Jan. 14, 2026

Mi Viaje A Xochimilco: La Chinampa De Las Muñecas Que Nadie Menciona - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Recuerdo la vecindad como un lugar donde todo se escuchaba y todo se sabía. El pasillo era largo y angosto, con las puertas una junto a la otra, cada una con su cortina en la entrada. Al centro estaba el patio, con un lavadero común, un par de macetas viejas y la llave donde la gente llenaba cubetas. Las paredes guardaban humedad y el piso de cemento siempre tenía polvo, aunque se barriera a diario. En la noche, cuando bajaba el ruido de la calle, se alcanzaban a oír los pasos de cualquiera, y el sonido de una puerta abriéndose se sentía como si fuera dentro de tu cuarto. En ese tiempo yo vivía ahí con mi familia. Era un lugar de rutina fija. La señora que vendía comida abría temprano.

0:52 El señor del cuarto de la entrada salía a trabajar y dejaba el radio encendido. Los niños jugaban en el patio. y cuando se cansaban se iban al pasillo a correr entre puertas, hasta que alguna mamá los jalaba del brazo y los metía a su casa. No era una vecindad bonita, pero era conocida, y en un sitio así cualquier cosa nueva se nota desde el primer día. Por eso recuerdo bien cuando llegó la mujer que rentó el cuarto del fondo. No llegó con muebles, solo traía una maleta mediana. una cubeta con trapos, una bolsa con ropa y aparte, una tela enrollada que cargaba con cuidado pegada al pecho. Caminó por el pasillo sin saludar, con la vista al frente, como si ya supiera en dónde estaba su puerta. La administradora le abrió, le dijo en dónde estaba el baño común y el lavadero, y la dejó pasar. La mujer metió sus cosas y sin tardarse sacó lo que traía envuelto.

1:53 Yo estaba en el patio, cerca del lavadero, y desde ahí la vi acomodar un muñeco en una silla. Lo sentó frente a su puerta con la espalda recta, como si lo dejara vigilando. Era un muñeco de tela, tamaño mediano, con cara dura de plástico, pelo pegado a la cabeza en mechones viejos y ropa gastada, como ropa de niño que ya pasó por varias manos. tenía las manos manchadas no de pintura fresca sino de suciedad vieja de esa que se queda atrapada en las costuras la mujer le acomodó el cuello de la camisa y le limpió la cara con un trapo húmedo no lo puso en una repisa ni en una cama lo dejó en la entrada en una silla con el cuerpo apuntando hacia el pasillo desde ese día la imagen se me quedó grabada y cada vez que yo pasaba hacia el baño o hacia el patio El muñeco estaba ahí, en la misma silla, mirando hacia afuera. A veces la mujer lo cambiaba de posición unos centímetros, como si le buscara un ángulo, y luego se metía y cerraba. No convivía con nadie, pagaba la renta y se encerraba. Cuando salía a tirar basura o a lavar un trapo, no se quedaba a platicar.

3:09 Tomaba agua de la llave, se lavaba las manos, recogía y volvía a su cuarto. La primera semana, el muñeco empezó a aparecer fuera de ese cuarto. La vecindad se movía a base de cosas pequeñas. Una señora del pasillo de en medio lo encontró sentado en el escalón de su puerta, recargado contra la pared. Se dio cuenta porque salió a barrer y casi lo pateó. Lo levantó con dos dedos por la ropa y lo cargó hacia el patio para devolverlo. El muñeco olía a tela húmeda guardada, a trapo viejo y traía polvo pegado en las piernas. La señora llegó al fondo, lo puso en el suelo y golpeó la puerta. La mujer abrió, lo tomó como si lo estuviera esperando y lo volvió a sentar en su silla. Al otro día, otra vecina lo vio en el lavadero, sentado en la orilla, con las piernas colgando hacia el agua estancada Ella juró que lo había visto al entrar al baño y que no estaba ahí, y que, al regresar, después de unos minutos, ya estaba sentado. Esa vecina lo dijo con la cara seria, sin adornar nada.

4:19 Al rato, el muñeco volvió a estar en su silla, de nuevo mirando hacia el pasillo. Luego pasó lo que hizo que ya nadie lo tomara como cosa de niños. Una mujer que vivía sola dijo que lo encontró dentro de su casa. Lo vio sentado en una silla junto a su mesa, cerca del plato donde ella había dejado un pan. Esa vecina siempre cerraba su puerta con seguro al entrar, y nadie tenía llave de su cuarto, pero aún así el muñeco estaba dentro. Lo sacó como pudo, lo empujó con un trapo y lo dejó en el pasillo. En la tarde, el muñeco ya estaba otra vez en el fondo, en su silla como si hubiera regresado solo.

5:02 Ahí fue cuando yo empecé a fijarme en cosas reales, sin inventar nada. El pasillo siempre tenía polvo fino, y cuando alguien caminaba descalzo se quedaban marcas claras. Empecé a ver rastros que antes no notaba, una línea corta en el polvo, como si algo se hubiera arrastrado, y pequeñas marcas en el cemento, donde el polvo desaparecía en tiras, como si una tela húmeda hubiera pasado por ahí. En algunas puertas vi el seguro en posición distinta a como lo dejaban. En los tramos donde decían que había aparecido el muñeco, quedaba el mismo olor a humedad y tela guardada.

5:42 El olor se quedaba un rato y luego se iba, pero yo lo reconocía, porque era igual al que traía el muñeco cuando lo levantaban. También empecé a observar a la mujer del fondo. Cuando alguien le mencionaba el muñeco, ella contestaba poco. con la misma calma y lo acomodaba sin mostrar sorpresa no se notaba apurada ni molesta ni preocupada a veces salía al pasillo se paraba un momento miraba hacia las puertas y volvía a entrar no era una mirada curiosa era una mirada fija como quien revisa la noche en que me tocó a mí la recuerdo con claridad yo estaba acostado y escuché pasos cortos en el pasillo pasos pegados al suelo seguidos sin arrastre de sandalia me levanté y me acerqué a la cortina el foco del pasillo alumbraba poco pero alcanzaba para ver el piso en el tramo frente a mi puerta vi una sombra baja y cuando levanté un poco la cortina vi el muñeco sentado a pocos pasos mirando hacia mi entrada no estaba tirado estaba sentado con las manos sobre las piernas con la cara levantada como si supiera en dónde estaba En ese momento no pensé en miedo, pero me quedé quieto, con la cortina en la mano, y sentí el olor a humedad llegar hasta mi cara, el mismo olor que ya había notado otras veces. Me fui hacia

7:12 donde dormía mi mamá y la desperté. Ella se levantó rápido, salió conmigo al pasillo y el muñeco ya no estaba ahí. El piso seguía con polvo, y en el tramo frente a mi puerta se veía una marca corta, como si hubieran arrastrado tela o un trapo húmedo. Esa fue la última parte tranquila del recuerdo. Desde ahí entendí que la vecindad ya no estaba mirando una cosa ajena, porque el muñeco ya había cruzado hasta mi puerta y ya nos estaba tocando a nosotros. Recuerdo que después de la noche en que yo vi el muñeco frente a mi puerta, la vecindad cambió de rutina sin que nadie lo ordenara.

