MI COMADRE HACE BRUJERÍA (RELATO DE TERROR REAL)
Andrés creció en un pequeño rancho del estado de Veracruz, donde todos se conocían y los secretos rara vez se guardaban.Pero aquel año, cuando su primo llegó con su nueva esposa, la paz del lugar se quebró. Rosa, su comadre, trajo consigo algo más que una sonrisa amable… trajo una oscuridad que se instaló en su familia y cambió sus vidas para siempre.Lo que empezó con olores extraños y enfermedades sin explicación se transformó en una pesadilla que desafió la fe, el amor y la razón.Este no es solo un relato de supersticiones rurales. Es la confesión de un hombre que presenció cómo la brujería puede destruir desde adentro, hasta convertir un hogar en una tumba viva.Escucha esta historia completa y descubre por qué, en algunos pueblos de México, aún se dice que “cuando una comadre envidia… la muerte no tarda en llegar.”🩸 Relato escrito y adaptado por Orcus🎙️ Narrado por Inframundo Relatos de Terror📍Basado en hechos reales – Veracruz, México (1999)#relatodeterror 📩 Contacto: inframundorelatos@gmail.com
0:00 Recuerda que puedes encontrar nuestro contenido en Spotify, Amazon Music y Apple Podcast como Inframundo, relatos donde hallarás espeluznantes y aterradoras historias. Buenas noches, comunidad de Inframundo, me llamo Andrés Herrera. Esta anécdota ocurrió en 1999.
0:48 Nací y crecí en un pequeño rancho del estado de Veracruz, entre Cerros Verdes y caminos de Tierra donde el sol. Pega fuerte de día y el frío cala los huesos. En la madrugada nuestra casa estaba en la orilla de acatlán, un pueblo que se quedó detenido en el tiempo, donde las cosas se sabían por rumor antes de que pasarán allá. Las noticias no llegaban por radio, sino por la voz de los vecinos, que repetían lo que escuchaban en las tiendas o en las misas de los domingos. Vivíamos tranquilos. Sin lujos, pero sin hambre. Teníamos gallinas, un par de vacas, unos chivos y la Tierra que mi padre cuidaba con el alma. Mi madre era una mujer fuerte, creyente y de esas que rezan cuando llueve y también cuando hay sol. Yo era el menor de 3 hermanos y el único que todavía seguía viviendo con mis padres.
1:53 Los otros ya se habían ido a probar suerte a la ciudad. Todo cambió. El año en que llegó rosa era la esposa de mi primo Ernesto, a quien todos queríamos bien porque era trabajador y noble. Cuando se casaron decidieron vivir en una casita que quedaba apenas cruzando el arroyo cerca de nosotros. Al principio todos se alegraron porque era una mujer servicial, sonriente. Y siempre parecía dispuesta a ayudar. Pero con el tiempo fuimos notando que su mirada tenía algo raro. Algo que uno no sabe explicar, pero que te deja con un hueco en el estómago.
2:39 Recuerdo la primera vez que vino a la casa con una olla de frijoles recién hechos. Mi madre la recibió agradecida, pero después de que se fue. Dijo que le había dolido la cabeza de repente aquella noche no quiso cenar y dijo que sentía frío en los pies, como si le hubieran metido el alma en un balde de agua helada. No lo tomamos en cuenta, pensamos que era cansancio o el aire de la tarde. Con los días, la presencia de rosa se volvió constante. A veces venía sola, otras veces decía que iba de paso.
3:20 Pero siempre dejaba algo, un pan, unas flores, un jarro con agua bendita, según ella, o hierbas para la buena suerte. Mi madre, por educación, las aceptaba, pero cuando se quedaban en casa los animales se inquietaban, sobre todo los perros. Uno de ellos, el más viejo, se ponía a gruñir mirando hacia la puerta, aunque no hubiera nadie un domingo de septiembre. Mientras todos estaban en la misa del pueblo, decidí quedarme en casa. Esa tarde me tocó ver algo que hasta hoy me cuesta contar sin que se me erice la piel rosa. Cruzó el arroyo con una cubeta, yo estaba en el corral y la vi detenerse junto a la cerca, mirando hacia el monte, se arrodilló, sacó un puñado de Tierra y lo metió en la cubeta, luego con la mano.
4:17 Se hizo una cruz en el pecho, pero al revés. No sé cuánto tiempo pasó hasta que volvió a caminar. La cubeta se movía sola, como si dentro tuviera algo vivo. Cuando se alejó sentí que el aire se volvió pesado, el canto de los pájaros se detuvo y un olor raro, como de carne vieja. Lleno el ambiente. Esa noche soñé que alguien caminaba descalzo alrededor de mi cama. No vi el rostro, pero olía a humo y a hojas quemadas. Al despertar, mis pies estaban llenos de Tierra y la ventana entreabierta dejaba entrar una corriente fría.
5:02 Me levanté con el cuerpo adolorido, como si hubiera corrido kilómetros. Los días siguientes fueron de silencio. Mi madre comenzó a enfermarse. Decía que sentía un cansancio que no se le quitaba con nada. Le dolían los huesos y su piel empezó a palidecer. El doctor del pueblo dijo que era anemia, pero las medicinas no le hacían efecto. De noche se escuchaban ruidos raros en el techo, como si alguien caminara sobre las láminas. Una madrugada salía al patio con una lámpara para revisar. Pensando que era algún animal, pero lo que vi fue distinto. Había una especie de polvo negro esparcido frente a la puerta, formando un círculo en el centro, una piedra con algo clavado encima.
