SOMBRA DE NAHUAL Historias De Terror - REDE
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0:03 Sombra de Nahual Yo me llamo Emiliano, tenÃa 17 años, vivÃamos en una casa pequeña, en un pueblo de sierra donde casi todos se conocÃan. En esa casa solo estábamos mi mamá, mi abuelo y yo. Mi papá murió cuando yo era niño, y desde entonces mi abuelo fue quien se hizo cargo de muchas cosas. Esa tarde, mientras regresábamos del molino, un hombre apareció en la vereda. caminaba lento se miraba muy cansado llevaba un sombrero de palma una chamarra vieja y una mochila que parecÃa vacÃa se detuvo frente a nosotros y nos saludó con un gesto de la mano no tenÃa expresión en la cara sólo nos vio y dijo que llevaba dÃas caminando que venÃa del sur que no buscaba problemas sólo un lugar donde dormir unas noches y que podÃa pagar un poco su estancia Mi mamá lo miró.
0:58 No dijo que no, pero tampoco se apresuró a decir que sÃ. Le preguntó de dónde venÃa exactamente, y él respondió que de un pueblo que no conocÃamos, uno que quedaba más allá del cerro, según él. También dijo que lo habÃan corrido de una parcela donde estuvo trabajando, y que no tenÃa a dónde más ir. Mi abuelo se quedó callado todo el tiempo mirando. Cuando mi mamá volvió a mirarlo, él solo asintió con la cabeza. Ella le respondió al anciano que sÃ, que podÃa quedarse unas noches sin necesidad de pagar, pero que, por seguridad, dormirÃa en una habitación que estaba apartada, al fondo del patio, y que le pondrÃamos seguro por fuera. El anciano no discutió.
1:43 dijo que entendÃa que solo necesitaba descansar ni siquiera pidió comida solo agua le dimos un jarro con agua fresca del cántaro y se la tomó después lo guiamos hasta la habitación era una pieza donde antes dormÃa un tÃo que ya no vivÃa con nosotros TenÃa una cama sencilla, una cobija y una lámpara de petróleo. Mi mamá se aseguró de que todo estuviera limpio. El hombre se sentó en la cama, se quitó los guaraches y dijo que no necesitaba nada más. Mi mamá le explicó que cerrarÃa la puerta por fuera, que era por precaución, no por desconfianza. El anciano solo hizo un gesto con la mano, como si no le importara. Mi abuelo fue quien colocó el pestillo por fuera. Nadie dijo nada más. Ya en la noche yo no podÃa dormir. Me costaba trabajo hacerlo, y más si habÃan visitas desconocidas. Me levanté para ir al baño, y de paso pasé cerca de la habitación. HabÃa una rendija en la parte baja de la puerta. Me agaché y miré un momento. El cuarto estaba a oscuras, solo la lámpara de petróleo encendida muy tenue. El anciano estaba en la cama, acostado boca arriba. No se movÃa nada, parecÃa más una figura que una persona dormida. Los brazos estirados, los ojos cerrados, la cara completamente quieta. No hacÃa ruidos, no se acurrucaba, no se volteaba. Era como si no estuviera vivo, como si solo lo hubieran puesto ahÃ. Me
3:15 quedé mirando un rato, esperando ver si se rascaba o si hacÃa algún gesto, pero no, no hizo nada, solo estaba acostado, inmóvil. Me dio algo de miedo, asà que me fui rápido a mi cuarto y me tapé hasta la cabeza. Al dÃa siguiente, muy temprano, fui al patio a sacar la basura. HabÃa huellas en la tierra. No eran marcas viejas, eran frescas. Huellas de pies descalzos, que venÃan desde la parte trasera de la casa. Cruzaban junto al gallinero y se perdÃan cerca de los árboles que colindaban con el monte. Mi mamá salió también con el balde de agua y cuando vio las huellas se detuvo a ver. Me preguntó si yo habÃa salido durante la madrugada.
4:00 Le dije que no. Ella negó con la cabeza y fue directo a revisar la puerta de la habitación. El pestillo seguÃa puesto. No habÃa sido removido. Lo quitó con cuidado y abrió. El anciano seguÃa acostado en la cama exactamente igual. No se habÃa movido. TenÃa los mismos brazos estirados, la misma cara tranquila y la misma respiración apenas perceptible. Mi mamá me miró como preguntándome si yo veÃa lo mismo. Yo asentÃ. El abuelo apareció en ese momento con su machete envainado en la cintura. También vio las huellas y se acercó sin decir palabra. Entró al cuarto, se quedó parado en la puerta y luego volvió a salir. No dijo nada, solo pidió café. Mi mamá, que todavÃa no sabÃa qué pensar, preparó algo de desayuno, pero no quiso hablar del tema. Solo dijo que no era normal, pero que no debÃamos juzgar. Yo no dije nada. Mi mamá revisó el pestillo varias veces durante la mañana. Lo abrÃa, lo cerraba, lo volvÃa a mirar, como si buscara alguna marca, algún indicio de que habÃa sido forzado. El gancho estaba bien firme. La madera no tenÃa rayones. No habÃa señales de que alguien lo hubiera abierto desde adentro. Según eso, el anciano no habÃa salido. Y las huellas seguÃan ahÃ, marcadas sobre la tierra húmeda. No eran de un dÃa anterior.
5:29 HabÃa lloviznado en la madrugada y las huellas estaban bien formadas, frescas, con el borde claro. Eso no tenÃa sentido. Pasó la mañana sin que nadie dijera mucho. El abuelo, como siempre, se sentó bajo el tejabán, a picar leña en silencio. Mi mamá se puso a barrer el patio más veces de lo normal, como si necesitara calmarse haciendo algo. Yo me quedé atento. No dejaba de pensar en cómo habÃa visto al anciano acostado, sin moverse, como si estuviera en otro mundo. Por la tarde, mientras mi mamá lavaba ropa, vino doña Malena, una vecina que vivÃa cruzando el arroyo.
6:11 Vino a dejar unas tortillas, como a veces lo hacÃa. Mi mamá le preguntó si habÃa escuchado algo raro en la noche, porque habÃa encontrado huellas en el patio. La señora puso cara de duda, pero luego dijo algo que me hizo quedarme quieto. Contó que en la madrugada, como a las tres, se levantó al baño y vio algo moverse por el corral de nuestra casa. Que creyó que era un perro, pero que se le hizo raro porque no caminaba como uno. Dijo que era un bulto negro, que se desplazaba bajito, como agachado, y que lo vio trepar por la barda del fondo. Pensó que quizá era un mapache o algo parecido. pero que no hizo ruido, solo lo vio desaparecer hacia el monte, mi mamá se quedó callada, no le dijo nada del huésped, solo le agradeció por las tortillas y cuando doña Malena se fue me llamó aparte, me pidió que no comentara nada con nadie, que era mejor esperar a ver qué pasaba, que no querÃa levantar sospechas sin tener claro qué estaba ocurriendo, la tarde se fue lenta y El anciano seguÃa en la habitación.
7:18 A ratos salÃa al patio, se sentaba en un banco de piedra y tomaba agua, sin hablar con nadie. No preguntaba nada, no miraba más de lo necesario. Solo estaba ahÃ, como si no quisiera molestar, pero tampoco irse. Cuando lo veÃa moverse, parecÃa normal, cansado. Pero en la noche me quedé despierto más tiempo. Me acosté con ropa y sin apagar la lámpara. Cada crujido de la madera me ponÃa nervioso. Cada sonido del monte me parecÃa más fuerte que de costumbre. Eran como las dos y media de la madrugada cuando escuché algo en el patio. Era un sonido seco, como cuando alguien pisa tierra húmeda con los pies descalzos. Me levanté en silencio. Me asomé por la ventana de mi cuarto.
8:07 Quedaba al lado opuesto de la casa. No vi nada. Caminé despacio hasta la sala. La ventana del frente estaba cerrada. Fui hasta la cocina, que tenÃa vista al gallinero. Una sombra humana, delgada, se movÃa por el patio. Caminaba despacio con pasos largos. TenÃa forma de persona. Iba encorvada con los brazos colgando. Pasó junto al árbol de guayaba y luego se acercó a la barda. La trepó sin esfuerzo como si no pesara nada. No usó las manos. Solo se deslizó hacia arriba y desapareció del otro lado. Sentà un escalofrÃo en la espalda. Me quedé quieto con la vista clavada donde habÃa estado esa sombra. No supe qué hacer.
8:52 Pensé en despertar a mi mamá, pero primero fui directo al cuarto del anciano. No querÃa ni acercarme, pero tenÃa que ver. Caminé con cuidado. La lámpara de petróleo todavÃa estaba encendida. Me agaché y miré por la rendija de nuevo. Estaba ahà acostado, con los brazos a los lados, la cara recta, los ojos cerrados. Igual que la noche anterior, no se habÃa movido un solo centÃmetro. ni siquiera parecÃa respirar como si ni siquiera fuera de verdad me alejé despacio me fui a mi cuarto sin hacer ruido me acosté y me tapé hasta la cabeza el corazón me latÃa fuerte yo no estaba seguro de lo que habÃa visto pero sabÃa que no era normal y sabÃa que la cosa que habÃa cruzado el patio no era un perro ni un ladrón era una sombra con forma de humano y no caminaba como alguien vivo A la mañana siguiente, después del desayuno, mi abuelo me pidió que lo acompañara al patio. Caminamos hasta la parte de atrás junto al gallinero.
