Sept. 16, 2025

BRUJAS En Forma De BOLAS De FUEGO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:04 Me llamo Raúl y tenía 39 años cuando me tocó vivir lo que voy a contar. Era en un pueblo del sur que ya no existe. Con el paso de los años se fue despoblando hasta quedar en ruinas, pero en mi juventud era un lugar tranquilo, con casas de adobe, patios amplios y familias que se conocían de toda la vida. Yo vivía en el mismo terreno donde estaban mis padres. Teníamos una casa sencilla, con el corral al fondo y árboles que nos daban sombra. Ahí vivía con mi esposa y nuestra hija pequeña. La vida era simple, dedicada al campo y a cuidar de los animales, igual que todos en el pueblo. El trabajo diario giraba alrededor del sol, salir temprano a la milpa, regresar con leña o agua y compartir la comida con la familia y dormir con la seguridad de que nada raro solía pasar. Una noche todo cambió. Estaba en el patio sentado en una silla de madera cuando vi una luz extraña en el cielo.

1:06 Al principio pensé que era una estrella fugaz, pero la luz no se movía como tal. era una bola de fuego que parecía flotar lentamente sobre el pueblo iba avanzando despacio iluminando más de lo que una estrella común podía el resplandor era naranja como si de verdad ardiera en llamas me quedé de pie siguiéndola con la mirada hasta que desapareció detrás de los cerros entré rápido a la casa y le conté a mi esposa lo que había visto ella me escuchó seria y me dijo que también lo había notado desde adentro por la ventana no supimos qué pensar pero los dos sentimos que no era normal al día siguiente entre los vecinos el tema era el mismo todos hablaban de la bola de fuego que había cruzado el cielo en la madrugada Algunos decían que era un cometa, otros que podía tratarse de algo del clima, pero la mayoría aseguraba que no era ninguna de esas cosas.

2:06 En el pueblo ya existía la creencia de que esas luces eran brujas, y los más viejos recordaban historias de bolas de fuego que aparecían para anunciar trabajos de hechicería. Yo escuchaba atento, no quería convencerme de inmediato, pero en el fondo sabía que lo que había visto no se parecía a nada conocido. Esa noche quedó grabada en mi memoria porque fue la primera vez que presencié aquella bola de fuego que después se volvería a aparecer. Con el tiempo entendimos que no había sido un avistamiento aislado. Semanas después la bola de fuego volvió a aparecer y esta vez no fui el único en verla. Esa noche, el resplandor fue tan claro que varias familias salieron de sus casas al mismo tiempo. Nos encontramos en la calle de tierra, mirando hacia arriba, siguiendo con los ojos la luz que cruzaba el cielo como si flotara. La bola bajaba lentamente, no era como una estrella que se pierde en segundos, tenía un movimiento extraño, como si fuera una antorcha suspendida en el aire que se deslizaba sin perder intensidad. El fuego iluminaba los techos de adobe y los árboles, y eso hacía que la sombra de cada persona se proyectara larga sobre el suelo. Escuché murmullos a mi alrededor. Algunos vecinos rezaban en voz baja, persignándose una y otra vez. Otros, en cambio, decían sin titubeos que no había duda. Eran brujas.

3:35 Lo repetían como si ya lo supieran de antemano. yo sentía un nudo en el estómago mi esposa tenía a nuestra hija en brazos intentando cubrirle la cara para que no mirara hacia el cielo la niña lloraba inquieta como si también sintiera que aquello no era algo normal los perros no dejaban de aullar venían de distintos puntos de la ranchería un coro largo y desacompasado que se mezclaba con el murmullo de la gente Siempre se decía que los animales eran los primeros en darse cuenta de lo que no se ve a simple vista, y esa noche parecía confirmarse. Desde esa segunda aparición, el ambiente en el pueblo cambió por completo. La tranquilidad que solía acompañarnos al anochecer desapareció. Ya nadie quería salir a platicar en las banquetas ni a caminar hacia los corrales después de la cena.

