July 12, 2025

PACTO Con El DIABLO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Celso Torres. Nací en Sinaloa, pero llevo más de 20 años viviendo en Tijuana. Siempre trabajé en lo mismo, hojalatería y pintura. A estas alturas, mi vida se resume en un cuarto de concreto en la colonia El Florido, a la orilla de la ciudad, donde las calles son de tierra y los cables cuelgan tan bajos que uno se acostumbra a agacharse por reflejo. Mi cuartito está en una privada polvorienta, a unas cuadras de la calle Segunda, Desde la puerta se ve un terreno baldío lleno de escombro. Cuando llueve, ese terreno se convierte en un lodazal que apesta como caño. Rentaba el cuarto por 500 pesos a la semana.

0:44 Era un espacio de 4x4 con un piso de cemento cuarteado y manchas de aceite que nunca salieron. Mi cama era un colchón de resortes vencidos, apoyado sobre cuatro tabiques. Cada vez que me acostaba, sentía un hierro salirme por la espalda. La estufa de dos hornillas solo funcionaba de un lado. Si quería calentar algo más de un café, tenía que esperar. La mesa que usaba para comer era de triple A viejo. Se ladeaba tanto que tenía que sostener el plato con la mano. Encima guardaba una botella de vinagre y un cenicero lleno de colillas. Tenía una silla de plástico rota de una pata sostenida con un ladrillo.

1:25 Ahí pasaba mis noches, fumando y viendo las paredes que ya tenían manchas amarillas de tanta lumbre de veladora. Yo trabajaba en un taller que se llamaba Ojalatería y Pintura El Güero, en la colonia Libertad. Reparábamos carros que llegaban con los costados arrancados, muchos de aseguradora. Me tocaba enderezar chasis y lijar puertas durante 12 o 14 horas, según la carga. A veces dormía en el taller cuando ya no alcanzaba para pagar la renta. Otras me iba caminando hasta la central de abastos para agarrar un taxi colectivo que me dejara cerca del florido. Mis manos siempre olían a thinner. Por más que me las tallaba con jabón en polvo, ese olor se me quedó impregnado. A un lado del cuarto, en el lote baldío, levanté un gallinero con costales de alimento balanceado y unas láminas oxidadas que encontré en el basurero de la colonia Las Torres. Ahí tenía tres gallinas flacas que daban un huevo cada dos o tres días y un gallo colorado que cantaba antes del amanecer. me gustaba oírlas aunque algunos vecinos se quejaban del ruido decían que un tallerista muerto de hambre no tenía derecho a criar animales yo no respondía me limitaba a mirarles la cara mientras mascaban tortillas con frijol y se persignaban como si fueran mejores que yo El odio se me empezó a meter por dentro como humedad. Cada quincena llegaba con un sobre de billetes arrugados y en cuanto pagaba la renta y la deuda de la tienda, me quedaba con

2:58 lo justo para una bolsa de pan, un kilo de huevo y un poco de jamón de oferta. Había noches en que me sentaba en el colchón a contar las monedas y me daba un coraje que me dejaba temblando. Yo veía cómo otros vivían bien, aunque no trabajaran ni la mitad que yo. Mientras tanto, mi vida se reducía a la grasa de los carros y el zumbido de la lámpara. Una madrugada me harté. Me dije que no podía seguir igual hasta morirme. No sé si fue el cansancio o el rencor, pero se me ocurrió que tal vez había otra salida. Recordé a un viejo que conocí en el taller, que decía que el diablo ayudaba a los que tenían valor. Esa idea se me quedó atorada como un clavo en la garganta. A las 2 de la mañana me senté frente al celular, con la pantalla toda cuarteada, y empecé a buscar rituales para vender el alma. Encontré un PDF que decía« Pactos auténticos para éxito y fortuna».

