April 27, 2026

El Ataque De Los Nahuales A Una Base Militar Que Nadie Pudo Explicar - Historias De Terror - REDE

El Ataque De Los Nahuales A Una Base Militar Que Nadie Pudo Explicar - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi nombre es Miguel Ángel Ríos y recuerdo esa tarde de junio de 2011, porque fue la última vez que salí de la base, pensando que una orden podía cerrarse con una parte normal. Yo era cabo segundo en un batallón destacado cerca de San Bartolo. Ese día salimos por un aviso de la ranchería El Encino y al volver trajimos algo, que nunca debimos subir a una camioneta. La orden llegó después de que dos campesinos se presentaron en la base. Traían el reporte de varios animales muertos y hablaron de un hombre desnudo rondando los corrales. El capitán Barragán trató el asunto como presencia de delincuentes o de una persona enferma escondida en la zona y mandó al teniente Varela con 10 elementos. Yo iba en ese grupo. Llevábamos armas, radio, botiquín y bolsas para evidencias. Llegamos a el encino antes de que oscureciera. Había pocas casas y la gente estaba encerrada.

1:07 Un hombre mayor salió a hablar con el teniente. Señaló el arroyo y le dijo que lo que andaba ahí era un nahual. El teniente lo escuchó sin discutir. Le ordenó quedarse dentro y pidió que nadie saliera mientras revisábamos. En la patrulla nadie tomó esa palabra en serio. Íbamos buscando a una persona peligrosa, no a una criatura. y esa idea nos hizo caminar con más confianza de la debida. Seguimos hacia el arroyo porque ahí lo habían visto. En la tierra húmeda encontramos huellas grandes y restos de pelo en unas ramas. Neri los guardó en una bolsa. Avanzamos más despacio desde ese punto, con Salinas al frente y el teniente detrás de él. A poca distancia había una casa abandonada, y junto a la entrada encontramos una cabra muerta.

1:59 Entonces vimos al sujeto. Estaba agachado, con las manos en el suelo y sangre en la boca. Era grande, tenía pelo en la espalda, brazos largos, mandíbula ancha y ojos de persona. Cuando se levantó, el teniente ordenó apuntarle, pero también pidió detenerlo vivo. Salinas le gritó que se tirara al suelo. El sujeto no obedeció. Avanzó hacia él con la vista fija en su pecho. Salinas repitió la orden, retrocedió un paso y disparó cuando lo tuvo encima. Los primeros tiros le dieron de frente. El sujeto siguió avanzando y golpeó a Salinas con el brazo. Lo levantó del suelo y lo tiró contra unas piedras. Escuché el golpe y vi a Salinas quedarse de lado, con el fusil fuera de su alcance. El teniente abrió fuego. Nery disparó después y yo disparé con ellos. El sujeto recibió varios impactos, cayó de rodillas, intentó arrastrarse hacia la casa y terminó boca abajo. Nos acercamos con las armas listas. El teniente tocó el cuerpo con el cañón y Nery le puso esposas por orden directa, aunque ya no se movía. Salinas seguía consciente, con una herida en la cara y el hombro fuera de lugar. Le pusimos una venda y lo sentamos aparte. Todos mirábamos el cuerpo porque no encajaba con ningún reporte anterior. Tenía manos de hombre, uñas gruesas, pies largos y una cuerda con dientes de animal en el cuello.

3:33 Cerca de la casa encontramos ropa doblada y una libreta con nombres de familias de la ranchería. El teniente guardó la libreta, ordenó tomar fotos y cubrir el cuerpo. Lo registramos como agresor abatido. Antes de regresar, escuchamos sonidos en el monte. venían de varios puntos separados y cada vez más cerca la gente empezó a cerrar puertas el hombre mayor volvió a salir se quedó junto a su entrada y le pidió al teniente que se llevara el cuerpo antes de que llegaran los demás lo dijo con prisa mirando hacia el arroyo y esa prisa bastó para que el teniente ordenara la retirada subimos a salinas en una camioneta amarramos el cuerpo y lo pusimos en la otra Nadie discutió la orden, aunque varios mirábamos la lona con atención.

4:26 Yo viajé atrás, cerca del cadáver, con el arma apuntando hacia el piso de la caja y los ojos puestos en los hinchos. Cada brinco del camino movía la lona. Me acuerdo de mi mano apretando el fusil y de Román diciendo, en una curva, que había visto figuras entre los árboles. El teniente le ordenó guardar munición y mirar al frente. Llegamos a la base con la tarde ya encima. El capitán Barragán salió al patio, preguntó por Salinas y después pidió ver el cuerpo. El teniente le explicó lo ocurrido, sin usar la palabra Nahual. Dijo que el agresor había resistido varios disparos, que había atacado a un elemento y que sus rasgos no correspondían a una persona común. El capitán lo escuchó, miró el cuerpo unos segundos. y decidió que en el informe se escribiría agresor abatido. También prohibió usar la palabra Nahual, hasta recibir instrucciones. Llevaron el cuerpo al cuarto de retención. El médico militar lo revisó, confirmó la muerte y pidió apoyo forense. El capitán ordenó dejarlo esposado, con vigilancia afuera, y guardó la libreta, las fotos y la ropa bajo resguardo. Salinas pasó a enfermería. Nosotros limpiamos las armas, entregamos un informe verbal y nos quedamos cerca del patio. Antes de cenar, el teniente nos reunió aparte.

5:55 Reconoció que había datos fuera de procedimiento, pero pidió calma y disciplina. Nery no dijo nada. Román seguía pálido y yo le comenté al sargento que traer el cuerpo había sido un error. Él me respondió que la orden era asegurar evidencia y que ya estábamos dentro del problema. Me quedé con esa frase porque fue lo más claro que alguien dijo esa noche. Cuando oscureció, los perros del pueblo empezaron a ladrar. Primero se oyeron lejos, después cerca del camino y luego se callaron todos. En la base nadie habló durante unos segundos. Yo estaba junto al patio con el fusil colgado y la mirada puesta en el portón.

6:39 Ahí entendí que lo del arroyo no había terminado y que algo se acercaba a la base. Recuerdo la base por los espacios donde nos movimos esa noche. Tenía dormitorios, comedor, enfermería, armería, cuarto de radio y un patio central. El portón daba al camino de entrada. Éramos 34 militares dentro, contando a Salinas, herido en enfermería. No era una base grande, pero tenía armas, guardias y personal suficiente para resistir un ataque armado. Después de revisar el cuerpo, el capitán Barragán mandó reforzar la vigilancia. Puso elementos en el portón, en los puntos altos y cerca de la armería. También dejó un grupo listo en el patio con cargadores completos y órdenes de no separarse.

