July 29, 2025

BRUJAS Que Se Transformaban En COYOTES Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Esto que voy a contar me lo dijo mi abuelo hace muchos años. Él ya murió. Decía que fue real lo vivió su pueblo cuando era niño. Vivió en un pueblo cerca de Choix, en Sinaloa, allá por los años 40. No había luz, ni carreteras pavimentadas, ni carros en cada casa. El rancho era pequeño, pero la gente era trabajadora. Todos se conocían. No eran más de 20 casas repartidas, con caminos de tierra, árboles de mezquite y montes alrededor. Mi abuelo tenía entre 6 y 8 años cuando empezó a ayudar a sus papás con la venta de quesos. Su mamá los hacía con la leche de las vacas que criaban, y él se encargaba de llevarlos a vender a Choix. Se levantaban bien temprano cuando todavía no salía el sol. Su mamá los envolvía en pedazos de manta y los acomodaba sobre un burro viejo que ya conocía el camino de memoria.

0:58 Los amarraban con mecates gruesos para que no se cayeran durante el trayecto. Mi abuelo se iba caminando junto al burro, eran cinco kilómetros hasta llegar a Choix, y otros cinco de regreso. A esa edad, con los pies llenos de tierra, el sombrero aguado y las manos chiquitas, ya andaba por esos caminos solo, con tal de vender los quesos. Su desayuno era siempre lo mismo, una tortilla de harina que compraba al llegar y un poco del mismo queso que vendía. Dice que durante mucho tiempo esa rutina fue normal, había calor, moscas, cansancio, pero nada fuera de lo común, hasta que empezaron a pasar cosas raras en el pueblo. Primero fueron los coyotes.

1:43 La gente del rancho comenzó a decir que había ataques en los corrales. Algunas gallinas amanecían muertas, otras heridas. Después fueron cabras y en un caso hasta un becerro que apareció degollado cerca del río. Lo raro era que a veces no se escuchaban ruidos. Solo amanecían los animales mordidos, con marcas extrañas en el cuello o en la panza. Los hombres del rancho empezaron a tomar precauciones. Dejaban lámparas encendidas, hacían guardias nocturnas y colocaban trampas alrededor de los corrales. También reforzaban las cercas, cerraban con doble candado y ataban a los animales dentro de los establos. Pero nada servía.

2:25 Las cosas seguían pasando. Una noche, según contaba mi abuelo, en la casa de un vecino que vivía al fondo del rancho, amanecieron los conejos muertos estaban dentro de una jaula de madera con varillas gruesas cerrada con alambre nadie entendía cómo había entrado algo ahí no sólo eso les habían arrancado la piel de la espalda como si alguien los hubiera pelado con cuidado sin comerlos sólo los dejaron así apilados después pasó en otro rancho con unas gallinas luego con un chivo no había ruido no había testigos solamente amanecían muertos la gente empezó a pensar que no eran coyotes decían que algo más andaba suelto algo que sabía cómo entrar sin romper nada que elegía a los animales y los dejaba tirados como si quisiera dar un mensaje mi abuelo dijo que por esos días ya no dormían bien todas las noches se escuchaban ladridos pasos en la terracería a veces aullidos lejanos su papá no creía en cosas raras pensaba que eran coyotes hambrientos o algún perro bravo pero su mamá no estaba tan segura ella decía que no era normal que los animales aparecieran dentro de los corrales cerrados que alguien o algo se estaba metiendo y no lo hacían por comida Una madrugada, mientras se alistaban para que él saliera a Choix con los quesos, su mamá lo detuvo. Había escuchado ruidos en el corral.

3:57 El burro estaba inquieto. Se movía como si hubiera visto algo. Mi abuelo salió con su papá a revisar. Llevaban una lámpara de petróleo. No vieron a nadie, pero había huellas en el lodo. Huellas grandes, con garras. Esa fue la primera vez que su papá le dijo que mejor no saliera al camino tan temprano, que esperara a que amaneciera por completo, que no quería que le pasara algo en el monte. Mi abuelo no entendía mucho en ese tiempo, solo recordaba el miedo, el silencio que se hacía cuando todos se metían temprano a sus casas, la manera en que los adultos hablaban bajito, sin querer asustar a los niños. Y a partir de esa semana, todo se volvió más tenso.

