Oct. 12, 2025

La BRUJERÍA De Los SAPOS Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Vivo con mi esposo y mis dos hijos en una casa amplia, en las afueras del pueblo. El terreno tiene un patio grande con tierra suelta, algunas macetas y un fogón de ladrillo donde mi marido suele cocinar los fines de semana. Por las mañanas me gusta barrer el patio antes de preparar el desayuno. Esa mañana el cielo estaba despejado. Vi algo entre las macetas que no recordaba haber dejado ahí. Era un bulto pequeño de forma irregular cubierto con tierra. Pensé que podía ser un pedazo de trapo viejo o algo que los perros hubieran arrastrado. Me agaché para retirarlo y cuando lo tomé con la escoba, vi que era una muñeca hecha con trapo y huesos amarrados con hilo.

0:48 La tomé con cuidado, tratando de no romperla, y la miré más de cerca. El trapo estaba amarillento, húmedo por debajo, y los huesos, delgados, parecían de algún animal pequeño, tal vez de gallina. El cuerpo estaba amarrado con hilo verde. y en lugar de rostro tenía un pedazo de tela cosido, donde habían pegado dos ojos de sapos secos, todavía con ese tono verdoso que parece vivo. El borde del rostro estaba endurecido por algo que parecía cera o grasa derretida. me dio un escalofrío pensar que alguien la hubiera dejado ahí justo entre mis plantas tan cerca de la ventana de la cocina la dejé sobre el borde del lavadero y fui a buscar a mi esposo que estaba en el cuarto vistiéndose para ir al trabajo Le conté lo que había encontrado y lo llevé al patio para que la viera. La observó unos segundos y luego dijo que seguramente era una broma o basura que habían tirado del otro lado del cerco. Dijo que los niños de la colonia de atrás a veces metían cosas raras por diversión.

1:53 Yo no estaba convencida. La muñeca tenía algo en su forma, algo en los huesos y en los ojos pegados, que no parecía juego. Le dije que no era normal que usaran restos de animales ni ojos de sapo. Eso ya sería de alguien que estaba loco. Me respondió que no le diera vueltas, que la tirara a la basura y me olvidara. Me quedé sola cuando él se fue. Los niños ya se habían levantado y desayunaban frente a la tele, sin notar nada raro. Fui al patio y volví a mirar la muñeca. No quería que mis hijos la vieran. Me pareció que los ojos seguían húmedos, como si los hubieran pegado hacía poco. Pensé que no debía tirarla al bote, porque de algún modo seguiría ahí. Encendí el fogón. puse unas ramas secas y algo de papel viejo. Esperé a que la flama subiera y coloqué la muñeca encima con una pala. Tardó en arder como si el trapo resistiera el fuego. Luego, el humo tomó un color oscuro y un olor agrio se extendió por el patio. Me tapé la nariz con la mano y me alejé unos pasos.

3:01 Los ojos de sapo se reventaron con un chasquido leve, dejando un hilo verdoso en las brasas. Cuando el trapo se redujo a ceniza, removí los restos con un palo hasta que no quedara nada reconocible apagué el fuego y lavé la pala con agua y jabón no quise decir nada a mis hijos ni a mis vecinas pasé el resto del día haciendo las tareas de siempre aunque varias veces me descubrí mirando hacia las macetas asegurándome de que no hubiera nada más en la tarde el viento cambió y el olor del humo todavía se sentía en el aire Me pareció extraño porque había quemado poca cosa. El fogón estaba limpio, pero en el borde quedaban pequeñas manchas verdes, como si la cera de la muñeca se hubiera derretido ahí y no terminara de secar. Froté con un trapo húmedo hasta borrarlas, aunque la superficie quedó rasposa, como si algo se hubiera adherido al ladrillo. Esa noche mientras acostaba a los niños, pensé en lo fácil que era que alguien cruzara el cerco y dejara cualquier cosa en nuestro patio.

