Brujas En El Monte: Me Pidieron Mi Alma Por Belleza - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo conocà a Mara porque vivÃa a dos calles de mi casa y siempre encontraba la forma de meterse en mi vida sin verse metiche. No era la tÃpica amiga escandalosa. Era tranquila, directa y muy segura. Cuando yo me arreglaba y me veÃa igual, ella me decÃa que cambiar y parecÃa que de verdad sabÃa. Con el tiempo me acostumbré a hacerle caso. porque sus consejos sà se notaban, y porque a mà me pegaba fuerte sentirme fea, sentir que la gente me veÃa y me medÃa. Un dÃa me dijo que me iba a llevar con unas amigas, que sabÃan ayudar a que una mujer se volviera otra. Me explicó que era una decisión simple, que yo solo tenÃa que escuchar una oferta y aceptarla si querÃa, y que con eso yo iba a tener belleza y poder. y que nadie me iba a volver a tratar como si yo fuera menos. Me citó en una orilla del monte por un camino de terracerÃa, donde ya no se oÃan carros.
1:07 Yo salà de mi casa diciendo que iba a estar con ella en su casa. Me fui con ropa normal, tenis, el celular cargado y una lámpara pequeña en la bolsa, pero en cuanto entré al camino la señal empezó a fallar. Mara ya estaba ahÃ, parada junto a un tronco cortado. no estaba sola habÃa tres mujeres más jóvenes arregladas y con el cabello bien peinado vestÃan oscuro sin nada raro y eso me bajó la alerta me saludaron corto sin confianza y Mara me pidió que caminara con ellas porque el lugar donde se hacÃa la oferta estaba más adentro yo seguà porque ya estaba ahà y porque me daba vergüenza echarme para atrás y porque Mara me hablaba como si me estuviera haciendo un favor grande Mientras caminábamos, me dijo ya sin rodeos que el trato era con el diablo.
2:01 Yo entregaba mi alma y a cambio recibÃa belleza, poder y protección, y que esas mujeres me iban a cuidar siempre. Me lo dijo como si se tratara de firmar algo. Cuando lo escuché asÃ, me dio un golpe en el estómago, pero seguà avanzando por el mismo orgullo que me habÃa llevado hasta ahÃ. Yo le pregunté cómo podÃa decirlo tan tranquila, y me contestó que el mundo era para quien se atrevÃa, que yo ya habÃa aguantado demasiado por quedarme callada, y por esperar a que alguien me eligiera, y que esa era una forma de cambiar las cosas de verdad. Me lo dijo como si fuera una salida limpia, sin vueltas, como si yo hubiera llegado tarde a una oportunidad que ya me estaban guardando. Mientras hablaba, caminaba con paso firme, sin voltearse a ver si yo venÃa, como si supiera que yo la iba a seguir. El camino se hizo más angosto, la terracerÃa quedó atrás y empezó una vereda con piedras sueltas y ramas bajas. Yo iba cuidando donde pisar.
3:08 porque el suelo estaba húmedo en partes y habÃa lodo pegado a las orillas. Se me metió el olor a tierra mojada, a hojas podridas, y a ratos se sentÃa el aire más frÃo entre los árboles. La lámpara que llevaba en la bolsa me golpeaba el muslo con cada paso, y ese detalle simple me mantenÃa un poco en lo real, como recordando que yo podÃa dar la media vuelta. Las otras tres mujeres caminaban de un modo raro, no hablaban entre ellas, iban separadas con un orden y cada una cargaba algo como si fuera parte de un paquete que tenÃan que completar. Una traÃa una lámpara de mano, otra llevaba una botella dentro de una bolsa pequeña, por el modo en que se le marcaba el vidrio al moverse.
3:55 La tercera llevaba un paquete envuelto en tela oscura, amarrado con un cordón. Yo observé eso y me quedé pensando,¿ qué clase de oferta necesitaba cosas asà en el monte? En un punto, la vereda se partió en dos. Mara no dudó, se metió por el lado más cerrado, donde las ramas te rozaban la cara. Me acerqué a ella para preguntarle si faltaba mucho, y me tomó del antebrazo para jalarme. Su mano estaba frÃa, no era una mano sudada de caminar, era frÃa como si acabara de mojarse. Le quité el brazo con cuidado y le pedà que no me agarrara. Mara siguió caminando y me dijo que ahà ya no se caminaba como en el pueblo, que ahà yo tenÃa que aprender a obedecer si querÃa que me saliera bien. Esa frase me molestó. Yo no me consideraba una persona débil, solo era insegura con mi apariencia.
