Cruces Boca Abajo Marcaban Lo Que Nadie Quería Ver: Rancho De Las Brujas Historias De Terror - REDE
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0:05 Recuerdo que en ese momento trabajaba reuniendo casos antiguos, que nunca llegaron a juicio formal, no por falta de hechos, sino porque nadie quiso sostenerlos hasta el final. Me interesaban esas historias donde habÃa denuncias, operativos a medias y expedientes que terminaban archivados, sin una resolución clara. No buscaba mitos ni relatos populares, solo hechos mal cerrados. Asà fue como llegué al caso de tres hermanas, de un pueblo pequeño de Misiones, un lugar que no figuraba en rutas turÃsticas ni en registros importantes, apenas mencionado en informes internos y notas locales que con el tiempo dejaron de circular. En los archivos no aparecÃan nombres completos ni declaraciones formales extensas, lo que se repetÃa era una secuencia de hechos que nunca se pudo ordenar del todo. Primero comenzaron a morir animales en las zonas cercanas, a la casa donde vivÃan las hermanas. No fue algo repentino ni masivo. Eran muertes aisladas, que al principio se atribuyeron a enfermedades comunes. Pero con el paso de los meses, algunas personas del pueblo empezaron a enfermar sin un diagnóstico claro. Los sÃntomas se agravaban rápido y en varios casos el desenlace fue fatal. No habÃa un patrón médico definido. Pero la cercanÃa geográfica con la casa de las hermanas empezó a generar sospechas. En ningún documento oficial se hablaba de brujerÃa. Las palabras que
1:38 aparecÃan eran otras. Conductas extrañas, aislamiento social, conflictos vecinales, acumulación de objetos y denuncias reiteradas. Aún asÃ, era evidente que el señalamiento no nació de una investigación, sino de la presión del pueblo. las autoridades locales organizaron un operativo improvisado no hubo orden judicial sólida ni peritajes previos entraron a la casa acompañados por vecinos el procedimiento fue desordenado y quedó mal registrado la casa fue vaciada casi por completo muebles, ropa, utensilios, papeles personales y objetos hechos a mano parte de ese contenido fue destruido en el lugar Otra parte fue retirada para supuestos análisis que nunca se documentaron de forma clara.
2:30 No existe un inventario detallado de lo que se llevó ni del destino final de esos objetos. Lo único que quedó asentado fue que las hermanas abandonaron el pueblo poco después y que no volvieron a ser vistas juntas. Durante la investigación conocà a un hombre que habÃa trabajado como empleado municipal en esa época. No fue protagonista del operativo, pero estuvo presente en el traslado de los objetos. No hablaba con intención de justificar nada, solo describÃa lo que habÃa visto. Me dijo que muchos de los objetos retirados nunca llegaron a ninguna dependencia oficial. Algunos quedaron en depósitos improvisados, otros fueron repartidos entre distintas personas con el paso de los años. Hubo quienes los vendieron, quienes los intercambiaron y quienes simplemente los guardaron sin saber bien qué hacer con ellos.
3:25 Ese dato me quedó marcado, porque explicaba por qué el caso estaba incompleto. No solo faltaban conclusiones, faltaban pruebas materiales. El expediente hablaba de ciertos objetos, pero nadie podÃa decir dónde estaban. No habÃa fotografÃas claras ni descripciones precisas. Todo se habÃa diluido con el tiempo y con la falta de interés institucional por sostener una investigación que ya era incómoda para todos. Meses después, cuando ya estaba trabajando en otra investigación y habÃa dejado ese caso en pausa, encontré uno de esos objetos en un mercado de antigüedades. No lo buscaba. Estaba revisando cajas viejas, libros usados y piezas sin valor aparente cuando lo vi. Era un muñeco pequeño, hecho a mano, con tela gastada y costuras simples. No estaba bien conservado, no tenÃa rasgos exagerados ni detalles que llamaran la atención. Si no hubiera conocido la historia, lo habrÃa pasado por alto sin dudarlo. El vendedor no ocultó su origen, dijo que provenÃa del interior y mencionó el pueblo casi como un dato sin importancia. No lo presentó como algo especial ni le atribuyó ningún significado. El precio era bajo y nadie más parecÃa interesado. No generaba rechazo ni curiosidad en quienes pasaban por ahÃ. Solo estaba colocado entre otros objetos comunes, sin ninguna intención de destacarlo. Lo
4:58 compré porque encajaba con el caso, y porque representaba algo que no tenÃa, una prueba fÃsica. Hasta ese momento, todo lo que sabÃa sobre las hermanas existÃa solo en papeles incompletos y relatos de terceros. El muñeco no me produjo ninguna sensación particular. No sentà incomodidad ni alerta. Me pareció un objeto más, maltratado por el tiempo, que podÃa ayudarme a reconstruir una historia que habÃa quedado fragmentada. Lo llevé a casa con la intención de documentarlo. Pensaba fotografiarlo, registrar sus materiales, compararlo con las descripciones vagas que aparecÃan en los archivos y luego guardarlo junto al resto del material.
5:44 No planeaba exhibirlo ni estudiarlo en profundidad. Solo querÃa tenerlo como respaldo de algo que hasta entonces habÃa sido fácil de descartar por falta de pruebas. En ese momento no consideré que el objeto pudiera tener otra función, más allá de la histórica. Para mà era el resultado de una acusación colectiva mal manejada y de un operativo deficiente. No veÃa en él una amenaza ni un sÃmbolo. Era simplemente una pieza suelta de un caso olvidado, que nadie quiso cerrar correctamente. Pensé que, como tantas otras veces, el valor del hallazgo estarÃa en lo que pudiera escribir después, no en el objeto en sÃ, y que una vez archivado quedarÃa inmóvil sin alterar nada más allá de mis notas.
6:32 Al principio no ocurrió nada. El muñeco quedó guardado junto a otros objetos que habÃa reunido con los años, piezas que solo tenÃan valor documental. y que rara vez volvÃa a tocar después de archivarlas. No le asigné un lugar especial ni tomé ninguna precaución. Lo dejé primero sobre una repisa, luego dentro de una caja junto a papeles viejos, después sobre una mesa mientras ordenaba notas y fotografÃas. Lo movà varias veces sin pensar demasiado en él, pues para mà seguÃa siendo un objeto más, una prueba muda de un caso mal documentado, sin peso real fuera del archivo. Durante varios dÃas no noté nada fuera de lo común. Mi rutina siguió igual. SalÃa, trabajaba, regresaba y continuaba con otros temas.
7:22 El muñeco permanecÃa ahÃ, a veces visible, otras veces olvidado. Si alguien me hubiera preguntado en ese momento si algo habÃa cambiado desde que lo llevé a casa, habrÃa dicho que no. No habÃa ruidos claros, no habÃa sobresaltos, no habÃa situaciones que me obligaran a detenerme o a prestar atención. Los primeros hechos concretos aparecieron de forma dispersa y fácil de justificar. Una noche escuché un ruido seco en la habitación donde guardaba los objetos. No fue fuerte ni prolongado, asà que pensé que era la estructura del edificio, madera acomodándose, algo común. Otro dÃa encontré el muñeco en una posición distinta a la que recordaba, pero asumà que yo mismo lo habÃa movido sin notarlo. No hice anotaciones y no tomé fotografÃas, ni le di importancia. Con el paso de los dÃas comenzaron a repetirse pequeñas situaciones que ya no podÃa explicar con tanta ligereza. Aparecieron restos de tierra en el suelo. cerca de donde habÃa estado el muñeco. No eran grandes cantidades, apenas manchas irregulares, como si algo hubiera sido apoyado ahà y luego retirado. Limpié sin pensar demasiado, supuse que era suciedad arrastrada desde afuera o polvo acumulado.