9:58 Revisó la tierra. TodavÃa habÃa algunas marcas como de pasos arrastrados. No eran tan claras como las del primer dÃa, pero seguÃan ahÃ. Se agachó, pasó la mano por encima de una huella y me dijo algo que no me esperaba. Dijo que hay ciertos nahuales que pueden desprender su sombra. que no todos lo logran, pero los más viejos, los más fuertes, a veces lo hacen, me explicó que la sombra puede moverse sola, puede salir de noche mientras el cuerpo queda dormido, me aseguró que eso no era cosa nueva, que desde joven habÃa escuchado de hombres capaces de dejar su sombra vagando, y que la usaban para espiar, para cazar o para meterse en casas ajenas. Pero que si uno llega a verla, lo mejor es no tocarla, porque si la sombra siente que fue vista, puede volverse violenta.
10:50 Me advirtió que, si volvÃa a aparecer, no se me ocurriera acercarme, ni gritarle, ni lanzarle nada, solo observarla desde lejos y, si era posible, rezar bajito. que no debÃa romperse el silencio cuando eso andaba suelto, porque al menor error la sombra podÃa darse cuenta de quién la vio, y entonces ya no se irÃa. Le conté lo que vi con más detalle, lo de cómo trepó la barda, cómo se deslizaba sin hacer ruido. Mi abuelo no parecÃa sorprendido. Solo asentÃa con la cabeza y decÃa que tenÃa sentido, que si el cuerpo seguÃa acostado, pero las huellas aparecÃan fuera, entonces era la sombra la que salÃa. Dijo que no habÃa que hacer escándalo aún, pero que esa noche no iba a dormir, que iba a vigilar desde el gallinero.
11:43 Esa tarde no salimos para nada. Mi mamá preparó comida, pero apenas probamos bocado. Nadie tenÃa hambre. El anciano seguÃa igual, callado, discreto, como si no supiera lo que pasaba. Pero ya no me atrevÃa a mirarlo mucho tiempo seguido. HabÃa algo raro en su cara, algo que no habÃa notado los primeros dÃas. Sus mejillas estaban más hundidas, la piel de los brazos más opaca, como si no estuviera comiendo bien o como si el cuerpo no le sirviera del todo. Mi mamá también lo notó. Me dijo en voz baja que si seguÃa asà iba a tener que decirle que se fuera, pero que por ahora preferÃa esperar una noche más. Cuando anocheció, el abuelo se sentó junto a la ventana del cuarto de herramientas. TenÃa su machete sobre las piernas y un foco colgado desde arriba. No prendió la luz, solo se quedó ahà mirando hacia la barda. Yo me senté en la sala con la cortina apenas corrida y mi mamá se quedó en la cocina con la lámpara apagada. Nadie dijo una palabra. Eran casi las tres cuando empezó el ruido, algo que se arrastra por la tierra. Me acerqué a la ventana sin hacer ruido y traté de mirar. Entre las sombras del patio lo vi otra vez, la misma figura, delgada, encorvada, moviéndose cerca del árbol, pero esta vez no iba directo a la barda. Esta vez iba más lento, más bajo, como si buscara algo. Se acercó al gallinero, rodeó las
13:17 jaulas de los pollos y se quedó ahÃ, quieta, pegada a la pared. Mi mamá lo vio desde la ventana de la cocina y no aguantó. Soltó un grito. No muy fuerte, pero sà claro. La sombra reaccionó. Se deslizó por la pared del gallinero como si se hubiera estirado y luego se encogió. Fue un movimiento raro, como si se deshiciera por un momento y luego tomara forma de nuevo. El abuelo se levantó con el machete en mano y me gritó que no me moviera. Se quedó de pie, mirando fijamente. La sombra no desapareció. Se quedó pegada al gallinero, moviéndose apenas, como si respirara. QuerÃa correr, meterme bajo la cama, pero no podÃa moverme. Esa cosa seguÃa ahÃ, más densa que antes. Ya no parecÃa una figura hecha de oscuridad común.
14:09 Era más gruesa, más marcada, casi sólida. Mi mamá se tapó la boca con las manos, se quedó pegada a la pared sin atreverse a mirar otra vez. El abuelo regresó al cuarto de herramientas y me dijo que no prendiera luces, que no hiciera ruido, que si esa sombra nos habÃa escuchado, ahora sabÃa que estábamos viéndola, y eso no era bueno. Esa misma mañana, apenas salió el sol, el abuelo nos pidió que barriéramos todo el patio. No querÃa ni una hoja seca ni un trozo de basura. QuerÃa la tierra limpia para que las huellas se marcaran mejor. Luego sacó un costal que guardaba en el gallinero, lleno de sal gruesa. Nos explicó que la sal no solo sirve para limpiar energÃas, sino que también daña a lo que no tiene cuerpo completo. que si esa sombra pisaba la sal el daño le llegarÃa directo al cuerpo del nahual dondequiera que estuviera nos puso a trazar una lÃnea continua por todo el contorno de la casa desde la entrada principal bordeando el patio pasando por detrás del gallinero y regresando por el lado de la cocina Todo debÃa quedar cerrado, sin huecos. Al final colocó una lÃnea doble en la puerta trasera, como refuerzo. Dijo que esa era la parte más expuesta. La sal crujÃa al pisarla. Nos hizo caminar con cuidado para no romper el trazo. Cuando terminamos, mi mamá se metió a preparar algo de comer, pero
15:41 nadie probó mucho. El anciano seguÃa en su cuarto, sin hacer ruido. Solo se escuchaba su respiración, débil y espaciada. Mi abuelo fue a asomarse un par de veces. DecÃa que parecÃa dormido, pero su cuerpo estaba tenso, como si no descansara. No movÃa los brazos ni las piernas, no cambiaba de posición, solo estaba ahÃ, acostado boca arriba, con los ojos cerrados. Ese dÃa no salimos. Todo el tiempo estuvimos con la atención puesta en el silencio. Mi abuelo nos decÃa que la sal funcionaba mejor si uno la ponÃa con intención, sin distracciones. Y asà fue. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie preguntaba lo que ya sabÃamos.
16:26 Cuando cayó la noche, el abuelo se volvió a sentar junto a la ventana con el machete a un lado y una linterna apagada. Mi mamá se quedó en la sala con la vista en la puerta. Yo me acosté en la hamaca de la cocina con una cobija encima, pero no dormÃa. Solo escuchaba. No pasaba ni un minuto sin que revisara la puerta trasera con la mirada. Cerca de la medianoche se levantó un aire helado. No habÃa viento, pero dentro de la casa el ambiente se sintió diferente, como cuando se va la luz en un dÃa nublado. Más que oscuridad, era un tipo de frÃo que no tenÃa sentido, y la puerta principal soltó un crujido, muy leve, apenas audible, pero suficiente para que todos nos pusiéramos tensos.
17:14 El abuelo alzó la mano y nos hizo una seña para que no nos moviéramos. Se acercó a la ventana. Yo me asomé por una rendija de la cortina. No vi nada al principio. El patio seguÃa igual. Todo parecÃa en calma, hasta que noté una mancha que se deslizaba por el suelo como si no tuviera forma exacta. Era como humo pegado al piso. Se acercaba a la lÃnea de sal. Yo no dije nada. Ni respiré. Solo la vi avanzar. Cuando estuvo a punto de cruzar la lÃnea, se detuvo. Luego retrocedió un poco y de pronto, como si algo la empujara, se lanzó hacia adelante. En cuanto tocó la sal, se encogió. Se retorció como si algo la estuviera aplastando. No era una reacción normal, no era como si se espantara o se deshiciera. Fue como si le doliera, como si la sal le quemara. Y entonces, desde el cuarto donde dormÃa el anciano, se escuchó un grito.
18:13 La sombra seguÃa encima de la sal, temblando. No desaparecÃa, solo vibraba, como si tratara de recuperar la forma. Mi mamá se llevó las manos a la boca. No se atrevÃa a hablar. El abuelo no apartaba la mirada. Yo no sabÃa si salir corriendo o quedarme ahÃ, pegado a la pared. El grito se escuchó otra vez, más fuerte. No venÃa del patio, venÃa del cuarto. El anciano no gritaba palabras, solo lanzaba ese sonido como si estuviera sufriendo. La sombra finalmente se replegó. Se arrastró hacia atrás, pero con torpeza, como si algo la jalara. se encogió y desapareció detrás de la barda y el grito dejó de escucharse todo se quedó en silencio otra vez el abuelo nos dijo que no nos acercáramos que nadie debÃa entrar a ese cuarto hasta que saliera el sol mi mamá no aguantó más apenas se cayó el grito se levantó de golpe y fue directo hacia el cuarto del anciano no le importó lo que dijo el abuelo la noche anterior Le dijo al abuelo que algo estaba mal, que ese grito no era normal, que quizá el viejo se habÃa lastimado. El abuelo se interpuso en la puerta. Le dijo que no entrara, que todavÃa era de noche, que no sabÃamos si eso ya habÃa terminado. Pero ella insistÃa.
