Sept. 6, 2025

Viví Con un Roomie Extraño en CDMX… Intentó Quitarme LA VIDA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me mudé a la Ciudad de México con una mochila grande y dos maletas. Llegué con el tiempo justo para inscribirme a la universidad y encontrar dónde vivir. Las rentas cerca del campus eran caras, así que acepté un cuarto en un edificio viejo que vi anunciado en un poste. La fachada estaba pintada de blanco, pero la pintura estaba descarapelada. Las ventanas tenían marcos de hierro y varios vidrios rotos cubiertos con cartón. El vestíbulo era oscuro y olía a humedad. Subí al tercer piso por unas escaleras angostas que crujían con cada paso. Las paredes estaban llenas de grietas largas, los focos colgaban con cables pelados y parpadeaban, y había manchas amarillas en el techo que mostraban filtraciones antiguas. El departamento estaba al fondo de un pasillo estrecho. Tenía una puerta de madera desgastada y el número casi borrado. Al tocar me abrió Mario, un muchacho de mi edad, delgado, con cabello negro hasta los hombros. Llevaba una camiseta sin estampados y pantalón deportivo. Apenas me saludó con la cabeza y me dejó pasar. me dijo que podía usar el baño a cualquier hora que la cocina funcionaba pero había que abrir la llave del gas con cuidado y que no hiciera ruido después de medianoche porque el dueño vivía en el primer piso su tono era sin interés Y en ningún momento me preguntó mi nombre. Mi cuarto estaba vacío,

1:35 con piso de loseta blanca manchada de pintura. La ventana tenía una cortina raída y el aire olía a encierro. Había marcas de clavos en las paredes, como si antes hubieran colgado cuadros. dejé mis maletas en el suelo y me senté un momento a escuchar los ruidos del edificio el sonido de una televisión voces de vecinos el zumbido del refrigerador en la cocina pasé el resto de la tarde acomodando mis cosas y revisando que la puerta cerrara bien mario casi no salió de su cuarto Lo escuchaba caminar en círculos y abrir cajones, pero no habló más conmigo. Preparé una sopa instantánea para cenar y me acosté en un colchón inflable que había llevado. La luz del pasillo se filtraba por debajo de mi puerta. Esa noche, mientras intentaba dormir, escuché pasos lentos en el pasillo, como si alguien caminara descalzo. Me quedé inmóvil hasta que sonó un golpe suave en mi puerta. Apenas un toque, pero lo suficiente para que me levantara de inmediato. Abrí sin pensarlo.

2:40 El pasillo estaba vacío, iluminado solo por un foco parpadeante. Cerré con seguro y pasé el resto de la noche despierto mirando la puerta. Las primeras semanas en la Ciudad de México se me fueron en horarios y trayectos. Salía temprano con la mochila, tomaba el metro, hacía un transbordo y caminaba hasta el campus. Entraba a clase, seguía el temario, revisaba la plataforma de tareas y buscaba un lugar en la biblioteca. Volvía al departamento cuando oscurecía. El edificio estaba lleno de estudiantes, pero cada quien vivía encerrado. veía puertas cerradas todo el día y bolsas de basura en el descanso de las escaleras en el segundo piso pasaban dos de arquitectura con tubos de planos caminaban sin saludar el pasillo siempre olía a comida recalentada y a humedad Mario seguía igual que el primer día entraba y salía sin hacer ruido casi siempre con audífonos o con un libro Lo veía frente a la estufa con la vista fija en la flama o en la mesa con hojas sueltas.

3:45 No preguntaba nada sobre mis clases. Yo mantenía mi cuarto en orden, cerraba con seguro y cumplía con sus indicaciones del gas. Empecé a notar cambios pequeños que no venían de mí. Un plato limpio en el escurridor que yo no había usado. Un vaso boca abajo cuando lo recordaba guardado. La esponja exprimida sin agua después de cocinar. Pensé que eran hábitos de Mario. Luego pasó lo de la mochila. La dejé colgada en la silla antes de irme a clase y la encontré en el piso, abierta, con los cuadernos apilados sobre la cama. No faltaba nada, pero yo no hice eso. Volví a colocar todo en su lugar y cerré con llave. Dentro del departamento casi no coincidíamos.

