Dec. 9, 2025

El Precio De Confiar En La Persona Equivocada: BRUJERÍA Maligna - Historias De Terror - REDE

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0:05 Tengo una tienda en la planta baja de mi casa. Es una tienda sencilla, con refrescos, pan, abarrotes, algunas carnes frías y cosas básicas para el día a día. Arriba está la casa, donde duermo y donde vive mi familia. Durante años funcionó todo normal. Había días buenos y días flojos, pero siempre había movimiento. De repente, en cuestión de semanas, todo empezó a descomponerse de una forma que no supe explicar. Lo primero fue la comida. Un día abrí una caja de leche y venía cortada. Pensé que había salido mal ese lote, así que revisé la fecha y todavía tenía margen.

0:47 Cambié las unidades afectadas, pero después pasó con otra marca. Luego fueron las salchichas. Las ponía en el refrigerador, bien tapadas. Y a los pocos días ya tenían olor a echado a perder. Lo mismo con el jamón, el queso y algunos yogures. Empecé a perder producto, a tirar cosas que yo mismo había acomodado con cuidado. Revisé el refrigerador varias veces, limpié charolas, cambié la temperatura, moví todo del lugar. Pero la comida seguía durando menos de lo que debería. Después llegaron las quejas de los clientes. Una señora me dijo que el refresco que se había llevado sabía raro. Otro cliente me comentó que el pan de caja le salió húmedo por dentro. Yo revisaba las fechas de caducidad antes de vender, pero aún así pasaba. Algunos regresaban a reclamar, otros simplemente dejaron de entrar. Se notaba en el día.

1:46 Antes tenía un flujo constante. Ahora había ratos largos en los que casi nadie llegaba. Me quedaba detrás del mostrador mirando la puerta, esperando escuchar la campana, y el sonido tardaba en llegar. Arriba, en la casa, las cosas iban igual de mal. Nos dolía la cabeza con frecuencia. Había noches en las que dormíamos varias horas, pero amanecíamos igual de cansados. El ambiente se sentía cargado. Discutíamos por tonterías. Un vaso fuera de lugar, un plato sin lavar, el volumen de la televisión o la hora en que alguien bajaba a comer. No eran problemas graves, pero eran constantes.

2:28 Yo bajaba las escaleras cada mañana con la sensación de que el día ya venía pesado desde antes de empezar. Luego empecé a notar cosas muy puntuales. En una esquina de la tienda, junto al muro del fondo, siempre había moscas. Podía trapear con cloro, limpiar bien el piso, mover cajas y escovear. Pero al rato las moscas regresaban a ese mismo punto. No eran muchas, pero siempre estaban ahí. Del lado derecho del techo, un foco se fundía una y otra vez. Lo cambiaba, ponía uno nuevo y a los pocos días, otra vez estaba apagado. Los demás focos duraban meses, pero ese no. Algunas cajas amanecían movidas unos centímetros, como si alguien las hubiera tratado de sacar, pero en la casa nadie decía haberlas tocado. Al principio me obligué a pensar que todo tenía una explicación simple. Decía que era el calor, que era la calidad de los productos, que era el estrés por las deudas o que en la casa estábamos irritables por el dinero. Pero con cada producto echado a perder, con cada queja, con cada foco quemado, se me fue metiendo la idea de que no era una racha normal. Entrar a la tienda se sentía distinto.

3:45 como si estuviera entrando a un lugar que ya no me pertenecía del todo. Un día, cansado de ver la misma esquina sucia de moscas y molesto con la cantidad de cosas mal acomodadas, decidí mover las cajas que estaban pegadas al muro del fondo. Eran cajas pesadas, con producto que casi no se vendía. Latas, bolsas grandes, cosas que solo alguien compraba de vez en cuando. Las había dejado ahí precisamente por eso. para que no estorbaran cerca del mostrador. Fui sacando las cajas una por una, primero las de arriba, luego las del medio. El suelo estaba lleno de polvo acumulado, y cuando terminé de recorrerlas, vi que entre el piso y el muro había un hueco, una pequeña abertura alargada, como una separación, donde se había metido tierra de tanto tiempo.

4:40 Me agaché para verlo mejor, metí la mano, toqué tierra suelta, polvo y de pronto sentí plástico arrugado. Lo jalé con cuidado y lo que salió fue una bolsa negra de las gruesas bien amarrada. Tenía polvo pegado por fuera como si llevara bastante tiempo metida en ese hueco. La forma en que estaba doblada no parecía accidente, estaba acomodada ahí, encajada entre el muro y el piso. justo en esa esquina donde siempre había moscas. Me quedé un momento mirándola en el suelo. Sentí un vacío en el estómago, que no tenía nada que ver con hambre ni con cansancio.

5:21 La tomé con ambas manos y la llevé a la mesa principal de la tienda. Bajé un poco la cortina para que no entrara nadie en ese momento. Cerré la puerta. Me senté frente a la bolsa. No quería abrirla, pero al mismo tiempo sabía que no podía dejarla ahí sin saber qué tenía. Tomé una daga para cortar la cinta que la cerraba. El plástico estaba duro y cuando logré abrirla un olor raro salió. Una mezcla de humedad y carne seca. Abrí la bolsa por completo y empecé a ver el contenido. Lo primero que reconocí fue una foto. era una impresión sencilla de esas en hoja común doblada a la mitad y manchada la desdoblé y vi mi propia cara mirándome desde el papel era una fotografía que alguien había tomado tiempo atrás quizá de una red social o de algún documento debajo de la foto había un papel blanco también doblado lo abrí y tenía mi nombre completo escrito con pluma y mi fecha de nacimiento exacta las letras eran claras firmes, sin adornos. Al lado, casi pegado al papel, había un pedazo de tela clara. También tenía mi nombre escrito, con las mismas letras. Entre el papel, la tela y la foto había cabellos revueltos. Eran del mismo color que los míos. Junto a eso vi pedazos de carne seca, pegajosa en algunos puntos, y por todo

6:52 el fondo de la bolsa había tierra mezclada con sal y un polvo claro pegado a la carne y a los papeles. No era basura, no era producto roto, era un conjunto armado con intención, todo envuelto en una bolsa negra, escondida en un hueco de mi propia tienda. Sentí que se me enfriaban las manos y apoyé los dedos en la mesa para que no me temblaran. No necesitaba que nadie me explicara qué estaba viendo, pues sabía lo que era aunque no lo había visto antes en persona pero había escuchado historias toda mi vida eso era un trabajo que estaba hecho para mí con mis datos y dentro de mi negocio no tenía otra forma de entenderlo pensé en todo lo que me estaba sucediendo tanto en el negocio como en la casa en mi vida personal y todo apuntaba a lo mismo volví a meter todo dentro de la bolsa con cuidado No tiré nada, cerré la bolsa con un nudo fuerte, como si la quisiera mantener lejos de mis manos, pero al mismo tiempo la necesitara intacta.