3:57 Era un documento mal escaneado, lleno de faltas de ortografía y dibujos de velas negras y círculos con símbolos raros. Lo leí dos veces. Decía que solo se necesitaba voluntad, una vela negra, un cuchillo y un papel donde uno firmara su entrega. Pensé que seguramente era un invento, pero también pensé que si existía, aunque fuera la mínima posibilidad, valía la pena intentarlo. Después de todo, mi vida ya estaba acabada. Si el diablo quería mi alma, que viniera por ella. Yo no tenía nada que perder. Esa noche me senté a preparar todo. Era casi medianoche cuando me decidí, pero el PDF decía que el momento más propicio era a las tres de la mañana. Faltaban tres horas y sentí que nunca iban a pasar. Me puse a afilar un cuchillo de cocina sobre un ladrillo. La hoja tenía manchas de óxido en la parte del mango. Revisé que la vela negra no estuviera quebrada. La había comprado en un puesto del mercado Miguel Hidalgo donde venden hierbas y cosas de santería. El vendedor me preguntó para qué la quería, pero yo solo le dije que era para limpiar malas energías.

5:11 No quise que nadie supiera que pensaba hacer un pacto con el diablo. El cuartito estaba en silencio. Afuera solo se oía el ladrido de un perro que siempre se soltaba de noche. Coloqué la mesa de triplay al centro del cuarto y aparté el colchón hacia la pared. En el piso dibujé un círculo con sal de grano que saqué de un paquete de cocina. El PDF decía que el círculo debía cerrarse sin interrupciones porque si quedaba abierto uno invitaba a cualquier cosa a entrar. Me fijé bien que no quedaran huecos. Después busqué un pedazo de madera y tallé un crucifijo. Lo invertí con cuidado, raspando la base hasta que quedó al revés. Cuando terminé ya eran casi las tres. Me sudaban las manos y la boca se me secaba. Encendí la vela negra y la coloqué dentro del círculo. El PDF explicaba que la llama era la señal para que el diablo supiera que lo llamaban de forma consciente. Luego me senté en el piso y puse el cuchillo frente a mí. El documento decía que debía hacer una pequeña cortadura en la palma izquierda para que la sangre marcara la entrega. dudé unos segundos pensé que tal vez estaba haciendo la estupidez más grande de mi vida pero al mismo tiempo sentí que si no lo intentaba nunca saldría de la ruina en la que estaba me piqué la palma con la punta del cuchillo la herida ardió y empezó a gotear sobre el piso

6:43 la sal se humedeció mire el círculo y pensé que en cualquier momento algo se me iba a aparecer respire profundo Luego, con voz baja, empecé a repetir la oración que venía en el PDF. No la voy a olvidar nunca. Decía, yo, Celso Torres, entrego mi voluntad y mi destino al que reina en las tinieblas. Reconozco tu poder sobre esta tierra y sobre todo lo que vive en ella. Mi alma será tuya cuando así lo dispongas. Te ofrezco este pacto sin engaño ni temor. Al decir esas palabras sentí un frío que me bajó desde la nuca hasta las piernas. La vela parpadeó un momento pero no se apagó. Me quedé esperando que algo sucediera. Miré la herida de mi mano y me sentí ridículo. Allí estaba yo, sentado en un cuarto sucio, con un cuchillo oxidado y una vela que apenas alumbraba la pared manchada. Pasaron cinco minutos y nada cambió. El silencio se hizo tan pesado que me dieron ganas de llorar. Pensé que era un pobre diablo, pero no en el sentido que había esperado. Apagué la vela con los dedos, me limpié la mano con un trapo viejo y me acosté sobre el colchón, sin recoger nada.

8:01 Me sentía mareado, no sé si por la tensión o por el hambre. Antes de quedarme dormido, pensé que todo era un invento para sacar dinero a los pendejos. Pero había algo que me daba miedo, como si la simple intención de invocarlo hubiera bastado para llamar su atención. Esa noche soñé que estaba sentado en la misma posición, con la vela encendida. Frente a mí había un hombre vestido de traje negro. El saco le quedaba tan justo que parecía cosido sobre su cuerpo. Tenía la piel tan blanca que se veía casi traslúcida. Sonreía, pero sus dientes parecían limados. Me miró sin parpadear y me dijo con voz seca que sonaba igual que una bolsa al arrugarse.« Tu deseo ha sido escuchado. Lo llamarás El Estigia». Entonces noté que llevaba un gallo negro en el brazo. Era un animal enorme, con las plumas brillantes como carbón y un ojo que parecía un botón de obsidiana. El gallo me miraba fijo.

