PACTO Con El DIABLO Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:02 Me llamo Celso Torres. Nacà en Sinaloa, pero llevo más de 20 años viviendo en Tijuana. Siempre trabajé en lo mismo, hojalaterÃa y pintura. A estas alturas, mi vida se resume en un cuarto de concreto en la colonia El Florido, a la orilla de la ciudad, donde las calles son de tierra y los cables cuelgan tan bajos que uno se acostumbra a agacharse por reflejo. Mi cuartito está en una privada polvorienta, a unas cuadras de la calle Segunda, Desde la puerta se ve un terreno baldÃo lleno de escombro. Cuando llueve, ese terreno se convierte en un lodazal que apesta como caño. Rentaba el cuarto por 500 pesos a la semana.
0:44 Era un espacio de 4x4 con un piso de cemento cuarteado y manchas de aceite que nunca salieron. Mi cama era un colchón de resortes vencidos, apoyado sobre cuatro tabiques. Cada vez que me acostaba, sentÃa un hierro salirme por la espalda. La estufa de dos hornillas solo funcionaba de un lado. Si querÃa calentar algo más de un café, tenÃa que esperar. La mesa que usaba para comer era de triple A viejo. Se ladeaba tanto que tenÃa que sostener el plato con la mano. Encima guardaba una botella de vinagre y un cenicero lleno de colillas. TenÃa una silla de plástico rota de una pata sostenida con un ladrillo.
1:25 Ahà pasaba mis noches, fumando y viendo las paredes que ya tenÃan manchas amarillas de tanta lumbre de veladora. Yo trabajaba en un taller que se llamaba OjalaterÃa y Pintura El Güero, en la colonia Libertad. Reparábamos carros que llegaban con los costados arrancados, muchos de aseguradora. Me tocaba enderezar chasis y lijar puertas durante 12 o 14 horas, según la carga. A veces dormÃa en el taller cuando ya no alcanzaba para pagar la renta. Otras me iba caminando hasta la central de abastos para agarrar un taxi colectivo que me dejara cerca del florido. Mis manos siempre olÃan a thinner. Por más que me las tallaba con jabón en polvo, ese olor se me quedó impregnado. A un lado del cuarto, en el lote baldÃo, levanté un gallinero con costales de alimento balanceado y unas láminas oxidadas que encontré en el basurero de la colonia Las Torres. Ahà tenÃa tres gallinas flacas que daban un huevo cada dos o tres dÃas y un gallo colorado que cantaba antes del amanecer. me gustaba oÃrlas aunque algunos vecinos se quejaban del ruido decÃan que un tallerista muerto de hambre no tenÃa derecho a criar animales yo no respondÃa me limitaba a mirarles la cara mientras mascaban tortillas con frijol y se persignaban como si fueran mejores que yo El odio se me empezó a meter por dentro como humedad. Cada quincena llegaba con un sobre de billetes arrugados y en cuanto pagaba la renta y la deuda de la tienda, me quedaba con
2:58 lo justo para una bolsa de pan, un kilo de huevo y un poco de jamón de oferta. HabÃa noches en que me sentaba en el colchón a contar las monedas y me daba un coraje que me dejaba temblando. Yo veÃa cómo otros vivÃan bien, aunque no trabajaran ni la mitad que yo. Mientras tanto, mi vida se reducÃa a la grasa de los carros y el zumbido de la lámpara. Una madrugada me harté. Me dije que no podÃa seguir igual hasta morirme. No sé si fue el cansancio o el rencor, pero se me ocurrió que tal vez habÃa otra salida. Recordé a un viejo que conocà en el taller, que decÃa que el diablo ayudaba a los que tenÃan valor. Esa idea se me quedó atorada como un clavo en la garganta. A las 2 de la mañana me senté frente al celular, con la pantalla toda cuarteada, y empecé a buscar rituales para vender el alma. Encontré un PDF que decÃa« Pactos auténticos para éxito y fortuna».
3:57 Era un documento mal escaneado, lleno de faltas de ortografÃa y dibujos de velas negras y cÃrculos con sÃmbolos raros. Lo leà dos veces. DecÃa que solo se necesitaba voluntad, una vela negra, un cuchillo y un papel donde uno firmara su entrega. Pensé que seguramente era un invento, pero también pensé que si existÃa, aunque fuera la mÃnima posibilidad, valÃa la pena intentarlo. Después de todo, mi vida ya estaba acabada. Si el diablo querÃa mi alma, que viniera por ella. Yo no tenÃa nada que perder. Esa noche me senté a preparar todo. Era casi medianoche cuando me decidÃ, pero el PDF decÃa que el momento más propicio era a las tres de la mañana. Faltaban tres horas y sentà que nunca iban a pasar. Me puse a afilar un cuchillo de cocina sobre un ladrillo. La hoja tenÃa manchas de óxido en la parte del mango. Revisé que la vela negra no estuviera quebrada. La habÃa comprado en un puesto del mercado Miguel Hidalgo donde venden hierbas y cosas de santerÃa. El vendedor me preguntó para qué la querÃa, pero yo solo le dije que era para limpiar malas energÃas.
