Catemaco: Lo Que Pasa De Noche Es Lo Que Nadie Te Advierte - Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi nombre es Pedro y esta es mi historia. Me pasó hace algunos años y la recuerdo como si hubiera sido ayer. Yo fui a Catemaco por un motivo simple. Un familiar cercano llevaba dÃas mal, con un cansancio raro y una fiebre que subÃa y bajaba sin orden. En mi casa ya no sabÃan a quién más acudir. HabÃan ido con médicos, habÃan cambiado medicinas, habÃan probado remedios de cocina y la mejorÃa no llegaba. Una vecina que tenÃa familia en Veracruz me habló de un curandero conocido del pueblo, de esos que la gente busca. Yo no iba con ganas de creer ni de discutir. Iba por una oportunidad de ayudar a los mÃos y regresar con algo concreto.
0:48 Llegué a Catemaco en la mañana y lo primero que sentà fue el calor húmedo pegado a la piel. En el centro vi movimiento constante. gente entrando y saliendo del mercado, y tiendas donde vendÃan hierbas secas en ramos, velas de varios colores, jabones, lociones e imágenes. Ahà entendà algo rápido. Hablar de curación y de trabajos era parte de la vida diaria. Me quedé en un hospedaje sencillo, cerca de las calles donde estaban la mayorÃa de los negocios. El dueño me dio la llave y me señaló el cuarto. Mientras me acomodaba, me preguntó de dónde venÃa y a qué iba. Le expliqué lo de mi familiar y el curandero.
1:31 Me dijo, como si hablara de cualquier cosa, que también habÃa gente que trabajaba para hacer daño, por si me interesaba. Esa manera de decirlo sin cuidado se me quedó sonando. Salà en la tarde a ubicar al curandero que me habÃan recomendado. En el mercado, el ambiente era pesado por los olores. Comida caliente, copal en un bracero, y la humedad de la tierra, caminé despacio para no perderme, vi compras que se veÃan distintas por la cantidad y por la prisa, una señora se llevó velas negras por varias piezas, envueltas en papel, un hombre compró cuchillos de trabajo, de esos que se usan para carne, y los guardó de inmediato en una bolsa, otros cargaban botellas e imágenes del diablo y figuras extrañas, Esa tarde no alcancé a ver al curandero. Me dijeron que a veces salÃa a atender gente por fuera y que regresaba más tarde. Volvà al hospedaje con la idea de salir temprano al dÃa siguiente.
2:34 Me bañé, me cambié de ropa y me quedé un rato cerca de la ventana mirando hacia la calle. El dueño seguÃa despierto caminando por el pasillo como si estuviera pendiente del movimiento. Ya más tarde, vi pasar a dos hombres por la parte de afuera del hospedaje. No iban caminando como quien va al centro. Cargaban una bolsa pesada entre los dos, agarrada por las puntas, y la mantenÃan levantada para que no arrastrara. Se movÃan con cuidado, atentos a los pasos. Me ganó la curiosidad. Me puse los zapatos, bajé y salÃ. Los seguà a distancia. Tomaron una calle menos iluminada y luego un tramo donde se sentÃa más el olor del agua. El camino se puso irregular, con vegetación a los lados y el piso húmedo. Ellos no volteaban mucho, pero su forma de caminar decÃa que no querÃan compañÃa. Yo me quedé atrás, cuidando mis pasos. Llegaron a una zona cercana a la laguna donde la vegetación se cerraba. Entraron por un camino angosto y yo me detuve antes, donde todavÃa podÃa ver sin meterme de lleno.