7:54 La gente empezó a cerrar temprano, no por educación ni por costumbre, sino por miedo a que algo se metiera cuando el pasillo se quedaba solo. Las mamás ya no dejaban a los niños en el patio hasta tarde. Los metían a sus cuartos y les pedían que no se asomaran al pasillo. Los señores que solían platicar en la entrada se metían rápido y se quedaban adentro con la tele prendida, como si el ruido los ayudara. En los primeros días, el muñeco había aparecido en lugares comunes, el lavadero, un escalón o el tramo del pasillo. En esa segunda etapa cambió. Empezó a aparecer en puntos más directos, dentro de las casas y en lugares donde su presencia se sentía como una invasión. Una vecina lo encontró arriba de su cama, sentado en la almohada, con la cobija doblada, como si alguien la hubiera acomodado. Otra lo encontró en su mesa de cocina con migajas alrededor, como si lo hubieran sentado a ver comida. En otra casa apareció sobre ropa recién lavada, y en la tela quedaron manchas oscuras de suciedad vieja, como si la humedad del muñeco se hubiera pegado de golpe. Lo peor era que no era un solo caso. Se fue corriendo de puerta en puerta, y cada aparición traía un detalle nuevo, que ya no dejaba espacio para explicaciones simples. Una señora abrió su alacena y encontró un plato volteado y junto al plato, el

9:26 muñeco recargado contra la pared, con la cara apuntando hacia el fondo del cuarto. Nadie lo había escuchado entrar, nadie lo vio cruzar el pasillo, solo aparecía donde no debía estar y cuando alguien corría a avisar ya se había movido. Con esas apariciones empezaron las señales que ya no se podían tomar como casualidad. En la esquina de una cocina, detrás de un bote, una vecina halló una bolsa pequeña con nudos, apretada, como hecha para que no se abriera fácil. La bolsa olía a acera vieja y tela guardada. La vecina no la abrió con la mano, la jaló con un gancho de ropa y la dejó en el piso del patio, a la vista de todos, porque quería que los demás lo vieran y no quedara como invento. Una señora trajo unas tijeras y cortó el nudo con cuidado.

10:20 De adentro salieron cabellos, hilos enredados, pedazos de cera y un trozo de tela oscuro como retazo de ropa. Ese hallazgo cambió el ambiente, porque ahora no solo eran las apariciones del muñeco, ahora había brujería en nuestra vecindad y eso terminó de llenar de miedo a todos los vecinos. En otro cuarto encontraron agujas clavadas en el marco de una ventana, por la parte de adentro. Eran agujas comunes, de costura, pero estaban puestas una junto a otra, en línea, enterradas en la madera. No estaban tiradas en el piso, estaban colocadas. El dueño de ese cuarto dijo que él no tenía agujas y que nadie iba a su casa a coser. Las sacó con unas pinzas y se le quedaron marcas en los dedos. porque la madera estaba húmeda y la aguja estaba oxidada. La brujería dejó de ser un tema de plática cuando comenzaron esos objetos, puestos con intención, dentro de espacios cerrados. La niña del segundo cuarto también empezó a sufrir. Era una niña pequeña que dormía en una cama pegada a la pared. Su mamá amaneció un día con la niña rascándose el brazo y llorando. Cuando le revisaron, tenía marcas largas, finas, como líneas en la piel, y varias de esas líneas estaban paralelas, a la misma distancia, como si algo con costuras o con hilos duros le hubiera rozado mientras dormía. No era una herida abierta, era

11:51 una marca roja que ardía. La mamá le puso crema y la niña se calmó, pero en la noche siguiente volvió a pasar, y esa vez también le salió en la pierna. La niña empezó a dormir con la luz prendida y aún así despertaba diciendo que había visto el muñeco cerca de su cama. En mi casa, mi mamá empezó a revisar la puerta varias veces. Revisaba el seguro, revisaba la rendija de abajo y ponía un trapo doblado para taparla. También revisaba el piso del pasillo al amanecer, como buscando marcas. Yo seguía oliendo esa humedad rara en ciertos puntos, el mismo olor del muñeco. Y ya no era un olor que yo imaginara, porque mi mamá lo mencionó una mañana sin que yo le dijera nada. Dijo que olía como trapo guardado, y lo dijo con la cara apretada. En medio de todo eso, yo observé a la mujer del fondo más de cerca, porque era la única constante. Salía al patio con la misma cubeta, lavaba un trapo, lo exprimía y se regresaba. No saludaba, no preguntaba y no se disculpaba por el muñeco. Cuando alguien la encaraba, se quedaba un segundo mirando y luego se metía a su cuarto con el muñeco y cerraba. Varias veces la vi parada en el pasillo, quieta, mirando las puertas como si eligiera una. No era una mirada de curiosidad, era una mirada firme y directa. Un día la administradora

13:21 le fue a tocar para pedirle que se fuera. Nadie quería pleito, solo querían que se acabara. La mujer abrió apenas sin dejar ver el interior del cuarto y dijo que ella pagaba y que no estaba haciendo nada malo. Luego cerró de golpe. Esa respuesta encendió a todos, porque en la vecindad se podían tolerar muchas cosas, pero no que una persona se encerrara, le cerrara la puerta a la administradora y no atendiera el problema que tenía encima. La reunión se hizo en el patio junto al lavadero. Se juntaron varias familias, no todas, pero sí las que ya habían tenido al muñeco dentro o habían encontrado cosas escondidas.

14:05 Pusieron en el suelo la bolsa pequeña con los cabellos y la cera, y también las agujas que habían sacado de la ventana, para que todos vieran que no era una exageración. Ahí se decidió buscar ayuda afuera, con una bruja que trabajara fuerte, porque ya había pruebas escondidas. daño en una niña y entradas a cuartos cerrados. Yo recuerdo que, cuando lo dijeron, nadie levantó la voz. Lo dijeron como algo necesario, porque en esa vecindad ya no se trataba solo de miedo, se trataba de que alguien estaba usando un muñeco para meterse a nuestras casas y usar brujería.

14:46 Recuerdo que después de la reunión en el patio se hizo un acuerdo claro. Nadie quería seguir esperando a que el muñeco apareciera en otra cama o en otra cocina. Ya había una bolsa pequeña con cabellos y cera. Ya habían sacado agujas de una ventana. Y ya había una niña marcada. La vecindad no era un lugar de gente ingenua. La mayoría había visto cosas en su vida. Pero esto ya se había metido a las casas y ya estaba empujando a todos a vivir encerrados y con miedo. Una vecina dijo que conocía a una bruja en otro barrio, una mujer que no se dedicaba a rezos suaves. Dijo que esa mujer trabajaba con magia negra muy pesada para cortar, amarrar y regresar el daño. Se juntó dinero entre varios y se mandó con la bruja. Yo fui con mi mamá porque a mí me tocó ver el muñeco frente a mi puerta y porque mi mamá no quería que me quedara con ese miedo en la cabeza sin hacer algo.

