo traÃa en la cabeza la respiración de mi esposa la fiebre que no bajaba y la sensación de haber salido tarde por culpa de no tener suficiente el camino
1:36 estaba solo yo avanzaba despacio sin radio con las manos firmes sobre el volante atento a los baches y a la tierra suelta a mitad del trayecto escuché una risa al lado derecho del camino Fue una risa baja, ronca, corta, y salió desde la orilla donde no habÃa casas. Bajé la velocidad y miré hacia los lados, pero no vi a nadie. Seguà adelante, aunque desde ese momento ya llevaba el cuerpo tenso. La risa volvió a escucharse unos metros después, esta vez más larga y más cerca. No escuché pasos, ni voces, ni otro vehÃculo. La camioneta siguió avanzando y entonces entró un olor a azufre, fuerte, pesado, metido de golpe en la cabina. Cerré la ventana, apreté la mandÃbula y respiré por la boca, pero el olor ya estaba adentro.
2:32 Me ardió la nariz, me lloraron los ojos y sentà un malestar que me bajó hasta el estómago. Seguà manejando porque querÃa llegar a mi casa y al tomar una parte más estrecha del camino lo vi. Estaba parado a la orilla, vestido de charro negro, con sombrero, inmóvil, con una mano levantada para pedir aventón. La luz de la camioneta le pegó en el cuerpo, pero el ala del sombrero le cubrÃa el rostro. No le vi los ojos, solo la parte baja de la cara, y aún asà alcancé a notar que no movÃa la cabeza mientras yo me acercaba. Pasé junto a él sin detenerme, avancé unos metros más y miré por el espejo. SeguÃa en el mismo lugar. Entonces escuché dos golpes en la parte trasera de la camioneta. Frené de inmediato, dejé el motor encendido y me quedé sentado, escuchando. Volvió a sonar un golpe, seco, contra la lámina. Tomé la lámpara que llevaba en la guantera, abrà la puerta y bajé. Revisé la parte trasera y no encontré nada. No habÃa bultos, no habÃa animales, no habÃa nadie junto a la caja. Cuando giré hacia la puerta del pasajero, el hombre ya estaba ahÃ. No lo escuché caminar, no lo vi cruzar frente a las luces, solo apareció junto a la camioneta, parado, con el sombrero bajo y el cuerpo quieto. Retrocedà un paso y el olor a azufre se hizo más fuerte. Me pidió que
4:04 lo llevara, dijo que iba hacia mi rumbo con una voz baja y firme. No dio su nombre, no explicó de dónde venÃa y no preguntó si podÃa subir, solo pidió el aventón. Yo lo miré sin verle completo el rostro, con la lámpara en la mano y la puerta abierta. Quise negarme, pero Teresa estaba en la casa. El camino seguÃa solo y yo necesitaba avanzar. Abrà la puerta del pasajero y le dije que subiera. El hombre se sentó adelante y cerró la puerta sin hacer ruido. Yo volvà al volante y arranqué. no prendà la radio no quise hablar mantuve la vista en el camino y cuidé no acelerar de más él iba sentado derecho con las manos sobre las piernas mirando al frente su cara seguÃa cubierta por el sombrero y la poca luz del tablero me dejó ver la boca la barbilla y una parte de la piel nada más manejamos en silencio un tramo el olor a azufre permanecÃa dentro de la camioneta pegado a la ropa y al aire Yo trataba de respirar despacio, pero sentÃa el pecho apretado. Entonces habló y me preguntó si llevaba dinero. Volteé apenas hacia él, toqué con los dedos la bolsa del pantalón y respondà que llevaba poco.
5:24 Me dijo que el poco dinero no salvaba a una mujer enferma. Sentà que la mano se me endureció sobre el volante, pues yo no le habÃa dicho nada de Teresa, tampoco le habÃa contado que venÃa de la farmacia. Le pregunté quién era y me respondió que eso no importaba y enseguida mencionó el medicamento apartado, el dinero incompleto y la fiebre de mi esposa. Dijo el nombre de Teresa sin que yo se lo hubiera dado y en ese momento bajé más la velocidad porque el camino se me cerró en la vista y tuve que concentrarme para no salirme. Le ordené que se bajara. Mi voz salió baja pero clara. noche, que Teresa podÃa sanar antes del amanecer, que yo tendrÃa dinero para doctores, comida y deudas, y que nunca volverÃa a pedir prestado. Yo le pregunté qué querÃa. Me contestó que querÃa mi alma. No levantó la voz, no golpeó nada, solo sostuvo la respuesta sentado a mi lado, mientras la camioneta avanzaba despacio. Luego dijo que el trato era sencillo, que yo debÃa entregar mi alma, y que a yo serÃa rico repitió que bastaba con aceptarlo en voz alta yo seguà manejando con la boca seca los ojos fijos al frente y el cuerpo duro porque cada palabra suya tocaba lo que más me pesaba esa noche recordé a
6:58 Teresa acostada la tos que no la dejaba descansar la cara de LucÃa cuando me pidió que no tardara el medicamento que seguÃa en la farmacia y el sobre de dinero que apenas alcanzaba para prometer algo no para resolverlo. El hombre volvió a preguntar si aceptaba. Yo apreté el volante y dije que no. Me escuché débil, pero la respuesta salió completa. Entonces soltó una risa dentro de la camioneta. Fue una risa demoniaca, larga, ronca, pegada al olor a azufre. Frené de golpe. La camioneta quedó atravesada en el camino. Abrà mi puerta y bajé con las piernas temblando. Le dije que se fuera. Ãl seguÃa sentado, quieto. Volteó un poco hacia mà y por primera vez vi más de su cara, la boca abierta, parte de los dientes, la piel tensa alrededor, y los ojos siguieron ocultos bajo el sombrero.
