Nov. 12, 2025

Fui Trailero Y Esta Es Mi Historia Con Las Brujas - Historias De Terror - REDE

Fui Trailero Y Esta Es Mi Historia Con Las Brujas - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Manejo trailer desde hace años y conozco muy bien todos los tramos de la carretera. Esa ruta es recta en largos pedazos y de pronto se hunde entre árboles y el ruido de hojas secas. En una de esas rectas las vi, tres mujeres paradas al borde del pavimento, juntas, mirando fijo las luces del camión. no apartaron la vista ni un centímetro bajé un poco la velocidad por reflejo y pasaron por el haz de los faros la piel les brilló tensa y los ojos devolvieron un destello como de ojos negros sentí sudor en las palmas apreté el volante y seguí hasta el poblado más cercano El hotel quedaba en una esquina con letrero pintado a mano y una cochera estrecha. Entré a recepción. El mostrador era de madera gastada en el borde, marcado por manos que se apoyaron ahí por años. El pasillo tenía alfombra vencida y un olor constante a trapo húmedo. Pedí cuarto y me dieron el del fondo. Caminé hasta la puerta, probé la llave y entré. Cerré con seguro y acomodé una silla debajo de la manija. la habitación era simple una cama firme con una cobija áspera cortinas gruesas una mesa chica y una lámpara de base metálica puse la cartera y las llaves sobre la mesa dejé las botas alineadas junto a la puerta porque me gusta salir rápido si hace falta bajé al comedor y la encargada me vio con

1:36 cara de cansado y me ofreció un termo con té de hierbas lo acepté y el primer trago fue amargo y se me pegó a la lengua como polvo fino subí de vuelta con el termo y me senté en la orilla de la cama tomé unos sorbos cortos el cansancio bajó desde la nuca hacia los hombros apague la lámpara y el cuarto quedó en penumbra con borde de luz por la parte baja de la cortina Olía a hierba húmeda, no a perfume, sino a hoja triturada. El colchón cedió lo justo. Me acomodé de lado y dejé el termo en la mesa, a distancia de la mano. El pasillo sonó con unos pasos lentos, como una suela que se arrastra. La pared recibió tres golpes leves, abiertos, como si una palma probara el grosor del tabique. El seguro vibró lo bastante para que la silla hiciera un movimiento mínimo y volviera a su sitio. Respiré por la nariz despacio y sentí la cabeza pesada, la lengua se me adormecía y el zumbido en los oídos creció hasta tapar los ruidos del hotel y luego los devolvió más lejanos.

2:46 Entre pestañeos vi la silueta de la silla dibujada sobre la puerta y el pliegue recto de la cortina. El té trabajó muy rápido. El cuerpo respondió con una flojera pareja, como si cada músculo se durmiera. Las manos se me calentaron primero y luego quedaron tibias, quietas sobre la cobija. Noté un cambio en el aire, más frío junto a la ventana y más denso cerca de la puerta. No busqué la lámpara y no traté de hablar. De verdad que mantener los ojos abiertos me costaba más que sostener el volante en subida. Cerré los párpados un segundo y los abrí de nuevo, para ubicar la mesa, la lámpara y el termo. Todo seguía en su lugar, pero el pasillo se cayó de golpe, y en ese silencio el hotel entero pareció contener el aliento. la última imagen clara quedó anclada en la puerta la silla ajustada bajo la manija y el seguro firme me concentré en eso en la pieza de metal haciendo su trabajo el zumbido volvió a subir y el olor a hierba húmeda tapó los demás olores la vista se me nubló por los bordes como si el cuarto se cerrara en un marco más pequeño la voz interior que siempre me mantiene alerta en carretera se fue apagando al ritmo de la respiración el sueño cayó sin sacudidas pesado y parejo con la sensación precisa de que algo esperaba detrás de la puerta a

4:16 que yo soltara por completo el cuerpo Me desperté a medias por un aliento húmedo junto a la boca, abrí los ojos lo justo, tres figuras estaban pegadas a la cama, el olor cambió a óxido con tierra mojada, unos dedos fríos tocaron mi antebrazo y arañaron la piel, me ardió al instante, la luz que se colaba bajo la cortina perfiló sus caras. piel tensada sobre el hueso pómulos afilados dientes largos separados por espacios oscuros las manos terminaban en garras opacas con bordes rotos y sucios murmuraban bajo la de la izquierda me tomó la muñeca y me presionó el pulso con exactitud la del centro abrió una bolsa de tela oscura por dentro estaba húmeda y soltaba un vapor terroso que me picaba en la nariz gire la cara y me cubrí la boca con el antebrazo la más alta fijo los ojos en los míos sin parpadeos buscaban el momento en que mi cuerpo se diera por completo la silla seguía trabando la puerta las cortinas no se movían y sobre la mesa estaba la lámpara de base metálica el termo mi cartera y mis llaves los párpados me pesaban pero los brazos me obedecían si les exigía me aferré a la cobija con los dedos para medir fuerza la de la bolsa aspiró aire y sopló hacia mí el vapor me entró y me subió a la frente la de la izquierda me hundió las garras

5:48 en el hombro lo suficiente para dejar marcas Estiré despacio la mano derecha hasta tocar el borde frío de la base. La cerré con firmeza. Me pegué los codos al cuerpo para ganar palanca. La más cercana dejó descubierta su guardia y apunté ahí. La de la bolsa volvió a cargar aire. La de la muñeca me apretó más. Subí la lámpara sin aviso y la bajé con todo el peso sobre la ceja. Sonó metal contra hueso y la cabeza se le fue hacia atrás y golpeó el marco de la cama. La segunda tropezó al recibirla encima y la tercera levantó la mano y barrió el aire a la altura de mi cuello. Me senté de un tirón y planté los pies en el mosaico. El frío me subió a los tobillos y me despejó la niebla del té. Con la mano libre agarré las llaves de la mesa. Jalé la silla que trababa la puerta. La madera raspó el piso y la manija quedó libre. Empujé con el hombro y la puerta cedió. me entró un aire frío del pasillo que me secó el sudor de la frente en el cuarto quedó un gruñido bajo y el rascar de uñas buscando apoyo en la madera dejé la lámpara colgando en el marco para correr mejor pues el cable se me enredó con la pata de la cama salí al pasillo con las llaves en el puño la alfombra áspera me quemó las plantas de los pies y detrás las uñas rascaban la madera con golpes cortos irregulares bajé la escalera

7:21 de dos en dos a mitad del tramo sentí un tirón en la pantorrilla se me abrió una línea caliente de unos centímetros pero no me detuve y la respiración se me ordenó con el movimiento doblé hacia la planta baja y la recepción estaba vacía el libro de registro seguía abierto la pluma sin tapa a un lado el foco del techo parpadeaba y dejaba la sala por momentos amarilla y luego gris seguí de frente y el vidrio de la entrada me devolvió la figura Empujé la puerta. El herraje se dio con un chasquido claro. En el patio los sonidos se aplanaron. La cabina del tráiler estaba a unos pasos. Caminé sin voltear y el aire de afuera me limpió un poco el amargor del té. En la lengua se me conservaba una capa densa que escupía al piso para despegar. El sabor no se desapareció del todo.

