BRUJERÍA En Charco De Agua Negra Historias De Terror - REDE
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0:05 En esa parte del monte donde casi nunca llueve y donde la tierra siempre está abierta por el calor. Yo crecà ahà y estaba acostumbrado a la rutina diaria. Porque desde muy joven me tocaba revisar los cercos para ver si no estaban tirados por el viento o por algún animal. Revisar los animales para asegurarme de que tuvieran suficiente agua. Y caminar hacia la zona más seca del terreno para ver si no habÃan entrado vecinos o cazadores. Todo era parte del mismo recorrido que hacÃa desde que amanecÃa. El rancho estaba rodeado de caminos polvosos, mezquites secos y piedras sueltas que brillaban con el sol. Y aunque casi nunca pasaba nada fuera de lo normal, siempre me gustaba revisar por si alguien habÃa cruzado sin avisar. Una tarde fui más lejos de lo habitual porque habÃa visto nubes en el horizonte, aunque sabÃa que no significaban nada. Mientras avanzaba por un camino lleno de ramas, sentà un olor fuerte que no correspondÃa al lugar, un olor que reconocÃa por haber encontrado animales muertos en el monte en otras ocasiones.
1:12 Era un olor mezclado entre carne echada a perder y agua estancada, algo que solo percibÃa cuando encontraba un venado muerto o algún animal atrapado en una cerca. Lo raro era que ahà no habÃa nada que pudiera explicarlo. Miré alrededor para ver si encontraba algún cuerpo, pero no habÃa sopilotes, no habÃa huellas y no escuchaba movimiento en los matorrales. El olor venÃa de un punto al que nunca prestaba atención, porque siempre habÃa sido un pedazo de tierra seca, sin árboles grandes y sin señales de humedad. Ahà nunca habÃa visto agua, ni siquiera cuando llovÃa más al norte. Me acerqué despacio, esperando encontrar algún animal tirado, pero lo que vi no tenÃa sentido. En medio de esa tierra seca habÃa un charco negro, espeso, con burbujas pequeñas que explotaban de vez en cuando. La superficie se movÃa como si algo la empujara desde abajo, y el olor me golpeó tan fuerte que tuve que cubrirme la nariz con la camisa.
2:15 Era un olor más penetrante que el de un animal muerto al sol. Me acerqué un poco más, aunque no tanto como para tocarlo, y vi que la tierra alrededor estaba completamente seca. No habÃa rastro de humedad, ni señales de que el agua hubiera salido del suelo o corrido por ahÃ. La tierra tenÃa grietas profundas, igual que siempre, pero el charco estaba en medio, como si lo hubieran dejado caer de golpe desde arriba. Me quedé un buen rato observándolo porque no entendÃa cómo podÃa existir algo asà en un punto donde nunca habÃa agua. No escuchaba insectos y tampoco vi rastros de animales alrededor. El olor se me pegó a la ropa y pensé que al llegar a la casa tendrÃa que dejar la camisa afuera. Me inquietó desde el primer momento. Era imposible que se hubiera formado por naturaleza y tampoco parecÃa que alguien lo hubiera cavado o preparado. No tenÃa bordes regulares ni marcas de herramienta.
3:20 Me aparté después de unos minutos porque ya casi oscurecÃa y no querÃa quedarme en esa parte del monte cuando el sol se escondiera. Decidà regresar al dÃa siguiente para ver si el charco desaparecÃa, si el olor era menos fuerte o si encontraba alguna explicación. A la mañana siguiente pasé por la misma zona, esta vez más temprano. QuerÃa ver si la tierra habÃa absorbido el charco durante la noche. o si solo habÃa sido una coincidencia que apareciera justo cuando pasé. Cuando me acerqué, vi que seguÃa igual, aunque más negro todavÃa. La superficie tenÃa una capa brillante que reflejaba la luz y las burbujas eran más lentas, como si el lÃquido estuviera más espeso. Me quedé a varios metros porque no querÃa respirar ese olor de nuevo. Mientras observaba, noté que no estaba solo. A unos pasos del charco, vi a una mujer arrodillada. No la habÃa escuchado llegar.