7:28 La versión que dio fue sencilla. Podían venir personas a recuperar al abatido. Nadie discutió. El teniente Varela pidió que el cadáver siguiera esposado y con un soldado afuera del cuarto de retención. El capitán aceptó, aunque se notaba molesto, porque no tenía una explicación para el parte. Salinas estaba acostado en enfermería, con el brazo inmovilizado y la cara vendada. El médico le ordenó quedarse quieto y Herrera ayudaba con vendas, agua y equipo. Los demás comimos por turnos, sin alejarnos mucho de las armas. Nadie hablaba de Nahuales, pero la palabra ya estaba en la cabeza de varios. Yo la traía desde la ranchería, por la voz del hombre que nos pidió llevarnos el cuerpo antes de que llegaran los demás.

8:16 Los primeros golpes vinieron de la barda norte. Fueron secos, separados y con fuerza suficiente. El soldado de guardia avisó del movimiento afuera. Encendieron luces hacia el perímetro. y por unos segundos vi una figura agachada junto a la barda, y luego se retiró. El capitán ordenó mantener posición, no gastar munición y reportar cada movimiento. Todavía intentaba tratar aquello como una amenaza normal. Después golpearon el portón. Dos soldados apuntaron por las rendijas. Uno dijo que había manos abajo, empujando la lámina desde fuera. El capitán se acercó, miró las marcas y cambió la orden. Dijo que cualquier cosa que intentara entrar debía ser detenida. Esa frase cambió el ambiente y empezamos a esperar el golpe siguiente. La radio falló cuando más la necesitábamos. Barrera intentó llamar a la unidad cercana, pero solo recibió interferencia. La energía también se fue por unos segundos, y cuando volvió, vimos que el alambre de una esquina estaba doblado hacia adentro, pero nadie había escuchado pasos sobre la barda. Solo estaba el daño, claro y reciente. El ataque empezó desde varios lados. Primero cayó el soldado de un punto alto. Escuché su arma caer y después vi su cuerpo detenido por el arnés.

9:43 Otro soldado disparó hacia arriba. Una figura saltó fuera de la base. Al mismo tiempo, el portón recibió tres golpes seguidos. La lámina se hundió y varios corrimos hacia la cobertura. El capitán gritó que nadie cruzara el patio solo. Dos nahuales entraron por la barda lateral. Uno cayó al patio, se levantó y corrió hacia nosotros. Nery disparó primero. Yo disparé después junto con dos compañeros del comedor. El Nahual siguió avanzando, recibió más tiros y cayó a poca distancia. Todavía movía las manos, así que Nery se acercó lo necesario y volvió a disparar. No hubo tiempo para revisar si estaba muerto, pues el segundo ya había entrado por la cocina. Adentro se escucharon gritos, platos rotos y disparos.

10:33 Herrera y Lima fueron a cubrir la puerta. El teniente les ordenó quedarse afuera, pero Herrera avanzó demasiado. Una mano lo tomó del chaleco y lo tiró contra el marco. Lima disparó hacia el interior, pero el Nahual salió encima de Herrera, con sangre en el pecho y los brazos extendidos. El teniente le disparó a la cabeza. El tiro lo frenó y los demás lo abatimos antes de que llegara al patio. Arrastramos a Herrera hasta una pared, porque tenía una herida abierta en la pierna. El médico quiso salir de enfermería para atenderlo, pero el capitán le ordenó quedarse con Salinas y cerrar la puerta. Afuera seguían los golpes y cada impacto abría más el portón. Los que estábamos en el patio empezamos a retroceder porque la entrada ya no iba a resistir. Entonces gritó el soldado que vigilaba el cuarto de retención. Yo estaba cerca y vi la puerta abierta. El cuerpo que habíamos traído desde el encino estaba en el suelo, con las esposas puestas, moviendo los brazos.

11:43 El soldado le disparó y retrocedió. El médico salió con su pistola y también disparó, pero el cuerpo siguió levantándose. Nery entró, le puso el fusil cerca de la cabeza y disparó hasta dejarlo quieto. Salió con la cara manchada y dijo que ya no se movía. El portón cayó antes de que alguien pudiera hablar. Entraron cuatro nahuales. Cruzaron juntos y se separaron al pisar el patio. Dos fueron hacia los dormitorios. Uno atacó al grupo del centro y otro corrió directo a la armería. El capitán ordenó retroceder, formar línea y cubrir a los heridos. El humo de la cocina ya entraba al patio y entre los gritos, las órdenes y los tiros, varios perdieron su lugar. Román disparó contra uno que venía de frente, pero su arma falló después de los primeros tiros. El Nahual lo golpeó y lo dejó en el suelo. Prado intentó sacarlo y otro compañero disparó desde un costado y tumbó al atacante.

12:44 Román respiraba con dificultad y Prado lo jaló hacia la pared, pero otro Nahual salió desde el comedor. El teniente y yo le disparamos hasta que cayó. Desde los dormitorios llegaron más tiros. Algunos soldados salieron por una ventana, otros quedaron dentro. El capitán quiso mandar apoyo, pero el Nahual que había corrido hacia la armería empezó a golpear la puerta. Si perdíamos ese cuarto, perdíamos munición y defensa. El capitán ordenó replegarnos hacia allá. Nos movimos con los heridos que pudimos cargar. Dejamos atrás a dos hombres porque ya no respondían y porque entrar por ellos nos dejaba expuestos en el patio.

13:26 Nadie quiso abandonarlos, pero nadie tuvo una forma segura de sacarlos. Avanzamos hacia la armería con los tiros encima, la cocina ardiendo y los dormitorios todavía sonando por dentro. Recuerdo que entramos a la armería doce hombres, cargando a Román y a Herrera, con golpes a nuestras espaldas y humo en el patio. Entraron el capitán Barragán, Barrera, el teniente Varela, Nery y los demás. Yo sostenía a Román por un brazo. Herrera entró apoyado en Barrera con la pierna vendada. Cerramos con la tranca, empujamos cajas contra la puerta y nos quedamos escuchando. Afuera seguían los golpes. Se oían pasos en el patio, disparos desde los dormitorios y gritos cortados. Nadie hablaba fuerte. El capitán ordenó revisar cargadores, armas y heridos.

