Su Madre Era La BRUJA Mayor Y Usó Mi Alma Para Alargar Su Vida - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 En 2019 me mudé al sur del paÃs para estudiar arquitectura. VenÃa de un pueblo pequeño y aunque la ciudad no era tan grande como las del norte, el cambio se sentÃa. No conocÃa a nadie ni tenÃa familiares cerca, asà que pasé las primeras semanas buscando dónde vivir. Los cuartos para estudiantes estaban todos ocupados o eran demasiado caros. hasta que encontré un anuncio pegado en la entrada de la universidad. DecÃa, habitación en casa familiar, céntrica, con comida incluida y precio accesible. Llamé al número y me atendió una mujer con voz suave que se presentó como Doña Mireya. Me citó esa misma tarde para conocer el lugar. La casa estaba a unas diez cuadras del centro, en una calle tranquila con árboles viejos y casas de teja. Era una construcción de dos pisos, con paredes de color crema descascaradas por la humedad.
1:04 la fachada tenÃa rejas altas y un zaguán de madera me pareció un lugar seguro y además el precio era justo doña mireya tendrÃa unos 50 años cabello negro con canas y piel muy pálida como si no tomara el sol me recibió con una sonrisa amable y me mostró la habitación era pequeña pero limpia con una cama individual un escritorio de madera y una ventana que daba al jardÃn trasero desde ahà se veÃa un pozo cubierto con una tapa de cemento y rodeado de plantas habÃa un olor constante a tierra mojada y hierbas como si acabaran de regar Acepté quedarme sin pensarlo mucho. Ella me explicó que vivÃa sola, que la casa habÃa sido de sus padres y que rentaba cuartos a estudiantes cada semestre. IncluÃa la comida y el lavado de ropa, y solo pedÃa que no hiciera fiestas ni recibiera visitas. Eso me pareció razonable.
2:05 los primeros dÃas todo fue normal doña mireya me preparaba el desayuno antes de irme a clases y por las noches solÃa servirme un té para el cansancio siempre olÃa igual una mezcla entre canela y algo amargo que no podÃa identificar A veces hablábamos un poco en la mesa del comedor, pero la mayorÃa del tiempo ella se quedaba en la cocina, revisando frascos o cortando plantas. La casa era silenciosa, los únicos sonidos venÃan del reloj del pasillo y del agua que corrÃa en una pequeña fuente del jardÃn. El pasillo principal era largo, con piso de mosaico desgastado y paredes con grietas que habÃan sido pintadas encima varias veces.
2:50 A mitad del pasillo habÃa un espejo colgado, grande y antiguo, con el marco de madera tallada. No reflejaba bien la luz, como si el vidrio estuviera empañado por dentro. Con el paso de las semanas empecé a notar que me sentÃa cansado todo el tiempo y dormÃa más de lo habitual me costaba concentrarme en clase y habÃa bajado de peso sin proponérmelo pensé que era por el cambio de clima o por la presión de la escuela asà que no le di importancia pero un dÃa al mirarme en el espejo del pasillo Noté que tenÃa las ojeras hundidas y la piel más pálida. Doña Mireya me dijo que eso era normal, que el cuerpo se estaba acostumbrando al lugar y que tomara más té por las noches. A veces en la madrugada escuchaba pasos en la casa. No eran fuertes, sino lentos, medidos, como si alguien caminara descalzo sobre el mosaico.
3:49 La primera vez pensé que era ella revisando algo, pero los pasos se detenÃan justo frente a mi puerta, y permanecÃan ahà un rato, sin moverse, luego se alejaban hacia el fondo donde estaba el jardÃn. Pero nunca me animé a asomarme. Un sábado decidà limpiar mi cuarto a fondo, movà la cama y el escritorio. barrà debajo de todo y encontré una fina capa de polvo mezclada con hojas secas en la pared detrás del escritorio habÃa un espejo viejo apoyado de lado El vidrio estaba rajado y cubierto por una tela. Supuse que no servÃa, asà que lo movà con cuidado para sacarlo. Pero el marco se soltó y el espejo se partió en dos cayendo al suelo.
4:37 El ruido fue tan fuerte que Doña Mireya apareció de inmediato. Entró casi sin respirar, me apartó del espejo y comenzó a recoger los pedazos con las manos. Me dijo con voz temblorosa que ese espejo no se tocaba, que debÃa dejarlo ahÃ. Intenté disculparme, pero ella no me escuchó. Juntó los fragmentos en una bolsa y se los llevó al fondo del pasillo. Desde la puerta la vi inclinarse sobre el pozo tapado, pero no alcancé a ver qué hacÃa. Esa noche cenamos en silencio. No quiso hablar del tema y me sirvió el té de siempre. insistiendo en que lo debiera completo tenÃa un sabor más fuerte casi amargo y me dijo que dormirÃa mejor y que al dÃa siguiente pondrÃa otro espejo en mi cuarto no insistà pues estaba cansado y sólo querÃa acostarme apague la luz y poco después escuché los mismos pasos de siempre pero más cercanos lentos y arrastrados pasaron frente a mi puerta y se detuvieron unos segundos después escuché un sonido que me heló la sangre algo duro como un pedazo de cristal arrastrándose por el suelo del pasillo el ruido iba y venÃa como si lo empujaran de un extremo al otro me levanté despacio y miré por la rendija de la puerta pero el pasillo estaba casi a oscuras solo iluminado por la luz amarillenta del jardÃn que entraba por el
6:08 ventanal en el suelo alcancé a ver un destello un fragmento de espejo que se movÃa solo como si el vidrio estuviera vivo me quedé inmóvil sin atreverme a abrir el fragmento se detuvo frente a mi puerta y aunque no lo veÃa completo jurarÃa que dentro del vidrio se reflejaba algo que no estaba ahà una mano blanca apoyada del otro lado del cristal esa fue la primera noche que no dormà decidà quedarme pues si me iba perderÃa el semestre y tendrÃa que volver a mi pueblo sin haber logrado nada pensé que todo lo raro que pasaba era simple sugestión que el cansancio y la mala alimentación me estaban jugando en contra me convencà de que necesitaba tiempo para adaptarme A partir de esa decisión, todo se volvió más extraño. Cada noche, después de beber el té que doña Mireya me servÃa, tenÃa el mismo sueño. Un cuarto oscuro donde alguien respiraba con dificultad. No veÃa su rostro.
7:14 Solo el movimiento lento del pecho subiendo y bajando, como si el aire le pesara. El sonido era tan real que a veces despertaba agitado, seguro de haber escuchado esa respiración dentro de mi cuarto. Mi cuerpo comenzó a deteriorarse con rapidez. El cabello se me caÃa a mechones. Cada vez que me bañaba, la piel se me volvió tan pálida que podÃa ver las venas azules en los brazos, y las costillas se me marcaban como si hubiera pasado semanas sin comer. Intentaba estudiar, pero no lograba concentrarme. A veces me descubrÃa viendo el mismo punto de la pared durante minutos, sin recordar lo que estaba pensando. Doña Mireya me aseguraba que era solo debilidad. Me repetÃa que debÃa tomar todo el té y descansar, que pronto me sentirÃa mejor.
8:07 Su voz era suave, pero habÃa algo en su mirada que me incomodaba. como si esperara algo de mà en el fondo del pasillo el espejo que habÃa roto ya no estaba ella me dijo que lo habÃa llevado a restaurar aunque me pareció extraño que lo mencionara con tanta calma después del enojo que tuvo aquel dÃa Una mañana, mientras salÃa rumbo a la universidad, me crucé con un hombre mayor que vivÃa en la casa de al lado. Era carpintero y siempre olÃa a barniz. Me saludó y me preguntó si estaba rentando con la señora Mireya. Cuando respondà que sÃ, se quedó en silencio unos segundos y luego me dijo,« Tenga cuidado, muchacho. Esa mujer ha tenido muchos inquilinos, pero ninguno dura más de tres meses». No quise darle importancia, pero esas palabras se me quedaron grabadas.