8:19 A la derecha, una puerta de servicio se abrió y se cerró con un golpe apagado, pero seguí caminando. El antebrazo me ardía en tres franjas paralelas. Me pasé la yema con cuidado, pero la piel estaba caliente y levantada. Seguí directo hacia la cabina, toqué la chapa y estaba tibia por la luz del foco. Detrás de mí una madera se desplazó y volvió a su sitio. Vi por el rabillo del ojo dos sombras pegadas al marco de la entrada, quietas en el borde de la luz. No la cruzaban, pero no me perdían de vista. Sentí demasiado miedo, pues eran tres brujas o lo que fueran, que podrían atacarme y quitarme la vida con sus garras. Seguí hasta el tráiler con el ritmo firme. El espejo lateral reflejó el foco y dibujó mis brazos sobre la carrocería. Las marcas del antebrazo se me veían definidas, pero no me sangraban, pero me latían. Metí la llave en la cerradura. entró con un clic limpio. Respiré hondo y sostuve el aire un segundo. El pecho se me acomodó y el pulso me bajó un punto. La ruta inmediata estaba clara. Cabina, encendido y salida. La cartera se quedó arriba junto a la lámpara y el termo. pero lo que necesitaba para avanzar lo tenía en la mano. Tiré de la manija y subí al estribo. Desde arriba, el patio era un rectángulo quieto con un brillo aceitoso y polvo fino pegado

9:50 al suelo. El foco parpadeaba y regaba tiras de luz sobre el cofre. Detrás, el hotel seguía vivo con esas brujas mirando. Cerré la puerta de la cabina con un golpe que me rebotó en los codos. El ruido exterior se redujo a un murmullo apagado. Apoyé la frente un instante, en el borde del volante para que pasara el mareo. El tablero olía a plástico recalentado. Subí la mano al encendido. Las llaves me pesaban lo justo entre los dedos. Todo se me alineaba. El patio abierto, las sombras en el umbral, y yo adentro. La salida empezaba ahí. Giré la llave y el motor llenó la cabina con un temblor parejo que me asentó el pecho. cerré la puerta con firmeza y el ruido del hotel quedó al otro lado del vidrio reducido a un murmullo el espejo lateral me devolvió la fachada inclinada por la rampa alcancé a ver dos sombras asomarse a la entrada y apartarse cuando el foco de la cochera las bañó de luz La cartera había quedado en la mesa junto a la lámpara y el termo, pero en esa situación la di por perdida. Puse primera y salí con un giro amplio que me dejó la calle libre. Mantuve los ojos en los espejos hasta que la esquina se tragó el edificio. El volante estaba tibio.

11:12 El sabor amargo del té seguía pegado a la lengua, una capa densa que no se iba con saliva. El brazo me ardía en tres líneas paralelas, vivas bajo la piel. Llevé la unidad a ritmo parejo, sin tirones, hasta la primera gasolinera abierta. Entré a la explanada y aparqué junto a los baños. Bajé de la cabina y el aire olía a diésel, hule y polvo fino. Empujé la puerta del baño y la chapa cedió. Abrí la llave del lavabo. El agua salió turbia y luego clara. Pasé el chorro por los brazos y vi cómo se desprendía un polvo oscuro que dejó un cerco café alrededor del desagüe. Toqué el antebrazo con el pulgar. Las tres marcas estaban rectas, casi del mismo largo, tibias y rojas. Dolían al roce, sin sangrar. Me enjuagué la boca y escupí, pero el amargor resistió, como si se aferrara a los bordes de los dientes. Saqué una toalla de papel del dispensador y se me pegó a la piel por la humedad. la retiré con cuidado para no llevarme pedazos me miré un segundo en el espejo tenía los ojos enrojecidos sudor seco en la sien y el gesto todavía en guardia Volví a la unidad. El asiento guardaba el calor de la cabina y el tablero soplaba un vapor leve a plástico calentado.

12:38 Alineé las ruedas con la salida y dejé que el vibrar del motor marcara la respiración. El zumbido estable me fue ordenando la cabeza. Me enfilé hacia la carretera y tomé la desviación que llevaba a la base. no me fui muy rápido no frené de golpe ni nada de eso sólo iba concentrado en el camino pues mantener los pasos claros me sirvió más que cualquier impulso mientras avanzaba acomodé lo ocurrido sin adornos que eran las tres mujeres paradas en el tramo vacío a la altura de los árboles sueltos el termo de té que la encargada del comedor me ofreció sin preguntar el efecto rápido la lengua entumida y los párpados pesados cerraba los ojos y aun sentia las garras presionando el pulso la bruja con la bolsa de tela humeda que soltaba vapor terroso y la otra bruja que me apuntaba y queria algo de mi quizá mi vida que eso es lo mas seguro Llegué a la base con el portón a medio cerrar. El vigilante me reconoció y corrió la hoja hasta abrirme paso.

13:45 Crucé el patio y coloqué la unidad en su sitio, con el eje alineado a la marca pintada. Apagué el motor y el silencio me zumbó unos segundos en los oídos hasta que el cuerpo se equilibró con la quietud. Abrí la puerta, bajé por el estribo y sentí el concreto frío a través de la suela. Tomé del compartimento la chamarra y los guantes de trabajo. Cerré con un golpe que me dejó la palma vibrando. Caminé a la oficina con los papeles en la mano. El encargado tenía un fajo de guía sobre el escritorio. Le entregué la carpeta, las llaves y la parte de salida. Le describí lo necesario y aún con miedo en mi voz. me quedé en un cuarto de hotel y me dieron una sustancia que me adormeció le enseñé las marcas en el brazo y la salida inmediata para no quedar a merced de las brujas levantó la vista al antebrazo lo anotó en la hoja de incidencias y me indicó pasar a la clínica en recepción tomaron mis datos el médico encendió una lámpara de exploración y revisó la piel con luz blanca me presionó alrededor de las marcas para comprobar sensibilidad me preguntó por el sabor amargo por el mareo y por la bolsa que soltaba vapor Respondí con hechos, el té que estaba amargo servido en un termo con un efecto rápido, una bolsa húmeda, y la bruja que me hizo presión exacta en la muñeca. El doctor escribió, excoriaciones lineales, posible

15:19 sustancia inhalada, adormecimiento lingual. Me recetó una pomada antibiótica y un antiinflamatorio. registró todo y me entregó una copia del informe guardé el papel en la chamarra y la pomada en una bolsa para tenerla a la mano salí al patio y respiré un aire distinto sin alfombra húmeda ni polvo viejo del hotel la noche parecía otra más limpia como si la base tuviera su propio ritmo y se impusiera al resto La cabeza me dejó de latir por dentro. Subí a un taxi del personal y pedí que me bajaran en mi casa. Dormí con el cerrojo puesto, la ventana ajustada y las llaves colgadas en el gancho de siempre.