14:19 Cuando hicimos la cuenta, vimos que quedaba poca munición. En el primer choque, habíamos disparado demasiado, porque los nahuales seguían avanzando heridos. Esa cuenta nos cambió la respiración. Ya no podíamos sostener otro ataque largo. El teniente pidió intentar contacto por radio. Barrera conectó un equipo portátil a una batería y buscó señal. Logró transmitir un mensaje corto. Dijo que la base estaba bajo ataque, que había personal herido y que necesitábamos apoyo inmediato. Algo golpeó la puerta, la antena se soltó y la transmisión se cortó. Los Nahuales golpearon la puerta principal, pero la tranca resistió. Pero cada impacto movía las cajas. Luego rasgaron una ventana alta. Nery se subió a una caja y apuntó al hueco. Una mano entró con uñas gruesas y sangre en los dedos, pero Nery disparó dos veces y algo cayó afuera. Otra mano entró por el mismo lugar. El capitán tomó una granada de humo y ordenó abrir la puerta lateral. El teniente le advirtió que en el patio nos iban a separar, pero el capitán respondió que si nos quedábamos iban a romper la armería con nosotros adentro. salimos en grupos pequeños el humo cubrió poco pero nos dio unos segundos corrimos hacia los vehículos cerca del portón yo iba detrás del capitán cargando parte del peso de Román Herrera avanzaba con

15:51 barrera y Neri cubría desde atrás el teniente se quedó cerca del comedor disparando contra un Nahual que venía desde esa zona Gutiérrez cayó al cruzar el patio y un Nahual lo tomó por la espalda y lo tiró al suelo El teniente giró de inmediato y disparó, pero el capitán le ordenó seguir hacia los vehículos, pero Varela no obedeció. Avanzó dos pasos, siguió disparando y logró tumbar al atacante. Entonces otro Nahual bajó desde el techo del comedor y lo derribó. Nery se detuvo para cubrirlo. Vi al teniente en el suelo y a Nery disparando desde una rodilla.

16:33 El capitán me empujó hacia la camioneta y me ordenó subir a Román. Obedecí porque Román seguía vivo y detenerme no iba a salvar al teniente. Arrancamos dos vehículos. En el primero íbamos el capitán, Barrera, Herrera, Román y yo. En el segundo iban cuatro soldados. Al pasar por el portón golpeamos un cuerpo tirado. No supe si era de un militar o de un Nahual. Fuera de la base había movimiento junto al camino. Los soldados del segundo vehículo dispararon desde la caja y eso nos abrió paso. Salimos sin luces al principio, hasta dejar atrás la entrada. Después encendimos los faros. Una llanta se dañó con alambre arrastrado desde el portón, pero el conductor siguió. Román gritaba cada vez que el vehículo brincaba. Herrera estaba sentado en el piso, con la pierna apretada y la cara blanca. Barrera intentaba levantar la radio. El capitán miraba hacia atrás y repetía que nadie se bajara. Yo iba con el fusil apuntando hacia la parte trasera. El apoyo llegó antes de medianoche.

17:41 El capitán habló con el oficial al mando y le dijo que había personal atrapado en la base, muertos en el patio y varios agresores dentro del perímetro. También dijo que el enemigo no era común. El oficial ordenó formar y nos hizo regresar detrás de ellos. Cuando volvimos, el ataque había terminado. La cocina ardía y también una parte de los dormitorios. Había cuerpos en el patio, junto al comedor y cerca de la barda. Encontramos cinco nahuales muertos dentro de la base y dos fuera del portón. También encontramos compañeros muertos y heridos. Seis hombres no aparecieron esa noche.

18:22 Dos fueron hallados al día siguiente. lejos de la base y los otros cuatro quedaron como desaparecidos, el teniente Varela apareció detrás del comedor, estaba muerto con el arma vacía y cerca de él había un agual abatido, Nery estaba junto a la barda lateral también muerto con casquillo cerca de la bota, Salinas sobrevivió porque el médico lo mantuvo en el piso de la enfermería y bloqueó la puerta con una camilla, Cuando entramos, los dos seguían vivos. El cuerpo del primer Nahual seguía en el cuarto de retención, esposado, con la cabeza destrozada por los disparos de Neri. La libreta que habíamos encontrado en el encino ya no estaba, y las fotos tampoco. El capitán preguntó por ellas y nadie le contestó. Después llegaron mandos de otra zona, tomaron control de la base y nos separaron para declarar. El saldo que conocí fue de 10 militares muertos dentro de la base, 5 heridos, 6 desaparecidos al cierre de la primera búsqueda y 7 nahuales muertos, confirmados por quienes estuvimos ahí. Román fue trasladado con lesiones internas.

19:35 Herrera sobrevivió y al capitán Barragán lo relevaron antes de que terminara el mes. El informe oficial habló de agresores no identificados, ataque nocturno, incendio durante el enfrentamiento y pérdida de comunicación. No mencionó Nahuales. Yo entregué una versión completa antes de que me dieran el formato final, pero esa versión no quedó en el expediente que vi después. Lo que recuerdo no cambió. Matamos a uno en la ranchería y llevamos el cuerpo a la base. Esa noche llegaron otros, entraron por varios puntos, atacaron la armería, los dormitorios y el cuarto de retención. y mataron a los que alcanzaron.

20:19 También murieron varios de ellos. Lo último que vi del teniente Varela fue su regreso por Gutiérrez. El resto quedó en papeles incompletos, en familias con respuestas cortas y en cuatro nombres que siguieron como desaparecidos. Recuerdo el inicio de esa misión, con una claridad que todavía me incomoda. Yo era Sargento Segundo Ramírez, de Fuerzas Especiales, y esa noche subí al cerro de Tlalocan con siete hombres más. El expediente conserva mi nombre completo, las claves de radio y los nombres de todos los que participaron. Aquí voy a decir solo lo necesario. Entramos ocho y regresé yo, Esa parte nunca cambió, aunque el informe oficial usara otras palabras.

21:14 La misión consistía en ubicar un campamento clandestino, asegurar radios satelitales y detener a dos operadores de una célula armada que movía personas por veredas de la sierra. La información venía de un detenido. Había hablado de una loma, de silbidos usados para avisar presencia y de pieles colgadas cerca del campamento. También había advertido que no debíamos tocarlas. En la base tomamos esa parte como una señal del grupo, una forma de intimidación o un código interno. Nadie quiso darle más peso. El capitán Salcedo mandaba la escuadra. Con él iban el teniente Vargas, el cabo Rivas, el cabo Nájera, los soldados Leiva y Cortés, Torres que era sanitario, Molina que llevaba el radio y yo. Salimos después de oscurecer, sin luces, con distancia entre cada hombre y con la orden de entrar, confirmar, asegurar evidencia y salir antes del amanecer.

22:18 El terreno estaba húmedo, las botas resbalaban en algunas partes y el avance exigía atención constante. Después de un tramo largo, encontramos señales recientes de presencia humana. Había ceniza, restos de comida y partes de animales. Torres revisó la ceniza con guantes y avisó que el fuego llevaba poco tiempo apagado. Salcedo marcó el punto y seguimos. Nadie habló, pues en ese tipo de avance cualquier comentario estorba y todos sabíamos que ya estábamos cerca de algo ocupado. Más adelante escuchamos un silbido a la derecha. Fue corto, limpio y se repitió tres veces. Vargas levantó el puño y todos nos detuvimos.

23:03 Me hinqué, apoyé el fusil y busqué el origen del sonido. Entre los árboles vi una figura agachada. Tenía cuerpo de hombre, no llevaba arma visible y se movía muy bajo con las manos cerca del suelo y retrocedía sin levantarse. Salcedo ordenó no disparar. Najera y yo intentamos cerrarle el paso por un costado. La figura cruzó un claro y Leiva la iluminó un instante. Alcancé a ver piel humana, una cuerda en la cintura, una piel de animal sobre los hombros y los pies descalzos. La luz duró poco, pero bastó para que todos entendiéramos que no era un leñador perdido.

