March 3, 2026

FUNERALES MALDITOS: 4 RELATOS DE VELORIO | Historias Reales Para No Dormir

FUNERALES MALDITOS: 4 RELATOS DE VELORIO | Historias Reales Para No Dormir
FUNERALES MALDITOS: 4 RELATOS DE VELORIO | Historias Reales Para No Dormir
Inframundo Relatos De Terror
FUNERALES MALDITOS: 4 RELATOS DE VELORIO | Historias Reales Para No Dormir

Buenas noches, queridos madrugadores y trasnochadores. Bienvenidos a Inframundo Relatos.
Esta noche te traigo 4 relatos de velorio basados en testimonios y experiencias que ocurrieron en México. Funerales donde el silencio pesa, las miradas incomodan y algo se siente mal desde que cierran la puerta.
Ponte audífonos, apaga la luz y dime en los comentarios cuál de estos velorios fue el más pesado.

relatos de terror, relatos de terror reales, historias de terror, historias reales de terror, velorio, velorios, funerales, historias de funerales, ataud, panteon, cementerio, sepulturero, velador de cementerio, brujeria, bruja, brujo, nahuales, duendes, apariciones, sombras, paranormal, sucesos paranormales, relatos para dormir, relatos para no dormir, terror mexicano, historias de mexico, relatos de miedo, miedo real, terror en primera persona, historias narradas, inframundo relatos, relatos del inframundo, relatos de noche, historias oscuras, horror, terror

DISFRUTA DE:00:00 HISTORIAS DE FUNERALES

00:58 EL VELORIO

10:46 EL RECADO

20:01 EL VELORIO DE MI ABUELO

30:22 EL VELORIO DE UN BRUJORelatos creados para no dormir, llenos de misterio, tensión y terror real.#RelatosDeTerror #Velorio #HistoriasReales

0:04 Muy buenas noches, queridos trasnochadores, un velorio debería ser una despedida, pero no siempre lo es. Hay velorios donde se escuchan pasos, donde alguien parece no aceptar su destino. Donde el ataúd no siempre está tan quieto como debería. Esta noche les compartiré relatos ocurridos en Velorios reales, historias dedicadas a Enterradores, veladores, trabajadores del cementerio y a todos los que han sentido que la muerte aún no se va. Mi nombre es Alejandro y sin más, aquí comenzamos.

0:59 El velorio, historia de terror compartida por estela maris. Muy buenas noches, comunidad del Inframundo. Mi nombre es estela maris. Esto me lo contó mi madre muchas veces. Siempre con la misma cara seria, como si al recordarlo volviera a oler la cera y las flores ya echadas a perder. Ella lo vivió cuando era joven, cuando estudiaba en la universidad y dice que no fue un chisme ni una historia de miedo inventada, porque esa noche hubo demasiada gente mirando lo mismo y en la ciudad se siguió hablando durante años. No como una leyenda bonita, sino como algo que dejó a varios con pesadillas y con una forma distinta de mirar. La iglesia pasó en 2004 en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y la protagonista era una compañera de la Universidad a la que mi madre apreciaba por respeto. Nunca dice su nombre verdadero, sólo la llama Lourdes. Esta tenía 27 años, era conocida por ser tranquila, de las que no se metía con nadie, de las que llegan temprano a clases, hacen lo suyo y se regresan a casa.

2:27 Un día dejó de ir y nadie supo bien por qué. Al principio pensaron que era algo familiar luego de que había enfermado y con el paso de las semanas el asunto se fue enfriando hasta que. Meses después, mi madre se enteró de que había muerto. De repente nadie estaba preparado para eso, menos sus compañeras, menos la gente que la veía joven y entera. El velorio fue en la casa de sus padres, una casa donde se notaba la religión desde que uno cruzaba la puerta. Mi madre dice que era imposible no fijarse porque había imágenes por todos lados, crucifijos en las paredes, cuadros de santos peladoras, rosarios colgados, una mesa con estampas y flores. El ambiente tenía ese silencio de velorio, pero también una tensión rara, como si la casa estuviera sosteniendo algo por dentro.

