Aug. 6, 2025

3 NIÑOS MARCADOS Por Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 En 1987 yo tenía 29 años. Era maestra de primaria en un pueblo pequeño, y ese ciclo escolar me tocó hacerme cargo de un grupo de cuarto año. Tenía 20 alumnos. La mayoría eran tranquilos, aunque no había una convivencia muy cercana entre ellos. Eran niños de casas distintas, algunos del centro, otros de las orillas. No era un grupo revoltoso, pero tampoco muy participativo. El primer caso fue con un niño llamado Martín. Siempre se había comportado de forma educada, no hablaba mucho, pero cumplía con las tareas, levantaba la mano para pedir permiso, era muy tranquilo. Un viernes por la mañana, mientras recogía los cuadernos, me entregó una hoja suelta que no correspondía a ninguna actividad, solo un dibujo hecho con lápiz y crayón.

0:54 mostraba a una mujer con el cabello largo, muy lacio, cubriéndole toda la cara. Tenía los brazos extendidos hacia los lados y estaba de pie frente a una casa. La casa era sencilla, con una barda baja y algo que parecía un corral. Le pregunté por qué había hecho ese dibujo. Me dijo que la había visto afuera de su casa, parada junto al corral. Dijo que no se movía, que solo estaba mirando hacia adentro. No dio más detalles. Lo dijo en voz baja, sin mirarme a los ojos, y luego guardó el cuaderno como si nada. No pensé en eso como algo grave. Guardé la hoja en mi escritorio y seguí la clase. Pero al día siguiente, durante una lectura, noté que Martín se rascaba los brazos con insistencia. Se hacía líneas rojas largas una sobre otra, como si le picaran o le ardieran. Lo llamé por su nombre, se detuvo unos segundos, pero volvió a hacerlo poco después. Lo llevé a la dirección, estaba muy pálido. Llamé a su mamá.

1:58 Cuando llegó, le conté lo que había visto. La señora se sentó junto a él y me dijo que desde hacía dos noches no quería dormir en su cuarto. Que decía que una mujer lo observaba desde la ventana. Que se había orinado dos veces y no apagaba la luz ni para dormir. Según ella, era un miedo pasajero. Tal vez alguna película o algún cuento. Me pidió que lo dejara descansar en casa un par de días y se lo llevó. El lunes volvió, aunque seguía algo apagado. No hablé más del dibujo, pero lo dejé guardado. Al tercer día, fue una niña la que se acercó. Se llamaba Dulce. Era seria también, aunque menos retraída. Me entregó una hoja mientras copiábamos una guía de español. Dijo que había hecho un dibujo durante la noche. Lo sacó doblado, con cuidado.

2:49 La figura era distinta, pero tenía similitudes claras. También era una mujer con el cabello largo, un vestido oscuro y los pies juntos. Estaba sentada sobre el techo de una casa. Tenía las manos sobre las rodillas y la cabeza agachada. El trazo era más fino, menos tosco que el de Martín, pero la silueta era casi igual. Le pregunté qué representaba. Me dijo que esa mujer se le aparecía en los sueños, que no hablaba, que solo la veía desde lejos, que se sentaba y la observaba sin moverse. No dijo que le hiciera algo ni que la siguiera, solo eso. En ese momento no pensé en una relación directa entre ambos dibujos.

3:33 Martín y Dulce no solían hablarse, no se sentaban cerca, no convivían fuera del aula. Pero me llamó la atención la similitud en la postura, en el estilo del cabello y en la presencia de una casa en los dos. Decidí guardar también ese dibujo. El resto del grupo se comportaba como siempre. Nadie más mostró dibujos parecidos, ni habló de figuras raras. Revisé varios cuadernos durante la hora libre, buscando algo que pudiera relacionarse, pero no encontré nada. Me limité a observar con más atención a esos dos niños, esperando que fuera solo una coincidencia. Una semana después del dibujo de Dulce, se presentó el tercer caso. Fue con Saúl, uno de los niños más inquietos del grupo. Siempre hablaba durante la clase, se distraía con cualquier cosa, y aunque a veces era difícil mantenerlo concentrado, nunca había mostrado comportamientos que llamaran la atención fuera de lo común. Ese lunes llegó más callado, se sentó en su lugar sin hablar con nadie y durante la primera hora estuvo viendo hacia la ventana. No respondía cuando lo llamaba y tampoco abrió el libro de ciencias. Al iniciar la segunda clase, sacó una hoja del cuaderno y comenzó a dibujar con su lápiz mientras los demás trabajaban en una actividad de historia.

4:57 Me acerqué para pedirle que guardara eso, pero antes de que lo hiciera, vi el dibujo. Era otra vez la misma figura. Una mujer de cabello largo sentada junto a una barda. Esta vez estaba de perfil, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Los brazos caían hacia adelante como si los tuviera flojos. El trazo era más tosco que el de Dulce, pero la postura se parecía demasiado. Le pregunté en voz baja por qué había hecho eso. Dijo que la había visto en casa de su abuela, detrás de unos troncos. Dijo que se quedó viéndolo sin moverse. guardé el dibujo cuando tocó el timbre del recreo esa tarde al terminar las clases fui a buscar a la madre de saúl la encontré a media cuadra esperándolo como todos los días le pedí que me regalara unos minutos y nos sentamos en una banca de la cancha mientras el niño jugaba con otros le pregunté si había notado algo extraño en el comportamiento de su hijo al principio dijo que no pero luego bajó la voz y comentó que desde el sábado se orinaba en la cama dijo también que ya no quería pasar solo al baño y que se quedaba mirando hacia el techo cuando intentaban apagar la luz Me contó que la hermana mayor de Saúl, una muchacha de 14 años, había escuchado un ruido fuerte en el patio la noche anterior, que salió pensando que era un perro junto al corral, pero que, al encender la lámpara del pasillo, vio una figura encogida junto a los troncos,

