June 24, 2026

El Brujo Negro De Catemaco Y La Deuda Que Nadie Pudo Romper - Historias De Terror - REDE

El Brujo Negro De Catemaco Y La Deuda Que Nadie Pudo Romper - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Martín Carrasco y durante varios años trabajé cuidando ganado en pueblos de Oaxaca. Y esto que cuento sucedió en San Miguel, Yucudá, un lugar de corrales, pastura y familias conocidas. Yo estaba contratado por don Hilario Bautista, un ganadero serio de pocas palabras que vivía de sus animales y dependía de ellos para sostener a su familia. En esos meses habían robado ganado en pueblos cercanos. Por eso yo dormía junto al corral, pendiente del corral durante la noche. El primer becerro apareció muerto antes de que amaneciera. Don Hilario me llamó desde el portón con una lámpara en la mano, y cuando salí lo encontré quieto mirando hacia el bebedero. El becerro estaba tirado de lado, rígido, con la lengua afuera y la tierra removida alrededor del cuerpo.

0:59 Me acerqué despacio porque al principio pensé que aún podía estar vivo. pero ya no respiraba. Don Hilario se agachó, le tocó el cuello y me pidió que revisara las heridas. No encontramos señales de un ataque común. La panza estaba cerrada, no faltaba carne, y el cuello no tenía las mordidas grandes que dejan los perros cuando se van encima de un animal. Había dos heridas hundidas cerca de la paleta y otra abertura detrás de la oreja. La sangre era poca para un becerro de ese tamaño. Y eso inquietó a Don Hilario. Caminamos alrededor del cuerpo, alumbramos la tierra, buscamos huellas, pero entre la tierra pisada por las mismas reces no salió nada claro. Don Hilario pidió llamar al veterinario.

1:48 Oscar Varela llegó más tarde, revisó al becerro, abrió un poco las heridas y habló con cuidado. Dijo que los cortes no correspondían a colmillos de perro y que el daño mostraba mucha fuerza de cerca Don Hilario le preguntó si una persona pudo hacerlo. Oscar no quiso asegurar nada, solo explicó que una herramienta podía abrir una herida, pero no dejar esas marcas hundidas ni esa presión en el cuerpo. También dijo que el animal había perdido fuerza de golpe y que debíamos cuidar el corral las siguientes noches. Enterramos al becerro detrás del potrero, Don Hilario avisó al comisariado y varios hombres fueron a revisar la cerca, la tranca y la parte que daba al arroyo. No encontraron una entrada abierta, aunque en el fondo había ramas movidas y tierra suelta. Uno de los vecinos habló de perros grandes.

2:45 Don Hilario se molestó porque había visto ataques de perro antes y sabía cómo quedaban los animales. Nadie sostuvo esa explicación por mucho tiempo, pero tampoco apareció otra que sirviera. tres días después encontramos muerta una vaca joven cargada estaba cerca de la cerca del fondo con el hocico lleno de tierra y una pata atorada entre los alambres tenía marcas parecidas a las del becerro una en el cuello y dos en el costado la cría también se perdió esa vez don hilario no dijo nada al principio se sentó en una cubeta se quitó el sombrero y se quedó mirando el cuerpo Benjamín, su hijo, caminó por la orilla del corral y revisó la cerca con rabia contenida.

3:30 Al volver dijo que alguien estaba entrando al terreno y conocía bien la casa. Esa tarde se juntaron varios vecinos en el patio. No fue una reunión formal, pero todos entendieron que el asunto ya no era solo de don Hilario. Había ganado en otros corrales, había niños que cruzaban por el arroyo y había pleitos viejos entre familias. También llegó Evaristo Luna, dueño de unas parcelas al otro lado. Se mantuvo callado casi todo el tiempo, con los brazos cruzados, escuchando sin mirar mucho a nadie. Cuando don Hilario mencionó una discusión reciente por una pastura, Evaristo levantó la cara y pidió no acusar sin pruebas. Nadie había dicho su nombre, pero todos sabían de qué pleito hablaban. La discusión había ocurrido dos meses antes frente a la tienda. Evaristo quiso rentar una parte del potrero para meter animales y Don Hilario se negó porque el agua no alcanzaba. Hubo palabras fuertes.

4:34 Varios escucharon a Evaristo amenazarlo y aunque Don Hilario no denunció nada, la frase quedó guardada entre quienes estuvieron ahí. Después de la segunda muerte, esa amenaza regresó a la conversación, aunque nadie quiso llevarla directo a la autoridad. Benjamín propuso ir a la casa de Evaristo esa misma tarde. Don Hilario lo frenó, porque entrar en una casa sin verlo dentro del corral solo iba a traer otro problema. El comisariado recomendó hacer guardia y juntar pruebas. No explicó qué prueba podía servir cuando los animales amanecían muertos y la cerca seguía casi igual, pero aceptamos vigilar. Esa noche nos quedamos Don Hilario, Benjamín y yo, con una escopeta, un rifle viejo, un machete y dos lámparas. Las dos primeras noches pasaron sin ataque, los animales se movieron más de lo normal, los perros gruñeron hacia el arroyo, y varias veces alumbramos la cerca, pero nadie entró. Don Hilario empezó a pensar que el responsable nos estaba observando. Benjamín propuso fingir que habíamos dejado la guardia, Al día siguiente, escondimos la camioneta, apagamos los focos de atrás y cerramos la casa temprano. Antes de que oscureciera por completo, Benjamín y yo subimos al techo de la bodega. Don Hilario se quedó dentro, vestido, con el rifle cerca. Durante un rato no pasó nada. Luego, las reces se juntaron hacia un

6:07 lado del corral. Los perros bajaron la cabeza y dejaron de moverse. Miramos hacia el arroyo y vimos una sombra junto a la cerca del fondo. Las ramas se abrieron desde abajo y un hombre entró por un hueco que durante el día había quedado cubierto. Caminó agachado sin apurarse, directo al centro del corral. Se detuvo, miró hacia la casa, luego hacia la bodega y dejó una bolsa en el suelo. Benjamín tomó la escopeta. Yo le sujeté el brazo para que esperara. El hombre empezó a quitarse la ropa. despacio sin mirar atrás entonces le vi la cara con la poca luz que había era evaristo luna evaristo dejó la ropa junto a la bolsa y se quedó inclinado desde el techo lo vimos untarse algo en el pecho en los brazos y en la nuca los animales reaccionaron de inmediato las vacas se apretaron contra la cerca el caballo golpeó el suelo y los perros bajaron la cabeza Benjamín tenía la escopeta entre las manos. Yo le sujeté el brazo, porque cualquier ruido podía hacerlo voltear hacia nosotros. Evaristo se hincó, apoyó las manos en la tierra y bajó la cabeza.

