Jan. 25, 2026

Brujas En El Monte: Me Pidieron Mi Alma Por Belleza - Historias De Terror - REDE

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0:05 Yo conocí a Mara porque vivía a dos calles de mi casa y siempre encontraba la forma de meterse en mi vida sin verse metiche. No era la típica amiga escandalosa. Era tranquila, directa y muy segura. Cuando yo me arreglaba y me veía igual, ella me decía que cambiar y parecía que de verdad sabía. Con el tiempo me acostumbré a hacerle caso. porque sus consejos sí se notaban, y porque a mí me pegaba fuerte sentirme fea, sentir que la gente me veía y me medía. Un día me dijo que me iba a llevar con unas amigas, que sabían ayudar a que una mujer se volviera otra. Me explicó que era una decisión simple, que yo solo tenía que escuchar una oferta y aceptarla si quería, y que con eso yo iba a tener belleza y poder. y que nadie me iba a volver a tratar como si yo fuera menos. Me citó en una orilla del monte por un camino de terracería, donde ya no se oían carros.

1:07 Yo salí de mi casa diciendo que iba a estar con ella en su casa. Me fui con ropa normal, tenis, el celular cargado y una lámpara pequeña en la bolsa, pero en cuanto entré al camino la señal empezó a fallar. Mara ya estaba ahí, parada junto a un tronco cortado. no estaba sola había tres mujeres más jóvenes arregladas y con el cabello bien peinado vestían oscuro sin nada raro y eso me bajó la alerta me saludaron corto sin confianza y Mara me pidió que caminara con ellas porque el lugar donde se hacía la oferta estaba más adentro yo seguí porque ya estaba ahí y porque me daba vergüenza echarme para atrás y porque Mara me hablaba como si me estuviera haciendo un favor grande Mientras caminábamos, me dijo ya sin rodeos que el trato era con el diablo.

2:01 Yo entregaba mi alma y a cambio recibía belleza, poder y protección, y que esas mujeres me iban a cuidar siempre. Me lo dijo como si se tratara de firmar algo. Cuando lo escuché así, me dio un golpe en el estómago, pero seguí avanzando por el mismo orgullo que me había llevado hasta ahí. Yo le pregunté cómo podía decirlo tan tranquila, y me contestó que el mundo era para quien se atrevía, que yo ya había aguantado demasiado por quedarme callada, y por esperar a que alguien me eligiera, y que esa era una forma de cambiar las cosas de verdad. Me lo dijo como si fuera una salida limpia, sin vueltas, como si yo hubiera llegado tarde a una oportunidad que ya me estaban guardando. Mientras hablaba, caminaba con paso firme, sin voltearse a ver si yo venía, como si supiera que yo la iba a seguir. El camino se hizo más angosto, la terracería quedó atrás y empezó una vereda con piedras sueltas y ramas bajas. Yo iba cuidando donde pisar.

3:08 porque el suelo estaba húmedo en partes y había lodo pegado a las orillas. Se me metió el olor a tierra mojada, a hojas podridas, y a ratos se sentía el aire más frío entre los árboles. La lámpara que llevaba en la bolsa me golpeaba el muslo con cada paso, y ese detalle simple me mantenía un poco en lo real, como recordando que yo podía dar la media vuelta. Las otras tres mujeres caminaban de un modo raro, no hablaban entre ellas, iban separadas con un orden y cada una cargaba algo como si fuera parte de un paquete que tenían que completar. Una traía una lámpara de mano, otra llevaba una botella dentro de una bolsa pequeña, por el modo en que se le marcaba el vidrio al moverse.

3:55 La tercera llevaba un paquete envuelto en tela oscura, amarrado con un cordón. Yo observé eso y me quedé pensando,¿ qué clase de oferta necesitaba cosas así en el monte? En un punto, la vereda se partió en dos. Mara no dudó, se metió por el lado más cerrado, donde las ramas te rozaban la cara. Me acerqué a ella para preguntarle si faltaba mucho, y me tomó del antebrazo para jalarme. Su mano estaba fría, no era una mano sudada de caminar, era fría como si acabara de mojarse. Le quité el brazo con cuidado y le pedí que no me agarrara. Mara siguió caminando y me dijo que ahí ya no se caminaba como en el pueblo, que ahí yo tenía que aprender a obedecer si quería que me saliera bien. Esa frase me molestó. Yo no me consideraba una persona débil, solo era insegura con mi apariencia.