4:31 Revisaba el refrigerador y encontraba recipientes que no eran míos, marcados con cinta y fecha. Una olla aparecía limpia sin que yo la hubiera lavado. La basura cambiaba de bolsa sin aviso. Probé una señal. Dejé una tapa de refresco entre la puerta y el marco antes de salir. Al regresar, la tapa estaba en el piso, alejada del sitio exacto donde la coloqué. Revisé la cerradura y no vi marcas. Un día llegué antes por la cancelación de una clase. Preparé arroz, lavé la olla y la dejé en el escurridor. Fui a mi cuarto adelantar un trabajo. Al volver por un vaso, la olla ya no estaba. La encontré seca dentro del mueble con la tapa colocada. Llamé a Mario desde la cocina. Caminé hasta su puerta. Escuché movimiento dentro del cuarto. Me retiré. Cerré la llave del gas, apagué la luz y me quedé en mi cuarto. pasaron varios días con ese patrón cosas movidas un amanecer descubrí la llave del gas cerrada otro día la mesa tenía migas cuando yo no había comido ahí Esa noche me levanté por agua. El pasillo tenía la luz encendida. Caminé descalzo para no hacer ruido. Al pasar frente al cuarto de Mario, vi una línea de luz que se filtraba por debajo de su puerta. Me detuve y acerqué el oído. No se oía nada. La luz permaneció fija. sin sombras ni

6:01 movimiento llené el vaso y bebí junto al fregadero de regreso miré de nuevo la línea de luz seguía igual entré a mi cuarto cerré con seguro y me quedé sentado en la orilla de la cama regresé de la universidad una tarde nublada llevaba copias de dos lecturas y una lista de pendientes subí las escaleras con la mochila al frente el pasillo del tercer piso tenía un foco parpadeando y otro fundido El piso mostraba manchas viejas y la pintura de las paredes caía en tiras. Me detuve antes de llegar a la puerta porque vi rasguños a la altura de la cintura. Eran líneas irregulares que cruzaban la pintura de lado a lado, como si hubieran arrastrado un objeto con filo redondeado. Pasé la mano y sentí rebabas secas. Más adelante, vi gotas endurecidas amarillentas pegadas en la pared y en el zoclo. Tenían textura de cera reseca y se desprendían en pedazos al tocarlas. Frente a la puerta 3B, las líneas eran más profundas y dejaban ver la capa anterior. Junto a la mirilla había un chorreón sólido, delgado, que bajaba en zig-zag y terminaba en una costra pequeña en el piso. Olía a vela. Miré el techo. Estaba seco, sin manchas. El pasillo quedó callado.

7:21 varios departamentos seguían vacíos las puertas 3A y 3C tenían cinta canela cruzada en la cerradura y papel doblado atorado entre el marco y la hoja los timbres estaban cubiertos con cinta transparente y un papel con nombres deslavados Entré al departamento, dejé la mochila sobre la cama y guardé las copias en una carpeta. Fui a la cocina por agua y vi un plato lavado en el escurridor que yo no había usado. La esponja estaba exprimida y el fregadero limpio. Revisé la perilla del gas y estaba cerrada. En el refrigerador habían movido mis recipientes hacia el fondo y en la repisa de arriba había dos tuppers marcados con cinta y fecha de la semana anterior. Escuché la puerta del cuarto de Mario cerrar despacio. Me retiré. Acomodé los apuntes. Ordené la mochila para el día siguiente. Antes de oscurecer, salí al pasillo para bajar por pan. Quise tomar fotos de las marcas, pero el teléfono estaba sin batería.

