March 17, 2026

Algo Llamaba A Mi Hija Desde La Cisterna Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Esto pasó en 2005, cuando mi esposo y yo nos fuimos a vivir a la periferia, porque ya no podíamos seguir pagando renta en una zona más cerca del centro. En ese tiempo teníamos muy poco dinero y cualquier casa que saliera barata nos parecía una oportunidad, aunque no estuviera en buenas condiciones. La que compramos tenía justo eso, un precio que se ajustaba a lo que podíamos pagar y un terreno un poco más amplio de lo normal. Pero desde la primera vez que entré, me quedó una incomodidad que no supe explicar bien. No era por el tamaño ni por la colonia, era por el estado de la casa. Se suponía que llevaba poco tiempo sola, pero estaba demasiado descuidada, como si hubiera pasado mucho más tiempo cerrada o como si la hubieran dejado así de golpe. Vivíamos mi esposo, mi hija menor y yo. Mi niña tenía seis años en ese entonces. Todavía estaba en esa edad en la que podía pasar mucho rato sola inventando juegos, hablando con muñecas o diciendo cosas sin sentido. Así que, al principio, no vimos nada raro. La casa era sencilla, de una sola planta, con sala pequeña, cocina, dos cuartos, un baño y un patio trasero más grande de lo que esperábamos.

1:24 Una parte del patio tenía cemento, pero al fondo todavía había piso de tierra. Las bardas estaban a medio pintar y se notaba que antes hubo cosas que quitaron, porque quedaron marcas en varias paredes. La cisterna estaba afuera, casi pegada a una de las bardas del patio, cubierta con una tapa pesada de concreto que sobresalía un poco del suelo. Desde el primer día mi hija empezó a acercarse demasiado a esa parte. Los primeros días fueron normales. Nos dedicamos a limpiar, a sacar polvo, a revisar llaves, focos, goteras y a acomodar las pocas cosas que traíamos. Mientras nosotros estábamos ocupados, mi hija se iba al patio a jugar.

2:07 Yo la veía de reojo por la ventana de la cocina o desde la puerta trasera. Y varias veces me di cuenta de que no andaba corriendo por todo el patio, ni jugando con sus muñecas como hacía siempre. Se quedaba sentada junto a la cisterna, con las piernas dobladas o de rodillas, hablando en voz baja, moviendo las manos como si estuviera platicando con alguien que estuviera frente a ella. La primera vez que le pregunté con quién hablaba, me contestó con toda naturalidad que con una niña que vivía ahí. Me lo dijo como si me estuviera diciendo cualquier cosa, sin sonreír raro ni buscar asustarme. Le respondí que ahí no vivía nadie más, que estábamos nosotros nada más. Pero ella insistió y dijo que sí, que su amiga no podía salir. Le pregunté por qué no podía salir y me dijo que porque estaba abajo. No le tomé importancia.

3:02 Pensé que era uno de esos juegos raros que hacen los niños cuando cambian de casa y se sienten solos. Mi esposo opinó lo mismo. Me dijo que no empezara a hacer historias donde no había nada. que la niña estaba aburrida y que ya se le iba a pasar. Según él, era mejor preocuparse por la bomba del agua, por una fuga del lavabo y por limpiar bien el patio, porque entre tanta tierra y mugre la niña encontraba cualquier cosa para entretenerse. Yo traté de pensar igual, pero con los días empecé a notar que ya no era un rato de juego. Mi hija pasaba demasiado tiempo en esa parte del patio. Ya no sacaba sus juguetes, ya no me pedía colores, ni hojas, ni caricaturas. Solo quería estar cerca de la cisterna. Cuando la llamaba para comer o para meterse a bañar, tardaba en responder, como si no me escuchara de inmediato, y cuando por fin volteaba parecía molesta por haberla interrumpido. Una tarde me acerqué sin hacer ruido porque quería oír qué estaba diciendo. Ella estaba sentada en el suelo, casi pegada a la tapa, con la cabeza inclinada hacia abajo. La escuché hablar como si siguiera un juego, con esa voz bajita que ponen los niños cuando creen que están contando un secreto. Le decía a alguien que ya casi podía entrar, que no se desesperara, que ella sí alcanzaba a escucharla. Y después dijo algo que me hizo detenerme. Dijo que su amiga le había

