La Ouija Escogió A Uno De Nosotros - Historias De Terror - REDE
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0:05 Cuando escucho a gente decir que la Ouija es un simple juego, siempre regreso a una noche de mi adolescencia. TenÃa 15 años y mi mundo se reducÃa a la colonia, a la secundaria y a mis tres amigos de siempre, Carlos, Luis y Carla. Ãramos esos que siempre andaban juntos, que se quedaban en la banqueta hasta tarde, contando historias de muertos, videos de fantasmas y leyendas que sacábamos de internet, o de lo que decÃan los vecinos. Carlos era el que más buscaba ese tipo de historias. VeÃa canales de exploraciones, páginas de brujerÃa, y presumÃa que nada lo asustaba. se reÃa de las cadenas de oración de los no juegues a esto y de cualquier advertencia decÃa que todo estaba en la cabeza y que los espÃritus si existÃan tenÃan mejores cosas que hacer que espantar adolescentes una tarde llegó a la esquina con una bolsa en la mano La traÃa bien agarrada con esa mirada de, traigo algo que les va a gustar. Nos sentamos en la banqueta, como siempre, y sacó la tabla, era de madera clara, con las letras del abecedario marcadas, los números, el sÃ, el no, y la palabra adiós. traÃa también el indicador una pieza lisa con un hueco al centro dijo que la habÃa comprado en un tianguis que un señor se la vendió barata y que le habÃa asegurado que era de las
1:35 que sà funcionaban lo dijo riéndose como si hubiera ganado un trofeo Luis se emocionó al verla. Carla, en cambio, hizo una mueca y dijo que era una tonterÃa, que mejor la usáramos como adorno. Carlos insistió en que al menos la probáramos una vez. Yo la miraba con una mezcla de curiosidad y desconfianza. La tabla, por sà sola, no tenÃa nada especial, pero la fama que arrastraba se sentÃa pesada. Carlos propuso ir esa misma tarde, casi noche. A una casa abandonada del barrio, una casa vieja donde nadie vivÃa desde hacÃa tiempo, y donde ya nos habÃamos metido otras veces a curiosear. Aceptamos, era nuestro lugar de siempre para aventuras, sin adultos, sin luz y sin vecinos pendientes.
2:28 Dimos por hecho que la Ouija no serÃa diferente a cualquier cosa que ya habÃamos inventado ahÃ. Esperamos a que empezara a oscurecer y caminamos juntos hasta la casa. Entramos por la misma parte de siempre y nos reunimos en el cuarto más amplio. HabÃa una mesa sencilla que usábamos cuando jugábamos cartas o platicábamos. Ahà pusimos la tabla. Carlos sacó una lámpara y la colocó a un lado apuntando hacia la mesa. la luz daba lo suficiente para ver las letras apagamos los celulares para que no hubiera distracciones carla dijo que sólo jugarÃa un rato para que se nos quitara lo tercos y luis se sentó frente a ella carlos se colocó en la cabecera de la mesa con la tabla frente a él como si fuera el dueño Yo quedé del otro lado tratando de no pensar demasiado.
3:22 Carlos nos explicó las reglas como si fuera experto. Dijo que debÃamos poner todos los dedos sobre el indicador y no soltarlo. Que no debÃamos quitar las manos a la mitad de una respuesta. Y que al final habÃa que despedirse. Se notaba que ya habÃa visto muchos videos sobre eso. Pusimos los dedos en la pieza. Al principio, ningún movimiento. Luego, Carlos preguntó si habÃa alguien ahÃ. Pero nada, y Luis se rió y dijo que Carlos habÃa tirado su dinero. Pasaron unos segundos largos. Luego, la pieza se movió un poco. Pensé que alguno la estaba empujando, y marcó la palabra, sÃ, todos.
