La BRUJA De La Garita: Servicio Militar Con Brujería - Historias De Terror - REDE
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0:05 Cuando me tocó prestar el servicio militar, me enviaron a un batallón pequeño, en un municipio cercano a mi ciudad. Yo llegué con la idea de que todo serÃa disciplina y cansancio, y lo fue. Pero también aprendà rápido que el lugar tenÃa sus propias reglas. Era una zona calurosa, de calles cortas, casas bajas y poca gente afuera a ciertas horas. El batallón quedaba en un borde, donde terminaba el pueblo y empezaba el monte. con un canal de riego que corrÃa cerca, con ramas y matorrales pegados a la orilla. La rutina era siempre parecida, formación temprano, entrenamiento fÃsico, limpieza, patrullaje dentro del perÃmetro y en caminos cercanos. En los ratos libres uno intentaba recuperar fuerza, lavar el uniforme, arreglar las botas, comer lo que hubiera y dormir lo que se pudiera. Lo que más me marcó fueron los turnos nocturnos, porque ahà el cansancio se sentÃa distinto, más pesado, y uno se quedaba con la cabeza trabajando sola. Entre todos los puestos de vigilancia, el que más me tocó fue la garita, una torre de ladrillo, levantada en un punto desde donde se veÃa buena parte del perÃmetro y más allá, hasta la lÃnea del canal. La garita por dentro era un cuadro apretado, tenÃa una mesa con la libreta de novedades, una silla que ya estaba floja de tanto uso, el radio, una lámpara, y al fondo un baño pequeño. En una
1:38 esquina guardábamos un termo pequeño con café, porque en la madrugada el cuerpo pedÃa algo caliente, aunque el ambiente siguiera tibio. Lo que hacÃa la diferencia era el pasillo exterior. Era angosto, con barandal, y rodeaba la parte alta. como un camino corto para dar vueltas. Ahà me salÃa cuando el sueño me empezaba a doblar la espalda y las piernas me pedÃan moverse. A los pocos dÃas cometà el error que me puso bajo la lupa. Me quedé dormido durante un turno. Yo venÃa cargando entrenamiento, patrullajes y poco descanso, y esa noche el cuerpo se me apagó sentado. La revisión me cayó de sorpresa, porque los superiores subÃan cuando querÃan y nunca a una hora fija. Me levantaron con un jalón de realidad. La sanción fue clara y no tuve cómo discutirla.
2:33 Me quitaron un permiso, me cargaron más turnos nocturnos durante una semana y además me metieron entrenamiento fÃsico extra. No fue un regaño de palabra, fue un castigo que se sintió en el cuerpo y en el ánimo. y me dejó con la idea fija de que en la garita no podÃa permitirme otra falla. Desde ese dÃa empecé a cuidarme más. Me preparaba antes del turno, comÃa lo que podÃa y me tomaba el café despacio sin confiarme. Cuando el sueño empezaba a empujarme, me paraba, caminaba en el pasillo, me lavaba la cara, me mojaba la nuca con agua y respiraba el aire de afuera para despejarme. Aún asÃ, el cansancio se acumulaba y a veces se juntaban el calor del dÃa, el sudor en la espalda, el olor a tierra húmeda cerca del canal, y el desgaste de estar alerta tanto tiempo. En esa etapa yo veÃa a la garita como una prueba, porque cualquier descuido tenÃa consecuencias.
3:36 Una noche me dejé llevar por una imprudencia, que ya se hacÃa entre algunos, aunque nadie lo decÃa No fue una cantidad enorme, pero el efecto me pegó mal por el cansancio. Al principio sentà que me levantaba el ánimo, luego el sueño me cayó de golpe. Me senté un momento pensando que aguantarÃa y empecé a cabecear. El cuerpo se me fue hacia adelante y el golpe me despertó seco, con coraje conmigo mismo. Me paré rápido porque entendà que, si volvÃa a dormirme, me iban a hundir con otro castigo. Salà al pasillo exterior para despejarme. La noche estaba clara, la luna alumbraba suficiente para distinguir las formas, y el aire se sentÃa más fresco que adentro. Desde ahà yo veÃa una parte del perÃmetro, la lÃnea oscura del canal, y más lejos, un árbol alto que quedaba fuera de la luz directa del batallón. Ese árbol siempre lo miraba por costumbre, como un punto fijo para mantener la mente ocupada y los ojos abiertos. Pero esa vez vi movimiento arriba.
4:44 No fue un movimiento leve de hojas por el viento. Fue como si algo pesado se hubiera acomodado en la copa. La parte alta del árbol se sacudió con un vaivén corto, y luego se marcó una silueta grande recortada contra el cielo. A esa distancia yo no podÃa ver plumas sueltas ni detalles finos, pero sà distinguà el tamaño y una forma rara en el cuello. demasiado alargada para un ave común. Me quedé viendo fijo con las manos sobre el barandal, tratando de entender qué estaba parado allá arriba. En ese momento, escuché un zumbido breve. No era un insecto cerca de mi oÃdo. VenÃa desde el área del árbol, como un sonido compacto, tenso, que duró poco. Casi de inmediato, la silueta se dejó caer hacia los matorrales, como si se hubiera soltado del árbol. Desapareció detrás de los arbustos y la oscuridad se la tragó. Yo seguà mirando el punto, esperando ver si salÃa el animal, si corrÃa, si volaba, porque el cuerpo me pedÃa una explicación simple. Pasaron unos segundos y por el mismo sitio salió una mujer. No salió caminando lento, salió con prisa e iba a medio vestir con el cabello suelto y traÃa una bolsa pequeña pegada al cuerpo. sostenida con fuerza como si no quisiera que se le cayera no vi su rostro con claridad porque se mantuvo fuera de la luz y tomó el
6:15 camino hacia el monte siguiendo la orilla del canal sus pasos se perdieron rápido entre la sombra y la vegetación yo me quedé parado con la cabeza buscando un orden tenÃa en la garganta el sabor amargo del café mezclado y el pulso acelerado por el susto de no entender lo que acababa de ver En ese instante escuché pasos detrás de mÃ, firmes, subiendo la escalera. Un superior llegó a la garita para revisar el turno. Me pidió novedades y yo reporté que todo estaba en orden, con la voz controlada, porque venÃa de una sanción y sabÃa lo fácil que era quedar marcado como problemático. El resto de la guardia lo hice con los ojos más abiertos que nunca.
7:02 Seguà revisando el perÃmetro como debÃa, pero cada cierto rato volteaba hacia el árbol y hacia el camino del canal, con la imagen de la silueta cayendo y la mujer saliendo del matorral metida en la cabeza. Cuando terminó el turno bajé con el mismo recuerdo pegado y desde ese momento supe que en esa garita yo iba a mirar ese punto todas las noches hasta entender qué era lo que se movÃa ahÃ. Al dÃa siguiente me levanté todavÃa con esa escena en la cabeza. En el batallón uno aprende a seguir la rutina, aunque traiga cosas dando vueltas por dentro, asà que hice formación, entrenamiento y patrullaje como siempre.
7:46 Pero en cada rato libre se me iba la mirada hacia el lado del canal, como si mi mente quisiera confirmar que no lo imaginé. En el comedor, ya más tranquilo, se lo conté a dos compañeros con los que me llevaba bien. No lo conté como cuento de miedo, lo conté como lo vi. El movimiento en la copa del árbol, el zumbido corto, algo grande cayendo hacia los arbustos y la mujer saliendo a medio vestir. El primero se rió de inmediato, con esa risa que se usa para romper la tensión, y dijo que era el desvelo, que yo venÃa castigado y ya estaba viendo cosas. Hasta me preguntó qué más le habÃa puesto al café, como si todo se explicara con eso. El otro compañero que era de ese mismo municipio se quedó callado un momento y luego habló distinto. Me dijo que su abuela mencionaba desde que él era niño que cerca del canal se movÃan brujas por temporadas. Me contó que según su abuela a veces se veÃan como aves grandes y que antes de bajar se escuchaba un zumbido raro y aparecÃan mujeres. Y según su abuela si las veÃas de cerca eran muy aterradoras.
8:57 uñas enormes ojos negros y sonrisa demonÃaca también me dijo que esas brujas ya se habÃan robado bebés en el pueblo algunos años atrás según su abuela después de esa conversación el tema no se murió al contrario empezó a salir en comentarios sueltos una noche mientras limpiábamos el equipo un soldado dijo que durante su guardia escuchó un ruido extraño en la madrugada cerca del canal Lo dijo rápido y ya no quiso hablar más. Otro dÃa después comentó que alcanzó a ver una sombra grande caer hacia los arbustos y que le dio por voltear hacia la garita para ver si el de arriba también lo habÃa notado.
