BRUJA Los Usaba En Rituales Y Se Los COMÍA Historias De Terror - REDE
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0:02 Me llamo Mariana, tengo 34 años y vivo sola en una colonia tranquila de Cancún, en una casa de una planta que rento desde hace casi 5 años. Trabajo desde casa, asà que paso mucho tiempo entre paredes blancas, ventiladores de techo y el canto de los pájaros que se cuelan por las rendijas de las ventanas. Mis dos gatos, Mango y Gila, son mi compañÃa constante. Mango es un macho naranja, gordito, muy cariñoso. Le gusta acostarse sobre mi teclado, frotarse en mis piernas cada que me levanto de la silla y dormir conmigo pegado al brazo. Gila es distinta. Es gris, delgada, de mirada seria. No le gusta que la toquen y siempre parece estar alerta. Ambos llegaron a mi vida casi al mismo tiempo, hace más de cuatro años, cuando una amiga se fue a vivir a Mérida y me pidió que los cuidara por unas semanas. Nunca volvió por ellos.
1:02 En esta colonia, como en muchas otras de la ciudad, hay una costumbre rara con los animales. La gente tiene perros y gatos, pero no los cuida como se deberÃa. Muchos los dejan salir solos a la calle, sin collar ni supervisión. No es raro ver perros echados en las banquetas o gatos caminando sobre los muros como si el mundo les perteneciera. No hay muchas reglas aquÃ, ni nadie que las haga cumplir. Los animales entran y salen como si fueran parte del paisaje. Yo también dejaba salir a Mango. A Gila no le gusta salir, asà que nunca insistÃ. Pero Mango tenÃa esa costumbre de irse en la tarde y volver antes de dormir. Algunas veces llegaba con hojas pegadas al lomo o con los bigotes sucios de tierra.
1:50 Nunca se tardaba demasiado. Una mañana, doña Amelia, una vecina de la cuadra de atrás, me detuvo cuando salà a barrer la banqueta. Me contó en voz baja que su gata negra, Chabela, no habÃa vuelto desde hacÃa tres dÃas. Pensó que podÃa haber quedado atrapada en alguna casa abandonada, pero ya habÃa preguntado y nadie la habÃa visto. Al dÃa siguiente, una mujer joven que vive frente al parque mencionó que sus dos gatitos, uno blanco y otro atigrado, también dejaron de regresar. Dijo que uno de ellos solÃa dormir en su jardÃn y que simplemente ya no apareció más. Luego, un niño que vive en la esquina contó algo que me puso un poco nerviosa. Dijo que habÃa escuchado maullidos por la noche, unos maullidos feos, como de gatos peleando o lastimados. Incluso dijo que una vez escuchó un chillido, como cuando uno pisa sin querer a un animal. Yo le pregunté si sabÃa de dónde venÃa el sonido, pero solo encogió los hombros y dijo que del callejón que da al canal. Al principio no me preocupé demasiado, pensé que los gatos se habrÃan ido con alguien o que tal vez los atropellaron y nadie se enteró. En esta colonia no hay muchas cámaras y los coches pasan rápido por las avenidas. También pensé, con algo de tristeza, que tal vez alguien los robaba. Aunque no tenÃa pruebas de eso, uno escucha tantas cosas. Aún asÃ, comencé a tener más
3:22 cuidado con Mango. Le puse una plaquita con mi número de teléfono y traté de no dejarlo salir tan seguido. Pero él se desesperaba. Maullaba en la puerta hasta que le abrÃa. Se iba por unas horas y siempre volvÃa al anochecer. Yo también notaba que algo no iba bien. no sé si era por las historias o porque gila se ponÃa rara cada vez que mango se acercaba a la puerta ella lo miraba desde su rincón con el lomo erizado antes no lo hacÃa pasaron unos dÃas y las conversaciones en la tienda de la esquina cambiaron de tono ya no eran solo comentarios sueltos varias personas empezaban a decir que algo raro estaba pasando una señora dijo que su perro ladraba por las noches sin razón mirando al canal otra comentó que alguien estaba haciendo trabajos porque se habÃan encontrado velas negras y un costal con tierra en el parque yo seguÃa sin creer que fuera algo serio nunca he sido supersticiosa me criaron en una familia donde todo tenÃa una explicación lógica Pero empecé a sentir una incomodidad extraña. Esa noche, antes de dormir, le di a Mango su ración de croquetas y lo vi salir por la ventana del baño. Lo hacÃa siempre por ahÃ, trepaba por un bote y luego por un ladrillo suelto.