5:57 Me acerqué y sentí un golpe de miedo. Era una foto de mi madre doblada con un alfiler oxidado, atravesándole la frente. Esa fue la primera vez que sentí. Que algo oscuro nos había caído encima. Tiré la foto al fuego, pero el humo que salió olía tan fuerte que me provocó mareo. Desde ese día, cada vez que rosa pasaba cerca, los perros ladraban sin control. Mi madre empeoró y el aire dentro de la casa empezó a sentirse distinto. Las paredes, que siempre olían a maíz tostado y jabón, comenzaron a olera a humedad. A flores marchitas a algo que no sé cómo describir. Yo no quería creerlo.
6:46 Uno crece oyendo historias de Brujas, pero las escucha como cuentos hasta que un día te das cuenta de que esos cuentos se te meten a la casa sin pedir permiso. La noche del 29 de octubre, justo antes del Día de Muertos, el viento soplaba con fuerza. Las ramas golpeaban el techo. Y el perro no dejaba de llorar. Yo no podía dormir. Me levanté a servirle agua al animal y vi que la puerta principal estaba entreabierta. Afuera el aire olía a humo y al fondo del camino se veía una luz que no era de lámpara ni de veladora. Era una luz que se movía como si respirara. Me quedé parado mirando, sintiendo como el corazón se me subía al cuello.
7:37 Y en ese momento lo entendí. La comadre rosa no era una mujer cualquiera. Había traído algo con ella desde quién sabe dónde y ahora eso estaba metido entre nosotros. Después de aquella noche, el ambiente en la casa cambió por completo. Ya no se sentía paz ni durante el día. El aire parecía más pesado, el café sabía distinto. Y hasta el canto de los gallos sonaba como si se quejaran. Los perros se la pasaban aullando mirando hacia el arroyo justo donde vivía rosa. Mi madre seguía enferma. Amanecía más pálida, con los labios resecos y sin fuerzas para levantarse.
8:23 Le tomé la temperatura una vez y estaba helada. A pesar del calor de Veracruz, sus manos parecían recién sacadas del hielo. Decía que soñaba con una sombra que se sentaba en su cama y le apretaba el pecho hasta dejarla sin aire. Yo quería pensar que eran cosas del cansancio, pero dentro de mí algo sabía que eso no era normal. Cada noche, cuando intentaba dormir, sentía pasos afuera entre la Tierra y las hojas secas. A veces se escuchaba un silbido bajo. Como si alguien llamara por mi nombre. Pero cuando salía el aire estaba quieto, sin un solo ruido. Una madrugada desperté con un zumbido en los oídos. La lámpara del Buró titilaba y escuché el quejido del perro viejo.
9:19 Me asomé a la ventana y lo vi tirado temblando. Le puse la lámpara encima y noté que tenía marcas en el lomo. Como si le hubieran pasado las uñas o las ramas. Lo toqué, pero ya estaba muerto. Sus ojos estaban abiertos, reflejando la luz con un brillo apagado y su cuerpo olía a quemado. Lo enterré en detrás de la casa. No quise decirle nada a mi madre. Ella apenas podía hablar. Cuando le acercaba la comida, volteaba la cabeza y decía que sentía el estómago revuelto. Pero lo que me elaba era que a veces movía los labios como si hablara con alguien, aunque no había nadie en el cuarto, el Día de Muertos se acercaba y el pueblo comenzaba a prepararse.
10:12 Todos decoraban con flores de cempasúchil y ponían veladoras afuera de sus casas, pero la nuestra se veía distinta. No importaba cuántas flores pusiera mi madre. A las pocas horas se marchitaban. Las velas se apagaban sin viento. Una tarde fui al corral a revisar las gallinas. Encontré una muerta con el cuello torcido y sin una gota de sangre. No había rastro de animal que la hubiera atacado. Al día siguiente fue un guajolote y después una cabra. Era como si algo se las llevara por dentro, dejándoles el cuerpo hueco.
10:54 Intenté mantener la calma. Mi padre decía que no creía en esas cosas, que eso eran habladurías del pueblo. Pero su rostro decía otra cosa. Él también había notado que algo no seguía. Dormía con un Rosario bajo la almohada y un machete al lado de la cama. Otra noche lo encontré en el patio mirando al monte. Me dijo que había visto una silueta caminando entre los matorrales. Una mujer de cabello largo que llevaba una cubeta en las manos. Las siguió con la vista hasta que desapareció en la oscuridad. Desde entonces, el viejo ya no volvió a salir. Después de las 8:00, el olor a podrido comenzó a invadir la casa.
11:46 Venía del piso como si algo se estuviera descomponiendo bajo las tablas. Revise, moví muebles, quite costales, pero no encontré nada. El dolor seguía y cada día era más fuerte. Mi madre, desde su cama, empezó a llorar sin razón. Decía que escuchaba a alguien rezando en el techo. El 2 de noviembre, cuando el cementerio se llenó de velas, el aire cambió otra vez. Los perros del pueblo se soltaron aullar al mismo tiempo. Y una nube espesa cubrió todo en la casa. Las veladoras se apagaron solas y el espejo del comedor Amaneció rajado al amanecer. Fui al arroyo con una cubeta de agua para lavar la ropa. Al pasar cerca de la casa de rosa escuché un sonido como de murmullo.