4:50 Me molestó mucho que me hablara como si yo fuera torpe. Por eso mismo seguÃ, por orgullo, por no darle el gusto de que yo me echara para atrás. Yo iba repitiéndome que solo iba a escuchar, que nadie podÃa obligarme a nada y que si veÃa algo raro, me regresaba. Aún asÃ, el cuerpo se me puso tenso y empecé a apretar la lámpara dentro de la bolsa, como si fuera a servir para defenderme. La luz del camino se fue apagando por el techo de ramas. El ruido del pueblo ya no llegaba. Se oÃan insectos, hojas moviéndose y el roce de nuestros pasos en la tierra. En una parte vi unas marcas en un tronco, como arañazos profundos, y pensé que podÃa ser de algún animal, pero estaban demasiado parejos. Volteé a ver a una de las mujeres y ella me estaba mirando, como si supiera que yo habÃa visto eso. Bajo la vista a mis manos y luego a mi cuello, como si estuviera revisando si yo traÃa algo puesto. Seguimos asà hasta que se abrió un claro.
5:57 No era un lugar amplio, era un espacio suficiente para hacer un cÃrculo y moverse alrededor. El suelo estaba limpio, como si lo hubieran barrido con ramas. HabÃa piedras acomodadas formando un cÃrculo y velas clavadas en la tierra alrededor. En el centro se veÃa una tela negra extendida y encima un recipiente con alcohol. En el borde del cÃrculo habÃa una lÃnea marcada con ceniza, bien pareja como una raya que delimitaba el paso. Yo me quedé en la orilla sin cruzar esa lÃnea. Vi cera pegada en algunas piedras, cera vieja, endurecida, y vi manchas oscuras en la tierra, donde se notaba que algo se habÃa quemado antes. La mujer del paquete lo dejó cerca del cÃrculo y lo acomodó con cuidado como si estuviera poniendo algo delicado. La de la botella la sacó de la bolsa pequeña y la destapó, y el olor a alcohol se levantó fuerte, directo, y me hizo arder la nariz. Mara se paró frente a mÃ. Su cara seguÃa siendo la de siempre, pero su mirada ya no era de amiga. Me dijo que ese era el punto donde yo decidÃa que nadie me habÃa obligado a venir y que si yo querÃa cambiar mi vida tenÃa que hacer lo que se hacÃa ahà sin hacerme la ofendida. Luego me señaló el cÃrculo y me dijo que entrara, que lo primero era cruzar la lÃnea y decir mi nombre completo para que supieran a
7:28 quién le estaban hablando. Yo miré la ceniza en el suelo y miré las velas. Sentà que si daba ese paso ya no era solo escuchar, Las tres mujeres se acomodaron alrededor del cÃrculo, cada una en su lugar, y me miraban fijo y sin prisa. Yo apreté los dedos dentro de la bolsa, toqué la lámpara, respiré por la boca para no sentir el alcohol, y me acerqué un poco más con la idea de entrar solo lo necesario para entender qué estaba pasando, porque ya estaba ahà y porque ya habÃa escuchado la palabra diablo de la boca de alguien que yo llamaba amiga. Crucé la lÃnea de ceniza con el pie derecho, con la idea de entrar solo para escuchar y salir. En cuanto lo hice, una de las mujeres se agachó y acomodó mejor el recipiente sobre la tela negra del centro. La del paquete lo dejó a un lado del cÃrculo y lo abrió lo suficiente para sacar una cuerda delgada y un trozo de cera oscura. La que traÃa la botella la destapó y el olor a alcohol me pegó directo, fuerte, como si me hubieran acercado la boca a un trapo empapado. Yo respiré por la boca, pero igual me ardió la nariz.