16:04 Me desperté a mitad de la madrugada por el ardor del antebrazo y me apliqué la pomada en una capa delgada. La piel recibió el frío del ungüento como agua helada y volví a quedarme dormido sin sueños ni pesadillas. En los días siguientes hice lo que correspondía. Cancelé rutas largas y pedí cierre de contrato de carretera. Entregué el contenido de la cabina, una linterna, fusibles, un cable de arrastre y dos cobijas. vendí herramientas que solo usaba en tramos lejanos borré de mi teléfono los números de paradores y hoteles cambié de línea para cortar llamadas de encargados nocturnos y me busqué un empleo local y lo encontré en reparto corto entrada por la mañana salida con luz regreso a casa sin dormir en otro lado la rutina nueva tuvo medidas concretas entregas en la misma ciudad sin salir a tramos largos en carretera las marcas del antebrazo se apagaron despacio el rojo cedio hasta dejar una linea pálida mas clara que las otras dos cada vez que una tela áspera rozaba la zona el ardor volvia un segundo como si el cuerpo guardara memoria en la piel El sabor del té tardó más en irse. Varios días sentí un rastro amargo al fondo de la lengua, que el café no borró del todo. El olor del diésel volvió a ser el mismo de siempre, y al reconocerlo, el

17:37 ánimo encontró su sitio. Cuando alguien mencionó ese hotel, les recomendé otro. Les di la dirección y referencias de esquina y un punto seguro para estacionar. Me preguntaron la causa, pero solo respondí con lo justo. Una mala experiencia, marcas de garras y un reporte médico. Nadie necesitó más explicaciones. Quienes insistieron solo recibieron el mismo resumen, pues no agregué especulaciones. No adorné el relato, no busqué nombres para lo que había visto. Con las garras sobre la piel y el vapor en la nariz, tenía suficiente para entender por dónde seguir. La carretera, tal como la conocía, terminó esa noche. No volví a pasar por el tramo de árboles dispersos, ni por la cochera de ese hotel. La unidad siguió trabajando con otro conductor. yo me quedé con un turno que no pedía hoteles ni registros nocturnos en casa la puerta cerró bien las bisagras no chirriaron y el cerrojo quedó firme miré el antebrazo bajo la luz del baño tres líneas apagadas y una más pálida que las otras no necesité más pruebas lo que importaba estaba claro y escrito en la piel a partir de entonces cada decisión tuvo una sola dirección avanzar lejos de esa ruta y sostener la vida en un terreno donde el cuerpo pudiera dormir sin que alguien a un paso de la cama contara mis latidos con la punta de sus garras espero que

19:11 los nuevos conductores no pasen por esto y logren salir con vida tal como lo hice yo pero escapar de esas brujas esa vez fue un golpe de suerte pues quizá me hubieran quitado la vida de no ser por mi actuar rápido Crecí en un pueblo con calles de tierra, cercas de alambre y patios con gallinas que buscaban grano al amanecer. La tienda quedaba frente a la cancha. Ahí comprábamos sal, velas y aceite para las lámparas. Detrás de las casas corrían acequias estrechas que se llenaban en temporada de riego. y dejaban un olor a barro que se quedaba en la ropa. Conocía cada vereda y los nombres de los dueños de cada lote. También conocía el sonido de los animales y los sonidos de la noche. Los robos empezaron sin señales claras. Una familia se despertó con la cuna vacía y el marco de la ventana marcado por raspones. Otra halló la puerta atrancada por fuera con una varilla. por la mañana varios vimos huellas pequeñas mezcladas con surcos de arrastre como si alguien hubiera tirado de un bulto por el patio en más de una casa faltaron mantas y en los clavos viejos quedaron mechones de cabello no hablo de cuentos Habló de rastros que cualquiera podía seguir con la vista. Los adultos comenzaron a cerrar

20:42 las ventanas con tabla y se reforzaron las trancas, pero nada de eso sirvió. Nos organizamos por manzanas. En las esquinas dejamos piedras para trabar puertas si veíamos movimiento. Repartimos lámparas y aceite y tomamos las escopetas. Cada quien asumió un tramo. En mi casa dejé un palo junto a la cama. y recargué un machete en la pared a la altura de la mano. Mi madre acomodó a mi hermano recién nacido en una cuna pegada a nuestra cama. Yo me acosté vestido, con las botas junto a la puerta y la lámpara a un brazo de distancia. El acuerdo fue simple, no dormir todos al mismo tiempo, dar dos vueltas al patio antes de apagar la luz y no confiarse por costumbre. Esa noche el perro ladró y de golpe se cayó. No fue un silencio natural, fue un corte. La corriente fría entró por la rendija del marco como si empujara desde afuera. Me levanté de un brinco y fui a la ventana. En la madera vi tres arañazos nuevos, paralelos, limpios, sin astillas sueltas. No dudé, me giré y miré la cuna. Estaba la manta que seguía tibia, pero el cuerpo de mi hermano no estaba.

21:59 Mi madre buscó con las manos por reflejo, como si la cuna se hubiera encogido. Di un paso directo a la puerta y salí al patio con la lámpara encendida a media mecha. La tierra estaba removida a un metro del escalón. Se veía el dibujo de un talón hundido y al lado, la marca de un arrastre. Seguí el rastro hasta la esquina del corral del vecino y ahí lo vi girar hacia la arboleda. A cada tres pasos había un punto más profundo, como si quien jaló el peso se hubiera detenido. Llamé a los vecinos de guardia con la voz justa para no perder el hilo de las marcas. llegaron con dos lámparas y una escopeta vieja seguimos la línea que cruzaba un lote con rastrojos y nos metimos al claro en medio del claro había una bolsa de manta tirada de costado estaba húmeda por dentro y olía a hojas machacadas y tierra regresamos al pueblo y avisaron de casa por casa Yo me fui directo a la mía, llorando y con rabia en mi ser.