5:11 No quise que nadie supiera que pensaba hacer un pacto con el diablo. El cuartito estaba en silencio. Afuera solo se oÃa el ladrido de un perro que siempre se soltaba de noche. Coloqué la mesa de triplay al centro del cuarto y aparté el colchón hacia la pared. En el piso dibujé un cÃrculo con sal de grano que saqué de un paquete de cocina. El PDF decÃa que el cÃrculo debÃa cerrarse sin interrupciones porque si quedaba abierto uno invitaba a cualquier cosa a entrar. Me fijé bien que no quedaran huecos. Después busqué un pedazo de madera y tallé un crucifijo. Lo invertà con cuidado, raspando la base hasta que quedó al revés. Cuando terminé ya eran casi las tres. Me sudaban las manos y la boca se me secaba. Encendà la vela negra y la coloqué dentro del cÃrculo. El PDF explicaba que la llama era la señal para que el diablo supiera que lo llamaban de forma consciente. Luego me senté en el piso y puse el cuchillo frente a mÃ. El documento decÃa que debÃa hacer una pequeña cortadura en la palma izquierda para que la sangre marcara la entrega. dudé unos segundos pensé que tal vez estaba haciendo la estupidez más grande de mi vida pero al mismo tiempo sentà que si no lo intentaba nunca saldrÃa de la ruina en la que estaba me piqué la palma con la punta del cuchillo la herida ardió y empezó a gotear sobre el piso
6:43 la sal se humedeció mire el cÃrculo y pensé que en cualquier momento algo se me iba a aparecer respire profundo Luego, con voz baja, empecé a repetir la oración que venÃa en el PDF. No la voy a olvidar nunca. DecÃa, yo, Celso Torres, entrego mi voluntad y mi destino al que reina en las tinieblas. Reconozco tu poder sobre esta tierra y sobre todo lo que vive en ella. Mi alma será tuya cuando asà lo dispongas. Te ofrezco este pacto sin engaño ni temor. Al decir esas palabras sentà un frÃo que me bajó desde la nuca hasta las piernas. La vela parpadeó un momento pero no se apagó. Me quedé esperando que algo sucediera. Miré la herida de mi mano y me sentà ridÃculo. Allà estaba yo, sentado en un cuarto sucio, con un cuchillo oxidado y una vela que apenas alumbraba la pared manchada. Pasaron cinco minutos y nada cambió. El silencio se hizo tan pesado que me dieron ganas de llorar. Pensé que era un pobre diablo, pero no en el sentido que habÃa esperado. Apagué la vela con los dedos, me limpié la mano con un trapo viejo y me acosté sobre el colchón, sin recoger nada.
8:01 Me sentÃa mareado, no sé si por la tensión o por el hambre. Antes de quedarme dormido, pensé que todo era un invento para sacar dinero a los pendejos. Pero habÃa algo que me daba miedo, como si la simple intención de invocarlo hubiera bastado para llamar su atención. Esa noche soñé que estaba sentado en la misma posición, con la vela encendida. Frente a mà habÃa un hombre vestido de traje negro. El saco le quedaba tan justo que parecÃa cosido sobre su cuerpo. TenÃa la piel tan blanca que se veÃa casi traslúcida. SonreÃa, pero sus dientes parecÃan limados. Me miró sin parpadear y me dijo con voz seca que sonaba igual que una bolsa al arrugarse.« Tu deseo ha sido escuchado. Lo llamarás El Estigia». Entonces noté que llevaba un gallo negro en el brazo. Era un animal enorme, con las plumas brillantes como carbón y un ojo que parecÃa un botón de obsidiana. El gallo me miraba fijo.