8:42 Me pidieron que me quitara la cadena que yo traÃa. Era una cadena sencilla, de las que uno usa diario, y yo la traÃa por costumbre, por cariño, no por lujo. Me dijeron que la dejara en el centro, sobre la tela. Me temblaron los dedos al soltarla porque ahà entendà que no era una plática, era una entrega. Mara se quedó a mi lado, pegada y sin tocarme. Ya no tenÃa cara de amiga, tenÃa cara de que todo ya estaba decidido desde antes. Me dijeron que dijera mi nombre completo y que lo dijera fuerte. Lo dije. Luego me ordenaron que repitiera con palabras claras que aceptaba entregar mi alma a cambio de belleza, poder y protección, y que aceptaba que ellas me cuidaran mientras cumpliera. Yo intenté preguntar qué pasaba si yo no querÃa, pero una me apretó el antebrazo y me dijo que no hiciera preguntas, que eso se hacÃa completo o no se hacÃa. Mara acercó la boca a mi oÃdo y me dijo que no la fuera a arruinar, que yo ya estaba ahà y que lo peor era quedarse a medias. Esa frase me enfureció y al mismo tiempo me empujó a seguir, porque yo ya no querÃa verme como una cobarde frente a ella.
10:01 Repetà y la voz me salió seca, sentà la garganta rasposa por el alcohol y por el humo que ya empezaba a subir porque una encendió las velas una por una. Las llamas se movieron con el aire del claro. El humo se levantó, me pegó en la cara y me empezó a arder la nariz, como si hubiera tragado polvo. Las mujeres se acomodaron alrededor y empezaron a caminar en cÃrculo, despacio y parejo, sin hablar entre ellas, con pasos medidos que raspaban la tierra. Al principio se veÃan normales, jóvenes arregladas con el cabello bien, Yo querÃa creer que todo era una forma de asustar, un truco para que yo dijera que sà y ya. Pero eso me duró poco, pues en el momento en que me exigieron que confirmara el trato por última vez, les cambió la cara. No fue una idea ni una impresión, fue un cambio que vi de frente. A la que iba enfrente se le marcó la piel como si se le secara en segundos.
11:05 Se le hicieron arrugas profundas alrededor de la boca y de los ojos. La sonrisa se le estiró demasiado, como si se le jalara la piel hacia atrás. La otra encorvó la espalda, se le hundieron los ojos y empezó a respirar por la boca con un sonido ronco. La tercera levantó las manos frente a su cara y vi cómo las uñas le crecieron largas, gruesas y oscuras, hasta verse como ganchos. Una se tocó la mejilla y se le quedó hundida, como si al apretarse se le hubiera ido la carne hacia adentro. Yo volteé a ver a Mara con la intención de salir, pero en ese instante Mara también cambió. Se le endureció la mirada, la cara se le puso vieja por segundos, como si se le cayera el maquillaje de golpe y quedara otra piel debajo, más seca, más marcada. Luego volvió a verse joven, pero ya no me importó la cara, me importó lo que vi en los ojos. Ya no estaba conmigo, estaba con ellas.
12:06 y ya no me estaba ayudando, me estaba entregando. Me tomaron de los brazos. No fue un jalón exagerado, fue un agarre firme, de gente que sabe sujetar para que uno no se suelte. Me empujaron al centro del cÃrculo. Una me puso una mano en la nuca para obligarme a levantar la cara hacia el frente. Me dijeron que ellas me iban a proteger, que el miedo se me iba a quitar. Cuando yo mirara al diablo de frente... y que ahà se cerraba todo. Mara se quedó atrás viendo sin intervenir, como si su papel ya hubiera terminado. En ese punto se formó la figura frente a mÃ, a pocos pasos justo donde estaba el recipiente. Fue un cuerpo oscuro con forma definida, era alto, ancho de hombros, y las manos eran grandes y las uñas parecÃan garras.
12:58 La cara se veÃa marcada, como quemada en partes con la piel dura y seca. Los ojos no parecÃan humanos. Estaban fijos, como si me estuviera revisando por dentro. Cuando volteó hacia mÃ, el olor a humo se mezcló con un olor fuerte a azufre. Me pegó en la boca y me revolvió el estómago. Sentà que me faltaba el aire, como si el pecho se me cerrara. Oà una risa de mujer muy cerca y luego una voz grave, clara, diciendo mi nombre como si me conociera desde siempre. Esa voz no me habló bonito, me habló como dueño, y me dijo que ya habÃa dicho las palabras y que la oferta era para mÃ. En cuanto lo vi bien, mi cuerpo reaccionó solo. Me zafé con fuerza, empujé con el hombro a una de las mujeres y sentà el rasguño de una uña en el brazo. Me ardió de inmediato, pero corrà hacia la lÃnea de ceniza. Me pegué con una piedra, caà sobre la tierra y me raspé la rodilla.
