BRUJAS En Forma De BOLAS De FUEGO Historias De Terror - REDE
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0:04 Me llamo Raúl y tenÃa 39 años cuando me tocó vivir lo que voy a contar. Era en un pueblo del sur que ya no existe. Con el paso de los años se fue despoblando hasta quedar en ruinas, pero en mi juventud era un lugar tranquilo, con casas de adobe, patios amplios y familias que se conocÃan de toda la vida. Yo vivÃa en el mismo terreno donde estaban mis padres. TenÃamos una casa sencilla, con el corral al fondo y árboles que nos daban sombra. Ahà vivÃa con mi esposa y nuestra hija pequeña. La vida era simple, dedicada al campo y a cuidar de los animales, igual que todos en el pueblo. El trabajo diario giraba alrededor del sol, salir temprano a la milpa, regresar con leña o agua y compartir la comida con la familia y dormir con la seguridad de que nada raro solÃa pasar. Una noche todo cambió. Estaba en el patio sentado en una silla de madera cuando vi una luz extraña en el cielo.
1:06 Al principio pensé que era una estrella fugaz, pero la luz no se movÃa como tal. era una bola de fuego que parecÃa flotar lentamente sobre el pueblo iba avanzando despacio iluminando más de lo que una estrella común podÃa el resplandor era naranja como si de verdad ardiera en llamas me quedé de pie siguiéndola con la mirada hasta que desapareció detrás de los cerros entré rápido a la casa y le conté a mi esposa lo que habÃa visto ella me escuchó seria y me dijo que también lo habÃa notado desde adentro por la ventana no supimos qué pensar pero los dos sentimos que no era normal al dÃa siguiente entre los vecinos el tema era el mismo todos hablaban de la bola de fuego que habÃa cruzado el cielo en la madrugada Algunos decÃan que era un cometa, otros que podÃa tratarse de algo del clima, pero la mayorÃa aseguraba que no era ninguna de esas cosas.
2:06 En el pueblo ya existÃa la creencia de que esas luces eran brujas, y los más viejos recordaban historias de bolas de fuego que aparecÃan para anunciar trabajos de hechicerÃa. Yo escuchaba atento, no querÃa convencerme de inmediato, pero en el fondo sabÃa que lo que habÃa visto no se parecÃa a nada conocido. Esa noche quedó grabada en mi memoria porque fue la primera vez que presencié aquella bola de fuego que después se volverÃa a aparecer. Con el tiempo entendimos que no habÃa sido un avistamiento aislado. Semanas después la bola de fuego volvió a aparecer y esta vez no fui el único en verla. Esa noche, el resplandor fue tan claro que varias familias salieron de sus casas al mismo tiempo. Nos encontramos en la calle de tierra, mirando hacia arriba, siguiendo con los ojos la luz que cruzaba el cielo como si flotara. La bola bajaba lentamente, no era como una estrella que se pierde en segundos, tenÃa un movimiento extraño, como si fuera una antorcha suspendida en el aire que se deslizaba sin perder intensidad. El fuego iluminaba los techos de adobe y los árboles, y eso hacÃa que la sombra de cada persona se proyectara larga sobre el suelo. Escuché murmullos a mi alrededor. Algunos vecinos rezaban en voz baja, persignándose una y otra vez. Otros, en cambio, decÃan sin titubeos que no habÃa duda. Eran brujas.
3:35 Lo repetÃan como si ya lo supieran de antemano. yo sentÃa un nudo en el estómago mi esposa tenÃa a nuestra hija en brazos intentando cubrirle la cara para que no mirara hacia el cielo la niña lloraba inquieta como si también sintiera que aquello no era algo normal los perros no dejaban de aullar venÃan de distintos puntos de la rancherÃa un coro largo y desacompasado que se mezclaba con el murmullo de la gente Siempre se decÃa que los animales eran los primeros en darse cuenta de lo que no se ve a simple vista, y esa noche parecÃa confirmarse. Desde esa segunda aparición, el ambiente en el pueblo cambió por completo. La tranquilidad que solÃa acompañarnos al anochecer desapareció. Ya nadie querÃa salir a platicar en las banquetas ni a caminar hacia los corrales después de la cena.
