Cuando Los Perros Aullaron La Llorona Ya Estaba Cerca - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Tomás Ruelas, y durante varios años trabajé como velador en un empaque rodeado de parcelas. Mi trabajo consistÃa en revisar las instalaciones durante la noche, cuidar la maquinaria y asegurarme de que las bombas y las compuertas de riego quedaran en orden. Casi siempre me tocaba quedarme solo, después de que los trabajadores se retiraban. En el lugar habÃa cuatro perros que permanecÃan sueltos durante mi turno. ConocÃan a la gente del empaque, recorrÃan el patio sin problema y reaccionaban cuando alguien extraño se acercaba o cuando algún animal entraba desde las parcelas. Nunca los habÃa visto esconderse de nada. Esa noche, Carlos el encargado se quedó un rato después de que terminó el trabajo. Antes de irse, me dijo que una de las bombas seguirÃa funcionando. y que más tarde debÃa revisar las compuertas. También mencionó que durante el dÃa habÃan encontrado una abierta, y que nadie sabÃa quién la habÃa movido. Lo comentó sin darle mayor importancia y yo tampoco insistÃ. Cuando se fue, cerré el acceso principal, tomé mi lámpara de mano y empecé la ronda.
1:18 Los perros salieron detrás de mÃ. Revisé el patio, pasé junto a los tractores y seguà hacia la zona de riego. Cerca de las compuertas escuché un golpe de metal. Me detuve y esperé. Volvió a escucharse. Pensé que alguna cadena estaba chocando con el borde de una compuerta por el movimiento del agua y continué. Después de avanzar unos metros, noté que los perros ya no estaban conmigo. Volté y los vi juntos junto a los tractores. Los llamé, pero ninguno se acercó. Uno comenzó a gemir y se metió debajo de una máquina. Y los demás hicieron lo mismo. En pocos segundos quedaron escondidos entre las ruedas, con la cabeza levantada hacia la misma parcela. Regresé unos pasos y alumbré alrededor, pero no vi personas ni animales. Los perros siguieron ahÃ. Uno empezó a aullar y los otros lo acompañaron, todos mirando hacia el mismo punto del campo. Yo conocÃa bien su comportamiento. HabÃan perseguido coyotes, liebres y perros ajenos al empaque. por eso me llamó la atención verlos temblando debajo de los tractores, seguà hasta la bomba, revisé el tablero y todo estaba funcionando, cuando terminé escuché llorar a una mujer, levanté la lámpara y alumbré hacia el camino, después hacia las parcelas, pero no vi a nadie, el llanto volvió a escucharse y esta vez lo oà cerca de una tuberÃa, me acerqué, dentro del tubo se escuchaba
2:51 la respiración de una mujer, junto con el paso del agua. Me aparté y guardé silencio. La voz desapareció de esa lÃnea y unos segundos después salió de otra tuberÃa más adelante. Caminé hasta una compuerta y ahà escuché el mismo lamento. Encerrado dentro del conducto, la voz se movÃa por las lÃneas de riego. Regresé hacia los tractores. Los perros seguÃan escondidos. Uno tenÃa el cuerpo pegado al suelo y otro temblaba mientras miraba hacia la parcela. Los llamé otra vez, pero ninguno salió. Saqué el teléfono y marqué a Carlos. Le dije que los perros estaban muy alterados y que habÃa escuchado llorar a una mujer en la zona de riego.
3:38 Me respondió que revisara por si alguien se habÃa metido al terreno, pero que no me alejara demasiado. Tomé una barra que usábamos para mover algunas compuertas y volvà hacia la parcela. El llanto apareció otra vez mientras caminaba. Primero lo escuché dentro de una tuberÃa a mi derecha y luego dentro de una compuerta más adelante. La mujer repetÃa algo, pero todavÃa no entendÃa las palabras. Llegué hasta la compuerta que Carlos habÃa mencionado y la encontré abierta. La cadena estaba tirada a un lado, sin daño. Me agaché para revisarla y vi unas huellas descalzas en el lodo. Empezaban junto al canal, avanzaban hacia la parcela y terminaban en una parte seca. Alumbré alrededor y no encontré más marcas.