4:07 Mi esposo dijo que pondría una malla más alta el fin de semana, pero yo seguía asustado. Antes de dormir, fui al patio con la linterna y miré el fogón una última vez. El suelo alrededor seguía húmedo, aunque no había llovido en todo el día. Volví al cuarto, apagué la luz. Esa misma noche, cuando todos nos íbamos a dormir, las luces de la casa ya estaban apagadas y el silencio era completo. Solo se escuchaba el reloj en la sala y el zumbido lejano de los insectos afuera. acababa de acomodar las cobijas cuando oí un ruido húmedo como un golpe corto y blando contra el piso seguido de un arrastre leve cerca del baño pensé que era una gotera o algún insecto pero el sonido volvió más cerca junto con un pequeño chasquido me levanté con cuidado para no despertar a los niños y encendí la luz del pasillo el ruido se dejó de escuchar caminé hasta la puerta del baño y me incliné un poco vi algo oscuro pegado al marco inmóvil al acercarme me di cuenta de que era un sapo era grande más de lo normal y estaba aplastado contra la madera como si se hubiera adherido tenía la piel brillante cubierta de una humedad espesa que chorreaba por el borde del marco hasta el piso no se movía pero respiraba con lentitud llamé a mi esposo Se levantó medio dormido. Cuando lo vio, soltó

5:39 un suspiro y dijo que seguramente había entrado del patio. Trajo una escoba y trató de empujarlo, pero el sapo seguía pegado sin soltarse. Al final le dio un golpe en el costado y cayó al suelo, haciendo un sonido hueco. Lo barrió hacia afuera, cerró la puerta y me dijo que durmiera tranquila, que esas cosas pasaban en temporada de lluvias, pero no había llovido. A la mañana siguiente, mientras hacía el desayuno, vi otro en la cocina. Estaba entre el refrigerador y la pared, tan quieto que pensé que era una piedra hasta que lo vi respirar. Lo saqué con la pala y lo dejé afuera. Me quedé mirando cómo se alejaba dando saltos hasta perderse entre las plantas. Los días siguientes empezaron a aparecer más. Uno en el fregadero, otro debajo de la cama de los niños. y hasta uno dentro de la alacena, entre las ollas limpias. Mi esposo insistía en que entraban por algún hueco del drenaje, pero revisamos todo y las rejillas estaban bien colocadas. En una ocasión abrí el cajón de los cubiertos y encontré uno adentro, sobre los manteles doblados. El cajón estaba completamente cerrado.

6:56 no podía entender cómo aparecían ahí tampoco parecían asustarse cuando los encontraba se quedaban inmóviles mirándome era como si supieran dónde estaba en una de esas noches mientras limpiaba el piso sentí una mirada fija detrás de mí volteé y vi tres sapos en la entrada de la cocina alineados todos mirándome me quedé quieta un momento tratando de racionalizarlo pensé que la luz o el ruido los atraía pero no se movieron hasta que apagué la lámpara. Mi esposo empezó a matarlos. Los aplastaba con una pala o los lanzaba lejos con la escoba. Decía que era la única forma de que dejaran de entrar. Esa noche mató cuatro y los arrojó al terreno baldío que está detrás de la casa. Pero al amanecer, cuando salimos al patio, había más.

7:48 Algunos pequeños, otros tan grandes como un puño. Estaban junto al fogón en las macetas sobre el borde del lavadero. Era como si se multiplicaran durante la noche. Ya me costaba entrar sola a la cocina. Dejé de usar los cajones y comencé a guardar los trastes en cajas cerradas. Aún así, encontré otro sapo sobre la mesa, justo encima del mantel limpio, como si alguien lo hubiera colocado ahí. Una tarde, mientras mi esposo revisaba el drenaje, saqué todos los utensilios y limpié con cloro cada superficie. Sentía que la casa estaba contaminada por algo que no era normal. Él regresó diciendo que no había huecos, que todo estaba sellado.

8:31 Me miró cansado y me pidió que no me obsesionara, que solo eran animales. Pero al verlo hablar, noté que detrás de él, en la esquina del patio, había otro sapo. Era distinto a los demás, más oscuro, con la piel llena de una capa verdosa que reflejaba la luz. Esa noche soñé con el fogón. Veía las brasas y el humo saliendo de la muñeca que había quemado días antes. Desperté sudando, con el corazón acelerado. bajé al patio a tomar aire. El suelo estaba húmedo otra vez. La pala que usé para barrer los restos de la muñeca seguía apoyada junto al fogón. Alrededor había marcas, pequeños círculos oscuros, como si algo se hubiera arrastrado por la tierra. Seguí las huellas con la mirada y noté que terminaban en la puerta de la cocina. Entré y encendí la luz.

