Aug. 5, 2025

CHIVO Usado En RITUAL Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Tenía como 17 años. Hicimos matanza de chivos. Fue en el terreno de atrás, donde siempre teníamos los corrales. Era una costumbre de cada año. Nos juntábamos todos, hombres, mujeres y chamacos. Los hombres sujetaban, las mujeres desollaban, y los que andábamos entre la juventud hacíamos de todo un poco. Cargar, limpiar, alcanzar cubetas, sostener patas. Desde chico me tocó ayudar. Teníamos 15 chivos listos para el sacrificio. Todos eran de la misma tanda. Los criamos desde que estaban bien chicos. Habían crecido con el mismo alimento, la misma agua, el mismo corral. Se nos hizo extraño cuando uno de ellos se veía raro.

0:47 Era un chivo café, delgado, con las patas más largas y la cara más alargada. Estaba en una esquina comiendo igual que los otros, pero desde que lo vi me pareció distinto. Cuando el abuelo lo señaló, preguntó quién lo había metido. Nadie dijo nada. Uno pensó que era del primo de la otra casa. Otro dijo que quizás era de los de la tanda pasada. Pero nadie tenía certeza. Yo me acerqué junto con mi primo. Le levantamos un poco el pelaje del lomo y vimos las marcas. No eran heridas frescas ni rasguños recientes. Eran como cicatrices antiguas, ya cerradas, pero con formas que no parecían hechas por peleas.

1:29 Eran líneas rectas, curvas, algunas se entrecruzaban. Parecían letras, aunque no de las que uno escribe a mano. Parecían grabadas a propósito, pero no estaban abiertas ni formaban costras, eran parte del pellejo. El abuelo dijo que ese chivo no era de nosotros, dijo que nunca lo había visto, que no se parecía a ningún otro que hubiéramos tenido y que alguien más lo debió haber metido ahí, quizás en la madrugada. El tío Efren, que era el patrón del rancho, dijo que mejor lo separáramos, que lo dejáramos en la sombra por si alguien venía a buscarlo, que a lo mejor se coló de otro lado. Lo amarramos en una cerca pequeña, bajo un techito de lámina. Le pusimos agua limpia, pastura y los mismos granos que a los demás. El chivo comía sin problemas. No hacía ruidos raros, no pateaba, no se alejaba cuando lo tocábamos. Parecía un animal tranquilo, acostumbrado a la gente. No tenía señales de enfermedad. Lo único diferente eran las marcas en el lomo. Durante esa semana nadie vino a preguntar por chivos perdidos. Nadie se acercó al rancho. El animal siguió ahí. Todos los días alguien pasaba a verlo. A veces la abuela le echaba agua fresca. Otras veces un primo le dejaba hojas verdes de las que sobraban del deshierve. Ese chivo era el único que quedaba vivo. el tío volvió a preguntar por él como nadie había dicho nada decidió que ya era

3:01 tiempo de usarlo también para entonces el chivo llevaba como tres semanas con nosotros las marcas seguían igual como si no envejecieran con la piel Nadie entendía por qué estaba ahí, pero al final era carne, y la carne se aprovechaba. Aunque no se notaba tan diferente a simple vista, empezó a ponerse un poco más gordito. Ya no se le veían las costillas y caminaba más lento, como si el cuerpo le pesara. El patrón preguntó si ya estaba bueno para carne. El abuelo dijo que sí, que ya era tiempo. Ese día nos levantamos más temprano. El aire olía a tierra húmeda porque había llovido poco antes. Lo amarraron entre dos hombres. Uno era mi primo, el otro fue don Aurelio, que siempre trabajaba en las matanzas. Lo sacaron del corral, lo llevaron hasta la mesa de concreto que teníamos junto al lavadero, y lo subieron entre los dos. Yo cargaba las cubetas. Uno de los primos le sostuvo las patas traseras.