12:41 Me escondí detrás de un árbol. La VI Arrodillada con una muñeca de trapo en las manos. Le pasaba una cinta roja al cuello mientras susurraba palabras que no entendía. Luego metió la muñeca en una olla y la cubrió con hojas secas. El humo que salía tenía el mismo olor que había sentido aquella noche en mi casa. Regresé sin decir palabra. Sentía el corazón, golpearme el pecho. Me encerré en el cuarto y recé lo poco que me sabía. No sé si por miedo o por impotencia, pero sentí ganas de llorar.
13:25 Al caer la noche, mi madre comenzó a gritar desde su habitación. Cuando entré la VI con los brazos extendidos, como si alguien invisible la sujetara en su cuello. Aparecieron marcas como dedos morados. Después de eso ya no volvió a levantarse. Se quedaba mirando el techo, murmurando nombres que no conocía. Mi padre decidió llevarla con una curandera que vivía en el cerro. Subimos en la camioneta vieja y todo el camino. Ella temblaba como si tuviera frío. Cuando llegamos, la mujer apenas la vio y se persignó. Dijo que alguien le había echado una brujería negra, de esas que no se quitan con remedios comunes. La curandera nos pidió que consiguiéramos una prenda de la persona que creíamos responsable. Yo supe al instante de quién se trataba rosa, pero algo me detuvo.
14:27 Era mi comadre y aunque todo apuntaba a ella, decirlo era como firmar una condena. Regresamos con el alma en pedazos esa noche, antes de dormir. El viento soplaba con tanta fuerza que las ramas parecían rasgar el techo. Me tapé con la cobija intentando no pensar, pero entre el ruido del viento y el golpeteo de las hojas se escuchó un suspiro junto a mi oído. No abrí los ojos, sentí el aire caliente de un aliento que no era humano. Al día siguiente, mi padre Amaneció con el rostro arañado, como si un animal lo hubiera atacado en la noche. Dijo que no recordaba nada.
15:14 Solo que había soñado con una sombra que se le subía al pecho. Yo comencé a enfermar. También perdí el apetito, se me caía el cabello y la piel, se me resecaba. Sentía que algo me observaba desde cada esquina. Rosa seguía viniendo a casa como si nada. Me daba una sonrisa y preguntaba cómo seguía mi madre, pero cuando se acercaba a tocarla. La piel de mi madre se ponía fría, casi azul. A veces, al caer la tarde veía sombras pasar detrás del corral. Pensaba que eran pájaros, pero se movían en silencio, sin ruido de alas.
15:58 En el monte se escuchaban lamentos como si alguien llorara entre los árboles. Nadie quería salir después de las 9:00. Los vecinos decían que habían visto bolas de fuego subir del arroyo y perderse en el cielo. Todo el pueblo lo comentaba, pero nadie se atrevía a señalar a nadie. En esos lugares. Nombrar el mal es como llamarlo. Yo ya no podía dormir. Las paredes parecían respirar. En las noches escuchaba pasos detrás de la puerta y a veces una risa ahogada. La enfermedad de mi madre seguía avanzando y la curandera no quería volver a la casa. Decía que lo que rondaba allí no era de este mundo. Una tarde, mientras quemábamos hojas de ruda para limpiar el aire, el fuego tomo una forma que me hizo perder la calma por un instante.
16:55 Juro que vi el rostro de rosa dentro de las llamas, no su rostro normal. Sino algo deformado con los ojos hundidos y la boca torcida. Supe entonces que ya no había marcha atrás. El mal se había metido en nosotros y aunque no queríamos aceptarlo, la raíz estaba viva, creciendo debajo de la Tierra. Y lo peor es que aún faltaba la noche en que todo explotaría. Pasaron los días. Y mi madre se fue apagando como una vela. Apenas comía y cuando lo hacía vomitaba un líquido oscuro que olía a Tierra mojada. La curandera había dicho que el mal estaba dentro, que algo se alimentaba de ella desde adentro del cuerpo. Yo trataba de no creer, pero cada vez que la miraba me invadía una sensación que no sé explicar. Cómo si algo invisible respirara entre nosotros. El cuarto, donde dormía, empezó a enfriarse aunque estuviéramos a más de 30°.
18:07 Allá adentro, el aire dolía al tocarlo, las velas se consumían más rápido y el aceite bendito que trajo mi padre se evaporó en una noche en la pared, justo encima de su cama, comenzó a formarse una mancha oscura que crecía día a día, como si el techo estuviera sudando sombra. Yo ya casi no salía, no tenía fuerzas. Me dolían los huesos y la piel me picaba por las noches. Me miraba en el espejo y no me reconocía los ojos hundidos, la cara flaca, los labios agrietados. Mi padre me decía que no me sugestionara, pero ni él podía ocultar el miedo.
18:53 Se pasaba las noches rezando con el Rosario en la mano, aunque a veces sin darse cuenta. Murmuraba palabras que no eran oraciones. El 3 de noviembre amanecimos con las ventanas llenas de lodo. No sabíamos cómo había llegado ahí, pero el olor era insoportable, una mezcla de moho y sangre seca. Al limpiar encontré pelos humanos pegados entre el barro. No quise decirle nada a mi padre para no alterarlo más. Esa tarde, mientras le cambiaba la ropa a mi madre, descubrió una marca en su pecho. Era una cruz invertida como quemada en la piel.