8:44 Empecé a dormir mal, no era miedo, pues no me despertaba sobresaltado ni con ansiedad, simplemente no descansaba. Me dormÃa con facilidad, pero los sueños se repetÃan de forma insistente, siempre el mismo espacio cerrado, visto desde un punto bajo, como si estuviera dentro de algo reducido, no habÃa personas, no habÃa sÃmbolos, ni habÃa voces, solo la sensación constante de encierro y de inmovilidad, pero al despertar sentÃa cansancio, una fatiga que no se iba con el dÃa, los sueños no variaban, no se volvÃan más intensos ni más claros, Eran exactamente iguales, noche tras noche. Aún asÃ, seguà sin relacionarlos con el muñeco. Pensé que eran consecuencia del trabajo acumulado, de pasar demasiado tiempo revisando expedientes incompletos, historias de muertes sin cierre y archivos llenos de vacÃos. Una noche, mientras trabajaba en la sala, escuché un golpe leve proveniente de la habitación donde guardaba los objetos. No fue un estruendo ni algo violento, Al entrar vi que el muñeco habÃa caÃdo al suelo. No habÃa señales evidentes de que algo lo hubiera empujado. Estaba acostado de lado, como si simplemente hubiera perdido el equilibrio. Pero al levantarlo noté que una de las costuras se habÃa abierto, pero la tela estaba
10:14 vieja y no me sorprendió que se diera. Dentro habÃa más material del que esperaba. No se trataba solo de relleno común. HabÃa elementos personales que no coincidÃan con un objeto decorativo simple. Cabellos humanos, fragmentos de tela diferente, tierra compactada en capas. Todo estaba apretado de una forma que no parecÃa improvisada. No sentà miedo en ese momento. Sentà una incomodidad concreta. La certeza de haber tocado algo. que no debÃa manipularse sin cuidado. Dejé el muñeco sobre la mesa y cerré la habitación. Pensé que lo mejor serÃa documentarlo con calma al dÃa siguiente, como habÃa hecho con otros objetos. Esa noche volvà a soñar lo mismo. El espacio cerrado y la imposibilidad de moverse. Pero esta vez el sueño terminó de forma abrupta, como si algo se hubiera interrumpido antes de completarse. Desde ese momento, los hechos comenzaron a intensificarse. Los ruidos dejaron de ser esporádicos. AparecÃan siempre en el mismo lugar y a distintas horas. Las manchas de tierra reaparecÃan incluso después de limpiar, y un olor persistente empezó a instalarse en la casa. No era fuerte ni penetrante, pero era constante. Era un olor a tierra húmeda, a encierro prolongado. Lo raro era que no se extendÃa por toda la casa. Siempre se concentraba alrededor
11:45 del lugar donde habÃa estado el muñeco. También empecé a notar marcas nuevas en paredes y muebles, pequeñas raspaduras que no recordaba haber visto antes. No aparecÃan de golpe, se acumulaban con los dÃas. Todo seguÃa un mismo patrón de cercanÃa, nada ocurrÃa lejos de ese punto, y todo parecÃa girar alrededor del espacio que yo habÃa considerado inofensivo. Fue entonces cuando entendà que el error no habÃa sido comprar el muñeco, tampoco llevarlo a casa. El error fue tratarlo como algo neutral, moverlo sin cuidado y abrirlo sin comprender su función. Hasta ese momento habÃa pensado en él como un objeto pasivo, una pieza histórica sin capacidad de alterar nada por sà misma, pero los hechos me obligaron a aceptar que no estaba frente a algo común. No sabÃa qué era. ni por qué ocurrÃa, y no tenÃa una explicación clara ni buscaba una en ese momento. Lo único que entendà fue que al romper esa costura habÃa provocado un cambio y que desde entonces la casa ya no se comportaba como antes.
12:58 Los sueños habÃan dejado de ser simples repeticiones y se habÃan convertido en una advertencia que todavÃa no lograba comprender del todo. Después de varios dÃas intentando ordenar lo que estaba ocurriendo, volvà a contactar al hombre del pueblo. No lo hice buscando una explicación extraordinaria ni una solución ritual, sino porque era la única persona que habÃa estado cerca del origen de los objetos y que aún aceptaba hablar del tema. Al principio respondió con la misma distancia de siempre, frases cortas y respuestas medidas. Pero cuando le describà con detalle lo que habÃa pasado desde que el muñeco se abrió, su forma de hablar cambió. Dejó de responder cortante y se notó la preocupación y el miedo en su tono de voz. No intentó nombrar lo que habÃa estado contenido en el muñeco. No usó palabras que explicaran ni definieran nada.
13:56 Solo me dijo que uno de esos muñecos no era representativo ni decorativo. que no habÃa sido hecho para señalar a nadie ni para cumplir una función simbólica. Según él, habÃa sido utilizado para contener algo, que no supieron destruir cuando intervinieron la casa. No lo describÃa como un espÃritu ni como una entidad, lo explicaba como una consecuencia, algo que habÃa quedado mal cerrado, después de prácticas que no se comprendieron del todo y que, en lugar de desaparecer, tuvieron que ser inmovilizadas. Me dijo que ese tipo de objetos no debÃan moverse bajo ninguna circunstancia, no porque fueran peligrosos por sà mismos, sino porque cumplÃan una función concreta, ligada al lugar donde fueron creados. Sacarlos de ahÃ, abrirlos o manipularlos, rompÃa ese equilibrio precario que se habÃa impuesto como solución improvisada. No hablaba con dramatismo ni con advertencias exageradas.
14:59 Me lo decÃa con resignación, pues habÃa aprendido a no discutir ciertos temas y a aceptar que algunas decisiones solo pueden corregirse devolviendo las cosas a su sitio. En ese momento entendà que no habÃa nada más que investigar en archivos ni documentos. El problema no era la falta de información, sino haber creÃdo que todo podÃa ser trasladado, clasificado y almacenado sin consecuencias. La idea de que cualquier objeto puede ser separado de su contexto sin alterar nada se me volvió absurda. Decidà regresar al pueblo con los restos del muñeco. No fue una reacción impulsiva ni una huida. Fue la única opción práctica para intentar cerrar algo que yo mismo habÃa alterado. El viaje fue silencioso. Sentà urgencia y miedo.
15:50 Y también sentà una responsabilidad concreta. Una necesidad de resolver algo. que habÃa provocado por descuido y exceso de confianza. Al llegar, el hombre me indicó el sitio exacto, donde originalmente se habÃa enterrado el objeto. No era un lugar visible ni marcado, no habÃa cruces, señales ni referencias claras. Era un terreno apartado, cubierto por vegetación, que con el tiempo habÃa quedado fuera del tránsito normal del pueblo. No hubo rituales ni palabras especiales. No hubo instrucciones complejas ni gestos simbólicos. Cavamos lo suficiente para devolver los restos al lugar y cubrirlos de nuevo.
16:34 No se dijo nada durante ese proceso. Fue un acto deliberado, concreto y final. Al terminar, no sentà alivio inmediato ni una sensación clara de cierre. Simplemente hice lo que debÃa hacerse, sin esperar una respuesta visible a cambio. Los cambios fueron inmediatos. Esa misma noche dormà sin sueños. No fue un descanso profundo ni reparador, pero fue la primera vez en semanas que no desperté con la sensación constante de encierro. Al regresar a casa, los ruidos habÃan cesado por completo. Las manchas de tierra no volvieron a aparecer. El olor persistente desapareció sin dejar rastro, y las marcas nuevas dejaron de acumularse.
17:21 No hubo un proceso gradual ni señales intermedias. Todo se detuvo de una manera limpia, casi administrativa. No intenté comprobar nada más, aunque sabÃa que era un muñeco con brujerÃa, que contenÃa algo muy malo, y entendà que cualquier intento de verificar o profundizar serÃa repetir el mismo error desde otro ángulo. Guardé mis notas, fotografÃas y grabaciones, y el artÃculo nunca se publicó completo. Solo fragmentos generales, sin mencionar el objeto ni los detalles finales. El caso quedó incompleto, como tantos otros que pasan por manos de investigadores y periodistas, sin llegar a una conclusión pública. Esa decisión tuvo consecuencias.