4:50 Me molestó mucho que me hablara como si yo fuera torpe. Por eso mismo seguí, por orgullo, por no darle el gusto de que yo me echara para atrás. Yo iba repitiéndome que solo iba a escuchar, que nadie podía obligarme a nada y que si veía algo raro, me regresaba. Aún así, el cuerpo se me puso tenso y empecé a apretar la lámpara dentro de la bolsa, como si fuera a servir para defenderme. La luz del camino se fue apagando por el techo de ramas. El ruido del pueblo ya no llegaba. Se oían insectos, hojas moviéndose y el roce de nuestros pasos en la tierra. En una parte vi unas marcas en un tronco, como arañazos profundos, y pensé que podía ser de algún animal, pero estaban demasiado parejos. Volteé a ver a una de las mujeres y ella me estaba mirando, como si supiera que yo había visto eso. Bajo la vista a mis manos y luego a mi cuello, como si estuviera revisando si yo traía algo puesto. Seguimos así hasta que se abrió un claro.

5:57 No era un lugar amplio, era un espacio suficiente para hacer un círculo y moverse alrededor. El suelo estaba limpio, como si lo hubieran barrido con ramas. Había piedras acomodadas formando un círculo y velas clavadas en la tierra alrededor. En el centro se veía una tela negra extendida y encima un recipiente con alcohol. En el borde del círculo había una línea marcada con ceniza, bien pareja como una raya que delimitaba el paso. Yo me quedé en la orilla sin cruzar esa línea. Vi cera pegada en algunas piedras, cera vieja, endurecida, y vi manchas oscuras en la tierra, donde se notaba que algo se había quemado antes. La mujer del paquete lo dejó cerca del círculo y lo acomodó con cuidado como si estuviera poniendo algo delicado. La de la botella la sacó de la bolsa pequeña y la destapó, y el olor a alcohol se levantó fuerte, directo, y me hizo arder la nariz. Mara se paró frente a mí. Su cara seguía siendo la de siempre, pero su mirada ya no era de amiga. Me dijo que ese era el punto donde yo decidía que nadie me había obligado a venir y que si yo quería cambiar mi vida tenía que hacer lo que se hacía ahí sin hacerme la ofendida. Luego me señaló el círculo y me dijo que entrara, que lo primero era cruzar la línea y decir mi nombre completo para que supieran a

7:28 quién le estaban hablando. Yo miré la ceniza en el suelo y miré las velas. Sentí que si daba ese paso ya no era solo escuchar, Las tres mujeres se acomodaron alrededor del círculo, cada una en su lugar, y me miraban fijo y sin prisa. Yo apreté los dedos dentro de la bolsa, toqué la lámpara, respiré por la boca para no sentir el alcohol, y me acerqué un poco más con la idea de entrar solo lo necesario para entender qué estaba pasando, porque ya estaba ahí y porque ya había escuchado la palabra diablo de la boca de alguien que yo llamaba amiga. Crucé la línea de ceniza con el pie derecho, con la idea de entrar solo para escuchar y salir. En cuanto lo hice, una de las mujeres se agachó y acomodó mejor el recipiente sobre la tela negra del centro. La del paquete lo dejó a un lado del círculo y lo abrió lo suficiente para sacar una cuerda delgada y un trozo de cera oscura. La que traía la botella la destapó y el olor a alcohol me pegó directo, fuerte, como si me hubieran acercado la boca a un trapo empapado. Yo respiré por la boca, pero igual me ardió la nariz.