23:43 El hombre se metió entre los árboles y lo perdimos. Seguimos hacia la loma. La aparición nos había puesto tensos, pero no rompía la misión. Poco después, encontramos una cuerda atravesada en el camino. Najera la cortó con cuidado y unos metros adelante había otra, más baja. Las dos estaban puestas para tirar a quien caminara sin revisar el suelo. Eso ya no era una señal, era preparación. Salcedo nos indicó avanzar más abiertos y revisar cada paso. Antes de ver el campamento llegó el olor. Era fuerte, de pelo mojado, humo viejo y carne. Torres hizo una señal para que nadie tocara nada sin guantes. Avanzamos unos metros y vimos las lonas. Había agua, comida, una antena, mochilas y equipo usado.

24:37 No había personas a la vista y esa ausencia no nos tranquilizó. Un campamento reciente, con fuego casi nuevo y sin gente alrededor, suele significar vigilancia cercana. Salcedo repartió sectores. Dos hombres cubrieron la entrada. Dos revisaron los alrededores y los demás entramos a las lonas. En una encontré cobijas, cargadores vacíos y una libreta. Tenía nombres, números y dibujos hechos a mano. Los dibujos mostraban cuerpos de animales con caras humanas. Guardé la libreta en una bolsa. En otra lona encontramos ropa, botas y varias pieles secas. Nadie hizo bromas y nadie preguntó nada. Cada cosa se recogía o se dejaba, según utilidad y riesgo. Molina encontró los radios satelitales dentro de una caja. Rivas revisó una mesa y avisó que había sangre fresca. Torres confirmó que era sangre.

25:35 Salcedo decidió que ya teníamos suficiente. La captura de los operadores quedaba condicionada a contacto visual seguro. La prioridad pasó a sacar la caja, la libreta y el equipo completo. Entonces empezaron los pasos alrededor del campamento. Venían de tres lados. Eran movimientos cortos, coordinados, con pausas iguales. Salcedo nos formó en perímetro. Yo quedé junto a Vargas, cubriendo el norte. Molina intentó reportar, pero el radio solo devolvió ruido. Una piedra golpeó la antena y la tiró. Nadie disparó, porque nadie tenía blanco claro. Una voz de hombre salió desde los árboles y nos ordenó dejar la caja y bajar.

26:19 Salcedo respondió con identificación militar y pidió que salieran con las manos visibles. Su voz se mantuvo firme, pero nadie salió. El monte empezó a moverse alrededor, primero en hojas, luego en ramas bajas. Cortés encendió su lámpara un momento y vimos al animal. Venía hacia nosotros con la cabeza baja. Tenía cuerpo de perro grande, lodo en las patas y ojos colocados al frente. fijos en el grupo. Al levantar la cabeza mostró rasgos que ninguno pudo explicar. No era una sombra ni un error de luz, y eso lo vimos todos. El animal se alzó sobre las patas traseras, cayó de nuevo al suelo y corrió hacia Najera. Najera disparó al suelo para detenerlo, pero no funcionó. El cuerpo le pegó de lleno y lo tiró de espaldas. Vargas disparó una ráfaga corta, pero el animal se apartó. Cruzó entre las lonas y desapareció. Najera se levantó con ayuda de Leiva, sangrando del hombro, con el chaleco abierto por el golpe. Ahí terminó la misión original y Salcedo ordenó retirada por la misma ruta. Íbamos a salir con los radios, la libreta y el herido. Pero antes de movernos, una voz de mujer habló desde los árboles y reclamó al herido. Luego, otra voz dijo el apellido del capitán, pero nadie de nosotros lo había pronunciado. Salcedo no contestó. Levantó la mano,

27:53 marcó la salida y empezamos a bajar. Recuerdo la retirada con más precisión que el campamento, porque en esa bajada dejamos de tener control. Salimos en formación todavía con orden, pero más lentos. Nájera caminaba por su cuenta, aunque la herida del hombro le sangraba y cada tramo le robaba fuerza. Torres iba junto a él, revisando la venda sin detenerlo. Molina llevaba la caja con los radios. Vargas y yo cubríamos el lado derecho. Leiva y Cortés iban detrás de los heridos, y Rivas cerraba la columna, atento a la vereda y a los árboles. Avanzamos poco antes de escuchar movimiento por los flancos. Leiva avisó primero. Rivas confirmó otro ruido al lado contrario. Salcedo levantó la mano y todos paramos.

28:40 Encendimos las lámparas un instante. Había cinco figuras entre los árboles. Algunas estaban agachadas, otras de pie, todas con pieles encima. La luz les dio en la cara y se cubrieron con los brazos. Ninguna mostró arma, ninguna habló, y retrocedieron al mismo tiempo. Salcedo ordenó no perseguir y disparar solo con blanco claro Seguimos bajando, pero la vereda se volvió más pesada por la caja y por Nájera Molina intentó comunicarse varias veces, pero el radio soltaba ruido y cortes Vargas dijo que dejáramos de mirar los aparatos y siguiéramos la pendiente hasta el arroyo Salcedo aceptó con una seña Cuando llegamos al tramo donde habíamos cortado las cuerdas, vimos que ya no estaban Alguien las había retirado. En el suelo había casquillos enterrados a medias. Leiva quiso agacharse para revisarlos, pero Salcedo le ordenó seguir. Leiva obedeció, y en cuanto dio el primer paso, algo golpeó a Molina por detrás.

29:45 Molina cayó boca abajo y soltó la caja. La figura que lo atacó quedó encima de él, con las rodillas a los lados de su espalda y las manos en su cuello. Llevaba una piel de coyote sobre la cabeza y los hombros. Vargas disparó dos veces al torso. La figura soltó a Molina. Se dobló hacia un lado y corrió hacia la pendiente, usando manos y piernas para ganar velocidad. Torres revisó a Molina. Respiraba mal. No podía hablar y tenía el cuello inflamado. Los ojos se le quedaron abiertos, fijos. Salcedo me entregó la caja y ordenó que Leiva y Cortés cargaran a Molina. Seguimos con la formación rota, pues ya teníamos a Najera herido, a Molina sin poder caminar y a todos mirando hacia los lados. Los ataques se hicieron más cercanos. Primero cayó una rama sobre la vereda y separó la columna. Luego entraron dos cuerpos desde la izquierda.

30:44 Uno agarró a Leiva de la pierna y lo arrastró varios pasos. Cortés soltó a Molina para ayudarlo. Molina pegó contra una piedra y empezó a temblar en el suelo. Yo dejé la caja, apunté al atacante y disparé. La bala le pegó en la pierna y el atacante soltó a Leiva y se levantó frente a nosotros. Era un hombre delgado, cubierto de lodo, con una piel amarrada a la espalda y sangre en la boca. Me miró un segundo, bajó de nuevo al suelo y se metió entre los árboles. Leiva quedó con dos heridas profundas en la pantorrilla. Cortés volvió por Molina, pero ya no podía cargarlo solo. Torres intentó atender a Leiva y revisar a Molina al mismo tiempo.