9:04 Supe que me pertenecÃa. En el sueño sentà un alivio tan grande que quise agradecerle. Pero cuando abrà la boca no me salió la voz. Me desperté sobresaltado. La vela ya estaba consumida y el cÃrculo de sal seguÃa en el piso. Creà que habÃa sido solo un delirio hasta que miré hacia la puerta. Ahà sobre la mesa habÃa un gallo giro. TenÃa las plumas jaspeadas en tonos crema y café claro, un pecho ancho y un pico amarillo grueso. No se parecÃa en nada al que habÃa visto en el sueño. Era un animal distinto, más real y más corriente. Pero, aún asÃ, su presencia me hizo sentir que algo se habÃa completado en ese cuarto mientras yo dormÃa. Cuando amaneció, me quedé un buen rato mirando al gallo sobre la mesa.
9:54 No parecÃa asustado. Solo me observaba moviendo la cabeza con esos ojos que parecÃan más grandes de lo normal. Pensé que si todo era una coincidencia, no perdÃa nada comprobarlo. Asà que por la tarde lo metà en una caja de plástico con hoyos y me fui hasta la central camionera para agarrar un taxi de ruta que saliera hacia Tecate. Yo sabÃa de un palenque clandestino que le decÃan el sótano, aunque en realidad estaba en una bodega de la colonia Downey, detrás de una recicladora de fierro viejo. HabÃa oÃdo que ahà se jugaba fuerte y que casi siempre la policÃa se hacÃa de la vista gorda porque el dueño pagaba mordidas.
10:35 Llegué cuando ya estaba oscureciendo. El portón de lámina estaba entornado y se alcanzaba a oÃr el alboroto de la gente y el canto de otros gallos encerrados. Empujé la puerta y entré. Adentro habÃa unos 40 hombres, algunos con sombreros y otros con camisetas sin mangas, bebiendo alcohol y fumando. A un lado, un muchacho anotaba las apuestas en un cuaderno sucio. El ruedo era un cÃrculo de madera con un tapete rojo gastado. En una mesa tenÃan los mochos y un calibrador para medir las espuelas. Aunque decÃan que habÃa reglas, todo se manejaba con señas y billetes doblados en la mano. Me acerqué a un señor que llevaba una báscula y le dije que querÃa meter mi gallo.
11:20 Lo pesaron 2 kilos 300 gramos. El hombre me miró con desconfianza. Me preguntó de qué lÃnea era y yo solo me encogà de hombros. Ãl soltó una risa corta y apuntó en una libreta. me dijo que me tocaba pelear en la tercera salida mientras esperaba me senté en una silla de metal que estaba medio vencida tenÃa la garganta seca y las manos me temblaban un poco el gallo estaba tranquilo en su caja cada tanto sacaba la cabeza por un agujero y me miraba como si supiera que iba a pasar algo importante Cuando me tocó, saqué al gallo y se lo entregué al muchacho que ponÃa las espuelas. Le midieron las patas con cuidado y le pusieron mochos de acero bien ajustados. Lo vi moverse con una calma que no parecÃa natural. Los otros gallos pataleaban y soltaban chillidos.
12:12 El mÃo se quedaba quieto, con un ojo fijo en el ruedo. Empezaron a gritar las apuestas. Algunos apostaron en contra porque nadie me conocÃa. Yo apenas tenÃa un billete arrugado de 500 pesos que puse sobre la mesa. Me alcanzaba para jugar, pero si perdÃa, esa semana no iba a comer. Cuando soltaron a los dos gallos, el mÃo dio dos pasos cortos y se lanzó de frente. El otro apenas levantó la cabeza cuando le cayó encima y le abrió la pechuga de un tajo limpio. la pelea no duró ni un minuto la gente soltó un coro de gritos y varios voltearon a mirarme sentà un escalofrÃo que me subió por la columna mientras recogÃa el premio mil setecientos pesos vi que en el extremo de la bodega se movÃa una sombra alta y delgada Era como un hombre con un sombrero grande, pero su contorno se disolvÃa por momentos, como si no estuviera del todo ahÃ. Me froté los ojos pensando que era un efecto de la luz, pero cuando volvà a mirar seguÃa parado, mirándome. Un segundo después se agachó y desapareció detrás de la gente. Volvà a casa con el gallo dentro de la caja y el corazón acelerado. Esa noche conté el dinero sobre mi mesa de triplay y sentà por primera vez en años que tenÃa un poco de control. Al dÃa siguiente busqué otro palenque, esta vez en la colonia La Rumorosa. Ahà también ganó
13:43 sin que le hicieran un rasguño. Cada fin de semana salÃa con el gallo bajo el brazo. Mientras más ganaba, más seguro me sentÃa. Pero también empecé a notar que las sombras no se quedaban en los palenques. Una noche, al llegar a mi cuarto, vi una figura negra parada junto a la estufa. TenÃa la cabeza inclinada y los brazos largos, casi hasta las rodillas. No se movÃa, pero su silueta vibraba como si no fuera sólida. Cerré la puerta con un golpe y me quedé sin aire. Cuando la abrà de nuevo, ya no estaba. No se lo conté a nadie. Pensé que si decÃa algo, iban a creer que estaba loco. Me limité a seguir jugando. Cada pelea que ganaba sentÃa que una sombra se agachaba junto a mÃ, como si revisara cuánto habÃa cobrado. A veces tenÃa la impresión de que respiraba contra mi nuca. Aunque me temblaran las manos, no dejaba de ir. El dinero llegaba rápido y mi odio se mezclaba con un alivio que me hacÃa olvidar el miedo por unas horas. Las primeras tres semanas apenas me alcanzaba el dinero para tapar los huecos que traÃa encima, pero cuando empecé a ganar seguido, todo se me fue de las manos. Compré una camioneta Nissan Staquitas modelo 97 que un vecino de la privada tenÃa arrumbada.