4:34 contado que ahí abajo ya no daba miedo porque el agua ya no estaba alta. Yo le pregunté de inmediato quién le había dicho eso. Mi hija dio un pequeño brinco al notar que yo estaba detrás y luego me respondió que Rosita. Así, nada más. Rosita. Ese nombre no lo habíamos dicho nunca en la casa. Ni teníamos una conocida con ese nombre, ni venía en ningún lado escrito. Le pregunté quién era Rosita y me contestó que la niña de abajo, la que antes jugaba ahí. Sentí una incomodidad muy clara, pero otra vez traté de seguir con la rutina. Esa noche, mientras cenábamos, mi hija dijo sin que nadie le preguntara que antes en esa casa vivía una señora que lloraba mucho y que Rosita guardaba sus cosas cerca del agua para que no se las encontraran.

5:26 Mi esposo la regañó por hablar con la boca llena y cambió el tema, pero a mí ya no me cayó nada bien la comida. Al día siguiente, empezó a decir cosas más precisas. Me preguntó por qué quitaron el lavadero viejo que estaba al fondo, junto a la barda. Yo me quedé viendo hacia esa parte porque sí había una mancha rectangular en el piso y unas tuberías selladas que no entendíamos para qué servían. Más tarde dijo que antes había un árbol junto a la pared del patio y que también taparon una puerta. No supe qué responderle porque en el pasillo de atrás sí se veía una parte del muro con el yeso diferente, como si ahí hubiera habido una abertura cerrada con bloc. Le pregunté si alguien le había contado eso, si había hablado con vecinos o con niños de la cuadra, pero ella casi no salía a la calle. En esos días solo estaba con nosotros, dentro de la casa o en el patio, siempre cerca de la cisterna. Ese mismo mediodía salí a buscarla porque no la escuchaba desde hacía unos minutos y la encontré en una posición que me hizo sentir algo muy feo en el estómago. Estaba con medio cuerpo inclinado sobre la tapa.

6:40 las manos apoyadas en el borde y la cara casi pegada a una pequeña rendija. Parecía que trataba de oír mejor. Fui rápido hacia ella y le pregunté qué estaba haciendo. Sin asustarse, me dijo que Rosita le estaba enseñando dónde estaban su ropa y sus juguetes, que por eso tenía que asomarse bien. Luego agregó, con una calma que todavía recuerdo, que Rosita le había dicho que entrara con ellas. que abajo no se sentía feo cuando uno se acostumbraba. La aparté de un jalón más fuerte de lo que quise. La cargué, aunque ya estaba grande para eso, y la metí a la casa mientras ella se quejaba porque decía que le estaba dejando sola a su amiga. Cerré la puerta trasera y, por primera vez desde que habíamos llegado, sentí con total claridad que algo en esa casa no estaba bien. Después de meter a mi hija a la casa ese día, traté de convencerme de que todo tenía una explicación. Me repetí varias veces que tal vez había escuchado algo en la calle, que quizá algún vecino le había dicho cosas para asustarla, o que todo era parte del cambio. Porque a esa edad los niños inventan amigos, juegos y hasta recuerdos que nunca pasaron. Aún así, ya no pude verla igual. desde esa tarde dejé de permitirle salir sola al patio si iba al baño se quedaba conmigo si yo cocinaba la sentaba cerca de la mesa con colores o cuadernos si tenía que tender ropa o