9:22 Había tres sapos sobre el fregadero, uno sobre el refri y otro en el piso. Todos miraban hacia mí. Llamé a mi esposo, soltó un insulto y tomó la escoba. Los empujó uno por uno hacia afuera golpeando con fuerza. Cuando terminó me dijo que al amanecer iría por Calviva para regar el patio y así ahuyentarlos. Nos acostamos tarde con los niños dormidos. En la oscuridad antes de cerrar los ojos escuché de nuevo el ruido junto al baño. el mismo sonido del primer día golpes cortos y blandos como si algo saltara con peso no quise levantarme me cubrí hasta la cabeza y esperé a que amaneciera al despertar mi esposo ya estaba afuera desde la ventana vi que miraba el fogón me acerqué y le pregunté qué pasaba no respondió solo señaló hacia el interior del fogón. Dentro, entre las cenizas, había un sapo muerto, completamente seco, con los ojos reventados y la piel cuarteada. Me dijo que debía haber caído ahí en la noche. Los días siguientes la casa se volvió más callada, como si el aire no circulara igual. Cada rincón tenía un olor a humedad que no se iba ni con las ventanas abiertas. Los niños ya no querían dormir en sus cuartos. Decían que escuchaban ruidos en el piso y preferían quedarse conmigo en la cama. Una madrugada, mientras trataba de dormir, escuché los primeros golpes. Eran leves, pero constantes, como si alguien caminara

10:55 despacio debajo del piso. El sonido iba de una esquina a otra del cuarto. Me quedé quieta, pensando que tal vez eran raíces moviéndose con la humedad o algún animal atrapado. Desperté a mi esposo y también los escuchó. Bajó de la cama, golpeó el suelo con la mano y el ruido se detuvo por un momento. Luego volvió, esta vez más cerca, justo bajo nosotros. Mi esposo dijo que al día siguiente revisaría el subsuelo, que debía haber un hueco por donde se metían ranas o topos. Yo no respondí. No quería pensar en sapos. El sonido continuó unos minutos más.

11:36 Luego se perdió en dirección al pasillo. Escuchamos cómo avanzaba hasta el cuarto de los niños y ahí se detuvo. Me levanté. Entré al cuarto con la linterna y vi que ambos dormían cubiertos hasta el cuello. No había nada raro, salvo un pequeño charco de agua junto a la cama del menor. A partir de esa noche, los ruidos se hicieron costumbre, siempre después de medianoche, cuando la casa estaba en silencio. Eran golpes suaves, el piso temblaba apenas, lo suficiente para hacer vibrar los vasos del mueble. Cuando tratábamos de seguir el sonido, se detenía. A esa misma hora, el olor a tierra mojada se intensificaba dentro de la casa.

12:18 Abría las ventanas para que corriera el aire, pero nada cambiaba. En las mañanas, las paredes amanecían salpicadas con pequeñas gotas de humedad que dejaban manchas oscuras al secarse. Mi hijo menor empezó a enfermar. Primero fue una tos leve, luego fiebre alta que no cedía con los medicamentos. El doctor del pueblo dijo que podía ser una infección viral, que descansara y tomara líquidos. Pero lo que más me preocupaba era cómo dormía. Se movía mucho, hablaba entre sueños, y a veces se despertaba llorando, temblando, diciendo que alguien le hablaba cuando cerraba los ojos. La primera vez que lo escuché decirlo fue una madrugada. Me levanté porque oí su voz entrecortada. Entré al cuarto y lo encontré sentado en la cama, con los ojos abiertos y la frente empapada en sudor. Lo abracé y me dijo que había una voz que lo llamaba desde abajo, una voz ronca que le pedía que se acercara al piso. Le pregunté qué decía exactamente. Él respondió con voz débil que la voz repetía que el sapo está esperando. Me quedé helada. no supe qué decirle lo llevé conmigo al cuarto y lo acosté entre nosotros sentía su cuerpo ardiendo de fiebre le di el jarabe que me indicó el médico y esperé a que se durmiera pasé el resto de la noche sin cerrar los ojos oyendo los ladridos lejanos de los

