Jan. 15, 2026

Una BRUJA Adentro De Mi Casa: La Noche Que Casi Se Llevan A Mi Hijo - Historias De Terror - REDE

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0:05 Lo recuerdo claro porque esa noche entendí que no era un ruido cualquiera. Mi bebé dormía en su cuna dentro del cuarto. Era un cuarto pequeño, pegado al pasillo, con una puerta de madera que ya tenía marcas viejas de uso. La casa era sencilla. Sala al frente, pasillo corto, cocina atrás. Casi todas las ventanas tenían protector de metal. Pero la ventana de la cocina solo tenía mosquitero y un seguro viejo, flojo, de esos que ya no cierran parejo. Eso lo sabía desde antes, pero lo había ido dejando para luego, por falta de tiempo, como siempre pasa. Esa noche, cuando todo se calmó y la casa quedó en silencio de verdad, el perro se metió debajo de la mesa y se quedó ahí. No se acostó normal. Se quedó tenso, con los ojos abiertos, mirando hacia la puerta, como si viera algo pegado a la madera. Yo primero pensé que había un gato en el patio o un mapache, porque a veces pasan. Me levanté despacio y me quedé quieto para escuchar bien. Lo que escuché fueron pasos. Eran pasos lentos, pegados a la barda del patio como si alguien caminara despacio para no hacer ruido, y aún así quisiera que se notara que estaba ahí. El sonido se acercó al lado de la sala. Me asomé con cuidado por una rendija de la cortina, y alcancé a ver siluetas encorvadas cerca de la ventana. No vi caras al principio, solo

1:38 vi cuerpos, espaldas encorvadas, y por la forma del cuerpo parecían mujeres viejas. No estaban solas, se movían en grupo, como si ya supieran en dónde estaba todo dentro de la casa. Me quedé mirando unos segundos y, en ese mismo momento, sonó el primer raspón en la puerta principal. No fue un golpe. Fue el arrastre de uñas largas contra la madera, lento, insistente, como si quisieran marcar el marco. El sonido era claro, parejo, y me dio un escalofrío porque se notaba que no era una rama. Yo me acerqué lo suficiente para ver y vi líneas nuevas, profundas, recién hechas, una al lado de la otra. La madera clara se asomaba por debajo de la pintura. Al mismo tiempo, se oyó una risa vieja, áspera, que se cortaba y volvía, como burla. No era una risa de alguien platicando. Era una risa dirigida, como si supieran que yo estaba ahí, pegado a la puerta escuchándolas. Me quedé quieto, agarré aire y me obligué a pensar en lo único importante, mi bebé.

2:46 Me fui directo al cuarto. La luz del pasillo estaba apagada, pero en el cuarto entraba un poco de claridad de la calle por la rendija de la ventana, suficiente para ver la forma de la cuna. Mi bebé dormía, con la respiración pareja. Me acerqué y le toqué el pecho con la punta de los dedos para confirmar que estaba bien. Ahí mismo le hablé a mi pareja en voz baja y le pedí que lo cargara y se quedara con él, pegada a la pared del lado más seguro del cuarto, lejos de la ventana de la cocina y lejos del pasillo. Ella se levantó de inmediato, lo cargó y lo abrazó fuerte, sin moverse de más. Yo regresé a la sala y empecé a revisar con la mano cada chapa. Revisé la puerta principal, el seguro y el pasador. Revisé la puerta trasera, las ventanas con protector, y jalé el metal para asegurarme de que no estuviera flojo. En ese momento, los rasguños se movieron. Se escucharon en otra parte de la casa, no en la puerta. Se escucharon en una ventana, luego en otra, y así se fueron moviendo de un lado a otro, ventana por ventana, como si estuvieran midiendo en donde cedería primero. La risa volvió. más cerca de la sala, y luego se escuchó otra voz, como un murmullo ronco, como si hablaran entre ellas con palabras que yo no entendía bien. No era una conversación normal, era un sonido