9:41 No era una historia larga, eran detalles cortos que coincidÃan con lo que yo habÃa visto. Lo que nos terminó de inquietar fue que un compañero amaneció con un rasguño en el antebrazo, largo y limpio como de uña. y juraba que no se habÃa golpeado. No era un tipo que inventara cosas, se veÃa molesto, no asustado, más bien confundido, y eso pegó más fuerte que cualquier chiste. A partir de ahÃ, varios empezamos a poner más atención en las noches, no para sentirnos valientes, sino porque ya no era solo lo que yo vi, era una suma de cosas pequeñas que empezaban a parecer el mismo patrón. Yo seguà cumpliendo mi turno en la garita como se debe, reportaba novedades reales, revisaba el perÃmetro, cuidaba el radio, y cuando todo estaba en calma me asomaba hacia el árbol. No era una obsesión, era una vigilancia extra, como cuando uno se fija en una brecha por donde se puede meter alguien. En mi cabeza ya habÃa dos ideas peleando, una decÃa que era un animal grande y una mujer pasando por ahà por alguna razón. y la otra decÃa que eran brujas, brujas reales que estaban frente a nosotros. Llegó el fin de semana y me dieron permiso. Volvà a mi casa. El cambio se siente en cuanto te bajas del camión. El ruido de la ciudad, los olores familiares y la cama de siempre. Estuve con mi mamá, comà bien y me sentà humano otra vez. También vi a mi novia. Ella
11:14 me preguntó le conté lo de la garita como una anécdota rara del servicio esperé que se riera pero no lo hizo me dijo que era extraño que eso ocurriera tan cerca de un batallón y me miró como si estuviera tratando de entender si yo lo estaba exagerando le dije que era verdad y me salió la terquedad de querer demostrar que no estaba inventando le dije que la próxima vez que lo viera lo iba a grabar no se lo dije como promesa heroica Lo hice como un impulso tonto, de esos que uno suelta por orgullo. Ahora lo entiendo mejor, pero en ese momento solo pensaba en callar cualquier duda. Regresé al batallón con esa idea metida.
12:01 Los dÃas pasaron y yo me fijaba en la luna sin decirlo, pues mi compañero del pueblo habÃa dicho que en su casa siempre lo relacionaban con noches claras, y la primera vez que yo lo vi también habÃa luna fuerte. Cuando llegó una noche con luna completa, me tocó guardia en la garita. Antes de subir, revisé mi equipo y traÃa el teléfono cargado, guardado en la bolsa del pantalón. Subà y me puse a hacer lo de siempre, mirar el perÃmetro, escuchar el radio, dar vueltas en el pasillo para mantenerme despierto. Todo normal, solo que esa noche mi vista regresaba una y otra vez al árbol. En un momento lo vi. La silueta arriba otra vez recortada contra el cielo. No era una rama moviéndose. Era algo pesado acomodado en la copa. Me quedé quieto y saqué el teléfono.
12:56 Empecé a grabar desde el pasillo, cuidando que el superior no me sorprendiera con el aparato en la mano. La cámara alcanzó a captar el árbol con la mancha oscura arriba. Di un paso para mejorar el ángulo y la silueta desapareció. No vi el descenso completo. Solo vi que ya no estaba. Enseguida escuché el zumbido, esta vez más fuerte, y un chillido agudo tan cerca que me hizo apretar el cuello. Volteé por reflejo y ahà estaba, sobre el barandal de la garita, a pocos pasos. No era una sombra ni un reflejo. Era algo fÃsico, apoyado con peso en el metal. TenÃa plumas oscuras pegadas al cuerpo, patas con garras marcadas y el cuello largo, demasiado largo para verse natural. La cara se parecÃa a la forma de una cara humana, pero los rasgos estaban mal, como si no correspondieran, y los ojos se veÃan negros en la luz de la luna.
13:54 Me miró directo. Yo no tuve tiempo de pensar nada más. Sentà una punzada fuerte en la parte alta de la cabeza, como si me hubieran dado un golpe por dentro. Me mareé y perdà el equilibrio. Caà de lado y el teléfono se me soltó de la mano. En el mismo instante, la cosa se lanzó hacia mÃ. Sentà las garras en las manos y en la muñeca. Me rasgó la piel y me jaló el brazo. Y el teléfono golpeó el piso, rebotó y quedó destrozado. El uniforme se me rompió en la manga. La verdad, todo pasó rápido. No pude ni defenderme. Yo solo alcancé a cubrirme y a tratar de incorporarme.
14:35 Cuando pude levantar la vista, ya no estaba en el barandal. Alcancé a ver movimiento hacia los arbustos, rumbo al canal, y se perdió entre la oscuridad y el monte. Me quedé unos segundos respirando fuerte, con las manos ardiendo y la muñeca sangrando, mirando el piso donde estaba mi teléfono hecho pedazos. Bajé como pude y me llevaron a la enfermerÃa del batallón. Me limpiaron las manos, me revisaron la muñeca y me pusieron puntos. El dolor se sentÃa parejo, como un corte profundo, y la piel alrededor se me inflamó rápido. Cuando el superior me llamó para que explicara lo ocurrido, yo dije lo único que podÃa decir, sin que me tacharan de inestable. Que un animal grande se me habÃa venido encima desde el barandal y que en el forcejeo me lastimó y me rompió el teléfono. Para mi sorpresa el superior no se burló, no me dijo es una bruja, ni me confirmó nada. pero se le notó que ya habÃa escuchado historias parecidas en ese lugar.
15:38 Aún asÃ, me amonestó por distraerme y por exponerme. Me dejó claro que yo no estaba ahà para andar grabando nada. Esa noche, con la muñeca vendada y el uniforme roto, entendà algo sencillo. Por querer probarlo, me puse justo donde no debÃa, y eso fue lo que me dejó marcado. Después de la noche del barandal, yo dejé el tema por completo. no por valentÃa ni por ganas de hacerme el fuerte, sino porque entendà que meterme a comprobarlo fue un error. Me curaron la muñeca, me vendaron la mano, y los dÃas siguientes seguà con mis actividades normales. Ya no buscaba el árbol con la mirada, ni me quedaba parado en el pasillo exterior más de lo necesario. En la garita me concentraba en el perÃmetro, en el radio y en la libreta de novedades. Si volteaba hacia el canal era por rutina, no por andar esperando que apareciera algo.
16:38 Al principio pensé que con eso se iba a cortar todo. La herida cerró, los puntos me los quitaron y el superior ya no volvió a mencionarme el incidente como si fuera mejor dejarlo enterrado y yo también lo dejé enterrado. El problema fue que semanas después empezó otra etapa que me afectó más que el ataque. porque ya no tenÃa una explicación simple. Una mañana desperté y al cambiarme la camiseta vi moretones en el pecho y en la parte alta de los brazos. No eran golpes pequeños de entrenamiento, eran marcas amplias como si alguien me hubiera apretado fuerte con las manos. Me quedé mirando un buen rato, tratando de recordar en qué momento me pegué, con qué o dónde, pero no encontré nada. Ese dÃa pensé que quizá fue en la noche. que me golpeé dormido o que me recargué en algo duro, pero me quedó la duda. Al tercer dÃa volvà a amanecer con marcas, pero esta vez en un costado. En ese punto ya no era casualidad, me molestaba que me doliera el cuerpo sin motivo, y me daba coraje no poder ubicar la causa. No lo dije en voz alta al principio. Aún asÃ, en la semana siguiente vi lo mismo en dos compañeros. Uno traÃa marcas en el hombro, el otro en el antebrazo, moretones redondos y bien definidos. No eran iguales, pero se parecÃan en algo, parecÃan presión, no un golpe. Ahà cambió el ambiente,
18:10 lo que antes eran historias se convirtió en cansancio real. En las noches se empezó a notar que muchos dormÃamos ligero, como esperando que algo pasara. Las conversaciones bajaron, Y en los dormitorios, cuando se apagaban las luces, la mayorÃa se acomodaba rápido y trataba de no moverse demasiado, como si el cuerpo quisiera pasar desapercibido. Fue en ese tiempo cuando empezaron las parálisis nocturnas. A mà me pasó primero una madrugada. Abrà los ojos en mi litera y ahà la miré. Una anciana con la cara arrugada, los ojos negros y unas uñas enormes que me presionaban los brazos. y sentà la presión en el pecho como si se me hubiera sentado encima. Quise levantar los brazos y no pude. Quise girar el cuerpo y no me respondió. Me intenté incorporar y me quedé atrapado, consciente, con el aire corto y mirando a esa bruja. En ese mismo momento escuché el chillido, el mismo sonido agudo que yo habÃa oÃdo en la garita.
19:14 Me dio una sensación de rabia y pánico al mismo tiempo. porque yo estaba despierto y no podÃa hacer nada. La primera vez duró poco, pero a mà se me hizo eterna. Respiré profundo, cerré los ojos y cuando los abrà ya no estaba. Cuando por fin pude moverme, me levanté sudando con la garganta apretada y me quedé sentado en la cama hasta que salió el sol. En el dÃa estuve de mal humor, irritado con cualquier cosa, porque el cuerpo no descansa cuando duerme con miedo. Esa noche volvà a dormir por necesidad y me volvió a pasar. No siempre era igual, pero sà con el mismo patrón. Despertaba la presión en el pecho, el cuerpo inmóvil y el sonido como un recordatorio de la garita. Al amanecer revisaba mi piel buscando marcas nuevas y varias veces las encontraba. Lo peor es que ya no era solo yo. Escuché a otros decir que despertaban sin poder moverse. uno de los más tranquilos del grupo, el que siempre se burlaba de todo.
