July 21, 2025

CHIVO NAHUAL EN EL RANCHO Podcast Paranormal - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Mi papá se llamaba Pablo, murió en 2016. Nunca hablaba mucho de cosas raras, pero una vez, cuando yo ya era adulto, me contó lo que le pasó con un chivo negro. Lo dijo como quien escupe algo que llevaba guardado mucho tiempo, sin exagerar, sin meterle misterio, pero con una seriedad que no le conocía. Así que todo lo que voy a contar es lo que él me dijo esa única vez. Mi papá tenía unos 27 años cuando pasó. En ese tiempo vivía con su mamá, mi abuela, en el rancho donde nació. Estaba en una zona de monte bajo de esos terrenos abiertos, con árboles chaparros y tierra seca. Tenían espacio para animales y un corral de madera viejo que ya casi no usaban.

0:51 El abuelo, que era quien llevaba la mayoría de las cosas del campo, no estaba en ese tiempo. Se había ido a otro estado para cuidar a un hermano suyo que estaba enfermo. Así que en la casa solo estaban mi papá y mi abuela. Una tarde, mi papá salió a revisar unas cercas que estaban como a 20 minutos caminando. Llevaba un machete y un mecate por si encontraba algo. No era raro que se metieran coyotes o que algún animal dañara las mallas. Dice que cuando iba de regreso, escuchó un ruido entre los árboles. No fue fuerte, pero era constante. Pensó que era un coyote o un tejón. Se acercó con cuidado, machete en mano, y lo que vio lo dejó dudando. Era un chivo, negro, solo, caminando entre los arbustos como si estuviera buscando algo. No llevaba marca ni campanilla, ni rastro de haber sido amarrado antes.

1:49 Estaba suelto, pero no muy flaco. Tampoco se veía herido. Dice que le pareció raro verlo ahí, tan lejos de cualquier otro rancho, pero pensó que se le habría escapado a alguien. Intentó acercarse para amarrarlo con el mecate, pero el animal no se dejaba. Gruñía como si fuera perro bravo. Tiraba mordidas al aire y pataleaba cada vez que mi papá se arrimaba. Dice que lo que más le llamó la atención fueron los ojos. No eran normales. Se le veían grises, como apagados, como si estuvieran cubiertos de humo. Aún así, logró lanzarle el mecate y sujetarlo del cuello.

2:29 lo amarró como pudo y lo empezó a jalar de regreso al rancho el chivo no cooperaba se resistía con fuerza daba tirones se echaba en la tierra se giraba pero mi papá logró traerlo arrastrando por tramos ya casi al llegar se dio cuenta de que el chivo olía mal, no a animal sucio ni a corral, era un olor distinto, como cuando se quema carne, dice que pensó que se le había pegado algo, tal vez una infección, o que había pisado alguna cosa podrida, pero no le dio demasiada importancia, lo metió al corral viejo, el que estaba pegado al lado norte del terreno, Le puso agua en un bote de pintura lavado y le echó un poco de maíz molido en un comedero viejo. Cerró bien la puerta del corral y se metió a la casa. Cuando mi abuela lo vio llegar con el mecate en la mano vacío, le preguntó qué había agarrado. él le contó que había encontrado un chivo solo en el monte ella le dijo que a lo mejor era de alguien que no debía quedárselo así no más pero mi papá dijo que lo iba a criar y si en unos días nadie lo reclamaba lo iba a vender o a matar para sacar algo en el rancho no se desperdiciaba nada Esa noche no pasó gran cosa. Comieron temprano, se acostaron cada quien en su cuarto. Mi papá dormía cerca de la ventana que daba hacia el corral. A eso de las once, la perra que tenían, llamada Petunia, empezó a ladrar. no

4:02 era normal en ella siempre ladraba un poco cuando pasaba gente o cuando se escuchaban coyotes lejos pero se callaba sola esa vez no ladraba sin parar directo hacia el corral como si estuviera viendo algo que no se movía Mi papá se levantó y salió a ver qué tenía. Petunia estaba parada frente al corral con el pelo erizado. Ladraba agachada como si estuviera lista para correr, pero no se acercaba. Mi papá se asomó al corral. No vio nada raro. El chivo estaba echado en una esquina, aparentemente dormido. Le chifló a la perra para que se calmara y le dio un manazo suave para que se metiera. Petunia se fue, pero mirando hacia atrás varias veces. Mi papá cerró la puerta y volvió a acostarse. No pensó más allá.