3:43 Desde ahà alcancé a distinguir velas en el suelo. El humo de copal subÃa y se movÃa con el aire. HabÃa pocas personas, cinco o seis, y hablaban en voz baja. Vi que acomodaban cosas en el suelo y que uno traÃa un cuchillo, y la bolsa que cargaban la pusieron cerca de una piedra. Luego vi el animal. Estaba amarrado y se movÃa por el miedo, pero lo sujetaron y lo sacrificaron rápido. La sangre cayó en la tierra y el olor se hizo pesado, como hierro mezclado con humedad. Uno se agachó y con la mano extendió sangre sobre el suelo, como si marcara una lÃnea. Al lado vi botellas, una bandeja y más velas. Ese momento me dio asco y me obligó a moverme. Ahà escuché un quejido apagado que no venÃa del animal. Fue corto. como si alguien intentara respirar con algo en la boca. Miré hacia la piedra y vi una prenda humana tirada cerca, una camisa manchada puesta ahÃ. El cuerpo se me tensó y la idea fue directa. HabÃa alguien retenido y yo estaba viendo algo que no debÃa ver. Me movà para irme, pero en el primer paso pisé una rama húmeda y tronó.
4:58 Una lámpara se levantó y la luz me pegó directo. Uno lanzó una voz hacia los demás y otro avanzó. Yo corrà y me metà por el mismo camino por donde habÃa llegado. El piso resbalaba. Sentà las ramas pegándome en los brazos y en la cara. Brinqué un alambre bajo y me raspé el antebrazo con fuerza. Pero seguà hasta encontrar otra vez la calle más pareja y las luces del centro. Llegué al hospedaje sucio de lodo, con la ropa manchada y los raspones ardiendo. Entré rápido. Y en la entrada vi al dueño despierto, sentado, mirándome fijo, con la misma calma con la que me habÃa hablado del daño. Esa mirada fue lo que más me dejó intranquilo, porque parecÃa vigilancia, como si ya supiera exactamente de dónde venÃa.
5:49 Subà al cuarto y cerré con seguro. Me lavé rápido y me quité la camisa para revisar los raspones. TenÃa tierra y hojas pegadas. Me senté a respirar y escuché pasos en el pasillo, pero se detuvieron junto a mi puerta y alguien rozó la madera, como buscando el número. Después se alejaron. En el patio oà al dueño hablando con otra persona y el sonido de las llaves. Me quedé despierto, vestido, con el teléfono en la mano, esperando que amaneciera. Pensé en mi familiar y en el motivo real de estar ahÃ. Al amanecer tenÃa que buscar al curandero. También entendà que la curiosidad ya me habÃa metido en problemas.
6:30 Al amanecer seguÃa con el cuerpo tenso por lo de la noche anterior. Me levanté con la boca amarga y una pesadez en los hombros, como si hubiera dormido con fiebre. Fui directo al baño, me eché agua en la cara y me miré el brazo, donde me raspé al brincar el alambre. Ahà vi algo que no cuadraba con un simple raspón. En el antebrazo, un poco más arriba de la herida, traÃa una marca pequeña y redonda, como una quemadura puntual. No era grande, pero estaba bien definida, con el borde parejo. Me quedé mirándola un rato porque yo no recordaba haberme quemado y en el cuarto no habÃa nada caliente. Me ardÃa mucho, y no sabÃa qué ponerme para quitarme ese dolor, y todavÃa estaba confundido porque no recordaba de verdad haberme quemado con algo. Me vestà y bajé con la intención de salir al centro, pero en la entrada estaba el dueño, acomodando cosas como si no hubiera pasado nada. Me miró igual que la noche anterior, con una calma que se sentÃa ensayada. Yo traÃa la idea de que lo mejor era hacer lo que iba a hacer desde el principio y no quedarme atrapado en la paranoia. Iba por mi familiar, por un curandero y por un remedio claro, pero al mismo tiempo traÃa el pensamiento fijo de que me habÃan visto cerca del agua y de que alguien habÃa caminado por el pasillo de mi puerta. Salà sin platicar de más y caminé hacia
8:02 donde me habÃan dicho que podÃa encontrar al curandero. Katemako ya estaba despierto. Volvà a ver lo mismo del dÃa anterior. Las tiendas con hierbas, las velas en filas, los jabones y lociones, y la gente comprando lo diario. Eso, lejos de tranquilizarme, me confirmó que para mucha gente esas cosas eran rutina, y que lo raro era que yo estuviera sorprendido. Me dieron la dirección y llegué a una casa sencilla, con un patio donde tenÃan plantas y un olor constante a copal. El curandero me recibió sin apuro. Le expliqué por qué estaba ahÃ. Le hablé de mi familiar como pude, con los sÃntomas, con lo que ya habÃan intentado en casa y con lo que yo esperaba conseguir. Una revisión seria y un camino claro. Luego le conté lo de la noche sin adornar. Le dije que vi un grupo cerca del agua, que vi velas en el suelo, humo, un sacrificio rápido y que escuché un quejido que me hizo pensar en una persona retenida. Luego le dije que al parecer alcanzaron a verme y me corretearon, pero alcancé a escapar. Y como el dueño del hospedaje me miró al verme regresar. Ãl no se impresionó, se enfocó en los detalles concretos. Me preguntó dónde me estaba quedando, cómo se llamaba el lugar y qué tan cerca estaba del centro.
