Aug. 1, 2025

PERRO NAHUAL Sin Lengua Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Tengo una hija de siete años que va a primaria y un esposo que trabaja todo el día, así que casi siempre soy yo quien se encarga de la casa. No nos falta nada, pero tampoco estamos sobrados. Los fines de semana los usamos para hacer mandado, lavar ropa y limpiar el patio. Fue en uno de esos sábados cuando vimos por primera vez un perro de tamaño mediano, mestizo, con el pelaje café oscuro y una mancha blanca en el pecho. Estaba acostado de lado, con las patas estiradas. No se movió cuando nos acercamos, solo abrió los ojos y nos miró. Mi hija fue la primera en hablarle. Se le acercó con cuidado, le extendió la mano y él la olfateó sin levantarse. Solo movió la cola despacio, sin emitir ningún sonido. Tenía las orejas caídas y la mirada tranquila. Mi esposo comentó que lo había visto antes, un par de veces, caminando por la calle de atrás.

1:01 Dijo que nunca lo vio meterse con nadie, que parecía andar de paso. Mi hija, en cambio, se emocionó de inmediato. Le llevó un recipiente viejo y lo dejó junto a la reja con agua. El perro se acercó, bebió con calma y luego volvió a echarse. No hizo ningún intento por entrar ni por acercarse más. Solo se quedó ahí, mirando. Esa noche no se movió del mismo lugar. Lo miramos desde la ventana del cuarto y ahí seguía, acurrucado junto a la reja. Al día siguiente seguía ahí. No ladró cuando pasaron otros perros ni cuando un vecino se acercó a dejar una bolsa de basura. Solo lo vio pasar.

1:43 Empezamos a acostumbrarnos. Al tercer día le pusimos un plato con croquetas y una cobija vieja para que se acostara. Mi hija lo acariciaba cada vez que salía. El perro nunca se mostró juguetón, pero tampoco era agresivo, solo la seguía con los ojos. A veces se levantaba y la acompañaba hasta la banqueta, luego regresaba a su rincón. Nunca lo escuchamos hacer ruido, ni un gruñido, ni un resoplido. ni siquiera cuando corría detrás de una pelota que mi hija le lanzaba corría pero sin hacer el menor sonido ni siquiera ladraba decidimos adoptarlo simplemente empezó a vivir con nosotros lo bañamos con una manguera le compramos una cama en la tienda de mascotas y lo dejamos dormir en el porche Fue durante una noche que noté algo raro.

2:34 Estábamos viendo la televisión en la sala. Mi hija estaba recostada en el sillón, acariciando al perro que estaba echado a su lado. Yo me acerqué para hacerle cariño en la cabeza. El perro se dejó como siempre, pero al pasar la mano por debajo del hocico, noté algo extraño. Le levanté un poco la quijada y vi que no tenía lengua. Me agaché más y lo revisé con ayuda de mi esposo. Le abrimos el hocico con cuidado. El interior estaba seco, cicatrizado. No había rastro de la lengua, ni un pedazo, solo una superficie lisa y cerrada, como si se la hubieran arrancado hacía mucho tiempo. Nos quedamos callados varios segundos. Mi esposo lo miró con preocupación. Dijo que tal vez alguien se la cortó, que podía ser por crueldad o por alguna infección. Pero que igual era raro que el perro hubiera sobrevivido así. Yo no entendía cómo podía tragar croquetas o beber agua sin lengua. Y más aún, cómo era que no se le salía el aliento por la boca, como hacen todos los perros. esa noche me quedé pensando en él en la forma en que se movía en cómo no emitía ningún sonido empecé a notar detalles pequeños que no jadeaban y después de correr que podía estar parado a unos centímetros sin que lo notáramos Con el paso de los días, el perro se volvió parte de la rutina, pero seguía siendo raro.