6:29 que parecía una persona, con el cabello mojado y la ropa pegada al cuerpo. dijo que su hija gritó y corrió de vuelta al cuarto el esposo salió pero no encontró nada esa noche no volvió a escucharse nada la señora creyó que su hija había confundido las cosas pero cuando al día siguiente su hijo empezó a hablar de una mujer sentada afuera empezó a preocuparse Me aseguró que nunca se había hablado de figuras extrañas en su casa, que Saúl no había escuchado lo que contó su hermana y que todo eso le parecía raro. Le pedí que por favor estuvieran atentos, que si el niño volvía a dibujar algo parecido o si seguía diciendo que veía a esa mujer me avisaran. Ella aceptó. Esa noche me senté en la sala con los tres dibujos frente a mí, el de Martín con la figura de pie frente a una casa, el de Dulce con la figura sentada en el techo, y ahora el de Saúl, con la misma postura encorvada pero junto a una barda. Ninguno era igual, pero todos coincidían en lo mismo. Cabello largo, vestido oscuro, rostro cubierto, manos caídas. Ninguno de esos niños se hablaba con los otros. No se sentaban juntos, no salían a jugar al mismo tiempo, ni compartían actividades fuera del salón.

7:52 Revisé algunos cuadernos al azar durante los días siguientes, buscando si otro alumno había dibujado algo similar, pero no encontré nada, solo los tres dibujos, y cada uno había sido entregado en momentos distintos. No eran tareas ni trabajos dirigidos, eran dibujos hechos por voluntad propia, entregados sin explicación. Hasta ese punto todavía pensaba que podía haber una explicación común. Tal vez un cuento entre vecinos, tal vez algún comentario compartido que yo no había escuchado. Pero con tres casos ya era difícil creer que todo fuera coincidencia. Decidí seguir observando sin decir nada a los demás maestros por el momento.

8:35 Quería entender bien lo que estaba pasando antes de dar una opinión. A partir de esa semana empecé a notar que el comportamiento de los tres niños ya no era solamente raro. Lo que pasaba en sus casas comenzaba a reflejarse de forma más clara en el salón. Martín llegaba con los ojos hinchados, con ojeras marcadas, como si no durmiera bien. Tenía los brazos irritados por rascarse todo el tiempo. Las uñas se le veían desgastadas. Dulce se sobresaltaba cuando alguien cerraba una ventana de golpe. Volteaba de inmediato y se quedaba mirando hacia ese lado como si esperara un ruido más fuerte. Saúl ya no hablaba con nadie. Se quedaba sentado sin copiar viendo al pizarrón, como si no escuchara bien lo que se decía. Durante el recreo del jueves, hubo un problema más serio. Estaba revisando libretas en la dirección cuando una niña de otro grupo vino corriendo a decir que dos niños se estaban peleando. Fui al patio y los vi rodando en la parte trasera, donde están los árboles. Saúl estaba encima de otro niño, golpeándolo en la espalda con el puño. El otro intentaba cubrirse la cabeza.

9:50 Cuando me acerqué, un maestro los separó. Llevamos a ambos a la dirección. Les pedí que se sentaran mientras hablábamos con calma. Le pregunté al otro niño qué había pasado. Dijo que Saúl lo había empujado mientras jugaban, que ni siquiera estaban peleando, solo estaban corriendo, que cuando se cayó se levantó molesto y le dio un golpe con la palma en la espalda. pero que saúl lo miró raro y se le fue encima el maestro que los ayudó dijo que antes del recreo había visto a saúl solo en una esquina del patio murmurando algo que pensó que estaba cantando o repitiendo una tarea Pero al verlo pelear recordó eso y se lo comentó a la directora. Me llamaron para dar mi versión. Dije que Saúl había estado distinto durante toda la semana, que no respondía, que no mostraba interés en las clases y que ya había notado otras actitudes raras. No mencioné aún lo de los dibujos.

10:49 Esa tarde, ya con más calma, decidí hablar con los tres por separado, no como castigo ni interrogatorio, solo quería saber si seguían con lo mismo. Aproveché que el grupo estaba haciendo una actividad en equipos y saqué a uno por uno al pasillo, a sentarnos en una banca. Con cada uno usé las mismas palabras. Les pregunté si habían vuelto a ver a la mujer del dibujo. No los presioné, solo los dejé hablar. Los tres respondieron lo mismo, aunque en diferentes momentos. Dijeron que la figura se les aparecía más cerca, que antes la veían desde lejos, pero ahora ya se acercaba. Dijeron también que hablaba, que no gritaba, que hablaba bajito y que estaba enojada. Martín fue el primero.

11:35 Dijo que en la noche escuchaba su nombre, que lo repetía despacio desde la ventana, que no abría la boca pero su voz se oía igual, que no podía moverse cuando eso pasaba. Dulce dijo que la había visto sentada junto a su cama, con las manos juntas sobre las rodillas. que ya no la observaba callada, que ahora repetía lo que ella soñaba, que, aunque despertara, la seguía escuchando. Saúl no quiso hablar al principio, solo bajaba la vista. Le dije que podía confiar en mí. Después de un rato dijo que la mujer ya estaba dentro del cuarto, que se metía en las noches, pero que no la alcanzaba a ver de frente, que se quedaba de lado, muy cerca de la pared. Sentí una presión muy fuerte en el pecho. Hasta ese momento había querido creer que todo era coincidencia, que tal vez uno había influenciado al otro, que era un juego o un malentendido. Pero los tres usaron las mismas palabras. Dijeron lo mismo sin saber lo que los otros habían contado. Ninguno estaba actuando. No buscaban atención.