8:00 Me quedé un rato sentado frente a la mesa, mirando el bulto negro. Luego pensé en una mujer del barrio, que desde hace años tiene fama de tratar con brujería, limpias y trabajos. Nunca había ido con ella, pero conocía a varias personas que sí. En ese momento decidí que esa bolsa ya no se iba a quedar en mi tienda ni un día más, sin que alguien que supiera del tema la revisara. No esperé muchos días para moverme. Esa misma tarde, cuando cerré la tienda, agarré la bolsa negra, la metí dentro de una bolsa transparente para que nada se saliera y para no tocar el plástico, y salí caminando rumbo a la casa de la mujer, que todos en el barrio nombran cuando se habla de brujería y limpias.

8:46 No es pariente, nunca fue amiga cercana, pero yo conocía varios casos de vecinos que habían ido con ella cuando encontraban cosas enterradas, figuras raras o bolsas escondidas en sus casas. Su casa quedaba a unas cuadras. Es una casa antigua con portón de lámina y un pasillo que lleva directo a un patio pequeño. Toqué la puerta con los nudillos y esperé. Al poco rato escuché pasos y la mujer salió. me reconoció porque ha pasado por la tienda varias veces a comprar me miró a la cara primero y luego a la bolsa transparente que traía en la mano no puso cara de sorpresa solo me dijo que pasara entré al pasillo y llegamos a la cocina era una cocina sencilla con mesa de madera al centro sillas alrededor una estufa vieja en una esquina y un altar pequeño pegado a la pared con veladoras apagadas y algunas imágenes Me señaló una silla. Me senté frente a la mesa. Ella se quedó de pie del otro lado. Puse la bolsa transparente sobre la mesa con la bolsa negra adentro. Le dije que esa bolsa la había encontrado escondida en mi tienda, detrás de unas cajas pesadas, pegada al muro en la esquina donde siempre se juntaban moscas. Le expliqué que la había abierto ahí mismo y que lo que había visto no me dejaba tranquilo. Ella escuchó sin interrumpir, con los ojos puestos en la bolsa. Cuando terminé, asintió con la

10:18 cabeza y me dijo que la abriera. Saqué la bolsa negra de la bolsa transparente, la puse frente a ella y solté el nudo. El olor a humedad, carne seca y tierra volvió a salir. Empecé a sacar las cosas una por una y las fui colocando sobre la mesa. Primero la foto, la desdoblé para que se viera mi cara. Luego el papel con mi nombre completo y mi fecha de nacimiento, bien escritos con pluma. Después el pedazo de tela con mi nombre. Puse también los cabellos que venían revueltos, los pedazos de carne seca y la tierra mezclada con sal y el polvo claro. Ella se sentó frente a mí, de lado, para quedar cerca de todo. Tomó la foto con cuidado, la observó un momento y la dejó a un lado. Tomó el papel con mi nombre, lo leyó en voz baja, revisó la fecha de nacimiento y lo colocó junto a la foto. Levantó el pedazo de tela con mi nombre escrito, lo acercó a la luz de la ventana y lo giró entre sus dedos. Luego tomó un mechón de cabellos entre el índice y el pulgar, lo miró de cerca y lo soltó sobre la mesa.

11:29 Por último, agarró un pedazo de carne seca, lo presionó con la uña, Revisó cómo se hundía y cómo regresaba, y luego hundió los dedos en la tierra con sal. No hizo gestos de susto, tampoco se burló. Volteó hacia mí y me dijo con voz tranquila que eso era un trabajo completo armado contra mí. Me explicó que el papel con mi nombre y mi fecha de nacimiento era para que el daño me llegara directo a mí, no a cualquiera. Dijo que la tela con mi nombre servía para amarrar mi vida y lo que me rodeaba, incluyendo la tienda. Señaló la carne seca y comentó que se usaba para que la comida se echara a perder, para que lo que yo vendía no durara, para que la gente se enfermara o se molestara con lo que compraba conmigo.

12:21 Tomó un puñado de tierra con sal, lo dejó caer dijo que ese tipo de tierra por el color y la textura no era de un patio común que parecía tierra de panteón me aseguró que no era un juego ni una broma era un trabajo fuerte su objetivo según ella era enfermar mi casa vaciar mi tienda y cansarme hasta el punto de rendirme mientras hablaba yo veía mis cosas extendidas en la mesa como si fuera un expediente en mi contra No se trataba de una maldad genérica, era directa. Me puse más nervioso, pero también sentí que por fin alguien estaba dándole forma a lo que yo solo había percibido como desastre. Luego me dijo que primero tenía que limpiarme a mí. Se levantó de la silla, fue a una a la cena, tomó un huevo, una botella de alcohol y algunas hierbas secas. Llenó un vaso con agua y puso el huevo encima de la mesa.

13:22 Apagó el ruido de la radio vieja que tenía en la cocina y me pidió que me pusiera de pie, a un lado de la mesa. Tomó el huevo entre sus manos. Lo pasó un momento sobre una veladora apagada. Murmuró unas palabras que no alcancé a entender bien. Y luego empezó a pasármelo por la cabeza. Sentí el cascarón frío al inicio. Luego lo fue bajando por todo el cuerpo desde la cabeza y la nuca hasta los pies. Me indicó que diera media vuelta y repitió el recorrido. Mientras lo hacía, yo sentía el cuerpo pesado, como cuando uno termina una jornada muy larga. Por momentos me dieron pequeños mareos, como si me faltara el aire por unos segundos, pero me mantuve de pie. Cuando terminó, tomó el vaso con agua, rompió el huevo dentro y dejó caer todo con cuidado. Se acercó el vaso a la cara y se quedó mirándolo unos segundos. Lo giró un poco, viendo desde diferentes ángulos. Sin soltarlo, me dijo que ahí se veía una carga fuerte, envidia directa hacia mí y mala intención contra mi trabajo. Dijo que no era un problema ligero, que no era una travesura de alguien aburrido, sino un trabajo colocado en mi negocio para que me fuera mal.

14:39 Regresó a la mesa y miró de nuevo las cosas que traía en la bolsa. Me dijo que esa bolsa no podía quedarse en mi casa ni en mi tienda. Tampoco se podía tirar en la basura, ni aventarla a un baldío, ni quemarla ahí mismo. Me explicó que, al tener tierra de panteón mezclada con mis datos y con la carne, el trabajo estaba amarrado, de una forma que requería otro tipo de corte. Me indicó con calma que lo correcto en ese tipo de casos era llevar esa misma bolsa a un panteón, abrirla ahí, separar lo que llevaba mi nombre y mis datos, quemar esa parte y enterrar la mezcla de tierra, sal y carne en un lugar específico, lejos de mi casa y de mi negocio.