4:05 Nos miramos, y Carla preguntó quién de nosotros lo estaba haciendo, pero nadie lo admitió. Volvimos a poner atención, y Carlos preguntó el nombre. El indicador se deslizó letra por letra hasta formar Raciel. Nadie conocÃa a alguien con ese nombre. Luis dijo que seguro era invento de Carlos, pero Carlos tenÃa los dedos encima, igual que nosotros. Las preguntas empezaron a subir de tono. Carla quiso saber de dónde venÃa. La tabla marcó que de ahà cerca. Luis, medio en broma, preguntó si nos conocÃa. El indicador se movió otra vez hacia el sÃ. Durante un momento, pareció que todo iba a quedar en un juego de empujar la pieza. Entonces, la tabla comenzó a contestar cosas que ya no sabÃan a broma. Carla preguntó qué sabÃa de ella. El indicador avanzó, lento pero seguro, marcando que su padre tenÃa otra familia en otro lugar. Ella bajó la vista al instante. Ese rumor solo se habÃa mencionado una vez en su casa, en una discusión que ella habÃa escuchado sin querer. Después, Luis preguntó qué sabÃa de él. La tabla marcó que guardaba dinero que no era suyo, escondido en un tenis viejo, en su cuarto. Yo sabÃa que hacÃa poco alguien se habÃa quejado en la escuela porque le habÃan robado, pero nunca conecté una cosa con la otra. Entonces se quedó serio.
5:34 Yo ya no querÃa preguntar nada, pero Carlos volteó hacia mà y dijo que no fuera gallina que hiciera una pregunta también. Antes de que pudiera pensar, la tabla se movió sola y escribió el nombre de una prima mÃa, que habÃa muerto hacÃa años. Agregó una frase que yo le habÃa dicho a ella en el hospital, cuando pensé que estaba inconsciente. Era algo que jamás repetÃ. Sentà que la sangre se me iba de la cara. Hasta ese momento, la risa se habÃa ido del cuarto. Nadie comentaba nada. Solo mirábamos cómo la pieza se deslizaba sobre la madera. Carlos, en lugar de asustarse, se emocionó más. Sonrió, se echó hacia adelante y empezó a hablarle a la tabla, como si estuviera frente a una persona. Le dijo que no creÃa que fuera un muerto ni un espÃritu, que de seguro entre los cuatro lo movÃamos sin darnos cuenta, y que si de verdad Raciel existÃa, que hiciera algo fuerte, algo que recordáramos con miedo. Luis le pidió que se calmara.
6:40 Carla dijo que ya era suficiente y que mejor le diéramos las gracias y guardáramos la tabla. Pero Carlos la ignoró.«¿ Qué quieres?», le preguntó con los dedos firmes en el indicador. La pieza se quedó quieta unos segundos como si pensara. Después empezó a moverse con más fuerza que antes. Recorrió las letras una por una, hasta formar la frase,« Entrar en uno de ustedes». Nos tardamos unos segundos en leerla completa, pero cuando entendimos retiramos un poco los dedos, pero sin soltarlos del todo, y nadie dijo nada. Carlos se volvió a reÃr pero ya no sonaba natural. Dijo que estaba bien, que escogiera. En ese momento el indicador se movió sin que pudiéramos detenerlo hasta la esquina donde estaba el sÃ.
7:30 Después giró y se dirigió hacia el lado donde estaba Carlos. Se detuvo justo frente a él como si lo señalara. Sentà un peso en el pecho. Carla y Luis quitaron los dedos. Yo tardé un segundo más, pues estaba paralizado. Carlos dejó los dedos encima un momento. Miró la tabla y luego nos miró a nosotros, con una sonrisa que no le habÃa visto antes. En ese instante supe que esa noche se nos habÃa ido de las manos. La ouija ya no era una tabla curiosa que Carlos habÃa traÃdo del tianguis. Lo que fuera que habÃa respondido, ya nos habÃa escogido y lo habÃa hecho a través de él.
8:13 Carla dijo que ya era suficiente, que mejor guardáramos la tabla. Su voz sonaba tensa y con miedo. Luis la apoyó y dijo que eso ya no tenÃa gracia. yo no dije nada pero querÃa que se terminara de una vez pues sentÃa el estómago revuelto carlos se rió se recargó en el respaldo de la silla y soltó que todos estábamos exagerando que sólo era un juego aún asà volvió a poner el indicador en el centro y nos pidió que pusiéramos los dedos otra vez Nadie querÃa, pero la presión del momento pudo más. Volvimos a tocar la pieza, aunque esta vez apenas rozábamos la madera. Carlos dijo que todo eso lo estaba logrando él, que éramos unos ingenuos.