4:02 El chivo ni se quejó, no pataleó, no gritó ni intentó soltarse. El abuelo le sostuvo el cuello con una mano firme. Con la otra le pasó el cuchillo por la garganta. Lo hizo con cuidado, como siempre, sin romperle la tráquea. Solo cortó las venas para que se desangrara lento. El chivo jadeó suave, sin escándalo, como si estuviera acostumbrado. tardó poco en quedarse quieto cuando estuvo bien desangrado lo colgaron de los tendones traseros le metieron los ganchos entre la carne y lo alzaron con la polea yo sostuve la cuerda mientras lo amarraban después entre dos empezaron a quitarle la piel Salió fácil. La carne se veía limpia, rosada, sin parásitos ni manchas raras. No había nudos en los músculos ni líquidos extraños. Todo parecía normal. Lo partieron en piezas grandes. Costillas, patas, espinazo, lomo. Cada parte se envolvió en papel encerado y se metió en bolsas grandes. La cabeza se guardó aparte. El abuelo dijo que después haría caldo.

5:09 Nadie comentó nada más. Solo limpiamos como siempre. Agua caliente, cal y escoba. Dejamos la mesa sin rastros. La sangre la tiramos en la zanja que usábamos para eso. Toda la carne se guardó en el congelador de la bodega. estaba al fondo donde también teníamos costales de maíz y algunas herramientas viejas nadie volvió a mencionar al chivo una semana después uno de los tíos sacó una bolsa para cocinar eran costillas dijo que iba a hacerlas en chile colorado para desayunar se levantó en la madrugada las puso a descongelar y empezó a prepararlas sin que nadie se lo pidiera. Las lavó con sal y limón, como acostumbraba, y después las puso a hervir. El vapor olía fuerte, pero bien. Le echó cebolla, ajo y una salsa espesa de chile seco. Para cuando nos despertamos, la comida ya estaba lista. Era domingo. Todos estaban en la mesa. Nos sirvieron tortillas calientes, frijoles y un plato con tres pedazos por persona. Yo me los comí rápido. Estaban suaves, bien cocidos, con un sabor fuerte pero sabroso. Todos comieron normal, pero no pasaron ni 30 minutos cuando el tío empezó a sudar.

6:25 Se puso pálido, se paró rápido y dijo que el estómago le estaba revolviendo. Se fue al baño casi corriendo. Desde el cuarto alcancé a escuchar el sonido fuerte de la diarrea. se quedó ahí adentro casi una hora la puerta cerrada y el chorro del agua sonando cada rato cuando por fin salió tenía la camisa pegada al cuerpo y la cara llena de sudor caminaba lento con las manos en la panza dijo que sentía como si algo hirviendo se le hubiera metido por dentro la abuela quiso hacerle un té con hierbas pero él ya no quiso probar nada Se acostó en el cuarto del fondo y no volvió a salir en todo el día. Cada cierto tiempo se escuchaba que iba al baño. Afuera todo seguía igual, pero por dentro se notaba que no andaba bien. No tenía fiebre, tampoco vómito en ese momento. pero no se podía levantar. Decía que sentía como si la comida no le estuviera cayendo nada bien. Pensamos que quizás se le bajó la presión o que le cayó pesada la grasa, pero era raro que a él, que cocinaba carne todos los fines de semana, le pasara algo así con unas costillas.

7:39 El día siguiente amaneció débil. No quiso levantarse cuando la abuela lo llamó. Cuando por fin se paró, lo hizo apoyándose en la pared. Tenía las piernas hinchadas y el rostro pálido. Caminó hasta el baño despacio, con la cabeza agachada y la boca entreabierta. No quiso probar desayuno. Se acostó otra vez y no volvió a salir del cuarto. La abuela le tomó la presión con el aparato viejo que guardaba en la vitrina, le revisó la lengua, le tocó las manos y los pies. Dijo que tenía el pulso muy bajo, que la boca la tenía reseca. El abuelo pensó que podía ser una bacteria o un virus de esos que te tumban de golpe. Pero todos habíamos comido lo mismo y estábamos bien. A mediodía escuchamos que fue al baño de nuevo. Estaba solo. Lo alcanzamos a oír vomitar. Cuando llegamos, se había agachado frente al baño.

8:35 Tenía los brazos temblorosos y las piernas dobladas. En el fondo del baño había un charco amarillo. No era comida, era bilis. Olía ácido, como si se estuviera pudriendo desde adentro. Ahí fue cuando decidieron llevarlo al doctor. Lo ayudamos entre dos para subirlo a la camioneta. Le costaba caminar, iba encorvado, jadeando, como si le doliera hasta respirar. El abuelo manejó hasta el pueblo. El consultorio del doctor quedaba a tres calles de la iglesia, en una casa con portón blanco. Nos metieron de inmediato porque ya lo conocían. El doctor no tardó mucho. Le revisó la lengua, le tocó el estómago, le tomó la temperatura y lo mandó a recostarse. Dijo que tenía una infección digestiva fuerte, probablemente por algo que comió.

