La Bruja que se Chupa ami HIJO y Otros Relatos de Brujas Reales – Inframundo Relatos
🎙️ Relatos de Terror Reales por Inframundo Relatos
Historias mexicanas de apariciones, carreteras, brujas, traileros y sucesos paranormales basados en testimonios reales.
Este episodio es una recopilación profunda y oscura narrada con estilo cinematográfico y ambientación realista, diseñada para provocar tensión, miedo y ansiedad nocturna. Prepárate para vivir experiencias que marcaron para siempre a quienes las enfrentaron.
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🔎 Temas de este episodio
Historias paranormales reales
Relatos de terror en México
Relatos de carretera
Relatos de traileros
Brujas reales en México
Terror narrado en primera persona
Relatos para no dormir
Misterio y sucesos inexplicables
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0:00 Muy buenos días, queridos madrugadores, los saluda su amigo Alejandro mientras el sol apenas asoma. Aquí empiezan los relatos de brujas que caminan entre pueblos, cerros y lugares solitarios. Sean bienvenidos. Aquí comenzamos. La bruja se comió a mi hijo, me llamo Ernesto y soy originario de un pequeño pueblo en la Sierra norte de Oaxaca, un lugar escondido entre montañas, caminos polvorientos y supersticiones viejas que nunca mueren.
0:52 No soy de contar estas cosas, pero han pasado casi 20 años. Y a un cargo con la sombra de esa noche. Hoy mi hijo cumpliría 18 años. Lo que pasó lo guardé en silencio por mucho tiempo, pero ya no más. Tal vez sirva de advertencia a otros. Era el año 2001, yo tenía veintidos años y apenas comenzaba a formar mi vida. Vivía con mis padres, trabajaba en el campo y salía desde hacía meses con Karina. Una muchacha del pueblo vecino, humilde, buena gente. Cuando nos enteramos del embarazo decidimos irnos a vivir juntos. No teníamos mucho, pero la emoción nos sobraba. Nuestro hijo nació un 28 de febrero a las 2:00 de la madrugada.
1:45 Fue un parto tranquilo en casa, asistido por una partera. Mis padres lloraron de felicidad. Era su primer nieto. El Niño parecía sano, fuerte, llorón, como todos lo llamamos Julián, en honor a mi padre y al abuelo de Karina. Los primeros días fueron una alegría constante. Familiares iban y venían. Todos querían cargarlo, besarlo, traerle regalos. Nada parecía fuera de lo normal, pero todo comenzó a cambiar al segundo mes. Julián dejó de comer con el mismo apetito. Lloraba por la noche sin razón aparente, sudaba frío. A veces despertaba con la piel pálida y los labios morados. Karina decía que soñaba con aves enormes volando sobre la casa, que a veces escuchaba un zumbido extraño en la madrugada. Yo terco como era, no le creí.
2:47 Pensé que eran los nervios del parto. Un día de abril, mientras Karina Lavaba ropa cerca del pozo, juró haber visto 3 sombras, enormes Posadas sobre el árbol de guamúchil que estaba en el patio. Pensó que eran zopilotes, pero no hacían ruido y la miraban como si supieran algo. Esa noche El Niño lloró sin parar. Al amanecer tenía unos pequeños moretones en los pies. Lo llevamos al doctor del Pueblo, quien sólo dijo que quizá fue alguna picadura y nos recetó una pomada. Pero Julián seguía empeorando, comía poco, estaba cada vez más delgado.
3:32 En una ocasión Karina me confeso que lo había soñado, muerto, envuelto en una sabanita blanca, tirado en la Tierra. Empezamos a dormir con él. En medio de nosotros, con una tijera de acero debajo de la almohada, como decían los viejos, mis padres comenzaron a hacer limpias. Con ruda, encendían Veladoras, nadie hablaba en voz alta, pero todos sabíamos que algo no estaba bien. La madrugada del primero de mayo cambió nuestras vidas para siempre. Todos dormimos profundamente de una forma que no era normal, nadie se levantó temprano.