18:08 Perdà contactos que habÃa construido durante años. Algunas puertas se cerraron sin explicación. Hubo personas que dejaron de responder llamadas y correos. Insistir en una historia que nadie querÃa revivir tuvo un costo profesional que asumà sin reclamar. No podÃa justificarlo de otra manera sin volver a exponer algo que debÃa permanecer enterrado. Con el tiempo, el caso dejó de ocupar espacio en mi trabajo diario, pero no desapareció del todo. Quedó como una referencia constante sobre los lÃmites de lo que puede investigarse, sin alterar cosas que no fueron creadas para circular. Aprendà que no todo objeto antiguo merece ser rescatado ni exhibido. Algunos fueron hechos para cumplir una función especÃfica, en un contexto determinado, y sacarlos de ahÃ. No revela una verdad oculta, ni corrige una injusticia. Solo libera consecuencias que nadie está preparado para manejar. Hoy, al recordarlo, no pienso en el muñeco como una pieza extraña, ni como una amenaza latente. Lo pienso como un error de criterio, una muestra de cómo la obsesión por completar historias puede llevar a ignorar lÃmites que no aparecen en archivos ni en testimonios. Hay cosas que fueron creadas para permanecer inmóviles, ocultas, no por superstición ni por miedo, sino porque esa fue la única forma que encontraron quienes estuvieron antes para contener
19:41 lo que no pudieron resolver de otra manera. El caso nunca tuvo un cierre oficial, y las hermanas brujas siguen siendo un registro incompleto en papeles viejos. El muñeco ya no circula, y yo entendà demasiado tarde que hay historias que no necesitan ser contadas hasta el final para comprenderse. A veces basta con saber cuándo detenerse. y aceptar que cerrar un caso no siempre significa publicarlo, sino asumir la responsabilidad de no volver a mover lo que ya fue devuelto a su lugar. Recuerdo bien esa etapa de mi vida, porque fue cuando trabajé como guÃa en la zona montañosa del municipio de Arteaga. No era un trabajo turÃstico, como los que se anuncian en redes o agencias. Era algo más simple. La gente llegaba, preguntaba por caminos, por senderos, por cuevas, y yo los acompañaba porque conocÃa el terreno desde joven. HabÃa caminado esas montañas muchas veces y sabÃa distinguir los lugares en donde se podÃa entrar y en los que era mejor dejarlos en paz. La cueva de la que hablo no era un atractivo oficial, no tenÃa señalamientos ni rutas marcadas. La gente del municipio la conocÃa, pero no hablaba mucho de ella. Durante el dÃa, algunos
21:12 entraban unos metros para ver el interior, tomar fotos o refrescarse del calor. Y al caer la noche, nadie del lugar se acercaba. No porque alguien lo prohibiera, sino porque asà se habÃa aprendido con los años. Un dÃa llegó un grupo de turistas que pidió un recorrido nocturno. No eran imprudentes ni estaban ebrios. HabÃan escuchado historias sobre risas y cantos femeninos dentro de la cueva, y querÃan conocerla de noche. Me preguntaron si era posible entrar con linternas y avanzar un poco. Les aclaré desde el inicio que solo los llevarÃa hasta la parte inicial, donde el suelo es firme y el techo alto. Pero no ofrecà nada más.
21:59 Aceptaron sin discutir y prepararon sus lámparas y entramos cuando ya no quedaba luz natural suficiente para ver el interior sin ayuda. Desde la entrada, la cueva se veÃa amplia. No era un túnel recto. Desde los primeros metros, se dividÃa en varios pasajes irregulares. El suelo descendÃa en algunas partes y se elevaba en otras. HabÃa zonas donde el techo se cerraba un poco. y otras donde se abrÃa lo suficiente para caminar sin encorvarse. Avanzamos despacio. Yo iba al frente marcando el paso. A cada tramo les indicaba dónde pisar y dónde no. El sonido dentro de la cueva no se comportaba como en otros lugares. Las voces no regresaban claras. A veces parecÃan perderse y otras parecÃan venir de lados distintos al que hablaba. No era algo alarmante, era solo una caracterÃstica del lugar. Después de unos minutos comencé a escuchar cantos suaves. No eran fuertes ni cercanos, y no parecÃan venir de una sola dirección. Se desplazaban dentro de la cueva como si viajaran por los pasajes laterales.
23:07 No se escuchaban palabras claras, eran voces femeninas sosteniendo un tono continuo, sin subir ni bajar demasiado. El grupo se detuvo a escuchar. Yo les pedà que continuáramos unos metros más y luego regresarÃamos. No sentà miedo en ese momento. Solo lo tomé como un sonido que se amplificaba por la forma de la cueva. Sin embargo, los cantos no se detenÃan. Se mantenÃan constantes, aunque no aumentaban de volumen. Llegamos al punto que habÃa acordado. El suelo seguÃa firme y el techo alto. Y ahà decidà regresar. No porque los sonidos fueran más intensos, sino porque ya habÃamos llegado hasta donde yo consideraba seguro, para una visita nocturna. Me di la vuelta y empecé a guiarlos de regreso. Fue entonces cuando noté que la orientación ya no era clara.
24:02 La luz exterior, que antes se distinguÃa al fondo del pasaje, no se veÃa igual. No estaba completamente ausente, pero tampoco estaba donde esperaba. El camino parecÃa más largo, las paredes se veÃan similares entre sÃ, sin las marcas que yo recordaba haber pasado minutos antes. Avanzamos en silencio y los cantos seguÃan escuchándose, pero ahora parecÃan rodearnos. Se mantenÃan a la misma distancia, como si se movieran al mismo ritmo que nosotros. Me detuve para revisar el terreno, alumbré hacia atrás, hacia los lados y hacia el frente. El pasaje por el que habÃamos entrado no se veÃa igual. No habÃa señales de derrumbe ni de bloqueo reciente. Simplemente no reconocÃa el trayecto. Intenté mantener la calma y continuar caminando. No quise alarmar al grupo y les pedà que se mantuvieran juntos y que siguieran mis indicaciones. A cada paso me resultaba más difÃcil identificar las referencias conocidas. Y la cueva parecÃa extenderse más de lo que recordaba, como si hubiéramos avanzado mucho más de lo que realmente caminamos. Ahà entendà que no estábamos donde creÃamos, y no lo pensé como algo sobrenatural en ese instante. Lo entendà como una pérdida real de orientación, dentro de un sistema de pasajes que no conocÃa por completo. Aún asÃ, los cantos no se detenÃan.
25:33 y su presencia constante hacÃa imposible concentrarse solo en el terreno. Decidà detener el avance y replantear la salida. En ese punto, la cueva ya no se sentÃa como un espacio de paso. El aire parecÃa más pesado y el sonido se quedaba atrapado entre las paredes. Las linternas iluminaban lo mismo una y otra vez, sin ofrecer una referencia clara de la salida. Fue ahà cuando comprendà que la situación ya no dependÃa solo de encontrar el camino correcto. La cueva habÃa dejado de comportarse como un lugar normal y nosotros seguÃamos dentro. Los cantos se escuchaban desde distintos puntos de la cueva.
26:16 No aumentaban de volumen, pero sà de claridad. pues ya no parecÃan un sonido que se dispersaba por los pasajes, se escuchaban definidos, como si cada voz tuviera un lugar especÃfico dentro del espacio. A los pocos minutos las risas comenzaron a mezclarse con ellos, eran femeninas, constantes, sin ningún intento de ocultarse. No sonaban nerviosas ni alteradas, sonaban seguras como si siempre hubieran estado ahÃ. Al iluminar las paredes con la linterna noté movimiento. No fue un reflejo ni una confusión provocada por la luz. Eran sombras humanas, desplazándose con claridad sobre la piedra. Caminaban de un lado a otro, se detenÃan, se balanceaban con movimientos lentos, como si siguieran un ritmo que solo ellas escuchaban. No corrÃan ni se movÃan de forma brusca, y eso las hacÃa más inquietantes.
