Las Historias Eran Reales: Brujería Nocturna - Historias De Terror - REDE
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0:05 Viajamos a Zacatecas con la idea de alejarnos de todo un fin de semana. Ãramos cinco amigos y yo, con ganas de acampar, beber un poco y pasar la noche en un lugar tranquilo. Un conocido del grupo nos habÃa hablado de un rancho vacÃo, apartado entre los cerros, donde nadie vivÃa desde hacÃa muchos años. DecÃa que el sitio estaba abandonado porque cargaba con una maldición y que el dueño en vida habÃa sido Nahual. La historia nos causó más curiosidad que miedo, y lo tomamos como el destino perfecto para instalarnos. El camino fue largo, atravesando terracerÃas polvorientas, hasta que llegamos a un llano rodeado de matorrales. A lo lejos se alcanzaban a ver algunas bardas de piedra medio caÃdas y restos de corrales viejos. Todo se notaba seco y olvidado. Armamos nuestras casas de campaña cerca de lo que quedaba de un atroje y en medio preparamos la fogata. HabÃa leña de sobra regada por ahÃ, ramas secas que prendieron rápido. Mientras encendÃamos las lámparas y repartÃamos las cervezas, alguno recordó otra vez lo que el conocido habÃa dicho, que el dueño habÃa muerto de manera extraña y desde entonces nadie volvÃa. Según los rumores, podÃa transformarse en animal, y esa costumbre lo habÃa llevado a su destino.
1:30 Lo primero que me llamó la atención fue el silencio. En el campo siempre hay grillos, ranas o el canto de algún pájaro rezagado, pero ahà no se escuchaba nada, solo el crujido de las ramas en la fogata. Uno de mis amigos dijo que era normal. que habÃa lugares asà donde los bichos parecÃan esconderse la luz del fuego apenas iluminaba un cÃrculo pequeño y más allá todo era oscuridad la hierba se movÃa con el viento pero no habÃa brisa constante solo ráfagas que de pronto apagaban el humo hacia un lado. De rato en rato volteábamos alrededor sin ver nada distinto. Seguimos bebiendo y comiendo, intentando ignorar esa sensación. Yo me quedaba callado observando, atento a cualquier ruido, y fue entonces que escuchamos un relincho. lejano como si un caballo estuviera suelto en el monte todos volteamos hacia el mismo lado porque en el rancho no habÃamos visto huellas ni señales de animales vivos nadie llevaba animales y las cercas estaban caÃdas hacÃa tiempo el relincho volvió a escucharse más cerca aunque no se oÃan cascos golpeando la tierra solo el animal Nos quedamos quietos, en silencio, mirando cómo la fogata chisporroteaba. Me quedé fijando la vista en la oscuridad, porque tenÃa la impresión de que en cualquier momento algo iba a cruzar frente a nosotros. Nadie se
3:02 reÃa ya. En ese momento, todos nos quedamos escuchando. Después de aquel relincho, el silencio volvió a posarse unos segundos, como si nada hubiera pasado, pero de pronto... escuchamos el golpeteo rÃtmico de cascos alrededor del rancho eran pisadas claras el trote pausado de un caballo que daba vueltas en cÃrculos siempre a la misma distancia todos nos miramos porque el sonido estaba ahà no cabÃa duda pero al alzar las lámparas hacia la hierba no habÃa nada Uno de mis amigos se levantó con una piedra en la mano y la lanzó con fuerza hacia el ruido, como si quisiera comprobar que algo estaba realmente ahÃ. En cuanto la piedra se perdió entre la maleza, las pisadas se detuvieron de golpe. El silencio fue tan brusco que nos erizó la piel. Nadie se movió, esperando a que se oyera de nuevo, pero lo único que alcanzábamos a escuchar era el crepitar del fuego y el viento. Pasaron varios minutos en los que nadie hablaba. Apenas nos atrevÃamos a mirar más allá de la luz de la fogata. De repente, las pisadas comenzaron otra vez, más lentas, más marcadas, como si el caballo hubiera cambiado de rumbo y ahora estuviera rodeando directamente la fogata. La tierra vibraba bajo mis pies, ligera pero suficiente para que sintiera que algo pesado caminaba cerca.
4:30 Miraba hacia la oscuridad y no encontraba nada, ninguna sombra, ninguna silueta moviéndose. Uno de los muchachos dijo que era mejor meterse a las casas de campaña antes de que pasara algo, pero los demás se resistieron, fingiendo que no tenÃan miedo. Encendieron otra lámpara y la giraron hacia distintos lados, alumbrando los matorrales, el corral viejo, las bardas de piedra medio derrumbadas. Todo seguÃa igual de vacÃo. Pero las pisadas no paraban. Cada vuelta parecÃa más cercana, hasta el punto en que jurábamos que el animal debÃa estar a solo metros de nosotros. podÃa sentir cómo las vibraciones subÃan por las piernas hasta la espalda y me resultaba imposible entender por qué no lográbamos ver nada. El fuego seguÃa encendido y la hierba no se movÃa salvo cuando pasaba alguna ráfaga.