20:20 Una mañana llegó con la cara pálida y dijo que ya estaba harto, que se sentÃa como si lo estuvieran molestando dormido. Nadie se rió. En ese punto todos entendimos que el asunto estaba rebasando el terreno de lo normal. Eso iba más allá de nuestra comprensión. Dentro del batallón intentaron soluciones normales, lo único que se podÃa hacer sin armar un escándalo. Aumentaron los rondines cerca del canal y del monte, revisaban más seguido la zona donde estaba el árbol, mantuvieron luces exteriores encendidas más tiempo y cambiaron los turnos para que la gente no pasara tanto rato sola, sobre todo en la garita. También revisaron las entradas al perÃmetro, porque oficialmente la explicación seguÃa siendo que alguien podÃa estar metiéndose.
21:11 Era lo que podÃan decir sin mencionar a las brujas. El sacerdote que iba los domingos bendijo el dormitorio y la zona común. Fue algo rápido, sin ceremonia larga. La mayorÃa lo tomó como un intento de calmar el ambiente. A mà me dio igual. No porque yo fuera valiente, sino porque lo que me estaba pasando no se iba con calma ni con palabras. Las parálisis siguieron y las marcas aparecÃan y desaparecÃan. Lo único que cambió es que yo empecé a dormir menos y a vivir más cansado Yo agarré una regla simple para aguantar todo eso. Dejé de hablar del tema, dejé de mirar el árbol y dejé de asomarme al canal si no era necesario. Sentà que si no me metÃa con las brujas, todo acabarÃa y me concentré en terminar el servicio. Me repetÃa que cada dÃa era un dÃa menos. En la garita ya no me quedaba parado afuera por gusto. HacÃa mi vigilancia desde adentro lo más posible. SalÃa solo cuando tenÃa que moverme.
22:16 y cuando salÃa no me quedaba con la vista fija en el monte, no iba a provocar nada otra vez, el final llegó sin ceremonia, se cumplió el año y me dieron la salida, volvà a mi casa con la muñeca ya cerrada pero con la cicatriz marcada, la primera semana afuera dormà como no habÃa dormido en meses, me despertaba y no tenÃa presión en el pecho, me cambiaba y no veÃa moretones nuevos, eso fue lo que me terminó de confirmar que el problema estaba ligado a ese lugar y a esas noches, tiempo después hablé con el compañero que era del pueblo, lo vi ya fuera del servicio en una visita corta que hizo a mi ciudad, me dijo que tras el cambio de personal y las medidas de vigilancia ya no se escuchó tanto sobre las brujas de la garita, Según él, el asunto se apagó porque dejó de haber soldados jóvenes tratando de buscar a las brujas. Yo no volvà a ese batallón. No me quedó ninguna necesidad de regresar a buscar explicaciones. Con el tiempo, entendà que lo más peligroso no fue lo que vi en el árbol, sino mi impulso de grabarlo, como si eso no tuviera consecuencias. Hoy, cuando veo la cicatriz de la muñeca, me acuerdo de esa noche en el barandal y de las semanas en que despertaba marcado, o cuando miré a esa bruja arriba de mÃ. No me quedó un miedo que me siga persiguiendo, me quedó una lección clara.
23:46 Hay lugares donde algo se repite, y meterte por orgullo a probarlo es la forma más rápida de ponerte en medio. Mi abuela murió el año pasado. TenÃa más de 90 años y ya era normal que el cuerpo le fallara, pero el final se sintió raro. En los últimos dos meses se deterioró rápido, le subÃa la fiebre, le temblaban las manos y el dolor la dejaba sin aire. HabÃa noches en las que no lograba dormir, se quedaba sentada en la orilla de la cama, apretando el rosario. Cuando el dolor se le subÃa, rezaba bajito para no despertar a nadie.
24:35 Mi mamá y yo nos turnamos para cuidarla. Mis tÃos iban cuando podÃan, pero el diario se quedó en la casa. Esa etapa vino con cansancio y con ideas distintas. Unos querÃan hospital, otros querÃan que se quedara en su cama. Se discutió por las medicinas, por los turnos y por el dinero. Yo escuchaba esas discusiones mientras le tomaba la temperatura o le limpiaba la frente con una toalla húmeda. Una tarde, en la cocina, yo le calentaba un té. Ella me agarró la muñeca con fuerza para lo flaca que estaba. Me dijo que desde hacÃa semanas soñaba lo mismo y que el miedo le volvÃa con un ardor en el brazo, justo donde tenÃa un punto rojo viejo.
25:20 Luego se quedó callada como si ya no quisiera abrir ese tema. Cuando murió, el funeral fue pesado pero normal. Llegó familia, llegaron vecinos y llegaron señoras de la iglesia. Al regresar a la casa, nos quedamos un rato en la sala. HabÃa café en vasos desechables, pan en una charola y el olor de las flores del velorio. Mi mamá se veÃa gastada con los ojos rojos. Yo le dije que me quedaba esa noche con ella. La casa era de dos plantas, y el cuarto de mi abuela quedaba arriba, al fondo, donde el piso crujÃa más. TenÃa la cama, el ropero y una silla junto a la ventana.
26:00 Ahà murió, y ahà quedaron sus cosas, porque nadie tenÃa ánimo de mover nada. Esa noche me dormà cansado, pero con la cabeza inquieta, y en la madrugada escuché un ruido de madera, como cuando alguien empuja una silla. Me senté y esperé. El sonido se repitió, pero más leve. Me levanté. Caminé descalzo hasta el pasillo y vi la lÃnea amarilla por debajo de la puerta del cuarto de mi abuela. La luz estaba prendida y la puerta estaba cerrada. Abrà la puerta y el cuarto estaba intacto, la cama tendida, el ropero cerrado y la silla en su lugar. Apagué el foco y revisé rápido la ventana y el espacio detrás de la puerta, pero no vi a nadie. Cerré y me quedé un momento parado en el pasillo, escuchando.
26:54 Al amanecer le conté a mi mamá. Ella no se rió y me preguntó si el interruptor estaba arriba y si yo lo habÃa apagado bien. Le dije que sà y se quedó seria, como si ya lo esperara. Esa mañana bajé al patio y revisé el centro de carga por si algún apagón habÃa hecho brincar algo, pero todo estaba igual. cambié el foco por otro nuevo y lo dejé bien apretado también dejé la puerta del cuarto con una cinta pegada en la orilla solo para ver si alguien entraba y la despegaba mi mamá no quiso subir conmigo se quedó en la cocina como si le diera miedo pisar ese pasillo al mediodÃa la cinta seguÃa intacta y aún asà al caer la tarde la luz volvió a prenderse sin tocar nada en los dÃas siguientes pasó otra vez no fue cada noche Fue en momentos distintos.
27:48 Una tarde llegué del mandado y vi la misma lÃnea amarilla. Entré y todo seguÃa igual. Otra noche, ya acostado, escuché pasos lentos en el pasillo como si alguien caminara arrastrando un poco la suela. Abrà la puerta de mi cuarto y miré hacia el fondo. El pasillo estaba vacÃo, pero el sonido avanzó dos o tres pasos y luego se cortó. mi mamá empezó a decir que cuando estaba lavando platos o doblando ropa escuchaba un murmullo bajo como un rezo ella reconocÃa el tono porque mi abuela rezaba asà cuando el dolor le apretaba el pecho mi mamá se quedaba quieta con las manos mojadas esperando escuchar otra vez a veces duraba unos segundos y cuando subÃa a revisar el cuarto estaba cerrado y sin ruido a partir de ahà la casa cambió de ambiente Ya no era solo tristeza por la falta de mi abuela. Se volvió rutina de revisar la casa por los ruidos. Antes de dormir, yo subÃa, checaba las puertas, apagaba luces y revisaba las ventanas. Me acostaba y me quedaba atento a cualquier movimiento. Una noche, mientras cenábamos, mi mamá me soltó lo que traÃa guardado.
29:06 Me dijo que su mamá tenÃa una historia vieja de brujerÃa. y que por eso le daba pavor escuchar rezos donde no debÃa haber nadie. Y yo recordé un poco sobre esa historia. Me explicó que cuando mi abuela era joven, una mujer la marcó por un pleito de promesas y por la vida de mi abuelo. Me dijo que ese punto rojo del brazo llevaba décadas ahÃ. Yo recordaba ese punto. De niño lo vi muchas veces cuando ella se arremangaba para tallar ropa. Por eso me pegó escuchar a mi mamá decirlo tan directo, como si al fin estuviera juntando todo. Después de hablarlo, me quedé un rato arriba, mirando el pasillo.
29:47 El foco alumbraba parejo, el piso estaba limpio, todo estaba como siempre. Pero yo ya no estaba tranquilo. Ya no era solo duelo, era un problema amarrado a una historia, que mi abuela se guardó por años. Tomé una decisión simple, me quedé varios dÃas en esa casa, Me quedé porque mi mamá estaba cansada y porque yo querÃa entender qué pasaba. Esa misma noche, cuando apagué las luces del pasillo, volvà a ver la lÃnea amarilla debajo de la puerta del cuarto de mi abuela. Me quedé quieto y supe que para seguir tenÃa que escuchar por completo lo que mi abuela vivió el dÃa que le dejaron esa marca en el brazo. Lo de la brujerÃa yo no lo inventé ni lo vivà en ese tiempo. Esa historia me la contó mi abuela cuando yo era niño, pero no lo recordaba.