27:13 El grupo empezó a alterarse. Pero les pedà que se mantuvieran juntos y que no apuntaran las linternas en distintas direcciones al mismo tiempo, porque el desorden solo hacÃa que las sombras parecieran multiplicarse. Mientras avanzábamos con cuidado, las vi salir de los pasajes laterales, pero no aparecieron todas al mismo tiempo. Iban mostrando su presencia poco a poco, como si no tuvieran prisa. Eran mujeres encorvadas, de complexión delgada. Su forma de caminar no era rÃgida ni torpe. Se desplazaban con seguridad, apoyando las manos en la piedra en algunos tramos. Sus uñas eran largas y raspaban el suelo y las paredes al avanzar. El sonido era claro, constante, imposible de ignorar. Y sus ojos eran rojos y se distinguÃan incluso cuando no estaban directamente frente a la luz de las linternas. No llevaban ropa reconocible, no estaban cubiertas ni desnudas. Su piel se veÃa oscura y opaca, como si la luz no se reflejara bien en ella. No se acercaron de golpe, se movÃan alrededor del grupo, entrando y saliendo de los pasajes, y el sonido de las uñas arrastrándose y las risas llenaban todo el espacio. Intenté mantener el control. Les pedà que avanzáramos hacia donde creÃa que estaba la salida. Caminamos unos metros hasta llegar al punto donde debÃa comenzar el trayecto de regreso. Alumbré de
28:46 frente y me encontré con una pared sólida. No habÃa señales de derrumbe reciente, ni rocas sueltas, ni tierra removida. Era piedra continua y lisa. Me acerqué para revisar con cuidado. Pasé la mano por la superficie buscando alguna grieta o irregularidad, pero no habÃa nada. El camino por el que habÃamos entrado simplemente ya no existÃa. No se trataba de una confusión visual ni de un error común de orientación. El pasaje habÃa desaparecido. Las risas se escucharon más cerca y aunque no subieron de volumen, se sentÃan más presentes, como si el espacio entre ellas y nosotros se hubiera reducido.
29:29 Las brujas comenzaron a moverse de forma más cerrada alrededor del grupo. No formaron un cÃrculo exacto, Se desplazaban de un lado a otro, acercándose y alejándose, manteniendo siempre una distancia que nos impedÃa avanzar con libertad. Una de ellas pasó lo suficientemente cerca como para que pudiera ver su rostro con claridad. No tenÃa rasgos exagerados ni deformes, pero sus facciones no eran humanas. Sus ojos rojos no parpadeaban. Su boca se abrÃa apenas al reÃr, sin mostrar emoción alguna. Eso no era un disfraz, no era un animal, y ya no habÃa duda de lo que estaba viendo. El grupo empezó a entrar en pánico. Algunos retrocedieron sin mirar y chocaron contra las paredes. Les pedà que se detuvieran y respiraran, pues gritar no servÃa, ya que el sonido no salÃa de la cueva. se quedaba atrapado, rebotando de forma irregular. Las brujas no nos atacaban y no tocaban a nadie, no extendÃan las manos ni mostraban los dientes, pero su sola presencia era suficiente para mantenernos inmóviles. Cada vez que intentábamos avanzar por un pasaje distinto, aparecÃan dos o tres más bloqueando el camino. Se desplazaban con calma, como si no tuvieran prisa ni necesidad de apresurarse. Las risas continuaban sin variar. No habÃa burla evidente ni amenaza directa.
30:57 Era como si ese sonido formara parte del lugar, como si la cueva misma respirara a través de ellas. El ambiente se volvió pesado, no por el aire ni por el cansancio, sino por la certeza de que no tenÃamos control sobre la situación. Intenté buscar otra salida. Avancé con cuidado hacia uno de los pasajes laterales y alumbré con la linterna El suelo era irregular, pero firme. Antes de poder avanzar más, una de las brujas apareció frente a mÃ, saliendo del pasaje, como si siempre hubiera estado ahÃ. No extendió las manos ni hizo ningún gesto, simplemente se quedó inmóvil, bloqueando el paso. Retrocedà despacio, no sentà un empujón ni una amenaza directa, pero la advertencia era clara. Ese no era un camino permitido. El aire dentro de la cueva comenzó a sentirse distinto, era más denso, y cada respiración costaba un poco más. Las linternas seguÃan funcionando, pero la luz parecÃa perder fuerza al avanzar unos metros. Iluminaban, pero no ofrecÃan claridad suficiente para orientarse. Las brujas seguÃan moviéndose alrededor del grupo. A veces desaparecÃan en los pasajes y volvÃan a salir por otro punto. pero nunca dejaban de estar presentes. Su número no era claro, y no podÃa contarlas, pues parecÃan ser las mismas, pero también parecÃan más. En
32:32 ese momento entendà que no se trataba de encontrar una salida por nuestra cuenta. La cueva no estaba cerrada al azar. Estábamos dentro de un espacio controlado por ellas, no mediante violencia, sino mediante dominio total del lugar. me detuve y observé las brujas comenzaron a desplazarse hacia un pasaje más estrecho uno que antes no habÃa considerado como opción no lo señalaron ni hicieron gestos simplemente se movieron en esa dirección y dejaron libre ese camino no sabÃa dónde llevaba ese pasaje ni qué nos esperaba al final pero también entendà que no tenÃamos otra opción pues el encierro ya era completo Y ahà comenzó la parte más difÃcil de esa noche.
33:21 Las brujas dejaron de rodearnos, de la misma forma en que habÃan estado haciéndolo hasta ese momento. No desaparecieron ni se alejaron por completo, simplemente cambiaron su posición. Comenzaron a desplazarse con calma hacia un pasaje más estrecho, uno que hasta entonces no habÃa considerado como opción de salida. No señalaron, no hablaron, no hicieron gestos Solo se movieron, y con eso fue suficiente para entender que ese era el único camino que nos permitirÃan tomar. Esperé unos segundos antes de avanzar. Observé a mi alrededor para confirmar que ningún otro pasaje quedaba libre. Todos los demás estaban ocupados por ellas, quietas o en movimiento lento, sin bloquear de forma directa, pero dejando claro que no habÃa elección. les pedà al grupo que se mantuviera unido y que avanzáramos sin correr pues no habÃa espacio para errores ni movimientos bruscos entramos al pasaje estrecho a diferencia del resto de la cueva el suelo era más firme y regular no habÃa piedras sueltas ni desniveles marcados el techo era bajo lo suficiente para obligarnos a avanzar inclinados en algunos tramos pero no al punto de arrastrarnos El aire comenzó a cambiar, ahora era más ligero, y cada respiración se sentÃa menos pesada que
34:51 dentro del área principal. Las risas y los cantos seguÃan escuchándose, pero cada vez más lejos. No se apagaban de golpe, se iban quedando atrás conforme avanzábamos. No sentà que nos persiguieran, tampoco sentà que nos observaran desde ese punto. Era como si ese pasaje no les perteneciera de la misma manera que el resto de la cueva. Avanzamos durante varios minutos. No podrÃa decir con exactitud cuánto tiempo fue. El pasaje se mantenÃa constante, sin bifurcaciones evidentes. Las linternas iluminaban el camino con mayor claridad. Las paredes ya no parecÃan absorber la luz y el sonido de nuestras pisadas se escuchaba más normal. sin el eco irregular que habÃamos tenido antes.
35:40 En un punto comencé a percibir una corriente de aire distinta. No era fuerte, pero era constante, y sabÃa lo que eso significaba. Seguà avanzando hasta que la luz de una de las linternas alcanzó a reflejar algo distinto en la distancia. No era piedra, era una abertura. Salimos por una abertura distinta a la entrada original. No fue un túnel amplio ni una salida evidente. Era un espacio irregular entre rocas que daba al exterior. Al salir, la oscuridad del monte nos envolvió de inmediato, pero el aire era diferente. Reconocà el entorno general. SabÃa que estábamos fuera de la cueva.
36:22 Sin embargo, no reconocà el punto exacto. Estábamos a varios metros del lugar donde habÃamos comenzado el recorrido. Cuando el último del grupo salió, los cantos se detuvieron de inmediato. No hubo un eco final ni una risa que se prolongara. El sonido simplemente terminó y la cueva quedó en silencio. Nos alejamos unos metros más antes de detenernos. Nadie habló durante varios segundos. Revisé que todos estuvieran completos y sin lesiones. Estaban alterados, cansados, pero ilesos. Las linternas seguÃan funcionando. Y no habÃa marcas en el suelo, ni señales visibles de algo que pudiera explicar lo ocurrido de forma sencilla. Decidà llevarlos de regreso por un camino distinto al de la ida.