9:01 Hizo un par de preguntas más, sin sentido. La tabla respondió cosas cortas, pero ninguno ponÃa atención a las palabras. Carla estaba pálida, Luis no levantaba la vista y yo solo querÃa que se acabara. al final sin decir adiós ni nada carlos retiró las manos levantó la tabla con una sola mano y la metió de golpe en la mochila el indicador cayó dentro con un golpe seco tomó la lámpara y dijo que nos fuéramos que al dÃa siguiente la llevarÃa de nuevo para jugar en la escuela Nadie respondió y salimos de esa casa vieja. Los dÃas siguientes se sintieron raros. No pasó nada espectacular de inmediato, pero Carlos ya no era el mismo. En la esquina donde antes se reÃa de todo, ahora se quedaba callado por ratos largos. Miraba fijo a un punto y parecÃa no escuchar cuando le hablábamos. Si alguien le hacÃa una broma, reaccionaba con enojo exagerado. Una vez, Luis le tiró una cáscara de cacahuate, y Carlos se levantó con los puños apretados como si lo hubieran insultado. Luego, de pronto, se tranquilizó y cambió de tema como si nada. En la escuela también se veÃa distinto, pues yo lo observaba en clase.
10:22 A veces se quedaba viendo la ventana, con los ojos perdidos mientras el maestro explicaba algo. cuando le preguntaban respondÃa con molestia en el recreo ya no traÃa tanto relajo se sentaba en una esquina y se quedaba jugando con una tapa de botella dándole vueltas sin hablar mucho una tarde al salir le pregunté si se sentÃa bien me dijo que sà que sólo estaba cansado pero sus ojeras y la forma en que apretaba la mandÃbula no coincidÃan con esa respuesta Un fin de semana nos invitó a su casa. Dijo que ya tenÃa un videojuego nuevo y que fuéramos a verlo. Yo dudé, pero Luis aceptó. Y Carla dijo que también irÃa para que no pensáramos que tenÃa miedo. Llegamos a su casa y subimos a su cuarto.
11:13 Nos sentamos en el piso frente a la televisión. La tabla no estaba a la vista. Carlos dijo que la tenÃa guardada y que luego la sacarÃa. empezamos a jugar normal y por un momento pensé que todo se iba a quedar en un susto de esa noche a la mitad de la partida Carlos soltó el control y se quedó inmóvil con la vista clavada en la pantalla pensé que estaba bromeando Le hablé por su nombre, pero no parpadeó. De pronto, los brazos se le tensaron. Los dedos se le empezaron a doblar hacia atrás, como si no tuviera lÃmite. La espalda se arqueó y el pecho se le levantó. El cuello se le fue hacia atrás tanto que el rostro quedó apuntando al techo. El cuerpo se veÃa forzado, como si alguien lo estuviera jalando de los extremos. lo primero que hizo fue reÃrse pero no era su risa de siempre sonó forzada era una risa como en las pelÃculas algo demonÃaco abrÃa demasiado la boca y las comisuras se estiraban de más la risa se cortó de golpe y luego habló la voz le salió más grave su voz nos dio miedo dijo frases sueltas que al principio no entendimos y después empezó con cosas demasiado concretas mencionó el nombre del papá de Carla y dijo con detalles la vez que llegó borracho a medianoche y rompió un plato contra la pared pero eso solo lo sabÃan ellos
12:44 se volteó hacia Luis y dijo el nombre del compañero de la secundaria al que le habÃan robado dinero en el baño. Luego, sin girar del todo la cabeza, dijo mi nombre completo y repitió, palabra por palabra, lo que yo habÃa pensado frente a la tabla, cuando salió el nombre de mi prima. Quise creer que era una actuación, que Carlos se habÃa informado de todo, que alguien le habÃa contado esos problemas, pero mi cuerpo no reaccionaba asÃ. SentÃa las manos frÃas, el corazón acelerado y la boca seca. Carla empezó a llorar. Luis se puso de pie, sin saber si acercarse o salir corriendo, pero después de unos minutos, el cuerpo de Carlos se aflojó. La espalda se le relajó y el cuello volvió a su posición normal. Cayó sentado en el piso, respirando con fuerza. le preguntamos qué le pasaba nos dijo que sólo le habÃa dolido la cabeza y que sentÃa un vacÃo raro pero que no recordaba lo que habÃa dicho ni cómo se habÃa doblado luis le dijo que no se hiciera tonto que nos habÃa asustado carlos pareció confundido de verdad pues yo vi su cara y no encontré rastro de burla Esa fue la primera vez que acepté que ya no se trataba de un simple juego de sustos. Los episodios se repitieron.