4:42 Gila se quedó en su cojÃn mirando la puerta. Esa noche, Mango no regresó. No era la primera vez que se quedaba más tiempo del habitual, asà que al principio no me alarmé. Me acosté como siempre, esperando que en algún momento lo escucharÃa rascar la puerta o maullar por la ventana del baño, como hacÃa cada vez que querÃa entrar, pero no pasó. Me desperté a las 3 de la mañana, revisé el patio con una linterna, lo llamé varias veces por su nombre, pero no hubo respuesta. A las cinco de la mañana me rendà y dejé su plato con croquetas junto a la puerta trasera, por si volvÃa sin hacer ruido. Apenas pude dormir. A las ocho ya estaba vestida, caminando por la cuadra, llamando a Mango con una vocecita tonta que me daba vergüenza usar en público. Revisé debajo de coches, detrás de los botes de basura y en los jardines donde a veces se echaba. Nada. Fui casa por casa preguntando a los vecinos si lo habÃan visto.
5:45 Casi todos me respondieron lo mismo. Ya no dejo salir a los mÃos. El mÃo también desapareció hace una semana. Escuché que alguien los está agarrando. Nadie tenÃa pruebas, solo la certeza de que algo raro estaba pasando. Una señora mayor que vivÃa en la esquina del callejón me dijo que la noche anterior escuchó un ruido fuerte en su azotea, como si alguien hubiera corrido por el techo. No se atrevió a asomarse. Esa tarde regresé a casa con el estómago hecho un nudo. La noche siguiente traté de quedarme despierta más tiempo. Dejé la puerta entreabierta, puse más croquetas afuera y dejé el foco del patio encendido. Me senté junto a la ventana con una manta y un café, mirando hacia la calle vacÃa. Cerca de las dos de la mañana, cuando el sueño ya me ganaba, escuché algo en la azotea. No fue un golpe fuerte ni un ruido común. Fue una pisada suave, pero firme, como si alguien caminara con cuidado sobre las láminas. Me levanté de golpe, apagué la luz del cuarto y me asomé con cuidado.
6:55 No vi nada. Segundos después, escuché un maullido, corto, casi como un gemido. Sonó ahogado, como si lo hubieran tapado con la mano. Tomé la linterna, subà las escaleras que daban al techo y abrà la puerta de acceso. El aire era caliente, denso, olÃa a tierra húmeda y a basura. Alumbré todo el perÃmetro, los bordes, los cables, los tanques. No habÃa nadie, ni rastro de mango, ni siquiera una sombra. Me quedé un rato en la azotea mirando hacia las casas vecinas, por si algo se movÃa, pero todo estaba en calma. bajé resignada cerré bien la puerta y me acosté con la esperanza inútil de que todo hubiera sido un malentendido por la mañana salà al patio a revisar otra vez por inercia al levantar la ropa del tendedero vi algo que me paralizó en una de las pinzas de plástico colgaba un mechón de pelo naranja enredado con una cinta negra vieja de esas de tela como las que se usan para amarrar el cabello El mechón era idéntico al pelaje de mango. Lo toqué con cuidado. Estaba seco, pero no sucio, como si lo hubieran puesto ahà recientemente.
8:08 Lo envolvà en una bolsa pequeña y lo llevé con doña Amelia. Ella me miró con los labios apretados y los ojos muy abiertos. Cuando le mostré lo que habÃa encontrado, hizo la señal de la cruz sin decir palabra. Luego, en voz baja, casi como un susurro, dijo que eso era un trabajo, que las brujas agarran gatos por la energÃa que tienen. Que no era raro que aquà en Cancún, sobre todo en las colonias viejas, todavÃa habÃa gente que hacÃa cosas raras en las madrugadas. BrujerÃa, dijo, sin rodeos. Le pregunté si conocÃa a alguien que hiciera ese tipo de cosas. Negó con la cabeza. Dijo que uno no debÃa andar preguntando mucho, porque esas cosas eran como avisperos.
8:54 Mejor era no tocar. Me recomendó que guardara el mechón, que no lo tirara, y que pusiera un vaso de agua con sal en la puerta trasera, que eso ayudaba cuando alguien querÃa hacerte algo desde lejos. Regresé a casa más confundida que antes. No sabÃa si creerle o pensar que todo era una exageración. Pero la verdad es que no tenÃa otra explicación para lo que estaba pasando. Esa noche se revientó todo. No dejé ninguna ventana abierta. Gila se durmió conmigo, acurrucada en mis piernas, como si también necesitara sentir que estábamos protegidas. Mango no volvió, y yo empecé a temer que ya no lo harÃa. Esa misma tarde, cuando apenas habÃa empezado a oscurecer y el calor se sentÃa más espeso que nunca, tocaron a la puerta. Fue un golpecito seco, como si quien tocaba no quisiera ser notado.