8:13 barrer atrás me la llevaba conmigo ella lo notó muy rápido y empezó a ponerse terca ya no pedía ver caricaturas ni sacar sus muñecas solo preguntaba si podía ir a jugar al patio y cuando le decía que no se quedaba callada un rato luego empezaba a insistir con una calma que me desesperaba más que un berrinche me decía que nada más quería saludar a su amiga que su amiga estaba esperando que no era justo dejarla sola tanto tiempo a veces se enojaba y lloraba pero no como cuando un niño hace berrinche por capricho sino como si de verdad sintiera culpa en dos ocasiones me dijo que la otra niña se iba a molestar con nosotros si no la dejábamos salir Mi esposo seguía diciendo que todo estaba en mi cabeza, aunque ya empezaba a incomodarle que la niña repitiera siempre lo mismo. Esa noche, mientras cenábamos, volvió a decir algo que nos dejó callados. Estábamos hablando de cosas simples, de una fuga en la cocina y de unas cajas que todavía faltaba acomodar. Cuando mi hija preguntó por qué nadie había buscado bien a Leonor si Rosita se había quedado sola. Dijo el nombre así, Leonor, como si lo conociera de toda la vida. Mi esposo y yo nos quedamos quietos. Yo le pregunté de inmediato quién era Leonor y mi hija me respondió con la misma naturalidad de siempre que era la mamá de Rosita, que una noche la habían buscado mucho y que gritaban

9:47 su nombre desde el patio. No cambió la voz, no sonrió, no hizo nada raro, lo dijo como si contara algo que escuchó en la escuela. Le pregunté quién le contó eso y me respondió que Rosita, que Rosita le había dicho que su mamá no regresó. Sentí un frío muy feo en el cuerpo, pero traté de mantener la calma. Le dije que ya no hablara de eso y la mandé a lavarse las manos. Mi esposo me siguió hasta la cocina y me preguntó en voz baja si alguna vez había oído ese nombre. Le dije que no, él tampoco. Ahí fue cuando, por primera vez, dejó de decir que solo eran cosas de niños, aunque todavía quiso buscar una explicación sencilla. Me dijo que, seguramente, alguien de la cuadra comentó algo cerca de la casa y la niña lo escuchó sin que nos diéramos cuenta. Yo quise creer eso, pero al día siguiente decidí preguntar discretamente. Esperé a ver a una vecina que vivía dos casas más adelante. Una señora que, desde que llegamos, nos observaba desde su puerta, pero casi no hablaba. Me acerqué con el pretexto de pedirle el número del señor que surtía agua en pipa y, poco a poco, fui sacando el tema de la casa.

11:05 Al principio se hizo la desentendida. Dijo que ella casi no conocía a los antiguos dueños, que entraban y salían personas distintas, que esas cosas mejor ni moverlas. Cuando vio que yo no me iba a ir sin una respuesta, bajó la voz y me dijo que años antes vivió ahí una mujer con una niña pequeña. Recordaba que la señora se llamaba Leonor, pero después ya no quiso asegurar nada. Me contó que un día la mujer dejó de verse y empezaron los comentarios. Unos decían que se había ido con otro hombre, otros que había tenido problemas con alguien y otros que algo había pasado dentro de la misma casa.

11:49 Sobre la niña me dijo cosas contradictorias. Primero aseguró que se la habían llevado unos familiares, luego dijo que no estaba segura, que había quienes decían que se quedó unos días más y después desapareció también. No me dio una versión completa. Solo me dejó claro que esa casa tenía una historia que nadie quería contar bien. Regresé todavía más intranquila. Empecé a unir cosas que antes no quise pensar. El precio tan bajo, el abandono raro, la prisa con la que nos la vendieron, la forma en que evitaron darnos detalles y nos dijeron que la aprovecháramos porque no iba a durar mucho en oferta. No quería exagerar ni volverme una de esas personas que ven señales en todo. pero ya no podía fingir que no pasaba nada. Esa misma tarde dejé a mi hija en la sala viendo la televisión mientras yo acomodaba ropa en el cuarto. No habrán pasado ni diez minutos cuando sentí la casa demasiado callada.