9:01 Esa misma tarde, mientras regresaba a la casa, noté que las ventanas estaban cerradas y que el olor a hierbas era más fuerte que nunca. Doña Mireya no estaba. HabÃa salido al mercado según la vecina del frente. Decidà aprovechar para revisar su habitación. La puerta estaba apenas cerrada. Dentro olÃa a humedad y a algo más. una mezcla de cera y hierbas secas. HabÃa frascos en repisas, algunos con lÃquidos oscuros, otros con cabello enredado. En una mesa encontré montones de ropa doblada, de distintos tamaños y estilos, claramente de personas jóvenes. Junto a eso, una caja de madera con fotografÃas. La saqué una por una. La mayorÃa mostraba rostros que no conocÃa, hombres y mujeres, todos con la misma expresión cansada. En una de las últimas fotos aparecÃa yo, dormido, con la cabeza girada hacia la ventana. La imagen habÃa sido tomada desde dentro de mi habitación, lo que significaba que alguien habÃa estado ahà mientras dormÃa. Sentà un frÃo recorrerme entero. Al fondo de la habitación vi algo que me dejó sin aire. Era el espejo que habÃa roto, pero ahora estaba de pie, pegado con cera amarillenta y cinta en los bordes. El vidrio parecÃa limpio, pero no reflejaba mi imagen. En lugar de eso, mostraba otra habitación,
10:32 una cama metálica, una lámpara colgando del techo y una mujer muy vieja, inmóvil, con tubos improvisados en la nariz y los brazos. Me acerqué lentamente, intentando entender lo que estaba viendo. La anciana respiraba con dificultad, igual que en mis sueños. Cuando estiré la mano para tocar el vidrio, un dolor agudo me atravesó el pecho. Sentà que el aire me faltaba y tuve que apoyarme en la pared. En ese instante, escuché una voz detrás de mÃ.« No debiste mirar», dijo doña Mireya, parada en la puerta. la vi avanzar con una calma que me paralizó sus ojos brillaban con una luz rojiza que el cuarto no tenÃa me tomó del hombro y me obligó a girar hacia el espejo la vida no se desperdicia me susurró al oÃdo se comparte le pregunté qué significaba eso y ella señaló la imagen de la anciana mi madre ella me dio su vida cuando la mÃa se agotaba ahora tú me ayudas a mantenerla con lo que ya no usas« No te hace falta, solo te quita lo que te sobra».
11:39 Intenté apartarme, pero el cuerpo no me respondÃa. Todo el aire se me fue de golpe, como si me estuvieran exprimiendo los pulmones. Ella me sujetó por detrás de la cabeza, obligando a mirar el espejo. La anciana del reflejo respiraba con más fuerza, mientras yo apenas podÃa mantenerme de pie. Doña Mireya murmuraba algo, una oración o un cántico. y cada palabra hacia que mi vision se nublara vi mi propio reflejo mezclarse con el de la anciana como si los dos estuviéramos en el mismo lugar el espejo empezó a temblar y senti que me tiraba hacia adentro como si me succionara Saqué fuerzas de donde pude y la empujé.
12:24 Corrà hacia la puerta, tropezando con los frascos y las fotos. El pasillo estaba más oscuro que nunca, el aire espeso, imposible de respirar. Intenté alcanzar la salida, pero cada paso pesaba el doble. Doña Mireya gritó mi nombre desde el fondo con una voz tan ronca que ya no parecÃa humana. Sentà que me alcanzaba el aire caliente de su respiración en la nuca. Logré llegar al final del pasillo, pero el cuerpo me falló. Caà frente al espejo que colgaba en el muro. No sé cómo llegó ahÃ, pero estaba entero. Me miré y vi algo que me heló la sangre. Mi reflejo era transparente, como si la luz pasara a través de mÃ. Alcancé a ver la pared del fondo, detrás de mi figura, y mis ojos se veÃan apagados, sin color. el pecho me dolÃa tanto que no podÃa gritar lo último que recuerdo fue ver cómo la imagen del espejo se oscurecÃa y cómo la silueta de la anciana del reflejo se enderezaba en su cama respirando con fuerza mientras yo me iba desvaneciendo poco a poco Desperté en un hospital. La luz blanca me lastimaba los ojos y el olor a desinfectante era tan fuerte que me dieron arcadas. Tardé unos segundos en reconocer dónde estaba. Mi madre estaba sentada a un lado de la cama, con la mirada perdida y las manos temblorosas. Cuando me vio abrir los ojos, se cubrió la cara y empezó a llorar.
13:56 Me tomó del brazo y su tacto era cálido, como si intentara comprobar que seguÃa vivo. Me contó que me habÃan encontrado tirado frente a la entrada de una casa abandonada. Según los paramédicos, estaba deshidratado y con el pulso tan débil que pensaron que no sobrevivirÃa. Dijo que la policÃa habÃa revisado la vivienda, pero no encontraron a ninguna mujer, ni muebles, ni fotos, ni señales de que alguien viviera ahÃ. Solo una habitación vacÃa con el piso cubierto de polvo y un espejo roto apoyado contra la pared. No entendÃa cómo habÃa llegado hasta ese lugar. Recordaba el pasillo, el espejo, el dolor en el pecho y la voz de doña Mireya repitiendo que la vida se comparte. Pero después todo era confuso. Cuando intenté explicarlo, mi madre me pidió que no hablara más, que descansara. En su rostro habÃa una mezcla de miedo y alivio. pasé más de una semana internado la verdad no podÃa moverme con facilidad y a veces me despertaba gritando por pesadillas que no recordaba los médicos dijeron que mi cuerpo estaba en un estado de agotamiento extremo aunque no habÃa señales de lesiones ni enfermedades No sabÃan explicar cómo habÃa llegado a ese punto. Me alimentaban con suero, y cada vez que me traÃan un espejo para afeitarme, lo rechazaba, pues no soportaba verme. Cuando por fin me dieron de alta, regresé a casa con
15:28 mis padres. Los primeros dÃas fueron tranquilos, pero algo dentro de mà no estaba bien. Cada vez que pasaba frente a un espejo, sentÃa que me observaban. No era una sensación común, era una mirada que venÃa del otro lado, fija, esperando. En una ocasión, al lavarme las manos, vi que mi reflejo no hacÃa el mismo movimiento que yo. Se demoró apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente para soltar el jabón y salir del baño con el corazón acelerado. Intenté continuar con mi vida, volvà a estudiar, retomé mis clases y traté de convencerme. de que todo habÃa sido producto del estrés o de alguna enfermedad temporal mis amigos decÃan que me veÃa mejor aunque insistÃan en que seguÃa demasiado pálido yo evitaba los espejos todo lo posible cubrà el del baño con una toalla y el del ropero lo quité por completo dormÃa con las luces encendidas porque en la oscuridad me parecÃa escuchar respiraciones que no eran las mÃas tres meses después una noche en la terminal de autobuses algo volvió a removerlo todo estaba esperando a un compañero que llegaba de otra ciudad y mientras revisaba el horario de llegadas la vi a lo lejos entre la gente una mujer empujaba una silla de ruedas su andar era lento y cuidadoso La iluminación del lugar era amarillenta, pero reconocà su silueta sin dudarlo. TenÃa el cabello recogido
17:02 en un moño y vestÃa igual que siempre. Blusa clara, falda larga y un suéter gris sobre los hombros. En la silla iba una anciana cubierta con una manta blanca. No se veÃa su rostro, pero el temblor del brazo que asomaba me resultó familiar. Me quedé paralizado. La mujer levantó la vista y aunque estaba lejos, su mirada me encontró. Era doña Mireya. Sentà el mismo mareo que aquel dÃa en el pasillo. El pecho se me apretó y el aire se volvió espeso. Me apoyé en una columna, intentando no caer. Vi cómo ambas se dirigÃan hacia el andén, donde un autobús encendÃa sus luces para salir. En el letrero del destino alcancé a leer el nombre de otra ciudad del sur. Ella no apartaba la vista de mÃ, como si supiera que la estaba viendo. El sonido del motor del autobús llenó la terminal. Vi cómo subÃa primero la anciana y luego doña Mireya, ayudándola con cuidado. Antes de que la puerta se cerrara, giró ligeramente la cabeza.
18:07 No sonrió ni hizo gesto alguno, solo me observó unos segundos más. El mareo fue tan fuerte que tuve que sentarme. y cuando me levanté el autobús ya se habÃa ido durante los dÃas siguientes no pude dormir pues cada vez que cerraba los ojos veÃa el reflejo de la anciana respirando detrás del vidrio comencé a tener fiebre sin causa aparente y un zumbido en los oÃdos que aparecÃa siempre que pasaba cerca de un espejo mis padres pensaban que estaba paranoico y la verdad yo ya no estaba seguro de nada Con el tiempo logré estabilizarme o al menos aparentarlo.
