La Muerte En El Pasillo De Urgencias - Historias De Terror - REDE
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0:05 Trabajé de noche en un hospital general durante casi diez años. Entraba cuando el sol ya se habÃa ido y salÃa viendo a la gente ir al trabajo. Me tocó urgencias y hospitalización casi todo ese tiempo. Pasé más horas en esos pasillos que en mi propia casa. Ahà vi morir a tanta gente que perdà la cuenta. Al principio me costaba, luego se volvió parte del turno. No porque no me importara, sino porque el trabajo no se detiene. Aunque un paciente se quede sin vida en la cama. Mi trabajo era sencillo en papel, pesado en la realidad. Empujaba camillas, cambiaba sueros, ayudaba a pasar pacientes a rayos X. Los llevaba a tomografÃa, acomodaba cuerpos grandes en camas pequeñas, limpiaba camillas manchadas de sangre o vómito. RecibÃa ambulancias a medianoche y me quedaba en reanimaciones hasta que los brazos ardÃan. Mientras tanto, el hospital seguÃa con su propio ritmo. De noche, el edificio cambiaba.
1:11 Los pasillos largos quedaban con pocas luces encendidas, solo las necesarias. Las paredes blancas se veÃan sucias aunque estuvieran limpias y el olor a desinfectante se pegaba en la garganta. Los monitores pitaban desde distintos cuartos, con esos sonidos agudos que uno termina identificando. El respirador de los intubados hacÃa su ruido repetitivo y constante. Las enfermeras cruzaban con bandejas llenas de jeringas, gasas y medicamentos. Los médicos entraban y salÃan del área de choque o del quirófano, con cara de cansancio, mirando expedientes mientras caminaban. En las salas de espera se veÃa otra vida. Familiares sentados en sillas de plástico, algunos con chamarras sobre los hombros, otros con cobijas delgadas que traÃan de casa. HabÃa quienes se quedaban dormidos, con la cabeza pegada a la pared, y otros que se pasaban horas mirando al piso o al teléfono, esperando que un médico les dijera si el paciente seguÃa vivo o no.
2:15 De vez en cuando alguien se ponÃa a rezar en voz baja. A veces escuchaba el murmullo cuando cruzaba el pasillo con alguna camilla. La muerte era parte del trabajo y más de una vez me tocó preparar un cuerpo, apagar el monitor, quitar las lÃneas, limpiar lo que se debÃa limpiar y estirar la sábana hasta cubrir la cara, ajustar la etiqueta con el nombre en el pie o en la muñeca y empujar la cama hasta la plancha frÃa de patologÃa. Mientras tanto, en otro cuarto llamaban porque un paciente necesitaba un cambio de suero o un traslado. Se llenaba el papel del fallecimiento, se firmaba, se avisaba a la familia, se escuchaban los gritos o el llanto, y luego todo seguÃa con otra cama, otro expediente, otro turno.
3:05 Entre el personal habÃa frases que se repetÃan. Varias veces escuché decir que en ese hospital la muerte venÃa a buscar a los enfermos. No lo decÃan como chiste, lo decÃan serio, pero sin detenerse. Una vez una enfermera comentó, que cuando una sombra se paraba en la puerta de un cuarto, ese paciente no llegaba a la mañana. Otro camillero dijo lo mismo en otra guardia. De verdad, yo pensé que se referÃan al tipo de casos que llegaban, gente muy grave, sin dinero y sin tiempo. Seguà con mi rutina, pues no me detuve a pensar en eso hasta que me tocó verlo. La primera noche que lo noté, VenÃa empujando una camilla vacÃa por el pasillo de hospitalización.
3:52 Era de madrugada. El pasillo estaba casi solo. Solo se escuchaban los monitores y un carro metálico mal acomodado en una esquina. Desde lejos, vi a una figura quieta frente a la puerta de un cuarto, donde tenÃamos pacientes graves. Estaba de lado, junto al marco, como cualquier familiar que se asoma para ver a su enfermo. Al principio no le presté atención, pero mientras me acercaba empecé a fijarme mejor. No era una enfermera ni un médico. No traÃa bata verde ni blanca. Tampoco era un familiar normal. Lo supuse porque no se distinguÃa una vestimenta normal. Lo que alcanzaba a ver era una ropa oscura, como si fuera una túnica negra completa, que bajaba desde los hombros hasta cerca del suelo. La figura tenÃa las manos huesudas y los pies no se distinguÃan del todo. La figura estaba muy derecha sin recargarse en la pared, con la cabeza inclinada hacia dentro del cuarto. No hacÃa ningún movimiento y parecÃa pegada a ese punto. Se sentÃa una vibra muy pesada.