19:37 DecÃa que un ser humano no grita asà si no está sintiendo algo de verdad. El abuelo no la dejó pasar. Le dijo que si ese hombre no era del todo humano, ayudarlo a mitad del proceso podrÃa hacer más daño.¿ Qué habÃa que esperar? Mi mamá se quedó ahÃ, temblando, con la mano en la chapa, pero no la giró. Solo bajó la mirada y se quedó quieta. Afuera, la sombra seguÃa moviéndose. Se arrastraba por el patio como si le costara mantenerse unida. No tenÃa forma clara. ParecÃa más lÃquida que otra cosa, como si se estuviera deshaciendo. Se pegó contra la pared del gallinero y se contrajo. Luego empezó a temblar, como si algo dentro de ella intentara estirarse.
20:26 Luego se estiraba de más, como si se fuera a romper. Era como si algo invisible le estuviera jalando los extremos. Mi abuelo dijo que era buena señal, que estaba perdiendo fuerza. La sombra se sacudió una última vez, como si se agitara desde adentro. Después se aplanó. ya no se veÃa espesa ni fuerte se convirtió en una mancha delgada que poco a poco se fue pegando al suelo hasta desaparecer por completo como si se hubiera desecho dentro de la tierra todos tenÃamos la vista puesta en el mismo punto en donde habÃa quedado la sombra el abuelo fue el primero en moverse dijo que ya podÃamos entrar al cuarto fue él quien abrió la puerta Lo acompañamos en silencio, esperando encontrar al anciano sentado, despierto o al menos consciente.
21:18 El hombre seguÃa acostado en la misma posición, con los brazos a los lados, las piernas estiradas y los ojos cerrados, pero tenÃa sangre en la boca. No mucha, pero lo suficiente como para que la almohada tuviera una mancha. La piel se le veÃa más flaca, como si hubiera envejecido años en una sola noche. SeguÃa respirando, pero apenas. El pecho se le levantaba y bajaba de forma casi imperceptible. ParecÃa más un cuerpo al que se le escapa la vida que alguien durmiendo. Mi mamá quiso correr a buscar agua o un trapo. El abuelo la detuvo. Le dijo que eso no era una simple enfermedad, que no sabÃamos cuánto quedaba del hombre y cuánto era lo otro. Lo dijo asÃ, con esas palabras. Lo otro. Mi mamá solo lo miró sin saber qué decir. Estaba claro que querÃa ayudarlo, pero también entendÃa que no era una situación normal. El abuelo se acercó al cuerpo, lo revisó por encima sin tocarlo mucho. Dijo que no habÃa heridas visibles, solo la sangre en la boca. Pero lo más preocupante era el estado del rostro. Ya no era el mismo hombre que llegó pidiendo hospedaje. Ahora tenÃa el semblante agotado, con la mandÃbula ligeramente abierta, los ojos cerrados con fuerza y la piel tan delgada que se le notaban los huesos de la cara. El abuelo dio un paso atrás. Dijo que la sombra no habÃa terminado, que no se habÃa ido
22:50 del todo. Lo que más le preocupaba era lo que podÃa pasar después, que esa sombra buscara otra forma de regresar o de vengarse, que si no se habÃa destruido por completo podÃa tomar otra forma, colarse por otra parte de la casa o esperar a que bajáramos la guardia. Entonces dijo que no podÃamos enfrentar eso solos, que necesitábamos a alguien que supiera más, un curandero de verdad, Alguien que conociera estos casos, no de oÃdas, sino por experiencia. Dijo que todavÃa conocÃa a uno, que vivÃa en la siguiente comunidad, más arriba en la sierra. No era fácil de encontrar, pero si alguien podÃa decirnos que era ese viejo y que querÃa, era él. Mi mamá no dijo nada.
23:37 Yo tampoco dije nada, no sabÃa qué pensar. Era como si hubiéramos abierto una puerta que no debÃamos abrir. como si algo se nos hubiera metido encima aunque ya no lo viéramos el abuelo se fue a preparar un burro y a alistar una linterna dijo que saldrÃa antes del amanecer que mientras tanto nadie tocara al anciano y nadie saliera solo el curandero llegó por la tarde era un hombre ya mayor más alto que mi abuelo con el cabello blanco traÃa sólo una bolsa de yute en la mano y un bastón de madera apenas entró preguntó si el hombre seguÃa vivo mi abuelo asintió le dijo que no se habÃa movido desde el amanecer que respiraba pero apenas el curandero pidió verlo de inmediato no hizo preguntas no quiso sentarse se metió al cuarto como si ya supiera lo que iba a encontrar yo me quedé junto a mi madre en el pasillo el abuelo entró con él desde donde estábamos alcanzábamos a ver parte de la cama el curandero no tardó en hablar Dijo que no era un hombre cualquiera, que ese cuerpo que veÃamos ahà habÃa sido de un Nahual, uno viejo, uno que en algún momento supo cómo separarse de su sombra. Mi mamá lo miró con los ojos bien abiertos. Yo sentà un escalofrÃo.
24:57 Lo dijo como si fuera algo que ya habÃa visto muchas veces. Dijo que no era el primero, pero sà uno de los más antiguos que habÃa sentido por la zona, que seguramente llevaba años vagando, cambiando de pueblo en pueblo. dijo que cuando los nahuales envejecen demasiado su cuerpo ya no les responde como antes pero sus sombras sà y algunos aprendÃan a vivir fuera de ellos soltándolas por ratos usándolas como si fueran parte viva Dijo que eso los debilitaba, pero también los hacÃa peligrosos, porque ya no eran completamente humanos y porque no tenÃan nada que perder. Revisó al anciano, solo observaba. Lo miraba de perfil, luego de frente. se agachó para verle los pies dijo que su alma ya estaba dividida que lo que quedaba ahà era solo una parte que mientras la sombra siguiera suelta iba a buscar una de dos cosas o regresaba al cuerpo o se alimentaba de algo vivo para mantenerse activa y que si eso pasaba lo peor no serÃa que el anciano despertara sino que despertara con otra cosa dentro algo que no podÃamos controlar Mi abuelo le preguntó qué podÃamos hacer. El curandero dijo que lo importante era no dejar que la sombra entrara, que habÃa que reforzar las orillas con sal, que nadie debÃa estar solo, que la casa entera era ahora parte del conflicto. que lo habÃamos traÃdo adentro, y
26:31 que eso ya no se podÃa deshacer tan fácil. Fue justo en ese momento cuando la vimos, pegada al ventanal. Al principio pensamos que era solo el reflejo de algo, pero no. Era la sombra, más oscura que la vez anterior. No tenÃa forma exacta, pero sà altura. Era como un cuerpo cubierto por una capa negra, sin rostro, pero con presencia. Estaba ahÃ, inmóvil, justo al otro lado del vidrio. No se movÃa. Mi madre la vio antes que yo. Dio un paso atrás y me agarró del brazo. Yo solo alcancé a verla de reojo, pero no quise mirar más. Sentà que si la veÃa directo, algo iba a pasar.
27:13 Era como si supiera que la estábamos viendo. El curandero salió del cuarto sin preguntar nada, se acercó a la ventana y la observó desde lejos. Dijo que no iba a tardar, que ya estaba débil, que por eso se mostraba asÃ, buscando provocar miedo, que necesitaba algo vivo, algo que la aceptara o la tocara, que si no lo conseguÃa iba a tratar de forzarlo. Mi abuelo fue por el machete, lo tenÃa colgado junto a la estufa. También agarró el costal con la sal. Se le notaba en la cara que ya estaba harto de estar a la defensiva. Dijo que si tenÃa que enfrentarla, lo iba a hacer.
27:54 El curandero le dijo que no se adelantara, que si la sombra entraba otra vez, tenÃan que atraparla, no dispersarla. que si la rompÃan sin que estuviera cerca del cuerpo, podÃa quedarse en la casa para siempre, como una presencia que ya no tiene a dónde volver. El abuelo solo asintió. No era la primera vez que seguÃa instrucciones difÃciles. Solo pidió que estuviéramos listos, que si la sombra entraba, nadie debÃa tocarla, nadie debÃa abrir puertas ni ventanas, que lo dejaran a él y al curandero, que nosotros nos quedáramos detrás, atentos. yo no sabÃa cómo sentirme por una parte me daba miedo por otra me daba coraje esa cosa estaba afuera viéndonos como si tuviera derecho como si ésta fuera su casa y nosotros los intrusos me quedé junto a mi madre respirando despacio viendo como el abuelo afilaba el machete contra el cemento del umbral la sombra seguÃa en el ventanal pegada como esperando la noche Esa noche no se durmió nadie. El curandero nos pidió que apagáramos todas las luces, que mantuviéramos silencio, que escucháramos cualquier ruido que viniera desde afuera o desde el cuarto. Cerramos bien las ventanas y atrancamos la puerta principal. La única lámpara encendida fue la de la cocina, con un trapo colgado para que apenas alumbrara.
29:25 El abuelo colocó montones de sal en las esquinas del cuarto del anciano, en el pasillo, en el marco de cada puerta y en el centro del patio. TenÃa el machete junto a la silla y la mirada fija en la entrada. El curandero se sentó en el suelo con un rosario de madera en las manos. Empezó a rezar en voz baja, con palabras que yo no entendÃa. yo estaba junto a mi madre en un rincón del comedor nadie hablaba solo se escuchaba la respiración del anciano en el cuarto suave y de pronto un golpe como si algo hubiera chocado contra la puerta Todos nos quedamos quietos. El curandero apretó el rosario. El abuelo se levantó de inmediato.