7:24 No rezó, no habló, no miró al cielo. Se quedó así, con el cuerpo tenso. Después los hombros se le alzaron, la espalda se le marcó y las piernas se le doblaron debajo del cuerpo. Escuché un tronido seco. luego otro y sentí que benjamín quería levantarse pero lo detuve con más fuerza en ese momento no entendía lo que miraba pero sabía que debíamos aguantar hasta tenerlo claro levantó la cabeza y ya no estaba erguido tenía las manos contra el suelo el lomo levantado y el cuello rígido la cara se le había alargado la boca se veía abierta y el pelo le cubría parte de la nuca y los hombros No era perro ni coyote. Era un animal grande, bajo, con el cuerpo torcido hacia adelante. Avanzó hacia las reces y los animales se movieron en montón, sin salida. Fue sobre una becerra colorada. La alcanzó junto a la cerca, la empujó con el pecho y la tiró al suelo.

8:29 La becerra pataleó, golpeó los alambres y soltó un bramido corto. El animal le sujetó el cuello con la boca y apretó. Vi la cabeza de la becerra levantarse. después caer de golpe. Entonces Benjamín disparó. El tiro pegó en la tierra, cerca del animal. Las reces se desordenaron y la lámpara se me resbaló de la mano. La encendí al levantarla. Apunté hacia el fondo del corral y la luz le dio de frente. El animal soltó a la becerra, giró hacia nosotros y abrió la boca. Tenía sangre en el hocico. Benjamín cargó otra vez, apuntó mejor y disparó antes de que brincara la cerca. Esta vez el tiro pegó. El animal cayó de lado, se levantó de inmediato y escapó hacia el arroyo, arrastrando la pierna izquierda. Don Hilario salió de la casa con el rifle y gritó que no lo dejáramos ir. Bajamos del techo por la escalera y corrimos hacia el fondo del corral. La becerra seguía viva, pero respiraba mal. Tenía dos heridas abiertas en el cuello.

9:34 Don Hilario quiso seguir el rastro antes de que se perdiera. Benjamín llevaba la escopeta abierta y yo alumbraba la tierra. Junto al hueco de la cerca, encontramos sangre fresca. Salimos hacia el arroyo y seguimos las gotas entre piedras y hojas. A poca distancia, hallamos un pedazo de tela atorado en una rama. Aparecieron marcas de pies descalzos, mezcladas con señales hondas en la tierra. Ahí nos detuvimos. Benjamín quería ir directo a la casa de Evaristo, y don Hilario también estaba decidido. Pero le dije que entrar armados, sin más testigos, podía hundirnos a nosotros. Así que seguimos un poco más, perdimos el rastro y regresamos. La becerra murió antes de que aclarara, pero esta vez no la enterramos. Don Hilario mandó llamar al comisariado, al veterinario y a dos vecinos sin parentesco con él. Cuando llegaron, el animal seguía en el mismo sitio. Benjamín explicó el disparo. Yo señalé el hueco de la cerca y don Hilario mostró la sangre, la tela y las marcas junto al arroyo. Nadie quiso nombrar lo que habíamos visto. La palabra Nahual salió después, cuando uno de los vecinos acercó a los perros al lugar donde Evaristo se había hincado y los animales se resistieron.

10:57 El veterinario revisó a la becerra y dijo que las heridas coincidían con las de los otros animales, aunque estaban más frescas. habló de presión en el cuello daño profundo y pérdida rápida de sangre no aceptó escribir nada sobre transformación aclaró que podía declarar sobre el cuerpo del animal y las marcas pero no sobre algo que no presenció don Hilario apretó la mandíbula y guardó silencio el comisariado pidió ir a la casa de Evaristo fuimos seis hombres nadie abrió la puerta a golpes Teresa salió primero y nos pidió que nos fuéramos no nos dejó pasar y dijo que Evaristo estaba enfermo. El comisariado respondió que se habían perdido tres animales y que necesitábamos verlo. Teresa cerró un poco la puerta, pero Evaristo salió antes de que pudiera cubrir la entrada. Caminaba mal y apoyaba poco la pierna izquierda y tenía la cara pálida. Llevaba camisa de manga larga, a pesar del calor. Don Hilario le preguntó por la pierna. Evaristo contestó que se había cortado en la parcela. Benjamín le pidió que mostrara la herida, pero Evaristo se negó y quiso cerrar la puerta. Al levantar el brazo, la manga se le subió. Tenía raspones en el antebrazo, tierra pegada a la piel y una marca oscura junto a la muñeca. Benjamín dio un paso, dos vecinos lo sujetaron y don Hilario miró la mancha fresca en el pantalón. Teresa cerró la puerta y nadie la empujó.

12:30 Nos quedamos afuera, oyendo su llanto detrás de la madera. Benjamín quería regresar con más hombres, pero el comisariado ordenó llevar todo a la presidencia. Dijo que si golpeaban a Evaristo, la acusación contra él iba a perderse entre denuncias nuevas. Don Hilario aceptó, pero dijo que no iba a esperar otra muerte de animal para defender lo suyo. En la presidencia no quisieron escribir la historia completa. El secretario anotó la muerte de los animales, la sospecha contra Evaristo, el disparo y la sangre. Cuando Benjamín exigió que pusiera lo que vimos, el secretario dejó la pluma sobre la mesa. Dijo que un acta con esas palabras no iba a llegar a nada y que el caso debía quedar en daños, amenazas y conflicto por ganado. Benjamín se levantó molesto. Don Hilario tomó el papel, lo dobló despacio y salió sin hablar.

13:27 Esa tarde hubo reunión en la cancha. Llegaron ganaderos, vecinos y mujeres que querían saber si sus hijos podían seguir cruzando por el arroyo. El comisariado explicó que había una acusación grave, tres animales muertos y una tensión que podía terminar en golpes o en algo peor. Pidió que nadie fuera armado a la casa de Evaristo, que nadie entrara por la fuerza y que cualquier queja pasara por la presidencia. Benjamín pidió hablar, se puso de pie delante de todos y contó lo que habíamos visto sin adornarlo. Dijo que Evaristo había entrado al corral, que se había quitado la ropa, que se había untado algo en el cuerpo y que después atacó a la becerra convertido en Nahual. Nadie se rió.

14:14 Eso me quedó grabado. Algunos bajaron la mirada, otros voltearon hacia Teresa que estaba cerca de la salida. Ella dijo que su marido estaba enfermo. que esa acusación iba a destruir a sus hijos y que no había una prueba aceptada por la autoridad. Nadie pudo desmentir esa parte. Teníamos un animal muerto, sangre en el camino, un pedazo de tela, tres testigos y una herida que Evaristo no quiso mostrar. Para nosotros bastaba, para un acta no. Un hombre mayor tomó la palabra y dijo que en otros pueblos, también en Morelos, ya se habían contado casos así. Dijo que esos asuntos terminaban mal cuando la gente callaba demasiado, y después alguien decidía cobrar por su cuenta. El comisariado le pidió que no aumentara el miedo. El hombre contestó que el miedo ya estaba en los corrales, en los caminos y en las casas, y que negarlo no iba a cuidar a nadie. Después de eso, la reunión perdió fuerza.