4:29 Todos se encerraban temprano, atentos a cualquier resplandor en el cielo. Yo también cambié mi rutina. Me quedaba despierto hasta tarde, escuchando los ruidos de afuera y esperando que no volviera a aparecer esa luz. Cada ladrido, cada aullido, hacía que me levantara de la silla para asomarme con cuidado. El recuerdo de la bola de fuego flotando en el cielo se volvió parte de nuestra vida diaria, como una amenaza silenciosa que podía volver en cualquier momento. Lo que más me marcó fue el miedo compartido. Ver a hombres acostumbrados al campo, fuertes y curtidos por el trabajo, rezando con voz quebrada mientras seguían con los ojos aquella luz, me hizo entender que todos sabíamos lo mismo. No estábamos frente a un simple fenómeno del cielo. Una madrugada me despertaron los golpes fuertes en la puerta. Era mi padre, que me gritaba desde afuera con la voz entrecortada que una de las casas del pueblo se estaba incendiando. Salté de la cama sin pensar, apenas alcancé a ponerme la camisa y corrí detrás de él hacia la calle. otros vecinos también salían apresurados algunos todavía medio dormidos pero todos con la urgencia pintada en la cara el resplandor del fuego se veía a lo lejos iluminando el cielo como si amaneciera antes de tiempo corrimos juntos siguiendo el camino de tierra y cada vez que nos acercábamos el calor era más intenso y las llamas más grandes cuando llegamos la

6:03 escena era terrible La casa, hecha de adobe con techo de palma, estaba envuelta en fuego. Las llamas subían alto, retorciéndose y arrojando chispas que caían sobre el suelo. El humo espeso nos hacía toser y el calor era tan fuerte que no podíamos acercarnos demasiado. A unos metros de ahí vimos al dueño, don Manuel. Un hombre de mediana edad que vivía con su esposa y sus dos hijos. Estaba tirado en el suelo, cubierto de tierra y ceniza, con la ropa chamuscada y los brazos llenos de quemaduras. Se movía inquieto, como si quisiera levantarse, pero no pudiera.

6:43 Lo rodeamos entre varios y tratamos de ayudarlo. recuerdo su mirada desorbitada los ojos abiertos como si hubiera visto lo peor apenas podía hablar de tanto que jadeaba pero repetía una y otra vez lo mismo que una de esas bolas de fuego había caído directo sobre su casa lo decía con desesperación levantando el brazo hacia el techo que ya se venía abajo entre las llamas algunos intentaron entrar para sacar cosas pero el fuego lo había consumido todo La palma ardía como si fuera gasolina, y el adobe comenzaba a agrietarse por el calor. Solo pudimos mirar cómo la casa se convertía en cenizas poco a poco, mientras el resto del pueblo se amontonaba en silencio alrededor. Yo no podía apartar de mi cabeza lo que don Manuel decía.

7:34 No era un hombre dado a inventar ni a exagerar, y verlo en ese estado, con la piel quemada y el cuerpo temblando, hacía imposible no creerle. La idea de que la bola de fuego no solo cruzaba el cielo, sino que podía caer sobre nosotros, nos heló a todos más que las mismas llamas. Esa madrugada quedó marcada en el pueblo. La gente hablaba en susurros, algunos lloraban, otros simplemente se quedaban viendo el fuego como si fueran estatuas. Fue la primera vez que escuché a alguien decir sin rodeos que esas bolas eran brujas que venían a causar daño. y que lo que le había pasado a don manuel podía pasarle a cualquiera de nosotros don manuel seguía tirado en el suelo delirando repetía lo mismo una y otra vez con los ojos muy abiertos y el cuerpo temblando como si todavía estuviera dentro de las llamas Decía que la bola de fuego había caído sobre su casa, que la había visto descender desde el cielo directo al techo de palma. Intentábamos calmarlo, hablándole despacio, pero apenas podíamos entenderlo entre sus palabras entrecortadas. Era como si no escuchara lo que le decíamos, solo seguía repitiendo la misma frase. Mientras tanto, los demás se habían reunido alrededor de la casa incendiada.

8:57 el fuego era tan fuerte que nadie podía acercarse la palma ardía con una intensidad que hacía crujir las vigas y las paredes de adobe se resquebrajaban poco a poco nadie sabía qué hacer en el pueblo no teníamos agua suficiente para enfrentar un incendio de ese tamaño ni herramientas más allá de cubetas y cántaros Algunos hombres corrían a traer agua del pozo, pero todos sabíamos que era inútil mientras las llamas estuvieran en lo alto. Solo podíamos esperar a que el fuego terminara de consumir la palma, que se viniera abajo y que la intensidad bajara un poco, para entonces apagar las brasas con lo poco que teníamos.