4:19 Mi padre no fue al corral, mi madre no fue al molino. Yo no sentí ni una sola molestia durante la noche. Eran casi las 10:00 de la mañana cuando Karina gritó, la escuché desde el patio, corrí a la casa. Su voz era desesperada, El Niño, Ernesto, El Niño. Lo encontré debajo de la cama, envuelto en su sabanita frío. Como el mármol tenía la piel cubierta de marcas moradas, su rostro estaba inmóvil, como si nunca hubiera existido el llanto. Karina estaba arrodillada, gritando y jalándose el cabello.
5:00 Mi madre llegó después, se desmayó al ver el cuerpecito. No tengo palabras para explicar el dolor que sentí. Lo tomé en mis brazos, lloré como nunca. Me dolía respirar. Un vecino, don Joaquín, un hombre viejo que conocía bien las historias del pueblo, nos dijo lo que temíamos escuchar. Fue una bruja de las que bajan del Cerro los martes por la noche. Aseguró haber visto una bola de fuego, rondar nuestra casa. Algunos dijeron que se escuchaban lamentos desde el monte, pero nadie se atrevió a decirlo en voz alta.
5:45 Yo no quería creerlo, pero cuando vimos los pies de Julián llenos de marcas como mordidas, supe que no era una alucinación. Eran reales. El médico que vino a ver el cuerpo dijo que la causa era anemia severa y shock por pérdida de sangre. El Niño casi no tenía sangre. No había señales de violencia doméstica ni picaduras visibles. Pero todos sabíamos la verdad. Desde la muerte de Emiliano, todo cambió. Nuestra casa se volvió un lugar silencioso y frío. Mi esposa apenas hablaba y yo pasaba las noches en vela con una vela encendida al lado de su cunita vacía. Me culpaba, aunque no podía explicarme cómo sucedió todo sin que nadie despertará.
6:40 Fue como si algo más fuerte, algo que no entendíamos, nos hubiera drogado a todos. Esa noche, el médico del pueblo confirmó la falta de sangre en el cuerpo de mi hijo. Moretones, marcas de mordidas, señales que no tenían una causa lógica para ellos. Pero para nosotros todo estaba claro. Una bruja se lo había llevado, se alimentó de él. Mi tía Elvira fue quien nos dijo que había señales. Según ella, una mujer vieja y jorobada había sido vista caminando por el campo semanas antes, hablando sola y arrastrando una bolsa extraña.
7:24 En la tradición del pueblo se decía que las Brujas no siempre volaban, algunas caminaban como cualquier persona. Pero se transformaban de noche, se alimentaban de la sangre de los niños y se escondían en las cuevas de los cerros o entre los árboles huecos. Esa noche, mi tía y una vecina fueron al cerro a dejar una ofrenda de protección. Dijeron que algo nos había marcado. Los días pasaron una tarde. Mi esposa se levantó de la cama sin hablar y caminó al corral. Encontró a una de nuestras gallinas con el cuello roto pero sin una gota de sangre, como si algo la hubiera drenado por dentro.
8:10 Lo mismo sucedió con un gato de la vecina, luego una cabra. Animales encontrados tiesos, con la piel fría y sin una herida clara, pero todo sin sangre. Una noche escuchamos el aullido de los perros. Eran las 3:00 de la mañana. Me levanté, tomé la escopeta y salí al patio. Sentí un frío espantoso, uno que se colaba por los huesos y entonces la VI. En la punta del árbol más alto del Cerro había una figura delgada, con alas abiertas y los ojos como Carbones encendidos. No era un ave, no era humana, estaba ahí, inmóvil, mirándonos. Corrí de vuelta a la casa.
8:58 Cerré todas las ventanas y le pedí a mi esposa que rezara conmigo. Esa noche dormimos con una vela encendida en cada cuarto y una tijera abierta bajo la almohada, como me enseñó mi abuela, pero aún así sentíamos que algo nos observaba. Al día siguiente mi padre decidió subir al cerro armado, que en un machete, agua bendita y una cruz de palma bendita se fue antes del amanecer. Volvió casi al anochecer, cansado y con la camisa rascada. No dijo mucho, sólo que había encontrado restos de velas negras, plumas quemadas y un fajo de cabellos atados con hilo rojo. Dijo que allí había estado algo algo antiguo, algo que no debía ser molestado.