18:48 Terminé la carrera y traté de dejar todo atrás. Me mudé a otra ciudad, cambié de número, de correo, de todo. Pero el reflejo nunca se fue. Los espejos no me devuelven la misma imagen que antes. Mi piel se ve más blanca, mis ojos más apagados y cuando estoy cansado mi reflejo parece más vivo que yo. Una vez, al cepillarme los dientes, juré ver cómo el reflejo me observaba antes de que yo levantara la mirada. No sé si fue imaginación o si de verdad lo hizo primero, pero, desde entonces, evito mirarme por completo. Han pasado años desde aquello. No volvà a saber nada de doña Mireya, ni de la casa, ni de nadie que la conociera. La policÃa cerró el caso sin explicación. A veces pienso que la mujer del espejo, la que respiraba en mis sueños, sigue viva gracias a mÃ, sostenida por lo que me quitó aquella noche. Nunca volvà a sentirme igual. TodavÃa sueño con pasillos oscuros, con pasos arrastrados y con el sonido del cristal deslizándose por el suelo. Despierto sudando, con el pecho pesado y la sensación de que me falta algo, aunque no sepa qué. No sé qué fue lo que me quitó, pero estoy seguro de que no lo he recuperado. VivÃa en un edificio de tres pisos en una colonia vieja del oriente de la ciudad. Estudiaba diseño gráfico en una
20:19 universidad pequeña a unas cuadras del centro. En mi grupo habÃa varios compañeros que hablaban con naturalidad de brujerÃa, astrologÃa y cosas que para mà eran más curiosidades que creencias. Lo mencionaban con tanta seriedad que terminé prestando atención. Entre ellos destacaba Marcos, un tipo callado, de mirada fija, que llevaba un anillo negro en el dedo medio y siempre olÃa a incienso. Una tarde, mientras esperábamos entrar a clase, me preguntó si querÃa acompañarlos a una reunión en el centro histórico. Dijo que era una especie de cÃrculo de estudio espiritual. donde se compartÃan conocimientos antiguos sobre el alma y la energÃa humana. Acepté sin pensarlo mucho. No creÃa en esas cosas, pero la manera en que lo decÃa despertaba cierta curiosidad. Me dio la dirección en una hoja y solo agregó que fuera puntual a las nueve. Esa noche salà de casa caminando. El edificio estaba entre locales cerrados con un portón metálico medio oxidado. Sonaba música lejana de los bares de alrededor y el aire olÃa a humedad y a basura vieja. Toqué la puerta y Marcos abrió sin decir nada. Subimos por una escalera angosta que crujÃa en cada paso. Al llegar a la azotea me sorprendió la escena. HabÃan formado un cÃrculo con velas negras sobre el cemento y en el centro habÃa varias bolsas pequeñas,
21:51 cada una cerrada con un hilo rojo. El olor era fuerte, una mezcla de alcohol con hierbas quemadas. HabÃa cinco personas más. Todos estaban en silencio mirando hacia el centro del cÃrculo. Una mujer de piel muy blanca y brazos cubiertos de tatuajes encendÃa las velas mientras murmuraba palabras en un idioma que no reconocÃ. el humo se levantaba denso como si el aire se espesara marcos me entregó una bolsa igual a las otras y dijo que debÃa poner algo personal dentro revisé mis bolsillos sin saber qué dejar hasta que saqué una moneda de diez pesos y la metà me senté junto a los demás sintiendo el calor de las velas en la cara nadie hablaba pero el sonido lejano de los autos parecÃa encajar con el ritmo lento de los rezos la mujer tomó un trozo de tiza blanca y comenzó a trazar sÃmbolos alrededor del grupo dibujando una especie de marco en el suelo. Se movÃa despacio, concentrada, murmurando entre dientes. Cuando terminó, apagó las velas una por una, dejando solo el resplandor de la ciudad que se filtraba por los bordes. Dijo una frase corta, en voz firme.
23:06 No entendà lo que significaba, pero en cuanto la pronunció, sentà un escalofrÃo recorrerme la espalda. Todo quedó a oscuras y nadie se movió. Por unos segundos escuché respiraciones profundas y el leve sonido de algo arrastrándose en el suelo. Giré la cabeza hacia el centro del cÃrculo. Las bolsas estaban inmóviles, o eso creà al principio. Luego noté un movimiento leve, como si el aire dentro se contrajera y expandiera lentamente. Pensé que era mi vista adaptándose a la oscuridad, pero no. Una de ellas se levantó apenas unos centÃmetros y volvió a caer. Marcos encendió una linterna pequeña y el grupo comenzó a levantarse en completo silencio. La mujer tatuada recogió las bolsas y las guardó en una caja de madera. Dijo que el primer paso estaba cumplido y que el resto se harÃa cuando el cÃrculo volviera a reunirse.
24:06 Bajamos en fila por la misma escalera. En la calle el ruido de los carros me pareció más fuerte que antes. Marcos me dio una palmada en el hombro y me dijo que pronto entenderÃa lo que habÃa pasado. Me fui caminando hasta mi casa, con el olor a hierbas y alcohol pegado en la ropa. Al llegar me senté en la cama. Y traté de convencerme de que solo habÃa sido una especie de juego. Pero mientras me quitaba los tenis, sentà el bolsillo más pesado. Saqué la moneda que habÃa dejado en la bolsa. Era la misma, pero tenÃa una capa verdosa sobre la superficie, como si se hubiera oxidado de golpe. Guardé la moneda en el cajón del buró, cerré la ventana y apagué la luz. Me costó trabajo dormir, pues cada vez que cerraba los ojos recordaba el movimiento leve de las bolsas en el suelo y la sensación de que por un instante algo respiraba entre nosotros. Pasaron cinco dÃas desde aquella noche en la azotea y no logré dormir bien en ninguno. Me despertaba varias veces con la sensación de que alguien caminaba dentro del cuarto. A veces creÃa escuchar el sonido de una bolsa arrugándose, como si alguien jugara con una dentro del closet. Además, comencé a marearme sin razón, incluso sentado. No tenÃa hambre y cualquier ruido fuerte me hacÃa doler la cabeza. Pensé en ir al médico, pero lo dejé pasar. Una tarde, mientras salÃa de la universidad, vi que Marcos me esperaba junto
25:38 al portón. Me saludó con una sonrisa forzada y me dijo que ya habÃa sido aceptado, que la primera noche solo fue una prueba y que si querÃa continuar debÃa asistir a la segunda reunión. Dudé en contestar, pues no sabÃa si seguir o fingir que todo me parecÃa una broma. pero algo en su manera de hablar me convenció. Dijo que la reunión serÃa el viernes en otro edificio más grande y que esta vez debÃa llevar una vela con mi nombre escrito. El viernes llegué 15 minutos antes. El edificio estaba sobre una avenida transitada con una fachada descuidada. Desde afuera se veÃan las luces del tráfico reflejándose en los ventanales.
26:23 al subir al último piso el ambiente cambió por completo en la entrada habÃa incienso encendido y un olor penetrante a alcohol en el centro del salón un grupo más numeroso formaba un cÃrculo alrededor de una mesa todos tenÃan velas con sus nombres escritos en marcador negro la mujer de los tatuajes a la que ahora todos llamaban la guÃa daba instrucciones dijo que nadie debÃa romper el cÃrculo bajo ninguna circunstancia su voz era firme acostumbrada a mandar nos hizo colocarnos de pie cada uno frente a su vela habÃa más de una docena de personas y en el centro sobre una tela negra habÃa botellas frascos y un cuenco metálico lleno de lÃquido oscuro Vi como la mujer vertÃa en ese cuenco una mezcla de alcohol con sangre animal. Lo supe por el olor metálico que se esparció en el aire. Dijo que con eso se abrÃa el paso, que era la forma de convocar al vÃnculo.
27:25 Algunos tragaron saliva y otros cerraron los ojos. Yo respiré por la boca para no vomitar. Entre los objetos sobre la mesa, reconocà algo que me heló la espalda. La caja donde habÃa dejado mi bolsa la primera noche estaba abierta. La mujer tomó una de las bolsas y la levantó con cuidado. Dentro se veÃa la moneda que yo habÃa metido, pero estaba cubierta por una sustancia espesa parecida a miel. Pregunté qué era eso. Marcos me hizo una seña para que guardara silencio, pero la mujer respondió sin mirarme. Es la prueba de que el pacto ya respondió. En ese momento, una de las velas se apagó sola. El aire estaba quieto, no habÃa corriente. La mujer sonrió como si lo hubiera esperado y dijo que uno de nosotros serÃa el nuevo guardián.
28:20 todos bajaron la cabeza nadie dijo nada pero el ambiente cambió sentà la piel helada y un temblor involuntario en las piernas marco se acercó y me susurró al oÃdo que no podÃa faltar a las sesiones ni hablar con nadie de eso que el grupo debÃa permanecer cerrado Le pregunté qué pasaba si no iba. Dijo que romper un compromiso asà era peligroso. Lo dijo con un tono seco, sin amenazas, pero lo suficientemente convincente para que no insistiera. La mujer comenzó a repetir una frase corta en un idioma que no reconocÃa. Todos pusieron las manos sobre la mesa, incluyendo yo. El lÃquido del cuenco reflejaba las llamas de las velas, que se movÃan como si el aire temblara.