15:19 La gente siguió ahí, pero nadie ofreció una salida clara. Desde esa noche, el pueblo cambió sus costumbres. Las familias cerraban más temprano, los niños dejaron de pasar solos por el arroyo y los ganaderos metieron sus animales cerca de las casas. Don Hilario movió las reces a un corral más visible y mandó poner focos nuevos. Benjamín consiguió más cartuchos y yo seguí durmiendo cerca de la bodega, aunque ya sabíamos que una guardia no resolvía todo. Los perros volvieron a ladrar con normalidad, pero no querían acercarse al punto donde Evaristo se había hincado. Cuando los llevaban con la cuerda, jalaban hacia otro lado. Evaristo dejó de salir.

16:04 Teresa decía que seguía enfermo. Nadie lo vio en la tienda, nadie lo vio en la parcela y nadie lo vio cruzar por el arroyo. El comisariado fue una vez a buscarlo, pero Teresa no lo dejó entrar. dijo que su marido estaba débil y que no quería pleitos sin orden y sin denuncia formal nadie pudo revisar la casa benjamín quería vigilarla de noche pero don hilario se lo prohibió y le dijo que cuidar el ganado era una cosa y provocar una muerte era otra poco después evaristo desapareció teresa dijo que se había ido a morelos con unos parientes para curarse y trabajar nadie lo vio salir Nadie vio camioneta y nadie supo quién lo acompañó. Su parcela quedó sin atender y unos animales que tenía quedaron amarrados hasta que un vecino lo soltó. Eso aumentó la sospecha, pero no dejó una prueba nueva. El comisariado dijo que un hombre podía irse de su casa y que no podía perseguirlo por rumores, aunque varios le respondieron que no eran rumores, que había sangre, testigos y ganado muerto. Durante un tiempo no murió ningún animal en el corral de Don Hilario.

17:21 Él no descansó por eso. Revisaba la cerca cada mañana, caminaba hasta el arroyo y volvía con tierra en las botas. Dejaba el rifle cerca de la puerta y dormía poco. Benjamín hablaba menos que antes y decía que, si Evaristo estaba en Morelos, alguien debía encontrarlo y hacerlo responder. Yo le dije que eso podía llevarlo a la cárcel. Me contestó que ya había muertos, solo que eran animales, y por eso la autoridad no tenía prisa. La verdad, no encontré respuesta para eso. Casi tres semanas después mataron un caballo en un rancho de la salida a la cabecera. El dueño se llamaba Rubén. No tenía pleito con Evaristo ni con Don Hilario. El caballo apareció tirado, con heridas parecidas a las de las reces. Rubén no quiso denunciar.

18:12 dijo que no iba a meterse en un asunto que no entendía. Vendió los otros animales antes de que terminara la semana y mandó a su familia con parientes. Esa muerte abrió otra duda. Algunos dijeron que Evaristo había vuelto escondido. Otros dijeron que había más de uno. Entonces el pueblo dejó de mirar solo hacia una casa. La gente empezó a recordar pleitos por agua, tierras, deudas, herencias y animales perdidos. En la tienda se hablaba bajo, nadie acusaba de frente, pero todos cuidaban lo que decían. Si alguien llegaba con raspones, con fiebre o con algo extraño en su rostro, las conversaciones se cortaban. Las familias seguían comprando, trabajando y yendo a misa. pero el trato cambió. El saludo se volvió corto, las visitas se redujeron y los caminos se vaciaban temprano.

19:08 Un mes después llegó la noticia de Evaristo. La trajo un primo suyo que pasó por San Miguel para recoger cosas de Teresa. Dijo que Evaristo estaba vivo en Morelos, flaco, con fiebre y con una herida cerrada en la pierna izquierda. Nadie fue a buscarlo. Don Hilario escuchó el recado y se quedó sentado. Dijo que verlo no iba a devolverle los animales, ni iba a borrar lo que habíamos visto en el corral. Teresa vendió la casa a bajo precio y se fue con sus hijos. No se despidió de casi nadie. Unos dijeron que se iba por vergüenza, otros dijeron que se iba por miedo. Yo la vi salir con dos bolsas y los niños detrás. No habló con don Hilario, no habló con Benjamín y tampoco miró hacia el arroyo. Después de eso, la casa quedó cerrada varios días hasta que llegaron otros dueños. Don Hilario vendió parte del ganado para pagar deudas. Benjamín se fue al norte meses después, y yo dejé de trabajar con ellos al año siguiente. Pero antes de irme, vi que reforzaron la cerca y cortaron el árbol del corral. Eso no cambió lo ocurrido. Los animales tardaron mucho en volver a echarse en esa parte. A veces me preguntan si Evaristo era Nahual, y yo contesto lo que vi. Lo vi entrar al corral, quitarse la ropa y untarse algo en el cuerpo. Lo vi caer al suelo, y de ese mismo punto salió

20:39 un animal que atacó a la becerra. Después vi a Evaristo herido en la misma pierna, donde Benjamín disparó. Eso fue lo que vi, lo demás lo dijeron otros. No hubo castigo. La autoridad no aceptó el caso como lo contamos. Las limpias que hicieron después no cambiaron nada, quedaron animales muertos, una familia endeudada, otra familia fuera del pueblo y una duda que nadie pudo cerrar. Desde entonces, cuando una res amanece tirada con heridas raras, primero revisan la cerca, luego miran hacia las casas cercanas y después deciden si conviene hablar.

21:27 No voy a dar mi nombre completo, porque todavía vive gente de mi familia en Veracruz, y porque este asunto nunca se cerró ante la policía. Yo era campesino, vivía cerca de Catemaco, y en aquel tiempo mi casa ya no podía sostenerse. Trabajaba por jornal cuando había corte o carga de costales. Si llovía, no había trabajo, y si no había trabajo, no había comida suficiente. Mi esposa se llamaba María. Teníamos dos hijos, Mateo, el mayor de siete años, y Luz, que era pequeña. También vivía con nosotros mi suegra, enferma de tos desde hacía semanas. Yo debía en la tienda, debía una tanda, debía medicina y debía la renta de una parcela que no dio lo esperado. Ese año perdí casi toda la siembra y lo poco que salió se fue en pagos. Todo empezó una tarde cuando Mateo volvió de la escuela con una nota. La maestra le había dicho a María que el niño se había mareado y que necesitaba comer mejor. María puso el papel sobre la mesa, me llamó aparte y dijo que ya no podía seguir estirando la comida. También dijo que el tendero no quería fiarnos y que el doctor no revisaría a mi suegra sin dinero por delante. No levantó la voz, habló despacio y eso me dejó sin defensa. Salí al patio para no contestar frente a los niños. Ahí estaba Jacinto, un

22:57 vecino que vendía leña en Catemaco. Me preguntó qué tenía. Le conté solo una parte porque me daba vergüenza decir que en mi casa ya faltaba la comida. Le dije que necesitaba dinero, no promesas de trabajo para después. Jacinto guardó silencio y luego me habló de Eusebio Campos. Dijo que algunos lo llamaban Brujo Negro, aunque nadie lo anunciaba de frente. Me explicó que Eusebio hacía tratos pesados, no limpias comunes. Le pregunté qué clase de tratos. Jacinto dijo que ese hombre trabajaba con dinero fuerte y que algunos pagaban con algo de su sangre. Mencionó pactos con el diablo, almas entregadas e hijos puestos de garantía. Me molesté y le dije que no hablara de mis hijos. Él contestó que yo había preguntado por dinero. y que esa era la única respuesta que conocía. Esa noche dormí poco, y María también estaba despierta, pero ninguno siguió hablando. Yo escuchaba la tos de mi suegra y el movimiento de los niños.