14:10 A veces pasaban en la calle, otras en su casa y otras en la escuela. No siempre eran tan fuertes, pero todos tenÃan algo en común. Carlos se quedaba rÃgido, el cuerpo se le tensaba y después salÃa una risa o una frase que no le sonaban propias. sus papás se dieron cuenta una tarde saliendo del salón lo vi discutir con su madre en el patio ella lloraba y poco después supe que lo habÃan llevado con un médico el doctor no encontró nada claro dijo que podÃa ser estrés algún trastorno nervioso que quizá necesitaba dormir mejor Le recetó pastillas para tranquilizarse, pero nada cambió. Al contrario, los ataques se hicieron más intensos. Carlos empezó a faltar a la escuela y cuando lo veÃamos en la esquina se veÃa hinchado de la cara, pero con los ojos hundidos.
15:07 Hablaba menos, pero cuando empezaba, soltaba cosas que dejaban helado a cualquiera. Un dÃa lo invité a mi casa para distraerlo. Estábamos sentados en la sala platicando. Mis papás no estaban y Luis llegó después y nos pusimos a ver videos. Todo parecÃa normal, pero de repente Carlos se levantó sin decir nada. Se quedó de pie en medio de la sala. y la cabeza se le inclinó hacia un lado como si el cuello ya no la sostuviera bien luego se dobló hacia atrás con fuerza los brazos quedaron colgando a medias los ojos se le pusieron raros y comenzaron a ponerse rojos como si se llenaran de sangre pero no miraban a ninguno de nosotros. Estaban fijos en algo que no estaba ahÃ. La sonrisa le apareció de golpe, pues de pronto tenÃa la boca abierta, mostrando los dientes apretados.
16:00 Esa mueca no se me ha borrado, pues tenÃa el cuerpo torcido y la cara desencajada. Se nos quedó viendo y luego habló. Esta vez no soltó frases sueltas. Fue directo. Dijo el nombre de Luis y le recordó con detalle la vez que le deseó la muerte a su padre en medio de una pelea. A mà me dijo que yo era el que más miedo tenÃa y que por eso mismo lo habÃa invitado, para ver de cerca por lo que rezaba que no fuera real. En eso, Luis lo agarró de los hombros y le gritó que parara, pero Carlos se volteó hacia él con esa misma sonrisa y dijo, claro, con esa voz gruesa,« Ustedes me invitaron, yo no vine solo». Después, la cabeza se le fue hacia atrás otra vez. El cuerpo tembló y se derrumbó como si le hubieran cortado los hilos. Cayó de lado, con los ojos cerrados. Respiraba, pero parecÃa no oÃr nada.
16:59 Lo movimos y le hablamos, pero tardó en reaccionar. Cuando por fin abrió los ojos, preguntó qué habÃa pasado. no recordaba nada esa fue la primera vez que entendà de verdad que lo que estaba pasando con carlos ya no cabÃa en ninguna explicación sencilla dejé de pensar en su gestión pues algo se le habÃa pegado esa noche frente a la tabla y ahora hablaba a través de él cada vez con más confianza. La cosa se salió de control más rápido de lo que pensábamos. Lo que al principio eran ataques separados por dÃas, se volvió casi parte de la rutina de Carlos. Un dÃa lo encontraban tirado en su cuarto, otro dÃa se doblaba frente a la mesa.