29:09 El olor a sangre y alcohol era tan fuerte que los ojos me lloraban. De pronto, el ritmo de las palabras aumentó. La mujer hablaba cada vez más rápido, casi gritando, y nadie se atrevÃa a moverse. Una de las velas se dobló por completo, derramando cera sobre el suelo. En ese instante escuché un sonido seco, como un golpe, y vi que uno de los muchachos del grupo cayó hacia atrás. Se retorcÃa con los dientes apretados y los ojos abiertos. Dos personas intentaron sujetarlo, pero la mujer las detuvo con un gesto. Dijo que no lo tocaran. El cuerpo del muchacho se estremecÃa sin control. La mujer lo cubrió con un manto negro que sacó de una caja y siguió murmurando, ahora con voz más baja. Todo el grupo observaba sin moverse.
30:02 Pasaron unos segundos hasta que el cuerpo dejó de temblar. Levantó la cabeza y anunció que habÃa sido elegido. Nadie aplaudió y nadie habló. Sólo el zumbido de las velas llenaba el aire. Sentà un mareo fuerte y tuve que apoyarme en la pared. Quise salir, pero Marcos me detuvo y dijo que el ritual aún no habÃa terminado. No le hice caso. Caminé hacia la puerta tambaleando. Afuera se escuchaban sirenas acercándose, mezcladas con el ruido de los autos en la avenida. Bajé las escaleras sin mirar atrás. En la calle, el aire frÃo me devolvió la respiración. Vi una patrulla estacionarse a unos metros del edificio. Dos oficiales bajaron y comenzaron a mirar hacia las ventanas del último piso.
30:51 No esperé a ver más. Crucé la avenida sin fijarme en los coches y caminé sin rumbo durante varios minutos, con las manos temblando y el olor a sangre aún pegado en la ropa. Esa noche no regresé a casa. Me quedé en un café toda la madrugada, mirando mi celular sin saber a quién llamar. Intenté llamarle a Marcos, pero su número marcaba fuera de servicio. Cuando amaneció, me di cuenta de que aún tenÃa la vela con mi nombre en la mochila. La cera estaba derretida en un lado, como si se hubiera consumido por completo en mi ausencia. Las siguientes noches fueron cada vez más pesadas. Despertaba sobresaltado con el corazón acelerado y la sensación de que alguien caminaba dentro de mi cuarto. al principio pensé que era simple paranoia por lo vivido pero empecé a notar cosas que no tenÃan explicación algunos objetos aparecÃan fuera de su lugar las llaves los audÃfonos y la cartera un par de veces encontré la ventana abierta por la mañana aunque recordaba haberla cerrado con seguro el olor a alcohol con hierbas volvió a impregnar el cuarto Era el mismo aroma que habÃa sentido en los rituales, mezclado con algo más agrio.
32:10 Lo peor fue una mañana en la que vi en el espejo del closet unas marcas parecidas a dedos. No eran huellas limpias, sino como si alguien hubiera tocado el vidrio, con las manos cubiertas de grasa o tierra. Las limpié con un trapo, pero al dÃa siguiente estaban de nuevo. traté de ignorarlo me concentré en las clases en no pensar en marcos ni en aquella gente pero el sueño no regresó y los mareos volvieron con más fuerza una noche al regresar del supermercado encontré frente a la puerta de mi departamento Una vela como las del grupo, con mi nombre escrito en tinta negra. La cera parecÃa nueva, recién moldeada. Me quedé varios minutos mirándola sin atreverme a tocarla.
32:57 Terminé recogiéndola con una bolsa de plástico y la tiré al bote de basura del edificio. Esa fue la primera señal de que no habÃa terminado. Al dÃa siguiente, me decidà a buscar a Marcos. Fui a la universidad y pregunté por él en la coordinación, pero nadie lo conocÃa. Revisaron las listas del semestre y aseguraron que no existÃa ningún alumno con ese nombre. Les describà su aspecto, pero nadie pareció recordarlo. Incluso un par de compañeros que habÃan estado con nosotros las primeras semanas dijeron no saber de quién hablaba. Sentà un vacÃo extraño como si hubiera estado conviviendo con alguien invisible. Busqué también a la mujer de los tatuajes, revisé redes sociales, grupos de estudiantes, todo, pero no aparecÃa en ninguna parte. la dirección del primer edificio todavÃa la tenÃa anotada asà que fui hasta allá el portón metálico seguÃa pero estaba cerrado con cadena me asomé entre las rendijas y vi el interior lleno de polvo con restos de madera y bolsas rotas un vecino que barrÃa la banqueta me dijo que ese lugar llevaba años abandonado que antes era un taller y que nadie subÃa a la azotea porque las escaleras estaban quebradas No le respondÃ.
34:18 Rodé el edificio por una calle lateral y encontré un hueco en la reja. Subà por las escaleras con el corazón acelerado, cuidando no hacer ruido. Cuando llegué a la azotea, confirmé que el hombre decÃa la verdad. Todo estaba vacÃo. El cemento estaba cubierto de manchas oscuras y habÃa restos de cera derretida pegados en el suelo. A un lado, encontré pedazos de una bolsa rota, igual a las que habÃamos usado aquella noche. No habÃa rastros de velas, ni de cajas, ni de nadie. Bajé sin mirar atrás. En la calle, el ruido de los coches me pareció más fuerte de lo normal. Caminé hacia la parada del camión, con la sensación de que alguien me observaba. Esa noche, ya en casa, mientras intentaba dormir, recibà un mensaje desde un número desconocido. DecÃa solo una frase,« Te toca cerrar el cÃrculo». No respondÃ, dejé el teléfono sobre la mesa y traté de no pensar en eso. pero los ruidos regresaron escuché pasos en el pasillo como si alguien arrastrara los pies me levanté despacio y me acerqué a la ventana afuera en la banqueta del edificio de enfrente habÃa una persona quieta parada bajo un poste fundido SostenÃa una vela encendida en la mano. La luz apenas iluminaba su rostro, pero alcancé a notar que miraba directo hacia mis ventanas.
35:46 Busqué el celular para tomarle una foto, pero en cuanto abrà la cámara, la pantalla se apagó sola. Ni el botón de encendido respondió. la vela seguÃa ahà ardiendo en la oscuridad cerré la cortina y me quedé sentado junto a la cama hasta que amaneció al salir el poste estaba vacÃo pero en el suelo quedaba un cÃrculo negro de cera pensé en denunciarlo o al menos contárselo a alguien pero no sabrÃa cómo explicar todo sin parecer trastornado pasaron los dÃas y las cosas se calmaron un poco hasta que un domingo escuché un golpe suave en la puerta al abrir no habÃa nadie sólo una bolsa pequeña en el piso idéntica a las del ritual dentro habÃa una moneda igual que la que dejé aquella primera noche Y la superficie estaba cubierta por una sustancia verdosa, seca y con un olor fuerte. La tiré de inmediato, pero al volver a cerrar la puerta, sentà un escalofrÃo que me recorrió de pies a cabeza. Desde entonces, cada cierto tiempo, alguien deja una bolsa igual frente a mi puerta. A veces pasan semanas, otras solo unos dÃas, pero siempre con una moneda adentro. Ya no intento tirarlas, solo las guardo en una caja y evito abrirlas. No cuento esto para convencer a nadie, tampoco busco que lo crean, solo quiero dejar claro que lo que comenzó como una curiosidad terminó
37:18 arruinando mi sueño y la tranquilidad. Hay noches en que aún percibo ese olor a hierbas quemadas y alcohol, y aunque intento ignorarlo, sé que tarde o temprano volverán a buscarme. Nunca supe quiénes eran realmente, ni qué significaba formar parte del cÃrculo, pero algo me dice que, mientras siga apareciendo esa bolsa frente a mi puerta, el ritual sigue abierto, y que tarde o temprano me tocará cerrarlo. Cuando era niño vivÃa en un barrio antiguo del centro de Oaxaca, en una calle angosta de piedra, donde las casas eran viejas, con paredes gruesas y portones grandes de hierro. Todo ahà tenÃa un aire detenido, como si el tiempo no pasara igual que en otros lugares. La mayorÃa de las casas estaban habitadas por familias de toda la vida, pero habÃa una que destacaba, porque siempre estaba cerrada. El saguán era verde oscuro, oxidado en las orillas, y tenÃa colgadas unas cadenas cruzadas. En el centro, alguien habÃa dibujado una cruz con carbón, aunque nadie sabÃa quién lo habÃa hecho. Esa casa, decÃan los mayores, habÃa pertenecido a Doña Zenaida. una curandera conocida en todo el barrio por preparar remedios y hacer limpias con hierbas pero también se decÃa que la mujer
38:48 no murió como las demás los adultos hablaban poco de ella pero los niños sabÃamos lo que se decÃa cuando los mayores no estaban que doña Zenaida era una bruja, que las noches antes de su muerte se veÃan luces rojas salir del patio y que el aire alrededor de su casa olÃa a azufre. Yo escuché a mi abuela decir una vez que la señora habÃa empezado como buena, ayudando a enfermos, pero que con el tiempo se metió en cosas prohibidas. Nadie quiso decirme qué significaba eso. Después de su muerte, nadie quiso vivir ahÃ. La puerta fue asegurada con cadenas y las ventanas fueron tapiadas con madera.
