La BRUJA Del AGUA NEGRA Historias De Terror - REDE
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0:02 Yo me llamo Julia. En el año 2005 vivÃamos en Tijuana, en una colonia tranquila, de esas donde casi todos se conocen por nombre o por lo menos de vista. TenÃamos ya siete años en la misma casa, una casa modesta, de una sola planta, con tres recámaras, dos baños, cocina y un jardincito trasero que Ãbamos arreglando poco a poco. Ãramos cuatro en casa, mi esposo Ernesto, mi hija mayor, Alejandra, que tenÃa 10 años, y mi hijo más pequeño, Emiliano, que entonces tenÃa 5. Nunca habÃamos tenido problemas serios con la casa. Ernesto regresó temprano del trabajo. VenÃa cansado, sudado, con la camisa manchada de polvo como siempre. Se fue directo al jardÃn trasero. Ahà tenÃa unas sillas de plástico, una mesita vieja.
0:55 Fue él quien lo vio primero. Me llamó desde la puerta trasera, preguntando si yo habÃa tirado algo al patio. Me asomé y lo vi agachado, señalando una zona del centro del jardÃn. Me dijo que habÃa un charco de agua negra y que apestaba horrible, como si hubiera estado estancada por dÃas. era un olor raro parecido al de cuando se acumula agua de la lavadora en una cubeta y nadie la vacÃa pero más fuerte más penetrante le dije que no que no habÃa tirado nada me acerqué con él y lo miré el charco era pequeño pero muy oscuro espeso la tierra alrededor se veÃa húmeda pero no habÃa llovido ni que se hubiera regado algo no habÃa plantas ni manguera cerca sólo el pasto seco y desgastado por el sol de esos dÃas ernesto fue por la pala Dijo que tal vez era una fuga, que quizás pasaba una tuberÃa por ahà que no conocÃamos. Empezó a escarbar con cuidado, metiendo la pala poco a poco para no reventar nada. Yo me quedé parada a su lado, mirando.
2:02 A cada palada el lodo salÃa más espeso. No habÃa raÃces, ni piedras, ni tuberÃa visible. Solo tierra negra, húmeda y ese olor insoportable que no se iba. Después de escarbar unos 20 minutos y de haber sacado por lo menos medio metro de tierra, me miró confundido. me dijo que no tenÃa sentido que si fuera una fuga el agua estarÃa brotando de abajo pero lo único que salÃa era lodo y más lodo además notó algo que me dejó inquieta debajo de esa capa lodosa la tierra estaba seca como si el agua sólo estuviera por encima como si no hubiera forma de que se filtrara hacia abajo era como si alguien la hubiera echado ahà encima y no pudiera evaporarse Al final dejó de escarbar. Estaba sudado, cansado y con la cara llena de tierra. Dijo que tal vez podÃa ser agua sucia que se habÃa quedado ahà por alguna razón, que el sol la iba a secar con el paso de los dÃas. Volvió a colocar parte de la tierra que habÃa removido, solo para emparejar un poco el terreno. El charco quedó ahÃ, más leve, pero aún visible.
3:14 No sabÃamos qué era, ni por qué habÃa aparecido. Pero no nos preocupamos demasiado. Pensamos que era algo menor. Esa noche cenamos normal, como siempre. Nadie mencionó más el tema. Los niños estaban en sus cosas, la televisión sonaba de fondo y Ernesto se quedó dormido temprano, como de costumbre. Yo tampoco pensé mucho en el asunto. Era un simple charco, un poco extraño, pero al final uno más entre tantas cosas raras que pasan en las casas viejas. Al dÃa siguiente el charco seguÃa ahÃ. no solo no se habÃa secado sino que parecÃa más definido como si en lugar de evaporarse se hubiera condensado en una forma más clara más redonda y peor aún con una orilla oscura de tierra ligeramente marcada como si algo lo mantuviera contenido Ernesto salió a verlo apenas se levantó Le llamó la atención que a pesar del sol fuerte que habÃa caÃdo desde la mañana, el agua seguÃa igual de negra, igual de espesa.
4:20 Incluso se habÃa formado otra pequeña poza al lado como si hubiera rebosado. Ãl mismo me dijo que eso ya no le parecÃa normal, que lo lógico era que se secara con el calor. Pero no, ahà estaba otra vez, como si lo hubieran puesto en la madrugada. Esa misma tarde sacó un costal viejo de cal que tenÃa guardado en el cuarto de herramientas y lo vació casi completo sobre el charco. Lo hizo pensando que asà se absorberÃa el exceso de humedad y se eliminarÃa un poco el olor. Pero la cal solo blanqueó la superficie, como una costra por encima del agua. El olor seguÃa ahÃ, e incluso dirÃa que empeoró. Ya no era solo ese tufo a agua sucia de lavadora, ahora olÃa como a carne vieja, a algo descompuesto, más penetrante. Era un olor que se sentÃa en la garganta como si se pudiera masticar. Esa noche, cuando bajé la basura por la puerta trasera, me di cuenta de que el olor ya se estaba colando hacia adentro.
5:23 VenÃa por la rendija inferior, por ese espacio que queda entre la puerta y el piso. Revisé si habÃa algo pudriéndose afuera, algún animal muerto, pero no. El olor no era puntual, era general. Flotaba en el aire. Volvà a cerrar la puerta y encendà un incienso que tenÃa guardado, pero no ayudó mucho. Fue ahà cuando comencé a notar otras cosas. El fregadero de la cocina, que casi no usábamos porque comÃamos mucho fuera de casa, empezó a despedir ese mismo olor. Me di cuenta una tarde que estaba lavando unas frutas. No era que oliera el trapo sucio o el desagüe, no. El olor subÃa desde dentro del tubo, desde muy adentro, como si viniera desde el drenaje. Era el mismo olor del charco. Esa noche me sentà incómoda.