15:48 La bruja nos recibió en una casa sencilla. Era un cuarto con una mesa firme. Estaba oscuro que daba miedo. Había un bote con líquido turbio, un estante con velas negras e imágenes del diablo. La bruja nos escuchó sin interrumpir y le describimos el muñeco como era, las veces que lo encontraron dentro de casas, la bolsa pequeña con nudos que salió con cabellos y cera, las agujas en la ventana y las marcas de la niña. La bruja pidió un enlace claro, algo que la mujer del fondo tocara seguido, o algo que hubiera tocado el muñeco. Dijo que sin eso el trabajo se vuelve lento y se pierde fuerza. Ese mismo día conseguimos lo que pidió. Una vecina observó a la mujer del fondo. Cuando salió al patio a lavar, la mujer sacó el muñeco unos minutos para sacudirle la ropa. Luego lo limpió con un trapo viejo, lo dobló y lo dejó en el borde de una cubeta.

16:49 Cuando la mujer se metió a su cuarto, la vecina tomó el trapo en cuanto pudo, sin hacer escándalo, y lo guardó en una bolsa pequeña, bien cerrada. También llevamos un puñado de polvo del tramo del pasillo frente a mi puerta, porque ahí lo vi yo, y porque ahí se notaban marcas en el cemento como arrastre. Ese polvo se guardó aparte para no mezclarlo con nada. La bruja preparó la mesa como si fuera un trabajo de taller. Puso velas oscuras, un vaso con agua y sal, un plato con tierra, y prendió un humo de hierbas secas que olía fuerte, como monte quemado. Puso la bolsa con el trapo sobre la mesa y la abrió con calma.

17:34 No lo tocó directo, usó una tela limpia para agarrarlo. Lo extendió y revisó el trapo como si buscara una señal. Dijo que ahí estaba lo que necesitaba, porque el trapo traía sudor, polvo y el mismo olor que se quedaba en el pasillo. Luego empezó el amarre. La bruja tomó hilo negro grueso y empezó a envolver el trapo con vueltas firmes. Cada vuelta la apretaba y hacía un nudo, y los nudos los dejaba pegados uno junto al otro como si cerrara un paquete. En medio del amarre echó un poco del polvo del pasillo sobre el trapo, lo frotó para que se pegara y volvió a amarrar encima.

18:15 Dijo que estaba cerrando el camino por donde se estaba metiendo y que el muñeco iba a perder movimiento porque ya no iba a tener paso fácil. Cuando terminó acercó una vela al hilo y quemó apenas una punta para sellarlo. Después apagó esa punta en el vaso con agua y sal. El olor que soltó el hilo quemado se quedó en el cuarto. La bruja nos explicó con palabras cortas que el objetivo era cortar el paso y obligar a que todo regresara al cuarto de origen. Dijo que si la mujer estaba trabajando con el muñeco, iba a sentir presión y enojo, y que podía reaccionar tirando cosas o encerrándose, porque el trabajo iba a cerrarle lo que estaba usando.

19:02 También dijo que el muñeco iba a parecer tirado o sin fuerza, porque ya no iba a estar sostenido. Volvimos a la vecindad con el acuerdo de observar sin provocar pleito. Esa noche el pasillo se quedó casi vacío, pues nadie se quiso quedar afuera. Al día siguiente la mujer del fondo no salió. Se escucharon golpes dentro de su cuarto, como muebles moviéndose y un par de cosas cayendo. No eran golpes de pared, Sonaban a sillas azotadas, a madera contra piso. La administradora se asomó desde la entrada, pero no se acercó, pues nadie quería tocar esa puerta. Esa misma noche, el muñeco apareció tirado en el patio. Estaba mojado, como si lo hubieran metido a una cubeta o le hubieran echado agua encima. La tela se veía más pesada, pegada al cuerpo. El pelo estaba aplastado y la cara tenía marcas de agua sucia. No estaba sentado, no estaba acomodado, estaba tirado de lado con una pierna doblada hacia atrás.

20:08 La vecina que lo vio primero gritó para que todos lo vieran. Salimos varios y nadie lo quiso tocar con la mano. Usaron un recogedor y una escoba para levantarlo. Lo metieron en una bolsa y amarraron la bolsa con doble nudo. Mi mamá y yo lo llevamos con la bruja ese mismo rato. La bruja lo recibió como si ya supiera que iba a llegar. Abrió la bolsa, lo puso sobre la mesa y le revisó las costuras con una aguja y unas tijeras Cortó una costura del costado y metió los dedos con una tela encima para no tocar directo Sacó cabellos enrollados, un alfiler oxidado, hilo amarrado por dentro y pedazos de cera pegada a la tela También sacó un retazo de tela oscuro, doblado, con nudos pequeños Lo juntó todo en un plato y lo cubrió con tierra Luego volvió a envolver el muñeco y nos dijo que eso no se dejaba en la vecindad ni se tiraba en la basura. Dijo que se tenía que sacar lejos y quemar y que después se cubría con tierra para que no quedara nada cerca de las casas.

21:15 Esa parte se hizo como ella indicó y no se habló de eso con más gente. Al regresar a la vecindad, el ambiente cambió desde el primer día sin el muñeco. El pasillo seguía siendo el mismo, pero ya no olía a esa húmeda drancia en puntos sueltos. Ya no aparecieron bolsas con nudos, ni agujas, ni manchas en la ropa. La niña dejó de amanecer marcada y volvió a dormir seguida. Días después, la mujer del fondo se fue sin aviso. Dejó el cuarto vacío y la administradora entró para revisar. No encontraron nada que explicara todo, solo trapos viejos, cera tirada en el suelo y una silla sin respaldo. como la silla donde se sentaba el muñeco. La vecindad recuperó el sueño con el tiempo, pero yo no volví a caminar en un pasillo igual sin fijarme en el piso.

22:09 Ese hábito se me quedó. Revisar antes de abrir, mirar el tramo de cemento, oler el aire, porque yo vi un muñeco donde no debía estar. Lo vi frente a mi puerta y supe lo que se siente cuando algo entra a tu casa sin pedir permiso. Yo recuerdo esa semana como una de esas, en las que uno acepta planes por aburrimiento y por costumbre. Éramos varios del mismo círculo, de los que se ven seguido y nos juntamos en casa de un amigo, porque casi siempre estaba sola. Era una casa normal de colonia, con el comedor pegado a la sala y un pasillo que llevaba a las recámaras.

22:56 Llegamos con la idea de pasar el rato y poner música, comer algo y hablar de lo de siempre, nadie iba pensando en sustos ni en historias raras, en algún momento uno de los muchachos sacó de su mochila una ouija que había comprado, la puso sobre la mesa como si fuera un tablero cualquiera, a mí me llamó la atención porque la caja se veía nueva, pero la tabla se veía manoseada con bordes raspados y la superficie opaca como si ya hubiera pasado por varias manos, Tenía letras, números y una pieza para señalar. La pieza era ligera, de esas que se mueven fácil con el roce de un dedo.