9:26 Le pusieron suero en el brazo derecho, le dieron unas pastillas para la inflamación y les pidió que lo vigilaran bien. No dijo nada más. Regresamos al rancho antes de que se hiciera de noche. El tío se acostó en cuanto bajó de la camioneta. Ya no se levantó más ese día. La abuela se quedó cerca, dándole agua con una cuchara cada cierto tiempo. El cuarto olía a medicina y a sudor. Dejaron la puerta entreabierta. A la mañana siguiente fui el primero en despertar. Quise ver cómo seguía. Caminé hasta el cuarto y empujé la puerta. Estaba sentado en la orilla de la cama, completamente despierto, pero como si no estuviera.

10:07 Tenía los ojos abiertos, clavados en la pared. Respiraba lento, con pausas largas. No volteó a verme ni parpadeó. Le hablé despacio, sin gritar. No respondió. Me acerqué, pero no se movió. La abuela llegó detrás de mí, lo tomó de los brazos, intentó recostarlo, pero el cuerpo estaba rígido. Se sentía duro, como si no quisiera moverse. Entre los dos lo acostamos a la fuerza, cerró los ojos un momento, pero al rato volvió a sentarse solo, mirando hacia el mismo rincón. Así se la pasó todo el día. A ratos se dormía, luego se sentaba, siempre mirando ese mismo punto de la pared, sin decir nada claro. Solo murmuraba cosas que no se entendían, palabras sueltas, frases incompletas. En la tarde, mientras le cambiaban la ropa, me tocó ayudar a sostenerlo. Cuando le levanté la camisa, vi que tenía unas marcas oscuras en la espalda. No eran moretones. Eran como líneas largas, delgadas, que bajaban desde la parte superior de su espalda hasta la cintura. Parecían cicatrices mal cerradas, pero no tenían costra ni estaban abiertas. No supo de dónde salieron. Esa noche intentamos dormir temprano, pero a las tres de la madrugada la abuela escuchó que se levantó solo.

11:32 Caminó hasta el baño, pero tardó mucho más. Se escuchaba cómo abría el grifo, cómo escupía. Después se hizo un silencio raro, como si se hubiera quedado quieto. Cuando fueron a buscarlo lo encontraron arrodillado frente al espejo. Estaba desnudo, con los pies apoyados en el tapete mojado. Tenía la boca abierta, llena de saliva espesa, como espuma blanca. No respondía. Los ojos los tenía clavados en su propio reflejo, sin moverse. La abuela trató de levantarlo. Le habló, lo tocó, pero él se aferró al lavamanos con las dos manos. Se pegó al mueble como si no quisiera que lo movieran.

12:13 El abuelo se acercó, lo agarró por los brazos y lo levantó de un jalón. Lo arrastraron hasta la cama. Se quedó acostado, respirando lento. Ahí fue cuando dijeron que, al día siguiente, lo iban a llevar al hospital de la ciudad. Salimos temprano esa mañana. El abuelo manejó la camioneta con la abuela sentada a su lado. Mi primo y yo ayudamos a subir al tío. Caminaba apenas con pasos cortos. Lo recostamos en el asiento trasero y le pusimos una cobija encima. No hablaba. Solo respiraba hondo con la cara hacia la ventana. El hospital quedaba en la ciudad. Llegamos en menos de una hora. Lo recibieron sin hacernos muchas preguntas. El doctor lo revisó y dijo que no podía quedarse en casa así, que el diagnóstico anterior no explicaba las manchas ni lo que había hecho frente al espejo.