6:14 No podÃa concentrarme en nada. Cada vez que pasaba por la cocina me detenÃa en seco. El olor parecÃa más fuerte en la noche, más concentrado, como si se metiera en cada rincón. Pensé en decirle a Ernesto, pero él se dormÃa temprano y no me gusta molestarlo cuando ya está descansando. Al dÃa siguiente, mientras tendÃa ropa en los cuartos de los niños, en la pared del cuarto de Alejandra, justo al lado de su cama, habÃa unas manchas negras, pequeñas como del tamaño de una moneda. Al principio pensé que era moho o suciedad. Tomé un trapo con agua y traté de quitarlas. Algunas salieron con esfuerzo, pero otras no.
6:55 Se quedaban como incrustadas en la pintura. No entendÃa por qué aparecÃan ahÃ. No habÃa humedad. No habÃa filtraciones. No habÃa nada. y el resto de la pared estaba limpia. Pensé que tal vez era cosa de la edad de la casa, que ya requerÃa pintura nueva. Pero me quedé mirándolas un buen rato, y no me parecÃan normales. Eran manchas disparejas, como si hubieran brotado de adentro. Esa misma noche, mientras los niños dormÃan y yo recogÃa la cocina, me acerqué de nuevo al fregadero. El olor ya era insoportable. Abrà la llave unos segundos como para empujar el agua estancada, pero no salió nada raro. Cerré y me quedé ahà un momento, mirando el acero opaco del lavabo. No sé por qué, pero me quedé esperando a que algo pasara.
7:45 Volvà a ver hacia el patio por la ventana. La cal seguÃa sobre el charco, pero no se habÃa absorbido. La tierra alrededor se veÃa más húmeda. Cerré la cortina sin mirar más. Esa noche no dormà bien. Me desperté varias veces. SentÃa el olor por todas partes. Daba mucho asco. Al principio no era algo de todos los dÃas. El olor aparecÃa por ratos, sobre todo por las tardes y por la madrugada. Durante el dÃa, con las ventanas abiertas y el viento entrando por los cuartos, parecÃa que todo volvÃa a la normalidad. Pero bastaba que cayera el sol para que ese hedó regresara. Lo más extraño era que ya no se limitaba al jardÃn o al fregadero. Comenzó a salir de lugares donde no deberÃa haber olores. Una tarde, al abrir el ropero de la recámara para guardar unas toallas, el olor me golpeó en la cara. Era el mismo de siempre, S.A. Aguarrancia, podrida, como si hubieran dejado trapos húmedos durante semanas. Revisé el interior, pero todo estaba seco.
8:52 No habÃa ropa sucia ni humedad visible, nada fuera de lugar. cerré de nuevo el ropero pero me quedé ahà unos segundos como si esperara que saliera otra vez y sà seguÃa oliendo a los pocos dÃas me pasó lo mismo en el baño de visitas al entrar el olor era casi imperceptible Pero si uno se quedaba en silencio, concentrado, se notaba cómo el aire estaba cargado de ese mismo tufo. Revisé el bote de basura, el excusado, el lavamanos. Todo estaba limpio. Lavé el piso con desinfectante, rocié con aerosol, pero el olor volvÃa al cabo de un rato. era como si no se pudiera limpiar porque no venÃa de algo fÃsico lo peor fue una noche que estaba calentando comida en el microondas al abrir la puerta el olor me hizo retroceder no sabÃa si lo que estaba adentro se habÃa echado a perder o si era otra cosa Me acerqué con cuidado y olà el interior. Nada más abrir la puerta, era como si el olor se hubiera encerrado ahÃ. Pero no tenÃa sentido. El microondas estaba vacÃo.
10:00 No habÃa nada derramado, ni residuos, ni grasa vieja. Y ahà estaba, la misma peste, como si algo hubiera estado escondido adentro, aunque no se viera. Cerré la puerta con fuerza, dejé la comida sin calentar. Para ese punto ya estaba muy cansada, dormÃa mal. Me despertaba pensando que el olor estaba sobre mÃ, en las cobijas, en el cabello, en mi piel. Hubo noches en que me lavé dos veces la cara y aún asà sentÃa que olÃa. Ernesto decÃa que era paranoia, que seguro habÃa algo mal con la tuberÃa. Pero las manchas negras en el cuarto de Alejandra seguÃan ahÃ, más marcadas, y el charco en el jardÃn no desaparecÃa.
10:47 Una madrugada me desperté de golpe. Eran casi las tres, todo estaba en silencio, excepto por un sonido que venÃa del cuarto de los niños. Me levanté pensando que uno de ellos se habÃa levantado al baño, pero cuando pasé por el pasillo vi que la puerta del cuarto de Alejandra estaba cerrada. me acerqué para escuchar mejor y el sonido no venÃa de ahà era un goteo como cuando cae agua desde una llave mal cerrada pero era más lento lo seguà hasta mi propia recámara entré sin encender la luz tratando de ubicar el sonido No venÃa del baño, ni del techo. VenÃa del closet. Era un goteo dentro del closet. Me quedé parado unos segundos frente a las puertas.
11:33 No se escuchaba nada más en toda la casa. Solo ese goteo, como si algo mojado cayera en el piso de madera. Abrà las puertas con cuidado. No habÃa nada. Ni agua, ni manchas. Metà la mano entre la ropa colgada. Todo seco. Revisé el suelo del fondo. Igual. El sonido ya no estaba. Se habÃa ido justo cuando abrÃ. Cerré despacio, me senté en la cama y traté de convencerme de que habÃa sido un sueño o un ruido de afuera, pero no lo era. Lo escuché claro dentro de mi cuarto. Me quedé sentada, mirando la puerta del clóset por horas. No habÃa forma de explicarlo. Fue Alejandra la primera que comenzó a quejarse de algo más concreto. Una mañana, mientras yo recogÃa su ropa para meterla a lavar, me dijo que su almohada amanecÃa húmeda. No era sudor, me lo dijo muy segura. Me explicó que el resto de la cama estaba seca, que ni sus pijamas ni las cobijas tenÃan nada raro, solo la almohada. Yo le dije que tal vez sudaba por la cabeza, que no era raro, pero ella insistió. La toqué. Estaba húmeda, sÃ, pero frÃa.