23:03 Le dije a mi mamá que no habíamos encontrado nada, pero que buscaríamos a las brujas y encontraría a mi hermano. Cuando amaneció, los hombres y las mujeres se juntaron frente a la tienda y anotaron cuántos bebés habían desaparecido desde el primer caso. La lista ocupó una página entera. Alguien propuso ir a la policía del municipio, pero todos conocíamos la respuesta tardía y los recorridos de trámite. Nadie quería otro rastro a medias. Se decidió tender una trampa con lo que había y planeamos cómo hacer la trampa. Elegimos la casa del borde del pueblo, por su patio amplio y por la salida directa al corral, cerrada por una barda a media altura que obligaba a rodear. En el pasillo lateral tendimos un paso obligado, con alambre clavado en estacas cortas y oculto bajo la maleza. El alambre no buscaba cortar, sino torcer tobillos y obligar a apoyar las manos.

24:04 Dentro dejamos una cuna con telas limpias y el colchón mullido a la vista desde la puerta, sin nada más en el cuarto, para no ofrecer escondites. Cubrimos los vidrios con trapos, para evitar reflejos. Retiramos muebles que estorbaran la salida hacia el patio, donde habíamos marcado con yeso los puntos de tiro posibles. La señalización quedó a ras de suelo, cuerdas con campanas pequeñas atadas a latas, tensadas lo justo, para vibrar sin enredarse. La distribución se decidió con nombres y lugares. Dos hombres con escopeta se colocaron en sombra, uno mirando hacia la ventana y otro cubriendo la puerta del patio. Otros dos cerraron el callejón hacia el río con tablas y alambre. A mí me tocó quedar dentro, a un paso de la cuna, con la lámpara lista en la mano izquierda y el machete recargado en la pared, a la derecha del marco. Acordamos no hablar salvo para señalar con la mano un cambio de posición. En la casa se apagó todo y cada quien ocupó su sitio.

25:12 Antes de que cayera el último hilo de luz, pasé dos veces el recorrido que me correspondía, del borde de la cuna a la puerta, del marco al machete, del machete a la ventana y de la ventana al lugar donde me tocaría estar. Toqué la madera, sentí el peso de la base, ajusté el ángulo de la lámpara para que no me encandilara de regreso. En el patio, la tierra estaba suelta en una franja que llevaba al corral y más allá, a la barda. No dejamos objetos colgados ni envases que repicaran fuera de su sitio. Revisamos los nudos de las campanas y comprobamos que el sonido se distinguía a tres piezas de distancia. Cerramos la puerta del frente sin trancar para que se diera con un empujón mínimo y no hiciera ruido de pasador. Cuando por fin me apoyé en la pared, el cuerpo se asentó. No había lugar para dudas ni para ideas sueltas. Teníamos huellas, teníamos la bolsa de manta encontrada en el claro y teníamos la secuencia de entradas registrada por semanas. yo sabía por qué estaba ahí la cuna vacía de mi casa la manta aún tibia el perro que ladró y cayó como si alguien le hubiera puesto una mano en el hocico pensé en el nombre de mi hermano y lo repetí una vez no para llamarlo sino para fijarlo en el orden de lo que debía recuperar acerqué la lámpara al pecho respiré por la nariz y dejé que el cuarto quedara en su medida sin adornos afuera el pueblo

26:43 estaba despierto en silencio con cada familia en su sitio yo me quedé con la vista orientada al marco de la puerta esperando el primer roce en la madera que confirmara que habíamos calculado bien Ahí terminó mi preparación para esa noche, con el peso exacto de lo que debía ocurrir si queríamos cerrar esa lista. Esperé dentro del cuarto con la espalda apoyada en la pared, que quedaba junto a la puerta. Había repasado el recorrido dos veces y no había quedado nada suelto. La cuna a la vista, la mesa despejada, la lámpara en mi mano izquierda, el machete recargado a la derecha del marco, las cortinas cubriendo el vidrio para apagar reflejos. Todo quedó en su sitio como lo habíamos planeado. El cerrojo se dio con un empuje preciso, como si una barra rígida la hubiera presionado desde afuera. La puerta se abrió un ancho de mano y el aire del pasillo entró de golpe. En eso la vi cruzar. Era flaca y huesuda, con la piel pegada al pómulo y el cuello largo que sostenía la cabeza aladeada como si afinara su oído. las uñas eran largas y opacas sin brillo con bordes gruesos que terminaban en punta se inclinó hacia la cuna aspiró profundo y se quedó un segundo inmóvil orientada a ese colchón limpio que no tenía cuerpo Ese gesto me confirmó que el anzuelo funcionaba. Dio dos pasos más. El primero cayó blando,

28:15 como tanteo. En el segundo pisó la zona exacta donde la cuerda descansaba bajo un trapo. El tensado fue claro. Sonaron las campanas pequeñas con vibración breve, metálica. suficiente para llevar la señal al patio y al corredor sin despertar a todo el pueblo. En el mismo movimiento levanté la lámpara y la encendí a plena mecha. La luz cayó, controlada para no encandilarme, y recortó la figura contra el piso de madera. Ella se giró con rapidez, que no correspondía a la delgadez de sus brazos. Abrió la boca lo justo para soltar un grito aterrador. ese sonido no traía palabras tenía un sonido demoníaco por la puerta del patio entró el primer vecino con la escopeta encarada hacia abajo respetando el ángulo que habíamos marcado con yeso el otro avanzó por la ventana desde la sombra del granero con paso corto y firme ella quiso retroceder hacia el pasillo que daba al corral pero el pie se le quedó atrapado en el alambre que habíamos escondido bajo la maleza El cuerpo cayó de rodillas con una torsión que la dejó a la altura del marco. La madera del piso se abrió en dos astillas cuando sus uñas la arañaron, buscando palanca. No gritó, exhaló hondo y mostró los dientes largos, con separación oscura entre pieza y pieza. El primer tiro salió del vecino de la ventana. Habíamos acordado apuntar a

29:47 la pierna para detenerla, sin esparcir perdigones por todo el cuarto. El impacto dio en el muslo y la fuerza la empujó contra el borde de la puerta. Se desplomó hacia un lado con un golpe seco que hizo vibrar el cerco de la pared. La escopeta retrocedió en el hombro del tirador y volvió a su sitio, lista para una segunda descarga que no fue necesaria. ella apretó los dientes arqueó la espalda y en ese arco la sangre empezó a correr por la tela hasta chorrear y formar un charco delgado que se desplazó hacia la junta de las tablas avancé sin gritar con la lámpara alta para que la luz no quedara bloqueada por mi propio cuerpo con la derecha alcancé el machete y lo mantuve bajo con el filo hacia adentro solo para cerrar el paso de vuelta al corredor Ella me miró desde el piso, todavía con la cabeza aladeada, como si me diera distancia, pero yo sabía que solo le quedaban dos opciones, y las dos estaban cerradas, ventana cubierta y puerta encuadrada por escopetas.