31:29 Salcedo pidió apoyo por radio y alcanzó a mandar la clave y una ubicación aproximada, pero la respuesta entró rota. Rivas propuso dejar la caja, pero Salcedo le contestó que esa caja probaba el uso de los radios y que por eso la querían de vuelta. No hubo discusión. Yo la levanté otra vez y seguimos. Llegamos al arroyo y bajamos por el cauce un tramo. Ahí era más fácil orientarse, pero las paredes laterales no cerraban el paso. Molina respiraba cada vez peor, Najera caminaba con la mirada perdida, Leiva cojeaba y apretaba los dientes, y Vargas iba callado, con el fusil arriba. Durante unos minutos dejaron de oírse voces y silbidos. Salcedo ordenó que nadie respondiera a las voces, que nadie saliera de la formación y que nadie siguiera figuras hacia los árboles. Poco después vimos tres luces adelante, quietas y bajas. Vargas avanzó unos pasos para revisar, pero al pisar una parte blanda del arroyo, una mano salió del lodo y le agarró el tobillo. Vargas cayó de lado y otra figura salió detrás y le cubrió la boca.

32:47 Salcedo disparó y Rivas también. Yo no disparé porque Vargas estaba en medio de la línea. Vargas sacó su cuchillo y lo hundió en el brazo que le tapaba la boca. La figura gritó con voz humana, apagada por la piel que llevaba sobre la cara. Vargas se soltó y rodó hacia nosotros. Tenía la mejilla abierta y parte de una oreja arrancada. Salcedo ya había decidido salir del arroyo. subiríamos por la ladera y buscaríamos terreno alto para contactar a la base, la decisión dañaba a los heridos, pero quedarnos abajo nos dejaba encerrados, Torres revisó a Molina y avisó que no resistiría mucho movimiento más, Salcedo respondió que si nos quedábamos no resistiría a nadie, nadie volvió a hablar de opciones, subimos por turnos, dos cubrían, dos ayudaban a los heridos y dos avanzaban, A mitad de la subida, Najera dijo que veía a su hermano entre los árboles.

33:50 Sabíamos que su hermano había muerto años antes. Torres revisó la venda y dijo que Najera estaba perdiendo demasiada sangre, pero Salcedo le ordenó mirar al suelo y seguir las botas de Rivas. Najera obedeció unos pasos. Luego, una voz lo llamó desde los árboles y le pidió acercarse. Najera se soltó de Torres. Rivas lo agarró de la mochila. Pero algo tiró de Najera desde el frente. No vimos cuerda ni mano. Vargas disparó hacia los árboles. En eso hubo un grito y Najera cayó. Tenía una mordida profunda en el antebrazo. Torres le vendó la herida sin detenerse mucho.

34:32 Detrás de nosotros volvieron los silbidos, uno a la derecha, otro a la izquierda y otro más arriba. Salcedo dijo que nos habían cerrado el paso y y que tendríamos que aguantar hasta que llegara apoyo. Recuerdo la llegada a la parte alta, con el cuerpo cansado y la cabeza fija en una sola cosa, salir de ahí con los que todavía respiraban. Rivas sacó el radio de respaldo, buscó señal y logró contacto. Salcedo dio la clave, la ubicación, el número de heridos y pidió apoyo inmediato. La base respondió que una unidad terrestre venía hacia nuestra zona, pero tardaría y que el helicóptero no podía entrar por falta de visibilidad. Esa fue la última comunicación clara que escuché.

35:21 Salcedo nos acomodó en un claro y formó una defensa. Molina quedó en el centro, con Torres encima de él, tratando de mantenerle la vía abierta. Najera y Leiva se quedaron cerca con las armas listas. Vargas cubrió conmigo el lado norte. Rivas y Cortés tomaron los otros sectores. El capitán nos ordenó no salir del perímetro y disparar solo a cuerpos visibles. Molina dejó de respirar poco después. Torres le abrió la boca, le acomodó la cabeza, intentó ventilarlo y le revisó el pulso. Lo hizo varias veces, con las manos firmes y sangre en los guantes. Después levantó la vista hacia Salcedo. El capitán entendió. Molina estaba muerto Nadie tuvo tiempo para despedirse Lo dejamos en el centro, junto a la caja Mientras el movimiento alrededor seguía creciendo La primera figura entró por el lado de Rivas Era una mujer con una piel encima y un machete en la mano Salcedo le ordenó soltarlo Pero ella siguió avanzando Y Rivas disparó al suelo frente a sus pies La mujer corrió hacia él Rivas le disparó al pecho y la detuvo cayó de frente cerca del borde del claro y en cuanto cayó entraron otros por mi lado eran hombres y mujeres cubiertos con pieles algunos corrían agachados otros apoyaban las manos en el suelo para impulsarse y todos

36:52 venían directo al perímetro uno saltó hacia mí golpeó mi fusil y me tiró de espaldas pero no solté el arma tenía cara de hombre la boca llena de sangre y las manos en mi chaleco intentó morderme el cuello pero metí el antebrazo para frenarlo Vargas se acercó y le disparó después lo empujé con las botas y me levanté en el centro Leiva disparaba sentado y Najera sostenía su arma con una sola mano Torres sacó su pistola y cubrió el cuerpo de Molina Cortés recargaba y pasaba cargadores a ribas Salcedo seguía dando órdenes cuidaba los sectores y repetía que nadie cruzara fuego Entonces cayeron bengalas sobre el bosque. La luz mostró a más de una docena entre los árboles, varios con pieles amarradas al cuello o a la espalda. También vi a dos arrastrando un cuerpo.

37:50 Primero no distinguí quién era. Luego vi una bota, después el pantalón y reconocí a Cortés. Lo habíamos perdido de vista durante el ataque. Leiva quiso ir por él, pero Salcedo le gritó que se quedara. Leiva apretó los dientes y siguió apuntando. Cortés ya no se movía y nadie podía salir por él sin romper el perímetro. Cuando las bengalas se apagaron, atacaron juntos. Entraron desde varios lados. Rivas cayó con una herida en el cuello. Vargas recibió un golpe en la cabeza y quedó en el suelo. Y Leiva disparó hasta vaciar su arma. Najera gritaba y trataba de recargar con una sola mano. Torres intentó jalar a Vargas hacia el centro, pero dos nahuales se le fueron encima y lo tiraron sobre Molina. Yo vacié un cargador contra los que venían del norte. Sentí un golpe en el casco, luego otro en el chaleco, y caí sobre la caja de radios. El impacto me dejó sin aire.