30:39 Fue una noche en la que se asustó por un animal afuera y ya no pudo seguir guardándose el tema. Yo estaba en la casa con mis primas. Mi mamá habÃa ido a dejar unas cosas a la cocina y mi abuela se quedó inquieta, caminando de un lado a otro, mirando hacia el patio, como si estuviera esperando que algo cruzara la barda. Cuando se calmó, nos sentó en la mesa y empezó a hablar muy en serio. Dijo que todo habÃa empezado cuando ella tenÃa 17 años. VivÃa con su familia en un pueblo donde la gente se conocÃa. Eran muchos en la casa, y ella era de las que se levantaban temprano a barrer, a calentar comida y a cuidar a los más pequeños, a lavar ropa y a ir por agua cuando faltaba. Su rutina era la casa, el mandado, la iglesia y ayudar a su mamá. En ese tiempo llegó mi abuelo. Ãl no era de ahÃ.
31:38 Andaba por temporadas porque su trabajo era vender ropa y cobrar en abonos. Llegaba con telas y prendas, se ponÃa en la calle principal o cerca de la iglesia, y la gente se acercaba a ver. Muchos compraban fiado porque asà se acostumbraba, y él volvÃa cada cierto tiempo a cobrar. Mi abuela dijo que lo vio varias veces antes de que él se animara a buscarla. Ãl no se metió de golpe a la casa porque ahà los hermanos cuidaban, y el papá de mi abuela era estricto. Ãl se acercó como se hacÃa antes, hablándole en la salida de misa, mandando recados y preguntando con respeto por la familia. Al inicio no era un romance de pelÃcula, era un trato de pueblo, verlo, saludar, que la familia lo observe y que el novio visite cuando hay gente en la sala y que se hable claro de boda. Mi abuela dijo que ella se ilusionó porque mi abuelo se veÃa trabajador.
32:37 y porque a su edad la idea de casarse era el siguiente paso. Se empezó a hablar de fecha, de juntar cosas para la casa y de acomodar el cuarto, y las familias se dieron el visto bueno. Ahà venÃa el problema real, el que ella no supo a tiempo. Mi abuelo ya traÃa un compromiso con otra mujer de otro rumbo. No era un compromiso formal de matrimonio, pero era una promesa hecha por fuera, y era con una bruja del pueblo. Esa mujer tenÃa fama de curar y también de hacer trabajos de brujerÃa. La gente la buscaba cuando alguien se enfermaba, cuando un niño no dormÃa, o cuando un hombre se iba con otra, y cuando una casa se llenaba de pleitos. Mi abuela dijo que ella no querÃa creer en eso, pero conocÃa esa fama, porque en los pueblos se hablaba de brujas y brujerÃa como algo normal. Mi abuelo empezó a faltar por dÃas. Mi abuela lo esperaba y él no llegaba. Luego aparecÃa como si nada. Se justificaba con el trabajo, con caminos y con clientes. Mi abuela aceptaba porque estaba enamorada y porque la familia ya estaba ilusionada con la boda. Un dÃa cuando ella estaba afuera de su casa sentada en una silla cerca de la puerta, vio a una mujer parada del otro lado de la calle mirándola fijo. No era una mirada de curiosidad, era una mirada pesada, de esas que no se quitan. La mujer cruzó la calle sin saludar,
34:11 traÃa una bolsa pequeña de tela apretada en la mano, se paró a pocos pasos de mi abuela y dejó caer la bolsa al suelo. La tela se abrió un poco y se alcanzó a ver un animal muerto, amarrado, recién puesto ahà para que se notara. mi abuela dijo que en ese momento le cambió el cuerpo se le apretó la garganta y quiso meterse a la casa la mujer la detuvo agarrándola del brazo le habló pegada en voz baja y mi abuela entendió lo principal esa mujer decÃa que mi abuelo le habÃa prometido llevársela que la dejó esperando y que ahora se iba a casar como si ella no existiera mi abuela trató de zafarse pero la mujer apretó más y le clavó las uñas con fuerza No fue un arañazo leve, fue una presión dura como queriendo dejarle la señal. Mi abuela gritó por el dolor y sus hermanos salieron de la casa y corrieron hacia ellas. La mujer le soltó el brazo y se fue corriendo. Un hermano la siguió unas calles, pero se perdió en un callejón y no la alcanzó. Cuando regresaron, mi abuela tenÃa el brazo rojo con unas lÃneas marcadas y una sensación de ardor que subÃa hasta el hombro.
35:25 Esa noche el ardor no bajó. Al dÃa siguiente le dio fiebre alta y se puso débil. La familia pensó que se estaba complicando de verdad. Unos decÃan que era infección por las uñas. Otros decÃan que era susto. Otros decÃan que era una señal de algo que no querÃan nombrar. Mi abuela estuvo varios dÃas en cama, sudando, con la piel caliente y con sueños repetidos. En esos sueños la mujer aparecÃa cerca de ella, mirándola. como si estuviera esperando que se rindiera, en ese tiempo mi abuelo apareció después de faltar, llegó con una cara seria diciendo que habÃa tenido problemas de trabajo y que por eso no se presentó, cuando vio a mi abuela enferma se hizo el preocupado y empujó la boda, dijo que querÃa casarse de una vez, que asà la cuidarÃa como debe ser y que nadie iba a meterse con ella, La familia de mi abuela aceptó, porque la veÃan mal y porque la boda ya estaba planeada.
36:29 Se casaron rápido, con mi abuela todavÃa débil. Mi abuela dijo que después de casada, mi abuelo negó conocer a la mujer. Lo dijo con la cara firme, pero se le salÃan detalles. Una vez mencionó un nombre que luego quiso corregir. Otra vez habló de un lugar que mi abuela no le habÃa mencionado. Eran contradicciones pequeñas, pero suficientes para que ella entendiera que él sà sabÃa quién era esa mujer. Después del matrimonio, empezaron señales en la casa donde vivÃan. Mi abuela decÃa que amanecÃa tierra fina sobre los muebles, aunque ella limpiara bien. También decÃa que la ropa tendida parecÃa manchada, como si alguien la hubiera tocado con las manos sucias. y que unos pájaros negros se posaban en el techo y se quedaban ahÃ, viendo hacia adentro, y lo más constante era el brazo. En la parte donde le clavaron las uñas le quedó un punto rojo que no se iba, y cada vez que ella sentÃa que la mujer rondaba, ese punto le ardÃa como si lo estuvieran calentando. Mi abuela buscó ayuda como se buscaba antes, fue con el sacerdote del pueblo y le pidió que bendijera la casa. Le dio agua bendita y ella empezó a limpiar con eso, pasando el trapo en puertas y ventanas.
37:51 También habló con dos señoras mayores del barrio, que tenÃan fama de brujas y que sabÃan cuándo habÃa un trabajo hecho con mala intención. Esas señoras le dijeron que se cuidara, que no dejara ropa tirada, que no barriera la tierra hacia adentro, que mantuviera el cuarto limpio y que no se quedara sola en el patio de noche. Mi abuela siguió esos consejos. Con los años, la mujer dejó de aparecer de frente. Mi abuela dijo que eso no significó libertad. Ella siguió soñándola, siguió sintiendo el ardor del brazo en temporadas y siguió viviendo con esa idea de que alguien le guardaba un reclamo que no era suyo. Por eso, cuando yo era niño y ella se asustó aquella noche por el animal afuera, entendà su cara. No era un susto cualquiera, era el mismo miedo viejo, el que venÃa pegado a esa marca del brazo y a la promesa rota de mi abuelo. Y ahora, con la luz prendida en su cuarto después del funeral, yo estaba viendo cómo ese miedo regresaba a la casa. Lo que mi abuela me contó sobre la marca del brazo me regresó un recuerdo de cuando yo era niño. Fue en vacaciones, una tarde en la cochera con mis primas. Del otro lado de la calle habÃa una barda alta con un árbol.
39:14 Ya estaba oscureciendo, cuando vimos unos ojos brillando desde arriba. El animal movÃa la cabeza despacio y hacÃa un sonido repetido, como un llamado. Mis primas gritaron y yo también. Mi mamá salió y dijo que era un animal maligno. Mi abuela llegó detrás, miró hacia el árbol y se puso tensa. Nos metió de golpe, cerró la reja y la puerta y sacó una cubeta. Le echó agua y sal y la tiró en la entrada y en el patio. Luego nos sentó en la mesa y nos contó que eso era una bruja y que no le tuviéramos confianza y que cuando la viéramos nos metiéramos a la casa. Años después, ya en la preparatoria, me quedé varios dÃas en esa casa porque me quedaba cerca la escuela y mi mamá trabajaba.
40:04 Mi abuela me recibió inquieta. y me preguntó si al llegar habÃa visto tierra rara en la puerta o pájaros negros en el techo, pero le dije que no. Mi abuelo estaba en la sala viendo la calle, y cuando mi abuela mencionaba a la mujer, él se quedaba callado o cambiaba el tema. La casa seguÃa igual, arriba el pasillo largo, el baño y al fondo el cuarto de mis abuelos. Una madrugada me levanté al baño, prendà la luz y vi un rastro de tierra en el piso. desde el pasillo hasta la entrada del baño. Eran pisadas finas, una tras otra, marcadas en lÃnea. Toqué la tierra y estaba fresca. Saqué el celular, tomé una foto y junté un poco en una bolsa pequeña del cajón del baño.
