Feb. 24, 2026

5 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS POR NUESTROS ABUELOS VOL. 30 │ INFRAMUNDO RELATOS

5 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS POR NUESTROS ABUELOS VOL. 30 │ INFRAMUNDO RELATOS
5 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS POR NUESTROS ABUELOS VOL. 30 │ INFRAMUNDO RELATOS
Inframundo Relatos De Terror
5 HISTORIAS DE TERROR CONTADAS POR NUESTROS ABUELOS VOL. 30 │ INFRAMUNDO RELATOS

Sumérgete en el oscuro legado de nuestros abuelos... relatos que han pasado de generación en generación y que aún hoy siguen helando la sangre.Cinco historias reales de terror que marcaron a nuestras familias y que revelan la conexión entre lo antiguo y lo sobrenatural.👁‍🗨 Prepárate para escuchar los miedos más profundos que vivieron nuestros ancestros...🔔 ¡Suscríbete para más historias como esta!►https://goo.gl/MjkWjb📌 Contenido del video:00:00 INTRO00:42 LA HERENCIA08:45 LA BESTIA14:50 LA NIÑA DEL ARBOL20:45 EL PAÑUELO MALDITO28:43 AGRADECIDO#HistoriasDeTerror #RelatosDeTerror #TerrorMexicano #RelatosParanormales #InframundoRelatoshistorias de terror,relatos de terror,cuentos de terror,leyendas de terror,inframundo relatos,relatos paranormales,historias paranormales,terror mexicano,terror latino,relatos macabros,historias de miedo,relatos de miedo,terror real,relatos contados por abuelos,terror en familia,misterios paranormales

0:09 Los abuelos siempre tuvieron algo que contar, relatos que estremecen, advertencias disfrazadas de historias, recuerdos que siguen vivos en la oscuridad. Hoy escucharás 5 de esos relatos. Anécdotas que tal vez nunca debieron salir a la luz. Te invito a sentarte a ponerte cómodo, apagar la pequeña luz de tu habitación dando un gran sorbo a la taza de café que tienes en mano sin más. Esto es Inframundo, la herencia basado en la anécdota de Mariana Gutiérrez.

1:00 Muy buenas noches, Inframundo y a toda la Comunidad les cuento mi anécdota. Un mes antes de morir, mi abuela Adela me reveló algo que marcó mi vida para siempre. Él lo hizo con una voz serena, como si supiera que ya no tendría oportunidad. Me miró a los ojos y me habló de una herencia. Pero no de dinero ni propiedades. Hablaba de algo que vivía en su sangre y que, sin saberlo, también corría por la mía. Todo comenzó en los años 50, cuando ella era una niña de apenas 7 años. Vivía con su madre en un rancho a las afueras de Tenango del Valle, en el estado de México.

1:48 ¿Nunca conoció a su padre? Su madre trabajaba de sola a sol en el campo. Y ella pasaba los días sola en la casa, acompañada apenas por una muñeca de trapo que siempre traía abrazada. Una madrugada se despertó sobresaltada un chirrido extraño, como el roce del metal oxidado. Llegó desde el fondo del terreno. Caminó en silencio por el pasillo hasta llegar al patio trasero allí. Bajo la tenue luz de la Luna vio la figura de una mujer de espaldas. Pensó que era su madre, se acercó, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, la mujer se giró. Su rostro estaba completamente destrozado, tenía los ojos hundidos, los pómulos desgarrados, la piel cubierta de sangre seca y fresca al mismo tiempo. Su boca estaba abierta, como si hubiera gritado sin que saliera un sonido.

2:58 Mi abuela corrió de regreso a su habitación, despertó a su madre, pero ella no le creyó. La castigó por mentir y por salir de noche. Esa noche, adela durmió llorando con las cobijas hasta la cabeza rezando para no volver a verla jamás. Pero volvió días después, en plena tarde. Mi abuela estaba sola, jugando en la cocina con su muñeca. Escuchó el mismo chirrido, alzó la mirada a través de la ventana, vio a la misma mujer parada en el patio, con la cabeza inclinada y los ojos fijos. En ella, adela quedó paralizada.