39:29 El techo se llenó de murciélagos, y cuando llovÃa, el agua se colaba por las grietas del muro, dejando manchas oscuras. Los vecinos más viejos juraban que por las noches se oÃan rezos entrecortados desde dentro, aunque el lugar estaba vacÃo. Los niños del barrio evitábamos pasar frente a esa casa, y si jugábamos fútbol y el balón se iba de ese lado, sabÃamos que ya no lo recuperarÃamos. Solo con mirar el saguán uno sentÃa que algo lo observaba desde adentro. Una tarde, cerca del anochecer, mis amigos y yo estábamos jugando fútbol en la calle. El sol caÃa sobre los techos y el aire olÃa a pan tostado de una panaderÃa cercana. Ãramos cinco y jugábamos contra una barda. En una de esas le pegué con fuerza a la pelota y ésta salió disparada. Rebotó en el empedrado y cayó justo en la casa de la bruja por una ventana rota, que no tenÃa tablas. Todos quedamos callados. Uno de mis amigos, JoaquÃn, dijo que ya no la buscáramos, que mejor siguiéramos con otra pelota. Pero yo, que era el más chico del grupo, no querÃa quedar como cobarde, y dije que irÃa a recuperarla y que no tardarÃa. Di la vuelta y entré por la ventana. Cuando salté al otro lado, el polvo se levantó y me picó la garganta. Dentro, el aire era pesado, con olor a humedad y a madera podrida.
41:00 Mis pasos crujÃan sobre el piso de ladrillo. HabÃa un pasillo largo con las paredes manchadas por el agua de lluvia. En un rincón vi una mesa cubierta con un mantel amarillento, y sobre ella, velas derretidas que se habÃan pegado al mantel formando montÃculos de cera. Al fondo, una cortina vieja separaba la sala del cuarto principal. La pelota estaba cerca de un mueble caÃdo. La tomé con rapidez, pero antes de darme vuelta, escuché algo. Un sonido bajo, lento, como una respiración profunda, acompañada por un leve movimiento del aire. No era el ruido de los murciélagos ni del viento. Sonaba como si alguien dormido respirara cerca. Me quedé quieto unos segundos. Volvà la vista hacia la cortina. Se movÃa apenas, como si del otro lado alguien la rozara con la mano.
41:53 La verdad... sentà un escalofrÃo pero la curiosidad pudo más di unos pasos hacia el fondo y alcancé a ver una cama de hierro cubierta con cobijas viejas sobre el colchón habÃa una figura tendida cubierta hasta el cuello pensé que tal vez se trataba de un indigente que se habÃa metido a dormir ahà o tal vez de un cuerpo olvidado el aire estaba más frÃo en ese cuarto Sobre el buró, junto a la cama, habÃa una cadena con un crucifijo de plata y una medalla de San Cipriano. Brillaban débilmente con la luz que entraba por las rendijas. No sé por qué, pero me acerqué y tomé la medalla entre los dedos solo para verla. Sentà que el metal estaba helado. En ese momento, el colchón crujió con fuerza.
42:46 Me quedé inmóvil mirando las cobijas. El bulto sobre la cama se movió levemente y la respiración se volvió más fuerte. Retrocedà un paso, pero antes de salir vi como las cobijas se hundieron en el centro y luego se levantaron como si algo dentro se incorporara. La figura se sentó lentamente, las cobijas cayeron hacia los lados y vi su rostro. Era una mujer vieja, de piel seca y cabello blanco, pero los ojos estaban blancos por completo, sin pupilas y abiertos de par en par. No tenÃa expresión de dolor, sino de enojo. En el cuello llevaba la cadena del crucifijo, rota, como si alguien se la hubiera arrancado. No recuerdo haber gritado.
43:31 Tiré la pelota y corrà por el pasillo, tropezando con los muebles cubiertos. Atrás, una voz ronca dijo mi nombre con claridad. No fue un eco ni mi imaginación. De verdad dijo mi nombre. Salté por la misma ventana por donde habÃa entrado, rasgando la camisa. Mis amigos me esperaban al final del callejón, pálidos, preguntando qué habÃa pasado. No fui capaz de hablar. Detrás de mÃ, el saguán verde volvió a cerrarse solo, con un golpe seco que resonó en toda la calle. Esa noche supe que no todos los muertos descansan. Algunos se quedan esperando a que alguien los despierte. Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veÃa los ojos blancos de la mujer sobre la cama, mirándome fijo como si aún estuviera viva.
44:22 SentÃa que si me quedaba dormido volverÃa a abrirlos frente a mÃ. Me cubrà hasta la cabeza con las cobijas, pero el miedo no se iba. El sonido del viento entrando por la rendija de la ventana me hacÃa pensar que algo caminaba afuera. Por la mañana, mi madre me preguntó por qué tenÃa los brazos llenos de rasguños. Le dije que me habÃa caÃdo jugando con mis amigos. No insistió, pero me miró raro. TenÃa la piel helada y no habÃa pegado un ojo, y todo el dÃa estuve distraÃdo, esperando que anocheciera con una ansiedad que nunca habÃa sentido. a media noche cuando la casa estaba en silencio escuché tres golpes secos en la ventana de mi cuarto no fueron ramas ni viento eran golpes con ritmo como si alguien tocara para que le abrieran me quedé inmóvil con la respiración contenida pues no tuve valor de mirar Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. Los golpes no volvieron, pero me quedé despierto hasta que amaneció. A la mañana siguiente, el barrio entero hablaba de lo mismo. Un perro habÃa amanecido muerto justo frente al saguán de la casa de Doña Zenaida. DecÃan que el cuerpo estaba reseco, como si lo hubieran exprimido, y que la lengua le habÃa quedado negra y alargada. algunos aseguraban que era castigo por haber ladrado frente a esa casa y nadie se atrevió a
45:54 tocarlo intenté convencerme de que todo era coincidencia pero empecé a sentirme observado a cada paso que daba tenÃa la sensación de que alguien me seguÃa desde lejos en la tarde salà con mi hermano menor a comprar pan Al pasar frente a la casa de Doña Zenaida, noté que la puerta estaba entreabierta. Estoy seguro de que, cuando salà esa mañana, seguÃa cerrada y encadenada. Mi hermano no lo notó, pero yo no pude quitar la vista del interior oscuro. Sentà un escalofrÃo que me recorrió desde el cuello hasta los pies. Esa noche volvà a soñar con la cama.
46:34 En el sueño, la mujer estaba sentada al borde, mirando hacia la pared, como si esperara algo. Cuando volteó, sus ojos blancos me buscaron y desperté gritando. Mi madre entró alarmada, pero le dije que solo era una pesadilla. Me acarició la frente y regresó a su cuarto. Desde entonces comenzaron a pasar cosas raras en la casa. Por las mañanas encontrábamos las cucharas dobladas en la cocina, como si alguien las hubiera torcido con la mano. Las puertas se cerraban solas con fuerza, aunque no hubiera corriente de aire. En ocasiones aparecÃa un olor a incienso quemado, tan fuerte que mareaba, y luego desaparecÃa sin dejar rastro. Una madrugada me despertó una sensación extraña. El pecho me ardÃa de frÃo, como si me hubieran echado agua helada. Cuando abrà los ojos, la vi. Estaba parada junto a mi cama con un velo negro cubriéndole el rostro y las manos huesudas a los lados. Reconocà los ojos, eran los mismos, sin pupilas, fijos sobre mÃ. Intenté moverme, pero el cuerpo no me respondÃa.