3:32 En la sala estaba el ataúd. Rodeado de flores blancas y Lourdes, se veía quieta, pálida, con el maquillaje puesto de prisa para que pareciera que estaba dormida. Lo que a mi madre le pareció extraño desde un inicio fue el sacerdote del pueblo. No llego a rezar un rato y ya se quedó en la casa como si fuera parte de la familia. Caminaba por la sala, hablaba con la gente, escuchaba a todos los que llegaban. Pero cada vez que alguien se acercaba al ataúd, él se mantenía a distancia, como si no quisiera pegarse demasiado. Se veía normal cuando saludaba, incluso sonreía por educación. Pero cuando se trataba de los padres de Lourdes, se apartaban a una esquina o a un pasillo lejos del resto de la gente. Hablaban en voz baja y el sacerdote asentía serio con la mirada fija.

4:32 Como si estuvieran acordando algo que no debía escucharse durante la noche, el sacerdote se acercó varias veces a la ataúd con agua bendita. Mi madre dice que lo hacía rápido. Rociaba se quedaba rezando un momento con la cabeza agachada y luego se alejaba otra vez, como si no aguantara estar ahí mucho tiempo. Nadie lo cuestionó. Porque en un velorio uno no se pone a preguntar. Uno solo acompaña a los dolientes, pero ella sintió que no era una visita normal, que él estaba vigilando más que consolando.

5:12 Poco antes de la medianoche, cuando la sal estaba llena de Murmullos bajos y rezos que iban y venían, el sacerdote volvió a acercarse. Mi madre estaba sentada con otras compañeras de la universidad. Y alcanzó a ver como el levantó la mano, roció agua bendita sobre el ataúd y se quedó rezando frente al cuerpo. En ese momento se hizo un silencio raro, de esos que no se planean como si todos hubieran dejado de respirar al mismo tiempo. Entonces se dejó escuchar un quejido. No fue un ruido de madera, fue un quejido claro. Como de dolor, como si alguien lo hubiera soltado desde adentro del ataúd, el sacerdote retrocedió con el rostro cambiado, con los ojos abiertos de miedo, y el ataúd empezó a temblar.

6:15 Primero fue un tirón leve, luego otros más fuertes, hasta que el movimiento se volvió brusco. Como si alguien lo golpeara desde adentro. Y de pronto el ataúd cayó al suelo con un golpe seco que hizo gritar a la gente. Los que estaban cerca corrieron a ayudar, algunos lloraban, otros rezaban en voz alta y los que estaban afuera entraron por el alboroto. Cuando intentaron levantar el ataúd vieron que Lourdes, chano estaba acomodada. Como antes el cuerpo se había movido y entonces pasó lo que mi madre nunca olvida. Los ojos de Lourdes se abrieron y empezaron a escurrir lágrimas de sangre.

7:06 No era una gota, eran hilos oscuros bajando por las mejillas. Despacio, como si el cuerpo todavía tuviera algo que soltar, la gente se quedó en shock. Algunos se echaron para atrás sin poder tocarla. Otros gritaron el nombre de Dios, como si eso fuera a detenerlo. El padre de Lourdes, con una cara que ya no era de tristeza sino de pura desesperación, fue el único que se acercó sin dudar. Ayudó al sacerdote a levantar el cuerpo y acomodarlo dentro del ataúd como pudo. Mientras la madre de Lourdes Lloraba sin control, aferrada a una silla, como si se estuviera rompiendo. En ese momento, en medio de las oraciones y el caos, Lourdes abrió la boca.

8:02 Mi madre jura que fue sola sin que nadie la tocará. La abrió de un golpe, como si algo empujara desde adentro, y de ahí empezaron a salir moscas verdes. Primero unas cuantas, luego muchas, luego tantas que en segundos la sala se llenó del zumbido, se fueron contra las velas, contra las flores, contra las paredes, se pegaban en la ropa de la gente, chocaban en la cara y el olor cambió como si. La muerte se hubiera levantado y caminara entre todos. Ahí fue cuando varios salieron corriendo, empujándose sin vergüenza, porque ya no era miedo.