9:51 Nos recomendaron buscar a don Teófilo, un curandero que vivía en San Miguel Tequixtepec. A unas 3 horas a pie, cuando llegó, trajo consigo un humo espeso que llenó toda la casa. Dijo que lo que había entrado en nuestra vida no se iría con simples rezos, que alguien había hecho un pacto y que se había cobrado con nuestro hijo. Nos pidió objetos personales del bebé, la manta donde dormía, un zapato, un mechón de su cabello. Preparó un altar en el patio y nos hizo prometer que no miraríamos nada. Pasara lo que pasara, a medianoche comenzó a rezar en una lengua que no entendí.
10:35 El fuego cambió de color. Se escucharon gritos, lamentos y luego un chillido que me heló la sangre por instinto. Mire, justo antes de que mi esposa me cubriera los ojos, vi una silueta negra agachada. Con los dedos largos y huesudos de pie detrás del curandero, él seguía rezando sin parar. El aire olía azufre. Todo terminó cuando un trueno partió el cielo. Don Teófilo cayó al suelo sin fuerzas. Nos dijo que la había ahuyentado, pero que regresaría si no tomábamos precauciones.
11:16 Nos dejó una cruz Tallada, sal consagrada y un consejo. Si escuchan que alguien llora en el patio, no salgan, si ven sombras no respondan. Y si sienten que algo los observa, recen sin parar. Pasaron los años, tuvimos otros hijos, pero nunca dejamos la cruz de sal en la entrada ni las tijeras bajo la almohada. A veces, en las noches sin Luna, los perros vuelven a aullar como aquella vez. Y yo me despierto con el corazón apretado, recordando a Emiliano.
11:56 Un día, una mujer desconocida llegó al pueblo vieja, jorobada, con una cicatriz que le cruzaba la cara. Nadie sabía quién era. Se instaló en una choza abandonada cerca del río. Al poco tiempo comenzaron a desaparecer animales otra vez. Un niño se perdió en la madrugada, pero fue encontrado dormido al pie del cerro, con marcas en los tobillos. Mi corazón volvió a helarse. Yo sabía esa mujer no era nueva, era la misma que nos había marcado hace años, sólo que ahora su cuerpo era distinto, tal vez otro recipiente, tal vez otra forma, pero era ella.
12:41 Esa noche reuní a mis hermanos, a mi padre, ya anciano. Y fuimos hasta su choza. En el camino se nos unieron otros hombres, llevábamos al fuego y una cruz de Ocote la encontramos sentada mirándonos con unos ojos vacíos. Cuando intentamos hablarle, se rió, pero no fue una risa humana, fue un sonido seco, roto, como si sus cuerdas vocales no fueran de carne. Sacó una bolsa y la arrojó al fuego que uno de los hombres traía. El humo que salió de ahí olía a carne quemada, grité.
13:22 Dentro de la Bolsa estaba la manta de Emiliano, aquella que habíamos entregado a don Teófilo años atrás. No entendí cómo la había recuperado ni porque la tenía, pero supe que no podíamos dejarla viva esa noche. La choza ardió, ella gritó, pero no se movió. Las llamas la consumieron y un olor a podredumbre se extendió por el campo. Pensamos que era el fin, pero yo aún sueño con su risa y cuando despierto la cruz de sal está rota, la tijera cerrada y sé que no fue el fuego el que la detuvo, sólo la hizo cambiar de forma.
14:13 El rostro de la bruja, cuando era joven pasaba los veranos en casa de mis tíos en una Colonia Nueva de apodaca, en Nuevo León se llamaba Lomas del Encinar. En aquel tiempo las casas eran pocas y los terrenos alrededor estaban cubiertos de monte. Donde ahora hay calles y banquetas. Antes solo había Tierra, árboles y un silencio espeso. Una madrugada mi prima Lucía se despertó para ir al baño. Me contó que al regresar a la sala se detuvo frente a la puerta de vidrio que daba al patio.
14:58 Afuera, justo al pie de un árbol, había una mujer vieja encorvada, con el vestido sucio y los cabellos enmarañados. Tenía los Pies Descalzos y la piel de los brazos colgaba como si estuviera hecha de trapo mojado. Lo más aterrador era su rostro, aunque estaba en penumbra. Lucía notó como esa figura la miraba directamente y luego sonrió. Una sonrisa ancha enfermiza, llena de dientes torcidos. La anciana no caminó, corrió, pero su movimiento era antinatural, sin rebotes. Como si flotara rozando el suelo.
15:39 Lucía gritó y todos bajamos. La encontramos temblando, sentada en el sofá. Nadie sabía qué hacer. Pasaron las semanas y parecía que todo había quedado atrás, pero la tranquilidad era solo una ilusión. Recuerdo con claridad la noche en que todo volvió a empezar. Lucía estaba terminando un trabajo de la universidad, eran las 3:00 de la mañana. Yo dormía arriba, pero desperté por sus gritos. Corrí a la cocina y la VI Acurrucada en el suelo, los ojos fijos en la puerta me señaló el ventanal. Dijo que ahí estaba otra vez la misma figura, esta vez más cerca.
16:27 Estaba pegada al vidrio, como si quisiera atravesarlo. Llevaba un velo negro que apenas dejaba ver su boca. Sonreía como si disfrutará del terror que provocaba. Mi tío salió con un cuchillo, pero afuera no había nadie. Mi tía subió por una Biblia y agua bendita desde arriba escuchó pasos sobre el techo. No eran pasos humanos, eran golpes torpes y lentos. Como si algo pesado caminara sin rumbo. Después de aquella noche, Lucía cambió, dejó de comer bien, bajó más de 10 kg en cuestión de semanas, no podía dormir, rezaba a todas horas y evitaba quedarse sola. Decía que la sentía cerca, aunque nadie más volvía a verla. Un año después, Lucía comenzó su servicio social en un rancho del municipio de doctor Arroyo.
17:30 Una noche de tormenta no pudo dormir en la casa donde se quedaban las practicantes. Ella y su compañera escucharon ruidos en el patio, golpes como si alguien lanzara piedra sobre el tejado, se levantaron y miraron por una rendija afuera bajo la lluvia. Estaba la misma figura, una mujer vieja, vestida de negro encorvada y con el velo oscuro cubriendo su rostro. La vieron saltar un barandal de un solo impulso. Luego empezó a caminar en círculos murmurando. Las muchachas se escondieron bajo la cama toda la noche, escucharon pisadas, carcajadas, aleteo sobre el techo de lámina. Hasta que amaneció.
18:24 Al día siguiente, Lucía le contó todo a la madre de uno de sus alumnos. La señora no se sorprendió, le dijo que era común ver ese tipo de cosas en el monte. Les ofreció quedarse a vivir con ella. Desde entonces, Lucía y su compañera terminaron el servicio social. En esa casa pasaron algunos años. Mis tíos se mudaron a otra colonia y dejaron la casa a Mariana, hermana menor de Lucía. Todo pareció estar en calma durante un tiempo, hasta que una noche volvió el miedo. Mariana me llamo pálida y nerviosa, me contó que había ido al baño a las 3:00 de la madrugada. Mientras estaba ahí, alguien tocó la puerta. Escuchó una voz infantil que la llamaba. Al principio pensó que era su hija, pero algo no encajaba. Su hija nunca usaba ese tono ni esa palabra. La voz le insistía, le pedía que abriera Mariana, sintió que algo no estaba bien, empezó a orar.
19:34 En ese instante, una carcajada estremeció toda la casa. Su esposo, que también estaba despierto, la escuchó. Ambos subieron corriendo al cuarto de la niña. La encontraron profundamente dormida, sin señales de haber estado despierta. Esa noche abandonaron la casa, se fueron a dormir con mi tía. Al día siguiente, Mariana visitó a un curandero, le contó lo que vivieron. El hombre le dijo que no era la primera vez que escuchaba algo así aquellas tierras antes del fraccionamiento. Eran ejidos donde ocurrieron cosas malas.
20:18 Dijo que aún quedaban rastros de viejos rituales entre los árboles y cerca del arroyo. Ella le mencionó a la anciana que su hermana había visto años atrás. El curandero le explico que hay entidades que se alimentan del miedo y que se marcan con sangre, con linajes, con promesas que no se recuerdan, pero siguen activas. Desde entonces, Mariana mantiene la casa cerrada. Después de las 10:00, siempre deja una vela encendida cerca de la entrada. La niña ya no duerme sola.
20:59 No sé si lo que persigue a mi familia es una bruja, un espíritu o algo peor. Lo único que sé es que no se ha ido. No importa cuantos años pasen, ni cuantas oraciones se recen. Esa sonrisa todavía me visita en sueños. El rostro detrás del velo no desaparece y cada vez que despierto de madrugada con el corazón acelerado, lo primero que hago es evitar mirar hacia la puerta. Sólo escucho, sólo espero porque sé que algún día va a volver. Marcado por las Brujas desde hace 2 años. Algo me sigue, no importa donde esté. Siempre siento que hay ojos puestos sobre mí, a veces detrás de la puerta, a veces en la ventana, a veces en la pared. Me llamo Ezequiel y vivo en Toluca. Desde que empezó todo esto no he podido volver a sentirme tranquilo.
22:18 Al principio creí que era estrés, veía cosas moverse del lugar, sombras que no deberían estar ahí. Una noche deje la puerta de mi habitación abierta y desperté con ella cerrada con candado. No lo entendí, luego vinieron los sueños, no eran como los de siempre. Eran oscuros, extraños, como si algo me hablara en otro idioma. Veía siluetas blancas, alargadas, flotando frente a mí. Me decían cosas con voces huecas que no podía entender. Eran gritos lejanos, como si vinieran desde el fondo de la Tierra. Mi madre, al verme cada vez más alterado, llamó a un sacerdote. Bendijo toda la casa durante semanas. Todo pareció calmarse.
23:08 Pero fue una tregua, no una solución. Las sombras regresaron más fuertes, más presentes. Las veía en todos lados, en la calle, en la parada del camión, en el reflejo de una vitrina. A veces eran negras, como el carbón, otras casi traslúcidas, siempre fuera de poco, siempre a punto de desaparecer cuando trataba de verlas bien una noche cualquiera. Había varios envases vacíos sobre la mesa. Estaba en la sala y de reojo. Vi cómo uno se movía lento, como empujado por algo invisible. Pensé que era el aire, pero de pronto uno cayó al suelo sin explicación. Lo ignoré, me fui a mi cuarto, la luz no encendía algo en el ambiente, me congeló, me acosté con la sensación de estar siendo observado.
24:04 Pasaron horas y no pude dormir. A las 3:00 o cuatro de la mañana me despertó un escalofrío. Sentía que alguien respiraba detrás de mí. No era imaginación, lo sentía sobre mi nuca. Escuché una voz, no fue un pensamiento ni un sueño. Fue una voz clara, profunda, sin cuerpo. Somos nosotros, ya nos olvidaste. Me quedé inmóvil, como si algo me clavara en la cama. Cerré los ojos y de pronto un recuerdo enterrado apareció como si hubiera estado esperando ese momento para salir. Era una imagen de mi infancia.
24:48 Una tarde cualquiera, mi familia y yo salimos a andar en bicicleta. Vivimos cerca del cerro de la Teresona. Cuando cayó la noche vimos bolas de fuego en el cielo. Aparecían en lo alto del cerro, una tras otra se encendían y apagaban, luego reaparecían enotro.no. Eran fuegos artificiales, ni luces de antenas, volaban, cambiaban de dirección y se multiplicaban. Después de esa noche dejamos de hablar del tema, pero ahora todo encajaba. Recordé lo que decían los vecinos, que esas bolas eran Brujas. Que bajaban de los cerros y se convertían en naves negras para cazar niños que podían quitarse las piernas y esconderlas entre los árboles.
25:42 Historias que creí eran cuentos de viejos. Hasta que volví a verlas. Fui con mi abuela. Le conté lo que había pasado. Ella me escuchó en silencio. Cuando terminé, sólo dijo una cosa. Las Brujas te vieron, ya no vas a dejar de verlas y si ellas te buscan es porque algo quieren de TI. Desde entonces todo ha empeorado, ya no se esconden tanto. A veces siento que me esperan al pie de la cama, otras veces las veo en las azoteas. Una vez las escuché hablar entre ellas como susurrando.
26:23 No entiendo lo que dicen, pero sé que están más cerca, no sé que quieren. Pero cada día siento que se acercan un poco más.
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