30:08 Otro golpe, esta vez más cerca de la ventana del pasillo. Después uno más, en la parte trasera de la casa donde daba al corral. Eran como manotazos, como si algo estuviera tanteando por donde entrar. Mi madre me agarró del brazo con fuerza. Sentà como me sudaban las manos. Los golpes siguieron, más rápidos, más desesperados. Era como si algo diera vueltas a la casa entera, sin parar. Buscando un punto débil, las ventanas temblaban. La puerta principal se sacudÃa. Se oÃan chillidos agudos, como si rascaran las paredes con algo filoso. El curandero alzó la voz. SeguÃa rezando, pero no paraba nada. Todo seguÃa igual o peor. El abuelo se asomó por la rendija de una ventana. Alcanzó a ver algo que lo hizo girar hacia nosotros. Dijo que la sombra ya no estaba quieta, que estaba golpeando con fuerza.
31:04 que si seguÃa asà iba a entrar. El curandero se detuvo, dijo que no habÃa más opción, que no podÃamos esperar al amanecer. El abuelo no lo pensó dos veces, agarró el machete, metió el costal de sal bajo el brazo y me dijo que me quedara donde estaba. Salió por la puerta del fondo, la que daba al patio trasero. El curandero lo siguió. yo no me aguanté fui tras ellos mi madre intentó detenerme pero ya estaba en la puerta el aire afuera estaba helado apenas se veÃa con la luz tenue que salÃa por la ventana de la cocina el abuelo avanzó por el patio con el machete en alto buscando entre las sombras el curandero iba detrás murmurando rezos y rociando sal a su alrededor yo me quedé en el marco de la puerta QuerÃa ver, pero no querÃa salir más. Y entonces, algo me agarró el pie.
31:57 Era algo frÃo, húmedo, que se enroscó por el tobillo y subió apenas hasta la pantorrilla. Bajé la mirada. No habÃa nada. Quise gritar, pero no me salió la voz. Me agarré del marco. No me movÃ, solo apreté los dientes. Era como si algo invisible se estuviera colando desde el suelo, subiéndome por la pierna y no lo podÃa sacudir. El abuelo volteó y me gritó que me metiera. El curandero arrojó sal hacia donde yo estaba, y al momento el frÃo se cortó, como si me hubieran soltado. Me metà de un salto, cerré la puerta y me quedé temblando contra la pared. Mi madre vino corriendo, me preguntó qué pasó, y solo le dije que algo me tocó. No sabÃa explicar qué era, pero lo sentà claro. No fue mi imaginación ni el susto, fue real. El curandero volvió a entrar, tenÃa la cara seria, los ojos alertas, dijo que estaba más cerca, que ya no era solo una sombra suelta, que estaba desesperada, que si no la sacábamos pronto iba a quedarse ahÃ, metida en la casa y no la Ãbamos a poder sacar jamás. El curandero gritó que habÃa que despegarla de la casa, que si no lo hacÃamos, esa cosa iba a quedarse atrapada ahà para siempre. El abuelo no preguntó nada, corrió por el costal con sal y lo arrojó cerca de la entrada. El viento levantó parte del polvo, pero lo que alcanzó a caer sobre la sombra bastó. La figura se encogió como si la
33:28 sal la quemara. Se arrastró hacia un rincón, estirándose por la pared como si buscara escaparse, pero no pudo. Gritaba, no con voz humana, sino con un sonido agudo, como un chillido que se colaba por los oÃdos y hacÃa doler la cabeza. Yo retrocedà sin saber a dónde ir, y el abuelo volvió a lanzar más sal, esta vez directo a la figura. En cuanto la tocó, la sombra se sacudió con fuerza, como si algo se le estuviera arrancando desde adentro. En ese momento, desde el cuarto se oyó un gemido. El anciano, el que todavÃa estaba en cama, se retorció y gritó que no lo matáramos. Su voz sonaba diferente, más grave, como si viniera desde otro lugar.
34:14 Nadie se movió, nadie dijo nada. El curandero miró al abuelo, le hizo una señal con la cabeza y los dos entraron al cuarto sin que nadie se los pidiera. Mi madre no querÃa que se acercaran, decÃa que lo iban a lastimar más. Pero el curandero le aseguró que ya era tarde, que el daño estaba hecho y que no era por nosotros, que el viejo se lo habÃa buscado solo. Desde la entrada vi cómo el anciano se encogÃa sobre el petate. TenÃa espuma en la boca y los ojos casi blancos, sus uñas estaban negras, como si se hubieran podrido, y la piel de los dedos se le despegaba. El curandero sacó un puño de sal y la colocó cerca del pecho del hombre, justo donde respiraba. Apenas lo hizo, la sombra se volvió a mover allá afuera, retorciéndose en el suelo, estirando una especie de brazo, como si tratara de alcanzarlo. El abuelo le gritó al narrador que no se acercara, que nadie más se moviera y que todo dependÃa de resistir un poco más. La sombra daba tumbos, su forma ya no era clara, parecÃa un pedazo de humo pegado a la tierra y de pronto se desvaneció con un sonido seco, como si se hubiera partido algo por dentro. El anciano abrió los ojos, respiró una última vez y se quedó quieto. El cuarto se llenó de un olor agrio, como carne vieja. Mi madre rompió en llanto, pero el curandero le dijo que ya no habÃa nada
35:45 que hacer, que no lo habÃamos matado, que fue la sombra al separarse por completo. En el piso no quedó cuerpo de sombra, pero sà una mancha negra, irregular, como un tizne que se habÃa metido entre las grietas del cemento. El abuelo dijo que no debÃamos tocarla, que la dejáramos ahÃ, que era mejor no provocar nada más. Nadie habló por varios minutos. El silencio que quedó después de la muerte del anciano no fue de paz, fue de algo incompleto, como si todavÃa hubiera algo más rondando por ahÃ, algo que no terminó de irse del todo. Cuando amaneció, lo primero que hicimos fue revisar el cuarto. El anciano seguÃa ahÃ, muerto, encogido sobre sà mismo como si el cuerpo se hubiera arrugado hacia adentro. TenÃa la boca entreabierta, los dedos doblados y el rostro cubierto por una palidez casi verdosa. El curandero lo cubrió con una manta sin decir nada. Nadie lloró, nadie lo tocó, solo nos quedamos viendo desde la puerta.
36:48 lo que más nos llamó la atención no fue su cuerpo sino la mancha en el suelo era una marca oscura más negra que el carbón como si algo se hubiera derretido ahà pero al tocarla no estaba húmeda tampoco seca era como una costra pegada al cemento la madre intentó frotarla con un trapo luego con escoba, con agua caliente, pero nada, no se quitaba, era como si hubiera quedado impregnada en la casa, como si eso fuera lo único que quedaba de la sombra. El abuelo dijo que no insistiéramos, que dejaran eso asÃ, que era la prueba de lo que habÃa estado aquÃ, que a veces las cosas dejan marcas aunque se vayan, que no importaba si ya no se movÃa, si no hablaba, si no tenÃa forma, seguÃa siendo un aviso. Mi madre solo asintió, no discutió, no preguntó más, salió del cuarto y dijo que no lo usarÃamos nunca más. Agarró clavos, madera, lo que encontró a la mano, y entre los tres sellamos la puerta desde fuera.
37:51 Le pusimos cruces de cal, ramas secas en la entrada, y el curandero marcó algo con tierra mezclada con sal. Nadie dijo si funcionarÃa o no, solo lo hicimos por sentir que hacÃamos algo. Esa noche dormimos todos en la misma habitación. No hablamos mucho, apenas y probamos algo de comida. El aire en la casa se sentÃa diferente, más frÃo, más denso. No se oÃan los grillos ni los perros. ParecÃa que hasta el pueblo sabÃa lo que habÃa pasado. Me costó dormir. Aunque no escuché nada raro, solo pensé en la sombra, en el anciano, en lo que vimos. No volvà a asomarme por la rendija del cuarto, ni pasé cerca de ahÃ. SentÃa que, si me acercaba, algo me iba a ver desde dentro. Pasaron los dÃas y la sombra no regresó. Nadie en la casa volvió a verla.
38:46 Tampoco escuchamos pasos ni sentimos frÃo, ni vimos nada raro por el patio, pero la inquietud no se fue. El abuelo decÃa que esas cosas no siempre vuelven por el mismo camino y que a veces no vuelven, pero tampoco se van del todo, solo se esconden. Mi madre no quiso saber más. Decidió que lo mejor era no hablar del tema. que cada quien lo guardara por dentro yo tampoco dije nada aunque por las noches todavÃa soñaba con esa figura pegada a la pared moviéndose sin hacer ruido como si aún buscara un cuerpo donde quedarse el cuerpo del anciano lo enterramos al tercer dÃa con la ayuda del curandero y sin decirle nada a las autoridades Mi madre no quiso velorio ni misa, solo pidió que lo sacáramos de la casa antes de que comenzara a descomponerse.
39:40 Lo envolvimos en un petate viejo, lo amarramos con lazos y lo cargamos entre todos. Caminamos por un sendero que baja hacia un arroyo seco, lejos del pueblo, donde ya no se oyen las campanas ni se ven los techos de las casas. Ahà cavamos un hoyo grande, profundo, entre piedras y raÃces. No dijimos palabras, no hicimos cruces, ni pusimos señal. Solo dejamos que la tierra lo cubriera por completo, como si asà también quisiéramos enterrar el recuerdo. El curandero dijo que era mejor hacerlo asÃ, en silencio, en un lugar apartado, que ese tipo de cuerpos no se debÃan dejar en un cementerio común, que a veces lo que habita dentro no se va del todo, y hay que asegurarse de que no vuelva a encontrar el camino de regreso.