4:40 Todavía seguía yendo a Choix. Una de esas mañanas mi abuelo salió como siempre con el burro cargado de quesos. Todavía no salía bien el sol, pero ya se veían algunos vecinos barriendo el frente de sus casas o calentando café. Él iba apurado porque quería llegar temprano a Choix. Entre más temprano vendiera, más rápido regresaba y menos calor le tocaba en el camino. Apenas iba saliendo del rancho cuando notó un grupo de gente reunida frente a una de las casas. Era la casa de Doña Liche, una mujer mayor que vivía sola desde hacía muchos años. Todos la conocían. Decían que era seria, muy estricta con la religión y que hablaba poco. Nunca se metía con nadie, pero tampoco le gustaba que la molestaran. Mi abuelo no se detuvo, solo bajó el paso y volteó a ver. Había varias personas paradas en la entrada murmurando, algunas con cara de preocupación, otras como esperando a que alguien les dijera algo más.

5:44 No alcanzó a oír bien lo que decían, solo vio que un señor salió con una cubeta de agua y una toalla. y que alguien más entró corriendo a la casa siguió su camino sin preguntar al regresar como a eso de las 3 su mamá lo estaba esperando en la puerta y de inmediato le contó lo que había pasado dijo que por la madrugada doña Liche había salido al baño como acostumbraba su baño estaba en el patio trasero separado de la casa por unos metros era común en esos tiempos muchos no tenían baños dentro Apenas había abierto la puerta cuando se encontró con un animal parado junto al marco. No era un coyote común. Era grande, más alto que ella, y no hizo ruido. Solo estaba ahí con los ojos brillosos. Cuando lo vio, gritó con fuerza.

6:36 El grito fue lo que hizo que varios vecinos salieran a ver qué pasaba. El animal salió corriendo entre los arbustos antes de que alguien lo alcanzara, pero ya le había hecho daño. Le dejó una herida profunda en la pierna. Decían que le desgarró la carne con las garras. La sangre manchó la tierra y la pared del baño. Al escuchar sus gritos ya se encontraba sola. Entre dos vecinas la metieron de nuevo a su casa. La vendaron con sábanas, como pudieron, y luego la llevaron con un curandero que vivía rumbo al cerro. Lo más raro fue lo que dijeron quienes llegaron primero. Una señora contó que alcanzó a ver cómo el animal se alejaba. Dijo que no se movía como un coyote, que por ratos parecía caminar en dos patas, como encorvado, y que luego se dejaba caer sobre las cuatro. Otro vecino juraba que lo vio parado entre los árboles, que tenía el lomo arqueado, el cuello largo, y que los ojos le brillaban como si trajera algo adentro.

7:36 Desde ese día, la gente del rancho dejó de hablar de coyotes. Ya no lo mencionaban como un animal salvaje cualquiera. Decían que eso era otra cosa, que andaba husmeando entre las casas y que no le tenía miedo a la gente. Mi abuelo dijo que lo que más le impresionó fue ver cómo cambió la actitud de su mamá. Antes lo dejaba salir desde temprano, le preparaba el morral con un poco de queso y tortillas, y lo mandaba al camino sin preocupación. Pero después de lo de Doña Liche, ya no lo dejaba salir tan temprano. Le decía que esperara a que el sol estuviera más arriba, que no caminara por los senderos donde el monte estuviera muy cerrado, que si veía algo raro se regresara de inmediato. A él no le gustaba mucho la idea de retrasarse. Temía no alcanzar a vender los quesos si llegaba tarde, pero tampoco quería contradecir a su mamá. Empezó a salir más tarde.

8:33 Ya no caminaba solo en la noche. En las tardes, cuando regresaba, notaba que la gente del rancho también había cambiado. Ya no se oían voces en los patios. Nadie dejaba a los animales afuera después del atardecer. Las lámparas se encendían más temprano. Algunas casas pusieron veladoras en las ventanas. Y lo más curioso, según mi abuelo, era que Doña Liche, después del ataque, se negó a hablar con nadie. Ni siquiera quiso contar lo que vio. Solo repetía que Dios la había protegido. y que lo que la atacó no era de este mundo. Pasó semanas encerrada, no volvió a misa, se quedaba sentada en una mecedora mirando hacia la puerta.

9:17 Mi abuelo contaba que todas las noches se escuchaban los perros alterados, gallinas que no dejaban de cacarear, pasos corriendo entre los corrales. Era como si algo o alguien se paseara por todas las casas sin que nadie pudiera atraparlo. Los animales seguían apareciendo muertos. Algunos estaban completamente destrozados, otros como si se les hubiera sacado la sangre sin romperles más que una parte del cuello. Lo más raro era que los cuerpos no siempre tenían señales claras de lucha. Muchos estaban dentro de los corrales con los portones cerrados por dentro. Eso fue lo que empezó a molestar más a la gente. decían que ya no se podía vivir así que si era un animal salvaje ya se habría atrapado que ni un coyote aguantaba tantos días merodeando por el mismo pueblo sin dejarse ver bien algunos empezaron a sospechar de cosas peores unos decían que eran brujas otros que alguien del mismo rancho estaba haciendo algo raro y por eso los animales se morían de forma tan extraña Un grupo de hombres se juntó. Eran como diez. Dijeron que iban a agarrar lo que fuera que andaba haciendo eso.