15:26 Dijo que si no se hacía de esa manera, el trabajo podía seguir estorbando, aunque yo moviera la bolsa de un lugar a otro. Luego comenzó a recoger las cosas de la mesa, la cerró con un nudo firme y me dijo que no la abriera hasta que estuviéramos en el panteón. Me miró directo y me preguntó si estaba dispuesto a hacer ese paso. Yo pensé en todo lo que estaba perdiendo en la tienda, en las discusiones en la casa, en el cansancio diario y en la bolsa que había salido del piso, como si estuviera enterrada debajo de mi propia vida. Así que le dije que sí. que la acompañaría ella asintió y dijo que lo haríamos en el panteón del pueblo en una zona adecuada donde se pudieran romper trabajo sin molestar a nadie me pidió que me mantuviera tranquilo que siguiera trabajando normal pero atento a lo que pasaba salí de su casa con la sensación de que ya había un plan claro y con la palabra panteón dándome vueltas en la cabeza como si fuera un destino obligado al que ya no podía faltar El día que quedamos de ir al panteón, amanecí con la cabeza pesada, pero ya no me quedé en la cama dándole vueltas a las cosas. Abrí la tienda, atendí lo necesario y cuando llegó la hora bajé la cortina a medias y dejé un letrero de vuelvo en un momento y tomé la bolsa negra que había dejado a la mano. No quise mirar otra vez el contenido pues

16:56 ya lo había visto suficiente. Solo comprobé que el nudo estuviera bien apretado y salí rumbo a la casa de la mujer. Ella ya me estaba esperando afuera como si hubiera calculado mi llegada. Tenía una bolsa aparte colgada del brazo, donde seguramente llevaba lo que iba a usar. No me preguntó nada más. Me dijo que ya nos fuéramos de una vez y empezó a caminar. Yo la seguí con la bolsa negra en la mano. Cruzamos varias calles del barrio, hasta tomar la que lleva directo al panteón del pueblo. El camino se me hizo más largo de lo normal, no por la distancia, sino por lo que llevaba cargando por dentro y por fuera. Al llegar a la entrada del panteón, ella se persignó rápido, sin voltear a verme, y siguió. Yo pasé detrás. El panteón no es grande, pero está lleno de cruces de cemento, lápidas partidas, floreros rotos y flores secas. Algunas tumbas tienen arreglos nuevos, con listones limpios y coronas recientes. Otras parecen abandonadas desde hace años.

18:05 El pasillo principal está marcado por una franja de tierra más lisa, por donde pasa la gente, y a los lados se van abriendo los espacios donde colocan a los muertos. Ella no se detuvo en las primeras tumbas. Caminó derecho por el pasillo y luego giró hacia la derecha, hacia una zona donde casi no se veían flores frescas ni adornos. Ahí las cruces eran más sencillas, muchas sin nombre, con cemento pelado y letras casi borradas, por el sol y el tiempo. El piso estaba disparejo, con partes de tierra dura y otras suaves. La verdad, se notaba que pocas personas visitaban esa parte del panteón. Se detuvo frente a una cruz de cemento sin nombre. Era una cruz baja, con la base agrietada y sin ningún adorno, solo un poco de tierra amontonada alrededor. Dijo que ahí íbamos a trabajar.

18:59 Yo no discutí nada. En ese momento me daba igual el punto exacto. Lo que quería era que todo eso terminara. Ella abrió la bolsa que traía colgada del brazo y sacó un pedazo de tela viejo, grueso como de manta usada. lo extendió sobre la tierra justo a un lado de la cruz. Luego me hizo una seña para que le pasara la bolsa negra. Se la puse en la mano, desató el nudo con calma, sin hacer gestos, y volteó la bolsa sobre la tela. Ella separó primero lo que iba directo a mi persona. Tomó la foto, la extendió y la puso a un costado. Luego agarró el papel con mis datos y lo puso encima de la foto.

19:43 Después tomó el pedazo de tela con mi nombre y lo acomodó sobre el papel. Todo lo que tenía mi identidad quedó junto, en un solo montón. La carne seca y la tierra con sal quedaron extendidas en el centro de la tela que habíamos puesto en el suelo. De la otra bolsa sacó un recipiente metálico como una charola vieja, lo colocó sobre la tierra, cerca de los otros objetos. Tomó la foto, el papel y la tela con mi nombre. y los puso dentro del recipiente. Después sacó una botella de alcohol, abrió la tapa y vertió una cantidad suficiente sobre el montón. El olor fuerte del alcohol se mezcló con el ambiente seco del panteón. Guardó la botella, sacó una caja de cerillos, encendió uno y lo acercó al recipiente.

20:32 El fuego prendió rápido. La llama agarró la foto, el papel y la tela y Yo me quedé mirando cómo la imagen se retorcía y ennegrecía. Las letras de mi nombre y los números de mi fecha se doblaban y desaparecían bajo el fuego. El olor cambió. Ya no era solo alcohol. Se volvió un olor más áspero, entre plástico, papel y tela quemada. El humo subió en una columna corta y se abrió un poco con el viento, directo hacia nosotros. Me ardieron los ojos, pero no me moví. Sentía que si apartaba la vista, estaba dejando algo a medias. Mientras el fuego consumía todo, ella se agachó y empezó a abrir un hueco en la tierra, con una pala pequeña que traía. No era un hoyo hondo como para un entierro, pero sí suficiente para que cupiera lo que pensaba meter ahí. Lo hizo a un lado de la cruz de cemento sin tocar la base, en una porción de tierra suelta. Levantó varias paladas y las dejó a un costado. Cuando la foto, el papel y la tela con mi nombre quedaron reducidos a cenizas y trozos negros, ella apagó el fuego con cuidado para no tirar nada fuera del recipiente. Esperó un momento a que se enfriara un poco y luego levantó el recipiente con ambas manos.

21:52 Lo llevó hasta el borde del hueco y vació ahí las cenizas y los restos quemados. Después tomó con las manos los pedazos de carne seca y los echó dentro del mismo hueco. Por último, empujó con los dedos la tierra mezclada con sal y el polvo claro, hasta que todo lo que había estado dentro de la bolsa negra terminó dentro del hoyo. La vi tomar la pala de nuevo y empezar a tapar. Primero cubrió con la tierra que había sacado, luego apretó con el pie varias veces hasta emparejar el piso. No dejó nada a la vista. La cruz de cemento quedó igual que al principio, solo con la tierra un poco más acomodada a su alrededor.