12:49 No era humedad reciente. Y lo más extraño era que tenÃa una mancha negra al centro, del tamaño de una mano. Pensé que quizá en algún momento el agua de la lavadora habÃa salido sucia, como ya habÃa pasado con los charcos en el fregadero, y que sin darme cuenta, esa agua habÃa llegado a la almohada. Pero no explicaba por qué la mancha seguÃa ahà después de lavarla. Usé cloro, vinagre, jabón especial y nada. La tela ya no tenÃa olor pero la mancha seguÃa. Al final decidà tirarla. No querÃa que mi hija siguiera durmiendo con eso cerca de la cara. Esa misma noche, Alejandra fue a buscarme a mi cuarto.
13:33 Ya todos dormÃan. La escuché abrir la puerta despacio, caminó hasta el lado de mi cama y me dijo, sin levantar mucho la voz, que habÃa visto a alguien en el jardÃn. Me levanté rápido. Pensé que era un ladrón o un vagabundo. Le pregunté qué habÃa visto exactamente. me dijo que una mujer que estaba parada en medio del pasto justo donde estaba el charco que no se movÃa estaba de espaldas y que parecÃa estarse peinando pero no con un cepillo con un palo dijo que era largo como un palo de escoba que lo pasaba por su cabello lentamente como si le costara trabajo no se le veÃan los brazos solo la espalda y el movimiento lento del palo subiendo y bajando Me levanté enseguida y fui directo al ventanal del comedor que da al patio. Encendà la luz del jardÃn. No habÃa nadie. El charco seguÃa ahÃ, más grande que el dÃa anterior. Miré hacia las orillas, hacia los rincones. No habÃa rastros de nadie. Alejandra estaba a mi lado. Le dije que no se preocupara, que si volvÃa a ver algo, viniera conmigo enseguida. Pero, por dentro, sentà una punzada de miedo. No porque pensara que alguien estaba invadiendo el jardÃn, sino por la seguridad con la que mi hija hablaba. No era un invento, ni una broma, ni un mal sueño. La forma en que lo describÃa...
15:01 La forma en que decÃa que la mujer no se movÃa, que no tenÃa brazos visibles, que se peinaba con un palo, era algo que me dio mucho miedo. Esa noche me costó volver a dormir. Me quedé viendo el jardÃn desde la ventana del cuarto. El foco del patio seguÃa encendido, pero todo estaba quieto. El charco brillaba con la luz amarilla, reflejando las ramas de los árboles. No se escuchaba ni el zumbido de los carros, solo un silencio espeso, como si algo en la casa contuviera el sonido. me acosté sin apagar la luz aquel dÃa me quedé sola en la casa mi esposo estaba trabajando y los niños ya se habÃan ido a la escuela habÃa mañanas en que el silencio se sentÃa cómodo y relajante después de tanto movimiento pero desde que comenzaron a pasar esas cosas el silencio ya no era igual ya daba miedo e incomodidad me levanté con la intención de limpiar todo Desde hacÃa dÃas el olor habÃa vuelto, aunque no tan fuerte como antes.
16:05 HabÃa aprendido a seguir los rastros, a buscar esquinas, a revisar drenajes. Ya no me extrañaba oler algo podrido en lugares donde nunca debÃa haber olores. Dentro del horno, detrás del mueble de la televisión, hasta en las cortinas. Por eso, me puse a revisar baño por baño, con la botella de desinfectante en la mano. Primero fui al baño de los niños, luego al de visitas. Por último, entré al mÃo. Estaba todo aparentemente en orden. Lavabo limpio, toallas secas, piso barrido. Pero cuando levanté la tapa del inodoro vi, dentro del agua, enredados alrededor de la cerámica. HabÃa mechones de cabello largo.
16:47 No eran unos cuantos pelos sueltos. Era una cantidad considerable, como si alguien se hubiera arrancado el cabello y lo hubiera arrojado ahÃ. Estaba mojado, pegado a la porcelana, flotando en el agua. Mi primer impulso fue pensar en Alejandra. Ella era la única en la casa con el cabello largo, pero me pareció raro. Ella nunca usaba mi baño. Aún asÃ, decidà no suponer nada y esperé a que llegara de la escuela. Cuando volvió por la tarde, la senté en la mesa y le pregunté si habÃa usado mi baño. Me miró como confundida. Luego dijo que no, que no habÃa entrado a mi cuarto desde hacÃa dÃas. Le pregunté si por alguna razón habÃa dejado cabello mojado en el inodoro.
17:32 Volvió a decir que no, que no tenÃa ni idea de lo que hablaba. Le revisé el cuero cabelludo por si acaso, por si tenÃa algún corte o parte faltante, pero todo estaba parejo, limpio. No insistÃ, no quise asustarla. Más tarde, ya cuando la casa estaba tranquila otra vez, salà al jardÃn. Desde que apareció el charco por primera vez, yo misma me encargaba de echarle productos para ver si disminuÃa el mal olor. Ese dÃa llevaba una mezcla con cloro y desengrasante, de esas cosas que no recomiendan para tierra, pero ya me daba igual si se quemaba el pasto. Me acerqué despacio. El charco seguÃa ahÃ, más oscuro que antes, con una capa delgada de espuma aceitosa en la superficie.
18:19 HabÃa dejado de burbujear, pero el olor se mantenÃa, fuerte y rancio. Me agaché, abrà el bote con cuidado, y justo antes de verterlo noté algo al fondo del agua. Pensé que era una piedra. pero tenÃa otra forma, me incliné más, no era una piedra, era un diente, un diente humano, blanco, ligeramente amarillento, con la raÃz aún entera, estaba semi enterrado en el lodo del fondo, pero la parte superior sobresalÃa, me quedé agachada sin moverme, mirando eso que no debÃa estar ahÃ.¿ Cómo llega un diente humano a un charco en el jardÃn?¿ De quién era?¿ Cuánto tiempo llevaba ahÃ? No lo toqué. No quise sacarlo. Me levanté, cerré el bote del producto sin usarlo y entré a la casa con las manos temblando. Esa noche, cuando los niños ya estaban dormidos, me senté con mi esposo en la sala. No era fácil hablar de esas cosas sin que sonaran ridÃculas, pero después de todo lo que habÃamos vivido esas semanas, yo ya no me guardaba nada. Le conté lo del cabello en el baño, lo que Alejandra me habÃa dicho sobre la mujer que vio en el jardÃn, y lo del diente. Mi esposo se quedó callado un rato.