19:36 No sangraba, pero la carne alrededor estaba hinchada y morada. Cuando intenté cubrirla, ella me tomó de la muñeca con una fuerza que no parecía suya. Sus ojos, que antes eran dulces y tranquilos, estaban completamente negros. Murmuró algo tan bajo que apenas lo entendí, pero juraría que dijo el nombre de rosa. Esa noche no dormí. Me quedé sentado junto a la cama con una vela encendida y una biblia vieja que encontré en la cocina. No sabía rezar bien, pero repetía lo que me venía a la mente, el aire olía a cera derretida y algo más, algo como carne quemada.
20:21 El silencio era tan profundo que podía escuchar el latido de mi corazón golpeando en el pecho. De pronto, la puerta del cuarto se movió. No fue el viento, era una mano, una sombra que se apoyó en el marco y comenzó a empujar. Sentí como el miedo me paralizaba, la vela tembló y un hilo de humo subió hacia el techo. La puerta se abrió apenas unos centímetros y detrás. Entre la oscuridad se veía un par de ojos. No brillaban, pero estaban ahí fijos, observando. Me quedé quieto, no respiraba. La puerta se cerró sola, despacio, sin ruido. Al instante mi madre comenzó a gemir, le temblaban las manos y el crucifijo que colgaba sobre su cama cayó al suelo sin que nadie lo tocara.
21:14 Lo recogí con miedo y al levantarlo. Estaba caliente. Al día siguiente la comadre rosa vino a visitarnos, traía un pastel envuelto en una servilleta. Dijo que lo había hecho para mi madre para que se recuperara. No la dejé pasar, le dije que estaba descansando, pero aún así se quedó un rato frente a la puerta. Me sonrió esa sonrisa, me revolvió el estómago. Sus ojos tenían un brillo que no era normal. Como si se reflejara fuego dentro de ellos. Antes de irse tocó el marco de la puerta con la palma abierta y murmuró algo que no entendí.
21:59 Esa noche la temperatura bajó tanto que el vidrio de las ventanas amaneció cubierto de Escarcha. ¿En Veracruz eso no pasa, no? Allí mi padre despertó con fiebre y yo comencé a sentir que me faltaba el aire. En el techo aparecieron grietas con forma de ramas y del piso subía un olor a humedad mezclado con sangre vieja. El tercer día los animales comenzaron a morir, primero las gallinas, luego los chivos, los cuerpos Amanecían tiesos, sin heridas, con la lengua de fuera y los ojos abiertos. Mi padre los quemó detrás del corral, pero el humo que salía de los cuerpos olía igual que el del pastel que nos había traído rosa. Comencé a tener sueños raros.
22:52 Soñaba con mi madre parada al pie de mi cama, con el cabello cubriendo del rostro. No hablaba, sólo señalaba la ventana cuando abría los ojos. Siempre había una figura afuera. Quieta, observando. No sé si era alguien o una sombra, pero me hacía sudar frío. Recuerdo esa madrugada que escuché el sonido de pasos dentro de la casa. No eran los de mi padre, venían del cuarto de mi madre. Me levanté con cuidado y cuando llegué a la puerta la encontré sentada en la cama con la mirada fija al techo. Me quedé viéndola.
23:35 Y vi cómo su cuerpo comenzó a moverse lento, como si alguien invisible le empujara. Le hablé, pero no respondió. Luego su cabeza se inclinó hacia atrás y su boca se abrió más de lo que puede una persona. Un hilo oscuro salió de ella y cayó al suelo como un líquido espeso. Corrí a prender la lámpara, pero cuando la luz se encendió, todo había desaparecido. Ella estaba dormida, tranquila, como si nada hubiera pasado al amanecer. Me arrodillé a un lado de la cama y supliqué en silencio. Ya no sabía si rezaba o si hablaba solo.
24:17 A esa hora. El canto de los gallos sonó distinto, como si lloraran. Salí al patio y me di cuenta de que en el suelo, justo donde enterré al perro, había huellas humanas descalzas. Iban desde la Tierra húmeda hasta la puerta trasera de la casa. Esa tarde, mientras intentaba limpiar el patio, un pájaro cayó del cielo. No tenía alas o al menos ya no se le veían el cuerpo era una masa ennegrecida y el pico parecía derretido. Lo cubrí con Tierra y, al hacerlo, escuché un susurro que venía desde el suelo.
24:58 No entendí las palabras, pero el sonido me hizo sentir como si me hablaran dentro del pecho. El miedo se volvió parte de todo, comer, dormir, respirar, todo. Dolía. Mi padre comenzó a decir que alguien lo seguía. Cuando iba al pozo decía que sentía una presencia detrás, pero cuando volteaba solo veía el reflejo del agua. Una noche, regreso pálido. Dijo que había visto su propio rostro dentro del pozo, pero más viejo y cubierto de lodo. La curandera volvió a visitarnos. Entró, miró a mi madre y dijo que el daño era demasiado profundo, que había una entidad pegada a ella, algo que se alimentaba del miedo.