4:29 Todos se encerraban temprano, atentos a cualquier resplandor en el cielo. Yo también cambié mi rutina. Me quedaba despierto hasta tarde, escuchando los ruidos de afuera y esperando que no volviera a aparecer esa luz. Cada ladrido, cada aullido, hacÃa que me levantara de la silla para asomarme con cuidado. El recuerdo de la bola de fuego flotando en el cielo se volvió parte de nuestra vida diaria, como una amenaza silenciosa que podÃa volver en cualquier momento. Lo que más me marcó fue el miedo compartido. Ver a hombres acostumbrados al campo, fuertes y curtidos por el trabajo, rezando con voz quebrada mientras seguÃan con los ojos aquella luz, me hizo entender que todos sabÃamos lo mismo. No estábamos frente a un simple fenómeno del cielo. Una madrugada me despertaron los golpes fuertes en la puerta. Era mi padre, que me gritaba desde afuera con la voz entrecortada que una de las casas del pueblo se estaba incendiando. Salté de la cama sin pensar, apenas alcancé a ponerme la camisa y corrà detrás de él hacia la calle. otros vecinos también salÃan apresurados algunos todavÃa medio dormidos pero todos con la urgencia pintada en la cara el resplandor del fuego se veÃa a lo lejos iluminando el cielo como si amaneciera antes de tiempo corrimos juntos siguiendo el camino de tierra y cada vez que nos acercábamos el calor era más intenso y las llamas más grandes cuando llegamos la
6:03 escena era terrible La casa, hecha de adobe con techo de palma, estaba envuelta en fuego. Las llamas subÃan alto, retorciéndose y arrojando chispas que caÃan sobre el suelo. El humo espeso nos hacÃa toser y el calor era tan fuerte que no podÃamos acercarnos demasiado. A unos metros de ahà vimos al dueño, don Manuel. Un hombre de mediana edad que vivÃa con su esposa y sus dos hijos. Estaba tirado en el suelo, cubierto de tierra y ceniza, con la ropa chamuscada y los brazos llenos de quemaduras. Se movÃa inquieto, como si quisiera levantarse, pero no pudiera.
6:43 Lo rodeamos entre varios y tratamos de ayudarlo. recuerdo su mirada desorbitada los ojos abiertos como si hubiera visto lo peor apenas podÃa hablar de tanto que jadeaba pero repetÃa una y otra vez lo mismo que una de esas bolas de fuego habÃa caÃdo directo sobre su casa lo decÃa con desesperación levantando el brazo hacia el techo que ya se venÃa abajo entre las llamas algunos intentaron entrar para sacar cosas pero el fuego lo habÃa consumido todo La palma ardÃa como si fuera gasolina, y el adobe comenzaba a agrietarse por el calor. Solo pudimos mirar cómo la casa se convertÃa en cenizas poco a poco, mientras el resto del pueblo se amontonaba en silencio alrededor. Yo no podÃa apartar de mi cabeza lo que don Manuel decÃa.
7:34 No era un hombre dado a inventar ni a exagerar, y verlo en ese estado, con la piel quemada y el cuerpo temblando, hacÃa imposible no creerle. La idea de que la bola de fuego no solo cruzaba el cielo, sino que podÃa caer sobre nosotros, nos heló a todos más que las mismas llamas. Esa madrugada quedó marcada en el pueblo. La gente hablaba en susurros, algunos lloraban, otros simplemente se quedaban viendo el fuego como si fueran estatuas. Fue la primera vez que escuché a alguien decir sin rodeos que esas bolas eran brujas que venÃan a causar daño. y que lo que le habÃa pasado a don manuel podÃa pasarle a cualquiera de nosotros don manuel seguÃa tirado en el suelo delirando repetÃa lo mismo una y otra vez con los ojos muy abiertos y el cuerpo temblando como si todavÃa estuviera dentro de las llamas DecÃa que la bola de fuego habÃa caÃdo sobre su casa, que la habÃa visto descender desde el cielo directo al techo de palma. Intentábamos calmarlo, hablándole despacio, pero apenas podÃamos entenderlo entre sus palabras entrecortadas. Era como si no escuchara lo que le decÃamos, solo seguÃa repitiendo la misma frase. Mientras tanto, los demás se habÃan reunido alrededor de la casa incendiada.
8:57 el fuego era tan fuerte que nadie podÃa acercarse la palma ardÃa con una intensidad que hacÃa crujir las vigas y las paredes de adobe se resquebrajaban poco a poco nadie sabÃa qué hacer en el pueblo no tenÃamos agua suficiente para enfrentar un incendio de ese tamaño ni herramientas más allá de cubetas y cántaros Algunos hombres corrÃan a traer agua del pozo, pero todos sabÃamos que era inútil mientras las llamas estuvieran en lo alto. Solo podÃamos esperar a que el fuego terminara de consumir la palma, que se viniera abajo y que la intensidad bajara un poco, para entonces apagar las brasas con lo poco que tenÃamos.