13:48 perros y los golpes apagados bajo la casa Mi esposo no creía en nada de eso. Dijo que mi hijo tenía fiebre y deliraba, que los sonidos eran animales y que los perros ladraban porque olían humedad o ratas. Pero yo no podía sacarme de la cabeza la frase que mi hijo había repetido con tanta claridad. Cada vez que lo recordaba me recorría un escalofrío. Esa noche, cuando lo acosté otra vez en su cama, dejó la mirada fija en el suelo como si escuchara algo allá abajo. Los golpes volvieron, más suaves pero más constantes. Parecían desplazarse lentamente por debajo de la habitación de los niños. Tomé una linterna y bajé al patio. No había nada fuera de lugar, pero los perros del vecino seguían ladrando hacia nuestra casa.

14:40 Los ojos de algunos reflejaban la luz de la linterna con un brillo amarillento. Me quedé un rato ahí. Al día siguiente, mi hijo amaneció más débil. Tenía los ojos hinchados y el cuerpo tembloroso. Decía que no quería dormir porque, cuando lo hacía, veía a alguien parado al lado de su cama. Me pidió que no lo dejara solo, que esa persona se agachaba y le decía que el sapo tenía hambre. Mi esposo se enojó, dijo que eso era culpa de mis ideas, que le estaba metiendo miedo con lo de los sapos. Discutimos, pero preferí callar. No tenía forma de convencerlo de lo que estaba pasando. Esa noche, puse una silla junto a la cama del niño y me quedé despierta. Todo parecía tranquilo hasta cerca de las dos.

15:28 De pronto, sentí el primer golpe bajo el piso. Luego otro, más cerca. mi hijo se removió entre las cobijas y dijo en voz baja que ya estaba ahí que el sapo lo había encontrado lo abracé con fuerza y el suelo bajo la cama vibró apenas como si algo pasara justo por debajo no dormí el resto de la noche Al amanecer, el suelo del cuarto tenía una marca húmeda que se extendía desde la pared hasta la cama. Mi hijo seguía dormido, con el cuerpo frío y los labios pálidos. Me quedé mirándolo mientras el sol entraba por la ventana, y pensé que algo había entrado a la casa sin que pudiéramos detenerlo. En la madrugada siguiente me despertó la voz de mi hijo menor. Al principio creí que soñaba porque hablaba con un tono bajo, apenas audible, pronunciando frases cortas que no entendía bien. Me quedé unos segundos escuchando desde el cuarto, con la esperanza de que se callara y siguiera dormido, pero siguió murmurando. Decidí levantarme. Tomé la linterna del buró y caminé despacio hasta su habitación. La puerta estaba entreabierta. Apenas crucé el umbral, un olor fuerte me golpeó en la cara. No era el de humedad común de la casa, era más penetrante. El aire dentro era espeso y sentí que me costaba respirar. Avancé con la linterna apuntando al suelo, tratando de no hacer ruido.

16:57 Mi hijo estaba acostado con los ojos cerrados, moviendo los labios rápido, como si repitiera algo de memoria. No distinguía las palabras, pero su voz tenía un tono grave, distinto al habitual. Me acerqué al borde de la cama y le toqué el hombro. No reaccionó. La respiración era irregular, con pausas largas entre cada jadeo. El olor seguía haciéndose más intenso, tanto que tuve que cubrirme la boca con la mano. Busqué con la linterna de dónde venía y vi que la madera del piso, justo debajo de la cama, tenía una mancha oscura que se extendía hacia afuera. Me agaché despacio. Cuando apunté la luz, vi debajo de la cama que había un sapo enorme. inmóvil. Estaba completamente inflado, con la piel brillante y estirada al punto de verse tensa.