22:35 Ella se limpió las manos en la tela vieja, guardó el recipiente y la pala en su bolsa, y me dijo que, con eso, se cortaba lo que habían querido pegar a mi vida y a mi negocio. No hizo ceremonia complicada ni discursos largos, solo afirmó que el trabajo ya no estaba en mi tienda ni en mi casa, que se había roto ahí. Yo me quedé un rato mirando el punto donde acababa de enterrar todo. Sentí que por fin había hecho algo directo contra el problema. más allá de rezongar en la casa o maldecir mi mala suerte. Salimos del panteón caminando sin prisa. El camino de regreso se me hizo menos pesado que el de ida. Aún así no me confié, pues sabía que nada iba a cambiar por arte de magia en un minuto, pero también sabía que desde ese momento La bolsa negra ya no estaba escondida debajo de mis cajas, ni metida entre mi piso y mi muro. Los cambios los empecé a notar en los días siguientes. Primero, el olor de la esquina de siempre desapareció. Seguí limpiando como antes con el mismo cloro, pero esta vez el olor raro no regresó. Las moscas dejaron de juntarse solo en ese punto. Podía haber una que otra en la tienda como en cualquier lugar donde hay comidas. pero ya no se estacionaban en esa esquina pegada al muro. El foco del lado derecho dejó de fundirse cada semana. Puse uno nuevo y se mantuvo encendido durante meses. En el refrigerador la comida empezó a durar

24:09 lo normal. Las salchichas, el jamón y el queso se echaban a perder, solo cuando realmente pasaba el tiempo que marcaban las fechas de caducidad. Los refrescos dejaron de salir con sabor extraño. Las quejas de los clientes bajaron, algunos que se habían ido regresaron poco a poco, y otros nuevos empezaron a llegar. En la casa también hubo cambios, seguíamos teniendo discusiones como en cualquier familia, pero ya no eran diarias ni por tonterías constantes. Dormíamos mejor, y los dolores de cabeza seguidos se fueron espaciando. El ambiente, que antes se sentía tenso desde la mañana, empezó a ser más llevadero. bajaba las escaleras hacia la tienda con menos sensación de derrota con el tiempo empecé a fijarme en los alrededores había una vecina que tenía otra tienda unas cuadras más adelante siempre se había fijado mucho en mi movimiento comentaba precios miraba quién entraba y quién salía antes de que todo esto pasara su tienda estaba llena casi todo el día Después de la ruptura del trabajo, empecé a verla más seguido parada en la puerta con el mostrador vacío. Se quejaba de que ya no vendía igual.

25:25 Vi cómo sus estantes se iban vaciando. Un día bajó su cortina por completo y ya no la volvió a subir. Al poco tiempo, supimos que se iba del barrio. La casa quedó cerrada y hasta el día de hoy nadie ha vuelto a abrir esa tienda. Yo no tengo una prueba escrita de que ella haya sido la responsable. No la vi armando la bolsa ni metiéndola a mi local. Lo único que sé es que alguien me mandó un trabajo, armado con mi foto, mi nombre, mi fecha de nacimiento, carne seca y tierra de panteón, y que ese trabajo estaba escondido en mi propia tienda. También sé que desde que lo sacamos de ahí y lo rompimos en el panteón, mi vida se acomodó de nuevo, poco a poco. Desde entonces, reviso mis rincones con más cuidado, La tienda sigue siendo mi forma de vivir y la casa sigue encima, con los problemas normales de cualquier familia, pero ya no con la misma carga que tenía en esos días. La bolsa negra quedó bajo la tierra de ese panteón, convertida en cenizas y polvo. Ahí terminó esa historia para mí. Lo que aprendí es que la envidia no siempre se queda en chismes o rumores. A veces baja al piso, se mete en una bolsa y se esconde debajo de tus propias cosas. Una vez me agarró desprevenido, la próxima vez no.

26:59 Tenía poco más de 20 años y sentía que ya venía cansado de todo. Trabajaba en un taller mecánico cerca de la casa. arreglando lo que llegaba, carros viejos, motos maltratadas y camionetas de gente que apenas tenía para las refacciones. El trabajo era pesado, pero era lo único seguro que tenía. En la casa, las cosas estaban igual o peor. Había discusiones constantes por dinero, por deudas, por el carácter de mi papá, que explotaba por cualquier detalle. Mi mamá se la pasaba preocupada haciendo cuentas que nunca daban. Yo salía de la casa con la cabeza llena y regresaba igual.

27:40 En medio de ese ritmo la empecé a ver. Era una mujer que empezó a pasar seguido frente al taller. Al principio llegaba con un carrito del mandado. Se detenía un momento bajo la sombra, se acomodaba el cabello pintado y seguía su camino. Después entró un día para preguntar si alguien podía revisar un ruido en su carro. Yo la atendí. No parecía una anciana. pero se notaba que era mayor que yo. Usaba ropa llamativa, blusas ajustadas, pantalones bien cuidados y siempre traía el cabello pintado sin canas a la vista. Tenía una forma de hablar tranquila y segura, como si nada la presionara. Primero, solo fueron comentarios sueltos.

28:24 Decía que el calor estaba fuerte, que la gente andaba muy estresada, que en la calle se sentía el ambiente pesado. Mientras yo revisaba su carro, Me preguntó si trabajaba ahí desde hacía mucho y si vivía cerca. Respondí con lo básico. Después empezó a ir más seguido. A veces no llevaba el carro, solo se asomaba al taller, preguntaba si ya habíamos comido, hacía un chiste sencillo y se quedaba un rato platicando conmigo. Era raro ver que alguien se interesara tanto en lo que yo hacía. Con el tiempo le fui contando cosas que casi no comentaba con nadie. Le dije que en mi casa había pleitos constantes, que el dinero no alcanzaba ni para lo básico, que a veces tenía ganas de irme a otro lado y empezar desde cero, pero que no sabía ni por dónde. Ella escuchaba todo sin interrumpirme, me hacía preguntas directas, qué tanto ganaba, con quién vivía y cómo era mi relación con mis papás.

29:25 No se reía, no se burlaba, solo asentía y me veía como si entendiera de verdad. Un día me dijo que se notaba que yo traía una mala racha encima, que había mucha envidia y mucho coraje alrededor de mí y que por eso las cosas no avanzaban. Dijo que conocía esos casos, que ya había ayudado a otras personas a salir de situaciones parecidas. No se presentó como bruja, se presentó como alguien que sabía trabajar para abrir caminos y quitar trabas. A mí con la cabeza hecha un nudo, Esas palabras me acomodaron todo de golpe. Era más fácil culpar una mala racha que aceptar que no podía con mi propia vida. Después de varias pláticas, me propuso que pasara a su casa para platicar con calma. Dijo que ahí podía explicarme mejor qué veía en mí y que podía darme algo para descansar, porque se me notaba el cansancio.

