Nov. 29, 2025

La Muerte En El Pasillo De Urgencias - Historias De Terror - REDE

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0:05 Trabajé de noche en un hospital general durante casi diez años. Entraba cuando el sol ya se había ido y salía viendo a la gente ir al trabajo. Me tocó urgencias y hospitalización casi todo ese tiempo. Pasé más horas en esos pasillos que en mi propia casa. Ahí vi morir a tanta gente que perdí la cuenta. Al principio me costaba, luego se volvió parte del turno. No porque no me importara, sino porque el trabajo no se detiene. Aunque un paciente se quede sin vida en la cama. Mi trabajo era sencillo en papel, pesado en la realidad. Empujaba camillas, cambiaba sueros, ayudaba a pasar pacientes a rayos X. Los llevaba a tomografía, acomodaba cuerpos grandes en camas pequeñas, limpiaba camillas manchadas de sangre o vómito. Recibía ambulancias a medianoche y me quedaba en reanimaciones hasta que los brazos ardían. Mientras tanto, el hospital seguía con su propio ritmo. De noche, el edificio cambiaba.

1:11 Los pasillos largos quedaban con pocas luces encendidas, solo las necesarias. Las paredes blancas se veían sucias aunque estuvieran limpias y el olor a desinfectante se pegaba en la garganta. Los monitores pitaban desde distintos cuartos, con esos sonidos agudos que uno termina identificando. El respirador de los intubados hacía su ruido repetitivo y constante. Las enfermeras cruzaban con bandejas llenas de jeringas, gasas y medicamentos. Los médicos entraban y salían del área de choque o del quirófano, con cara de cansancio, mirando expedientes mientras caminaban. En las salas de espera se veía otra vida. Familiares sentados en sillas de plástico, algunos con chamarras sobre los hombros, otros con cobijas delgadas que traían de casa. Había quienes se quedaban dormidos, con la cabeza pegada a la pared, y otros que se pasaban horas mirando al piso o al teléfono, esperando que un médico les dijera si el paciente seguía vivo o no.

2:15 De vez en cuando alguien se ponía a rezar en voz baja. A veces escuchaba el murmullo cuando cruzaba el pasillo con alguna camilla. La muerte era parte del trabajo y más de una vez me tocó preparar un cuerpo, apagar el monitor, quitar las líneas, limpiar lo que se debía limpiar y estirar la sábana hasta cubrir la cara, ajustar la etiqueta con el nombre en el pie o en la muñeca y empujar la cama hasta la plancha fría de patología. Mientras tanto, en otro cuarto llamaban porque un paciente necesitaba un cambio de suero o un traslado. Se llenaba el papel del fallecimiento, se firmaba, se avisaba a la familia, se escuchaban los gritos o el llanto, y luego todo seguía con otra cama, otro expediente, otro turno.

3:05 Entre el personal había frases que se repetían. Varias veces escuché decir que en ese hospital la muerte venía a buscar a los enfermos. No lo decían como chiste, lo decían serio, pero sin detenerse. Una vez una enfermera comentó, que cuando una sombra se paraba en la puerta de un cuarto, ese paciente no llegaba a la mañana. Otro camillero dijo lo mismo en otra guardia. De verdad, yo pensé que se referían al tipo de casos que llegaban, gente muy grave, sin dinero y sin tiempo. Seguí con mi rutina, pues no me detuve a pensar en eso hasta que me tocó verlo. La primera noche que lo noté, Venía empujando una camilla vacía por el pasillo de hospitalización.

3:52 Era de madrugada. El pasillo estaba casi solo. Solo se escuchaban los monitores y un carro metálico mal acomodado en una esquina. Desde lejos, vi a una figura quieta frente a la puerta de un cuarto, donde teníamos pacientes graves. Estaba de lado, junto al marco, como cualquier familiar que se asoma para ver a su enfermo. Al principio no le presté atención, pero mientras me acercaba empecé a fijarme mejor. No era una enfermera ni un médico. No traía bata verde ni blanca. Tampoco era un familiar normal. Lo supuse porque no se distinguía una vestimenta normal. Lo que alcanzaba a ver era una ropa oscura, como si fuera una túnica negra completa, que bajaba desde los hombros hasta cerca del suelo. La figura tenía las manos huesudas y los pies no se distinguían del todo. La figura estaba muy derecha sin recargarse en la pared, con la cabeza inclinada hacia dentro del cuarto. No hacía ningún movimiento y parecía pegada a ese punto. Se sentía una vibra muy pesada.