38:51 Traté de levantarme, pero el cuerpo no me respondió. Salcedo llegó hasta mí, me agarró del chaleco y me jaló, Me puso la caja contra el pecho y me ordenó bajar por la pendiente sur. Le contesté que no iba a dejar al equipo, pero me repitió la orden y me empujó hacia la salida. Una figura le saltó encima por la espalda. Salcedo la sujetó del cuello y la tiró al suelo, pero otra le entró por su costado. Yo disparé mi último tiro y fallé. Pero Salcedo me gritó que me moviera, así que obedecí. No fue valor ni cobardía, fue una orden directa, y yo llevaba la caja.

39:32 Bajé por la pendiente con la caja pegada al pecho. Escuché disparos aislados, gritos, golpes contra ramas y piedras. Después escuché un solo disparo de pistola. Luego los sonidos se mezclaron y dejé de reconocer voces. Caí varias veces, perdí la caja una vez, la recuperé y seguí bajando hasta encontrar una brecha. La unidad terrestre me encontró ahí. Les entregué la caja, di la ubicación del claro y dije cuántos hombres habían quedado arriba. Después perdí el conocimiento, desperté antes del amanecer, con un médico revisándome y soldados preparando el ascenso. Volví con ellos porque podía caminar y porque conocía el último punto donde habíamos estado juntos. Encontramos el claro con casquillos, sangre, vendas, mochilas abiertas y equipo roto.

40:26 También encontramos dos cuerpos de agresores. Uno era la mujer del machete. El otro era un hombre con una piel amarrada a la espalda. Pero no encontramos a Salcedo ni a los demás compañeros caídos. y el sitio donde habíamos dejado a Molina estaba vacío. Después revisamos el campamento, pero la antena ya no estaba, y varias lonas habían sido retiradas. La sangre de la mesa seguía ahí, la libreta seguía en mi mochila, y la caja conservaba los radios. Eso fue lo único que entregamos completo. El informe oficial habló de una emboscada de un grupo armado con disfraces, drogas, trampas y conocimiento del terreno. Yo firmé mi declaración y escribí lo que vi. Personas cubiertas con pieles, voces que usaron datos que nadie había dicho en voz alta, ataques coordinados sin radios visibles, mi escuadra dividida, herida y arrastrada fuera del perímetro. No puedo probar qué eran, solo puedo decir lo que recuerdo. Entramos ocho y yo salí con una caja, una libreta y una orden de silencio. El resto quedó en el cerro y nadie fue rescatado y nadie volvió a contestar por radio. Me llamo Andrés Ortega y cuando ocurrió lo de Selva 3, era sargento segundo en

41:58 una unidad de fuerzas especiales. Lo recuerdo con claridad, porque aquella misión no salió de una planeación larga ni de una investigación previa. Salió de una llamada de emergencia, de una base aislada en la selva, de una transmisión cortada y de hombres pidiendo apoyo mientras algo entraba al perímetro. La orden llegó de madrugada. Nos reunieron en el cuarto de operaciones. El capitán Núñez estaba al frente y el mayor Barraza, de inteligencia, nos mostró las imágenes que había alcanzado a mandar un dron antes de perder señal. En la pantalla se veía humo dentro de Selva 3, movimiento alrededor de los dormitorios y varios puntos de calor cerca del comedor.

42:44 La última transmisión hablaba de animales grandes dentro de la base, pero también se escuchaban voces humanas, gritos y golpes contra una puerta. Barrasa nos dijo que no había confirmación de grupo armado, de narcotráfico ni de ataque organizado por pobladores. Lo único confirmado era una base incomunicada, bajas, probables y sobrevivientes encerrados. Nos mandaban a nosotros porque la entrada por tierra estaba cerrada por la selva, porque el ataque seguía activo y porque, si esperaban a mover una columna completa, los hombres de Selva 3 podían morir antes de que llegara ayuda. Éramos doce. Núñez iba al mando. Salgado como teniente, Ríos en radio, Vera como sanitario, Ibarra como tirador, Medina, Torres, Galvez y otros tres elementos. Yo iba en el segundo grupo.

43:39 Llevábamos armas largas, visión nocturna, placas, radio, botiquines y munición extra. Cada uno revisó su equipo en silencio. Recuerdo manos cerrando correas y seguros probados en silencio. Nadie preguntó qué eran esos animales, pues todavía estábamos tratando el caso, como una entrada a zona hostil. Entramos en helicóptero. Desde arriba vi humo dentro del perímetro. El piloto avisó que no podía bajar en la base, así que aterrizamos en un claro cercano. Bajamos rápido, formamos dos grupos y avanzamos hacia selva 3. Ríos intentó enlazar con los sobrevivientes. la señal entraba sucia pero una voz respondió desde el comedor dijo que quedaban varios vivos que tenían la puerta trabada con mesas y que los atacantes seguían adentro antes de llegar al alambrado encontramos al primer muerto era un soldado de la base tenía el fusil cerca y marcas de arrastre en la tierra Vera se agachó le revisó el pulso y levantó la mano para indicar que ya estaba muerto Núñez ordenó marcar la posición y seguir. Nadie reclamó. En ese momento, detenernos significaba dejar solos a los que aún respondían por radio.

44:58 La malla del perímetro estaba abierta hacia adentro. Entramos por esa ruptura. Había casquillos, manchas de sangre y equipo tirado. En la torre encontramos otro cuerpo y la radio fija estaba destruida. Revisé hacia los vehículos y no vi movimiento. Salgado revisó las cajas cercanas al depósito y confirmó que no se habían llevado armas importantes. Aquel ataque no buscaba robar equipo, habían entrado para matar y sacar a la base del lugar. El primer contacto llegó al cruzar hacia los dormitorios. Una criatura salió entre dos paredes, grande, cubierta de pelo oscuro, con brazos largos y manos abiertas. Venía herida, respiraba fuerte y llevaba una cuerda al cuello con objetos amarrados.

45:47 Ibarra disparó primero y el impacto la frenó, pero siguió avanzando. Medina abrió fuego con ráfagas cortas y la criatura cayó junto a la pared. Nadie corrió a verla porque Núñez ordenó cubrir sectores y llegar al comedor. Encontramos a seis sobrevivientes. Uno estaba inconsciente, los demás tenían golpes, cortes y poca munición. habían cerrado la entrada con mesas y bancas. El de mayor rango era el cabo Luján. Tenía un brazo herido, pero podía hablar. Nos contó que el ataque empezó desde el norte, con gritos de gente del pueblo. Dijo que primero vieron personas cerca del alambrado, luego animales dentro de la base. Núñez le pidió que se limitara a lo que había visto. Y Luján repitió lo mismo, señaló hacia los dormitorios y dijo que varios habían cambiado frente a ellos.

