April 30, 2026

El Charro Negro Me Pidió Mi Alma A Cambio De Riqueza Y Curar A Mi Esposa -Historias De Terror - REDE

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0:05 Me llamo Julián Rivas y todavía recuerdo esa noche porque todo lo que pasó quedó unido a la enfermedad de mi esposa Teresa y al dinero que yo llevaba en la bolsa. Había ido al pueblo para buscar medicamento pues ella llevaba varios días con fiebre, tos fuerte y dolor en el pecho. El médico me había pedido comprarle un tratamiento más fuerte, pero yo no completé el costo. Aunque llevaba dinero, no me alcanzó. En la farmacia pregunté por el medicamento principal, pero costaba más de lo que yo llevaba. El encargado no quiso venderme una parte ni dejarme dar un abono. Solo aceptó apartarlo hasta el día siguiente. Con el dinero que traía, compré unas pastillas para la fiebre y unos sueros, y guardé el resto en un sobre, porque pensaba juntarlo con otro dinero al día siguiente para completar el tratamiento. Volví a mi casa por el camino de terracería, manejando mi camioneta vieja con el sobre de los billetes guardado en el pantalón. No era mucho dinero, pero era lo único que tenía, y en ese momento representaba la posibilidad de comprar lo que Teresa necesitaba. Mi cuñada Lucía se había quedado con ella. y antes de irme me pidió que regresara pronto y durante el camino yo traía en la cabeza la respiración de mi esposa la fiebre que no bajaba y la sensación de haber salido tarde por culpa de no tener suficiente el camino

1:36 estaba solo yo avanzaba despacio sin radio con las manos firmes sobre el volante atento a los baches y a la tierra suelta a mitad del trayecto escuché una risa al lado derecho del camino Fue una risa baja, ronca, corta, y salió desde la orilla donde no había casas. Bajé la velocidad y miré hacia los lados, pero no vi a nadie. Seguí adelante, aunque desde ese momento ya llevaba el cuerpo tenso. La risa volvió a escucharse unos metros después, esta vez más larga y más cerca. No escuché pasos, ni voces, ni otro vehículo. La camioneta siguió avanzando y entonces entró un olor a azufre, fuerte, pesado, metido de golpe en la cabina. Cerré la ventana, apreté la mandíbula y respiré por la boca, pero el olor ya estaba adentro.

2:32 Me ardió la nariz, me lloraron los ojos y sentí un malestar que me bajó hasta el estómago. Seguí manejando porque quería llegar a mi casa y al tomar una parte más estrecha del camino lo vi. Estaba parado a la orilla, vestido de charro negro, con sombrero, inmóvil, con una mano levantada para pedir aventón. La luz de la camioneta le pegó en el cuerpo, pero el ala del sombrero le cubría el rostro. No le vi los ojos, solo la parte baja de la cara, y aún así alcancé a notar que no movía la cabeza mientras yo me acercaba. Pasé junto a él sin detenerme, avancé unos metros más y miré por el espejo. Seguía en el mismo lugar. Entonces escuché dos golpes en la parte trasera de la camioneta. Frené de inmediato, dejé el motor encendido y me quedé sentado, escuchando. Volvió a sonar un golpe, seco, contra la lámina. Tomé la lámpara que llevaba en la guantera, abrí la puerta y bajé. Revisé la parte trasera y no encontré nada. No había bultos, no había animales, no había nadie junto a la caja. Cuando giré hacia la puerta del pasajero, el hombre ya estaba ahí. No lo escuché caminar, no lo vi cruzar frente a las luces, solo apareció junto a la camioneta, parado, con el sombrero bajo y el cuerpo quieto. Retrocedí un paso y el olor a azufre se hizo más fuerte. Me pidió que