40:30 Mi madre le agradeció sin mirarlo a los ojos. El abuelo solo asentÃa, con la pala apoyada en el hombro. Yo no sabÃa si sentÃa miedo, rabia o tristeza. Solo sabÃa que algo habÃa cambiado en nosotros y que esa casa ya no iba a ser la misma. Durante las semanas siguientes evitamos hablar del tema. La gente del pueblo preguntó por el anciano. Algunos recordaban haberlo visto llegar. Otros solo decÃan que lo habÃamos ayudado. Pero nadie preguntó mucho. En esos pueblos de sierra la gente no es tonta, y cuando no se habla de algo, por algo es.
41:10 Una vecina mayor, de esas que apenas salen de casa, le dijo a mi madre que a veces el error no está en abrir la puerta, sino en no saber a quién se le está abriendo. Que los caminantes no siempre caminan por necesidad. Algunos andan porque no tienen cuerpo, y otros porque lo que tienen dentro no puede quedarse quieto por mucho tiempo. Otra señora, más joven, comentó en la tienda que no era bueno dar posadas sin saber a quién, que eso atraÃa cosas, que lo que uno mete por compasión a veces no se va ni con la muerte. Nosotros no dijimos nada, solo regresamos a nuestra rutina o lo intentamos. Mi madre ya no volvió a pasar por el pasillo donde estaba la habitación sellada, le puso muebles enfrente como si asà pudiera olvidarla. El abuelo dormÃa más poco y pasaba horas sentado en la banqueta con su bastón en la mano como si esperara algo.
42:08 Yo intenté seguir con la escuela, con los mandados, con lo de siempre, pero cada que anochecÃa me ponÃa a mirar las paredes, las ventanas, los rincones, no porque creyera que iba a volver, sino porque ya no confiaba del todo en la casa. A veces oÃa ruidos pequeños, como si alguien caminara despacio dentro del cuarto cerrado. o como si algo rascara la madera desde dentro pensé que eran ratas o ramas chocando con el techo pero no lo dije mi madre fingÃa no escuchar nada el abuelo sà lo oÃa lo sé porque se levantaba a mitad de la noche caminaba con cuidado hasta el pasillo y se quedaba un rato frente a la puerta en silencio sin tocarla luego se regresaba despacio como si confirmara que todo seguÃa igual nunca me preguntó si yo escuchaba lo mismo solo me decÃa que durmiera que no pensara tanto no sé si esa sombra desapareció del todo o si solo se quedó quieta escondida pero desde aquel dÃa en que el anciano llegó nuestra casa ya no volvió a sentirse como antes Mi nombre es David Miller. Hasta 1992 trabajé como investigador adjunto en la Oficina de Asuntos Internacionales del Bureau of Indian Affairs, BIA, en Tucson, Arizona. El 4 de junio de ese año recibà un memorando interno con la clasificación Nivel 2,
43:41 Información Preliminar. El remitente era el subdirector regional, William A. Garretson. El asunto estaba titulado Quejas no resueltas, Sonayaqui, Sonora, México. El documento describÃa una serie de reportes que habÃan llegado por medio de la Embajada de Estados Unidos en Hermosillo. El contenido resumÃa desapariciones de ganado y dos casos de personas extraviadas entre 1986 y 1991 en un área conocida como Monte Bacatete. Lo que llamó mi atención fue que varios testimonios coincidÃan en describir la figura de un hombre cubierto de piel oscura que se movÃa de noche. El texto citaba expresiones locales que se traducÃan como« hombre animal» o« el que camina con patas». El memorando ordenaba recopilar información verificable. Mi tarea consistÃa en« contactar autoridades municipales de Bicam y Potam».
44:45 reunir registros o declaraciones de familias afectadas, documentar cualquier evidencia fÃsica, huellas, rastros, objetos, determinar si existÃa base para un informe conjunto con la SecretarÃa de Gobernación de México. Ese mismo dÃa redacté una hoja de ruta. SaldrÃa de Tucson el 6 de junio en un vuelo hacia Hermosillo, donde pasarÃa dos noches. Luego me desplazarÃa por tierra hasta Bicam en un vehÃculo de la embajada. Mi plan inicial era permanecer en la zona no más de 10 dÃas, considerando que este tipo de reportes solÃa desestimarse por falta de pruebas. Tomé el vuelo a primera hora. El asiento junto a mà quedó libre. Pasé el trayecto revisando una carpeta con antecedentes de la región Yaqui. Entre los papeles incluÃan recortes de periódicos locales que hablaban de ganado hallado sin sangre, con cortes circulares en el cuello y el pecho. En uno de esos artÃculos, un reportero mencionaba que la gente preferÃa guardar silencio para no ser objeto de burlas. Cuando aterrizamos, un funcionario del consulado me esperaba con una camioneta gris. Me llevó al Hotel Gándara, sobre el bulevar Quino. Esa noche, revisé las hojas de registro y anoté que varios casos señalaban el mismo punto de referencia. un arroyo seco en la base del Bacatete dos nombres se repetÃan como testigos principales MartÃn López y Pedro Ruiz al dÃa siguiente el cónsul auxiliar me presentó
46:19 con el encargado de enlace con autoridades mexicanas se limitó a decir que los casos parecÃan historias de rancho pero que de todas formas debÃa levantarse un informe formal Recogà las credenciales temporales y un juego de formularios de entrevistas. El 8 de junio por la mañana inicié el trayecto hacia Beacom. El vehÃculo era una Chevrolet Blazer con placas diplomáticas. El camino se extendÃa casi en lÃnea recta, rodeado de sembradÃos secos y casas bajas con techos de lámina. A medida que avanzaba, noté que muchas parcelas tenÃan cercas rotas y que algunos animales andaban sueltos. Me detuve en un expendio de gasolina cerca de Potam. Compré agua embotellada y un cuaderno nuevo, donde pensaba transcribir los relatos. El dependiente del negocio miró mi identificación y preguntó si venÃa por Los Muertos del Cerro. Le pedà que me explicara, pero solo dijo que la gente de por allà ya no subÃa al Bacatete desde hacÃa tiempo. Antes de continuar, marqué al consulado para informar mi ubicación. Les avisé que llegarÃa a Bicam antes del mediodÃa. Mi plan era presentarme con el comisario municipal, identificarme con la carta oficial del VIA y solicitar los archivos de reportes comunitarios. Al retomar el camino, pensé que aquel caso serÃa otra colección de supersticiones locales.
47:47 Durante los últimos dos años habÃa recibido decenas de expedientes sobre brujerÃa. Hombres que se convertÃan en animales o luces que bajaban de los cerros. Casi siempre terminaban en papeles archivados sin seguimiento. Lo que no sabÃa entonces era que esta vez la evidencia serÃa demasiado consistente como para desecharla. Llegué a Beacon poco antes del mediodÃa. El calor era más seco que en Hermosillo, y el camino principal estaba lleno de camionetas con cajas de madera donde llevaban sacos de grano. Me estacioné frente a la comisarÃa municipal, un edificio pequeño pintado de color blanco, con la puerta abierta y un escritorio de metal junto a un archivero oxidado que apenas se sostenÃa. Un hombre de unos 50 años salió a recibirme. Se presentó como comisario Jesús Padilla, y después de leer la carta membretada del Bureau of Indian Affairs, comentó que entendÃa la importancia del asunto. pero que la mayorÃa de la gente no querÃa hablar porque temÃan que se burlaran de ellos. Se sentó frente a mÃ, acomodó un cuaderno donde llevaba notas, y dijo que durante años habÃan circulado historias sobre un ser que bajaba del monte por las noches. Algunos aseguraban que era un brujo antiguo y otros creÃan que se trataba de un animal que nadie podÃa herir con un arma y que por eso muchos preferÃan guardar silencio. Le pedà que me mostrara cualquier registro disponible, abrió el cuaderno y señaló una lista de nombres.