4:57 La verdad me dio un escalofrÃo que me recorrió el cuerpo completo. Primero pensé que podÃa ser alguien cansado, pero me molestó un poco. porque ese pasillo debÃa quedar libre, asà que me acerqué con la idea de pedirle que se moviera. Y cuando ya estaba a unos metros, la figura dio un paso hacia adentro del cuarto. No vi giro de cuerpo ni nada, solo la sensación de que cruzó el marco y desapareció hacia el interior. Apreté el paso y entré al cuarto. Adentro estaban las camas alineadas, las cortinas a medias, los monitores con su luz verde marcando la frecuencia de cada paciente. La televisión apagada en una esquina, el aire acondicionado hacÃa que la piel se enfriara.
5:46 Revisé con la mirada cada rincón. En la primera cama habÃa un anciano dormido con el oxÃgeno puesto. En la segunda, una mujer con los ojos cerrados y las manos sobre el abdomen. En la tercera, el paciente más grave de ese cuarto, entubado, con varios cables pegados al pecho. No habÃa nadie más. Me acerqué a la puerta. Miré detrás de la cortina. Revisé el pequeño baño del cuarto. Pero no vi a ninguna persona de pie junto a la puerta. Ni a nadie vestido de oscuro. Salà de nuevo al pasillo. Miré hacia ambos lados y estaba vacÃo. Asà que regresé a mi ruta. No dije nada. Y la verdad, pensé en mi cansancio. En la vista nublada de esa hora.
6:33 en la costumbre de ver gente parada en las puertas, asà que seguà trabajando. Pasaron solo unos minutos y mientras estaba en la estación de enfermerÃa acomodando expedientes, escuché que uno de los monitores del cuarto donde habÃa entrado empezó a cambiar de ritmo. No hizo falta que nadie gritara, el sonido se volvió agudo y continuo. Todos corrimos. El médico entró primero, luego la enfermera, yo detrás con el carro de paro. El monitor del paciente más grave estaba ya en lÃnea recta. Empezaron las compresiones, se aplicaron medicamentos, se intentó recuperar el pulso. Yo me subà a la banqueta y apreté el pecho del paciente una y otra vez.
7:16 Miraba de reojo la pantalla esperando que apareciera de nuevo la curva, pero no pasó. Y después de varios intentos, el médico dijo que ya no habÃa nada que hacer. Lo dieron por muerto. Mientras jalaba la sábana para cubrirle el rostro, me vino a la mente la imagen de la figura en la puerta unos minutos antes, pero no se lo comenté a nadie, lo guardé, y me dije a mà mismo que era coincidencia. Asà que continué con el proceso, y me lo llevé para traslado a la plancha. Después de esa noche, empecé a fijarme más en las puertas. En otras guardias, mientras recorrÃa el pasillo, alcanzaba a ver de nuevo esa figura parada junto a ciertos cuartos. No aparecÃa en todos, solo en algunos. Siempre igual, quieta, mirando hacia adentro con la ropa oscura. A veces la veÃa desde lejos, avanzaba con la camilla o con el carro de medicamentos, y cuando miraba directo al marco de la puerta, ya no estaba ahÃ. Entraba al cuarto y solo veÃa a los pacientes, la luz tenue y las cortinas. Lo que sà se repetÃa era lo siguiente. Poco tiempo después de verla en una puerta, el monitor de ese cuarto empezaba a sonar distinto. El médico entraba, la enfermera llamaba, se intentaba la reanimación o simplemente se confirmaba que el paciente se habÃa ido. PodÃa ser media hora, podÃa ser menos, pero terminaba igual. Otro fallecido, otra sábana sobre la cara
8:50 y otro cuerpo camino a la plancha. Al principio quise explicarlo con sueño, estrés y costumbre de ver gente parada por todos lados. Pero con los meses dejé de hablar de coincidencias. Para mà se volvió una regla simple. Cada vez que veÃa esa figura parada en la puerta de un cuarto, sabÃa que en esa cama iba a haber un muerto antes del amanecer. Hubo un caso que me marcó más. un hombre de mediana edad que llevaba varios dÃas internado por problemas respiratorios. TenÃa el pecho muy comprometido, pero todavÃa hablaba. Yo lo habÃa visto conversar con su esposa en la tarde, tomado de la mano, haciendo planes.