19:39 No se burló, ni me dijo que estaba exagerando. Solo me pidió que lo llevara al lugar exacto donde lo habÃa visto. Salimos al patio, alumbrándonos con la lámpara del celular Nokia de mi esposo. El charco seguÃa ahÃ, más extendido, como si se hubiera desbordado un poco durante la tarde. Caminamos por la orilla con cuidado de no pisar el lodo. Le señalé la zona donde estaba el diente, aunque a esa hora ya no se distinguÃa bien por la oscuridad del agua. Ãl me pidió que trajera la pala. Se hincó junto al borde y empezó a remover el agua y la tierra superficial. El lodo salÃa espeso, con olor a caño viejo. Cada vez que enterraba la pala, se escuchaba ese sonido hueco de agua atrapada. Al principio, la tierra estaba húmeda, oscura. Pero con sólo unos cuantos palazos más, la tierra estaba seca. No sólo seca, compacta, como si no hubiera visto humedad en mucho tiempo. Mi esposo tocó el fondo con la pala, luego con la mano. La textura era firme, polvosa. El agua solo estaba en la capa de arriba, apenas los primeros centÃmetros. Me miró sin decir nada, y luego volvió a remover. Sacó más agua, más lodo, apartándolo a un lado, solo un hoyo de tierra seca por debajo de un charco que no se iba, como si alguien lo llenara todos los dÃas. como si algo o alguien estuviera echando ese lÃquido apestoso justo ahÃ
21:11 en nuestro jardÃn, y encima se encargara de que nunca se secara. Volvimos a entrar sin decir mucho. Estábamos más confundidos que antes, pero lo que más nos inquietaba era lo que venÃa notándose desde hacÃa dÃas. Aunque dentro de la casa el mal olor habÃa disminuido y ya no salÃa agua negra por el lavamanos ni por el fregadero, el charco seguÃa creciendo. Antes era una mancha en el centro del jardÃn. Ahora tenÃa una forma más irregular, como si se hubiera extendido hacia un costado. No sabÃamos si taparlo, si volver a escarbar más profundo, si llamar a alguien.
21:52 No dijimos nada a los niños, no querÃamos que se asustaran, pero ambos sabÃamos que eso no era normal, que habÃa empezado de la nada, que el agua, el olor, el cabello, la mujer en el jardÃn, todo ya era muy raro. Fue la primera vez que Alejandra se despertó gritando. Eran como las tres de la mañana según el reloj que tengo en la mesita junto a la cama. Yo me levanté de golpe al escucharla. Mi esposo también. Al principio pensamos que se habÃa caÃdo de la cama o que algo la habÃa asustado con el viento. La puerta de nuestro cuarto se abrió de golpe y Alejandra entró corriendo, con los ojos llorosos, la cara roja y el cabello todo desordenado. Se lanzó a la cama entre los dos sin decir palabra, solo temblaba y lloraba. Mi esposo le preguntó si le dolÃa algo, si se habÃa lastimado, pero ella solo negaba con la cabeza. Le di unos segundos, la abracé fuerte, le acaricié el cabello y le pedà que nos dijera qué le habÃa pasado. Tardó un poco en poder hablar. Primero dijo que habÃa tenido una pesadilla. Luego, poco a poco, empezó a contarnos lo que habÃa soñado.
23:05 Dijo que en el sueño estaba parada en la cocina, mirando por la puerta trasera, la que da al jardÃn. La puerta estaba cerrada, pero tenÃa los cristales limpios, asà que se podÃa ver todo desde ahÃ. Afuera estaba oscuro, pero con la luz del foco trasero prendida. En el sueño, ella vio que del charco comenzaba a salir alguien. primero una mano luego un brazo luego el torso era una mujer salÃa despacio casi como si se deslizara Alejandra dijo que tenÃa el pelo muy largo y negro que le colgaba mojado por la cara y que no podÃa verle bien el rostro, pero que estaba segura de que era la misma mujer que habÃa visto una noche, la que se peinaba con un palo largo en el jardÃn. Dijo que en el sueño quiso correr, que su cuerpo intentó moverse, pero no podÃa, que era como si sus piernas no le respondieran, y cada paso que daba apenas la movÃa un centÃmetro. Se esforzaba, gritaba, pero no se escuchaba su voz.
24:09 Todo pasaba muy lento. La mujer del charco se fue acercando. Alejandra decÃa que no caminaba, que parecÃa flotar, que querÃa esconderse, pero su cuerpo no obedecÃa. luego la mujer la tomó por la espalda sintió las manos frÃas y mojadas sobre su piel dijo que la jalaron con fuerza y que no pudo gritar que sentÃa como si algo se le hubiera metido por la espalda como si le estuvieran sacando el aire después la bruja asà le llamó ella la arrastró de regreso al charco jalándola por los pies todo se volvió oscuro y pesado en ese momento Alejandra dijo que se despertó pero no del todo. Me explicó que abrió los ojos, pero no podÃa mover el cuerpo. Que estaba en su cama, pero no podÃa girarse, ni hablar, ni siquiera respirar bien. Era como si el aire se le hubiera acabado. SentÃa una presión fuerte en el pecho, como si alguien se le hubiera subido encima. Intentaba gritar, pero nada salÃa. Intentaba moverse, pero sus brazos no respondÃan.