12:44 Lo decían con miedo. Guardé los dibujos en una carpeta con clips, junto con los papeles de conducta. Ya no me parecía un asunto menor. Pensé en hablar con la directora, pero no sabía si ella lo tomaría en serio. Preferí seguir observando, sin compartir aún lo que sabía. A la mañana siguiente me senté en el escritorio antes de que llegaran los alumnos. Vi los asientos vacíos. Me pregunté si alguno de ellos iba a faltar, si alguno vendría más afectado. Después de la pelea en el patio, pasaron solo unos días antes de que Martín dejara de asistir a la escuela. Al principio pensé que estaba enfermo, pero al ver que tampoco fue el segundo ni el tercer día... subía la dirección a preguntar si la familia había dado aviso nadie sabía nada no se había recibido llamada ni recado pregunté a sus compañeros si sabían algo pero ninguno dijo haberlo visto esa misma tarde después de clases decidí pasar por su casa vivían cerca del canal en una construcción de lámina con un patio amplio al frente caminé por la calle hasta llegar a la reja Golpeé con los nudillos dos veces. Salió la mamá. Al verme, se puso tensa.

14:01 Dijo que el niño estaba dentro, pero que no era buen momento para hablar. Agradecí su respuesta, pero me quedé parada frente a la reja. Le dije que solo quería saber si estaba bien, que me preocupaba su ausencia, que no iba a quitarle mucho tiempo. La señora dudó un momento. Luego entreabrió la reja. Bajó la voz. Me dijo que el domingo en la noche Martín se había despertado llorando. Lo encontró en el suelo junto al buró. Tenía un corte largo en el brazo derecho. Me mostró con las manos el tramo. Dijo que no sabían cómo se lo había hecho. Que en la cama no había nada filoso.

14:42 Que el niño decía que había visto a una mujer parada junto al clóset. Que intentó gritar, pero no pudo. Que se tapó con la cobija y cuando bajó los brazos ya tenía el corte. Que la sábana estaba manchada. Contó que llamaron a un tío para llevarlo al centro de salud. Que no fue una herida profunda, pero sí larga. Le pusieron una venda con antibiótico y le recomendaron reposo. Pero desde esa noche el niño no quería quedarse solo. No quería ir al baño. No hablaba. Se orinaba dormido y no comía bien. Me dijo que por eso no lo habían llevado a la escuela, que no sabían si era seguro, que no querían que lo vieran así. Le pregunté si podía hacer algo, aunque fuera solo verlo un momento.

15:28 Me dijo que no, que el niño estaba acostado y que no se sentía bien. Le pedí que me avisara si necesitaban algo, que podía ayudar con los trámites escolares o con lo que hiciera falta. Asintió sin compromiso. Me despedí y regresé caminando despacio. No quise forzar nada, pero lo que me había dicho me dejó intranquila. El corte, la cobija, la figura junto al clóset. Eran demasiadas coincidencias con lo que ya me habían contado. Martín no volvió en casi dos semanas. Durante ese tiempo seguí observando a Dulce y a Saúl con más cuidado. Dulce ya no jugaba con sus compañeras. Se quedaba sentada al terminar las tareas, tallándose las manos como si las sintiera sucias. Al principio pensé que era nervios, pero lo hacía incluso cuando nadie la presionaba. No hablaba más de lo necesario. Evitaba mirar por las ventanas. Saúl seguía sin participar. Abría el cuaderno, pero solo dibujaba líneas en los márgenes, a veces rectas, a veces curvas. En una ocasión le pedí que prestara atención y dijo que estaba escuchando, pero no levantó la vista.

16:43 Guardé esas libretas. Durante esos días tampoco hablé con otros maestros. Me parecía que si lo compartía muy pronto no me iban a tomar en serio. Y lo que más me preocupaba era que pensaran que los niños estaban fingiendo o buscando atención. Yo ya había visto suficiente para saber que algo raro pasaba. Las actitudes no eran fingidas. Las expresiones tampoco. Estaban asustados y cada vez más aislados. Un viernes, en la hora del recreo, observé que Dulce y Saúl no se acercaban a ningún grupo. Caminaban por el patio con la mirada baja. Se sentaron en una esquina donde daba la sombra. No hablaban entre ellos, solo compartían el mismo espacio, como si los demás no los vieran. Me acerqué a la dirección y desde la ventana los seguí mirando. Al regresar al aula, encontré un nuevo dibujo en el escritorio de Dulce. Lo doblé con cuidado y lo guardé en la carpeta. ya no quería esperar a que alguien más lo notara ya no lo veía como una coincidencia los tres niños habían cambiado y la figura seguía apareciendo Martín seguía sin presentarse en el aula los demás niños mantenían su rutina pero el ambiente se sentía más callado ya no había risas entre tareas ni juegos discretos en los últimos bancos Saúl también estaba distinto No dibujaba tanto, pero se mantenía cabizbajo, con la espalda doblada sobre el pupitre.

18:17 Un martes, después del recreo, noté que Dulce no había regresado. Me quedé mirando su lugar, esperando verla entrar por la puerta. Al principio pensé que tal vez seguía en el baño o que la había detenido alguna maestra de los grados mayores. Pasaron cinco minutos, luego diez. Salí del salón, pedí a la intendente que se quedara con el grupo y comencé a buscarla. fui primero al baño de niñas grité su nombre desde la entrada sin pasar nadie contestó revisé la dirección pregunté por ella y me dijeron que no la habían visto en cada lugar preguntaba por ella nadie la había notado volví al salón pedí ayuda a un maestro y los dos recorrimos pasillos escaleras y salones vacíos le avisamos al director en pocos minutos ya éramos varios buscándola Un niño de segundo grado dijo que la había visto caminar por detrás de los salones, por la parte que daba al área donde estaban los cuartos de materiales y un pozo viejo que hacía años estaba sellado con tablas.