49:22 Explicó que eran las familias que habÃan reportado incidentes entre 1986 y 1992, y detalló que habÃa ocho casos de ganado muerto en circunstancias extrañas. En cinco de ellos, los cuerpos aparecÃan con heridas que parecÃan hechas con cuchillos, pero sin rastros de sangre alrededor. Le pregunté si podÃa fotocopiar las páginas. Dijo que no contaba con máquina en ese edificio. pero me permitió anotar los nombres a mano, asà que transcribÃ. Familia López GarcÃa, sector norte del ejido, pérdida de tres cabras en junio de 1986. Familia Ruiz Vega, sector sur, dos vacas muertas en 1986-agosto de 1989. Familia Romero Sánchez, desaparición de un joven de 17 años en septiembre de 1990. Familia Valencia Ochoa. Desaparición de un adulto en marzo de 1992. Al terminar, pregunté si recordaba detalles de las dos desapariciones y me dijo que, en ambos casos, los hombres habÃan subido al monte a recoger leña, que sus cuerpos nunca se encontraron y que la búsqueda duró menos de una semana porque la comunidad insistÃa en que nadie debÃa permanecer allà de noche. El comisario me entregó una hoja con los datos de contacto de las familias y un croquis dibujado a mano que
50:53 marcaba el sendero hacia un lugar llamado el Manantial Viejo. Según él, ese era el punto donde casi siempre empezaban los problemas. Antes de salir, le pregunté si alguna autoridad estatal habÃa dado seguimiento a los casos. Negó con la cabeza y comentó que a veces llegaban policÃas de Ciudad Obregón. Pero no se quedaban más de un dÃa. Luego me recomendó buscar a un maestro yaqui llamado Don Eliseo RamÃrez, que vivÃa cerca del bordo de Riego y que, según decÃan, guardaba un cuaderno con testimonios antiguos. Le agradecà la información, salà del edificio y crucé la calle para comprar agua y pan en una tienda pequeña. El dependiente me miró de arriba abajo y preguntó si era periodista. Le expliqué que trabajaba para una agencia de Estados Unidos. No dijo nada más. Me alojé en una casa de huéspedes junto a la iglesia principal. El dueño me ofreció un cuarto con una cama de hierro y un ventilador que apenas movÃa el aire caliente. Dejé la carpeta con los apuntes sobre la mesa y me recosté un momento. Cuando oscureció, salà a caminar por la calle principal. Frente a una casa baja, un grupo de mujeres sentadas en sillas de plástico cantaba una melodÃa en yaqui que repetÃan con un tono lento y pausas largas. De regreso a la habitación, me senté junto a la lámpara y revisé la lista de familias. Subrayé los casos de las desapariciones humanas y
52:25 anoté que, al dÃa siguiente, visitarÃa a don Eliseo RamÃrez. Antes de apagar la luz, escribà que, hasta ese momento, no habÃa ninguna prueba material de la existencia de un hombre animal, pero la consistencia de los relatos me hacÃa pensar que, al menos, todos creÃan en lo que contaban. A la mañana siguiente caminé hasta la vivienda de don MartÃn López, que vivÃa en una casa de bloques con techo de lámina al norte del ejido. Llevaba un sombrero de palma y una camisa vieja de cuadros. Se presentó con voz tranquila y me invitó a sentarme en una silla de madera junto a la puerta. Le expliqué que trabajaba para una dependencia estadounidense que recopilaba información sobre desapariciones y ataques a ganado. Me dijo que no tenÃa problema en contar lo que recordaba, pero que no me garantizaba que pudiera entenderlo todo. Según sus palabras, hay cosas que no se pueden explicar con claridad. Me relató que su sobrino, Emilio López, de 17 años, habÃa desaparecido en septiembre de 1990 cuando subió al cerro a cortar leña. Según contó, esa tarde se llevó un machete, un morral con tortillas y un costal donde acostumbraba guardar la leña. No regresó al anochecer y, a la mañana siguiente, salieron a buscarlo con otros familiares.
53:51 Encontraron el machete tirado cerca de un tronco. El costal estaba más arriba, pero no habÃa rastros de pelea ni huellas de sangre. Le pregunté qué huellas vieron. Don MartÃn dijo que junto al machete habÃa marcas grandes que parecÃan pies descalzos con garras. Las huellas seguÃan hacia un claro en la ladera donde se perdÃan entre las piedras. Cuando le pregunté si podÃan ser de un animal común, negó con la cabeza y comentó que ningún puma ni coyote deja rastros tan simétricos. Anoté cada detalle en mi cuaderno. También le pregunté si habÃa escuchado algo extraño durante las búsquedas. Explicó que por las noches se escuchaban pasos que no se parecÃan a pisadas de animal. DecÃa que sonaban más largas y pesadas, como si alguien caminara sobre dos piernas.
54:43 Después de casi una hora de conversación, me recomendó que hablara con Pedro Ruiz, un vecino que aseguraba haber visto la figura de cerca. Caminé hasta su parcela que quedaba al otro lado del camino. Pedro estaba arreglando una cerca rota. Se limpió las manos en el pantalón antes de saludarme. ParecÃa más desconfiado que don MartÃn, pero accedió a platicar después de ver la carta de presentación. Pedro relató que una madrugada de 1989 salió a buscar una cabra que se habÃa soltado. Cuando llegó a un arroyo seco, vio algo que caminaba erguido. Dijo que, al principio, creyó que era un hombre cubierto con un abrigo de piel. Pero cuando se acercó un poco, vio que los brazos terminaban en garras.
55:31 La cabeza era ancha y alargada. Aseguró que la figura se detuvo y lo miró directamente. Después habló con una voz ronca que no parecÃa de persona. No quiso repetir lo que escuchó porque, según él, si se repite, se invita a que vuelva. Le pregunté si podÃa describir la voz. Solo dijo que sonaba como si hablara desde un lugar muy profundo. Me comentó que la cabra apareció muerta dÃas después, con el cuello roto y marcas de cortes alrededor del pecho. Pedro afirmó que desde esa noche nadie en su familia sube al monte después de que cae el sol. Tomé nota de todo en el cuaderno principal y también grabé algunos fragmentos con una grabadora portátil que llevaba para documentación de campo cuando terminé de escribir. Agradecà a Pedro su tiempo y volvà al cuarto de huéspedes. Me senté en la mesa para pasar en limpio lo más importante y dejé un espacio para las transcripciones. Apunté que hasta ese momento dos testimonios coincidÃan en detalles clave. El tamaño de las huellas. la forma de caminar y la voz que hablaba.
56:38 Antes de acostarme, revisé las hojas con atención. Pensé que habÃa entrevistado a muchas personas que aseguraban haber visto brujas, luces o animales extraños, pero casi nunca describÃan la misma escena con tanta coincidencia. EscribÃa en la última lÃnea que no esperaba encontrar relatos tan consistentes y que al dÃa siguiente me reunirÃa con don Eliseo RamÃrez para saber qué contenÃa el cuaderno antiguo. La mañana empezó con un recorrido hasta el bordo de riego donde, según el comisario, vivÃa don Eliseo RamÃrez. Caminé por un sendero de tierra rodeado de parcelas con malla ciclónica. Al llegar encontré una casa de bloques pintada con cal. Frente a la puerta habÃa una anciana sentada en una silla de plástico. Al verme se levantó despacio y preguntó a quién buscaba. Le expliqué que me llamaba David Miller y que estaba en Beacom para recopilar información sobre ciertos casos relacionados con el Monte Bacatete.
57:40 Ella asintió sin sorpresa y dijo que Eliseo habÃa salido temprano a ver unas tierras, pero que si necesitaba algo podÃa hablar con ella. Le pregunté si conocÃa un cuaderno con relatos de curanderos antiguos. Me miró en silencio un momento y después entró a la casa sin responder. Tardó varios minutos en volver. TraÃa un cuaderno de tapas gruesas envuelto en un trapo color marrón. Me lo entregó sin decir palabra. Cuando le pregunté si pertenecÃa a Eliseo, contestó que ese cuaderno lo habÃa escrito Leandro Ibarra. un curandero que vivió cerca de Potam y que desapareció en circunstancias extrañas hacÃa más de 20 años. Añadió que algunas páginas contenÃan nombres de personas que aseguraban haber visto al mazo yuku, un término que traducÃa como espÃritu animal. Le pedà permiso para sentarme y revisar el contenido. Aceptó con un movimiento de cabeza. Busqué un sitio junto a la pared donde llegaba un poco de sombra. Abrà el cuaderno con cuidado porque el lomo estaba quebradizo. La primera página era una lista de nombres y fechas, muchas de ellas entre 1971 y 1980.
58:54 En el margen superior habÃa una oración en lengua yaqui que no entendÃa. Pasé varias hojas hasta encontrar un apartado titulado Ritual de Transferencia. La caligrafÃa era irregular pero clara. El texto describÃa un procedimiento que consistÃa en tomar un objeto personal del enfermo, mezclarlo con ceniza y sangre de animal. y colocarlo sobre una piedra marcada con un sÃmbolo de cuatro lÃneas. DecÃa que, con ese acto, el Masoyuku retiraba la enfermedad, pero que a cambio debÃa alimentarse de otro ser vivo. Al leerlo, comprendà que esa creencia coincidÃa con las historias sobre ganado muerto y personas desaparecidas. Saqué una libreta donde iba transcribiendo los fragmentos más relevantes. Copié varias frases tal cual aparecÃan, para que no se perdiera el sentido original. Anoté que, según el cuaderno, el espÃritu podÃa elegir cuándo reclamar su pago y que no siempre avisaba de qué forma lo harÃa. En otra hoja aparecÃa un dibujo hecho con tinta azul. Mostraba un cÃrculo rodeado por cuatro trazos en cruz. Me pareció que era el mismo sÃmbolo que el comisario mencionó al hablar del manantial. Mientras escribÃa, llegó don Eliseo, un hombre de cabello blanco que caminaba con paso corto. Se presentó con voz baja y me pidió que le explicara qué interés tenÃa en esos papeles.
1:00:20 Saqué la carta del vÃa y se la entregué. La leyó con calma y comentó que ya le habÃan dicho que alguien vendrÃa de fuera a preguntar. Me preguntó si conocÃa el idioma yaqui. Le contesté que no, por lo que se ofreció a traducir algunos pasajes que él mismo habÃa revisado con Leandro Ibarra cuando todavÃa vivÃa. Se sentó en un banco de madera y empezó a leer en voz alta. La traducción decÃa que el Masoyuku no era un brujo común, sino un ente que existÃa desde antes de que llegaran los misioneros españoles. Según la creencia, aparecÃa cuando la gente cruzaba ciertos lÃmites del monte sin permiso.