47:46 Sentà las piernas pesadas y la garganta seca. la figura se inclinó despacio hasta quedar a pocos centÃmetros de mi cara el velo se levantó un poco y escuché una voz áspera que me dijo eso no te pertenecÃa quise gritar pero la voz se me quedó atorada en el pecho sólo podÃa respirar con dificultad Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrà otra vez, ya no estaba. La habitación estaba igual, pero el aire olÃa a ceniza húmeda. Pasé el resto de la noche despierto, sin moverme. En cuanto amaneció, salà a buscar al vecino más viejo del barrio, don Anselmo. un hombre que conocÃa todas las historias de esa calle le conté lo que me habÃa pasado me escuchó en silencio sin sorpresa y cuando terminé me preguntó si habÃa tocado algo allá dentro le conté lo de la medalla y el crucifijo entonces bajó la voz y me dijo que lo que habÃa tomado no era una medalla cualquiera era una pieza de protección un sello que mantenÃa el cuerpo de la bruja quieto en su lugar si se retiraba el alma podÃa vagar buscando lo que le faltaba me miró serio y me dijo si no la devuelves no te dejará en paz lo que ella quiere no es el metal es recuperar lo que le quitaron Pasé el dÃa con un nudo en el estómago.
49:13 En la tarde decidà regresar. Esperé a que anocheciera porque algo me decÃa que debÃa hacerlo cuando el barrio estuviera en silencio. Guardé la medalla en el bolsillo y salà sin decirle a nadie. El callejón estaba oscuro y el viento arrastraba hojas secas. Cuando llegué frente a la casa, el saguán estaba abierto, igual que en la tarde. Empujé la puerta con cuidado. Adentro todo estaba diferente. No olÃa a humedad ni a polvo. El piso estaba limpio, casi reluciente, como si alguien hubiera pasado un trapo hace poco. Caminé hasta el cuarto donde habÃa visto la cama. Ahà me detuve, pero no habÃa cama, ni buró, ni crucifijo. Solo el espacio vacÃo. En el centro del piso habÃa una marca circular negra, como si algo se hubiera quemado ahÃ. El olor era fuerte. Me agaché y pasé la mano por encima del cÃrculo. Estaba caliente, aunque no habÃa fuego. De repente, un viento helado recorrió la habitación y sentà que algo me rozó la espalda. Me enderecé y miré alrededor, pero no habÃa nadie. Pero el aire sonaba diferente, como si alguien respirara detrás de mÃ. Di unos pasos hacia atrás, saqué la medalla y la dejé caer en el centro del cÃrculo. El sonido del metal al tocar el suelo resonó más de lo normal. En ese instante, una ráfaga
50:44 de aire apagó todas las luces del barrio. Solo se oÃa el zumbido del viento pasando entre las grietas. No sé cuánto tiempo me quedé ahà parado, sin poder moverme. Pero cuando recuperé el control, salà corriendo hasta mi casa y cerré la puerta con seguro. Esa noche no hubo sueños, pero el olor a incienso volvió, más fuerte que nunca, y por un momento escuché su voz en el pasillo diciendo mi nombre, como aquella vez dentro de la casa. Los dÃas que siguieron fueron una pesadilla, empecé a enfermar sin explicación, no tenÃa hambre, apenas probaba bocado, y aún asà sentÃa el estómago lleno. Cada movimiento me cansaba, como si llevara semanas sin dormir. Mi madre pensó que era una fiebre o una infección. Me tomó la temperatura varias veces, pero no tenÃa ni un solo grado de más. Mi padre decÃa que todo era por nervios, que seguro algo me habÃa impresionado. Pero yo sabÃa que no era eso.
51:50 SentÃa que algo se me estaba yendo del cuerpo, poco a poco. Por las noches el sueño me huÃa. Cerraba los ojos y en cuanto lo hacÃa, escuchaba mi nombre desde la ventana. Era una voz ronca, vieja, que alargaba las sÃlabas como si disfrutara pronunciarlo. Las primeras veces traté de ignorarla, pensando que era el viento, pero el tono era demasiado claro. A veces la escuchaba reÃr, otras solo respirar. Mi madre dormÃa en la habitación de al lado y nunca oÃa nada. Una madrugada, el sonido fue distinto. La puerta del cuarto se abrió sola, despacio, y un viento helado recorrió la habitación, apagando las velas del altar pequeño que tenÃamos en un rincón. Los vidrios de la ventana vibraban.
52:41 Me senté en la cama con el corazón desbocado. En el marco de la puerta se dibujó una sombra encorvada, moviéndose con pasos lentos. El olor me lo confirmó antes de verla bien. Era el mismo que aquel dÃa en la casa abandonada. Un olor a tierra húmeda y a madera vieja mezclado con humo. La sombra se acercó hasta quedar frente a mÃ. Era Doña Zenaida, pero ya no era como la recordaba. Su rostro estaba desfigurado, con la piel gris y el cabello pegado al cráneo. chorreando un lÃquido oscuro que le caÃa por el cuello los ojos eran los mismos blancos y fijos intenté rezar pero la lengua se me quedó pegada al paladar ella levantó una mano huesuda y me tocó el pecho sentà un ardor que me atravesó de lado a lado y luego una sensación espantosa como si algo saliera de mà el aire me faltó quise gritar pero no me salÃa la voz sentÃa como el cuerpo se me entumecÃa como la vista se me nublaba antes de perder la conciencia vi como la anciana se inclinaba sobre mà con la boca abierta respirando justo frente a mi cara desperté gritando mi madre entró corriendo y me encontró empapado en sudor con la camisa pegada al cuerpo dijo que habÃa estado hablando dormido que murmuraba cosas sin sentido me revisó el pecho y notó una marca roja redonda justo donde la bruja me
54:14 habÃa tocado A la mañana siguiente, me llevaron al templo del barrio. El sacerdote me escuchó en silencio. Cuando terminé, él dijo que esas cosas no se arreglaban con misas. Nos explicó que, si la medalla era una pieza de contención, el espÃritu de la mujer seguÃa buscando lo que la mantenÃa sujeta. Me miró fijo y añadió,« No basta con devolverla. Tienes que destruirla en el mismo lugar donde la tomaste». No me gustó escucharlo, pero en el fondo sabÃa que tenÃa razón. Pasé el resto del dÃa pensando en cómo hacerlo. Mi hermano menor se ofreció a acompañarme. No querÃa que fuera solo, y en el fondo yo tampoco tenÃa valor para enfrentarme otra vez a esa casa. Esa noche salimos con una vela, cerillos y la medalla envuelta en un trapo.
55:06 El callejón estaba más oscuro que de costumbre y el silencio era tan denso que se escuchaban nuestros pasos sobre la piedra. El zaguán seguÃa abierto igual que la última vez. Caminamos hasta el centro donde habÃa dejado la medalla aquella noche. Encendà la vela y la sostuve con las manos temblando. Coloqué la medalla en el suelo sobre la marca circular que seguÃa grabada en las losas. Saqué los cerillos y prendà un pedazo de papel para avivar el fuego. La flama casi no prendÃa, parecÃa resistirse. De pronto, una ráfaga de viento atravesó el lugar y la vela ardió con fuerza, iluminando todo el cuarto. En ese instante se escuchó un grito lejano, de mujer. No era un lamento común, era un sonido largo, agudo, lleno de rabia. la vela titiló y la medalla empezó a cambiar de color el metal se calentó y se partió en dos con un chasquido un silencio total siguió y el viento se detuvo nos quedamos quietos sin atrevernos a hablar después de unos segundos la vela se apagó sola El aire volvió a la calma y salimos del lugar sin mirar atrás. Desde aquella noche, nadie volvió a escuchar ruidos en esa casa. Los vecinos dejaron de decir que olÃa a incienso o que se veÃan luces por las ventanas. Pasaron los meses y un grupo compró el terreno para construir un restaurante moderno. Derribaron todo.
56:38 Donde antes estaba la habitación, levantaron el comedor principal. Años después, ya de adulto, regresé al barrio con mi esposa. Quise enseñarle el lugar donde habÃa crecido. El restaurante estaba lleno de gente, con música suave y olor a café. Pedimos mesa y mientras comÃamos le pregunté a uno de los meseros si sabÃa algo de la historia del sitio. Me respondió que sÃ, que antes ahà habÃa una casa vieja, y que algunos empleados no querÃan trabajar de noche porque veÃan a una anciana de velo negro caminar por el pasillo de los baños dijo que cuando alguien se armaba de valor para preguntarle qué hacÃa ahà la mujer volteaba despacio y respondÃa siempre lo mismo Vine a buscar lo que me quitaron. El mesero lo dijo con naturalidad, sin saber que yo conocÃa esa frase. Me quedé callado mirando el suelo. No dije nada a mi esposa ni terminé el café. Cuando salimos, miré el pasillo por última vez y jurarÃa haber visto por un segundo unos ojos blancos observándome desde el reflejo del cristal. No sé si aquella noche la medalla se rompió o solo se abrió el sello, lo único seguro es que ella sigue ahÃ, esperando que alguien más se atreva a entrar. En aquel tiempo, las cosas estaban muy mal en casa. Mi padre llevaba meses
58:09 sin conseguir trabajo estable, y lo poco que entraba alcanzaba apenas para el arroz y los frijoles. Un dÃa, mientras regresábamos del mercado, lo escuché decirle a mi madre que habÃa salido un encargo fuera del estado. uno bien pagado pero en la sierra dijo que no podÃa hacerlo solo que si querÃamos comer mejor tendrÃa que llevarnos a mi hermano mayor y a mà no lo dudamos pues en esa época uno no tenÃa opciones solo trabajo o hambre la salida fue al amanecer Mi madre nos preparó atole y tortillas envueltas en trapo, y antes de irnos nos pidió que no dejáramos a mi padre solo. La camioneta que nos llevó subió durante horas por una carretera que se hacÃa más estrecha con cada curva. a medida que avanzábamos los pueblos quedaban atrás y el paisaje se volvÃa más espeso con pinos altos y un aire que olÃa a resina el chofer un hombre moreno de voz pausada nos dijo que allá arriba la gente era diferente que hablaban su propio idioma y que hacÃan fiestas raras, pero que eran gente buena, si se les trataba con respeto.