4:16 Llevaba una falda larga, una blusa vieja y el cabello recogido. ParecÃa alguien de los ranchos cercanos, pero no logré reconocerla. TenÃa una bolsa de manta en el regazo y metÃa las manos dentro para sacar cosas pequeñas que arrojaba al charco. Lo hacÃa con calma como si siguiera un orden. No alcanzaba a ver qué eran los objetos, pero caÃan en el lÃquido sin hundirse por completo. Ella no me habÃa visto. Me acerqué un poco, lo suficiente para preguntarle qué estaba haciendo. Pero en cuanto mis botas hicieron ruido sobre la tierra, levantó la vista. Me miró solo un segundo, se puso de pie sin decir nada. Tomó su bolsa y caminó hacia el monte con pasos rápidos. No volteó en ningún momento.
5:03 Traté de alcanzarla para que me explicara qué estaba pasando, pero desapareció entre los árboles secos como si conociera un camino que yo no conocÃa. Me quedé solo junto al charco, sin saber qué pensar. Regresé a la casa con una inquietud que no se me quitó en todo el camino. La imagen de la mujer arrodillada junto al charco me acompañó mientras cruzaba el monte, porque su presencia no encajaba con nada de lo que habÃa visto antes en esa zona. No parecÃa estar tirando basura ni limpiando animales, y aunque intenté forzarme a pensar que quizá llevaba restos de comida o vÃsceras de algún animal cazado, el olor del charco me recordaba que nada de eso tenÃa sentido. Ese olor no venÃa de un animal muerto al sol. Era más fuerte y más pesado, como si llevara dÃas fermentando en un lugar donde no deberÃa existir agua. Por más que intentaba imaginar una explicación simple, todo me llevaba de nuevo a la misma conclusión. Lo que estaba haciendo esa mujer no era normal. Durante la tarde traté de convencerme de que estaba exagerando. Me ocupé con los animales, corté ramas que estaban muy cerca de la cerca y revisé si el tinaco tenÃa agua suficiente. Intentaba mantenerme ocupado para no pensar en la bolsa de manta. en los objetos que ella arrojaba al charco y en la forma en que se levantó apenas me vio. Aún asÃ, la sensación no
6:34 se iba. No le dije nada a nadie porque no querÃa que pensaran que estaba inventando cosas. Pensé que tal vez al dÃa siguiente podrÃa encontrar un rastro más claro o alguna señal que explicara todo, pero por dentro sabÃa que estaba evitando aceptar que la situación se habÃa salido de lo común. Esa noche, después de encerrar a los animales, me di cuenta de algo en la entrada de la casa. La luna estaba apenas subiendo y alcanzaba a iluminar la tierra suelta frente a la puerta. Ahà vi unas marcas que no estaban cuando salà más temprano. Eran marcas de zapatos, bien formadas, con la suela completa marcada como si alguien hubiera caminado desde el camino principal hasta la entrada. Lo que me llamó la atención fue que las pisadas eran oscuras, casi negras, como si los zapatos hubieran pisado algo espeso antes de llegar hasta ahÃ. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, observando las huellas una por una. Terminaban justo en el umbral, pero no entraban a la casa. Me quedé quieto varios segundos.
7:40 El olor ligero que despedÃan era el mismo olor del charco. No tan fuerte, pero lo suficiente para reconocerlo. Revisé alrededor por si veÃa a alguien escondido entre los mezquites, pero no habÃa movimiento. Pensé en la posibilidad de que algún vecino hubiera pasado, pero ninguna persona que conociera usarÃa botas o zapatos manchados con algo tan extraño sin darse cuenta. Las huellas estaban demasiado marcadas y demasiado rectas, como si la persona hubiera venido directo a la puerta sin desviarse. Fui por una pala y limpié la zona para borrar las marcas. Lo hice despacio, revisando cada ángulo para asegurarme de que no quedara rastro. Esa noche me dormà tarde, con la lámpara de petróleo encendida y escuchando cualquier ruido que viniera del patio. No pude descansar bien. Cada movimiento de los animales o crujido de la madera me hacÃa levantar la cabeza. Me quedé pensando en la mujer, en sus manos metidas en la bolsa. en la forma en que se fue caminando hacia ese monte seco. Dos dÃas después regresé a la zona del charco, porque necesitaba comprobar si seguÃa ahÃ. No querÃa hacerlo, pero tampoco podÃa dejarlo pasar.