40:52 Luego limpié con papel y eché agua para dejar el piso parejo. Al salir del baño pasé frente al cuarto de mis abuelos y vi la puerta entornada. Me acerqué y alcancé a ver una silueta parada cerca de la cama, del lado de los pies. Estaba quieta, con forma de persona, y en cuanto me quedé mirando, la silueta giró hacia mà y la puerta se cerró de golpe. Toqué y entré. Mis abuelos se despertaron. Mi abuela me preguntó qué pasaba y yo le dije que escuché un golpe y vi a una mujer parada en su cama, pero prendà la luz, revisé rápido el cuarto y estaba vacÃo. Mi abuelo se acomodó y se volvió a acostar. Mi abuela se quedó sentada con el rosario en la mano y me pidió que me fuera a dormir. Al amanecer le conté a mi mamá. Le mostré la foto y la bolsa con tierra.
41:48 Mi mamá se puso seria y mi abuela dijo que esa tierra era la señal que ella temÃa desde joven. Mi abuelo escuchó y se salió al patio. Ese mismo dÃa por la noche mi abuelo sufrió un derrame. Se le fue la fuerza de un lado del cuerpo y se le trabó la boca. Lo llevaron al hospital y murió a los pocos dÃas. Mi abuela quedó como vacÃa. Se mantuvo callada y se apagó por dentro. Después de eso, el punto rojo del brazo, el de la marca vieja, se le abrió como una lesión que no cerraba. Primero fue ardor, luego dolor diario. Fuimos a consulta, le hicieron estudios y llegó un diagnóstico duro. La lesión estaba exactamente donde ella siempre decÃa que le quedó la señal. Tiempo después, mi mamá encontró un sobre viejo entre los papeles de mi abuelo. Era una carta con reclamos y una amenaza clara.
42:45 Hablaba de una promesa rota y de que esa deuda se cobraba con la vida. El papel estaba amarillento y olÃa aguardado, y para mà esa carta fue la prueba de que mi abuelo sà dejó algo pendiente con esa bruja. El año pasado mi abuela murió y ahà empezó lo que conté. La luz del cuarto, prendida después del funeral, pasos en el pasillo y el rezo que mi mamá alcanzaba a escuchar. Con la carta en la mano y con lo que yo vi de adolescente decidimos actuar con lo que tenÃamos. Fuimos con el sacerdote que conocÃa a mi abuela. Le contamos lo de la carta, lo de la tierra y lo de la luz. Nos dijo que hiciéramos lo básico, misa por mis abuelos. bendición de la casa y cierre del cuarto el sacerdote fue una tarde bendijo la casa y nos dejó agua bendita ese mismo dÃa quemamos la carta en el patio juntamos la ceniza la metimos en una bolsa pequeña y la tiramos lejos donde no vive nadie lavamos el pasillo con agua y sal y cerramos el cuarto de mi abuela. Desde entonces, la luz se quedó apagada. El pasillo amaneció limpio dÃa tras dÃa. Mi mamá volvió a dormir sin despertar, sin levantarse a revisar el cuarto, y la casa volvió a ser una casa normal. Yo me quedé con una idea firme.
44:09 Mi abuela cargó años con un miedo que empezó por la vida de mi abuelo. y por una promesa que él no cumplió. A nosotros nos tocó cerrar ese pendiente de forma limpia, lo único que quedó fue el duelo, y la marca del brazo como la señal más clara de todo lo que ella aguantó, de esa brujerÃa que acabó con ella por causa de mi abuelo y su promesa con esa bruja. Me llamo Iván y les cuento esto que me pasó hace algunos años cuando todavÃa iba a la facultad y pensaba que mi vida se iba a quedar en el derecho. VivÃa en la Ciudad de México, arriba de un cerro. Mi casa era sencilla y mi rutina era la misma. Clases en la mañana y el despacho de mi tÃo por la tarde. Mi tÃo llevaba años como abogado, atendÃa en un local pequeño y yo le ayudaba con lo básico. ordenar expedientes, hacer copias, llevar escritos y acompañarlo cuando habÃa que ir a juzgados. La mayorÃa de los asuntos eran comunes, terrenos, pensiones, choques y deudas.
45:24 Por eso me llamó la atención cuando una tarde entraron varios vecinos juntos, con prisa y con coraje. Dijeron que habÃan detenido a una señora llamada Patricia y que la acusaban de quitarle la vida a una muchacha. Según ellos, el caso se estaba cerrando rápido como si desde el inicio ya tuvieran a quién culpar. Hablaban de Patricia con respeto. DecÃan que la gente la buscaba cuando habÃa enfermedades o problemas fuertes en la casa y que ella ayudaba sin meterse en pleitos. También dijeron que vivÃa sola y por eso les parecÃa absurdo el crimen. TraÃan copias de la carpeta, una nota local impresa y una hoja con firmas pidiendo apoyo.
46:09 Mi tÃo revisó lo que le pusieron sobre la mesa y preguntó lo esencial. Quién la señaló, qué pruebas habÃa, si existÃan testigos y en dónde ocurrió todo. Las respuestas venÃan a medias. Unos decÃan que la policÃa llegó directo por ella, otros que alguien la puso en la mira por rencillas viejas. Mi tÃo dijo que antes de prometer nada tenÃa que escuchar a Patricia de frente y pidió visita al penal. Fuimos cuando nos dieron entrada y Pasamos revisiones y nos llevaron a un área de entrevistas. Doña Patricia apareció con la cara cansada y la mirada firme. TraÃa ojeras marcadas y una cortada vieja en la ceja.
46:51 Mi tÃo se presentó, le explicó que venÃa por el caso y le pidió que se enfocara en los hechos. Patricia dijo que era inocente y que la estaban usando. Mi tÃo le pidió datos concretos.¿ Dónde estuvo ese dÃa y quién podÃa confirmarlo? Patricia respondió lo que recordaba, pero desde ahà no podÃa comprobar mucho. En medio de la conversación soltó una frase que me dejó tenso. Dijo que ella era bruja. Lo dijo como un dato, sin alzar la voz. Mi tÃo siguió en lo legal, tomó nota de tiempos y lugares y le pidió que se quedara en lo que sirviera en la carpeta. Patricia explicó que esa fama era lo que la estaba hundiendo, porque cualquiera podÃa señalarla y mucha gente lo iba a creer. Mi tÃo alcanzó a detectar huecos, pruebas circunstanciales y un expediente armado con prisa. Salimos con el plan de pedir un aplazamiento, exigir copia de la carpeta y buscar contradicciones en tiempos y declaraciones. Mi tÃo también querÃa hablar otra vez con los vecinos. porque a veces ahà sale la pieza que falta.
48:07 DÃas después nos avisaron que Patricia habÃa sido agredida dentro del penal y la trasladaron a un hospital. Mi tÃo decidió ir. La encontramos en cama con golpes recientes en brazos y cara y marcas en el cuello. Hablaba despacio. Mi tÃo le preguntó quién la atacó. Patricia dijo que la querÃan callar porque la estaban usando para tapar a alguien con poder. Repitió que era bruja y dijo que esa fama la estaba convirtiendo en culpable sin pruebas. Ahà habló del polÃtico. Dijo que un polÃtico local la buscó para pedirle que se encargara de una muchacha que lo iba a denunciar por abuso y que querÃa una muerte que pareciera natural. Patricia dijo que se negó. Después de esa negativa, la muchacha apareció muerta y la acusación cayó sobre ella. A mi tÃo se le notó la tensión.
49:01 porque sonaba a gente moviendo cosas desde fuera. Ãl le preguntó nombres y fechas, y Patricia le dio lo que recordaba, pero también repitió que lo legal no iba a alcanzarle. Volvimos al dÃa siguiente. Patricia estaba más estable y fue clara. DecÃa que la iban a matar en cuanto la regresaran al penal. Yo le pregunté por qué no se defendÃa, si decÃa ser bruja. Ella me explicó que lo que le servÃa para hacer trabajos fuertes lo tenÃa guardado en su casa y que en el hospital solo alcanzaba para cosas pequeñas. Para que lo entendiéramos, me pidió un objeto personal.
49:43 Yo traÃa un anillo desde la preparatoria, sencillo, de metal liso, y se lo di. Ella lo apretó en la mano, lo acercó a la boca y murmuró muy bajo. Luego empezó a decir cosas de mi vida con exactitud. Cuando empecé a usar el anillo, un pleito fuerte en mi familia, un problema de salud de mi mamá y una decisión que yo guardaba. Eran detalles que nadie fuera de mi casa manejaba. Yo me quedé frÃo y mi tÃo también. Mi tÃo intentó seguir con el tema legal, pero ella repitió que eso no iba a detener lo que venÃa. En ese momento entró un doctor con dos policÃas. El doctor autorizó el traslado al penal. Los policÃas la levantaron con cuidado, pero antes de salir ella volteó hacia mà y dijo que lo lamentaba. Al salir recordé el anillo y vi que ella se lo habÃa quedado. No entendà por qué me lo decÃa y al salir al estacionamiento y buscar el anillo no estaba. Ella se lo habÃa quedado.