8:42 Me pidieron que me quitara la cadena que yo traía. Era una cadena sencilla, de las que uno usa diario, y yo la traía por costumbre, por cariño, no por lujo. Me dijeron que la dejara en el centro, sobre la tela. Me temblaron los dedos al soltarla porque ahí entendí que no era una plática, era una entrega. Mara se quedó a mi lado, pegada y sin tocarme. Ya no tenía cara de amiga, tenía cara de que todo ya estaba decidido desde antes. Me dijeron que dijera mi nombre completo y que lo dijera fuerte. Lo dije. Luego me ordenaron que repitiera con palabras claras que aceptaba entregar mi alma a cambio de belleza, poder y protección, y que aceptaba que ellas me cuidaran mientras cumpliera. Yo intenté preguntar qué pasaba si yo no quería, pero una me apretó el antebrazo y me dijo que no hiciera preguntas, que eso se hacía completo o no se hacía. Mara acercó la boca a mi oído y me dijo que no la fuera a arruinar, que yo ya estaba ahí y que lo peor era quedarse a medias. Esa frase me enfureció y al mismo tiempo me empujó a seguir, porque yo ya no quería verme como una cobarde frente a ella.

10:01 Repetí y la voz me salió seca, sentí la garganta rasposa por el alcohol y por el humo que ya empezaba a subir porque una encendió las velas una por una. Las llamas se movieron con el aire del claro. El humo se levantó, me pegó en la cara y me empezó a arder la nariz, como si hubiera tragado polvo. Las mujeres se acomodaron alrededor y empezaron a caminar en círculo, despacio y parejo, sin hablar entre ellas, con pasos medidos que raspaban la tierra. Al principio se veían normales, jóvenes arregladas con el cabello bien, Yo quería creer que todo era una forma de asustar, un truco para que yo dijera que sí y ya. Pero eso me duró poco, pues en el momento en que me exigieron que confirmara el trato por última vez, les cambió la cara. No fue una idea ni una impresión, fue un cambio que vi de frente. A la que iba enfrente se le marcó la piel como si se le secara en segundos.

11:05 Se le hicieron arrugas profundas alrededor de la boca y de los ojos. La sonrisa se le estiró demasiado, como si se le jalara la piel hacia atrás. La otra encorvó la espalda, se le hundieron los ojos y empezó a respirar por la boca con un sonido ronco. La tercera levantó las manos frente a su cara y vi cómo las uñas le crecieron largas, gruesas y oscuras, hasta verse como ganchos. Una se tocó la mejilla y se le quedó hundida, como si al apretarse se le hubiera ido la carne hacia adentro. Yo volteé a ver a Mara con la intención de salir, pero en ese instante Mara también cambió. Se le endureció la mirada, la cara se le puso vieja por segundos, como si se le cayera el maquillaje de golpe y quedara otra piel debajo, más seca, más marcada. Luego volvió a verse joven, pero ya no me importó la cara, me importó lo que vi en los ojos. Ya no estaba conmigo, estaba con ellas.

12:06 y ya no me estaba ayudando, me estaba entregando. Me tomaron de los brazos. No fue un jalón exagerado, fue un agarre firme, de gente que sabe sujetar para que uno no se suelte. Me empujaron al centro del círculo. Una me puso una mano en la nuca para obligarme a levantar la cara hacia el frente. Me dijeron que ellas me iban a proteger, que el miedo se me iba a quitar. Cuando yo mirara al diablo de frente... y que ahí se cerraba todo. Mara se quedó atrás viendo sin intervenir, como si su papel ya hubiera terminado. En ese punto se formó la figura frente a mí, a pocos pasos justo donde estaba el recipiente. Fue un cuerpo oscuro con forma definida, era alto, ancho de hombros, y las manos eran grandes y las uñas parecían garras.

12:58 La cara se veía marcada, como quemada en partes con la piel dura y seca. Los ojos no parecían humanos. Estaban fijos, como si me estuviera revisando por dentro. Cuando volteó hacia mí, el olor a humo se mezcló con un olor fuerte a azufre. Me pegó en la boca y me revolvió el estómago. Sentí que me faltaba el aire, como si el pecho se me cerrara. Oí una risa de mujer muy cerca y luego una voz grave, clara, diciendo mi nombre como si me conociera desde siempre. Esa voz no me habló bonito, me habló como dueño, y me dijo que ya había dicho las palabras y que la oferta era para mí. En cuanto lo vi bien, mi cuerpo reaccionó solo. Me zafé con fuerza, empujé con el hombro a una de las mujeres y sentí el rasguño de una uña en el brazo. Me ardió de inmediato, pero corrí hacia la línea de ceniza. Me pegué con una piedra, caí sobre la tierra y me raspé la rodilla.