24:04 Antes de que aclarara, tomé mi machete, una camisa y los pocos pesos que tenía. María preguntó a dónde iba. Le dije que buscaría trabajo en Catemaco. Ella bajó los ojos y me pidió que regresara con comida. Llegué a Catemaco y pregunté por Eusebio. En un puesto me mandaron a una casa detrás del mercado, pero me dijeron que no llegara antes de la tarde. Pasé varias horas dando vueltas, sin comer, con la camisa guardada. Varias veces pensé en volver. Luego recordaba la nota de la maestra y la cuenta de la tienda. Al caer la tarde fui a la casa. Me abrió una mujer joven con una libreta. Me pidió mi nombre, el de María y el de mis hijos.

24:50 También preguntó cuál había nacido primero. Contesté sin discutir. Cuando dije que Mateo era el mayor, ella dejó de escribir. Me observó un momento y entró a llamar a Eusebio. Eusebio salió poco después. Me pidió las manos, las revisó y preguntó cuánto debía. Quiso saber cuánto ganaba, cuánto necesitaba y cuántas personas dependían de mí. No me ofreció una limpia, me pidió datos concretos y yo se los di. Cuando terminé, Eusebio dijo que mi problema era dinero, no enfermedad ni envidia. Me explicó que una limpia no iba a cambiar mi situación. Si quería dinero rápido, tenía que aceptar un pacto con el diablo. Después habló de dos pagos posibles, mi alma al morir, o una garantía de sangre tomada de mi familia.

25:41 Pregunté qué significaba garantía. Dijo que era un respaldo, por si yo faltaba al trato, negaba la firma o intentaba romper lo pactado. Le dije que mis hijos se quedaban fuera. Eusebio respondió que entonces la firma sería por mi alma, pero que mi familia debía quedar nombrada como testigo de mi casa. Yo pregunté si testigo era entrega. Dijo que no, que la entrega era otra cosa y que yo ya había escogido pagar con mi alma. Esa respuesta me alcanzó para seguir sentado. Ahora sé que debí levantarme ahí mismo, pero en ese momento me aferré a la palabra que me convenía. Me indicó que el trabajo se haría esa misma noche, en el camposanto viejo. Tenía que llevar una prenda mía usada, aceptar por escrito la cantidad, y volver antes de que cerraran la casa. pedí 50 mil pesos eusebio dijo que pidiera más porque el precio no cambiaba por pedir poco entonces dije 200 mil sentí vergüenza al decir esa cantidad pero también descanso porque por primera vez en meses escuché una cifra que podía cubrirlo todo antes de irme la mujer me dio dinero para el pasaje eusebio aclaró que no era regalo si yo regresaba ese billete quedaba dentro del trato Lo tomé y desde ese momento ya no pude decir que solo había ido a preguntar. Volví

27:14 a mi casa por la tarde. María preparaba comida para los niños y me preguntó si había conseguido trabajo. Le dije que tenía que volver a Catemaco y que un hombre podía conseguirme dinero si firmaba un compromiso. María me preguntó si era brujería. Tardé en responder y ella entendió. Me siguió al cuarto cuando tomé la camisa usada. Y me preguntó si habían pedido algo de Mateo. Le dije que no, porque no habían pedido una prenda suya, pero ya habían escrito su nombre. Mateo estaba cerca y pidió pan. Le dije que sí. María me acompañó hasta la salida y me pidió que no metiera a los niños. Le respondí que todo sería conmigo. Ella dijo que una deuda aceptada por un padre siempre entra a la casa. No contesté.

28:05 Guardé la camisa, salí al camino y regresé a Catemaco antes de medianoche. Cuando volví a la casa de Eusebio, la mujer me hizo pasar sin preguntas. La libreta ya estaba sobre la mesa y mi nombre estaba arriba. Eusebio tomó la camisa usada, la dobló y la puso junto al papel. Después preguntó si seguía aceptando pagar con mi alma y si mi esposa y mis hijos quedarían nombrados solo en calidad de testigos. Le respondí que sí. Le dije que no sabía leer bien y Eusebio contestó que ya me había explicado lo necesario y que la firma asentaba lo aceptado de palabra. La mujer acercó la libreta, señaló la línea y me dio una pluma. Firmé despacio.

28:52 Después me pinchó un dedo, me tomó la muñeca y presionó mi huella con sangre debajo del nombre. Quise preguntar otra vez qué alcance tenía la palabra testigo. pero no pregunté. Salimos hacia el camposanto viejo cerca de medianoche. Íbamos Eusebio, la mujer, un muchacho con una bolsa y yo. El camino fue en silencio. Al entrar al panteón, Eusebio nos indicó avanzar por un lado. Él daba órdenes cortas y todos las cumplían. A mí me dijo dónde pararme, cuándo arrodillarme y cuándo repetir. Nos detuvimos en una tumba sin nombre, El muchacho sacó lo necesario de la bolsa y la mujer abrió la libreta. Eusebio puso mi camisa sobre la tumba y me ordenó apoyar la mano encima. Luego declaró que quedaba asentado mi pedido de 200 mil pesos, mi pago con el alma al morir y el reconocimiento de mi casa en caso de incumplimiento. Pregunté qué significaba que mi casa reconociera la deuda. Eusebio respondió que era una obligación escrita.

30:02 no una entrega, y que no cambiaba el pago elegido. Acepté seguir, pues ya había firmado, ya había puesto sangre, y ya estaba dentro del camposanto. Pensé en María, en la tienda, en la enfermedad de mi suegra, y en Mateo pidiéndome un pan. Esa necesidad me sostuvo donde debía haberme levantado. La mujer leyó el texto. Eusebio me hizo repetir mi nombre completo, la cantidad pedida, y la obligación de entregar mi alma al morir. Después me hizo nombrar a María, a Mateo y a Luz, bajo la palabra testigos. Cuando dije el nombre de Mateo, me faltó voz. Eusebio me ordenó repetirlo claro. Lo hice, y la mujer siguió leyendo.