30:56 el vecino que venía desde el patio se tiró encima de los brazos y los inmovilizó contra el suelo el otro sacó la soga y le rodeó los antebrazos por encima de los codos con vueltas cortas pegadas como le habíamos indicado en los ensayos la soga se tensó y resistió el primer tirón pero ella masticó la hebra y la aflojó a medias En ese respiro le aseguraron las muñecas con cable recocido. El cable no cedió. La piel de sus manos se marcó de inmediato, con surcos pálidos que se enrojecieron después. Me acerqué a la altura del rostro y aspiré sin pena, buscando confirmar lo que ya creía.

31:37 El olor de su aliento tenía el mismo rastro que había encontrado en el claro, hojas machacadas y tierra húmeda. Ese detalle cerró una línea que me importaba más que cualquier otro. Era la misma que había cruzado el patio de mi casa. Lo supe por el olor y por la forma en que ladeaba la cabeza hacia las cunas, no hacia las puertas. Ella intentó incorporarse y golpeó con los talones, pero el alambre y el cable le frenaron el gesto. El vecino de la ventana volvió a cargar para cubrir cualquier movimiento. El del patio rodeó los tobillos con otra soga y dejó un nudo firme. No hubo discusión, cada quien hizo lo propio. Las mujeres se habían quedado en el umbral, con palas y piedras, por si algo se les escapaba a los hombres, pero no hizo falta llamarlas.

32:30 La bruja estaba contenida. La cargamos entre cuatro, uno por extremidad, con cuidado de no permitir que la espalda golpeara los cantos, no por consideración, sino para evitar que un golpe de inercia aflojara los amarres. La sangre del muslo dejó un goteo que marcó el camino hacia el patio descubierto. Afuera el corral ya tenía la leña y las ramas apiladas junto a la barda más alta, en el lugar donde el viento suele bajar por la hendidura del cerro y no empuja chispas hacia los techos. Los niños estaban dentro de sus casas y nadie cruzó el pasillo para mirar lo que no debía mirar. El círculo de adultos se formó sin voces, con escopetas atrás, palas a los lados y cubetas con agua en la periferia. La apoyamos en el centro de la pila, con los cables aún tensos, y los vecinos ajustaron dos vueltas más, en los tobillos para evitar patadas que soltaran madera. El charco del muslo se filtró entre las ramas y por un momento... pensé que el olor a hierro iba a subir en las primeras llamaradas y cubrirlo todo y supuse bien a partir de ahí el procedimiento siguió como lo habíamos acordado desde el principio Uno de los hombres sacó un trapo empapado de diésel y lo colocó bajo el primer nivel de ramas, para que el fuego subiera parejo. Yo me quedé a un paso con la lámpara baja, iluminando solo lo necesario,

34:03 para que nadie pisara un hueco o tropezara con los amarres. Antes de encender, le pregunté por mi hermano con rabia en mi voz. Le dije que la quemaríamos si no decía nada. Pero no me respondió, solo se rió con una carcajada demoníaca. Y después solo dijo, ya no volverán a verlos. Me enfurecí y miré alrededor. Vi a todos en su lugar exacto. Nadie reculó y nadie buscó alivio con palabras. lo que iba a ocurrir ahí cerraba una serie de entradas que habíamos registrado casa por casa a mí me correspondía mirarla a los ojos y reconocerla como la que se llevó a mi hermano no tuve que decirlo lo sabían por la forma en que mantuve la lámpara fija sobre su cara mientras el que manejaba el fuego acercaba la mecha entonces entendí que el pueblo ya había dado el paso que faltaba y que yo que había dormido con botas junto a la puerta durante semanas había llegado al punto en que esa vigilancia se convertía en forma concreta Ella volvió a arquearse, pero el cable resistió y las sogas cumplieron su función. El vecino con la escopeta mantuvo el arma baja a la altura del muslo por si hacía falta un segundo tiro que no se hizo necesario. Nadie movió un pie fuera del círculo, nadie soltó sus herramientas. La escena no buscó espectáculo, fue un cierre, y en ese cierre yo confirmé con la

35:35 lámpara entre las manos que la línea que había empezado en la cuna vacía terminaba ahí. No recuperaría a mi hermano ni a los bebés robados por ella, pero todo llegaba a su fin con la muerte de la bruja. Las ramas secas crujían bajo las botas y nadie habló. La bruja respiraba corto, atada de muñecas y tobillos con cable y soga. La tela del muslo estaba oscura, la sangre ya no corría, solo marcaba el hilo que había dejado antes de traerla hasta ahí. La llama nació delgada y al tomar aire entre las varas se volvió pareja. El fuego no necesitó ayuda. Masticó las puntas finas, tomó cuerpo y empujó hacia arriba. Yo bajé medio paso porque el calor me golpeó la cara y me nubló los ojos.

36:26 Ella arqueó la espalda, probó fuerza en los talones, tensó el cable, pero no consiguió nada. volvió la cabeza a un lado y mostró los dientes los vi separados largos y manchados el olor cambió rápido primero madera luego hierro después grasa Hubo gritos demoníacos y palabras en un idioma que no reconocí, y el aire soltó un zumbido seco como de tambor tejido, y después solo crepitó. La llama rodeó el cuerpo sin encender la barda. El viento bajó recto desde la hendidura del cerro y nos dejó trabajar. yo mantuve la luz sobre su cara para no perder el rastro de los gestos se le borraron la cabeza cayó hacia el hombro como si hubiese soltado una cuerda tensa por dentro entonces se quemó por completo me sentí orgulloso por eso pues pude vengar a mi hermano Cuando el fuego bajó a lenguas cortas nos acercamos con palas.

37:28 Levantamos las ramas que aún respiraban por el centro y abrimos huecos para que se consumieran sin chispas. Esperamos a que el rojo fuera parejo y en brasas. El agua la usamos con cuidado solo en la orilla para matar carbones que se negaban a apagarse. El suelo quedó marcado por huellas cruzadas y la sombra redonda de la hoguera. Apagada la base, clavamos las palas en vertical y dejamos las cubetas donde estaban. El grupo se abrió sin apuro. Nadie se quedó mirando por gusto. Yo sostuve la lámpara baja y esperé a que el aire dejara de quemar por dentro de la nariz. La costra gris no dibujó figuras, mostró lo que era. Los restos de la bruja apagados, tierra húmeda en los bordes y madera vuelta ceniza. Entendí que ahí terminaba la lista de cunas vacías y rastros de arrastre en los patios. Ya no necesité otra señal.