10:30 Se turnaban para vigilar en las noches, con machetes, escopetas viejas, lámparas de gas. También comenzaron a poner trampas alrededor de los corrales. Usaron jaulas de fierro, cuchillas escondidas entre ramas, y hasta amarraron gallinas vivas para atraer lo que fuera que andaba suelto. Pero las trampas amanecían igual que como las dejaban. Las gallinas seguían vivas, sin que nadie se acercara a tocarlas. Ni una huella cerca, ni una rama movida. Eso fue lo que más empezó a inquietar a todos. Que ni el olor de la sangre los hacía caer. Que no podían ser coyotes comunes. Entonces fue cuando pasó lo de Fulgencio, un señor ya grande, nunca se metía en chismes ni hablaba de más, pero esa noche salió corriendo con el machete cuando escuchó ruidos en su chiquero.

11:20 Pensó que era un ladrón o algún zorro grande porque su cerdo más chico estaba chillando como loco. Cuando llegó al chiquero se encontró con una figura agachada. Estaba encima del cerdo con las manos apoyadas sobre el lomo. No parecía tener ropa o si la tenía era como trapos oscuros. Dijo que la cabeza era muy rara, como alargada y que tenía algo colgando por la espalda. No se alcanzaba a ver bien porque la lámpara solo alumbraba una parte, pero lo que más recordaba era cómo volteó a verlo. Los ojos le brillaron con el reflejo de la luz, pero no como los de un animal. Brillaban parejo, sin parpadear.

12:01 Fulgencio le gritó. Quiso hacer ruido para asustarlo, pero la cosa se le fue encima. Le tiró un zarpazo que alcanzó a esquivar por poco. Entonces le soltó un machetazo. No le dio directo en el cuerpo, pero sí le alcanzó una pierna. El golpe fue seco y la cosa soltó un grito que lo dejó helado. No fue un chillido de animal. Fue un sonido ronco, apretado, como si alguien soltara un quejido de persona. Luego salió corriendo a una velocidad que él no pudo seguir. Lo más extraño fue lo que dejó atrás. En el suelo había sangre, pero no era roja, era espesa como aceite quemado, casi negra.

12:44 Se pegaba al machete y no salía con agua. Fulgencio la lavó con ceniza porque no quería que eso se quedara en su herramienta. Al día siguiente salió a seguir el rastro. Caminó hasta unos matorrales y ahí encontró un pedazo de tela atorado en una rama baja. Era una tira de trapo viejo, como de falda, manchada con la misma sangre oscura. También había un arete de cobre tirado junto a una piedra. A partir de ahí, Fulgencio empezó a decir que lo que andaba en el pueblo no era un animal normal, que se movía como gente, pero con fuerza de bestia. que tenía algo en el cuerpo que no era natural él fue el primero que usó la palabra nahual dijo que si eso tenía forma de coyote pero no caía en trampas no sangraba igual y no se le podía seguir el paso entonces debía ser un brujo uno que se cambiaba de piel para atacar por las noches muchos al principio no querían creerlo pero otros empezaron a recordar cuentos de los abuelos de cuando veían figuras extrañas en los cerros relatos de animales con cara de persona de voces que se escuchaban en los potreros sin que hubiera nadie nadie quería decirlo en voz alta pero todos ya empezaban a pensar igual lo que andaba rondando el rancho no era un coyote Y mi abuelo, aunque era niño, nunca olvidó cómo cambió el rancho desde esa noche. Pasaron algunos días después de lo que contó Fulgencio.

14:16 El pueblo seguía inquieto, pero no volvieron a aparecer animales muertos. Ni ruidos, ni luces raras, ni figuras entre los árboles. Muchos pensaron que lo que fuera que andaba por ahí ya se había ido. Otros decían que solo se estaba escondiendo, que eso no se había acabado. Fue en esos días cuando una mujer apareció con la mano vendada. Yo no la conocí, pero mi abuelo decía que era una mujer tranquila, de unos 50 años. Vivía con su madre, una señora ya muy grande que casi no salía. Eran personas conocidas por todos. No hablaban mucho, pero no se metían con nadie. Ayudaban en las cosechas, iban a misa, compartían pan cuando se hacía el novenario de alguien. Nunca habían dado motivos para que nadie hablara mal de ellas. Cuando la mujer apareció con la venda, muchos le preguntaron qué le había pasado.