30:48 Entonces llegó otro hombre, entró por un lado del panteón, y caminó directo hacia la tumba. Llevaba sombrero y ropa de trabajo. Eusebio cambió de actitud en cuanto lo vio. Dejó de ordenar y esperó instrucciones. La mujer cerró la libreta y el muchacho bajó la mirada. El recién llegado pidió revisar el papel y Eusebio se lo entregó. El hombre leyó la hoja y señaló una línea. Dijo que la firma era por alma propia pero que la casa estaba nombrada y que el primer hijo quedaba en garantía si el firmante negaba el pacto, escondía el pago o intentaba romper la deuda En ese momento entendí la trampa.

31:31 Le dije a Eusebio que eso no era lo acordado. Él respondió que yo había escuchado la palabra garantía desde la tarde y que también había aceptado nombrar a mi familia en el papel. Me levanté y pedí que rompieran la hoja, pero el muchacho me sujetó del brazo. Lo empujé, pero Eusebio me ordenó quedarme quieto. Le dije que mi hijo no entraba en el trato, y Eusebio contestó que nadie se lo llevaría esa noche, y que yo todavía podía cumplir con mi alma. El hombre del sombrero añadió que, si yo faltaba, la deuda buscaría lo más cercano a mi sangre. No adornó la amenaza, la dijo de frente.

32:14 Ofrecí devolver el billete del pasaje, pero Eusebio dijo que el trato ya no estaba en ese punto. Les dije que me mataran ahí, si querían cobrar. El hombre respondió, Que mi muerte antes del pacto no cerraba nada. Eusebio me pidió la mano, pero me negué. El muchacho sacó una navaja y la dejó a la vista. Yo entendí que la salida ya no dependía de mí. Me cortaron la palma y pusieron mi sangre sobre la firma. Sacrificaron un gallo. La mujer siguió leyendo. Eusebio marcó cada frase. Y el hombre del sombrero esperó sin moverse. Repetí lo que me ordenaron. Dije que aceptaba el dinero, que mi alma quedaba comprometida y que mi casa respondería si yo negaba el pacto. Cuando nombraron a Mateo como primer hijo, cerré la boca. Eusebio me sujetó la cara y me obligó a decirlo, así que lo dije. Al terminar, el hombre del sombrero guardó mi camisa. Eusebio cerró la libreta y dijo que la señal llegaría pronto. Aclaró que el dinero no aparecería tirado ni escondido. Me llegaría por una vía limpia ante la gente, con papeles y nombres reales.

33:29 Eso me dio más miedo, porque ya no sonaba a amenaza de panteón, sino a algo preparado desde antes. Me dejaron cerca del mercado antes de que aclarara. Eusebio me advirtió que no fuera con la policía, porque yo había firmado, y que no buscara a un sacerdote para borrar lo hecho. No respondí. Caminé hacia la salida de Catemaco con la mano envuelta. y sin la camisa que había llevado desde mi casa. María estaba despierta cuando llegué. Vio la venda y entendió que había pasado algo grave. Me preguntó si firmé y le dije que sí. Preguntó si nombré a Mateo, pero tardé en contestar. Ella entró al cuarto, levantó al niño y me dijo que no me acercara. No gritó, cerró la puerta y puso una tranca. Más tarde llegó Jacinto, nervioso.

34:23 Dijo que un hombre me buscaba por un asunto legal. Fui a verlo cerca del camino. Era un abogado con papeles de una herencia y me explicó que un pariente de mi madre había muerto meses antes y que por una venta pendiente me correspondía dinero. La cantidad era casi la misma que yo había pedido. Me contestó que apenas habían localizado a todos los herederos. Tome los papeles con la mano vendada. Y desde ese momento supe que el pacto ya había empezado a cobrarse. María no quiso tocar el dinero y dijo que venía con la firma, con la sangre y con el nombre de Mateo metido en el papel. Propuse rechazarlo y ella preguntó si eso iba a borrar lo hecho. No respondí. Durante varios días busqué a Eusebio. La casa donde me recibió estaba cerrada y en el mercado nadie quiso darme razón. Algunos negaban conocerlo.

35:20 Otros se apartaban cuando oían su nombre. Jacinto dejó de pasar por mi casa y su mujer dijo que había salido a trabajar fuera. Fui con un sacerdote y le conté lo ocurrido. Él me dijo que confesara todo, que me apartara de esa gente y que cuidara a María y a los niños. También dijo que denunciara si hubo engaño o amenaza. Fui después con un policía municipal, le di el nombre de Eusebio, le expliqué la casa detrás del mercado y dije que había una libreta y una camisa mía en poder de ellos. El policía preguntó si tenía testigos, pero le dije que no. Entonces dijo que sin un delito visible el asunto podía volverse contra mí.

36:05 Cobré el dinero. Lo cobré porque la tienda exigía pago, porque el doctor no quería volver sin adelanto, y porque en la casa ya faltaba comida. También lo cobré porque el abogado traía papeles legales y sellos oficiales. Pagué las deudas, compré medicina, dejé comida en la casa y guardé el resto. María se fue con los niños a casa de su hermana. Al principio no aceptó nada, pero después recibió una parte para escuela y comida, pero me dijo que no volvería a vivir conmigo. Los problemas con Mateo empezaron después. La maestra contó que el niño se distraía, que miraba hacia la entrada. y que se ponía nervioso cuando veía hombres con sombrero. María pensó que el miedo venía de lo que había oído en la casa, pero Mateo decía que un hombre lo esperaba afuera y que sabía su nombre completo.

37:02 La maestra aseguró que no vio a nadie hablar con él. María cambió la ruta de entrada y salida, y no aceptó que yo los acompañara. Una tarde fui a dejar despensa, Mateo salió al patio y me abrazó antes de que María pudiera detenerlo. Preguntó si yo le debía algo a un señor. Le pedí que me dijera quién le había hablado y me contestó que era el hombre del sombrero, el que se quedaba del otro lado de la calle. María salió a mirar. Yo crucé, revisé la esquina y pregunté a dos vecinos. Uno dijo que sí había visto a un hombre parado cerca de la casa, pero no sabía quién era. Desde ese día, María me prohibió llegar sin avisar, y acepté. Intenté vender herramientas y animales para juntar dinero e irnos lejos. Pensé en Puebla, en Chihuahua o en cualquier lugar donde nadie conociera a Catemaco ni a Eusebio. María aceptó hablar del viaje, no por perdón, sino por miedo. Nos reunimos en casa de una tía suya, una tarde de octubre. Yo llevaba boletos de autobús y algo de dinero. María escuchaba seria, con luz cerca, y Mateo jugaba en el patio. La puerta estaba abierta, había familiares dentro y gente pasando en la calle. Luz entró a pedir agua, y cuando volvió al patio, Mateo ya no estaba. Primero revisaron los cuartos, luego la casa de al lado, la tienda y la calle, pero nadie lo encontró.