38:25 Volví a mi casa sin encender la lámpara. Empujé la puerta con el hombro y la cerré detrás de mí. Mi madre estaba sentada junto a la cuna. Tenía las manos sobre las rodillas, la espalda recta y la mirada fija en la tabla que siempre había servido de barandal. No busqué palabras, me sentía con miedo. Quizá había más brujas y vendrían a vengarse. Decidí irme. Guardé mis papeles en la bolsa, metí ropa y la chamarra. Revisé la tranca de la ventana y la tabla contra el marco. Miré a mi madre. La abracé por los hombros. Sentí su cuerpo cansado, vaciado de temblor. le dije que me iba que viniera conmigo pero no quiso pero ella me entendió y no me pidió razones asintió y me soltó fui a la casa del vecino y entregué la escopeta la tomó y la dejó en su soporte En el callejón del río le pasé mi machete al muchacho que quedaría en guardia. Yo caminé hasta la salida del pueblo, pues ya estaba decidido, aunque me dolía dejar los recuerdos de mi hermano y a mis padres. El corral quedó atrás con una mancha redonda de ceniza. El aire todavía estaba caliente a la altura del pecho. crucé tres esquinas doblé junto al depósito de ladrillos y tomé la vereda hacia la carretera me senté un momento en la orilla de la carretera y acomodé la correa de la bolsa en el hombro tenía el antebrazo enrojecido por las llamas

39:57 y por la soga que había sostenido durante el traslado No eran heridas, era el recuerdo en la piel. Caminé por el acotamiento hasta la parada de terracería. Se detuvo un camión con asientos libres. Subí y miré por la ventana el polvo que levantaban las llantas y dejé que el motor me limpiara la cabeza. Llegué a la ciudad ese mismo día, renté un cuarto en una casa de huéspedes y pagué por una semana. pregunté por algún trabajo de patio me dijeron que en un almacén y lo tomé aprendí a recibir tarimas a revisar sellos a mover peso con lavanda ahora dormía con la puerta asegurada y la lámpara en la mesa pero sin las botas junto a la cama llamé a mi madre un tiempo después y me dijo que dormía mejor me contó que desmontaron el alambre guardaron las campanas y limpiaron el patio donde pusimos la cuna de señuelo no me pidió que regresara pero de verdad que no lo hubiera hecho la historia quedó simple en mi cabeza se llevaron a mi hermano pero la seguimos por señales la detuvimos y la quemamos dejé el pueblo y me mudé a la ciudad No volví a ese pueblo maldito por las brujas. Lo demás son detalles que no cambian el final. Ahora puedo dormir bien y estoy tranquilo. Mi madre ya duerme mejor y

41:29 eso me alcanza para dormir tranquilo, sin una cuna vacía. Nací en Nayarit, en un pueblo minero rodeado de lomas y caminos empedrados que se hunden entre la neblina al amanecer. Desde hace varios años vivo en California, pero la historia que voy a contar ocurrió cuando tenía 13 años. Una temporada que pasé en la casa de mi tía Abuela Rosa en el barrio de San Francisco. Aquella mujer vivía sola desde hacía décadas, en una casona vieja con muros gruesos, techo de teja y corredores fríos, donde el eco de los pasos se prolongaba más de lo necesario. La casa tenía un olor persistente a humo de leña y hierbas secas, como si el tiempo se hubiese detenido en sus paredes.

42:23 En el patio central crecían bugambilias retorcidas y un limón cargado, pero la tierra estaba tan dura que el agua se escurría sin dejar huella. A un costado estaba el corral, con un par de gallinas flacas y un burro viejo que pasaba el día rascando el suelo con una pata. Desde ahí se alcanzaba a ver el barranco que rodeaba la parte baja del terreno, un sitio cubierto por matorrales que nunca dejaban pasar bien la luz, porque tenía que trabajar en Tepic por un mes. Y yo no quise irme con mis hermanos a casa de mis tíos. Decía que en la casa de la tía Rosa no había televisión ni juegos, pero a mí me gustaba ese ambiente antiguo, con olor a madera y a humo. Apenas llegamos, mi tía me recibió con su voz áspera. y una mirada que parecía no acostumbrarse a la gente. Me dijo que podía andar libremente, pero debía cumplir tres reglas. No salir después de las ocho, no mirar hacia el barranco detrás del corral, y no entrar nunca al cuarto del fondo, donde guardaba según ella sus herramientas de trabajo. Esa frase me quedó dando vueltas, porque todos en el pueblo hablaban de que mi tía Rosa no era simple curandera. Decían que hacía trabajos con tierra de panteón, que sabía voltear males, y que en las noches la veían caminar con un farol hasta el arroyo. mi madre no creía esas cosas

43:55 pero me advirtió que la respetara y no metiera las narices donde no me llamaran los primeros días fueron tranquilos me levantaba temprano a ayudarle a barrer el corredor moler el nixtamal y darle de comer al burro en las tardes mientras ella dormía la siesta en una mecedora Yo solía recorrer la casa. Me fascinaban los pasillos largos con puertas de madera viejas, algunas hinchadas por la humedad. La casa tenía más cuartos de los que yo imaginaba, pero casi todos vacíos. Sólo el del fondo permanecía cerrado con una traba gruesa y un candado negro. Cada vez que pasaba por ahí, me detenía un instante, pues por debajo de la puerta salía un hilo de aire más frío que el resto de la casa. Si me inclinaba, podía distinguir un leve olor a cera y a tierra mojada.

44:48 A veces se me ocurría acercar el oído, y lo que escuchaba no se parecía al silencio. Eran como pasos lentos o el roce de algo pesado arrastrándose, pero no me atrevía a quedarme mucho tiempo. Una tarde vi pasar una sombra frente a esa puerta. Pensé que era ella, pero al buscarla la encontré en el patio echando maíz a las gallinas. Dijo que había sentido un aire raro adentro de la casa y me pidió que no anduviera curioseando. Esa noche me costó dormir. Desde mi cuarto, que daba al pasillo, podía ver cómo la rendija de la puerta del fondo se iluminaba por momentos, como si dentro hubiera una vela encendida. Pasaron los días y cada detalle aumentaba mi curiosidad. Notaba que mi tía entraba a ese cuarto solo los domingos al caer la tarde, pero antes de hacerlo, se cubría la cabeza con un rebozo y llevaba una jarra de barro y un manojo de hojas. Siempre salía con el rostro pálido, sin hablar, y después se encerraba en su cuarto a rezar. Cuando yo le pregunté qué hacía ahí, me dijo que era mejor no saberlo, que no todo lo que se guarda en una casa vieja pertenece a los vivos. Una noche a finales de junio, el cielo se puso con nubes y llovió con fuerza.

46:10 El viento azotaba las ramas contra los muros. Mi tía salió con un farol a atender a una mujer que había llegado empapada, pidiendo ayuda para un parto. me dijo que no saliera de la casa y que no abriera ninguna puerta la vi alejarse por el camino de piedra con la lluvia golpeándole la espalda el sonido de la tormenta llenó todo los truenos hacían vibrar los cristales y el agua se filtraba por el techo en el pasillo la traba del cuarto prohibido empezó a moverse sola con los golpes del viento el candado oscilaba y la madera rechinaba Al principio me quedé quieta, mirando desde lejos, pero el sonido insistente me llevó a acercarme. Había algo en esa oscuridad que parecía llamar mi atención, como si detrás del ruido hubiera una voz muy baja. Empujé la traba con la punta de los dedos, la madera cedió un poco.