4:57 La verdad me dio un escalofrío que me recorrió el cuerpo completo. Primero pensé que podía ser alguien cansado, pero me molestó un poco. porque ese pasillo debía quedar libre, así que me acerqué con la idea de pedirle que se moviera. Y cuando ya estaba a unos metros, la figura dio un paso hacia adentro del cuarto. No vi giro de cuerpo ni nada, solo la sensación de que cruzó el marco y desapareció hacia el interior. Apreté el paso y entré al cuarto. Adentro estaban las camas alineadas, las cortinas a medias, los monitores con su luz verde marcando la frecuencia de cada paciente. La televisión apagada en una esquina, el aire acondicionado hacía que la piel se enfriara.

5:46 Revisé con la mirada cada rincón. En la primera cama había un anciano dormido con el oxígeno puesto. En la segunda, una mujer con los ojos cerrados y las manos sobre el abdomen. En la tercera, el paciente más grave de ese cuarto, entubado, con varios cables pegados al pecho. No había nadie más. Me acerqué a la puerta. Miré detrás de la cortina. Revisé el pequeño baño del cuarto. Pero no vi a ninguna persona de pie junto a la puerta. Ni a nadie vestido de oscuro. Salí de nuevo al pasillo. Miré hacia ambos lados y estaba vacío. Así que regresé a mi ruta. No dije nada. Y la verdad, pensé en mi cansancio. En la vista nublada de esa hora.

6:33 en la costumbre de ver gente parada en las puertas, así que seguí trabajando. Pasaron solo unos minutos y mientras estaba en la estación de enfermería acomodando expedientes, escuché que uno de los monitores del cuarto donde había entrado empezó a cambiar de ritmo. No hizo falta que nadie gritara, el sonido se volvió agudo y continuo. Todos corrimos. El médico entró primero, luego la enfermera, yo detrás con el carro de paro. El monitor del paciente más grave estaba ya en línea recta. Empezaron las compresiones, se aplicaron medicamentos, se intentó recuperar el pulso. Yo me subí a la banqueta y apreté el pecho del paciente una y otra vez.

7:16 Miraba de reojo la pantalla esperando que apareciera de nuevo la curva, pero no pasó. Y después de varios intentos, el médico dijo que ya no había nada que hacer. Lo dieron por muerto. Mientras jalaba la sábana para cubrirle el rostro, me vino a la mente la imagen de la figura en la puerta unos minutos antes, pero no se lo comenté a nadie, lo guardé, y me dije a mí mismo que era coincidencia. Así que continué con el proceso, y me lo llevé para traslado a la plancha. Después de esa noche, empecé a fijarme más en las puertas. En otras guardias, mientras recorría el pasillo, alcanzaba a ver de nuevo esa figura parada junto a ciertos cuartos. No aparecía en todos, solo en algunos. Siempre igual, quieta, mirando hacia adentro con la ropa oscura. A veces la veía desde lejos, avanzaba con la camilla o con el carro de medicamentos, y cuando miraba directo al marco de la puerta, ya no estaba ahí. Entraba al cuarto y solo veía a los pacientes, la luz tenue y las cortinas. Lo que sí se repetía era lo siguiente. Poco tiempo después de verla en una puerta, el monitor de ese cuarto empezaba a sonar distinto. El médico entraba, la enfermera llamaba, se intentaba la reanimación o simplemente se confirmaba que el paciente se había ido. Podía ser media hora, podía ser menos, pero terminaba igual. Otro fallecido, otra sábana sobre la cara

8:50 y otro cuerpo camino a la plancha. Al principio quise explicarlo con sueño, estrés y costumbre de ver gente parada por todos lados. Pero con los meses dejé de hablar de coincidencias. Para mí se volvió una regla simple. Cada vez que veía esa figura parada en la puerta de un cuarto, sabía que en esa cama iba a haber un muerto antes del amanecer. Hubo un caso que me marcó más. un hombre de mediana edad que llevaba varios días internado por problemas respiratorios. Tenía el pecho muy comprometido, pero todavía hablaba. Yo lo había visto conversar con su esposa en la tarde, tomado de la mano, haciendo planes.