9:26 También me preguntó que si por qué calle salà cuando seguÃa a los hombres. cuánta gente vi en total, qué objetos alcancé a identificar y si alguien me alcanzó a tocar durante la huida, ahà recordé el jalón del brazo cuando salté el alambre, se lo dije y le mostré la marca junto con el raspón, me observó el antebrazo con cuidado y me pidió que le describiera la forma exacta en que me habÃan hecho esa marca, pero yo no lo recordaba, Me hizo una limpia sencilla, usó humo de copal, hierbas y un rezo corto. Mientras lo hacÃa, me dijo algo directo. Si me vieron, habÃa dos riesgos reales.
10:09 Uno era que intentaran callarme, por miedo a que yo hablara con alguien del pueblo o con una autoridad. El otro era que intentaran enfermarme, para que me fuera asustado y sin ganas de abrir la boca. Me explicó que la gente que hace daño no siempre busca matar. Muchas veces busca controlar y que el miedo es una herramienta fácil cuando alguien ya está alterado. Cuando terminó, me dijo que revisáramos mi cuarto. No me mandó solo, salimos juntos y caminamos hacia el hospedaje. En el trayecto, me dijo que me fijara en la gente que me miraba demasiado, en quien cambiara de ruta al verme y en quien se quedara detenido sin razón. Yo no querÃa convertirme en alguien que sospecha de todos, pero me quedó claro que tenÃa que observar. Llegamos y entramos. El dueño nos abrió con una sonrisa que se sentÃa forzada, como si le molestara que yo fuera acompañado. El curandero no se puso a discutir con él. Subimos al cuarto. En cuanto entró, se fijó en cosas que yo no veÃa. Miró el piso cerca de la puerta, revisó si habÃa tierra en un rincón donde no debÃa, movió un poco una silla, se asomó detrás del mueble donde yo habÃa dejado mi mochila.
11:26 Me pidió que no tocara nada y que solo le dijera cómo habÃa estado el cuarto cuando llegué. Yo le señalé dónde dormÃ, dónde dejé la ropa y dónde dejé el teléfono. Metió la mano detrás de un mueble donde yo no guardaba nada y sacó una bolsa pequeña amarrada con hilo oscuro. En cuanto la vi, el estómago se me apretó. La bolsa tenÃa un nudo apretado y estaba acomodada, como para que no se viera a simple vista. Me la mostró sin abrirla ahà mismo. Bajamos y la revisó afuera con cuidado. Adentro habÃa cabello, tierra y un pedazo de tela con manchas secas y un frasco pequeño con sangre.
12:07 Ahà la historia dejó de ser una impresión y se volvió algo fÃsico. El curandero me dijo que ese tipo de trabajo no lo dejaban al azar, que no era algo que se tirara en la calle para ver quién lo pisa, y que si apareció en mi cuarto era porque alguien dio acceso o avisó. Yo pensé en el dueño, en la mirada de la noche, en los pasos en el pasillo y en la facilidad con la que él se mantenÃa despierto cuando deberÃa estar dormido. Con esa idea clara hice dos cosas. La primera fue cambiarme de lugar para quedarme. No me quedé a discutir con el dueño ni a exigir explicaciones. SubÃ, metà mis cosas en la mochila y salà con el mÃnimo de movimiento. La segunda fue aceptar que habÃa que avisar a alguien sin andar jugando al valiente. Yo no iba a ir a buscar a ese grupo, ni a señalar gente a lo loco, ni a meterme otra vez al monte solo por orgullo.