4:04 lo llevara, dijo que iba hacia mi rumbo con una voz baja y firme. No dio su nombre, no explicó de dónde venía y no preguntó si podía subir, solo pidió el aventón. Yo lo miré sin verle completo el rostro, con la lámpara en la mano y la puerta abierta. Quise negarme, pero Teresa estaba en la casa. El camino seguía solo y yo necesitaba avanzar. Abrí la puerta del pasajero y le dije que subiera. El hombre se sentó adelante y cerró la puerta sin hacer ruido. Yo volví al volante y arranqué. no prendí la radio no quise hablar mantuve la vista en el camino y cuidé no acelerar de más él iba sentado derecho con las manos sobre las piernas mirando al frente su cara seguía cubierta por el sombrero y la poca luz del tablero me dejó ver la boca la barbilla y una parte de la piel nada más manejamos en silencio un tramo el olor a azufre permanecía dentro de la camioneta pegado a la ropa y al aire Yo trataba de respirar despacio, pero sentía el pecho apretado. Entonces habló y me preguntó si llevaba dinero. Volteé apenas hacia él, toqué con los dedos la bolsa del pantalón y respondí que llevaba poco.

5:24 Me dijo que el poco dinero no salvaba a una mujer enferma. Sentí que la mano se me endureció sobre el volante, pues yo no le había dicho nada de Teresa, tampoco le había contado que venía de la farmacia. Le pregunté quién era y me respondió que eso no importaba y enseguida mencionó el medicamento apartado, el dinero incompleto y la fiebre de mi esposa. Dijo el nombre de Teresa sin que yo se lo hubiera dado y en ese momento bajé más la velocidad porque el camino se me cerró en la vista y tuve que concentrarme para no salirme. Le ordené que se bajara. Mi voz salió baja pero clara. noche, que Teresa podía sanar antes del amanecer, que yo tendría dinero para doctores, comida y deudas, y que nunca volvería a pedir prestado. Yo le pregunté qué quería. Me contestó que quería mi alma. No levantó la voz, no golpeó nada, solo sostuvo la respuesta sentado a mi lado, mientras la camioneta avanzaba despacio. Luego dijo que el trato era sencillo, que yo debía entregar mi alma, y que a yo sería rico repitió que bastaba con aceptarlo en voz alta yo seguí manejando con la boca seca los ojos fijos al frente y el cuerpo duro porque cada palabra suya tocaba lo que más me pesaba esa noche recordé a

6:58 Teresa acostada la tos que no la dejaba descansar la cara de Lucía cuando me pidió que no tardara el medicamento que seguía en la farmacia y el sobre de dinero que apenas alcanzaba para prometer algo no para resolverlo. El hombre volvió a preguntar si aceptaba. Yo apreté el volante y dije que no. Me escuché débil, pero la respuesta salió completa. Entonces soltó una risa dentro de la camioneta. Fue una risa demoniaca, larga, ronca, pegada al olor a azufre. Frené de golpe. La camioneta quedó atravesada en el camino. Abrí mi puerta y bajé con las piernas temblando. Le dije que se fuera. Él seguía sentado, quieto. Volteó un poco hacia mí y por primera vez vi más de su cara, la boca abierta, parte de los dientes, la piel tensa alrededor, y los ojos siguieron ocultos bajo el sombrero.

7:59 Me preguntó si estaba seguro de rechazar el trato. Yo respiré hondo, sentí la tierra bajo mis botas y repetí que no aceptaba entregar mi alma. Entonces dejó de reír. Recuerdo que, cuando dejó de reír, el olor a azufre se hizo más fuerte dentro y fuera de la camioneta. Yo estaba junto a la puerta abierta, con una mano en el marco y con las piernas temblando. Él seguía sentado en el asiento del pasajero, con el sombrero bajo y el rostro cubierto. No decía nada, y el olor se metía más en la cabina. Bajó la mirada hacia mi pantalón. justo donde llevaba el sobre con el dinero.

8:41 Antes de que yo pudiera apartarme, metió la mano en mi bolsa y lo sacó. Me lancé sobre su brazo, lo sujeté con las dos manos y traté de quitárselo, pero no pude moverlo. Sentí una fuerza fría, dura, cerrada sobre mi cuerpo. Me empujó con el hombro sin levantarse del asiento y caí sobre la tierra. La lámpara se me salió de la mano y quedó encendida a un lado, alumbrando mis botas y la puerta abierta. Me levanté con trabajo, con la boca seca y la espalda llena de tierra. Le grité que me devolviera el dinero, que ese sobre era para Teresa y que sin eso no podía comprar el medicamento. Él bajó de la camioneta con el sobre en la mano. Caminó hacia la orilla del camino, despacio, sin voltear. Yo tomé una piedra del suelo y fui detrás de él, y seguí avanzando porque no podía dejar que se llevara lo único que tenía. Le repetí que me devolviera el sobre. Le dije el nombre de Teresa, y le dije que ella estaba esperando en la casa, que yo había prometido regresar con algo que la ayudara, y que ese dinero no era para mí. Él siguió caminando sin responder, pero cuando estuve a pocos pasos de alcanzarlo, volvió a reír. Esa risa salió cerca de mí y también desde la camioneta. Corrí hacia él, pero al llegar a la orilla del camino, ya no estaba. No lo

10:11 vi cruzar la cerca, no lo vi entrar entre la maleza y no escuché pasos. Solo quedó el olor a azufre, fuerte al principio, luego más débil. Alumbré la tierra con la lámpara, revisé los lados del camino y busqué el sobre. Me agaché varias veces, moví piedras, miré debajo de la camioneta y caminé alrededor de las marcas de las llantas, pero no encontré nada. Había marcas de mis botas y marcas de las llantas, pero nada más. Regresé a la camioneta, revisé el asiento del pasajero, la parte trasera y la caja, pero no había nadie. Toqué la bolsa del pantalón varias veces, aunque ya sabía que estaba vacía. Me senté frente al volante y tardé en arrancar, porque las manos me temblaban.

11:00 Cerré las puertas, respiré hondo y seguí hacia la casa. Durante el trayecto miré los espejos muchas veces. No vi a nadie detrás de mí, pero sentía todavía el olor en la ropa. Al llegar, Lucía salió a recibirme. Me preguntó por el medicamento. Yo entré sin contestar de inmediato, porque primero quise ver a Teresa. Estaba acostada, con la respiración corta y la frente caliente. Abría los ojos por momentos, luego los cerraba. Lucía volvió a preguntarme si había conseguido lo que el médico pidió. Saqué las pastillas para la fiebre y los sueros, y le dije que el medicamento fuerte había quedado en la farmacia. Lucía me preguntó por el dinero, le dije que me lo habían quitado en el camino. Ella quiso saber quién. Le contesté que fue un hombre vestido de charro negro y no agregué lo del trato. La verdad, no pude hacerlo. En ese momento solo pude decir lo que mi boca alcanzó a sostener.

12:04 Lucía me miró seria. Luego tomó los sueros y revisó a Teresa. Salí al patio para buscar señal y llamé a la policía. Reporté el robo y les expliqué que un hombre vestido de negro me había quitado el dinero en el camino. Me pidieron datos, si llevaba arma, si había otro vehículo o si podía describirlo mejor. Contesté lo que pude, pero cuando mencioné que vestía de charro negro hubo una pausa en la llamada. Después me preguntaron si había tomado, pero les dije que no. Me respondieron que mandarían una unidad cuando hubiera una disponible, pero esa noche nadie llegó. Dentro de la casa, Teresa empeoró. La fiebre siguió subiendo y la tos le cortaba la respiración. Lucía y yo la sentamos para que pudiera tomar aire. Le dimos agua en cucharadas, una pastilla para la fiebre y un poco de suero. Teresa intentó hablar, pero las palabras se le atoraron. Yo le pedí que respirara despacio. Le dije que iba a conseguir el medicamento al amanecer y ella me miró cansada y no me respondió. Después tosió sangre.