19:22 Nunca se usaba, nadie se acercaba, estaba al fondo, detrás de un pequeño muro de arbustos. el director y otro maestro se dirigieron allá fui detrás de ellos cuando llegamos vimos que una de las tablas que cubrían el pozo estaba corrida no retirada por completo pero sí desajustada no había viento fuerte ese día el resto de las tablas seguían firmes el director se acercó se agachó y gritó el nombre de Dulce no se escuchó nada el otro maestro sacó una lámpara de mano que llevaba en su mochila alumbró hacia el interior vieron el cuerpo al fondo estaba de lado con los brazos pegados al torso y las piernas dobladas no reaccionaba llamaron al intendente para que trajera una cuerda bajaron con cuidado uno de ellos mientras otro sostenía desde arriba confirmaron que no respondía subió con la cara muy asustada dijo que no respiraba pocos minutos después llegó una ambulancia Se llevaron el cuerpo, pero ya sabían que no había nada que hacer. La versión que se dio fue que había caído por accidente. No había signos de violencia ni marcas extrañas. Su ropa no estaba desgarrada ni sucia de tierra. La cara no mostraba lesiones, solo una pequeña raspadura en la mejilla. Dijeron que pudo haberse acercado sola, que tal vez quiso mirar adentro y perdió el equilibrio. Algunos maestros hablaron de un posible juego

20:52 o curiosidad infantil, pero nadie recordaba haber visto la tapa fuera de lugar esa mañana. Siempre había estado bien clavada, con clavos gruesos martillados por el conserje años atrás. La madera tenía marcas viejas, como de termitas, pero seguía firme. La noticia corrió rápido. A la hora de la salida, varios padres ya sabían. Fueron a recoger a sus hijos antes de tiempo. Algunos lloraban, otros se movían con prisa. En los pasillos se escuchaban voces apagadas. Uno de los niños de primero preguntó si iban a cerrar la escuela. Saúl fue de los últimos en irse. Caminaba junto a su hermana mayor. Iban en silencio. Esa noche no pude dormir.

21:37 Había guardado los dibujos en un cajón de mi escritorio. me levanté los saqué uno por uno los extendí sobre la mesa me quedé mucho rato observándolos en todos aparecía la misma figura proporciones similares postura encorvada brazos largos el rostro cubierto por el cabello siempre sola Nunca se dibujó con otros niños ni con animales. Nunca se le veían los ojos. Estaba junto a algo. Una casa, una barda, un techo, un corral. Siempre en silencio, de pie o sentada, pero sin moverse. Como si esperara que alguien se fijara en ella. No quise decirle a nadie lo que pensaba. Cerré la libreta, guardé los dibujos y traté de dormir.

22:21 Saúl aún seguía yendo a clases. Martín, según su madre, iba a regresar en unos días. La noticia sobre la muerte de Dulce se regó por el pueblo antes de que oscureciera. En la tienda de la esquina ya lo estaban comentando. También en la carnicería y en la parada del camión. Algunos vecinos llegaron a la escuela esa misma tarde, preguntando si era cierto. Otros no dijeron nada, solo se quedaron parados afuera, mirando hacia los salones como si esperaran entender algo. Nadie recordaba que hubiera pasado algo así en el pueblo. Al día siguiente, la escuela suspendió clases. Fue por respeto a la familia, pero también por prudencia. La directora llamó a todos los maestros y se reunieron en la oficina. Hablaron del pozo. Durante años nadie se había acercado a esa parte del terreno, pero ahora ya no bastaba con clavar las tablas. Decidieron rellenarlo. Trajeron tierra con carretillas, costales de arena y taparon la entrada por completo. le echaron cal y colocaron una malla por encima sellaron cada esquina con cemento cuando se reanudaron las clases nadie hablaba de dulce ni sus compañeras más cercanas la mencionaban se notaba en las miradas en la forma en que los niños caminaban más juntos por los pasillos Algunos preguntaron si el pozo ya estaba cerrado. Yo les dije que sí, no agregué nada más. Martín regresó el lunes siguiente. Traía

23:53 la misma mochila azul de siempre, pero su cara se veía más pálida. Bajó la cabeza al entrar al salón y fue directo a su lugar. Tenía el brazo vendado. Saludó con un movimiento leve de la mano sin levantarla del todo. No habló en todo el día. Escribió lo que dicté y al salir se fue sin despedirse. Saúl seguía asistiendo, pero cada vez parecía más ausente. En clase no respondía, aunque le repitiera las preguntas dos o tres veces. Sus ojos se quedaban clavados en un punto fijo. No jugaba en el recreo. No reía. Ya no dibujaba, pero a veces hacía trazos sin sentido en las orillas del cuaderno, líneas continuas que recorrían varias páginas. Ningún maestro supo cómo hablarle.

24:42 Ese jueves me quedé en la dirección acomodando papeles. Faltaban pocos minutos para que cerraran. Escuché voces en la entrada. Una de ellas era la de la directora. Hablaba con una mujer mayor. No me acerqué hasta que la directora me llamó. Fui sin saber de qué se trataba. Me presentó a la señora. Era la abuela de Saúl. Había ido por él. Su voz era tranquila, pero se notaba que estaba alterada. Tenía las manos cruzadas. Contó que la noche anterior, después de acostar al niño, salió al patio a atender ropa. Mientras colgaba las prendas, vio a alguien parada junto al árbol de guayaba, a unos pasos del lavadero.

25:25 Pensó que era una vecina, porque desde donde estaba solo se veía una figura delgada. Encendió la lámpara del patio. La luz dio directo sobre la persona. Dijo que no se movió, que seguía parada, con un vestido que le llegaba hasta el suelo y el cabello largo caído hacia los lados. No se le veían los pies ni la cara, solo el cuerpo quieto. La señora se metió corriendo, cerró la puerta y se quedó esperando. No se animó a mirar de nuevo hasta que pasaron varios minutos. Cuando lo hizo, ya no había nadie afuera. al día siguiente temprano por la mañana saúl le dijo que la bruja ya no sólo lo observaba en la noche que ahora se quedaba cerca aunque él cerrara los ojos la señora dijo que eso la asustó más que todo lo anterior Después de que se fue, la directora me contó lo que había dicho.