25:46 Nos dio una vela negra y nos pidió encenderla frente al altar. Dijo que si la flama se movía sin aire. Significaba que la bruja seguía cerca, encendimos la vela. La flama se agitó como si soplara un huracán dentro del cuarto. En ese momento los vidrios de las ventanas se estremecieron y el viento que entró apagó todas las demás luces. Mi padre gritó una oración, pero la vela siguió encendida, ardiendo con una luz azulada. Esa noche comprendí que ya no era una enfermedad. Lo que teníamos en casa era algo más viejo, más oscuro, algo que venía de antes de nosotros y que no se iría fácilmente. El viento soplaba distinto esa semana. No era el viento normal de los montes de Veracruz ese que huele a caña y a Tierra mojada.
26:43 Era un aire pesado, espeso. Que se metía por las rendijas de la casa, como si buscara respirar con nosotros. Las hojas del guayabo se movían sin brisa, los animales se inquietaban y en las noches las vacas mugían mirando hacia el arroyo. Después de lo de la vela comencé a marcar los días. Tenía miedo de perder la cuenta del tiempo, porque todo se confundía entre el amanecer y la oscuridad. Mi madre seguía igual, postrada en la cama, respirando lento y con los ojos cerrados, como si su alma estuviera a medio salir del cuerpo.
27:26 Yo ya no tenía descanso en las noches escuchaba golpes debajo del piso. Sonaban como pasos. Pensé que eran ratas, pero el sonido era demasiado fuerte, como si alguien caminara descalzo bajo las tablas. Cuando trataba de dormir me despertaban murmullos, palabras dichas con voz baja en un idioma que no conocía. Una madrugada me armé de valor, tomé una lámpara y bajé al patio. El aire estaba espeso, con olor a carbón húmedo. Me acerqué al corral y vi un bulto enterrado. A medio camino cabe con las manos. Era una bolsa de trapo.
28:11 Amarrada con hilo rojo y cubierta de cera. Adentro había un pedazo de carne seca, mechones de cabello y una cruz invertida hecha con huesos de gallina. Sentí el cuerpo helado, la Tierra tembló levemente, como si algo se moviera abajo. La tiré al fuego del fogón y el humo que salió era negro, espeso, como si quemara plástico. Ese mismo día mi madre comenzó a convulsionar. El Rosario se le enredó en los dedos y la marca en su pecho se volvió más roja. Mi padre quiso ir con el cura del pueblo, pero cuando llegó la Iglesia estaba cerrada. Dicen que el padre había salido a atender un caso en otro rancho, pero yo sé que algo lo mantenía lejos. Nadie quería venir a nuestra casa. Hasta los vecinos dejaron de pasar. Las pocas veces que salía al camino, la gente bajaba la mirada.
29:14 Una tarde fui al arroyo con la intención de limpiar la cabeza, pero al llegar sentí un olor fuerte, como de sangre vieja. El agua estaba turbia, con una espuma oscura que se movía sola entre las piedras. Vi algo que brillaba, me acerque y encontré un frasco de vidrio tapado con cera negra. Dentro había un líquido espeso y una fotografía. Al sacarla vi el rostro de mi madre cubierto por hilos de cabello y pequeños alfileres. No tuve que pensarlo 2 veces, rompí el frasco y lo pisoteé hasta hacerlo polvo, pero esa noche mientras cenabamos escuchamos un golpe seco en la pared, luego otro y otro, como si alguien lanzara piedras desde afuera. Mi padre salió con el machete, pero no había nadie, solo la oscuridad y el sonido del viento. Cruzando el monte regresó pálido. Dijo que había visto algo moverse entre los árboles, que parecía una mujer, pero caminaba en cuatro patas. Esa noche ya no dormimos.
30:27 La vela que nos dejó la curandera se consumió hasta la mitad y la flama cambió de color, primero naranja, luego azul. Y finalmente, verde. El 4 de noviembre, cuando el sol apenas se ocultaba, comenzaron a escucharse tambores a lo lejos. No era música del pueblo, era algo más lento, más grave, como un latido. El sonido venía desde el cerro donde nadie vivía. Mi padre dijo que eran ricos, que allá arriba se juntaban las brujas cada fin de año. Yo no quise creerlo. Pero los perros aullaban mirando hacia esa dirección.
31:08 Esa madrugada me despertó un olor insoportable. Fui a la cocina y vi que el fuego del fogón se había encendido. Solo las brasas formaban una figura, un símbolo extraño que no había visto en mi vida. Sobre la mesa alguien había dejado un huevo negro y dentro, al romperlo, había sangre. A la mañana siguiente mi madre comenzó a hablar dormida, murmuraba nombres, algunos que no conocíamos. Uno de ellos lo repetía una y otra vez, rosa, mi padre la escuchó y se encerró en el cuarto a rezar. Yo salí al camino, no sé por qué, pero algo me llevó directo a la casa de mi comadre.
31:57 Estaba sola la puerta entreabierta. ¿Y el aire? Ahí olía distinto, como a dulce y rancio. Al mismo tiempo, en una esquina sobre una mesa, vi un altar cubierto con velas negras, fotos viejas y un frasco igual al que encontré en el arroyo. En una de las fotos estaba mi madre y en otra yo, ambas con cruces marcadas en tinta roja. No sentí miedo, sentí rabia, quise romper todo, pero. Una corriente de aire helado me empujó hacia atrás el piso crujió como si alguien caminara sobre él. Escuché su voz suave diciendo mi nombre desde la otra habitación. No entré.