8:49 Normal, era pánico. Mi madre dice que ella no pudo moverse. Se quedó clavada en el piso viendo cómo las moscas salían y salían, y lo único que la sostuvo fue sentir la mano de otra compañera, Apretándole el brazo. El sacerdote empezó a rociar agua bendita sin parar. Rezaba Fuerte casi a gritos, como si estuviera peleando con algo que no se veía. No era tono calmado de una oración, era un tono de una manta de quien intenta interponer orden en un lugar donde este ya se rompió. Pasaron minutos que se hicieron eternos, hasta que de pronto el zumbido empezó a bajar y las moscas se dispersaron hacia las ventanas y puertas, como si algo las hubiera soltado. Después de eso, el cuerpo quedó quieto. El sacerdote se quedó mirando el ataúd como si esperara otro movimiento, y la gente se mantuvo rezando en voz baja, temblando.

9:57 Sin saber qué hacer con lo que acababan de ver al amanecer se hizo la sepultura como estaba previsto, pero nadie volvió a hablar normal. Ese día. Mi madre dice que salieron de esa casa con la sensación de haber presenciado algo que no se cuenta fácil, algo que se queda pegado aunque uno no quiera. Y cada vez que me lo narra. Termina igual diciendo que el sacerdote no estaba ahí por costumbre, que llevaba horas midiendo el momento, acercándose y alejándose, como si supiera que esa noche no era una despedida tranquila, sino una que se quería asomar frente a todos. El recado, historia de terror basada en hechos reales compartida por Fabián Rosales.

11:01 Muy buenas noches, oscura Comunidad. Mi nombre es Fabián Rosales y esto me pasó en el año 2007 cuando tenía 18 años en ciudad Guzmán, Jalisco. A esa edad uno cree que la vida es larga y que siempre habrá tiempo para arreglar las cosas, para despedirse, para volver a ver a la gente. Yo tenía un amigo muy cercano, de esos con los que creces y te acostumbras a compartir todo. Se llamaba Iván. Éramos muy distintos en una cosa que para mí era importante. Yo creía en Dios de este niño y él no. Iván decía que la fe era una muleta, que la gente se inventaba un cielo para no aceptar el miedo de la muerte. Yo le discutía, no por Presumir Santidad, sino porque así me criaron y porque en el fondo necesitaba creer en que no todo se acaba de golpe.

12:05 Nos la pasábamos hablando de eso en la banca de la Plaza, caminando de regreso de la prepa. En la cancha, después de jugar fútbol, a veces hasta en la tienda comprando refrescos, nunca nos poníamos de acuerdo y tampoco era lo que buscábamos, pero nos divertía pelear con argumentos y burlarnos uno del otro, el diciéndome que yo era bien terco y yo diciéndole que un día le iba a tocar tragarse sus palabras. De tanto darle vueltas al tema salió una promesa que parecía broma, pero la repetíamos tantas veces que se volvió seria. El primero en morirse tenía que regresar y darle un recado al otro.

12:54 Sólo eso, una señal clara para que ya no quedara duda de nada. Yo le decía confiado. Iván se reía y me decía que si moría no iba a volver porque no habría donde volver. Aun así aceptaba y al final nos dábamos la mano como si estuviéramos cerrando un trato de adultos, aunque fuéramos chamacos. Ese mismo año, a finales de octubre, Iván tuvo un accidente en carretera. Fue de noche en una curva. Dijeron que el carro se le cerró y el golpe lo sacó del camino. Cuando me lo contaron no le creí. No me entraba en la cabeza que un día estaba en la cancha conmigo y al otro ya no.

13:46 El velorio fue en su casa, una casa sencilla cerca del centro y la noticia corrió rápido porque Iván era muy conocido, pero aún con gente entrando y saliendo yo sentía que todo estaba apagado. Como si el barrio entero se hubiera quedado sin voz por la forma en que quedó su cuerpo. El féretro estaba cerrado. No hubo forma de verlo por última vez. Solo estaba una foto grande de él sonriendo con el cabello desordenado, como siempre rodeada de flores. Esa foto pegaba fuerte porque era Iván vivo, Iván normal.