9:32 No se veía como los que ya están en la última etapa. Tenía esperanza. Esa noche me tocó otra vez el turno en su pasillo. En una de las rondas, mientras pasaba revisando sueros y anotándolo de cada cama, Levanté la vista y la vi. La figura oscura estaba parada exactamente en la puerta del cuarto, donde él estaba internado. No se movía, solo apuntaba hacia adentro, igual que las otras veces. En ese momento sentí que ya conocía el final de esa noche. No quise dejarlo a la suerte. Decidí quedarme cerca del cuarto, más tiempo del que marcaba la rutina, para ver qué pasaba y para no dejar sola esa puerta. Ahí empezó la guardia que nunca se me olvidó. Me quedé en ese pasillo más de lo que marcaba el trabajo. Moví una silla de metal y la puse pegada a la puerta del cuarto, del hombre de mediana edad. Tenía su expediente en la mano y ya me sabía su nombre, cuántos días llevaba internado, los antibióticos que le daban y cómo habían ido bajando y subiendo sus signos. No era el peor caso del piso, pero llevaba demasiadas noches escuchando, que podía descompensarse en cualquier momento.

10:48 El pasillo estaba tranquilo. Las luces del techo daban una claridad uniforme, amarilla. Más adelante, una señora dormía sentada, con la cabeza hacia el pecho y tenía una chamarra sobre las piernas. De un cuarto salía el sonido rítmico de un respirador y de otro se escuchaba el pitido intermitente de un monitor que marcaba taquicardia. En la estación, una enfermera escribía en las hojas y otra preparaba medicamentos en una charola. Me senté con la espalda recargada en la pared, pues desde ese punto podía ver el monitor del hombre y parte de la cama. Cada cierto rato entraba, revisaba la canalización, tocaba su frente, acomodaba la almohada y miraba cómo respiraba. Abría los ojos, decía que se sentía cansado y volvía a cerrarlos. No tenía la cara de alguien resignado, pues todavía preguntaba por su esposa y por su casa.

11:49 Yo salía otra vez y regresaba a la silla. Mientras acomodaba los papeles en el portaplanillas, sentí de golpe la presencia de alguien a mi lado, del lado del pasillo. No fue mi imaginación, pues se sintió como cuando un familiar se para tan cerca que rosa el brazo. Levanté la vista y ahí estaba. la misma figura que había visto en otras puertas, ahora a menos de dos metros, justo frente a la entrada de ese cuarto. Esta vez la vi con claridad. Era más alta que yo. La ropa oscura le caía desde el cuello hasta los pies como una bata larga. No distinguí bolsillos, botones ni costuras.

12:30 Donde debía estar la cara solo vi una zona oscura, pareja, sin rasgos. No movía los hombros al respirar ni los pies para acomodarse. Estaba quieta por completo, como si llevara horas pegada a ese marco. Sentí frío en los brazos y en la nuca, como si hubieran encendido un clima directo sobre mí. El pecho se me apretó. Para entonces ya conocía el patrón, la figura en la puerta, el monitor que cambia y un paciente que se va al más allá. La diferencia era que ahora no se trataba de un desconocido. Era un hombre al que ya le había escuchado la voz y que todavía se aferraba a vivir.

13:12 Me levanté, entré al cuarto y revisé el monitor. Los números seguían dentro de lo que se esperaba en su situación. Ajusté el oxígeno, acomodé el suero y comprobé que el catéter no estuviera doblado. Miré el color de sus labios, la velocidad con la que subía y bajaba el pecho. Anoté los signos en la hoja. Me quedé del lado de la cama que daba hacia la puerta con la vista en el pasillo. La puerta quedó entreabierta y, por ese espacio, alcanzaba a ver el piso del pasillo y parte de la pared de enfrente. La figura seguía ahí, del lado de afuera, sin moverse. No se alejaba ni se acercaba. Parecía estar esperando algo. Pensé en salir y plantarme frente a ella, pero en ese momento escuché un sonido distinto en el pasillo. En otro cuarto, unos metros más adelante, el monitor empezó a pitar de forma continua.

14:09 La alarma se disparó. Desde la estación llamaron al médico. Salió de inmediato y me ordenó que llevara el carro de paro. No tuve tiempo de dudar. Eché una mirada rápida al monitor del hombre. Vi que seguía estable en ese segundo y salí del cuarto para empujar el carro. Entramos al cuarto del paciente en paro. Estaba inconsciente y sin respiración efectiva. Nos acomodamos como siempre, uno en el pecho, otro en la vía aérea y el médico dando órdenes. Yo me quedé en las compresiones, conté en voz alta clavando las manos en el esternón al ritmo que nos enseñaron.