37:12 No quise acercarme de nuevo a la entrada original. Caminamos hasta llegar a una zona más abierta y segura. Ahà nos detuvimos. Les expliqué que el recorrido habÃa terminado y que no volverÃamos a entrar a ninguna cueva esa noche. Después de ese dÃa, dejé de hacer recorridos nocturnos. No fue una decisión impulsiva ni tomada por miedo inmediato. Fue una decisión clara. Entendà que ese lugar no funciona como otros espacios naturales. No cambia con el tiempo, no se desgasta y no se vuelve más seguro por conocerlo más. Nunca volvà a entrar a esa cueva, ni siquiera de dÃa.
37:54 No sentà la necesidad de comprobar nada ni de buscar explicaciones adicionales. Lo que ocurrió fue suficiente. Seguà caminando por otras zonas de la sierra. Seguà guiando a personas por senderos distintos. Pero ese lugar quedó fuera de mis rutas. Con el tiempo supe que otras personas siguieron escuchando risas por las noches. No siempre y no de forma constante. Pero lo suficiente para que la gente del municipio mantuviera la misma costumbre de siempre evitar ese sitio cuando cae la noche nunca volvà a hablar del tema con los turistas que estuvieron ahà conmigo cada quien siguió su camino yo seguà con mi vida tuve pesadillas posteriores relacionadas con lo ocurrido en esas pesadillas si nos atacaban y volvà a recordar a esas brujas en la cueva sentà como si algo me hubiera seguido fuera de la cueva Lo único que cambió fue mi forma de entender ciertos lugares.
38:55 Hay espacios que no están hechos para ser recorridos en cualquier momento, no porque sean peligrosos de forma evidente, sino porque funcionan bajo reglas que no siempre se pueden ver. Hasta hoy, cuando alguien menciona esa cueva, no siento curiosidad ni ganas de volver. Lo que necesitaba saber ya lo aprendà esa noche. Hay lugares donde no se entra para conocerlos, sino para aprender a mantenerse afuera. Y ahà terminó todo. Y ya no supe más sobre las brujas de la cueva de Arteaga. Desde hace años se hablaba de un rancho aislado en una zona apartada de Durango. El lugar habÃa quedado vacÃo después de que varios peones desaparecieron en distintos periodos. No fue un solo hecho ni algo que ocurriera de golpe. Fueron ausencias acumuladas con el paso del tiempo.
39:56 Algunos hombres no regresaron después de trabajar ahÃ. Otros se marcharon y nunca dieron una explicación clara. El patrón cambió con los años, pero el resultado fue el mismo. El rancho se fue quedando sin gente. Los pocos que alcanzaron a salir hablaban de mujeres vestidas de negro que caminaban dentro del terreno. No las describÃan como algo extraordinario ni usaban palabras exageradas. DecÃan que se movÃan despacio, que aparecÃan entre las construcciones y los corrales, y que su presencia incomodaba. Nadie afirmaba haberlas visto atacar a alguien. Nadie hablaba de gritos ni de persecuciones. Solo decÃan que estar ahÃ, Se volvÃa difÃcil después de notar que esas mujeres recorrÃan el lugar con frecuencia. Con el paso del tiempo, el rancho quedó abandonado. Las casas de adobe comenzaron a deteriorarse, los techos se vencieron y las puertas se pudrieron. Los corrales quedaron abiertos y la maleza empezó a cubrir los caminos internos.
41:00 Los cercos de alambre se rompieron y nadie los reparó. No hubo intentos reales por recuperar el terreno. La zona estaba lejos de todo, sin agua constante y sin condiciones para volver a trabajarla. Durante años, el rancho fue quedando fuera de cualquier actividad. La gente evitaba pasar por ahÃ, sin decirlo de forma abierta. El camino seguÃa existiendo, pero casi nadie lo usaba. El lugar quedó como una extensión de tierra olvidada, sin vigilancia y sin movimiento. Mucho tiempo después, ya siendo adulto, Me integré a un grupo que se dedicaba a buscar objetos enterrados con detectores de metal. No era algo clandestino ni peligroso en sà mismo. RecorrÃamos terrenos abandonados, buscando herramientas viejas, monedas, restos de maquinaria o fierros antiguos.
41:54 Nada que tuviera que ver con tumbas o restos humanos. Era una actividad que hacÃamos con calma, midiendo riesgos y evitando problemas. Alguien Nos mencionó el rancho. Dijo que llevaba décadas sin uso y que nadie reclamaba esas tierras. Se habló de la posibilidad de encontrar objetos antiguos enterrados, restos de trabajo ganadero o herramientas olvidadas cuando el lugar quedó vacÃo. Las historias sobre desapariciones se mencionaron de pasada sin detenernos demasiado en ellas. Acepté ir porque, en ese momento, el rancho parecÃa un terreno más dentro de tantos que estaban abandonados en la región. No habÃa cercos nuevos, no habÃa animales, no habÃa señales visibles de actividad reciente. Todo apuntaba a un lugar detenido en el tiempo. Llegamos con detectores, palas y equipo básico. Desde el camino se alcanzaban a ver las construcciones casi destruidas y los corrales vacÃos. No habÃa humo, ni vehÃculos, ni ruido alguno. El silencio era constante, interrumpido solo por el viento y el movimiento de la vegetación seca.
43:06 Entramos caminando despacio, observando el terreno. El suelo estaba duro en algunas zonas y más suelto en otras. Las casas estaban abiertas, sin puertas, con restos de muebles viejos y basura acumulada por el paso de los años. No encontramos nada fuera de lo común al principio. El lugar parecÃa abandonado desde hacÃa mucho tiempo. Avanzamos separándonos por zonas, siguiendo un recorrido ordenado. Cada uno se concentró en su área, atento a las señales del detector. No hablábamos demasiado, pues la búsqueda requerÃa atención y paciencia. El rancho era más grande de lo que parecÃa desde fuera, con áreas que no se alcanzaban a ver desde el camino. Mientras caminaba, recordé los comentarios que habÃa escuchado sobre ese lugar cuando era más joven. Recordé que siempre se hablaba de ausencias, de gente que dejó de volver. En ese momento no le di mayor peso a esos recuerdos. Estaba concentrado en el trabajo y en el terreno frente a mÃ. El ambiente seguÃa siendo tranquilo, pero habÃa detalles que empezaban a llamar la atención. Algunas zonas del suelo no estaban tan compactas como deberÃan. HabÃa áreas donde la tierra parecÃa removida, aunque no se veÃan marcas claras de maquinaria ni de animales grandes. Eran cambios sutiles, fáciles de pasar por alto si no se observaba con cuidado. Continué avanzando sin detenerme
44:37 demasiado en eso. El rancho tenÃa muchas zonas similares y era fácil atribuir esas diferencias al paso del tiempo y a la erosión. Nada indicaba todavÃa que el lugar estuviera siendo usado en el presente. Seguimos trabajando durante un buen rato sin encontrar objetos de valor, solo restos oxidados y fragmentos de madera enterrados de forma irregular. Nada fuera de lo común para un sitio que habÃa sido abandonado de esa manera. En ese momento todavÃa pensábamos que el rancho era solo un terreno olvidado, detenido en el pasado, y no habÃa razón aparente. para pensar que alguien siguiera entrando ahÃ, ni que hubiera algo más oculto bajo la tierra. Eso fue lo que creÃmos antes de empezar a encontrar señales que no encajaban con un abandono antiguo. El terreno no estaba tan muerto como parecÃa al principio. Conforme avanzábamos con los detectores, comenzaron a aparecer señales que no encajaban con un abandono antiguo. En varias zonas, el aparato marcaba objetos a poca profundidad, Al excavar unos centÃmetros, encontramos madera enterrada de forma irregular. No eran restos viejos ni degradados, pues la madera conservaba firmeza y no estaba deshecha por la humedad ni por el paso de los años. En un primer momento pensamos que podÃan ser restos de cercas o construcciones caÃdas, pero la forma en que estaban enterrados no
46:08 coincidÃa con eso. No seguÃan una lÃnea, no estaban alineados. Eran fragmentos colocados de manera aislada, como si alguien los hubiera introducido directamente en la tierra. Al moverme hacia una zona cercana a una construcción derrumbada, encontré la primera cruz. Era de madera sencilla, sin ningún tipo de adorno. Estaba clavada boca abajo y no tenÃa nombre, fecha ni sÃmbolo. La madera estaba firme y limpia, sin señales de haber estado expuesta durante mucho tiempo. Alrededor la tierra estaba removida de forma reciente. Me detuve a observarla con cuidado. No era una cruz vieja olvidada ahà por casualidad. Estaba colocada con intención. La profundidad a la que estaba clavada y la manera en que la tierra la rodeaba indicaban que alguien habÃa trabajado ese punto no mucho tiempo atrás. Avancé unos metros más y encontré otra cruz igual y luego otra.