15:04 La pintura estaba descarapelada y el motor tiraba aceite, pero encendÃa a la primera. Me sentà poderoso cuando la estacioné frente a mi cuarto. Ya no tenÃa que andar pidiendo raite o subir a taxis colectivos. La gente empezó a mirarme con otra cara, como si de pronto valiera algo solo porque traÃa un vehÃculo. Empecé a gastar en cosas que antes ni soñaba. Compré ropa nueva, pantalones de mezclilla sin agujeros, camisas con botones completos. Cada noche me compraba un paquete de cerveza y me lo tomaba en la mesa, contando el dinero que guardaba en una bolsa de plástico. Era la primera vez que sentÃa que la vida se me acomodaba aunque fuera un poco. La estufa seguÃa con una hornilla mala y el colchón con el resorte salido, pero yo ya me creÃa distinto. Cada pelea se sentÃa más pesada. Al principio solo veÃa las sombras que se deslizaban por el ruedo. Luego empecé a notar que antes de que empezara la pelea habÃa alguien parado al fondo entre la gente. Era un hombre delgado con un traje negro impecable que parecÃa recién planchado. Nunca se movÃa ni volteaba a ningún lado, solo se quedaba allà mirándome. Supe sin necesidad de preguntarme que era el mismo que habÃa visto en mi sueño la noche del ritual. HabÃa veces que me quedaba viéndolo más de la cuenta, tratando de convencerme de que era un apostador cualquiera, pero cuando pasaba
16:36 la mirada por su cara, veÃa una sonrisa tan quieta que me quitaba el aire. El gallo seguÃa ganando, lo metÃa a la caja y me iba directo al siguiente palenque. Cada semana la bolsa de plástico con billetes se hacÃa más gorda. Entre los galleros empezaron a correr rumores. DecÃan que el mÃo era imposible de matar, que no importaba qué lÃnea trajera el contrario, siempre salÃa caminando. Un viejo que llevaba años en esas jugadas me dijo una tarde que sà seguÃa asÃ. Algún envidioso iba a mandarme seguir para robarme el gallo y revenderlo lejos. Yo me reÃ, pero por dentro supe que no se equivocaba del todo.
17:20 Lo más raro empezó a pasar cuando el gallo se subÃa a mi pecho mientras dormÃa. La primera vez creà que estaba soñando. Sentà el peso sobre las costillas y abrà los ojos. Allà estaba, parado con las patas firmes y el cuello estirado. Me miraba directo, sin parpadear. Me quedé inmóvil, respirando apenas. Después de unos segundos bajó la cabeza y dio un paso atrás. Cuando amaneció supe que era una señal. En la pelea siguiente lo derrotaron por primera vez. No murió en ese momento, pero quedó tan herido que entendà que su tiempo se habÃa acabado. A partir de entonces, cada vez que lo veÃa sobre mi pecho, apostaba poco. Nunca fallaba. Cuando me despertaba con esa mirada fija, sabÃa que la próxima pelea serÃa la última. Y asà pasaba.
18:11 SalÃa del ruedo con el animal inerte en los brazos y la sensación de que todo estaba bajo control, como si alguien me diera instrucciones exactas. Llegué a pensar que más que un castigo, era una bendición. La gente empezó a rodearme antes de cada jugada. Me preguntaban qué comida le daba al gallo, qué vitaminas, qué cruza era. Algunos ofrecÃan comprármelo por cantidades absurdas. Yo siempre decÃa que no estaba en venta. La verdad era que ni aunque me dieran toda la bodega llena de billetes, me habrÃa atrevido a entregarlo. SabÃa que aquel hombre del traje, el que se quedaba inmóvil al fondo, estaba pendiente de todo. Cada vez que cobraba mis ganancias, levantaba la vista y lo encontraba mirándome, con esa sonrisa que no cambiaba nunca. Aunque sentÃa un miedo sordo en la boca del estómago, no podÃa detenerme. Mientras la suerte durara, me decÃa, tenÃa que aprovecharla.
