Mi Amigo Chancho Es Un NAHUAL Historias De Terror - REDE
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0:02 Yo tenÃa 16 años cuando llegó un muchacho nuevo a la secundaria. En el pueblo casi nunca entraban alumnos de fuera. Todos nos conocÃamos desde la primaria, éramos los mismos en cada grupo. Y cuando alguien cambiaba de salón, ya sabÃamos cómo se llamaba, dónde vivÃa y hasta qué hacÃan sus papás. Por eso, el dÃa que apareció acompañado del director, todos lo volteamos a ver con curiosidad. El director dijo que se llamaba Juan. pero no alcanzó a terminar cuando ya se escuchaba el apodo con el que todos lo conocÃan. Chancho. Algunos lo dijeron en tono de burla y otros lo repitieron como si fuera lo más natural. Se notaba que no era un apodo inventado en ese momento. sino uno que venÃa de antes y que ya todos habÃan escuchado más tarde supe que le decÃan asà desde niño era robusto y tenÃa la piel cubierta de vello en los brazos el cuello y parte de la cara a nuestra edad eso llamaba la atención porque ninguno de nosotros tenÃa esa apariencia en el pueblo los apodos se quedaban para siempre y Chancho ya era parte de él al grado de que muchos ni siquiera recordaban su nombre real Ese primer dÃa se sentó en la última banca junto a la ventana.
1:21 No habló con nadie y se limitó a sacar un cuaderno y un lápiz. Su aspecto resaltaba, ojos oscuros y serios, manos grandes y curtidas, como de alguien que trabajaba en el campo. Ese detalle, sumado a lo que se comentaba de su familia, lo hacÃa ver diferente. Los rumores circularon de inmediato. Se decÃa que vivÃa en una casa apartada rumbo al monte y que casi no bajaban al pueblo, que eran reservados, que no se mezclaban con nadie y que siempre olÃan a humo, como si tuvieran fogatas encendidas dentro de su casa. nadie lo confirmaba pero en un lugar pequeño cualquier comentario se daba por hecho en el recreo tampoco se juntó con los demás en vez de hacer fila en la cooperativa se sentó en una piedra junto al muro y sacó de su mochila una tortilla envuelta en un trapo con un pedazo de carne seca Mientras nosotros comÃamos refrescos y pan dulce, él lo hizo con calma, sin prestar atención a nadie. Ese detalle dio pie a más comentarios, pero él siguió como si nada.
2:27 Lo que llamó la atención fue el trato de los maestros. La maestra de matemáticas que nunca perdonaba cuando alguien no entregaba la tarea, apenas lo miró cuando él no llevó un ejercicio. El director, que era duro con todos, se mostró extraño, evitando dirigirle la palabra más de lo necesario. No era normal, y varios lo notamos. Al final del dÃa, cuando sonó el timbre, todos salimos rápido al camino de terracerÃa. Chancho caminó solo, con la mochila al hombro, sin cruzar palabra con nadie. Ese fue su primer dÃa en la secundaria. Y aunque apenas habÃa llegado, ya todos hablaban de él. Algunos lo tomaban a risa, otros lo miraban con desconfianza, pero lo que era seguro es que no iba a pasar inadvertido en el pueblo. Con el tiempo me fui ganando la confianza de Chancho. No era de hablar mucho, pero ya me saludaba de mano en la entrada de la secundaria y a veces me esperaba para salir juntos.
3:26 Mientras los demás seguÃan burlándose o evitándolo, yo habÃa decidido acompañarlo, aunque a veces sentÃa que me miraban raro por eso. No me importaba, habÃa algo en él que me jalaba, y cada dÃa que pasaba confirmaba que no era un compañero común. Una tarde, después de clases, me dijo que sà querÃa pasar a su casa. Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, sin darle importancia. Yo dudé un segundo porque habÃa escuchado demasiados rumores de su familia, pero terminé aceptando. Caminamos juntos por el sendero que salÃa del pueblo y se internaba rumbo a la sierra. El trayecto se fue volviendo más solitario conforme avanzábamos. Las casas quedaron atrás y el camino se angostó entre huertas descuidadas y cercas de alambre. HabÃa tramos llenos de piedras y otros enlodados por las lluvias recientes. Lo que más me impresionaba era que Chancho caminaba con seguridad sin mirar al suelo, como si conociera de memoria cada rincón de ese sendero.