4:02 No hacía desorden, no rompía cosas, no saltaba sobre nadie. Comía despacio, dormía casi todo el día y no hacía ruido. Nunca ladró, ni una sola vez, ni cuando pasaban perros por la banqueta, ni cuando tocaban el timbre, ni cuando escuchaba pasos afuera. Solo levantaba la cabeza y observaba, como si pensara en algo. Eso fue lo primero que empecé a notar, que no reaccionaba como los demás. En lugar de avisar, se quedaba quieto. No se sobresaltaba ni se echaba a correr. Solo se detenía, giraba la cabeza y miraba. A veces lo encontraba parado frente a la puerta del cuarto de mi hija. Era de noche y él solo se quedaba ahí, inmóvil, mirando hacia adentro. La puerta siempre quedaba entornada y desde la sala alcanzaba a ver su silueta parada frente al marco. Solo estaba ahí, en completo silencio.

4:58 La primera vez me asusté. Pensé que algo le pasaba. Me acerqué y lo cargué con cuidado. Lo curioso fue que no reaccionó. No hizo fuerza ni intentó bajarse. Se dejó mover como si no tuviera voluntad. Lo llevé a su cama, lo acosté y lo arropé con una manta. Él cerró los ojos sin quejarse. Volví a mi cuarto, pero ya no dormí igual. En otras ocasiones lo veía acostado en la sala o junto a la ventana, y su respiración se volvía agitada. Estaba echado, sin moverse y de pronto empezaba a respirar como si estuviera corriendo, pero lo hacía con la boca cerrada. Solo se le movía el pecho rápido, como si algo lo alterara por dentro.

5:42 Mi esposo me dijo que tal vez tenía algo en la garganta, que quizás su forma de respirar era distinta porque estaba lastimado o mal de la nariz. La niña se encariñó más, le hablaba todo el día, le contaba cosas, le mostraba sus dibujos, le decía que él la entendía. que no hacía falta que hablara porque, con verla, ya sabía lo que quería. Yo pensaba que era imaginación de niña, pero había algo en esa relación que me hacía sentir extraña. Era como si el perro la escuchara de verdad. Se quedaba viéndola con los ojos clavados, como si cada palabra que ella decía se le quedara grabada. Una madrugada me levanté al baño y al salir vi algo que me detuvo.

6:31 El perro estaba en medio de la sala, completamente quieto, con la cabeza girada hacia la ventana. No se movía, parecía una estatua. La luz del poste de afuera entraba apenas por la cortina. Me quedé mirándolo. No sabía si estaba dormido parado o si había escuchado algo. Caminé hacia la cocina y encendí la luz. Fue ahí cuando giró la cabeza, despacio, como si le pesara. Me miró. Solo me miró durante unos segundos. Luego volvió a mirar hacia la ventana. Me acerqué para tocarlo, pero no se movió. No temblaba ni mostraba miedo. Solo estaba ahí. La verdad que sí daba miedo, pero no lo notaba en su momento.

7:14 Al día siguiente, mientras limpiaba el piso del pasillo, noté que tenía tierra seca en las patas. No mucha, pero suficiente para dejar algunas partículas sueltas. Revisé el patio, pero todo estaba limpio. No había rastro de hoyos ni de tierra removida. Las macetas estaban en su lugar. No encontré nada fuera de sitio. Se lo comenté a mi esposo, y él dijo que probablemente salió por el hueco de la malla que daba al terreno baldío. que seguro fue a dar la vuelta y regresó. Pero el portón estaba cerrado, la puerta trasera también. No había forma de que hubiera salido sin ayuda. Ese domingo decidimos aprovechar la tarde para limpiar el patio. Había hojas secas por todos lados y ramas caídas que llevaban semanas amontonadas cerca de la reja.

8:04 Sacamos escoba, rastrillo, bolsas negras y nos pusimos a trabajar. Mi esposo se encargó de barrer la banqueta. Y yo me quedé en el patio trasero, donde casi nunca hacíamos nada. La niña jugaba cerca, lanzándole una pelota al perro, aunque él no se la devolvía ni mostraba interés, solo la seguía con la mirada. Estábamos en eso cuando noté que el perro se le acercó más de lo normal. No corrió ni saltó. Caminó despacio y al llegar junto a ella, le mordió con cuidado la orilla de la blusa. No fue un mordisco agresivo, solo la agarró con los dientes y tiró hacia atrás con suavidad, como si quisiera que lo siguiera. Ella se rió, le acarició la cabeza y le dijo algo que no alcancé a oír. Yo la observaba desde unos metros, el perro seguía jalando sin apurarse, sin hacer fuerza. Mi hija me miró y dijo que el perro quería mostrarle algo. Pensé que estaba imaginando que era parte del juego. Asentí con la cabeza sin dejar de barrer. Lo siguió. El camino directo hacia la esquina trasera del terreno, donde había un árbol seco que llevaba ahí desde que compramos la casa. Era un tronco viejo, sin hojas, con ramas delgadas que se partían al tocarlas.