1:01:01 Comentó que algunos ancianos decÃan que era un protector del manantial, y otros creÃan que se alimentaba de la enfermedad para prolongar su existencia. le pregunté si él habÃa visto algo que confirmara esos relatos contestó que nunca subió al cerro después del atardecer y que no pensaba hacerlo ahora añadió que el cuaderno era una copia de otro más antiguo que se habÃa perdido cuando quemaron la casa de leandro ibarra después se quedó un momento con la mirada baja como si recordara algo que preferÃa no decir guardé mis notas con cuidado y le devolvà el cuaderno le agradecà su tiempo y le pregunté si podÃa visitarlo más adelante si surgÃan otras preguntas dijo que sà con un gesto breve antes de despedirme me advirtió que si tenÃa intención de subir al manantial debÃa llevar una ofrenda aunque fuera simbólica porque en esas tierras no bastaba con pedir permiso de palabra Salà de la casa con la sensación de que aquel cuaderno era más importante de lo que parecÃa.
1:02:07 Al volver a la calle principal, anoté en mi libreta que, al dÃa siguiente, iniciarÃa un recorrido hasta la base del bacatete, para verificar si ese sÃmbolo seguÃa allÃ. La mañana siguiente me reunà con dos hombres que aceptaron acompañarme hasta la base del Bacatete. Se llamaban Alberto Valenzuela y Domingo Carpio. Los contacté gracias a un comerciante que me dijo que ellos a veces servÃan de guÃas para personas que buscaban leña o marcaban lÃmites de terrenos. Cada uno traÃa un machete envuelto en una funda de lona y un morral con tortillas y agua. Antes de salir revisé la grabadora portátil y el cuaderno de apuntes. Caminamos por un sendero angosto que subÃa en dirección al manantial. La tierra era parda y estaba cubierta de hojarasca seca. A cada lado crecÃan mezquites con ramas bajas que arañaban la ropa si uno no ponÃa cuidado. Pasamos un bordo de piedra que, según Alberto, marcaba el lÃmite donde la gente del ejido solÃa recoger leña. Más arriba, dijo, ya nadie iba después de la última desaparición. A unos 300 metros de ese punto encontramos las primeras huellas. Eran marcas anchas, más grandes que las de un pie humano corriente. Se distinguÃan con claridad porque la tierra estaba húmeda por las lluvias de la semana anterior. Me agaché para verlas de cerca y conté cuatro dedos largos con una hendidura que parecÃa una garra.
1:03:35 Domingo se quedó a un lado sin decir nada mientras Alberto comentaba que, desde niño, habÃa escuchado que el cerro guardaba cosas que no se podÃan entender. Saqué la cámara fotográfica y tomé varias imágenes con la etiqueta de fecha. Después marqué el sitio con una piedra que recogà del camino. Seguimos avanzando hasta un claro donde los troncos de algunos árboles tenÃan marcas horizontales. ParecÃan cortes hechos con filo. pero eran demasiado altos como para que los hubiera provocado una persona de pie. Calculé que las hendiduras estaban a más de un metro ochenta del suelo. Domingo dijo que a veces encontraban cabras muertas cerca de esos árboles, aunque hacÃa tiempo que nadie subÃa a comprobarlo. Cuando llegamos a la orilla del manantial, el agua se veÃa quieta y opaca.
1:04:27 Un cÃrculo de piedras cubrÃa parte del margen. Uno de esos bloques tenÃa grabado un sÃmbolo, un cÃrculo con cuatro lÃneas que salÃan hacia afuera, igual al dibujo que habÃa visto en el cuaderno de Leandro Ibarra. Pasé la mano sobre la superficie y sentà la piedra rugosa bajo los dedos. Alberto me preguntó si pensaba dejar algo allÃ. Le contesté que solo necesitaba registrar el lugar. Saqué el bloc de notas y anoté el croquis de la disposición de las piedras. Marqué la ubicación aproximada según la brújula de mano que llevaba mientras lo hacÃa. Noté que Domingo miraba con insistencia hacia el bosque. Le pregunté si escuchaba algo y respondió que a veces en esa zona se oÃa un silbido largo, como si alguien estuviera llamando, pero que nadie debÃa contestar porque eso traÃa desgracia. La tarde empezó a oscurecer más rápido de lo que esperaba. Decidimos quedarnos a pasar la noche en un pequeño claro que tenÃa menos vegetación. Alberto dijo que era mejor no moverse una vez que el sol desapareciera. Encendimos una fogata baja y prepararon café en una olla negra que llevaban. Yo revisé las fotografÃas en la cámara y comprobé que las huellas y las marcas en los troncos salÃan con nitidez. Poco después de medianoche, el fuego se redujo a brasas. El aire estaba tan quieto que se oÃan los insectos entre la maleza. En
1:05:57 un momento creà distinguir un sonido prolongado que se movÃa de un lado a otro, un silbido que empezaba muy fino y luego subÃa de tono. Levanté la linterna e hice un barrido alrededor, pero no vi nada. domingo me miró y dijo en voz baja que era mejor no hablar si aquello seguÃa sentà un frÃo que no venÃa del ambiente notaba la respiración más rápida y me di cuenta de que no podÃa quitar la vista del borde del claro en la libreta donde anotaba todo escribà que algo se movÃa fuera del alcance de la linterna después guardé el cuaderno y me quedé sentado con la espalda apoyada en un tronco mirando la oscuridad hasta que el sonido se fue alejando despacio amaneció sin que pasara nada más recogimos las cosas y descendimos con paso lento cuando llegamos al sendero principal los dos hombres se despidieron sin hablar mucho me quedé un momento mirando hacia el monte Luego tomé la cámara y revisé las imágenes una por una para asegurarme de que no habÃa perdido nada de lo que habÃa documentado. La siguiente tarde volvà a subir con Alberto y Domingo. Llevábamos agua, un paquete de tortillas y una lámpara portátil. El plan era tomar fotografÃas del claro donde habÃamos visto las marcas y documentar si aparecÃan nuevas huellas. Mientras caminábamos, Alberto mencionó que su abuelo le contaba historias de un ser que caminaba erguido y que
1:07:29 podÃa cambiar de forma si asà lo deseaba. Preferà no interrumpirlo. Solo anoté cada detalle en mi cuaderno de campo. Al llegar al sitio, me agaché para enfocar la cámara sobre una piedra con musgo. Tomé varias imágenes en secuencia y marqué con un pequeño listón rojo los puntos donde habÃan aparecido huellas el dÃa anterior. Domingo permanecÃa cerca, vigilando el lÃmite de la arboleda. La luz empezaba a caer con rapidez, asà que me apuré en colocar la regla de medición junto a las marcas. En un momento, mientras revisaba el visor, sentà que Domingo me tocaba el hombro con fuerza. Levanté la vista y vi que Alberto no se movÃa. tenÃa la mirada fija hacia un claro que se abrÃa entre dos troncos caÃdos, seguà la dirección de sus ojos y distinguà una figura alta, con los hombros anchos y la cabeza agachada, estaba cubierta de una piel oscura que se veÃa distinta de cualquier prenda, el cuerpo tenÃa una forma humana, Pero algo en la postura y el tamaño no coincidÃa con ninguna persona que hubiera visto. Nadie habló. Alberto respiraba con dificultad mientras se llevaba la mano al pecho. Domingo bajó la vista, se arrodilló en el suelo y empezó a rezar en voz baja, aunque no entendà las palabras.
1:08:51 El tono era tan uniforme que sentà un escalofrÃo. La figura permanecÃa inmóvil, parecÃa observarnos sin acercarse. Levanté la cámara y tomé dos fotografÃas rápidas con el obturador en modo silencioso. En ese momento la figura inclinó la cabeza hacia un lado y emitió un sonido que no se parecÃa a un animal. Era un murmullo grave que subÃa de intensidad por segundos. No entendà lo que decÃa, pero el ritmo sonaba como un idioma desconocido. Intenté anotar algo en la libreta, pero la mano me temblaba. y apenas logré escribir que el sonido no era un grito ni un gemido. La presión en el pecho empezó como un peso suave que me costaba ignorar. Aumentó hasta que me faltó aire. SentÃa que me aplastaba por dentro sin tocarme. Aparté la vista un instante al volver a mirar. La figura habÃa dado un paso hacia atrás y después comenzó a alejarse entre los árboles sin hacer ruido. La piel oscura desapareció detrás de los troncos con una facilidad que me pareció imposible.
1:10:00 Alberto se sentó en el suelo con la espalda contra un tronco. Respiraba con la boca abierta y las manos apoyadas en las rodillas. Domingo permanecÃa arrodillado. SeguÃa rezando sin levantar la vista. Me quedé un momento mirando el punto donde habÃa estado la figura. Notaba la garganta seca y el corazón acelerado. Intenté volver a tomar la cámara, pero sentÃa las manos rÃgidas. Cuando el silencio regresó, Alberto me miró y dijo que no volverÃa a subir conmigo, que aquello no era asunto de gente común. Domingo no habló, solo recogió su morral y empezó a caminar despacio por el sendero de bajada. Guardé la cámara con cuidado y revisé que la tarjeta de memoria siguiera en su lugar.