9:04 Supe que me pertenecía. En el sueño sentí un alivio tan grande que quise agradecerle. Pero cuando abrí la boca no me salió la voz. Me desperté sobresaltado. La vela ya estaba consumida y el círculo de sal seguía en el piso. Creí que había sido solo un delirio hasta que miré hacia la puerta. Ahí sobre la mesa había un gallo giro. Tenía las plumas jaspeadas en tonos crema y café claro, un pecho ancho y un pico amarillo grueso. No se parecía en nada al que había visto en el sueño. Era un animal distinto, más real y más corriente. Pero, aún así, su presencia me hizo sentir que algo se había completado en ese cuarto mientras yo dormía. Cuando amaneció, me quedé un buen rato mirando al gallo sobre la mesa.

9:54 No parecía asustado. Solo me observaba moviendo la cabeza con esos ojos que parecían más grandes de lo normal. Pensé que si todo era una coincidencia, no perdía nada comprobarlo. Así que por la tarde lo metí en una caja de plástico con hoyos y me fui hasta la central camionera para agarrar un taxi de ruta que saliera hacia Tecate. Yo sabía de un palenque clandestino que le decían el sótano, aunque en realidad estaba en una bodega de la colonia Downey, detrás de una recicladora de fierro viejo. Había oído que ahí se jugaba fuerte y que casi siempre la policía se hacía de la vista gorda porque el dueño pagaba mordidas.

10:35 Llegué cuando ya estaba oscureciendo. El portón de lámina estaba entornado y se alcanzaba a oír el alboroto de la gente y el canto de otros gallos encerrados. Empujé la puerta y entré. Adentro había unos 40 hombres, algunos con sombreros y otros con camisetas sin mangas, bebiendo alcohol y fumando. A un lado, un muchacho anotaba las apuestas en un cuaderno sucio. El ruedo era un círculo de madera con un tapete rojo gastado. En una mesa tenían los mochos y un calibrador para medir las espuelas. Aunque decían que había reglas, todo se manejaba con señas y billetes doblados en la mano. Me acerqué a un señor que llevaba una báscula y le dije que quería meter mi gallo.

11:20 Lo pesaron 2 kilos 300 gramos. El hombre me miró con desconfianza. Me preguntó de qué línea era y yo solo me encogí de hombros. Él soltó una risa corta y apuntó en una libreta. me dijo que me tocaba pelear en la tercera salida mientras esperaba me senté en una silla de metal que estaba medio vencida tenía la garganta seca y las manos me temblaban un poco el gallo estaba tranquilo en su caja cada tanto sacaba la cabeza por un agujero y me miraba como si supiera que iba a pasar algo importante Cuando me tocó, saqué al gallo y se lo entregué al muchacho que ponía las espuelas. Le midieron las patas con cuidado y le pusieron mochos de acero bien ajustados. Lo vi moverse con una calma que no parecía natural. Los otros gallos pataleaban y soltaban chillidos.

12:12 El mío se quedaba quieto, con un ojo fijo en el ruedo. Empezaron a gritar las apuestas. Algunos apostaron en contra porque nadie me conocía. Yo apenas tenía un billete arrugado de 500 pesos que puse sobre la mesa. Me alcanzaba para jugar, pero si perdía, esa semana no iba a comer. Cuando soltaron a los dos gallos, el mío dio dos pasos cortos y se lanzó de frente. El otro apenas levantó la cabeza cuando le cayó encima y le abrió la pechuga de un tajo limpio. la pelea no duró ni un minuto la gente soltó un coro de gritos y varios voltearon a mirarme sentí un escalofrío que me subió por la columna mientras recogía el premio mil setecientos pesos vi que en el extremo de la bodega se movía una sombra alta y delgada Era como un hombre con un sombrero grande, pero su contorno se disolvía por momentos, como si no estuviera del todo ahí. Me froté los ojos pensando que era un efecto de la luz, pero cuando volví a mirar seguía parado, mirándome. Un segundo después se agachó y desapareció detrás de la gente. Volví a casa con el gallo dentro de la caja y el corazón acelerado. Esa noche conté el dinero sobre mi mesa de triplay y sentí por primera vez en años que tenía un poco de control. Al día siguiente busqué otro palenque, esta vez en la colonia La Rumorosa. Ahí también ganó