23:36 Yo me senté más por curiosidad que por ganas. No iba con la idea de creerlo, iba con la idea de ver cómo lo hacían. Nos acomodamos alrededor y pusimos los dedos sobre la pieza. Al principio hicieron preguntas simples, de esas que uno suelta para probar, y luego empezaron a hacer preguntas más personales, ya con esa confianza de grupo, donde creen que todo se puede tomar a juego. La pieza se movió lento, como cuando alguien empuja apenas, y eso encendió el ambiente porque todos se pusieron a acusarse con la mirada. Nadie lo aceptó y eso hizo que el juego durara más. Esa duda de quién estaba moviendo la pieza se volvió parte de la emoción. Yo estaba atento a las manos. Veía dedos temblando, uñas cortas, manos sudadas por el calor y por el nervio Y aún así, la pieza avanzaba con un rumbo que no se sentía al azar. En una de esas respuestas salió información precisa sobre uno de nosotros, algo que no se había dicho ahí y que no se podía adivinar fácil. No era una respuesta genérica, era un dato concreto que le pegó a esa persona en la cara. Ahí se me apretó el estómago y se me fueron las ganas de seguir, porque ya no se sentía como un juego de mesa.

24:58 El primero que reaccionó distinto fue el más inquieto del grupo, el que siempre trae pila y siempre anda interrumpiendo. Se quedó callado, con la vista clavada en el tablero. Empezó a sudar no por calor, sino como sudor frío de miedo que le resbalaba por la sien. Sus manos temblaban y quiso levantarse, pero se le trabaron los pies. Luego, como pudo, se paró de golpe y se fue al baño. Se escuchó un golpe contra el lavabo, como si se hubiera mareado y se hubiera pegado al entrar. Cuando salió, traía la cara pálida y un rasguño en la frente. Dijo que estaba bien, pero su voz se escuchaba más seca y hablaba rápido, como si quisiera tapar algo con palabras.

25:45 Se talló la frente, se lavó las manos otra vez y volvió a sentarse, pero ya no se acomodó como siempre. Se quedó rígido, con la espalda recta y los hombros tensos. mirando la tabla como si lo jalara. El dueño de la casa intentó cambiar el tema y poner música más fuerte, pero ya se había metido una incomodidad que no se quitaba. El que llevó la ouija insistía en seguir, con esa terquedad de quien quiere demostrar que controla la situación. Uno de los otros propuso cerrar y guardarla, según lo que había leído en internet. Se pusieron de acuerdo en hacerlo rápido y empujaron la pieza al final. Guardaron la tabla en su caja y la metieron en un cajón del mueble del comedor. Yo me fui a mi casa con una sensación rara, como de haber participado en algo que no entendía. No me fui pensando en fantasmas, me fui pensando en el muchacho que se quedó pálido, en cómo se le movían las manos, en el golpe en el baño y en la forma en que miraba la tabla. Llegué, cené, traté de distraerme y revisé el celular como cualquier otro día.

26:56 Esa noche, el grupo de mensajes empezó a moverse. El mismo muchacho mandó audios cortos, sin saludo y sin contexto. En esos audios no hablaba como siempre, decía frases sueltas, a veces como si estuviera contestando algo que nosotros no le habíamos preguntado. Luego mandaba otro audio con un tono distinto, más duro, y después se quedaba callado un rato. Entre audio y audio mandó una foto de su mano. En la foto se veían marcas rojas en los dedos, en la parte de arriba, como si se los hubiera apretado fuerte o como si se hubiera lastimado contra algo. Pero no eran cortadas, eran marcas redondas y lineales, como presión.

27:42 A mí me dio una preocupación real, porque él no era de mandar cosas así. Empecé a escribirle aparte para preguntarle si ocupaba algo y no me contestó. En el grupo, uno de los demás intentó tomarlo a broma para bajar la tensión, pero el muchacho mandó otro audio, donde se escuchaba agitado, como si hablara desde un cuarto cerrado. Decía que había alguien con él, que no lo dejaban dormir y que no quería cerrar los ojos. Lo decía en un tono de miedo, como si estuviera muy asustado. yo me quedé viendo el celular un buen rato, me puse a repasar todo lo que hicimos, quién tocó la pieza, qué preguntas salieron, en qué momento se puso pálido y en qué momento se fue al baño, otro se acercó para sujetarlo por los hombros y calmarlo, pero el muchacho se zafó con el cuerpo rígido, como si sus músculos estuvieran duros, aventó una silla, la silla pegó en la mesa y la tabla se cayó al piso, La pieza se deslizó y quedó debajo del mueble. Él se quedó mirando el piso, murmurando frases cortas con la respiración cortada, y luego caminó hacia la puerta con intención de irse, como si nada hubiera pasado, pero luego se detuvo y se comenzó a reír de nuevo. Ahí dejamos de pensar que se podía resolver entre nosotros. El dueño de la casa habló con su papá y le pidió que viniera.

29:10 También le avisamos a la mamá del muchacho. Llegaron los dos separados por pocos minutos y el ambiente se cerró de golpe. El papá entró con una actitud firme, tratando de entender qué estaba pasando sin perder el control. La mamá del muchacho entró con la cara rota porque ya venía preparada para ver algo feo. Se acercó a su hijo y quiso tocarlo del brazo para sentarlo. Él le apretó la muñeca con fuerza y le dijo una frase exacta sobre un tema familiar íntimo algo que a mí me quedó claro que no era cosa de adivinar. La mamá se soltó llorando. El señor se quedó parado, sin saber qué decir, mirando la tabla en el piso y luego al muchacho, como si estuviera intentando acomodar una explicación que no le alcanzaba. El señor levantó la tabla con cuidado, como quien recoge algo peligroso. La metió en su caja y la guardó en una bolsa. Les dijo a la mamá y al muchacho que se fueran a su casa.

30:14 que lo primero era tenerlo vigilado y llevarlo a revisión. La mamá lo jaló con suavidad, con miedo de provocarlo, y se lo llevó. El muchacho salió con pasos firmes, sin despedirse, con la mirada dura y la mandíbula apretada. En los días siguientes, lo que supimos fue por gente cercana y por mensajes breves de su mamá, ya más tranquila pero cansada. Dejó de comer bien, Dormía a ratos y se despertaba alterado. Se bañaba con agua helada, aunque estuviera haciendo frío. Caminaba de madrugada dentro del cuarto, abriendo y cerrando el closet, revisando detrás de la puerta y moviendo cosas como si buscara algo. A veces decía frases que no encajaban con el momento, como si contestara una conversación que solo él tenía. En una ocasión, según contó su primo, se apretó los dedos hasta marcarse la piel, como si quisiera sentir dolor para controlar otra cosa. Yo pasé esos días con una culpa clara. No era culpa exagerada, era la conciencia de que, por curiosidad y por seguirle el juego a alguien, nos metimos en algo que estaba dañando a un compañero y estaba rompiendo a su familia.

31:31 En ese punto, la ouija dejó de ser un tablero guardado y se volvió el centro del problema. Todos empezamos a evitar hablar de ella por mensajes, porque cada vez que alguien la mencionaba, la mamá del muchacho se ponía peor y pedía que no se repitiera lo que hicimos. Yo entendí que el siguiente paso ya no era reunirnos a ver qué pasa, sino ayudar a que se cerrara esto de verdad. con brujas que supieran cómo hacerlo o con chamanes lo que fuera necesario, y con decisiones claras antes de que él se fuera más abajo. Después de lo que pasó en la casa del amigo, ya no hubo espacio para seguirlo tratando como un problema entre nosotros.