14:01 Me levanté sin revisar nada y seguÃ. Las ramas me golpearon la cara y la espalda. Me atoré el cabello con una rama baja y me lo arranqué al jalón. Atrás oà risas claras de mujeres y oà esa voz grave otra vez, como si me estuviera hablando al oÃdo sin necesidad de acercarse. Salà del claro a la vereda. Corrà sin mirar el suelo. Me resbalé en lodo, me sostuve de un tronco y seguÃ. El aire frÃo de la vereda me pegó en la cara y me dio un poco de fuerza. Cuando vi el camino de terracerÃa, sentà que el corazón se me iba a salir. Corrà hacia el pueblo con la ropa sucia, las piernas temblando y las manos abiertas de raspones. A cada paso esperaba que me agarraran por atrás, pero llegué. Cuando entré a mi casa, mis papás me vieron y supieron que no era una caÃda normal. TraÃa tierra en la cara, sangre en el brazo y la rodilla raspada. Mi mamá me agarró por los hombros y me empezó a preguntar qué habÃa pasado. Mi papá se quedó serio mirando la puerta y luego mirándome a mÃ, como midiendo si alguien venÃa atrás.
15:10 Yo les conté todo sin adornos, quién era Mara, a dónde me llevó, qué me pidieron y cómo esas mujeres se hicieron viejas con uñas largas y cómo vi al diablo. La voz se me quebró por el cansancio y por el susto, pero lo dije completo porque ya no tenÃa forma de guardármelo. Mis papás no lo tomaron como cuento. mi papá se fue esa misma tarde a buscar a Mara con un familiar porque yo no iba a salir yo me quedé en la sala con mi mamá con una toalla húmeda en la rodilla y el brazo ardiéndome en donde me habÃan rasguñado me temblaban las manos todavÃa mi papá regresó de noche traÃa la cara dura sin el enojo normal de cuando algo no sale dijo que llegaron a la casa de Mara y nadie abrió tocaron fuerte se asomaron por la reja y no se veÃa luz Un vecino salió a medias sin acercarse y les dijo que la familia se habÃa ido temprano con maletas, como si ya lo tuvieran planeado. Dijo que desde la mañana habÃan estado metiendo cosas al carro. Mi papá preguntó adónde y el vecino solo movió la cabeza como diciendo que no se metieran. Esa respuesta nos dejó claro que Mara no iba a dar la cara y que yo ya estaba metida en algo que no dependÃa de una explicación.
16:30 Esa noche yo no pude dormir, me dolÃan los raspones y me ardÃan los ojos por el humo, pero lo que más me tenÃa despierta era la imagen del cÃrculo y el olor a azufre mezclado con humo. Me acosté con la puerta cerrada y con la luz del pasillo prendida. Mi mamá se sentó un rato en una silla frente a mi cama y luego se fue a acostar, pero me dejó la puerta entreabierta para verme. En la madrugada escuché una risa corta, como un chiflido burlón que venÃa del pasillo. No fue un ruido de la calle, sonó dentro de la casa. Me senté de golpe. Mi mamá se levantó también y prendió la luz. Revisó el pasillo, la cocina y el patio, pero no encontró a nadie.
17:17 Mi papá salió con una lámpara, abrió la puerta de la calle y se asomó, como esperando ver a alguien escondido, pero no habÃa nadie. Regresó y nos dijo que no Ãbamos a esperar a que eso se repitiera. Al dÃa siguiente mis papás tomaron la decisión que más podÃan controlar. Nos mudamos a otra ciudad con un familiar. No fue una mudanza bonita, fue meter ropa, papeles y lo básico en bolsas y cajas. Mi mamá guardó fotos y documentos primero, como si se estuviera preparando para un incendio. Yo ayudé a doblar la ropa con las manos todavÃa temblorosas. Me revisaba el brazo a cada rato y veÃa las lÃneas rojas del rasguño como una firma. Mi papá fue al patio y quemó en un bote de metal la servilleta donde habÃa quedado pegada. Era negra que mi mamá habÃa sacado de la suela de mis tenis. Y dijo que no querÃa eso guardado ni un dÃa más. Nos fuimos en el carro de mi tÃo. Yo iba atrás, mirando por la ventana, esperando ver a Mara parada en alguna esquina.