9:26 Nadie había sembrado nada ahí. La tierra siempre estuvo dura y sin vida, pero el perro se detuvo justo al pie del tronco, miró hacia atrás como asegurándose de que la niña lo viera, y empezó a escarbar. Lo hacía con calma, sus patas se hundían apenas unos centímetros antes de sacar montones de tierra suelta. No era como cuando los perros juegan. Este movimiento era más lento. Parecía saber lo que estaba haciendo. Mi hija se agachó junto a él, curiosa. Pero yo me acerqué antes de que tocara algo. Le pedí que se hiciera a un lado. El perro no se apartó. Siguió rascando un poco más y luego se echó a un lado. Me agaché y aparté con las manos el resto de la tierra removida. Ahí, a poca profundidad, había una bolsa de plástico negra, vieja, rota por varias partes.

10:19 La saqué con cuidado. Estaba húmeda por dentro. Había collares viejos, algunos con cuentas rotas y uno que tenía amarrado lo que parecía un hueso pequeño. No era de animal. Parecía un diente o una falange. También había dos patas secas de conejo, una más grande, que parecía de cabra, pedazos de cera derretida y restos de velas negras ya deformadas por el tiempo. No quise revisar más. Me paré rápido y le dije a mi hija que no tocara nada. metí todo en otra bolsa de basura que tenía cerca la cerré con fuerza y le puse doble nudo el perro no se movió seguía echado con la cabeza baja mirando hacia la raíz del árbol yo no sabía si lo que habíamos encontrado era parte de algún ritual o simple basura de algún loco Pero el estómago me empezó a doler desde ese momento. Mi esposo llegó en ese momento y le conté lo que habíamos hallado. Le dije que probablemente alguien había hecho cosas raras ahí, mucho antes de que compráramos el terreno. me dijo que me deshiciera de todo cuanto antes esa misma noche salí en el coche con la bolsa en la cajuela no la quise dejar en el bote de basura de la casa ni en el de la esquina manejé hasta el contenedor grande que está junto al mercado viejo donde tiran ramas y escombros Cuando volví, noté que el perro seguía en el patio.

11:48 No se había movido del árbol. Ya no escarbaba. Estaba acostado de lado con la cabeza sobre las patas como si estuviera cansado. Me fui a la cama sintiéndome rara. Esa noche no soñé nada, pero me levanté varias veces a mirar por la ventana del cuarto. Cada vez que lo hacía, él seguía ahí, con la mirada fija en el árbol seco, como si estuviera esperando que algo saliera. Volté a ver el reloj del buró. Eran las tres con cuatro minutos. Me levanté al baño, sin hacer ruido. Caminé descalza por el pasillo, todavía con el cuerpo medio dormido. Al cruzar frente a la sala había una figura junto al ventanal. Estaba parada, muy quieta, a contraluz. Pensé que alguien se había metido. Sentí un susto horrible y encendí la luz lo más rápido que pude. El perro estaba ahí, en dos patas, la espalda recta, las orejas caídas. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado, como si escuchara algo que venía del pasillo. me quedé donde estaba no supe qué hacer ni me quise acercar no podía respirar bien sentía la piel del cuello tensarse como si estuviera en peligro pero sin entender de qué pasaron varios segundos fue hasta que di un paso que reaccionó apenas avancé un poco el cuerpo del perro se venció Sus patas traseras se doblaron como si se le hubieran quebrado, y cayó de lado golpeando el piso con fuerza. Empezó a sacudirse

13:19 de inmediato. Se arqueaba, se giraba, temblaba entero. Las patas se le estiraban de forma violenta. Golpeaba el suelo con la cabeza. Era como una convulsión, pero exagerada, como si algo más lo estuviera moviendo por dentro. Grité. Llamé a mi esposo con todas mis fuerzas. Él salió corriendo del cuarto y lo vio en el suelo. Se tiró de rodillas y lo sujetó por el lomo. Yo agarré las patas traseras. Intentábamos detenerlo que no se golpeara, pero no servía de mucho. La fuerza que tenía no correspondía al tamaño. Y entonces el perro dio un llanto agudo, como un grito contenido que no salía de la garganta, sino del pecho.