50:50 Me quedé junto al carro viendo a mi tÃo encender el motor con una sensación clara. Esa mujer se llevó mi anillo y dejó un pendiente conmigo. Al dÃa siguiente de la visita al hospital, llegué al despacho temprano. Mi tÃo ya estaba ahÃ, con el teléfono en la mano. Me dijo que del penal le avisaron que Patricia murió al volver a su celda. No le dieron explicación, solo que pasó adentro y que el traslado del hospital ya estaba asentado. Le pregunté si podÃamos pedir un informe para el expediente. Mi tÃo me frenó. Me dijo que ese asunto ya no se iba a mover, que habÃa gente metida y que lo más seguro era apartarse. Me pidió guardar la carpeta y avisarles a los vecinos que él ya no podÃa seguir con el caso. No me lo dijo como amenaza, me lo dijo porque entendió. Cuando un pleito deja de ser legal y se vuelve un problema personal para gente con poder. Me fui con la cabeza revuelta.
51:53 En la tarde, ya en mi casa, intenté estudiar y no pude. TraÃa el mismo pensamiento dando vueltas. Patricia se quedó con mi anillo a propósito y se lo llevó hasta el final. Esa noche me acosté temprano, y cuando ya estaba a punto de dormirme, escuché una voz de mujer en el pasillo que da al patio. La voz dijo mi nombre, despacio, como si estuviera parada del otro lado de la pared. No era la voz de mi mamá ni de una vecina, A los segundos la ubiqué y se me apretó el estómago. Era la voz de la bruja. Me levanté y caminé hasta la ventana del patio. Corrà un poco la cortina. Vi un bulto encorvado cruzando rápido, pegado a la sombra del árbol. No alcancé a ver la cara, pero la forma del cuerpo era clara. Hombros encogidos, cabeza baja y paso corto. Me regresé al cuarto y cerré la puerta. No desperté a mis papás. Me quedé sentado un buen rato. esperando escuchar algo más. Al dÃa siguiente me repetà que podÃa ser cualquier persona en el patio, pero esa idea no me duró. Esa noche, al abrir la puerta de mi cuarto, me pegó un olor fuerte, como carne echada a perder. Prendà la luz y vi una silueta encorvada parada en una esquina de espaldas. No era una sombra, era un cuerpo quieto. Me quedé parado con las manos frÃas. La silueta se movió y apareció más cerca, a pocos pasos. Ahà le vi la cara
53:26 y era Patricia. TenÃa la piel hinchada, el labio partido y los ojos muy abiertos. Me habló con la misma voz del pasillo y dijo una frase corta, que ya podÃa verme. Después de eso, la figura desapareció y el olor bajó en segundos. Esa noche me dormà tarde y desperté varias veces pendiente de cualquier ruido. Los dÃas siguientes me afectaron en lo normal. En la facultad no me concentraba, me quedaba viendo las hojas sin entender. En el despacho ya no quise ir, y en mi casa empecé a evitar el pasillo del patio en la noche. Me bañaba rápido, dejaba la puerta del cuarto abierta y me daba vueltas en la cama, hasta que el sueño me ganaba por cansancio.
54:11 Volvà a escuchar la voz una vez más cerca del pasillo, y eso me terminó de empujar. Le conté a mi mamá que desde el caso del despacho estaba durmiendo mal y que yo habÃa visto a la bruja en mi cuarto. Mi mamá no se burló. Me dijo que una señora conocida de la familia sabÃa de una espiritista en otra ciudad, una mujer que atendÃa problemas de muertos pegados a personas. Fui solo. La espiritista me recibió en una sala sencilla y me pidió que le contara todo desde el principio. Se lo conté todo en orden y me preguntó cómo era el anillo y si lo usaba diario. Le dije que sÃ, que era liso y que lo traÃa siempre.
54:55 Me explicó algo claro. Patricia usó el anillo como puente para amarrarse a mÃ. Me dijo que no se trataba de suerte ni de su gestión. Se trataba de un trabajo hecho a la fuerza, usando un objeto personal. Por eso pudo hablarme en mi casa y por eso pude verla. Me aclaró que esas manifestaciones fuertes, el olor y la aparición, fueron para obligarme a buscar ayuda y para dejarme claro que el vÃnculo estaba activo. Le pregunté qué querÃa ella de mÃ. La mujer se quedó en silencio un rato, como concentrándose, y luego me lo dijo directo, que solo querÃa venganza contra el polÃtico que la mandó callar. Me explicó que la bruja ya muerta no se movÃa libre, que ahora se pegaba a mà y solo podÃa acercarse a lugares donde yo estuviera. Por eso necesitaba que yo me acercara a la esposa de ese polÃtico, porque esa mujer era el punto más accesible para golpearlo sin ponerse frente a él. Le pregunté qué pasaba si yo me negaba.
56:00 Me dijo que el amarre podÃa durar años y que me iba a desgastar con sueño malo, nervios y problemas en lo cotidiano. hasta que yo cediera o hasta que alguien lo cortara de raÃz. También me dejó otra cosa clara. En mi casa ya no tenÃa por qué seguir apareciéndose como al inicio, porque ya logró que yo buscara a alguien que entendiera el problema. A partir de ese momento, la presión se iba a notar, sobre todo cuando yo estuviera cerca de la persona objetivo. Salà de ahà con la garganta seca, En el camino de regreso entendà que ya no era solo miedo, era un problema con una meta definida y yo estaba en medio sin haberlo pedido.
56:43 Después de ir con la espiritista yo seguà yendo a la facultad como si nada, pero ya no estaba igual. En mi casa dejaron de pasar las cosas fuertes, el olor ya no apareció y no volvà a verla en el cuarto, pero yo caminaba con la idea de que Patricia seguÃa pegada a mÃ. cada vez que pensaba en el anillo, sentÃa una presión en el estómago, porque entendà que ese objeto fue el gancho para la brujerÃa. Unas semanas después, vi una convocatoria en la facultad. Era para un programa de asesorÃa jurÃdica gratuita, coordinado por el municipio, con estudiantes que iban a atender casos de gente de bajos recursos. PedÃan papeles, una entrevista y disponibilidad. Leà el nombre de la responsable del programa y sentà un frÃo de golpe. Era la esposa del polÃtico del que Patricia habló en el hospital. Me quedé parado viendo el anuncio.
57:41 Esa noche pensé en no meterme, pero la advertencia que me dieron fue clara. Si yo no me acercaba al objetivo, el vÃnculo podÃa durar años. Yo no querÃa vivir asÃ, asà que preparé mis documentos y fui a la entrevista. Me preguntaron por mi experiencia y por qué querÃa entrar. Contesté con lo básico, que querÃa aprender, que ya habÃa trabajado con expedientes en el despacho de mi tÃo y que podÃa sostener un ritmo pesado. A la semana me avisaron que quedé. La oficina del programa estaba en una zona céntrica. HabÃa un letrero, una recepción, sillas junto a la pared y una fila de gente con carpetas, recibos y cartas de bancos. Adentro nos acomodaron en escritorios compartidos.
58:31 El trabajo era real, deudas, casas en riesgo y trámites atorados. Yo me metà de lleno porque querÃa que la esposa del polÃtico se acercara a mà y porque querÃa que aquello terminara. Tomaba casos complicados, armaba escritos, buscaba pruebas de pago, hacÃa listas de requisitos para que la gente no diera vueltas. Cuando faltaba un documento, yo mismo iba por la firma o por el sello. No lo hacÃa por lucirme, lo hacÃa porque sentÃa que me estaban empujando desde atrás. La esposa del polÃtico llegaba una vez por semana, se reunÃa con el coordinador, preguntaba números, revisaba que la oficina se viera ordenada y saludaba a algunas personas. Desde la primera vez que entró, a mà me empezó un dolor de cabeza directo, como un golpe interno. sentÃa un escalofrÃo en la espalda siempre en el mismo punto y una presión en el estómago me pasaba cada vez que ella estaba cerca y se me quitaba cuando se iba el dÃa que pasó todo ella se acercó a mi escritorio porque el coordinador le dijo que yo estaba llevando varios asuntos me pidió que le explicara un caso de una señora con atrasos en el pago de su casa Yo tenÃa el expediente abierto y empecé a hablar de fechas, notificaciones y lo que Ãbamos a solicitar para frenar el embargo.
59:56 Mientras hablaba, sentà la espalda pesada, como si alguien se pegara a mÃ. No volteé y seguà hablando. La esposa del polÃtico se quedó rÃgida, la mirada se le fue hacia arriba y la cabeza se le echó un poco para atrás. Luego se fue completa hacia atrás con todo y silla y cayó de lado. Dos compañeros corrieron y entre los dos batallaron para levantarla, porque el cuerpo se le puso duro, como si todo se le hubiera amarrado. Ella alcanzó a gritar que una bruja se la querÃa llevar y señaló hacia un espejo que estaba detrás de mÃ. Cuando volteé en el espejo vi una figura encorvada pegada a mi espalda. Era la misma forma que vi cruzar el patio de mi casa. No le vi el rostro bien, vi el cuerpo y supe que era aquella bruja. En ese mismo instante, la mujer empezó a torcerse con fuerza.
