June 26, 2026

LA DUENDA: Relato de Terror Real y Brujería - Historias de Terror Perturbadoras

LA DUENDA: Relato de Terror Real y Brujería - Historias de Terror Perturbadoras
LA DUENDA: Relato de Terror Real y Brujería - Historias de Terror Perturbadoras
Inframundo Relatos De Terror
LA DUENDA: Relato de Terror Real y Brujería - Historias de Terror Perturbadoras

🔥 Historias de Terror, Relatos Paranormales y Cuentos Oscuros que podrían dejarte pensando esta noche.

Hoy escucharás un aterrador relato sobre una presencia extraña conocida como La Duenda, una entidad inquietante relacionada con caminos rurales, bosques, ranchos abandonados, sombras observando entre árboles y encuentros imposibles de explicar.

Una historia perturbadora donde lo desconocido comienza con pequeños sucesos extraños, sonidos inexplicables, presencias acechando en la oscuridad y encuentros que transforman una noche común en una verdadera pesadilla.

Relatos de miedo inspirados en leyendas mexicanas, apariciones nocturnas, entidades oscuras, sucesos paranormales y experiencias aterradoras que podrían ocurrir en cualquier pueblo, rancho o carretera solitaria.

🌑 Si te gustan las historias de duendes, entidades misteriosas, terror paranormal, leyendas oscuras y relatos de miedo realista, este episodio es para ti.

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0:00 Buenos días madrugadores. Aquí los saluda su amigo Inframundo a los carniceros, que ya están afilando cuchillos, acomodando productos y preparando mostradores. Gracias por escucharnos una vez más, sin más. Comenzamos con el terror. La tuenda, historia de terror basada en hechos reales de Rubén Sánchez esperando se encuentren muy bien del otro lado. Mi nombre es Rubén Sánchez.

0:41 Tenía 12 años cuando ocurrió. Vivíamos en una colonia tranquila, aunque rodeada por terrenos baldíos y un par de calles sin pavimentar. Nuestra casa quedaba justo frente a una cancha de fútbol enorme que ocupaba toda una cuadra, no tenía alumbrado público y durante el día era un campo de juego para los niños del barrio, pero de noche se volvía un sitio solitario. Las parejas del vecindario la usaban para sentarse sobre una columna de concreto caída que había junto a la reja oxidada de la entrada.

1:26 Mi recámara estaba en la planta baja, al fondo de la Casa desde su ventana, que era amplia y sin protecciones. Se podía ver toda la cancha, sobre todo uno de los postes del arco por costumbre. Cada noche, antes de acostarme, levantaba la cortina solo un poco para echar un vistazo. A veces todavía había chavitos pateando la pelota, aunque ya estuviera oscuro. Ese hábito se convirtió en rutina sin darme cuenta. Una noche de octubre, con el frío colándose por las rejillas de la ventana, me fui a dormir después de cenar. Me puse la pijama, apagué la luz y justo antes de meterme a la cama, levanté la cortina.

2:21 No había nadie en la cancha, ni siquiera los novios que solían sentarse a oscuras junto al poste de la entrada. Estaba por soltar la tela cuando algo me obligó a mirar de nuevo. Ahí estaba, justo al lado del arco de pie. Una figura pequeña se distinguía entre la penumbra. Me acerqué un poco a la ventana. Era una niña, vestía algo largo, como un camisón, no vestido y no se movía. Tenía unos cuatro o 5 años por su estatura. Se mantenía inmóvil, mirando en mi dirección, aunque la distancia no permitía distinguirle los ojos.

3:06 Sentí un escalofrío en la espalda, no por el frío, sino por esa presencia quieta fuera de lugar. Me convencí de que quizá estaba con algún adulto cerca o era la hermana de alguien de la colonia. La observé sin moverme. Ella tampoco se movía. De pronto empezó a caminar despacio, como si jugara a Rodear El Poste del Arco. Se sostenía con una mano y giraba como si estuviera sola en un juego inventado en movimiento. Se hizo sentir incómodo.

3:47 Algo no estaba bien, se detenía, volvía a girar. Luego sin aviso, comenzó a Trepar El Poste. La agilidad con la que lo hizo me dejó helado. No era posible que una niña tan pequeña pudiera subir de esa forma. Sin esfuerzo, sin vacilar, trepó hasta lo alto del Arco. Ahí se sostuvo con sus brazos. Luego se deslizó lentamente hacia el centro del travesaño. Estaba colgando de cabeza, como si se balanceara. Me quedé paralizado, no era normal, no tenía ningún sentido.

4:32 Nadie podría hacer eso y mucho menos a esa hora. Pero lo que me hizo retroceder fue que, colgada como estaba, comenzó a girar primero despacio, después cada vez más rápido, como si algo invisible le empujara desde lo alto. Giraba con una fluidez antinatural, sin emitir sonnito alguno. Solo al crujir metálico Del Poste que temblaba, solté la cortina de golpe. Y me alejé de la ventana. El corazón me latía con fuerza en el pecho corri, al pasillo, busqué a mi hermana, apenas podía hablar del miedo, me temblaban las piernas, ella me miró con el rostro descompuesto, me sentó en la sala y salió a ver por la ventana. Regreso unos minutos después sin haber visto nada. No había pareja, no había niña.

5:33 Nadie, esa noche no dormí. Me quedé en la sala hasta que amaneció. Mi madre pensó que era una pesadilla. No le di más detalles. Me fui a la escuela con el estómago apretado a mi regreso. Ya en la tarde encontré una señora amiga de la familia que había ido a visitar a mi madre. Era conocida por tener el don. Según decían en el barrio una Curandera Telaste, antes escuché desde la cocina como mi hermana le contaba lo que me había pasado. Yo me mantuve en silencio.

6:17 Cuando la señora se levantó para irse, se acercó a mí, me puso la mano en la cabeza. No dijo mucho, solo una frase que me caló hasta los huesos. Cuidado con lo que viste porque eso que se mostró va a seguirte. No entendí lo que quería decir, solo me quedé frío. No mencionó que fuera un duende, no dijo que fuera un espíritu, solo eso que se me había mostrado esa noche. No volví a mirar por la ventana, pero no terminó ahí. Pasaron los años, lo olvidé por un tiempo hasta que 5 años después, ya con 17, volví a cruzarme con ella, no en la cancha, sino en la calle.

7:15 Y no fue un recuerdo. Fue algo real. Habían pasado 5 años, como lo mencioné desde aquel primer encuentro. Yo tenía 17 años y ya no era el mismo niño que aquella noche. Se quedó paralizado frente a la ventana, pero había algo dentro de mí que no había cambiado. Algo que me hacía mirar de reojo hacia esa cancha cada vez que pasaba frente a ella. Desde entonces, cada noche la cortina permanecía cerrada. No porque lo decidiera, sino porque algo en mi interior no me permitía volver a mirar.

8:01 Esa noche de sábado no planeaba encontrarme con nada extraño. Salí con unos amigos al centro de la ciudad de Irapuato, donde vivo para ir a un bar. La madrugada se alargó y a eso de las 3:30 me despedí. Decidí caminar de regreso a casa. Era un trayecto familiar, lo había recorrido muchas veces. El silencio de las calles sólo era roto por algún auto lejano o los pasos de alguien tan desvelado como yo. El puente ferroviario dividía la ciudad en 2. Era la única manera de cruzar de regreso a mi barrio. Lo conocía bien.

8:50 Sabía cada grieta del pavimento, cada baranda oxidada que había al llegar al primer peldaño. Sentía algo extraño, no era miedo, pero si una inquietud que me hizo mirar hacia ambos lados, como si esperara que alguien más subiera conmigo mientras avanzaba por la pasarela. Noté que del otro lado empezaba a emerger una figura. Primero vi la parte superior de la cabeza. Después, a medida que ascendía el cuerpo entero, se dejó ver por la estatura y la forma.

9:33 Supe que era una niña. Vestía un traje largo, gastado, con un color difícil de definir. Su cabello formaba una maraña extraña. Como si cada mechón se alzara por voluntad propia, no frené el paso. Seguí avanzando como si nada, aunque por dentro algo empezaba a Tensarse. La niña no apartaba la mirada de mí. Desde el primer momento sus ojos me buscaron y no me dejaron en paz. Sonreía una mueca amplia que no cambiaba, que no parpadeaba.

10:15 Entre más nos acercábamos más detalles. Podía haber su piel reseca y oscura, los Pies Descalzos, el vestido manchado con algo que no supe identificar pasó junto a mí. Su mirada nunca se despegó de mis ojos. Yo, sin saber por qué, no pude dejar de observarla. Tampoco. No hubo palabras. Nada de gestos. Tampoco solo el roce del aire entre ambos. Avancé 2 pasos más. El eco de mis tenis resonaba sobre el metal viejo y entonces me detuve algo en su presencia me resultaba demasiado familiar, algo que no venía del rostro, sino de la sensación, como si mi cuerpo recordara antes que mi mente. Giré con lentitud.

11:16 Ello también se había detenido varios metros detrás. Seguía mirándome, pero ya no era una niña. Su cara. Ahora tenía pliegues, arrugas profundas como de cuero reseco. La boca seguía estirada en esa sonrisa, pero los dientes eran largos y separados. Los brazos colgaban a los costados demasiado largos para su cuerpo. Sus manos eran como carras. No grité ni corrí. Solo me di la vuelta y empecé a caminar primero lento. Después, más rápido, bajé las escaleras sin mirar atrás. Al tocar el suelo sentí que mis piernas eran de plomo, pero no me detenía.

12:11 Algo más me impulsaba a seguir. Crucé la calle, no había nadie. El vacío de la madrugada me envolvía, pero detrás venía algo más. Escuché los pasos, no eran apresurados, eran tranquilos, constantes y sobre ellos una risa aguda. No era una carcajada humana, era algo más parecido a un chillido. Me estremecí aceleré el paso, pero el cuerpo no me respondía del todo. Era como caminar bajo el agua, como si algo invisible me estuviera frenando. Al pasar frente a una casa reconocí el portón de lámina. De pronto, las uñas de esa cosa comenzaron a rascar el metal. El chirrido que provocaba me perforaba los oídos. Era una risa maliciosa hecha sonido. El miedo ya no era emocional, era físico. Sentía que me carcomía desde adentro. No supe cómo, pero mi mente logró recordar una medalla que colgaba de mi cuello.

13:32 Un viejo consejo de mi abuela, llevé la mano a mi pecho, toque el metal frío, cerré los ojos por 1 segundo pidiendo protección. La risa se convirtió en un grito, uno grave y profundo. No era de dolor, era de rabia, como si algo se resistiera a ser expulsado. Sentí que mi cuerpo despertaba, empecé a correr. No volteé, no pensaba en nada más que en llegar. Cada esquina, cada poste, cada sombra parecía moverse. Corrí sin pausa hasta que el silencio volvió.

14:15 La calle se volvió estática y el aire más liviano ya no sentía su presencia. Llegué a la esquina de mi calle, el sudor me escurría por la espalda, la camiseta pegada al cuerpo. Ya podía respirar, caminé los últimos metros, mi casa estaba cerca, la vi desde lejos, el portón estaba cerrado, la luz de la cochera encendida. Me detuve frente a la puerta. Metí la mano en el bolsillo para sacar las llaves. Entonces ocurrió algo, me obligó a Voltear. No fue la voluntad.

14:58 Fue algo así como el instinto y al hacerlo vi hacia la cancha. Ahí, junto al Arco, estaba otra vez la misma figura pequeña, con el vestido colgando, los brazos extendidos y esa sonrisa imposible. Me observaba como la primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado. No me moví y nuevamente solo la observé. El terror regresó en un instante. Cada célula de mi cuerpo lo recordó. Volví a tomar la medalla, cerré los ojos y entré a la casa tranquilo por fuera, pero por dentro estaba hecho añicos.

15:46 No volví a hablar del tema con nadie, pero supe desde esa noche que no era un recuerdo, era una marca. Algo que se quedó conmigo aunque no lo quiera, algo que no se iba porque esa cosa, sea lo que sea, no buscaba asustarme. Solo quería que supiera que sigue ahí. Pasó alrededor de un mes para volver a tener ese encuentro aterrador. No paraba de mirar el reloj mientras caminaba de regreso a mi casa, ya de madrugada. Era tarde. Pero no tanto como para que todo estuviera tan desierto. El eco de mis pasos retumbaban entre las fachadas apagadas y aunque intentaba concentrarme en llegar a casa, había algo que no me soltaba, el pensamiento, esa mirada, esa sonrisa torva que no parecía propia de una niña.

16:47 Pase la estación del tren cruzando un puente y en cuanto bajé las escaleras sentí una presencia detrás de mí. Mis sentidos se activaron de golpe y el escalofrío que me recorrió no se debía al aire de la madrugada. Escuché pasos suaves, como si alguien descalzo caminara sobre el concreto. Mi respiración se entrecortaba y las luces naranjas de las farolas no disipaban la oscuridad lo suficiente como para sentirme a salvo. Apuré el paso. Evitaba girar la cabeza, pero cada sombra me parecía más larga de lo normal.

17:29 Fue entonces que al cruzar frente a un viejo portón metálico, escuché de nuevo aquel chirrido lento y escalofriante, igual que la vez pasada, arañado el metal, me congelé de nuevo. Cerré los puños y obligué a mis piernas a seguir el sonido, continuaba. Era persistente y burlón, como si alguien disfrutara el miedo que yo ya no podía disimular. Volteé apenas a lo lejos, en medio de la calle vi de nuevo la misma silueta era ella. No necesitaba más confirmación.

18:10 Esa figura menuda de cabello revuelto con un vestido largo que parecía flotar sin viento no se movía. Pero su sola presencia cortaba el aliento. En ese momento entendí que no era un encuentro casual. Era una persecución no física, sino algo más profundo. Sentía que esa entidad quería algo de mí. No sabía qué, pero no era un simple susto. Era una marca, como si me hubiese elegido por alguna razón que yo aún no comprendía. Llegué a mi casa sin detenerme, cruce la reja, abrí la puerta con manos temblorosas y me aseguré de cerrarla con seguro y tranca, pero no fue suficiente.

19:01 Frente a la ventana de la sala me asomé discretamente y otra vez la vi en el campo de fútbol junto al Arco, justo donde la había visto Por Primera Vez. Estaba ahí. Como si el tiempo de nueva cuenta se hubiese detenido. En mi infancia. Esta sonreía sin moverse durante los días siguientes. Algo en mi cambio ya no dormía por las noches. Lo hacía muy poco. El sonido de la risa suave se interrumpía la madrugada, pero cuando me levantaba a revisar no había absolutamente nada.

19:42 Todo estaba en completamente silencio. Una tarde, mientras recogía unas cosas del patio trasero, vi algo enterrado parcialmente en la Tierra húmeda, escarbé con los dedos y desenterré una pequeña muñeca de trapo. Estaba sucia, con una cuerda amarrada al cuello y ojos hechos con botones desiguales. Sentí náuseas, apenas la toque. No sabía cómo había llegado ahí. Pero algo me dijo que no era un simple juguete olvidado la arrojé a la basura. Pero al día siguiente apareció otra similar sobre el buró de mi habitación. No sabía si estaba perdiendo la cordura o si simplemente estaba siendo invadido por algo que no podía entender. Cada rincón de la casa parecía observarme. Cada crujido tenía intención.

20:44 Intenté evitar pensar en ello, pero los eventos solo se intensificaban. Una madrugada escuché que alguien caminaba en la azotea. Subí con sigilo. La puerta estaba cerrada con candado, pero los pasos seguían cruzando de un lado a otro. Me pegué a la pared, escuchando entonces justo sobre mí. Algo se arrastró con garras. Me paralicé, sentí que mi pecho iba a estallar. No era un animal, no podría hacerlo. Volví a la cama temblando. Al encender la lámpara encontré marcas en el suelo, pequeñas huellas, como de niño, mojadas, como si hubiera llovido dentro de mi habitación.

21:36 Cerré todo, pero ya nada me daba seguridad. La casa misma parecía respirar. Acechándome. Decidí visitar a un curandero de un barrio cercano, uno que mi madre había mencionado tiempo atrás. Le conté lo que había vivido, omitiendo algunos detalles por vergüenza. El no se sorprendió, me miró con una seriedad inquietante. Dijo que algunas entidades no buscaban hacer daño inmediato. Sino quedarse. Afirmó que cuando se abría la puerta Por Primera Vez, era difícil volver a cerrarla sin consecuencias.

22:19 Me entregó una bolsa con hierbas, veladoras y un pequeño amuleto de obsidiana. Me pidió que hiciera una limpia profunda y colocará el amuleto en la entrada principal. Así lo hice quemeé las hierbas. Recé como no lo había hecho desde que era un niño y me armé de valor para resistir cualquier cosa que se me presentara esa noche, al caer la oscuridad, la atmósfera cambio, la casa entera crujía con sonidos que jamás había notado. Las paredes se contraían como si fuera carne viva. Me senté en la sala junto a la veladora encendida. Y amuleto en mano.

23:07 De pronto el foco del pasillo se apagó y en la penumbra la vi cruzar lentamente. No caminaba, sino más bien flotaba a ras del piso. Su vestido ondeaba, no tenía sombra, no me moví ni respiré, tampoco la vi de tenerles en el marco de la puerta. Sus ojos brillaban como Carbones encendidos. Se quedó ahí observándome. Luego desapareció sin más. En esta ocasión no hubo ni un portazo, ni un grito, ni algún estruendo, solo su presencia, su amenaza muda. Pero eso solo fue un respiro antes del desenlace, porque lo que vi en la última parte no es una aparición. Fue algo peor esa noche recuerdo que no dormí. No porque no pudiera, sino porque no quise. Sentí que si cerraba los ojos, algo se metería en mí. Había pasado de las manifestaciones a algo mucho más íntimo, como si la duenda ya no estuviera fuera, sino dentro de la casa o peor, dentro de mí.

24:25 Cada rincón de mi cuerpo sentía su presencia como si me hubiera marcado. Al amanecer, el ambiente era más denso que nunca. El aire estaba cargado de una humedad podrida, como si algo se estuviera descomponiendo dentro de la casa. El amuleto de Obsidiana amaneció hecho polvo sobre la repisa. Las huellas pequeñas ahora aparecían en el techo, dentro del refrigerador, sobre los espejos, aquella muñeca de trapo que había intentado quemar. Apareció dentro de la almohada, como si hubiera nacido de la misma tela. Su expresión había cambiado, ya no era una sonrisa torcida, era una mueca de triunfo.

25:13 Esa misma tarde, mientras lavaba mis manos en el baño, noté algo bajo las uñas. Era un Nilo Rojo igual al de las muñecas. Me tallé con desesperación. Luego miré mi reflejo, algo no andaba bien. En el espejo mis ojos no se movían al mismo ritmo que mi cuerpo, como si alguien más estuviera mirándome desde adentro. Decidí salir, no tenía ningún plan, solo sabía que no podía quedarme encerrado. Tomé mis llaves, bajé por las escaleras sin rumbo fijo, pero mientras avanzaba noté que nadie más salía.

25:55 Las cortinas estaban cerradas y las luces apagadas. Era como si el barrio entero me evitara doblé por la calle del parque. Había un columpio moviéndose. Solo me detuve a pocos metros. Entre los arbustos vi una figura agachada con la cabeza ladeada. No supe si era una niña, un animal o algo intermedio. Avance un paso. La figura se escurrió entre los árboles con un movimiento antinatural, como si no tuviera huesos. Regresé a la casa en estado de alerta.

26:37 Cerré todas las puertas, apagué las luces y me senté en la sala a oscuras, no por protección, sino porque sentía que la oscuridad era el único lugar donde no me vería. Pasaron las horas. No hubo gritos ni golpes como en aquellas ocasiones, pero entonces, en medio del silencio, comenzó un ruido apenas perceptible, como si alguien pasara los dedos por la pared desde adentro se movía por el, se detenía detrás de la puerta de mi habitación y luego se reía una maldita risa seca, lejana. Pero al mismo tiempo, muy cerca, no sé cómo expresarlo. Me armé de valor.

27:30 Tomé una lámpara y abrí la puerta. No había nadie, pero las paredes estaban llenas de marcas muy pequeñas, como de uñas. Dibujaban una espiral que terminaba justo donde dormía esa madrugada no terminó alrededor de las 3:00 de la mañana. Sentí un golpe seco contra la puerta principal. Me acerqué en puntas sin encender nada. Miré por la mirilla. No había absolutamente nada tampoco, pero al abrir lentamente vi algo en el suelo. Era una nota escrita con letras torcidas infantiles que decía, ya vives conmigo.

28:19 Cerré con fuerza la puerta. Bloquee con los muebles que tenía. Me senté de espaldas a ella con la respiración cortada y ahí me quedé esperando a que saliera el sol. Pero el amanecer no trajo calma. Al contrario, todo se sentía igual, como si el tiempo ya no avanzara, como si estuviera atrapado en la misma noche. Desde entonces no he podido irme. He intentado mudarme, empacar. Mi madre falleció cuando tenía 15. He querido irme también con familiares, pero cada vez que lo intento, algo pasa, alguien enferma, algo se rompe, siempre termino regresando.

29:09 Vivo con las luces apagadas, camino sin hacer ruido. Aprendí a ignorarla, pero ella sigue aquí. A veces deja sus muñecas en la mesa. A veces susurra desde la cocina, no quiere matarme, solo quiere quedarse. Quiere que yo me quede también como si fuera parte de un juego. Y lo peor es que a veces, en los reflejos ya no me veo como antes. Mis ojos tienen esa misma mueca torcida, la misma que vi aquella noche en el campo de fútbol. Esa sonrisa que no pertenece a ningún niño. Con el paso de los años me he acostumbrado a vivir con ella porque la duenda nunca se fue.

29:59 Vive dentro de mi casa, en el aire, en mí. No puedo hacer nada más, solo estoy resignado a vivir así para siempre de verdad. Les agradezco por compartir mi historia y espero les haya gustado. Se despide su amigo Rubén Sánchez, actualmente de 42 años. Querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar.

30:40 Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega. Esto fue Inframundo, relatos.