59:23 El poblado al que llegamos se llamaba algo que nunca supe pronunciar. Eran pocas casas, casi todas de madera, y una pequeña escuela de techo oxidado. El camino terminaba justo ahÃ. Nos recibieron tres hombres del lugar, con sombreros de palma y ropa limpia pero vieja. nos saludaron dándonos la mano y uno de ellos el que parecÃa el jefe nos ofreció café recién hecho y pan de elote apenas hablaban español pero eran educados mi padre les explicó que venÃamos listos para trabajar y que no nos Ãbamos hasta terminar el encargo era levantar un santuario asà lo llamaron ellos nos mostraron el terreno una planicie rodeada de árboles y con varias cuevas pequeñas al fondo dijeron que el lugar era sagrado desde antes de sus abuelos y que ahora querÃan construir ahà una casa para sus rezos algo que resistiera el viento y la lluvia el jefe un anciano de cabello blanco y piel curtida nos indicó el sitio para empezar a cavar hablaba despacio mezclando palabras en su lengua Solo entendà que el nombre del cerro significaba la montaña que respira. Esa primera noche nos dieron alojamiento en una choza amplia, con petates y cobijas gruesas. HabÃa café negro, frijoles y tortillas recién hechas. Los hombres comieron con nosotros y durante la cena nos contaron cosas del lugar. Dijeron
1:00:54 que en esas montañas a veces bajaban mujeres del aire, que no eran del todo humanas. Uno de ellos aseguró haber visto una, caminando entre los pinos sin tocar el suelo. Mi padre rió y dijo que eran supersticiones, que solo el cansancio hacÃa ver tonterÃas. El anciano lo miró serio y dijo que, si alguna noche escuchábamos que alguien nos llamaba por nuestro nombre, no debÃamos mirar al cielo. Durante los primeros dÃas trabajamos sin descanso. aplanamos el terreno colocamos piedra sobre piedra y levantamos una base firme el clima era raro en el dÃa un calor seco y por la noche un frÃo que calaba los huesos alrededor se escuchaban los grillos pero también otros sonidos que no parecÃan del monte a veces al caer la tarde se oÃan silbidos que se movÃan entre los árboles como si alguien los hiciera a propósito para que resonaran de un punto a otro mi hermano y yo los escuchábamos acostados en el petate sin atrevernos a preguntar a la segunda noche le dije que tal vez eran aves pero él me respondió que no habÃa visto ninguna desde que llegamos El jefe de los indÃgenas nos dijo al dÃa siguiente que no eran pájaros, que eran ellas, probando si el cerro aún estaba protegido. La noticia que encendió la preocupación llegó al cuarto dÃa. Un joven del pueblo subió corriendo desde
1:02:24 el sendero y le habló al anciano en su lengua. Todos los demás se quedaron callados. Cuando terminó, el jefe se levantó y nos tradujo en voz baja. vieron humo negro en las lomas del norte ellas ya saben que estamos construyendo no dijo más ordenó que se recogieran las herramientas y que nadie saliera después del anochecer esa tarde el aire cambió una neblina espesa se metió entre los árboles y el sonido del monte desapareció al caer la noche un viento helado recorrió el campamento levantando polvo y haciendo chillar las láminas los perros del poblado comenzaron a ladrar sin parar todos mirando hacia el cerro con el lomo erizado el anciano reunió a los hombres junto a la fogata yo estaba sentado junto a mi padre y mi hermano tratando de mantener las manos cerca del fuego El anciano tenÃa una mirada que no olvidaré nunca. Dijo que en sus sueños habÃa visto sombras bajando por la loma y que esa misma noche cruzarÃan el rÃo. Nos advirtió que debÃamos mantenernos juntos, que si alguien oÃa su nombre o un silbido cerca, no respondiera. Mi padre quiso bromear para quitar tensión, pero el anciano le puso una mano en el hombro. las brujas ya bajaron del cerro le dijo con voz grave y no miren al cielo si escuchan que alguien los llama por su nombre nadie habló después de eso el fuego crepitaba lento y los
1:03:58 perros allá lejos seguÃan ladrando como si vieran algo que nosotros no podÃamos ver A la mañana siguiente, el ambiente se sentÃa distinto. El sol apenas asomaba entre la neblina y el aire olÃa a tierra mojada con un toque a carbón, como si alguien hubiera encendido algo durante la madrugada. Nadie hablaba mucho. Los indÃgenas que trabajaban con nosotros se levantaron antes de que saliera el sol y comenzaron a cavar una zanja alrededor de la obra. Mi hermano y yo los observamos sin entender muy bien qué hacÃan. El jefe del grupo, el anciano de cabello blanco, nos explicó que estaban colocando piedras negras grabadas con sÃmbolos. Dijo que servÃan para proteger el lugar de las que nos sangran.
1:04:46 No le preguntamos más, pero se me quedó grabada esa frase. las que nos sangran parecÃa decirlo con respeto y miedo a la vez el resto del dÃa trabajamos en silencio mi padre trataba de animarnos pero era evidente que el ambiente habÃa cambiado los hombres del pueblo apenas comÃan y no se alejaban ni un metro del campamento cada tanto uno levantaba la mirada hacia el cerro como esperando ver algo moverse esa noche no hubo risas ni historias alrededor del fuego los indÃgenas oraron en su lengua durante largo rato y después apagaron las brasas me acosté en mi tienda sin sueño y el silencio era tan profundo que podÃa escuchar mi propia respiración En algún momento, ya entrada la madrugada, escuché pasos afuera. Eran lentos, suaves, como si alguien caminara descalzo sobre la tierra. Luego vino otro sonido, un roce constante, como si arrastraran ramas secas alrededor de las tiendas. Mi hermano también lo escuchó. Lo sentà moverse a mi lado, pero ninguno de los dos dijo nada.
1:05:56 el aire dentro de la tienda se volvió pesado casi irrespirable entonces se oyó un llanto era fino prolongado con un tono que subÃa y bajaba como si lo hiciera una mujer que no terminaba de romper en llanto no era de un animal lo sabÃa los perros comenzaron a aullar todos al mismo tiempo algunos se soltaron y corrieron al bosque en medio del alboroto uno de los indÃgenas gritó algo en su idioma Después, otro repitió lo mismo en español.« Ya vienen por el aire». Mi padre se levantó para asomarse, pero el anciano lo detuvo. Nos ordenó apagar la lámpara y que no levantáramos la cabeza por ningún motivo. Le obedecimos sin chistar. Afuera, el viento soplaba con fuerza y entre los árboles se empezaron a ver luces.
1:06:48 Eran pequeñas, azuladas, moviéndose de un punto a otro con velocidad, como luciérnagas gigantes. mi hermano susurró que debÃan ser insectos pero antes de que terminara de hablar una de esas luces bajó hasta el borde del campamento y se apagó acto seguido se escuchó una risa aguda corta como la de una mujer Después vino otra y otra más. ParecÃa que se reÃan desde distintos lugares alrededor de nosotros. Los indÃgenas se echaron al suelo boca abajo y nos hicieron señas para hacer lo mismo. Yo no podÃa ver nada, solo escuchaba el viento y las risas, cada vez más cercanas.