8:25 Me acerqué a la puerta 3B y vi otra línea de cera seca junto al picaporte. Alguien pasó un trapo porque la zona alrededor tenía una franja limpia, pero la línea seguía en el centro. En ese momento, una puerta del segundo piso se cerró de golpe y el sonido subió por las escaleras. Fui por pan y regresé con el teléfono cargando en una batería portátil. Ya de noche, el edificio se volvió más pesado. La luz del pasillo quedó intermitente. Se escucharon pasos lentos en un piso inferior, con descanso entre un paso y otro. Cerré la puerta del departamento con seguro y empujé para comprobar el ajuste. Preparé un sándwich y me quedé leyendo. Cerca de la medianoche, acostado, escuché murmullos afuera de mi cuarto. Eran voces bajas continuas.

9:15 Las escuchaba bien. Me senté en la cama y apagué la lámpara para escuchar mejor. El murmullo siguió unos segundos y cesó. Me acerqué a la puerta y apoyé la mano sobre la madera. El pasillo tenía la luz encendida porque se filtraba por debajo en una línea clara. Giré el seguro y abrí. Mario estaba de pie en el pasillo, inmóvil, con la cabeza levantada hacia el techo. Los brazos colgaban a los lados. Tenía los ojos abiertos y la vista fija en un punto alto. Llevaba camiseta gris y pants. Estaba descalzo. El foco encima parpadeó. Proyectó su sombra contra la pared y volvió la luz. Mario siguió inmóvil. Dije su nombre en voz baja. Mantuvo la misma postura. La boca permaneció cerrada. El pecho subía y bajaba muy poco.

10:05 Di un paso para ver si reaccionaba. El pasillo continuó vacío. La puerta 3B. Mostraba cera a la altura de la chapa y más abajo. Un una raya fina en la pintura, como hecha con una llave. Escuché un golpe leve en la escalera, similar al rebote de un objeto pequeño en un peldaño. Me quedé quieto. Conté tres respiraciones y retrocedí. Entré a mi cuarto y cerré con seguro. Puse la silla debajo de la perilla y la incliné contra la puerta. Apagué la lámpara. Me senté en el colchón con la espalda en la pared. La luz del pasillo se filtró por la ranura inferior y dibujó una línea amarilla sobre el piso. Sonó un solo paso junto a mi puerta y nada más. Revisé el teléfono. Una 28. Guardé el teléfono con la pantalla hacia abajo. Me quedé atento al pasillo hasta que el foco dejó de parpadear. La línea de luz se mantuvo estable. Las voces cesaron. Esperé a que Mario saliera a sus clases. A las 7 y 15 escuché que tomó las llaves, cerró su puerta y cruzó el pasillo.

11:15 Conté sus pasos en la escalera hasta perderlos en el segundo piso. Me acerqué a la mirilla y vi el tramo vacío. Abrí la puerta del departamento, el pasillo estaba callado, y regresé para probar la manija del cuarto de Mario. Giró sin resistencia, empujé y entré. El olor a humedad salió concentrado, similar al de ropa guardada mucho tiempo. La ventana tenía una cortina pesada con manchas oscuras en el borde. El cuarto era angosto. A la derecha estaba la cama individual contra la pared sin cabecera, con una colcha gris doblada a la mitad. El colchón tenía un hundimiento central.

11:55 Sobre el buró vi una libreta pequeña con la esquina doblada y un vaso de plástico con una capa de polvo. Las paredes tenían fotografías en blanco y negro pegadas con cinta. Eran impresiones de laboratorio, tamaño postal y algunas ampliadas. La mayoría mostraba estudiantes de mi edad con mochilas y carpetas en el campus. En varias aparecían pasillos de la biblioteca y bancas junto a un jardín. En el reverso de una foto, escrita a lápiz, leí una fecha de hace unos meses y un nombre con iniciales. En otra, un grupo de cinco muchachos posaba junto a un kiosco. Un rostro estaba tachado con pluma. Las esquinas mostraban marcas de haber sido reacomodadas varias veces. En la pared opuesta, cerca de la ventana, había tres fotos idénticas del mismo pasillo del edificio. en una se veía la puerta 3b abierta en otra la misma puerta cerrada y una línea de cera junto al marco en la tercera la toma estaba más cerca del zócalo sobre la mesa plegable junto a la ventana encontré un cuaderno tamaño carta con espiral metálico y portada negra raspada lo abrí las primeras hojas tenían dibujos a lápiz rectángulos que representaban habitaciones flechas hacia pasillos medidas anotadas al margen y círculos concéntricos en intersecciones. En otra página había columnas con fechas, horas y renglones cortos.

