El Altar Al DIABLO Del CRIMEN ORGANIZADO Historias De Terror - REDE
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0:00 Gracias. Ãramos seis ruteros, todos amigos de años, acostumbrados a recorrer los cerros de Sinaloa buscando caminos que no aparecÃan en los mapas. Ese dÃa decidimos explorar un cerro del que apenas habÃamos escuchado rumores. DecÃan que era monte cerrado, con caminos de terracerÃa que llevaban a ninguna parte. Nos pareció ideal para una aventura de fin de semana. Salimos temprano, con las motos bien cargadas y mochilas ligeras. La primera hora fue fácil y Caminos anchos, caminos que se bifurcaban y nos obligaban a decidir rápido. Poco a poco la subida se hizo más complicada, con piedras sueltas y tramos donde apenas cabÃa una moto. La tierra seca se levantaba en polvo con cada acelerón. después de varias horas alcanzamos un claro amplio en la parte alta lo primero que vimos fue una construcción pequeña una capilla pintada de rojo y negro la pintura estaba desgastada pero los colores resaltaban entre la maleza a un lado habÃa veladoras apagadas frascos con restos de cera y ofrendas billetes arrugados botellas medio vacÃas cartuchos de escopeta navajas y hasta pistolas oxidadas colocadas sobre la base de cemento. Nos acercamos con cuidado. Se nos hacÃa muy raro. Al mirar de cerca las paredes, notamos sÃmbolos tallados en el cemento. No eran cruces ni
1:31 imágenes de santos. Eran figuras torcidas, triángulos dentro de cÃrculos, rostros con cuernos, signos que ninguno de nosotros reconoció como religiosos comunes. Uno de los muchachos señaló que esos sÃmbolos estaban relacionados con el culto al diablo, y al observar más, lo que confirmaba esa idea fueron las fotos clavadas con clavos oxidados en la pared. Eran retratos de personas, hombres y mujeres, algunos en blanco y negro, otros recientes, todos mirando al frente como si fueran parte de un altar. El silencio en ese claro era incómodo. ni un ave, ni el zumbido de insectos, solo el viento leve entre los árboles. Nos miramos sin saber qué decir y uno propuso irnos rápido. Apenas tomamos esa decisión, escuchamos motores subiendo por el mismo camino que habÃamos tomado, pero no vimos a nadie. Las motos rugÃan como si varias estuvieran a pocos metros, pero el camino estaba vacÃa. Nos dio un escalofrÃo cuando las motos se mezclaron con voces que no venÃan del camino, sino del interior de la capilla. Eran murmullos graves, casi rezos, como si varias personas hablaran al mismo tiempo. Con el instinto de supervivencia, apagamos nuestras motos y las empujamos hacia el monte, escondiéndonos entre los árboles y arbustos. Apenas alcanzamos a cubrirnos cuando vimos aparecer a varios hombres. Eran parte del crimen organizado. Se les notaba
3:06 en la ropa, las armas colgadas y las camionetas viejas que traÃan detrás. Uno de ellos se detuvo y miró hacia donde estábamos escondidos. Sentà que el corazón se me detenÃa y una voz gritó, ahà están. De seguro nos habÃan visto desde hace mucho. En ese momento los hombres comenzaron a caminar hacia nuestra dirección. No pensamos en encender las motos. El terreno era demasiado cerrado y rocoso para arrancar y escapar con ellas. Las dejamos tiradas entre el monte y corrimos cerro abajo, internándonos a toda prisa por senderos que apenas se distinguÃan entre las ramas. Corrimos con las ramas golpeándonos el rostro y las piernas. detrás de nosotros escuchábamos los pasos de los hombres y de nuevo los motores el ruido era imposible estábamos ya muy lejos del camino y aún asà las motos invisibles parecÃan seguirnos a cada sonido se sumaban voces risas graves que no pertenecÃan a ningún ser humano común el monte se volvió un laberinto corrÃamos sin dirección sólo con el impulso de alejarnos de aquella capilla y de los hombres que nos perseguÃan Bajábamos a toda prisa por el cerro, tropezando con piedras y ramas secas que crujÃan bajo nuestros pies. El polvo se levantaba con cada salto y nos nublaba la vista, pero nadie se detuvo a mirar atrás. Lo único que importaba era seguir corriendo. SentÃa que las piernas se me doblaban,
4:37 pero el ruido detrás me empujaba a no parar. Ãramos seis, pero en medio del descenso nos dispersamos sin plan alguno. Unos corrieron hacia la derecha, otros hacia la izquierda. Yo trataba de mantenerme cerca de dos compañeros, pero la maleza era espesa y cada árbol parecÃa tragarse las siluetas. En cuestión de minutos ya no veÃa a nadie con claridad. Solo escuchaba el resuello de mi propia respiración y el ruido extraño que nos seguÃa. El monte no estaba en silencio como solÃa. Las personas que nos habÃan visto y nos estaban siguiendo estaban gritando que nos quedáramos quietos, pero lo más perturbador era cómo los motores seguÃan sonando, acercándose y alejándose sin que existiera un camino para que las motos circularan. Era imposible que pasaran entre árboles tan cerrados, y aún asà los escuchábamos rodeándonos. En un punto me detuve detrás de un mezquite para tomar aire. Fue entonces cuando escuché pasos apresurados a pocos metros. Creà que era alguno de mis amigos y me asomé. Una silueta oscura cruzó entre los troncos. No llevaba lámpara ni arma visible, pero sus movimientos eran rÃgidos, como si no fuera del todo humano. avanzaba directo hacia el claro donde yo me escondÃa contuve la respiración y lo vi detenerse girar lentamente la cabeza y quedarse quieto como olfateando el aire todo
6:07 quedó callado hasta que la figura se perdió entre los árboles solo se escuchaba el ruido de esa figura pasar entre las ramas en cuanto lo vi desaparecer corrà de nuevo sin importarme el ruido Más abajo, escuché un alarido. Era uno de mis compañeros. La voz se quebraba como si estuviera pidiendo ayuda, pero lo extraño era que el grito se repetÃa, idéntico, desde dos direcciones distintas. Era como si alguien imitara su voz para confundirnos. No supe hacia dónde correr. Elegà seguir el camino contrario al eco, con el presentimiento de que ese no era mi amigo sino otra cosa usando su voz. El suelo se hacÃa más empinado y resbaladizo. Las ramas me arañaban los brazos y la cara. En un momento tropecé con algo blando. Caà de rodillas y al alumbrar con mi lámpara vi un manojo de ofrendas iguales a las que habÃa en la capilla, veladoras apagadas, botellas vacÃas y fotos enmarcadas en plástico. Eran fotos de personas, algunas jóvenes, otras de adultos, clavadas en la tierra con clavos oxidados. El hallazgo me asustó mucho porque entendà que no era solo en la capilla donde habÃan puesto esas cosas. Todo el cerro estaba marcado. Me levanté de golpe y corrà de nuevo, pero ya no se trataba solo de huir de hombres armados. SentÃa que algo del mismo monte nos perseguÃa. Algo que no necesitaba armas ni motos. Entre los árboles jurarÃa haber visto varias
7:40 figuras moviéndose al mismo tiempo, como sombras que se mezclaban con los arbustos. No supe más de mis compañeros esa noche. Cada quien tomó un rumbo distinto. lo único que sabÃa era que el crimen organizado no estaba solo lo que vimos en la capilla parecÃa darles un poder que no pertenecÃa a este mundo y nosotros habÃamos entrado directo en su terreno seguà bajando sin rumbo el monte parecÃa no terminar nunca y lo peor era que ya no escuchaba a nadie de los mÃos estaba perdido de pronto entre los arbustos escuché mi nombre me detuve dudando si era una trampa como los gritos imitados de antes alumbré con la lámpara y casi me tiro al suelo de alivio al ver a Rubén uno de los muchachos estaba agachado detrás de un tronco grueso sudando y con la cara llena de tierra nos acercamos rápido apenas nos vimos sin decir mucho Los dos sabÃamos que hablar fuerte era peligroso.