19:13 una mañana que salà a trabajar alcancé a ver una figura negra parada junto a la puerta de mi camioneta tenÃa la misma forma alargada los brazos demasiado largos la cabeza inclinada como si estudiara algo Me quedé quieto en la banqueta, esperando que desapareciera. Cuando me acerqué, se disolvió frente a mis ojos. No quise pensar más en eso y me subà rápido. Mientras manejaba, sentà que alguien me miraba por el retrovisor, aunque no hubiera nadie más en la cabina. En el taller también empezaron a aparecer. Mientras lijaba un cofre o enderezaba un chasis, de reojo veÃa una silueta pasar detrás de las torres de soldadura. Una tarde estaba terminando de pintar un carro y sentà que algo se arrimaba a mi espalda. Fue tan claro que solté la pistola de aire y me volvà de golpe.
20:06 No habÃa nadie. A veces, cuando salÃa del taller, creÃa escuchar pasos que me seguÃan hasta la camioneta. Trataba de convencerme de que eran imaginaciones mÃas, pero cada dÃa era más difÃcil. En la casa ya era peor. Las sombras no se quedaban en un rincón. Se movÃan por todas partes, como si revisaran cada objeto. Una noche desperté porque sentà un peso en el colchón. Cuando abrà los ojos, vi que una figura oscura estaba sentada en la orilla, con la cabeza vuelta hacia mÃ. Me quedé sin mover un músculo, esperando que se fuera. Después de un rato, la silueta se levantó y desapareció por la pared. Me quedé temblando con el sudor helado en la nuca. Poco después, mi madre vino de Rosarito a visitarme. Llegó en un taxi y se quedó mirando la fachada del cuartito, como si algo le incomodara. Cuando entró, no se quiso sentar. Me preguntó por qué tenÃa tan oscuro adentro. Yo le dije que asà me gustaba. Mientras me hablaba, vi que me miraba con una preocupación que no habÃa visto antes. Me dijo que tenÃa los ojos raros, que parecÃa que estuviera viendo otra cosa detrás de ella. Le respondà que solo estaba cansado. No insistió, pero vi que supe que no me creÃa. Desde entonces, empecé a beber más. Antes me tomaba un par de cervezas por la noche, pero ahora me quedaba hasta la madrugada con la cabeza entumecida, esperando
21:40 que el cansancio me tumbara y me evitara soñar. Porque cuando lograba dormir era peor. En los sueños el hombre del traje negro siempre aparecÃa, parado a un lado de mi cama o sentado en la silla de plástico. Una noche me habló de nuevo. Su voz sonaba igual que la primera vez. Todo tiene un precio, me dijo. Y tú ya sabes cuál es. Desperté con la garganta cerrada, sintiendo que no iba a poder volver a respirar. El gallo seguÃa ganando, pero cada vez que lo sacaba al ruedo, me preguntaba cuánto más me iba a costar. La pelea número 14 fue diferente. Desde que llegué al palenque supe que algo iba a pasar. El gallo estaba inquieto. MovÃa la cabeza de un lado a otro, cosa que nunca habÃa hecho.
22:32 Antes de meterlo al ruedo, lo sostuve unos segundos. Sus patas temblaban un poco, pero me miraba con la misma calma de siempre. Cuando soltaron a los dos animales, el mÃo atacó primero. ParecÃa que iba a ganar como todas las veces. Pero en un momento se quedó quieto y bajó la cabeza. El otro gallo dio un brinco y le clavó la navaja en la base del cuello. Vi cómo se arqueaba con un espasmo seco. Mi corazón dio un vuelco. No quise creer que estaba muerto. Lo recogà con cuidado. TenÃa la mirada fija, el cuerpo blando. Esa noche regresé con el gallo muerto envuelto en una bolsa. Lo puse sobre la mesa y me senté a verlo.