9:52 Me asomé por la ventana y vi a una señora que no conocÃa bien, aunque su cara no me era del todo ajena. Tal vez la habÃa visto alguna vez en la tienda o en la parada del camión. TenÃa el rostro serio, arrugado, de esos que no sonrÃen por costumbre, y una expresión que me pareció más preocupada que tÃmida. Me dijo que vivÃa en la calle paralela, justo detrás de mi casa, y que habÃa pensado mucho si debÃa venir. Dijo que no me lo tomara a mal, pero que desde hacÃa varias semanas habÃa visto cosas raras, que no se lo habÃa dicho a nadie por miedo a que la tomaran por loca. pero que cuando supo lo de mi gato decidió venir le ofrecà pasar pero prefirió quedarse en la banqueta me contó que en varias madrugadas habÃa visto a una mujer delgada con la espalda muy encorvada siempre vestida con ropa suelta y oscura casi como si trajera una túnica que caminaba con dificultad arrastrando un pie como si le pesara y que siempre llevaba un costal largo colgado de un hombro, arrastrando la punta por el suelo.
11:02 Dijo que parecÃa pesado, como si llevara algo vivo o muerto adentro. Yo la escuchaba sin decir palabra, apretando el borde de la reja con las dos manos. No sabÃa si creerle, pero tampoco querÃa descartarlo. me dijo que esa mujer habÃa sido vista varias veces por la brecha que conecta con el parque el que queda a dos cuadras que una vez desde su ventana la vio detenerse frente a un árbol grande que está justo al lado de una banca que la mujer colgó algo en una rama baja y luego desapareció por la vereda que lleva al monte. No quise quedarme con la duda. Le dije que si querÃa fuéramos juntas a ver ese árbol. Ella aceptó de inmediato.
11:47 Caminamos sin hablar mucho, con paso rápido, como si el solo hecho de demorarnos pudiera empeorar algo. El árbol era uno de esos de sombra ancha, con las ramas gruesas y bajas, perfecto para sentarse debajo en los dÃas de calor. HabÃa una banca oxidada justo al frente, y en una de las ramas más bajas colgaba un costalito chico, de tela áspera como de yute. estaba atado con un nudo extraño no uno común sino hecho con tres vueltas cruzadas que parecÃan tener una intención el costal se veÃa húmedo por debajo y se movÃa apenas pero se movÃa como si algo dentro se hinchara o respirara lento me eché hacia atrás pero la señora dio un paso al frente dijo que lo mejor era bajarlo que no podÃamos dejarlo ahà que si alguien lo habÃa dejado con intención debÃamos saber qué clase de intención era dudé me sudaban las manos pero al final lo bajamos entre las dos Con cuidado, como si fuéramos a despertar a una cosa dormida, lo pusimos sobre la banqueta. Saqué mi navajita de llavero y corté el nudo. Abrimos el costal despacio. Adentro habÃa un muñeco de trapo mal cosido, con la tela rasgada en algunas partes. TenÃa ojos de canica, negros, brillosos. En el cuello colgaba una cinta de tela roja y justo en el centro del pecho habÃa una cola de gato, seca, peluda,
13:20 enrollada con hilo rojo. El muñeco tenÃa tierra adentro, y en una de las esquinas del costal habÃa pelo suelto y algo que parecÃa sangre seca, marrón oscuro, pegajosa. Me quedé helada. La señora se agachó a mirarlo mejor. Dijo que eso era brujerÃa, que era para amarrar el alma de un animal, o tal vez para ofrecerlo en algún tipo de trabajo más fuerte, que muchas veces usaban partes reales para que el vÃnculo fuera más fuerte. me preguntó si creÃa que esa cola podÃa ser de mango no supe qué decir no quise dejarlo ahà algo me decÃa que no era buena idea tocarlo con las manos asà que lo envolvà en un trapo viejo que traÃa la señora en su bolso Y lo metà en una bolsa con cierre que tenÃa en mi mochila. Le tomé una foto con el celular antes de guardarlo. No sabÃa qué hacer con eso, pero sentÃa que si lo dejábamos colgado, era como permitir que siguiera funcionando, como si ignorarlo fuera parte del problema. Regresamos cada una a su casa sin hablar mucho. Esa noche no dormÃ. Me pasé horas viendo el techo, repasando todo en la cabeza. TenÃa miedo de haber traÃdo algo que no debÃa, pero también sentÃa que haberlo descubierto era una especie de paso, una señal de que tal vez no estaba sola, que otras también veÃan lo que pasaba. que algo muy extraño estaba ocurriendo en esa colonia, y que nuestros gatos eran solo la punta
14:53 del hilo. Después de encontrar aquel muñeco, no pudimos quedarnos cruzadas de brazos. La vecina, que me dijo llamarse Clara, fue quien propuso que vigiláramos. No era fácil. Las noches en Cancún no son calladas, siempre hay algún ruido, una moto pasando, un perro ladrando, música lejana, pero aún asà nos organizamos. Ella se asomaba desde su azotea y yo caminaba por la banqueta como si fuera a tirar la basura o a revisar el medidor de luz. Lo hacÃamos sin levantar sospechas. QuerÃamos ver si esa mujer regresaba. Pasaron dos noches en silencio. Yo empezaba a pensar que tal vez no volverÃa. que se habÃa dado cuenta de que alguien la habÃa descubierto pero la tercera noche casi a las dos de la mañana volvà a verla fue desde la ventana de mi sala estaba cerrando las cortinas cuando noté algo moviéndose al fondo de la calle Me agaché, apagué la luz y miré con cuidado. Era la misma figura, delgada, encorvada, caminando despacio, arrastrando ese costal largo que rozaba el pavimento.