32:15 La familia se movió rápido porque el muchacho empezó a dar señales claras de que su cuerpo se estaba desgastando. Su mamá habló con algunos de nosotros, para armar la secuencia completa y entender qué detonó todo. Yo me ofrecía ir en persona, porque por mensajes se confunden las cosas y luego parecen inventos. Además, yo sentía una responsabilidad directa por haber estado en la mesa, por haber visto la primera señal y por no haberme levantado antes. Lo primero que hicieron fue llevarlo a revisión médica. Su mamá nos contó lo básico y yo lo vi con mis ojos después, porque cuando regresaron a la casa, lo volví a ver.

32:58 Traía la piel reseca, los labios partidos y una mirada furiosa que no se le quitaba. Le temblaban las manos no todo el tiempo, pero en ciertos momentos se le iban los dedos, como si le faltara control de su cuerpo. Dormía por ratos cortos y se despertaba agitado. con la respiración alta, como si hubiera estado corriendo. A veces se quedaba mirando fijo a una esquina del cuarto, y luego se levantaba a revisar detrás de la puerta. Decía que ahí estaba alguien que lo miraba todo el tiempo, algo como un demonio, y lo buscaba como si esperara encontrarlo ahí. Eso no lo hacía para asustar a nadie, pues lo hacía con una seriedad que daba mucho miedo, porque se veía convencido. En el hospital lo trataron como urgencia de desgaste, suero, revisión, preguntas directas, observación y seguimiento. Se notaba que lo querían estabilizar y descartar que hubiera algo más físico o consumo de algo. Lo que sí supe es que le pidieron a la mamá que no lo dejara solo, que cuidara, que comiera aunque fuera poco, que lo mantuviera hidratado y que regresaran si volvía a ponerse violento o si se desorientaba.

34:15 Esa parte ayudó porque al menos dejaron claro que no era solo un susto y ya, era un cuadro real de agotamiento y crisis. Al mismo tiempo, la mamá buscó apoyo en la iglesia de su colonia, porque ella estaba convencida de que todo empezó con la ouija y porque ya había visto a su hijo decir cosas que no eran propias de él, con un tono y una precisión que a ella la lastimaban. contactó a una persona de confianza alguien que ya conocía a la familia y quedó en ir a la casa yo fui ese día porque me pidió que estuviera presente para contar exactamente lo que hicimos sin inventar nada y sin querer proteger a nadie cuando llegué la casa se sentía tensa quizá por el cansancio de la mamá y por el ambiente de vigilancia o por esa sensación de que el muchacho era otro Su mamá me dijo que me sentara y esperáramos a que llegara su conocido de la iglesia. El muchacho estaba en su cuarto con la puerta entreabierta y se escuchaban pasos cortos como si caminara en un espacio pequeño y de pronto se detenía y se quedaba quieto. Luego se escuchaban las risas demoníacas que aún no puedo describir con otra palabra. El padre que llegó de la iglesia habló primero con la mamá en la sala con calma. Le pidió que me dejara contar todo desde el principio. Yo conté cómo fue la reunión, quién llevó la tabla, qué

35:46 respuesta nos pegó a todos y qué pasó con el muchacho desde que se quedó pálido. Fue al baño y empezó con los audios por la noche. Conté también lo de la segunda reunión, cuando fue directo al cajón, sacó la tabla y se puso agresivo. Después pidieron ver al muchacho. Cuando salió del cuarto, salió como si se obligara. Traía el cuerpo tenso, los hombros duros y los ojos con un brillo raro, con ese mismo coraje que se le miraba. Apenas vio a la persona de la iglesia, apretó la mandíbula y empezó a respirar rápido por la nariz. Se sentó, pero no se recargó. Se quedó con las manos sobre las piernas, apretando los dedos. En cuanto le hablaron, contestó con agresividad, gritaba y se reía de la misma manera aterradora.

36:37 Y soltaba frases cortas, directas y dirigidas a la mamá, como buscando hacer daño con cosas específicas. La mamá se aguantaba, pero se le salían las lágrimas sin hacer escándalo, de puro cansancio y tristeza. Ahí se notó una diferencia importante con lo anterior. Ya había control en el entorno. No había amigos riéndose. No había provocación. No había un grupo de adolescentes queriendo ver qué pasaba. Había familiares listos para sujetarlo si se levantaba a golpear o aventar algo, pero sin lastimarlo. Se movían con cuidado porque cualquier contacto brusco lo alteraba más y se ponía más agresivo. El padre de la iglesia dejó una instrucción directa. La ouija no se volvía a tocar y tenía que quedar fuera de cualquier casa desde ese mismo día. En cuanto el padre empezó a rezar cerca del muchacho, el cambio fue inmediato.

37:35 El muchacho se quedó tieso en la silla, apretó los dedos sobre las piernas y levantó la cara con una rigidez que no le había visto nunca. Sus ojos se le humedecieron primero, y luego pasó lo que todavía me cuesta decir, sin sentir frío en el pecho. La parte blanca se le fue apagando y los ojos se le vieron negros, como si se hubiera corrido una sombra por dentro. no fue un parpadeo ni un reflejo de luz fue un cambio claro sostenido que nos dejó helados el padre sacó un frasco pequeño con agua bendita y lo roció hacia él en cuanto le cayó en la frente y en el cuello el muchacho se arqueó como si le hubieran echado algo hirviendo soltó un grito largo rasposo con la garganta forzada y luego se empezó a reír de una forma que no se parecía a él una risa alta cortada como burlándose de todos al mismo tiempo. Su mamá se tapó la boca con las manos y se quedó temblando, y el papá del muchacho se acercó, listo para sujetarlos y se levantaba. El padre siguió rezando y el muchacho empezó a tirar frases sueltas, agresivas, con ese tono bajo y áspero que ya le habíamos escuchado, y se reía entre frase y frase como si disfrutara ver a su familia hecha pedazos. El padre siguió rezando y echándole agua bendita al muchacho, y subía la intensidad de sus rezos y también la risa y los gritos del muchacho.

39:08 Se sentía el ambiente demasiado pesado, y luego el muchacho abrió la boca, de una forma que no encuentro palabras lógicas para describirlo. Luego se tensó violentamente y se quedó desmayado, respirando de manera rápida. El padre dijo que había terminado con eso, que todo estaba en calma, que solo habría que vigilarlo y avisarle si algo pasaba. En los días siguientes, el muchacho se fue estabilizando, pero el cambio no fue limpio. Bajaron los arranques, dejó de ponerse agresivo a cada rato y empezó a comer un poco mejor. Se logró dormir más tiempo seguido, aunque se despertaba sudando y con el cuerpo tenso. Se quedó con miedo de estar solo en un cuarto cerrado, y con ataques de ansiedad que lo dejaban con las manos temblando y la respiración rápida. Evitó salir un tiempo. Cuando lo vi después ya más tranquilo, se le notaba que no quería hablar del tema. Se quedaba callado cuando alguien lo mencionaba y bajaba la mirada como si le doliera recordarlo. La mamá cambió también, se volvió más pendiente, más nerviosa como si no se permitiera bajar la guardia. Revisaba la puerta del cuarto, le preguntaba si comió, si durmió, y se le notaba el cansancio en la cara. El papá se volvió más serio y más duro con el ambiente de la casa, como queriendo mantener todo bajo control. Yo entendí que para ellos no

40:41 fue una historia, fue una semana que les movió la vida completa, y les dejó una marca que no se quita con explicaciones. Yo cerré con lo único que podía hacer sin inventarme otra salida. Me alejé de reuniones donde se buscara jugar con esas cosas, corté el contacto con cualquiera que insistiera en repetirlo, y dejé de tratarlo como anécdota. Lo que pasó se quedó en esa semana, con consecuencias reales y con un recuerdo que todavía pesa, cuando alguien menciona una tabla o un juego de esos de la ouija. Porque yo vi con mis propios ojos hasta dónde puede llegar algo que empieza como curiosidad y termina rompiendo a una familia desde adentro. Yo trabajaba en los canales desde hacía años. No era guía de los que van contando historias para entretener. Yo era de los que se mueven por trabajo. Cargar cosas, llevar gente que conoce las zonas.