15:14 Ella respondió que se había cortado mientras partía una calabaza para la comida. Nadie sospechó nada. Dijo que fue con un cuchillo grande, que la cortada no fue profunda, pero que prefería tener la mano tapada para que no se infectara. Algunos hasta le ofrecieron ungüentos. Ella solo agradeció. Volvieron a escucharse los perros. No como antes, pero sí ladraban en ciertas madrugadas, todos al mismo tiempo, como si algo pasara por el camino entre las casas. A los pocos días aparecieron de nuevo gallinas muertas. Esta vez fueron menos, pero estaban en peores condiciones. Algunas sin cabeza, otras con las entrañas afuera, pero sin sangre alrededor. Eso fue lo que más llamó la atención. Era como si las hubieran matado en otro lado y luego las dejaran ahí. Mi abuelo contaba que la gente ya no quería hablar mucho. Muchos sabían que algo raro estaba pasando. Ya no lo tomaban como chisme ni como leyenda. Era algo serio, algo que estaba ahí aunque no se viera. Luego pasó lo del niño.

16:22 Era hijo de un jornalero que se había ido a vivir con su familia a una casita de madera cerca del canal. No era una casa grande. Tenían un corral improvisado con unas tablas y lámina oxidada. Criaban unas gallinas y dos cochinitos flacos. El niño tenía cinco años. A esa edad ya sabía abrir la puerta, caminar entre el monte y andar descalzo. Siempre lo veían jugando con una pelota de trapo que él mismo había hecho. Una tarde, ya cayendo el sol, salió a jugar como siempre. La madre estaba adentro, lavando ropa en una tina. El papá estaba acostado. El niño no se había alejado. Estaba justo ahí, junto al corral. Pero cuando cayó la noche, los perros que tenían atados empezaron a gemir. No ladraban, solo gemían como si tuvieran miedo. La madre fue la primera que lo notó. Se asomó y ya no vio al niño donde lo había dejado. En menos de un minuto se escuchó el grito. El padre salió descalzo con un palo de ocote en la mano. Corrió hasta el cerco de ramas y lo vio. El niño estaba tirado, cubierto de polvo, con la camiseta rasgada. Tenía el brazo lleno de sangre y un rasguño largo en la espalda. Lloraba, pero no hablaba.

17:41 Solo se cubría la cara con las manos. El padre gritó para pedir ayuda y luego dijo que alcanzó a ver algo entre los matorrales. No era un animal pequeño. era algo con el cuerpo alargado y los movimientos lentos se escondió entre los mezquites y ya no volvió a aparecer los vecinos ayudaron a montar al niño en un caballo le amarraron un trapo en el brazo para detener la sangre y la madre lo sostuvo con fuerza durante todo el camino Tardaron más de una hora en llegar a Choix, pero, por suerte, había un doctor cerca del centro. Le limpiaron las heridas, le cosieron el brazo y lo estabilizaron. Sobrevivió, pero estuvo semanas sin hablar. No dormía, no comía bien, solo se le quedaba viendo a la gente con los ojos bien abiertos, como si aún viera lo que lo atacó.

18:33 Esa misma noche, los hombres del pueblo se reunieron. Ya no era cuestión de animales ni de creencias. Era un niño, un inocente. Dijeron que no se podía esperar otro ataque, que lo que fuera que andaba rondando ya había cruzado el límite. Había pasado de los animales a las personas. Ya no era solo peligroso, era una amenaza. Y esa vez, todos estuvieron de acuerdo. Había que hacer algo. Se armaron con lo que tenían y salieron a buscar, aunque nadie sabía exactamente qué estaban buscando. Después de lo que le pasó al niño, los hombres del pueblo ya no quisieron esperar que eso se fuera solo. Dejaron de hablar bajito y de hacer como si nada pasara. Se juntaron todos y se pusieron de acuerdo para hacer guardias cada noche.

19:22 mi abuelo contaba que se turnaban entre cuatro o cinco hombres armados con machetes varas gruesas guadañas y lámparas de aceite se sentaban frente a los corrales con sillas viejas algunos con fogatas encendidas decían que la luz espantaba a lo que fuera que anduviera rondando En las casas nadie dejaba animales sueltos. A los niños, incluyendo al abuelo, les prohibieron salir aunque fuera temprano. Solo salían si iban con un adulto. Nada de andar solos, ni para ir a buscar agua, ni para recoger leña. Mi abuelo decía que pasaba casi todo el día encerrado. Solo salía al patio con permiso de su mamá y si su papá estaba en casa. Por semanas no pudo ir a vender los quesos.