23:14 Me sentÃa vacÃo. Pensé que al menos todo habÃa acabado. Me recosté sin quitarme la ropa y cerré los ojos, pero no pude dormir. Pasaron horas en que solo escuchaba mi respiración y sentÃa el frÃo de siempre. Cuando por fin me venció el sueño, lo hice con la idea de que ya no me quedaba nada. Al amanecer, abrà los ojos y miré hacia la mesa. El gallo muerto que habÃa dejado ahà ya no estaba. En su lugar, parado sobre la madera, habÃa otro gallo vivo. TenÃa el pecho claro, las plumas revueltas y un tamaño casi igual al anterior. Me observaba en silencio, con la cabeza inclinada como si esperara algo de mÃ. Ya no me sorprendÃ.
23:58 Me limité a mirarlo unos segundos y luego volvà la vista al techo. Para entonces, me habÃa acostumbrado a que aparecieran uno tras otro. SabÃa que mientras siguiera respirando, aquello no iba a terminar. Después de aquel amanecer, dejé de preguntarme si algún dÃa terminarÃa todo. Me dediqué a aceptar el ciclo que se repetÃa sin darme tregua. El gallo que apareció esa vez ganó la primera pelea con la misma facilidad de los anteriores. Era como si llevara años entrenado. Ya no me costaba trabajo entrar al palenque ni sostener su cuerpo mientras se preparaba para atacar. Me habÃa vuelto un hombre que vivÃa solo para eso. Pelear, cobrar y esperar la siguiente señal. El dinero empezó a llegar más rápido de lo que podÃa gastarlo. Cada fin de semana metÃa apuestas más grandes. La bolsa de plástico donde guardaba los billetes se convirtió en una caja de zapatos. Compré una televisión que casi no encendÃa, un refrigerador viejo que igual se me descomponÃa cada tanto. Me hacÃa falta muy poco para sentir que nada me llenaba. Cada cosa que compraba me duraba unos dÃas de satisfacción. Luego me parecÃa inútil.
25:13 Ya no trabajaba en el taller. Le dije al patrón que me iba un tiempo por problemas familiares. La verdad era que ya no soportaba lijar cofres ni pintar defensas. SentÃa que mi vida se habÃa encogido a un solo punto, el momento en que el gallo salÃa al ruedo. Los pocos conocidos que me quedaban empezaron a apartarse. DecÃan que me veÃa raro, que cuando hablaban conmigo parecÃa que no los estaba escuchando. Uno me preguntó en serio si no andaba metido en brujerÃas. Otro me advirtió que tarde o temprano alguien iba a querer matarme por la pura envidia. A mà me daba igual. Me habÃa vuelto adicto a esa sensación de control que tenÃa cuando ganaba. Cada victoria me costaba un pedazo más de mà mismo. Intenté deshacerme de aquel gallo una noche en que sentà que ya no aguantaba. Lo metà en un costal, salà en la camioneta y manejé hasta un camino despoblado rumbo a la rumorosa.
26:14 Lo solté entre los matorrales y me regresé sin mirar atrás. Llegué a casa convencido de que al menos me habÃa librado de esa presencia. Pero cuando desperté, lo primero que vi fue el mismo gallo parado sobre la mesa, mirándome en silencio como si nada hubiera pasado. Probé a matarlo. Una madrugada me armé de valor y le retorcà el cuello con las manos. Sentà el chasquido seco, la sacudida breve del cuerpo. Lo envolvà en un costal y lo saqué al terreno baldÃo. Enterré el cuerpo bajo una capa de tierra. Esa noche dormà como no lo hacÃa desde que empezó todo, pero al abrir los ojos, ahà estaba otra vez, con la cabeza inclinada y las plumas revueltas.
27:02 Cada pelea se volvió más sombrÃa. Antes de entrar al ruedo, escuchaba murmullos que no provenÃan de nadie, palabras ininteligibles que se enredaban en mi cabeza hasta marearme. Entre la gente siempre veÃa la figura del hombre del traje negro. Algunas veces levantaba una mano y me saludaba despacio, como si quisiera recordarme que estaba vigilando cada paso. Yo fingÃa que no lo veÃa, pero por dentro sentÃa que me encogÃa. La noche que supe que ese gallo iba a morir, me costó más aceptar la señal. Me desperté con el peso sobre el pecho. Lo vi parado encima de mÃ, con las patas firmes sobre mi camiseta y los ojos clavados en los mÃos. Ya no me asusté. Me quedé mirándolo en silencio hasta que bajó la cabeza y dio un paso atrás. SabÃa que esa serÃa su última pelea.