4:50 Era un animal desconocido, nuevo, y los perros a veces se ponen nerviosos con eso. No sabía que eso solo era el principio. La misma noche en que trajeron al animal, después de que Petunia se calmó, todo quedó en silencio por un rato. Pero a las 3 y 20 de la madrugada, mi papá se despertó de golpe. Escuchó algo metálico arrastrándose afuera. No fue un ruido fuerte, pero sí constante, como si alguien empujara una lámina sobre tierra seca. Se levantó sin prender la luz, solo agarró la lámpara de pilas que siempre dejaba cerca. Se asomó por la ventana, pero no alcanzaba a ver bien, así que salió por la puerta trasera en puro calzón y camiseta con la lámpara encendida.

5:37 Petunia no ladraba. Estaba a unos metros del corral, con la cola entre las patas y la cabeza baja. No estaba echada, pero tampoco parecía lista para correr. Solo miraba hacia el corral sin moverse. Mi papá alumbró hacia adentro. El comedero estaba volcado. El maíz se había regado por todo el suelo. El chivo ya no estaba echado como antes. Estaba de pie en la esquina más oscura, con el cuerpo quieto y la cabeza girada hacia donde estaba la perra. No hacía ruido ni se agitaba, solo miraba. Dijo que esa mirada no era de animal asustado ni de animal bravo. Era fija como si supiera exactamente quién era Petunia, como si la estuviera estudiando. No gruñía, no rascaba el suelo, solo estaba ahí, como si lo hubieran colocado en esa postura.

6:29 Mi papá no se acercó más, solo cerró la puerta del corral con el pasador, se dio la vuelta y se metió de nuevo a la casa. Petunia lo siguió de inmediato. No ladró, no lo esperó, se metió sin hacer ruido y se echó bajo la mesa. A la mañana siguiente, ya con luz del día, fue a revisar el corral otra vez. El chivo estaba echado en la misma esquina donde lo había visto la noche anterior. Esta vez parecía dormido, pero el bebedero estaba sucio, no con hojas ni polvo normal. Tenía tierra mojada dentro, como si alguien hubiera metido las patas llenas de lodo o lo hubiera llenado a propósito con puño. El agua estaba turbia, no tenía sentido. La noche anterior la había dejado limpia.

7:15 Volvió a llenar el bebedero y lo colocó más lejos de la esquina. Le echó otro poco de alimento y se fue a desayunar. Le contó a mi abuela lo del ruido y cómo había encontrado el comedero volcado. Ella le dijo que se deshiciera del animal, que no le gustaba nada de eso, que no se sentía tranquila. Pero mi papá no era supersticioso. Dijo que todo tenía lógica si se buscaba bien, que el animal era bravo, sí, pero no algo para espantarse. esa tarde antes de que oscureciera decidió colgar una lámpara vieja en el poste que estaba frente al corral era de foco largo y cable trenzado de las que se usaban para alumbrar el patio cuando se mataban puercos acomodó la extensión por una ventana la conectó en la cocina y dejó todo listo para que si pasaba algo en la noche pudiera verlo desde dentro Al llegar la hora de acostarse, mi papá no se sentía tranquilo, así que volvió a salir a revisar el corral una última vez. Levantó la lámpara portátil y se acercó al portón. El chivo seguía en la misma esquina, pero esta vez no estaba echado del todo. Tenía el lomo en el suelo, pero la cabeza erguida. Miraba directo hacia la casa como si pudiera ver la silueta de mi papá. Los ojos ya no eran grises como la primera vez. Dijo que se le veían amarillentos, como los de la gente que tiene el hígado podrido. La luz