4:30 Yo tenÃa que esforzarme para seguirle el paso. Al cabo de un rato, llegamos a una construcción hecha de madera y piedra. No era grande, pero estaba firme, con techo de lámina y humo saliendo por una chimenea. La rodeaban parcelas medio abandonadas, con milpas torcidas y pasto crecido. El aire olÃa a humo de leña y algo más fuerte, como hierbas secas quemándose. Desde afuera ya se notaba que esa casa no era como las del pueblo. Apenas entramos, me recibió una mujer que resultó ser la madre de Chancho. Era seria, con el cabello negro recogido y una mirada que me atravesó sin decir palabra. TenÃa la misma piel morena y los mismos brazos velludos que su hijo, aunque en ella se notaba más el gesto duro que la apariencia.
5:19 No me dijo bienvenido ni me sonrió. Solo se quedó viéndome, como si evaluara si debÃa dejarme pasar. En una esquina estaba un hombre que al principio pensé que era su padre. Pero luego me di cuenta de que era un tÃo. TenÃa una pierna mala, caminaba apoyado en un palo y cojeaba con cada paso. Desde que me vio, arrugó la cara y soltó un comentario que me incomodó.«¿ Y este qué hace aquÃ?» No lo dijo en broma ni en confianza. Sonaba como un reproche, como si de verdad le molestara mi presencia. Yo no supe qué responder y Chancho tampoco se esforzó en explicar mucho. Solo dijo« Es un amigo».
6:03 El tÃo resopló y murmuró algo entre dientes que no alcancé a escuchar. Desde ese momento supe que no le caÃa nada bien. También conocÃa a un hermano menor de unos diez años que apenas se asomaba detrás de la puerta. TenÃa la misma mirada inquieta que Chancho, con unos ojos grandes que no parpadeaban casi nunca. No habló, solo me observó en silencio como si estudiara cada movimiento que hacÃa. La casa por dentro era sencilla pero rara. HabÃa sillas de madera tosca, una mesa al centro con marcas de cuchillo en la superficie y varios costales apilados contra la pared. Lo que más me llamó la atención fueron los sÃmbolos tallados en pedazos de madera colgados junto a la entrada, figuras que no reconocà pero que daban un aire extraño al lugar. Nos sentamos un rato en el patio, donde tenÃan gallinas y un par de chivos amarrados. El tÃo Cojo salió también y no dejaba de mirarme de reojo.
7:02 de repente lanzó otro comentario desagradable aquà no estamos para andar cuidando extraños me incomode más todavÃa no entendÃa por qué su desconfianza era tan evidente no era una simple mala cara parecÃa de verdad molesto de que yo estuviera allà su madre tampoco ayudaba mucho aunque no me trató mal directamente su silencio y sus miradas duras me hacÃan sentir como si hubiera cruzado una lÃnea que no debÃa mientras tanto chancho actuaba con naturalidad me mostró el corral los animales los árboles de la parte de atrás Caminaba con orgullo por su casa, sin notar o sin querer notar la tensión que se sentÃa en el aire. Yo trataba de seguirle la corriente, pero por dentro me sentÃa vigilado.
7:51 Cada gesto que hacÃa parecÃa evaluado por esos ojos que no confiaban en mÃ. cuando me despedà el tÃo apenas gruñó como respuesta y la madre se limitó a sentir con la cabeza sin un adiós el único que quiso que regresara fue chancho que me dijo que otro dÃa podÃa volver yo respondà que sà aunque por dentro no estaba seguro El camino de regreso se me hizo más largo que a la ida. Esa primera visita no fue como la de cualquier amigo de la escuela. La tensión en el ambiente, la manera en que me miraban, las palabras del tÃo y el silencio de la madre me dejaron una incomodidad que no se me quitó en todo el trayecto. No hubo nada raro en apariencia, pero la sensación de no ser bienvenido estaba en cada rincón de esa casa. DÃas después de aquella primera visita, Chancho me volvió a invitar a su casa. Esta vez no era solo para pasar la tarde, me dijo que me quedara a dormir. Lo acepté sin pensarlo demasiado, aunque todavÃa llevaba en la cabeza la incomodidad de su madre mirándome sin hablar y del tÃo Cojo lanzando frases ásperas. SentÃa que esa familia escondÃa algo, y esa noche podÃa darme la oportunidad de entenderlo. El camino fue el mismo de siempre, piedras, charcos, el monte abriéndose a los lados. Pero al subir, con la idea de dormir allÃ, cada detalle pesaba distinto. El aire olÃa a tierra mojada y a humo. El sol
9:25 ya se estaba escondiendo detrás de los cerros. Cuando llegamos, la madre nos esperaba con la mesa puesta. HabÃa tortillas, frijoles y un guiso de carne en cazuelas de barro. El hermano menor ya estaba sentado, y el tÃo Cojo ocupaba la misma silla de siempre, con el palo apoyado en la pared. Me senté junto a Chancho, tratando de no mirar mucho a nadie. La cena transcurrió en silencio. se escuchaban los cubiertos golpeando el barro y las sillas crujiendo con cada movimiento nadie me dirigió palabra y yo tampoco supe qué decir al terminar la madre retiró los platos sin mirarme Chancho me llevó a un cuarto pequeño el catre tenÃa una manta áspera y habÃa un petate doblado en la esquina la madera de las paredes dejaba pasar corrientes de aire frÃo dejé mi mochila a un lado y me acosté con la ropa puesta poco a poco el silencio de la casa se volvió inquietante entonces llegaron los murmullos no eran voces normales sonaban como frases repetidas en un idioma que no entendÃa cortas y rÃtmicas como si rezaran o recitaran de memoria a ratos se hacÃan más rápidas casi un canto y luego se apagaban otra vez« No puedo decidir cuándo pasa», admitió.« Por eso evito a la gente. No quiero que me vean diferente».