1:07:31 Algo silbó sobre mi cabeza, como si hubiera pasado volando algo grande. El anciano empezó a rezar en su lengua, una oración que repetÃa rápido y sin pausas. Entonces se oyó un golpe seco, fuerte, como si algo muy pesado hubiera caÃdo en la tierra. Los perros callaron al instante y nadie se atrevió a moverse. Estuvimos asà varios minutos, inmóviles, hasta que el silencio se hizo tan profundo que el zumbido en mis oÃdos me dolÃa. no sé en qué momento me quedé dormido pero cuando desperté el sol ya estaba alto al salir de la tienda vi a todos reunidos en el borde del campamento me acerqué y entendà de inmediato por qué en el suelo justo donde terminaba la zanja de piedras negras habÃa una huella enorme con forma humana pero con los dedos alargados y torcidos hacia atrás no parecÃa hecha por un pie normal uno de los hombres la cubrió con tierra y nadie volvió a mencionarla esa tarde llegó el patrón era un mestizo de unos 50 años conocido en el pueblo venÃa en una camioneta vieja y traÃa un maletÃn lleno de billetes pagó una parte del trabajo adelantada y nos dijo que no nos preocupáramos por los ruidos ni por los rumores contó que habÃa mandado llamar a un curandero de confianza que llegarÃa esa misma noche a proteger la obra y a todos
1:09:01 los que estábamos ahà al caer el sol el curandero apareció venÃa montado en un caballo negro y llevaba una chaqueta de piel era un hombre delgado de piel morena con una expresión seria no se presentó ni saludó solo pidió agua y caminó directo hacia el centro del campamento traÃa una bolsa de piel colgada al hombro y una cruz hecha de hueso atada al pecho con una cuerda El anciano lo saludó con respeto y ambos se apartaron a hablar unos minutos. Luego el curandero dio la orden de apagar todas las fogatas y que nadie encendiera fuego hasta que él lo indicara. Dijo que la oscuridad atraÃa a las brujas, pero la luz las guiaba directo a quien la encendÃa. Nos quedamos a oscuras, escuchando los pasos del caballo que se alejaba hacia el bosque. Pasaron las horas sin que regresara. A medianoche, cuando el aire se volvió helado, un grito desgarrador retumbó entre los árboles. No era humano, el caballo relinchó, y el ruido de cascos se perdió en la distancia. El anciano quiso salir, pero los demás lo sujetaron. Mi padre murmuró que quizá el curandero habÃa encontrado a las brujas, pero nadie respondió. Permanecimos despiertos, inmóviles, hasta que la noche empezó a volverse más clara. Justo antes del amanecer se escuchó un rugido. Era grave, profundo,
1:10:34 diferente a cualquier animal que yo conociera. No duró mucho, pero hizo vibrar la tierra. Después vino un silencio absoluto que duró varios minutos. El sol salió poco después y el aire olÃa de nuevo a tierra mojada, pero esta vez con un fondo metálico, como sangre seca. Nadie lo dijo, pero todos sabÃamos que algo habÃa pasado en el bosque esa noche, y aunque el curandero no volvió, las risas tampoco se escucharon más. Cuando amaneció, el curandero no volvió. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sabÃamos que no lo verÃamos más. el caballo habÃa regresado solo cubierto de lodo y con espuma en el hocico a unos metros del campamento entre los arbustos encontramos ramas partidas y rastros de sangre fresca las huellas eran confusas mezcladas con otras más grandes como si algo pesado hubiera sido arrastrado hacia el bosque El jefe de los indÃgenas reunió a todos.
1:11:37 TenÃa la mirada cansada, pero hablaba con firmeza, y nos dijo que una bruja habÃa sido cazada, pero que no debÃamos alegrarnos, porque también algo habÃa salido herido, algo que según sus palabras... no pertenece al mundo de los vivos pero tampoco al de los muertos aseguró que el cerro estaba en equilibrio sólo mientras esa cosa permaneciera dormida y que debÃamos terminar la obra cuanto antes antes de que la noche reclamará lo suyo durante los dÃas siguientes trabajamos con un miedo silencioso nadie se atrevÃa a mencionar al curandero ni a las luces que habÃamos visto Sólo el golpeteo de las palas y el sonido de las piedras rompiéndose llenaban el aire. Los indÃgenas rezaban en voz baja mientras cargaban material y cada tarde encendÃan humo de copal en los cuatro puntos del terreno. DecÃan que asà se mantenÃan lejos los espÃritus de las brujas. Una tarde el cielo se puso gris de golpe y el aire se volvió pesado, sin viento. Mi hermano y yo estábamos cargando piedras cerca del borde del campamento cuando escuchamos un grito.
1:12:52 Era la voz de mi padre. Corrimos hacia él y lo encontramos de pie, mirando hacia el bosque con la boca entreabierta. Le temblaban las manos y le preguntamos qué pasaba y sólo señaló con un dedo hacia arriba. Entre los árboles, a contraluz del atardecer, se veÃa una figura. Era una mujer cubierta con trapos viejos. No caminaba ni volaba, simplemente se deslizaba entre las ramas. TenÃa los ojos encendidos de un color que no sé describir, entre amarillo y blanco. se quedó quieta observándonos y luego se perdió entre los pinos sin hacer ruido mi padre juró que era una de las brujas que habÃa logrado sobrevivir al ataque del curandero el anciano del grupo dijo que si la habÃamos visto sin que ella huyera significaba que no nos temÃa Esa noche todos sabÃamos que algo iba a pasar. El viento comenzó a soplar antes del anochecer. Las fogatas se apagaron solas, una tras otra, como si alguien las soplara desde lejos. Los perros del poblado, que solÃan dormir cerca de los indÃgenas, salieron corriendo hacia el monte con el rabo entre las patas. Y en cuestión de minutos el lugar quedó en una oscuridad total. los hombres se refugiaron dentro de las tiendas yo traté de hacerlo también pero un susurro me detuvo venÃa de afuera tan claro como si alguien me hablara al oÃdo dijo mi nombre una
1:14:25 sola vez alargando la última sÃlaba sentà un escalofrÃo que me recorrió el cuerpo entero salà con cuidado mirando en todas direcciones pero no habÃa nadie a unos metros entre la neblina vi una sombra de mujer que se movÃa despacio y parecÃa flotar No tenÃa rostro, solo un hueco oscuro donde deberÃan estar los ojos. Avanzaba directo hacia mÃ, pero no podÃa moverme. Era como si el aire se hubiera vuelto espeso. Extendió una mano delgada, gris, con dedos larguÃsimos que terminaban en puntas negras. Cuando estaba por tocarme, algo la golpeó desde un costado, con tal fuerza que la lanzó varios metros. Escuché un rugido bajo, ronco, que me hizo vibrar el pecho. En eso, desde el suelo, se levantó una figura enorme cubierta de barro, con los brazos tan largos que casi tocaban el suelo. En su rostro no habÃa rasgos humanos, solo una mandÃbula abierta, llena de dientes irregulares que se movÃa sin sonido. La sombra de la bruja chilló, y el monstruo la tomó del cuello y la arrastró hacia el bosque, rompiendo ramas a su paso. yo caà de rodillas temblando sin poder respirar detrás de mà los indÃgenas comenzaron a rezar a gritos repitiendo palabras que no entendÃa el ruido duró varios minutos luego cesó de golpe y todo quedó en silencio No
1:15:58 se escuchaba ni un insecto, ni los perros, ni el viento, solo el crujido de las brasas, y me quedé en el suelo hasta que amaneció. Cuando el sol salió, el campamento parecÃa otro. Las tiendas estaban cubiertas de polvo y las ramas caÃdas formaban un cÃrculo alrededor del terreno. En los árboles habÃa plumas negras pegadas al tronco, como si hubieran sido lanzadas. El aire olÃa a sangre seca y a ceniza. El anciano reunió a todos y dijo que el cerro habÃa sido limpiado, que el monstruo habÃa cumplido su parte, pero que debÃamos marcharnos antes del anochecer porque la tierra reclamarÃa silencio. Nadie discutió, empacamos las herramientas y recogimos lo necesario. El patrón nos pagó más de lo acordado y solo dijo...« No hablen de lo que vieron.
1:16:52 Esto termina aquû. El trabajo se dio por terminado antes de tiempo, y la comunidad nos despidió en silencio. Mientras bajábamos por el camino, sentà que alguien nos observaba desde el bosque. No volteé, pero supe que algo seguÃa ahÃ, esperando. Semanas después, mi padre regresó para entregar unas herramientas, pero cuando volvió lo noté diferente. Contó que al llegar ya no habÃa nada, ni la base de piedra, ni la zanja, ni las tiendas. Solo tierra removida y cenizas esparcidas por el viento. Dijo que el cerro estaba en calma, pero que se escuchaban risas muy suaves al caer la tarde.
1:17:33 Desde entonces, a veces, sueño con ese lugar. Veo el bosque cubierto de neblina, las risas de las brujas y el rugido del monstruo. Pero cuando despierto, el cuarto huele a tierra quemada y siento el eco de risas lejanas que parecen venir de los árboles. Nunca volvà a saber qué era aquella criatura, pero estoy seguro de que las brujas no murieron esa noche. Solo se fueron a esperar el siguiente llamado.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed