LA SOMBRA DE CAMILA | RELATO DE TERROR REAL - Inframundo Relatos
En esta historia escucharás un relato de terror real donde una presencia oscura comienza a manifestarse alrededor de Camila.
Lo que parecía algo pasajero pronto se transforma en una experiencia marcada por miedo, sombras y sucesos imposibles de explicar.
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0:08 Bienvenidos, mis queridos infra escuchas a este nuevo relato en el que las sombras no siempre se quedan, donde creemos haberlas visto por última vez. A veces lo que presenciamos no nos abandona y puede seguirnos hasta lugares donde la luz parece segura. Esta es la historia de mariela, una mujer que en su adolescencia conoció a alguien que cambió el rumbo de su vida, pero más que una amistad, lo que obtuvo fue una compañía oscura, una que quizá hasta el día de hoy sigue presente. Les pido que escuchen con atención y que no aparten la vista de los espejos, porque a veces lo que aparece en ellos no se refleja por accidente.
0:58 Me llamo Mariela y nací en un rincón del país que casi no aparece en los mapas. San Bartolo del Monte era una comunidad pequeña con calles empinadas y casas de Adobe cubiertas por techos de lámina que sonaban como tambores. Cuando llovía todos se conocían y si algo pasaba bastaban unas horas para que la noticia recorriera cada esquina. Ahora, después de tantos años, me duele recordar lo que ocurrió. No todo fue malo, pero hubo decisiones que me marcaron de una forma que todavía pesa en mi conciencia. No solo fallé a mi familia, también me fallé a mí misma. Me avergüenza reconocerlo.
1:47 Pero hubo momentos en los que preferí la compañía equivocada antes que el cariño sincero de quienes siempre estuvieron. Para mí todo comenzó cuando entré a la preparatoria, era la única de la región, así que llegaban jóvenes de comunidades vecinas, algunos viajando más de 1 hora en camioneta para no perder el año escolar. Yo conocía la mayoría de los de mi zona. Pero ese primer día también vi rostros nuevos. Fue entonces cuando la noté. Camila no era la más bonita, pero había algo en ella que capturaba las miradas. Quizá era la seguridad con la que caminaba, la forma en que vestía o ese perfume dulce que dejaba una estela tras de si llevaba una blusa blanca con los hombros descubiertos y un pantalón ajustado que por el Corte y la tela. Se notaba que no era de mercado.
2:49 Su presencia contrastaba con la sencillez de la mayoría. No tardamos en acercarnos. Un día coincidimos en el comedor, al siguiente ya compartíamos la mesa y en menos de una semana parecíamos inseparables. Con Camila todo se sentía distinto. Me hablaba de cosas que yo nunca había escuchado, cafeterías en la ciudad, marcas de maquillaje, costosas. Conciertos y restaurantes que solo conocía por la televisión. Me hacía sentir que yo también podía pertenecer a ese mundo. Las demás chicas no la soportaban. Decían que era arrogante, que trataba a todos con condescendencia, pero conmigo era amable, me regalaba chocolates, me invitaba a comer y a veces.
3:41 Su hermana mayor pasaba por nosotras en una camioneta negra para llevarme hasta mi casa. Me gustaba la forma en que me trataban, como si yo valiera más de lo que creía. La primera vez que me invitó a su casa sentí una emoción que no podía disimular. Salimos temprano de la escuela y su hermana nos llevó por un camino que yo no conocía. Hasta llegar a un fraccionamiento con portones altos. La casa no era ostentosa, pero sí más grande y cuidada que cualquier otra que hubiera visto. El piso brillaba y había un olor fresco, como a ropa recién lavada.
4:26 Subimos directo a su cuarto. Tenía una cama matrimonial con edredón, claro, una televisión grande frente a ella y un tocador lleno de perfumes y cremas. En un armario abierto, decenas de prendas colgaban perfectamente acomodadas. Me sentí pequeña en mi casa. Apenas tenía 3 mudas de ropa y compartíamos una televisión vieja en la sala mientras recorríamos la casa. Algo en la sala llamó mi atención. En una esquina sobre un mueble de madera oscura, había una figura metálica que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Tenía cuernos largos hacia atrás, brazos cruzados y una expresión extraña entre burla y furia me provocó una incomodidad que intenté disimular.
5:20 Camila notó mi mirada y solo comentó que era algo que su padre había comprado, como si no tuviera importancia. Ese día me fui con una mezcla de admiración y rareza. Por un lado, estaba feliz de que me tratara como su amiga más cercana. Por el otro, esa figura seguía en mi mente con el tiempo. Sin darme cuenta, empecé a cambiar. Me alejé de mis amigas de siempre y comencé a contestar de forma cortante a mi familia. Mi madre decía que ya no era la misma, que me había vuelto fría y altiva. Mi padre me advirtió que había rumores sobre la familia de Camila.
6:04 Que su padre estaba metido en negocios sucios y que no era buena compañía. Yo lo ignoré. Para mí Camila era la única persona que me hacía sentir importante cada tarde en su casa me acostumbraba más a su mundo. Sin embargo, esa figura en la sala siempre estaba ahí, observándome desde su rincón, como si quisiera memorizarme con el paso de los meses. Mi vida giraba cada vez más en torno a Camila. La preparatoria se volvió un escenario donde todo parecía girar en torno a ella y yo estaba justo a su lado. En la escuela todos sabían que éramos inseparables y aunque me decían que tuviera cuidado, yo me aferraba más. Un viernes, Camila me invitó a quedarme a dormir en su casa. La idea me emocionó.
7:01 Pero también sabía que mis padres no lo permitirían fácilmente, así que ella misma me acompañó hasta mi casa para pedir permiso. Habló con un tono amable y seguro, asegurando que su hermana mayor estaría presente y que no saldríamos de casa. Mis padres dudaron, pero finalmente aceptaron. Esa noche llegué con mi mochila, un cambio de ropa y una cobija. Camila ya tenía todo listo. Me preparó un colchón en el piso junto a su cama, aunque insistió en que durmiera en la cama y ella en el suelo.
7:41 Rechacé su ofrecimiento. Apagamos la luz pasada la medianoche, quedándonos hablando en voz baja, hasta que el sueño nos venció. No sé en qué momento desperté. Abrí los ojos con una sensación extraña. Como un ardor en la garganta áspero, como si algo me raspara desde adentro. Intenté tragar saliva, pero la molestia persistía. Me incorporé un poco sobre el colchón y entonces lo vi debajo de la cama de Camila. En la penumbra había un bulto. Al principio pensé que sería una mochila o ropa amontonada, pero tenía forma, era alargado.
8:26 Como el cuerpo de una persona acurrucada y en la parte superior algo se perfilaba, parecían cuernos. No estaba segura. La luz era escasa y sólo entraba un tenue resplandor desde la ventana. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la nuca. Me quedé paralizada. El aire se sentía espeso, como si algo me oprimiera el pecho. Cerré los ojos con fuerza, pensando que si no lo veía, desaparecería. Fue entonces cuando lo escuché una risa baja, lenta, grave, como la de un hombre mayor, pero distorsionada como si viniera de muy lejos. Una risa que no buscaba hacer gracia, sino clavar una presencia en mi memoria.
9:18 Mi cuerpo se negó a moverse. Quise llamar a Camila, pero no salía voz. Con un esfuerzo casi doloroso, me levanté sintiendo las piernas, entumidas y caminé hacia el apagador. Cada paso era una lucha contra esa sensación de estar vigilada. Encendí la luz, el destello me cegó por 1 segundo. Miré hacia el piso, no había nada. El espacio bajo la cama estaba vacío, salvo por una caja con revistas viejas. Camila despertó sobresaltada al escucharme. Le conté lo que había visto, pero ella sonrió con incredulidad. Dijo que seguramente había soñado. No discutí, pero sabía que no era un sueño. Me acosté de nuevo, esta vez con la luz encendida y tarde horas en conciliar el sueño.
10:14 En los días siguientes. Algo cambió en mí. Al caminar sentía las piernas pesadas, como si cada paso me costara el doble. A veces la espalda se me arqueaba involuntariamente, como si una carga invisible me empujara hacia abajo y en mi cabeza. La imagen del bulto con cuernos se repetía una y otra vez. Pronto empecé a notar otras cosas en casa cuando cruzaba por una habitación oscura. Creía ver una silueta en las esquinas, estática, apenas perceptible, pero lo suficiente para obligarme a mirar 2 veces. No encontraba nada, pero la sensación de ser observada me acompañaba.
11:00 Una tarde, mientras ayudaba a mi madre a recoger la mesa, ella salió al patio por ropa del tendedero y yo me quedé sola en la cocina. La luz del apenas iluminaba el lugar. De pronto escuché pasos rápidos detrás de mí, descalzos, acercándose con fuerza. Sentí el aire moverse junto a mi cuello, como si alguien estuviera apunto de tocarme. Me giré bruscamente y vi una sombra cruzando junto a mí, perdiéndose en el el grito Me salió sin control, solté los platos que llevaba y mi madre entró corriendo. Revisó cada rincón, pero no había nadie. Me miró con una mezcla de susto y preocupación preguntando si estaba cansada.
11:52 No supe qué responder. Lo único que sabía era que desde aquella noche en casa de Camila algo se me había pegado y no quería irse durante semanas. Guarde silencio. No quería sonar loca ni provocar un sermón de mis padres. Pero la figura que vi aquella noche se me aparecía cada vez más en sueños. A veces estaba en la sala de la Casa de Camila, otras en lugares que no conocía, siempre inmóvil, observandome. Y aunque no siempre hablaba cuando lo hacía, su voz era la misma que escuché bajo la cama, grave, lenta, imposible de olvidar.
12:37 Lo que no imaginaba era que esto apenas era el principio. Y que pronto el miedo iba a encontrar la forma de quedarse en mi vida por mucho más tiempo. La semana posterior a la pijamada se me pegó al cuerpo como una fiebre baja. Iba a clases, hacía tareas, fingía normalidad, aunque todo se sentía más tenso, como si el aire pesara. Caminaba por los pasillos de la prepa y cada paso me recordaba que. Algo me miraba desde algún lugar que no podía señalar. El mundo seguía rodando. Los chicos reían en las canchas, los profesores dictaban apuntes.
13:19 Las señoras del puesto servían tortas con la misma rapidez de siempre, pero yo andaba con la espalda curvada por una presión invisible que me acompañaba a todas partes. A veces cerraba los ojos en el salón y veía el borde de la cama de Camila, el faldón moviéndose apenas. La idea de que bajo ese espacio se guarda lo que nadie quiere nombrar. Abría los ojos y el pizarrón estaba lleno de fórmulas, pero el zumbido en los oídos no era de cansancio, era de presencia con el sol de las 2:00 de la tarde pegando sobre el patio. Sentía frío en la nuca, en la tienda. Al recibir el cambio, mis dedos respondían con torpeza, como si la piel no me quedara del todo.
14:15 Empecé a poner atención a los objetos de Camila. En la cadena de su padre. Había una figura diminuta con cuernos peinados hacia atrás, una que ya reconocía sin necesidad de mirarla 2 veces. En su cartera asomaba una tarjeta con letras doradas y un dibujo idéntico, custodiando una oración corta. Ella la tocaba con naturalidad, como quien acomoda un mechón de cabello en su casa. La escultura de metal estaba siempre limpia, jamás cubierta de polvo, como si alguien la cuidara con un esmero silencioso en mi memoria. La mirada de esa cosa no tenía pupilas. Pero encontraba la manera de clavarse por las noches. El sueño dejó de ser refugio.
15:07 Empezó a hacer un corredor sin lámparas. Me acostaba con el cansancio acumulado de todo el día y apenas apagaba la luz. El cuarto se estiraba. La ventana parecía alejarse el techo, crecer la respiración, hacerse audible no por su fuerza, sino por el silencio que lo permitía todo. Cerraba los ojos y aparecía 1/4 que no era el mío, a veces la sala de Camila, a veces un lugar sin paredes, nada más un suelo negro brillante como agua quieta, que no refleja el cielo en ese plano. Él estaba de pie, no se movía, no necesitaba moverse para obligarme a verlo. Entre los cuernos, la oscuridad parecía más compacta. Como humo atrapado en una botella, una madrugada me despertó un ardor en el cuello.
16:04 No era el picor sencillo de una irritación. Era fuego en un punto preciso, un hierro que marcaba un trazo invisible debajo de la piel. Me levanté tambaleante y fui al baño. Me miré en el espejo y la zona estaba roja, delineada con una forma que no supe identificar. Recordé el frasquito de agua bendita que mi madre guardaba junto a las velas y me la apliqué en un impulso desesperado. El ardor se multiplicó. Era como si la piel rechazara la gota, como si la sustancia sagrada activará algo. Un aviso, un choque.
16:46 Abrí la llave y deje correr el agua sobre el cuello jadeando. Mientras trataba de no mirar mi cara con ojos desorbitados, bajé la vista, conté mentalmente hasta 100 y la cerré. Levanté la mirada y en el marco de la puerta había una sombra que no tapaba la luz, sólo la doblaba sobre sí misma. No caminé, no corrí el cuerpo eligió la inmovilidad en el espejo detrás de mí. Los cuernos parecían parte de la madera, pero el borde de la silueta respiraba. No grité el sonido, se quedó a medio camino empujando la garganta sin salir. Cerré los ojos y sentí la Baldosa fría bajo los pies, el hilo de agua goteando, el olor a jabón de lavandería. Abrí los ojos en 1 segundo, que pareció 1 minuto y el marco estaba vacío.
17:43 El baño igual, mi reflejo pálido dormía trompicones, lo que quedaba de noche. Con el cuerpo encogido, como si el colchón fuera un bote en medio de una corriente. Al día siguiente me moví por la casa con cuidado, como si el piso tuviera zonas frágiles. La cocina olía a café y pan y la normalidad me pareció una frazada tibia que no terminaba de cubrir los pies. Quise agradecer la respiración tranquila de mis padres. Los pasos de mi madre yendo y viniendo del patio, el ruido de los pájaros sobre el tejado.
18:25 Pero esa gratitud se quebraba en el centro por una espina que no sabía cómo sacar. Me repetí que el cuerpo estaba cansado, que la mente podía fabricar sustos, que era una racha. Me repetí mentiras útiles para poder salir a la calle y cruzar San Bartolo sin mirar a cada sombra, como si guardara dientes por la tarde. La casa se quedó sola. Tenía tarea de biología, fórmulas en una libreta cuadriculada, dibujos de hojas, repeticiones que deberían haberme calmado. Terminé y me deje caer en el sillón de la sala.
19:06 El sol bajaba despacio. Y la cortina Filtraba una luz que parecía polvo brillante en el aire. No sé en qué momento dormite, pero el sueño fue un charco superficial, apenas suficiente para engañar al cuerpo. No había zumbido de moscas, no había televisores, vecinos, no había nada. El silencio se partió cuando sentí un tirón seco en el antebrazo, un toque con intención de levantarme del asiento. Abrí los ojos y una masa pesada cayó sobre mi pecho. No tuvo forma completa. Al principio era como un bloque de sombra con Bordes que se acomodaban a medida que me faltaba el aire. Quise levantar los brazos y no pude. Quise pedir ayuda y la lengua peso más que la mandíbula, el peso apretó el esternón.
20:03 La respiración se convirtió en un silbido. La cara pareció entonces a unos centímetros de la mía. No tenía pupilas, no tenía brillo. Eran ojos blancos sin dibujo, como piedras pulidas. La lengua larga roja se movió con lentitud obscena, marcando un trazo húmedo sobre mi mejilla. Un líquido negro cayó en mi boca entreabierta, espeso. Amargo, caliente como aceite quemado, que encuentra una grieta. El estómago se revolvió con violencia, pero el cuerpo seguía anclado por una fuerza que no obedecía a los músculos. La cabeza zumbó con un sonido grave, no en la habitación, sino adentro, rumbo a los huesos.
20:55 Quise pensar en la puerta, en la calle, en el nombre de mi madre. En cualquier cosa que me dijera que existía algo fuera de ese instante, pero la conciencia se volvió 1/4 sin ventanas. Sentí que me despegaban de mí, como si la sangre hiciera un viaje breve a otra parte. Luego nada. Un apagón sin sueño, un descanso sin descanso. Desperté con los dedos clavados en el tapiz del sillón. La tarde se había ido. El era un túnel de gris, la cortina inmóvil, la saliva sabía a metal, el cuello dolía.
21:36 Me quedé sentada con la espalda recta, las manos en las rodillas, como si esa postura pudiera alinear lo que estaba fuera de sitio. Conté mis respiraciones. El cuerpo respondió con temblores que no alcanzaban a verse, pero estaban. Me levanté con pasos cortos, fui al baño y me enjuagué la boca hasta sentir frío en las encías. Evité el espejo, lo esquivé como se esquiva una persona que no quiere saludar esa noche. No encendí la luz del cuarto, cerré la puerta con suavidad y me metí en la cama como quien se cubre de lluvia detrás de una piedra.
22:22 El sueño llegó en fragmentos. Con imágenes torcidas, con una repetición que no supe detener en el último tramo, vi a Camila, de perfil detenida frente a la escultura de su sala. Tenía el cabello mojado y una sombra de ojeras que no recordaba. No me miró. Todo parecía estar bajo el agua, un agua oscura que no hacía ruido. Ella acercó los dedos a la base de metal y por 1 segundo. El aire se apagó como si la Casa entera contuviera la respiración. Desperté con el corazón en la garganta y la certeza hueca de que algo se estaba rompiendo En algún lugar que me concernía.
23:08 A la mañana siguiente. Camila no apareció en la Prepa, tampoco la siguiente, nadie supo decir por qué no pregunté en voz alta. Guarde las dudas. ¿Cómo se guarda una llave que tal vez no abre nada? En los empezaron a cruzarse rumores cortos, palabras sueltas que no alcanzaban a formar una historia. Me senté en la banca de siempre y la ausencia peso más que la presencia del día anterior. Entendí que la oscuridad no sólo había aprendido mi nombre, también había empezado a cambiar el mapa a mi alrededor. Lo que vino después me obligó a caminar hasta su casa y a mirar con los ojos que me quedaban.
23:58 Lo que queda cuando una familia sale sin cerrar bien la puerta. Los rumores se multiplicaron en pocos días. Decían que la familia de Camila se había marchado de San Bartolo del Monte en plena madrugada, que habían dejado las luces encendidas y muebles centro. Como si alguien hubiera salido con prisa, sin tiempo para decidir que llevarse y qué dejar. Algunos aseguraban que el padre había tenido problemas con gente peligrosa, otros que la habían amenazado por algo que nadie sabía con certeza. Ninguna versión era igual, pero todas coincidían en lo mismo.
24:42 No volverían el cuarto día sin verla en la preparatoria no pude más. Me Subí a una combi y bajé unas calles antes de su colonia. El camino hacia su casa se sentía distinto, los árboles parecían más altos, las calles más silenciosas, las fachadas más apagadas. Me detuve frente al portón de metal negro. La camioneta que siempre estaba estacionada ya no estaba. Me acerqué lentamente con la respiración contenida. Y pegué la cara contra la reja para mirar hacia dentro. No había movimiento, la sala estaba a oscuras, las cortinas cerradas, las macetas que solían estar a la entrada estaban secas, con la Tierra resquebrajada.
25:31 Toque el timbre una vez. Luego golpeé la puerta. Nada. Me quedé allí un rato esperando una respuesta que no llegó. El aire estaba quieto. Como si incluso el viento evitara pasar por ese lugar. Mientras observaba mi mirada, se deslizó inevitablemente hacia la esquina del mueble de la sala. La figura de metal seguía ahí. A pesar de la penumbra, su silueta se distinguía con claridad, sus cuernos curvados hacia atrás, los brazos cruzados. Me dio la impresión de que estaba más pulida que nunca. Como si alguien la hubiera limpiado antes de irse. Y por un instante juro que vi como la luz que se colaba por una rendija de la cortina se reflejó en sus ojos, dándoles un brillo breve pero intenso.
26:28 Me aparté de golpe el corazón acelerado. Ese día regresé a casa con la certeza de que Camila no volvería en el camino. Una sensación pesada. Se me instaló en el pecho. No sólo se había ido mi amiga. Algo más se había quedado conmigo, algo que no podía dejar en su casa porque ya lo había llevado a la mía. Las noches siguientes fueron más difíciles, aunque cerraba bien la puerta de mi cuarto y ponía una imagen de San Judas en la pared. La sensación de ser observada nunca se iba. Algunas veces despertaba con la impresión de que alguien estaba parado junto a mi cama, pero cuando encendía la luz no había nada.
27:20 Otras veces escuchaba pasos lentos recorriendo el pasillo, pasos que se detenían justo frente a mi puerta una madrugada, mientras me daba vuelta en la cama buscando una posición cómoda. Escuche la risa otra vez. Era la misma risa que había salido de debajo de la cama de Camila. Grave, lenta, casi burlona, vino desde el suelo justo debajo de mí. El cuerpo se me tensó, me encogí contra la pared evitando que mis pies tocarán el borde del colchón, como si eso pudiera protegerme. La risa se fue apagando poco a poco, pero dejó un eco que sentí en el estómago.
28:05 Como una náusea que no se quitaba. A partir de entonces, evite dormir sola. Me quedaba en la sala, en el sillón o incluso en el cuarto de mis padres. Aunque no les dijera la verdadera razón, ellos empezaron a notar que estaba pálida, con ojeras, que hablaba menos y reaccionaba con sobresaltos a cualquier ruido. Mi madre decidió llevarme con una mujer del pueblo. Conocida por curar de espanto, era una señora mayor de cabello blanco y manos huesudas que me recibió con una sonrisa amable. Me hizo sentar y comenzó a pasarme un huevo fresco por la cabeza, el cuello, los hombros mientras murmuraba oraciones que apenas se entendía.
28:56 El cascarón frío me recorría como si buscara algo dentro de mí cuando terminó. Partió el huevo en un vaso con agua, lo miró en silencio unos segundos y luego me observó seria. El interior estaba lleno de filamentos oscuros, como hilos negros que se movían lentamente y manchas moradas que parecían flotar. Dijo que no era un simple espanto, que había algo adherido a mí, una sombra densa que se alimentaba de mi energía. Me dió un frasquito con aceite bendito y me indicó que lo usara en la frente antes de dormir, además de rezar.
29:39 Una oración que me anotó en un papel. Las primeras noches después de la limpia fueron más tranquilas. Dormí sin despertarme con la sensación de que alguien me observaba, pero los sueños no desaparecieron. En uno de ellos ví a Camila de nuevo. Estaba hundida hasta la cintura en un lodo negro y espeso. Sus ojos eran opacos, como si no me viera realmente, y unas manos delgadas de piel oscura y retorcida salían del lodo para sujetarla y arrastrarla hacia abajo. Quise ayudarla, pero cada paso que daba me un día también antes de alcanzarla, las manos la cubrieron por completo y el lodo quedó quieto. Como si nada hubiera pasado, desperté con la garganta seca, sintiendo que ese sueño no era sólo un sueño. Lo que no sabía en ese momento era que la mujer que me ayudaba también estaba empezando a cambiar. Como si el peso que me quitaba a mí se lo estuviera llevando ella.
30:49 Y lo peor era que el ser no tenía intención de irse tan pronto. Las visitas a la señora se volvieron cada vez más recurrentes. Yo llegaba, me sentaba frente a ella y dejaba que el huevo frío recorriera mi piel mientras sus resos llenaban la habitación. Al principio me tranquilizaban. Sentía como la presión en el pecho se aflojaba un poco cada vez, pero no tarde en notar que algo en ella se estaba apagando. Su rostro se veía más hundido, con ojeras que parecían cavadas a cuchillo.
31:29 La piel de sus manos estaba tan delgada que las venas se marcaban como ramas secas. Cuando me tomaba de los hombros, la fuerza era mínima y a veces interrumpía el rezo para recuperar aire. No lo decía, pero yo sabía que el peso que antes estaba sobre mí ahora también la estaba alcanzando. Una tarde, mientras me ungía con el aceite bendito, su mano tembló tanto que casi derramó el frasco. Me miró con una seriedad que me incomodó y dijo algo que todavía guardo en la cabeza, que lo que me seguía no era como otras presencias que había enfrentado, que no obedecía a los mismos límites que ese ser.
32:16 No estaba atado a un lugar, sino a una elección. No quise preguntar qué significaba exactamente porque en su tono había un cansancio que me hizo sentir culpa esa noche. Al llegar a casa, traté de convencerme de que el peligro estaba menguando. Me duché, Recité la oración que me había dado la señora y me acosté, pero cerca de la medianoche me despertó un ruido suave como uña rasgando madera. Venía del espejo pequeño que colgaba frente a mi cama en el reflejo. La habitación estaba más oscura de lo que realmente estaba y detrás de mí, inmóvil, estaba él.
33:02 No era ya una sombra amorfa. Su cuerpo tenía proporciones humanas, aunque más alargadas. Los cuernos se arqueaban hacia atrás, afilados como garras de metal. La piel era oscura, pero con un brillo extraño como carbón mojado. No tenía rostro definido, pero donde deberían estar los ojos había 2 huecos blanquecinos que ardían sin luz. Mi primera reacción fue cerrar los ojos, pero no pude. Era como si el párpado se negara a obedecerme. El espejo Vibró levemente y de esa vibración salió un susurro bajo con la misma voz grave que había escuchado debajo de la cama de Camila.
33:48 No entendí las palabras, pero mi cuerpo sí, la piel se me erizo y el corazón comenzó a golpear con un ritmo torpe, irregular. Recité la oración apenas en un hilo de voz, sintiendo como cada palabra se enredaba en la lengua. El reflejo no se desvaneció. Giré lentamente la cabeza hacia atrás, dispuesta de enfrentarlo, que estuviera ahí. No había nada, solo la pared, pero en el espejo el seguía, no se movía, solo me observaba. Entonces sonrío una curvatura apenas perceptible en lo que parecía su boca. Esa sonrisa no buscaba asustar, era peor.
34:31 Era una sonrisa de alguien que sabe algo que tú no y que no piensa decírtelo. Me levanté despacio, sin dejar de mirarlo. Caminé hacia la puerta y cuando estuve a punto de salir, el espejo se empañó por completo, como si hubiera exhalado sobre él al limpiar la superficie con la mano. El reflejo ya no estaba. Los días siguientes fueron más tranquilos, aunque la sensación de que él podía volver en cualquier momento no desapareció hasta que un amanecer me despertó. Mi madre con una noticia breve y seca.
35:14 La señora que me ayudaba había muerto esa madrugada de forma repentina. Fui al velorio por respeto, el cuarto donde estaba el ataúd, olía incienso y flores frescas. Su piel se veía más pálida que el mármol y en su frente, donde solía ponerme el aceite, había una mancha oscura, como una quemadura en forma de media Luna. Nadie más pareció notarla. Esa noche no soñé, pero desperté con un peso en el estómago. Me senté en la cama y pensé en algo que la señora me dijo antes de empeorar, no se va porque lo corras, se va porque quiere. Pasar un año sin que volviera a verlo, pero esa frase se me quedó clavada como una astilla y un día mucho después, buscando respuestas en una lectura de cartas, la mujer que me atendió me miró y dijo que ese ser nunca me dejó del todo, que solo se apartó a la sombra, observando que en algunos momentos incluso me ayudó y que cuando me encuentre en la peor de las circunstancias, volverá.
36:27 Salí de ahí con un frío en la espalda que no me he podido quitar y desde entonces, cada vez que me cruzo con un espejo o una ventana de noche, me preparo para la posibilidad de que en algún momento él decida dejarse ver otra vez. Han pasado muchos años desde San Bartolo del Monte, desde que Camila desapareció sin dejar una sola palabra y desde que la figura de cuernos. Se pegó a mi sombra. He cambiado de casa, de ciudad, de trabajo, pero hay cosas que no se mudan contigo porque nunca se van.
37:09 Con los años aprendí a convivir con el silencio entre las paredes, con el instinto de no dejar espejos frente a la cama y con el hábito de no bajar la vista al suelo al despertar en la madrugada. Me acostumbré a encender luces en pasillos vacíos y a mirar 2 veces antes de cerrar una puerta. No porque lo vea, sino porque sé que aunque no se muestre, puede estar. A veces recuerdo a Camila no como la chica que me hizo sentir especial, sino como la llave que abrió, algo que yo desconocía. Nunca volví a encontrarla y en las pocas ocasiones en que intenté buscarla en redes sociales.
37:54 Solo aparecieron rostros parecidos, sonrisas que me recordaban la suya, pero que no eran ella nunca les escribí. Había un miedo sordo a que si lo hacía todo volviera a empezar. Lo que más pesa no es su ausencia, sino la forma en que traté a mis padres en esa época, cómo desprecié lo que me ofrecían con cariño, cómo me volví fría y distante sin darme cuenta. Ellos me dieron todo lo que podían y yo lo comparaba con lo que Camila me mostraba, como si el valor de un regalo estuviera en el precio y no en las manos que lo entregaban. Esa es una cicatriz que ni el tiempo ni las limpias han podido borrar.
38:43 A Menudo vuelven a mi mente las palabras de la rezadora antes de morir. No se va porque lo corras, se va porque quiere. Y también lo que la lectora de cartas me dijo después, que ese ser nunca me dejó del todo, que solo espera. No sé si creerlo, pero algo en mi interior reconoce esa verdad cuando algo bueno ocurre. Un trabajo que llega en el momento justo, una oportunidad que aparece sin buscarla. Siento que tal vez no es sólo mérito mío ni simple casualidad. Hay una presencia, unas manos invisibles que un día intentaron asfixiarme y que ahora parecen empujarme hacia adelante, como si aguardaran el momento de cobrar un favor. Con el tiempo he llegado a pensar que quizá ese ser no fue una maldición, sino una forma retorcida de protección. Camila pudo haberlo sabido antes de irse y me lo dejó como un regalo envenenado.
39:51 Un guardián que me cuida. Pero a su manera. No tengo certezas. Sólo sé que hay noches en las que al pasar frente a un espejo, siento la misma presión en el pecho que sentí la primera vez que lo vi, aunque no haya nada reflejado detrás de mí. Mi cuerpo lo reconoce. En esos momentos respiro hondo, apago la luz y me acuesto con la certeza de que si decide volver no será para asustarme, sino para recordarme que nunca se fue. Gracias a todos por escuchar mi anécdota, querida Comunidad.
40:34 Espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega, esto fue inframundos relatos.
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