10:50 El viento agitó las ramas sobre nuestras cabezas. Yo estaba entre dos sensaciones, miedo y fascinación. No podÃa borrar de mi mente lo que habÃa visto en la casa. Pero tampoco lograba apartar la idea de que el único amigo que tenÃa era algo más que un simple muchacho del pueblo. Me acerqué un poco, sin atreverme a tocarlo, y le pregunté por qué me lo contaba a mÃ. Chancho levantó los hombros.« Porque ya lo sabes, y porque eres el único que no me ha tratado como raro». Esa frase me golpeó más que todo lo demás. Recordé cómo lo llamaban chancho en la escuela, cómo se burlaban de su aspecto, cómo lo dejaban solo en la cooperativa. Yo lo habÃa buscado como amigo, y ahora me daba cuenta de que era el único que lo habÃa hecho de verdad. El silencio volvió a rodearnos, los pájaros se movÃan entre las ramas, y el aire traÃa el olor de la tierra húmeda.
11:48 Yo no sabÃa qué responder. TenÃa miedo de él, pero al mismo tiempo no querÃa perderlo. Era mi amigo, aunque ahora supiera que dentro de él habÃa algo que no comprendÃa. Al cabo de un rato, Chancho dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso a la casa. Lo seguà sin decir nada, cada paso me pesaba. Después de la confesión bajo el encino, pensé que todo quedarÃa ahÃ, en palabras. Pero, unos dÃas después, al salir de la escuela, Chancho me dijo que querÃa mostrarme algo. Caminamos sin detenernos hasta un claro del monte. El aire estaba frÃo y el silencio pesaba más que de costumbre.« Si de verdad eres mi amigo, tienes que ver», dijo, y enseguida empezó a temblar. Se dobló de rodillas y lo escuché gemir. Sus brazos se cubrieron de vello, las uñas crecieron en garras y la mandÃbula se alargó con un crujido que me heló la sangre.
12:47 Lo que en la secundaria parecÃa motivo de burla, su cuerpo robusto, los brazos velludos, el apodo que lo seguÃa a todos lados, ahora cobraba un sentido distinto. Frente a mÃ, ese muchacho ridiculizado se transformaba en algo que nadie más podÃa imaginar. clavó las garras en la tierra y me miró sus ojos brillaban en amarillo y me miraban fijo esperando que no lo rechazara por esto no me acerco a la gente dijo con voz grave entrecortada por el esfuerzo el contraste me golpeó Mi amigo, el que parecÃa torpe y callado en la escuela, estaba mostrándome un poder que imponÃa respeto y miedo al mismo tiempo. Cada hueso roto y cada gruñido eran prueba de que no disfrutaba de aquello. Lo sufrÃa. Poco a poco logró controlarse. El vello retrocedió, las garras se acortaron, la respiración volvió a ser la de siempre. Quedó sentado en el suelo, sudando, con la camisa rota. Asà vivo. Murmuró. No es un don, es una carga. Me quedé en silencio. No podÃa negar lo que habÃa visto. Mi mejor amigo era un Nahual, pero tampoco podÃa dejar de verlo como el mismo chancho con quien compartÃa el camino a la escuela. cualquiera en mi lugar habrÃa reaccionado distinto unos sentirÃan compasión otros huirÃan y algunos lo verÃan como alguien poderoso yo estaba atrapado en medio de todo eso sin saber si tenerle miedo
14:20 o seguir confiando en él Chancho levantó la mirada con los ojos todavÃa enrojecidos.« No lo cuentes. Si lo haces, será peor para los dos». AsentÃ. SabÃa que decÃa la verdad. Ese secreto era ahora mÃo también. Regresamos al pueblo cuando caÃa la tarde. Caminamos en silencio, pero yo no dejaba de escuchar en mi cabeza los gruñidos y los crujidos de sus huesos. Entendà que mi amistad con él habÃa cruzado un lÃmite del que ya no habrÃa regreso. Después de lo que vi en el monte, la escuela se convirtió en un tormento. Cada vez que entraba al salón y encontraba a Chancho en su banca, me volvÃa la imagen de su cuerpo encorvado, los gruñidos saliendo de su garganta y los ojos brillando amarillos. Me costaba mirarlo sin recordar lo que habÃa presenciado. Algunos dÃas parecÃa normal. Sacaba sus cuadernos, copiaba lo que decÃa el maestro y no hablaba con nadie. Pero yo ya no podÃa verlo igual.