14:01 Me levanté sin revisar nada y seguí. Las ramas me golpearon la cara y la espalda. Me atoré el cabello con una rama baja y me lo arranqué al jalón. Atrás oí risas claras de mujeres y oí esa voz grave otra vez, como si me estuviera hablando al oído sin necesidad de acercarse. Salí del claro a la vereda. Corrí sin mirar el suelo. Me resbalé en lodo, me sostuve de un tronco y seguí. El aire frío de la vereda me pegó en la cara y me dio un poco de fuerza. Cuando vi el camino de terracería, sentí que el corazón se me iba a salir. Corrí hacia el pueblo con la ropa sucia, las piernas temblando y las manos abiertas de raspones. A cada paso esperaba que me agarraran por atrás, pero llegué. Cuando entré a mi casa, mis papás me vieron y supieron que no era una caída normal. Traía tierra en la cara, sangre en el brazo y la rodilla raspada. Mi mamá me agarró por los hombros y me empezó a preguntar qué había pasado. Mi papá se quedó serio mirando la puerta y luego mirándome a mí, como midiendo si alguien venía atrás.

15:10 Yo les conté todo sin adornos, quién era Mara, a dónde me llevó, qué me pidieron y cómo esas mujeres se hicieron viejas con uñas largas y cómo vi al diablo. La voz se me quebró por el cansancio y por el susto, pero lo dije completo porque ya no tenía forma de guardármelo. Mis papás no lo tomaron como cuento. mi papá se fue esa misma tarde a buscar a Mara con un familiar porque yo no iba a salir yo me quedé en la sala con mi mamá con una toalla húmeda en la rodilla y el brazo ardiéndome en donde me habían rasguñado me temblaban las manos todavía mi papá regresó de noche traía la cara dura sin el enojo normal de cuando algo no sale dijo que llegaron a la casa de Mara y nadie abrió tocaron fuerte se asomaron por la reja y no se veía luz Un vecino salió a medias sin acercarse y les dijo que la familia se había ido temprano con maletas, como si ya lo tuvieran planeado. Dijo que desde la mañana habían estado metiendo cosas al carro. Mi papá preguntó adónde y el vecino solo movió la cabeza como diciendo que no se metieran. Esa respuesta nos dejó claro que Mara no iba a dar la cara y que yo ya estaba metida en algo que no dependía de una explicación.

16:30 Esa noche yo no pude dormir, me dolían los raspones y me ardían los ojos por el humo, pero lo que más me tenía despierta era la imagen del círculo y el olor a azufre mezclado con humo. Me acosté con la puerta cerrada y con la luz del pasillo prendida. Mi mamá se sentó un rato en una silla frente a mi cama y luego se fue a acostar, pero me dejó la puerta entreabierta para verme. En la madrugada escuché una risa corta, como un chiflido burlón que venía del pasillo. No fue un ruido de la calle, sonó dentro de la casa. Me senté de golpe. Mi mamá se levantó también y prendió la luz. Revisó el pasillo, la cocina y el patio, pero no encontró a nadie.

17:17 Mi papá salió con una lámpara, abrió la puerta de la calle y se asomó, como esperando ver a alguien escondido, pero no había nadie. Regresó y nos dijo que no íbamos a esperar a que eso se repitiera. Al día siguiente mis papás tomaron la decisión que más podían controlar. Nos mudamos a otra ciudad con un familiar. No fue una mudanza bonita, fue meter ropa, papeles y lo básico en bolsas y cajas. Mi mamá guardó fotos y documentos primero, como si se estuviera preparando para un incendio. Yo ayudé a doblar la ropa con las manos todavía temblorosas. Me revisaba el brazo a cada rato y veía las líneas rojas del rasguño como una firma. Mi papá fue al patio y quemó en un bote de metal la servilleta donde había quedado pegada. Era negra que mi mamá había sacado de la suela de mis tenis. Y dijo que no quería eso guardado ni un día más. Nos fuimos en el carro de mi tío. Yo iba atrás, mirando por la ventana, esperando ver a Mara parada en alguna esquina.