14:50 La enfermera pasaba los medicamentos, otro ajustaba la mascarilla y otro vigilaba el monitor. El aire olía a sudor, a desinfectante y a plástico calentado. Estuvimos así varios minutos. Los brazos me ardían, pero no podía detenerme hasta que el médico lo dijera. Revisó las pupilas, revisó el trazo del monitor, pidió una dosis más y se esperó unos segundos. Al final declaró el fallecimiento. La enfermera anotó la hora exacta y apagamos la alarma. yo me quedé mirando la cara del paciente unos instantes sabía que aún me faltaba regresar al otro cuarto al salir levanté la vista hacia la zona donde estaba el hombre de mediana edad entre un cuarto y otro había muy poca distancia durante unos segundos vi a la figura oscura parada justo en medio ocupando el espacio entre ambas puertas no estaba recargada en la pared ni caminando era como si abarcara los dos cuartos a la vez sentí un vacío en el estómago, parpadeé y ya no estaba, fui directo al cuarto del hombre, la puerta seguía como la había dejado y entré, el monitor mostraba la línea recta, la frecuencia estaba en cero, me acerqué, lo llamé por su nombre, toqué su hombro pero no hubo respuesta, le llamé al médico, llegó y lo revisó, después me confirmó que también había fallecido, Mientras

16:22 lo cubríamos con la sábana y llenábamos los papeles, yo solo pensaba en la imagen de esa figura detenida entre las dos puertas. Esa guardia quedó en mi cabeza como la noche en que vino por dos, en una sola vuelta. Seguí en ese turno un tiempo más, porque necesitaba el sueldo, pero ya no hice guardias igual. Cada vez que en una ronda veía la figura parada en una puerta, sabía que tarde o temprano iba a empujar esa cama hacia la plancha. A veces me quedaba más tiempo con el paciente marcado. Me sentaba un rato, le hablaba y le acomodaba cosas que no necesitaban tanto acomodo, pero era solo por estar ahí. Casi siempre el final era el mismo.

17:06 El monitor cambiaba, sonaba la alarma y el paciente se iba. Un día internaron a un tío mío en ese mismo hospital. Tenía diabetes y una infección fuerte. Por cupo lo asignaron a una cama de ese pasillo. Cuando vi su nombre en la hoja, sentí que el estómago se me encogía. No era lo mismo mover cuerpos de desconocidos que ver a tu familia tendida en esas camas. Esa noche me tocó guardia. Pasé varias veces a verlo. Le revisé el suero. Le mojé los labios, le hablé de la casa y de lo que pasaba afuera. En una de las rondas, al salir de otro cuarto, levanté la vista y vi a la figura parada, frente a la puerta donde estaba él.

17:51 La misma altura, la misma ropa oscura y la misma inmovilidad que ya conocía demasiado bien. No me quedé quieto y fui directo a la estación y pedí cambio de cuarto. Les dije que ahí hacía demasiado frío. que mi tío no descansaba y que necesitaba un lugar más tranquilo. Insistí con las enfermeras y con el médico. No les hablé de sombras ni de nada parecido, pero no me moví hasta que aceptaron. Al final lo cambiaron a otra habitación del mismo piso, más cerca de la estación y con menos camas. Los días siguientes fueron pesados. Mi tío tuvo fiebre, le ajustaron los medicamentos y hubo momentos en que los signos preocupaban, pero se mantuvo. Mientras tanto, yo seguía viendo de vez en cuando a la figura parada en otras puertas del pasillo, y el patrón se repitió. Cada vez que la vi en un marco, el paciente de esa cama terminó falleciendo antes de que se terminara mi turno o en la guardia siguiente. A mi tío, en cambio, lo dieron de alta. Salió caminando lento, con indicaciones largas, pero vivo. Poco tiempo después, pedí cambio de turno. Aguanté un periodo en la mañana y otro en la tarde.

19:05 Las imágenes de la noche seguían igual de claras, pero al menos ya no estaba ahí cuando sonaban las alarmas. Al final decidí salirme del hospital. Busqué trabajo en otro lugar. No quise volver a recorrer esos pasillos a esa hora. Hoy, cuando paso frente al edificio por alguna vuelta, prefiero no mirar hacia las ventanas. Escucho ambulancias de madrugada. Y sé que alguien allá adentro está haciendo lo mismo que hice yo durante años. Empujar camas, llevar carros de paro y poner sábanas sobre cuerpos que ya no responden. En mi casa nunca he visto nada raro. Duermo y me levanto como cualquiera. Pero cuando me acuerdo de esas guardias, lo primero que me aparece en la mente no son los médicos ni las filas de consulta. Es la puerta de un cuarto y esa figura quieta esperando como si estuviera marcando a quién le tocaba irse en esa noche.