8:47 de la lámpara le daba directo en la cara, pero el animal no parpadeaba, no giraba la cabeza, solo lo veía. Respiraba lento, como si no tuviera prisa. Mi papá dijo que le dieron escalofríos, no por miedo, sino por la incomodidad de saber que estaba siendo observado, como si algo ahí supiera más de lo que aparentaba. Volvió a cerrar el portón. Revisó la cadena del pasador. Todo estaba firme. La lámpara seguía encendida, alumbrando a medias, pero no se movía. Petunia no salió esa vez. Se quedó acostada junto a la puerta, levantando solo la cabeza cuando escuchaba pasos. Mi papá entró a la casa, apagó la lámpara de mano y se acostó. Dijo que no logró dormir bien. Se sentía inquieto. Soñó que alguien caminaba sobre el techo, pero no eran pasos de persona, sino de algo con pezuñas.

9:43 No lo mencionó en ese momento. Solo se despertó varias veces, sudado y con la boca seca. Esa misma noche, cuando todo parecía en calma, la lámpara que mi papá había colgado afuera empezó a parpadear. No había viento. El aire estaba quieto. No se movía nada que pudiera explicar por qué la luz se encendía y se apagaba como si alguien pasara adelante. Pero el parpadeo era irregular. No era como cuando un foco está fallando. Era más bien como si algo cruzara una y otra vez frente al haz de luz. Mi papá lo notó desde la ventana del cuarto. Dijo que no se veía ninguna sombra, pero que la forma en la que esa luz bajaba y subía le provocó escalofríos. Como si algo invisible caminara lentamente por delante. Petunia, que normalmente dormía afuera, ya había empezado a meterse a la casa por su cuenta. Esa noche no hubo necesidad de llamarla. Apenas oscureció, se echó bajo la mesa y no se movió más. A las 3 y 17 de la madrugada, mi papá se despertó solo, como si alguien lo hubiera tocado.

10:55 No escuchó un ruido fuerte, pero sí algo que lo hizo sentarse en la cama. Eran pasos pesados, como cuando alguien camina sobre tierra suelta, pero arrastrando un poco los pies. No era constante. Eran dos pasos, luego silencio, luego uno más, luego nada. Pensó que el chivo se había soltado. Se asomó por la ventana del pasillo. No alcanzaba a ver bien el corral por la oscuridad, pero notó que el poste donde estaba colgada la lámpara ya no estaba derecho. Estaba inclinado hacia el corral, como si algo lo hubiera empujado desde un lado o como si el cable lo jalara con peso. La lámpara seguía encendida, pero su luz ya no llegaba hasta donde debía. No salió. Solo se quedó un rato en la ventana, esperando a que algo se moviera, pero todo quedó en silencio. Los pasos no volvieron.

11:50 Petunia no gruñía. Solo respiraba fuerte, como si estuviera nerviosa. A la mañana siguiente salió con el primer rayo de luz. Revisó el poste. El cable estaba tenso, pero no roto. el foco colgaba un poco más bajo como si lo hubieran movido al llegar al corral notó que las tablas del lado norte estaban separadas no rotas ni sueltas pero sí abiertas lo justo para que pasara una mano o un hocico empujando con fuerza No era normal. Ese corral llevaba años ahí y nunca se abría así con el solo peso de un animal. El chivo seguía ahí, echado, pero más sucio. Tenía la parte del lomo manchada de tierra húmeda. La piel se le veía opaca como si estuviera enfermo y el olor era más fuerte que antes.

12:41 Ya no olía solo a animal o a corral sucio. Era un hedor espeso, como de excremento viejo o carne mojada. Mi papá se tapó la nariz con el brazo, le echó agua en el bebedero, pero ya no se atrevió a tocarlo. Mi abuela salió cuando lo vio en el corral. Le preguntó si todo estaba bien. Él le explicó lo de la lámpara, lo del poste y cómo habían aparecido las tablas abiertas. Ella no le pidió explicaciones. Solo le dijo que ese animal no debía estar ahí, que no le gustaba, que algo se sentía pesado desde que llegó y que no era idea suya, que lo había sentido también la noche anterior, cuando fue al baño y sintió como si la estuvieran mirando desde la oscuridad. Mi papá le dijo que pensaba amarrarlo más lejos del terreno, que había un árbol junto a la pila vieja donde podía tenerlo, que lo haría más tarde, pero que no lo iba a soltar, que no le parecía lógico que un chivo solitario causara tanto, que seguramente estaba enfermo o era muy bravo, pero que no había razón para inventarse cosas. Ella no le discutió, solo le dijo que hiciera lo que creyera mejor.