38:36 Una vecina dijo que había visto a un hombre con sombrero caminar con un niño de la mano y que el niño no lloraba. Cuando María oyó eso, me golpeó en el pecho y dijo que yo lo había entregado. No pude defenderme. Buscamos toda la noche y el día siguiente. Revisaron caminos, solares, casas vacías, paradas de camión y la zona del lago. Yo di el nombre de Eusebio, repetí la dirección de la casa y conté lo del ritual. Esta vez sí levantaron el reporte porque había un niño desaparecido. Me interrogaron varias veces y María declaró también. La casa de Eusebio ya estaba ocupada y los vecinos dijeron que los anteriores inquilinos usaban otros nombres. Nadie localizó a la mujer de la libreta ni al muchacho. Días después, un sepulturero encontró mi camisa en el camposanto viejo. Estaba doblada sobre una tumba sin nombre. Era la misma camisa que yo había entregado. La policía la tomó como prueba, pero no sirvió para encontrar a Mateo. Me preguntaron si yo podía haberla puesto ahí y no pude probar que no.

39:46 También preguntaron si inventé lo del brujo para cubrir otra cosa, pero tampoco pude probar lo contrario. Jacinto desapareció antes de declarar y su familia dejó la comunidad poco después. Mi esposa se llevó a luz con unos parientes, cambió de domicilio y cortó casi todo contacto. Durante años supe de mi hija por terceros. Seguí buscando a Mateo. Fui a pueblos, terminales y oficinas. Revisé avisos de niños encontrados, listas de hospitales y reportes de cuerpos sin identificar. Pero nunca apareció una llamada confiable, un testigo firme ni una prueba que cerrara el caso. El dinero se acabó en deudas, enfermedad y búsquedas. La parcela se perdió. Mi suegra murió sin volver a hablarme. Solo quedaron el expediente de Mateo y la copia de mi declaración. Ahí está escrito que fui a Catemaco, que busqué a Eusebio Campos, que firmé con sangre y que después mi hijo desapareció. También está escrito que no hubo detenidos. No puedo decir ante nadie que el diablo se llevó a Mateo, porque no tengo cuerpo, grabación ni prueba material. Lo que sí puedo decir es que acepté un pacto para salir de la pobreza. Permití que nombraran a mi hijo como garantía. Cobré el dinero y después de eso Mateo desapareció. Eso fue lo que quedó de mi trato. Yo tenía 17 años cuando nació el

41:28 primer hijo de mi hermana Julia. Lo recuerdo porque esa semana la casa cambió de golpe. Vivíamos en Naica, cerca del cerro, y mi papá trabajaba en la mina. Mi mamá cuidaba a Julia porque su esposo estaba fuera por trabajo y no llegó al parto. En la casa estábamos mis padres, Samuel, Julia, el niño y yo. El niño nació delgado, pero respiró bien y lloró desde que lo limpiaron. La partera lo revisó, atendió a Julia y antes de irse habló con mi mamá en la cocina. Le dijo que lo cuidaran mucho, que no lo sacaran de noche y que buscaran el bautizo en cuanto pudieran. Mi mamá le preguntó por qué lo decía con tanta seguridad y la partera contestó que en esos rumbos las criaturas sin bautizo atraían visitas malas. Lo dijo seria, recogiendo sus cosas.

42:21 También pidió que Julia no durmiera sola. y que la ventana del cuarto quedara cerrada. Julia quería llamarlo Renato. Todavía no lo registraban, pero desde el primer día usamos ese nombre. Comía poco y se cansaba rápido, aunque mi mamá decía que muchos recién nacidos empezaban así. Julia estaba débil, con fiebre baja y casi no se levantaba. Mi papá evitaba hablar de brujas. Cuando mi tía Rafaela llamó para preguntar por el niño... Él dijo que primero había que verlo agarrar fuerza y después buscar al padre. Mi mamá no le contestó, pero esa tarde dejó unas tijeras abiertas debajo del colchón y puso un rosario junto a la cama.

43:06 La primera luz apareció dos noches después. Yo estaba en el patio cuando Samuel me tocó el brazo y señaló el cerro. Arriba se movía una luz roja, baja, fuera del camino. No alumbraba el suelo ni avanzaba en línea recta. Se detenía, bajaba un poco y volvía a moverse. Mi mamá salió detrás de nosotros, la vio y nos mandó entrar. A Samuel le ordenó que no siguiera mirando. Luego cerró la puerta y llamó a mi papá. Mi papá salió al patio con una lámpara. Revisó la entrada y el corral, pero no caminó hacia el cerro. Dijo que podía haber gente en el monte, aunque su voz no sonó segura.

43:49 La luz volvió a prenderse más abajo. Esta vez mi mamá se persignó, mi papá la miró, bajó la lámpara y puso la tranca. Después nos pidió que habláramos bajo, porque Julia necesitaba descansar y el niño llevaba rato inquieto. Esa noche Renato lloró más de lo normal. Julia lo cargó hasta cansarse y mi mamá se lo quitó con cuidado. Le tocó la frente y le dio unas gotas de agua. El niño cerraba los ojos, pero volvía a llorar al poco rato. Mi papá se sentó cerca de la puerta con el machete junto a la silla. Yo me quedé en la cocina con Samuel. Nadie dijo que tenía miedo, pero todos escuchábamos cualquier ruido del patio. Antes de amanecer, oímos golpes en el techo del cuarto de Julia. Fueron tres golpes separados. El perro estaba dentro de la casa y no ladró. Solo se metió debajo de la mesa.

44:44 Mi papá tomó el machete y salió. Yo quise seguirlo, pero mi mamá me detuvo. Desde adentro no escuchamos pasos ni voces, pero cuando mi papá volvió, dijo que no había visto gente ni animales. Traía la cara tensa y pidió revisar el techo con luz de día. Al amanecer subió y encontró plumas grandes atoradas en la orilla de la lámina. También había polvo movido y una marca larga cerca del borde. Mi mamá no dejó que Samuel tocara nada, juntó las plumas con una pala y las quemó afuera. Julia preguntó qué habían encontrado. Mi mamá respondió que eran plumas, nada más. Lo dijo mirando al suelo, pero Julia abrazó al niño y se quedó callada. Ese mismo día llegó mi tía Rafaela. Mi mamá la había mandado llamar para ayudar, pero ella entró preguntando por el bautizo. Cuando supo que Renato seguía sin recibir agua, se molestó. Dijo que pronto no bastaba cuando ya habían visto luces. Mi papá le pidió que no metiera ideas en la cabeza de Julia y ella contestó que las ideas no dejaban marcas en los techos. Luego habló más bajo y dijo que en Naica se contaba desde hacía años que algunas mujeres salían de noche convertidas en bolas de fuego, que usaban alas de guajolote y buscaban criaturas sin bautizo. Decía que podían