13:25 Hacia la mitad vi símbolos repetidos, cruces simples dentro de círculos, cuadrados con diagonales y líneas que conectaban puntos numerados. En la parte inferior de una hoja un renglón decía« ruidos detrás de la pared del 3B». En otra, con tinta, aparecía una lista. Cera, cinta, candado, cuchilla, bolsas. La tinta estaba seca. A un lado del cuaderno había una caja metálica rectangular con esquinas abolladas. Tenía un candado pequeño de latón. En la tapa se leía una marca de herramientas. La levanté. Pesaba poco y sonaron piezas sueltas adentro. La coloqué en el mismo sitio y memoricé su posición respecto a una mancha de la mesa. Al lado vi un rollo de cinta canela, un marcador negro y dos velas cortas sin estrenar.

14:18 En el piso, cerca del pie de la cama, la alfombra tenía una mancha oscura del tamaño de un plato extendida hacia el buró. El borde estaba endurecido y más brillante que el resto. toqué con la uña y se levantó una escama rígida en esa zona el olor era más fuerte la mancha seguía bajo el buró así que me agaché encontré pelusas una moneda de dos pesos y una tira de cinta arrancada abrí el cajón del buró dentro había recortes de periódico doblados una navaja para papel con hoja retraída una libreta chica con cuadrícula y un frasco de pastillas vacío con etiqueta deslavada. En los recortes leí titulares sobre incidentes en edificios viejos y notas breves.

15:05 Los devolví en el mismo orden y empujé el cajón para que quedara al ras. Me acerqué de nuevo a la pared de las fotografías y escuché un golpe en el pasillo. El foco del techo vibró y zumbó un segundo. Cerré el cuaderno, lo dejé donde estaba y pasé la palma por la portada para limpiar el polvo de mis dedos. Giré hacia la puerta. Salí al pasillo y cerré el cuarto con la misma suavidad con la que lo abrí. Crucé al departamento y cerré con seguro. Me lavé las manos en la cocina para quitar el olor a cuarto guardado. y me quedé repasando en la cabeza lo que vi. Era muy raro. Esa noche, Mario mantuvo su rutina. Calentó comida en la estufa, miró la flama y comió en silencio.

15:50 Lavó su plato, exprimió la esponja, cerró la llave del gas y pasó la mano por el borde del fregadero. Al caminar hacia su cuarto, se detuvo frente a mi puerta y miró el espacio inferior. Luego revisó su picaporte con dos giros y colocó una tira de cinta transparente cruzando la unión con el marco. Sonó el candado al otro lado. Dejó la luz encendida. El cuarto quedó callado. La línea de luz se mantuvo fija toda la noche. La semana siguiente comenzó con ruidos que reconocí de inmediato. A las 5.42 escuché el arrastre de una silla en la cocina. Era un golpe corto y luego el raspón continuo sobre la loseta. Me quedé acostado con el teléfono en la mano.

16:37 Luego se oyó un golpe de cajón contra el tope y otro cierre más suave. Abrí la puerta de mi cuarto. La mesa tenía una silla fuera de lugar, separada del borde por medio metro. Los dos cajones de la cocina estaban abiertos. La esponja estaba húmeda y el trapo colgaba del fregadero. Cerré los cajones, empujé la silla a su sitio y revisé la perilla del gas. Estaba en posición de cerrado. A la mañana siguiente, vi dos tramos interrumpidos y un reguero de granos en el piso con surcos de dedos. Tomé una foto. En el refrigerador, mis recipientes aparecieron de nuevo al fondo y la repisa superior tenía migas distintas a lo que yo comí. Las voces empezaron una noche de martes. A las dos de la mañana escuché un murmullo junto a la cabecera, pegado al muro del pasillo. Eran voces bajas. La línea de luz bajo la puerta se mantuvo fija. A las tres y siete se repitió por menos tiempo. Esa misma semana tuve una pesadilla clara. Soñé que estaba frente al escritorio y que una figura se paraba a mi lado, tan cerca que sentí peso a mi lado. En el sueño levanté la vista y solo alcancé a ver una sombra compacta en el borde del campo visual, sin rasgos. Desperté con el corazón acelerado. Encontré la mochila tirada en el piso con el cierre abierto y el estuche de plumas afuera. Apagué la lámpara, respiré despacio. Al día siguiente, coloqué la mochila

