Nov. 4, 2025

El Heredero Del NAHUAL: Así Comenzó Mi Transformación - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Subí el cerro sin mirar atrás. Las piedras estaban húmedas y el aire tenía un olor raro, como si en el ambiente quedara el rastro de algo quemado. La gente del pueblo siempre dice que, después de medianoche, el viento suena distinto, pero nunca lo había comprobado. Vine porque mi trabajo me obliga a registrar leyendas vivas, esas que sobreviven entre los campesinos viejos, que aún creen en brujos, nahuales y tratos con el diablo. No lo hago por fe, sino por documentación. Sin embargo, mientras ascendía, me di cuenta de que la línea entre lo que se estudia y lo que se teme no es tan clara cuando se está solo en la sierra. las últimas casas quedaron atrás a mitad del camino desde ahí sólo se veían los tejados de lámina y una columna de humo que salía de alguna fogata el ruido del pueblo se fue apagando y a cambio el silencio del monte se volvió más pesado Había pájaros, pero ninguno cantaba. Caminé entre guisaches secos esquivando raíces y piedras hasta que el camino se volvió más angosto. En el suelo encontré restos de velas derretidas, trozos de costal y huesos chicos como de gallina o conejo.

1:24 Me detuve a observarlos. Tenían marcas de fuego. no lo tomé como algo sobrenatural lo anoté en mi libreta registrando la hora aproximada y el sitio desde hace meses recolectaba información sobre ritos antiguos y su relación con los pactos diabólicos pero esta era la primera vez que veía indicios claros de uno Más arriba, el terreno se abría en una planicie entre dos peñascos. Desde ese punto se dominaba todo el valle. El aire soplaba con fuerza, pero sin dirección, como si viniera de abajo en lugar de arriba. Recordé lo que me había dicho un viejo del pueblo la tarde anterior, mientras comía en la fonda, que en ese lugar, cada tanto tiempo, algunos hombres subían a cumplir su parte del trato con el diablo, y que el último en hacerlo había sido un curandero llamado Toribio, desaparecido hace más de 30 años. Según él, el diablo le dio poder sobre los animales y las almas enfermas, pero le cobró algo que nadie quiso decirme. Solo bajaron sus herramientas y su bastón, clavado en la entrada de la cueva. Avancé con cautela.

2:37 Frente a mí había una roca enorme con símbolos tallados. Algunos parecían cruces torcidas, otros figuras humanas deformes, con hocicos y patas en lugar de brazos. Pasé la mano sobre ellos y noté que estaban grabados con fuerza, no eran marcas superficiales. A un lado, entre piedras, había una abertura cerrada con más rocas pequeñas, colocadas de manera intencional como un sello. Saqué mi linterna y tomé fotografías. Dentro, la oscuridad era tan densa que la luz no rebotaba. La sensación era como si el aire no quisiera entrar. Mientras registraba todo, escuché pasos sobre el peñasco. Eran lentos, marcados de alguien que caminaba apoyándose en algo. Alcé la vista y en la parte alta un anciano me observaba. Era delgado y encorvado, con un bastón en la mano. El viento movía su ropa, pero él no se movía. No parecía una persona del lugar. Su presencia era demasiado firme, casi fuera de tiempo. Lo miré sin hablarle y permaneció así unos segundos, quieto hasta que parpadeé y ya no estaba.

3:51 subí el sendero para alcanzar el punto donde lo vi pero sólo encontré una piedra redonda y sobre ella una bolsa de tela dentro había tierra húmeda pelos de animal y una moneda vieja ennegrecida con una cruz invertida grabada en un costado sentí un escalofrío pero la guardé en mi mochila pensando que podía analizarla después el sol ya se estaba ocultando cuando bajé los árboles parecían inclinarse con el viento y las ramas chocaban entre sí con un sonido hueco todo el ambiente se sentía raro y cargado Al llegar al camino principal, vi a un grupo de perros tirados sobre la tierra, dormidos. Ninguno se movió al pasar.