9:32 No se veÃa como los que ya están en la última etapa. TenÃa esperanza. Esa noche me tocó otra vez el turno en su pasillo. En una de las rondas, mientras pasaba revisando sueros y anotándolo de cada cama, Levanté la vista y la vi. La figura oscura estaba parada exactamente en la puerta del cuarto, donde él estaba internado. No se movÃa, solo apuntaba hacia adentro, igual que las otras veces. En ese momento sentà que ya conocÃa el final de esa noche. No quise dejarlo a la suerte. Decidà quedarme cerca del cuarto, más tiempo del que marcaba la rutina, para ver qué pasaba y para no dejar sola esa puerta. Ahà empezó la guardia que nunca se me olvidó. Me quedé en ese pasillo más de lo que marcaba el trabajo. Movà una silla de metal y la puse pegada a la puerta del cuarto, del hombre de mediana edad. TenÃa su expediente en la mano y ya me sabÃa su nombre, cuántos dÃas llevaba internado, los antibióticos que le daban y cómo habÃan ido bajando y subiendo sus signos. No era el peor caso del piso, pero llevaba demasiadas noches escuchando, que podÃa descompensarse en cualquier momento.
10:48 El pasillo estaba tranquilo. Las luces del techo daban una claridad uniforme, amarilla. Más adelante, una señora dormÃa sentada, con la cabeza hacia el pecho y tenÃa una chamarra sobre las piernas. De un cuarto salÃa el sonido rÃtmico de un respirador y de otro se escuchaba el pitido intermitente de un monitor que marcaba taquicardia. En la estación, una enfermera escribÃa en las hojas y otra preparaba medicamentos en una charola. Me senté con la espalda recargada en la pared, pues desde ese punto podÃa ver el monitor del hombre y parte de la cama. Cada cierto rato entraba, revisaba la canalización, tocaba su frente, acomodaba la almohada y miraba cómo respiraba. AbrÃa los ojos, decÃa que se sentÃa cansado y volvÃa a cerrarlos. No tenÃa la cara de alguien resignado, pues todavÃa preguntaba por su esposa y por su casa.
11:49 Yo salÃa otra vez y regresaba a la silla. Mientras acomodaba los papeles en el portaplanillas, sentà de golpe la presencia de alguien a mi lado, del lado del pasillo. No fue mi imaginación, pues se sintió como cuando un familiar se para tan cerca que rosa el brazo. Levanté la vista y ahà estaba. la misma figura que habÃa visto en otras puertas, ahora a menos de dos metros, justo frente a la entrada de ese cuarto. Esta vez la vi con claridad. Era más alta que yo. La ropa oscura le caÃa desde el cuello hasta los pies como una bata larga. No distinguà bolsillos, botones ni costuras.
12:30 Donde debÃa estar la cara solo vi una zona oscura, pareja, sin rasgos. No movÃa los hombros al respirar ni los pies para acomodarse. Estaba quieta por completo, como si llevara horas pegada a ese marco. Sentà frÃo en los brazos y en la nuca, como si hubieran encendido un clima directo sobre mÃ. El pecho se me apretó. Para entonces ya conocÃa el patrón, la figura en la puerta, el monitor que cambia y un paciente que se va al más allá. La diferencia era que ahora no se trataba de un desconocido. Era un hombre al que ya le habÃa escuchado la voz y que todavÃa se aferraba a vivir.
13:12 Me levanté, entré al cuarto y revisé el monitor. Los números seguÃan dentro de lo que se esperaba en su situación. Ajusté el oxÃgeno, acomodé el suero y comprobé que el catéter no estuviera doblado. Miré el color de sus labios, la velocidad con la que subÃa y bajaba el pecho. Anoté los signos en la hoja. Me quedé del lado de la cama que daba hacia la puerta con la vista en el pasillo. La puerta quedó entreabierta y, por ese espacio, alcanzaba a ver el piso del pasillo y parte de la pared de enfrente. La figura seguÃa ahÃ, del lado de afuera, sin moverse. No se alejaba ni se acercaba. ParecÃa estar esperando algo. Pensé en salir y plantarme frente a ella, pero en ese momento escuché un sonido distinto en el pasillo. En otro cuarto, unos metros más adelante, el monitor empezó a pitar de forma continua.
14:09 La alarma se disparó. Desde la estación llamaron al médico. Salió de inmediato y me ordenó que llevara el carro de paro. No tuve tiempo de dudar. Eché una mirada rápida al monitor del hombre. Vi que seguÃa estable en ese segundo y salà del cuarto para empujar el carro. Entramos al cuarto del paciente en paro. Estaba inconsciente y sin respiración efectiva. Nos acomodamos como siempre, uno en el pecho, otro en la vÃa aérea y el médico dando órdenes. Yo me quedé en las compresiones, conté en voz alta clavando las manos en el esternón al ritmo que nos enseñaron.