30:22 Afirmó que no me iba a cobrar nada al principio, que lo importante era que yo me estabilizara Acepté sin pensarlo mucho. La verdad, sentía que por fin alguien estaba de mi lado. Su casa quedaba en una calle tranquila, de esas donde casi siempre se ven las mismas caras. Desde afuera parecía una casa normal de barrio, con rejas en silla y paredes descarapeladas. Por dentro se notaba lo apretado. Los muebles eran viejos, con la tela gastada. En una de las paredes tenía un mueble pequeño. con imágenes pegadas, velas consumidas y platos con cera seca. La mesa principal estaba llena de cosas sin orden, velas gastadas pegadas a platos, vasos de vidrio con líquidos oscuros, fotografías apiladas, pedazos de tela con nombres escritos a pluma y bolsas de tela oscura amarradas con hilo rojo. No se veía decorado bonito ni limpio, se veía usado y cargado de cosas. Me sentó en una silla junto a la mesa y me dio una taza con un té, muy amargo. Dijo que era para bajar la ansiedad y para que pudiera dormir mejor.

31:36 Mientras yo lo tomaba, empezó a hacerme preguntas más precisas. Me pidió mi nombre completo, mi fecha de nacimiento y el nombre de mi mamá. Los anotó en un papel con letra firme. Luego me dijo que para trabajar mejor necesitaba algo que yo usara diario. una playera, una gorra o una pulsera. Ese día traía puesta una gorra que usaba para el taller. Me la quité y se la entregué. Ella la tomó con naturalidad, como si fuera el paso lógico de todo eso. Cuando terminé el té, tomó una de las bolsas de tela de la mesa. Era oscura, de tela gruesa, bien cerrada con hilo rojo. Me dijo que estaba vacía, que la iba a preparar para mí.

32:21 Mientras hablaba, agregó un poco de tierra de un frasco, sal gruesa de un plato y algunos recortes de papel, donde escribió mi nombre varias veces. Cerró la bolsa de nuevo, la apretó entre las manos y me la entregó. Me indicó que la pusiera debajo de mi colchón, a la altura de mi pecho, y que no la abriera nunca. Me aseguró que con eso iba a ir jalando todo lo que me estorbaba. Me advirtió que los primeros días me iba a sentir peor. con más cansancio, pero que después vendría el alivio. Lo llamó trabajo fuerte y carga pesada, y dijo que no cualquiera se animaba a hacerlo. Me fui a la casa con la bolsa de tela, envuelta en una bolsa de plástico común. Entré a mi cuarto, levanté el colchón y la dejé justo donde me indicó.

33:12 No lo pensé mucho, pues en ese estado aceptas cualquier cosa que suene a solución. Esa noche dormí inquieto, No tuve sueños raros que recuerde, pero desperté con la sensación de no haber descansado nada. El cuerpo se sentía flojo, como si me hubieran exprimido. Pensé que era por el día pesado anterior, pero al pasar los días noté que el cansancio no se iba. Empecé a levantarme más cansado que antes. El apetito se fue reduciendo. La comida me sabía insípida y me llenaba rápido. La ropa comenzó a quedarme más suelta. primero la playera, luego el pantalón. Los compañeros del taller me decían que me veía pálido, que si estaba enfermo. Yo me sentía aturdido, con la cabeza pesada, cometiendo errores tontos en el trabajo. Apretar mal una pieza, olvidar un tornillo o entregar tarde un carro. Cualquier cosa me agotaba. Al mismo tiempo, sentía una necesidad rara de verla.

34:14 Si algo salía mal en el día, lo primero que pensaba era en ir a su casa para que me dijera cómo iba el trabajo. Volví con ella. Me recibió como si ya supiera que iba a regresar. Me vio la cara y dijo que así era el proceso, que si me sentía más cansado era porque estaba limpiando cosas muy pesadas. Me pidió otra cosa personal. Dijo que para reforzar el trabajo necesitaba recortes de mi cabello o una playera que usara seguido. Un día ahí mismo se ofreció a acomodarme el cabello con unas tijeras y guardó lo que cortó en un papel. Me pidió que en un papel en blanco escribiera mi nombre varias veces y todo lo guardó en su mesa. En la casa comenzaron a notar que ya no era el mismo. Llegaba del trabajo directo a la cama, casi no comía, respondía de mala gana y mi mamá decía que me estaba apagando. Mi papá se molestaba. porque pensaba que solo estaba de flojo, pero yo ya no tenía fuerzas ni para explicar cómo me sentía. Una tarde, después de llegar del taller, me tiré en la cama con la ropa sucia y me quedé ahí, mirando el techo, sin energía para levantarme. Mientras estaba acostado, escuché movimientos en el cuarto. Mi mamá y uno de mis hermanos habían decidido revisarlo todo, Empezaron por la cama, levantaron el colchón y encontraron la bolsa de tela oscura, justo a la altura de donde yo apoyaba

35:46 el pecho al dormir. También notaron que faltaba una playera mía, que siempre tenía guardada y luego la encontraron arrugada, con manchas raras, en un rincón del closet. Salieron del cuarto con la bolsa y la playera en la mano, las pusieron sobre la mesa de la cocina y se quedaron mirándolas con preocupación. Yo apenas podía mantenerme sentado, pero alcancé a ver sus caras. En ese momento supe que lo que yo había aceptado no era un simple apoyo. Ahí había algo serio que me estaba consumiendo. Cuando pusieron la bolsa de tela y la playera sobre la mesa de la cocina, el ambiente en la casa se puso tenso.

36:28 Yo me senté como pude en una de las sillas. Sentía el cuerpo pesado, la vista nublada y un cansancio. que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Mi mamá miraba la bolsa con miedo. Uno de mis hermanos decía que eso no era normal. Otro se enojaba y me preguntaba por qué tenía esa cosa debajo del colchón y por qué no había dicho nada. Me preguntaron directo qué era eso. Yo, con la boca reseca, empecé a explicar que una mujer me estaba ayudando con mi mala suerte y con los problemas que traía encima. Les conté que la conocí en el taller, que primero llegó como clienta y luego empezó a ir seguido, que se enteró de los pleitos de la casa, del dinero y de cómo me sentía estancado. Les expliqué que ella dijo que sabía trabajar esas cosas, que podía abrir los caminos y que por eso me pidió la gorra, luego el cabello y luego que escribiera mi nombre. Dije que la bolsa era parte de ese trabajo y que por eso la había puesto debajo del colchón, tal como ella indicó.