9:41 Mientras tanto, el calor nos obligaba a mantenernos alejados. observando impotentes cómo la casa se consumÃa. Recuerdo bien el silencio de todos, interrumpido solo por los sollozos de la esposa de don Manuel, que lloraba abrazada de sus hijos, mirando cómo se perdÃa todo lo que tenÃan. Los vecinos intentaban consolarla, pero nadie encontraba palabras. El fuego iluminaba los rostros serios y sudorosos, y cada chispazo que salÃa de las llamas hacÃa que algunos se persignaran. Lo que más me impresionó fue la forma en que las llamas parecÃan reavivarse cada vez que alguien mencionaba las bolas de fuego. Un murmullo recorrÃa al grupo, alguien decÃa que aquello no era accidente, y justo en ese momento las llamas se levantaban más altas, como si respondieran a esas palabras. Tal vez era coincidencia, pero todos lo sentimos igual. Que el fuego estaba vivo, que ardÃa con un propósito. Yo mismo tuve esa sensación.
10:43 Que lo que veÃamos no era un incendio común. La manera en que comenzó el testimonio de Don Manuel. El resplandor extraño en el cielo antes de la tragedia. Todo apuntaba a lo mismo. Y aunque nadie lo decÃa fuerte, en los ojos de todos se notaba el mismo pensamiento. Las bolas de fuego no eran solo luces que cruzaban, eran un aviso y al mismo tiempo un castigo. Cuando por fin la palma se vino abajo, nos acercamos con cuidado. El fuego aún chisporroteaba, y entonces sà empezamos a echar cubetadas de agua, intentando apagar las brasas. El humo se metÃa en los ojos y en la garganta, haciéndonos toser.
11:24 Entre varios removimos los restos con palos, apartando las brasas que todavÃa ardÃan. No quedó nada en pie, solo un montón de cenizas y muros a medio caer. Esa imagen quedó grabada en todos, la familia de pie sin casa y el hombre delirando con la piel quemada, señalando hacia arriba, jurando que lo que habÃa visto no era un sueño. Fue la noche en que todos supimos que lo que rondaba en el cielo no se iba a detener fácilmente. Al amanecer, el incendio por fin cedió. El techo de palma se habÃa consumido por completo y las paredes de adobe se vinieron abajo en pedazos. Solo quedaban montones de ceniza, humo todavÃa levantándose en espirales y un olor a quemado que se impregnó en toda la rancherÃa. La casa de don Manuel habÃa desaparecido casi por completo. Ãl sobrevivió, pero quedó marcado. Lo llevaron a un jacal cercano para curarle las quemaduras con lo poco que tenÃamos, untándole ungüentos de hierbas y barro fresco. No dejaba de repetir lo mismo, que lo que habÃa caÃdo del cielo no era normal.
12:34 DecÃa que la bola de fuego lo habÃa seguido, que la vio descender directo hacia su techo. como si lo hubiera escogido a él y a su familia. Lo escuchábamos con atención, y aunque algunos trataban de tranquilizarlo, nadie dudaba de sus palabras. Desde ese dÃa, el miedo en el pueblo creció como nunca. Ya nadie volvió a decir que eran simples luces o estrellas. Nadie se atrevió a buscar explicaciones lógicas. Todos estábamos convencidos de que se trataba de brujas o de algo maligno que rondaba sobre nosotros. Las noches cambiaron. Antes era común ver a los hombres reunidos en las banquetas, platicando hasta tarde, mientras las mujeres terminaban de desgranar el maÃz o de lavar los trastes. Después de esa tragedia, cada familia se encerraba temprano. Se apagaban las lámparas antes de la medianoche y el silencio se volvÃa absoluto. Nadie querÃa arriesgarse a provocar que una de esas luces se posara sobre su techo. También dejamos de encender fogatas al aire libre. Era costumbre en las fiestas o en los dÃas de frÃo prender fuego en los patios para espantar a los moscos y reunirnos alrededor. Pero desde la caÃda de aquella bola nadie volvió a hacerlo.
13:52 DecÃan que las fogatas podÃan llamar la atención de esas luces, como si fueran señales. Yo recuerdo esos dÃas como los más oscuros de mi juventud. No porque faltara la comida o porque hubiera peleas, sino porque el miedo se metió en cada rincón. Al caer la tarde ya no habÃa risas ni corridas de niños en las calles de tierra, solo se escuchaban los perros inquietos y el monte en silencio, como si hasta los animales supieran que algo extraño rondaba en el cielo. Asà terminó para mà aquel tiempo, un pueblo tranquilo que se fue apagando poco a poco bajo la sombra de las bolas de fuego. Nunca las olvidaré porque cada vez que miro el cielo despejado en la noche, todavÃa temo ver de nuevo ese resplandor descendiendo hacia la tierra.
14:41 Fueron dÃas cortos, pero nos marcaron para siempre.
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