14:50 La enfermera pasaba los medicamentos, otro ajustaba la mascarilla y otro vigilaba el monitor. El aire olÃa a sudor, a desinfectante y a plástico calentado. Estuvimos asà varios minutos. Los brazos me ardÃan, pero no podÃa detenerme hasta que el médico lo dijera. Revisó las pupilas, revisó el trazo del monitor, pidió una dosis más y se esperó unos segundos. Al final declaró el fallecimiento. La enfermera anotó la hora exacta y apagamos la alarma. yo me quedé mirando la cara del paciente unos instantes sabÃa que aún me faltaba regresar al otro cuarto al salir levanté la vista hacia la zona donde estaba el hombre de mediana edad entre un cuarto y otro habÃa muy poca distancia durante unos segundos vi a la figura oscura parada justo en medio ocupando el espacio entre ambas puertas no estaba recargada en la pared ni caminando era como si abarcara los dos cuartos a la vez sentà un vacÃo en el estómago, parpadeé y ya no estaba, fui directo al cuarto del hombre, la puerta seguÃa como la habÃa dejado y entré, el monitor mostraba la lÃnea recta, la frecuencia estaba en cero, me acerqué, lo llamé por su nombre, toqué su hombro pero no hubo respuesta, le llamé al médico, llegó y lo revisó, después me confirmó que también habÃa fallecido, Mientras
16:22 lo cubrÃamos con la sábana y llenábamos los papeles, yo solo pensaba en la imagen de esa figura detenida entre las dos puertas. Esa guardia quedó en mi cabeza como la noche en que vino por dos, en una sola vuelta. Seguà en ese turno un tiempo más, porque necesitaba el sueldo, pero ya no hice guardias igual. Cada vez que en una ronda veÃa la figura parada en una puerta, sabÃa que tarde o temprano iba a empujar esa cama hacia la plancha. A veces me quedaba más tiempo con el paciente marcado. Me sentaba un rato, le hablaba y le acomodaba cosas que no necesitaban tanto acomodo, pero era solo por estar ahÃ. Casi siempre el final era el mismo.
17:06 El monitor cambiaba, sonaba la alarma y el paciente se iba. Un dÃa internaron a un tÃo mÃo en ese mismo hospital. TenÃa diabetes y una infección fuerte. Por cupo lo asignaron a una cama de ese pasillo. Cuando vi su nombre en la hoja, sentà que el estómago se me encogÃa. No era lo mismo mover cuerpos de desconocidos que ver a tu familia tendida en esas camas. Esa noche me tocó guardia. Pasé varias veces a verlo. Le revisé el suero. Le mojé los labios, le hablé de la casa y de lo que pasaba afuera. En una de las rondas, al salir de otro cuarto, levanté la vista y vi a la figura parada, frente a la puerta donde estaba él.
17:51 La misma altura, la misma ropa oscura y la misma inmovilidad que ya conocÃa demasiado bien. No me quedé quieto y fui directo a la estación y pedà cambio de cuarto. Les dije que ahà hacÃa demasiado frÃo. que mi tÃo no descansaba y que necesitaba un lugar más tranquilo. Insistà con las enfermeras y con el médico. No les hablé de sombras ni de nada parecido, pero no me movà hasta que aceptaron. Al final lo cambiaron a otra habitación del mismo piso, más cerca de la estación y con menos camas. Los dÃas siguientes fueron pesados. Mi tÃo tuvo fiebre, le ajustaron los medicamentos y hubo momentos en que los signos preocupaban, pero se mantuvo. Mientras tanto, yo seguÃa viendo de vez en cuando a la figura parada en otras puertas del pasillo, y el patrón se repitió. Cada vez que la vi en un marco, el paciente de esa cama terminó falleciendo antes de que se terminara mi turno o en la guardia siguiente. A mi tÃo, en cambio, lo dieron de alta. Salió caminando lento, con indicaciones largas, pero vivo. Poco tiempo después, pedà cambio de turno. Aguanté un periodo en la mañana y otro en la tarde.
19:05 Las imágenes de la noche seguÃan igual de claras, pero al menos ya no estaba ahà cuando sonaban las alarmas. Al final decidà salirme del hospital. Busqué trabajo en otro lugar. No quise volver a recorrer esos pasillos a esa hora. Hoy, cuando paso frente al edificio por alguna vuelta, prefiero no mirar hacia las ventanas. Escucho ambulancias de madrugada. Y sé que alguien allá adentro está haciendo lo mismo que hice yo durante años. Empujar camas, llevar carros de paro y poner sábanas sobre cuerpos que ya no responden. En mi casa nunca he visto nada raro. Duermo y me levanto como cualquiera. Pero cuando me acuerdo de esas guardias, lo primero que me aparece en la mente no son los médicos ni las filas de consulta. Es la puerta de un cuarto y esa figura quieta esperando como si estuviera marcando a quién le tocaba irse en esa noche.
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