13:55 pero que no lo trajera otra vez a la casa, que no lo metiera más al corral, que lo mantuviera lejos, mi papá sintió pero no actuó de inmediato, se metió a desayunar sin hablar más del tema, esa tarde antes de que cayera el sol se sentó en el marco de la puerta con la lámpara portátil y se quedó viendo hacia el corral por varios minutos, no se movía nada, el chivo estaba echado, con la cabeza hacia abajo, pero cada cierto tiempo levantaba la mirada, no hacia el monte, no hacia donde estaba el agua, miraba hacia la casa, mi papá no decía nada, pero algo se le notaba en la cara, como si ya no estuviera tan convencido de que todo tenía explicación, esa fue la primera vez que dudó aunque no lo admitió, A medianoche, Petunia se levantó de golpe. No ladró, no fue a la puerta como otras veces. Se quedó parada junto a la mesa, con el cuerpo tenso y las orejas pegadas al cráneo.

14:55 Gruñía muy bajito, apenas audible, como si no quisiera que la escucharan desde afuera. Tenía la mirada fija en la puerta de lámina. como si pudiera ver algo a través mi papá no preguntó nada solo se levantó y caminó descalzo hasta la entrada se acercó en silencio sin prender luces se colocó al lado de la puerta y se asomó por una rendija que quedaba entre la madera y el marco lo que vio lo dejó helado dijo que al principio pensó que era una persona pero estaba demasiado agachada no gateaba no caminaba erguida se arrastraba iba tan pegada al suelo que parecía que no tenía huesos se movía rápido cruzando de un lado al otro frente al corral con pasos que no hacían ruido se deslizaba como si lo empujara el viento pero sin levantar tierra la figura no tenía forma clara no llevaba ropa tampoco parecía tener pelo sólo era un cuerpo oscuro que se encorvaba y se estiraba de forma antinatural nunca miró hacia la casa sólo iba de un lado al otro como si buscara algo o estuviera cuidando el corral la lámpara que mi papá había colgado seguía encendida pero no iluminaba bien La luz no alcanzaba a tocar lo que estaba ahí.

16:15 Era como si esa cosa se moviera justo fuera del alcance. Mi papá no abrió, no hizo ruido. Solo se quedó ahí, con la mano apoyada en el marco, respirando despacio. Dijo que sentía como la piel se le tensaba en la espalda, como si alguien lo estuviera viendo desde adentro de su propia casa. No sabía cuánto tiempo pasó, tal vez minutos, tal vez más. Petunia se echó de golpe bajo la mesa, no gruñó más, empezó a temblar. Su cuerpo se movía sin control, como si le diera frío o fiebre. Tenía los ojos bien abiertos y el hocico cerrado. Mi abuela bajó después. Le preguntó qué pasaba. Él no respondió. Solo le dijo que no prendiera luces y que mejor esperaran un rato antes de acostarse de nuevo. Ella no insistió.

17:06 Se quedó de pie junto a la mesa mirando la puerta sin decir palabra. Cerca de las cuatro de la madrugada, el silencio se rompió. No con un grito, no con un golpe. Fue un crujido, como si alguien pasara las uñas por las maderas del corral, una por una, muy lento. Petunia se escondió más hondo entre los muebles. No lloraba, pero su respiración era rápida y entrecortada. Mi papá volvió a asomarse por la misma rendija. no vio a la cosa que se arrastraba ya no estaba pero el chivo sí estaba de pie pegado a las tablas no se movía tenía la cabeza vuelta hacia el monte en dirección contraria a la casa la cola erguida las patas firmes no parecía un animal normal no se notaba inquieto ni alterado Mi papá se quedó mirando sin parpadear. No se atrevió a salir. Algo dentro de él le decía que no era buena idea, que abrir la puerta en ese momento era cruzar un límite que no debía tocar. Dijo que el chivo parecía estatua, que ni siquiera parpadeaba, que los ojos le brillaban como si tuvieran agua, pero no reflejaban la luz. La abuela no volvió a hablar. se sentó junto a la estufa y empezó a rezar por lo bajo no era rezadora nunca lo fue pero esa noche lo hizo petunia no salió de su escondite hasta que amaneció y aun cuando el sol ya alumbraba no