4:17 bajo que me heló la espalda porque venía de dos lados al mismo tiempo. Yo me quedé en medio de la casa, con el cuerpo listo para correr al cuarto si algo cambiaba. El perro seguía debajo de la mesa y no sacaba la cabeza. El aire adentro de la casa olía a polvo y a humedad, pero de pronto entró un olor distinto por debajo de la puerta. Era un olor muy denso y dificultaba el respirar. Era un olor que aún no puedo describir. En ese punto ya no había duda, no eran personas pidiendo ayuda y no era un animal. Las ancianas que estaban afuera estaban rodeando la casa, probando las entradas y buscando por dónde. Y lo más claro fue esto, se estaban moviendo hacia el lado de la cocina y el pasillo, justo al lado donde estaba el cuarto del bebé. Eso ya no era casualidad, era un intento dirigido. Las que estaban afuera ya habían elegido el lado de la cocina y el pasillo, y mi bebé estaba a pocos metros de ese acceso. Yo me quedé parado, escuchando uñas en la madera, esperando el momento en que intentaran cruzar de verdad. La presión subió rápido y en la sala se escucharon tres raspones seguidos sobre el vidrio, uno detrás de otro, como si alguien estuviera probando la resistencia del cristal. Me acerqué con cuidado, sin pegar la cara, y alcancé a verla por la

5:47 parte donde la cortina dejaba una rendija. Era una cara de anciana pegada a la ventana, con la piel caída, los ojos abiertos de más y una sonrisa torcida. Tenía la frente manchada y la nariz como húmeda, como si hubiera estado respirando pegada al vidrio. Se quedó ahí, quieta, sosteniéndome la mirada. En cuanto la miré fijo, soltó una risa más alta. Era una risa que puedo describir como demoníaca, de esas que se sienten en la piel. Y me recorrió un miedo total. La risa no se quedó en un solo tono. Subía y bajaba, como si se quebrara y volviera. y en medio de ese ruido escuché un raspón más, ahora con uñas arrastrándose sobre el marco, buscando la parte más débil. Yo sentí el impulso de apartarme rápido, pero no lo hice, y me obligué a moverme con calma para no perder el control. Di dos pasos hacia la cocina porque el mosquitero vibró con un jalón fuerte, se oyó el metal del marco golpear contra la pared, y luego el seguro viejo hizo un tronido corto. como cuando una pieza cede por desgaste. Ese sonido fue distinto a todo lo anterior. Ya no era una amenaza desde afuera.

7:03 Ahora el sonido era de entrada. Me fui directo al pasillo. Le hablé a mi pareja en voz baja para que se encerrara en el cuarto con el bebé y se quedara pegada a la pared más segura. Le pedí que lo cargara y se quedara lista para moverse dentro del cuarto si yo lo decía. Ella lo hizo al instante. Cerró la puerta y puso el pasador. Se quedó con el bebé cargado, con la espalda pegada a la pared. Yo regresé a la sala, me asomé hacia la cocina y vi la sombra pegada a la ventana, moviéndose por el marco. Afuera, en la puerta principal, los rasguños seguían, pero ya no eran lentos, se escuchaban más rápidos, como si varias uñas estuvieran raspando al mismo tiempo. En una ventana del costado se oyó el protector vibrar, como cuando lo patean o lo sacuden con fuerza. Los sonidos ya no estaban separados, ya se sentía la casa rodeada, presionada por varios lados. En la casa había un arma guardada por seguridad. No estaba exhibida ni a la mano en la sala. Estaba guardada en un lugar fijo. Fui por ella sin hacer movimientos inútiles. La tomé con cuidado, la cargué y regresé al pasillo. Me quedé ahí, con vista hacia la cocina y con la puerta del cuarto detrás de mí. Esa posición la elegí por lógica. Si alguien entraba por la cocina, tenía que cruzar el pasillo para llegar al cuarto, y yo no iba a permitir que

8:34 lo cruzara. La risa de la anciana afuera volvió, pero ahora se mezcló con otras risas, más bajas, como si hubiera dos o tres riéndose al mismo tiempo. En el patio se escucharon pasos que corrían y se detenían. se oía el roce de tela en la barda como si se pegaran a la pared para moverse sin ser vistas y en la puerta principal se escuchó un golpe más fuerte como un hombro o un cuerpo empujando entonces pasó lo que yo ya temía se escuchó el marco de la ventana de la cocina crujir un crujido largo y luego el sonido del mosquitero jalado hacia adentro después se oyó algo que no se confunde uñas tocando el piso no fue un paso con zapato Fue un arrastre corto, como cuando una mano cae y las uñas raspan el piso primero. Luego se oyó el peso del cuerpo acomodándose dentro de la cocina. Entró una, no corrió, y caminó lento, como si ya conociera el camino. Los pasos eran suaves, pero se escuchaban porque arrastraba las uñas en ratos, como si le gustara dejar marcas. La risa se oyó ya dentro de la casa. más cercana, más clara, como si la trajera pegada a los oídos. Era una risa rota, con un sonido que me recordaba a las películas de terror que había visto. Era un sonido demoníaco, como si tuviera la boca seca y aún así quisiera reírse. La