5:26 Era como si aquel caballo invisible estuviera trotando sobre una tierra que solo nosotros podÃamos sentir. El ruido era demasiado preciso. Cada casco golpeaba con el mismo ritmo, como un animal real caminando en cÃrculos. Yo pensaba en la historia que nos habÃan contado, en el dueño que habÃa muerto ahÃ. DecÃan que era Nahual, que podÃa cambiar de forma. Y aunque en la tarde esas palabras nos habÃan dado risa, en ese momento todos estábamos conscientes de que no habÃa explicación lógica para lo que escuchábamos. ninguno lo dijo en voz alta pero se notaba en las miradas rápidas en la manera en que cada quien agarraba con fuerza cualquier objeto a la mano como si pudiera servir de defensa al poco rato las pisadas se detuvieron de nuevo justo cuando parecÃa que iban a cruzar dentro del cÃrculo de la fogata no hubo más vibraciones en el suelo ni sonidos extraños el silencio volvió a rodearnos El único ruido era el tronido de las ramas consumiéndose en el fuego.
6:33 Nos quedamos esperando, atentos, con las lámparas apuntando a distintos lados, sin atrevernos a apagar nada. La tensión nos mantenÃa inmóviles, sentados en troncos o piedras, fingiendo normalidad. Pero todos sabÃamos que el rancho no estaba vacÃo como creÃmos al llegar. HabÃa algo caminando con nosotros, algo que no se dejaba ver. El cansancio fue venciendo poco a poco a todos. Después de un rato, cada quien se fue metiendo en su casa de campaña, como si el simple hecho de tener una tela encima pudiera dar seguridad. Yo hice lo mismo, aunque me costó cerrar los ojos. La fogata quedó encendida todavÃa un buen tiempo. Pero se fue apagando de manera natural hasta dejar solo brasas que iluminaban apenas un resplandor rojo en medio del campamento. Afuera todo quedó en penumbras, con el monte extendiéndose oscuro a nuestro alrededor. No sé cuántas horas habÃan pasado cuando un grito nos despertó a todos.
7:35 Fue un grito fuerte que hizo que me levantara de golpe. El campamento se volvió un caos. Todos salimos arrastrándonos o gateando entre las lonas de las casas de campaña sin entender qué ocurrÃa. Uno de mis amigos, Gabriel, apareció tambaleándose afuera, sujetándose la pierna derecha. La lámpara que llevaba otro de los muchachos iluminó su pantalón, que estaba empapado de sangre. Al fijarnos mejor, vimos que la tela estaba rasgada en varios puntos y que debajo, la carne abierta dejaba escapar hilos de sangre. Eran marcas claras de mordidas, profundas, demasiado grandes para ser de un perro. Lo acostamos de inmediato sobre una cobija y él, entre jadeos, alcanzó a decir que habÃa sentido como algo lo jalaba desde afuera de su casa de campaña. Contó que estaba dormido y que de pronto su pierna fue atrapada por algo que lo arrastraba hacia afuera. Cuando intentó soltarse, sintió las mordidas una tras otra, como si un hocico lo hubiera atrapado con fuerza.
8:40 Las lámparas comenzaron a moverse de un lado a otro. Buscamos alrededor de todas las casas de campaña. Revisamos la tierra húmeda, la hierba y hasta las piedras cercanas. No habÃa una sola huella. No de caballo, no de perro, ni de ningún animal grande. La tierra estaba limpia, como si nada hubiera pasado. Todos nos mirábamos sin entender. Nadie habÃa escuchado pasos ni gruñidos antes del grito, ni siquiera un movimiento de ramas. El silencio en el que habÃamos dormido seguÃa intacto, pero la pierna de Gabriel era prueba de que algo se habÃa metido hasta el campamento. Le quitamos como pudimos el pantalón para revisar la herida. TenÃa al menos cuatro mordidas claras, abiertas, como si una mandÃbula enorme lo hubiera alcanzado. La piel estaba desgarrada, la carne hundida en semicÃrculos que dejaban en claro que aquello no habÃa sido un perro callejero. El aire olÃa a hierro por la sangre y el rostro pálido de Gabriel dejaba ver que apenas soportaba el dolor. Uno de los muchachos quiso convencer a los demás de que empacáramos de inmediato para irnos, que no tenÃa sentido seguir en un rancho al que la gente del pueblo llamaba maldito. Cada quien opinaba diferente. Todos estábamos ya con miedo. Yo no podÃa apartar la vista de las mordidas. Me recorrió un escalofrÃo al darme cuenta de que parecÃan demasiado grandes, como si
10:13 una boca descomunal lo hubiera atrapado. No eran colmillos de perro, no eran marcas de lobo ni de coyote. Los arcos de los dientes eran más anchos, como si pertenecieran a algo que no tenÃa comparación con ningún animal del monte que yo hubiera visto. La lámpara iluminaba los alrededores sin mostrar nada, solo el cÃrculo vacÃo del campamento y más allá la oscuridad cerrada. El monte seguÃa sin emitir ruidos, sin grillos ni aves nocturnas, como si toda la vida se hubiera escondido ante lo que rondaba ahÃ. Finalmente improvisamos un vendaje con lo que tenÃamos a la mano, amarres con camisetas y un cinturón para apretarle la pierna y detener la sangre. Su respiración era rápida y el sudor le empapaba la frente pese al frÃo de la madrugada.
