Jan. 7, 2026

La BRUJA De La Garita: Drenaba La Vida De Los Militares En La carretera - Historias De Terror - REDE

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0:05 Cuando me asignaron a la garita de carretera, entendí que el puesto se sostiene con disciplina. Había fila de vehículos gran parte del turno y el procedimiento no cambiaba. Pedir identificación, revisar datos, observar manos y movimientos, mirar el interior del vehículo y decidir si pasaba o si se hacía revisión más completa, registrar lo necesario y seguir. El mando estaba cerca. El sargento aparecía, revisaba el cuaderno, preguntaba por reportes y confirmaba que siguiéramos el protocolo y corregía fallas al instante, sin discusiones. Yo en ese tiempo estaba bien, comía en los descansos, tomaba agua cuando podía y dormía por partes.

0:50 Traía el uniforme limpio, el equipo completo, el radio cargado y el arma en orden. Leía papeles rápido y detectaba fallas sencillas, credenciales vencidas. datos que no coinciden, documentos escondidos, manos temblorosas y la mirada que se va al asiento trasero. Por esa ruta pasaba gente local todo el día. En ese flujo vi por primera vez a una joven que al inicio no llamó la atención. Se formó en mi carril, se detuvo donde se marca, entregó su identificación y explicó que iba a dejar compras a casa de un familiar. Revisé lo necesario, miré el interior del vehículo Confirmé la placa y la dejé seguir. Lo que cambió fue que empecé a verla seguido, y casi siempre terminaba conmigo. Había otros carriles y a veces avanzaban más rápido, pero ella se quedaba formada hasta caer en el mío. Cuando llegaba, me miraba directo. Usaba mi apellido porque lo traía bordado en el uniforme, y lo decía con seguridad como si ya me conociera. Yo mantuve el tono firme y el procedimiento intacto, pero empecé a reconocer su vehículo desde lejos y me quedaba pendiente de su llegada. En la garita uno no debe esperar a nadie. Yo empecé a esperar su vehículo y a buscar quedarme en ese carril. Cuando sabía que venía, aunque eso me quitara atención a otros,

2:21 en las siguientes visitas empezó a alargar la interacción. Preguntaba por desviaciones, por tramos de terracería y por el estado de la carretera. Eran preguntas simples, pero ella las usaba para quedarse unos segundos más. Se inclinaba un poco hacia mí para hablar más bajo y yo daba un paso corto para escuchar. En ese acercamiento sentía un golpe de calor en la cara y una presión en la frente y aún así seguía ahí, pegado al carril, con la cabeza puesta en ella. Yo también empecé a torcer el trabajo con detalles que en un puesto así se notan. Me acomodaba en el carril general cuando veía su vehículo acercarse.

3:03 Si me mandaban a cubrir otro punto, buscaba regresar rápido a mi lugar. Al revisar su identificación, me tardaba de más, aunque ya la hubiera visto antes. Le hacía una pregunta extra que con otros conductores no hacía. En una ocasión miré por el retrovisor cuando debía estar atento al vehículo que venía detrás. Al terminar el día me repetía que era mínimo, pero esos detalles ya me estaban sacando de línea. Después de cada encuentro venía lo más claro. Me daba sed fuerte, la boca se me secaba, la lengua se me ponía áspera y el agua no se sentía suficiente. A los minutos me caía un cansancio pesado en los hombros y en las piernas. como si me hubieran quitado fuerza.

3:47 La cabeza se me ponía dura, con presión fija en la frente, y me costaba mantener la misma rapidez con el siguiente vehículo. Llegué a notarlo porque el patrón era exacto. Ella pasaba, hablaba de más, se iba, y yo quedaba flojo. En una revisión me sorprendí leyendo dos veces la misma credencial. En otra me quedé mirando un papel de seguro sin entenderlo al instante. También me pasó que el radio me dio una instrucción simple y yo tardé en reaccionar. Eso me obligó a vigilarme más. Comía lo que me tocaba, tomaba agua y me concentraba en el procedimiento, pero el bajón regresaba cada vez que ella aparecía. Ella parecía medirlo, se quedaba observando mi cara y cuando notaba que yo estaba más lento, buscaba acercarse más. En una visita rozó mi mano al entregarme la identificación. Fue un contacto breve, pero me dejó la piel caliente y la garganta seca.

4:48 Yo retiré la mano y seguí con el procedimiento, y ella se fue con calma y sin prisa. En otra visita me pidió un favor sencillo. Traía un papel doblado y explicó que lo quería guardar bien, que dentro de su bolsa se le podía perder entre otras cosas. Me pidió que se lo sostuviera mientras acomodaba lo que traía. En la garita, eso es una falta desde el primer paso. No se guardan objetos ajenos. Aún así, lo acepté y lo metí en una bolsa del uniforme. Ella acomodó sus cosas, me hizo una seña de agradecimiento y siguió su camino. Ese día, el bajón fue más fuerte. Me ardían los ojos, me dolían las piernas y me costaba mantener la vista firme en el carril. En el descanso comí poco porque el estómago se me cerró. Más tarde, ya fuera de la revisión, saqué el papel por curiosidad. Lo abrí con cuidado y vi mi nombre completo, escrito con letra firme, igual que en mi credencial militar, con mis dos apellidos sin error. En el uniforme solo iba visible mi apellido.

5:58 Mi nombre completo estaba en documentos internos y en registros de la unidad. Al verlo escrito ahí, sentí un golpe en el estómago, doblé el papel, lo guardé y entendí que ella ya me tenía ubicado. Después de encontrar mi nombre completo en ese papel, ya no pude ver sus visitas como algo normal. Aún así, seguí en el turno como si nada. Guardé el papel, me lo metí en la bolsa interior del uniforme y no se lo dije a nadie. En una garita cualquier detalle raro se reporta, pero yo no lo reporté, porque me daba vergüenza admitir que había aceptado algo de una civil. Me repetí que quizá lo había visto en alguna lista, que lo pudo haber escuchado y que no era para tanto. Esa idea me duró poco, porque el cuerpo me empezó a cobrar factura con más claridad. El cambio en mi desempeño no fue de un día para otro. Primero fueron errores pequeños que antes no cometía, Me tardaba de más en revisar credenciales, como si me costara enfocar la vista. En un registro anoté una placa con un número cambiado. Lo corregí a tiempo, pero el sargento lo vio y me lo marcó. En otra revisión le pedí a un conductor que bajara el vidrio cuando ya lo tenía abajo, y el compañero del carril de al lado se me quedó viendo. Lo más evidente fue el temblor en la mano al sostener papeles, un temblor fino que no era nervio por el trabajo.

7:28 porque yo ya estaba acostumbrado, me regañaron como se hace en ese ambiente, me mandaron a comer más, a tomar agua, a no querer aguantar todo a fuerza de café, obedecí, comí en el descanso, tomé agua, y me puse serio con el procedimiento, por unas horas me sentí mejor, pero el patrón regresaba siempre igual, cada vez que ella pasaba y yo le hablaba, al rato me entraba la sed, luego el cansancio, y después una sensación de vacío, como si el cuerpo se quedara sin pila. Ella siguió apareciendo con la misma facilidad, a veces llegaba temprano, otras veces en el cambio de turno, pero siempre en momentos donde había movimiento, y no era tan fácil fijarse en un solo vehículo. Ya no hacía preguntas largas, ahora su estrategia era distinta. Se detenía, me miraba fijo, decía mi apellido como si fuera normal y me lanzaba frases cortas, como si ya fuéramos cercanos. Me decía que me veía cansado, que si ya había comido, que me cuidara. Ese tipo de palabras dichas en ese tono me hacían bajar la guardia.

8:42 Yo contestaba lo mínimo, pero me quedaba con ganas de escuchar más, y eso era lo que me estaba dañando. También empezó a buscar el contacto físico de forma calculada. No era agarrarme fuerte ni hacer escenas. Era rozar la mano al entregar un papel, tocar el borde del uniforme con la yema de los dedos al acercarse, inclinarse hacia el marco de la puerta para obligarme a arrimarme y escuchar. Yo intenté evitarlo, pero a veces me quedaba quieto por no verme brusco. En esos momentos sentía el efecto más rápido, me zumbaba la cabeza, se me secaba la boca y me costaba sostener la vista en el siguiente vehículo. Empecé a darme cuenta de que no era solo cansancio del turno, era una reacción que se activaba con ella. Dentro del destacamento se empezó a hablar de otros casos, no como cuentos sino como comentario operativo, de esos que circulan, cuando hay un problema real. Se supo que dos elementos de otra garita habían terminado en revisión médica por debilidad fuerte.

9:52 No era una gripe ni un golpe de calor. Era algo que no les encontraban fácil y los mandaron a descanso forzado. Lo que corrió entre la tropa fue que ambos habían estado viéndose con mujeres de carretera. Mujeres que llegaban, buscaban trato personal y luego desaparecían. unos decían que era brujería otros que esas mujeres eran brujas que buscaban drenarle la vida a los militares pero otros decían que había gente buscando enganchar militares y los estaban dejando inútiles eso me pegó porque describía lo mío y al mismo tiempo me cerró en lugar de pedir ayuda me puse más cuidadoso en ocultarlo dejé de comentar nada con mis compañeros Cuando ella pasaba, yo fingía que era un vehículo más.

10:41 Yo mismo me escuchaba frío para que nadie notara el cambio en mi tono, y guardaba aquel papel con mi nombre, como si fuera una prueba que me iba a quemar si alguien lo encontraba. Ella lo notó, y a medida que yo me mostraba más seco, ella subía el nivel con más presión. Una tarde, sin alargar la revisión, me dijo que quería verme fuera del punto, que tenía algo para mí. No me lo dijo como invitación romántica, me lo dijo como una instrucción suave, como si fuera normal que yo obedeciera. Mencionó comida, algo sencillo, porque sabía que en el turno a veces comíamos mal. Me dijo que cerca de ahí, en un lugar donde se detienen los carros, me podía dejar un paquete y hablar un rato sin gente.

11:28 Yo le dije que no, con una negativa corta, pero ella insistió con calma, sin urgencia, como si supiera que yo iba a ceder. Esa noche llegué al descanso con el estómago cerrado y la garganta seca. Me acosté un rato y no pude dormir bien. Al día siguiente mi cara se veía distinta en el espejo del baño. Tenía ojeras, la piel más opaca y los labios resecos. En el turno me temblaba la mano al escribir. Me volvió a regañar el sargento y me preguntó si estaba enfermo, si estaba tomando algo o si traía problemas. Yo negué con la cabeza y me tragué todo Me mandó otra vez a comer y a tomar agua y me dejó claro que no quería errores en el carril. Ese mismo día ella volvió a pasar, se detuvo y me miró como si ya supiera lo que me habían dicho. Me habló más bajo, me hizo arrimarme y en ese segundo de cercanía sentí el golpe en el cuerpo como si me hubieran quitado el aire. Me dijo que no me iba a tardar, que solo quería verme un momento afuera, que era cerca. Y que si yo no iba, iba a seguir viniendo hasta que yo aceptara. No lo dijo como amenaza abierta, pero la intención se entendía. Yo tomé la decisión por terquedad y por vergüenza. Terquedad porque no quería aceptar que me estaba controlando. Y vergüenza porque si lo reportaba iba a quedar como un soldado que se dejó

12:59 envolver por una civil y se salió del protocolo. Me convencí de que solo sería un momento, que yo podía ir, recibir lo que fuera y volver sin que pasara nada. Busqué el momento donde el movimiento en la garita tapara mi salida. Le pedí a un compañero que cubriera un tramo con una excusa mala, algo de ir al baño y volver rápido. Me alejé caminando sin prisa para no llamar la atención, pero sentí la mirada de un compañero en la espalda. Ese compañero no dijo nada. pero se quedó viéndome como si ya hubiera notado que yo llevaba días raro. Yo seguí con el papel con mi nombre guardado en el uniforme con la garganta seca y con la idea fija de que iba a resolverlo solo, aunque ya estaba claro que no lo estaba controlando. Caminé hasta el punto donde ella me había indicado, un lugar común a un costado de la carretera, cerca de una entrada de terracería, donde a veces se paran carros a descansar o a acomodar carga. Desde la garita se veía como un tramo cualquiera, sin nada especial. Por eso me pareció seguro en mi cabeza. Al acercarme, el cuerpo ya venía mal.

14:14 Tenía la garganta seca, la lengua pesada y un cansancio que no cuadraba con la distancia que había caminado. Aún así, seguí por orgullo. La vi cerca de un vehículo estacionado. De lejos, mi mente la siguió viendo como joven, igual que las otras veces. Esa costumbre fue lo que más coraje me dio después, porque yo ya traía señales de sobra, y aún así, mi cabeza insistía en la misma imagen. Cuando estuve a pocos pasos, lo primero que me golpeó fue el olor. No era perfume fresco, ni ropa limpia. Era un olor viejo, pegado a la piel, como ropa guardada mucho tiempo. Luego, me pegó el aliento, pesado, Y eso me detuvo un segundo. Se acercó con la misma confianza de siempre y buscó tocarme. Pero en cuanto sentí su mano en el brazo, la piel se me erizó por lo áspera que estaba. Esa mano no se parecía a la que yo imaginaba. Era una mano seca, dura, con uñas gruesas. Yo me quedé fijo mirando su cara y ahí empecé a notar fallas que antes no quería ver.

15:22 traía maquillaje demasiado cargado como una capa pareja que no se mueve con la piel la base se le marcaba en los pliegues alrededor de la boca en la frente se veía una línea cuarteada cuando movía las cejas el cabello no nacía natural en la línea de la frente parecía peluca mal pegada la voz también se le iba por momentos empezaba suave y al final se le salía un tono ronco como si se le olvidara sostener el papel me dio coraje conmigo mismo porque todo eso era visible no era un misterio era un engaño físico sostenido con mi propia obsesión ella me hablaba cerca como siempre buscando que yo me arrimara más y yo traté de mantener la distancia cuando di un paso atrás su expresión cambió ya no estaba jugando a ser amable se pegó con más fuerza y buscó tocarme la nuca y el pecho como si supiera exactamente donde me afectaba En cuanto me alcanzó, sentí el golpe en el cuerpo. Se me aflojaron las piernas, me zumbó la cabeza y el aire se me cortó en el pecho. Me costó sostenerme. Fue un mareo real, sucio, que te deja sin fuerza para reaccionar rápido. En ese momento pasó un carro por la carretera y el faro me iluminó la cara de ella de frente con luz blanca directa. Ese segundo me acomodó todo, pues la joven se cayó. Se esfumó de mi vista y vi a una anciana. La piel estaba llena de

16:54 arrugas profundas, con manchas oscuras en pómulos y manos. Los labios eran delgados y resecos. La nariz se veía más grande por la caída de la piel. Las mejillas estaban hundidas y la peluca se notaba por el borde, levantada en una esquina. No había nada de joven en esa cara. Lo único joven era lo que yo había aceptado ver. Me separé con el brazo y di otro paso atrás, usando el entrenamiento básico de no quedarme pegado a alguien que te quiere agarrar. Metí la mano al radio y pedí apoyo, corto como se pide en un puesto cuando algo se sale de control. La voz me salió ronca por la falta de aire, pero el mensaje fue claro.

17:38 Ella intentó acercarse otra vez, con la misma intención de pegarse a mí, Yo mantuve la distancia, me apoyé en el peso del cuerpo para no caer y me concentré en respirar por la nariz, despacio, para recuperar algo de fuerza. Escuché pasos y vi que venía el compañero que me había mirado al salir. Llegó con otro elemento. No venían tranquilos, venían firmes, porque ya me traían vigilado por mis fallas y porque mi salida del punto había sido rara. La alumbraron directo con una lámpara y con esa luz en la cara, Los dos la vieron igual que yo. Ya no había forma de sostener el engaño. Entre los dos la sometieron con técnica, sin golpes innecesarios, como se hace para controlar a una persona que se resiste. Ella pataleó y manoteó con fuerza, les tiraba arañazos y les rasgaba el uniforme con sus uñas largas y afiladas. Y ahí volvió a notarse lo que yo no quería aceptar. No era una muchacha frágil, Era una anciana dura acostumbrada a forcejear.

18:43 La revisaron ahí mismo con el protocolo de seguridad. Traía una bolsa simple de tela colgada al costado. Y dentro había cosas que me cerraron el estómago por lo directo que era todo. Encontraron un pedazo de tela verde con costura de uniforme, cortado de manera irregular, como arrancado. Encontraron cabello enrollado con hilo oscuro. y ese cabello no era de ella por el color y el grosor. Encontraron fotos pequeñas recortadas, de esas que se sacan de credenciales o impresiones, donde se veían caras de hombres con corte militar. Encontraron una libreta con apellidos y apodos, varios de ellos conocidos en la zona, y anotaciones de placas y rutas. También traía papeles doblados con nombres completos escritos, como el mío.

19:34 Eso amarró el tema de golpe. No era un caso aislado, era un trabajo dirigido contra militares de carretera. Yo me quedé parado a unos metros, recuperando el aire con las piernas temblorosas y la boca seca. Uno de los compañeros recogió mi radio y me lo regresó, y otro me tomó del brazo para que no me cayera. No me trataron como víctima ni como héroe, me trataron como elemento que cometió una falta y que estaba en mal estado. Me llevaron de regreso a la garita y se activó el reporte. Se asentó lo que pasó, se registró la detención y se avisó a la autoridad correspondiente para el traslado.

20:15 En el área médica me revisaron ese mismo día. Salí con anemia y deshidratación fuerte. Me sacaron del servicio por semanas. Me dejaron en reposo con seguimiento, porque el cuerpo no se recupera rápido cuando lo dejan así con brujería. En el destacamento se hizo revisión interna. Revisaron turnos, revisaron quién tuvo contacto con civiles fuera del protocolo y revisaron fallas de procedimiento. A mí me sancionaron por salir sin permiso completo y me cambiaron de zona cuando me dieron de alta. No fue una decisión amable, fue una medida para cortar el riesgo y para que yo no siguiera en el mismo punto. Cuando recuerdo todo, lo veo claro. Yo no viví un romance. Yo caí en una trampa hecha para drenarme, con un engaño físico sostenido por mi propia necedad. La cara joven no existía como realidad. Era maquillaje, peluca y el papel que yo acepté creer. Y lo peor es que no era solo contra mí. Esa bolsa con nombres y placas me dejó claro que había más militares marcados, y que si yo no hubiera pedido apoyo en ese momento, yo hubiera terminado peor de lo que terminé. Ahí se cerró el asunto, con reporte, con detención y con consecuencias reales en mi cuerpo y en mi carrera. Así fue como yo, solo por necedad, me enamoré de una bruja que me trabajó con brujería para drenarme la vida. Recuerdo

21:56 que llegué al terreno militar con una comisión de resguardo y control de perímetro. No era un cuartel grande, era una instalación aislada, levantada para operar lejos de la población. Con cerco de malla alrededor, dos torres de vigilancia, un patio de formaciones, una bodega de equipo, una zona de dormitorios y una franja de monte pegada a la línea. El acceso era un portón de metal con cadena, y el camino de terracería se abría como una cicatriz hasta la caseta. Lo primero que hice fue caminar el perímetro de día para conocer el lugar, como se conoce un problema, por detalles. Vi postes de luz que alumbraban por tramos, y otros que parpadeaban. Vi zonas donde la maleza ya había subido hasta tocar la malla y tapar la vista.

22:45 y vi un punto donde el terreno bajaba hacia un canal seco que corría paralelo al cerco por varios metros. En ese tramo se sentía la desventaja, porque la malla quedaba metida entre ramas y cualquier cosa del otro lado podía moverse sin ser vista. El trabajo era sencillo en papel, guardias, rondines cortos, reporte de novedades y control de acceso. En la práctica se notaba que el lugar ya traía un historial, No me lo contaron con claridad, pero se veía en la forma en que los viejos revisaban las lámparas antes de que cayera la noche, en cómo nadie se metía a la orilla del monte por gusto, y en cómo se mantenían cerca del patio cuando no era necesario salir.

23:32 Yo no iba a inventar cosas, iba a observar, y lo único que me importaba era cumplir y regresar con todos. La primera noche que me tocó guardia en el perímetro salí con radio, lámpara y el equipo normal. Me asignaron un tramo cercano a la parte donde la maleza cubría la malla. Caminé despacio pegado por dentro del cerco, revisando el suelo y los postes y cuidando la distancia con mi compañero. A los pocos minutos escuché risas del lado del monte. No eran gritos, no eran bromas de tropa, eran risas altas, de mujer, con un tono que sonaba sucio, como si se rieran de nosotros. Lo peor no fue la risa, fue que se repetía desde puntos distintos, como si hubiera más de una, y como si se contestaran a distancia. Alumbré hacia el monte, pero la luz se moría en hojas y ramas, y el cerco brillaba por momentos con reflejos. Cuando pasé por el tramo más tapado, vi una mano asomarse entre los cuadros del alambre. Fue un segundo, pero lo vi bien. Dedos largos, uñas negras y curvas demasiado largas para ser normales. La mano raspó el metal con fuerza y se retiró rápido, como si solo quisiera que yo la viera y supiera que estaba ahí.

24:51 Mi primer impulso fue acercarme, pero me mantuve en mi línea y marqué el punto por radio. No hablé de brujas ni de cosas raras, solo reporté que había movimiento del lado del monte, contacto con la malla, y que observé una mano con uñas largas. Mi compañero llegó de inmediato y barrimos el tramo con la lámpara, sin cruzarnos ni meternos al monte. No encontramos a nadie, pero el sonido del raspado quedó en el aire, y en la malla quedaron rayas recientes, metal levantado, como si hubieran pasado una garra o una navaja. Terminó la guardia y regresamos a la zona de dormitorios, con la sensación de que el lugar estaba activo, no por un intruso común, sino por algo que se movía con confianza. No me quedé con ideas vagas, me quedé con un dato concreto. Alguien podía tocar la malla, mostrarse un instante y desaparecer sin dejarse iluminar. Al amanecer faltó un compañero de otra guardia, No llegó al pase de lista, no respondió al llamado por radio y su litera quedó tendida, como si se hubiera levantado con prisa. Su equipo estaba completo en el casillero y eso fue lo que más nos apretó el estómago, porque nadie se va así si planea salir. El mando ordenó la búsqueda por sectores con orden, sin correr. Revisamos el patio, la bodega, los pasillos entre dormitorios, el cuarto de armas y al final nos fuimos al perímetro. Cerca

26:24 del tramo de maleza encontramos su radio tirado, con la carcasa quebrada, y a pocos pasos estaba la placa de identificación. La placa estaba doblada, con cortes en la orilla, como si la hubieran tronado con algo duro y tenía sangre húmeda. No era una mancha vieja, era sangre fresca que todavía brillaba pegada al metal en el suelo había gotas pequeñas separadas y un rastro corto que se metía hacia la maleza del lado del cerco no había huellas de botas saliendo por el acceso y en el camino de terracería no había marcas recientes de huellas se revisó la malla con cuidado y encontramos más rayas en el metal a una altura que obligaba a estirarse para tocarlas y en un poste había una marca como de golpe, madera y pintura levantadas. No apareció el cuerpo, y no aparecieron sus botas, ni tampoco apareció un rastro claro de arrastre que nos dejara tranquilos. Lo único que quedó fue la placa, el radio, la sangre y el tramo de malla lastimado, como si alguien hubiera usado ese punto una y otra vez. Ese mismo día se ordenó que nadie volviera a caminar solo en el perímetro, El mando lo acomodó como ausencia en el reporte formal, pero en la práctica cambió todo. Binomios en guardia, patrullas cortas, rondines más seguidos y vigilancia fija en los tramos donde la maleza tapaba. También se reforzó

27:57 el control de acceso como si eso resolviera algo. Yo me quedé con una idea simple desde ese momento. El terreno ya estaba marcado, y lo que se había acercado a la malla en la noche no estaba jugando. Estaba midiendo y escogiendo. Esa tarde, limpiamos un poco la orilla del cerco para abrir la vista, cortando lo que se podía sin meternos al monte. Cuando cayó la noche, volví a mi tramo con la misma lámpara y el mismo radio, pero con otra atención, más dura. Me pegué a la línea interior del cerco y miré la malla esperando el primer golpe de uñas. En el monte, a distancia, volvió a escucharse una risa. y esta vez sonó más cerca que la noche anterior, como si supieran que habíamos encontrado la placa, y como si quisieran que entendiéramos el mensaje.

28:48 Después de la primera llevada, el terreno dejó de sentirse como una instalación, y empezó a sentirse como una trampa. La orden de no caminar solo se cumplió desde ese mismo día. En guardia siempre salíamos en binomio, y los recorridos se hicieron más cortos y más seguidos. Aún así, las noches siguientes se volvieron una rutina de hostigamiento, como si del lado del monte estuvieran midiendo nuestras reacciones y aprendiendo nuestros tiempos. Las risas aparecían cada vez más cerca, no eran risas sueltas, eran varias, a ratos finas, a ratos roncas, y siempre con ese tono de burla. A veces se oían arriba de la lámina de la bodega, como pasos ligeros corriendo, sin peso, como si alguien corriera con los pies casi sin tocar. En cuanto alumbrábamos la azotea o apuntábamos la lámpara hacia la bodega, el sonido se cortaba y al mismo tiempo empezaba el raspado en la malla, como para obligarnos a voltear. Ese raspado no era un golpe accidental, era rápido, con ritmo, como si marcaran el metal. En la mañana, al revisar, encontrábamos las rayas nuevas, brillantes, con el metal levantado. El miedo no nos desordenó, pero nos tensó. La tropa empezó a moverse con cuidado, nadie se separaba. Y, en el patio, cuando se apagaba una lámpara, se notaba de inmediato, porque todos miraban el mismo punto oscuro. El mando mandó a cortar

30:20 un poco de maleza pegada a la malla, lo suficiente para abrir la vista sin meternos al monte. Esa limpieza dejó la malla más expuesta, pero también dejó claro que del otro lado había movimiento. Por las mañanas aparecían ramas rotas pegadas al cerco, como si alguien hubiera estado ahí la noche anterior, recargado, observando. En una ronda vi por primera vez una figura completa por un segundo, en un hueco de luz. Por partes y por su velocidad no la alcancé a ver bien, pero era delgada, encorvada. con el cabello largo pegado al cuerpo y la cara tapada por mechones. Las manos terminaban en uñas demasiado largas, curvas y negras. No caminaba como soldado ni como civil, se movía con velocidad corta, como si se impulsara con manos y pies al mismo tiempo. En ese instante cruzó pegada a la malla y luego se metió en el monte.

31:20 En el punto donde desapareció, la malla se movió como si alguien la hubiera jalado desde fuera. Lo reporté lo más pronto posible. Una figura humanoide delgada con movimientos rápidos en la zona de la maleza. El mando respondió con una instrucción simple. Mantener posición y no perseguir hacia el monte. Reforzar punto con otro binomio. Eso fue lo que más nos frustró. Porque la reacción instintiva era correr tras lo que uno ve. Pero ya teníamos claro que ese era el error. Si uno se metía al monte... Perdía luz, perdía referencia y se quedaba solo aunque fuera con otro.

32:00 En esa misma semana se llevaron a dos más. No pasó igual en detalle, pero sí en patrón. Siempre era cerca del cerco, siempre venían las risas primero, se movían pegadas a la malla como si supieran en dónde estaba la sombra y siempre había un instante de confusión que no duraba ni un minuto. En una de esas noches yo estaba a unos metros del compañero que desapareció. Íbamos en binomio, con la lámpara al frente y el radio al alcance. Oímos la risa pegada a la malla y al mismo tiempo un raspado fuerte, como si arrastraran las uñas con coraje. Mi compañero volteó hacia el ruido y se pegó un poco al cerco para alumbrar por el cuadro de la malla. En ese segundo se escuchó un golpe seco, como metal vibrando, y la luz de su lámpara se fue al suelo. Corrí hacia él y ya no estaba. Su lámpara estaba encendida, apuntando al polvo y el radio solo soltaba estática. En la malla quedaron dos marcas largas, paralelas, como si hubieran pasado las garras de arriba hacia abajo. El segundo desaparecido ocurrió en otra guardia, en otro tramo, con dos hombres juntos. Al revisar después, encontramos una bota tirada por dentro del cerco. como si la hubieran arrancado al jalar, y un pedazo de uniforme con cortes largos, limpios, como hechos con uñas. Nadie encontró huellas de botas alejándose, no se encontró rastro hacia el portón.

33:31 La evidencia siempre se quedaba cerca de la malla, como si el cerco fuera el punto de trabajo de ellas. Las placas aparecieron después en ambos casos. No fue que las encontráramos buscando, las dejaron donde todos las vieran. Una amaneció en el centro del patio cerca de donde formábamos, como si la hubieran aventado de noche con fuerza. La otra apareció al lado de la caseta, pegada a la base del poste de luz. En las dos placas se leía el nombre con claridad, pero la orilla estaba dañada, doblada con cortes y venían con sangre. No era sangre seca de días, era sangre reciente, todavía pegajosa. Ese detalle fue lo que nos terminó de cerrar la idea. No era solo desaparición, era mensaje. Nos estaban diciendo que podían llevarse a cualquiera y devolver solo el nombre. Con tres desaparecidos, el mando dejó de tratarlo como algo normal y autorizó una solución táctica, sin discursos. La orden fue directa. Dejar de perseguir hacia el monte y obligarlas a exponerse en un área iluminada. con cobertura y tiro cruzado. Se eligió un tramo del perímetro, donde la malla estaba más limpia y donde la luz podía cerrar el espacio. Se movió un vehículo hacia ese lado, para usar los faros como muro de luz. Se montaron lámparas fijas, apuntando a la malla y al suelo para quitar las sombras. Se marcaron

35:03 posiciones con ángulos cruzados, para no disparar a lo loco y para cubrir los escapes hacia el monte. El señuelo fue una patrulla corta, siempre en grupo, con la instrucción clara de retroceder hacia la luz, en cuanto escucharan risas cerca, sin quedarse a ver qué era. Yo entré al plan con la cabeza fría. No necesitaba exagerar nada para sentir el peso de lo que estaba pasando. Teníamos las placas llenas de sangre con los nombres conocidos. Teníamos los radios rotos cerca de la malla, cortes de uniforme. Eso estaba más que claro, era un ataque de algo que no era normal, y muchos estuvimos de acuerdo en que eran brujas.

35:45 Lo que nos faltaba era controlar el escenario. Esa noche que nos preparamos, revisé mi lámpara, probé el radio, revisé el seguro del arma y me paré en mi punto mirando la línea de malla. En el monte, a lo lejos, se escuchó una risa y luego otra. Se escucharon como si ya hubieran entendido que ahora íbamos a responder distinto. Esa noche nos preparamos muy bien, con el plan ya listo. El tramo elegido quedó iluminado con todo lo que teníamos, los faros del vehículo apuntando a la malla, dos lámparas fijas amarradas a los postes y otras dos en mano para corregir las sombras. El generador estaba trabajando parejo para no perder luz en el momento clave. se marcaron posiciones con distancia suficiente para no cruzarnos en el fuego. También se definió algo simple. Nadie corría hacia el monte, nadie se pegaba a la malla más de lo necesario, y cualquier movimiento raro se reportaba por radio con la ubicación exacta.

36:48 A mí me tocó en una esquina del área iluminada, donde se veía el suelo y el inicio de la maleza. Tenía vista del cerco y del canal seco que corría por fuera del lado del monte. desde ahí entendí por qué ese lugar era malo el canal daba sombra y daba un camino natural para moverse sin hacer ruido en la tierra suelta si ellas usaban el terreno como ventaja esa era su línea el hostigamiento empezó como las otras noches pero con más confianza las risas se escucharon pegadas al cerco cerca del punto donde días antes aparecieron las placas no era una risa aislada se oían varias separadas por metros como si se colocaran para rodearnos luego vinieron las uñas raspando la malla rápido con fuerza como si quisieran que volteáramos al mismo tiempo el metal vibró y el sonido se extendió por los postes yo mantuve mi lámpara al frente sin barrer de más esperando que entraran en el cono de los faros Cuando la luz las tomó de frente, vi detalles que antes solo se alcanzaban a ver por segundos. Eran figuras delgadas, encorvadas, con cabello largo pegado a los hombros. La piel se veía manchada con zonas oscuras, y la boca se abría en una risa que parecía rabia, con dientes largos que se alcanzaban a ver cuando levantaban la cara. Las manos eran lo peor, porque las uñas no eran solo largas, eran curvas y gruesas,

38:21 como ganchos. No caminaban con pasos normales, se movían por impulsos cortos, acercándose al cerco y retrocediendo en el mismo tramo, como midiendo hasta donde podían llegar sin quedar quietas. Una se pegó a la malla y metió los dedos entre los cuadros, tratando de alcanzar lo que estuviera del lado de adentro. La vi estirar el brazo con una facilidad que no correspondía al tamaño del cuerpo. Otra se trepó con rapidez, clavando las uñas como si el alambre fuera escalera. Subió hasta quedar arriba del cerco, y se quedó un instante colgada, mirando hacia nosotros como si esperara que alguien se distrajera. En ese punto se dio la señal por radio y la luz se cerró aún más sobre la malla.

39:08 Los faros no les dejaron sombra. La que estaba arriba intentó caer del lado de adentro. Lo hizo con un movimiento rápido, sin freno, como si no le importara el golpe. Apenas tocó el suelo, se lanzó hacia el centro del área iluminada buscando llegar a donde estábamos. Ahí se abrió fuego de forma controlada, sin ráfagas largas, apuntando a detenerla en el espacio marcado. Cayó de inmediato, pesada, con un golpe real en el suelo duro. La otra, la de la malla, intentó meterse más, como si quisiera jalar a alguien del brazo. y también recibió fuego en el mismo punto, antes de que lograra pasar. Cayó pegada al cerco, y el metal volvió a vibrar cuando su cuerpo golpeó la malla.

39:55 No hubo celebración. Nos mantuvimos donde estábamos, porque el plan era no romper formación por impulso. Se aseguró la zona primero, con lámparas a ras del suelo para detectar movimiento. Cuando se confirmó que no había otra figura entrando por ese tramo, Avanzamos en grupo, con cuidado, sin pegarnos a la malla. En el suelo vi uñas quebradas, pedazos negros regados cerca de donde cayó la primera. También vi manchas oscuras que no eran solo sangre, eran mezclas espesas, y el olor se volvió más fuerte, como humedad vieja mezclada con sangre fresca. Al acercarnos, las dos brujas se veían más claras con la luz directa. No eran grandes, pero daban una impresión pesada.