1:10:45 Después recogà la libreta y la linterna. Antes de marcharme, escribà que en todo el tiempo que llevaba haciendo investigaciones, nunca habÃa visto a dos testigos reaccionar con tanto miedo ante algo que ni siquiera los tocó. La bajada fue más lenta. Ninguno de los tres se detuvo a comentar lo ocurrido. Cuando llegamos al borde del poblado, Alberto se quitó el sombrero y dijo que preferÃa no volver a hablar de lo que vio. Le di las gracias por acompañarme y me quedé mirando cómo se alejaban hacia la parte más vieja del ejido, cuando el polvo de sus pasos se asentó. Supe que estaba solo con las pruebas que acabábamos de recoger. Esa noche volvà a la casa de huéspedes con la sensación de que algo habÃa cambiado en mi forma de ver aquel caso. Guardé la cámara, las libretas y la grabadora en una mochila que dejé junto a la cama. Revisé una por una las imágenes.
1:11:41 La figura aparecÃa en dos de ellas, apenas un contorno oscuro, pero se distinguÃan los hombros anchos y parte del brazo. Me quedé mirando la pantalla varios minutos sin decidir si era mejor borrar el archivo o guardarlo como prueba. A las nueve de la noche sonó el teléfono que estaba en la recepción. El dueño del hospedaje tocó la puerta y me dijo que la llamada era para mÃ. bajé con el estómago revuelto contesté y escuché la voz del asistente del cónsul preguntó si habÃa tenido avances y si ya contaba con material que pudiera remitir a la oficina central en Tucson respondà que estaba recopilando información y que aún debÃa verificar algunas referencias noté que hizo una pausa breve antes de decir que el director regional querÃa un informe preliminar en no más de tres dÃas le aseguré que enviarÃa un resumen con lo que tuviera regresé al cuarto y me senté frente a la mesa saqué el cuaderno principal y repasé cada página las descripciones de las huellas los testimonios de don martÃn y pedro ruiz el dibujo del sÃmbolo en la piedra las dos fotografÃas de la figura Cada elemento parecÃa encajar demasiado bien con los relatos antiguos del cuaderno que me habÃa mostrado don Eliseo.
1:13:02 Mientras más leÃa, menos sentÃa que aquello pudiera reducirse a un informe técnico para archivar. Cerré la libreta y caminé hasta la puerta. Afuera, la calle estaba casi vacÃa. solo se oÃan algunos perros ladrando a lo lejos crucé la plaza y fui a buscar a don Eliseo RamÃrez lo encontré sentado bajo un corredor de lámina fumaba con la mirada fija en el suelo me acerqué y le pedà permiso para conversar unos minutos levantó la vista y me hizo un gesto para que me sentara en un banco frente a él le expliqué que el consulado esperaba un informe con todo lo que habÃa documentado Le conté que en Estados Unidos este tipo de casos se trataban como folclor.
1:13:48 A veces se exhibÃan en conferencias sobre creencias locales. Mientras hablaba, me di cuenta de que estaba justificando algo que ni yo terminaba de entender. Cuando terminé, don Eliseo guardó silencio unos segundos. Luego dijo que los extranjeros siempre buscaban convertir todo en una historia que se pudiera explicar con palabras de ciudad. Me miró sin parpadear. Comentó que el Nahual no era un mito para asustar niños, que habÃa existido antes de que llegara cualquier iglesia o gobierno. Añadió que si yo entregaba esas fotos y esas notas, no cambiarÃa nada en el monte, pero sà podrÃa atraer curiosidad de gente que no respetarÃa el lugar. dijo que cada vez que llegaba un extraño a preguntar algo se movÃa en el cerro como si la atención despertara algo que preferÃa quedarse quieto le pregunté si creÃa que debÃa ocultar la información negó despacio y aclaró que no era cuestión de esconder nada sino de decidir si valÃa la pena que más gente viniera solo a mirar, dijo que cada quien debÃa cargar con lo que elegÃa contar y con lo que decidÃa callar, después se quedó callado y miró hacia la plaza, donde un foco iluminaba la entrada de la iglesia.
1:15:10 Comprendà que la conversación habÃa terminado. Volvà al hospedaje con la cabeza llena de preguntas que no habÃa previsto al aceptar la asignación. Me senté en la cama y repasé mentalmente todo lo que llevaba recogido. SabÃa que, si enviaba esas imágenes y relatos, serÃa cuestión de semanas antes de que alguien llegara con cámaras y permisos para explorar. Cerré los ojos un momento, intentando pensar como investigador, pero no conseguà separar lo que habÃa visto de lo que sentÃa. Al final, anoté en la libreta que, al dÃa siguiente, redactarÃa el informe preliminar con los datos básicos, sin incluir las fotografÃas ni las transcripciones completas. Me quedé sentado en la oscuridad, escuchando el ruido de un ventilador que giraba lento, sin poder decidir si aquello era un acto de prudencia o de cobardÃa. Amanecà con la decisión tomada. Me levanté antes de que saliera el sol y revisé por última vez el contenido de la mochila. Saqué la cámara y retiré la tarjeta de memoria. La guardé en un sobre que coloqué en el fondo de mi maleta junto a las libretas. Preparé una versión resumida del informe donde solo incluà datos de contexto, las fechas de las desapariciones, los nombres de las familias que habÃan denunciado y una descripción general del terreno. Omità cualquier referencia a huellas, sÃmbolos o grabaciones de voz. Escribà que la información recabada no permitÃa
1:16:42 confirmar la existencia de ningún responsable humano o animal con comportamiento anómalo, que los testimonios recopilados coincidÃan con creencias locales de carácter tradicional. Señalé que no se observaron indicios de actividad reciente que justificaran la apertura de una investigación formal. Revisé cada párrafo con cuidado para que pareciera un reporte incompleto pero coherente, que no levantara sospechas ni provocara preguntas adicionales. Cuando terminé, lo imprimà en una pequeña oficina de Bicam que tenÃa una máquina de escribir y un sello oficial. Pagué por tres copias y firmé las hojas con mi nombre completo y el número de empleado federal. Guardé el original en un sobre dirigido al cónsul adjunto y dejé la copia sellada en la comisarÃa municipal. Al salir, crucé la plaza sin mirar a nadie. SentÃa el estómago tenso, pero al mismo tiempo una claridad que no habÃa sentido en dÃas. Volvà a la casa de huéspedes y tomé la maleta. El dueño me deseó buen viaje y preguntó si volverÃa pronto. Le respondà que no tenÃa previsto regresar.
1:17:51 Salà caminando con paso tranquilo, aunque por dentro sabÃa que esa calma era más apariencia que otra cosa. Cuando llegué a la carretera, un chofer que conocÃa del dÃa anterior me llevó hasta Ciudad Obregón. Durante el trayecto no hablamos. Yo me dediqué a repasar mentalmente cada detalle que quedaba fuera del informe. En la central camionera compré un boleto para Guadalajara. donde vivÃa un antiguo compañero de estudios que me habÃa ofrecido alojamiento si alguna vez necesitaba tomar distancia. Mientras esperaba la salida del autobús, abrà el cuaderno principal y arranqué varias páginas donde describÃa la figura en el claro y las palabras que habÃa oÃdo. Guardé esos fragmentos doblados en un bolsillo interior de la chaqueta. El resto del cuaderno lo coloqué en un cesto de basura que estaba junto a la banca. SabÃa que si el consulado recibÃa solo un informe básico y una carpeta con referencias vagas, pensarÃan que el caso era otro expediente rural que no justificaba recursos. Asà podrÃan cerrar el asunto sin mandar a nadie más a buscar lo que nosotros habÃamos visto. Entendà que ese era el único modo de evitar que convirtieran aquella historia en un tema de conferencias y análisis que no respetarÃan lo que significaba para la gente del lugar.
1:19:15 mientras subÃa al autobús sentà por primera vez en semanas que habÃa recuperado un poco de control me acomodé junto a la ventana y saqué el cuaderno pequeño donde llevaba notas personales escribà la última lÃnea con letra firme no puedo permitir que conviertan esto en un caso para exhibirlo en conferencias después cerré la libreta y la guardé en la bolsa lateral del asiento El motor arrancó con un traqueteo que se fue mezclando con el ruido de la carretera. Me apoyé en el respaldo y decidà no volver a mirar hacia el norte. Nunca regresé a Arizona. Después de entregar aquel informe incompleto, decidà que no tenÃa sentido continuar en una oficina que jamás entenderÃa lo que encontramos. En septiembre de 1992, firmé mi renuncia y solicité que mi expediente quedara cerrado sin observaciones. Nadie me preguntó por los materiales que faltaban ni por las copias que nunca entregué. Con el tiempo, supe que en Washington la carpeta oficial del caso Bacatete quedó registrada como incompleta. Nunca apareció constancia de recepción de las fotografÃas, las grabaciones o las libretas originales, aunque algunos insistieron en que debÃa enviar todo para cerrar el archivo. No volvà a responder sus cartas. Me establecà en Guadalajara y empecé a trabajar como consultor independiente en proyectos relacionados con estudios de campo. Conservé los apuntes y la tarjeta de memoria con las imágenes tomadas en el monte.
1:20:47 Todo sigue guardado en un archivador metálico que nadie más ha abierto. A veces pienso que si algún dÃa me faltan las fuerzas, lo destruiré sin dejar copia. Han pasado más de dos décadas desde entonces, y aunque varias personas han intentado convencerme de compartir lo que tengo, nunca accedà a hacerlo. Entiendo que muchos creen que los documentos podrÃan aclarar algo, pero después de tanto tiempo, sé que nadie podrÃa hacer nada con ellos. Los detalles siguen conmigo, intactos, y asà permanecerán mientras yo tenga la decisión de conservarlos.
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