14:28 No el Iván, que la gente decía que había quedado destrozado. Su mamá estaba sentada cerca con los ojos secos de tanto llorar. Su papá caminaba de un lado a otro serio, como si no supiera qué hacer con las manos. Yo me quedé horas sin decir mucho, sintiendo una mezcla de coraje y tristeza, porque no hubo despedida, porque no hubo una última plática. Pues la vida se lo llevó de golpe cerca de las 5:00 de la madrugada. Ya me estaba ganando el sueño, pero no podía dormirme ahí, con la imagen de la foto al frente, sentía la garganta apretada. Me dieron ganas de salir, tomar aire y se me ocurrió fumar un cigarro para espantar el cansancio. Le pedí permiso Asus papás y me fui al fondo de la Casa atrás. Tenían una huerta pequeña con árboles de limones y un pedazo de Tierra donde Iván ayudaba a su papá cuando era niño. Era un lugar tranquilo, oscuro, con la Luna alumbrando lo suficiente para ver hojas brillando por el terreno. Me quedé parado ahí, mirando el cielo, lleno de estrellas y me acordé de las madrugadas jugando fútbol con los otros muchachos. Cuando terminábamos, sudados y felices sentados en la banqueta, hablando de cualquier cosa, me

16:00 ardieron los ojos y se me salió una lágrima sin pensarlo, murmuré una disculpa. ¿Cómo si Iván pudiera escucharme? También pedí con esa fe terca que siempre tuve que si de verdad existía algo, después me dejara saberlo, aunque fuera sólo una vez. Aunque fuera para no quedarme con esa duda atorada en el pecho. En ese instante escuché mi nombre. No fue un ruido en la calle ni una voz de la casa. Fue su voz. Era la voz de Iván Clara, como cuando me gritaba desde la cancha. Sentí un golpe en el estómago, como si el cuerpo se me hubiera enfriado.

16:44 De repente bajé la mirada hacia la huerta. Hacia un tramo donde la luz de la Luna no alcanzaba bien y ahí lo vi. Era Iván, estaba de pie, mirándome, no traía sangre, no traía golpes, nada del accidente. Era él completo, limpio, con la misma sonrisa de siempre. Y eso fue lo que más me sacudió, porque se veía tan real que por 1 segundo pensé que estaba soñando parado. Pero yo estaba despierto, lo sabía porque el cigarro seguía encendido en mi mano y porque el aire frío me pegaba en la cara. Iván me pidió que no me asustara y me habló como si estuviéramos platicando normal.

17:32 Me dijo que si hay algo más, que Dios existe. No lo dijo con emoción, sólo con firmeza, como quién viene a cumplir un trato y ya. Yo quise preguntarle 1000 cosas. Quise decirle que no podía hacer, pero mi cuerpo no reaccionaba. Me quedé quieto, no más viéndolo. Entonces noté que a un lado de él había algo más. Primero lo sentí por el olor, un olor fuerte, asqueroso, como azufre y carne echada a perder. Se me revolvió el estómago. Después lo vi.

18:13 Era una figura oscura, deformada, pegada la sombra, como si la sombra fuera su piel. No tenía una forma clara, pero se sentía pesada, mala y estaba demasiado cerca de Iván. Yo levanté la mano sin pensarlo. Lo señalé, intentando decirle que se apartara, que se viniera conmigo, que no se quedara allí. Iván no perdió la sonrisa. Me sostuvo la mirada con una calma que me heló y me dijo que para él ya era tarde que yo me cuidara. Lo dijo sin drama, como si lo hubiera aceptado desde antes, como si ese recado fuera lo único que todavía podía hacer por mí.

19:01 Después de eso su figura empezó a apagarse. Simplemente se fue desvaneciendo junto con esa sombra. Tragados por la oscuridad de la huerta, el olor se fue con ellos y el silencio regresó, pero ya no era el mismo. Me quedé temblando con el cigarro casi consumido y el pecho apretado. No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando regresé a la sala, el VELORIO seguía igual, la foto, las flores, la gente medio dormida, yo no dije nada. Me senté y me quedé mirando el piso tratando de entender lo que acababa de pasar. Desde entonces ya no discuto como antes, no porque tenga respuestas, sino porque esa madrugada me dejó claro que hay promesas que si se cumplen, aunque te dejen un miedo que ya no se quita.

20:03 El velorio de mi abuelo, historia de terror basada en la anécdota de Luis Antonio Márquez. Muy buenas noches comunidad. Mi nombre es Luis en el año 2011, cuando tenía 17 años, vivía con mis padres en Córdoba, Veracruz. Desde niño cargué con una ausencia que no sabía nombrar. Nunca me llevaban con mis abuelos. Cada vez que preguntaba mis padres lo reducían a lo mismo, que estaba muy lejos, que el camino estaba feo y era en el campo.