47:08 y un hilo de aire frío me dio en la cara y me recorrió la espalda. El candado colgaba suelto. Quizás no estaba bien cerrado. Afuera, los truenos sonaban como si cayeran sobre el tejado. Me acerqué un poco más y en ese instante escuché un golpe seco dentro del cuarto, algo que se cayó o rodó por el piso. Me quedé inmóvil y el viento seguía soplando con fuerza y la puerta se movía apenas. Me invadió una mezcla de miedo y curiosidad. la misma que uno siente cuando sabe que no debe hacer algo, pero no puede evitarlo. Toqué el candado, lo levanté, y la traba cedió del todo.

47:50 La puerta se abrió lento, dejando salir un aire pesado y húmedo. Adentro, la oscuridad era completa. Alcancé a distinguir solo una silueta, una mesa con algo encima que brilló un segundo con la luz del relámpago. Sentí el corazón en la garganta. Pensé en volver a cerrarla, pero algo, no sé qué, me empujó a dar un paso. El suelo crujió bajo mis pies, y en el fondo del cuarto, detrás de una cortina vieja, escuché un suspiro largo, como si alguien acabara de despertar. Después de mucho tiempo... Apenas entraba la luz por una rendija en el techo y los relámpagos de afuera iluminaban el cuarto por breves segundos, como si alguien encendiera y apagara una lámpara. En la pared del fondo había una mesa cubierta con una tela manchada.

48:39 Encima se alineaban varios frascos de vidrio con líquidos oscuros, algunos con plumas, otros con trozos de plantas o figuras diminutas, que no logré distinguir bien. En una esquina había fotos antiguas amarradas con hilos rojos, apiladas unas sobre otras. Me acerqué a la mesa con pasos lentos. En el centro había un recipiente de barro reseco y en su interior una sustancia oscura, cuarteada, que parecía sangre seca. El olor era fuerte y metálico, como de carne o sangre. A un lado descansaban tres velas derretidas con mechas torcidas como raíces, y sobre una tabla se veía un costal pequeño atado con un listón. Lo abrí con cuidado y dentro encontré huesos envueltos en tela amarillenta, tan delgada que se rompía con el roce de los dedos. El suelo estaba cubierto por una capa fina de polvo, pero se notaban huellas frescas, como si alguien hubiera caminado ahí recientemente. En la pared colgaban ramas secas, amuletos hechos con cabello trenzado y collares con colmillos. Todo tenía un orden extraño, como si fuera un altar, aunque sin imágenes religiosas. Sobre una silla vieja descansaba una muñeca de trapo. El rostro estaba bordado con hilo negro, y en el pecho tenía tres alfileres clavados.

50:07 En su mano, una pequeña cruz de metal oxidado. Esa muñeca me produjo un miedo distinto, uno que no se siente con la vista, sino con el cuerpo entero. Al girar hacia la otra esquina, vi un espejo ovalado cubierto con un pañuelo negro. El marco era de madera tallada, con figuras de serpientes y flores marchitas. Lo observé varios segundos sin moverme, pensando en lo que mi tía había dicho, que ahí guardaba sus herramientas. No entendía por qué cubrir un espejo si no era para esconder algo. Dudé unos momentos, y la tormenta afuera seguía golpeando las tejas, y los relámpagos cruzaban las rendijas, iluminando por momentos el pañuelo. Sentía un impulso que no sabía de dónde venía, una necesidad por ver qué había debajo. Me acerqué, extendí la mano y levanté la tela. El espejo reflejó la habitación con nitidez, pero mi cara no aparecía completa. En lugar de mi reflejo, se veía una versión envejecida de mí, con la piel gris y las mejillas hundidas. Parpadeé varias veces, creyendo que era una ilusión, pero esa figura siguió mirándome, con una expresión vacía. Entonces, escuché una respiración detrás de mí, lenta y profunda, como si alguien estuviera exhalando muy cerca de mi nuca. Me quedé inmóvil y el corazón me golpeaba

51:38 en el pecho. Sentía el aire moviéndose, frío recorriéndome el cuello. La verdad no quise girar, pero el espejo me obligaba a ver lo que no quería ver. En el reflejo, desde la esquina del cuarto, apareció la figura de una mujer. tenía el cabello blanco largo enredado sobre los hombros y los ojos hundidos muy oscuros no se movía sólo me miraba y cada vez que la luz de un relámpago iluminaba el cuarto su silueta parecía avanzar un poco más El aire se volvió tan helado que me dolía respirar. La superficie del espejo comenzó a empañarse desde dentro, no desde afuera, como si algo respirara al otro lado del vidrio.

52:23 Detrás de mí la respiración se hizo más fuerte. Quise correr, pero mis piernas no respondían. Un trueno estremeció el techo y ese sonido me devolvió la movilidad. Corrí hacia la puerta y en el intento tropecé con la mesa. Los frascos cayeron y se rompieron en el suelo y un líquido espeso se esparció, mezclándose con la cera derretida y el polvo. La muñeca rodó hasta el rincón y quedó mirando hacia arriba, con los alfileres clavados en el pecho. Empujé la puerta y la cerré con fuerza. Justo cuando escuché los pasos de mi tía en el pasillo, alcancé a poner la traba antes de que la hoja del portón se abriera sola por la corriente. Me quedé jadeando con el corazón acelerado, mirando la rendija por donde se escapaba todavía el olor a cera. Mi tía entró a la casa empapada, dejando un rastro de agua por el corredor.