26:18 Estábamos solas en la oficina. Me dijo que era probable que la señora hubiera confundido una sombra, que estaba nerviosa, influenciada por lo que había pasado con Dulce. Pero lo dijo bajando la voz, sin afirmarlo por completo, como si solo repitiera algo para convencerse. No insistió. Cerró el folder donde guardaba los reportes del día y cambió de tema. Yo tampoco insistí. Caminé de regreso al salón vacío y recogí mis cosas en silencio. Sabía que la abuela de Saúl no se había inventado lo que vio. Había hablado con calma, como quien ya aceptó que algo no tiene explicación. Guardé mis notas en el portafolio, apagué las luces y salí de la escuela con la idea firme de que eso no se iba a detener. Faltaban dos semanas para cerrar el ciclo escolar y ya no sabía qué esperar de los días que venían. Esa semana empezaron a circular rumores entre los vecinos. Se decía que en casa de la abuela de Saúl habían hecho un ritual. Algunos contaban que fue durante el fin de semana que entró un hombre al cuarto del niño y se escucharon rezos fuertes.

27:31 Otros aseguraban que Saúl gritó con tanta fuerza que los vecinos salieron a mirar desde sus patios. No hubo una versión clara. Alguien mencionó que era un exorcismo, otro que solo rezaron para tranquilizarlo. Nadie lo confirmó, pero todos decían que esa noche se escucharon golpes en las paredes y que el foco del patio explotó. Una señora del callejón aseguró haber visto cómo sacaban sábanas mojadas y las arrojaban a una cubeta en la banqueta. La familia no dijo nada al respecto. Saul siguió yendo a clases. Estaba más callado. Cuando pasaba lista, levantaba la mano sin abrir la boca.

28:11 Ya no escribía. Se quedaba con el lápiz en la mano, mirando el cuaderno sin moverse. A veces, en medio de la clase, sus ojos se clavaban en un punto cualquiera de la pared. Y no parpadeaba hasta que lo llamaba por su nombre. Yo pensé mucho en los rumores, pero no quise preguntarle a él. Una tarde, al terminar las clases, lo vi salir al pasillo con su mochila colgando de un solo hombro. Iba hacia la entrada, donde su abuela ya lo esperaba. Me acerqué sin pensarlo demasiado. La saludé con respeto. Le pregunté si quería sentarse un momento en la banca junto al árbol. aceptó y esperó a que el niño se adelantara le hablé con cuidado le dije que no quería meterme en lo personal ni en lo que decidieran hacer como familia sólo que como maestra me preocupaban algunas cosas le conté que había guardado unos dibujos que todos mostraban a una mujer con el cabello largo con la cabeza inclinada o con los brazos extendidos que no era algo normal Le dije que los tres niños, Dulce, Martín y Saúl, habían hablado de ella, que usaban palabras parecidas, que no se lo habían contado entre ellos, que cada uno lo había dicho por separado en distintos días. La abuela no pareció sorprendida, se quedó en silencio un momento, luego cerró los ojos como si pensara en algo. Dijo que eso era justo lo que no debía ocultarse. que

29:42 cuando un niño hablaba de la bruja había que escucharlo, que callarse solo servía para que se acercara más. Me lo dijo sin levantar la voz. No parecía nerviosa ni alterada. Lo dijo como alguien que ya conocía ese tema. No le pregunté a qué se refería. Ella sola siguió hablando. Dijo que ese tipo de cosas se alimentaban del miedo. Que si ya se había llevado a uno, no se iba a detener con eso. Que si los otros dos la habían visto, estaban en riesgo. Yo no supe qué responder. No esperaba que hablara así, tan segura. Se levantó de la banca y me dijo que esa misma tarde iba a ir a buscar a la familia de Martín, que no importaba si no la conocían, que les tenía que advertir, que todavía estaban a tiempo de hacer algo. Yo intenté decirle que tal vez era mejor esperar o hablar primero con la directora, pero no me escuchó. Caminó hacia la entrada, alcanzó a Saúl en la reja y se lo llevó de la mano sin decir nada más. Me quedé sentada unos minutos. Tenía la impresión de que lo que acababa de escuchar no era una simple opinión. Había algo en su forma de hablar que me dejó inquieta, como si ya supiera lo que estaba ocurriendo desde antes. Volví al salón para guardar mis cosas. Guardé todo en el portafolio y salí de la escuela con la cabeza llena de preguntas.

31:07 El rumor ya se había regado. algunos padres empezaban a inquietarse nadie decía nada en voz alta pero bastaba con ver las caras a la salida para saber que algo estaba pasando algo que ya no tenía que ver solo con los niños los días que siguieron fueron distintos lo noté desde el lunes los niños hablaban más las participaciones aumentaron en los recreos se escuchaban risas pasos corriendo frases sueltas que se lanzaban de un lado a otro sin miedo No hubo gritos de enojo, ni peleas por los juegos, ni discusiones por los lápices. Era como si algo que había estado apretando el ambiente comenzara a soltarlo. Martín llegó más temprano que de costumbre. Ya no caminaba mirando al suelo.

31:54 Traía el uniforme limpio, el cabello peinado con gel. No tenía vendas en los brazos. Se sentó derecho, sacó su cuaderno y hasta saludó. Durante la clase copió todo sin distraerse. En el recreo lo vi cerca de otros niños. No hablaba mucho, pero se quedaba junto a ellos como si ya no necesitara estar solo. Uno de los maestros, que también vivía por el canal, me contó que la abuela de Saúl había ido a casa de Martín el fin de semana anterior. que estuvo ahí más de una hora, que entraron al cuarto y cerraron la puerta. Nadie supo con qué intención. Algunos decían que rezaron, que encendieron velas.