4:28 Mientras seguÃa mirando el suelo, la bomba se apagó, las tuberÃas dejaron de vibrar y el agua comenzó a bajar. En ese silencio escuché tres golpes dentro de la compuerta. Retrocedà y sostuve la barra con las dos manos. Los golpes se repitieron y después volvió la voz. Esta vez entendà las palabras. Una mujer preguntaba por sus hijos y la voz salÃa desde el interior de la compuerta. Alumbré el canal, revisé la orilla y después levanté la lámpara hacia los surcos. Ahà vi a una mujer de pie, a cierta distancia. Llevaba un vestido largo y tenÃa el cabello mojado y mantenÃa la cabeza inclinada. Le dije que estaba dentro de una propiedad privada y que tenÃa que salir.
5:15 No respondió, asà que se lo repetà y entonces levantó la cara. La luz alcanzó a mostrarme su rostro. TenÃa la piel muy pálida, los ojos hundidos y el cabello pegado a las mejillas. Sus brazos estaban a los lados del cuerpo con las manos abiertas. Las uñas eran largas y oscuras en las puntas. No dije nada más. La mujer empezó a caminar hacia mà Retrocedà y le ordené que se detuviera, pero siguió avanzando. Levanté la barra y mantuve la lámpara apuntando hacia ella. La luz parpadeó una vez, le di un golpe con la palma y volvió a quedar fija. Cuando alumbré de nuevo, la mujer ya no estaba entre los surcos. Movà la lámpara hacia ambos lados y después hacia el canal, pero ya no la vi.
6:06 En ese momento, el llanto salió de la compuerta que tenÃa a los pies. Me aparté y regresé al empaque. Los perros comenzaron a aullar con más fuerza, pero ninguno salió de debajo de los tractores. Pasé junto a ellos y vi que seguÃan mirando hacia la parcela. Entré a la nave y cerré la puerta. Intenté llamar otra vez a Carlos, pero no respondió. Dejé el teléfono sobre una mesa y me quedé escuchando. Durante un rato no oà nada fuera de los aullidos de los perros. Después empezó a correr agua dentro de una tuberÃa que pasaba por una de las paredes. La bomba seguÃa apagada. Me acerqué y escuché el llanto dentro del tubo. La mujer volvió a preguntar por sus hijos, pero su voz se oÃa clara y cerca. Me retiré de la pared y el llanto se cortó. Poco después, escuché tres golpes en la puerta que daba hacia las parcelas. No abrÃ. Me quedé con la barra en las manos. Los golpes se repitieron y luego escuché unas uñas recorrer la puerta desde arriba hasta llegar cerca de la manija. RetrocedÃ, pero la manija bajó una vez y volvió a su posición. Afuera los perros comenzaron a gemir y ninguno ladró. Después volvieron a aullar, todos hacia la oscuridad de la parcela. Me quedé quieto mirando la puerta. Escuché agua caer del otro lado, una gota tras otra. La manija volvió a moverse, esta vez más despacio. Sostuve la barra frente a mà y no
7:39 me acerqué. Entonces el llanto dejó de escucharse en las tuberÃas y lo oà directamente afuera, junto a la puerta. Los perros dejaron de aullar y escuché sus gemidos debajo de los tractores. Después oà un roce contra la lámina y otro golpe, más bajo, cerca del seguro. No abrÃ. Me quedé frente a la puerta con la lámpara encendida y la barra firme entre las manos. La manija volvió a bajar y esta vez la puerta cedió unos centÃmetros. Yo seguÃa frente a ella, con la barra levantada y la lámpara apuntando al hueco. Por la abertura entró una mano mojada, con las uñas largas y oscuras en las puntas.
8:21 La mano tomó el borde de la puerta y tiró hacia adentro. RetrocedÃ. El seguro terminó de soltarse y la puerta se abrió. La mujer entró sin decir nada. Era la misma que habÃa visto entre los surcos. TenÃa el cabello mojado, la piel muy pálida y los ojos hundidos. El vestido estaba empapado y dejaba agua en el piso a cada paso. Levanté la barra y le ordené que se detuviera, pero no respondió y siguió avanzando. Retrocedà hasta una mesa y mantuve la lámpara sobre su cara. Cuando estuvo más cerca, vi que las uñas sobresalÃan varios centÃmetros. Movà la barra para mantenerla lejos. Ella levantó una mano y golpeó el metal. Sentà el impacto en los brazos.