25:16 nos dijo que se desesperó tanto que pensó que se iba a morir ahà mismo que sintió que su corazón iba a explotar de lo fuerte que latÃa que no sabÃa si estaba dormida o despierta sólo que algo no la dejaba levantarse y de repente pudo mover un dedo luego la mano y después todo el cuerpo se levantó de golpe con la respiración entrecortada y salió corriendo directo a nuestra habitación Cuando terminó de contar todo eso, yo ya estaba helada. Mi esposo la miraba sin decir nada, pero lo noté asustado también. No supe qué hacer. No sabÃamos cómo explicarle que lo que habÃa vivido tenÃa nombre.
25:58 que era real que se llamaba parálisis del sueño y que muchas personas lo experimentaban pero eso no quitaba el miedo y tampoco el hecho de que su pesadilla tenÃa demasiados detalles parecidos a las cosas que ya estaban pasando en la casa le dijimos que durmiera con nosotros y también fui por mi hijo a su habitación los acostamos entre los dos yo no pegué los ojos en toda la noche Me quedé mirando al techo, escuchando los ruidos más mÃnimos, pensando en esa imagen, una mujer saliendo del charco del jardÃn. Después de lo que pasó con Alejandra, no volvimos a dormir igual. Esa misma noche, cuando se quedaron entre nosotros en la cama, mi esposo y yo decidimos que a partir de ese momento, los cuatro Ãbamos a dormir en la misma habitación. Movimos el colchón del niño al suelo y lo acomodamos junto a nuestra cama.
26:53 Durante el dÃa, todo parecÃa normal, pero en las noches ya nos sentÃamos con miedo, no estábamos seguros. Afortunadamente, Ernesto, nuestro hijo menor, no habÃa mostrado señales de miedo ni de malestar. Ãl no decÃa nada sobre sueños raros ni veÃa cosas extrañas. A veces mencionaba que olÃa feo en su cuarto o preguntaba por qué seguÃa ese charco en el patio, pero nada más. No tenÃa pesadillas, no se despertaba llorando, no veÃa mujeres en el jardÃn. Eso era un alivio dentro de todo. Pero fue mi esposo quien empezó a enfermarse. Todo comenzó con una tos seca, de esas que suenan ligeras, como si se te atorara algo en la garganta. Al principio no le dimos importancia, pensamos que era por el clima o por dormir con la ventana abierta, pero los dÃas pasaban y la tos no se iba, en lugar de mejorar se hacÃa más constante, tosÃa mientras veÃa la tele, mientras hablaba. mientras comÃa, y por las noches era peor. HabÃa noches en que lo escuchaba ahogarse. Se giraba en la cama, se sentaba, tosÃa con fuerza, como si algo se le atorara en el pecho.
28:07 Yo me despertaba preocupada, le preguntaba si estaba bien y él apenas podÃa hablar. Solo se tocaba el pecho y respiraba por la boca, lento, con dificultad. decÃa que sentÃa que tenÃa algo ahà pero no sabÃa qué una de esas madrugadas se levantó corriendo al baño me despertó el sonido de la llave y luego de su tos mezclada con arcadas me levanté para verlo y lo encontré arqueado sobre el lavabo sujetándose del borde con ambas manos tenÃa los ojos llorosos la cara roja y el cuello tenso estaba haciendo un esfuerzo enorme por vomitar pero no salÃa nada solo saliva espesa como babas blancas pegajosas le di agua le puse una toalla en la frente pensé que podÃa ser gripe o que algo le habÃa caÃdo mal al dÃa siguiente pidió un permiso en el trabajo se quedó en casa en el sillón cubierto con una cobija, sin ánimos de nada. La tos no se iba, el cansancio tampoco. DormÃa por ratos, pero siempre se levantaba sudando, como si tuviera fiebre, aunque al tocarlo su piel no estaba caliente. Fuimos al médico. Le hicieron revisión general, auscultación, y le recetaron jarabe para la tos, algo para los pulmones y unas pastillas para la inflamación de garganta. Dijo que, seguramente, era una infección leve, nada grave, que con reposo se
29:38 le iba a quitar, y por unos dÃas pareció mejorar. La tos se hizo menos frecuente, volvÃa a tener algo de apetito. Se veÃa más despierto, pero no se curaba. El medicamento solo aliviaba los sÃntomas. Si no lo tomaba, la tos regresaba con fuerza. Si se quedaba dormido sin pastilla, se despertaba agitado. Y lo más extraño era que no tenÃa fiebre, ni mocos, ni ningún otro signo de infección. Solo esa sensación de tener algo en la garganta. Una noche me levanté antes que él. Eran como las cuatro de la mañana. Lo escuché quejarse en sueños, girarse de lado y toser entrecortado. Me acerqué para ver si estaba bien y noté que movÃa los labios. Estaba hablando, no entendÃa lo que decÃa. Me asusté. Le toqué el hombro.
30:30 Le dije su nombre. Tardó unos segundos en despertar. Abrió los ojos de golpe, respirando fuerte como si hubiera estado bajo el agua. Me miró desorientado. Luego preguntó si ya era hora de levantarse. Le dije que no, que solo querÃa saber si estaba bien. Me dijo que sÃ, que solo soñaba raro, pero que no recordaba nada. Yo no dije nada más. Solo me quedé a su lado, escuchándolo respirar. Con el paso de los dÃas, Ernesto comenzó a empeorar. Ya no era solo la tos o el cansancio. Empezó a decir que se sentÃa mareado, incluso cuando no hacÃa nada. PodÃa estar sentado viendo televisión, sin moverse, y de repente se llevaba la mano a la cabeza diciendo que todo le daba vueltas. A veces cerraba los ojos y se quedaba asÃ, en silencio, con la espalda recargada en el sillón.