32:36 Otros aseguraban que quemaron algo en el patio. Lo cierto es que nadie salió llorando ni discutiendo. Tampoco hubo ruidos extraños como aquella vez en casa de Saúl. Solo silencio. Después de eso, el niño regresó a clases como si lo hubieran desamarrado. Yo no pregunté detalles, no era mi lugar, pero observé con cuidado. El cambio era claro. La expresión de los dos niños ya no era la misma. Martín ya no apretaba los puños. Saúl ya no se quedaba mirando a un punto fijo. Había algo en su postura, en su manera de responder, que me hizo pensar que lo que fuera que los había alterado había dejado de seguirlos tan de cerca. Aún así, no podía dejar de pensar en Dulce. La ausencia de su silla vacía me pesaba cada vez que pasaba lista. Había días en que me descubría esperando su voz, su manera de levantar la mano solo con los dedos. Pero ya no estaba. A veces encontraba sus dibujos entre las hojas guardadas y sentía un nudo que no sabía cómo deshacer. Lo que fuera que pasó se llevó a una niña. Hace unos años, todos los viernes, me iba temprano al mercado del pueblo a vender empanadas. Tenía mi mesa fija, cerca de la entrada, junto a unas señoras que ofrecían verduras, frutas y tamales.

34:08 Era un lugar tranquilo, siempre llegaban los mismos puestos y las mismas caras. Por eso me llamó la atención cuando una mañana vi que alguien nuevo se había instalado. Era una mujer sola de unos 50. Tenía una mesa con un mantel blanco bien estirado y una hielera grande encima. Decía que vendía huevos de rancho. No traía cajas ni etiquetas. Solo abría la hielera y dejaba que se vieran los huevos. Eran blancos, lisos, todos del mismo tamaño. Al principio nadie se acercaba. Ella no hablaba casi nada. Solo decía que estaban limpios y recién puestos. No explicaba de qué animal eran ni de qué parte venía. Un señor grande fue el primero en comprar. Le preguntó si eran de gallina y ella solo movió la cabeza. Él se llevó seis y dijo que los iba a probar. Después de eso, más gente empezó a acercarse. Los compraban por curiosidad. No eran caros. Yo compré diez huevos, aunque en mi casa ya tenía. Me llamó la atención que se sentían más pesados de lo normal. La cáscara estaba limpia, sin manchas ni grietas. En la tarde, ya en casa, decidí coser uno.

35:23 Lo partí con cuidado, pero no salió yema. Solo una clara espesa, sin color, con olor normal. Pensé que podía estar dañado. Así que abrí otro. Era igual. Los seis estaban así. Ninguno tenía yema. No había sangre, venas ni partes sólidas. La textura era pareja como gel. Guardé los otros cuatro en el refrigerador. No quise tirarlos, pero tampoco tuve ganas de cocinarlos. Me pareció raro, pero no le di importancia esa noche. Solo lo comenté en la casa como algo curioso. Al día siguiente supe que no había sido la única. Varias vecinas también habían comprado y decían lo mismo. Los huevos no tenían yema. Algunas creían que eran de una gallina enferma. Esa noche una señora me dijo que uno de los suyos salió negro por dentro.

36:16 No quiso dar detalles. En los días siguientes muchas personas tiraron los huevos que les quedaban. Se corrió el chisme de que estaban podridos o eran una estafa. Nadie más quiso tocarlos. El viernes que siguió volví al mercado como siempre. Busqué a la mujer para devolverle lo que me había sobrado, o al menos decirle lo que decían los demás. Pero ya no estaba. Pregunté a las otras vendedoras y me dijeron que solo fue esa vez, que no volvió y que nadie supo su nombre ni de qué parte venía. Yo tampoco volví a verla. Solo me quedé con la duda, y con los cuatro huevos guardados en la parte baja del refri, uno de esos huevos volvió a salir. Mi hijo menor lo encontró en el refrigerador. No sé cuántas veces lo habrá visto ahí antes de agarrarlo, pero ese día se lo llevó escondido mientras jugaba en el patio.

37:12 me di cuenta cuando noté la puerta del refri entreabierta revisé y faltaba uno salí a buscarlo lo encontré detrás de la casa cerca del monte estaba agachado sobre una piedra grande golpeando el huevo con otra más chica me acerqué y antes de decirle algo lo vi romper la cáscara lo que salió no era clara ni yema cayó una masa oscura pastosa que se pegó sobre la piedra como en grudo viejo Por dentro tenía hilos duros. Me agaché a verlo. En el centro había una bolita gris como un tumor cubierto de costras. Tenía puntas duras parecidas a dientes pequeños. Era del tamaño de una nuez. El olor era ácido, no apodrido, pero fuerte. Lo jalé del brazo sin decir nada y lo metí a la casa.

38:01 Le lavé las manos con agua tibia y bastante jabón. Él solo preguntó si ese huevo también era de gallina. No le contesté. Le dije que fuera a acostarse. Tomé una bolsa negra, volví al lugar, levanté la piedra con todo y esa cosa y la envolví. Pasé por la cocina, saqué los tres huevos que quedaban en el refri y los metí en la misma bolsa. Todo lo llevé al hoyo donde quemábamos la basura. Escarbé lo suficiente y los enterré ahí. Esa madrugada no dormí bien. Me desperté varias veces con un zumbido. Era como tener un mosquito cerca del oído, pero no se iba. Me tallé con las cobijas, me eché aire con la mano, me paré a revisar el cuarto. No vi ni escuché nada más. El zumbido seguía, pero no venía de un solo lado. Cambiaba de sitio como si se moviera conmigo. Al amanecer noté que mi hijo tenía los párpados hinchados. También tenía marcas rojas alrededor de los ojos como si le hubieran raspado la piel con algo. No tenía fiebre, solo decía que le dolía la cabeza. Le hice té y lo dejé acostado. Más tarde, mientras lavaba los trastes, escuché que algo golpeó la ventana del fregadero. Fue un solo golpe. Abrí la puerta para salir al patio, pero no había nadie. Me acerqué al vidrio.