8:42 Nos quedamos un rato en silencio, escuchando. Fue entonces cuando lo oÃmos un murmullo que venÃa desde más abajo del cerro, entre los árboles. No eran rezos normales, sino algo parecido a un rosario recitado al revés. Las palabras sonaban torcidas, como si fueran oraciones conocidas pero dichas con odio, arrastradas por voces graves. nos quedamos paralizados el murmullo iba en aumento y aunque no veÃamos nada la sensación era como si un grupo estuviera caminando en cÃrculo alrededor nuestro rezando al mismo tiempo Rubén me miró con los ojos con mucho terror yo trataba de mantenerme quieto pero el aire cambió de golpe se volvió más frÃo húmedo intentamos avanzar despacio alejándonos del sonido pero el murmullo nos seguÃa Lo más aterrador era que venÃa de todos lados. Cada vez que dábamos unos pasos parecÃa que los rezos se acercaban.
9:42 No eran voces claras de hombres, eran graves, mezcladas con ecos. En un momento sentimos pasos detrás de nosotros. Volteamos al mismo tiempo y no habÃa nadie, pero el suelo vibró, ligero, como si algo invisible hubiera corrido muy cerca. Rubén me apretó el brazo con fuerza y señaló al frente. Entre los árboles muy a lo lejos se veÃan pequeñas luces moviéndose. No eran lámparas comunes, parecÃan veladoras, como las que habÃamos visto en la capilla, caminando solas en la oscuridad. El murmullo seguÃa, pero ahora las voces pronunciaban nombres. decidimos correr de nuevo sin mirar atrás la tierra crujÃa bajo nuestros pies a cada paso el rosario invertido sonaba más fuerte no sabÃamos hacia dónde huÃamos pero entendimos que no estábamos solos avanzamos por el monte sin dirección clara confiando sólo en la intuición de que mientras más abajo fuéramos más cerca estarÃamos de encontrar algún camino de regreso el terreno era traicionero Piedras sueltas que hacÃan resbalar, raÃces que atrapaban los pies, ramas que nos arañaban la piel. No hablábamos, apenas nos mirábamos de reojo para comprobar que ninguno se quedaba atrás. Lo único que nos mantenÃa en pie era la adrenalina y el miedo de sentir esas voces siguiéndonos, aunque ya no las escucháramos tan cerca. Comenzamos a cansarnos mucho, tenÃamos las piernas entumecidas, las gargantas secas y ya sentÃamos
11:16 mucha hambre. Llegó un punto en que entendimos que seguir caminando a oscuras era peligroso. Si nos caÃamos en una barranca o tropezábamos en falso, nadie iba a ayudarnos. Asà que buscamos un espacio un poco más abierto, donde las ramas no estuvieran tan cerradas. Encontramos un claro pequeño, con la tierra dura y hojas secas esparcidas. Ahà nos dejamos caer, agotados, recargando la espalda contra el tronco de un árbol. no era seguro lo sabÃamos pero necesitábamos descansar pasaron unos minutos hasta que Rubén me dio un codazo y me señaló hacia el monte a lo lejos entre los árboles vimos luces moviéndose eran linternas varias que se encendÃan y apagaban mientras avanzaban despacio al principio pensé que podrÃan ser los demás compañeros pero pronto entendimos que no las luces no se movÃan con torpeza ni se detenÃan a descansar avanzaban en lÃnea buscando como si alguien estuviera rastreando con calma el terreno nos quedamos quietos conteniendo la respiración desde esa distancia no podÃan vernos a ratos desaparecÃan ocultas por la vegetación y después volvÃan a aparecer más cerca Me agaché aún más, sintiendo la tierra frÃa bajo las manos. Las linternas seguÃan avanzando y aunque parecÃan todavÃa a unos cientos de metros, la dirección en la que se movÃan era la nuestra. Alguien nos buscaba. Rubén me susurraba pidiéndome que
12:48 no encendiera mi lámpara por nada del mundo. Yo asentÃ, aunque él no podÃa verme en la oscuridad. SabÃamos que solo nos quedaba esperar. Desde ese escondite, con la espalda contra el tronco y la vista fija en las luces, comprendà que ya no estábamos huyendo a ciegas. Permanecimos escondidos mucho tiempo sin movernos. En un momento, Rubén me jaló del brazo. haciéndome entender que no podÃamos quedarnos ahà para siempre. Las linternas estaban más arriba y si tenÃamos suerte, podÃamos movernos en dirección contraria sin que nos vieran. Avanzamos despacio, inclinados, cuidando cada paso para no quebrar ramas. Cada ruido parecÃa ser muy fuerte en la oscuridad y lo callado de la zona. Seguimos caminando en silencio, bajando poco a poco entre la maleza. Durante un rato todavÃa veÃamos el resplandor de las linternas, pero en la medida que descendimos comenzaron a perderse detrás de los árboles. El cuerpo lo tenÃa cansado, las piernas me temblaban y las manos sudaban tanto que apenas podÃa sostener la lámpara. Rubén estaba igual o peor, pero al menos ya no escuchábamos rezos ni motores invisibles, y eso nos dio fuerza para continuar. Avanzamos por el monte sin saber hacia dónde nos dirigÃamos. A ratos nos detenÃamos a escuchar, esperando cualquier señal de que todavÃa nos seguÃan.
14:15 No habÃa nada, ni voces, ni luces. Pasó más de una hora en ese ritmo lento, entre tropiezos y golpes con las ramas, hasta que un ruido nos hizo detenernos de golpe. Eran pasos quebrando hojas secas y ramas delgadas. Nos asustamos, pensando que otra vez habÃan dado con nosotros. Rubén levantó una piedra como arma improvisada. y yo me agaché con la lámpara apagada para no delatarnos. El monte estaba tan oscuro que apenas se distinguÃan las siluetas, pero de pronto escuchamos un susurro que reconocimos. Eran voces conocidas, nerviosas, iguales a las nuestras. Y eran dos de nuestros amigos, que venÃan tambaleándose por el mismo camino improvisada, igual de sucios y cansados. El encuentro fue pura coincidencia. Ni ellos sabÃan hacia dónde caminaban, ni nosotros tampoco. Pero el cerro nos habÃa llevado al mismo punto. Nos acercamos rápido, aliviados de ver caras conocidas, aunque todavÃa con el miedo en los ojos. Los dos estaban pálidos, con los pantalones rasgados y llenos de tierra. Dijeron que habÃan corrido en dirección contraria cuando empezó la persecución, y que habÃan escuchado los mismos motores y las mismas voces, hasta que de pronto todo se apagó, como nos habÃa pasado a nosotros. Ãramos cuatro de nuevo, aunque no sabÃamos nada de los otros dos.
15:38 El silencio del monte parecÃa más llevadero al estar acompañados, Pero eso no quitaba el hecho de que seguÃamos perdidos en un cerro extraño, de noche, sin saber si lo que habÃamos visto nos iba a dejar en paz. Decidimos seguir caminando juntos, sin descansar más de lo necesario. La idea de quedarnos quietos otra vez no nos convencÃa. Nos movÃamos en fila, atentos a cualquier ruido, iluminando apenas lo suficiente para ver el suelo. Ninguno hablaba demasiado, porque tenÃamos la sensación de que cualquier palabra fuerte podÃa atraer de nuevo lo que ya habÃamos visto. La única idea que nos mantenÃa con algo de ánimo era intentar encontrar el mismo camino por el que habÃamos subido en moto. sabÃamos que serÃa imposible recorrerlo a pie en poco tiempo nos tomarÃa horas tal vez hasta el amanecer pero no habÃa otra opción avanzamos en fila despacio siempre atentos a los ruidos del monte la lámpara que traÃa rubén era nuestra única guÃa pero la pila ya estaba demasiado gastada Para no delatarnos, la cubrÃamos con la palma de la mano, dejando salir apenas un resplandor tenue por entre los dedos.
16:52 Esa luz mÃnima nos alcanzaba solo para ver el suelo. Durante media hora caminamos sin detenernos, bajando y subiendo entre caminos cerrados. El monte parecÃa interminable, y a cada tanto veÃamos troncos marcados con restos como los que habÃamos encontrado antes. Era como si no nos dejaran olvidar dónde estábamos. Aún asÃ, seguimos avanzando con la esperanza de toparnos con un rastro conocido. Entre la maleza apareció un camino estrecho de terracerÃa, apenas visible bajo la luz controlada de la lámpara. Nos detuvimos de golpe, y al observarlo con cuidado, notamos huellas marcadas en la tierra seca. Eran de llantas de moto. Era uno de los senderos que habÃamos pasado horas antes al subir.
17:38 No habÃa duda, porque la tierra suelta conservaba las marcas de nuestras propias llantas. El hallazgo nos daba un rumbo más seguro, aunque todavÃa faltaba lo peor. seguirlo sin llamar la atención de quienes podÃan estar buscándonos Rubén bajó la intensidad de la luz al mÃnimo tapándola con firmeza con la mano y dejando apenas una lÃnea de claridad sobre el suelo con esa luz seguÃamos los surcos paso a paso cuidando de no perder el camino entre el polvo y las piedras Caminábamos casi a tientas tratando de no hacer ruido, como si en cualquier momento pudiera aparecer alguien detrás de nosotros. El camino era angosto, con paredes de monte a los costados. A ratos las ramas nos obligaban a agacharnos y en cada curva sentÃamos que algo podÃa esperarnos del otro lado. Cada tanto apagábamos por completo la lámpara, quedándonos en la oscuridad total durante unos segundos, solo para asegurarnos de que nadie nos seguÃa. Esa oscuridad era sofocante.
18:41 Cuando la encendÃamos de nuevo, aunque fuera cubierta, parecÃa que la misma luz revelaba lo que no querÃamos ver. Huellas que se bifurcaban, ramas quebradas, rastros de que alguien o algo habÃa pasado antes que nosotros. Estábamos muy cansados, pero sabÃamos que si nos detenÃamos mucho tiempo, podÃamos perder el rumbo, y no querÃamos volver a quedar atrapados en el monte lleno de restos colgados. Era mejor avanzar, aunque cada paso nos costara como si lleváramos plomo en los pies. Seguimos el rastro de nuestras huellas, convencidos de que era la única forma de salir de aquel cerro. A los veinte minutos de andar por ese camino, escuchamos un disparo. Retumbó en el monte como un trueno, y de inmediato nos tiramos al suelo. No nos atrevimos a mirarnos, pero todos entendimos lo mismo. Alguien estaba adelante. Nos quedamos inmóviles, escuchando.
19:38 Un segundo disparo se escuchó, luego un tercero. Como si alguien disparara a propósito para intimidar. Me atrevà a asomar la vista por entre los arbustos y vi un resplandor naranja más adelante. Era una fogata. Nos arrastramos despacio hasta un claro donde el camino se abrÃa un poco más. Desde ahÃ, a varios metros de distancia, alcanzamos a distinguirlo. Alrededor de la fogata se movÃan sombras, muchas más de las que podÃamos contar, hombres caminando de un lado a otro, otros sentados, todos armados. El resplandor del fuego proyectaba figuras deformadas en los troncos, y las voces que salÃan de ese grupo eran graves, apenas los escuchábamos. la primera idea que se me cruzó fue que quizá nuestros dos amigos perdidos estaban con ellos capturados lo peor era pensar que los disparos que escuchamos hubieran sido contra ellos nos quedamos escondidos temblando sabiendo que pasar por ahà era imposible La fogata iluminaba el sendero, y ese era el único camino que nos llevaba de vuelta. Nos sentÃamos atrapados. Seguir adelante significaba cruzar por donde estaba esa gente. Retroceder era volver al monte, a los restos colgados, a las voces que nos habÃan seguido. En medio de esa tensión, Rubén levantó un poco la lámpara para ubicar mejor el camino lateral.
21:05 La cubrió apenas con la mano. pero la luz alcanzó a reflejar algo frente a nosotros. Era alta, más que cualquiera de los hombres que habÃamos visto en la fogata. Estaba entre los árboles, quieta, observándonos. La luz le dio de lleno en la cabeza y en los brazos largos, delgados. En la oscuridad brillaban dos cuernos curvos. y la forma del rostro era más animal que humana, alargado, sin rasgos claros, como una máscara de sombra. Todos lo vimos al mismo tiempo. Nadie gritó, nadie se movió, pero el cuerpo nos temblaba sin control. Se empezó a sentir un aire muy frÃo y sentà como si algo me apretara el pecho, impidiéndome respirar bien. La figura permaneció ahà unos segundos, estática, y luego, con un movimiento lento, giró la cabeza hacia el grupo de la fogata. No se escuchó ni un solo ruido, ni pasos, ni ramas quebrándose. La figura simplemente se desvaneció entre los árboles, como si hubiera sido absorbida por la oscuridad.
22:11 Nos quedamos inmóviles mucho rato, incapaces de reaccionar. Esa visión fue suficiente para convencernos de que no se trataba solo de hombres armados, ni de rituales puestos para asustar. HabÃa algo más caminando en ese cerro. Algo que no era humano y pensábamos que era el mismo diablo. Rubén apagó la lámpara por completo y con señas nos indicó que retrocediéramos. Retrocedimos por el camino con pasos torpes, tratando de alejarnos de la fogata y de las sombras que se movÃan alrededor del fuego. el monte estaba demasiado callado apenas roto por el crujido de nuestras pisadas sobre las ramas secas no encendimos la lámpara otra vez avanzábamos casi a ciegas tanteando con las manos los troncos para no tropezar el miedo nos mantenÃa de pie Aunque las piernas ya no respondÃan como antes. Al poco rato, mientras buscábamos por dónde seguir, la oscuridad frente a nosotros cambió. No era la sombra común de un árbol ni de un arbusto. Algo más alto bloqueaba el paso. Uno de mis amigos levantó la lámpara por instinto, dejando escapar un rayo de luz breve entre sus dedos. La figura apareció de nuevo, erguida demasiado delgada, con los brazos largos y los cuernos curvos que se extendÃan hacia los lados. No se movÃa, permanecÃa quieta en medio del camino, mirándonos sin rostro. No hubo tiempo para reaccionar.
23:41 En un segundo se lanzó contra nosotros. No corrÃa como un hombre, sus movimientos eran bruscos, semejantes a saltos de rama en rama. Ernesto quedó en su trayecto. Apenas levantó los brazos cuando la sombra lo embistió con tal fuerza que lo levantó del suelo. Su cuerpo salió disparado hacia un costado y golpeó contra una piedra grande. El golpe retumbó y su grito se apagó de inmediato. La lámpara cayó de la mano de Rubén y rodó por el suelo, iluminando de manera intermitente. En esos destellos alcanzamos a ver a Ernesto tirado junto a la piedra, con el brazo torcido en un ángulo imposible y la cabeza manchada de sangre.
24:23 No se movÃa. Rubén gritó su nombre y corrimos sin pensarlo, apartando ramas con los brazos, tropezando con piedras, sin volver la vista atrás. Dejamos a Ernesto ahÃ, tirado, y no fue una decisión consciente. Fue instinto, una fuerza que nos empujó a huir. Detrás de nosotros aún se escuchaban sus gemidos, entrecortados, mientras la figura permanecÃa cerca de él. No volteamos. Ninguno quiso mirar otra vez. Los tres corrimos a ciegas, arrancándonos la piel con los arbustos que se cerraban a nuestro paso. SentÃa la piel ardiendo. Era por el montón de arbustos que me lastimaban la piel. Lo único que llevaba en la mente era el golpe de Ernesto contra la piedra, esa imagen congelada bajo el destello breve de la lámpara.
25:13 Corrimos hasta que ya no pudimos más. El cuerpo nos obligó a detenernos. Nos dejamos caer detrás de unos matorrales, jadeando. El silencio fue más pesado que antes. Clavé las manos en la tierra húmeda, apretando los puños con fuerza, sintiendo el frÃo del suelo. Comprendà en ese momento que lo que estábamos enfrentando no era una persecución común. La noche seguÃa encima y todavÃa quedaba mucho monte por cruzar. Seguimos avanzando entre el monte sin dirección clara. Corrimos hasta que el cuerpo nos obligó a bajar el ritmo. Perdimos la noción del tiempo. PodÃan haber pasado minutos o tal vez horas.
25:54 No lo sabÃamos. La oscuridad lo cubrÃa todo y no habÃa manera de calcular cuánto llevábamos huyendo. La garganta me ardÃa. El aire entraba como fuego a los pulmones. De vez en cuando tropezábamos con piedras ocultas bajo la maleza y caÃamos de rodillas, pero nos levantábamos rápido. Lo único que importaba era no quedarnos quietos en un solo sitio. Después de lo que sentimos como dos horas, logramos reunirnos de nuevo los tres que quedábamos. yo creÃa haber perdido a Rubén y a Mateo entre los arbustos pero de pronto aparecieron frente a mà agachados detrás de unos troncos caÃdos nos vimos con la desesperación en los ojos y nos acercamos sin decir nada fue en ese momento cuando notamos que no estábamos solos Muy a lo lejos, entre los árboles, comenzaron a encenderse puntos de luz. Al principio eran débiles, como luciérnagas dispersas. Pero en cuestión de segundos se multiplicaron hasta convertirse en decenas. Eran lámparas moviéndose al mismo tiempo.
27:00 Lo más extraño era que no habÃamos escuchado pasos, simplemente aparecieron de la nada, iluminando el monte desde diferentes ángulos, como si nos hubieran rodeado sin hacer ruido alguno. Nos quedamos quietos, agachados entre los matorrales, observando cómo aquellas luces avanzaban. Se acercaban despacio, de vez en cuando se apagaban unos segundos, y luego volvÃan a encenderse más cerca, La dirección en que se movÃan no dejaba dudas. Nos estaban buscando. El resplandor iluminaba las ramas y se deslizaba por la tierra húmeda, acercándose poco a poco hacia nuestro escondite. Sentà el estómago vacÃo, como si todo dentro se hubiera hundido. Mis manos temblaban y me costaba controlar la respiración. Rubén hizo una seña apuntando hacia un costado del monte. Nos levantamos con cuidado tratando de mantenernos ocultos y comenzamos a caminar. Correr ya no era posible. Las piernas nos pesaban demasiado y el pecho se nos cerraba con cada esfuerzo. Caminábamos encorvados, arrastrando los pies, rezando porque las luces no nos alcanzaran. Seguimos caminando en fila, uno detrás del otro, apenas sosteniéndonos de los troncos para no caer. SentÃa que, en cualquier momento, el resplandor iba a caer sobre nuestras espaldas, iluminándonos. Pasó un buen rato asÃ, avanzando sin dirección clara, mientras las
28:31 luces parecÃan multiplicarse detrás de nosotros. Yo volteaba cada tanto y jurarÃa que eran más que antes, como si se hubieran duplicado. El monte no tenÃa fin. Cada árbol era igual al anterior, cada tramo de tierra era idéntico. No habÃa referencia de nada, solo la oscuridad, los pasos arrastrados y las lámparas siguiéndonos en silencio. Cuando sentà que ya no podÃa dar otro paso, nos detuvimos detrás de unas rocas grandes. Nos recargamos en ellas, respirando agitados, con los ojos clavados en los puntos de luz que se deslizaban entre los árboles. Nunca se detuvieron. Siempre avanzaban hacia nosotros, sin prisa, pero sin detenerse. No importaba cuánto corriéramos, ni cuánto nos escondiéramos. Lo que nos perseguÃa parecÃa inagotable. El aire estaba helado, y aún asÃ, el sudor no dejaba de escurrirnos. Con el cuerpo al borde de caer rendido, seguimos caminando otra vez demasiado cansados para correr no pasó mucho tiempo hasta que escuchamos pasos más cercanos detrás de nosotros varias sombras aparecieron por los costados armadas con rifles y lámparas en la frente nos alumbraron de golpe y no tuvimos tiempo de reaccionar Un golpe en la espalda me tiró al suelo. Sentà la cara hundirse contra la tierra y el sabor a polvo llenándome la boca. A mi lado, Rubén y Mateo también fueron empujados con la culata de las armas hasta quedar tirados boca abajo. Uno
30:04 de los hombres nos gritó que no nos moviéramos, y otro nos pateó en las costillas para asegurarse de que nos quedáramos quietos. La luz de las lámparas nos quemaba los ojos. Apenas podÃa ver sus rostros, pero distinguÃa las gorras y los chalecos, armas colgando de las correas. Eran parte del crimen organizado, de eso no habÃa duda. Nosotros nos preguntamos qué estábamos haciendo ahà arriba. Cada palabra era acompañada de un golpe con el pie o con el cañón del rifle. Intentamos responder de inmediato tartamudeando. Les explicamos que éramos ruteros, que andábamos en moto recorriendo los cerros, que habÃamos tomado un camino tras otro sin plan alguno y habÃamos terminado perdiéndonos. Yo repetÃa una y otra vez que no tenÃamos nada que ver con lo que fuera que ellos hacÃan, que solo habÃamos llegado por error. El hombre que parecÃa mandar entre ellos se agachó frente a mÃ, alumbrándome directo a la cara. Sentà la luz encandilarme y apenas podÃa sostenerle la mirada. Con tono cortante me exigió que dijera por qué habÃamos dejado las motos tiradas y por qué corrÃamos como si nos estuvieran siguiendo. Le conté todo.
31:18 que escuchamos motores invisibles, que vimos luces en el monte, que sentimos que algo nos perseguÃa. Apreté los dientes y añadà que no eran personas comunes, que habÃa algo más ahà arriba. Algunos de los hombres soltaron una risa. El que estaba frente a mà solo me miraba fijo, como tratando de adivinar si le estaba mintiendo. Luego me dio un golpe con el cañón en el hombro y me obligó a seguir hablando. Rubén dijo que salimos corriendo sin pensar porque vimos a varios hombres armados que venÃan de la capilla y que además habÃa algo en el monte que no podÃamos explicar. Mateo, todavÃa en el suelo, agregó que uno de los nuestros ya no estaba con nosotros, que habÃa quedado herido más arriba. y que todo se salió de control cuando apareció una figura en la oscuridad.
32:09 Las palabras le salÃan entre sollozos. El silencio entre los hombres duró varios segundos. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el chasquido de un rifle acomodándose contra un chaleco. Uno de ellos dijo que no volviéramos a mencionar lo que habÃamos visto, que nos convenÃa quedarnos callados. Otro nos dio un par de golpes más en las costillas y nos advirtió que, si regresábamos por esa zona, no Ãbamos a tener otra oportunidad de explicarnos. Nos levantaron a empujones, tenÃamos la ropa llena de tierra, la piel raspada y los labios partidos de tanto golpe. Apenas podÃamos mantenernos en pie, pero el miedo a recibir una bala nos hizo obedecer sin quejarnos. La lámpara de uno de ellos alumbró a Rubén que sangraba de la frente, y el hombre lo empujó de nuevo para que caminara más rápido. nos llevaron unos metros monte abajo hasta dejarnos frente a un claro nos señalaron la dirección donde tenÃamos que empezar a caminar obedecimos sin protestar caminamos tambaleando con los brazos adoloridos y los pulmones ardiendo pero sin detenernos yo no dejaba de pensar en las palabras que les habÃamos dicho que habÃa algo en el monte ellos nunca lo negaron solo nos mandaron callar los hombres nos hicieron caminar a empujones rodeados por las lámparas que iluminaban la tierra húmeda y los árboles No hablábamos, solo escuchábamos los pasos firmes detrás de
33:39 nosotros y el crujido de las ramas. Cada tanto, uno de ellos nos golpeaba en la espalda con el cañón del rifle para que no aflojáramos el paso. Cuando por fin llegamos a un tramo más abierto, nos hicieron detenernos. Uno de los hombres se paró frente a mà y sin aviso me dio una cachetada que me tiró de lado. Sentà la mejilla arder y el sabor metálico en la boca. A Rubén y Mateo les hicieron lo mismo. No eran golpes para herirnos de gravedad, eran golpes de advertencia, para dejarnos claro que no éramos bienvenidos. El que parecÃa ser el jefe nos dijo con voz dura que no querÃan vernos otra vez por esos rumbos, que olvidáramos las motos y que si se nos ocurrÃa regresar nos iban a tablear, que es un castigo peor a los golpes que nos estaban dando. Nos subieron a la parte trasera de una camioneta vieja. Ãbamos recargados unos contra otros, adoloridos, con las lámparas aún encendidas, apuntándonos como si fuéramos prisioneros. El trayecto fue largo. No sabÃamos si nos iban a abandonar en medio del monte o si planeaban deshacerse de nosotros. Nadie se atrevió a levantar la vista. Después de un rato, la camioneta se detuvo y nos hicieron bajar a empujones.
34:55 Estábamos en una carretera de terracerÃa que conectaba con varios pueblos. No conocÃamos bien la zona, pero alcanzábamos a distinguir luces lejanas de casas. Los hombres nos dejaron ahÃ, con las caras hinchadas y los cuerpos golpeados. Antes de irse, uno de ellos nos repitió la advertencia. No volver nunca, no hablar con nadie de lo que vimos y no regresar por las motos. La camioneta se alejó entre una nube de polvo, dejándonos en medio de la carretera. Fue entonces cuando vimos del otro lado del camino a Ernesto. Apenas podÃa caminar, pero estaba vivo. Los hombres lo habÃan capturado más arriba y lo habÃan dejado ahÃ. El brazo lo llevaba vendado de forma improvisada y cojeaba, pero respiraba. Nos quedamos ahà un rato, recuperando fuerzas sin saber qué hacer.
35:46 Caminamos hasta llegar al primer poblado que vimos y pedimos ayuda. Nadie hizo demasiadas preguntas, solo nos señalaron la dirección de una gasolinera donde podÃamos encontrar transporte para volver a la ciudad. Pasaron dÃas antes de que supiéramos de los otros dos. Nos enteramos por conocidos que ellos habÃan encontrado un camino de regreso sin mayor problema. Lograron salir por otro lado del cerro sin experimentar nada raro, sin encontrarse con las figuras ni con los hombres armados. no podÃan entender lo que nos habÃa pasado a nosotros cuando nos reunimos nos miraban incrédulos como si dudaran de nuestra versión pero los cuatro sabÃamos la verdad no eran sólo los hombres con armas no eran sólo los golpes y las advertencias HabÃa algo en el monte, algo que no nos dejó salir con facilidad, y aunque los demás lo negaran, nosotros lo habÃamos visto. Nunca volvimos a buscar motos ni a explorar cerros desconocidos. Las nuestras quedaron ahà arriba, lo más seguro es que ellos se quedaron con ellas. Esa fue la última ruta que hicimos juntos en aquellos cerros de Sinaloa.
37:03 Ãramos cinco que salimos un fin de semana con la idea de explorar. Llevábamos dos Rubicón bien cargados, con herramientas, agua y lo necesario para pasar al menos dos dÃas fuera. HabÃamos tomado la ruta temprano, confiados en que Ãbamos a encontrar el regreso sin problema, pero conforme avanzamos nos dimos cuenta de que la terracerÃa se iba cerrando más y más. La tierra estaba húmeda como si hubiera llovido dÃas antes y las llantas dejaban surcos que se llenaban con lodo pegajoso. No habÃa señal en los teléfonos y aunque traÃamos radios y estábamos perdiendo la ruta de ida. cuando llegamos a un claro rodeado de árboles altos decidimos que era mejor detenernos el sol ya iba de bajada y nadie querÃa seguir maniobrando los carros en la oscuridad porque en varias partes el terreno tenÃa bajadas bruscas ahà mismo armamos el campamento acomodamos los rubicón frente a frente y entre ambos tendimos lonas para hacer sombra aunque en ese momento la sombra ya no hacÃa falta se escuchaban pájaros a lo lejos y el crujido de las ramas cuando el viento entraba entre el follaje Sacamos las hieleras y cada quien empezó a buscar dónde poner su casa de campaña. Yo opté por quedarme en la parte trasera de mi Rubicón, con los asientos abatidos y una colchoneta inflable. Dos de mis amigos levantaron tiendas pequeñas junto al otro carro, mientras
38:34 que los otros decidieron dormir sobre cáteres bajo la lona. ParecÃa buena idea porque la noche pintaba fresca y sin lluvia. El ambiente al principio era relajado. Encendimos una fogata con ramas secas que recogimos ahà mismo, aunque no habÃa tantas porque el lugar estaba lleno de árboles verdes. Entre todos juntamos lo suficiente para mantener el fuego unas horas. Uno de mis amigos sacó una parrilla portátil y cocinamos carne asada. El olor se mezclaba con el humo de la leña y eso nos tranquilizó un poco, como si el cansancio del dÃa se disolviera. La conversación giraba en torno a lo mismo de siempre. Rutas pasadas, anécdotas de caÃdas con las motos y la emoción de estar metidos en monte donde casi nadie se aventuraba. Cuando ya se hizo de noche, la oscuridad se volvió muy densa. Apenas podÃamos ver unos metros más allá de la fogata. La luz de las estrellas se alcanzaba a mirar, pero los árboles altos cubrÃan la mayor parte del cielo. Prendimos lámparas en los Rubicón.
39:40 Aún asÃ, todos notamos que el bosque tenÃa un silencio extraño. Se escuchaban insectos, sÃ, pero ningún otro ruido. Ni grillos, ni búhos, ni ranas. Nos servimos las últimas cervezas y poco a poco cada quien se fue acomodando en su sitio para dormir. Yo me quedé un rato viendo el fuego apagarse en brasas mientras el viento frÃo se colaba entre los árboles. No pasaron más de 20 minutos para que empezara a cabecear y decidà meterme al carro. Acomodé la lámpara de mano junto a mÃ, revisé que la puerta quedara cerrada y traté de dormir. Desde ahà podÃa ver a mis amigos bajo la lona, hablando en voz baja.
40:23 Me desperté de golpe cuando escuché un ruido fuerte. Al principio pensé que era alguno de mis amigos moviéndose en el catre, pero el sonido se repitió, más claro, como si alguien estuviera golpeando con las palmas o con los puños el cofre de un carro. Eran golpes repetidos que resonaban entre los árboles. Me levanté y vi que el resto también habÃa escuchado. porque uno de ellos ya se estaba asomando por la cremallera de la tienda. Afuera todo estaba oscuro, apenas se distinguÃa la silueta de las camionetas iluminadas por la luz apagada de la luna. Los golpes siguieron más lentos, como si quien lo hiciera buscara llamar nuestra atención. Se escuchaba claramente que venÃan del Rubicón Rojo, el que habÃamos dejado frente al mÃo. un silencio raro acompañaba los golpes porque ninguno de nosotros se atrevÃa a hablar sólo los escuchábamos intentando adivinar qué podÃa estar haciendo ese ruido en medio del monte uno de mis amigos alcanzó a agarrar su lámpara yo salà del carro y a ver que miraba con la lámpara de mi amigo el suelo estaba húmedo y las ramas crujieron bajo mis pasos apenas puse pie afuera los golpes terminaron como si quien estuviera haciéndolos hubiera notado que lo habÃamos escuchado Todos apuntamos nuestras lámparas hacia la camioneta. Al principio no vimos nada, solo los cofres húmedos brillando con el reflejo. Caminamos unos pasos,
41:54 y la luz de una de las lámparas dio directo en la parte lateral del rubicón rojo, y en ese instante vimos la figura. Era un hombre, parado junto al cofre, sin playera y con el cuerpo encorvado hacia adelante. La piel le brillaba como si estuviera sudando. Lo que más nos congeló fue que, cuando la luz lo alcanzó, sus ojos brillaron con un destello fuerte, como si fueran los de un animal en la oscuridad. El hombre no se movÃa. Estaba completamente quieto, mirándonos con la cabeza inclinada. La tierra le cubrÃa el pecho y los brazos. ParecÃa pegada como costra fresca. Nadie se atrevió a decir nada. El resplandor en sus ojos no se apagaba. Uno de los muchachos levantó la voz y preguntó quién era y qué querÃa.
42:42 No hubo respuesta. El hombre dio un paso hacia adelante y se escuchó como sus pies arrastraban piedras pequeñas en el suelo. Ese movimiento nos obligó a retroceder. Yo sentÃa la lámpara temblar en mis manos, intentando no bajar la luz para no perderlo de vista. De pronto se encorvó más. Apoyó las manos en el suelo y comenzó a caminar en cuatro, como un perro. Su cuerpo entero se movÃa de forma extraña, los hombros hundidos y los brazos arqueados. La tierra pegada a su piel se iba desprendiendo en terrones que caÃan con cada movimiento. Lo vimos arrastrarse entre las dos camionetas, sin dejar de mirarnos, con esos ojos que seguÃan brillando al contacto de las lámparas. Uno de mis amigos corrió a la fogata donde todavÃa quedaban brasas encendidas y agarró un palo que estaba al rojo vivo de un extremo. Otro buscó entre la caja de herramientas pero no alcanzó a sacar nada. Yo no podÃa dejar de apuntar la luz, tratando de entender si era un hombre perdido, alguien herido o algo distinto. Lo único seguro era que no se comportaba como una persona. El gruñido fue lo siguiente. Un sonido bajo y ronco salió de su garganta mientras seguÃa avanzando en cuatro patas, como si el esfuerzo por moverse asà lo hiciera respirar con violencia.
44:04 Era un gruñido que se escuchaba claramente a pocos metros, grave y sostenido. Nadie se atrevió a acercarse. Permanecimos quietos, iluminándolo desde distintos ángulos. por un momento pensé que podÃa lanzarse hacia nosotros la forma en que se arrastraba era lenta pero la tensión nos hacÃa sentir que en cualquier instante iba a dar un salto el hombre se detuvo entre los dos cofres y levantó la cabeza La piel de su rostro también estaba manchada, y al abrir la boca se le alcanzaron a ver los dientes cubiertos de tierra. El brillo de sus ojos no se apagaba, seguÃan reflejando la luz como si fueran de cristal. Uno de mis amigos gritó que subiéramos al otro carro. Todos corrimos hacia nuestras puertas, tropezando con la tierra floja. Yo apenas alcancé a meterme al Rubicón y cerrar de golpe. desde adentro vi como la figura seguÃa allà apoyada en cuatro patas mirando hacia nosotros el silencio se alargó unos segundos hasta que se escuchó otro golpe esta vez contra la puerta trasera del carro donde yo estaba fue tan fuerte que la carrocerÃa vibró Me quedé muy asustado con la lámpara apuntando hacia la ventana, pero no se miraba nada. Cada quien tenÃa una lámpara en la mano, alumbrando por las ventanas, apuntando hacia todos lados. La luz brincaba de un árbol a otro, a las lonas tiradas, a los cofres brillosos por la humedad. pero no habÃa rastro del hombre que
45:36 habÃamos visto arrastrarse. El silencio era tan pesado que hasta los movimientos de nuestras manos se escuchaban. Nadie hablaba, solo respirábamos agitados, girando las lámparas. Yo me sentÃa ahogado dentro del carro. La presión en el pecho no era solo por la falta de aire, era la sensación de que estábamos atrapados en medio del monte y que aquello sabÃa que estábamos allÃ. Decidà encender el vehÃculo. Giré la llave y el motor rugió con un sonido fuerte que retumbó. El escape levantó un poco de tierra húmeda del suelo. Aceleré apenas para comprobar que respondÃa y el ruido nos dio un poco de confianza. Las luces delanteras iluminaron el claro y todo el campamento quedó frente a nosotros, unos metros más allá. El otro Rubicón, las lonas colgando, la parrilla y las hieleras desordenadas. Todo parecÃa igual, pero no estaba el hombre que habÃamos visto. La tensión aumentó porque lo lógico era que siguiera ahÃ, merodeando. Alumbramos con las lámparas hacia la fogata, hacia los lados del campamento, entre los árboles, nada. ni un movimiento ni una sombra distinta, solo las brasas que aún se apagaban. Entonces me fijé en las llantas del rubicón rojo. A la luz de mis faros se veÃan chatas, hundidas contra el suelo. Al principio pensé que el ángulo me engañaba, pero no, estaba ponchado.
47:07 Sentà un escalofrÃo al darme cuenta de que no podÃa ser casualidad. movà mi vehÃculo unos centÃmetros para atrás y el peso me lo confirmó, el carro se sentÃa torpe, como si arrastrara piedras enormes bajo las ruedas, giré el volante y avancé otro poco y ahà lo entendÃ, también estábamos ponchados, uno de mis amigos gritó que revisara pero no hizo falta, Todos sentimos como el Rubicón se inclinaba raro pegado al piso. Nos miramos unos a otros, la criatura, el hombre, lo que fuera. HabÃa estado tan cerca como para desinflar o reventar las llantas sin que nos diéramos cuenta. Apuntamos las lámparas de nuevo a todos lados, esta vez más rápido, más desesperados. Los rayos de luz chocaban contra los troncos y el reflejo de los cofres. Solo monte oscuro y la lona moviéndose por el viento. Yo mantuve el motor encendido, escuchaba cada vibración, cada acelerón leve que le daba para comprobar que todavÃa podÃa moverse. El volante se sentÃa duro y el carro no respondÃa igual. Uno de mis amigos dijo que intentara dar la vuelta y salir de ahà como fuera, aunque fuera con las llantas dañadas.
48:20 Otro contestó que eso no nos llevarÃa muy lejos. que en ese terreno húmedo, con piedras y bajadas bruscas, Ãbamos a quedarnos atascados. Nadie querÃa bajar para revisar. Era obvio que afuera estaba lo que nos habÃa ponchado. Aunque no lo viéramos, sabÃamos que seguÃa allÃ, escondido entre la maleza, esperando a que saliéramos. El rubicón rojo frente a nosotros parecÃa abandonado. Las ventanas reflejaban la luz de nuestras lámparas, y la lona colgada se movÃa como si algo la tocara. Pero cuando fijábamos bien la luz, si intentábamos salir Ãbamos a quedar a medio camino, sin llantas y con ese hombre cerca. Si nos quedábamos, tarde o temprano iba a acercarse de nuevo, como cuando golpeó la puerta. Desde algún punto detrás del campamento, muy cerca de los árboles, se escuchó un crujido fuerte, como ramas quebrándose bajo un peso enorme.
49:19 Apuntamos todas las lámparas hacia ese lado. Ninguno alcanzó a ver nada, pero el ruido estaba ahÃ, claro, apenas unos metros después del rubicón rojo. se volvió a escuchar esta vez acompañado de un gruñido bajo más largo que el anterior que se fue apagando como si lo hubiera hecho a propósito la carrocerÃa entera retumbó como si algo la hubiera embestido desde un costado El impacto fue tan fuerte que todos gritamos al mismo tiempo. El Rubicón se inclinó apenas, como si lo hubieran movido de su lugar, y los vidrios vibraron. Yo apreté el volante sin poder hacer nada más. Otro golpe, esta vez contra la puerta trasera. Sacudió todo el interior. El metal rechinó y se escuchó como la lámina se hundÃa un poco. Las lámparas se movieron de un lado a otro, buscando el origen, pero no alcanzábamos a verlo. Solo veÃamos sombras corriendo, como si algo muy grande se deslizara pegado al suelo. Uno de mis amigos gritó que estaba debajo. Se podÃa oÃr y sentir con la vibración. Era demasiado rápido y se arrastraba como si su cuerpo estuviera acostumbrado a esa posición. Se escuchaba como raspaba con uñas o con huesos el metal de la parte baja. El sonido hacÃa eco dentro del vehÃculo y nos hacÃa sentir que estaba justo bajo nuestros pies. La camioneta se sacudió de nuevo, esta vez desde abajo. El golpe levantó el piso por un instante, como si nos
50:51 hubieran empujado hacia arriba. El asiento bajo mi cuerpo brincó y sentà el impacto recorrerme las piernas. Era imposible que un hombre pudiera hacer eso con sus manos. La fuerza era brutal y lo peor era que no lográbamos verlo A cada rato escuchábamos un roce, un empujón, un golpe, y la carrocerÃa seguÃa vibrando. Intenté acelerar, pero las llantas dañadas hicieron que el Rubicón apenas se moviera. El suelo estaba blando y sentÃamos que se atoraba en su propio peso. El rugido del motor parecÃa enfurecerlo más, porque en cuanto lo hice, la cosa golpeó otra vez con tal fuerza que todos caÃmos hacia adelante. El parabrisas se empañó y las lámparas no dejaban de rebotar en todas direcciones. En un momento, la luz alcanzó a mostrarlo cruzando por un costado.
51:44 Lo vimos apenas unos segundos, el torso pegado a la tierra, los brazos arqueados y la cabeza levantada mirando hacia nosotros con esos ojos que brillaban igual que antes. Avanzaba con velocidad, como si sus huesos estuvieran hechos para arrastrarse. Volvió a desaparecer bajo el Rubicón. sentÃamos como la estructura rechinaba con cada embestida el carro se inclinó de lado sentimos que todo el peso se iba hacia la derecha como si estuviera intentando volcarlo con la pura fuerza las mochilas y cajas que traÃamos atrás se vinieron encima de nosotros todos empujamos con los hombros para no caer apilados en un costado la presión era real estábamos a punto de voltearnos Grité que se agarraran fuerte, pero en ese momento la criatura soltó el carro. El Rubicón volvió a su posición normal con un rechinido de resortes. Aproveché para acelerar con todas mis fuerzas, pero las llantas ponchadas solo nos arrastraron unos metros, levantando lodo y piedras que golpeaban los guardabarros.
52:51 El vehÃculo se sentÃa como muerto, sin poder avanzar. El silencio volvió por unos segundos. Todos sabÃamos que seguÃa ahÃ, escondido bajo nosotros. Se escuchaban roces contra el piso, como uñas rascando la lámina. Los movimientos eran lentos, calculados, como si buscara el momento exacto para volver a empujar. Un golpe directo desde abajo sacudió todo el Rubicón. y el techo vibró como si algo hubiera intentado levantarlo entero. El sonido metálico se mezcló con un gruñido ronco que retumbó bajo nuestros asientos. Era la primera vez que escuchábamos su voz tan cerca, tan clara, como si respirara con violencia justo debajo de nuestros pies. Uno de mis amigos perdió el control y comenzó a patear la puerta, gritando que saliéramos.
53:40 Nadie se atrevió. Salir era ponernos frente a eso. Dentro del vehÃculo al menos tenÃamos una barrera, aunque la criatura demostraba que podÃa arrancarla de un momento a otro. Yo apreté el volante con fuerza, tratando de no soltarlo mientras las lámparas seguÃan alumbrando el piso y las ventanas. VeÃamos la tierra moverse, pequeñas nubes de polvo levantándose bajo el carro, como si algo estuviera escarbando allà mismo. El Rubicón volvió a inclinarse, esta vez hacia adelante. Sentimos como el peso nos arrastraba contra los cinturones de seguridad. El rugido del motor llenaba todo el interior del Rubicón. Lo tenÃa pisado a fondo. El sonido era tan fuerte que parecÃa que las piezas iban a reventar. Pero no me importaba dañarlo.
54:29 Solo querÃa salir de ese claro, alejarme de lo que se movÃa debajo de nosotros. El volante temblaba en mis manos. Los neumáticos arrastraban el piso con dificultad y el vehÃculo se sentÃa torpe. Pero avanzaba. Mis amigos gritaban que no soltara el acelerador. Yo apenas podÃa ver al frente. Las lámparas internas rebotaban en los asientos y el parabrisas empañado mostraba solo la silueta de los árboles pasando. El camino se inclinaba ligeramente. La tierra húmeda hacÃa que el carro patinara. Pero con la fuerza bruta del motor logramos avanzar mucho más de lo que pensé. El sonido metálico de abajo cesó de golpe. como si hubiéramos logrado dejar atrás a esa cosa el rubicón vibraba entero cada piedra y cada hoyo se sentÃa como un golpe en la estructura las llantas ponchadas no ayudaban mucho el arrastre era evidente pero no me detuve el motor estaba tan forzado que olÃa a aceite quemado TenÃa los nudillos blancos de tanto apretar el volante, con la mirada fija en la inclinación del camino.
55:36 Mis amigos estaban amontonados, unos mirando hacia atrás por las ventanas, otros alumbrando con lámparas hacia los lados. Todos esperaban ver otra vez ese cuerpo pegado a la tierra, siguiéndonos. Lo único que nos mantenÃa era la esperanza de que esa pendiente nos sacara de ahÃ. De pronto, el frente del Rubicón chocó contra algo sólido. Fue un golpe que nos sacudió a todos hacia adelante. El cinturón me cortó el pecho y las mochilas se vinieron encima. El ruido del metal aplastándose retumbó en mis oÃdos. HabÃamos estampado el carro contra un árbol enorme. El motor se apagó. El humo comenzó a salir del cofre abollado. No lo pensamos mucho.
56:20 el silencio tras el golpe era peor que cualquier cosa nadie dijo palabra simplemente empujamos las puertas y salimos todos al mismo tiempo el aire fresco nos golpeó en la cara mezclado con el olor a tierra húmeda y al metal caliente ni siquiera volteamos a ver el carro dañado corrimos Los primeros pasos fueron torpes. Las piernas nos temblaban por la tensión acumulada. El terreno inclinado nos ayudaba a bajar más rápido, aunque resbalábamos en el lodo. Las lámparas iluminaban solo parches de tierra y troncos, y más de una vez nos tropezamos entre nosotros. Aún asÃ, no dejamos de correr. El crujido de las ramas se mezclaba con nuestros jadeos. Y en todo momento esperábamos escuchar de nuevo ese gruñido bajo detrás de nosotros, pero lo único que oÃamos eran nuestros propios pasos atropellados. Uno de mis amigos tropezó y cayó de rodillas, otro lo levantó casi a la fuerza y seguimos corriendo. Nadie podÃa quedarse atrás. El miedo nos empujaba más que la fuerza de nuestras piernas.
57:29 Tras varios minutos que se hicieron eternos, vimos un resplandor distinto entre los árboles. Era una luz blanca que parpadeaba a lo lejos. Aceleramos el paso. salimos del bosque casi a empujones el camino nos llevó directo a una carretera amplia los faros de los autos pasaban uno tras otro iluminando nuestros cuerpos cubiertos de tierra y sudor el contraste era brutal como si hubiéramos cruzado de un mundo a otro el sonido de los autos en movimiento nos hizo sentir por fin en un sitio seguro nos paramos todos juntos en la orilla con las manos en las rodillas jadeando sin control el sudor nos escurrÃa por la frente mezclado con la tierra del monte Estábamos cansados al punto de apenas poder mantenernos de pie. Ninguno podÃa hablar. Las palabras se habÃan quedado atoradas por el esfuerzo. Solo respirábamos fuerte, con los ojos rojos por el cansancio. Los autos pasaban rápido, sin detenerse, como si nadie se diera cuenta de lo que acabábamos de vivir. Nos miramos entre nosotros y supimos que la prioridad era alejarnos más, ponernos en un lugar con gente, con luces. La carretera era nuestra única salida, y aunque las piernas nos temblaban, comenzamos a caminar pegados al asfalto, esperando que alguno se detuviera. HabÃamos dejado atrás los Rubicón, las lonas, el campamento improvisado, todo lo que llevábamos.
58:58 En ese momento no importaba nada más que estar lejos de ese bosque. seguimos avanzando por la orilla de la carretera casi arrastrando los pies hasta que un camión de pasajeros que venÃa de frente comenzó a bajar la velocidad el chofer nos miró con extrañeza seguramente por nuestro aspecto llenos de tierra sudados y con las lámparas todavÃa en la mano cuando abrió la puerta apenas atinamos a pedirle que nos acercara al pueblo más próximo No hizo preguntas, solo nos indicó con la mano que subiéramos. Apenas nos acomodamos al fondo, nos desplomamos como si los huesos no nos sostuvieran. Nadie hablaba. El ruido del motor y el traqueteo del camino eran lo único que se escuchaba. Yo iba pegado a la ventana viendo como los faros iluminaban de manera intermitente la terracerÃa a los lados. Cada vez que un tramo oscuro se abrÃa, pensé que lo verÃa otra vez, arrastrándose. Pero nada apareció. Cuando llegamos al pueblo, nos bajamos frente a una gasolinera grande. El chofer cerró la puerta y siguió su camino. Nos quedamos ahÃ, sin fuerzas para buscar un hotel ni casa de huéspedes. Uno de mis amigos sugirió quedarnos cerca de la estación, donde habÃa luz y movimiento. Entre todos juntamos algo de dinero y compramos refrescos y pan en una tiendita que estaba abierta toda la noche. Después nos acomodamos en una banca de concreto bajo el techo de la gasolinera. no dormimos
1:00:29 bien cada ruido de motor que llegaba cada perro que ladraba a lo lejos nos ponÃa de nuevo en alerta el cansancio era tal que de rato en rato nos vencÃa el sueño pero enseguida despertábamos con cualquier movimiento Asà pasamos la madrugada, viendo el cielo aclararse poco a poco. Al amanecer tenÃamos que recuperar los vehÃculos, no podÃamos dejarlos allá. Preguntamos a los trabajadores de la gasolinera si conocÃan a alguien que nos pudiera ayudar. Uno de ellos nos señaló una llantera móvil que solÃa moverse por los ranchos y brechas cercanas. Fuimos caminando hasta el taller y para nuestra suerte acababan de abrir. No entramos en detalles, nadie iba a creernos lo que realmente pasó. El hombre aceptó por un precio justo y sacó una camioneta equipada con compresor, mangueras y tanque de aire. Subimos en la parte trasera todavÃa nerviosos. El camino de regreso se hizo pesado, no por la distancia, sino por lo que sabÃamos que nos esperaba allá. Nadie hablaba. Todos mirábamos fijamente el monte, temiendo ver otra vez lo que nos habÃa perseguido. Cuando llegamos al claro, los dos Rubicón seguÃan en el mismo sitio.
1:01:45 Las lonas tiradas en el suelo, la parrilla caÃda de lado y la fogata convertida en un montón de cenizas. Todo estaba igual, como si lo hubiéramos dejado apenas unas horas atrás. No habÃa huellas distintas ni rastros de que alguien hubiera pasado. El llantero bajó del vehÃculo con calma y se agachó junto a mi Rubicón que era el más cercano. Revisó las llantas y nos volteó a ver y dijo que no tenÃan ningún daño, que no estaban reventadas ni pinchadas, simplemente se habÃan vaciado y cuando fuimos al otro era lo mismo. ninguno dijimos nada sabÃamos que no era algo normal que no habÃa explicación lógica para que todas se desinflaran de esa manera en cuestión de minutos lo que fuera que habÃa estado ahà lo habÃa hecho con toda intención el hombre encendió su compresor y en pocos minutos infló las cuatro llantas de ambos vehÃculos yo no dejaba de mirar hacia los árboles cuando terminaron nos hizo una seña de que estaban listos para andar Le dimos el pago acordado y subimos rápido a los Rubicón Nadie querÃa perder tiempo ni mirar atrás Arranqué mi motor y sentà el alivio al notar que el carro respondÃa bien Mis amigos me seguÃan en el otro vehÃculo Condujimos de regreso por la terracerÃa Despacio al inicio y después más rápido conforme el camino se abrÃa No dejamos de vigilar los espejos Atentos a cualquier sombra que se moviera detrás Nunca volvimos a esa ruta
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