14:03 El sonido parecía no tener principio ni final. Vibraba en las paredes, se metía por los oídos y se sentía en el estómago. Mi hija llegó corriendo por el pasillo. Lloraba. Solo la abracé y le tapé los oídos, porque el llanto seguía. No subía ni bajaba. Duró casi un minuto, luego se detuvo de golpe, el perro quedó tendido, respirando apenas, los ojos abiertos, la lengua ausente, el cuerpo estirado, le temblaban los músculos, no nos miraba, solo jadeaba en silencio como si hubiera corrido por horas. Mi esposo dijo que había que llevarlo al veterinario, que eso no era normal, que podía tener daño cerebral o algo más grave. Pero antes de que pudiéramos hacer algo, el perro se levantó, solo, sin ayuda, con las patas temblorosas pero firmes. Caminó despacio hasta su cama, no nos miró ni hizo ruido, solo se acostó, se enroscó sobre sí mismo y cerró los ojos.

15:06 Nos quedamos en la sala sin saber qué hacer. La niña se fue con mi esposo al cuarto. Yo me quedé despierta. Me senté en el sillón con los brazos cruzados y los ojos fijos en él. Dormía, respiraba lento, pero ya no era igual. Algo dentro de mí me decía que lo que había pasado no era una simple convulsión. No era un susto ni un malestar físico. No volvió a hacer ruido el resto de la noche. Tampoco se movió. Cuando amaneció, seguía ahí, dormido, como si no hubiera pasado nada, y aunque volvió a parecer tranquilo. Esa madrugada, por primera vez, nos mostró que no era solo un perro perdido. Desde la madrugada en que convulsionó, el perro ya no volvió a dormir en su cama, ni en la sala, ni en el porche, ni junto a la ventana. Empezó a quedarse parado frente a la puerta del cuarto de mi hija todas las noches. No se echaba ni se movía.

16:04 Solo permanecía ahí, en completo silencio, con la cabeza baja, mirando fijo al marco como si esperara que algo saliera, o que algo intentara entrar. Yo me levantaba a medianoche a tomar agua o al baño y siempre lo encontraba ahí, parado como si el tiempo no le afectara. No importaba si eran las 2 o las 5, no cambiaba de postura, nunca me miraba, solo permanecía atento a la puerta. Al principio pensé que protegía, pero después empecé a sentir que no vigilaba por ella sino contra ella. Me empezaba a preocupar ese comportamiento. Una madrugada cerca de las cuatro, mi hija despertó gritando. Salí corriendo del cuarto. Mi esposo se levantó detrás de mí. La encontramos sentada en su cama, temblando con las sábanas tiradas en el suelo. Lloraba con miedo de hablar. Cuando logré calmarla un poco, le pregunté qué había pasado. Me dijo que el perro la había llevado afuera, que la había despertado y le había dicho que tenía que salir, que lo había seguido porque ellos ya habían regresado.

17:13 Le pregunté quiénes eran, solo dijo que no podía verlos, que el perro le pidió que no los mirara a los ojos, que si lo hacía se quedaría con ellos. Revisamos su ropa. Tenía tierra seca en los tobillos como si hubiera caminado descalza. Bajamos corriendo a la cocina. La puerta trasera estaba entreabierta. Esa puerta siempre la dejábamos cerrada con seguro. Yo misma la revisaba antes de acostarme. Esa noche estaba abierta sin que nadie la tocara. Le pedí a mi esposo que se quedara con la niña. Me asomé por la ventana del fregadero. El patio estaba oscuro, pero la luz de la calle iluminaba lo suficiente para distinguir las siluetas. El perro estaba junto al árbol seco, de nuevo, pero no estaba solo. Al fondo del terreno, entre los matorrales, vi al menos dos figuras. Estaban agachadas, quietas, No caminaban ni se acercaban. Solo se movían de forma leve.