13:06 El curandero tenÃa un conocido en el pueblo, que podÃa mover una patrulla sin armar escándalo en el centro, sin hacer que toda la gente volteara a ver, y sin dar tiempo a que los que andaban en eso se escondieran. Yo le describà la zona general cerca del agua, el camino por donde seguÃa los hombres, el punto donde vi las velas y el humo, y el tramo donde me alumbraron. Le dije que yo no podÃa prometer exactitud, porque en la noche uno corre y se desorienta pero que habÃa referencias claras. El olor del agua, la vegetación cerrada y el tipo de paso por donde entraron. Antes de irme al nuevo hospedaje, hablé para mi casa. Di el recado sobre el curandero y dije que ya tenÃa una orientación para mi familiar. No conté todos los detalles por teléfono, porque no querÃa alarmar de más, pero sà dejé claro que yo estaba bien y que iba a terminar el encargo y regresar. Colgué y respiré con calma. TraÃa el brazo ardiendo por la marca y el raspón, y traÃa una certeza que ya no me soltaba. Alguien habÃa decidido que yo era un problema, y yo tenÃa que moverme con cabeza frÃa para salir de ahà sin quedarme. Ese mismo dÃa me cambié de hospedaje a uno más discreto, en una calle con menos paso. Dejé la mochila en el cuarto, me lavé los raspones otra vez y me cubrà el antebrazo con una venda ligera. La marca seguÃa
14:38 bien marcada, redonda, como si alguien me hubiera tocado con algo caliente por un segundo. Yo intenté mantener la cabeza frÃa porque todavÃa tenÃa el encargo principal en mente, volver a mi casa con una orientación para mi familiar. Volvà con el curandero a media mañana. Ãl ya habÃa hablado con su conocido, un hombre del pueblo que tenÃa forma de avisar a una patrulla sin hacer ruido en el centro. A mà me tocó lo único que podÃa aportar, ubicar la zona general y describir el camino por donde corrÃ. Lo hice sin inventar precisión. Le expliqué el tramo donde el olor del agua se sentÃa más fuerte, el punto donde la vegetación se cerraba, y el tipo de terreno donde resbalé y me rasgué el brazo. También expliqué que vi velas en el suelo y humo, desde un lugar donde no me metà de lleno. Al poco rato llegaron dos personas que iban con cuidado, sin uniformes visibles, y se sumó alguien que conocÃa bien esos caminos. Yo caminé con ellos, pero no al frente. Me quedé atrás, a una distancia que me dejaba ver el avance, y también me dejaba margen para retirarme si algo se ponÃa pesado.
15:52 El camino de dÃa se veÃa distinto. La humedad seguÃa pegada a la tierra, pero ya no estaba el mismo desorden de la noche. Aún asÃ, al acercarnos, el curandero señaló una cosa que yo no habÃa pensado. Un lugar usado para eso siempre deja rastro, aunque intenten limpiar. Al entrar por la parte donde la vegetación estaba más apretada, Vimos cera pegada en piedras, ceniza reciente y un punto pisoteado, como si varias personas hubieran estado paradas ahà por un rato. En el suelo, entre hojas, habÃa restos de copal quemado y pedazos de mecha. La tierra estaba removida en una franja, como si hubieran raspado y vuelto a tapar algo. Eso, por sà solo, confirmaba que yo no me habÃa inventado nada.