11:04 Los minutos pasaban lentos, con todos nosotros reunidos alrededor, mirando hacia distintos lados, atentos a cualquier ruido. La discusión sobre si irnos o no quedó suspendida, porque nadie se atrevÃa a salir del rancho en plena oscuridad. Nos quedamos ahÃ, sabiendo que lo que habÃa mordido a Gabriel todavÃa andaba cerca, quizás observándonos en silencio. La noche no parecÃa avanzar. Y cada vez que escuchaba crujir alguna rama a lo lejos, sentÃa que algo iba a irrumpir otra vez entre nosotros. Nadie volvió a dormir. Nos quedamos velando, esperando el amanecer, con miedo. Mientras seguÃamos atendiendo a Gabriel, con las lámparas alumbrando su pierna vendada, uno de los amigos señaló de pronto hacia la hierba alta. Su voz temblaba cuando dijo que algo se movÃa allÃ. Todos volteamos al mismo tiempo, y yo enfoqué directo con mi lámpara hacia el sitio que indicaba. Entre los pastos alcanzamos a distinguir una silueta agachada.
12:08 A primera vista parecÃa una persona encorvada, pero habÃa algo extraño en su postura. La hierba se agitaba levemente con su respiración, que era fuerte, como resoplidos de un animal cansado. Cada vez que inhalaba y exhalaba, el aire se escuchaba áspero, casi como un bufido. Por momentos se dejaba oÃr un gruñido bajo que helaba la sangre. No era el ladrido de un perro ni el bramido de un toro, sino un sonido más profundo, como un ronquido bestial que salÃa de una garganta demasiado grande. Todos nos quedamos paralizados observando. La figura permanecÃa quieta con la cabeza inclinada hacia un lado como si intentara mirarnos con detalle. No se movÃa hacia adelante ni hacia atrás, solo estaba ahÃ, fija, sosteniéndose con lo que parecÃan brazos demasiado largos. La luz de la lámpara apenas alcanzaba a iluminar parte de su torso, y aún asà daba la impresión de que la piel era oscura y áspera. PodÃamos escuchar la respiración de Gabriel y el tronido leve de las brasas, pero todo lo demás giraba en torno a esa figura que no dejaba de observarnos. mis manos temblaban al sostener la lámpara y sentÃa que si bajaba el haz de luz aquello se nos iba a venir encima de repente uno de los muchachos agarró una piedra y la lanzó hacia donde estaba la silueta La piedra cayó entre los pastos, y en ese instante la figura se estremeció. El sonido que soltó
13:42 fue un resoplido largo, idéntico al de un caballo, pero mezclado con un gruñido humano. Antes de que pudiéramos reaccionar, salió corriendo. lo hizo a gran velocidad pero no erguido como un hombre sino a cuatro patas el movimiento fue tan brusco que las lámparas apenas alcanzaron a seguirlo un par de segundos lo suficiente para ver cómo avanzaba con brincos largos golpeando la tierra con fuerza se escuchaba como corrÃa en cÃrculos rodeándonos como si jugara con nosotros después poco a poco El sonido fue alejándose hasta perderse en lo profundo del monte, y todo quedó callado. Nadie se movió.