31:24 DecÃa que no era un mareo común, que sentÃa como si algo le apretara el cráneo por dentro. Después vinieron los ojos. Le dolÃan. DecÃa que le ardÃan, como si hubiera estado mirando fijamente al sol. Pero no habÃa salido en todo el dÃa. Ni siquiera se asomaba al patio. Le echaba gotas, se los lavaba con agua frÃa y aún asà no mejoraba. Se los notaba rojos como irritados, con unas venitas muy delgadas que parecÃan moverse cuando parpadeaba. No se quejaba mucho, pero yo sabÃa que le dolÃan porque casi no levantaba la vista. También empezó a sentir los oÃdos tapados. DecÃa que se oÃa a sà mismo como si hablara desde dentro de un pozo. como si tuviera la cabeza metida en una cubeta de agua se tocaba las orejas hacÃa presión intentaba bostezar para destaparse pero no servÃa de nada sólo sentÃa un zumbido una presión que no lo dejaba en paz era como si tuviera agua dentro agua que no se salÃa yo lo miraba en silencio lo escuchaba quejarse de esos sÃntomas y lo único que podÃa pensar era que no era una enfermedad normal HabÃamos ido al médico, habÃamos comprado medicina, habÃamos seguido indicaciones, y él solo empeoraba. No tenÃa fiebre, no tenÃa infección, no tenÃa nada que los exámenes pudieran mostrar, pero su cuerpo estaba cayéndose poco a poco. Una noche, cuando ya
32:57 todos dormÃamos en la misma habitación, los niños en un colchón al pie de la cama, Ernesto y yo juntos como siempre, algo nos despertó de golpe. Fue un ruido seco, metálico, fuerte, como si hubieran levantado la tapa del inodoro de golpe y la hubieran dejado caer de inmediato. Alejandra fue la primera en gritar. Se sentó de un brinco y me jaló del brazo. Ernesto ya no estaba en la cama. Me levanté rápido. El ruido venÃa del baño de nuestra habitación. Caminé con cuidado. Al acercarme, escuché claramente el sonido. Estaba vomitando, pero no como cuando alguien se siente mal por comida.
33:38 Desde afuera del baño se oÃa como si estuviera vaciando una cubeta de agua por la boca. Eran arcadas largas, entrecortadas por salpicaduras. El sonido era denso, como si cayera un lÃquido espeso dentro de la taza. No lo llamé. No quise abrir la puerta. Me quedé de pie escuchando cómo vomitaba, solo agua, no habÃa comido nada que pudiera provocar eso, no habÃa tomado en exceso, ni tenÃa virus estomacal. Era agua, lo sabÃa por el sonido, por cómo salpicaba, podÃa oÃrlo escurrirse. Era mucha, como si estuviera sacando litros, pero no habÃa forma de que tuviera tanta dentro del cuerpo.
34:19 No era normal. Los niños no dijeron nada. Se quedaron quietos, abrazados, con los ojos abiertos. Yo solo esperaba de pie frente a la puerta, sin saber si entrar o no. No sé cuánto tiempo me quedé ahà parada. El sonido dentro del baño seguÃa. Mi esposo seguÃa vomitando y yo no podÃa moverme. hasta que reaccioné le dije a los niños que no salieran que se quedaran acostados que no se movieran por nada del mundo los mire bien los cubrà con las cobijas puse la mano sobre la perilla estaba frÃa la gire despacio la puerta estaba entrecerrada asà que solo empuje un poco y entonces me pegó el olor Era el mismo olor que salÃa del jardÃn, el de las primeras semanas, pero multiplicado, como si alguien hubiera juntado todo el lÃquido podrido de ese charco y lo hubiera dejado fermentar dentro del baño. Me tapé la boca con una mano, pero no sirvió de nada. El hedor era tan espeso que parecÃa que me entraba por los ojos.
35:26 me dieron arcadas desde el primer instante empuje la puerta un poco más la luz estaba encendida Ernesto estaba hincado frente al inodoro sujetaba la taza con ambas manos el cuerpo inclinado hacia adelante pero lo que salÃa de su boca no era agua común era negra salÃa a chorros como si tuviera una manguera adentro El lÃquido golpeaba el fondo del baño y salpicaba hacia arriba. Manchaba sus brazos, su pecho, su rostro. Ãl no hablaba, no gemÃa, no se quejaba. Solo vomitaba, con fuerza, como si algo lo estuviera exprimiendo desde adentro. Yo no pude más. El olor me golpeó tan fuerte que no pude contenerme. Me lancé al lavamanos y vomité también. Sentà que se me volteaba el estómago. Todo lo que habÃa comido en el dÃa salió de golpe. Me ardÃa la garganta, me lloraban los ojos, pero no podÃa irme, no podÃa dejarlo ahà solo. El vómito de Ernesto no se detenÃa, era cada vez más espeso y oscuro. No sabÃa qué hacer, si cerrar la tapa, si jalar la palanca, si gritar por ayuda. Me quedé paralizada, con la frente apoyada sobre el lavamanos, respirando con dificultad.
36:44 En ese momento, los niños salieron de la habitación. No sé si fue por el ruido o por el olor o miedo, pero los vi pararse en la entrada del pasillo, tapándose la nariz con las manos, con los ojos muy abiertos. No dijeron nada, solo se quedaron ahÃ, mirándonos. Yo no querÃa que vieran a su padre asÃ. Tuve que sacar fuerza de donde no tenÃa. Me lavé la boca, me enjuagué rápido y fui hasta ellos. Los empujé con suavidad de vuelta a la habitación de mi hija, sin regañarlos. Cerré la puerta. Luego volvà con Ernesto. Ya no estaba vomitando, pero seguÃa hincado. El agua negra goteaba por su barbilla. La taza del baño estaba a punto de desbordarse. El suelo estaba manchado, igual que su ropa. se giró apenas para mirarme tenÃa los ojos rojos llorosos como si hubiera estado sumergido en humo pero no dijo nada solo se dejó caer hacia un lado sentado en el piso respiraba agitado me arrodillé junto a él no supe qué decirle y en ese momento entendà que lo que estaba afectando nuestra casa ya no sólo era un mal olor ni un charco algo estaba metiéndose en nuestros cuerpos A la mañana siguiente, Ernesto apenas podÃa levantarse de la cama. TenÃa la piel seca, más clara que de costumbre, como si se hubiera desteñido durante la noche. Los labios estaban partidos, con costras pequeñas en las comisuras. Cada vez que se
38:15 sonaba la nariz, salÃa una mucosidad espesa, entre verdosa y negra, con un olor penetrante. A pesar de lo mal que se sentÃa, insistió en que llevarÃa a los niños a la escuela, pero terminé convenciéndolo de que se quedara acostado, sin moverse, que descansara. Me fui a la cocina para alistar el desayuno y prepararles algo a los niños. Al llegar al umbral de la puerta trasera, noté algo que me heló el cuerpo. El agua negra del jardÃn habÃa avanzado. La mancha oscura se habÃa extendido como una lengua por el piso de cemento, serpenteando hasta tocar la base de la puerta de la cocina. Ya estaba entrando por debajo. Pequeños charcos se formaban entre las ranuras. avanzando centÃmetro a centÃmetro hacia el interior de la casa me acerqué con cuidado aguantando la respiración el olor era insoportable abrà la puerta con lentitud y miré hacia el jardÃn no podÃa ver el pasto todo estaba cubierto por una capa espesa de lodo y agua negra estancada con burbujas que subÃan y explotaban de vez en cuando Lo primero que pensé fue en proteger la casa. Fui por los productos de limpieza, los trapeadores, el recogedor y unas bolsas de plástico grandes.