46:14 llevárselas o dejarlas enfermas, sin fuerza para comer. Mi papá no quiso seguir la discusión. Revisó la puerta del corral y amarró al perro dentro de la casa. Mi tía le pidió sal a mi mamá y la puso en las entradas. Mi mamá dejó las tijeras bajo el colchón y cerró la ventana antes de que oscureciera. Julia estaba despierta, con Renato contra el pecho. El niño respiraba rápido, sin llorar. Mi tía le dijo a Julia que le hablara por su nombre y que no lo soltara aunque se cansara. Cenamos con poca luz. Samuel se sentó junto a mí, mirando la puerta trasera. Mi papá cada rato se levantaba a revisar la tranca. Mi mamá mojaba un trapo y se lo pasaba a Julia por la frente. Renato tenía los labios secos y la piel caliente. Cuando le pregunté a mi mamá si estaba enfermo, me contestó que había que esperar a que amaneciera para llevarlo al dispensario, pero lo dijo sin apartar los ojos de la ventana. Después llegó un golpe desde el corral. No fue fuerte, pero se oyó claro dentro de la casa. Mi papá apagó la lámpara y por debajo de la puerta trasera entró una claridad roja, pegada al piso. Se levantó un poco, bajó y quedó fija del otro lado. El perro empezó a temblar. Samuel agarró mi camisa y mi tía Rafaela dijo que ya estaban junto a la casa. Y en ese mismo momento, el pasador del corral cayó sobre una piedra.

47:48 Mi papá nos apartó de la puerta con una seña firme. Movió la mesa hasta trabarla contra la entrada y se quedó de pie, con el machete en la mano. Nadie preguntó nada. Mi mamá se sentó junto a Julia y acomodó a Renato entre sus brazos. El niño tenía los ojos abiertos, la boca seca y la respiración corta. Mi tía Rafaela se acercó a la cama Le pidió a Julia que le hablara por su nombre y le recordó que todavía no estaba bautizado ni registrado. Julia le acercó la cara al niño y repitió Renato varias veces, sin levantar la voz. Del corral llegó un aleteo fuerte. Las gallinas golpearon la malla, el perro retrocedió hasta la pared y Samuel empezó a llorar. Mi mamá le hizo una seña para que se callara. La claridad roja se movió hacia la ventana del cuarto. Entró por las rendijas y marcó el piso. Mi papá quiso abrir para ver, pero mi tía le cerró el paso con el brazo y le dijo que la puerta no debía abrirse. Él apretó el machete y respondió que, si aquello ya estaba en el patio, podía buscar otra entrada. La ventana tenía el gancho puesto, pero empezó a moverse. Primero sonó la madera, luego vinieron raspones largos y empujones cortos. Julia se encogió en la cama, todavía débil del parto. Mi mamá le quitó a Renato con cuidado, lo sostuvo contra el pecho

49:18 y le cubrió la cabeza con una manta. Mi tía echó mazal cerca de la pared y pidió que nadie se acercara al marco. Mi papá entró al cuarto, golpeó la madera con el mango del machete y ordenó que se fueran. Afuera contestaron con un golpe seco. La luz se retiró de la ventana y cruzó hacia el lavadero. Desde la rendija de la puerta vimos la bola roja suspendida cerca del suelo. Debajo de la luz había plumas oscuras y tela vieja. No vimos cara, ni brazos, ni piernas. Vimos el fuego moverse, las plumas abrirse y cerrarse, y una sombra pegada a la pared. Mi papá volvió a gritar que la casa no estaba sola, y la respuesta fue un ruido bajo, repetido. que salía del patio y se mezclaba con el movimiento de las gallinas. Entonces crujió la lámina del techo. El peso avanzó sobre el cuarto de Julia y se detuvo arriba de la cama. Mi papá me mandó sostener la mesa contra la puerta y yo puse los hombros contra la orilla. Las manos me resbalaban por el sudor. Tomó una tabla y volvió al cuarto.

50:30 Mi tía se quedó junto a mi mamá rezando bajo sin cerrar los ojos. Julia intentó sentarse, pero no pudo. Tenía fiebre y las piernas le temblaban. Un tornillo cayó al piso, luego cayó tierra. La lámina se levantó de una esquina y dejó entrar aire caliente. Mi papá empujó hacia arriba con la tabla, mientras mi tía le repetía que no dejara hueco. Desde afuera metieron algo delgado por la abertura, pero no alcanzó la cama. Mi papá soltó la tabla un momento. Levantó el machete y le pegó contra el borde. Se oyó un grito de mujer adulta. Después hubo golpes encima del techo, uno tras otro, hasta que la lámina bajó otra vez y el polvo le cayó a Julia en la cara. Renato lloró en ese momento.

51:20 Fue un llanto bajo, cortado, sin fuerza. Mi mamá revisó su pecho y dijo que seguía respirando, pero que estaba ardiendo. Mi tía pidió agua limpia, así que yo fui a la cocina sin soltar la barra que había tomado desde antes. Mientras llenaba una taza, escuché otro golpe en el corral. El gallo soltó un sonido corto y las gallinas volvieron a moverse, y Samuel se cubrió la cabeza con los brazos. Mi papá caminó hacia la puerta. Ya tenía la mano en la tranca cuando mi mamá le dijo que no saliera. Le dijo que si cruzaba nos dejaba adentro con Renato y con la ventana dañada. Él se quedó quieto, bajó el machete y puso otra vez la mesa en su lugar.

52:07 Julia pidió que llevaran al niño con un médico, pero mi mamá le respondió que saldríamos al amanecer. Nadie dijo más. La camioneta de Don Pedro estaba lejos y nadie quería cruzar el patio con la luz dando vueltas afueras. La bola roja volvió a pasar frente a la puerta. Iba más baja, con movimientos torpes, y se detuvo junto al mezquite. Mi papá se acercó a la rendija, miró y se apartó sin explicar lo que había visto. Solo pidió que nadie se asomara. Samuel lloró más fuerte. Mi tía le tapó la boca con la mano y le pidió que respirara por la nariz. Afuera se oyó algo arrastrándose en la tierra. Luego vino otro aleteo, pesado. y varios golpes contra la malla del corral. La noche siguió con ruidos sueltos.

52:56 Mi papá caminaba entre el cuarto y la puerta, revisaba la tranca, miraba el techo y volvía junto a Julia. Mi mamá mantenía a Renato envuelto. Le mojaba la frente y le daba agua por gotas. Julia preguntaba si respiraba. Mi tía contestaba cuando veía moverse el pecho del niño. Y cuando no lo alcanzaba a ver, le pedía a mi mamá que lo revisara. Yo me quedé sentado junto a Samuel, con la barra sobre las piernas, escuchando el techo, la puerta y el corral. Poco antes de aclarar, la luz se apagó. Todavía oímos movimiento en el patio, pero ya no volvió a la ventana. Cuando empezaron a cantar los gallos de otras casas, mi tía dijo que podíamos revisar, aunque nadie debía confiarse. Mi papá esperó un rato más, quitó la mesa y abrió la puerta delantera apenas lo necesario.