47:11 No formaban filas ni estaban ordenadas. Estaban dispersas, separadas por distancias irregulares, como si hubieran sido colocadas conforme se necesitaban, sin planificación previa. Algunas estaban ligeramente torcidas, otras apenas sobresalÃan del suelo. avisé al resto del grupo y nos reunimos en esa zona nadie habló de inmediato solo observamos el terreno y comenzamos a notar detalles que antes habÃan pasado desapercibidos habÃa pequeñas elevaciones en el suelo la tierra no estaba compacta y en algunos puntos se notaba que habÃa sido removida más de una vez En uno de esos lugares, la tierra se dio con facilidad al excavar un poco más.
47:57 Apareció tela enterrada, doblada de manera irregular. Al moverla quedaron expuestos fragmentos óseos. No eran restos de animales, pues la forma y el tamaño eran claros. Eran restos humanos. No estaban ahà desde hacÃa años. El estado del suelo, la tela y los huesos indicaban que el entierro era relativamente reciente. No se trataba de algo ocurrido cuando el rancho todavÃa funcionaba. Era algo que seguÃa pasando. A partir de ese momento, dejamos de usar los detectores, pues la búsqueda de objetos quedó sin sentido. Caminamos con más cuidado, observando cada paso y cada construcción cercana. El rancho ya no se sentÃa como un lugar abandonado, sino como un sitio que alguien seguÃa usando de manera discreta. Comenzamos a notar más señales.
48:51 Senderos poco marcados entre la maleza, restos de pisadas recientes, en zonas donde la tierra estaba húmeda, lugares donde la vegetación habÃa sido apartada a mano. Nada era evidente desde lejos, pero al estar dentro resultaba imposible ignorarlo. Entendimos que alguien entraba al rancho con regularidad, no para trabajar la tierra ni para habitar las casas, sino para usar el terreno como un sitio donde nadie hacÃa preguntas. Las cruces clavadas boca abajo no eran antiguas ni simbólicas. Marcaban puntos especÃficos. La decisión de salir fue inmediata. No se trataba de buscar ayuda ni de enfrentar nada. El lugar no era seguro para permanecer. No sabÃamos cuántas personas podÃan estar usando el rancho, ni con qué frecuencia regresaban. Nos reunimos y comenzamos a movernos hacia la salida del terreno. Mantuvimos un paso constante, cuidando no separarnos demasiado Nadie hizo comentarios innecesarios, y cada uno estaba concentrado en el entorno y en el camino que tenÃamos por delante. Mientras avanzábamos, el rancho se sentÃa distinto. Las construcciones ya no parecÃan simples ruinas.
50:06 Los corrales abiertos ya no eran solo restos de abandono. Todo adquirÃa un sentido nuevo, ligado a lo que habÃamos encontrado bajo la tierra. Seguimos avanzando sin mirar atrás más de lo necesario. SabÃamos que lo importante era salir del lugar, sin llamar la atención y sin provocar nada. En ese momento todavÃa no habÃamos visto a nadie, pero estaba claro que el rancho no estaba vacÃo. Lo que habÃamos encontrado bastaba para entender que ese terreno seguÃa activo y que nuestra presencia ahà no era deseada. Al movernos hacia la salida del rancho, comenzamos a notar movimiento entre las construcciones.
50:50 No fue algo repentino ni un cambio brusco en el entorno, simplemente estaban ahÃ, mujeres caminando entre los restos de las casas y los corrales, desplazándose con calma por el terreno que minutos antes habÃamos recorrido solos. Eran varias, no aparecieron juntas ni en formación. Cada una avanzaba por su lado, ocupando espacios distintos del rancho. VestÃan ropa negra larga, tenÃan la cara arrugada por el tiempo, uñas largas y afiladas, y la ropa gastada por el uso con manchas de tierra y desgaste evidente en las orillas. Algunas llevaban el cabello cubierto, otras lo traÃan suelto, descuidado. Caminaban despacio, sin prisa, observándonos mientras avanzábamos hacia el lÃmite del terreno. No hablaban entre ellas, no hacÃan señas ni levantaban la voz. Su movimiento era constante y controlado. No se acercaban de más, pero tampoco se alejaban. La distancia se mantenÃa siempre igual, como si supieran hasta dónde avanzar. Ninguna llevaba herramientas visibles y no se veÃan armas, tampoco habÃa gestos de amenaza directa.
52:03 Aún asÃ, la presencia de esas mujeres marcaba el lugar. pues ahora el rancho tenÃa ocupantes y ya no se trataba de un sitio vacÃo ni de un terreno olvidado. Seguimos avanzando sin detenernos, no corrimos, solo mantuvimos un paso firme y constante, pues sabÃamos que cualquier reacción fuera de lugar podÃa empeorar la situación. Ellas no intentaron bloquear el camino ni ponerse frente a nosotros, simplemente nos acompañaban con la mirada mientras salÃamos. Al llegar al lÃmite del rancho, se detuvieron. No cruzaron esa lÃnea. Solo se quedaron dentro del terreno, de pie, observando. No hicieron ningún intento por seguirnos más allá. Su función no era perseguir. Era dejar claro hasta dónde llegaba su control. Nos alejamos sin mirar atrás más de lo necesario. Solo cuando estuvimos a una distancia segura, nos detuvimos a respirar con calma. Nadie habló de inmediato. pues cada uno estaba procesando lo que acabábamos de ver y lo que habÃamos encontrado bajo la tierra.
53:13 DÃas después denunciamos lo ocurrido, entregamos la ubicación del rancho y explicamos lo que habÃamos hallado. Se levantó un reporte básico, se mencionaron restos humanos enterrados y cruces marcando puntos especÃficos. No hubo mayor seguimiento y el lugar quedó registrado como una zona aislada y de difÃcil acceso. No hubo patrullajes constantes ni excavaciones formales. El rancho siguió estando lejos de todo, sin presión, sin vigilancia y sin interés real por parte de nadie. Con el tiempo, el caso se fue diluyendo entre otros similares. Nunca regresé a ese lugar. Tampoco volvà a buscar objetos en terrenos aislados, sin antes investigar con más cuidado. Lo ocurrido en ese rancho cambió la forma en que veÃa ese tipo de actividades. Con los años entendà que no se trataba de brujerÃa ni de leyendas en sÃ, pues las historias sobre mujeres vestidas de negro, de brujas que trabajaban a los empleados para entregarlos como ofrendas o hacer brujerÃa con ellos, no hablaban de algo sobrenatural, era algo real. Hablaban de personas reales, de brujas que usaron ese terreno durante mucho tiempo para desaparecer gente sin levantar sospechas. El aislamiento, el abandono y el silencio hicieron el resto. Nadie preguntó demasiado, nadie quiso mirar de cerca, y el rancho se convirtió en un sitio funcional para
54:44 ocultar los crÃmenes de esas brujas, protegido por su ubicación y por la costumbre de no involucrarse. A veces recuerdo ese lugar cuando escucho historias parecidas sobre terrenos abandonados. Pienso en lo fácil que resulta que algo asà continúe mientras no haya atención real. El rancho sigue ahÃ, las construcciones siguen deteriorándose y la tierra sigue cubriendo lo que alguien decidió enterrar. Yo elegà no volver a cruzar ese camino, pues algunas decisiones se toman una sola vez y se sostienen para siempre. Debo comenzar diciendo que siempre fui un amante de los perros de cualquier raza o tipo. Siempre me encantaron. A la edad de 10 años, mis papás me regalaron una perrita coli de pelo largo. Tanto ella como yo nos llevamos muy bien desde el minuto uno. Y es que jamás creà volver a tener una conexión tan fuerte con ningún otro animal. Le puse musa. Ella nunca requirió de ningún entrenamiento para no hacerse del baño dentro de la casa. o para comportarse de manera adecuada. Para mÃ, ella siempre fue el perro perfecto. Musa estuvo conmigo desde esa edad hasta que me mudé de casa de mis padres, y al tener una conexión tan importante con ella, yo no iba a permitir que se quedara en la casa
56:16 de mis papás. Me la llevé conmigo a mi nuevo hogar. Nunca habÃa sido una persona de muchos amigos, mi cÃrculo social siempre fue muy limitado, y mi pasatiempo favorito era el senderismo. lo cual también era perfecto para pasear a Musa, pues, para quien no lo sepa, los perros de esa raza suelen tener mucha energÃa. Muy a menudo me levantaba temprano para hacer senderismo en un cerro que quedaba más o menos cercano a mi hogar. Viajábamos 20 minutos en auto y después lo dejábamos estacionado para subir el cerro juntas. Esta actividad era algo que me encantaba y me atreverÃa a decir que a Musa también. Ver el amanecer prácticamente todos los dÃas era algo que sentÃa muy nuestro. Una madrugada estacioné el auto y noté que Musa estaba un poco más inquieta de lo habitual, pero no le tomé mucha importancia porque por cuestiones de trabajo no habÃa tenido tiempo para hacer senderismo con ella. Solo la habÃa sacado a pasear un poco, y por eso supuse que tenÃa mucha energÃa contenida. Le puse la correa y comenzamos a caminar.