8:57 Salà por la tarde con una lámpara de petróleo, porque sabÃa que iba a oscurecer y no querÃa quedar a oscuras en esa parte del terreno. El camino se sentÃa más pesado que de costumbre, como si cada paso me acercara a algo que no querÃa ver. Cuando llegué a los mezquites que rodeaban el lugar, noté que el aire olÃa más fuerte que antes. El olor salÃa desde el charco como si alguien lo hubiera removido, como si la superficie ya no estuviera quieta como los dÃas anteriores. Alumbré con la lámpara hacia el centro. La luz tembló un poco porque mi mano no estaba firme, pero lo suficiente para ver que la superficie estaba moviéndose. Era un movimiento lento hacia arriba y hacia abajo. como si algo empujara desde debajo de la tierra. Di un paso atrás sin pensarlo.
9:47 Seguà alumbrando, queriendo entender qué estaba pasando. Las burbujas eran más grandes y las ondas del agua negra eran más claras. Permanecà ahà apenas unos segundos y, aún asÃ, sentà que duró más. Entonces vi cómo el movimiento cambiaba. Algo empezaba a elevarse desde el centro del charco. Primero vi cabello mojado. pegado, moviéndose con el agua espesa. Luego vi los hombros y la forma de una mujer que parecÃa salir lentamente, aunque el suelo no tenÃa profundidad. El lÃquido negro caÃa por sus brazos en hilos gruesos que se perdÃan en la superficie. Me quedé paralizado porque su figura era demasiado clara bajo la luz de la lámpara. No escuchaba nada. La mujer se incorporaba despacio, sin expresiones, sin prisa. avanzando hacia arriba como si hubiera estado esperando ese momento. Un miedo fÃsico me recorrió el pecho y me hizo retroceder de inmediato.
10:48 Sentà que, si me quedaba un segundo más, ella iba a voltear hacia donde yo estaba. Corrà hacia la casa sin mirar atrás, sosteniendo la lámpara con fuerza para que no se apagara en el viento del camino. A la mañana siguiente decidà contarle lo que habÃa visto a mi hermano mayor. No querÃa guardar más la imagen de la mujer saliendo del charco, ni la sensación de haber corrido sin poder respirar bien hasta llegar a la casa. Cuando terminé de explicarle todo, me miró con una mezcla de incredulidad y preocupación. No me dijo que estaba loco, pero tampoco me creyó por completo. Aún asÃ, me dijo que, si algo raro estaba pasando en esa parte del terreno, era mejor verificarlo juntos, porque no querÃa que yo anduviera solo por ahà después de lo que habÃa visto. Salimos temprano, antes de que el sol subiera demasiado. Caminamos en silencio, cada quien con una pala al hombro. Yo avanzaba atento a cada ruido del monte. escuchando mis propios pasos y el crujido de las ramas. Cuando llegamos al lugar, el charco seguÃa ahÃ, igual de oscuro que los dÃas anteriores.
11:59 La superficie estaba quieta, sin burbujas visibles desde donde estábamos. No habÃa señales de que la tierra hubiera sido removida, ni rastros de animales, tampoco habÃa huellas de la mujer. Revisamos los alrededores, caminamos en cÃrculos y buscamos entre los mezquites, pero no encontramos nada. Me quedé mirando el charco durante varios segundos. La superficie parecÃa más espesa, aunque no se movÃa. Sentà que algo me apretaba el pecho cuando recordé la figura que habÃa salido del centro. Le dije a mi hermano que no querÃa volver a ver ese movimiento, que no querÃa quedarme con la duda de si podÃa repetirse.