40:41 por la forma en que el cuerpo quedaba torcido, como si no tuviera la misma estructura de una persona. La piel estaba fría al tacto cuando uno se acercaba con guantes. El cabello tenía tierra pegada, las uñas seguían curvas aún quebradas, como si estuvieran hechas para agarrar. Se levantaron evidencias en bolsas, lo básico, uñas quebradas, fibras de uniforme que traían pegadas y marcas del cerco donde se habían colgado. La tercera no se quedó a pelear. La vimos moverse por el borde de la luz, pegada a la maleza, usando justo el límite donde los faros perdían fuerza. No se metió de frente. Se desplazó como si ya conociera el punto exacto de escape. Alcancé a verle la cara un momento, sin cabello encima, con los ojos abiertos y fijos. No parpadeó.

41:35 Y antes de irse, raspó la malla con fuerza en un poste. dejando una marca larga, profunda, como una firma. Luego se perdió hacia el canal seco con una risa final que ya no sonó a burla, sonó a amenaza directa. Después del enfrentamiento, revisamos el perímetro inmediato y el patio, porque ya sabíamos que ellas dejaban cosas donde dolía. Cerca de donde cayeron las dos, en el suelo, aparecieron los tres nombres de identificación del uniforme de los compañeros desaparecidos. Estaban juntas, tiradas como si las hubieran soltado a propósito, en el único lugar donde todos íbamos a mirar. Las tres tenían sangre y las tres venían dañadas en la orilla, como golpeadas con algo duro. No fue un hallazgo casual, fue un mensaje claro. Nos devolvieron los nombres, no a los hombres. El mando reforzó el terreno al poco tiempo.

42:32 Se limpió más maleza, se cambiaron postes de luz, se rotaron guardias y se cerró la comisión con un informe interno que no explicó lo esencial. A mí me reubicaron. No volví a ese cerco y jamás volví a verlas. Lo que se quedó en mi mente fue la imagen de la tercera bruja escapando por el borde de la luz, con esa mirada fija, como si hubiera memorizado mi cara. Con los años, esa noche se me quedó como un recuerdo cerrado, No como un asunto pendiente de investigación. Sé que eliminamos a dos y sé que una se fue libre. También sé que desde entonces, cada vez que escucho un raspón en metal, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

43:15 No vivo contando la historia ni buscando explicaciones extra. La cargo como un dato duro de mi vida militar. Hubo un terreno donde el monte se pegó a la malla. Se llevaron a tres compañeros y lo único que regresó fueron sus placas llenas de sangre. En ese mismo terreno logramos detener a dos y dejamos ir a una. Esa es la parte que todavía pesa, porque esa última no salió corriendo por miedo. Salió porque decidió que no era el momento de atacar a los demás. Me llamo Juan y esto me pasó hace algunos años cuando era militar.

44:04 La misión era simple. Teníamos que buscar a una patrulla que dejó de responder y revisar reportes de ataques en la zona. No era una operación grande. Era un recorrido de reconocimiento con orden clara. Entrar, ubicar rastros, confirmar si había heridos o desaparecidos y sacar al grupo si encontrábamos señales recientes. Íbamos pocos para movernos rápido. Yo iba al frente con un radio pegado al chaleco y la lámpara en el pecho, el cabo de comunicaciones, cargaba baterías y una antena corta. El médico llevaba su botiquín en una mochila compacta y dos tiradores cubrían atrás con distancia corta.

44:45 También iba un guía que conocía esos caminos porque había trabajado con gente de las zonas. No iba a contarnos historias, iba a señalar lo que viera en el suelo, en los troncos y en la forma en que se rompía el monte. Cuando alguien pasaba, la entrada a la selva pegaba en la cara desde el primer paso. La humedad se metía por el cuello, el lodo jalaba las botas y las hojas mojadas te daban en los brazos como látigos blandos. Caminábamos en fila cuidando no hacer ruido innecesario con una regla simple. Si alguien veía algo, levantaba el puño y todos parábamos. El guía abría con machete solo lo indispensable para no dejar un camino marcado. Al principio encontré señales humanas normales. En el barro había huellas de bota con dibujo militar, no tan viejas, porque los bordes estaban bien marcados y el agua no las había redondeado.

45:42 Entre ramas bajas vi un pedazo de cinta de amarre atorado. y más adelante una envoltura de ración aplastada, con lodo encima, como si alguien la hubiera pisado al salir corriendo. Eso me confirmó que no andábamos detrás de inventos, andábamos tras gente que estuvo ahí hace poco. El terreno se cerró más y empezó a subir hacia una zona con árboles más gruesos. Ahí fue cuando el rastro cambió. En un tronco a la altura del pecho, vi cortes profundos, paralelos, como si alguien hubiera rasgado con garras enormes. No eran rayones finos de ramas, eran surcos anchos con madera levantada, todavía clara, y con pedazos de corteza colgando. Puse la mano cerca sin tocar y sentí la humedad fresca del corte.

46:30 Eso no lo hacía un machete. Un machete deja marca recta, parecida con borde uniforme. Esto parecía una mano con uñas largas arrastrada con fuerza. Ordené revisar alrededor. Los tiradores abrieron un poco el ángulo sin separarse más de lo que permite el radio. El médico se quedó al centro. El guía se agachó y señaló marcas en el suelo, líneas largas en el lodo como arrastre de uñas y pisadas hundidas, separadas que no eran de bota. Me quedé mirando el patrón y vi que esas marcas salían del tronco hacia el camino, como si lo hubieran marcado a propósito. Seguimos avanzando y el olor nos avisó antes de verlo. Era un olor caliente, a sangre reciente y a animal muerto.

47:18 Entre matorrales apareció un animal grande, abierto, cerca del camino. Estaba tirado de lado, con el vientre reventado y con carne arrancada a tirones. La sangre aún estaba húmeda en la tierra. Pegada a hojas y piedras, había mordidas profundas, redondas, con marcas separadas que no eran de un perro. La carne no estaba cortada, estaba desgarrada, y alrededor había huellas mezcladas. Bota militar en una dirección y pisadas de animal cruzando encima, además de marcas largas como si hubieran arrastrado las uñas para frenar o girar. El médico se acercó lo justo para revisar si había larvas o señales de que llevaba mucho tiempo. Dijo en voz baja que era reciente. El guía también bajó la voz y soltó la palabra Nahual.

48:10 Como advertencia seria, nos dijo que esas bestias no son un animal común y que no se comporta igual. No lo dijo para asustar. Lo dijo porque las marcas y la forma del ataque no coincidían con un jaguar cazando o algún animal de esos. Yo no me puse a discutirle. Miré otra vez el cuerpo, las huellas, los cortes del tronco y el arrastre en el lodo. Lo que tenía frente a mí era un depredador grande, fuerte, rápido y con garras. Eso bastaba para ajustar el plan. Ordené mantener distancia corta, radios en modo bajo, lámparas apagadas, salvo cuando fueran necesarias, y nada de adelantar solos. El guía sugirió seguir hacia un arroyo. porque ahí todo deja huella. En la selva las pisadas se pierden, pero en la orilla del agua, el barro guarda marcas y las piedras muestran sangre.