39:32 Empecé a sacar el agua con desesperación, empujándola hacia afuera, creando un pequeño muro de bolsas rellenas en la parte baja de la puerta para evitar que siguiera entrando. Trabajé durante casi media hora. Cuando terminé, mis manos temblaban y los ojos me ardÃan por el olor, pero la casa, al menos por ese momento, estaba protegida. Regresé a la estufa, calenté algo de pan, hervà un poco de agua para hacer avena, y me dispuse a preparar lo poco que tenÃamos. Ernesto seguÃa en la cama, le llevé un plato con pan tostado y un poco de fruta. apenas lo olió puso cara de asco dijo que sentÃa náuseas que no podÃa tragar nada sólido sólo pidió un vaso de agua cuando le traje el vaso bebió un poco pero enseguida escupió me dijo que sabÃa a metal como si fuera agua vieja de una llave oxidada yo la habÃa sacado directamente del garrafón asà que no entendÃa por qué decÃa eso lo miré tenÃa los ojos hinchados rojos alrededor con la parte blanca de un tono grisáceo como si hubiera pasado varias noches sin dormir. Pero yo sabÃa que habÃa dormido, al menos unas horas. Su cuerpo parecÃa no haber descansado nada.
40:49 El ambiente en la casa se sentÃa cada vez más pesado. Ernesto no podÃa comer, los niños estaban inquietos y el agua negra seguÃa avanzando por fuera. No tenÃamos explicación lógica para lo que pasaba, y lo que más me inquietaba era que las cosas no parecÃan detenerse. Esa mañana fue la primera vez que me senté en la mesa sin tocar el desayuno. TenÃa un nudo en la garganta, un peso que ya no era solo por ver a Ernesto tan débil, sino por todo lo que venÃa recordando. Todo apuntaba hacia lo mismo, a una maldición, a algo que nos estaba atacando sin que lo viéramos directamente. Algo que no comenzó por casualidad, que surgió desde el momento en que mi esposo me dio la pala en el jardÃn.
41:38 Me quedé junto a él durante casi todo el dÃa. Ya no hablaba, solo susurraba cosas inentendibles, y a veces ni eso. Dormitaba, abrÃa los ojos, y luego lo cerraba de nuevo. No se quejaba de dolor, pero lo notaba cansado. más allá de cualquier gripe o infección, como si algo le estuviera quitando la vida despacio. Pensé en todo lo que habÃa pasado, las manchas negras, el olor en los rincones, el cabello mojado en mi baño, la almohada de Alejandra empapada sin razón, el diente en el charco, las pesadillas, el vómito negro. Nada tenÃa una explicación racional, nada podÃa entenderse con lógica. Era como si la casa se hubiera contaminado de algo invisible, algo que no podÃa barrerse ni limpiarse.
42:29 Y mientras me quedaba sentada junto a la cama de Ernesto, mirando cómo respiraba despacio con los labios secos y los ojos grises, me di cuenta de que todo habÃa empezado con el hoyo, con ese charco que parecÃa crecer por sà solo. ya entrada la noche después de que los niños se durmieran en la sala porque yo ya no me atrevÃa a dejarlos solos ni un segundo salà al jardÃn llevaba una lámpara pequeña en la mano el foco de atrás no funcionaba desde hace dÃas El aire olÃa mal, no solo a tierra mojada, sino a eso que me hacÃa toser, eso que se metÃa en la garganta y daba náuseas. Avancé con cuidado, con la lámpara apuntando al suelo, y me fui acercando a lo que antes era el charco.
43:17 Ya no se veÃa como agua, era una mancha oscura y grande, como si la tierra estuviera mezclada con aceite, espesa, más negra en unas partes, más lÃquida en otras. Ya no habÃa burbujas. Me agaché un poco para ver mejor, y ahà noté que en el borde, justo donde empezaba la tierra seca, habÃa pequeños agujeros. Muchos. No eran profundos ni grandes, pero sà llamaban la atención. Eran como pinchazos, como si algo hubiera salido de ahà en varias direcciones. Me acerqué más. tratando de entender si eran nidos de algún insecto o marcas de ramas pero no era eso no tenÃan forma irregular eran todos iguales y estaban colocados como en hilera como si algo se hubiera arrastrado desde el centro hacia afuera y hubiera ido dejando esos huecos me puse de pie de golpe sentà un escalofrÃo subir por la espalda me dio la impresión de que la tierra misma respiraba que algo debajo se movÃa y que esos hoyos eran prueba de ello quise pensar que eran lombrices o tal vez raÃces pero en el fondo ya lo sabÃa lo sabÃa desde hacÃa dÃas solo que no querÃa admitirlo era una bruja no sabÃa cómo ni por qué pero no me cabÃa la menor duda Lo que estaba pasando en mi casa no era cosa de fantasmas ni de tuberÃas. Era una maldición, un trabajo oscuro, una
44:47 especie de castigo o presencia que se habÃa alojado ahÃ, justo en nuestro jardÃn, justo desde el momento en que se tocó ese lugar. Entré a la casa en silencio. Busqué la pala detrás de la lavadora, donde la habÃa dejado Ernesto la última vez que escarbó. La tomé. No querÃa despertar a los niños ni hacer ruido, asà que salà al patio sin encender las luces, solo con la lámpara que habÃa usado antes. Caminé hasta el centro del jardÃn, justo donde comenzó todo. La tierra seguÃa viscosa, blanda por arriba, pero seca por debajo. Ese contraste ya no me sorprendÃa.