18:38 cruzaba la puerta solo estiraba el cuello para mirar hacia el patio mi papá salió en cuanto hubo luz suficiente fue directo al corral las maderas del lado este estaban rayadas no como con cuchillo sino con algo más delgado como si una mano huesuda hubiera pasado las uñas desde adentro el chivo ya no estaba parado se había echado pero tenía el lomo sucio muy sucio con tierra húmeda como si se hubiera revolcado La soga seguía en su cuello, apretada, pero no rota. Todo indicaba que no se había soltado, que no había salido de ahí. Aún así, las marcas estaban.

19:18 Mi papá no dijo nada. Se agachó, limpió el bebedero y lo volvió a llenar. El chivo lo miraba. No movía la cabeza, solo los ojos. Como si supiera lo que estaba pensando. Esa fue la noche en que las cosas dejaron de parecer coincidencia. A partir de ahí, todo empezó a sentirse más cercano, más personal. Mi papá dijo que algo no estaba bien. que ese animal no se comportaba como los demás, que ningún chivo se movía como él, que ningún animal hacía callar a los perros solo con estar cerca, que Petunia se escondiera, que no lo enfrentara, ya era demasiado raro. Petunia vomitó dentro de la cocina.

20:01 Era una mezcla espesa, con olor a sangre vieja, revuelta con algo más oscuro, como tierra húmeda. El vómito tenía un color entre rojizo y café y al tocarlo con un trapo mi papá notó que se pegaba como en grudo. Revisó el plato de la perra. Estaba limpio. No había comido nada fuera de lo normal. Tampoco había salido. Lo único que había cerca era el corral. Limpió sin decirle nada a mi abuela. Solo se quedó mirando el piso un rato, como pensando qué hacer. Cuando la luz comenzó a entrar por las rendijas de la ventana, tomó la cuerda con fuerza. Dijo que ya era mucho, que si ese animal se iba a quedar tenía que ser lejos, afuera del terreno. Caminó hasta el corral sin hablar. Petunia no lo siguió. La dejó echada en la cocina con la mirada baja. Al llegar al corral, abrió el portón de lado. El chivo seguía echado de espaldas como si durmiera, pero en cuanto sintió que lo jalaban, se levantó de golpe, lanzó la cabeza contra el pecho de mi papá y lo tiró de espaldas. Mi papá cayó con la espalda en el suelo y el aire se le fue por completo.

21:13 Dijo que, por un momento, pensó que no iba a poder levantarse. Alcanzó a ver que el chivo levantó las patas delanteras como si fuera a dejarse caer sobre él, pero se detuvo. Se quedó ahí, respirando fuerte, con la cabeza agachada y el lomo erizado. No mugía como otros animales, no chillaba. sólo hacía un ruido grave como un ronquido largo que salía de muy dentro mi papá se levantó con esfuerzo tenía raspado el costado derecho y la rodilla le punzaba como si se hubiera torcido aún así jaló la cuerda con todo lo que pudo el chivo pataleaba bufaba se resistía con fuerza no parecía que lo estuvieran arrastrando sino que él mismo empujaba en sentido contrario con rabia lo llevó por el terreno con las botas arrastrando tierra, hasta llegar al árbol grande que estaba cerca de una pila vieja. Ahí lo amarró con doble vuelta, asegurando el nudo como pudo. El animal no se quedaba quieto, daba vueltas, pateaba el tronco y trataba de morderlo en cada oportunidad.