17:43 Otro más lo veÃan parado en el pasillo con la cabeza inclinada y su sonrisa demoniaca. Cada episodio dejaba a la familia más desgastada. La mamá de Carlos empezó a buscar ayuda por todos lados. Primero fue con otro médico, luego con alguien que le recomendaron como psicólogo. y al final terminó llevándolo con una bruja que hacÃa limpias. Yo estuve presente una vez. Era en una casa común del barrio. La señora recibÃa en un cuarto habilitado para eso, con una mesa donde tenÃa imágenes religiosas y unas cuantas veladoras. Carlos se sentó en una silla en medio del cuarto. La señora le pasó ramas por encima del cuerpo y murmuró oraciones en voz baja. Mientras lo hacÃa, Carlos se retorcÃa de forma leve. no era un ataque completo pero su cara se deformaba como si algo le molestara la señora frunció la boca se detuvo y dijo frente a todos que ahà habÃa algo que no se iba a ir asà nada más que eso habÃa sido llamado y no despedido después preguntó si habÃan hecho algún juego o invocación hubo un silencio pesado y nadie respondió pero todos se miraron yo sentà el peso de su pregunta en la nuca pues sabÃa la verdad pero no dije nada la señora al notar que nadie hablaba solo dijo que ella podÃa aliviar un poco pero que eso no era asunto solo de limpias, que necesitaban un sacerdote. Fue la
19:17 primera vez que escuché esa palabra en relación con lo que estábamos viviendo, sacerdote. Hasta ese dÃa me habÃa repetido que lo de la ouija era una imprudencia, un error, algo de jóvenes curiosos. Pero cuando la señora habló de llamado, entendà que el problema iba más allá de lo que tenÃa sentido para mÃ. La familia habló con el párroco del barrio. Aceptó ir a la casa de Carlos a hacer oraciones fuertes. No se presentó como exorcista ni nada parecido. Solo dijo que irÃa a ayudar. El dÃa que fue, yo estaba ahÃ. La mamá de Carlos quiso que sus amigos también estuvieran, porque pensaba que eso lo calmarÃa. Yo no estaba seguro de que fuera buena idea, pero tampoco me atrevà a negarme. nos reunimos en la sala apartaron los muebles hacia las paredes colocaron un crucifijo grande colgado frente a nosotros sobre la pared principal en la mesa pusieron una biblia abierta y un recipiente con agua bendita carlos se sentó en una silla en medio del cuarto Nosotros nos quedamos a un lado, de pie. Sus papás estaban cerca, tensos, sin saber qué hacer con las manos.
20:33 El sacerdote se plantó frente a él y empezó con las oraciones. Al principio, Carlos estaba tranquilo. ParecÃa cansado, con la vista baja. A los pocos minutos empezó a respirar más rápido. Las manos se le apretaron sobre las piernas. Pero cuando el sacerdote mencionó cosas sobre espÃritu inmundo y sobre salir del cuerpo, carlos levantó la cabeza de golpe la espalda se le empezó a doblar de manera exagerada primero hacia adelante luego hacia atrás la silla rechinó y la cabeza se le fué totalmente hacia atrás hasta que la cara quedó apuntando al techo la boca se le abrió como si estuviera gritando pero no salÃa sonido sólo se escuchaba el aire pasando con dificultad por su garganta sus manos se curvaron y los dedos se separaron tensos parecidos a garras listos para rasguñar los ojos ya no tenÃan nada de la mirada de carlos no se movÃan siguiendo a nadie estaban fijos sin expresión humana y la sonrisa volvió pero peor que en las otras veces la boca estirada enseñando los dientes y con la cara rÃgida esa sonrisa no parecÃa de una persona enferma ni de alguien en crisis parecÃa otra cosa en ese estado empezó a hablar pero no interrumpÃa las oraciones las acompañaba con insultos se dirigió al sacerdote con palabras duras llamándolo por
22:04 su nombre completo y mencionando cosas de su pasado que yo no tenÃa forma de saber si eran ciertas o no, pero que lo dejaron serio y pálido. Luego se giró hacia su mamá y mencionó una vez en que ella habÃa deseado irse de la casa y no volver. Lo dijo con las mismas palabras que ella habÃa usado en una discusión, según me contó después. Con el papá fue más directo. Le dijo que él mismo habÃa dejado la puerta abierta con sus propias acciones, que no tenÃa autoridad moral para reclamar nada. El hombre se quedó sin color en la cara y se agarró de la mesa para no tambalearse. A mà me lanzó una frase que todavÃa me pesa, que yo habÃa tenido miedo desde el primer dÃa.