9:07 Volvà a empujar y alcancé su hombro, pero siguió avanzando. Dio otro paso y lanzó la mano hacia mi brazo izquierdo. Las uñas atravesaron la manga y me abrieron la piel desde la muñeca hasta el antebrazo. solté la barra por el dolor y la sangre empezó a correrme hacia la mano, corrà hacia la salida principal, abrà la puerta y salà al patio, los perros seguÃan debajo de los tractores y ninguno salió hacia mÃ, al verme comenzaron a gemir, uno aulló mirando por encima de mi hombro, pero no volteé, seguà hacia la zona de riego, porque desde ahà podÃa tomar el camino que llevaba a la casa del regador, durante los primeros metros no escuché pasos detrás de mÃ, y la mujer tampoco lloraba solo se oÃan mi respiración y mis botas sobre la tierra al pasar junto a la primera compuerta el llanto volvió a salir de la tuberÃa y la voz preguntó otra vez por sus hijos seguà caminando y no me acerqué pues mi intención era salir de la parcela la lámpara perdió fuerza y recuperó la intensidad unos segundos después continué hacia el camino Cerca de la caseta de la bomba, los cuatro perros comenzaron a aullar al mismo tiempo. Volté hacia el patio. Ya no miraban hacia la parcela. Miraban hacia donde yo estaba, con la cabeza fija en un punto detrás de mÃ.
10:30 Me quedé quieto y escuché agua caer sobre la tierra, una gota tras otra. Volté y la mujer estaba detrás de mÃ, pero no la habÃa escuchado acercarse. La tenÃa a pocos metros con el cabello mojado sobre la cara. La piel alrededor de la boca estaba dañada y los ojos hundidos. Retrocedà hacia la caseta mientras mantenÃa la lámpara sobre ella. Busqué la barra por reflejo y recordé que la habÃa soltado dentro del empaque. La mujer avanzó y cuando levantó una mano hacia mÃ, corrà hacia un lado y seguà por el camino. Escuché sus pasos detrás, pero no miré. Sentà un tirón en la espalda y la camisa se abrió. Las uñas me alcanzaron de lado, pero no consiguió sujetarme. Seguà corriendo hasta que tropecé cerca de una compuerta y caà sobre las manos. La lámpara cayó y quedó encendida. Me levanté y fui por ella. Cuando la recogÃ, escuché el llanto cerca del canal. Alumbré hacia allá y la mujer estaba de pie junto al agua, más adelante, bloqueando la salida. Cambié de dirección y crucé entre dos lÃneas de riego. SabÃa que ese paso terminaba en el mismo camino. El brazo me ardÃa y la manga seguÃa mojada de sangre. Caminé más rápido. Los perros todavÃa aullaban detrás de mÃ, cada vez más lejos. Llegué a otra tuberÃa y la voz volvió a salir desde dentro, pero esta vez solo escuché la palabra, hijos. Seguà avanzando.
12:03 La lámpara parpadeó. Presioné el botón y recuperó la luz. Di unos pasos más y volvió a fallar. pero ya alcanzaba a ver el camino al final de la zona de riego. Entonces escuché agua detrás de mÃ. No eran pasos. Escuché gotas y el roce de ropa mojada sobre la tierra. Levanté la lámpara para alumbrar hacia atrás y la luz se apagó. Presioné el botón varias veces, pero no respondió. Seguà caminando en la oscuridad, pues conocÃa el terreno y mantuve la dirección, con una mano extendida para evitar las tuberÃas. Avancé unos metros y sentà una mano sobre mi hombro derecho.