18:10 debajo de la mesa, con la correa alineada al mosaico para detectar desplazamientos. Y esa misma noche me desperté porque la perilla de mi puerta se sacudió con violencia, como si alguien intentara abrirla a la fuerza. El metal golpeaba contra el seguro y hacía ruido. Me levanté en la cama muy rápido. En cuanto me senté, el movimiento se detuvo de golpe, como si la persona al otro lado hubiera entendido que ya estaba despierto. No escuché pasos alejándose. Me quedé unos segundos inmóvil, tratando de distinguir cualquier rastro de movimiento. La línea de luz bajo la puerta se mantuvo estable. Alcancé a tientas la pluma que tenía en la mesita. La apreté con fuerza como si fuera un arma.

18:56 Desbloqué el celular y encendí la lámpara. Me acerqué a la puerta y pegué la oreja a la madera. No escuché nada. El pasillo parecía vacío. Deslicé con cuidado el seguro. El mecanismo tronó lo suficiente como para anunciar que estaba a punto de abrir. Respiré hondo y giré la manija. Abrí lentamente. La luz del pasillo entró en una franja alargada y se mezcló con el haz del celular. Asomé primero la mano, luego la cabeza. El foco del techo parpadeó una vez y volvió a quedar fijo. Vi la puerta del cuarto de Mario entreabierta. Una sombra se recortó en el borde y después asomó medio rostro. Tenía la mirada dirigida hacia mi lado, como si estuviera viéndome. Levanté el celular y le apunté con la lámpara directo a la cara. Alcancé a ver sus ojos abiertos de más, el brillo en las pupilas, la piel pálida por la luz blanca. en cuanto la luz lo tocó se metió de inmediato a su cuarto y cerró la puerta de golpe el portazo rebotó en todo el pasillo me quedé con la lámpara en alto apuntando a su puerta con la pluma apretada en la otra mano el pasillo olía a humedad y a gas Un olor leve que a veces salía de las uniones de la estufa aunque la válvula estuviera cerrada. El foco zumbaba. No escuché el candado del cuarto de Mario, tampoco el giro de llave, solo el silencio después del golpe. Di dos pasos hacia su puerta y me detuve. Toqué con los nudillos. Le pregunté

20:30 por qué había intentado abrir mi puerta. No obtuve respuesta. Acerqué la oreja a la madera. Del otro lado solo se escuchaba un roce leve, como tela arrastrándose sobre la pared o una mano acomodando algo en la mesa. Repetí la pregunta. Dije que había sentido la perilla de mi cuarto sacudirse con fuerza, que eso me había despertado y que al abrir lo vi asomado hacia acá. Bajé el as hacia el piso por un momento para descansar la vista. Volví a tocar. Esta vez golpeé dos veces y hablé más fuerte. dije que necesitaba una explicación pero no me contestaba decidí no seguir parado ahí le dije a través de la puerta que al día siguiente hablaríamos y que quería saber por qué estuvo frente a mi cuarto a esa hora cerré mi puerta y puse el seguro Metí la silla bajo la perilla y la dejé inclinada como las noches previas. Me senté en el colchón con la espalda en la pared y dejé la pluma a mano.