32:42 Corrí de vuelta a casa, con la cabeza mareada y el pecho ardiendo. Esa noche el cielo se puso rojo, un relámpago cayó en el cerro y el sonido de los tambores volvió más fuerte. Las luces del pueblo se apagaron. La flama de la vela se alzó tan alto que casi tocó el techo. Afuera, el viento rugía y algo golpeaba las ventanas. De pronto escuchamos el grito de una mujer no era humano, era un chillido agudo lleno de dolor. Mi madre abrió los ojos al mismo tiempo y en sus pupilas se reflejó una figura, la silueta de rosa parada fuera bajo la lluvia. Con el cabello pegado al rostro, mi padre intentó salir, pero la puerta no se abría.
33:34 Los cerrojos se habían trabado en el techo. Algo comenzó a caminar. Los pasos eran lentos, pesados, el aire olía a carne chamuscada. Me quedé paralizado. Sentí que el suelo vibraba. Las velas estallaron al mismo tiempo y una ráfaga apagó el fuego del fogón. En ese instante la voz de mi madre cambió. No era la suya, era una voz profunda que habló desde dentro de su pecho. Dijo algo que nunca olvidaré. Ya vino por lo que le pertenece. El reloj marcaba las 3:00 de la mañana cuando todo se detuvo. Ni el viento, ni los animales, ni los grillos. Sólo el silencio.
34:23 Luego, desde la oscuridad del monte, se escuchó un llanto y la risa de una mujer que se alejaba al amanecer. Mi madre seguía viva, pero su piel tenía un tono grisáceo en su mano había un mechón de cabello que no era suyo. Mi padre no dijo palabra, sólo me miró y entendí que el final estaba cerca. Esa noche entendí que el mal no siempre llega con gritos ni con fuego. A veces entra despacio, con olor a Tierra húmeda y rezos torcidos. Después de lo que vi en el altar de rosa ya no tuve dudas. Mi comadre había traído la perdición a nuestra casa y mi madre era sólo la primera en caer. El cuerpo de ella se consumía más rápido, su piel parecía papel y cuando respiraba.
35:16 El aire sonaba como si saliera de una bolsa vieja. Ya no reconocía a nadie. A veces abría los ojos, pero lo que miraba no estaba aquí. Mi padre se quebró, lo encontré sentado en la cocina, con la cabeza entre las manos, murmurando oraciones. Me dijo que si rosa había hecho eso, debía pagar, pero que no fuéramos solos. Nadie quiso acompañarnos. Los vecinos fingían no ir hasta la curandera cerró su puerta. Hay cosas que no se enfrentan 2 veces, nos dijo desde adentro. Esa noche mi padre se persignó, se colgó su Rosario y me pidió que llevara el machete grande.
36:04 El de hoja ancha. No era para pelear, sino para abrir caminos, según él, salimos cuando la Luna apenas se levantaba. El monte estaba callado. Ni un grillo, ni un búho. Solo el sonido de nuestras botas sobre la Tierra mojada. El camino hacia la casa de Rosas se sentía distinto. Las sombras parecían moverse, el aire olía a cera derretida y humo a lo lejos. Entre los árboles se veían luces, como si alguien caminara con velas encendidas. Al llegar, la puerta estaba abierta. No había nadie a la vista, pero el interior parecía más grande, como si el cuarto se alargara hacia la oscuridad. En las paredes colgaban costales, cuerdas, ramas secas y frascos con líquidos turbios.
36:58 El olor era insoportable. Sobre la mesa, un libro abierto mostraba dibujos de cuerpos humanos rodeados de símbolos. A un lado, una olla hervía sin fuego. El vapor formaba figuras que se deshacían al tocarlas. Mi padre entró primero en el centro del cuarto. Había una especie de altar sobre él, 3 muñecos de trapo, uno de ellos con la cara de mi madre envuelta en tela roja. Mi padre gritó su nombre y levantó el machete. Pero antes de dar un paso, la puerta se cerró de golpe. El viento apagó las velas y el cuarto se llenó de un sonido bajo, como si alguien respirara entre nosotros.
37:44 La voz de rosa salió de la oscuridad calmada, casi dulce. Dijo que ya no podía detenerse, que lo que había empezado no tenía vuelta atrás. No la veíamos, pero sabíamos que estaba ahí. El olor a podrido se hizo más fuerte. Y una sombra comenzó a moverse en la esquina. Caminaba encorvada, con los Pies Descalzos arrastrando el suelo. Cuando se acercó la luz de la Luna, la mostró por fin era rosa, pero no la misma. Su piel estaba cubierta de manchas, los ojos rojos como brasas y el cabello pegado a la cara goteando, algo oscuro.
38:28 Su boca se abrió y de ella salió una voz que no era humana. Dijo que mi madre le debía algo y que hasta que lo pagara no habría descanso. Mi padre levantó el machete, pero el FILO se dobló como si golpeara piedra. El aire se volvió pesado, imposible de respirar. Las paredes comenzaron a gotear, no agua, sino sangre, gotas espesas que caían del techo y formaban charcos en el piso. Yo retrocedí, pero algo invisible me sujeto del cuello. Sentí uñas frías, apretándome la garganta, no podía moverme. Mi padre trató de alcanzarme, pero fue lanzado contra la pared. El golpe lo dejó sin aire.