13:15 Ahí supe que ya no podía esperar. Le dije a Lucía que la llevaríamos al centro de salud. Entre los dos levantamos a Teresa, la cubrimos con una cobija y la subimos a la camioneta. Lucía se sentó atrás con ella y empezó a hablarle por su nombre. Yo manejé con cuidado, pero más rápido que antes. Cada bache hacía que Teresa se quejara y yo apretaba el volante para no perder el control. En el centro de salud no había médico y un trabajador salió después de que golpeé la puerta varias veces. Revisó a Teresa, escuchó su respiración y nos dijo que ahí no podían atenderla. Le pedí que hiciera algo. Le dije que mi esposa se estaba muriendo.

13:59 Volvió a revisarla y repitió que debíamos llevarla al hospital de la cabecera municipal. No discutí más porque Teresa respiraba peor. Volvimos a subirla a la camioneta, pero en el camino al hospital, Lucía empezó a gritar mi nombre y me dijo que Teresa ya no respondía. Me orillé y abrí la puerta trasera. Teresa estaba recargada en el asiento, con los ojos abiertos y la boca entreabierta. La llamé varias veces, le tomé la mano, pero estaba fría. Lucía intentó darle respiración, le frotó el pecho y le habló al oído, pero Teresa no reaccionó. Seguí manejando hasta el hospital, la bajaron en una camilla y la metieron a revisión. Yo esperé con Lucía a un lado y la verdad no recuerdo cuánto tiempo pasó. Recuerdo la puerta, el pasillo y mi ropa llena de tierra. Una doctora salió y nos dijo que Teresa había llegado sin signos vitales. Me pidió del todo lo que firmaba al amanecer fui al puesto de policía un agente me acompañó al camino revisamos el lugar donde subía al hombre y el punto donde me quitó el sobre no encontramos dinero huellas claras ni señales de otra persona el agente anotó que el responsable era un hombre desconocido vestido de negro me dijo que sin nombre

15:31 sin placas y sin testigos el caso quedaría difícil En el reporte no mencioné el trato. Tampoco dije que aquel hombre sabía el nombre de Teresa, ni que conocía el medicamento, ni que me ofreció dinero a cambio de mi alma. Ya me habían preguntado si había tomado, por decir que vestía de charro negro. Contar lo demás solo iba a cerrar más puertas. Enterré a Teresa dos días después. Lucía se quedó conmigo hasta que terminó el velorio. Días después fui a pagar lo que debía, pero no compré nada, pues ya no había a quién dárselo. Desde entonces evito ese camino de noche. Lo hago porque ahí subí a ese hombre, ahí rechacé el trato, ahí me quitó el dinero y desde ahí comenzó la muerte de mi esposa.

16:23 Eso es lo que recuerdo y lo que sostengo. Llevaba poco dinero, el charro negro subió a mi camioneta, me ofreció curar a Teresa a cambio de mi alma. Yo no acepté, y él se llevó el sobre, y Teresa murió sin recibir el medicamento que necesitaba. Días después, cuando ya había pasado lo peor del entierro, empecé a escuchar cosas en el pueblo. No fui yo quien sacó el tema, la gente empezó a hablar, porque alguien mencionó que me habían robado en el camino viejo. Un señor de la tienda dijo, que años atrás a un arriero le había salido un hombre vestido de charro negro, también de noche, y también le había preguntado si llevaba dinero. Otro hombre contó que a su hermano le ofrecieron riqueza a cambio de su alma. Una mujer dijo que su padre lo había visto cerca del puente seco y que desde entonces nunca volvió a pasar por ahí después de oscurecer. Nadie lo decía como broma, todos bajaban la voz. Algunos hablaban del trato, otros solo decían que ese hombre aparecía cuando alguien llevaba una necesidad encima. Dinero, enfermedad, deuda o hambre.

17:40 Cada historia cambiaba en detalles, pero había cosas iguales. El charro negro, la risa demoníaca, el olor a azufre y el trato por su alma. Yo no dije mucho, escuché sentado, con las manos juntas, porque cada palabra me regresaba a la camioneta Ahí entendí que no fui el primero y eso no me dio alivio, me dio más miedo.