10:04 sombra cruzó el borde del pasillo, y ahí la vi mejor. Era una figura encorvada, con el cabello largo y sucio pegado a la cara. La cara no se veía joven, se veía como piel envejecida, marcada con un brillo raro en los ojos, como si no parpadeara igual que una persona normal. Sus manos iban un poco levantadas, con uñas largas, oscuras, y en las puntas se alcanzaba a ver lo que parecía tierra pegada. Se detuvo un segundo, como si oliera el aire, y su cabeza giró hacia el lado del cuarto. Esa fue la prueba final de lo que buscaba. No venía por la cocina, no venía por la sala, venía por mi bebé. Dio un paso hacia mí con esa misma calma, como si su intención no tuviera prisa, porque sentía que ya estaba adentro. Yo no me moví hacia atrás, me quedé firme en el pasillo con el arma lista cuidando la puerta del cuarto. Afuera siguieron los rasguños en la puerta y en las ventanas, más rápidos, como si ya supieran que una había entrado y las otras estaban presionando, para que todo ocurriera de una vez. Una bruja ya estaba dentro de mi casa, mi bebé estaba encerrado a pocos metros, y yo estaba parado en el pasillo, para que esa mujer no cruzara hacia la puerta del cuarto.

11:28 Arrastró las uñas por la pared del pasillo y dejó líneas profundas, oscuras en las puntas, como si fueran parte de un arma. Venía encorvada, con el cabello pegado a la cara, y esa risa le salía en pedazos, subía y bajaba, como burla fija. Su cara de anciana se quedó apuntando hacia la puerta del cuarto, con la boca estirada en una sonrisa que no se apagaba, y dio otro paso, lento, directo, como si ya supiera a dónde iba. Yo me mantuve plantado en el pasillo con el arma lista, cuidando que no se acercara a la puerta del cuarto. Detrás de esa puerta mi pareja tenía al bebé cargado. Yo, aunque tenía mucho miedo, debía proteger a mi esposa y a mi bebé. Y justo cuando la bruja levantó la mano hacia la madera, buscando el borde de la puerta, la bruja avanzó directo hacia el cuarto. No venía mirando el suelo ni buscando salida, venía enfocada. En el camino arrastró las uñas por la pared del pasillo nuevamente y dejó líneas profundas marcadas, como si hubiera pasado un metal afilado.

12:38 Esas marcas quedaron ahí, y por eso siempre digo que no fue una idea mía, pues la pared se abrió en surcos, con la pintura levantada y el yeso expuesto. Le apunté y le di una orden firme para que se detuviera. Se notó que me escuchó, porque levantó la cara y me sostuvo la mirada, y aún así siguió avanzando con el mismo paso lento. Metió la mano hacia adelante como si quisiera tocar el aire, como si ya se imaginara abriendo esa puerta. La risa cambió, se volvió más corta, más segura, como si supiera que yo iba a dudar. Pero yo no podía dudar, y cuando dio el paso que la acercaba a la puerta del cuarto...

13:23 Disparé para detenerla antes de que llegara al bebé. El disparo retumbó en el pasillo y me dejó zumbando los oídos. La herida fue fuerte y la bruja cayó de lado, golpeó el piso con el hombro y se retorció con las manos clavadas en el suelo. Las uñas arañaban el piso y la pared al mismo tiempo, dejando marcas nuevas, como si quisiera arrastrarse aunque el cuerpo ya no le respondiera. La risa siguió, pero ya no sonaba como burla limpia. Sonaba rota, mezclada con un jadeo áspero. Intentó incorporarse dos veces. La primera se levantó a medias y se volvió a caer. En la segunda logró ponerse sobre una rodilla, pero el peso la venció y quedó recargada en la pared, manchándola.