39:14 Rosa comenzó a reír, caminó hacia el altar y tomó el muñeco que representaba a mi madre. Lo levantó frente al fuego invisible que ardía sobre la mesa. Dijo palabras que no entendí y el muñeco se encendió sin llama en ese momento. Mi madre gritó en la casa, kilómetros lejos de ahí lo supe, lo sentí dentro del pecho, como si su voz atravesara la distancia. El fuego del muñeco era el mismo que quemaba su alma. Algo dentro de mí se rompió. No sé de dónde saqué fuerzas, pero me lancé sobre el altar y lo empuje.
39:55 Los frascos se rompieron, el líquido se mezcló con la sangre del suelo. Y un humo blanco lleno. El cuarto rosa gritó, pero ya no era una voz, era un chillido que se mezclaba con los rezos de mi padre. Él se levantó, tomó el crucifijo y lo clavo en la Tierra, dijo palabras que nunca había escuchado. De su boca. Rosa retrocedió el humo la envolvía, su cuerpo se encogía, su rostro se deformaba, yo corría hacia la puerta, pero no se abría. Golpeé con todas mis fuerzas hasta que la madera se astilló. Mi padre cayó al suelo exhausto. La bruja se arrastraba hacia él dejando marcas negras por donde pasaba sus uñas se habían vuelto garras y su piel ceniza. Cuando llegó a su lado, mi padre la miró fijamente y le dijo que la perdonaba.
40:54 Sólo eso. En ese instante la Tierra tembló, las paredes se abrieron. Dejando entrar un aire helado que apagó todo rosa se quedó quieta. Luego su cuerpo comenzó a desmoronarse como si se hiciera polvo. El silencio volvió, sólo quedaba el olor a humo y el sonido de nuestro aliento. La puerta se dio y salimos tambaleando al patio. Detrás de nosotros. La casa comenzó a crujir, no ardía, pero se deshacía. Cayendo en pedazos, como si nunca hubiera existido, mi padre cayó de rodillas, tenía el Rosario roto en la mano y la mirada perdida no habló más.
41:39 Esa noche volvimos a casa antes del amanecer. Mi madre respiraba, pero su cuerpo estaba lleno de moretones. La marca en su pecho se había borrado y Por Primera Vez en meses durmió tranquila. Pensé que lo habíamos logrado. Pero al mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto, mi padre se desplomó en el corredor. No tenía heridas, pero su piel estaba fría, los ojos abiertos mirando al techo en su cuello tenía la misma marca que había tenido mi madre. El cuerpo de mi padre se quedó tendido en el corredor con los ojos abiertos mirando al techo, como si aún esperara una señal de Dios.
42:27 No hubo tiempo de pedir ayuda ni de rezar un padre nuestro. Lo vi desplomarse sin un solo gemido, como si el alma le hubiera sido arrancada sin aviso. Su piel estaba helada y la marca en su cuello era idéntica a la que había tenido mi madre semanas atrás, pero esta vez no sangraba. Parecía un hierro caliente impreso sobre la carne. Esa misma tarde cave su tumba detrás de la Casa, junto al árbol de Guayaba. El cielo se nubló. Apenas empecé a enterrar el cuerpo no cayó lluvia, sólo un viento pesado que giraba alrededor del terreno, como si quisiera quedarse ahí.
43:11 Nadie del pueblo vino acompañarme, nadie quería acercarse desde que todo comenzó, éramos los malditos del lugar. Mi madre, aunque respiraba, seguía débil. Su piel había recuperado algo de color, pero sus ojos seguían vacíos. Se quedaba mirando por horas hacia el monte, como si esperara que alguien regresara de allí. En las noches me pedía que cerrara con tranca la puerta y que no dejara que nadie entrara, aunque escuchara voces o golpes. No abras hijo, decía con voz ronca. Ya saben que aquí hay un alma que no debían tocar. Pasaron los días y el aire dentro de la casa se volvió espeso.
43:58 Los olores nunca se iban del todo, humo, cera, Tierra húmeda, sangre. Yo trataba de mantener todo limpio, pero las paredes volvían a mancharse y las velas se consumían más rápido de lo normal, a veces al amanecer. Encontraba huellas de Pies Descalzos en el corredor, pequeñas como de mujer, cubiertas de lodo seco. Una noche escuché pasos en el techo. No eran ratas ni iguanas, eran pasos humanos lentos, arrastrados. La madera crujía justo encima de la habitación de mi madre. Agarré el machete de mi padre y salí al patio. La Luna estaba cubierta por nubes. Y el monte parecía más oscuro que nunca. Subí la mirada y vi una sombra moverse sobre el tejado. No corría, flotaba, me quedé helado, sentí que me observaba. La sombra se agachó y por un instante vi su rostro, el de rosa, la comadre.
45:05 Sus ojos estaban vacíos y su piel cubierta de ceniza. No dijo nada. Solo se escurrió hacia el otro lado del techo y desapareció. Corrí dentro, pero mi madre seguía dormida. Su respiración era tranquila, no quise despertarla, me quedé sentado junto a la ventana esperando que amaneciera afuera. Los gallos no cantaron esa noche, al día siguiente fui al pueblo a buscar al cura, esta vez lo encontré, era un hombre joven, recién llegado de Veracruz. Le conté todo lo sucedido sin ocultar nada. Me escuchó en con las manos entrelazadas. Al final me dijo que no podía intervenir. Esas cosas no le pertenecen a la Iglesia. Murmuró.