13:43 sin que le hicieran un rasguño. Cada fin de semana salía con el gallo bajo el brazo. Mientras más ganaba, más seguro me sentía. Pero también empecé a notar que las sombras no se quedaban en los palenques. Una noche, al llegar a mi cuarto, vi una figura negra parada junto a la estufa. Tenía la cabeza inclinada y los brazos largos, casi hasta las rodillas. No se movía, pero su silueta vibraba como si no fuera sólida. Cerré la puerta con un golpe y me quedé sin aire. Cuando la abrí de nuevo, ya no estaba. No se lo conté a nadie. Pensé que si decía algo, iban a creer que estaba loco. Me limité a seguir jugando. Cada pelea que ganaba sentía que una sombra se agachaba junto a mí, como si revisara cuánto había cobrado. A veces tenía la impresión de que respiraba contra mi nuca. Aunque me temblaran las manos, no dejaba de ir. El dinero llegaba rápido y mi odio se mezclaba con un alivio que me hacía olvidar el miedo por unas horas. Las primeras tres semanas apenas me alcanzaba el dinero para tapar los huecos que traía encima, pero cuando empecé a ganar seguido, todo se me fue de las manos. Compré una camioneta Nissan Staquitas modelo 97 que un vecino de la privada tenía arrumbada.

15:04 La pintura estaba descarapelada y el motor tiraba aceite, pero encendía a la primera. Me sentí poderoso cuando la estacioné frente a mi cuarto. Ya no tenía que andar pidiendo raite o subir a taxis colectivos. La gente empezó a mirarme con otra cara, como si de pronto valiera algo solo porque traía un vehículo. Empecé a gastar en cosas que antes ni soñaba. Compré ropa nueva, pantalones de mezclilla sin agujeros, camisas con botones completos. Cada noche me compraba un paquete de cerveza y me lo tomaba en la mesa, contando el dinero que guardaba en una bolsa de plástico. Era la primera vez que sentía que la vida se me acomodaba aunque fuera un poco. La estufa seguía con una hornilla mala y el colchón con el resorte salido, pero yo ya me creía distinto. Cada pelea se sentía más pesada. Al principio solo veía las sombras que se deslizaban por el ruedo. Luego empecé a notar que antes de que empezara la pelea había alguien parado al fondo entre la gente. Era un hombre delgado con un traje negro impecable que parecía recién planchado. Nunca se movía ni volteaba a ningún lado, solo se quedaba allí mirándome. Supe sin necesidad de preguntarme que era el mismo que había visto en mi sueño la noche del ritual. Había veces que me quedaba viéndolo más de la cuenta, tratando de convencerme de que era un apostador cualquiera, pero cuando pasaba

16:36 la mirada por su cara, veía una sonrisa tan quieta que me quitaba el aire. El gallo seguía ganando, lo metía a la caja y me iba directo al siguiente palenque. Cada semana la bolsa de plástico con billetes se hacía más gorda. Entre los galleros empezaron a correr rumores. Decían que el mío era imposible de matar, que no importaba qué línea trajera el contrario, siempre salía caminando. Un viejo que llevaba años en esas jugadas me dijo una tarde que sí seguía así. Algún envidioso iba a mandarme seguir para robarme el gallo y revenderlo lejos. Yo me reí, pero por dentro supe que no se equivocaba del todo.

17:20 Lo más raro empezó a pasar cuando el gallo se subía a mi pecho mientras dormía. La primera vez creí que estaba soñando. Sentí el peso sobre las costillas y abrí los ojos. Allí estaba, parado con las patas firmes y el cuello estirado. Me miraba directo, sin parpadear. Me quedé inmóvil, respirando apenas. Después de unos segundos bajó la cabeza y dio un paso atrás. Cuando amaneció supe que era una señal. En la pelea siguiente lo derrotaron por primera vez. No murió en ese momento, pero quedó tan herido que entendí que su tiempo se había acabado. A partir de entonces, cada vez que lo veía sobre mi pecho, apostaba poco. Nunca fallaba. Cuando me despertaba con esa mirada fija, sabía que la próxima pelea sería la última. Y así pasaba.

18:11 Salía del ruedo con el animal inerte en los brazos y la sensación de que todo estaba bajo control, como si alguien me diera instrucciones exactas. Llegué a pensar que más que un castigo, era una bendición. La gente empezó a rodearme antes de cada jugada. Me preguntaban qué comida le daba al gallo, qué vitaminas, qué cruza era. Algunos ofrecían comprármelo por cantidades absurdas. Yo siempre decía que no estaba en venta. La verdad era que ni aunque me dieran toda la bodega llena de billetes, me habría atrevido a entregarlo. Sabía que aquel hombre del traje, el que se quedaba inmóvil al fondo, estaba pendiente de todo. Cada vez que cobraba mis ganancias, levantaba la vista y lo encontraba mirándome, con esa sonrisa que no cambiaba nunca. Aunque sentía un miedo sordo en la boca del estómago, no podía detenerme. Mientras la suerte durara, me decía, tenía que aprovecharla.

19:13 una mañana que salí a trabajar alcancé a ver una figura negra parada junto a la puerta de mi camioneta tenía la misma forma alargada los brazos demasiado largos la cabeza inclinada como si estudiara algo Me quedé quieto en la banqueta, esperando que desapareciera. Cuando me acerqué, se disolvió frente a mis ojos. No quise pensar más en eso y me subí rápido. Mientras manejaba, sentí que alguien me miraba por el retrovisor, aunque no hubiera nadie más en la cabina. En el taller también empezaron a aparecer. Mientras lijaba un cofre o enderezaba un chasis, de reojo veía una silueta pasar detrás de las torres de soldadura. Una tarde estaba terminando de pintar un carro y sentí que algo se arrimaba a mi espalda. Fue tan claro que solté la pistola de aire y me volví de golpe.

20:06 No había nadie. A veces, cuando salía del taller, creía escuchar pasos que me seguían hasta la camioneta. Trataba de convencerme de que eran imaginaciones mías, pero cada día era más difícil. En la casa ya era peor. Las sombras no se quedaban en un rincón. Se movían por todas partes, como si revisaran cada objeto. Una noche desperté porque sentí un peso en el colchón. Cuando abrí los ojos, vi que una figura oscura estaba sentada en la orilla, con la cabeza vuelta hacia mí. Me quedé sin mover un músculo, esperando que se fuera. Después de un rato, la silueta se levantó y desapareció por la pared. Me quedé temblando con el sudor helado en la nuca. Poco después, mi madre vino de Rosarito a visitarme. Llegó en un taxi y se quedó mirando la fachada del cuartito, como si algo le incomodara. Cuando entró, no se quiso sentar. Me preguntó por qué tenía tan oscuro adentro. Yo le dije que así me gustaba. Mientras me hablaba, vi que me miraba con una preocupación que no había visto antes. Me dijo que tenía los ojos raros, que parecía que estuviera viendo otra cosa detrás de ella. Le respondí que solo estaba cansado. No insistió, pero vi que supe que no me creía. Desde entonces, empecé a beber más. Antes me tomaba un par de cervezas por la noche, pero ahora me quedaba hasta la madrugada con la cabeza entumecida, esperando

21:40 que el cansancio me tumbara y me evitara soñar. Porque cuando lograba dormir era peor. En los sueños el hombre del traje negro siempre aparecía, parado a un lado de mi cama o sentado en la silla de plástico. Una noche me habló de nuevo. Su voz sonaba igual que la primera vez. Todo tiene un precio, me dijo. Y tú ya sabes cuál es. Desperté con la garganta cerrada, sintiendo que no iba a poder volver a respirar. El gallo seguía ganando, pero cada vez que lo sacaba al ruedo, me preguntaba cuánto más me iba a costar. La pelea número 14 fue diferente. Desde que llegué al palenque supe que algo iba a pasar. El gallo estaba inquieto. Movía la cabeza de un lado a otro, cosa que nunca había hecho.

22:32 Antes de meterlo al ruedo, lo sostuve unos segundos. Sus patas temblaban un poco, pero me miraba con la misma calma de siempre. Cuando soltaron a los dos animales, el mío atacó primero. Parecía que iba a ganar como todas las veces. Pero en un momento se quedó quieto y bajó la cabeza. El otro gallo dio un brinco y le clavó la navaja en la base del cuello. Vi cómo se arqueaba con un espasmo seco. Mi corazón dio un vuelco. No quise creer que estaba muerto. Lo recogí con cuidado. Tenía la mirada fija, el cuerpo blando. Esa noche regresé con el gallo muerto envuelto en una bolsa. Lo puse sobre la mesa y me senté a verlo.

23:14 Me sentía vacío. Pensé que al menos todo había acabado. Me recosté sin quitarme la ropa y cerré los ojos, pero no pude dormir. Pasaron horas en que solo escuchaba mi respiración y sentía el frío de siempre. Cuando por fin me venció el sueño, lo hice con la idea de que ya no me quedaba nada. Al amanecer, abrí los ojos y miré hacia la mesa. El gallo muerto que había dejado ahí ya no estaba. En su lugar, parado sobre la madera, había otro gallo vivo. Tenía el pecho claro, las plumas revueltas y un tamaño casi igual al anterior. Me observaba en silencio, con la cabeza inclinada como si esperara algo de mí. Ya no me sorprendí.

23:58 Me limité a mirarlo unos segundos y luego volví la vista al techo. Para entonces, me había acostumbrado a que aparecieran uno tras otro. Sabía que mientras siguiera respirando, aquello no iba a terminar. Después de aquel amanecer, dejé de preguntarme si algún día terminaría todo. Me dediqué a aceptar el ciclo que se repetía sin darme tregua. El gallo que apareció esa vez ganó la primera pelea con la misma facilidad de los anteriores. Era como si llevara años entrenado. Ya no me costaba trabajo entrar al palenque ni sostener su cuerpo mientras se preparaba para atacar. Me había vuelto un hombre que vivía solo para eso. Pelear, cobrar y esperar la siguiente señal. El dinero empezó a llegar más rápido de lo que podía gastarlo. Cada fin de semana metía apuestas más grandes. La bolsa de plástico donde guardaba los billetes se convirtió en una caja de zapatos. Compré una televisión que casi no encendía, un refrigerador viejo que igual se me descomponía cada tanto. Me hacía falta muy poco para sentir que nada me llenaba. Cada cosa que compraba me duraba unos días de satisfacción. Luego me parecía inútil.

25:13 Ya no trabajaba en el taller. Le dije al patrón que me iba un tiempo por problemas familiares. La verdad era que ya no soportaba lijar cofres ni pintar defensas. Sentía que mi vida se había encogido a un solo punto, el momento en que el gallo salía al ruedo. Los pocos conocidos que me quedaban empezaron a apartarse. Decían que me veía raro, que cuando hablaban conmigo parecía que no los estaba escuchando. Uno me preguntó en serio si no andaba metido en brujerías. Otro me advirtió que tarde o temprano alguien iba a querer matarme por la pura envidia. A mí me daba igual. Me había vuelto adicto a esa sensación de control que tenía cuando ganaba. Cada victoria me costaba un pedazo más de mí mismo. Intenté deshacerme de aquel gallo una noche en que sentí que ya no aguantaba. Lo metí en un costal, salí en la camioneta y manejé hasta un camino despoblado rumbo a la rumorosa.

26:14 Lo solté entre los matorrales y me regresé sin mirar atrás. Llegué a casa convencido de que al menos me había librado de esa presencia. Pero cuando desperté, lo primero que vi fue el mismo gallo parado sobre la mesa, mirándome en silencio como si nada hubiera pasado. Probé a matarlo. Una madrugada me armé de valor y le retorcí el cuello con las manos. Sentí el chasquido seco, la sacudida breve del cuerpo. Lo envolví en un costal y lo saqué al terreno baldío. Enterré el cuerpo bajo una capa de tierra. Esa noche dormí como no lo hacía desde que empezó todo, pero al abrir los ojos, ahí estaba otra vez, con la cabeza inclinada y las plumas revueltas.

27:02 Cada pelea se volvió más sombría. Antes de entrar al ruedo, escuchaba murmullos que no provenían de nadie, palabras ininteligibles que se enredaban en mi cabeza hasta marearme. Entre la gente siempre veía la figura del hombre del traje negro. Algunas veces levantaba una mano y me saludaba despacio, como si quisiera recordarme que estaba vigilando cada paso. Yo fingía que no lo veía, pero por dentro sentía que me encogía. La noche que supe que ese gallo iba a morir, me costó más aceptar la señal. Me desperté con el peso sobre el pecho. Lo vi parado encima de mí, con las patas firmes sobre mi camiseta y los ojos clavados en los míos. Ya no me asusté. Me quedé mirándolo en silencio hasta que bajó la cabeza y dio un paso atrás. Sabía que esa sería su última pelea.

27:56 La presión me reventaba la cabeza. Ya no podía hablar con nadie sin sentir que todo era una farsa. me levantaba con las manos temblando y me dormía con un vacío que no se llenaba ni con todo el dinero que guardaba en la caja aunque me repetía que seguía siendo dueño de mi vida por dentro sabía que mentía todo lo que era mío se había quedado en aquel ritual La madrugada en que vendí el único trozo de dignidad que me quedaba. Una noche desperté con un peso tan fuerte en el pecho que pensé que me estaba dando un paro. Abrí los ojos despacio, esperando ver el mismo gallo de siempre, pero en cuanto alcancé a enfocar la figura, supe que no era como los otros. Era más grande, con las plumas erizadas y un pecho tan ancho que apenas cabía sobre mi torso. me miraba con unos ojos rojos que parecían brasas nunca antes me había sentido tan expuesto me quedé sin poder respirar mirando ese par de pupilas encendidas como si me estuvieran midiendo el alma no hizo ningún movimiento solo inclinó la cabeza hacia mí despacio como si me diera la última advertencia En ese instante supe que ese gallo no era un reemplazo más, era el final de algo, o el principio de algo peor.

29:14 Sentí que todo el frío que había sentido durante meses se me metía en el cuerpo hasta entumecerme las manos. Pensé que si me levantaba tal vez se iría, si no los sacaba a pelear quizá la cadena se rompería por fin. Me quedé tendido hasta que el cansancio me ganó y volví a dormirme con la respiración entrecortada. Cuando desperté todavía era de madrugada. Me incorporé con cuidado, esperando verlo otra vez sobre mi pecho, pero el gallo ya no estaba. Me quedé sentado con las palmas sudadas y la vista fija en la puerta. Pensé que tal vez lo había soñado. Me repetí esa idea varias veces mientras encendía la estufa y calentaba un café frío de la noche anterior. Cada trago me sabía a ceniza. Cuando amaneció, reuní el valor para revisar el terreno detrás del cuarto.

30:08 Abrí la puerta despacio, sintiendo que algo me iba a saltar de frente. El corral improvisado seguía igual, con los costales viejos y la lámina que se movía con el viento. Pero ahí estaba el gallo, parado en medio de la tierra removida, con las patas abiertas y la cabeza erguida, como si llevara horas esperándome. Sus ojos parecían aún más rojos con la luz del sol. En ese momento comprendí que no importaba cuánto tratara de evitarlo. No podía elegir nada. Todo estaba decidido desde que encendí aquella vela negra en mi cuarto. Volví a entrar y cerré la puerta con el seguro. Me senté en la cama con el corazón latiéndome tan fuerte que creí que me iba a desmayar.

30:52 Intenté convencerme de que no tenía que llevarlo, que si dejaba pasar el día todo se disolvería como un mal sueño, pero mientras más me repetía esa idea más me daba cuenta de que era una mentira. Sentía una presión en el pecho que no venía de ningún lado, como si alguien se hubiera instalado en mi respiración para recordarme que no tenía derecho a detenerme. Pasé horas sentado, mirando la mesa vacía y pensando en todo lo que había hecho. Recordé la primera pelea, la bolsa con los billetes, la mirada de mi madre cuando vino de Rosarito. Recordé también la voz del hombre de traje, repitiéndome que todo tenía un precio. Por un momento pensé que si salía corriendo, si abandonaba la casa, quizá me salvaría de lo que estaba a punto de pasar. Pero supe que no iba a hacerlo, no por cobarde, sino porque sentía que algo me anclaba a ese lugar, una voluntad más fuerte que la mía. Cuando por fin reuní el valor, salí con la caja de plástico bajo el brazo. Metí al gallo con movimientos lentos, como si temiera que se me deshiciera entre las manos. Al cerrar la tapa, sus ojos rojos quedaron fijos a través de los agujeros. Me subí a la camioneta con las piernas entumecidas. Mientras manejaba rumbo a Tecate, me di cuenta de que por primera vez en todo ese tiempo sentía un miedo que no podía disfrazar de costumbre.