27:56 La presión me reventaba la cabeza. Ya no podÃa hablar con nadie sin sentir que todo era una farsa. me levantaba con las manos temblando y me dormÃa con un vacÃo que no se llenaba ni con todo el dinero que guardaba en la caja aunque me repetÃa que seguÃa siendo dueño de mi vida por dentro sabÃa que mentÃa todo lo que era mÃo se habÃa quedado en aquel ritual La madrugada en que vendà el único trozo de dignidad que me quedaba. Una noche desperté con un peso tan fuerte en el pecho que pensé que me estaba dando un paro. Abrà los ojos despacio, esperando ver el mismo gallo de siempre, pero en cuanto alcancé a enfocar la figura, supe que no era como los otros. Era más grande, con las plumas erizadas y un pecho tan ancho que apenas cabÃa sobre mi torso. me miraba con unos ojos rojos que parecÃan brasas nunca antes me habÃa sentido tan expuesto me quedé sin poder respirar mirando ese par de pupilas encendidas como si me estuvieran midiendo el alma no hizo ningún movimiento solo inclinó la cabeza hacia mà despacio como si me diera la última advertencia En ese instante supe que ese gallo no era un reemplazo más, era el final de algo, o el principio de algo peor.
29:14 Sentà que todo el frÃo que habÃa sentido durante meses se me metÃa en el cuerpo hasta entumecerme las manos. Pensé que si me levantaba tal vez se irÃa, si no los sacaba a pelear quizá la cadena se romperÃa por fin. Me quedé tendido hasta que el cansancio me ganó y volvà a dormirme con la respiración entrecortada. Cuando desperté todavÃa era de madrugada. Me incorporé con cuidado, esperando verlo otra vez sobre mi pecho, pero el gallo ya no estaba. Me quedé sentado con las palmas sudadas y la vista fija en la puerta. Pensé que tal vez lo habÃa soñado. Me repetà esa idea varias veces mientras encendÃa la estufa y calentaba un café frÃo de la noche anterior. Cada trago me sabÃa a ceniza. Cuando amaneció, reunà el valor para revisar el terreno detrás del cuarto.
30:08 Abrà la puerta despacio, sintiendo que algo me iba a saltar de frente. El corral improvisado seguÃa igual, con los costales viejos y la lámina que se movÃa con el viento. Pero ahà estaba el gallo, parado en medio de la tierra removida, con las patas abiertas y la cabeza erguida, como si llevara horas esperándome. Sus ojos parecÃan aún más rojos con la luz del sol. En ese momento comprendà que no importaba cuánto tratara de evitarlo. No podÃa elegir nada. Todo estaba decidido desde que encendà aquella vela negra en mi cuarto. Volvà a entrar y cerré la puerta con el seguro. Me senté en la cama con el corazón latiéndome tan fuerte que creà que me iba a desmayar.
30:52 Intenté convencerme de que no tenÃa que llevarlo, que si dejaba pasar el dÃa todo se disolverÃa como un mal sueño, pero mientras más me repetÃa esa idea más me daba cuenta de que era una mentira. SentÃa una presión en el pecho que no venÃa de ningún lado, como si alguien se hubiera instalado en mi respiración para recordarme que no tenÃa derecho a detenerme. Pasé horas sentado, mirando la mesa vacÃa y pensando en todo lo que habÃa hecho. Recordé la primera pelea, la bolsa con los billetes, la mirada de mi madre cuando vino de Rosarito. Recordé también la voz del hombre de traje, repitiéndome que todo tenÃa un precio. Por un momento pensé que si salÃa corriendo, si abandonaba la casa, quizá me salvarÃa de lo que estaba a punto de pasar. Pero supe que no iba a hacerlo, no por cobarde, sino porque sentÃa que algo me anclaba a ese lugar, una voluntad más fuerte que la mÃa. Cuando por fin reunà el valor, salà con la caja de plástico bajo el brazo. Metà al gallo con movimientos lentos, como si temiera que se me deshiciera entre las manos. Al cerrar la tapa, sus ojos rojos quedaron fijos a través de los agujeros. Me subà a la camioneta con las piernas entumecidas. Mientras manejaba rumbo a Tecate, me di cuenta de que por primera vez en todo ese tiempo sentÃa un miedo que no podÃa disfrazar de costumbre.