41:46 apoyar a los remeros cuando se atoran, amarrar trajineras, revisar que no se metan a canales cerrados y sacar basura cuando el agua se llena de ramas y botellas. En Xochimilco uno termina sabiendo lo que se comenta, aunque no lo busque. Ahí la isla de las muñecas se menciona, como se menciona cualquier punto turístico, porque atrae gente, porque deja algo de dinero y porque todos traen la misma pregunta. Yo escuché ese nombre desde antes de ir. Escuché lo de Julián Santana, lo del hombre que vivió en una chinampa, colgando muñecas por años, y que un día apareció muerto en el agua. También escuché versiones distintas, como pasa siempre, pero el punto era el mismo. La isla ya era una visita obligada, y había gente que iba solo por tomarse fotos. Eso era parte del ambiente. Se vendían refrescos, se vendían recuerdos, se subía gente a las trajineras y a cada rato alguien pedía que los llevaran.¿ A dónde están las muñecas? Lo que a mí me metió de verdad en el problema no fue esa isla famosa, fue otra chinampa, más escondida, metida en canales angostos que no se usan para pasear. A esa no la anunciaban, no tenía letreros, no tenía puesto y no tenía fila de trajineras.

43:09 Se llegaba porque el remero sabía el camino, y porque uno conocía los desvíos, las zonas de plantas altas, las ramas que casi pegan en la cara si vas parado. Yo no fui solo, iba con un remero que hacía encargos, de esos que llevan gente a chinampas privadas, o pasan mercancía de un lado a otro sin meterse al paseo. Ese día íbamos por una entrega sencilla. En el camino vi que el remero no llevaba la trajinera por donde normalmente pasan los turistas. Se metió por un canal más estrecho, con el agua oscura por las plantas y por la tierra de las orillas. Olía a lodo, a madera húmeda y a hoja podrida. Las chinampas estaban quietas, con sus cercas de ramas y tablas. En una parte, el canal se abría un poco y se veía una chinampa con árboles viejos, y ahí fue donde se me fue la vista.

44:04 Vi muñecas colgadas. No eran tantas como en la isla conocida. Eran pocas, elegidas, puestas con orden. No estaban amarradas al azar. Algunas muñecas estaban a la altura de la cara, otras arriba, como si el que las colgó hubiera pensado en dónde iban a quedar. Había una en especial más arriba, amarrada con alambre a una rama gruesa. Era la que dominaba el lugar, la que se notaba primero. Abajo, en el suelo, vi restos de plástico, un ojo de muñeca y tiras de tela húmeda pegadas al lodo. Eso me dio una idea clara de que el trabajo era constante, porque ese tipo de piezas no se juntan solas y nadie toca nada.

44:51 La chinampa tenía una casa sencilla. No era casa de turista, era casa de alguien que vive ahí. Tablas viejas, techo ligero, cosas acomodadas para lo básico. Vi un bote para agua, vi un recipiente de plástico, un lazo enrollado y un machete recargado, donde se podía agarrar rápido. Cerca de la entrada había una bolsa con alambre y pedazos de cuerda, como herramienta de diario. También vi dos muñecas nuevas tiradas a un lado, mojadas, como recién sacadas del canal. El remero amarró y me dijo que no me bajara a caminar, que solo iba a entregar y ya. Yo me bajé igual, no a recorrer, sino a mirar de cerca. En ese momento salió el hombre. Era de esos hombres que se notan acostumbrados a estar solos. No se veía agresivo, pero se veía firme. Camisa pegada al cuerpo por la humedad, pantalón viejo y manos raspadas. Se movía con calma. Me vio, me midió y me dejó pasar hasta donde estaba la orilla.

45:59 No me soltó la conversación, solo me hizo entender con una seña corta y directa que yo no tocara nada de lo colgado. Me quedé ahí unos minutos, viendo cómo el lugar estaba armado para mirarte todo el tiempo. Las muñecas no estaban puestas de frente al canal nada más. Varias estaban orientadas hacia adentro de la chinampa, como si cuidaran la casa. Algunas tenían la cara llena de lama seca, otras tenían la boca abierta por lo roto Algunas no tenían ojos, y los huecos se veían negros. No se sentía como decoración, se sentía como una costumbre repetida por años, con intención. En un rato, mientras el remero hacía lo suyo, el hombre se me quedó cerca, como cuidando el espacio.

46:48 No me habló con amabilidad, pero tampoco con amenaza. Me dijo lo único que quiso decir sin adornos. Me contó que una temporada atrás, mientras limpiaba la orilla, sacó del agua el cuerpo de una niña. Dijo que la halló cerca de las plantas, atorada, y que ya estaba sin vida cuando la vio bien. Dijo que intentó moverla para sacarla, pero que no había nada que hacer. También me dijo que ese mismo día o poco después, vio una muñeca flotando cerca, como si el canal la hubiera empujado hacia la chinampa. dijo que la colgó en un árbol en el mismo punto porque pensó que tal vez era de la niña y porque necesitaba hacer algo con esa imagen que le quedó marcada no habló de espíritus ni de cosas raras con palabras grandes dijo que a partir de ahí empezó a encontrar muñecas más seguido y que también le dejaban muñecas y que él las colgaba porque así podía dormir mejor eso fue todo yo no vi esa muerte yo solo escuché su versión y me quedó claro que él lo contaba como un hecho que todavía le pesaba en el cuerpo por la forma en que apretaba la mandíbula y por lo seca que traía la mirada me subí de nuevo el remero soltó la cuerda y nos fuimos por el mismo canal angosto yo iba pensando en lo que me dijo pero no me clavé en la historia de la niña como si fuera un cuento

48:20 me quedé con lo que sí fue mío con lo que yo vi sin que nadie me lo contara Antes de irnos, yo había mirado la muñeca principal colgada arriba, apuntando hacia el canal, como viendo a los que llegan. Al alejarnos, me volteé una vez más, por costumbre, y la vi girada hacia la entrada de la chinampa. El alambre se miraba torcido, como recién movido. Debajo, en el lodo de la orilla, había una marca fresca, un arrastre corto, como si algo pesado hubiera sido jalado desde el agua hacia adentro. No le dije nada al remero, Me guardé esa imagen y me fui con eso en la cabeza, porque esa parte no dependía de versiones ni de fama.