14:10 Aún así, la cabeza seguía girando hacia la puerta del cuarto, como si el objetivo siguiera ahí, como si nada más existiera eso. Afuera se soltó el ruido de las otras. No fue un solo golpe. Fueron golpes fuertes en la puerta principal, seguidos de uñas raspando madera con desesperación. En el patio se escucharon pasos corriendo, y en una ventana del costado, el protector vibró como si lo sacudieran con fuerza. Duró poco, pero se sintió pesado. Yo me quedé en mi sitio, apuntando hacia el piso del pasillo, cuidando que la bruja no se levantara y cuidando que nadie más entrara por la cocina. Le hablé a mi pareja en voz baja para que se mantuviera adentro, con el bebé cargado, sin abrir por nada la puerta. Ella me contestó igual de bajo, confirmando que estaba bien, y el bebé soltó un llanto corto, como de susto por el ruido. Eso me apretó el pecho, pero me mantuve en lo mío.

15:09 y mi prioridad era el pasillo para protegerlo. La bruja seguía viva, se quejaba por lo bajo, y en ratos se le salía una risa breve, como si se obligara a reírse aunque le doliera. El olor se volvió más fuerte, tierra mojada, sudor rancio y ropa guardada. En su cabello traía pedazos pequeños de hojas secas y polvo pegado. Yo marqué a emergencias y también llamé a un vecino que vivía cerca. porque sabía que las autoridades tardan y yo necesitaba que alguien más supiera lo que estaba pasando. Mientras esperábamos, el ruido afuera se fue alejando. Se escucharon pasos que se iban por la barda y luego el patio quedó quieto.

15:55 El perro salió de debajo de la mesa y se pegó a la puerta del cuarto, sin ladrar, respirando rápido. Cuando llegaron las autoridades, entraron con cuidado. Yo les señalé la cocina primero, Vieron el mosquitero arrancado, el marco forzado y el seguro viejo torcido. En la sala vieron marcas de uñas en la puerta y en el marco de una ventana. Y en el pasillo vieron los surcos en la pared, largos, profundos, recientes. Y vieron a la bruja ahí mismo, viva pero muy herida, con las uñas largas abiertas sobre el piso. La revisaron. Le pusieron seguro en las manos y en los pies. Ella se resistió poco por la herida, pero la mirada seguía dura. En un momento intentó levantar la cabeza hacia mí y hacia la puerta del cuarto, y ahí fue cuando me dejó claro de forma directa que iba a volver. No lo dijo como amenaza vacía, lo dijo como quien avisa algo que ya decidió. Yo lo entendí por el tono, por la forma en que lo sostuvo y por la insistencia con la que miraba hacia donde estaba mi bebé. Se la llevaron en camilla, pero la amarraron bien y en el camino hacia la salida soltó otra risa corta y luego se quedó respirando pesado, con la cara manchada, sin quitar los ojos del interior de la casa. Afuera, ya con ellos, vi huellas en la tierra cerca de la barda, Eran

17:25 marcas raras, como de pies descalzos, y también había rayones en una puerta de lámina del patio, como si la hubieran tocado con uñas. Cuando por fin todo se calmó, yo fui al cuarto. Mi pareja seguía con el bebé cargado, temblando del cansancio, pero sin soltarlo. Revisé al bebé, estaba bien, y lo arrullamos hasta que volvió a dormirse. Nadie celebró nada, pues lo que hicimos fue actuar rápido y sostener la casa hasta que llegó la ayuda. Al día siguiente, sellamos la ventana de la cocina, cambiamos chapas, pusimos protector también ahí y reforzamos la puerta principal. Aún así, tomamos la decisión de irnos de esa casa en cuanto pudimos, no porque siguiera pasando algo, sino porque esa noche ya habían marcado el lugar. La promesa de esa bruja Se me quedó metida como un recuerdo que no se borra. No volvió a entrar nadie. No se repitió el ataque. Lo que quedó fue lo que yo vi con mis propios ojos.

18:29 Una casa rodeada, uñas en madera y vidrio, y una mujer con cara de anciana caminando directo hacia el cuarto donde dormía mi bebé.