37:35 Mientras hablaba, sentía la vergüenza mezclada con miedo. Veía la bolsa sobre la mesa y me daba cuenta de lo que había permitido. No era un frasco bonito, no era una cosa decorativa. Era una bolsa de tela oscura, apretada con hilo rojo, manchada de tierra, con un olor extraño que salía incluso cerrada. La playera que encontraron en el clóset Tenía manchas que no reconocía y un olor rancio, como a humedad mezclada con otra cosa. Alguien de la familia dijo que eso no se podía dejar así, que se necesitaba la opinión de alguien que supiera de esos temas. Mencionaron a una vecina que vivía a unas cuadras. Era una señora grande, conocida en el barrio por haber visto muchos casos de brujería y trabajos pesados. No cobraba por hablar y no se anunciaba en ningún lado que pero la gente la respetaba. Mandaron a llamar a la señora.

38:34 Cuando llegó, se sentó frente a la mesa, saludó rápido, miró mi cara y luego centró la vista en la bolsa y en la playera. Mi mamá le explicó de dónde salió todo eso, cómo la habían encontrado debajo del colchón y en el clóset, y cómo yo llevaba días así. La señora escuchó sin interrumpir. Luego tomó la bolsa de tela con las dos manos, la levantó un poco para sentir el peso y la giró varias veces. Dijo que necesitaba ver qué tenía adentro. Con cuidado desató el hilo rojo. Lo fue quitando poco a poco. Cuando abrió la bolsa, el olor se hizo más fuerte. Adentro había tierra oscura mezclada con sal. Entre esa tierra se veían cabellos enredados que la señora dijo que parecían míos por el color y el grosor. También había pedazos de tela, con mi nombre escrito con pluma varias veces, y un papel ya arrugado donde reconocí mi propia letra. Hasta abajo había una foto mía impresa, doblada, manchada y con señales de haber estado ahí bastante tiempo. La señora dijo con un tono serio que eso no era para mejorar suerte ni para atraer clientes. Explicó que un trabajo así se hace para ir consumiendo a una persona poco a poco, usando su nombre, su imagen y partes de su cuerpo. Dijo que mientras la persona se debilita, la bruja se mantiene fuerte con

40:04 lo que va sacando de ella. Me preguntó qué más le había entregado a esa mujer. Le conté de la gorra, de la playera y de cuando me recortó el cabello y se lo llevó. Del papel donde escribí mi nombre varias veces. y del té que me daba en su casa. La señora movió la cabeza y dijo que ese trabajo estaba bien armado, que por eso mi cuerpo se estaba quedando sin fuerza. Me afirmó que si no se cortaba todo, la cosa podía terminar mal. Dijo que teníamos que hacer dos cosas, romper y quemar todo lo que trajera mi nombre, mi imagen o partes de mi cuerpo, y dejar de verla por completo. No la pintó como algo sencillo. Comentó que yo ya estaba muy debilitado, que por eso se tenía que actuar rápido. Mi familia, entre enojada y asustada, aceptó.

40:58 Decidieron ir a la casa de la mujer. Yo hice el intento de pararme para ir, pero las piernas no me daban confianza, pues me temblaban. Al final fueron un par de familiares sin mí. Cuando regresaron, contaron que su casa estaba cerrada. Los vecinos dijeron que la habían visto salir con una maleta y que no había vuelto. Por una de las ventanas pudieron ver una mesa parecida a la que yo les describí, fotos de distintas personas, velas gastadas, platos con cera pegada y bolsas de tela. Con eso bastó para entender que no era solo conmigo. Esa mujer llevaba tiempo trabajando con varios. La señora que revisó la bolsa nos dio instrucciones claras. dijo que no se podía tirar nada a la basura había que quemar la bolsa de tela los papeles con mi nombre la foto y si era posible una prenda que supiéramos que estuvo en manos de la bruja tomaron todo lo que correspondía al trabajo la bolsa abierta los papeles los pedazos de tela la foto y la playera manchada salimos al patio prepararon un fuego sencillo con cartón y papel Cuando la flama tomó fuerza, la señora echó primero la bolsa de tela y los papeles. El olor que salió era fuerte, una mezcla de tierra húmeda, sal quemada y grasa vieja. Después echó la foto y la playera. Yo, sentado en una silla, veía cómo el humo subía. Sentía el pecho apretado, como

42:30 si parte de lo que estaba pegado en mí se estuviera desprendiendo. Cuando se consumió todo, la señora dijo que ahora tocaba limpiar el cuarto. Pidió que prepararan una cubeta con agua y sal. Con esa agua limpiaron el colchón, el piso y las paredes cercanas al lugar donde estuvo la bolsa. Movieron la cama, sacudieron todo lo que había alrededor, abrieron ventanas y puertas. No hubo rezos largos ni escenas exageradas. Fueron acciones concretas. Limpiar, mover y ventilar. El objetivo era cortar todo rastro del trabajo en mi espacio. Ese día terminé exhausto, pero con una sensación distinta. El cuerpo seguía débil, pero ya no sentía ese hundimiento constante. Los días siguientes fueron pesados, aunque ya no iban en bajada. Seguía cansado, pero dejé de empeorar, y los moretones nuevos dejaron de aparecer.

43:27 Empecé a dormir un poco mejor. No despertaba lleno de energía, pero al menos podía levantarme, sin sentir que el piso se me venía encima. El apetito tardó en regresar. Al principio solo comía unas cuantas cucharadas, luego medio plato. Poco a poco pude terminar un plato completo sin que el estómago se cerrara. Con el paso de las semanas gané un poco de peso. La cara dejó de verse tan hundida y pude regresar al taller y concentrarme de nuevo en el trabajo. Ya no pensaba en ella como antes y esa necesidad de ir a verla se rompió. Supe que no había sido casualidad que se fuera justo cuando todo salió a la luz. En el barrio corrió el rumor de que ya había hecho cosas similares en otras colonias y que siempre desaparecía cuando las familias se daban cuenta.

44:21 Nunca más la volví a ver, ni en el camino al trabajo ni en el mercado. No apareció en el taller, ni mandó recados, ni buscó explicaciones. Se fue y dejó atrás lo que había intentado hacer conmigo. Con el tiempo entendí. que lo que viví no fue solo una mala racha ni un simple desgaste, fue un trabajo bien armado por una bruja que me vio vulnerable, me ofreció apoyo y me fue consumiendo, mientras yo creía que estaba mejorando, ahora cuando alguien se acerca ofreciendo trabajos, limpias o soluciones rápidas para todo, recuerdo la bolsa de tela debajo de mi cama, la playera manchada y los días en los que apenas podía levantarme de la silla, No necesito teorías ni advertencias ajenas.

45:10 Ya sé, en carne propia, lo que es dejarse agarrar por una persona así y sentir cómo, sin ruido y sin espectáculo, te va quitando la vida poco a poco. Cuando me fui a vivir a casa de mi suegro, me tocó quedarme en una casita que tenía desocupada justo detrás del panteón municipal de Selchacán, Campeche. Estaba separada por una barda de bloques a medio terminar. Era una construcción vieja que nunca acabaron. Tenía techo, piso y puerta, pero no ventanas. Ahí nos metimos mi esposa y yo mientras levantábamos lo nuestro. La casita tenía años en abandono. Mi suegro decía que la habían construido con la intención de rentarla, pero nadie duraba mucho tiempo ahí. Los pocos que la ocuparon se fueron sin decir nada. Los albañiles que trabajaban en la barda también la dejaron a medias y no quisieron regresar. Nosotros no hicimos caso. Era un lugar donde podíamos empezar. Todo iba bien al principio. Silencio total en las noches, poco calor por la sombra del panteón. El primer día nos la pasamos limpiando. Había polvo, telarañas y hasta excremento de animales. No encontramos señales de que alguien la usara como refugio, pero sí se notaba que el

46:40 viento y la lluvia entraban sin problema. Por la noche, ya acostados en el colchón que pusimos en el suelo, escuchamos ruidos afuera. Pensamos que eran perros o algún animal del monte. No era raro en la zona. Al segundo día, la situación se puso rara. Mientras mi esposa acomodaba unas cosas, escuchó que alguien le hablaba, pero no entendió bien. Me lo contó sin darle mucha importancia, pero en la noche pasó otra cosa. Ya nos íbamos a dormir cuando oímos pasos en la barda. Salí con una lámpara, pero no había nadie. Los siguientes días fueron iguales. Voces, ruidos, la sensación de que alguien nos observaba. Pensamos que tal vez alguien andaba rondando la casa, pero nunca encontramos rastros. Una noche, mi esposa me despertó asustada. Dijo que sintió que alguien se sentó en la orilla del colchón. Encendí la lámpara y revisé. No había nada, pero el colchón tenía la forma hundida, como si alguien se hubiera levantado en ese momento.

47:44 Pero a la segunda semana compramos un perro, pero desde el primer día empezó a actuar de manera extraña. Se quedaba mirando hacia la barda con las orejas tiesas y el lomo erizado. No gruñía ni ladraba, solo se quedaba ahí, quieto, como si esperara algo. La primera noche lo escuché gruñir bajito. Fui a verlo y estaba frente a la puerta trasera con el cuerpo rígido. Lo llamé, pero no reaccionó. Cuando toqué su lomo, brincó como si lo hubieran sorprendido y salió corriendo a esconderse bajo la mesa. Al día siguiente, mi esposa dijo que el perro no había querido comer. Apenas se asomaba al patio y regresaba con el rabo entre las patas. Esa tarde, cuando salí a tirar la basura, lo vi en el rincón del patio, temblando. Estaba hecho un ovillo, con los ojos bien abiertos, mirando hacia la barda.

48:39 Traté de calmarlo, pero me esquivó. En la madrugada lo escuchamos otra vez, rascando la pared del fondo. Esta vez no era solo con las patas, también mordía. Se escuchaba como rechinaban los dientes contra el cemento. Me asomé y lo vi cavando con desesperación. El hocico lo tenía manchado de polvo. Cuando intenté acercarme, se alejó de un salto y salió corriendo a la calle. Mi esposa fue tras él, pero no lo alcanzó. Se perdió entre las sombras, y por más que preguntamos, nadie lo volvió a ver. Lo raro fue que al día siguiente, en el lugar donde el perro había estado rascando, la tierra estaba removida, como si alguien más hubiera seguido cavando durante la noche. Otra noche oí que alguien caminaba dentro de la casa. No era afuera, era adentro. Me levanté de golpe, encendí la lámpara y revisé todo. No había nadie. Pero en el piso había marcas de tierra, como si alguien hubiera caminado descalzo, recién salido de tierra húmeda. Pensé que quizá había entrado alguien cuando nos descuidamos, pero no había señales de forzamiento.

49:50 Mi esposa dijo que tal vez era lodo que habíamos traído sin darnos cuenta. Pero esa noche el olor a tierra mojada se quedó flotando en el aire mucho tiempo después de que limpiamos. Mi esposa empezó a enfermar. Le daban escalofríos sin razón. Soñaba lo mismo siempre. Una mujer sentada de espaldas con un vestido muy largo que cubría todo el suelo. Decía que en el sueño la mujer la llamaba sin moverse. Al principio no le dimos importancia. Pensamos que era por el cansancio o el estrés, pero los escalofríos no se iban y cada vez dormía menos. Me decía que, aún despierta, sentía que alguien la observaba desde la barda. Cada vez que salíamos tenía la sensación de que algo nos seguía con la mirada. Una tarde, cuando regresamos del mercado, encontramos las huellas otra vez. Eran muchas, dispersas por la sala y el pasillo, pero esa vez había algo más. En la pared, justo a un lado de la puerta, alguien había marcado algo con los dedos.

50:54 Pasé la mano y sentí la humedad. Olía igual que la tierra mojada. Esa noche mi esposa no pudo dormir. Se quedó sentada en la cama. Otra noche me desperté y ella ya no estaba en la cama. Salí corriendo a buscarla. Estaba parada junto a la barda, viendo hacia el panteón. Tenía los pies llenos de lodo. No respondía. Cuando la toqué, reaccionó como si se hubiera despertado de golpe. No recordaba cómo había llegado ahí. Dijo que solo había cerrado los ojos un momento y luego estaba afuera. La llevé de vuelta adentro y le lavé los pies, pero la sensación de inquietud se quedó en el aire. Decidimos buscar ayuda. Nos fuimos con un curandero del pueblo, le contó todo, él no preguntó mucho, no más dijo que ahí vivía una que no descansaba, que había sido enterrada en el último espacio del panteón pegado a esa pared y que su casa original estaba justo donde construyeron esa casita.

51:54 Nos explicó que hay muertos que no aceptan su sitio de descanso, algunos se quedan porque algo los ata, otros porque nunca se dieron cuenta de que murieron. En este caso, parecía que alguien había levantado la casa encima de donde ella vivía en vida, y por eso no dejaba en paz a nadie que entrara ahí. Volvimos por nuestras cosas. El curandero nos dijo que entráramos al amanecer con agua con sal. Lo hicimos. Al empacar, encontramos una trenza larga, enredada entre las varillas del techo. No era de mi esposa, no era de nadie que conociéramos. Estaba entrelazada con trozos de palma seca. La descolgué con cuidado. La trenza se sentía tiesa, como si llevara ahí años. Al soltarla, un par de cabellos se desprendieron, cayendo al suelo enredados con pedazos de polvo y telarañas. La llevamos con el curandero.

52:51 Apenas la vio, se puso serio. Dijo que ese tipo de trenzas se usaban en algunas partes para amarrar almas. que alguien la había dejado ahí para que la que no descansaba no pudiera irse. No sabíamos qué hacer. Nos indicó que la quemáramos lejos de la casa, en un lugar abierto, y que, al hacerlo, dijéramos que la soltábamos, que la dejábamos ir. Esa misma tarde fuimos al llano. Encendimos una fogata y pusimos la trenza encima. Tardó en prender. El fuego la rodeaba, pero no la consumía rápido. Cuando por fin empezó a arder, un olor fuerte, parecido al de la tierra mojada, se esparció por el aire. Se escuchó un chasquido en la madera y luego todo quedó en silencio. Pasó el tiempo. Al parecer aquello que habíamos hecho surtió efecto y, pues, nosotros nos olvidamos del asunto.

53:46 Hasta que mi suegro empezó a decir que escuchaba pasos en su patio, justo del lado que da hacia la casita. Pensó que eran ladrones, pero no se llevaron nada. solo encontraba agua en el piso, como si alguien viniera desde dentro del panteón, mojado, y se metiera a su patio a caminar, al principio lo tomó como algo curioso, pensaba que era humedad o alguna tubería rota, pero revisaron todo y no encontraron ninguna fuga, luego los pasos se hicieron más constantes, siempre de madrugada, siempre del mismo lado. Una noche se armó de valor y salió con una lámpara. Caminó despacio, iluminando cada rincón, pero no vio nada fuera de lugar. Al día siguiente, cuando revisó, encontró las mismas huellas mojadas. Esta vez parecían más marcadas, como si alguien descalzo hubiera caminado en círculos. Intentó seguirlas, pero desaparecían justo antes de llegar a la barda que daba al panteón.

54:49 Después de eso, mi suegro empezó a tener pesadillas. Decía que veía una sombra parada en la ventana de su cuarto, aunque la casita quedaba lejos. Su perro ladraba todas las noches en dirección a la barda. Aparte de eso, el perro todo el tiempo buscaba a mi suegro y se recargaba en él, como que lo sobaba y como que chillaba al mismo tiempo. Ver aquello era algo muy incómodo, pues así estuvo el perro hasta que un día amaneció muerto. con espuma en el hocico. Dijeron que había sido un envenenamiento, pero con la particularidad de que nunca supieron decir qué tipo de veneno era el que habían usado. Después de que murió el perro de mi suegro, él dejó de tener pesadillas, pero mi esposa, de nuevo, volvió a empezar a sentirse mal. La tos persistía, la fiebre iba y venía sin razón aparente. Parecía que algo la drenaba poco a poco. El curandero vino a verla de nuevo. Le preguntó si seguía soñando con la mujer. Ella dijo que sí.

55:54 Esta vez, la mujer se había volteado un poco, y aunque su cara seguía cubierta por el cabello, ahora se veían sus manos. Tenía los dedos largos, flacos, con uñas negras y torcidas. Mi esposa decía que esas manos parecían moverse muy despacio, como si intentaran alcanzarla a través del sueño. El curandero nos pidió que le mostráramos exactamente el lugar donde estaba enterrada. Nos costó decidirnos porque sabíamos que volver ahí no iba a ser fácil, pero aceptamos. Fuimos al panteón al mediodía. Caminamos hasta un rincón en el que no había ninguna tumba cerca. Mi suegro, con una pala, escarbó un poco. El curandero se arrodilló junto al agujero y sacó algo de su bolsa, un puño de tierra blanca.

56:43 unas hierbas secas y un frasco con un líquido oscuro. Empezó a murmurar algo que no entendí y roció la mezcla dentro del pozo. Luego el curandero nos dijo que tapáramos todo, que ahora sí, por lo menos en teoría, ya la bruja nos tenía que dejar en paz. Pero como se lo podrán imaginar, pues no funcionó y honestamente no me sorprendió para nada. Esa misma noche la casa de mi suegro se llenó de ruidos. Todo empezó con un golpe en el techo. Luego se oían pasos, como si alguien descalzo caminara sobre las láminas. Algo raspaba las paredes, un sonido lento, insistente. En la cocina los platos se cayeron sin razón. No hubo viento ni temblor, solo cayeron.

57:30 La trenza que habíamos encontrado apareció en la mesa, aunque el curandero se la había llevado semanas antes. No entendíamos cómo había regresado. Mi suegro se persignó, pero no dijo nada. Solo se quedó sentado, mirando la mesa con el ceño fruncido. El raspón en la pared se hizo más fuerte. No era un ruido parejo, sino intermitente, como si alguien tuviera que hacer pausas. De pronto, un golpe seco en la puerta nos puso a todos en alerta. Nadie se movió. No había razón para que alguien estuviera ahí a esas horas. Mi esposa, temblando, me agarró del brazo. La miré y entendí que estaba escuchando lo mismo que yo. Un susurro, bajo, como si alguien estuviera murmurando detrás de la madera. No se distinguían palabras, solo un sonido apagado, apenas perceptible. Mi suegro se levantó con lentitud, buscó algo en el cajón de la cocina y sacó un cuchillo. Caminó despacio hacia la puerta. No la abrió. Solo se quedó ahí, esperando.

58:39 El susurro paró. Los rasguños en la pared también. La casa quedó en silencio, pero ninguno de nosotros se atrevió a moverse. Pasaron minutos que se sintieron eternos. Entonces, el sonido regresó. Primero en la pared. Luego en el techo. Algo se movía allá arriba, pero esta vez no eran pasos. Era un arrastre. Algo golpeó una de las ventanas. El sonido era como si estuvieran raspando el vidrio con algo filoso. Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana, pero no miré directo. Solo alcancé a ver una sombra alargada pegada al marco, inmóvil. Luego se fue. Nos quedamos en vela hasta que empezó a aclarar. Nadie habló. En la mañana revisamos la casa. Afuera, la tierra estaba revuelta.

59:28 En la pared, los rasguños eran profundos, marcados en la madera como si hubieran usado algo más fuerte que uñas. Pero lo peor fue la trenza. Esta vez, no estaba en la mesa. Apareció colgada en la puerta principal. Nos fuimos al día siguiente. Mi suegro también. No quiso arriesgarse más. Vendió el terreno, pero nadie lo quiso. Todos en el pueblo sabían lo que había pasado. Hasta donde sé, sigue abandonado. Y la casita ahí sigue con la puerta cerrada pero con la barda cada vez más húmeda.