12:39 Le propuse taparlo. No sabÃa si servirÃa de algo, pero necesitaba hacerlo. Mi hermano aceptó. Más por precaución que por creer realmente en lo que le habÃa contado. Me dijo que si habÃa un hueco, una filtración o un punto peligroso, lo mejor era cubrirlo para evitar accidentes. Empezamos a trabajar sin hablar mucho. Caminábamos hacia una zona de tierra suelta y la traÃamos con palas, depositándola sobre la superficie del charco. Lo hicimos con cuidado porque, al acercarme demasiado, el olor volvÃa a pegarse como la primera vez. Era un olor que parecÃa haberse impregnado en la tierra y que se intensificaba cuando la superficie se agitaba por la tierra que caÃa encima. Cada vez que arrojábamos una capa nueva, sentÃa una oleada de náusea. No sé si era por el olor o por la idea de que debajo habÃa un espacio más profundo de lo que parecÃa. La tierra que echábamos no se acumulaba tan rápido como debÃa. Se hundÃa un poco más de lo normal. Mi hermano también lo notó.
13:44 Comentó que quizá la tierra estaba muy floja o que habÃa una oquedad debajo. Yo sabÃa que no podÃa ser solo eso. Recordaba la forma en que la figura habÃa salido con el agua negra escurriendo por los brazos y la lentitud con la que se incorporaba. Pensar en eso me provocaba ansiedad, pero seguà trabajando porque querÃa taparlo de una vez. Trajimos más tierra y seguimos aventándola hasta que la superficie empezó a cubrirse. Cuando por fin dejó de hundirse, sentimos un pequeño alivio. Aún asÃ, no me quedé tranquilo. Seguimos trayendo más capas para asegurarnos de que no quedara nada del lÃquido a la vista. El olor se mantenÃa, aunque ya no tan fuerte. La última capa fue la que nos permitió nivelar el terreno con el resto del suelo.
14:33 Lo pisamos con las botas para compactarlo. Yo observaba cada detalle del suelo recién cubierto, esperando ver algún movimiento, pero no pasó nada. El silencio del monte se mantuvo igual. Mi hermano dijo que para mayor seguridad era mejor colocar piedras encima. Fuimos a un arroyo seco donde habÃa piedras grandes y redondeadas, y cargamos varias hasta el lugar. Las acomodamos sobre la tierra recién puesta. Lo hicimos sin hablar, concentrados en terminar. Cada piedra que colocábamos me hacÃa pensar en la mujer que habÃa visto salir del agua negra. Recordaba su cabello pegado, sus hombros cubiertos por esa agua espesa y la forma en que subÃa sin hacer ruido.
15:19 Mientras acomodaba la última piedra, pensé que no sabÃa si la tierra y las piedras serÃan suficientes para detener algo asÃ. No se lo dije a mi hermano. Ãl veÃa el charco como un riesgo fÃsico, no como algo más. Cuando terminamos, nos quedamos unos segundos observando el montÃculo. La tierra estaba pareja y las piedras formaban una capa firme encima. El olor todavÃa se sentÃa en el aire, pero ya no tan intenso. Mi hermano me dijo que, si querÃa, podÃamos regresar al dÃa siguiente para revisar, aunque dudaba que algo fuera a moverse. AsentÃ, aunque por dentro sabÃa que no querÃa volver. Desde ese dÃa evito esa zona del monte.
16:03 No he regresado ni he intentado pasar cerca. Nunca volvà a ver a la mujer y tampoco encontré señales de que alguien hubiera regresado a remover la tierra. A veces, cuando camino por otras partes del rancho, me llega el recuerdo del olor del charco. Es un olor que se me quedó guardado en la memoria. No puedo explicar cómo podÃa existir un charco negro en un lugar donde no habÃa agua, ni cómo alguien podÃa elevarse desde un sitio que siempre conocà como un pedazo de tierra seca. Solo puedo contar lo que vi y lo que enterré con mis propias manos.
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