21:34 Noté que mi mochila seguía bajo la mesa donde la había alineado con la junta del mosaico. El tirante no se había movido ni un milímetro. Me quedé despierto un rato más. En el departamento no volvió a escucharse nada. Al amanecer escuché a Mario salir de su cuarto. No hizo ruidos, no arrastró nada. Giró su picaporte, cerró con suavidad y caminó hacia las escaleras. Lo dejé ir. No quise hablar con él en ese momento. Todo el día siguiente me la pasé inquieto en la universidad. repasando en mi cabeza lo de la madrugada, apenas puse atención en clase. Tenía clara la imagen de Mario asomado hacia mi puerta y luego escondiéndose de golpe cuando lo iluminé. Esa reacción no podía explicarse con nada normal. Esa noche me acosté tarde, repasando las notas de la universidad sin poder concentrarme. Miraba cada tanto la puerta, recordando lo de la madrugada anterior.

22:35 Revisé tres veces el seguro, coloqué la silla bajo la perilla y dejé la lámpara del celular en la mesita. Pasó la medianoche sin ruido alguno. A la una, cuando por fin empezaba a quedarme dormido, la perilla volvió a sacudirse con violencia. El sonido metálico me hizo saltar del colchón. Esta vez no eran movimientos cortos. La perilla giraba de un lado a otro como si intentaran arrancarla. Al mismo tiempo, comenzaron los golpes contra la puerta. La madera vibraba con cada embestida. Sentí que el seguro podía reventar en cualquier momento. Me acerqué a la puerta con la voz quebrada y grité que dejara de golpear. Le dije que se fuera, le dije muchas groserías, pero los golpes seguían, más fuertes, repetidos, como si quisiera tirarla de un empujón. La silla rechinaba al soportar la presión, el eco llenaba todo el cuarto.

23:31 Grité de nuevo, esta vez amenazando. Le dije que tenía un cuchillo conmigo, que si abría la puerta lo iba a usar. Era mentira, pero lo grité con todas mis fuerzas, esperando que sirviera. Hubo un último golpe, el más fuerte, y después nada. Todo quedó callado, como si nunca hubiera habido nadie allí. Me quedé con la lámpara encendida, apuntando a la puerta, con la pluma en la mano y el cuerpo temblando. No me atreví a moverme. la madrugada se hizo eterna cada crujido del edificio me hacía pensar que iba a escucharse otro golpe no pude dormir en lo que restaba de la noche no pasó nada más nadie volvió a tocar no se escucharon pasos ni puertas yo permanecí despierto hasta que amaneció con los ojos hinchados del cansancio y la garganta afónica por los gritos que di a las 7 escuché la puerta del cuarto de mario abrirse Pasó frente a la mía con pasos lentos. Giró la cerradura del departamento y bajó las escaleras. Lo escuché hasta que se perdió en el piso inferior. Esperé varios minutos antes de moverme. Empujé la silla con cuidado y giré el seguro. Abrí apenas unos centímetros para asomarme. El pasillo estaba vacío, iluminado por el mismo foco parpadeante. Miré hacia abajo y, en el centro de mi puerta, un poco más arriba de la mitad, había un cuchillo de cocina clavado en la madera. El mango sobresalía y la hoja estaba enterrada en diagonal, profunda, como si la hubieran

25:05 lanzado con fuerza. Me quedé quieto, con la puerta entreabierta. El pasillo seguía callado, sin señales de nadie. Cerré de nuevo y puse el seguro. Recogí mis cosas de inmediato. Metí la ropa en las maletas sin doblarla. Guardé los cuadernos. Revisé que nada quedara tirado. Salí con las maletas pesadas, bajando las escaleras rápido. Llegué a la calle y respiré por primera vez en toda la noche. Falté a clases varios días. Me hospedé en un cuarto improvisado, compartido, mientras buscaba otro lugar. No me importaba el costo ni la distancia. No pensaba regresar a ese edificio. Nunca supe si Mario intentaba asustarme, echarme del lugar o si había algo más en ese edificio que lo hacía comportarse así. No lo sé, pero siento que esa noche, si la puerta se hubiera abierto, ese muchacho me hubiera hecho daño o me hubiera matado.