12:44 Estaba frÃa y mojada y los dedos se cerraron sobre mÃ. Antes de que pudiera girarme, las uñas atravesaron la camisa y se clavaron en la piel. Grité y lancé el cuerpo hacia adelante, pero la mano siguió sujeta a mi hombro. Sentà otro arañazo en la espalda, asà que me giré y golpeé hacia atrás con el brazo. No podÃa verla. pero escuché su llanto junto a mi cara. Volvà a golpear y logré separarme. Di dos pasos y caà de rodillas. La mujer me alcanzó otra vez. Una mano me sujetó del hombro y la otra me pasó por un lado de la cara. Sentà las uñas abrirme la piel cerca de la mejilla. Levanté el brazo para cubrirme y busqué la lámpara en el suelo. La encontré junto a mi rodilla y presioné el botón, y la luz se encendió por unos segundos. La mujer estaba frente a mÃ, con la cara a poca distancia de la mÃa. Vi la piel pálida, los ojos hundidos, la boca abierta y el cabello mojado pegado a las mejillas. Una mano seguÃa sobre mi hombro y la otra junto a mi cara. Le golpeé la frente con la lámpara y me soltó. Me puse de pie y corrÃ. No esperé a verla reaccionar.
13:59 La lámpara volvió a apagarse, pero ya distinguÃa el camino. No volvà a mirar hacia atrás durante el trayecto. Solo seguà derecho, salà de la zona de riego y continué hasta la casa del regador. Llegué con la camisa rota y sangre en el brazo, el hombro y la cara. Golpeé la puerta hasta que abrió. El regador me hizo pasar, me senté mientras limpiaba las heridas y me ayudaba a detener la sangre del brazo. Le expliqué que una mujer habÃa entrado al empaque y me habÃa atacado. Le pedà que no saliera. Ãl tampoco quiso acercarse a la parcela esa noche. Carlos regresó después y encontró varias compuertas abiertas.
14:42 La bomba seguÃa apagada. HabÃa agua acumulada en algunos puntos del riego, y la puerta trasera del empaque estaba abierta. La barra que yo habÃa usado quedó tirada junto a una mesa. Los cuatro perros seguÃan escondidos, tres debajo de los tractores y el otro dentro del área de trabajo. Al dÃa siguiente vi los cortes con más calma. TenÃa el antebrazo abierto en varias lÃneas, una herida profunda en el hombro y arañazos en la espalda y la cara. Dejé de trabajar de noche en ese empaque. Durante los dÃas siguientes volvà solo de dÃa para recoger mis cosas y hablar con Carlos. Los perros seguÃan entrando al patio mientras hubiera luz, pero al oscurecer se alejaban de las compuertas y buscaban sitio debajo de los tractores. Si el agua comenzaba a correr por las tuberÃas, levantaban la cabeza hacia las parcelas y aullaban. Yo no volvà a entrar solo a esa zona después de anochecer. Cuando estuvo más cerca, vi otros detalles que, desde la parcela, no habÃa podido distinguir.
15:51 TenÃa la cara mojada, pero el agua no le caÃa solamente del cabello. También le salÃa de la boca y recorrÃa la barbilla, antes de caer sobre el vestido. La piel alrededor de los ojos estaba oscura y hundida, mientras que en las mejillas tenÃa zonas abiertas y húmedas. No vi sangre, y sus labios estaban partidos y casi no los movÃa cuando volvÃa a preguntar por sus hijos. La voz salÃa baja, pero se escuchaba con claridad. También noté que llevaba tierra pegada en los pies y en la parte baja del vestido. Caminaba descalza. Cada paso dejaba una marca de agua sobre el piso y cuando se detenÃa, se formaba un pequeño charco debajo de ella. Sus manos eran lo que más me preocupaba. TenÃa los dedos muy delgados, rÃgidos, con unas uñas largas que terminaban en puntas oscuras. Las mantenÃa separadas mientras avanzaba hacia mÃ. Le pregunté quién era y qué querÃa, pero no respondió a ninguna de las dos cosas. Bajó la cabeza durante unos segundos y volvió a repetir que buscaba a sus hijos. Después levantó la cara y siguió acercándose. Yo mantuve la barra frente a mi cuerpo y retrocedà sin dejar de alumbrarla. Es todo lo que recuerdo y la verdad, quisiera no hacerlo.
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