49:08 Fuimos hacia allá con paso firme. El suelo cambió a piedras resbalosas y raíces gruesas. Se escuchaba el agua corriendo entre ramas caídas y el golpe de hojas cuando pasaban animales pequeños huyendo de nuestra marcha. En la orilla encontré sangre fresca en las piedras como salpicada y pelo oscuro atorado en las ramas. Me agaché para ver bien el pelo y era grueso. No era de un animal conocido y estaba pegado con sangre como arrancado a tirones. Levanté la mano para que el grupo parara. Nadie se separó. El guía se quedó detrás de mí, el médico al centro y los tiradores cubrieron los costados. Me quedé mirando el monte del otro lado del arroyo. En ese punto vi dos puntos rojos entre hojas, quietos, a baja altura.

50:00 No era reflejo de lámpara, porque todavía no encendía la luz fuerte y el sol apenas entraba por encima. Eran ojos, fijos, mirándonos desde una distancia corta. Sentí el cuerpo ponerse tenso por reflejo, pero no me moví de golpe. Hice una seña lenta con la mano para que los tiradores apuntaran sin disparar. Los ojos se movieron un poco y luego se quedaron otra vez clavados. El agua seguía corriendo, el monte seguía vivo, y esos ojos no parpadeaban. En el suelo junto a mí escuché ruidos en las piedras, como si las rasparan con uñas. Una masa oscura se movió pegada al suelo, cruzó a dos metros y se metió entre las raíces. Alcancé a ver la forma grande, el lomo alto, y una mano o pata con garras que se abrió para agarrarse del barro. No vi la cara completa, vi el tamaño y la manera de moverse. Regresé un paso sin dar la espalda y me pegué al grupo.

51:01 Se notaba que nos estaban siguiendo desde antes y que ahora nos habían medido de cerca. Ordené avanzar hacia donde debía estar el campamento de la patrulla perdida, con formación cerrada y con luz lista para encenderse en un segundo. Mientras caminábamos, el monte se movía en los costados, y los ojos rojos aparecían y desaparecían entre las hojas, como si nos acompañaran por el mismo corredor. Ahí quedó claro que no estábamos buscando solos, nos estaban llevando. Avancé hacia el punto donde debía estar el campamento de la patrulla perdida, con el grupo pegado a mí. El guía iba un paso adelante, marcando con la mano los cambios del terreno.

51:46 Los ojos rojos seguían apareciendo entre hojas, a ratos cerca, a ratos lejos, como si caminaran a la par del arroyo sin pisar el agua. Yo llevaba la lámpara lista para encenderla y el radio con volumen bajo. Los tiradores cubrían lados cortos cuidando que nadie quedara atrasado. Llegamos a un claro pequeño, apenas un espacio donde el monte dejaba pasar algo de luz. Ahí estaba el campamento, pero no parecía campamento. La lona estaba rota en dos partes con tiras arrancadas, como si alguien la hubiera jalado con fuerza. Había una mochila abierta con todo revuelto, una cantimplora tirada, un paquete de vendas manchado y el radio de la patrulla en el suelo con lodo pegado en la rejilla.

52:35 El barro tenía un rastro de arrastre marcado, una línea ancha con surcos a los lados y como si hubieran jalado a alguien por las piernas. Encima del arrastre había gotas de sangre separadas, no un charco, gotas que iban de menos a más, como de alguien que caminó herido, se tambaleó y luego cayó. Me agaché sin meter la mano donde no veía. El médico revisó la sangre, tocó con guante y dijo que estaba fresca, todavía espesa, sin señales de secarse por completo. El guía señaló un tronco junto a la lona. Tenía marcas de garras a la altura de la cara, cinco surcos juntos, profundos. Abajo, cerca de la raíz, el barro estaba levantado con huellas pesadas, y entre esas huellas había pisadas de bota militar cruzadas.

53:25 La patrulla estuvo ahí y salió corriendo. Tomé el radio tirado y lo limpié con la manga para ver la pantalla. La señal entraba mal, con cortes, pero el aparato tenía registro de audio. Presioné el botón y acerqué el altavoz a mi oído, para no reventar el silencio del monte. Se escuchó respiración fuerte, ramas golpeando y un grito corto ahogado, y luego una voz igual a la del cabo de esa patrulla, diciendo su nombre como si lo llamaran desde cerca. Esa voz no venía de mi grupo, venía del monte, en dirección contraria al campamento. Lo peor fue que mientras sonaba el audio, esa misma voz se repitió desde los árboles, con el mismo tono, como si alguien estuviera copiándolo al mismo tiempo. El cabo de comunicaciones de mi equipo tensó los hombros y dio medio paso por reflejo. Yo le puse la mano en el pecho y lo frené sin empujarlo, solo deteniéndolo. El guía levantó la barbilla hacia el monte y se quedó fijo en un punto. Yo seguí esa línea y vi movimiento alto en un tronco. Primero vi garras enormes agarrándose de la corteza, hundiéndose como si el árbol fuera blando. Luego vi un ojo rojo, redondo y sin parpadeo, mirándonos desde arriba. El primer nahual cayó por el costado como una piedra viva. no saltó como perro cayó pesado con el lomo alto y las patas largas abrió la boca y los colmillos largos se alcanzaron a

54:58 ver aunque fuera un segundo se fue directo contra el tirador de atrás lo tumbó con el peso y lo arrastró hacia el matorral raspando el barro con las uñas el tirador trató de clavarse al suelo con las manos y dejó surcos con los dedos pero lo jalaban como si jalara una camioneta la sangre le salió rápido primero en la manga, luego en el suelo, marcada en líneas que se iban metiendo entre las hojas. El segundo Nahual apareció casi al mismo tiempo, rodeando por el lado del arroyo. No caminó, se deslizó rápido pegado al suelo y luego se levantó de golpe, mostrando la cara larga y la mandíbula abierta. Los ojos rojos se clavaron en el médico.

55:42 Se fue contra él con un impulso corto. Yo jalé al médico por el chaleco y lo metí detrás de mí. El golpe de aire me pegó en el cuello antes de ver las garras. Esas garras pasaron cerca y cortaron tela, dejando una línea de sangre en el antebrazo de un compañero que estaba a mi lado. Disparé ráfagas cortas cuando vi el pecho y la cabeza entre hojas. Las balas pegaron en el lodo y en el tronco, pero dos le entraron porque el cuerpo se frenó un instante. Ese instante me dejó verlo completo. Pelo oscuro pegado a su cuerpo, saliva cayendo en hilo, colmillos largos manchados de sangre y los ojos rojos fijos que no se movía aunque yo le apuntara. En lugar de huir volvió a entrar con velocidad, bajando la cabeza para morder. El mordisco pegó en el borde del chaleco de un compañero y sonó duro. El compañero se dobló del golpe y cayó de rodillas. El guía encendió la lámpara fuerte. La luz le pegó directo y el Nahual abrió la boca más, mostrando la lengua y los colmillos completos. La cara no tenía expresión humana, pero la mirada era clara, como si eligiera a quién morder.