53:49 Salió con el machete y yo fui detrás. En el patio había plumas regadas, tierra removida y una mancha oscura junto al mezquite. El corral estaba abierto, el pasador seguía tirado sobre la piedra y dentro del gallinero encontramos al gallo sin cabeza. Mi papá no dejó que mi mamá saliera hasta revisar primero el patio y el techo. Yo fui detrás de él, con la barra todavía en la mano. La lámina del cuarto de Julia estaba levantada de una esquina. La madera de la ventana tenía marcas largas, y cerca del lavadero encontramos un pedazo de tela atorado, manchado de sangre seca. Mi tía Rafaela pidió que nadie lo tocara con la mano. Mi papá lo levantó con el machete, lo echó en una lata y le prendió fuego. Nadie habló mientras ardía, pero el olor entró a la casa.

54:44 Julia lo sintió desde la cama y empezó a llorar. Renato seguía vivo, pero estaba peor. Tenía los labios morados, la piel caliente y la respiración corta. Mi mamá le daba agua por gotas, algunas las tragaba y otras se le salían por la comisura. Julia quería cargarlo, pero los brazos le temblaban. Mi papá fue por don Pedro, que tenía camioneta, y regresó con él y con su esposa. Don Pedro miró el corral, la ventana y el techo. No hizo preguntas burlonas y no puso cara de duda. Solo dijo que ya había visto luces en el cerro otras veces y que cuando bajaban hasta una casa, bajaban por algo. Mi mamá quería ir directo al dispensario, pero mi tía insistía en llevarlo antes a la iglesia. Julia pidió las dos cosas, pero pidió que se apuraran. Mi papá decidió primero el dispensario porque el niño ya casi no lloraba y eso le preocupó más que todo lo demás.

55:45 Mi tía no estuvo de acuerdo. Aún así subió a la camioneta. Mi mamá envolvió a Renato y se sentó junto a Julia. Yo subí atrás con Samuel. Dejamos la casa cerrada, con el perro adentro, el corral abierto y el gallo muerto tirado donde lo encontramos. En el dispensario nos recibió una enfermera. Revisó al niño Le tocó el pecho, le abrió un poco la boca y dijo que estaba deshidratado, con fiebre y muy débil. Preguntó desde cuándo estaba así. Mi mamá le respondió que había empeorado durante la noche. La enfermera preguntó por qué no lo llevamos antes. Mi papá bajó la vista. Julia dijo que no pudimos salir.

56:28 La enfermera nos siguió preguntando. Avisó que el doctor no estaba, que el niño necesitaba atención en delicias y que no perdiéramos tiempo. Le explicó a mi mamá cómo darle agua por gotas y cómo revisar si todavía respiraba. Cuando salimos, mi tía volvió a pedir que pasáramos por la iglesia. Mi papá se enojó y dijo que acabábamos de oír a la enfermera y que el niño necesitaba médico. Julia, desde la camioneta, pidió que la escucharan. Tenía la cara sudada y los ojos abiertos, fijos en Renato. Pidió que lo bautizaran rápido. porque si moría sin bautizo, ella no iba a cargar con eso, y si moría por tardarse, tampoco.

57:14 Nadie contestó de inmediato, pero la esposa de don Pedro dijo que la iglesia quedaba cerca y que el padre podía hacerlo en unos minutos. Mi papá aceptó, pero pidió que la camioneta se quedara encendida. El padre nos recibió en una sala pequeña, no hubo misa, ni cantos, ni padrinos. Entramos los de la casa, don Pedro y su esposa. El padre preguntó el nombre y Julia le respondió que Renato, aunque todavía no estuviera registrado. Mi mamá lo sostuvo mientras el padre le echó agua en la frente. El niño no lloró, movió la boca una vez y siguió respirando con dificultad. El padre terminó, nos dijo que ya estaba bautizado y pidió que lo lleváramos al médico. Nadie se quedó a rezar. Salimos con el niño envuelto, igual de caliente, igual de débil. En el camino a Delicias, Renato respiraba por momentos y luego se quedaba quieto. Mi mamá lo revisaba cada poco, le abría la manta, le tocaba el pecho y volvía a cubrirlo. Julia no apartaba los ojos de él. Samuel iba junto a mí, con las manos entre las piernas, sin llorar. Mi papá iba en la cabina y volteaba cada vez que mi mamá golpeaba el vidrio.

58:30 Antes de llegar a la carretera, Renato hizo dos sonidos cortos. Mi mamá lo acomodó contra su pecho, le limpió la boca y le pidió a Julia que no se moviera. Después levantó la cara y le pidió a mi papá que se detuviera. Don Pedro frenó a la orilla. Mi papá bajó rápido, tomó al niño y trató de darle aire, siguiendo lo que la enfermera le había explicado. Mi mamá le tocaba el pecho con dos dedos. Julia pedía que siguiera. Y mi tía rezaba en voz baja, pero ya no daba órdenes. Pasaron varios minutos y Renato no volvió a respirar. Mi papá se quedó con él en brazos, de pie junto a la camioneta, hasta que la esposa de don Pedro dijo que debíamos regresar al dispensario para que quedara asentado.

59:18 En el acta pusieron una causa médica. Nadie habló ahí de brujas, de las plumas, de la tela quemada ni del techo levantado. Mi papá no quería que Julia escuchara más preguntas. Mi mamá dijo lo necesario y firmó donde le indicaron. El entierro fue al otro día con pocas personas. La caja era pequeña. Julia no soltó el pañuelo con el que le había limpiado la boca al niño. Y mi papá estuvo de pie todo el tiempo, con las manos cruzadas al frente. Mi tía Rafaela no volvió a mencionar a las brujas. Después del entierro, mi papá arregló el techo y quitó el corral. Regaló las gallinas que quedaban.

59:59 Mi mamá lavó el cuarto de Julia y guardó la ropa del niño en una bolsa. Julia se fue con su esposo cuando pudo levantarse y tardó años en volver a dormir en esa casa. En el pueblo, cuando alguien preguntaba, mi mamá respondía que el niño había nacido débil. Mi papá escuchaba y no corregía. Samuel dejó de salir solo al patio y yo tampoco volví a mirar el cerro de la misma manera. La noche en que cerramos la casa después del entierro, vi otra luz en el cerro. Estaba lejos, se movió despacio y luego apareció una segunda luz a un lado. Mi papá salió detrás de mí y también las vio. Me pidió que entrara y que no siguiera mirando. Cerró la puerta, puso la tranca y apagó la lámpara. Nadie fue al cerro, nadie denunció nada y nadie volvió a preguntar por las marcas del techo.

1:00:54 En esa casa dejaron de hablar de Renato por mucho tiempo. Yo lo recuerdo porque estuve ahí, porque vi las luces bajar al patio y porque todavía tengo en la cabeza el grito que salió del techo cuando mi papá levantó el machete.