46:42 Vera empezó a atender a los heridos, mientras Salgado y yo revisamos el depósito. La puerta estaba abierta, había cajas rotas y munición tirada, pero las armas importantes seguían ahí. En una pared encontramos nombres escritos con carbón y sangre. Salgado tomó fotografías, guardó el registro y regresamos al comedor. Teníamos heridos vivos, una base abierta y enemigos dentro del perímetro. El segundo contacto llegó poco después. Tres nahuales entraron por la zona de vehículos. Uno avanzó en cuatro patas, otro venía erguido y el tercero se movió por el costado. Núñez ordenó fuego controlado. Derribamos al primero con disparos concentrados.

47:27 El segundo alcanzó a Torres y lo lanzó contra un vehículo. El cuerpo del tercer Nahual quedó cerca del puesto médico. Tenía rasgos de animal y de persona. Lo vimos todos los que estábamos en ese sector y también quedó grabado en las cámaras. Ríos informó por radio que el enemigo no era convencional y que necesitábamos extracción para los heridos. del mando pidieron confirmar si eran personas armadas, Núñez tomó la radio y respondió que había hombres muertos, sobrevivientes encerrados y atacantes que no correspondían a una tropa común, entonces el piloto avisó desde el aire que venía más gente desde San Isidro, un poblado cercano, venían por varias brechas directo hacia la base en número superior al nuestro, Núñez reunió a los jefes de binomio y dio la orden que cambió toda la misión, No íbamos a limpiar la zona ni a entrar al pueblo. Íbamos a sacar a los sobrevivientes, romper contacto y retirarnos antes de que nos cerraran la salida. Habíamos llegado para recuperar Selva 3, pero desde ese momento solo importaba sacar con vida a quien todavía respiraba.

48:51 El Capitán Núñez organizó la salida sin levantar la voz. Lo recuerdo junto al comedor, con la radio en una mano y el fusil al frente, mirando hacia el norte. mientras los gritos del pueblo se acercaban por la selva. Salgado y Medina abrirían paso hacia el claro, Vera iría al centro con los heridos y los sobrevivientes de Selva III, y nosotros cerraríamos la columna con Núñez, Ríos, Ibarra, Galvez y yo. Los soldados de la base que podían caminar recibieron munición, los que no podían sostenerse quedaron entre dos hombres y nadie discutió la orden. porque la base ya estaba abierta. Torres estaba muerto y cada minuto traía más enemigos.

49:37 Antes de movernos, Salgado revisó al Nahual abatido cerca del puesto médico. Lo hizo porque tenía un morral amarrado al cuerpo. Adentro encontró una libreta, una credencial y objetos usados en rituales. La credencial pertenecía a un hombre registrado en San Isidro. En la libreta había nombres escritos varias veces. junto con frases de obediencia y entrega para recibir poder y convertirse en Nahual. Núñez ordenó guardar todo como evidencia y seguir con la retirada. El grupo que venía del pueblo apareció por el norte. Primero vi personas entre los árboles, hombres y mujeres adultos, algunos caminando, otros corriendo y otros cayendo al suelo mientras cambiaban de forma. Varios ya venían transformados cuando cruzaron la primera línea de vegetación. Otros seguían con cuerpo humano y empujaban desde atrás. No llevaban formación militar, pero usaban las brechas con seguridad, entraban por pasos distintos y cerraban distancias sin detenerse. Salían de San Isidro y venían directo a la base. Núñez esperó hasta que cruzaron la línea del perímetro y ordenó fuego. Medina abrió con la ametralladora y Barra escogió los blancos que venían más rápido.

50:57 y yo disparé contra uno que entró por una puerta rota cerca de los vehículos. Le pegué en el pecho, siguió avanzando, volví a disparar y cayó a pocos metros. Los demás siguieron entrando y no se detenían por los cuerpos de los suyos ni por las detonaciones cerca de ellos. Cada cargador bajaba rápido y cada recarga dejaba segundos sin cobertura. Los sobrevivientes de la base disparaban con miedo, pero obedecían. Vera atendía a los heridos mientras los hacía moverse. Salgado daba indicaciones cortas y Núñez mantenía el cierre de la defensa, con Ríos pegado a la radio. En medio del ruido escuché a Paredes, uno de los soldados de Selva 3, gritar desde los dormitorios. Un Nahual había saltado desde el techo y le cayó encima. Paredes disparó desde el suelo y logró herirlo, pero la criatura le alcanzó el cuello. Vera llegó hasta él, revisó la herida y levantó la vista hacia el capitán. Núñez ordenó seguir. Colocamos dos cargas para cerrar el avance, una cerca del comedor y otra junto al depósito. Las detonaciones levantaron tierra, metal y madera y frenaron al grupo que entraba por el centro. En ese espacio empezó la retirada. Salgado salió primero con Medina. Detrás fueron Vera, los heridos y los cinco sobrevivientes de la base que seguían con vida. Y al final quedamos nosotros,

52:28 disparando hacia los costados y hacia la ruptura del alambrado. Al cruzar el perímetro, Ríos cayó. Al principio pensé que había perdido el equilibrio. Luego vi la lanza clavada en su costado, por debajo del chaleco. La había lanzado una mujer que todavía tenía forma humana y Barra la abatió antes de que pudiera acercarse más. Ríos seguía consciente, pero respiraba con dificultad y decía que podía caminar. Núñez le quitó el radio secundario y me lo pasó. Después lo tomó del arnés y lo levantó. Yo lo sujeté del otro lado y seguimos avanzando con él entre los dos. Los Nahuales ya no venían solo desde la base. Aparecían por los lados, salían de brechas cortas, se metían entre los árboles y buscaban alcanzarnos antes del claro. Uno de los soldados de Selva 3 dijo que San Isidro tenía una vereda más directa hacia la zona donde estaba el helicóptero.

53:27 No aparecía en nuestro mapa. Núñez escuchó, miró hacia el norte y ordenó acelerar. Nadie preguntó cuánto faltaba, pues todos podíamos oír el helicóptero y también los gritos detrás de nosotros. Galvez cayó antes de llegar al claro. Un Nahual lo golpeó desde el lado izquierdo y lo arrastró unos metros. Disparamos todos los que teníamos línea, pero la criatura cayó encima de él, y cuando la quitamos, Galvez ya no respondió. Salgado quiso regresar por su cuerpo, pero Núñez le ordenó avanzar. Salgado apretó los dientes, tomó su fusil y obedeció. No hubo despedida, solo seguimos, porque la selva ya venía cerrándose detrás.

