Aug. 24, 2025

BRUJA GUAJOLOTE En El Rancho Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Lo que voy a contar me lo relató mi madre cuando crecí, porque yo era apenas un niño de tres años y no me acuerdo de aquellos días. Vivíamos en un rancho apartado, rodeados de monte y parcelas de temporal. La vida era tranquila, aunque dura, siempre pendiente de los animales y las cosechas. Una mañana mi abuelo regresó del pueblo con un guajolote negro que había conseguido en un intercambio. Decía que le había salido barato. que lo traía para engordarlo y después tener carne segura para los meses de fiesta el animal era grande de plumas brillantes lo llevaron al patio apenas el guajolote piso la tierra extendió las alas y soltó un sonido ronco yo siendo un niño pequeño corrí hacia él con la curiosidad inocente de tocarle las plumas Mi madre me gritó que no me acercara, pero ya estaba a unos pasos cuando el animal me lanzó el primer ataque. Saltó sobre mí con las alas abiertas, picoteando con el pico duro y rascándome con las patas.

1:05 Caí al suelo llorando, con la cara arañada y los brazos cubiertos de rasguños. Mi abuelo corrió. Lo sujetó con fuerza y lo apartó de mí, mientras mi madre me levantaba en brazos y revisaba mis heridas. El guajolote seguía agitado, con las plumas erizadas. Eso fue lo que más sorprendió a mis abuelos. Decidieron no matarlo en ese momento, aunque la rabia de mi madre era grande. Mi abuelo dijo que seguramente se trataba de un guajolote bravo, de esos que no están acostumbrados al trato con la gente. Aseguró que podía apaciguarlo con el tiempo, siempre y cuando lo mantuviera bajo control. Así que tomó un mecate y lo amarró de una pata, llevándolo hasta el tronco de un árbol grande que estaba en el patio. Debajo de ese árbol le puso agua en una batea y un poco de maíz en una cazuela vieja. El animal quedó ahí, con espacio para caminar en círculo, pero sin poder acercarse a la casa ni a nosotros. Aún así, mi madre no dejaba que yo me arrimara, ni siquiera cuando el guajolote parecía tranquilo. Los días siguientes, cada vez que alguien se acercaba al árbol, el guajolote abría las alas y soltaba un gruñido ronco, golpeando con fuerza el suelo con las patas. No comía frente a nosotros, esperaba a que nos alejáramos para picotear el maíz. Si algún perro del rancho se aproximaba, el animal se erizaba y se lanzaba contra ellos, haciéndolos huir entre chillidos. Nadie había visto un

2:38 guajolote comportarse así. Mi abuelo, acostumbrado a tratar con animales de todo tipo, intentaba calmarlo hablando en voz baja, echándole maíz desde lejos, pero el guajolote no mostraba cambio. Se mantenía inquieto girando en círculos con el mecate tenso, como si estuviera esperando el momento de soltarse. Mientras tanto, yo seguía con rasguños que tardaron días en sanar. Mi madre contaba que cada vez que veía al guajolote me ponía a llorar sin razón, aún desde dentro de la casa. Decía que, aunque tenía apenas tres años, parecía reconocer que ese animal me había querido lastimar de verdad, no como cualquier picotazo de corral. La familia empezó a comentar lo raro que resultaba todo. Mis tíos, cuando venían de visita, decían que un guajolote nunca debía ser tan agresivo. que aquello no era normal. Algunos sugerían matarlo de inmediato, pero mi abuelo insistía en darle tiempo, confiando en que con el encierro y el alimento terminaría acostumbrándose. Las cosas no fueron así. El guajolote negro no se calmó nunca. Cada tarde, cuando caía el sol, comenzaba a caminar de un lado a otro debajo del árbol, arrastrando el mecate con un sonido seco contra la tierra. A veces levantaba el pico hacia la casa y soltaba un grasnido grave que resonaba extraño en el aire. Mi madre aseguraba que esos sonidos

4:08 no eran de un ave común, que parecían un lamento. Con los días, la tensión en el rancho fue creciendo. Nadie confiaba en el animal y aunque seguía atado, daba la impresión de que en cualquier momento se soltaría para lanzarse contra alguien más. Yo siendo tan pequeño era mantenido lejos, pero aún así recuerdo lo que mi madre decía, que cada vez que yo pasaba cerca de la ventana, el guajolote me seguía con la mirada. Ese fue el principio de una historia que mis abuelos nunca olvidaron, porque lo que parecía un simple animal de corral pronto se convirtió en una presencia que cambió la calma de la casa. El guajolote negro no se calmó nunca. Los días pasaban y seguía mostrando la misma fiereza, siempre con las alas abiertas y el gruñido ronco que ponía nerviosos hasta a los perros, porque no se acercaban para nada. Mi abuelo, que era un hombre paciente, se aferraba a la idea de que con el tiempo el animal se acostumbraría. Decía que tarde o temprano el coraje se le quitaría, que no había bestia que no cediera cuando encontraba comida y techo.