45:28 Empecé a escarbar con movimientos firmes, sin detenerme a pensar demasiado. Cada palada levantaba el lodo negro y pesado, que caÃa con un sonido espeso, como en grudo. A cada capa que quitaba, el olor se hacÃa más fuerte. Pero no me importaba. Escarbé más profundo de lo que Ernesto habÃa hecho. Abarqué más área, ampliando el hoyo hasta el doble de lo que él habÃa removido. No me importaba si arruinaba el jardÃn. QuerÃa encontrar qué era lo que habÃa ahÃ.¿ Qué causaba todo esto? SentÃa que las piernas me temblaban, pero no me detenÃa. Hasta que, justo al centro del hoyo, la pala golpeó algo duro. Aparté con la pala un poco más de lodo. Era una botella de cristal parcialmente enterrada con el cuello hacia abajo. Ya estaba rota y tenÃa partes astilladas. No parecÃa que se hubiera quebrado por el golpe. Más bien, parecÃa que ya estaba asà desde antes.
46:28 Saqué con cuidado los trozos sueltos. La tierra a su alrededor era más negra que en el resto del hoyo. Con la misma pala, removà lo que quedaba de la botella y lo extendà un poco sobre el suelo para ver qué tenÃa. Lo primero que noté fue el cabello. No era una mecha, eran varios mechones enredados entre sÃ. Cabello largo, oscuro, mojado. Luego vi las agujas, oxidadas, torcidas. HabÃa navajas de afeitar rotas, algunas con restos de óxido y tierra pegada. También humanas, algunas enteras, otras como arrancadas. Y dientes. Cuatro. Todos humanos, todos sucios, con raÃces visibles.
47:11 sabÃa lo que era eso habÃa oÃdo de cosas asà desde niña lo que tenÃa enfrente no era basura era un trabajo de brujerÃa alguien habÃa enterrado todo eso en mi jardÃn y todo habÃa empezado desde el momento en que Ernesto lo removió me quedé mirando todo eso Era imposible no pensar en lo que habÃa pasado desde entonces. Ernesto, enfermándose sin razón. El vómito, los ojos hinchados, la piel seca. La pesadilla de Alejandra, la mujer en el jardÃn. Todo tenÃa sentido. Pero no lo toqué. No me atrevÃ. Recordé que Ernesto habÃa agarrado un diente aquel dÃa que escarbó.
47:51 No sé si fue coincidencia lo de tocar el diente y su enfermedad, pero no quise arriesgarme. No quise que me pasara lo mismo. Asà que, con mucho cuidado, con la misma pala, empujé todo eso hacia una bolsa de basura negra. Evité que nada tocara mi piel. La amarré con fuerza y la dejé junto a la puerta trasera mientras me limpiaba un poco las manos con el pantalón. No podÃa dejar eso en mi casa. No podÃa simplemente tirarlo en la basura. SabÃa que tenÃa que deshacerme de ello muy lejos. Algo me decÃa que, si lo dejaba cerca, no iba a servir de nada. Asà que decidà caminar. Tomé la bolsa con ambas manos, salà por la puerta principal y avancé hacia el canal del rÃo Tijuana. Caminé por calles oscuras, evitando que alguien me viera. Llevaba la bolsa pegada al pecho. No sé cuánto caminé, pero al llegar, sin pensarlo, la lancé al agua, viendo cómo desaparecÃa en la corriente. Solo me di la vuelta y regresé. Volvà a casa. Me metà a la ducha con ropa y todo, sin importarme el frÃo ni la hora. Me tallé la piel con jabón y cloro, como si pudiera limpiar algo más que el cuerpo. Me cambié, me acosté junto a mis hijos, y por primera vez en semanas pude cerrar los ojos sin miedo. Al dÃa siguiente, el jardÃn seguÃa húmedo, pero el agua ya no era negra. El olor seguÃa, pero era más leve, como si estuviera muriendo poco a poco.
49:24 Las moscas que antes volaban sobre el charco ya no estaban. La tierra parecÃa empezar a secarse, al menos en los bordes. Era como si lo que contaminaba ese lugar se hubiera retirado. Ernesto siguió enfermo una semana más. No mejoraba de golpe, pero cada dÃa era un poco más fuerte. Ya no vomitaba, ya no sudaba frÃo. VolvÃa a comer poco a poco, y aunque seguÃa pálido, podÃa hablar bien. A veces me preguntaba qué fue lo que le pasó realmente. Yo solo le decÃa que habÃa sido algo raro en el terreno, algo que ya habÃa sacado. Nunca entramos en detalles, no era necesario. Los niños también empezaron a estar más tranquilos.
50:10 Alejandra no volvió a soñar con la mujer del jardÃn. El olor dentro de la casa desapareció del fregadero, del microondas, del closet. Tiramos muchas cosas, lavamos otras y ventilamos todo por dÃas. Poco a poco el ambiente se volvió más respirable. Nunca más tocamos el jardÃn, lo dejamos como estaba, sin pasto, sin flores, solo tierra seca. Y cada vez que alguien venÃa a la casa y preguntaba por ese rincón del jardÃn, solo les decÃa que ahà no crecÃa nada, que era mejor dejarlo asÃ. Nunca supimos quién habÃa hecho eso, nunca encontramos a nadie sospechoso. Tal vez fue algo que se hizo mucho antes de que compráramos la casa. Tal vez fue para alguien más, pero cayó sobre nosotros. Lo único que sé es que enterraron una brujerÃa en mi jardÃn.
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