20:45 Con los años entendí que no era el camino lo que habitaban, sino el destino. Mis abuelos casi nunca venían a la ciudad. Cuando aparecían eran en fechas contadas, sobre todo el día de mi cumpleaños. Llegaban con un regalo sencillo, envuelto con cuidado y bastaba con que yo lo tocara para que mi padre me lo quitará de golpe no lo guardaba para después lo apartaba como si le estorbara respirar. Cerca de eso siempre seguía una discusión tensa, contenida y llena de miradas duras. Mi madre se quedaba en medio callada y con una tristeza, mis abuelos. Se marchaban muy pronto.

21:32 Yo me quedaba detrás de la ventana viendo como el carro se perdía, sintiendo que algo en mi familia estaba roto desde antes de que yo naciera. Crecí con una sensación extraña en mi vida. En la escuela escuchaba a mis compañeros hablar de sus abuelos, de comidas de domingo, de ranchos y fiestas. Yo solo tenía recuerdos cortos, visitas que terminaban rápido, regalos que desaparecían en manos de mis padres. A veces intentaba imaginar el rancho donde vivían, pero la imagen siempre se me deshacía. Era como pensar en un lugar que existía fuera del mapa. Todo cambio en Julio del 2011. Esa tarde llegue a casa y vi a mi madre sentada e inmóvil, como si no pudiera levantar la vista.

22:22 Mi padre estaba de pie rígido, con una seriedad falsa. Me dijeron que mi abuelo había fallecido. La noticia me pegó fuerte, pero lo peor vino después, cuando supe que mi abuela llevaba 5 años muerta y que me lo habían ocultado. La rabia me llenó la garganta, quise entender, quise romper algo. O quise salir también corriendo. Nada de eso arreglaba el hueco. Mis padres se aferraron al silencio como si explicar fuera abrir una puerta que no podían volver a cerrar. Esa noche salimos rumbo al rancho sin despedidas.

23:03 El camino se alargó hacia la sierra. Conforme dejábamos Córdoba, la oscuridad se volvía más tensa, pesada. La carretera se fue quedando sola y después llegó a la terracería. La neblina bajaba por los cerros. Y se pegaba el parabrisas como una mano húmeda. Nadie hablaba en el coche, sólo se escuchaba el motor y el sonido de las llantas mordiendo la grava. Llegamos a un poblado pequeño cerca de Huatusco, Veracruz. De ahí tomamos un desvío hacia el monte. El rancho estaba apartado como escondido.

23:44 Antes de ver la Casa, vi una fogata grande en un terreno cercano a su alrededor. Había varias mujeres moviéndose en círculo. No se veía un duelo, se veía un festejo, una reunión fuera de lugar. En una noche de velorio, sus sombras giraban y se estiraban sobre la Tierra. El ruido era raro, una mezcla de cantos bajos y gritos cortos que se apagaban de repente. La casa de mis abuelos era grande y vieja. Olía a madera húmeda, acera y a Tierra mojada adentro. El ambiente se sentía cargado, como si el aire llevara demasiadas horas encerrado. Me condujeron a una habitación donde estaba el ataúd de mi abuelo.

24:34 Había flores, velas y 2 ancianas murmuraban oraciones con una calma que parecía prestada. Yo casi no reconocía a nadie. Había familiares lejanos, vecinos, gente que miraba de reojo. Mis padres se mantenían cerca de la pared, atentos a cualquier movimiento. La noche avanzaba y el murmullo de afuera se colaba por las ventanas como si la fogata respirara. En algún momento entró una mujer distinta, vestida de oscuro. Con el cabello recogido y la mirada dura, se acercó a las ancianas y les exigió que dejaran de rezar.

25:17 Nadie la contradijo. Las ancianas guardaron el Rosario sin protesta. Mis padres no dijeron tampoco nada y el silencio que quedó fue peor que cualquier grito. A partir de ahí sentí que ya no estaba en un velorio normal. Había reglas invisibles. Una autoridad que no venía de la familia ni de la religión. Me quedé observando el ataúd, intentando convencerme de que todo era cansancio, campo, supersticiones. El tiempo siguió corriendo hasta que el reloj marcó alrededor de las 3:00 de la madrugada. La puerta se abrió y entró un grupo de mujeres.

25:58 Todas vestían ropas oscuras. Cada una cargaba un recipiente de barro o metal del que salía un humo espeso. El olor me golpeó como algo agrio y caliente, una mezcla de hierbas quemadas y grasa rancia. Se colocaron alrededor del ataúd y empezaron a caminar en círculo despacio, empujando el humo hacia el cuerpo con movimientos de las manos. No hablaban, sólo hacían su trabajo. El humo llenó la habitación en capas. Me ardían los ojos. Sentía el estómago apretado, como si mi cuerpo quisiera apartarse de ese aire.

26:41 Cuando terminaron se fueron sin mirar a nadie. Apenas pasaron unos segundos y la casa se quedó completamente a oscuras. La luz se fue de golpe en el mismo instante. Afuera se levantó un griterío eufórico, como si celebraran la oscuridad. Ese sonido vino del terreno de la fogata multiplicado por el monte. Mis padres y los demás adultos se levantaron y salieron a buscar lámparas. En esa confusión me dejaron solo en la habitación. Con el ataúd y una sola vela la llama temblaba. El humo que quedó suspendido, empezó a moverse de manera extraña. No era un remolino normal.

27:28 Ante mis ojos, ese humo comenzó a tomar forma, como si algo intentará vestirse con él. En pocos segundos se dibujaron cuatro figuras altas, demasiado altas, con contornos irregulares. Sus rostros no estaban del todo definidos, pero unos ojos amarillos brillaban con fuerza. Dentro de esas formas. No me miraban a mí, veían directo al ataúd. Se acercaban sin caminar, sólo cambiando de lugar como sombras densas. El aire se enfrió, sentía las manos, entumidas la boca se me seco. La vela pareció a achicarse, como si la luz se rindiera. Entonces regresaron mis padres con lámparas. La habitación se iluminó de golpe y las figuras desaparecieron al instante, como si la luz las deshiciera. Yo quería hablar, pero mi garganta no, respondió. Mi madre se acercó al ataúd y se detuvo. Su respiración cambió.

28:34 Luego soltó un grito que me atravesó el cuerpo. El cadáver de mi abuelo ya no era el mismo. Estaba todo seco, encogido, como si lo hubieran vaciado. La piel se veía tirante pegada al hueso. El rostro lo tenía con una rigidez antinatural. No parecía un cuerpo de horas, parecía un cuerpo de años. Nadie tocó el ataúd y ni siquiera quisieron rezar de nuevo. Nos quedamos ahí observando sin saber qué hacer con ese cambio imposible al amanecer, afuera de la fogata ya no sonaba. Cuando salió el sol.

29:15 Las mujeres que habían estado en el terreno ya no estaban. Se fueron sin despedirse, sin regresar. Sin acompañar la sepultura, el rancho se quedó con un silencio ensordecedor. Volvimos a Córdoba el mismo día. El viaje de regreso fue igual de callado. En las semanas siguientes mi padre vendió la propiedad, nadie discutió esa decisión. Con el tiempo llegaron rumores sobre los nuevos habitantes, sobre ruidos en el monte, luces en la madrugada. Sombras alrededor de la casa desde esa noche, cada vez que la luz se va de golpe, aunque sea por una falla común, mi cuerpo recuerda el olor del humo y el brillo de aquellos ojos en la oscuridad.

30:08 En verdad que ese funeral, el funeral del abuelo, fue algo extraño. No sé si ellos eran brujos o algo más. Muchas gracias por escucharme. El velorio de un brujo, historia de terror basada en hechos reales. Mi nombre es Gastón Vilca, esto me sucedió en el año 2018, cuando tenía 23 años y vivía en Tepic, Nayarit. No crecí metido en historias raras ni en cosas del monte. Yo era más de trabajo, rutina, salir con los amigos y volver a casa sin pensar demasiado.

30:58 Lo que sí cargaba desde siempre era una distancia rara. Dentro de la familia había nombres que no se mencionaban. Uno de esos nombres era el de mi tío Eduardo, el hermano mayor de mi padre. Cuando nos avisaron que había muerto sentí una tristeza extraña, no por lo que había vivido con él, sino por lo que no era familia, pero casi no lo conocí de niño, lo vi 2 o 3 veces, siempre de paso siempre y como alguien que llegaba se quedaba un rato y desaparecía del mapa. Mi padre se tensaba cuando aparecía su nombre y mi madre cambiaba el tema.

31:42 Yo crecí pensando que era un pleito viejo de esos que se heredan sin explicación. Antes de salir al velorio, mi padre no habló mucho, sólo dijo que el pueblo donde vivía Eduardo quedaba metido en la Sierra, lejos de la ciudad, y que iríamos y regresaríamos lo antes posible. Mi madre aceptó en silencio. Yo iba en el asiento trasero mirando por la ventana. Con una mezcla de culpa y vacío que da cuando alguien muere y uno siente que no tiene derecho a llorar con fuerza porque no compartió la vida con esa persona. Sabía pocas cosas sueltas que mi tío había vivido sólo muchos años, que su esposa se fue poco después de tener un hijo, que mi primo prácticamente no existía para nosotros ese día. De hecho, ni siquiera se presentó. No hubo llamada ni algún mensaje. Esa ausencia pesaba más que cualquier explicación. El viaje se me hizo pesado.

32:48 La carretera se fue volviendo más angosta. Llegamos al pueblo casi de noche. Era un lugar pequeño y callado, con pocas luces y con el monte pegado en las casas. La casa de mi tío estaba hacia las orillas como apartada. Como si desde siempre hubieran preferido vivir lejos de la gente. Apenas bajamos del carro. Sentí un olor fuerte a Tierra húmeda. La casa era de paredes manchadas por humedad, techo de lámina, ventanas pequeñas. La sala estaba preparada para el velorio, pero no como yo imaginaba. No había vecinos, no había café, no había ese movimiento normal de una despedida.

33:35 Había una frialdad rara, como si el lugar estuviera esperando otra cosa. No recibieron 3 personas que se encargaron de dejar todo listo. El ataúd ha acomodado las velas encendidas, unas flores que se veían recién compradas, 2 sillas y una mesa no parecían familia ni conocidos. Hicieron su trabajo rápido, casi sin vernos. Mi padre les pagó sin discutir. En cuanto guardaron el dinero se fueron. No se quedaron a acompañar ni un rato, como si le surgiera salir de ahí antes de que se hiciera más tarde. Entonces nos quedamos solos.

34:18 Solo mis padres, el féretro con el cuerpo de mi tío Eduardo y yo la casa se sentía grande por lo vacío. Las velas hacían sombras largas en las paredes. Mi madre se sentó cerca del ataúd y juntó las manos moviendo los dedos como si rezara, pero sin voz. Mi padre se quedó de pie, con la espalda recta, mirando más las puertas y ventanas que el féretro. Yo me senté frente al ataúd tratando de sentirme presente, tratando de ordenar mi cabeza. Me pesaba la idea de que alguien se muera y no haya nadie alrededor. Ni amigos, ni vecinos, ni la familia completa, sólo nosotros, que casi no fuimos parte de su vida.

35:05 Pasaban las horas afuera, se escuchaban insectos, hojas, algún animal en el monte. Yo luchaba contra el sueño. Mi padre no se relajaba, cada tanto se acercaba, una ventana, miraba hacia fuera, volvía, no decía nada, pero su cuerpo hablaba por él. A mi madre se le notaba el nerviosismo en la forma en que apretaba los labios, como si aguantara una urgencia de irnos. Cerca de la medianoche, el ambiente cambió de golpe. Primero se apagaron los sonidos normales del monte. Los grillos dejaron de sonar como si alguien hubiera cerrado una llave.

35:50 El aire quedó quieto. El silencio se hizo antinatural. Demasiado limpio y después llegaron ruidos distintos, graznidos y gruñidos mezclados, pero no lejos, sino acercándose rodeando la casa desde varios puntos. Mi padre reaccionó de inmediato. Hizo un gesto para que mi madre se quedara conmigo y se movió rápido. Asegurar las entradas, puso cerrojos, trabó puertas, revisó ventanas. No lo hacía con desesperación, lo hacía con práctica. Eso fue lo que más me asustó, que no era la primera vez que se presentaban.

36:33 Así, los ruidos subieron al techo, se escucharon pasos sobre la lámina, arañazos cortos, aleteos pesados, golpeando el metal. Era como si algo se moviera encima de nosotros y no era un animal pequeño. El sonido se repetía alrededor como un cerco. Me quedé con la garganta seca y en ese momento vi a mi padre sacar un arma de entre las cosas que había debajo del carro. No la levantó para apuntar. La sostuvo baja firme como una última opción. Esa imagen me sacó del cuerpo, era un velorio. Éramos la familia y aún así mi padre había venido armado. Mi madre empezó a temblar, se acercó al ataúd y puso la mano sobre la madera, como si buscara estabilidad. Yo sentí un frío lento en la espalda, como si la casa se hubiera llenado de una presencia que no se veía, pero se sentía. De pronto.

37:41 Los ruidos se detuvieron. El silencio regresó, pero esta vez fue más pesado. En ese silencio tocaron la puerta principal. El golpe fue firme y lento, como si quien estuviera fuera supiera lo que estábamos escuchando. Mi padre se acercó sin encender más luces y abrió apenas lo necesario para hablar. Yo no alcanzaba a escuchar bien las palabras, pero sí el tono. Una voz vieja, áspera, pidiendo pasar. Mi padre se mantenía frío, negándose, como si poner un pie dentro de la casa rompiera una regla. No pude quedarme quieto.

38:23 Me acerqué a una ventana lateral y aparte un poco la cortina. Lo que vi me dejó sin fuerza. A pocos metros, frente a la puerta había una anciana vestida de negro. Su rostro era arrugado, pero sus ojos tenían un intensidad rara. Como si no correspondieran a esa edad. Alrededor de ella había criaturas que no deberían existir juntas. Vi lechuzas enormes con plumas oscuras, cuerpos pesados cuando levantaron la cabeza, vi que no tenían rostro de ave. Tenían rasgos humanos viejos como caras de ancianos sobre plumas.

39:06 No hacían ruido más atrás. Cerca del borde del monte, perros negros grandes, quietos con el lomo alto y las patas firmes. Sus caras también tenían algo humano en la forma de la boca y en la expresión, como si la piel intentara acomodarse a una cara que no era la suya. Tampoco ladraban. Sólo estaban ahí como guardianes o como algún tipo de escolta. Sentí que me iba al suelo, me temblaban las manos. Mi madre me jaló hacia atrás sin decir nada, como si ya supiera lo que vi. Me abrazó fuerte, apretándome contra ella y sólo respiraba rápido, intentando convencerme de que no estaba perdiendo la razón. Mi padre cerró la puerta y aseguró el cerrojo guardó el arma, pero no se sentó.

40:02 Los ruidos del techo se alejaron poco a poco hasta desaparecer. El monte volvió a sonar, pero ya no igual. Era como si todo respirará con cuidado. El resto de la noche pasó lento, no hubo más golpes, tampoco visitas. Nadie volvió a tocar. Aún así, yo ya no podía sentir el velorio como algo normal. Cada sombra me parecía una forma, cada crujido en la madera me hacía apretar los dientes. Cuando amaneció mi padre dijo que terminaríamos lo necesario y nos iríamos. No apareció nadie del pueblo, ni curiosos ni vecinos.

40:44 La casa seguía igual de sola que cuando llegamos en el regreso. Mi padre habló lo mínimo, como si nombrara las cosas, las volviera a llamar. Dijo que mi tío había estado metido en cosas oscuras desde joven. Que la gente del lugar no se acercaba por miedo y por respeto, y que lo que vino en la madrugada no venía a atacarnos, sino a despedirse a su manera. Efectivamente, amigos, mi tío era un brujo. Muchas gracias por escucharme. Estos relatos ocurrieron en velorios en noches donde nadie espera que algo más. Estuviera presente.

41:31 Si el video le gustó, me encantaría que lo comparta con algún amigo o alguna amiga. Si has vivido algo parecido, puedes compartirlo en los comentarios. Gracias por acompañarnos esta noche, se despide su amigo Inframundo y les deseo dulces pesadillas.