18:26 pero no apareció. En el camino, yo abrí el celular y vi que tenía mensajes de ella, pero no los abrí. Mi mamá me pidió que borrara su contacto y que no la volviera a buscar por ninguna razón, así que lo borré ahí mismo. En el lugar nuevo, los primeros días fueron normales. Era una casa distinta, con ruido de vecinos, con calles, donde yo no sabía quién vivía en cada puerta. Eso me dio un poco de aire. Y yo me repetía que el monte estaba lejos, que el círculo quedó en otro lugar y que allá se quedó. Pero el problema no se quedó atrás. En las noches yo volvía a oír esa misma risa, siempre cerca, siempre dentro de la casa. La primera vez fue al tercer día. Estaba acostada y escuché la risa pegada a mi puerta, como si alguien estuviera del otro lado, con la cara a unos centímetros de la madera. Me levanté, prendí la luz y abrí de golpe, y el pasillo estaba vacío. La risa se cortó en seco, como si alguien se hubiera escondido.

19:32 No fue una idea mía. Mi mamá también la oyó una noche desde la cocina y se le fue el color de la cara. Se quedó parada con el vaso en la mano, mirando hacia el pasillo con los ojos abiertos. Mi papá empezó a dejar las luces prendidas. Cerraba bien las puertas y ventanas. Revisaba el patio antes de dormir. Yo trataba de actuar normal, pero el cuerpo ya no me respondía igual, pues cada noche me acostaba esperando el ruido. Cuando escuchaba el crujido de una tabla, me sentaba, y cuando el aire cambiaba, me levantaba a tocar la pared, como buscando una explicación física que me calmara. La peor noche fue cuando lo vi en mi cuarto. Yo estaba acostada, con la luz apagada, Y sentí que el aire se calentó, como si alguien estuviera respirando cerca. No fue calor de verano ni calor de cobija. Fue un calor localizado, pegado al cuerpo. Abrí los ojos y lo vi frente a la ventana, recortado con la luz de la calle. Era la misma figura del monte, la misma cara marcada y los mismos ojos fijos. No estaba lejos, estaba dentro del cuarto, no caminó, no se movió como un hombre normal, solo estaba ahí, ocupando el espacio como si le perteneciera. Me habló con claridad y me dijo que la oferta seguía en pie, que yo había corrido, pero que yo ya había estado adentro del círculo y que eso bastaba para

21:04 que me buscaran. Me dijo que él quería mi alma y que yo tenía que decidir. La voz era grave y tranquila, como si estuviera recordando un acuerdo, no amenazando. Eso fue lo que más me dejó fría porque sonó seguro, como si de verdad no necesitara apurarse. Yo salí corriendo del cuarto y desperté a mis papás. Esta vez no revisaron como si fuera un ruido cualquiera. Mi papá se vistió en segundos y mi mamá me agarró del brazo y me sentó en la sala. El familiar con el que vivíamos se levantó espantado y yo les dije lo que había visto y lo que me había dicho. Mi papá no se puso a discutir si era real o no.

21:48 Nos dijo que íbamos a cortar eso como fuera. Nos fuimos en ese momento con un sacerdote recomendado por un familiar. Era un hombre mayor, serio, que escuchó sin hacer caras. Nos pidió que contáramos todo en orden y nos dijo que el error fue haber entrado al círculo y haber repetido las palabras de aceptación. Dijo que esas palabras se usan para amarrar y que a veces con una sola repetición basta para que te señalen como si ya hubieras firmado. Hizo una bendición completa de la casa cuarto por cuarto y puso atención en la ventana de mi cuarto. nos pidió que quemáramos la ropa con la que yo fui al monte y que tiráramos la cadena que me quité ahí porque eso quedó ligado al trato mi papá lo hizo ese mismo día la ropa se consumió hasta quedar en cenizas la cadena la envolvimos en papel y la tiramos lejos donde no la pudiéramos recuperar por impulso después de eso lo que pasaba se cortó no hubo más risas en la casa el diablo no volvió a aparecer en mi cuarto Yo me quedé con miedo por mucho tiempo, con pesadillas y con la idea fija de que mi amiga nunca fue mi amiga, pero lo que me seguía en la noche se terminó ahí. Esa fue la única parte que me devolvió un poco de vida, porque me dejó claro que sí se podía cerrar, aunque el recuerdo se quedara pegado como una cicatriz.