39:23 Tenía una marca opaca, como de una mano sucia. No se notaban los dedos con claridad, solo la forma general. Parecía que alguien había dado un manotazo desde afuera. Por la tarde fui con una vecina a contarle lo del huevo. No quería decirle todo, pero sí necesitaba saber si alguien más había tenido algo parecido. Me dijo que una señora de la colonia de atrás también había comprado. Que no lo cocinó de inmediato, pero cuando lo hizo, terminó con un dolor de estómago tan fuerte que la llevaron al centro de salud. Y que esa señora, antes de que la internaran, dijo que soñó que paría una bola con picos.

40:05 Que al despertar agarró el sartén con lo que quedaba del huevo y lo quemó. Solo eso me dijo, no hablamos más. Me regresé a mi casa. Esa noche decidí dormir con mi hijo en el mismo cuarto. Lo arropé bien, le puse una cubeta cerca por si llegaba a vomitar y dejé encendida una lámpara de mesa. No era muy fuerte, pero daba lo suficiente para ver si se movía. Me senté un rato a su lado hasta que pareció quedarse dormido. Yo también traté de dormir. A eso de las tres de la madrugada me despertó el ruido de sus movimientos. Tenía el cuerpo encogido, con la cabeza girada hacia el respaldo de la cama. Murmuraba cosas que no se entendían.

40:47 Solo eran palabras sueltas, como si hablara dormido. me acerqué para tocarlo la piel la tenía fría como si hubiera estado mucho tiempo sin cobija pero no tenía fiebre le hablé despacio no respondió seguía con los ojos cerrados pero la boca se movía como si estuviera diciendo algo Le acerqué una toalla caliente al cuello, le tallé un poco los brazos y le sostuve la cabeza. Después de un rato dejó de hablar, respiró más lento y se quedó quieto. No volvió a moverse en lo que restó de la noche. En la mañana me dijo que había soñado con un lugar donde no había cielo. Dijo que era como un monte pero sin sol y que ahí caminaban cosas, no personas ni animales. Eran figuras con patas cortas y espaldas redondas.

41:38 no quiso describirlas más se quedó callado mientras desayunaba mientras él comía fui a la cocina a limpiar al entrar vi que las paredes tenían manchas que no estaban antes eran como hilos de humedad bajando desde donde se une la pared con el techo Pensé que podía haber una fuga. Acerqué la mano y toqué una de las manchas. No era agua. Era una sustancia pegajosa, más espesa que la clara de huevo. Me tallé los dedos en el trapo de la cocina, pero no salió fácil. Tuve que enjuagarme varias veces. Limpié todo con un trapo mojado y lo tiré a la basura. Por la tarde fui al mercado, pero no a vender. Solo caminé entre los puestos para ver si encontraba a la mujer de los huevos. No la vi. Busqué en todos los puestos donde vendían huevo, pero eran los de siempre, con cajas normales, etiquetas y precios a la vista. Nadie vendía con hielera. De regreso a casa, me detuve en la tienda para comprar jabón y desinfectante. La señora de la tienda me preguntó si había oído lo de la mujer que vendía huevos raros.

42:46 Me dijo que una clienta fue a contar que, en su casa, los niños también empezaron a tener sueños parecidos después de que cocinaron uno. No le pregunté más. Solo le dije que, en mi casa, ya los habíamos tirado. No quise hablar más del tema, pero, por dentro, sentía que eso no había terminado. unos días después en la tarde salí a echar la basura como siempre llevaba una bolsa con restos de comida envolturas y servilletas mojadas crucé el patio y caminé hasta el hoyo donde antes quemábamos los desperdicios era una costumbre de antes aunque últimamente ya casi no lo usábamos ahí mismo había enterrado la piedra y los huevos al llegar noté que la tierra no estaba como la había dejado el centro del agujero tenía un hundimiento raro la tierra se había vencido hacia adentro como si algo se hubiera desecho por debajo me acerqué un poco más y vi una pasta negra espesa acumulada justo donde se suponía que debía estar la ceniza No parecía lodo. Tampoco ceniza común. Tenía una textura aceitosa y se veía brillante en algunas partes. En las orillas había burbujas secas, como si se hubiera cocido algo desde el fondo.

44:03 Me agaché con cuidado y bajé la bolsa. El olor era fuerte, como a plástico quemado. Me tapé la nariz con la camiseta. No me atreví a tocarlo. Me daban náuseas. Me quedé ahí unos segundos, mirando esa cosa, y luego corrí a la casa. Busqué una pala vieja que teníamos recargada junto al lavadero. Volví al agujero y usé la pala para llenar un bote con la pasta. No quise dejar nada. Lo envolví con una bolsa doble bien apretada y la até con una cuerda. Me fui hasta la entrada y lo eché al bote de basura de la calle, el que recogía el camión. No quería tener eso en el terreno. Me lavé las manos en la llave del frente antes de volver a entrar. Esa noche, mientras lavaba los trastes, escuché otro golpe en la ventana del fregadero.

44:53 Esta vez no fue fuerte. Dejé el vaso que tenía en la mano, abrí la puerta y salí al patio. No vi a nadie. Todo estaba en silencio. Pero, al alzar la vista... noté una mancha en la lámina del tejabán justo encima de la ventana era oscuro había escurrido por la orilla me acerqué con una escoba le pegué con la punta del palo se sentía pegajosa era igual a lo que había sacado del hoyo El olor volvió a pegarme en la nariz. Lo limpié como pude, pero no salió completo. Tuve que tallar varias veces. Me quedé con el olor metido en la garganta, como si se me hubiera pegado por dentro. Al entrar otra vez, vi a mi hijo parado en la sala. Le pregunté si había pasado algo. Dijo que escuchó ruidos en el patio, pero que no vio nada. Revisé toda la parte trasera.