22:23 Una de esas veces le pateó una piedra que se le fue directo a la pierna. No le rompió nada, pero le dejó una marca morada que le duró días. Mi abuela salió al ver lo que pasaba, se quedó en la sombra del techo con los brazos cruzados, no se acercó, solo le dijo que ya no lo trajera de regreso, que si lo hacía por venderlo ella le daría lo que pudiera. pero que ese animal no podía estar más en el terreno, que algo no estaba bien con él, que no era solo un chivo bravo, que no era normal que los perros le huyeran y que la casa se sintiera así desde que llegó. Mi papá no respondió, se quedó viendo al chivo desde lejos, el animal también se quedó quieto, lo miraba de lado sin parpadear, con la cuerda tensa en el cuello y las patas abiertas no se movía ni comía, solo respiraba lento. Esa tarde, mi papá fue al pueblo. Caminó despacio, cojeando un poco por el golpe en la pierna. En el camino, pensaba en lo que estaba haciendo. No sabía si valía la pena criar a ese animal. No sabía si debía matarlo o soltarlo. Pero tampoco se sentía capaz de dejarlo ir sin más. Algo en él lo hacía quedarse cerca. En la tienda de alimento, compró costales de forraje y una cadena gruesa. Le dijo al encargado que tenía un chivo muy bravo, que lo había encontrado en el monte y que no había forma de controlarlo con cuerda. El de la tienda le recomendó un gancho viejo para fijar la

23:55 cadena al tronco. Mi papá regresó del pueblo cuando ya casi oscurecía. lo primero que notó al llegar fue que petunia no salió a recibirlo no se escuchó su ladrido ni el golpeteo de sus patas sobre la tierra como hacía siempre que lo veía volver caminó hasta la entrada sin apurarse pero con la mirada inquieta no era normal que no saliera ni siquiera asomó la cabeza La encontró agachada en una esquina de la cocina, con la cabeza baja y la cola entre las patas. No temblaba, pero tenía una expresión apagada. Cuando se acercó, vio que una de sus patas traseras estaba manchada de sangre. No era mucha, pero suficiente para alarmarlo. Se agachó para revisarla. Petunia no se resistió, solo emitía quejidos suaves, como si se estuviera aguantando el dolor. El corte era poco profundo, pero estaba justo en una coyuntura, en la parte donde la pata se dobla. No parecía una mordida. Era recto, como si algo se lo hubiera prensado o golpeado con fuerza. Al tocar alrededor, la perra se quejaba más fuerte. No había fractura, pero la zona estaba caliente e inflamada. La abuela llegó con un trapo y agua oxigenada. Dijo que no había escuchado nada, que todo había estado en silencio, que ni siquiera la había oído chillar. Mi papá tampoco encontró nada que explicara la herida. El corral estaba cerrado, la casa también.

25:28 No había rastros de pelea ni de que se hubiera atorado en algo. Petunia no quiso levantarse ni cuando trataron de ayudarla. Solo se arrastró un poco para acomodarse mejor y volvió a quedar echada con la mirada fija en el suelo. Mi papá se quedó unos segundos observándola. Luego dejó el costal con alimento junto a la puerta y caminó directo al árbol donde había dejado al chivo. Llevaba la cadena gruesa enrollada en el brazo y una pinza vieja que había traído para asegurarla al tronco. La tarde ya se había ido, solo quedaba luz naranja en el horizonte y el resto del terreno se empezaba a llenar de sombras. Cuando se acercó al árbol, el chivo empezó a forcejear, no estaba echado como lo había dejado, tampoco bien amarrado. la cuerda seguía en su cuello pero colgaba floja como si se hubiera resbalado en algún momento el animal caminaba en círculos cortos con las patas rígidas y lanzaba la cabeza de un lado a otro como si supiera que lo iban a sujetar otra vez mi papá se acercó con cuidado quiso sujetarlo con la mano buena mientras preparaba la cadena con la otra En cuanto tocó la cuerda, el chivo giró con violencia y le lanzó un mordisco a la mano. Le alcanzó justo entre el pulgar y el índice. La presión fue rápida, como si hubiera apuntado exacto. Mi papá gritó y se zafó de inmediato.