16:01 La reconocà por la manera en que caminaba, con un pie arrastrado, como si le pesara más que el otro. No la enfrenté. El miedo me pudo más. Solo tomé el celular y le mandé un mensaje a Clara. Le dije que saldrÃa a seguirla. Bajé en silencio y crucé la calle cuando ya habÃa doblado la esquina. Caminaba lento, asà que no fue difÃcil seguirla. Clara se nos unió dos cuadras después, salió de su casa como si solo fuera a barrer el frente. Caminamos con distancia, sin hablar. La mujer avanzó varias cuadras, saliendo de nuestra colonia hacia una más vieja. Una que queda cerca del canal donde empieza la maleza. Ahà hay casas muy deterioradas, de concreto agrietado, con puertas sin pintura y ventanas rotas. Se detuvo frente a una casa sin luz, empujó una reja medio caÃda y entró. No encendió ningún foco. Solo desapareció entre la sombra del marco. Nos quedamos paradas un buen rato, sin acercarnos.
17:05 Clara me dijo en voz baja que era esa. Que esa casa era el origen de todo. A la mañana siguiente fuimos al módulo de policÃa. No fue fácil. Los agentes que estaban en turno apenas nos escuchaban. Les enseñamos la foto del muñeco, les explicamos lo que habÃamos visto. La dirección de la casa, la descripción de la mujer... Uno de los policÃas, el más joven, tomó nota. Otro solo dijo que no podÃan hacer nada sin una denuncia formal. Clara insistió. Habló de los gatos, de los niños que habÃan perdido a sus mascotas, de los rumores. No sé si fue por hartazgo o porque algo de lo que dijimos les hizo ruido, pero al final dijeron que lo revisarÃan.
17:50 Pasaron dos dÃas. Yo ya pensaba que no harÃa nada. Hasta que una patrulla se estacionó en la entrada de la colonia. VenÃan con una orden de cateo. Eran tres policÃas y dos personas de civil. Clara y yo no nos movimos de la esquina. Solo observamos desde lejos. Entraron con guantes, linternas, cámara en mano. Nadie salió a abrir. La puerta fue forzada. Lo que encontraron ahà adentro no era de este mundo. El primero que salió se cubrÃa la cara. Otro dijo algo por radio y pidió refuerzos. Nosotros no podÃamos acercarnos, pero desde la banqueta vimos cuando sacaron varias bolsas. Después nos enteramos de lo que habÃa adentro.
18:35 En el refrigerador encontraron restos de animales envueltos en periódico. HabÃa gatos completos, algunos visiblemente cocinados, otros abiertos y vaciados. También restos pequeños como ratas, aves, todo acomodado en bolsas sin ningún orden. En la mesa de la cocina habÃa platos con sangre seca, velas negras gastadas y figuras similares al muñeco que habÃamos hallado en el árbol. Algunas tenÃan orejas, otras colas, todas cosidas con hilo rojo, con sÃmbolos raros bordados a mano. En una esquina de la casa, sobre una base de tierra seca, encontraron más de diez cráneos pequeños, todos de gato. Estaban acomodados en cÃrculo, con flores marchitas, ramitas, hojas secas y montoncitos de sal negra. En los cuartos habÃa altares, pequeños, improvisados, hechos con cajas, mesas viejas. incluso una lavadora volteada servÃa como base de uno, encima de esos altares habÃa papeles con nombres escritos, pedazos de ropa, pelos, uñas y más muñecos, todos hechos a mano, todos deformes, los policÃas salieron con caras que no olvidaré, no fue solo asco, fue algo más. como si hubieran tocado algo que no debÃan. A la mujer la encontraron en un rincón, sentada, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en una vela apagada. No dijo nada cuando la esposaron. No opuso resistencia.