16:41 Me dio coraje pensar en el dueño del primer hospedaje. y en la facilidad con la que alguien pudo entrar a mi cuarto. Al mismo tiempo, me repetà que ya estaba en manos de gente que podÃa actuar mejor que yo. Siguieron revisando alrededor. Uno de los que conocÃa el terreno se fue por un lado y el otro se metió por una parte más cerrada. Yo me quedé a la orilla del paso, cuidando no meterme donde no debÃa. El curandero se acercó conmigo y me hizo una seña para que no avanzara. Unos minutos después, del lado más cerrado, salió la voz de alguien pidiendo apoyo, corta y urgente, sin gritos. Me acerqué solo lo necesario para ver desde atrás, ahà estaba lo más fuerte. En la parte de vegetación más cerrada encontraron a una persona amarrada y debilitada. Estaba tirada de lado, con las muñecas marcadas por el amarre y la boca lastimada por algo que le habÃan puesto para callarla. No lo vi como escena de pelÃcula, lo vi como lo que era, alguien retenido, lastimado y con miedo, respirando con dificultad y con el cuerpo frÃo, por haber pasado horas ahÃ. La levantaron entre dos, con cuidado y sin jaloneos, le dieron agua a tragos pequeños para que no se ahogara, y la cubrieron con una chamarra que traÃan.
18:04 Yo ayudé con algo simple, y en ese momento mi marca y mi malestar dejaron de importar. Lo único importante era sacar a esa persona del lugar. En cuanto la movieron hacia una zona más abierta, el conocido del curandero se separó para avisar. Poco después llegó una patrulla por una calle cercana, sin sirenas, y con eso se aseguró el traslado. No hubo una pelea bonita, no salió nadie a confesar nada. Lo que se sintió fue movimiento real. Gente revisando el área, levantando preguntas a quienes vivÃan cerca y anotando referencias del camino y tomando fotos de lo encontrado.
18:46 Yo me quedé callado y atrás porque ya era suficiente con haber señalado el sitio. De los que hacÃan esos trabajos, algunos ya no estaban. Era evidente que no se iban a quedar esperando. Agarraron a alguien. Fue a uno que se confió o a alguien relacionado, no necesariamente al que mandaba. Eso también lo entendà rápido, porque en lugares asà la gente se cubre entre sà y se avisa cuando ve movimiento raro. Cuando todo quedó encaminado, el curandero me llevó aparte y me recordó lo principal. Yo no habÃa ido por curiosidad, yo habÃa ido por mi familiar. Me dio indicaciones simples para el tema de la enfermedad, cosas que yo podÃa llevar y hacer sin complicar la vida. Y también me pidió que no me quedara rondando el asunto.
19:36 del lugar donde hicieron la brujerÃa aquella noche. Me explicó que cuando uno ya fue visto, lo más inteligente es salir del lugar y cortar el hilo antes de que lo amarren más. Me fui de Catemaco ese mismo dÃa. No me quedé a ver qué pasaba en la noche, ni a preguntar de más en la calle. Salà con la mochila y con el brazo tapado, tratando de caminar como cualquier visitante. En el camino de regreso, sentà el cuerpo cansado, como si me hubiera pasado un camión por encima, pero también sentà alivio, por haber hecho algo útil sin meterme a la fuerza. En mi casa, entregué el recado del curandero y les expliqué lo necesario. Mi familiar siguió esas indicaciones, junto con lo que ya traÃa de medicina.
20:26 En pocos dÃas se le notó mejorÃa y esa parte fue lo que me sostuvo, porque era la razón real por la que yo habÃa viajado. Mi marca tardó más en bajar, el ardor se fue primero, luego se desinflamó y al final quedó una sombra en la piel por un tiempo. El malestar del cuerpo también se me quitó poco a poco, como cuando uno se recupera de un susto largo. Lo que no se me quitó fue la certeza de algo. Yo entré a Catemaco por un asunto de curación y terminé viendo una parte oscura que existe de verdad, donde la gente mezcla ritual con violencia. Desde entonces, cuando escucho que alguien habla de trabajos de sangre como si fuera un juego, yo ya sé lo que puede haber detrás. Y también sé que la curiosidad en ciertos lugares se paga caro.
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