13:08 Le pusieron suero y lo pasaron a una sala con otros tres pacientes. Lo acomodaron en una cama junto a la pared. Me quedé un rato con ellos, pero después regresé al rancho. Pasaron tres días. En ese tiempo no hubo novedades del hospital, pero en la casa empezaron a sentirse cosas raras. Por las noches, cuando iba al baño, escuchaba un zumbido bajo, constante, como si hubiera insectos dentro de la pared. También empecé a oír pasos cortos por el pasillo. se escuchaban cerca de la cocina como si alguien caminara con los talones sin levantar bien los pies el cuarto del tío quedó vacío nadie lo usaba pero la familia seguía entrando para limpiar estaban sus camisas colgadas en la pared una maleta abierta en la esquina y debajo de la cama quedaban unas cajas con ropa vieja y cobijas la abuela decía que era mejor mantener el cuarto en orden por si regresaba pronto Una madrugada, al salir de mi cuarto para ir al baño, vi que la puerta del cuarto del tío estaba entreabierta. Pensé que la abuela la había dejado así al limpiar. Iba pasando por el pasillo cuando sentí un escalofrío. Me detuve y volteé un poco la vista. Por la rendija de la puerta, alcancé a ver algo dentro. Era una mujer. Estaba entrando debajo de la cama. Era delgada, de cabello largo. Se deslizaba de lado, rápido, como si no pesara nada. En

14:39 cuanto desapareció bajo la cama, me quedé inmóvil unos segundos. Caminé despacio hasta la puerta y empujé con cuidado. El cuarto estaba oscuro. Prendí la luz del pasillo y asomé la cabeza. No vi nada raro. Las cajas seguían ahí, apiladas debajo de la cama. No había espacio para que una persona se metiera. Caminé más cerca. Me agaché un poco. las cajas eran de cartón y plástico llenas de ropa algunas tenían etiquetas otras estaban medio aplastadas ninguna se veía movida nada estaba fuera de lugar salí sin hacer ruido cerré la puerta no le conté a nadie lo que había visto me metí a mi cuarto y me quedé sentado en la cama al día siguiente nos llamaron del hospital el doctor dijo que el tío había tenido una recaída que lo encontraron temblando con los brazos doblados hacia el pecho, que no hablaba ni reaccionaba. La abuela y el abuelo fueron a verlo de inmediato. Cuando regresaron, traían la cara de susto, sin expresión. La abuela nos contó que el doctor pidió estudios neurológicos, que pensaban que podía tener un trastorno extraño. pero que no sabían cuál dijo que ya no estaba hablando que lo mantenían con suero y que no se movía por su cuenta el abuelo no dijo nada se metió a su cuarto y no salió en toda la tarde esa noche cuando fui a la cocina por agua pasé otra vez frente al cuarto

16:11 del tío la puerta estaba cerrada todo estaba en silencio pero al pasar escuché un suspiro largo como si alguien estuviera acostado en la cama me quedé quieto con la mano en el vaso no quise acercarme me fui directo al cuarto y cerré la puerta me acosté con los ojos abiertos mirando al techo ya no estaba seguro de lo que estaba pasando A la mañana siguiente, mientras la abuela lavaba ropa en el lavadero, me llamó para preguntarme si alguien se había metido al cuarto del tío durante la noche. Le dije que no. Ella levantó una cobija mojada y me enseñó una mancha que tenía en el centro.

16:52 Pensó que era orina, pero el olor no coincidía. se agachó a olerla de nuevo y dijo que no era eso que tenía un olor raro como a llanta quemada me acerqué a ver la cobija estaba húmeda solo en un pliegue justo donde se marcaba la forma de un cuerpo recostado como si alguien con el cabello mojado o muy sucio se hubiera acostado encima era una mancha oscura más amplia por un lado la abuela insistió en que nadie más usaba ese cuarto que las ventanas seguían cerradas y que ella misma había dejado la puerta cerrada desde el último día que limpiaron. Me pidió que revisara por si algún animal se había metido, aunque le parecía extraño que algo hubiera ensuciado solo una cobija y no las demás cosas. Entré al cuarto sin prender la luz. La ventana estaba cerrada y todo parecía en orden. Las camisas seguían colgadas en el mismo sitio. La maleta seguía en la esquina, cerrada. Las cajas seguían debajo de la cama, donde siempre. Me agaché a mirar por si algo se había movido. Pero en una de las esquinas, junto al soclo, encontré algo pegado al suelo. Era una hebra larga de cabello, negra, opaca y gruesa. Tenía un nudo a la mitad, como si alguien se la hubiera arrancado de golpe. No se parecía al de la abuela ni al de nadie de la casa. Lo levanté con un papel y se lo mostré.