45:44 No había señales de que alguien hubiera pasado. Cerré bien la puerta, puse el seguro y apagué la luz. Me acosté con él en la misma cama sin decir nada más. Solo quería que amaneciera. A mitad de la madrugada me desperté. Sentía el pecho apretado. Me senté en la cama sin saber por qué. La lámpara seguía encendida. Volté hacia mi hijo. No estaba. La cobija estaba hecha bola contra la orilla y la almohada tirada en el suelo. Me paré rápido. Revisé el cuarto, debajo de la cama, junto al ropero, pero nada. Salí al pasillo. Todo estaba apagado, menos la luz del baño. Parpadeaba. El foco colgaba suelto del techo, apenas sostenido por el cable. La puerta estaba entreabierta. La empujé despacio. No había nadie. En el lavamanos bajaba una línea de baba oscura que se metía por el desagüe.

46:40 Me quedé quieta con la mano en el marco y empecé a llamar al niño en voz baja. Escuché un ruido en el cuarto de atrás. Caminé hasta allá. Estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared. Los ojos abiertos. La cara cubierta de sudor. Tenía la camiseta mojada. y en la barbilla se le habían pegado unas manchas oscuras como si se hubiera llenado de tierra lo toqué por el brazo no se movía le hablé otra vez más fuerte se quedó rígido y luego se soltó a llorar lo cargué como pude y me lo llevé al cuarto Le lavé la cara, lo acosté y me quedé ahí, sentada a su lado. No volví a dormir.

47:23 Me quedé con la lámpara prendida, mirando hacia la puerta. Escuchaba cada crujido. Justo antes de que amaneciera, se escuchó algo en la cocina. Era un ruido constante, como si alguien arrastrara algo por el suelo. Me levanté despacio y fui por el pasillo. me asomé desde la esquina la puerta del refrigerador estaba abierta en el suelo había algo agachado estaba de espaldas no era una persona era delgado con los brazos largos la piel brillosa como cubierta de baba Tenía la cabeza inclinada hacia el interior del refri. No me pude mover. El cuerpo se me quedó congelado. Di un paso atrás y choqué con la pared. Volví a mirar. Ya no estaba. Solo quedaba una baba gris sobre el piso. Tenía pedazos duros mezclados, como uñas rotas.

48:14 Caminé hacia atrás hasta topar con la mesa. Agarré el palo de la escoba y cerré la puerta del refrigerador con la punta. Luego eché el seguro de la cocina. En la mañana no le dije nada al niño. Le serví desayuno como si nada. Él comía tranquilo, medio adormilado. Aproveché para revisar el refrigerador. Todo estaba en su lugar, pero la bandeja de arroz ya no tenía nada. Estaba vacía y el fondo tenía marcas, como si algo lo hubiera raspado con fuerza. Eran líneas curvas, profundas, como hechas con garras. No supe qué pensar. Cerré el refri y me fui al cuarto. Me senté en la cama y me quedé viendo la lámpara. No tenía sentido nada de lo que estaba pasando. Ese día no salí ni al mercado ni a visitar a nadie. Me quedé en la casa limpiando todo. Quité las cosas de la alacena, desinfecté la cocina y saqué lo que quedaba en el refrigerador.

49:11 Lo vacié por completo, metí lo necesario en una hielera con hielo y luego lo desconecté. No quería volver a usarlo. Mientras movía la estufa para trapear detrás, noté que la pared tenía una mancha negra. Había salido desde el piso y subía como si hubiera escurrido por dentro de una rendija. Olía a humedad. En la tarde llamé a mi hermana. Le pedí que se llevara al niño por unos días. No le expliqué mucho. Solo le dije que necesitaba tiempo para arreglar unas cosas. Cuando se lo llevó, volví al hoyo donde había enterrado lo del huevo. Aunque ya había tirado la pasta negra al bote de la calle, quería asegurarme de que no quedara nada ahí. Escarbé con la pala vieja. La tierra se notaba más blanda, como si hubiera guardado calor. Saqué restos de cartón mojado, pedazos de cáscara y tierra apelmazada con olor fuerte. En medio encontré una bolita del tamaño de una ciruela, con la textura de carne dura y una costra por encima. No recordaba haberla visto antes. La levanté con la pala, la eché en una cubeta y le tiré alcohol encima. La tapé con un trapo. No sabía qué era, pero no iba a dejarla ahí. Esa noche volvió el zumbido. Parecía venir de todas partes, como si las paredes lo dejaran pasar.

50:32 Fui a revisar la cubeta. El trapo seguía en su lugar, pero por los bordes se notaba humedad. Algo se estaba escurriendo por dentro. No lo pensé mucho. Encendí la estufa, agarré una olla vieja y vacié todo ahí. El olor fue inmediato. Me tuve que cubrir la boca con una camiseta. Era ácido, fuerte, como metal podrido. La masa se empezó a derretir. Sacaba una espuma gris que burbujeaba con cada chispa del fuego. No dejé de mirarla. Poco a poco se fue secando hasta que solo quedó una pasta pegada al fondo de la olla. La dejé enfriar unos minutos, la raspé con una cuchara de metal y la metí en un costal. Caminé hasta el basurero del ejido, lo dejé ahí, entre bolsas y ramas secas. El camión pasaría al día siguiente, no quería nada de eso en mi terreno.

51:26 Cuando regresé, limpié toda la casa, pinté las paredes de la cocina, cambié de lugar la estufa, lavé el piso con cloro y mandé arreglar la instalación del baño. El niño volvió tres días después. Estaba tranquilo, no se quejaba de nada. Desde entonces no ha vuelto a tener pesadillas, y yo tampoco.