20:11 Su papá trabajaba en una parcela lejos, como jornalero. No tenía tiempo para ir hasta Choix. Los quesos empezaron a echarse a perder. Los regalaban a los vecinos o los usaban para cocinar, pero ya no salía ganancia. Era más gasto que otra cosa. El ambiente en el rancho era tenso. Aunque no se escucharan ruidos, la gente no dormía bien. Todos esperaban que, en cualquier momento, volviera a pasar algo. En las noches se escuchaban pasos en la terracería, o ladridos lejanos que se apagaban de pronto. Nadie quería ir a ver. Solo los que estaban de guardia se asomaban, pero no siempre encontraban algo. Una noche, uno de los hombres del pueblo, Don Leandro, estaba vigilando cerca del molino viejo.

20:59 estaba solo en ese momento porque su compañero se había ido a traer más leña decía que estaba sentado con la lámpara encendida cuando vio pasar algo entre las casas iba caminando con calma como si conociera el camino no era muy grande pero se notaba que era fuerte don leandro le arrojó una piedra pero no corrió solo giró la cabeza y luego siguió caminando corrió a buscar su machete cuando volvió ya no lo vio lo buscó entre las sombras revisó detrás de los corrales y escuchó un sonido como de ramas quebrándose siguió ese ruido hasta un callejón entre dos casas y justo cuando iba a alumbrar con la lámpara escuchó un chillido muy fuerte, como de un animal lastimado. El supuesto coyote había caído en una trampa que ellos mismos habían dejado días antes. Era una de esas trampas de fierro que se cierran como las de oso. La habían escondido entre hojarasca con una gallina amarrada cerca. El animal chillaba y se retorcía, pegando brincos contra el suelo. Don Leandro gritó para que salieran los demás.

22:09 Cuando llegaron, la trampa estaba sola. El animal se había soltado, pero dejó pelos pegados en los dientes de acero. Eran pelos gruesos, largos, de un color extraño. No eran de coyote. Eran más parecidos a los de una persona. Don Leandro tenía la pierna rasguñada. Dijo que al acercarse, el animal se le lanzó encima, pero alcanzó a cubrirse. No lo mordió, pero sí le rasguñó el pantalón. Quedaron marcas en la piel como si hubieran sido uñas delgadas, no garras. Mi abuelo decía que, en el fondo, todos sabían que eso no era normal, que ningún animal se soltaba así de una trampa sin dejar sangre, y que ese chillido no era de coyote. Era como un lamento humano. Guardaron la trampa con los pelos. Unos querían llevarla con el comisario.

23:01 Otros decían que mejor la enterraran. Pero al final solo la lavaron y la volvieron a poner en otro lado. No querían que la gente de fuera supiera lo que estaban haciendo. No querían que llegaran a juzgar o a decir que estaban inventando cosas. Las guardias se hicieron más serias. Empezaron a turnarse en grupos de tres o cuatro con armas más grandes. Ya no usaban solo palos. Llevaban escopetas, incluso algunas que ya estaban viejas o polvosas. Dijeron que si lo volvían a ver no lo iban a dejar ir. Después de lo que pasó con la trampa, todo cambió en el rancho. Ya no hacían vigilancia solo frente a los corrales. Ahora los hombres se turnaban en rondines, caminando entre las casas cada dos horas, con lámparas encendidas y machetes en la mano. Algunos traían silbatos colgados al cuello, otros llevaban botellas con resina y trapos para prender fuego si se necesitaba. Ya no se trataba de espantar animales, sino de estar listos por si aparecía algo que no se dejara ver tan fácil. Mi abuelo decía que los supuestos coyotes todavía dejaban señales. Ya no atacaban tanto, pero dejaban huellas profundas en la tierra húmeda. A veces se veían marcas en las paredes, como si algo se hubiera trepado.

24:22 En una ocasión encontraron una de las puertas del gallinero rayada, con las tablas sueltas, pero sin que se hubiera llevado nada, como si solo hubiera querido entrar y asustar. Después de varios días sin vender, su mamá lo dejó volver a Choix con los quesos. Pero ya no lo hacía solo. Salía de madrugada con otros tres hombres del rancho. Uno iba a vender frijol, otro a comprar herramientas, y el otro a visitar a un hermano que vivía más lejos. Caminaban juntos hasta cierto punto del camino. Ahí se separaban un poco, pero trataban de mantenerse a la vista. Nadie quería andar solo, ni siquiera de día. Durante una venta en el mercado, uno de los hombres del grupo escuchó a unos hombres decir que en un pueblo más al norte también habían tenido ataques. Contaron que los animales aparecían destrozados y que la gente hablaba de brujas. Decían que se convertían en animales para moverse por las noches y hacer daño. Uno dijo que allá les decían las que se cambian. Otro que eran mujeres viejas, que sabían cosas y usaban tierra de panteón. Esa noche, cuando regresaron al rancho, hubo una reunión frente a la casa del comisario. Se sentaron varios hombres en troncos y cubetas, con lámparas encendidas y las armas a un lado. Nadie hablaba muy fuerte.