22:55 Pero que me quedé en la mesa, que no retiré la mano y que eso habÃa sido suficiente. Sentà vergüenza y miedo al mismo tiempo. Quise salir de ahÃ, pero no pude moverme. Me quedé viendo como el sacerdote seguÃa con las oraciones, con la voz firme, aunque se notaba tensa. Le ordenaba al espÃritu que dejara el cuerpo de Carlos, que se retirara, que no tenÃa derecho a quedarse. No hizo nada más, no hubo rituales raros, solo palabras, agua bendita y ese crucifijo en alto. La lucha duró un rato que se me hizo interminable. El cuerpo de Carlos se sacudÃa. A ratos parecÃa que se iba a caer de la silla, pero una fuerza lo mantenÃa arriba. Se arqueaba, se doblaba, se retorcÃa, mientras la sonrisa aparecÃa y desaparecÃa.
23:47 La voz cambiaba de tono. A veces hablaba ronco, otras parecÃa más agudo la verdad. no parecÃa la voz de un adolescente en un momento el sacerdote hizo una oración más fuerte levantando la voz y al terminar una frase clave carlos soltó un gruñido largo como si algo dentro de él se resistiera con todas sus fuerzas Luego el cuerpo se fue hacia un lado y cayó al piso. Convulsionó un poco, los brazos se le movieron sin control y de pronto se quedó quieto. SeguÃa respirando, pero lento, como si estuviera agotado. El ambiente en la casa cambió.
24:28 No hubo cosas que volaran ni paredes temblando. Solo una sensación de cansancio. La mamá de Carlos lloraba en silencio y el papá se tapaba la cara con las manos. El sacerdote cerró la Biblia, hizo una oración más corta y dijo que seguirÃa rezando por él, pero que también era asunto de atención médica, no prometió milagros, solo se notaba igual de agotado que todos nosotros. Después de ese dÃa, los ataques disminuyeron. No desaparecieron por completo, pero ya no eran tan violentos. Aún asÃ, Carlos no volvió a ser el mismo. TenÃa momentos de lucidez y otros en los que se perdÃa en su propio mundo. la familia tomó la decisión de internarlo en una clÃnica para que lo cuidaran de manera constante yo lo visité un par de veces la primera vez que lo vi allá estaba sentado en una banca del patio con la mirada perdida tenÃa la bata de la clÃnica puesta el cabello más corto y los ojos apagados me saludó por mi nombre pero se notaba lejos hablamos un poco de la escuela de cosas normales pero en medio de la conversación soltó de golpe que faltó decir adiós lo dijo mirando al suelo y después se quedó callado en otra visita mencionó que el juego no se habÃa terminado bien y nadie lo habÃa regresado a su lugar no lo dijo con la voz gruesa de los ataques lo dijo como un recuerdo que no lo dejaba en paz Con el tiempo, el
26:01 grupo se rompió. Carla se mudó con unos familiares a otra ciudad. Luis se fue alejando poco a poco. Ya no querÃa hablar del tema y cambió de escuela. Yo seguÃa en la colonia, pero ya no tenÃa con quién quedarme en la banqueta, a contar historias de miedo. Me tocó seguir con mi vida, con esa experiencia metida en la cabeza. El sacerdote se llevó la tabla, pues se la entregó la mamá de Carlos. Casi con alivio, el sacerdote le dijo que no debÃa quedarse en esa casa. Según supe, la rompió en pedazos y quemó también el indicador. Ahora, ya mayor, cada vez que alguien dice que la ouija es un simple juego, recuerdo el cuerpo doblado de Carlos en esa silla, la espalda arqueada, las manos como garras, los ojos sin expresión humana y esa sonrisa que no parecÃa suya. Pienso en la noche en que pusimos los dedos sobre esa tabla de madera, creyendo que no iba a pasar nada. Ahà aprendà que hay cosas con las que uno no se sienta a jugar, aunque vengan en una caja común, compradas en un tianguis, con letras pintadas como si fueran un juguete más.
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