18:15 No podía distinguir si eran personas, pero se notaban más grandes que un perro. Y tenían los brazos doblados de forma extraña. Me quedé muy asustada. Encendí la luz del patio. Las figuras ya no estaban, solo el perro permanecía ahí, con la cabeza agachada, como si nada hubiera pasado. Llamé a mi esposo, salió con un martillo y revisó todo el terreno. Caminó hasta el árbol, se metió entre los matorrales, no encontró a nadie, solo ramas secas, tierra dura y marcas dispersas. Cuando regresábamos a la casa, vi que el perro traía algo en el hocico. No lo solté de vista. Estaba cubierto de tierra húmeda en las patas y en el pecho. Lo seguí hasta la sala. Ahí dejó caer lo que traía. Un collar viejo, de cuero, con algo colgando.

19:06 Me agaché para verlo. Era un diente humano, pequeño, amarillento, atado con un hilo. ya había visto uno igual entre los objetos enterrados junto al árbol no lo toqué le grité a mi esposo lo recogió con una bolsa y lo arrojó al bote de basura con fuerza sin pensarlo esa noche no dormimos ni uno solo de los tres yo me quedé sentada en la cama con la lámpara encendida a partir de esa madrugada empecé a tener sueños muy raros despertaba empapada en sudor con la sensación de tener la boca seca con un temblor en los dedos que no se me quitaba. Mi hija dejó de hablar, dos días completos sin decir una sola palabra. Después de todo lo que había pasado, decidí que no volvería a dejar a mi hija sola con el perro. Aunque él nunca le hizo daño, aunque nunca gruñó ni mostró los dientes, ya no podía confiar. Yo misma me sentaba junto a ella a hacer la tarea, a ver la televisión, incluso a lavarse los dientes. No me despegaba, y si el perro se acercaba demasiado, lo mandaba a la sala. No me obedecía como antes, pero se iba, despacio, sin mirar atrás.

20:21 Aunque no volvió a convulsionar, todas las noches se paraba frente a la puerta del patio. Siempre en la misma posición, de pie, con las patas firmes, la cabeza agachada, mirando fijo hacia la madera. Yo ya no dormía bien, me despertaba con cualquier ruido. Empecé a rezar en voz baja cada noche antes de acostarme. Nunca he sido devota, pero sentía que necesitaba decir algo. Repetía lo poco que me acordaba del catecismo, aunque no tuviera sentido. Lo hacía en voz baja, mirando hacia el techo con los ojos cerrados, como si mis palabras pudieran cubrir la casa. Una madrugada, mientras recitaba el último Padre Nuestro en silencio, escuché pasos.

21:04 Venían desde el pasillo hacia la sala. Me levanté sin pensarlo. Salí rápido, descalza, con la lámpara del celular en la mano. Todos estaban en sus cuartos, las puertas cerradas. solo la trasera estaba abierta el perro ya no estaba caminé hasta la entrada no se veía nada llamé a mi esposo salimos con linternas buscamos por la colonia dimos vueltas en el coche le pusimos agua en su plato pasó el primer día y no volvió el segundo también fue igual no apareció la niña no preguntó mucho Me limité a seguir con la rutina. Mi hija sí lloró mucho por no tenerlo, pero la verdad yo me sentía muy a gusto.

21:47 Es perro, ya me estaba incomodando mucho. En la mañana del tercer día, una vecina tocó la puerta. Dijo que había visto a nuestro perro a tres calles, atropellado. Fui yo sola. Caminé rápido. Al doblar la esquina, lo vi desde lejos. Era él. Estaba tendido de lado, con el cuerpo estirado, el pecho hundido, como si lo hubiera aplastado algo pesado. Me acerqué despacio, en su hocico sostenía algo. Era un pedazo de tela. No me atreví a abrirlo ni a tocarlo. Llamé a mi esposo. Llegó en el coche con una caja de madera, lo envolvimos con una sábana y lo pusimos adentro, sin revisar más. La niña dejó de gritar en las noches, ya no se levanta hablando sola, no dice que alguien la llama, nunca le contamos lo del perro.