57:28 Como era de madrugada, habÃa muy pocas personas por ahÃ, pero esto tampoco era inusual. Caminamos probablemente una hora y media sin ningún problema. En algún punto nos pasó un señor que siempre subÃa el cerro en bicicleta, pero debo decir que ese dÃa en particular sà estaba más solo de lo habitual. O al menos eso es lo que recuerdo. Como mencioné antes, Musa tenÃa mucha energÃa y parecÃa estar más alerta de lo normal. Era una mascota muy bien portada y siempre seguÃa mis indicaciones. Pero en ese momento habÃa ratos en los que tiraba de la correa para avanzar más rápido. En esta ocasión llegó un momento en el que comencé a sentirme muy extraña. No sé por qué, pero en todos mis años haciendo senderismo, nunca me habÃa sentido de esa manera. Era como si todo mi cuerpo me dijera que debÃa dar vuelta y salir corriendo de ahÃ.
58:24 En ese momento estaba más adentrada en el cerro de lo habitual, y era la primera vez que algo asà sucedÃa. Pero tenÃa que parar. Volté a ver a mi mascota. Me di cuenta de que ella también parecÃa sentir algo similar. Se veÃa nerviosa, con la cola entre las patas y mirando en todas direcciones, como si esperara que algo malo estuviera a punto de ocurrir. A pesar de este sentimiento, decidà seguir adelante. Nunca habÃa experimentado algo asÃ, y pensé que quizás solo era una especie de sugestión sin fundamento. HabÃa recorrido ese cerro muchas veces y nunca habÃa tenido una experiencia peligrosa. Pensé que quizás estaba transmitiendo mi miedo a Musa, y por eso seguà avanzando. Noté que Musa estaba ahora muy atrás de mÃ. En algunas ocasiones tuve que jalar un poco la correa para que siguiera avanzando.
59:22 Caminé unos 20 minutos más, sin ver señales de vida humana. Ya estaba comenzando a amanecer. A esas horas ya habÃa gente ahÃ. Pero no lograba ver a nadie por ningún lado, casi al mismo tiempo que noté esto. También me di cuenta de que llevaba varios minutos sin escuchar ningún tipo de sonido. No habÃa insectos, aves, nada. Era como si todo a mi alrededor hubiera quedado en silencio, casi como si Musa y yo fuéramos los últimos seres vivos en el mundo. Ya no podÃa soportarlo más y pensé que debÃa dejar de ignorar que algo raro estaba pasando. Di vuelta, dispuesta a regresar. Musa parecÃa comprender lo que estaba pasando y también parecÃa feliz con mi decisión. Caminaba con prisa, tirando de la correa, algo que nunca habÃa hecho, lo cual solo aumentaba el miedo que yo sentÃa. Probablemente no habÃamos avanzado más de un metro, Musa se volvió loca.
1:00:23 Como mencioné antes, era un perro ejemplar, pero comenzó a ladrar desesperadamente, enseñando los dientes y dispuesta a atacar. Yo no entendÃa a quién se lo estaba haciendo, porque no podÃa ver a nadie por ningún lado. Sin importar hacia dónde volteara, no veÃa más que vegetación. No habÃa sonidos ni personas a la vista. Musa dejó de ladrar sin dirección especÃfica y empezó a hacerlo hacia un punto en particular. Era un sitio sin sendero, con hierba alta que daba la impresión de que nadie pasaba por ahÃ. Pensé que si Musa estaba ladrando a algo, probablemente se trataba de un conejo o un tlacuache. Eso tampoco era tÃpico de mi amada mascota, pero intenté calmarla, tirando de la correa y diciéndole que debÃamos irnos. Pero ella no se detenÃa.
1:01:15 Mi fuerza no fue suficiente para seguir conteniéndola y la solté. Musa corrió hacia la dirección en la que habÃa estado ladrando. Intenté perseguirla, pero ella era mucho más rápida que yo. Apenas logré seguirla un par de metros antes de perderla de vista. La llamé, pero no me respondió. Pasé prácticamente el resto del dÃa en el cerro, tratando de encontrar cualquier señal de mi querida mascota, pero no pude verla. La gente comenzó a pasar con normalidad. Algunos, que ya me conocÃan de otras veces, se detuvieron y me preguntaron qué sucedÃa. Les conté la situación y algunos trataron de ayudarme a buscarla, pero no logramos encontrarla. Estaba devastada por haber perdido a mi mascota y me culpaba. pensando que tal vez el presentimiento que habÃa tenido era una advertencia para regresar antes de que sucediera algo malo. Sin más opciones, decidà volver al auto y regresar al dÃa siguiente para continuar la búsqueda, pues no llevaba agua y tampoco habÃa desayunado, por lo que no tenÃa fuerzas para seguir. Estaba a unos 15 metros de salir de la zona del cerro y dirigirme al estacionamiento. Escuché que algo corrÃa detrás de mÃ.
1:02:30 Era un sonido inconfundible, un perro. Los dueños de mascotas entenderán cuando digo que sabemos cómo suenan las pisadas de nuestros animales. Lo supe y al voltear vi a Musa corriendo hacia mÃ. Sonreà y la esperé, abrazándola en cuanto llegó. Era ella, pero ya no tenÃa ni su collar ni su correa. Supuse que se habÃan roto durante el forcejeo y que los habÃa perdido por ahÃ. No habÃa duda de que era Musa. Su pelaje olÃa igual y se veÃa como siempre. Estaba feliz y después de reponerme un poco, la subà al auto y nos fuimos a casa. Me sentÃa afortunada, tal vez demasiado como para darme cuenta de que Musa se comportaba de forma extraña. Se subió al auto sin problemas, pero no hizo lo que solÃa hacer, asomarse por la ventana y sacar la lengua. En lugar de eso, se quedó sentada en el asiento trasero, mirando fijamente el espejo retrovisor. Supongo que estaba tan contenta de haberla encontrado que no le presté mucha atención. Al llegar a casa, bajé a Musa y noté que su pelaje estaba lleno de pasto y tierra, como si se hubiera peleado con otro animal, tal vez un mapache. Busqué heridas en su cuerpo, pero parecÃa estar bien en la parte superior y en las patas. Pensé que lo mejor serÃa darle un baño. Fui por su cepillo y comencé a desenredar su pelaje. Estaba anudado, pero, como era reciente, pude
1:04:01 ir deshaciendo los nudos y quitando el pasto con algo de esfuerzo. Noté que Musa se enojaba con rapidez cada vez que tiraba un poco más fuerte de lo normal. Me mostraba los dientes, algo que jamás habÃa hecho conmigo. No le di importancia y pensé que tal vez seguÃa alterada por lo que habÃa pasado. Seguà con la tarea hasta que me topé con un nudo muy difÃcil de deshacer. Traté de hacerlo con cuidado, pero pronto me frustré y tiré con fuerza. Solo tuve un par de segundos para reaccionar antes de que Musa me lanzara una mordida. Logré apartarme a tiempo, pero ella alcanzó a morder el cepillo.
1:04:42 Me quedé alterada y desconcertada. Musa nunca se habÃa comportado asà conmigo ni con nadie. La estilista a la que la llevaba solÃa decir que era una de sus clientas favoritas por lo bien que se comportaba. Pero Musa me gruñÃa y se alejaba, con el pelaje erizado, como si me estuviera advirtiendo que no me acercara más. No supe qué pensar o cómo actuar, pues por una parte sabÃa que ese no era un comportamiento normal en mi mascota. También creÃa que quizás habÃa sido mi culpa. Tal vez la habÃa cepillado con demasiada fuerza y la habÃa lastimado. Pensé que podÃa deberse a todo el tiempo que habÃa estado perdida y sin compañÃa. Después de todo, los eventos aún eran demasiado recientes. Decidà que lo más prudente serÃa esperar hasta el dÃa siguiente para llevarla con la estilista de siempre, quien se encargarÃa de revisar a Musa. Durante ese dÃa noté que llegó la hora de sacarla a pasear por la tarde, pero ella no quiso salir. Esto también era algo extraño. Siempre disfrutaba nuestros paseos, pero era como si solo quisiera que la dejara en paz. Ya no sentÃa que tuviéramos una conexión. Más bien parecÃa que la estaba fastidiando y que no querÃa estar conmigo. A la mañana siguiente la llevé con la estilista. En cuanto llegamos, Musa se resistió a entrar al lugar, retrocedÃa y trataba
1:06:12 de escapar, lo cual también era un comportamiento extraño, pues solÃa amar ir al veterinario y a la estética canina. Era como si tuviera una personalidad totalmente diferente a la que conocÃa. A pesar de su resistencia, con ayuda del doctor que estaba presente, pues la estética también funcionaba como consultorio veterinario, Logramos meterla al área de estética. El personal me indicó cuándo deberÃa regresar por ella y me fui a casa. Pero no pasó ni una hora cuando me llamaron para decirme que tenÃa que recoger a Musa. HabÃa ocurrido un accidente tan grave que no podrÃan terminar con el servicio. Extrañada, fui a ver qué habÃa pasado. Llegué, el doctor se veÃa muy preocupado y pálido. Me informó que la estilista habÃa tenido que ser llevada de urgencia al hospital. Musa la habÃa atacado con tal ferocidad que no solo la habÃa mordido en la cara, sino que también casi le habÃa arrancado el pulgar. Me disculpé con el doctor, explicándole que Musa nunca habÃa actuado de esa manera.
1:07:19 Ãl estuvo de acuerdo y me dijo que en ese lugar tenÃan a Musa en muy buen concepto, y por eso tampoco entendÃa qué habÃa pasado. Si no fuera porque llevaba un buen control de sus vacunas, el doctor habrÃa pensado que tenÃa rabia. Me entregó a Musa. Noté que su pelaje no solo tenÃa nudos, sino también algunas manchas de sangre de la estilista. Me la llevé de regreso a casa sin saber qué hacer ni qué pensar. Intenté ponerme en contacto con la familia de la estilista para ofrecer mi ayuda, pues me sentÃa muy culpable. Ellos me dijeron que aún no podÃa visitarla, pero entendÃan que no habÃa sido mi culpa y que, en cierta medida, era un riesgo del oficio. Me explicaron que tendrÃa algunas cicatrices visibles por un tiempo, pero los doctores aseguraban que las heridas habÃan sido más o menos superficiales, salvo por la lesión en la mano, pero que podrÃa recuperarse con el tiempo.
1:08:17 Pensé que quizás la inactividad habÃa hecho que Musa canalizara toda su energÃa en forma de agresividad. No sabÃa si eso era cierto, pero lo habÃa leÃdo antes y traté de convencerme de que esa era la explicación. A la mañana siguiente decidà volver con ella al cerro. Esta vez compré una correa más reforzada para evitar que se me escapara de nuevo y fui más tarde de lo habitual, esperando encontrar más personas alrededor por seguridad. El dÃa era bastante concurrido y noté que al menos cinco personas también caminaban o corrÃan cerca de nosotros. Muy rápido me di cuenta de que Musa no disfrutaba estar ahÃ. QuerÃa alejarse.
1:09:01 Intenté hacer que liberara energÃa corriendo, y probablemente recorrimos unos tres kilómetros cuando escuché un alboroto. A unos metros más adelante, muchas personas se habÃan reunido alrededor de un punto. Se me hizo un poco extraño, pues las personas no solÃan detenerse de esa manera. Generalmente, uno solo avanzaba y tal vez tomaba una foto ocasional. Pero ahà terminaba toda la situación. Me acerqué para ver qué estaba pasando. pero entre tanta gente no alcanzaba a ver nada. Lo primero que hice fue preguntarle a un señor que estaba parado cerca qué era lo que ocurrÃa, y él me respondió que algún enfermo habÃa desollado a un perro. Esa noticia me revolvió el estómago. No podÃa creer que alguien fuera capaz de hacer algo asà a un ser tan puro como un perro.
1:09:52 Por un momento pensé en no mirar, pues siempre habÃa sido muy empática con estos animales y sabÃa que serÃa un fuerte shock para mÃ. Pero una parte de mà insistÃa en que debÃa verlo. Comencé a caminar abriéndome paso entre la multitud hasta llegar al lugar donde yacÃa el cuerpo del animal. Llegué, me quedé en shock. Efectivamente, era un perro sin un solo rastro de piel. La escena era tan perfecta que parecÃa que alguien se habÃa encargado de quitarle la piel de manera meticulosa y detallada. Pero lo que más me impactó no fue solo el cuerpo en sÃ, sino que el perro todavÃa llevaba puesto su collar y correa. Reconocà esas pertenencias. Eran de Musa. Era un collar que yo misma le habÃa mandado hacer, con su nombre grabado en letras grandes. No habÃa manera de confundirlo con ningún otro. Instintivamente, volteé a ver al perro que habÃa llevado conmigo desde el cerro el dÃa anterior, jurando que era mi amada mascota. Nadie en la multitud parecÃa haberse percatado de esto. Muchos me conocÃan de vista, pero nadie podrÃa haber adivinado que el perro sin vida que yacÃa frente a todos de manera tan horrible era mi fiel compañera. miré el otro extremo de la correa que yo sostenÃa y vi como la que creÃa que era Musa me observaba fijamente como tratando de adivinar si me habÃa dado cuenta o no no podÃa pensar todo estaba borroso en mi mente Musa o lo que fuera
1:11:25 esa cosa mordió mi mano la que sujetaba la correa la multitud comenzó a dispersarse al notar al perro agresivo pero justo solté la correa ella dejó de morderme y salió corriendo desapareciendo de la vista de todos. Nunca más la volvà a ver. Dos dÃas después, fui al hospital a visitar a la estilista a quien Musa, o lo que fuera, habÃa atacado. Me vio. Estaba muy seria. No sabÃa si contarle lo que habÃa vivido. Especialmente porque, para ese momento, ya no estaba segura de si habÃa sido real o si alguien habÃa encontrado el collar y la correa en el cerro y los habÃa puesto en otro perro de la misma raza y complexión. Antes de que pudiera decir algo, ella me dijo que deberÃa deshacerme de mi perra, pues algo muy malo le habÃa sucedido. Le pregunté de qué estaba hablando exactamente y me contó que habÃa escuchado a Musa hablar. Dijo que el dÃa del accidente habÃa ido al baño y al salir, escuchó a alguien murmurando lo horrible que era el lugar, pensando que alguien habÃa entrado al área de la estética. Se apresuró a salir, pero solo encontró a Musa mirándola fijamente. Aterrada, recordó historias de perros que actuaban de manera extraña. Se dio vuelta para alejarse, pero escuchó a Musa decirle que sabÃa que la habÃa escuchado. Antes de que pudiera reaccionar, Musa se le abalanzó. El doctor llegó poco después y la rescató. Le conté lo que me habÃa pasado. De
1:12:58 alguna manera me consuela pensar que Musa está descansando en paz, pero la idea de que aquella cosa tenga su piel y esté suelta por ahà Me revuelve el estómago.
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