12:51 La llamé y no me respondió. Fui a la sala y ya no estaba. Corrí hacia la puerta trasera y la vi otra vez junto a la cisterna. Esta vez la tapa estaba corrida unos centímetros. lo suficiente para dejar una abertura oscura entre el cemento y el borde. Mi hija tenía las manos llenas de tierra mojada y lodo, como si hubiera estado metiendo los dedos por la orilla. Cuando me acerqué, se volteó llorando y me dijo que la dejara entrar, que ya casi encontraba a Rosita, que ahí abajo hacía mucho frío y que la estaba dejando sola. La jalé del brazo y empecé a gritarle a mi esposo. Él salió molesto al principio. Pero en cuanto escuchó a la niña repetir que Rosita Márquez le estaba pidiendo ayuda porque su mamá Leonor Márquez no había vuelto por ella, se quedó inmóvil. Ese apellido no lo conocíamos ninguno de los dos. Nadie lo había mencionado frente a ella. Mi esposo me vio como si por fin entendiera que esto ya no se podía seguir dejando pasar. Sin decir mucho, fue por una lámpara, una cuerda y una varilla que tenía arrumbada en el patio. Yo me llevé a la niña hacia la puerta, pero ella se soltaba y quería regresar.

14:06 Al final la dejé en el marco, agarrada de mi pantalón porque tampoco quería perderla de vista. Entre los dos movimos la tapa con mucho esfuerzo. El cemento raspó el borde y dejó salir un olor encerrado, húmedo y viejo. No era el olor fuerte de un animal muerto. Era peor de otra forma, como agua estancada mezclada con lodo y tiempo. Mi esposo apuntó la lámpara hacia abajo. La cisterna tenía muy poca agua, apenas un fondo oscuro con lodo pegado en las paredes. Por un segundo sentí alivio porque no había nadie ahí. No vi un cuerpo ni nada que explicara de golpe lo que estaba pasando. Luego mi esposo inclinó mejor la luz y vimos algo atorado en una de las esquinas. Primero pensé que era trapo viejo, pero cuando enfocó de nuevo se distinguió claramente una prenda pequeña, una blusa o vestido infantil cubierto de lodo, pegado al fondo como si hubiera estado ahí muchísimo tiempo. Más abajo se alcanzaba a ver un juguete, una muñeca sin un brazo, completamente embarrada, con la cara manchada y medio volteada hacia la pared. Sentí que me faltó el aire. Mi esposo no dijo una sola palabra. Se quedó viendo fijo hacia abajo.

15:24 con la lámpara temblándole un poco en la mano. Yo empecé a entrar en pánico porque entendí de golpe que mi hija no se había inventado nada sobre la ropa ni sobre los juguetes. No sabíamos todavía qué había pasado en esa casa, pero ya era imposible decir que todo venía de su imaginación. Fue entonces cuando escuchamos su voz detrás de nosotros. Habló bajito, casi en un susurro, y dijo que eso no era todo. que abajo todavía estaba su amiga. Volteé de inmediato y la vi demasiado cerca del borde, con los ojos clavados en la oscuridad de la cisterna y la cara quieta, como si estuviera esperando que alguien allá abajo le contestara o le diera permiso para entrar. En ese momento sentí que abrir la cisterna había sido un error, porque ya no solo mi hija estaba mirando hacia abajo, ahora nosotros también. Después de ver lo que había adentro, mi esposo y yo decidimos no volver a abrir la cisterna la tapamos bien le pusimos encima unas cosas pesadas y le prohibimos a mi hija acercarse a esa parte del patio también colocamos ahí unas imágenes religiosas y una cruz pequeña más por miedo que por otra cosa porque en ese momento ya no sabíamos qué hacer ni qué pensar durante varios días la niña siguió insistiendo en que Rosita la estaba esperando lloraba Decía que solo quería hablar con ella un rato y se enojaba cuando la alejábamos de la puerta trasera, pero poco

16:57 a poco dejó de mencionarla. Con el paso de las semanas volvió a jugar en otras partes de la casa, dejó de mirar hacia el patio y un día simplemente ya no volvió a nombrarla. Nosotros tampoco tocamos más el tema, seguimos viviendo ahí un tiempo, siempre evitando esa esquina. Y aunque mi hija pareció olvidarlo, yo nunca pude pasar junto a la cisterna sin sentir que abajo seguía habiendo algo que prefería que nadie la recordara.