49:02 Esa marca estaba ahí y esa muñeca ya no estaba mirando al canal. Esa noche, al llegar a mi casa, me lavé las manos y todavía traía el olor del canal pegado en la ropa. Me acosté pensando en esa chinampa escondida y en el hombre que vivía ahí, como si lo único importante fuera colgar muñecas para aguantar el día siguiente. Volví, porque ese tipo de cosas se quedan dando vueltas en la cabeza y porque en los canales uno no se puede dar el lujo de ignorar un lugar raro cuando está en una ruta que se usa para trabajo. Regresé con el mismo remero. No fue un viaje de paseo. Fuimos con un encargo y de pasada.

49:46 Nos metimos otra vez por el canal angosto. El agua traía más basura que la vez anterior. Se notaba por los pedazos de unicel. por bolsas atoradas en las plantas y por ramas que venían flotando. En Xochimilco eso cambia de una semana a otra, y a veces cambia de un día a otro. Al llegar, la chinampa ya no se veía igual. Las muñecas eran más. No era que hubiera una diferencia pequeña, era un salto enorme. En los árboles habían colgado nuevas y también en los troncos, clavadas con alambre o sostenidas con clavos. Algunas colgaban tan bajo que casi tocaban el agua. Vi una con el cabello apelmazado por la humedad, como mechones de lodo, y otra con la cara levantada, sin párpados, con los huecos abiertos.

50:36 En una tabla recargada contra la casa tenía una bolsa con alambre y pedazos de cuerda, y arriba de esa bolsa había una pinza como herramienta. Eso me dio una idea clara de que estaba trabajando todo el tiempo. no sólo cuando llegaba alguien. El hombre salió después de un rato. La primera vez se veía firme y tranquilo, pero esta vez se veía gastado. No era un cambio exagerado, era un desgaste de esos que se ven en los ojos y en las manos. Traía las uñas negras por el lodo, tenía raspones frescos en los nudillos y en el antebrazo tenía una línea roja, como arañazo. Su ropa estaba húmeda, pegada a la piel y y se le notaba el frío del canal en los hombros. Caminó directo a la orilla, miró al remero, miró el encargo, y luego me miró a mí, como si ya supiera que yo iba a volver.

51:33 Yo me quedé donde no estorbaba, no fui a meterme a la casa ni a caminar entre árboles. Aún así vi lo suficiente. La lámpara estaba a la mano, colgada en un clavo a la entrada. El machete estaba recargado en la pared, donde se podía agarrar con un movimiento y un recipiente con comida estaba cerca. Todo estaba acomodado para que él no tuviera que andar buscando las cosas de noche. Eso me dejó claro que dormía poco o que se despertaba seguido y no quería prender luces ni estar caminando en la oscuridad. Empecé a notar algo que le daba fuerza real a lo que él contaba. No colgaba muñecas nuevas ni muñecas bonitas, colgaba lo que el canal le traía o lo que la gente dejaba. Algunas traían lama pegada en el plástico, como costra, otras venían sin brazos con el hueco del hombro abierto, otras olían a humedad vieja, a trapo podrido, y había muñecas que parecían de casas, muñecas de esas que alguien tuvo en un cuarto y que un día terminaron en el agua.

52:42 No se veía un intento de hacer escenografía, se veía una necesidad repetida, como si colgarlas fuera una tarea que le daba una forma al día. Le pregunté por la niña, buscando algo firme, un dato que cerrara el tema. No le pregunté por Morbo, le pregunté para saber un poco más sobre ese caso. Pues si una niña aparece muerta en un canal, alguien lo comenta en el embarcadero, alguien lo grita y alguien lo repite. El hombre no me dio un nombre, no me dio familia, no me dio un lugar exacto más allá de aquí cerca. Me dijo que él la sacó y que después se la llevaron y que desde entonces no volvió a estar tranquilo. Me lo dijo sin levantar la voz y sin inventar frases raras.

53:31 como si esa parte ya la hubiera repetido muchas veces en su cabeza. Cuando salimos de ahí, yo pregunté en el rumbo, con cuidado, sin andar alborotando. Pregunté a gente que trabaja en lo mismo, a un señor de una chinampa cercana, a un muchacho que renta trajineras y a una señora que vende cerca. Nadie me dio un dato firme, unos dijeron que nunca escucharon de un caso así, otros me dijeron que en los canales se pierde gente. Y casi nunca se sabe bien qué pasó. Uno me dijo que a veces aparece un cuerpo y se lo llevan rápido y ya no vuelve a salir en plática. Porque en ese ambiente la gente aprende a no meterse. Eso dejó el asunto en lo que de verdad era. La versión del hombre, el ruido de la gente y una chinampa que seguía creciendo de muñecas. En ese mismo periodo pasó lo que rompió la línea. No fue un día especial.

54:28 Fue una vuelta cualquiera. Al entrar, vimos una trajinera chica amarrada a la orilla, de esas que se meten para grabar o para llevar a dos o tres personas. Había dos visitantes caminando en la chinampa sin permiso, moviéndose como si ese lugar fuera de nadie. Uno llevaba el celular en la mano, apuntando a las muñecas. El otro jaló una de las que colgaban más bajo como probando si se soltaba. El hombre salió rápido. Salió con pasos firmes y se les fue encima con una cara que no le había visto. Les habló fuerte, directo, para que se fueran. Pero los visitantes se rieron y uno se quiso hacer el valiente. En el movimiento, el que jalaba se enganchó la mano con alambre oxidado que estaba amarrando a una muñeca al tronco. Fue un jalón seco y el alambre le abrió la palma. La sangre cayó a lodo. No fue una cortada pequeña. se le vio la piel levantada y se le fue el color de la cara ahí se les acabó la risa el remero se metió para separarlos porque el hombre se le estaba acercando demasiado al otro y el otro también se estaba enfureciendo se armó un pleito corto de empujones y palabras fue algo directo gente metiéndose a lo tonto en un lugar lleno de clavos y alambres y un hombre defendiendo su chinampa como defiende uno su casa Salimos de ahí con el ambiente pesado.

56:00 En el canal, ya de regreso, el remero me dijo que el hombre llevaba días, diciendo que las muñecas no se quedaban donde las ponía. Yo no repetí eso como misterio. Me quedé con lo que vi, esa última vez que entré antes de irnos. Una muñeca que yo había visto colgada alto, apareció abajo, recargada en la pared de la casa con la cara hacia adentro, como si alguien la hubiera bajado para mirarla. Yo la recordaba arriba, porque tenía una cinta roja en el cuello. Abajo, en el lodo, había marcas de arrastre cortas, como si la hubieran jalado. No vi a nadie más en ese lado de la chinampa. No escuché pasos, solo vi el cambio. Me salí con cuidado y me subí a la trajinera sin decir nada.

56:46 En el camino le dije al remero que la próxima vez no iba a ir solo. No porque creyera en cuentos de terror, sino porque ya había visto suficiente para entender que el hombre estaba encerrándose en esa costumbre y que ese encierro lo estaba empujando a un punto donde cualquier cosa, una visita, una caída, una discusión, podía terminar mal. Pasó poco tiempo desde la última vez que entré con el remero. No fue una temporada larga, fueron días. En los embarcaderos las cosas se saben rápido. porque el trabajo depende de eso. Si un canal está cerrado, si un tronco se cayó y estorbó el paso, si hay una patrulla en el agua, uno lo tiene que saber para no meterse. Por eso el rumor de que el hombre no había salido al canal, corrió como corren los avisos útiles, corto, directo y de boca en boca. El remero me buscó temprano, Me dijo que el hombre no había dado señales y que nadie lo había visto moverse en la chinampa y que la trajinera de un conocido estaba amarrada donde siempre y que seguía igual, como abandonada. Yo fui porque ya traía el lugar atravesado y porque después del pleito con los visitantes me quedó claro que el hombre estaba al límite.

58:09 No fui solo, entramos varios, remeros y dos hombres de chinampas cercanas. Entramos con cuidado, revisando las orillas con el remo y con una vara, porque ahí el agua engaña. Hay zonas que se ven bajas y tienen hoyos, y hay plantas que esconden ramas filosas. Al llegar, la chinampa se veía quieta, demasiado quieta. Las muñecas colgaban como siempre, pero algunas estaban pegadas entre sí por la humedad y por el lodo. La casa tenía la puerta cerrada, no se veía humo. y no se veía movimiento amarramos en la orilla y nos bajamos despacio sin caminar fuerte para no quebrar tablas un hombre se asomó por un lado y otro rodeó por atrás buscando si había huellas recientes en el lodo la chinampa olía más fuerte que otras veces un olor a agua estancada y a trapo mojado mezclado con plástico viejo el primero que lo vio no dijo nada largo señaló con la mano hacia la orilla Ahí estaba el hombre en el agua baja, atorado entre las plantas, recargado como si se hubiera quedado sin fuerzas y se hubiera dejado ir. El cuerpo ya estaba pesado, la ropa se le pegaba al cuerpo y la cara estaba vuelta hacia abajo. Un remero se metió con cuidado, agarrándolo por el hombro para sacarlo sin lastimarlo más. Cuando lo jaló, las plantas se soltaron y se vio que

59:40 estaba en el mismo tramo. donde siempre se paraba a limpiar la orilla. Ese detalle me pegó, porque ahí fue donde decía que encontró a la niña. Lo subimos a la chinampa con esfuerzo, lo acomodamos sobre una tabla firme, lejos del agua. Uno revisó si respiraba, otro le tocó el cuello, pero no había nada. Uno de los compañeros se persignó, y yo me quedé mirando la bolsa de alambre que él siempre tenía cerca. tirada en el piso, abierta, con pedazos regados como si la hubiera soltado de golpe. Cerca había huellas en el lodo, marcadas, como de pasos rápidos, pero en ese terreno una huella no te dice todo.

1:00:26 Ahí pisa uno, pisa otro y todo se revuelve. Ese golpe me pegó por una razón sencilla, se parecía demasiado a lo que ya se cuenta del caso de la isla famosa. Un cuidador solo, una historia de una niña en el canal, muñecas colgadas, y al final el hombre muerto cerca del agua. En Xochimilco esas coincidencias se vuelven plática inmediata, porque el lugar ya tiene la fama encima, y cualquier cosa parecida se pega como lodo. En menos de un día ya había gente preguntando por la chinampa. Unos querían ir por curiosidad, otros querían grabar, y otros querían colgar una muñeca para dejarla ahí. Yo escuché esas frases varias veces y me dio coraje, porque yo acababa de ver un cuerpo encima de una tabla, y ya había quien lo estaba convirtiendo en foto. Llegó la autoridad, no llegaron con un operativo grande, llegaron con lo básico, como llegan a cualquier reporte. Preguntaron quién lo encontró, quién lo conocía, si tenía familia y si alguien lo había visto discutir con alguien. Anotaron lo que pudieron, revisaron la casa, solo viendo si había señales de fuerza. Se asomaron por los lados de la chinampa y se fueron. No hubo conclusión clara ahí mismo. Nadie se quedó a resolver nada.

1:01:53 En el agua casi nunca se resuelve algo de inmediato. El canal se traga las cosas y deja pocas respuestas. La chinampa quedó sola otra vez, pero ya no era la misma. En los días siguientes la gente empezó a buscarla. Algunos decían que era la isla verdadera. Otros decían que era otra isla igual y que ahora sí estaba más fuerte porque ahí había muerto el cuidador. Empezaron a llegar con muñecas como si eso fuera parte del juego. Yo vi llegar a un grupo en una trajinera pequeña con una bolsa grande llena de muñecas. Vi a otro con una mochila sacando una muñeca nueva, todavía con el cabello brillante.

1:02:38 No llegaban a respetar, llegaban a dejar basura colgada. El cambio fue rápido y feo. La chinampa dejó de parecer un lugar de un hombre aislado y se volvió un tiradero de muñecas. Muñecas nuevas mezcladas con muñecas podridas. Muñecas quemadas, con la cara negra, como si alguien las hubiera maltratado, solo para que se vieran más aterradoras en los videos. El lugar se volvió más peligroso por lo físico. Alambre oxidado a la altura de la mano, clavos sobresaliendo, ramas rotas, tablas mojadas y resbalosas. Yo volví una última vez, ya sin curiosidad. Volví porque necesitaba cerrar la imagen en mi cabeza.

1:03:21 Ver el lugar sin el hombre ahí y comprobar que de verdad había terminado. Entré con el remero y nos quedamos en la orilla. No caminamos hacia la casa, solo miramos. La puerta estaba cerrada con una tabla atravesada. La ventana estaba tapada con plástico. La muñeca principal, la que antes colgaba arriba dominando el árbol, estaba adentro. visible desde afuera sentada en una silla vieja como si alguien la hubiera puesto ahí para que se viera en el suelo cerca de la entrada había un montón de alambre cortado pedazos revueltos como si alguien hubiera trabajado con prisa y hubiera dejado todo tirado en una esquina había dos muñecas nuevas tiradas con sangre en los ojos y sentí como si me vieran el miedo me recorrió la espalda completa Escuché susurros que, la verdad, por el miedo no les puse mucha atención, pero eran claros, y vi los ojos moviéndose de la muñeca que estaba en la silla, la muñeca que yo había visto la primera vez, que se había movido del lugar. Le dije al remero que nos fuéramos de ahí, la verdad no quería comprobar nada, pues ahora era un lugar abandonado, lleno de basura humana, y la idea de un hombre que se quedó solo hasta que el canal lo encontró flotando. Vi también algo más claro, la forma en que la gente agarra una tragedia y la convierte en atracción, sin pensar en el cuerpo y

1:04:53 sin pensar en la soledad del que vivía ahí. Desde entonces no regreso a esa chinampa y cuando paso por Xochimilco, aunque sigo trabajando, sigo cruzando canales y sigo amarrando trajineras, pero evito ese desvío. Por lo que vi, por esa duda que me quedó, si el hombre murió por alguna enfermedad, por soledad, o porque esas muñecas se lo llevaron. Sé que en sí, no son las muñecas, es lo que se apodera de ellas, demonios, espíritus, pero no quise saber la verdad. Por cómo terminó, y porque entendí que en ese lugar lo más pesado fueron las muñecas, y lo fácil que se volvió reemplazar a un hombre por más muñecas.

1:05:38 como si con eso se tapara lo que pasó.