7:59 Me preguntó si estaba seguro de rechazar el trato. Yo respiré hondo, sentà la tierra bajo mis botas y repetà que no aceptaba entregar mi alma. Entonces dejó de reÃr. Recuerdo que, cuando dejó de reÃr, el olor a azufre se hizo más fuerte dentro y fuera de la camioneta. Yo estaba junto a la puerta abierta, con una mano en el marco y con las piernas temblando. Ãl seguÃa sentado en el asiento del pasajero, con el sombrero bajo y el rostro cubierto. No decÃa nada, y el olor se metÃa más en la cabina. Bajó la mirada hacia mi pantalón. justo donde llevaba el sobre con el dinero.
8:41 Antes de que yo pudiera apartarme, metió la mano en mi bolsa y lo sacó. Me lancé sobre su brazo, lo sujeté con las dos manos y traté de quitárselo, pero no pude moverlo. Sentà una fuerza frÃa, dura, cerrada sobre mi cuerpo. Me empujó con el hombro sin levantarse del asiento y caà sobre la tierra. La lámpara se me salió de la mano y quedó encendida a un lado, alumbrando mis botas y la puerta abierta. Me levanté con trabajo, con la boca seca y la espalda llena de tierra. Le grité que me devolviera el dinero, que ese sobre era para Teresa y que sin eso no podÃa comprar el medicamento. Ãl bajó de la camioneta con el sobre en la mano. Caminó hacia la orilla del camino, despacio, sin voltear. Yo tomé una piedra del suelo y fui detrás de él, y seguà avanzando porque no podÃa dejar que se llevara lo único que tenÃa. Le repetà que me devolviera el sobre. Le dije el nombre de Teresa, y le dije que ella estaba esperando en la casa, que yo habÃa prometido regresar con algo que la ayudara, y que ese dinero no era para mÃ. Ãl siguió caminando sin responder, pero cuando estuve a pocos pasos de alcanzarlo, volvió a reÃr. Esa risa salió cerca de mà y también desde la camioneta. Corrà hacia él, pero al llegar a la orilla del camino, ya no estaba. No lo
10:11 vi cruzar la cerca, no lo vi entrar entre la maleza y no escuché pasos. Solo quedó el olor a azufre, fuerte al principio, luego más débil. Alumbré la tierra con la lámpara, revisé los lados del camino y busqué el sobre. Me agaché varias veces, movà piedras, miré debajo de la camioneta y caminé alrededor de las marcas de las llantas, pero no encontré nada. HabÃa marcas de mis botas y marcas de las llantas, pero nada más. Regresé a la camioneta, revisé el asiento del pasajero, la parte trasera y la caja, pero no habÃa nadie. Toqué la bolsa del pantalón varias veces, aunque ya sabÃa que estaba vacÃa. Me senté frente al volante y tardé en arrancar, porque las manos me temblaban.
11:00 Cerré las puertas, respiré hondo y seguà hacia la casa. Durante el trayecto miré los espejos muchas veces. No vi a nadie detrás de mÃ, pero sentÃa todavÃa el olor en la ropa. Al llegar, LucÃa salió a recibirme. Me preguntó por el medicamento. Yo entré sin contestar de inmediato, porque primero quise ver a Teresa. Estaba acostada, con la respiración corta y la frente caliente. AbrÃa los ojos por momentos, luego los cerraba. LucÃa volvió a preguntarme si habÃa conseguido lo que el médico pidió. Saqué las pastillas para la fiebre y los sueros, y le dije que el medicamento fuerte habÃa quedado en la farmacia. LucÃa me preguntó por el dinero, le dije que me lo habÃan quitado en el camino. Ella quiso saber quién. Le contesté que fue un hombre vestido de charro negro y no agregué lo del trato. La verdad, no pude hacerlo. En ese momento solo pude decir lo que mi boca alcanzó a sostener.
12:04 LucÃa me miró seria. Luego tomó los sueros y revisó a Teresa. Salà al patio para buscar señal y llamé a la policÃa. Reporté el robo y les expliqué que un hombre vestido de negro me habÃa quitado el dinero en el camino. Me pidieron datos, si llevaba arma, si habÃa otro vehÃculo o si podÃa describirlo mejor. Contesté lo que pude, pero cuando mencioné que vestÃa de charro negro hubo una pausa en la llamada. Después me preguntaron si habÃa tomado, pero les dije que no. Me respondieron que mandarÃan una unidad cuando hubiera una disponible, pero esa noche nadie llegó. Dentro de la casa, Teresa empeoró. La fiebre siguió subiendo y la tos le cortaba la respiración. LucÃa y yo la sentamos para que pudiera tomar aire. Le dimos agua en cucharadas, una pastilla para la fiebre y un poco de suero. Teresa intentó hablar, pero las palabras se le atoraron. Yo le pedà que respirara despacio. Le dije que iba a conseguir el medicamento al amanecer y ella me miró cansada y no me respondió. Después tosió sangre.
13:15 Ahà supe que ya no podÃa esperar. Le dije a LucÃa que la llevarÃamos al centro de salud. Entre los dos levantamos a Teresa, la cubrimos con una cobija y la subimos a la camioneta. LucÃa se sentó atrás con ella y empezó a hablarle por su nombre. Yo manejé con cuidado, pero más rápido que antes. Cada bache hacÃa que Teresa se quejara y yo apretaba el volante para no perder el control. En el centro de salud no habÃa médico y un trabajador salió después de que golpeé la puerta varias veces. Revisó a Teresa, escuchó su respiración y nos dijo que ahà no podÃan atenderla. Le pedà que hiciera algo. Le dije que mi esposa se estaba muriendo.
13:59 Volvió a revisarla y repitió que debÃamos llevarla al hospital de la cabecera municipal. No discutà más porque Teresa respiraba peor. Volvimos a subirla a la camioneta, pero en el camino al hospital, LucÃa empezó a gritar mi nombre y me dijo que Teresa ya no respondÃa. Me orillé y abrà la puerta trasera. Teresa estaba recargada en el asiento, con los ojos abiertos y la boca entreabierta. La llamé varias veces, le tomé la mano, pero estaba frÃa. LucÃa intentó darle respiración, le frotó el pecho y le habló al oÃdo, pero Teresa no reaccionó. Seguà manejando hasta el hospital, la bajaron en una camilla y la metieron a revisión. Yo esperé con LucÃa a un lado y la verdad no recuerdo cuánto tiempo pasó. Recuerdo la puerta, el pasillo y mi ropa llena de tierra. Una doctora salió y nos dijo que Teresa habÃa llegado sin signos vitales. Me pidió del todo lo que firmaba al amanecer fui al puesto de policÃa un agente me acompañó al camino revisamos el lugar donde subÃa al hombre y el punto donde me quitó el sobre no encontramos dinero huellas claras ni señales de otra persona el agente anotó que el responsable era un hombre desconocido vestido de negro me dijo que sin nombre
15:31 sin placas y sin testigos el caso quedarÃa difÃcil En el reporte no mencioné el trato. Tampoco dije que aquel hombre sabÃa el nombre de Teresa, ni que conocÃa el medicamento, ni que me ofreció dinero a cambio de mi alma. Ya me habÃan preguntado si habÃa tomado, por decir que vestÃa de charro negro. Contar lo demás solo iba a cerrar más puertas. Enterré a Teresa dos dÃas después. LucÃa se quedó conmigo hasta que terminó el velorio. DÃas después fui a pagar lo que debÃa, pero no compré nada, pues ya no habÃa a quién dárselo. Desde entonces evito ese camino de noche. Lo hago porque ahà subà a ese hombre, ahà rechacé el trato, ahà me quitó el dinero y desde ahà comenzó la muerte de mi esposa.
16:23 Eso es lo que recuerdo y lo que sostengo. Llevaba poco dinero, el charro negro subió a mi camioneta, me ofreció curar a Teresa a cambio de mi alma. Yo no acepté, y él se llevó el sobre, y Teresa murió sin recibir el medicamento que necesitaba. DÃas después, cuando ya habÃa pasado lo peor del entierro, empecé a escuchar cosas en el pueblo. No fui yo quien sacó el tema, la gente empezó a hablar, porque alguien mencionó que me habÃan robado en el camino viejo. Un señor de la tienda dijo, que años atrás a un arriero le habÃa salido un hombre vestido de charro negro, también de noche, y también le habÃa preguntado si llevaba dinero. Otro hombre contó que a su hermano le ofrecieron riqueza a cambio de su alma. Una mujer dijo que su padre lo habÃa visto cerca del puente seco y que desde entonces nunca volvió a pasar por ahà después de oscurecer. Nadie lo decÃa como broma, todos bajaban la voz. Algunos hablaban del trato, otros solo decÃan que ese hombre aparecÃa cuando alguien llevaba una necesidad encima. Dinero, enfermedad, deuda o hambre.
17:40 Cada historia cambiaba en detalles, pero habÃa cosas iguales. El charro negro, la risa demonÃaca, el olor a azufre y el trato por su alma. Yo no dije mucho, escuché sentado, con las manos juntas, porque cada palabra me regresaba a la camioneta Ahà entendà que no fui el primero y eso no me dio alivio, me dio más miedo.
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