26:54 No fue una mordida profunda, pero la marca quedó. Dos líneas rojas que le abrieron la piel y sangraban despacio. Dijo después que, si el animal hubiera cerrado bien la mandíbula, le habría arrancado un pedazo. Se sujetó la herida con el brazo contra el cuerpo, apretando con fuerza, y con la otra mano logró pasar la cadena por el cuello del chivo. Lo amarró con fuerza al tronco y aseguró el gancho a un nudo que ya había hecho. El animal bufaba, no mugía, no se quejaba, solo exhalaba por la nariz con fuerza, como si odiara estar atado. Mi papá se quedó viéndolo unos segundos, respirando agitado, con la mano lastimada apretada contra la camisa. Solo lo miró como si quisiera entender algo que no podía. El chivo lo miraba también, de lado, sin parpadear. Volvió a la casa caminando más lento. Petunia seguía echada. La abuela le tenía una toalla debajo y una taza con agua cerca. La miraba con preocupación, pero sin decir mucho. Preguntó qué pasó.

28:03 Él solo dijo que lo había alcanzado. No explicó más. fue al baño, lavó la herida con jabón y se vendó con un trapo viejo. Esa noche no comió. Se quedó sentado cerca de la ventana, en silencio, mirando hacia el monte. Esa noche, después de curarse la mano con agua oxigenada y envolverla con un trapo limpio, mi papá se sentó en el sillón que estaba junto a la ventana del comedor. No encendió la televisión ni el radio. Solo se quedó ahí, en silencio, mirando hacia afuera. Petunia dormía bajo la mesa, pero no como antes. Estaba recogida, con las patas bajo el cuerpo y las orejas pegadas al cráneo. Afuera no había viento. El monte estaba callado.

28:51 La lámpara vieja que colgaba cerca del corral seguía encendida, pero ya no alumbraba bien. El foco parpadeaba de vez en cuando, lanzando destellos cortos que apenas alcanzaban a iluminar el tronco del árbol. La luna estaba baja, casi rozando las copas de los árboles, pero su luz era suficiente para ver las siluetas. Desde donde estaba, mi papá alcanzaba a ver el árbol donde había dejado amarrado al chivo. Al principio no notó nada extraño. El cuerpo oscuro del animal parecía estar ahí, como siempre, inmóvil. Pero cuando entrecerró los ojos y enfocó mejor, el chivo no estaba echado, tampoco caminaba, estaba parado. pero no sobre las cuatro patas estaba erguido completamente recto sobre las patas traseras el lomo recto el cuello firme las patas delanteras colgando a los costados como si no le sirvieran como si fueran brazos inútiles no se movía no se tambaleaba estaba perfectamente erguido con la cabeza levantada y los ojos clavados hacia la casa La cadena colgaba floja a un lado como si ya no tuviera peso, como si no estuviera haciendo fuerza, como si el animal ya no necesitara de ella. Mi papá se quedó paralizado. Lo vio por varios segundos sin pestañear.

30:14 No podía entender lo que veía. Un chivo no se pone de pie así. No se sostiene sin ayuda. No mira de frente por tanto tiempo sin moverse. Dijo que lo que más lo aterraba no era cómo estaba parado, sino la forma en que mantenía la mirada. Fija, fría, sin parpadear. No le dijo nada a la abuela, no quería que se asustara más. Se levantó despacio del sillón, con el corazón latiéndole en la garganta. Caminó hacia la puerta, no para abrirla, sino para asomarse mejor por la rendija. Quería comprobar que no estaba alucinando. que la luz no le estaba jugando una broma, pero al mirar de nuevo el chivo seguía igual, de pie, en dos patas, mirando derecho hacia él, sintió un impulso de salir corriendo, no a huir, sino a hacer algo, agarrar una piedra, gritarle, tirársela, lo que fuera, no aguantaba más tenerlo ahí parado, observando, Abrió la puerta de golpe y salió con pasos fuertes, con la mano vendada, apretando el costado de la camisa.