53:17 Me vio pálida, temblando y no necesitó preguntar. Me tomó del brazo con fuerza y me llevó hasta la cocina. Su rostro se endureció de inmediato. Me dijo con la voz cortada que no debí tocar ese espejo. porque en él estaba encerrado el espíritu de su madre una mujer que practicó la brujería y nunca quiso descansar sus palabras me dejaron sin voz no me gritó ni me explicó más sólo me obligó a dormir en su cuarto esa noche y me advirtió que no volviera a mencionar lo ocurrido ni una sola vez Mientras me acomodaba en una colchoneta junto a su cama, la escuché rezar en voz baja durante más de una hora, con las manos apretando un rosario que parecía no terminar nunca. La tormenta cesó entrada a la madrugada. Todo quedó en silencio, solo el golpeteo de las gotas cayendo del techo. No sé en qué momento me quedé dormida, pero algo me despertó. sentí un tirón leve en el cabello como si alguien lo estuviera peinando con los dedos abrí los ojos y vi que el espejo de la cómoda reflejaba mi cara y detrás de mí muy cerca la misma mujer del cuarto con los ojos hundidos y una sonrisa demoníaca que parecía forzada no grité pero el cuerpo no me respondió y la sonrisa se mantuvo unos segundos y luego desapareció igual que un reflejo que se apaga al cerrarse una puerta

54:49 pero la verdad me quedé mirando el espejo hasta que amaneció los días que siguieron a aquella noche fueron los peores de mi vida me enfermé sin explicación tenía fiebre alta mareos y una sensación constante de agotamiento como si algo me succionara la fuerza desde adentro apenas podía mantenerme en pie y los sueños eran tan reales que despertaba empapada en sudor en ellos la mujer del espejo aparecía a los pies de mi cama peinando mi cabello y repitiendo palabras que no alcanzaba a entender Mi tía decía que su madre bruja estaba probando su fuerza, que debía resistir para que no me reconociera. Pasaba las tardes sirviendo hierbas en una olla grande y el vapor llenaba el cuarto con un olor fuerte a eucalipto y ruda. Me untaba ungüentos en la frente y en el pecho mientras murmuraba oraciones entrecortadas. A veces lloraba, aunque trataba de que yo no la viera. Decía que su madre había intentado volver y que si no se hacía el remedio a tiempo, el espíritu terminaría fijándose en mí. Después de una semana de fiebre, escuché el sonido del motor de una camioneta.

56:07 Era mi madre, venía por mí. preocupada porque la tía no había dado señales en días cuando me vio su expresión cambió me abrazó con fuerza y exigió que empacara mis cosas pero mi tía se negó le dijo que no podía dejarme ir hasta terminar el trabajo que todavía había peligro discutieron un largo rato en el corredor yo escuchaba desde la habitación sin fuerzas para moverme mi madre no quiso oír más me cargó lo poco que llevaba me subió a la camioneta y nos fuimos recuerdo que al alejarnos miré por la ventanilla y vi a mi tía parada en la puerta con el rebozo cubriéndole la cabeza no levantó la mano ni se despidió sólo miraba fijo como si supiera que algún día volvería pasaron los años volví a la escuela y con el tiempo la fiebre y las pesadillas desaparecieron aún así el recuerdo del espejo me acompañó siempre cada vez que me miraba en uno sentía la necesidad de hacerlo sólo lo necesario sin quedarme demasiado tiempo frente al reflejo había aprendido a evitar esa sensación de estar siendo observada desde el otro lado a los 28 años ya viviendo en california recibí la noticia de que mi tía rosa había muerto me dolió pese a todo mi madre viajó al entierro pero yo no pude acompañarla por trabajo Un año después, decidí regresar sola

57:39 al pueblo. Sentía que debía cerrar ese capítulo. Quería ver la casa por última vez y quedarme con algo que me recordara los años de infancia. El pueblo seguía igual, las calles empedradas, el polvo fino cubriendo los arbustos, las minas abandonadas en el cerro. Al llegar al barrio de San Francisco, me encontré con la casona todavía en pie. Estaba vacía, pero el nuevo dueño un hombre mayor que me reconoció por el apellido me permitió entrar La puerta rechinó igual que antes y el olor a humo seguía impregnado en las paredes, aunque más tenue. Caminé por los pasillos recordando cada rincón y la habitación donde dormía estaba intacta, con las marcas del tiempo en el techo. Avancé hasta el fondo y ahí estaba, la puerta prohibida. La traba seguía en su sitio, pero vieja y carcomida. Lo dudé un momento, pero aún así la empujé. El aire que salió del cuarto era seco, con olor a polvo acumulado.

58:44 Todo estaba cubierto de una capa gruesa de ceniza gris, como si nadie hubiera entrado en décadas. Las mesas, los frascos y las velas estaban en el mismo lugar, pero quebrados, gastados e irreconocibles. Sólo el espejo en medio de la pared permanecía intacto. no tenía una sola mancha como si alguien lo hubiera limpiado hace poco me acerqué con cautela por reflejo natural y miré mi cara en el cristal al principio me vi a mí misma con los años marcados el cabello recogido y el rostro cansado pero en cuestión de segundos la imagen cambió. Esa ya no era yo.

59:26 En el reflejo se veía a mi tía Rosa, con el cabello trenzado y la mirada serena. Sonreía, con una sonrisa leve. Di un paso al frente, sintiendo un nudo en la garganta. Quise tocar la superficie, pero cuando mi mano estuvo a unos centímetros, la figura se transformó. La sonrisa desapareció y el rostro se estiró. Y donde antes estaba mi tía, apareció la mujer de cabello blanco, la del espejo de mi niñez. Sus ojos hundidos se abrieron más y levantó una mano como si quisiera salir. Retrocedí de inmediato y el espejo empezó a vibrar, y en su superficie se formaron grietas que crecían desde el borde hacia el centro. Como si algo golpeara desde dentro, un sonido hueco llenó la habitación, parecido a una respiración atrapada en un frasco. Sentí el corazón en la garganta y corrí hacia la puerta. En el momento en que crucé el umbral, escuché un golpe seco, como si el cristal se hubiera quebrado por completo. salí a la calle sin mirar atrás caminé sin rumbo sin detenerme hasta llegar a la plaza el aire del atardecer me pareció más pesado que nunca y no volví a acercarme a esa casa ni siquiera cuando el nuevo dueño me buscó días después para devolverme una bufanda que olvidé Unas semanas más tarde, mi madre me llamó por teléfono. Sonaba alterada. Me dijo

1:00:58 que en el panteón del pueblo, alguien había desenterrado la tumba de la bisabuela. Los trabajadores del ayuntamiento encontraron el ataúd abierto y vacío. Nadie supo quién lo hizo. Solo sabían que la tierra había sido removida recientemente. No dormí esa noche. Me quedé sentada frente al espejo del tocador en mi habitación en California. Por un momento pensé en cubrirlo, igual que hacía mi tía, pero no lo hice. Quería comprobar que nada de eso seguía conmigo. Me miré unos segundos, tratando de convencerme de que todo había quedado atrás, pero mientras observaba mi reflejo, la luz del pasillo parpadeó. Y detrás de mi rostro vi un movimiento leve. No quise mirar dos veces. Me levanté, apagué la lámpara y cubrí el espejo con una sábana. Desde entonces nunca más he tenido un espejo en mi casa. Y aunque intento no pensarlo, hay noches en que el sueño me traiciona. Siento el mismo tirón suave en el cabello, igual que aquella madrugada en casa de mi tía. No me atrevo a abrir los ojos, sé que si lo hago la encontraré ahí, con su sonrisa demoníaca, esperando del otro lado del cristal.