45:56 Pero antes de irme me dio un frasco con agua bendita y me dijo, si la sombra vuelve, échale esto. Si grita, no se te ocurra voltear hacia atrás esa frase me acompañó todo el camino de regreso. Esa tarde enterré los objetos que quedaban del altar de rosa. Las telas, los frascos, los restos del muñeco. Los metí en un hoyo hondo, les eché cal y fuego. El humo salió verde, igual que la vela de aquella noche. Me ardieron los ojos y la garganta, pero no me detuve hasta cubrir todo con Tierra. Cuando terminé, sentí un peso menos en el pecho. Pensé que todo había acabado, pero el mal no se va así de fácil.
46:46 A los 3 días mi madre comenzó a hablar dormida otra vez. Esta vez no pronunciaba nombres, sólo decía una frase una y otra vez. No terminó falta uno, yo trataba de despertarla, pero al tocarla su piel estaba helada. Al amanecer, en su pecho apareció otra vez la marca. No tan profunda pero fresca como si la hubieran dibujado esa misma noche. Esa tarde decidí ir al cementerio. Quería rezar frente a la Tumba de mi padre. El panteón estaba vacío, ni el sepulturero se veía, el aire era pesado y las cruces se movían solas. Al llegar a la sepultura noté que la Tierra estaba removida, el montículo estaba hundido, como si alguien hubiera escarbado.
47:38 Me quedé quieto observando, no había huellas de pala, pero la Tierra se movía lentamente, como si algo respirara debajo. Me arrodillé y puse la mano sobre el suelo. Estaba caliente, demasiado, sentí una vibración como un latido. Retrocedí asustado, algo me decía que no debía estar ahí. Camine hacia la salida, pero un sonido me detuvo 3 golpes secos en el ataúd. Desde adentro no esperé más. Corrí hasta llegar a la carretera. Esa noche no regresé a casa. Dormí bajo el portal de la Iglesia con el agua bendita entre las manos. Cuando volvía la mañana siguiente, mi madre no estaba, la cama estaba vacía, las sábanas frías en la pared con algo parecido a carbón.
48:32 Había escrito una frase que decía, se la llevaron, no había huellas. Ni signos de forcejeo. Todo estaba intacto, sólo un aroma dulzón, igual al que olía. En la casa de rosa pasé todo el día buscándola entre los caminos, el monte y el arroyo. Al caer la tarde la encontré, estaba parada frente al árbol donde enterré a mi padre. Tenía la cabeza inclinada y murmuraba algo. Me acerqué despacio. Su voz era baja, pero clara. Decía una oración al revés cuando se dio cuenta de que estaba ahí. Levanto la mirada, sus ojos no eran los suyos, eran negros sin brillo, como si algo más la usará desde dentro. Intenté hablarle, pero solo se rió con una risa seca y hueca. Me dijo que él había vuelto, que la deuda debía cumplirse. Luego señaló hacia el árbol y dijo que yo debía quedarme con ella.
49:37 Que el precio siempre se paga en sangre. El viento comenzó a soplar con fuerza. Las ramas del GUAYABO se movían como si quisieran arrancarse del suelo. La Tierra vibró y del hueco de la Tumba empezó a salir humo. Mi madre se arrodilló, llorando, le temblaban las manos, pero no se detenía. Repetía su oración al revés, cada vez más rápido. Intenté detenerla, la abracé. Pero sentí que algo dentro de ella se movía. Su cuerpo estaba helado y su corazón latía con un ritmo que no era humano. La solté y vi como sus ojos se alzaban al cielo.
50:20 Detrás de nosotros. El humo del árbol tomó forma. Primero una figura, luego un rostro. Era el de mi padre, pero no el mismo. Su piel estaba gris, los ojos vacíos. Y de su boca salía un silbido como de viento, levantó la mano y señaló hacia mi. Mi madre gritó y se desplomó. El humo comenzó a girar alrededor del árbol levantando hojas y Tierra. Yo no podía moverme, sentía el cuerpo paralizado, como si me sujetaran los pies. La sombra del rostro se deshizo en el aire, pero el olor a muerte quedó flotando cuando todo se calmó.
51:04 Mi madre yacía en el suelo, le tomé el pulso, pero ya no respiraba. En su pecho no había marca sólo una mancha roja con forma de mano, la misma que rosa había dejado aquella vez en la puerta. La enterré junto a mi padre. No quise llamar a nadie. Lo hice sólo con las manos bajo el mismo árbol. Esa noche no hubo Luna, sólo un cielo negro y pesado desde entonces. Vivo solo en esta casa. El pueblo nunca volvió a hablarme. Dicen que sigo maldito, que las sombras me siguen. A veces, cuando cae la tarde y el viento sopla desde el monte, escucho el murmullo de mi madre llamándome desde afuera. Me pide que no me duerma, que no deje, que el silencio me alcance.
51:58 El árbol de guayaba sigue ahí, ya no da frutos. En sus ramas cuelgan trapos secos y a veces, cuando el sol se pone, parece que alguien se mece en ellas. No he vuelto a ver a rosa. Algunos dicen que murió quemada en el cerro, que los mismos con los que hacía sus ritos la entregaron al fuego. Otros aseguran que su sombra se sigue apareciendo entre los caminos viejos, vestida de negro, con el rostro cubierto. Yo no se que creer, sólo se que desde aquella noche, cada vez que intento rezar, escucho otra voz que reza conmigo al mismo tiempo, pero al revés, querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado.
52:52 Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega. Esto fue Inframundo, relatos.
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