4:36 Pero al avanzar unos metros, comenzaron a ladrar todos a la vez, sin mirar hacia un punto exacto. Solo ladraban como si el aire los irritara. Me hospedaba en una casa vieja del centro del pueblo, rentada por un hombre que casi no hablaba. En la habitación apenas había una cama, una silla y una ventana con cortinas de manta. De noche, todo el pueblo se apagaba temprano. Solo quedaban las luces del templo y el zumbido lejano de los transformadores. Encendí mi grabadora y repasé las entrevistas de días anteriores. Varios campesinos mencionaban historias parecidas. Un perro negro que aparecía antes de las muertes. Un anciano con bastón que curaba a los enfermos y luego desaparecía. hombres que se volvían animales al caer la noche. En todas las versiones había un trato, una deuda o una marca. Mientras escuchaba, noté que los perros del vecindario comenzaron a ladrar de nuevo, ahora más cerca.

5:37 Algunos golpeaban las puertas con el cuerpo. Me asomé por la ventana, pero la calle estaba vacía, pero el sonido de los ladridos venía de todas partes, como si el pueblo entero estuviera rodeado por ellos. Cerré las cortinas y el viento golpeó los vidrios y el foco parpadeó. Intenté dormir, pero el ruido seguía. Pasada la medianoche, escuché algo raspar la puerta del cuarto, primero suave, luego más fuerte, como si unas uñas largas se arrastraran sobre la madera. Me levanté despacio, tomé la linterna y miré por la rendija. en el patio apenas iluminado por la luz del poste vi a un hombre desnudo cubierto de lodo caminando a cuatro patas su cuerpo era delgado con la piel pegada a los huesos y se movía sin hacer ruido sólo alcancé a verle los ojos reflejaban la luz en color amarillo como los de un perro Lo seguí con la mirada hasta que cruzó el cerco del patio y se perdió entre los árboles. Y el sonido del viento cambió en ese instante. No dormí más. Me senté en la cama con la linterna encendida y la grabadora en la mano.

6:52 Cada ruido del exterior sonaba distinto, como si las paredes se encogieran. No escuché más pasos ni raspones, pero los perros siguieron ladrando, uno tras otro, hasta que empezó a amanecer. Cuando al fin la luz entró por la ventana, salí al patio para buscar rastros. En el suelo había huellas de pies descalzos, mezcladas con marcas de garras. Seguí el rastro unos metros hasta el cerco. Ahí, entre la tierra removida, encontré un pedazo de tela, del mismo color que la bolsa que había recogido en el cerro. Lo toqué y estaba húmedo, como recién enterrado. Guardé el fragmento dentro de una libreta, sin saber por qué lo hacía, y me senté un momento. Sentía el cuerpo cansado, pero no era solo por el desvelo, había algo más, una sensación de que el lugar entero me estaba observando. El viento volvió a soplar, pero esta vez con fuerza, y pude oír un silbido claro, como si alguien exhalara muy cerca de mi oído. Me quedé quieto, sin atreverme a mirar alrededor.

7:59 No había nadie, pero sabía que algo me había acompañado desde el cerro. Dormí poco, y el amanecer entró por la ventana con una luz gris que no calentaba. Me lavé la cara y bajé al mercado. Las calles todavía estaban húmedas por el rocío y los perros seguían echados como si no hubieran descansado en toda la noche. Entre los puestos se respiraba el olor a maíz cocido, incienso y carbón. Pregunté por la cueva del cerro. La mayoría de la gente evitaba contestar. Algunos bajaban la mirada, otros hacían una señal de cruz disimulada. Una mujer mayor con el cabello recogido en un chongo me miró fijo y me dijo que no volviera a mencionar ese lugar. Me pidió que la acompañara detrás de su puesto, lejos del bullicio.

8:50 Me contó que el hombre que vi en el cerro no era un fantasma ni una visión. Dijo que se llamaba Toribio y que en los años 70 fue conocido por curar enfermedades que ni los doctores del hospital sabían tratar. La gente iba desde pueblos lejanos para verlo. Usaba plantas, huesos molidos y rezos en lengua vieja. Algunos decían que tocaba el pecho de los enfermos y el dolor se le pasaba al cuerpo de un animal, que después moría. Y otros juraban haberlo visto transformarse. Su fama creció hasta que una noche un hombre llegó con su hijo moribundo y le rogó que lo salvara. Toribio aceptó, pero le pidió que esperara afuera. El padre escuchó ruidos extraños dentro de la choza, gruñidos, golpes y después un silencio profundo.

9:42 Cuando entró, el curandero ya no estaba, solo el niño dormido y un olor a azufre. Desde entonces Toribio desapareció. Nadie volvió a verlo y la gente decía que le había vendido su alma al diablo a cambio de poder. A partir de esa noche, el ganado comenzó a morir con mordidas imposibles de identificar y algunos hombres aseguraron haber visto un perro enorme con ojos humanos caminando por el río. Le agradecí la información y me fui al archivo municipal. El edificio estaba vacío y el vigilante me dejó pasar con una advertencia, que tuviera cuidado con lo que buscaba.

10:23 Los archivos olían a humedad y encontré reportes de las décadas pasadas. En varios había denuncias de desapariciones de animales y personas, cuerpos hallados con marcas en el cuello y heridas que parecían hechas por garras. Uno de los documentos, fechado en 1983, incluía una descripción que me dejó helado. Huellas humanas con terminaciones, puntiagudas, como garras en lugar de dedos. Todas las notas mencionaban la zona del mismo cerro. Salí del edificio con la sensación de que alguien me seguía. En el reflejo del vidrio de una tienda, vi a un hombre de sombrero observándome desde la esquina, pero cuando volteé ya no estaba. Apuré el paso hasta la casa donde me hospedaba. El cielo se nubló antes de anochecer.

11:15 Encendí la lámpara y extendí sobre la mesa mis notas, grabaciones y fotografías. Intentaba organizar todo, pero las imágenes del hombre del cerro y del anciano con bastón me venían una y otra vez a la cabeza. ya entrada la noche escuché pasos afuera del cuarto no eran rápidos sino pausados pesados como si alguien arrastrara algo apague la lámpara y me acerqué a la ventana en el patio iluminado apenas por la luz del poste vi un perro negro enorme parado frente a la puerta No se movía ni emitía sonido alguno, pero su sombra no coincidía con su cuerpo.

11:55 El animal estaba de lado, pero la sombra estaba erguida con forma humana. Me quedé quieto unos segundos, sintiendo como el aire se espesaba. Tomé mi cámara y le apunté. cuando el flash iluminó el patio la imagen que apareció en la pantalla no fue la de un perro sino la de un hombre desnudo cubierto de tierra con un bastón en la mano mirándome directamente parpadeé y la foto se desvaneció revisé la cámara y marcaba error abrí la puerta y salí a la calle pero no había nadie sólo el sonido del viento y en el suelo justo frente a la puerta estaba la misma bolsa de tela que encontré en el cerro esta vez estaba abierta dentro ya no había tierra ni pelos sólo la moneda y un diente humano amarillento lo tomé con un pañuelo y lo guardé No sabía si lo hacía por impulso o por miedo a dejarlo ahí. Me dirigí a la parroquia, el único lugar que seguía con luz a esa hora.

13:00 El sacerdote me recibió con recelo, pero cuando le mencioné el nombre de Toribio, su rostro cambió. Dijo que conocía esa historia y que era cierto lo del pacto. Según él, el diablo se presentó como el dueño del monte. ofreciendo poder a cambio de obediencia. Prometía salud, dinero y fuerza, pero siempre exigía una vida cada cierto tiempo. Toribio fue el último en aceptar, y al desaparecer dejó el acuerdo inconcluso. Desde entonces, el diablo busca a quien lo reemplace para mantenerlo vigente. El sacerdote me miró fijo y me dijo que, al abrir la bolsa, había roto el sello de protección, y que aunque no creyera en esas cosas, ya estaba marcado.

13:47 Me recomendó dejar el pueblo antes de la próxima luna llena. Regresé al cuarto sintiendo que el aire pesaba. Cerré todas las ventanas y puse la moneda sobre la mesa. No pasaron ni dos minutos cuando empezó a moverse sola girando sobre sí misma. Se detuvo apuntando hacia la puerta y la verdad me quedé inmóvil. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar todos al mismo tiempo con una furia que no había escuchado antes. Gracias. Algunos golpeaban los portones con fuerza. Sentí un golpe seco contra mi ventana. Me acerqué con cuidado y, en el vidrio, quedó marcada una mano embarrada de tierra, como si alguien hubiera intentado entrar. Tomé la moneda y la guardé en el bolsillo. Afuera los ladridos seguían y caminé por el pasillo oscuro hasta la puerta de salida. No había nadie en la calle, solo el sonido de los perros y un olor a humo que venía del cerro. en la distancia se veía una luz rojiza entre los árboles pensé en el anciano del bastón todo en mí decía que debía irme de ahí pero algo me empujaba a quedarme era como si cada paso que daba me atara más a ese lugar volví a la habitación y me senté frente a la mesa y la moneda comenzó a calentarse dentro del bolsillo la saqué y la coloqué sobre la madera temblaba apenas perceptible y el viento entró por la rendija de la ventana y

15:17 apagó la lámpara. En la oscuridad escuché un susurro, una voz ronca que decía mi nombre. No era humana, sonaba cerca, como si hablara desde dentro de las paredes, pero no quise moverme. Permanecí así hasta que amaneció. Cuando la luz del día entró, la moneda estaba fría. Sobre la mesa, junto a ella, encontré un rastro de tierra y un cabello largo pegado al borde. No supe si era mío o de otra persona, pero algo dentro de mí entendió que el pacto que Toribio había hecho no se había roto con su desaparición. Solo estaba esperando que alguien lo continuara.

15:58 No fui al cerro por valentía. Lo hice porque sentía que el aire me seguía a todas partes. En el cuarto ya no podía respirar tranquilo. Las paredes parecían absorber los sonidos. Salí al anochecer con la linterna y la grabadora encendida. El camino estaba más oscuro que antes, como si el cielo se hubiera cerrado solo para mí. Ni los grillos ni los búhos se oían, solo mis pasos sobre la tierra, y un zumbido leve que no sabía si venía de los árboles o de mi cabeza. El cerro me pareció distinto. El aire olía a humedad, a tierra removida, pero al llegar a la zona de las piedras, noté que las que sellaban la cueva estaban movidas. Algunas tenían marcas frescas, como si alguien las hubiera levantado con fuerza.

16:48 Pasé la linterna y vi rastros de tierra mojada, pisadas descalzas y un rastro de cera derretida, que formaba un camino hacia adentro. Sentí un impulso de retroceder, pero algo me empujó a seguir. La cueva era más grande de lo que recordaba. Las paredes estaban cubiertas con hollín y manchas rojizas. En el techo colgaban figuras hechas con ramas y tiras de piel endurecida. Algunas tenían forma de cruces torcidas, otras parecían animales deformes. En el suelo había un círculo de huesos ordenados con precisión, como si cada uno tuviera su lugar exacto. En el centro, una huella humana enorme, más grande que la mía y más profunda que cualquier otra.

17:33 Apagué la linterna por un momento y escuché los sonidos de la cueva. Cuando la encendí de nuevo, oí una respiración profunda detrás de mí. Giré la luz y lo vi. Toribio estaba ahí. Su cuerpo parecía hecho de tierra seca, con grietas en la piel y el cabello pegado al cráneo. los ojos le brillaban con reflejos rojizos y en la mano sostenía el bastón no era un hombre viejo era algo que seguía vivo sin ser humano su voz sonó áspera como si saliera del infierno dijo que el diablo no perdona los secretos y que al abrir la bolsa ya había tomado mi lugar en el pacto explicó que cada generación debía entregar un heredero alguien que mantuviera el trato con el infierno alguien que conservara el equilibrio entre lo que camina sobre la tierra y lo que vive debajo.

18:29 Lo escuché sin poder moverme. La linterna temblaba en mi mano, pero no dejé de apuntarle. Clavó el bastón frente a mí. El golpe hizo vibrar el suelo, y un vapor espeso comenzó a salir del círculo de huesos. Olía a azufre, fuerte, como metal caliente. Dijo que él ya no podía seguir, que el diablo reclamaba un nuevo cuerpo, y que el mío había sido elegido desde que toqué la bolsa. Intenté retroceder, pero el aire se volvió denso, como si la cueva se cerrara. Toribio me tomó del brazo. Su mano era tibia, pero bajo la piel sentí movimiento. Vi como la tierra del suelo se abría en grietas pequeñas, de donde salía vapor.

19:15 Todo el lugar tembló. La luz de la linterna se apagó y quedé en la oscuridad total. No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero sentí que me desvanecía y el aire olía a sangre y a ceniza. Escuché susurros, muchos, y hablaban en un idioma que no entendía. Algunos se reían y después todo se apagó. Desperté al amanecer tirado frente a la entrada de la cueva. Tenía las manos llenas de tierra y la ropa húmeda. La grabadora seguía encendida y al reproducirla solo se oían gruñidos y respiraciones, y de fondo una voz que repetía mi nombre. En la palma tenía marcada la figura de la moneda, hundida como si hubiera estado al rojo vivo. Intenté frotarla, pero no se borró. Bajé del cerro sin mirar atrás. Cada paso se sentía pesado, como si la tierra me reconociera. Al llegar al pueblo busqué a la mujer del mercado. Cuando me vio, dejó caer las verduras que tenía en las manos y se persignó tres veces. Me dijo que no me acercara, que ya no era el mismo, que el diablo había elegido mi cuerpo como sustituto del viejo Toribio.

20:27 Le pedí que me explicara, pero se negó a hablar. Dijo que mi sombra ya no me seguía, que caminaba aparte, que eso solo pasaba con los que cargaban un pacto. Regresé al cuarto. El espejo del baño estaba empañado, aunque no había vapor. al limpiarlo no vi mi reflejo completo la parte del pecho se veía borrosa como si el vidrio no pudiera mostrarla me asusté y apagué la luz en el suelo encontré la moneda aunque recordaba haberla dejado en la cueva la guardé sin pensarlo como si algo en mí necesitara tenerla esa noche al intentar dormir los perros empezaron a ladrar otra vez el sonido era distinto más grave casi sincronizado Cerré las ventanas, pero seguía escuchándolos.

21:18 En medio de la oscuridad, sentí un calor subiendo por el brazo, donde Toribio me había tocado. La marca de la moneda brillaba débilmente como si algo latiera debajo. Me incorporé y vi mi sombra en la pared. No se movía igual que yo. Se adelantaba por momentos como si tuviera vida propia. Salí al patio. El viento soplaba fuerte y traía un olor a humo que venía del cerro. miré hacia allá y distinguí una luz roja encendida en la ladera igual que la que vi la primera noche los perros del vecindario miraban en esa dirección con el hocico levantado uno de ellos se acercó a mí y se quedó quieto observándome como si me reconociera Esa madrugada no dormí. Cuando el sol salió, empaqué mis cosas y me fui del pueblo. No hablé con nadie, tomé el primer autobús que pasó. Mientras avanzaba por la carretera, miré por la ventana y vi al perro negro trotando junto al camino. No lo perdí de vista hasta que desapareció entre los árboles. Volví a la ciudad, dejé el trabajo y me deshice de todas las grabaciones. No publiqué nada, pues quise convencerme de que todo fue una confusión, una mezcla de sugestión y superstición. Pero los días siguientes comenzaron a pasar cosas extrañas. Cada luna llena, los perros del vecindario se alteran. ladran sin descanso hasta que el viento

22:49 cambia de dirección en mi casa las luces parpadean y las puertas se cierran solas he intentado ignorarlo pero cuando miro por la ventana siempre hay algo moviéndose entre las sombras Una figura que camina a cuatro patas cubierta de tierra, que se detiene frente a mi puerta y levanta la cabeza para mirarme. Nunca logro distinguir su rostro, pero sé que me observa con los mismos ojos amarillos que vi aquella noche en el cerro. No lo cuento como investigador, porque ya no tengo cómo probarlo. Lo cuento como quien fue absorbido por lo que estudiaba. El pacto no terminó con Toribio, solo cambió de cuerpo. Y ahora entiendo que el diablo no necesita que uno crea en él, le basta con que lo busques, aunque sea solo por curiosidad.