17:48 Tenía el vientre abierto por los costados y de las grietas salía un líquido espeso que se escurría por las tablas. En su interior se veían hilos rojos y algo que parecía moverse apenas. La cabeza estaba aladeada, con los ojos grises y opacos. Sentí muchas ganas de vomitar. Solté un grito sin pensarlo. Tomé a mi hijo en brazos y lo apreté contra el pecho. El olor no lo aguantaba, y el calor que salía del cuerpo del sapo hacía que el aire pareciera hervir. Mi esposo entró corriendo todavía medio dormido. Cuando vio lo que había debajo de la cama, se quedó quieto. Se tapó la nariz con la manga y me preguntó qué había pasado. No pude responderle. Solo señalé el suelo. Él se agachó y miró unos segundos sin decir nada. Después retrocedió y me dijo que nos fuéramos de inmediato, que no íbamos a pasar otra noche ahí.

18:44 Me ordenó que despertara a nuestro otro hijo mientras él recogía algunas cosas. Corrí al cuarto de mi hijo mayor, lo levanté y lo vestí sin darle explicaciones. El menor seguía dormido en mis brazos, con la fiebre alta y la piel empapada. Mi esposo metió ropa en una mochila y tomó las llaves del carro. Antes de salir, volvió al cuarto y echó una mirada al sapo. Me dijo que no tocara nada, que lo dejáramos como estaba. Cerró la puerta con fuerza, y al hacerlo, el sonido del golpe hizo vibrar el piso. Escuchamos un crujido, como si la madera se partiera desde adentro. No quisimos mirar. Salimos de la casa sin apagar las luces. Subimos al carro asustados.

19:29 Mientras mi esposo arrancaba, alcancé a ver por la ventana del pasillo una sombra oscura moviéndose dentro, justo donde estaba la habitación del niño. No dije nada. Condujimos en silencio hasta la casa de mi hermana, que vive a las afueras del pueblo. La carretera estaba vacía. A mitad del camino, mi esposo dijo que en cuanto amaneciera volvería por las cosas importantes y que llamaríamos al doctor para revisar al niño. Yo solo asentí mirando por la ventana, sin atreverme a cerrar los ojos. Cuando llegamos, mi hermana ya estaba despierta. Me vio con mi hijo en brazos y preguntó qué había pasado. Le dije que habíamos tenido un problema con la casa y necesitábamos quedarnos unos días. Ella preparó un cuarto y ayudó a acostar al pequeño. Mi esposo se sentó en el sillón con la mirada fija en el suelo.

20:22 Le temblaban las manos. El olor del lodo parecía haberse pegado a nuestra ropa. mi hermana preguntó si habíamos pasado por algún charco porque el aire traía un aroma raro le dije que era por el camino pero supe que venía de nosotros fui al baño a lavarme las manos la marca que tenía desde días atrás la que no se iba con nada seguía ahí más oscura como una sombra en la piel esa noche ninguno de los dos pudo dormir mi esposo se levantó varias veces para asomarse a la ventana Miré hacia el patio de la casa de mi hermana antes de acostarme. La tierra estaba removida como si alguien hubiera pasado por ahí arrastrándose. Cerré las cortinas y abracé a mis hijos. Me prometí no volver a la casa hasta que alguien revisara todo, pero en el fondo sabía que lo que había ocurrido no se iba a quedar allá y que el olor del lodo, aunque lo intentara ocultar, ya estaba impregnado en nosotros. Dos semanas después de habernos ido, mi esposo volvió solo a la casa. Dijo que necesitaba saber si todo seguía igual.

21:33 Me llamó por la tarde y contó que el patio estaba seco, sin olor y que no había rastro de sapos por ningún lado. Los fogones, las macetas y el lavadero estaban limpios, como si el tiempo hubiera borrado todo. ni siquiera el olor a humedad seguía regresamos unos días después con cuidado los niños se quedaron en el carro mientras revisábamos todo estaba en orden no había ruidos bajo el piso ni manchas en las paredes ni nada extraño dentro de los cajones mi esposo dijo que quizá todo había sido casualidad que los animales se habían ido por el calor y que el niño ya estaba bien así que era mejor olvidar