Oct. 11, 2025

BRUJERÍA En El Hospital Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Trabajo como enfermera en el hospital rural del pueblo desde hace más de seis años. Mi turno es el de la noche, el que casi nadie quiere porque el pasillo de medicina general se queda en silencio después de las nueve y solo se escuchan los monitores y los pasos de quien camina con sueño. A veces los pacientes duermen tranquilos, pero hay noches en que los quejidos no paran y y una se acostumbra a ese murmullo constante que sale de las habitaciones. Mi puesto está junto a la estación de enfermería, una mesa vieja con lámpara de cuello flexible y una computadora que falla cada dos días. Desde ahí puedo ver el pasillo completo, con sus luces blancas que parpadean cada tanto y sus paredes manchadas por los años.

0:51 Esa tarde, mientras revisaba el inventario antes de comenzar el turno, entraron dos muchachos empujando una camilla. Sobre ella venía una anciana del pueblo, de las que todos conocemos porque alguna vez fueron parteras o curanderas. La reconocí enseguida por el rebozo azul y las trenzas delgadas. Uno de los muchachos me dijo que la habían encontrado débil, casi sin poder hablar. El doctor de guardia ordenó que la dejaran en el pasillo mientras le conseguían una cama libre. yo tomé sus signos y vi que el pulso era lento pero estable ella me miró un momento y luego me pidió que me acercara dijo con voz baja que necesitaba hablar conmigo a solas pensé que era un delirio por la fiebre o la edad pero insistió con la mirada fija le pedí a los muchachos que se retiraran y me quedé junto a ella metió la mano entre las cobijas y sacó un paquete envuelto en un trapo blanco con manchas oscuras me pidió que lo guardara que nadie debía verlo Dijo que adentro había un huevo y que no debía abrirlo.

1:58 Me explicó que alguien la había trabajado para que muriera y que ese huevo era el mal que le habían mandado. Tenía que quemarlo esa misma noche antes de que el sol saliera o su cuerpo no resistiría. Su voz temblaba mientras hablaba. No era miedo lo que noté, sino urgencia. Repetía que no lo tocara, que no lo dejara en manos de nadie, que si lo abría, el daño se pasaría a mí. Sentí un escalofrío, aunque intenté mantener la calma. Le dije que no se preocupara, que lo haría cuando terminara la ronda. Ella cerró los ojos, respirando con esfuerzo, como si con eso descansara. guardé el paquete en el bolsillo de mi bata y seguí con el trabajo pero no pude dejar de pensar en lo que me había dicho más tarde cuando el doctor pasó a revisar el pasillo le mencioné que la anciana estaba tranquila no quise contarle lo del paquete Habría dicho que eran tonterías de la gente del pueblo. En ese hospital ya habían pasado varias cosas raras. Enfermos que juraban ver sombras al pie de la cama, luces que se apagaban solas en el turno de la madrugada, y una vez una paciente que dijo haber visto a su madre muerta caminando por el pasillo.

3:14 Nada comprobable, pero lo suficiente para que una deje de reírse de ciertas cosas. Cuando dieron las once, terminé de repartir los medicamentos y fui al vestidor. La taquilla donde guardo mis cosas está en el fondo, al lado de un casillero sin puerta que usan para dejar material de limpieza. Abrí la mía y metí el paquete envuelto. pensé en llevarlo al incinerador del hospital pero no quería que alguien me viera y empezaran los chismes decidí hacerlo al final del turno cuando todos se fueran cerré la taquilla con llave y regresé al pasillo la anciana dormía le habían pasado suero y la presión había mejorado. Al verla así, me pareció exagerado lo que había dicho, como si el miedo la hubiera hecho creer en algo inexistente. De todos modos, seguía pensando en el paquete. A medianoche hice la segunda ronda.

4:08 En el pasillo solo quedaban dos pacientes despiertos, un señor con tos y una joven que miraba el techo sin hablar. Cerca de la una de la mañana, el doctor me avisó que iría a descansar en la sala de médicos. Quedé sola con los pacientes y con el zumbido de los fluorescentes. El pasillo estaba iluminado, pero el fondo parecía más oscuro que de costumbre. A esa hora, siempre sentía que el hospital se volvía otro. como si lo que quedaba afuera dejara de importar y solo existieran los pasos, las camas y el olor a desinfectante. Miré el reloj varias veces. Quería que amaneciera pronto para terminar el turno.