5:20 Una noche, mientras todos dormían, mi abuelo se levantó al baño y de pura casualidad miró por una ventana que daba hacia la dirección donde estaba el guajolote. Afuera todo estaba oscuro. Entonces vio a una mujer de pie bajo el árbol. No podía distinguirle el rostro ni la ropa con claridad, solo alcanzaba a notar la silueta erguida y quieta. Lo extraño era que el guajolote no estaba ahí. El animal que siempre dormía al pie del tronco había desaparecido, y en su lugar estaba aquella figura. Mi abuelo se quedó quieto, mirando. Pensó que quizá alguna vecina había entrado al patio por accidente, pero a esas horas no había razón para que nadie anduviera allí. Decidió salir para preguntar quién era y qué buscaba. Tomó su sombrero y abrió la puerta despacio, con la intención de no espantarla. El tiempo que tardó en cruzar la sala y salir al corredor no fueron más de unos segundos, pero cuando puso un pie afuera, la mujer ya no estaba. Solo estaba el guajolote de nuevo, amarrado a la pata del árbol, con las alas plegadas y la mirada fija en dirección a la casa. Mi abuelo tragó saliva sin entender lo que había visto. Avanzó un par de pasos hacia el árbol, alumbrando apenas con la luz que entraba del cielo, pero no encontró rastro de nadie. Dio una vuelta con la vista, buscando en el patio o entre los matorrales cercanos. El

6:51 único sonido era el soplo del viento contra las láminas del corral. Sintió un golpeteo rápido, se escuchó detrás de él, como si alguien corriera entre la tierra suelta del patio. No era un ruido lejano, los pasos pasaron tan cerca que hasta pudo sentir la vibración en el suelo. El corazón se le aceleró al escuchar como algo cruzaba justo frente a él y se perdía hacia los matorrales. Giró la cabeza de inmediato, pero no vio a nadie, ni una sombra ni un destello, solo la sensación de que algo invisible acababa de pasar rozándolo. El guajolote mientras tanto seguía inmóvil, mirando hacia la casa, como si nada hubiera ocurrido.

7:35 Mi abuelo regresó adentro. No quiso despertar a mi abuela ni a mi madre, pero esa madrugada apenas pudo dormir. Desde entonces, aunque no lo reconocía de frente, comenzó a mirar al guajolote con otros ojos. A partir de esa noche, mi abuelo evitaba salir solo después del anochecer. Y cada vez que miraba al animal parecía estar buscando respuestas que nunca encontró. Para mi madre, que me contaba todo esto años después, ese fue el punto en que el guajolote negro dejó de ser simplemente un animal bravo. Mi madre siempre decía que lo peor vino después de aquella noche en que mi abuelo vio a la mujer bajo el árbol.

8:18 El guajolote negro comenzó a comportarse distinto, como si de verdad hubiera algo más dentro de él. Ya no dormía en silencio. Cada madrugada se escuchaban sus aleteos furiosos, los golpes de las patas contra la tierra y ese grasnido grave que parecía un lamento humano. Los perros del rancho dejaron de acercarse al patio y hasta las vacas del corral se agitaban cada vez que el animal comenzaba a moverse. Mi abuela rogaba que lo mataran, que lo acabaran de una vez, pero mi abuelo se resistía. Decía que si lo había traído al rancho, era su responsabilidad cuidarlo hasta el final. Sin embargo, la tensión crecía con cada día que pasaba, y todos en la casa sentían que algo malo iba a ocurrir. Una noche el viento soplaba fuerte.

9:09 Mi madre me contó que escuchó el primer ruido. Dijo que sonó como si el mecate se hubiera reventado. Un chasquido seco seguido de un batir de alas. Mi abuelo se levantó de inmediato. tomó el machete que siempre tenía junto a la puerta y salió corriendo al patio allí estaba el guajolote libre con las alas abiertas y las plumas erizadas caminaba despacio hacia la casa con los ojos brillando como si tuvieran luz propia mi abuelo gritó para espantarlo pero el animal no retrocedió al contrario avanzó más rápido y de un salto se le lanzó encima la pelea fue brutal Mi abuelo blandía el machete mientras el guajolote lo atacaba con el pico y las patas. Mi madre y mi abuela gritaban desde la puerta, sin atreverse a salir viendo cómo el animal lo tiraba al suelo.

10:03 El guajolote le picoteó el ojo izquierdo con tanta fuerza que mi abuelo soltó un alarido que se escuchó hasta en el corral. La sangre le cubrió la cara de inmediato, y el machete casi se le escapa de las manos. Aún así, en un último esfuerzo, alzó el brazo y dio un tajo sobre el animal. El filo atravesó al guajolote de lado a lado. El cuerpo cayó retorciéndose, lanzando un grasnido que no era de ave. El animal se agitó unos segundos más, golpeando con las alas, hasta que finalmente quedó inmóvil bajo el árbol donde había estado amarrado. Mi abuelo se arrastró de rodillas, con la mano en el rostro. Mi madre corrió entonces. Lo tomó de los hombros y lo ayudó a entrar. El ojo sangraba demasiado, pero no lo había perdido. Tenía el párpado abierto y la vista borrosa, como si algo hubiera intentado arrancárselo sin lograrlo del todo. pasaron horas limpiándole la herida mientras mi abuela lloraba en silencio al amanecer salieron a ver el cuerpo del guajolote estaba ahí tirado en el mismo sitio donde había caído pero lo extraño fue que ya no parecía un animal normal Su tamaño había disminuido, las plumas estaban opacas y el cuerpo parecía más liviano, como si se hubiera vaciado por dentro. Nadie quiso tocarlo demasiado. Lo metieron en un costal y lo enterraron lejos, en un barranco detrás del rancho. Mi abuelo vivió muchos años después

11:34 de eso, pero siempre cargó la cicatriz en el ojo izquierdo. No lo perdió, aunque la vista le quedó dañada. Yo crecí escuchando esa historia una y otra vez, y aunque era apenas un niño cuando ocurrió, la marca quedó en la memoria de toda mi familia. La herida en el ojo de mi abuelo fue la prueba de que no era un invento ni un rumor.