9:41 Mientras tanto, el calor nos obligaba a mantenernos alejados. observando impotentes cómo la casa se consumía. Recuerdo bien el silencio de todos, interrumpido solo por los sollozos de la esposa de don Manuel, que lloraba abrazada de sus hijos, mirando cómo se perdía todo lo que tenían. Los vecinos intentaban consolarla, pero nadie encontraba palabras. El fuego iluminaba los rostros serios y sudorosos, y cada chispazo que salía de las llamas hacía que algunos se persignaran. Lo que más me impresionó fue la forma en que las llamas parecían reavivarse cada vez que alguien mencionaba las bolas de fuego. Un murmullo recorría al grupo, alguien decía que aquello no era accidente, y justo en ese momento las llamas se levantaban más altas, como si respondieran a esas palabras. Tal vez era coincidencia, pero todos lo sentimos igual. Que el fuego estaba vivo, que ardía con un propósito. Yo mismo tuve esa sensación.

10:43 Que lo que veíamos no era un incendio común. La manera en que comenzó el testimonio de Don Manuel. El resplandor extraño en el cielo antes de la tragedia. Todo apuntaba a lo mismo. Y aunque nadie lo decía fuerte, en los ojos de todos se notaba el mismo pensamiento. Las bolas de fuego no eran solo luces que cruzaban, eran un aviso y al mismo tiempo un castigo. Cuando por fin la palma se vino abajo, nos acercamos con cuidado. El fuego aún chisporroteaba, y entonces sí empezamos a echar cubetadas de agua, intentando apagar las brasas. El humo se metía en los ojos y en la garganta, haciéndonos toser.

11:24 Entre varios removimos los restos con palos, apartando las brasas que todavía ardían. No quedó nada en pie, solo un montón de cenizas y muros a medio caer. Esa imagen quedó grabada en todos, la familia de pie sin casa y el hombre delirando con la piel quemada, señalando hacia arriba, jurando que lo que había visto no era un sueño. Fue la noche en que todos supimos que lo que rondaba en el cielo no se iba a detener fácilmente. Al amanecer, el incendio por fin cedió. El techo de palma se había consumido por completo y las paredes de adobe se vinieron abajo en pedazos. Solo quedaban montones de ceniza, humo todavía levantándose en espirales y un olor a quemado que se impregnó en toda la ranchería. La casa de don Manuel había desaparecido casi por completo. Él sobrevivió, pero quedó marcado. Lo llevaron a un jacal cercano para curarle las quemaduras con lo poco que teníamos, untándole ungüentos de hierbas y barro fresco. No dejaba de repetir lo mismo, que lo que había caído del cielo no era normal.

12:34 Decía que la bola de fuego lo había seguido, que la vio descender directo hacia su techo. como si lo hubiera escogido a él y a su familia. Lo escuchábamos con atención, y aunque algunos trataban de tranquilizarlo, nadie dudaba de sus palabras. Desde ese día, el miedo en el pueblo creció como nunca. Ya nadie volvió a decir que eran simples luces o estrellas. Nadie se atrevió a buscar explicaciones lógicas. Todos estábamos convencidos de que se trataba de brujas o de algo maligno que rondaba sobre nosotros. Las noches cambiaron. Antes era común ver a los hombres reunidos en las banquetas, platicando hasta tarde, mientras las mujeres terminaban de desgranar el maíz o de lavar los trastes. Después de esa tragedia, cada familia se encerraba temprano. Se apagaban las lámparas antes de la medianoche y el silencio se volvía absoluto. Nadie quería arriesgarse a provocar que una de esas luces se posara sobre su techo. También dejamos de encender fogatas al aire libre. Era costumbre en las fiestas o en los días de frío prender fuego en los patios para espantar a los moscos y reunirnos alrededor. Pero desde la caída de aquella bola nadie volvió a hacerlo.

13:52 Decían que las fogatas podían llamar la atención de esas luces, como si fueran señales. Yo recuerdo esos días como los más oscuros de mi juventud. No porque faltara la comida o porque hubiera peleas, sino porque el miedo se metió en cada rincón. Al caer la tarde ya no había risas ni corridas de niños en las calles de tierra, solo se escuchaban los perros inquietos y el monte en silencio, como si hasta los animales supieran que algo extraño rondaba en el cielo. Así terminó para mí aquel tiempo, un pueblo tranquilo que se fue apagando poco a poco bajo la sombra de las bolas de fuego. Nunca las olvidaré porque cada vez que miro el cielo despejado en la noche, todavía temo ver de nuevo ese resplandor descendiendo hacia la tierra.

14:41 Fueron días cortos, pero nos marcaron para siempre.