18:21 La abuela solo la miró, sin decir nada. Me preguntó si había visto algo raro últimamente, pero no le contesté. Pensé en contarle lo que había visto días atrás, pero mejor no le dije. No se me hacía muy relevante, aunque ya me estaba incomodando. Solo le dije que tal vez había sido algún perro que se metió. Ella me miró de reojo como si no lo creyera. Ese mismo día, el abuelo sacó una tabla de madera del gallinero. Era vieja, con clavos oxidados. La apoyó contra la puerta del cuarto del tío, como si no quisiera que se abriera por accidente. No dijo por qué lo hacía. Solo empujó la puerta con fuerza y la atoró con la tabla. Dormí mal otra vez. Me desperté varias veces, escuchando crujidos que venían del pasillo, como si alguien se moviera sin hacer ruido.

19:12 No había pasos ni voces, solo una especie de presencia, como si algo se quedara quieto detrás de la puerta. No fui a revisar. Me quedé acostado, sin moverme, con la vista fija en la rendija de luz que entraba desde la ventana. Sabía que algo se había metido a ese cuarto, que no era un animal ni una persona. En el hospital dijeron que el tío ya estaba estable. Había mejorado en los últimos días, comía bien, hablaba poco pero coherente, y si seguía así, lo darían de alta el fin de semana. La noticia trajo algo de calma. Un jueves por la tarde, regresé de un mandado y vi a un sacerdote saliendo por el pasillo. Llevaba una Biblia delgada en la mano y caminaba con tranquilidad. Mi abuela lo acompañaba hasta el portón. Se despidieron de forma amistosa, como si ya se conocieran. Yo lo saludé con la cabeza.

20:06 Cuando entré, le pregunté a mi abuela. Dijo que lo había llamado esa mañana para que bendijera la casa, sobre todo el cuarto del tío, antes de que él regresara. No lo dijo como si creyera que algo malo estuviera ahí, sino más bien como una medida de prevención. Según ella, prefería dejar todo limpio por dentro y por fuera. No le discutí. Pero, desde que vi al sacerdote salir, no pude dejar de pensar en la hebra de cabello que encontré pegada al piso, en el olor a llanta quemada que quedó en la cobija. Ni en lo que había visto aquella madrugada. Lo que se deslizó bajo la cama no lo imaginé. Lo vi claro. No hubo forma de confundirlo con una sombra. El sábado en la tarde mi tío volvió del hospital. Estaba más flaco y se le marcaban los pómulos. Caminaba lento, pero hablaba normal. Dijo que no recordaba muchas cosas, solo algunos sueños raros. La abuela ya le tenía todo listo. Le puso un colchón nuevo, ropa limpia y hasta un vaso con agua en la mesita.

21:13 Se acostó temprano, diciendo que quería dormir bien. esa noche estuvo todo en silencio yo me dormí más tranquilo que otros días a la mañana siguiente me levanté antes que todos fui al baño y al pasar por el cuarto del tío escuché algo era un murmullo muy bajo como un susurro sostenido me acerqué a la puerta y pegué el oído se seguía oyendo abrí con cuidado el tío estaba acostado boca arriba dormido no había nadie más en el cuarto no se veía movimiento ni objetos fuera de lugar me quedé unos segundos en la entrada el murmullo ya no se escuchaba cerré la puerta y regresé al baño sin pensar mucho Esa fue la última vez que sentí algo extraño en la casa. Mi tío se recuperó por completo. Volvió a trabajar unos meses después. Nunca dijo que hubiera sentido algo raro, más allá del malestar estomacal.

22:11 Para él fue una enfermedad, una infección fuerte que se complicó. Pero para nosotros no fue así. La abuela dejó de hablar del tema, pero a veces la encontraba rezando sola, en voz baja, frente a la estufa. Un día, meses después, volví a encontrarme con el sacerdote que había ido a la casa. Fue en la tienda del centro. Le pregunté si recordaba la visita. Me dijo que sí, que no era la primera vez que alguien lo llamaba por un caso parecido. Le pregunté si sabía que lo había provocado. Me dijo que algunas veces, sin que nadie lo sepa, se usa carne de animales marcados en rituales de encierro.

22:54 Que la entidad no se manifiesta mientras el cuerpo vive, pero si alguien mata y consume ese cuerpo, aunque sea por accidente, esa cosa queda libre. Ahí me di cuenta que todo eso ocurrió por ese chivo que tenía marcas extrañas en su cuerpo. Era seguro que había sido usado en un ritual.