32:21 Sabía que esa pelea no iba a ser como las otras, y que cuando terminara ya no habría vuelta atrás. Cuando llegué al palenque, ya era de noche. El lugar estaba lleno de gente que hablaba en voz baja. Algunos me reconocieron en cuanto vieron la caja que llevaba. Nadie se atrevió a preguntarme nada. Fui directo con el hombre que anotaba las apuestas. Me preguntó si estaba seguro de entrar esa noche. Le contesté que sí, aunque por dentro sentía que me estaba metiendo en una trampa de la que no iba a salir entero. Me quedé sentado a un lado del ruedo mientras preparaban a los gallos. El mío seguía tan tranquilo como siempre. Cuando le colocaron las navajas no se movió ni un centímetro. La gente empezó a rimarse en silencio, como si supieran que esa pelea iba a ser distinta. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano. Por un segundo pensé en recogerlo y largarme antes de que fuera tarde, pero ya no tenía voluntad para nada. Cuando lo soltaron, el gallo dio un salto tan rápido que parecía un reflejo.

33:30 Se estrelló contra el contrario con un golpe seco. Por un instante creí que iba a ganar otra vez. Pero el otro gallo reaccionó con una violencia que no había visto nunca. Giró en seco y le clavó la navaja en el costado, casi debajo del ala. El mío se quedó inmóvil con los ojos abiertos. Cayó de lado sin un sonido. Todo el palenque guardó silencio. Me quedé mirando su cuerpo tirado sobre el tapete. Sentí que me quedaba vacío por dentro, como si me hubieran arrancado el estómago. Me agaché para recogerlo. Tenía la sangre caliente todavía. Lo envolví en un costal que traía doblado en el cinturón. Mientras me incorporaba, levanté la vista. En medio de la multitud estaba el hombre del traje negro. No se movía, no hablaba, solo me miraba con esa sonrisa fija que no le tocaba los ojos. Por un segundo creí que iba a acercarse, pero se quedó ahí, quieto, como si estuviera satisfecho de haber cobrado su parte. Me fui sin mirar a nadie. Manejé hasta mi casa con las manos temblando.

34:34 Un Cuando llegué, tiré el costal sobre la mesa y me senté en la cama. Estuve así hasta que la madrugada me reventó los párpados. Dormí unas horas, convencido de que, al despertar, todo se habría terminado. Cuando amaneció, me quedé un rato acostado. No escuché ningún ruido en la cocina. No había ningún gallo parado en la mesa, ni uno solo. Por primera vez sentí que el ciclo se había roto, pero no fue así. Al día siguiente, un hombre que conocí en el taller me invitó a un palenque chico en la colonia La Morita. Fui por costumbre convencido de que nada tenía que perder. Aposté con la seguridad de siempre, como si todo me siguiera saliendo bien, pero perdí. La siguiente semana perdí otra vez. Las apuestas que me habían dado dinero se fueron de las manos. Después de un mes, todo el efectivo que guardaba en la caja de zapatos se había ido. Algunos hombres con los que me juntaba a beber empezaron a rondar mi casa, diciendo que les debía.

35:40 Una madrugada, mientras dormía, forzaron la puerta y se llevaron lo poco que quedaba. No puse resistencia. Me quedé acostado, mirando cómo revisaban cada rincón. Desde entonces, viví con el miedo metido en la garganta. Cada noche, sentía que la sombra del diablo estaba parada junto a mi cama. esperando que hiciera otra apuesta, que buscara otro gallo. A veces me despertaba y me parecía verlo en el patio, con el saco negro pegado al cuerpo. Ya no tenía nada que pudiera ofrecerle, solo mi vida que se iba apagando despacio. La última vez que soñé con él fue distinto, no estaba de pie, lo vi sentado en mi sillón de plástico con las piernas cruzadas. Sobre sus rodillas tenía al último gallo muerto, el que me miró con ojos rojos.

36:32 Lo acariciaba despacio como si fuera un animal querido. Levantó la vista y me habló sin mover la boca.« Nada es gratis», dijo.« Lo sabías desde el principio». Me desperté con la cara mojada de sudor. Afuera todavía era de madrugada. No encendí la luz. Me quedé acostado mirando el techo, convencido de que todo seguiría persiguiéndome mientras respirara. No tengo dudas de que aquel pacto me costó más que el alma. Lo que firmé aquella noche no se acaba con la muerte de un gallo, ni con la mía. Hoy sigo aquí, en el mismo cuarto de concreto donde empezó todo. Perdí cada peso que gané y terminé peor que antes. Me quedé con menos de lo que tenía, con la certeza de que nunca voy a recuperar nada. Ni el dinero, ni la tranquilidad, ni esa parte de mí que entregué sin entender lo que costaba.