18:26 pero no apareció. En el camino, yo abrà el celular y vi que tenÃa mensajes de ella, pero no los abrÃ. Mi mamá me pidió que borrara su contacto y que no la volviera a buscar por ninguna razón, asà que lo borré ahà mismo. En el lugar nuevo, los primeros dÃas fueron normales. Era una casa distinta, con ruido de vecinos, con calles, donde yo no sabÃa quién vivÃa en cada puerta. Eso me dio un poco de aire. Y yo me repetÃa que el monte estaba lejos, que el cÃrculo quedó en otro lugar y que allá se quedó. Pero el problema no se quedó atrás. En las noches yo volvÃa a oÃr esa misma risa, siempre cerca, siempre dentro de la casa. La primera vez fue al tercer dÃa. Estaba acostada y escuché la risa pegada a mi puerta, como si alguien estuviera del otro lado, con la cara a unos centÃmetros de la madera. Me levanté, prendà la luz y abrà de golpe, y el pasillo estaba vacÃo. La risa se cortó en seco, como si alguien se hubiera escondido.
19:32 No fue una idea mÃa. Mi mamá también la oyó una noche desde la cocina y se le fue el color de la cara. Se quedó parada con el vaso en la mano, mirando hacia el pasillo con los ojos abiertos. Mi papá empezó a dejar las luces prendidas. Cerraba bien las puertas y ventanas. Revisaba el patio antes de dormir. Yo trataba de actuar normal, pero el cuerpo ya no me respondÃa igual, pues cada noche me acostaba esperando el ruido. Cuando escuchaba el crujido de una tabla, me sentaba, y cuando el aire cambiaba, me levantaba a tocar la pared, como buscando una explicación fÃsica que me calmara. La peor noche fue cuando lo vi en mi cuarto. Yo estaba acostada, con la luz apagada, Y sentà que el aire se calentó, como si alguien estuviera respirando cerca. No fue calor de verano ni calor de cobija. Fue un calor localizado, pegado al cuerpo. Abrà los ojos y lo vi frente a la ventana, recortado con la luz de la calle. Era la misma figura del monte, la misma cara marcada y los mismos ojos fijos. No estaba lejos, estaba dentro del cuarto, no caminó, no se movió como un hombre normal, solo estaba ahÃ, ocupando el espacio como si le perteneciera. Me habló con claridad y me dijo que la oferta seguÃa en pie, que yo habÃa corrido, pero que yo ya habÃa estado adentro del cÃrculo y que eso bastaba para
21:04 que me buscaran. Me dijo que él querÃa mi alma y que yo tenÃa que decidir. La voz era grave y tranquila, como si estuviera recordando un acuerdo, no amenazando. Eso fue lo que más me dejó frÃa porque sonó seguro, como si de verdad no necesitara apurarse. Yo salà corriendo del cuarto y desperté a mis papás. Esta vez no revisaron como si fuera un ruido cualquiera. Mi papá se vistió en segundos y mi mamá me agarró del brazo y me sentó en la sala. El familiar con el que vivÃamos se levantó espantado y yo les dije lo que habÃa visto y lo que me habÃa dicho. Mi papá no se puso a discutir si era real o no.
21:48 Nos dijo que Ãbamos a cortar eso como fuera. Nos fuimos en ese momento con un sacerdote recomendado por un familiar. Era un hombre mayor, serio, que escuchó sin hacer caras. Nos pidió que contáramos todo en orden y nos dijo que el error fue haber entrado al cÃrculo y haber repetido las palabras de aceptación. Dijo que esas palabras se usan para amarrar y que a veces con una sola repetición basta para que te señalen como si ya hubieras firmado. Hizo una bendición completa de la casa cuarto por cuarto y puso atención en la ventana de mi cuarto. nos pidió que quemáramos la ropa con la que yo fui al monte y que tiráramos la cadena que me quité ahà porque eso quedó ligado al trato mi papá lo hizo ese mismo dÃa la ropa se consumió hasta quedar en cenizas la cadena la envolvimos en papel y la tiramos lejos donde no la pudiéramos recuperar por impulso después de eso lo que pasaba se cortó no hubo más risas en la casa el diablo no volvió a aparecer en mi cuarto Yo me quedé con miedo por mucho tiempo, con pesadillas y con la idea fija de que mi amiga nunca fue mi amiga, pero lo que me seguÃa en la noche se terminó ahÃ. Esa fue la única parte que me devolvió un poco de vida, porque me dejó claro que sà se podÃa cerrar, aunque el recuerdo se quedara pegado como una cicatriz.
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