4:49 La anciana seguía dormida, pero, a ratos, movía los labios como si hablara con alguien. Me acerqué y escuché un murmullo débil, sin entender lo que decía. Le acomodé las cobijas y me retiré despacio. En el fondo del pasillo escuché caer algo, tal vez un frasco o una bandeja metálica. Fui a revisar y encontré una charola en el suelo. Nada más. Volví a la estación, pero ya no pude evitar pensar en el paquete dentro de mi taquilla. Sentía que debía deshacerme de él cuanto antes. Antes de sentarme, miré hacia el vestidor. la puerta estaba cerrada pero tuve la sensación de que no debía haberlo guardado ahí esa noche no volví a abrir la taquilla decidí esperar al amanecer para quemar el paquete la noche siguió más agitada de lo normal Apenas pasadas las dos y media, comenzaron a sonar las llamadas del área de urgencias. En el hospital rural, los turnos de noche casi siempre se sienten largos. Pero, cuando hay emergencias, el tiempo se desordena. Me avisaron que llegaba una familia con un niño que había caído de una bicicleta y sangraba de la cabeza. Fui a buscar material de sutura. Dejé el registro de mis pacientes y corrí al otro pasillo. Entre el ruido de los pasos, las órdenes y los sollozos de la madre, me olvidé por completo del paquete en la taquilla. Pasaron casi dos horas atendiendo al niño, limpiando heridas, preparando el suero y ayudando al doctor. cuando por fin el pasillo volvió a

6:22 quedarse en calma el cansancio me cayó de golpe regresé a mi área con la intención de sentarme unos minutos y tomar agua al entrar las luces del techo parpadearon dos veces ya lo habían hecho otras noches así que no me pareció raro anoté en el registro los datos del último paciente atendido y luego decidí ir al vestidor a sacar el paquete Eran casi las cuatro y todavía tenía tiempo antes del cambio de turno. Caminé rápido con la idea de llevarlo al incinerador del hospital antes de que amaneciera. Al dar la vuelta en el pasillo, tropecé con una camilla que habían dejado atravesada. El golpe me hizo perder el equilibrio y la bata se abrió. Escuché caer algo al suelo. Era el paquete envuelto en el trapo blanco. El nudo se soltó y el huevo rodó hacia el lavabo. Lo tomé con ambas manos para evitar que se rompiera, pero al hacerlo se me resbaló. Golpeó contra el borde del lavabo y se quebró. El sonido fue húmedo, como el de una cáscara aplastada con barro dentro.

7:29 Me quedé inmóvil unos segundos, mirando cómo el contenido se esparcía. Del huevo salía una sustancia espesa, negra y brillante. Al principio pensé que era sangre coagulada. pero el olor era distinto tenía un aroma metálico parecido al del hierro mezclado con algo agrio como si estuviera fermentado entre la mezcla se veían fragmentos pequeños duros que se movían apenas por el líquido me incliné un poco y distinguí algo que me hizo apartar la vista parecían uñas humanas cortas irregulares como si hubieran sido arrancadas sentí mucho asco fui por los guantes que guardábamos en el dispensador y regresé al lavabo Con papel absorbente traté de juntar lo que quedaba, evitando mirar demasiado. El olor era tan fuerte que tuve que cubrirme la boca con la manga. Puse los restos en una bolsa roja de desecho biológico y la arrojé al bote. Luego abrí el grifo y dejé correr el agua caliente para enjuagar el lavabo. El líquido negro tardó en desaparecer por el drenaje, como si tuviera consistencia de aceite.

8:40 Cuando me quité los guantes, noté algo en la palma derecha. Había una mancha oscura, del tamaño de una moneda, que no se iba con el jabón. La froté varias veces, pero solo se extendía más, dejando un tono grisáceo en la piel. Pensé que podía ser tinta o grasa, aunque el olor persistía, el mismo olor a metal y a fermento. Me lavé otra vez, esta vez con desinfectante, y la marca se aclaró un poco. Aún así, seguía sintiendo una especie de hormigueo leve que iba del pulgar al antebrazo. Guardé el trapo en una bolsa limpia y lo dejé junto al bote para desecharlo más tarde. Cuando salí del vestidor, las luces del pasillo se encendieron y apagaron de nuevo.