56:57 Retrocedió un paso, se cubrió con el cuerpo y volvió a entrar en diagonal buscando el flanco. Era rápido y no atacaba por desesperación. Atacaba con intención, como si supiera separar a uno del grupo. El primer Nahual seguía jalando al tirador hacia lo espeso. Yo escuchaba el raspado en el barro y el golpe de ramas quebradas. ordené con señas que el tirador de adelante cubriera el camino de arrastre me moví sin soltar la formación el médico se agachó junto al compañero de rodillas le apretó una venda en el brazo y lo levantó del chaleco para que siguiera caminando se armó una pelea cerrada de pocos metros con golpes contra los troncos ramas rompiéndose y sangre salpicada en hojas a baja altura El segundo Nahual intentó morder otra vez y yo le metí un culatazo en el hocico, sintiendo la dureza del cráneo y el calor de la saliva.

57:56 Retrocedió medio metro y ese espacio lo aproveché para gritar una orden corta, de avance en bloque, sin soltar al herido y sin abrir huecos. Ya había un herido, ya intentaron arrastrar a uno y por segundos casi nos separan. Saqué la cuerda y la amarré rápido a los chalecos, un tramo corto entre cada uno, lo suficiente para movernos juntos y lo bastante firme para que nadie quedara atrás si caía. El guía sacó una bengala y la dejó lista en la mano. Con la luz apagada, ellos mandaban, pero con luz fuerte, el terreno se emparejaba. Yo apunté hacia el claro cercano y nos movimos hacia ahí, arrastrando al tirador que todavía luchaba por no desaparecer entre el monte.

58:41 mientras los ojos rojos se volvían a encender, más cerca que antes. Con la cuerda amarrada entre los chalecos, nos movimos hacia el claro más cercano. El guía me puso la bengala en la mano y señaló un espacio abierto donde el monte bajaba. Los dos nahuales seguían alrededor, los veía por destellos. El tirador que habían intentado arrastrar venía jalado entre dos, con el brazo empapado y la respiración corta. Encendí la bengala y la lancé hacia el claro. El fuego cayó girando y bañó todo de rojo y blanco. La luz abrió la selva y dejó al descubierto al Nahual Grande. Estaba parado en el borde del claro, viéndonos con la espalda alta, brazos largos, más largos de lo normal y garras enormes. Los ojos rojos se le quedaron clavados al grupo y luego se quedaron en mí, directos y fríos. Tenía sangre fresca en el hocico y carne atrapada entre los dientes. El pelo le brillaba por el lodo.

59:45 Cuando respiraba, el pecho se le inflaba con fuerza y, a un costado, pegado a la orilla del arroyo, apareció el segundo. Ese segundo Nahual volvió a usar la voz del cabo de la patrulla perdida, llamando por nombre al herido desde otro punto. La voz salió igual y sin fallas. Yo grité la orden de avanzar juntos, sin romper la cuerda y sin soltar al tirador herido, y nadie se salió de la línea. El Nahual grande se lanzó. Primero sentí el golpe del aire y luego vi el cuerpo venir de frente. Las garras me rozaron el brazo y me abrieron la tela en tres líneas. La sangre me salió marcada y el médico me apretó una venda en movimiento.

1:00:30 Yo levanté el arma y disparé cuando vi el pecho y el cuello del Nahual en la luz. Le di varios impactos y le pegaron, pero aún así el Nahual siguió. Chocó contra nosotros y nos tiró al suelo. Sentí el lodo meterse en la boca y la cuerda tensarse en seco. El Nahual bajó la cabeza y mordió el equipo buscando carne. Los colmillos pegaron en el borde del chaleco, pero metí el antebrazo entre su boca y mi garganta. Sentí saliva caliente y el olor fuerte a sangre y animal mojado. Los colmillos rasparon el protector del chaleco y me dejaron la piel ardiendo por el golpe. Con la otra mano agarré el radio para que no se fuera a lodo y empujé la cabeza del Nahual hacia un lado. Un tirador disparó a quemarropa cuando vio el costado abierto por la bengala y la sangre saltó en gotas gruesas sobre la tierra. El animal se sacudió con fuerza y sus garras golpearon las piedras, dejando huellas reflejadas en el lodo.

1:01:34 El segundo Nahual rodeó el claro sin entrar de frente. Lo vi cruzar detrás de un tronco y frenar con garras que abrieron surcos. La mandíbula se le abrió y los colmillos largos brillaron con la bengala. Ese animal buscaba el hueco para agarrar al médico o a uno de los heridos. Cada vez que yo movía el arma hacia él, cambiaba de ángulo y se pegaba a la sombra, como si esperara el segundo exacto para entrar. El guía se metió a distancia de brazo. Cuando el Nahual grande quedó un instante clavado contra el suelo por el golpe de los disparos, le metió el machete en el costado y la hoja entró y salió con sangre caliente. El Nahual soltó un chillido grueso y se echó hacia atrás. Cuando retrocedió, dejó cuatro surcos profundos en el barro. Cogeó hacia lo espeso, con una pierna lastimada, heridas de bala y el machetazo en el costado, arrastrando el cuerpo como si todavía quisiera volver, pero cuidando las heridas. El segundo se pegó a la retirada del grande como escolta. Se detuvo un segundo, nos miró y se metió tras él. La luz de la bengala los sostuvo lejos, pero la selva se los tragó rápido.

1:02:49 Aún así, los oí moverse entre ramas y piedras, como si caminaran alrededor para confirmar que salíamos. Aproveché ese espacio, levanté al compañero que estaba conmigo y jalé al herido para que caminara. El médico sostuvo al tirador con el brazo empapado y le ajustó la venda con fuerza, apretando hasta que la sangre bajó a gotas. A mí me ardía la herida del brazo y la del pecho, pero era más importante salir. Salimos hacia el punto de extracción con la cuerda todavía amarrada, mirando los costados y cuidando el paso. El monte siguió vibrando con pasos rápidos a distancia, siempre del lado donde había más sombra. En el camino recogí lo único que podía entregar como prueba. Cerca del arrastre encontré una placa metálica rota, manchada y un pedazo de uniforme pegado con sangre y pelo. Lo metí en una bolsa y lo guardé en mi chaleco. Los ojos rojos volvieron a verse a distancia, esta vez sin acercarse, como si ya hubieran elegido su salida y ya no les convenía pelear bajo la luz. Cuando agarramos señal, reporté ubicación, heridos y evidencia. La extracción llegó por tierra. Salimos con el tirador herido consciente, temblando del dolor, y con el otro compañero con el brazo cortado pero caminando. En base, entregué la placa y el pedazo de uniforme, y di el reporte completo. marcas de garras, dos atacantes, sangre y disparos.

1:04:21 El oficial que recibió el reporte me pidió una versión recortada, con ataque de fauna y contacto en selva. Me ordenó borrar las fotos del dispositivo, de un tirador que alcanzó a tomar una con la bengala encendida. Las borramos frente a él una por una hasta vaciar la carpeta. La evidencia física se fue en una bolsa sellada, a un cuarto al que no entrábamos. La operación se cerró para nosotros. La zona quedó restringida. A mí me mandaron a otra unidad semanas después. Me llevé la cicatriz del antebrazo por las garras, el sonido del mordisco en el chaleco y la imagen de esos ojos rojos mirando como si me dieran el último paso. En esa selva había nahuales y nos tocó enfrentarnos a ellos en esa misión en la selva.