25:48 Solo compartían lo que habían oído, lo que habían visto en otros lugares. Fue ahí cuando por primera vez alguien mencionó el nombre de una mujer del mismo pueblo. Solo dijo que la había visto hace unos días, caminando sola entre el monte, cuando aún no salía el sol. Otro dijo que también la había visto hace tiempo, hablando sola, sentada bajo un árbol. Alguien más recordó que la mamá usaba hierbas raras, que secaban flores en un comal sin prender fuego. Uno más dijo que nunca se confesaban, que no iban a misa desde hacía años, ni siquiera en los días grandes. Nadie lo decía directo, pero todos pensaban igual, que esas dos mujeres, madre e hija, tenían algo que ver con lo que estaba pasando. Empezaron a mirarlas raro.

26:38 Ya nadie les pedía favores ni les hablaba en la tienda. Cuando pasaban, la gente bajaba la voz o se metía a la casa. La hija ya no salía tanto. Solo salía la mamá a veces por agua o a ver sus plantas, pero se notaba que sentían el cambio. El abuelo decía que, en el rancho, no necesitaban decirlo en voz alta. Con las miradas bastaba. Después de eso, no se volvió a ver ningún coyote por muchos días. Todo se calmó, pero la tensión no se fue. La gente ya no volvió a confiar del todo. Aunque los hombres dejaron de hacer guardias tan seguido, seguían armados. Aunque las gallinas durmieran en paz, nadie dejaba una ventana abierta. Aunque no hubiera señales nuevas, todos sabían que lo que había pasado no era cosa común. Mi abuelo decía que nunca se habló directamente de acusarlas. Nadie fue a su casa, nadie les reclamó. Pero todos se guardaron la sospecha. No había pruebas ni testigos claros. Solo heridas, pedazos de tela, huellas raras y gritos en la madrugada. Pero en un pueblo chico no hace falta más para señalar a alguien.

27:48 Una noche, cuando ya todos dormían, se escuchó un chillido largo, que despertó a varios vecinos. Venía del corral de don Ramón, un hombre que vivía a las orillas del rancho. Ramón había dejado una trampa de esas que cierran como tenaza, cubierta con hojas secas y un poco de sangre de pollo, esperando atrapar a lo que fuera que anduviera merodeando. Esa noche, la trampa se cerró. Ramón escuchó el golpe y salió corriendo con su lámpara de aceite. Mi abuelo no estaba muy lejos porque la casa de su familia quedaba a tres terrenos de ahí. Dijo que alcanzó a escuchar el grito de Ramón pidiendo ayuda. Cuando llegaron al lugar, ya había varios hombres rodeando el corral. El animal estaba atrapado.

28:34 Chillaba fuerte, se retorcía, pero no podía salir. tenía una pata atrapada entre los dientes de la trampa y cada que intentaba moverse se lastimaba más la sangre se le escurría por el pelaje era un coyote grande pero se notaba distinto la cabeza más redonda el lomo más arqueado y lo más raro era la mirada no se movía como los otros no gruñía solo los miraba directo como si entendiera uno de los hombres dijo que podían amarrarlo y llevarlo al monte soltarlo lejos pero otros no quisieron dijeron que si lo soltaban regresaría que ya habían dejado escapar demasiados ramón que estaba temblando fue el primero en levantar el machete le dio un golpe fuerte en el lomo.

29:21 El animal chilló, pero no se defendió. Solo los miraba. Luego vinieron más golpes. Los rodearon entre todos. Mi abuelo no participó, pero vio cómo lo hicieron. El coyote dejó de moverse después de un rato. Algunos hombres se quedaron sin aliento, agachados con las manos llenas de sangre. Nadie dijo nada por un buen rato. Decidieron enterrarlo lejos, por donde comenzaba el cerro. Cargaron el cuerpo en una carretilla vieja. Lo taparon con un costal y se lo llevaron en silencio. Cavaron un hoyo profundo, le echaron cal encima y taparon todo con piedras grandes. Lo más raro vino después. Esa misma noche, al amanecer, la muchacha que todos señalaban desapareció.

30:09 Nadie la vio salir, nadie supo por dónde se fue. Solo su madre quedó en la casa. Dijo que su hija se había ido a casa de unos familiares en un pueblo cercano, que no quería estar más ahí porque ya había mucha tensión con la gente. Pero nadie la vio despedirse ni empacar nada. Mi abuelo contaba que la madre se quedó callada por días. No salía, no hablaba con nadie. Solo barría su patio por las mañanas y se metía temprano. Algunas mujeres fueron a preguntarle si necesitaba algo, pero ella apenas les abría la puerta. Decía que estaba enferma, que le dolía el cuerpo, que se le iban las fuerzas.

30:50 Una semana después también ella se fue. Cerró su casa con un candado y nunca regresó. La gente del rancho no habló mucho de eso. Decían que todo se había calmado, que ya no había peligro. Pero nadie olvidó lo que pasó. Algunos decían que lo que mataron esa noche no era un animal, que lo que vieron retorcerse en la trampa no tenía forma definida. pasaron los meses no hubo más ataques los corrales volvieron a estar llenos los perros dormían tranquilos mi abuelo volvió a hacer sus viajes con el burro solo o en grupo como antes pero siempre con cuidado siempre con un palo largo a un lado mi abuelo decía que justo cuando ya todos estaban más tranquilos Habían pasado casi siete días desde que enterraron al coyote, y no se habían vuelto a escuchar chillidos, ni habían aparecido animales muertos. Las guardias seguían, pero ya eran más relajadas.

31:49 La gente comenzaba a pensar que todo había terminado, pero una madrugada, don Ramón volvió. Dijo que estaba dormido cuando escuchó un golpe fuerte, como si algo hubiera quebrado el vidrio de una de sus ventanas. Se levantó de inmediato, tomó su machete que siempre dejaba junto a la cama y salió con la lámpara. Lo primero que vio al abrir la puerta fue una figura en medio del patio. No era una persona, era otro coyote. Decía que se notaba diferente. Tenía la cabeza más grande que el anterior, el cuello ancho, el cuerpo cubierto de lodo seco. No huyó al verlo. Caminó despacio, directo hacia él, como si no le tuviera miedo. Ramón alzó la lámpara y gritó fuerte.

32:37 Varios hombres que estaban haciendo guardia unas casas más adelante lo escucharon, porque también habían oído el vidrio romperse. Corrieron hacia allá con palos, machetes y piedras. El coyote se detuvo por un momento y y luego intentó escapar. Pasó junto a un árbol y trató de meterse entre unos matorrales, pero uno de los hombres le alcanzó a dar un machetazo en una de las patas traseras. El animal cayó, se revolcó en la tierra y se arrastró unos pasos. Luego se levantó cojeando y empezó a correr como pudo entre los arbustos. No lo dejaron ir tan fácil. Ramón y otros tres lo siguieron con las lámparas encendidas. Lo persiguieron por un buen tramo, hasta que vieron que el animal cruzó entre las casas y tomó rumbo hacia el extremo del pueblo donde vivían las mujeres que habían sido señaladas semanas atrás. El coyote se metió entre los árboles del terreno y desapareció, ahí se detuvieron, nadie quiso seguirlo más allá, Ramón se quedó parado con el machete apretado en la mano, respirando agitado, los demás también lo miraban sin saber qué decir, todos habían visto hacia dónde se había ido. lo raro era que no había salido por el otro lado del terreno se quedaron un rato mirando desde lejos esperando que saliera por alguna parte pero no pasó nada cuando amaneció algunos hombres decidieron acercarse al terreno no vieron al animal ni escucharon nada dentro de la casa Solo encontraron marcas de garra sobre el lodo húmedo,

34:12 justo frente al portón de madera, como si el animal se hubiera quedado ahí un momento antes de meterse. También había un charco pequeño de sangre seca, como si hubiera goteado de la herida. Tocaron la puerta. Nadie respondió. Uno de los hombres rodeó la casa para ver si por atrás se veía algo, pero las cortinas estaban puestas y no había señales de movimiento. Una vecina que vivía cerca salió a ver qué pasaba. Dijo que tenía días sin ver a la anciana, que antes salía todas las mañanas a barrer o a poner a secar la ropa, pero que últimamente no se le había visto. Tampoco había escuchado que su hija regresara. Cuando preguntaron si estaba enferma, la vecina dijo que sí, que eso era lo que decían, que la señora ya no podía ni pararse de la cama y que por eso nadie la veía. Pero nadie podía confirmar si eso era verdad. Algunos pensaban que simplemente no querían que nadie se acercara a esa casa. Otros decían que si ahí se había metido el coyote herido, entonces había una razón. Los hombres se retiraron y la casa quedó igual, con el portón cerrado, las cortinas puestas y el monte creciendo sin que nadie lo cortara. pasaron los días y no volvieron a ver animales extraños tampoco se escucharon ruidos por las noches pero la casa seguía cerrada algunos niños del pueblo entre ellos mi abuelo pasaban

35:43 por ahí camino al río o al monte siempre caminaban rápido al cruzar por delante y evitaban mirar hacia las ventanas un domingo por la mañana el cura del pueblo preguntó por la familia dijo que hacía mucho que no las veía en misa nadie supo qué responderle fueron a tocar la puerta de nuevo pero nadie abrió la casa quedó igual algunos pensaban que se habían ido sin avisar otros decían que algo les había pasado que después de lo del coyote herido que entró ahí tal vez nunca salieron Fue un mediodía caluroso cuando un grupo de hombres del pueblo se reunió frente a la casa. Dijeron que ya no podían seguir con la duda, que no era justo dejar ese asunto y que alguien tenía que entrar.