32:21 SabÃa que esa pelea no iba a ser como las otras, y que cuando terminara ya no habrÃa vuelta atrás. Cuando llegué al palenque, ya era de noche. El lugar estaba lleno de gente que hablaba en voz baja. Algunos me reconocieron en cuanto vieron la caja que llevaba. Nadie se atrevió a preguntarme nada. Fui directo con el hombre que anotaba las apuestas. Me preguntó si estaba seguro de entrar esa noche. Le contesté que sÃ, aunque por dentro sentÃa que me estaba metiendo en una trampa de la que no iba a salir entero. Me quedé sentado a un lado del ruedo mientras preparaban a los gallos. El mÃo seguÃa tan tranquilo como siempre. Cuando le colocaron las navajas no se movió ni un centÃmetro. La gente empezó a rimarse en silencio, como si supieran que esa pelea iba a ser distinta. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano. Por un segundo pensé en recogerlo y largarme antes de que fuera tarde, pero ya no tenÃa voluntad para nada. Cuando lo soltaron, el gallo dio un salto tan rápido que parecÃa un reflejo.
33:30 Se estrelló contra el contrario con un golpe seco. Por un instante creà que iba a ganar otra vez. Pero el otro gallo reaccionó con una violencia que no habÃa visto nunca. Giró en seco y le clavó la navaja en el costado, casi debajo del ala. El mÃo se quedó inmóvil con los ojos abiertos. Cayó de lado sin un sonido. Todo el palenque guardó silencio. Me quedé mirando su cuerpo tirado sobre el tapete. Sentà que me quedaba vacÃo por dentro, como si me hubieran arrancado el estómago. Me agaché para recogerlo. TenÃa la sangre caliente todavÃa. Lo envolvà en un costal que traÃa doblado en el cinturón. Mientras me incorporaba, levanté la vista. En medio de la multitud estaba el hombre del traje negro. No se movÃa, no hablaba, solo me miraba con esa sonrisa fija que no le tocaba los ojos. Por un segundo creà que iba a acercarse, pero se quedó ahÃ, quieto, como si estuviera satisfecho de haber cobrado su parte. Me fui sin mirar a nadie. Manejé hasta mi casa con las manos temblando.
34:34 Un Cuando llegué, tiré el costal sobre la mesa y me senté en la cama. Estuve asà hasta que la madrugada me reventó los párpados. Dormà unas horas, convencido de que, al despertar, todo se habrÃa terminado. Cuando amaneció, me quedé un rato acostado. No escuché ningún ruido en la cocina. No habÃa ningún gallo parado en la mesa, ni uno solo. Por primera vez sentà que el ciclo se habÃa roto, pero no fue asÃ. Al dÃa siguiente, un hombre que conocà en el taller me invitó a un palenque chico en la colonia La Morita. Fui por costumbre convencido de que nada tenÃa que perder. Aposté con la seguridad de siempre, como si todo me siguiera saliendo bien, pero perdÃ. La siguiente semana perdà otra vez. Las apuestas que me habÃan dado dinero se fueron de las manos. Después de un mes, todo el efectivo que guardaba en la caja de zapatos se habÃa ido. Algunos hombres con los que me juntaba a beber empezaron a rondar mi casa, diciendo que les debÃa.
35:40 Una madrugada, mientras dormÃa, forzaron la puerta y se llevaron lo poco que quedaba. No puse resistencia. Me quedé acostado, mirando cómo revisaban cada rincón. Desde entonces, vivà con el miedo metido en la garganta. Cada noche, sentÃa que la sombra del diablo estaba parada junto a mi cama. esperando que hiciera otra apuesta, que buscara otro gallo. A veces me despertaba y me parecÃa verlo en el patio, con el saco negro pegado al cuerpo. Ya no tenÃa nada que pudiera ofrecerle, solo mi vida que se iba apagando despacio. La última vez que soñé con él fue distinto, no estaba de pie, lo vi sentado en mi sillón de plástico con las piernas cruzadas. Sobre sus rodillas tenÃa al último gallo muerto, el que me miró con ojos rojos.
36:32 Lo acariciaba despacio como si fuera un animal querido. Levantó la vista y me habló sin mover la boca.« Nada es gratis», dijo.« Lo sabÃas desde el principio». Me desperté con la cara mojada de sudor. Afuera todavÃa era de madrugada. No encendà la luz. Me quedé acostado mirando el techo, convencido de que todo seguirÃa persiguiéndome mientras respirara. No tengo dudas de que aquel pacto me costó más que el alma. Lo que firmé aquella noche no se acaba con la muerte de un gallo, ni con la mÃa. Hoy sigo aquÃ, en el mismo cuarto de concreto donde empezó todo. Perdà cada peso que gané y terminé peor que antes. Me quedé con menos de lo que tenÃa, con la certeza de que nunca voy a recuperar nada. Ni el dinero, ni la tranquilidad, ni esa parte de mà que entregué sin entender lo que costaba.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed