Jan. 19, 2026

Cruces Boca Abajo Marcaban Lo Que Nadie Quería Ver: Rancho De Las Brujas Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Recuerdo que en ese momento trabajaba reuniendo casos antiguos, que nunca llegaron a juicio formal, no por falta de hechos, sino porque nadie quiso sostenerlos hasta el final. Me interesaban esas historias donde había denuncias, operativos a medias y expedientes que terminaban archivados, sin una resolución clara. No buscaba mitos ni relatos populares, solo hechos mal cerrados. Así fue como llegué al caso de tres hermanas, de un pueblo pequeño de Misiones, un lugar que no figuraba en rutas turísticas ni en registros importantes, apenas mencionado en informes internos y notas locales que con el tiempo dejaron de circular. En los archivos no aparecían nombres completos ni declaraciones formales extensas, lo que se repetía era una secuencia de hechos que nunca se pudo ordenar del todo. Primero comenzaron a morir animales en las zonas cercanas, a la casa donde vivían las hermanas. No fue algo repentino ni masivo. Eran muertes aisladas, que al principio se atribuyeron a enfermedades comunes. Pero con el paso de los meses, algunas personas del pueblo empezaron a enfermar sin un diagnóstico claro. Los síntomas se agravaban rápido y en varios casos el desenlace fue fatal. No había un patrón médico definido. Pero la cercanía geográfica con la casa de las hermanas empezó a generar sospechas. En ningún documento oficial se hablaba de brujería. Las palabras que

1:38 aparecían eran otras. Conductas extrañas, aislamiento social, conflictos vecinales, acumulación de objetos y denuncias reiteradas. Aún así, era evidente que el señalamiento no nació de una investigación, sino de la presión del pueblo. las autoridades locales organizaron un operativo improvisado no hubo orden judicial sólida ni peritajes previos entraron a la casa acompañados por vecinos el procedimiento fue desordenado y quedó mal registrado la casa fue vaciada casi por completo muebles, ropa, utensilios, papeles personales y objetos hechos a mano parte de ese contenido fue destruido en el lugar Otra parte fue retirada para supuestos análisis que nunca se documentaron de forma clara.

2:30 No existe un inventario detallado de lo que se llevó ni del destino final de esos objetos. Lo único que quedó asentado fue que las hermanas abandonaron el pueblo poco después y que no volvieron a ser vistas juntas. Durante la investigación conocí a un hombre que había trabajado como empleado municipal en esa época. No fue protagonista del operativo, pero estuvo presente en el traslado de los objetos. No hablaba con intención de justificar nada, solo describía lo que había visto. Me dijo que muchos de los objetos retirados nunca llegaron a ninguna dependencia oficial. Algunos quedaron en depósitos improvisados, otros fueron repartidos entre distintas personas con el paso de los años. Hubo quienes los vendieron, quienes los intercambiaron y quienes simplemente los guardaron sin saber bien qué hacer con ellos.

3:25 Ese dato me quedó marcado, porque explicaba por qué el caso estaba incompleto. No solo faltaban conclusiones, faltaban pruebas materiales. El expediente hablaba de ciertos objetos, pero nadie podía decir dónde estaban. No había fotografías claras ni descripciones precisas. Todo se había diluido con el tiempo y con la falta de interés institucional por sostener una investigación que ya era incómoda para todos. Meses después, cuando ya estaba trabajando en otra investigación y había dejado ese caso en pausa, encontré uno de esos objetos en un mercado de antigüedades. No lo buscaba. Estaba revisando cajas viejas, libros usados y piezas sin valor aparente cuando lo vi. Era un muñeco pequeño, hecho a mano, con tela gastada y costuras simples. No estaba bien conservado, no tenía rasgos exagerados ni detalles que llamaran la atención. Si no hubiera conocido la historia, lo habría pasado por alto sin dudarlo. El vendedor no ocultó su origen, dijo que provenía del interior y mencionó el pueblo casi como un dato sin importancia. No lo presentó como algo especial ni le atribuyó ningún significado. El precio era bajo y nadie más parecía interesado. No generaba rechazo ni curiosidad en quienes pasaban por ahí. Solo estaba colocado entre otros objetos comunes, sin ninguna intención de destacarlo. Lo

4:58 compré porque encajaba con el caso, y porque representaba algo que no tenía, una prueba física. Hasta ese momento, todo lo que sabía sobre las hermanas existía solo en papeles incompletos y relatos de terceros. El muñeco no me produjo ninguna sensación particular. No sentí incomodidad ni alerta. Me pareció un objeto más, maltratado por el tiempo, que podía ayudarme a reconstruir una historia que había quedado fragmentada. Lo llevé a casa con la intención de documentarlo. Pensaba fotografiarlo, registrar sus materiales, compararlo con las descripciones vagas que aparecían en los archivos y luego guardarlo junto al resto del material.

5:44 No planeaba exhibirlo ni estudiarlo en profundidad. Solo quería tenerlo como respaldo de algo que hasta entonces había sido fácil de descartar por falta de pruebas. En ese momento no consideré que el objeto pudiera tener otra función, más allá de la histórica. Para mí era el resultado de una acusación colectiva mal manejada y de un operativo deficiente. No veía en él una amenaza ni un símbolo. Era simplemente una pieza suelta de un caso olvidado, que nadie quiso cerrar correctamente. Pensé que, como tantas otras veces, el valor del hallazgo estaría en lo que pudiera escribir después, no en el objeto en sí, y que una vez archivado quedaría inmóvil sin alterar nada más allá de mis notas.

6:32 Al principio no ocurrió nada. El muñeco quedó guardado junto a otros objetos que había reunido con los años, piezas que solo tenían valor documental. y que rara vez volvía a tocar después de archivarlas. No le asigné un lugar especial ni tomé ninguna precaución. Lo dejé primero sobre una repisa, luego dentro de una caja junto a papeles viejos, después sobre una mesa mientras ordenaba notas y fotografías. Lo moví varias veces sin pensar demasiado en él, pues para mí seguía siendo un objeto más, una prueba muda de un caso mal documentado, sin peso real fuera del archivo. Durante varios días no noté nada fuera de lo común. Mi rutina siguió igual. Salía, trabajaba, regresaba y continuaba con otros temas.

7:22 El muñeco permanecía ahí, a veces visible, otras veces olvidado. Si alguien me hubiera preguntado en ese momento si algo había cambiado desde que lo llevé a casa, habría dicho que no. No había ruidos claros, no había sobresaltos, no había situaciones que me obligaran a detenerme o a prestar atención. Los primeros hechos concretos aparecieron de forma dispersa y fácil de justificar. Una noche escuché un ruido seco en la habitación donde guardaba los objetos. No fue fuerte ni prolongado, así que pensé que era la estructura del edificio, madera acomodándose, algo común. Otro día encontré el muñeco en una posición distinta a la que recordaba, pero asumí que yo mismo lo había movido sin notarlo. No hice anotaciones y no tomé fotografías, ni le di importancia. Con el paso de los días comenzaron a repetirse pequeñas situaciones que ya no podía explicar con tanta ligereza. Aparecieron restos de tierra en el suelo. cerca de donde había estado el muñeco. No eran grandes cantidades, apenas manchas irregulares, como si algo hubiera sido apoyado ahí y luego retirado. Limpié sin pensar demasiado, supuse que era suciedad arrastrada desde afuera o polvo acumulado.

8:44 Empecé a dormir mal, no era miedo, pues no me despertaba sobresaltado ni con ansiedad, simplemente no descansaba. Me dormía con facilidad, pero los sueños se repetían de forma insistente, siempre el mismo espacio cerrado, visto desde un punto bajo, como si estuviera dentro de algo reducido, no había personas, no había símbolos, ni había voces, solo la sensación constante de encierro y de inmovilidad, pero al despertar sentía cansancio, una fatiga que no se iba con el día, los sueños no variaban, no se volvían más intensos ni más claros, Eran exactamente iguales, noche tras noche. Aún así, seguí sin relacionarlos con el muñeco. Pensé que eran consecuencia del trabajo acumulado, de pasar demasiado tiempo revisando expedientes incompletos, historias de muertes sin cierre y archivos llenos de vacíos. Una noche, mientras trabajaba en la sala, escuché un golpe leve proveniente de la habitación donde guardaba los objetos. No fue un estruendo ni algo violento, Al entrar vi que el muñeco había caído al suelo. No había señales evidentes de que algo lo hubiera empujado. Estaba acostado de lado, como si simplemente hubiera perdido el equilibrio. Pero al levantarlo noté que una de las costuras se había abierto, pero la tela estaba

10:14 vieja y no me sorprendió que se diera. Dentro había más material del que esperaba. No se trataba solo de relleno común. Había elementos personales que no coincidían con un objeto decorativo simple. Cabellos humanos, fragmentos de tela diferente, tierra compactada en capas. Todo estaba apretado de una forma que no parecía improvisada. No sentí miedo en ese momento. Sentí una incomodidad concreta. La certeza de haber tocado algo. que no debía manipularse sin cuidado. Dejé el muñeco sobre la mesa y cerré la habitación. Pensé que lo mejor sería documentarlo con calma al día siguiente, como había hecho con otros objetos. Esa noche volví a soñar lo mismo. El espacio cerrado y la imposibilidad de moverse. Pero esta vez el sueño terminó de forma abrupta, como si algo se hubiera interrumpido antes de completarse. Desde ese momento, los hechos comenzaron a intensificarse. Los ruidos dejaron de ser esporádicos. Aparecían siempre en el mismo lugar y a distintas horas. Las manchas de tierra reaparecían incluso después de limpiar, y un olor persistente empezó a instalarse en la casa. No era fuerte ni penetrante, pero era constante. Era un olor a tierra húmeda, a encierro prolongado. Lo raro era que no se extendía por toda la casa. Siempre se concentraba alrededor

11:45 del lugar donde había estado el muñeco. También empecé a notar marcas nuevas en paredes y muebles, pequeñas raspaduras que no recordaba haber visto antes. No aparecían de golpe, se acumulaban con los días. Todo seguía un mismo patrón de cercanía, nada ocurría lejos de ese punto, y todo parecía girar alrededor del espacio que yo había considerado inofensivo. Fue entonces cuando entendí que el error no había sido comprar el muñeco, tampoco llevarlo a casa. El error fue tratarlo como algo neutral, moverlo sin cuidado y abrirlo sin comprender su función. Hasta ese momento había pensado en él como un objeto pasivo, una pieza histórica sin capacidad de alterar nada por sí misma, pero los hechos me obligaron a aceptar que no estaba frente a algo común. No sabía qué era. ni por qué ocurría, y no tenía una explicación clara ni buscaba una en ese momento. Lo único que entendí fue que al romper esa costura había provocado un cambio y que desde entonces la casa ya no se comportaba como antes.

12:58 Los sueños habían dejado de ser simples repeticiones y se habían convertido en una advertencia que todavía no lograba comprender del todo. Después de varios días intentando ordenar lo que estaba ocurriendo, volví a contactar al hombre del pueblo. No lo hice buscando una explicación extraordinaria ni una solución ritual, sino porque era la única persona que había estado cerca del origen de los objetos y que aún aceptaba hablar del tema. Al principio respondió con la misma distancia de siempre, frases cortas y respuestas medidas. Pero cuando le describí con detalle lo que había pasado desde que el muñeco se abrió, su forma de hablar cambió. Dejó de responder cortante y se notó la preocupación y el miedo en su tono de voz. No intentó nombrar lo que había estado contenido en el muñeco. No usó palabras que explicaran ni definieran nada.

13:56 Solo me dijo que uno de esos muñecos no era representativo ni decorativo. que no había sido hecho para señalar a nadie ni para cumplir una función simbólica. Según él, había sido utilizado para contener algo, que no supieron destruir cuando intervinieron la casa. No lo describía como un espíritu ni como una entidad, lo explicaba como una consecuencia, algo que había quedado mal cerrado, después de prácticas que no se comprendieron del todo y que, en lugar de desaparecer, tuvieron que ser inmovilizadas. Me dijo que ese tipo de objetos no debían moverse bajo ninguna circunstancia, no porque fueran peligrosos por sí mismos, sino porque cumplían una función concreta, ligada al lugar donde fueron creados. Sacarlos de ahí, abrirlos o manipularlos, rompía ese equilibrio precario que se había impuesto como solución improvisada. No hablaba con dramatismo ni con advertencias exageradas.

14:59 Me lo decía con resignación, pues había aprendido a no discutir ciertos temas y a aceptar que algunas decisiones solo pueden corregirse devolviendo las cosas a su sitio. En ese momento entendí que no había nada más que investigar en archivos ni documentos. El problema no era la falta de información, sino haber creído que todo podía ser trasladado, clasificado y almacenado sin consecuencias. La idea de que cualquier objeto puede ser separado de su contexto sin alterar nada se me volvió absurda. Decidí regresar al pueblo con los restos del muñeco. No fue una reacción impulsiva ni una huida. Fue la única opción práctica para intentar cerrar algo que yo mismo había alterado. El viaje fue silencioso. Sentí urgencia y miedo.

15:50 Y también sentí una responsabilidad concreta. Una necesidad de resolver algo. que había provocado por descuido y exceso de confianza. Al llegar, el hombre me indicó el sitio exacto, donde originalmente se había enterrado el objeto. No era un lugar visible ni marcado, no había cruces, señales ni referencias claras. Era un terreno apartado, cubierto por vegetación, que con el tiempo había quedado fuera del tránsito normal del pueblo. No hubo rituales ni palabras especiales. No hubo instrucciones complejas ni gestos simbólicos. Cavamos lo suficiente para devolver los restos al lugar y cubrirlos de nuevo.

16:34 No se dijo nada durante ese proceso. Fue un acto deliberado, concreto y final. Al terminar, no sentí alivio inmediato ni una sensación clara de cierre. Simplemente hice lo que debía hacerse, sin esperar una respuesta visible a cambio. Los cambios fueron inmediatos. Esa misma noche dormí sin sueños. No fue un descanso profundo ni reparador, pero fue la primera vez en semanas que no desperté con la sensación constante de encierro. Al regresar a casa, los ruidos habían cesado por completo. Las manchas de tierra no volvieron a aparecer. El olor persistente desapareció sin dejar rastro, y las marcas nuevas dejaron de acumularse.

17:21 No hubo un proceso gradual ni señales intermedias. Todo se detuvo de una manera limpia, casi administrativa. No intenté comprobar nada más, aunque sabía que era un muñeco con brujería, que contenía algo muy malo, y entendí que cualquier intento de verificar o profundizar sería repetir el mismo error desde otro ángulo. Guardé mis notas, fotografías y grabaciones, y el artículo nunca se publicó completo. Solo fragmentos generales, sin mencionar el objeto ni los detalles finales. El caso quedó incompleto, como tantos otros que pasan por manos de investigadores y periodistas, sin llegar a una conclusión pública. Esa decisión tuvo consecuencias.

18:08 Perdí contactos que había construido durante años. Algunas puertas se cerraron sin explicación. Hubo personas que dejaron de responder llamadas y correos. Insistir en una historia que nadie quería revivir tuvo un costo profesional que asumí sin reclamar. No podía justificarlo de otra manera sin volver a exponer algo que debía permanecer enterrado. Con el tiempo, el caso dejó de ocupar espacio en mi trabajo diario, pero no desapareció del todo. Quedó como una referencia constante sobre los límites de lo que puede investigarse, sin alterar cosas que no fueron creadas para circular. Aprendí que no todo objeto antiguo merece ser rescatado ni exhibido. Algunos fueron hechos para cumplir una función específica, en un contexto determinado, y sacarlos de ahí. No revela una verdad oculta, ni corrige una injusticia. Solo libera consecuencias que nadie está preparado para manejar. Hoy, al recordarlo, no pienso en el muñeco como una pieza extraña, ni como una amenaza latente. Lo pienso como un error de criterio, una muestra de cómo la obsesión por completar historias puede llevar a ignorar límites que no aparecen en archivos ni en testimonios. Hay cosas que fueron creadas para permanecer inmóviles, ocultas, no por superstición ni por miedo, sino porque esa fue la única forma que encontraron quienes estuvieron antes para contener

19:41 lo que no pudieron resolver de otra manera. El caso nunca tuvo un cierre oficial, y las hermanas brujas siguen siendo un registro incompleto en papeles viejos. El muñeco ya no circula, y yo entendí demasiado tarde que hay historias que no necesitan ser contadas hasta el final para comprenderse. A veces basta con saber cuándo detenerse. y aceptar que cerrar un caso no siempre significa publicarlo, sino asumir la responsabilidad de no volver a mover lo que ya fue devuelto a su lugar. Recuerdo bien esa etapa de mi vida, porque fue cuando trabajé como guía en la zona montañosa del municipio de Arteaga. No era un trabajo turístico, como los que se anuncian en redes o agencias. Era algo más simple. La gente llegaba, preguntaba por caminos, por senderos, por cuevas, y yo los acompañaba porque conocía el terreno desde joven. Había caminado esas montañas muchas veces y sabía distinguir los lugares en donde se podía entrar y en los que era mejor dejarlos en paz. La cueva de la que hablo no era un atractivo oficial, no tenía señalamientos ni rutas marcadas. La gente del municipio la conocía, pero no hablaba mucho de ella. Durante el día, algunos

21:12 entraban unos metros para ver el interior, tomar fotos o refrescarse del calor. Y al caer la noche, nadie del lugar se acercaba. No porque alguien lo prohibiera, sino porque así se había aprendido con los años. Un día llegó un grupo de turistas que pidió un recorrido nocturno. No eran imprudentes ni estaban ebrios. Habían escuchado historias sobre risas y cantos femeninos dentro de la cueva, y querían conocerla de noche. Me preguntaron si era posible entrar con linternas y avanzar un poco. Les aclaré desde el inicio que solo los llevaría hasta la parte inicial, donde el suelo es firme y el techo alto. Pero no ofrecí nada más.

21:59 Aceptaron sin discutir y prepararon sus lámparas y entramos cuando ya no quedaba luz natural suficiente para ver el interior sin ayuda. Desde la entrada, la cueva se veía amplia. No era un túnel recto. Desde los primeros metros, se dividía en varios pasajes irregulares. El suelo descendía en algunas partes y se elevaba en otras. Había zonas donde el techo se cerraba un poco. y otras donde se abría lo suficiente para caminar sin encorvarse. Avanzamos despacio. Yo iba al frente marcando el paso. A cada tramo les indicaba dónde pisar y dónde no. El sonido dentro de la cueva no se comportaba como en otros lugares. Las voces no regresaban claras. A veces parecían perderse y otras parecían venir de lados distintos al que hablaba. No era algo alarmante, era solo una característica del lugar. Después de unos minutos comencé a escuchar cantos suaves. No eran fuertes ni cercanos, y no parecían venir de una sola dirección. Se desplazaban dentro de la cueva como si viajaran por los pasajes laterales.

23:07 No se escuchaban palabras claras, eran voces femeninas sosteniendo un tono continuo, sin subir ni bajar demasiado. El grupo se detuvo a escuchar. Yo les pedí que continuáramos unos metros más y luego regresaríamos. No sentí miedo en ese momento. Solo lo tomé como un sonido que se amplificaba por la forma de la cueva. Sin embargo, los cantos no se detenían. Se mantenían constantes, aunque no aumentaban de volumen. Llegamos al punto que había acordado. El suelo seguía firme y el techo alto. Y ahí decidí regresar. No porque los sonidos fueran más intensos, sino porque ya habíamos llegado hasta donde yo consideraba seguro, para una visita nocturna. Me di la vuelta y empecé a guiarlos de regreso. Fue entonces cuando noté que la orientación ya no era clara.

24:02 La luz exterior, que antes se distinguía al fondo del pasaje, no se veía igual. No estaba completamente ausente, pero tampoco estaba donde esperaba. El camino parecía más largo, las paredes se veían similares entre sí, sin las marcas que yo recordaba haber pasado minutos antes. Avanzamos en silencio y los cantos seguían escuchándose, pero ahora parecían rodearnos. Se mantenían a la misma distancia, como si se movieran al mismo ritmo que nosotros. Me detuve para revisar el terreno, alumbré hacia atrás, hacia los lados y hacia el frente. El pasaje por el que habíamos entrado no se veía igual. No había señales de derrumbe ni de bloqueo reciente. Simplemente no reconocía el trayecto. Intenté mantener la calma y continuar caminando. No quise alarmar al grupo y les pedí que se mantuvieran juntos y que siguieran mis indicaciones. A cada paso me resultaba más difícil identificar las referencias conocidas. Y la cueva parecía extenderse más de lo que recordaba, como si hubiéramos avanzado mucho más de lo que realmente caminamos. Ahí entendí que no estábamos donde creíamos, y no lo pensé como algo sobrenatural en ese instante. Lo entendí como una pérdida real de orientación, dentro de un sistema de pasajes que no conocía por completo. Aún así, los cantos no se detenían.

25:33 y su presencia constante hacía imposible concentrarse solo en el terreno. Decidí detener el avance y replantear la salida. En ese punto, la cueva ya no se sentía como un espacio de paso. El aire parecía más pesado y el sonido se quedaba atrapado entre las paredes. Las linternas iluminaban lo mismo una y otra vez, sin ofrecer una referencia clara de la salida. Fue ahí cuando comprendí que la situación ya no dependía solo de encontrar el camino correcto. La cueva había dejado de comportarse como un lugar normal y nosotros seguíamos dentro. Los cantos se escuchaban desde distintos puntos de la cueva.

26:16 No aumentaban de volumen, pero sí de claridad. pues ya no parecían un sonido que se dispersaba por los pasajes, se escuchaban definidos, como si cada voz tuviera un lugar específico dentro del espacio. A los pocos minutos las risas comenzaron a mezclarse con ellos, eran femeninas, constantes, sin ningún intento de ocultarse. No sonaban nerviosas ni alteradas, sonaban seguras como si siempre hubieran estado ahí. Al iluminar las paredes con la linterna noté movimiento. No fue un reflejo ni una confusión provocada por la luz. Eran sombras humanas, desplazándose con claridad sobre la piedra. Caminaban de un lado a otro, se detenían, se balanceaban con movimientos lentos, como si siguieran un ritmo que solo ellas escuchaban. No corrían ni se movían de forma brusca, y eso las hacía más inquietantes.

27:13 El grupo empezó a alterarse. Pero les pedí que se mantuvieran juntos y que no apuntaran las linternas en distintas direcciones al mismo tiempo, porque el desorden solo hacía que las sombras parecieran multiplicarse. Mientras avanzábamos con cuidado, las vi salir de los pasajes laterales, pero no aparecieron todas al mismo tiempo. Iban mostrando su presencia poco a poco, como si no tuvieran prisa. Eran mujeres encorvadas, de complexión delgada. Su forma de caminar no era rígida ni torpe. Se desplazaban con seguridad, apoyando las manos en la piedra en algunos tramos. Sus uñas eran largas y raspaban el suelo y las paredes al avanzar. El sonido era claro, constante, imposible de ignorar. Y sus ojos eran rojos y se distinguían incluso cuando no estaban directamente frente a la luz de las linternas. No llevaban ropa reconocible, no estaban cubiertas ni desnudas. Su piel se veía oscura y opaca, como si la luz no se reflejara bien en ella. No se acercaron de golpe, se movían alrededor del grupo, entrando y saliendo de los pasajes, y el sonido de las uñas arrastrándose y las risas llenaban todo el espacio. Intenté mantener el control. Les pedí que avanzáramos hacia donde creía que estaba la salida. Caminamos unos metros hasta llegar al punto donde debía comenzar el trayecto de regreso. Alumbré de

28:46 frente y me encontré con una pared sólida. No había señales de derrumbe reciente, ni rocas sueltas, ni tierra removida. Era piedra continua y lisa. Me acerqué para revisar con cuidado. Pasé la mano por la superficie buscando alguna grieta o irregularidad, pero no había nada. El camino por el que habíamos entrado simplemente ya no existía. No se trataba de una confusión visual ni de un error común de orientación. El pasaje había desaparecido. Las risas se escucharon más cerca y aunque no subieron de volumen, se sentían más presentes, como si el espacio entre ellas y nosotros se hubiera reducido.

29:29 Las brujas comenzaron a moverse de forma más cerrada alrededor del grupo. No formaron un círculo exacto, Se desplazaban de un lado a otro, acercándose y alejándose, manteniendo siempre una distancia que nos impedía avanzar con libertad. Una de ellas pasó lo suficientemente cerca como para que pudiera ver su rostro con claridad. No tenía rasgos exagerados ni deformes, pero sus facciones no eran humanas. Sus ojos rojos no parpadeaban. Su boca se abría apenas al reír, sin mostrar emoción alguna. Eso no era un disfraz, no era un animal, y ya no había duda de lo que estaba viendo. El grupo empezó a entrar en pánico. Algunos retrocedieron sin mirar y chocaron contra las paredes. Les pedí que se detuvieran y respiraran, pues gritar no servía, ya que el sonido no salía de la cueva. se quedaba atrapado, rebotando de forma irregular. Las brujas no nos atacaban y no tocaban a nadie, no extendían las manos ni mostraban los dientes, pero su sola presencia era suficiente para mantenernos inmóviles. Cada vez que intentábamos avanzar por un pasaje distinto, aparecían dos o tres más bloqueando el camino. Se desplazaban con calma, como si no tuvieran prisa ni necesidad de apresurarse. Las risas continuaban sin variar. No había burla evidente ni amenaza directa.

30:57 Era como si ese sonido formara parte del lugar, como si la cueva misma respirara a través de ellas. El ambiente se volvió pesado, no por el aire ni por el cansancio, sino por la certeza de que no teníamos control sobre la situación. Intenté buscar otra salida. Avancé con cuidado hacia uno de los pasajes laterales y alumbré con la linterna El suelo era irregular, pero firme. Antes de poder avanzar más, una de las brujas apareció frente a mí, saliendo del pasaje, como si siempre hubiera estado ahí. No extendió las manos ni hizo ningún gesto, simplemente se quedó inmóvil, bloqueando el paso. Retrocedí despacio, no sentí un empujón ni una amenaza directa, pero la advertencia era clara. Ese no era un camino permitido. El aire dentro de la cueva comenzó a sentirse distinto, era más denso, y cada respiración costaba un poco más. Las linternas seguían funcionando, pero la luz parecía perder fuerza al avanzar unos metros. Iluminaban, pero no ofrecían claridad suficiente para orientarse. Las brujas seguían moviéndose alrededor del grupo. A veces desaparecían en los pasajes y volvían a salir por otro punto. pero nunca dejaban de estar presentes. Su número no era claro, y no podía contarlas, pues parecían ser las mismas, pero también parecían más. En

32:32 ese momento entendí que no se trataba de encontrar una salida por nuestra cuenta. La cueva no estaba cerrada al azar. Estábamos dentro de un espacio controlado por ellas, no mediante violencia, sino mediante dominio total del lugar. me detuve y observé las brujas comenzaron a desplazarse hacia un pasaje más estrecho uno que antes no había considerado como opción no lo señalaron ni hicieron gestos simplemente se movieron en esa dirección y dejaron libre ese camino no sabía dónde llevaba ese pasaje ni qué nos esperaba al final pero también entendí que no teníamos otra opción pues el encierro ya era completo Y ahí comenzó la parte más difícil de esa noche.

33:21 Las brujas dejaron de rodearnos, de la misma forma en que habían estado haciéndolo hasta ese momento. No desaparecieron ni se alejaron por completo, simplemente cambiaron su posición. Comenzaron a desplazarse con calma hacia un pasaje más estrecho, uno que hasta entonces no había considerado como opción de salida. No señalaron, no hablaron, no hicieron gestos Solo se movieron, y con eso fue suficiente para entender que ese era el único camino que nos permitirían tomar. Esperé unos segundos antes de avanzar. Observé a mi alrededor para confirmar que ningún otro pasaje quedaba libre. Todos los demás estaban ocupados por ellas, quietas o en movimiento lento, sin bloquear de forma directa, pero dejando claro que no había elección. les pedí al grupo que se mantuviera unido y que avanzáramos sin correr pues no había espacio para errores ni movimientos bruscos entramos al pasaje estrecho a diferencia del resto de la cueva el suelo era más firme y regular no había piedras sueltas ni desniveles marcados el techo era bajo lo suficiente para obligarnos a avanzar inclinados en algunos tramos pero no al punto de arrastrarnos El aire comenzó a cambiar, ahora era más ligero, y cada respiración se sentía menos pesada que

34:51 dentro del área principal. Las risas y los cantos seguían escuchándose, pero cada vez más lejos. No se apagaban de golpe, se iban quedando atrás conforme avanzábamos. No sentí que nos persiguieran, tampoco sentí que nos observaran desde ese punto. Era como si ese pasaje no les perteneciera de la misma manera que el resto de la cueva. Avanzamos durante varios minutos. No podría decir con exactitud cuánto tiempo fue. El pasaje se mantenía constante, sin bifurcaciones evidentes. Las linternas iluminaban el camino con mayor claridad. Las paredes ya no parecían absorber la luz y el sonido de nuestras pisadas se escuchaba más normal. sin el eco irregular que habíamos tenido antes.

35:40 En un punto comencé a percibir una corriente de aire distinta. No era fuerte, pero era constante, y sabía lo que eso significaba. Seguí avanzando hasta que la luz de una de las linternas alcanzó a reflejar algo distinto en la distancia. No era piedra, era una abertura. Salimos por una abertura distinta a la entrada original. No fue un túnel amplio ni una salida evidente. Era un espacio irregular entre rocas que daba al exterior. Al salir, la oscuridad del monte nos envolvió de inmediato, pero el aire era diferente. Reconocí el entorno general. Sabía que estábamos fuera de la cueva.

36:22 Sin embargo, no reconocí el punto exacto. Estábamos a varios metros del lugar donde habíamos comenzado el recorrido. Cuando el último del grupo salió, los cantos se detuvieron de inmediato. No hubo un eco final ni una risa que se prolongara. El sonido simplemente terminó y la cueva quedó en silencio. Nos alejamos unos metros más antes de detenernos. Nadie habló durante varios segundos. Revisé que todos estuvieran completos y sin lesiones. Estaban alterados, cansados, pero ilesos. Las linternas seguían funcionando. Y no había marcas en el suelo, ni señales visibles de algo que pudiera explicar lo ocurrido de forma sencilla. Decidí llevarlos de regreso por un camino distinto al de la ida.

37:12 No quise acercarme de nuevo a la entrada original. Caminamos hasta llegar a una zona más abierta y segura. Ahí nos detuvimos. Les expliqué que el recorrido había terminado y que no volveríamos a entrar a ninguna cueva esa noche. Después de ese día, dejé de hacer recorridos nocturnos. No fue una decisión impulsiva ni tomada por miedo inmediato. Fue una decisión clara. Entendí que ese lugar no funciona como otros espacios naturales. No cambia con el tiempo, no se desgasta y no se vuelve más seguro por conocerlo más. Nunca volví a entrar a esa cueva, ni siquiera de día.

37:54 No sentí la necesidad de comprobar nada ni de buscar explicaciones adicionales. Lo que ocurrió fue suficiente. Seguí caminando por otras zonas de la sierra. Seguí guiando a personas por senderos distintos. Pero ese lugar quedó fuera de mis rutas. Con el tiempo supe que otras personas siguieron escuchando risas por las noches. No siempre y no de forma constante. Pero lo suficiente para que la gente del municipio mantuviera la misma costumbre de siempre evitar ese sitio cuando cae la noche nunca volví a hablar del tema con los turistas que estuvieron ahí conmigo cada quien siguió su camino yo seguí con mi vida tuve pesadillas posteriores relacionadas con lo ocurrido en esas pesadillas si nos atacaban y volví a recordar a esas brujas en la cueva sentí como si algo me hubiera seguido fuera de la cueva Lo único que cambió fue mi forma de entender ciertos lugares.

38:55 Hay espacios que no están hechos para ser recorridos en cualquier momento, no porque sean peligrosos de forma evidente, sino porque funcionan bajo reglas que no siempre se pueden ver. Hasta hoy, cuando alguien menciona esa cueva, no siento curiosidad ni ganas de volver. Lo que necesitaba saber ya lo aprendí esa noche. Hay lugares donde no se entra para conocerlos, sino para aprender a mantenerse afuera. Y ahí terminó todo. Y ya no supe más sobre las brujas de la cueva de Arteaga. Desde hace años se hablaba de un rancho aislado en una zona apartada de Durango. El lugar había quedado vacío después de que varios peones desaparecieron en distintos periodos. No fue un solo hecho ni algo que ocurriera de golpe. Fueron ausencias acumuladas con el paso del tiempo.

39:56 Algunos hombres no regresaron después de trabajar ahí. Otros se marcharon y nunca dieron una explicación clara. El patrón cambió con los años, pero el resultado fue el mismo. El rancho se fue quedando sin gente. Los pocos que alcanzaron a salir hablaban de mujeres vestidas de negro que caminaban dentro del terreno. No las describían como algo extraordinario ni usaban palabras exageradas. Decían que se movían despacio, que aparecían entre las construcciones y los corrales, y que su presencia incomodaba. Nadie afirmaba haberlas visto atacar a alguien. Nadie hablaba de gritos ni de persecuciones. Solo decían que estar ahí, Se volvía difícil después de notar que esas mujeres recorrían el lugar con frecuencia. Con el paso del tiempo, el rancho quedó abandonado. Las casas de adobe comenzaron a deteriorarse, los techos se vencieron y las puertas se pudrieron. Los corrales quedaron abiertos y la maleza empezó a cubrir los caminos internos.

41:00 Los cercos de alambre se rompieron y nadie los reparó. No hubo intentos reales por recuperar el terreno. La zona estaba lejos de todo, sin agua constante y sin condiciones para volver a trabajarla. Durante años, el rancho fue quedando fuera de cualquier actividad. La gente evitaba pasar por ahí, sin decirlo de forma abierta. El camino seguía existiendo, pero casi nadie lo usaba. El lugar quedó como una extensión de tierra olvidada, sin vigilancia y sin movimiento. Mucho tiempo después, ya siendo adulto, Me integré a un grupo que se dedicaba a buscar objetos enterrados con detectores de metal. No era algo clandestino ni peligroso en sí mismo. Recorríamos terrenos abandonados, buscando herramientas viejas, monedas, restos de maquinaria o fierros antiguos.

41:54 Nada que tuviera que ver con tumbas o restos humanos. Era una actividad que hacíamos con calma, midiendo riesgos y evitando problemas. Alguien Nos mencionó el rancho. Dijo que llevaba décadas sin uso y que nadie reclamaba esas tierras. Se habló de la posibilidad de encontrar objetos antiguos enterrados, restos de trabajo ganadero o herramientas olvidadas cuando el lugar quedó vacío. Las historias sobre desapariciones se mencionaron de pasada sin detenernos demasiado en ellas. Acepté ir porque, en ese momento, el rancho parecía un terreno más dentro de tantos que estaban abandonados en la región. No había cercos nuevos, no había animales, no había señales visibles de actividad reciente. Todo apuntaba a un lugar detenido en el tiempo. Llegamos con detectores, palas y equipo básico. Desde el camino se alcanzaban a ver las construcciones casi destruidas y los corrales vacíos. No había humo, ni vehículos, ni ruido alguno. El silencio era constante, interrumpido solo por el viento y el movimiento de la vegetación seca.

43:06 Entramos caminando despacio, observando el terreno. El suelo estaba duro en algunas zonas y más suelto en otras. Las casas estaban abiertas, sin puertas, con restos de muebles viejos y basura acumulada por el paso de los años. No encontramos nada fuera de lo común al principio. El lugar parecía abandonado desde hacía mucho tiempo. Avanzamos separándonos por zonas, siguiendo un recorrido ordenado. Cada uno se concentró en su área, atento a las señales del detector. No hablábamos demasiado, pues la búsqueda requería atención y paciencia. El rancho era más grande de lo que parecía desde fuera, con áreas que no se alcanzaban a ver desde el camino. Mientras caminaba, recordé los comentarios que había escuchado sobre ese lugar cuando era más joven. Recordé que siempre se hablaba de ausencias, de gente que dejó de volver. En ese momento no le di mayor peso a esos recuerdos. Estaba concentrado en el trabajo y en el terreno frente a mí. El ambiente seguía siendo tranquilo, pero había detalles que empezaban a llamar la atención. Algunas zonas del suelo no estaban tan compactas como deberían. Había áreas donde la tierra parecía removida, aunque no se veían marcas claras de maquinaria ni de animales grandes. Eran cambios sutiles, fáciles de pasar por alto si no se observaba con cuidado. Continué avanzando sin detenerme

44:37 demasiado en eso. El rancho tenía muchas zonas similares y era fácil atribuir esas diferencias al paso del tiempo y a la erosión. Nada indicaba todavía que el lugar estuviera siendo usado en el presente. Seguimos trabajando durante un buen rato sin encontrar objetos de valor, solo restos oxidados y fragmentos de madera enterrados de forma irregular. Nada fuera de lo común para un sitio que había sido abandonado de esa manera. En ese momento todavía pensábamos que el rancho era solo un terreno olvidado, detenido en el pasado, y no había razón aparente. para pensar que alguien siguiera entrando ahí, ni que hubiera algo más oculto bajo la tierra. Eso fue lo que creímos antes de empezar a encontrar señales que no encajaban con un abandono antiguo. El terreno no estaba tan muerto como parecía al principio. Conforme avanzábamos con los detectores, comenzaron a aparecer señales que no encajaban con un abandono antiguo. En varias zonas, el aparato marcaba objetos a poca profundidad, Al excavar unos centímetros, encontramos madera enterrada de forma irregular. No eran restos viejos ni degradados, pues la madera conservaba firmeza y no estaba deshecha por la humedad ni por el paso de los años. En un primer momento pensamos que podían ser restos de cercas o construcciones caídas, pero la forma en que estaban enterrados no

46:08 coincidía con eso. No seguían una línea, no estaban alineados. Eran fragmentos colocados de manera aislada, como si alguien los hubiera introducido directamente en la tierra. Al moverme hacia una zona cercana a una construcción derrumbada, encontré la primera cruz. Era de madera sencilla, sin ningún tipo de adorno. Estaba clavada boca abajo y no tenía nombre, fecha ni símbolo. La madera estaba firme y limpia, sin señales de haber estado expuesta durante mucho tiempo. Alrededor la tierra estaba removida de forma reciente. Me detuve a observarla con cuidado. No era una cruz vieja olvidada ahí por casualidad. Estaba colocada con intención. La profundidad a la que estaba clavada y la manera en que la tierra la rodeaba indicaban que alguien había trabajado ese punto no mucho tiempo atrás. Avancé unos metros más y encontré otra cruz igual y luego otra.

47:11 No formaban filas ni estaban ordenadas. Estaban dispersas, separadas por distancias irregulares, como si hubieran sido colocadas conforme se necesitaban, sin planificación previa. Algunas estaban ligeramente torcidas, otras apenas sobresalían del suelo. avisé al resto del grupo y nos reunimos en esa zona nadie habló de inmediato solo observamos el terreno y comenzamos a notar detalles que antes habían pasado desapercibidos había pequeñas elevaciones en el suelo la tierra no estaba compacta y en algunos puntos se notaba que había sido removida más de una vez En uno de esos lugares, la tierra se dio con facilidad al excavar un poco más.

47:57 Apareció tela enterrada, doblada de manera irregular. Al moverla quedaron expuestos fragmentos óseos. No eran restos de animales, pues la forma y el tamaño eran claros. Eran restos humanos. No estaban ahí desde hacía años. El estado del suelo, la tela y los huesos indicaban que el entierro era relativamente reciente. No se trataba de algo ocurrido cuando el rancho todavía funcionaba. Era algo que seguía pasando. A partir de ese momento, dejamos de usar los detectores, pues la búsqueda de objetos quedó sin sentido. Caminamos con más cuidado, observando cada paso y cada construcción cercana. El rancho ya no se sentía como un lugar abandonado, sino como un sitio que alguien seguía usando de manera discreta. Comenzamos a notar más señales.

48:51 Senderos poco marcados entre la maleza, restos de pisadas recientes, en zonas donde la tierra estaba húmeda, lugares donde la vegetación había sido apartada a mano. Nada era evidente desde lejos, pero al estar dentro resultaba imposible ignorarlo. Entendimos que alguien entraba al rancho con regularidad, no para trabajar la tierra ni para habitar las casas, sino para usar el terreno como un sitio donde nadie hacía preguntas. Las cruces clavadas boca abajo no eran antiguas ni simbólicas. Marcaban puntos específicos. La decisión de salir fue inmediata. No se trataba de buscar ayuda ni de enfrentar nada. El lugar no era seguro para permanecer. No sabíamos cuántas personas podían estar usando el rancho, ni con qué frecuencia regresaban. Nos reunimos y comenzamos a movernos hacia la salida del terreno. Mantuvimos un paso constante, cuidando no separarnos demasiado Nadie hizo comentarios innecesarios, y cada uno estaba concentrado en el entorno y en el camino que teníamos por delante. Mientras avanzábamos, el rancho se sentía distinto. Las construcciones ya no parecían simples ruinas.

50:06 Los corrales abiertos ya no eran solo restos de abandono. Todo adquiría un sentido nuevo, ligado a lo que habíamos encontrado bajo la tierra. Seguimos avanzando sin mirar atrás más de lo necesario. Sabíamos que lo importante era salir del lugar, sin llamar la atención y sin provocar nada. En ese momento todavía no habíamos visto a nadie, pero estaba claro que el rancho no estaba vacío. Lo que habíamos encontrado bastaba para entender que ese terreno seguía activo y que nuestra presencia ahí no era deseada. Al movernos hacia la salida del rancho, comenzamos a notar movimiento entre las construcciones.

50:50 No fue algo repentino ni un cambio brusco en el entorno, simplemente estaban ahí, mujeres caminando entre los restos de las casas y los corrales, desplazándose con calma por el terreno que minutos antes habíamos recorrido solos. Eran varias, no aparecieron juntas ni en formación. Cada una avanzaba por su lado, ocupando espacios distintos del rancho. Vestían ropa negra larga, tenían la cara arrugada por el tiempo, uñas largas y afiladas, y la ropa gastada por el uso con manchas de tierra y desgaste evidente en las orillas. Algunas llevaban el cabello cubierto, otras lo traían suelto, descuidado. Caminaban despacio, sin prisa, observándonos mientras avanzábamos hacia el límite del terreno. No hablaban entre ellas, no hacían señas ni levantaban la voz. Su movimiento era constante y controlado. No se acercaban de más, pero tampoco se alejaban. La distancia se mantenía siempre igual, como si supieran hasta dónde avanzar. Ninguna llevaba herramientas visibles y no se veían armas, tampoco había gestos de amenaza directa.

52:03 Aún así, la presencia de esas mujeres marcaba el lugar. pues ahora el rancho tenía ocupantes y ya no se trataba de un sitio vacío ni de un terreno olvidado. Seguimos avanzando sin detenernos, no corrimos, solo mantuvimos un paso firme y constante, pues sabíamos que cualquier reacción fuera de lugar podía empeorar la situación. Ellas no intentaron bloquear el camino ni ponerse frente a nosotros, simplemente nos acompañaban con la mirada mientras salíamos. Al llegar al límite del rancho, se detuvieron. No cruzaron esa línea. Solo se quedaron dentro del terreno, de pie, observando. No hicieron ningún intento por seguirnos más allá. Su función no era perseguir. Era dejar claro hasta dónde llegaba su control. Nos alejamos sin mirar atrás más de lo necesario. Solo cuando estuvimos a una distancia segura, nos detuvimos a respirar con calma. Nadie habló de inmediato. pues cada uno estaba procesando lo que acabábamos de ver y lo que habíamos encontrado bajo la tierra.

53:13 Días después denunciamos lo ocurrido, entregamos la ubicación del rancho y explicamos lo que habíamos hallado. Se levantó un reporte básico, se mencionaron restos humanos enterrados y cruces marcando puntos específicos. No hubo mayor seguimiento y el lugar quedó registrado como una zona aislada y de difícil acceso. No hubo patrullajes constantes ni excavaciones formales. El rancho siguió estando lejos de todo, sin presión, sin vigilancia y sin interés real por parte de nadie. Con el tiempo, el caso se fue diluyendo entre otros similares. Nunca regresé a ese lugar. Tampoco volví a buscar objetos en terrenos aislados, sin antes investigar con más cuidado. Lo ocurrido en ese rancho cambió la forma en que veía ese tipo de actividades. Con los años entendí que no se trataba de brujería ni de leyendas en sí, pues las historias sobre mujeres vestidas de negro, de brujas que trabajaban a los empleados para entregarlos como ofrendas o hacer brujería con ellos, no hablaban de algo sobrenatural, era algo real. Hablaban de personas reales, de brujas que usaron ese terreno durante mucho tiempo para desaparecer gente sin levantar sospechas. El aislamiento, el abandono y el silencio hicieron el resto. Nadie preguntó demasiado, nadie quiso mirar de cerca, y el rancho se convirtió en un sitio funcional para

54:44 ocultar los crímenes de esas brujas, protegido por su ubicación y por la costumbre de no involucrarse. A veces recuerdo ese lugar cuando escucho historias parecidas sobre terrenos abandonados. Pienso en lo fácil que resulta que algo así continúe mientras no haya atención real. El rancho sigue ahí, las construcciones siguen deteriorándose y la tierra sigue cubriendo lo que alguien decidió enterrar. Yo elegí no volver a cruzar ese camino, pues algunas decisiones se toman una sola vez y se sostienen para siempre. Debo comenzar diciendo que siempre fui un amante de los perros de cualquier raza o tipo. Siempre me encantaron. A la edad de 10 años, mis papás me regalaron una perrita coli de pelo largo. Tanto ella como yo nos llevamos muy bien desde el minuto uno. Y es que jamás creí volver a tener una conexión tan fuerte con ningún otro animal. Le puse musa. Ella nunca requirió de ningún entrenamiento para no hacerse del baño dentro de la casa. o para comportarse de manera adecuada. Para mí, ella siempre fue el perro perfecto. Musa estuvo conmigo desde esa edad hasta que me mudé de casa de mis padres, y al tener una conexión tan importante con ella, yo no iba a permitir que se quedara en la casa

56:16 de mis papás. Me la llevé conmigo a mi nuevo hogar. Nunca había sido una persona de muchos amigos, mi círculo social siempre fue muy limitado, y mi pasatiempo favorito era el senderismo. lo cual también era perfecto para pasear a Musa, pues, para quien no lo sepa, los perros de esa raza suelen tener mucha energía. Muy a menudo me levantaba temprano para hacer senderismo en un cerro que quedaba más o menos cercano a mi hogar. Viajábamos 20 minutos en auto y después lo dejábamos estacionado para subir el cerro juntas. Esta actividad era algo que me encantaba y me atrevería a decir que a Musa también. Ver el amanecer prácticamente todos los días era algo que sentía muy nuestro. Una madrugada estacioné el auto y noté que Musa estaba un poco más inquieta de lo habitual, pero no le tomé mucha importancia porque por cuestiones de trabajo no había tenido tiempo para hacer senderismo con ella. Solo la había sacado a pasear un poco, y por eso supuse que tenía mucha energía contenida. Le puse la correa y comenzamos a caminar.

57:28 Como era de madrugada, había muy pocas personas por ahí, pero esto tampoco era inusual. Caminamos probablemente una hora y media sin ningún problema. En algún punto nos pasó un señor que siempre subía el cerro en bicicleta, pero debo decir que ese día en particular sí estaba más solo de lo habitual. O al menos eso es lo que recuerdo. Como mencioné antes, Musa tenía mucha energía y parecía estar más alerta de lo normal. Era una mascota muy bien portada y siempre seguía mis indicaciones. Pero en ese momento había ratos en los que tiraba de la correa para avanzar más rápido. En esta ocasión llegó un momento en el que comencé a sentirme muy extraña. No sé por qué, pero en todos mis años haciendo senderismo, nunca me había sentido de esa manera. Era como si todo mi cuerpo me dijera que debía dar vuelta y salir corriendo de ahí.

58:24 En ese momento estaba más adentrada en el cerro de lo habitual, y era la primera vez que algo así sucedía. Pero tenía que parar. Volté a ver a mi mascota. Me di cuenta de que ella también parecía sentir algo similar. Se veía nerviosa, con la cola entre las patas y mirando en todas direcciones, como si esperara que algo malo estuviera a punto de ocurrir. A pesar de este sentimiento, decidí seguir adelante. Nunca había experimentado algo así, y pensé que quizás solo era una especie de sugestión sin fundamento. Había recorrido ese cerro muchas veces y nunca había tenido una experiencia peligrosa. Pensé que quizás estaba transmitiendo mi miedo a Musa, y por eso seguí avanzando. Noté que Musa estaba ahora muy atrás de mí. En algunas ocasiones tuve que jalar un poco la correa para que siguiera avanzando.

59:22 Caminé unos 20 minutos más, sin ver señales de vida humana. Ya estaba comenzando a amanecer. A esas horas ya había gente ahí. Pero no lograba ver a nadie por ningún lado, casi al mismo tiempo que noté esto. También me di cuenta de que llevaba varios minutos sin escuchar ningún tipo de sonido. No había insectos, aves, nada. Era como si todo a mi alrededor hubiera quedado en silencio, casi como si Musa y yo fuéramos los últimos seres vivos en el mundo. Ya no podía soportarlo más y pensé que debía dejar de ignorar que algo raro estaba pasando. Di vuelta, dispuesta a regresar. Musa parecía comprender lo que estaba pasando y también parecía feliz con mi decisión. Caminaba con prisa, tirando de la correa, algo que nunca había hecho, lo cual solo aumentaba el miedo que yo sentía. Probablemente no habíamos avanzado más de un metro, Musa se volvió loca.

1:00:23 Como mencioné antes, era un perro ejemplar, pero comenzó a ladrar desesperadamente, enseñando los dientes y dispuesta a atacar. Yo no entendía a quién se lo estaba haciendo, porque no podía ver a nadie por ningún lado. Sin importar hacia dónde volteara, no veía más que vegetación. No había sonidos ni personas a la vista. Musa dejó de ladrar sin dirección específica y empezó a hacerlo hacia un punto en particular. Era un sitio sin sendero, con hierba alta que daba la impresión de que nadie pasaba por ahí. Pensé que si Musa estaba ladrando a algo, probablemente se trataba de un conejo o un tlacuache. Eso tampoco era típico de mi amada mascota, pero intenté calmarla, tirando de la correa y diciéndole que debíamos irnos. Pero ella no se detenía.

1:01:15 Mi fuerza no fue suficiente para seguir conteniéndola y la solté. Musa corrió hacia la dirección en la que había estado ladrando. Intenté perseguirla, pero ella era mucho más rápida que yo. Apenas logré seguirla un par de metros antes de perderla de vista. La llamé, pero no me respondió. Pasé prácticamente el resto del día en el cerro, tratando de encontrar cualquier señal de mi querida mascota, pero no pude verla. La gente comenzó a pasar con normalidad. Algunos, que ya me conocían de otras veces, se detuvieron y me preguntaron qué sucedía. Les conté la situación y algunos trataron de ayudarme a buscarla, pero no logramos encontrarla. Estaba devastada por haber perdido a mi mascota y me culpaba. pensando que tal vez el presentimiento que había tenido era una advertencia para regresar antes de que sucediera algo malo. Sin más opciones, decidí volver al auto y regresar al día siguiente para continuar la búsqueda, pues no llevaba agua y tampoco había desayunado, por lo que no tenía fuerzas para seguir. Estaba a unos 15 metros de salir de la zona del cerro y dirigirme al estacionamiento. Escuché que algo corría detrás de mí.

1:02:30 Era un sonido inconfundible, un perro. Los dueños de mascotas entenderán cuando digo que sabemos cómo suenan las pisadas de nuestros animales. Lo supe y al voltear vi a Musa corriendo hacia mí. Sonreí y la esperé, abrazándola en cuanto llegó. Era ella, pero ya no tenía ni su collar ni su correa. Supuse que se habían roto durante el forcejeo y que los había perdido por ahí. No había duda de que era Musa. Su pelaje olía igual y se veía como siempre. Estaba feliz y después de reponerme un poco, la subí al auto y nos fuimos a casa. Me sentía afortunada, tal vez demasiado como para darme cuenta de que Musa se comportaba de forma extraña. Se subió al auto sin problemas, pero no hizo lo que solía hacer, asomarse por la ventana y sacar la lengua. En lugar de eso, se quedó sentada en el asiento trasero, mirando fijamente el espejo retrovisor. Supongo que estaba tan contenta de haberla encontrado que no le presté mucha atención. Al llegar a casa, bajé a Musa y noté que su pelaje estaba lleno de pasto y tierra, como si se hubiera peleado con otro animal, tal vez un mapache. Busqué heridas en su cuerpo, pero parecía estar bien en la parte superior y en las patas. Pensé que lo mejor sería darle un baño. Fui por su cepillo y comencé a desenredar su pelaje. Estaba anudado, pero, como era reciente, pude

1:04:01 ir deshaciendo los nudos y quitando el pasto con algo de esfuerzo. Noté que Musa se enojaba con rapidez cada vez que tiraba un poco más fuerte de lo normal. Me mostraba los dientes, algo que jamás había hecho conmigo. No le di importancia y pensé que tal vez seguía alterada por lo que había pasado. Seguí con la tarea hasta que me topé con un nudo muy difícil de deshacer. Traté de hacerlo con cuidado, pero pronto me frustré y tiré con fuerza. Solo tuve un par de segundos para reaccionar antes de que Musa me lanzara una mordida. Logré apartarme a tiempo, pero ella alcanzó a morder el cepillo.

1:04:42 Me quedé alterada y desconcertada. Musa nunca se había comportado así conmigo ni con nadie. La estilista a la que la llevaba solía decir que era una de sus clientas favoritas por lo bien que se comportaba. Pero Musa me gruñía y se alejaba, con el pelaje erizado, como si me estuviera advirtiendo que no me acercara más. No supe qué pensar o cómo actuar, pues por una parte sabía que ese no era un comportamiento normal en mi mascota. También creía que quizás había sido mi culpa. Tal vez la había cepillado con demasiada fuerza y la había lastimado. Pensé que podía deberse a todo el tiempo que había estado perdida y sin compañía. Después de todo, los eventos aún eran demasiado recientes. Decidí que lo más prudente sería esperar hasta el día siguiente para llevarla con la estilista de siempre, quien se encargaría de revisar a Musa. Durante ese día noté que llegó la hora de sacarla a pasear por la tarde, pero ella no quiso salir. Esto también era algo extraño. Siempre disfrutaba nuestros paseos, pero era como si solo quisiera que la dejara en paz. Ya no sentía que tuviéramos una conexión. Más bien parecía que la estaba fastidiando y que no quería estar conmigo. A la mañana siguiente la llevé con la estilista. En cuanto llegamos, Musa se resistió a entrar al lugar, retrocedía y trataba

1:06:12 de escapar, lo cual también era un comportamiento extraño, pues solía amar ir al veterinario y a la estética canina. Era como si tuviera una personalidad totalmente diferente a la que conocía. A pesar de su resistencia, con ayuda del doctor que estaba presente, pues la estética también funcionaba como consultorio veterinario, Logramos meterla al área de estética. El personal me indicó cuándo debería regresar por ella y me fui a casa. Pero no pasó ni una hora cuando me llamaron para decirme que tenía que recoger a Musa. Había ocurrido un accidente tan grave que no podrían terminar con el servicio. Extrañada, fui a ver qué había pasado. Llegué, el doctor se veía muy preocupado y pálido. Me informó que la estilista había tenido que ser llevada de urgencia al hospital. Musa la había atacado con tal ferocidad que no solo la había mordido en la cara, sino que también casi le había arrancado el pulgar. Me disculpé con el doctor, explicándole que Musa nunca había actuado de esa manera.

1:07:19 Él estuvo de acuerdo y me dijo que en ese lugar tenían a Musa en muy buen concepto, y por eso tampoco entendía qué había pasado. Si no fuera porque llevaba un buen control de sus vacunas, el doctor habría pensado que tenía rabia. Me entregó a Musa. Noté que su pelaje no solo tenía nudos, sino también algunas manchas de sangre de la estilista. Me la llevé de regreso a casa sin saber qué hacer ni qué pensar. Intenté ponerme en contacto con la familia de la estilista para ofrecer mi ayuda, pues me sentía muy culpable. Ellos me dijeron que aún no podía visitarla, pero entendían que no había sido mi culpa y que, en cierta medida, era un riesgo del oficio. Me explicaron que tendría algunas cicatrices visibles por un tiempo, pero los doctores aseguraban que las heridas habían sido más o menos superficiales, salvo por la lesión en la mano, pero que podría recuperarse con el tiempo.

1:08:17 Pensé que quizás la inactividad había hecho que Musa canalizara toda su energía en forma de agresividad. No sabía si eso era cierto, pero lo había leído antes y traté de convencerme de que esa era la explicación. A la mañana siguiente decidí volver con ella al cerro. Esta vez compré una correa más reforzada para evitar que se me escapara de nuevo y fui más tarde de lo habitual, esperando encontrar más personas alrededor por seguridad. El día era bastante concurrido y noté que al menos cinco personas también caminaban o corrían cerca de nosotros. Muy rápido me di cuenta de que Musa no disfrutaba estar ahí. Quería alejarse.

1:09:01 Intenté hacer que liberara energía corriendo, y probablemente recorrimos unos tres kilómetros cuando escuché un alboroto. A unos metros más adelante, muchas personas se habían reunido alrededor de un punto. Se me hizo un poco extraño, pues las personas no solían detenerse de esa manera. Generalmente, uno solo avanzaba y tal vez tomaba una foto ocasional. Pero ahí terminaba toda la situación. Me acerqué para ver qué estaba pasando. pero entre tanta gente no alcanzaba a ver nada. Lo primero que hice fue preguntarle a un señor que estaba parado cerca qué era lo que ocurría, y él me respondió que algún enfermo había desollado a un perro. Esa noticia me revolvió el estómago. No podía creer que alguien fuera capaz de hacer algo así a un ser tan puro como un perro.

1:09:52 Por un momento pensé en no mirar, pues siempre había sido muy empática con estos animales y sabía que sería un fuerte shock para mí. Pero una parte de mí insistía en que debía verlo. Comencé a caminar abriéndome paso entre la multitud hasta llegar al lugar donde yacía el cuerpo del animal. Llegué, me quedé en shock. Efectivamente, era un perro sin un solo rastro de piel. La escena era tan perfecta que parecía que alguien se había encargado de quitarle la piel de manera meticulosa y detallada. Pero lo que más me impactó no fue solo el cuerpo en sí, sino que el perro todavía llevaba puesto su collar y correa. Reconocí esas pertenencias. Eran de Musa. Era un collar que yo misma le había mandado hacer, con su nombre grabado en letras grandes. No había manera de confundirlo con ningún otro. Instintivamente, volteé a ver al perro que había llevado conmigo desde el cerro el día anterior, jurando que era mi amada mascota. Nadie en la multitud parecía haberse percatado de esto. Muchos me conocían de vista, pero nadie podría haber adivinado que el perro sin vida que yacía frente a todos de manera tan horrible era mi fiel compañera. miré el otro extremo de la correa que yo sostenía y vi como la que creía que era Musa me observaba fijamente como tratando de adivinar si me había dado cuenta o no no podía pensar todo estaba borroso en mi mente Musa o lo que fuera

1:11:25 esa cosa mordió mi mano la que sujetaba la correa la multitud comenzó a dispersarse al notar al perro agresivo pero justo solté la correa ella dejó de morderme y salió corriendo desapareciendo de la vista de todos. Nunca más la volví a ver. Dos días después, fui al hospital a visitar a la estilista a quien Musa, o lo que fuera, había atacado. Me vio. Estaba muy seria. No sabía si contarle lo que había vivido. Especialmente porque, para ese momento, ya no estaba segura de si había sido real o si alguien había encontrado el collar y la correa en el cerro y los había puesto en otro perro de la misma raza y complexión. Antes de que pudiera decir algo, ella me dijo que debería deshacerme de mi perra, pues algo muy malo le había sucedido. Le pregunté de qué estaba hablando exactamente y me contó que había escuchado a Musa hablar. Dijo que el día del accidente había ido al baño y al salir, escuchó a alguien murmurando lo horrible que era el lugar, pensando que alguien había entrado al área de la estética. Se apresuró a salir, pero solo encontró a Musa mirándola fijamente. Aterrada, recordó historias de perros que actuaban de manera extraña. Se dio vuelta para alejarse, pero escuchó a Musa decirle que sabía que la había escuchado. Antes de que pudiera reaccionar, Musa se le abalanzó. El doctor llegó poco después y la rescató. Le conté lo que me había pasado. De

1:12:58 alguna manera me consuela pensar que Musa está descansando en paz, pero la idea de que aquella cosa tenga su piel y esté suelta por ahí Me revuelve el estómago.