36:29 Fueron seis los que se ofrecieron, gente conocida, hombres mayores. Entraron por la parte trasera, donde la puerta vieja estaba ligeramente abierta. Mi abuelo contó que apenas cruzaron el umbral. El olor los hizo detenerse. Dijo que era un olor fuerte, mezclado, como carne echada a perder con hierbas húmedas. Algunos se taparon la nariz con los sombreros, otros avanzaron con cuidado, machete en mano. La casa estaba en silencio. Dentro se veía todo desordenado, sucio. Había frascos con líquidos oscuros. Figuras de barro colocadas en los rincones, veladoras derretidas que se habían pegado al suelo y paredes con marcas extrañas dibujadas con tierra y grasa. Nada se parecía a una casa normal.

37:20 Todo daba la impresión de que había sido usada para algo más. En uno de los cuartos encontraron el cuerpo de la mujer más joven. La que semanas atrás había dicho que se había cortado con un cuchillo. Estaba tirada sobre el suelo, boca arriba, con los ojos entreabiertos. A su alrededor había un charco grande de sangre seca. Tenía una herida profunda en el costado. una abertura irregular que no parecía de cuchillo ni de mordida como si algo la hubiera desgarrado desde adentro cerca de ella había una olla de barro con ceniza adentro al moverla con un palo vieron restos quemados plumas cabellos largos y lo que uno de los hombres juró que era un pedazo de mandíbula de animal No había señales de pelea. Todo estaba en su lugar. Parecía que había muerto sola, ahí mismo, sin intentar escapar. Buscaron a la anciana por toda la casa.

38:17 Revisaron los otros cuartos, el tapanco, la parte trasera, pero no encontraron ni su cuerpo ni rastro de que se hubiera ido. No había ropa empacada, ni cosas personales desaparecidas, como si se la hubiera tragado la tierra. Algunos dijeron que tal vez murió, y la otra la enterró antes de morir también. Otros pensaron que había escapado al monte al ver lo que le pasó a su hija, pero todos coincidieron en lo mismo. Esa casa no era normal, algo se había hecho ahí, no solo rezos ni hierbas para curar, sino cosas más oscuras. Dijeron que no quedaban dudas, que las dos mujeres eran brujas nahuales, que se convertían en animales para atacar a la gente, que habían hecho daño al pueblo usando esa casa como lugar de trabajo.

39:07 Los hombres no quisieron tocar nada más, quemaron parte de lo que encontraron, las veladoras, las figuras, los frascos. Lo demás lo metieron en costales y lo enterraron lejos, en un terreno vacío donde no hubiera animales ni casa cerca. dijeron que era mejor no dejar nada ahí que pudiera atraer más desgracias sellaron la entrada de la casa clavaron tablas en la puerta principal pusieron piedras grandes frente al saguán y hasta un alambre con púas en la parte trasera nadie quiso volver a entrar nadie se ofreció a limpiar ni a arreglarla ni a quedarse a cuidar desde ese día quedó sola pasó el tiempo y la casa se fue cubriendo de monte La madera se pudrió, las láminas se vencieron, las paredes se agrietaron, pero la gente no la tocaba. Decían que era mejor dejarla así, que nadie debía habitar ese lugar otra vez. Mi abuelo decía que todavía le tocó pasar por ahí cuando iba a buscar leña o a vender quesos. pero ya no miraba hacia adentro dijo que una vez muchos años después escuchó a un niño decir que había visto a alguien dentro parado junto a la ventana pero nadie se acercó a comprobarlo la casa quedó maldita y todos en el pueblo lo sabían Mi abuelo me contó que, al poco tiempo, volvió a salir a vender quesos como antes. Ya no necesitaba compañía. Caminaba los mismos cinco kilómetros hasta Choix con

40:41 su burro, su costal de quesos y su desayuno en la bolsa. Volvía por la tarde, cansado pero tranquilo. Con el tiempo se convirtió en parte del paisaje. Nunca se supo qué pasó con la mujer vieja. algunos creían que se había ido al monte, que estaba escondida en algún cerro, y aunque pasaron los años, todos en el pueblo lo tenían claro, si algún día alguien la volvía a ver, no importaba la hora ni el lugar, iban a buscarla, iban a hacerla pagar por todo lo que había pasado.