54:12 El helicóptero estaba en el claro con los rotores activos. El piloto no apagó motores y el artillero cubría la línea de árboles. Los primeros en subir fueron los heridos. Vera empujó al soldado inconsciente hacia adentro. Otros dos entraron arrastrándose, y yo ayudé a meter a Ríos, que ya no podía sostenerse solo. Medina cubría el lado derecho y barra el izquierdo, y Núñez seguía junto a la puerta. El último ataque nos quitó a Medina. Un Nahual salió por la parte baja del claro y le cayó encima cuando estaba cambiando el cargador. Medina intentó apartarlo con el fusil, pero la criatura lo derribó. Núñez, Ibarra y Salgado dispararon hasta tumbarla. Cuando logramos quitarle el peso de encima, Medina ya estaba muerto. Núñez miró su cuerpo, miró la línea de árboles y ordenó subir. Nadie discutió, porque discutir habría dejado más muertos en tierra. Subimos al helicóptero con lo que pudimos salvar. Íbamos nueve de nuestro grupo, incluido Ríos, que iba grave, y cinco sobrevivientes de la base. Dejamos en tierra a Torres, Galvez, Medina, Paredes y otros muertos que no pudimos recuperar. Cuando el helicóptero empezó a levantar, varios nahuales llegaron a la orilla del claro. El artillero disparó desde la puerta, dos cayeron y otros siguieron corriendo debajo de nosotros. La base quedó atrás con cuerpos, humo

55:45 y enemigos dentro del perímetro. El helicóptero se levantó con dificultad. Yo iba junto a la puerta, con el radio manchado de sangre y el fusil atravesado sobre las piernas. El artillero siguió disparando hacia el claro hasta que perdió ángulo. Abajo vi a varios nahuales correr entre el humo y los cuerpos que habíamos dejado. Algunos iban transformados, otros seguían con forma humana y señalaban hacia nosotros. El piloto tomó altura sin dar vueltas largas, porque el aparato iba pesado. y porque todavía salían atacantes de la línea de árboles. Cuando pasamos sobre San Isidro, todos los que pudimos mirar hacia abajo lo hicimos. Era un pueblo pequeño, cercano a la base, por brechas que no estaban en nuestro mapa.

56:36 En el centro había gente reunida, animales muertos, ropa militar tirada y marcas en el suelo. Vi adultos levantando los brazos cuando el helicóptero cruzó sobre ellos. Desde una orilla nos dispararon con armas cortas y con un rifle. Escuché dos impactos en el fuselaje, pero el piloto mantuvo rumbo y no bajó de nuevo. Ríos iba en el piso, entre Vera y uno de los sobrevivientes de Selva 3. Vera presionaba la herida con las dos manos y pedía gasas sin levantar la vista. Ríos respiraba con dificultad, tenía la cara pálida y seguía intentando hablar. Núñez me pidió el radio.

57:18 Informó al mando que Selva 3 quedaba perdida y confirmó que cualquier entrada posterior requería más personal, bloqueo de caminos y apoyo aéreo. Por otro lado, pidieron confirmar si abandonábamos una instalación militar. Núñez respondió que sí, que quedarse habría dejado a todos dentro de la base. Después de esa transmisión, el helicóptero quedó lleno de ruido y de respiraciones rotas. Uno de los soldados de la base temblaba y repetía que habían salido del pueblo. Vera le ordenó presionar su propia herida y guardar silencio. No había espacio para consolar a nadie. Cada mano servía para sostener a un herido, sujetar un arma o impedir que alguien se fuera contra la puerta abierta. Ríos murió antes de llegar al hospital de campaña. Vera intentó mantener la presión, le puso una vía y revisó la herida varias veces, pero la lanza le había abierto demasiado el costado. Núñez pidió registrar la hora y se quedó mirando el piso. Yo no dije nada, pues había cargado a Ríos durante la retirada. Había sentido su peso aflojarse cada vez más, y aún así pensé que iba a aguantar hasta tierra. Murió sin soltar el guante que traía apretado contra el pecho. Aterrizamos en la zona segura. Los médicos sacaron primero a los heridos de Selva 3 y después bajamos nosotros. Nos separaron en grupos. Nos

58:49 quitaron cámaras, radios, cargadores usados y ropa dañada. Nos revisaron las heridas, quemaduras y golpes. Nadie nos dejó lavarnos antes de declarar. Entré a una sala con la cara manchada. las manos negras de pólvora y la ropa endurecida de sangre seca. Mi declaración duró varias horas. Me preguntaron por la visibilidad, por el cansancio, por las explosiones, por la distancia de los contactos y por la posibilidad de haber confundido personas con nahuales. Contesté lo mismo en cada ronda. Vimos a pobladores salir de San Isidro. Vimos transformaciones dentro del perímetro. Vimos cuerpos con rasgos humanos y animales. Vimos una libreta con nombres y frases de pacto. También vimos a nuestros hombres morir por ataques directos. Las cámaras, los visores y los radios respaldaban parte de eso. Más tarde nos mostraron segmentos de video. En uno aparecía el primer Nahual cayendo junto a los dormitorios. En otro se veía al grupo grande entrando por el norte. En otro se veía a San Isidro desde el helicóptero. con gente reunida en el centro y disparos desde una orilla. Nadie habló durante la reproducción. El coronel a cargo cerró la carpeta, ordenó clasificar el material y avisó que habría una operación posterior.

1:00:15 También dejó claro que ninguno de nosotros hablaría del caso fuera del proceso militar. Esa operación se hizo con más personal. A nosotros no nos mandaron de regreso. Cuando entraron a Selva 3, la base estaba vacía Encontraron sangre, equipo roto, munición gastada y restos de cuerpos. En San Isidro tampoco encontraron a la mayoría de los habitantes. Hallaron libretas quemadas, ropa militar, restos de animales y marcas dentro de la capilla. Recuperaron partes de algunos de los nuestros, pero no a todos completos. Durante los días siguientes cerraron caminos, revisaron rancherías y detuvieron a nueve personas vinculadas al pueblo. Eso lo supe por un resumen interno. Los detenidos aceptaron que San Isidro llevaba años bajo las órdenes de un hombre que prometía fuerza y protección. También aceptaron que la base estaba marcada para ser sacada, porque la consideraban una entrada militar en tierra ofrecida.

1:01:20 Varios habitantes se habían ido al monte antes de que llegara la segunda operación. La versión pública habló de un ataque de un grupo armado no identificado. Las familias recibieron la información que pudieron entregarles. Algunas recibieron cuerpos completos, otras recibieron restos. A nosotros nos mandaron a evaluación médica y psicológica. Núñez siguió en servicio, Salgado también. Vera pidió su salida de la unidad, e Ibarra no volvió a mencionar Selva 3 nunca más. Yo recuerdo esa noche por órdenes concretas. Recuerdo entrar, cubrir, sacar heridos y abandonar la base. Recuerdo a Núñez decidiendo la retirada, cuando todavía teníamos munición, porque la munición no alcanzaba para un pueblo entero convertido en manada. Esa decisión salvó vidas y dejó hombres atrás. Selva 3 no se reconstruyó.

1:02:18 San Isidro quedó marcado como zona restringida. Después siguieron llegando reportes de ganado muerto, gente perdida y patrullas que encontraban huellas en las brechas. Desde entonces, cuando hay señal de Nahuales en grupo, no mandan equipos pequeños. Entran con fuerza mayor o no entran. De los doce que salimos hacia la base, ocho quedamos vivos al final del día. Los demás murieron en la selva o salieron de ella sin vida. Y eso fue lo que pasó.