1:00:51 El cuello giró de golpe y se oyó un tronido claro. Después de eso, la mujer quedó inmóvil en el piso. La oficina se volvió un desorden. Alguien llamó a emergencias y el coordinador empezó a pedir nombres y a ordenar que desalojaran el área. La gente gritaba y lloraba. Yo me quedé sentado sin hablar, con las manos temblando. Yo entendà lo que pasó. No me lo tuvieron que explicar. Yo fui el puente para que esa bruja ejecutara su venganza. No regresé al programa y tampoco volvà a clases. Me enfermé y me quedé en cama varios dÃas. Cuando pude salir, volvà con la espiritista y le conté todo. Le dije que ya no querÃa seguir con eso, que se acabara.
1:01:39 Ella me dijo que el vÃnculo ya habÃa cumplido lo que buscaba y que era el momento de cortarlo, con alguien que se dedicara a eso. Me mandó con una mujer de otra zona. Fui con esa mujer y le conté la historia completa sin cambiar nada. Me pidió que describiera el anillo y le contara cuando se lo di a la bruja y lo que vi en mi cuarto. Hizo un trabajo corto, directo, sin explicaciones largas, y me dijo que me fuera a mi casa y que no buscara más. Esa noche dormà como no lo hacÃa en muchos dÃas. No volvió el olor, y no volvà a escuchar la voz en el pasillo, ni volvà a ver a la bruja. La presión en la espalda se fue, lo que se quedó fue la culpa. Yo dejé derecho, me alejé de las oficinas, de programas y de casos donde se mezcla la ley con la gente que manda.
1:02:34 Hasta hoy, cuando recuerdo el espejo y ese tronido, lo único que tengo claro es que yo me acerqué para librarme y alguien murió frente a mà por esa decisión. Me llamo Javier y soy parte del Ejército de México. Las historias que quiero contarles a continuación son algunas que han ocurrido en un mismo lugar, la selva Lacandona. Nuestra misión en la selva era una simple operación de reconocimiento. Recuerdo que nos habÃan asignado patrullar una región especÃfica, cerca de una comunidad lacandona, para asegurarnos de que no hubiera actividades ilÃcitas o la presencia de grupos hostiles. A simple vista, no parecÃa una misión que nos llevarÃa a un peligro inusual, pero habÃa algo que desde el principio me incomodaba. Mientras nos adentrábamos en la selva, empecé a notar lo distinto que se sentÃa el ambiente, sobre todo porque habÃa algo que a todos llamó la atención, y esto fue que, en todo el rato en el que estuvimos ahÃ, nos movÃamos en fila, en un terreno fangoso que dificultaba avanzar.
1:03:50 Al caer la tarde, decidimos hacer un campamento improvisado. Era necesario descansar antes de continuar, pero desde que comenzamos a instalar nuestras cosas, hubo señales de que algo no estaba bien. El primer indicio fue la ausencia de fauna. En cualquier selva, incluso en la más densa, escuchas animales, pájaros, insectos, hasta algún reptil. Pero allÃ, en ese punto exacto, no se oÃa nada. A veces, en estas situaciones, prefieres no darle voz a lo que te está asustando para no hacerlo más real. La primera noche pasó sin incidentes. Hubo nervios, pero después de tantas misiones, uno aprende a lidiar con eso.
1:04:33 Recuerdo que estábamos en guardia, dos de nosotros vigilando mientras el resto descansaba. Cerca de la medianoche comenzamos a escuchar algo. Era un ruido bajo, como un zumbido en el aire, un sonido. Al principio pensé que eran insectos, pero rápidamente me di cuenta de que no se trataba de eso. Era un sonido que parecÃa provenir desde dentro de la selva misma, casi como si viniera desde el suelo o los árboles. El lugar se sentÃa incómodo. No lo vi. Ninguno de nosotros lo hizo. Pero, poco a poco, ese zumbido se transformó en algo más. Unos destellos, apenas perceptibles, comenzaron a aparecer entre los árboles. Luces muy suaves que iban y venÃan como si estuvieran tratando de evitar que las notáramos por completo. Nadie dijo una palabra, pero estábamos atentos.
1:05:25 Uno de mis compañeros, el que estaba de guardia conmigo, señaló hacia un punto en la densa vegetación. Era algo que se movÃa entre las sombras. La primera impresión que tuve fue que se trataba de un animal, tal vez un jaguar, por el modo en que se deslizaba entre los arbustos. Pero habÃa algo en su forma que no era del todo animal. No pude distinguirlo bien al principio, porque se mantenÃa a cierta distancia, como si estuviera evaluándonos. Intenté calmarme, pero aquella cosa comenzó a acercarse. Lo que vi entonces fue una figura alta, más alta de lo que cualquier animal en la selva podrÃa ser. Caminaba erguida, pero de una forma extraña, como si no estuviera completamente acostumbrada a moverse en dos piernas. Su cuerpo era delgado, casi esquelético, y su piel, si se le puede llamar asÃ, parecÃa reflectar la poca luz que habÃa, creando destellos metálicos que me hicieron pensar que no pertenecÃa a este planeta.
1:06:27 Sus movimientos eran lentos, calculados, y mientras avanzaba hacia nosotros, el zumbido en el aire se intensificaba, haciéndome sentir un dolor agudo en los oÃdos. Estábamos congelados, incapaces de reaccionar. Verlo de cerca fue como ver algo que desafÃa todo lo que crees saber sobre el mundo. No era humano, eso estaba claro. Sus extremidades eran demasiado largas. y su cabeza, alargada, carecÃa de rasgos faciales que pudieran considerarse normales, solo unos ojos. No emitÃa ningún sonido, pero sentÃa como si intentara comunicarse de alguna forma. Era una presencia incómoda, y su cercanÃa provocaba una presión en el pecho, una sensación de asfixia que nos hizo retroceder. Y luego, tan rápido como habÃa aparecido, desapareció.
1:07:22 No en el sentido de que se alejó, sino que simplemente dejó de estar allÃ. No sé cómo describirlo de otra manera. Un segundo estaba frente a nosotros y al siguiente ya no estaba. El zumbido en el aire también desapareció. No dijimos nada después de eso. Estábamos demasiado aturdidos, demasiado asustados para hablar. Nos quedamos despiertos el resto de la noche, con los ojos bien abiertos. esperando que esa cosa volviera, pero no lo hizo, o al menos no de la manera en que lo esperábamos. A la mañana siguiente abandonamos el campamento. Ni mi compañero y yo podÃamos explicar lo que habÃa sucedido, pero sabÃamos que no podÃamos quedarnos más tiempo en ese lugar mientras recogÃamos nuestras cosas. En el suelo, justo donde habÃamos visto a la criatura, habÃa unas marcas.
1:08:16 No eran huellas de ningún animal que conociéramos. Eran cÃrculos, pequeños y perfectos, alineados de una manera que parecÃa seguir un patrón. No se parecÃa a nada que hubiera visto antes. Nadie querÃa hablar de lo que habÃa pasado. Nos limitamos a cumplir con nuestra misión. Mi compañero y yo sabÃamos que habÃamos presenciado algo que escapaba a nuestra comprensión. no se lo contamos a nuestros superiores ni a nadie más era más fácil pensar que habÃamos alucinado o que el cansancio nos habÃa jugado una mala pasada pero en el fondo los dos sabÃamos la verdad aquello no era de este mundo con el tiempo intenté racionalizar la experiencia buscar explicaciones más terrenales pero cada vez que lo hago me encuentro volviendo a esos ojos esos puntos oscuros que parecÃan atravesarme No sé qué era esa criatura, pero estoy convencido de que no era algo que pertenezca a este planeta.
1:09:16 A veces me pregunto si todavÃa sigue ahÃ, en algún rincón perdido de la selva, esperando a que alguien más se adentre lo suficiente como para verlo. Lo único que sé es que no quiero volver a encontrarme con ello nunca más. Otra experiencia que jamás he podido olvidar ocurrió algunos años después, en otra misión en la selva Lacandona. Después de la primera vez que vivà algo inexplicable, pensé que ya nada podrÃa sorprenderme. HabÃa aprendido a ignorar ciertos miedos y seguir adelante. Si bien en otras ocasiones habÃa tratado de racionalizar lo que habÃa visto o experimentado, en esta ocasión no habÃa lugar para la duda. Lo que vi fue el mismÃsimo diablo. Todo comenzó con algunas charlas entre mis compañeros. Llevábamos dÃas en la selva y, como suele ocurrir en esos lugares aislados, las historias empezaron a circular para matar el tiempo. Uno de los más jóvenes del grupo contó algo que le habÃa dicho un lugareño.
1:10:22 En esa región, el diablo solÃa aparecerse. Según la leyenda, no era raro que los soldados se toparan con una criatura mitad hombre mitad cabra. que acechaba entre los árboles, vigilando y provocando el miedo en quienes lo encontraban. Algunos decÃan que tenÃa una pata de gallo, otros aseguraban que sus ojos brillaban como brasas, y que cualquier hombre que lo viera quedarÃa marcado para siempre. Y me reà de esas historias. Después de todo, siempre habÃa sido escéptico, incluso después de lo que habÃa vivido antes. Pensé que eran solo mitos locales para asustar a los nuevos. mi turno de guardia llegó una noche tranquila, todo estaba callado, salvo por los ruidos usuales de la selva, insectos, hojas moviéndose con el viento, el crujido ocasional de una rama, nada fuera de lo normal, alrededor de la medianoche comencé a sentir algo raro, era esa misma sensación que habÃa tenido años atrás, una presión en el aire como si algo invisible estuviera empujando contra mi pecho, algo estaba mal, pero no podÃa saber qué. Mi corazón comenzó a acelerarse aunque intentaba mantener la calma. Mi entrenamiento me habÃa preparado para muchas cosas, pero no para esto. Un ruido suave pero constante se empezó a escuchar, como si algo estuviera arrastrándose entre los arbustos, muy cerca de donde estaba. Lo primero
1:11:53 que pensé fue que se trataba de un animal, tal vez un felino o algún otro depredador. Tomé mi arma y me preparé sin encender la linterna, confiando en mis ojos para ver en la oscuridad. El sonido continuó, pero no pude ver nada moviéndose en el suelo, justo cuando comenzaba a pensar que tal vez solo era el viento. Escuché otro ruido, esta vez más arriba, en los árboles. Levanté la mirada. Entre las ramas de un árbol cercano, una figura estaba agazapada, como si me estuviera observando desde las alturas. A pesar de la oscuridad, pude distinguir que no era un animal normal. Era más alto de lo que cualquier criatura en la selva podrÃa ser. Al principio pensé que, tal vez, era algún tipo de mono o algo similar, pero su forma no era la de un animal.
1:12:46 Era una figura humanoide, con una cabeza que parecÃa tener cuernos, y un cuerpo cubierto de una especie de pelaje corto y oscuro. Lo que me llamó más la atención fue que una de sus patas no era como la de un humano o un animal común. Una de sus extremidades tenÃa forma de pata de gallo, con garras afiladas que brillaban débilmente bajo la luz de la luna. Sentà un frÃo aterrador recorrer mi cuerpo. Noté que sus ojos estaban fijos en mÃ. No se movÃa, solo me observaba desde lo alto, y en ese momento comprendà que estaba ante algo mucho más peligroso de lo que jamás habÃa enfrentado. No sé cuánto tiempo estuve congelado en el lugar, incapaz de reaccionar, pero en un instante, de puro instinto, levanté mi arma y disparé. No lo pensé dos veces. El sonido del disparo retumbó en la selva, y por un segundo la figura pareció desvanecerse entre las ramas, como si se hubiera esfumado. Pero no desapareció del todo. Ya no podÃa verlo. SentÃa su presencia. Era como si estuviera todavÃa ahÃ.
1:13:54 observándome desde algún lugar oculto, esperando el momento perfecto para atacar. Me quedé allÃ, inmóvil, con el corazón latiéndome en los oÃdos, convencido de que en cualquier momento aquello volverÃa a aparecer. No lo hizo, pero sabÃa que no se habÃa ido. Cuando mis compañeros llegaron, alertados por el disparo, no supe cómo explicarles lo que habÃa sucedido. Revisamos el área, pero no encontramos nada. Ni huellas, ni rastros, ni señales de que algo hubiera estado allÃ. Para ellos todo lo habÃa imaginado. DecÃan que tal vez un animal que se movÃa rápido entre los árboles. Pero yo sabÃa lo que habÃa visto.
1:14:36 Desde esa noche no volvà a ser el mismo. Incluso después de regresar de la misión, algo habÃa cambiado en mÃ. Los sueños comenzaron poco después. Cada vez que cerraba los ojos, veÃa esa figura entre los árboles. esos ojos rojos brillando en la oscuridad. En mis sueños, esa criatura no desaparecÃa después de disparar. Se lanzaba sobre mÃ, con una velocidad imposible, y cada vez que me atrapaba, despertaba empapado en sudor frÃo. No puedo explicarlo de ninguna otra manera. Lo que vi en la selva aquella noche no era un animal, no era humano, no era de este mundo. Estoy convencido de que vi al diablo. o algo muy cercano a lo que describen como el diablo en las leyendas. Y aunque pasen los años, esa imagen sigue persiguiéndome, recordándome que en la oscuridad de la selva hay cosas que no podemos comprender, y que no todos los horrores pueden ser enfrentados con una simple arma. Esta anécdota no la vivà personalmente, pero la escuché de boca de un superior durante una de nuestras misiones en la selva lacandona. Era de esos tipos a los que todos respetaban. No solo por su rango, sino por su carácter. Siempre parecÃa tener todo bajo control.
1:15:58 Alguien en quien podÃas confiar cuando las cosas se ponÃan difÃciles. Una noche, mientras hacÃamos guardia, me contó una historia que no se parecÃa en nada a lo que habÃa escuchado antes. Ãl estaba convencido de que en esa selva habitaban criaturas que no eran de este mundo. Y la historia que me narró fue la razón por la que creÃa eso. Todo ocurrió durante una de sus primeras misiones en la selva, muchos años antes de que yo entrara al servicio. Me contó que, desde el primer dÃa, sintió que algo andaba mal. No era solo la sensación usual de estar en un lugar inhóspito o la constante presión de la misión. DecÃa que, desde que se adentraron en la espesura de la selva, sentÃa que algo lo miraba. La selva puede ser un lugar intimidante para cualquiera, pero con el tiempo esa sensación se hizo más fuerte y pronto no fue el único que comenzó a notar cosas raras. El equipo completo estaba inquieto.
1:16:58 Algunas noches mientras acampaban, escuchaban ruidos extraños alrededor de sus tiendas. No eran los tÃpicos sonidos de animales que uno espera en la selva. Eran susurros como voces, pero tan distantes que era imposible entender lo que decÃan. Otras veces, algunos afirmaban haber visto sombras moverse entre los árboles, figuras grandes que desaparecÃan tan rápido como aparecÃan. Para cuando se dieron cuenta, todo el grupo estaba en alerta, nerviosos sin saber exactamente qué les acechaba. Mi superior siempre se mostró escéptico. DecÃa que no creÃa en fantasmas ni en historias de aparecidos.
1:17:40 Ãl era de los que confiaban más en la lógica y en lo que podÃa ver y tocar. habÃan acampado cerca de un claro, después de un dÃa agotador de patrullaje. La noche era tranquila, y todos se fueron a dormir temprano, esperando reponer fuerzas para la jornada siguiente. Mi superior, como siempre, fue el último en dormir, asegurándose de que todo estuviera en orden. Pero poco después de quedarse dormido, algo lo despertó bruscamente. Me contó que al principio pensó que era uno de sus compañeros haciendo ruido fuera de la tienda, pero cuando abrió los ojos sintió que algo no estaba bien. Intentó moverse, pero se dio cuenta de que algo lo estaba sujetando por las piernas. Desconcertado, intentó gritar, pero su voz no salÃa. SentÃa que algo lo arrastraba fuera de su tienda. Lo que ocurrió después es lo que lo dejó marcado para siempre. Al ser arrastrado fuera de su tienda, pudo ver lo que lo estaba acechando. Una criatura que nunca habÃa visto antes. algo que no se parecÃa a nada de este mundo. Me lo describió como una mezcla entre humano y animal, con el cuerpo cubierto de un pelaje oscuro y ojos brillantes que lo miraban con una mirada que solo podrÃa describir como hambrienta. TenÃa una forma humanoide, pero sus facciones eran como de una bestia, como si estuviera frente a un animal salvaje que habÃa tomado la forma de un hombre. Era un Nahual, estaba convencido de ello.
1:19:13 La criatura lo arrastró por el suelo, alejándolo de las tiendas y de sus compañeros, como si quisiera llevárselo a algún lugar apartado, tal vez para matarlo o algo peor. Desesperado, mi superior luchó con todas sus fuerzas, pero era como si la criatura tuviera una fuerza sobrehumana. En un último intento por salvarse, logró sacar su cuchillo y lo clavó en la pierna de la criatura. El Nahual soltó un aullido que resonó por toda la selva, y soltó a mi superior. La criatura desapareció entre los árboles en cuestión de segundos, dejando solo el eco de su grito en el aire. Sus compañeros, al escuchar el ruido, salieron corriendo, encontrándolo tirado en el suelo, herido y en estado de shock.
1:20:00 Al revisar la zona, no encontraron rastro alguno de la criatura, ni huellas, ni sangre, nada. Era como si todo hubiera sido un mal sueño, excepto por el hecho de que mi superior tenÃa marcas visibles en las piernas, como si algo lo hubiera agarrado con garras. Los médicos que lo examinaron no pudieron explicar las heridas, y aunque él intentó contar lo que habÃa ocurrido, nadie le creyó del todo. Para ellos solo habÃa sido una alucinación provocada por el cansancio y la tensión de la misión, pero mi superior estaba convencido de lo que habÃa visto. DecÃa que, desde aquel dÃa, nunca volvió a sentirse solo en la selva.
1:20:41 Siempre que regresaba, sentÃa que algo lo vigilaba desde las sombras, como si el Nahual lo hubiera marcado de alguna manera, como si la criatura aún lo estuviera buscando, esperando el momento para terminar lo que habÃa comenzado.
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