15:20 Notaba cosas que antes me pasaban inadvertidas. La forma en que olfateaba el aire antes de que cayera la lluvia. Cómo su oÃdo reaccionaba a ruidos lejanos que nadie más escuchaba. El modo en que se tensaba cuando alguien lo empujaba de broma. Todo me recordaba que, dentro de él, habÃa algo que luchaba por salir. Los maestros también parecÃan observarlo distinto. La maestra de ciencias lo miraba demasiado tiempo cuando pedÃa que todos escribieran en el pizarrón, como si buscara confirmar algo. Y el director, un viejo de pocas palabras, solÃa detenerse en la puerta del salón y clavarle los ojos, serios, hasta que Chancho bajaba la vista. No era burla ni desprecio.
16:05 Era como si supieran más de lo que decÃan. Un dÃa ocurrió algo que me dejó helado. En plena clase, un compañero quiso burlarse de él. Le tiró el cuaderno al piso y lo llamó Chancho en voz alta, provocando risas. Yo esperaba que él agachara la cabeza como siempre, pero no podÃa. pero esta vez levantó la mirada. Sus ojos brillaban extraños, casi con un destello amarillento que nadie más pareció notar. El burlón retrocedió de golpe como si hubiera visto algo que lo asustó, y no volvió a molestarlo en toda la mañana.« Esa escena me persiguió el resto del dÃa. Unos pensarán que solo fue un reflejo, otros jurarán que sà lo vieron distinto». Para mà fue otra confirmación de lo que escondÃa. Fuera de la escuela, el pueblo comenzó a llenarse de rumores. En la tienda de Don Felipe se comentaba que habÃan encontrado gallinas muertas en tres corrales distintos, con las plumas regadas y marcas de garras en el lodo. Una mujer juraba haber visto una sombra enorme correr entre los matorrales cerca del rÃo, y un campesino contó que su perro ladró toda la noche hasta que lo halló tieso al amanecer, con la piel desgarrada.
17:23 Yo escuchaba esas historias en silencio, con la boca seca. Nadie se atrevÃa a nombrar a nadie, pero todos sabÃan de qué familia hablaban. La sospecha estaba en el aire, espesa, y cualquiera podÃa sentirla. En mi casa tampoco encontraba alivio. Mi madre me preguntaba por qué estaba tan distraÃdo o por qué no querÃa cenar. Yo inventaba excusas, pero las noches me delataban. Me despertaba convencido de haber escuchado gruñidos detrás de mi ventana o pasos pesados en el patio. Al abrir los ojos, lo único que veÃa era la oscuridad. Y aún asà sentÃa que algo se movÃa en ella. Cada dÃa era un debate interno. HabÃa momentos en que pensaba dejar de caminar con él, inventar una excusa para alejarme.
18:11 Pero entonces lo veÃa salir solo de la secundaria, cargando su mochila mientras los demás le gritaban el apodo entre risas. Y me acordaba de sus palabras, que yo era el único que lo trataba como persona. Ese pensamiento me detenÃa, no podÃa traicionarlo. Aunque su secreto me quitara el sueño, aunque el miedo me apretara el pecho, seguÃa caminando a su lado. Y aún asÃ, el brillo en sus ojos aquella mañana no dejaba de atormentarme. Lo habÃa visto solo yo, o todos prefirieron callar.
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