31:22 Caminó firme, directo, hacia donde tenía unas piedras acumuladas en una esquina del terreno. Pero, al dar apenas unos pasos fuera de la casa, se detuvo en seco. El chivo ya no estaba erguido. Estaba en sus cuatro patas, tranquilo, como si nada hubiera pasado. Miraba hacia otro lado, hacia el monte, con las orejas en posición normal. Ni siquiera parecía alterado. La cadena estaba tensa otra vez, como si no se hubiera soltado nunca. Mi papá no se acercó más. Se quedó parado en medio del terreno, con el pecho agitado y las manos frías. No tiró la piedra. No le habló. Solo lo observó por un rato. Esperó a que hiciera algún movimiento que confirmara que sí había pasado lo que había visto. Pero el chivo no volvió a pararse.

32:12 Solo caminó un poco, rascó el suelo con una pata y se echó de nuevo bajo el árbol. Regresó a la casa despacio. No dijo nada cuando entró. La abuela lo miró desde la cocina, pero no preguntó. Petunia seguía bajo la mesa. No se había movido. Solo levantó la cabeza un poco cuando él cruzó la sala y se volvió a sentar en el sillón. Esa noche no durmió. se quedó con los ojos abiertos mirando por la ventana esperando que se repitiera pero no pasó el chivo no volvió a pararse tampoco se acercó todo permaneció en silencio hasta el amanecer ya no se trataba solo de un animal raro ni de un chivo enfermo que había algo más algo que jugaba con él que sabía cuándo verlo y cuándo esconderse, y que, si antes dudaba, esa madrugada se convenció de que lo que tenía amarrado no era un chivo normal, era otra cosa, y la cadena no iba a detenerlo por mucho tiempo. Después de esa madrugada, mi papá cambió su forma de tratar al animal, no volvió a acercarse con firmeza ni a revisar la cadena como antes. solo salía por la mañana dejando un poco de agua y maíz a una distancia prudente del árbol no lo miraba directo no decía palabra hacía lo justo y regresaba a la casa el chivo no se movía mientras él estaba ahí pero lo seguía con la mirada quieto sin parpadear y apenas mi papá se daba la

33:42 vuelta el animal se arrastraba unos pasos jalando la cadena como si esperara el momento exacto para acercarse a lo que le dejaba Petunia no volvió a salir sola. Se escondía bajo la cama en cuanto el sol empezaba a bajar. Si escuchaba algún ruido afuera, no ladraba. Solo gruñía despacio, casi como si lo hiciera por reflejo. Ya no tenía el valor que mostraba antes. A los pocos días regresó mi abuelo. Había estado cuidando a su hermano enfermo en otro estado. Le contaron lo del chivo, aunque mi papá no dio muchos detalles. Solo dijo que el animal era agresivo, raro, que no parecía enfermo, pero sí distinto. El abuelo pidió verlo.

34:29 Mi papá lo llevó hasta el árbol sin decir mucho. El chivo estaba echado, con el lomo levantado y los ojos fijos. No bufó ni pataleó al verlos, solo los observó. El abuelo se quedó mirando un rato en silencio. Luego dijo que no había nada más que pensar. que ese animal no era normal, que algo lo habitaba o lo acompañaba, y que tenerlo ahí era como tener una puerta abierta. Dijo que no se le debía tener piedad a un animal así, que no servía de nada criar algo que se movía raro, que enfermaba a los perros, que hacía temblar la casa solo con estar atado cerca. Dijo que era mejor matarlo, usar la carne. Esa misma tarde, él y mi papá se acercaron al árbol con un lazo grueso y un cuchillo largo. El chivo, al verlos, se puso de pie. Bufaba fuerte. Pateaba el aire. Mordía hacia el frente con los dientes descubiertos. Tardaron en sujetarlo. Cuando por fin lograron amarrarlo del hocico y sostenerlo entre los dos, el abuelo fue quien levantó el cuchillo. el chivo chilló como si fuera persona era un chillido agudo largo el abuelo sujetó al chivo hasta que dejó de moverse lo mantuvo en el suelo con las patas abiertas y el cuello goteando hasta que todo quedó en silencio ese mismo día despellejaron al animal cortaron la carne en trozos y

36:00 la metieron en bolsas la llevaron al pueblo en la camioneta y en el pueblo vendieron todo