14:25 Estábamos en shock, con los ojos fijos hacia donde se habÃa perdido. Gabriel seguÃa gimiendo por el dolor, pero nadie sabÃa qué hacer. Si lo que acabábamos de ver habÃa sido un hombre, no era un hombre común. Y si era un animal, no habÃa ninguno en el campo capaz de pararse como persona y después correr como bestia. Algunos de mis amigos murmuraban que habÃamos visto al dueño del rancho, que los rumores de que era Nahual no eran simples historias. Otros preferÃan no decir nada, solo quedarse de pie, temblando, con las lámparas apuntando en todas direcciones. Yo me repetÃa en la cabeza que lo que habÃa corrido frente a nosotros tenÃa que ser real, porque lo vimos todos. No era un invento ni una alucinación del cansancio. El miedo se volvió insoportable. Nadie se atrevÃa a entrar de nuevo a las casas de campaña. Permanecimos juntos alrededor de las brasas apagadas, tratando de mantenernos atentos, aunque lo único que lográbamos era esperar otro ataque. El silencio del monte nos envolvÃa sin un solo grillo ni pájaro que cantara. Era como si todo lo vivo hubiera desaparecido de los alrededores.
15:38 Yo sentÃa que, en cualquier momento, esa cosa iba a regresar. Cada crujido de rama a lo lejos me hacÃa brincar. Cada sombra que se movÃa con el viento parecÃa un aviso de que estaba más cerca. Pero nunca volvió a aparecer esa noche. El resto de las horas se nos fue mirando hacia la oscuridad. Ninguno pudo negar la figura, la respiración ni la forma en que escapó corriendo a cuatro patas. A partir de ese instante, supimos que lo que rondaba en ese rancho no era algo común, y que habÃamos cometido un error enorme al acampar en un sitio del que todo el pueblo advertÃa que estaba maldito. Nos quedamos inmóviles, rodeando las brasas hasta que la fogata se apagó por completo. La oscuridad nos cubrió de golpe.
16:26 Nadie se atrevÃa a meterse a las casas de campaña ni a cerrar los ojos. El aire estaba helado. Fue ahà cuando alguien dijo en voz baja que era mejor largarnos de inmediato, aunque aún no amaneciera. No hubo discusión. Todos estábamos pensando lo mismo. Ayudamos a Gabriel a levantarse. Lo cargamos entre dos porque apenas podÃa dar pasos con la pierna vendada. Otros recogÃan mochilas y lámparas, dejando tiradas cosas que nadie quiso detenerse a empacar. La idea era salir de ahà cuanto antes, aunque fuera caminando en plena madrugada. Caminamos hacia el sendero que llevaba a la carretera. Las lámparas alumbraban apenas unos metros adelante y alrededor sólo habÃa oscuridad y hierba alta. Todo estaba tan callado que cualquier paso crujÃa demasiado fuerte. Ãbamos en fila, avanzando lo más rápido que podÃamos, cuando se escuchó de nuevo el galope.
17:24 Primero fue un trote lejano, pero en segundos se sintió más cerca, rodeándonos. El suelo vibraba bajo nuestros pies, como si un caballo enorme estuviera corriendo alrededor. Junto al galope se escuchaban los gruñidos, esa respiración áspera que ya habÃamos oÃdo antes. El corazón se me querÃa salir del pecho. Volteaba la lámpara de un lado a otro sin lograr ver nada, solo la hierba agitándose. De pronto, desde la derecha, algo salió disparado entre los pastos. Apenas vimos la silueta cuando se lanzó contra uno de nosotros. Lo derribó al suelo de un golpe tan fuerte que el muchacho gritó de inmediato. Corrimos hacia él enfocando las lámparas y alcanzamos a ver cómo la criatura lo sujetaba del hombro. Los dientes estaban clavados en su carne y la sangre manaba a borbotones. El amigo se revolcaba de dolor mientras tratábamos de jalarlo de los brazos. Entre cuatro lo agarramos, tirando con todas nuestras fuerzas. El ser gruñÃa con rabia, resistiéndose a soltarlo, hasta que pudimos hacer que lo soltara. El muchacho gritaba, y el hombro tenÃa las marcas de una mordida demasiado grande, con colmillos que habÃan atravesado la piel.
18:39 La criatura se escabulló a cuatro patas, perdiéndose entre los matorrales. Nadie quiso mirar atrás. Solo cargamos al herido entre dos y seguimos avanzando sin detenernos, temblando, tropezando en la oscuridad, cada uno seguro de que en cualquier momento iba a regresar. El camino se hizo eterno. El galope nunca volvió a escucharse. Caminamos como pudimos, sin hablar, con la respiración agitada y los nervios al lÃmite, hasta que al fin vimos las luces lejanas de la carretera. Cuando llegamos, nos dejamos caer en la orilla, agotados y temblando. El herido estaba consciente, aunque sangraba bastante, y lo cubrimos con las chamarras que traÃamos.
19:24 Nadie dijo nada durante un buen rato, solo respirábamos pesadamente, intentando convencernos de que ya estábamos fuera del rancho. Esa madrugada entendimos por qué el lugar habÃa quedado abandonado. Los rumores sobre el dueño y su muerte extraña no eran simples cuentos.
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