20:07 Caminó con ellos como si ya supiera que iban por ella. como si no le importara. Clara me miró en silencio. Me temblaban las manos. No solo era horror, era la certeza de que todo lo que pensábamos que era exageración o superstición, era real. HabÃa estado ahÃ, en nuestra calle, cargando gatos en un costal, haciendo cosas con ellos que ninguna de nosotras se atrevÃa a imaginar. Y Mango ya no tenÃa dudas de que habÃa pasado por esas manos. La mujer no intentó escapar. No gritó. No preguntó por qué. Solo salió caminando con las muñecas esposadas y la cabeza baja.
20:49 Dicen que no paraba de repetir una sola frase mientras la subÃan a la patrulla. Que los que no entienden el llamado nunca verán el propósito. Asà como si hablara de una religión. como si ella estuviera convencida de algo que los demás no podÃamos ver los vecinos la veÃan desde lejos con el ceño fruncido como si no supieran si sentir miedo o asco a nadie le sorprendió realmente que fuera ella pero nadie lo habÃa dicho en voz alta antes Una señora comentó que ya desde hacÃa años le habÃa notado algo raro, que hablaba sola, que se paraba mucho tiempo frente a los árboles sin moverse, que parecÃa olfatear el aire. Otra vecina dijo que se acordaba de cuando esa mujer tenÃa varios gatos y que luego, de repente, ya no se le volvió a ver ninguno.
21:42 Un agente me confirmó después que no la llevarÃan a la cárcel directamente. que primero la revisarÃan en un hospital psiquiátrico porque estaba en una especie de trance desde que la detuvieron me dijo que la investigación seguÃa abierta que habÃan encontrado más restos de animales enterrados en el patio pero que no podÃan confirmar todavÃa cuántos eran también dijo con cierta incomodidad que todo indicaba que no solo los usaba para brujerÃa que posiblemente también los cocinaba para alimentarse esa parte fue la que más me revolvió el estómago A los pocos dÃas, la historia ya estaba en boca de todos. En la tienda, en la parada del camión, entre los muchachos que jugaban fútbol en la cancha del parque.
22:29 La casa donde vivÃa esa mujer quedó vacÃa, acordonada, con cintas amarillas en la entrada. Nadie se querÃa acercar. Algunos decÃan que adentro todavÃa olÃa a sangre, otros que habÃan escuchado maullidos durante la noche como si aún hubiera gatos atrapados dentro. Los cambios en la colonia no se hicieron esperar. Los vecinos empezaron a meter a sus gatos desde temprano. Ya no se veÃan tantos sobre las bardas ni durmiendo en los techos. Varios niños lloraron al saber que sus mascotas quizá habÃan terminado en ese refrigerador. Kila fue lo único que me quedó. La empecé a cuidar más que nunca.
23:10 Le cerraba todas las salidas por la noche, sellé la rendija de la ventana del patio con un pedazo de triplay y puse malla metálica en el espacio por donde solÃa salir a tomar el sol. Al principio maullaba mucho, se notaba que extrañaba a Mango, que buscaba su olor en los rincones. DormÃa sobre su misma cobija, la olÃa, se enroscaba encima como si quisiera estar con él. Me partÃa el alma verla asÃ. No volvà a dejar comida afuera. Cada sonido en la madrugada me ponÃa los nervios de punta. A veces me despertaba y revisaba la puerta trasera, las ventanas, la azotea. Clara, la vecina que me acompañó desde el inicio, me dijo que habÃan intentado sacar más información de la mujer, pero que apenas hablaba. Solo repetÃa frases sin sentido, cosas como que los gatos veÃan más allá del velo, que eran puentes, que ella los liberaba del cuerpo para que pudieran cruzar, que los alimentaba con su devoción, con su carne.
24:13 Frases asÃ, sin lógica, pero con una convicción que helaba la sangre. Yo no pude volver a pasar por esa calle, aunque la casa sigue ahÃ, no he vuelto a mirarla, ni siquiera de reojo. Nunca encontré a Mango, en el fondo ya sé lo que le pasó, solo me queda imaginar que no sufrió, que tal vez fue rápido, que no lo atraparon de forma cruel, pero sé que eso no es cierto.
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