9:25 Miré hacia el techo y esperé unos segundos, pensando que tal vez el sistema estaba fallando por el calor o por la humedad. En el hospital, eso pasaba seguido. Los cables eran viejos y las reparaciones siempre quedaban a medias. Aún así, me dio la impresión de que las luces lo hacían justo cuando yo pasaba por debajo. Caminé despacio y observé cómo las lámparas titilaban una tras otra. siguiendo mi paso hasta llegar a la estación intenté no pensar en eso preparé café y seguí con las anotaciones pendientes pero la marca en la mano me seguía molestando como si el jabón no hubiera bastado me puse una venda del botiquín para cubrirla En ese momento llegó Rosa, la enfermera del área de maternidad, para pedirme unas gazas. Al verme me preguntó si estaba cansada. Le conté que las luces del pasillo se estaban apagando solas cada vez que pasaba.

10:23 Me dijo que a ella también le había pasado en su área, que el transformador principal hacía falso contacto y que los técnicos no lo habían reparado del todo. Intenté tomarlo con naturalidad. Aunque, por dentro, sentía una incomodidad difícil de disimular. Cuando Rosa se fue, apagué la lámpara de escritorio y quedé en oscuridad. Las luces del pasillo seguían titilando más lentas, como si alguien las manipulaba desde lejos. Miré mi mano vendada y pensé en el huevo. Me levanté de la silla para revisar otra vez el vestidor, solo para asegurarme de que el olor se hubiera ido.

11:03 El pasillo estaba vacío y las luces permanecían encendidas hasta que crucé la mitad. Volvieron a parpadear justo encima de mí. Escuché el zumbido eléctrico y luego silencio. No quise darle más importancia. Regresé a mi puesto. Respiré hondo y traté de concentrarme en el registro. Antes de que el reloj marcara las cinco, noté que el parpadeo seguía repitiéndose cada vez que me movía por el pasillo, como si el sistema reconociera mis pasos. No había nadie más despierto, solo el ruido del aire acondicionado y el sonido de mis zapatos al caminar. Las horas siguientes se volvieron pesadas. A las cinco y media el cielo comenzaba a aclarear, pero el pasillo seguía igual de apagado, con ese parpadeo intermitente en las lámparas. Cuando llegó el relevo de enfermería, la mayoría de los pacientes dormía, excepto un hombre de unos 50 años que tenía problemas respiratorios. Había ingresado dos días antes por una neumonía leve y parecía estable. Le revisé el suero y los signos antes de entregar el turno. Todo estaba normal. Aún así, decidí quedarme un poco más, porque el doctor pidió que lo vigiláramos hasta las 7. Poco después, mientras actualizaba las hojas de enfermería, el hombre comenzó a quejarse.

12:27 Dijo que le faltaba el aire y que sentía frío, aunque su temperatura estaba dentro de lo normal. El pulso bajó rápido, le ajusté la mascarilla y fui por el médico. Cuando regresamos, el monitor marcaba presión muy baja y los labios del paciente se habían puesto amoratados. Preparamos la adrenalina, pero antes de aplicarla empezó a convulsionar. Vomitó una mezcla oscura con sangre fresca y el suero cayó al piso cuando intenté sostenerlo. El doctor ordenó reanimación. Estuvimos varios minutos aplicando compresiones y oxígeno, pero no respondió. Murió en silencio, sin emitir sonido alguno, solo con los ojos entreabiertos. Cubrí el cuerpo con la sábana y salí del cuarto con el corazón acelerado. En todos mis años, ahí nunca había visto que un caso leve se complicara tan rápido. El doctor dijo que seguramente tenía una hemorragia interna que no se había detectado y que el cuerpo debía pasar a la morgue para el informe. Intenté retomar el trabajo, pero la cabeza me daba vueltas. Cada vez que pasaba por el monitor de esa sala, las alarmas se encendían solas.

13:36 Entraba y la frecuencia cardíaca se disparaba en la pantalla, salía y bajaba de golpe. Probé con otros monitores y nada, solo ocurría ahí. Las luces del pasillo seguían parpadeando y el sonido de las alarmas coincidía con los destellos. El doctor lo notó también y pidió revisar la instalación eléctrica, aunque en ese momento no había técnicos. A las 8 de la mañana llegó la nueva ronda de médicos. Me fui al comedor a tomar un café y despejarme. pero no logré quitarme la imagen del huevo roto de la cabeza. Recordé el olor, la textura negra, las uñas incrustadas en la mezcla y la voz de la anciana pidiendo que lo quemara sin abrirlo. Por primera vez sentí miedo de haber hecho algo que no comprendía. regresé al pasillo cerca del mediodía para entregar los reportes finales en la cama de enfrente del paciente fallecido estaba un anciano con diabetes lo había visto toda la noche dormido tranquilo cuando me acerqué noté que la sábana estaba húmeda de sudor toqué su frente y la piel estaba helada le hablé pero no respondió Al revisar la lengua, vi manchas oscuras, como si estuviera cubierta por una película gris. El pulso era débil.

14:55 Corrí por el doctor y regresamos juntos. No alcanzamos a hacer mucho. El corazón se detuvo en pocos minutos, sin causa clara. Los médicos hicieron un electro y no encontraron anomalías previas. El doctor jefe pidió muestras para análisis. Aunque reconoció que era extraño que dos pacientes del mismo pasillo murieran con pocas horas de diferencia y sin diagnóstico evidente. Mientras anotaban los datos, el monitor volvió a encenderse solo, marcando latidos irregulares aunque no había nadie conectado. La pantalla mostró una línea que subía y bajaba, y al mismo tiempo las luces del pasillo titilaron. Los tres lo vimos.

15:38 Nadie dijo nada. Cuando el turno terminó, salí del hospital sin mirar atrás. Sentía la cabeza pesada y las manos entumecidas. Al quitarme los guantes, vi que la mancha de la palma seguía ahí, más oscura que antes. Intenté frotarla con alcohol, pero parecía parte de la piel. Caminé hasta el centro del pueblo pensando en la anciana, quise encontrarla para preguntarle qué contenía realmente ese huevo, pregunté en la tienda frente a la plaza si alguien sabía dónde vivía, una mujer me señaló hacia la parte baja del arroyo, donde las casas son de adobe y las calles sin pavimento. dijo que la anciana se llamaba Aurelia y que pocas veces salía de su casa fui hasta allá la puerta estaba entreabierta y el aire olía a humedad y hierbas golpeé varias veces pero nadie respondió un hombre que pasaba con una bicicleta se detuvo y me dijo que Aurelia no estaba desde la madrugada Contó que la había visto irse envuelta en su rebozo azul, caminando con dificultad hacia la carretera como si huyera. Me quedé parada frente a la casa vacía, tratando de entender por qué se habría ido.

16:53 En el suelo, junto a la puerta, había ceniza y un círculo de velas apagadas. No quise tocar nada. Sentí que el aire estaba más pesado ahí, como si las paredes guardaran un olor parecido al del huevo roto. Caminé de regreso al hospital sin hablar con nadie. El sol pegaba fuerte y aún así tenía la piel fría. En la esquina, al cruzar la plaza, las farolas del alumbrado público se encendieron solas por unos segundos, a plena luz del día. Nadie más pareció notarlo. Pensé en los dos pacientes muertos, en el parpadeo de las luces y en la anciana desaparecida. Empecé a creer que nada de eso era coincidencia y que tal vez todo había comenzado desde el momento en que el huevo se quebró entre mis manos.

17:41 Pasé todo el día llamando a diferentes números que me habían dado en el pueblo. Nadie sabía con certeza dónde estaba la anciana. Algunos decían que se había ido con una sobrina a otro ejido, otros que seguía enferma en su casa. Volví a insistir y, al anochecer, una mujer respondió. Dijo que Aurelia había regresado unas horas antes y que no estaba bien, que murmuraba cosas raras y no quería ver a nadie. Le pedí la dirección exacta y me indicó una casa al final del camino que lleva al arroyo. llegué casi de noche, la puerta estaba cerrada, pero se veía luz desde dentro, golpeé con fuerza y esperé, escuché pasos arrastrados y luego la voz de la anciana preguntando quién era, cuando le dije mi nombre abrió apenas una rendija, tenía los ojos hundidos y la piel más pálida que la última vez, me miró sin sorpresa como si ya supiera que iba a buscarla, Le pedí que me dejara entrar porque necesitaba entender lo que había pasado. Dudó unos segundos, luego empujó la puerta y me dejó pasar. El interior de la casa olía a humo y hierbas secas. Había velas encendidas sobre una mesa y junto a ellas una cazuela con agua negra. La anciana se sentó en una silla de mimbre y comenzó a hablar sin que yo le preguntara. Dijo que lo que me había dado en el hospital no era un simple huevo, era un sello, una especie de tapa puesta sobre un trabajo de muerte.

19:13 Contó que alguien le había entregado ese mal encima, usando su nombre y su prenda de vestir para amarrar el daño. Cuando se sintió enferma hizo el huevo para contenerlo y me lo confió porque ya no tenía fuerza para destruirlo. Le expliqué que el huevo se había roto por accidente, cerró los ojos y se llevó las manos al rostro. Murmuró que entonces el sello ya estaba abierto y que el daño andaba suelto. Dijo que al romperlo yo había tomado parte de ese mal y que solo había una manera de detenerlo antes de que se extendiera. Su voz temblaba. Me pidió que escuchara bien lo que debía hacer. Enumeró los pasos uno a uno. Primero debía ir a recoger ceniza de un fogón abandonado, no cualquiera, sino uno que no hubiera sido encendido desde hacía más de un año.

20:06 Esa ceniza debía guardarla en una bolsa de tela y llevarla al monte detrás del hospital. Ahí, sobre la tierra, debía trazar un círculo con sal gruesa, dejando espacio suficiente para permanecer dentro. El segundo paso consistía en encender tres velas en línea recta frente al círculo, sin hablar ni mirar atrás por ningún motivo. Mientras lo decía, movía las manos como si trazara los gestos en el aire. Me miró fijamente antes de continuar. El último paso, dijo, era el más difícil. Tenía que sacrificar un animal, preferentemente un ave negra, y comer su corazón dentro del círculo. Aseguró que esa acción absorbería el daño que había salido del huevo y lo concentraría en un solo cuerpo, el mío, para que no pasara a otros. Sentí que me faltaba el aire. Le pregunté cómo podía ayudar eso. La anciana respondió que la carne fresca servía de canal, que el cuerpo que la comiera se volvía contenedor del mal. Agregó que quien rompe un sello debe pagar, aunque no haya sido su intención. y que el huevo funcionaba como una tapa entre el mundo de los vivos y el del daño.

21:25 Al quebrarse, esa barrera se rompió, y ahora lo que estaba encerrado buscaba dónde alojarse. La miré en silencio. Todo lo que decía me parecía una locura, pero había algo en su mirada que no podía ignorar. Me dijo que no debía tardar, que ya había señales en el hospital y que, si dudaba, más personas morirían. Le pregunté si ella podía hacerlo en mi lugar. Dijo que ya no tenía fuerza, que el mal había pasado a otro cuerpo y que solo yo podía detenerlo porque fui quien lo tocó. salí de la casa caminé hasta la carretera con el estómago revuelto pensaba en los pasos que me había indicado tomé un taxi de regreso durante el trayecto sentía el sabor metálico en la boca el mismo que percibí la noche en que se rompió el huevo Me miré la palma bajo la luz del coche y vi que la mancha seguía ahí, ahora con un brillo opaco, como si la piel estuviera endurecida. Intenté rascarla con las uñas, pero no salió. Era parte de mí. Cuando llegué al hospital ya era de madrugada. El pasillo estaba oscuro, con solo algunas luces encendidas al fondo. Entré despacio, sin hacer ruido, y sentí una corriente de aire helado recorrerme el cuerpo.

22:43 Al doblar la esquina, vi una camilla vacía frente a la sala donde habían muerto los pacientes. La sábana estaba en el suelo, arrugada como si alguien la hubiera arrancado con fuerza. Me acerqué y la levanté. Estaba húmeda y tenía una mancha oscura en el centro. Olía a hierro, igual que el huevo roto. Me quedé quieta un momento mirando la camilla vacía. no supe si debía regresar con la anciana o comenzar los pasos por mi cuenta lo único que tenía claro era que lo que había soltado aquella noche seguía en el hospital y que ya no se conformaba con quedarse en un solo cuerpo llegué al cuarto de suministros con la bolsa de ceniza y la caja de sal arrugada dentro del brazo tratando de avanzar con rapidez pensé en llamar a alguien del pueblo para que viniera conmigo Así no tendría que enfrentar sola lo que fuera, pero sabía que no podía esperar a que otros dieran su veredicto. Llamé a Mariana, la enfermera de la mañana, y le expliqué en palabras rápidas que necesitaba ayuda para reunir unas cosas y hacer algo en el hospital.

23:52 Ella me respondió que llamaría a la policía o al cura, que no íbamos a hacer rituales en el hospital, y me pidió que no hiciera nada precipitado. Le dije que ya no había tiempo y que lo que había en el pasillo seguía matando gente, que no podíamos perder minutos llamando a nadie. Mariana dudó y me dijo que vendría con otra actitud, que no podía involucrarse en algo así. Al final cerró la llamada diciendo que me cuidara y colgó. La negativa de Mariana me dejó sola, pero reafirmó lo que pensaba desde la tarde. No podíamos esperar a que alguien más decidiera. Si aquello se detenía solo con procedimientos oficiales, los pacientes habrían muerto antes de que llegaran respuestas. Guardé el teléfono y recé mentalmente para que mi decisión no fuera un error. Caminé hacia el fogón abandonado que me indicaron.

24:46 Estaba detrás de unas construcciones viejas cerca del depósito, con piedras alrededor y ceniza apagada. Recogí lo que pude con una pala pequeña. cuidando que no cayera tierra adicional, y lo coloqué en una bolsa de tela que había llevado. La ceniza era fina y gris, más compacta de lo que imaginé. Regresé al cuarto de suministros y cerré la puerta con llave. Hice una marca en el suelo con el dorso de la palma y vertí la sal formando un círculo amplio. No miré atrás mientras trazaba la línea. No quería recordar la advertencia de la anciana sobre no mirar. Coloqué la bolsa con la ceniza a un lado y encendí las tres velas en línea recta frente al círculo, manteniendo la mano firme aunque sentía que temblaba. Las llamas eran pequeñas y parpadeaban por el aire frío del cuarto.

25:39 Me senté dentro del círculo por unos minutos para recuperar la respiración y noté que la saliva me sabía a tierra, con un toque metálico que no había desaparecido desde la noche en que rompí el huevo. Mientras estaba adentro, las luces del hospital volvieron a parpadear con más insistencia. Escuché pasos apresurados por el pasillo, como si alguien corriera de manera torpe y con miedo. Me levanté y asomé por la puerta entreabierta. El corredor estaba vacío. No vi a nadie. Sin embargo, las puertas de varias habitaciones estaban abiertas como si alguien hubiera entrado y salido sin cerrar. Vi camillas con las sábanas removidas y un par de bandejas caídas en el suelo. Cerré la puerta despacio y apoyé la espalda contra ella para calmarme. Volví a sentarme en el centro del círculo y saqué la bolsa donde había metido la ceniza. Pensé en la lista de pasos que me dio Aurelia en su casa y en la humillación que implicaba el último paso. Pensé en comer el corazón de un animal dentro de ese círculo. Traté de imaginar cómo algo así podía absorber lo que había salido del huevo, y la lógica no me daba consuelo. Recordé la explicación de la anciana, la carne actúa como canal para concentrar el daño en un solo cuerpo. Aún así, la acción me parecía grotesca y extrema. En ese instante sonó mi teléfono.

27:06 Era la recepción del pasillo. Me dijeron que otro paciente acababa de fallecer sin signos previos, que lo encontraron frío y sin respuesta en la cama. Sentí una punzada de miedo que subió a la garganta. Me preparé de inmediato y miré mis manos. Las vendé para ocultar la mancha oscura que no se iba. El reloj marcaba la hora y no había tiempo para más dudas. Si esperaba a que la policía o el cura llegaran o a que alguien más decidiera, podría haber más muertes. Saqué la porción de carne que había pedido a un hombre del mercado por la tarde. Un pedazo pequeño de corazón de gallina, limpio y rojo, cuidadosamente envuelto en papel. Lo sostenía con guantes, pero al mirarlo sin pensar, noté su olor crudo y el sonido húmedo al tocarlo con la pinza. La carne tenía un peso compacto, y al acercarla a mi nariz percibí un olor que me recordó al hierro. Puse la bolsa con ceniza a un lado, ajusté las velas para que quedaran alineadas exactamente como me indicaron, y cerré los ojos un segundo para ordenar la cabeza. Me coloqué dentro del círculo. Sentí la sal bajo los pies, áspera y fría.

28:21 Respiré lentamente para no vomitar. La saliva seguía sabiéndome a tierra y a metal. Tomé la pinza con la mano que menos temblaba y levanté el pedazo de carne frente a mí. Me llevé la carne a la boca y la mordí hasta tragarla. Sentí el sabor a hierro. Me quedé dentro del círculo con la vista fija en las velas. Caminé hasta la estación y revisé a los pacientes. Al amanecer me lavé las manos con jabón, cloro y alcohol. La mancha de la palma se había extendido hasta la muñeca con un tono gris opaco. Saqué la lengua frente al espejo y vi una marca oscura en el centro. La saliva seguía con sabor a metal. Fui cama por cama.

29:04 Todos respiraban con ritmo regular. Han pasado muchos turnos y no se repitieron las muertes. Las luces se encienden y se apagan cuando camino, pero ya no afectan a nadie más. Cada vez que paso frente a un monitor, la línea sube y baja al mismo tiempo que mi pulso. La marca de la mano comenzó a disminuir. Sigo viniendo por las noches. Mientras yo esté aquí, el pasillo se mantiene en calma.