3:46 Sintió cómo el miedo le recorría las piernas. Y se orinó encima. La mujer no dijo nada, simplemente giró y se fue caminando hasta desaparecer detrás del aljibe. Cuando su madre regresó, la encontró escondida debajo de la cama, llorando con la ropa mojada. La volvió a castigar de nueva cuenta, pero fue en ese momento que mi abuela comprendió que estaba sola. Nadie la iba a proteger de aquello. Con el paso del tiempo, las apariciones aumentaron. Ya no era solo aquella mujer del rostro destrozado. Empezaron a llegar otras figuras, personas que no hablaban, que aparecían por momentos y desaparecían como si nunca hubieran estado ahí.

4:39 Durante años intentó convencerse de que eran alucinaciones provocadas por la soledad, hasta que. Un día, ya en la adolescencia, vio el rostro de un hombre que acababan de enterrar en el pueblo. Lo conocía, era el señor Benito, un viejo que vivía al fondo del camino y que había muerto hacía 2 noches. Esa noche el se le apareció de pie en la entrada de su habitación, mirándola sin mover los labios, y entonces lo comprendió. No eran fantasmas comunes, eran muertos reales, almas atrapadas. Después de eso, el miedo fue reemplazado por resignación. Aprendió a vivir con ellos, ya no les hablaba, pero tampoco huía.

5:33 Algunas noches se despertaba y los veía parados a los pies de su cama o sentados a la mesa, como si esperaran algo de ella. Con el tiempo entendió lo que querían. No buscaban asustarla, solo necesitaban ser reconocidos, recordados, a veces incluso ayudados a cruzar al otro lado. Así comenzó a rezar por ellos. Cada vez que los veía, les encendía velas, dejaba agua en la mesa, repetía oraciones para que encontraran descanso. No siempre funcionaba, pero al menos le daba paz. Años después se casó, formó su familia y trató de llevar una vida normal, pero nunca dejó de verlos. Aprendió a convivir con ese don, como quien carga una cruz silenciosa.

6:32 Sabía que algún día alguien más en su sangre lo heredaría. Y así fue. Yo soy esa heredera. Desde niña me ocurría lo mismo. Siempre personas que nadie más veía, a veces me despertaba y los encontraba sentados en la sala o caminando por la cocina. Algunos tenían el rostro destrozado, otros eran figuras oscuras, borrosas, pero con ojos brillantes que me atravesaban el alma. Me acostumbré a vivir con ese miedo pensando que estaba loca.

7:13 Nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera mi madre. Guardé todo en silencio, creyendo que si hablaba me encerrarían hasta que mi abuela me contó su historia. Lo hizo sin adornos, sin pausas. Me dijo que a ella le pasó lo mismo que lo había heredado de su abuela y probablemente yo lo heredaría a alguien más. También me habló de la mujer del patio. De las oraciones de los muertos que solo quieren ser escuchados y Por Primera Vez en mi vida sentí alivio. No estaba loca, estaba marcada.

7:56 Después de que murió la abuela. Las apariciones se intensificaron como si su partido hubiese dejado una puerta abierta. Desde entonces los veo más claros y más presentes. Algunos me hablan. Otros solo lloran o miran en pero ya no me da tanto miedo. Sé que están perdidos y ahora sé lo que debo hacer. La herencia que recibí no está escrita en un papel, no se guarda en un banco, vive en mi sangre, en mi mirada y aunque muchos no lo entiendan, es un don que me mantiene despierta cada noche, porque mientras existan almas en pena seguirán buscándome. Y yo estoy aquí para ellas.

8:43 Inframundo, muchas gracias por contar mi historia. La bestia del camino viejo, historia compartida por Elías Vargas Belmonte, buenas noches, Inframundo. Cuando era niño, mi abuelo Elías solía repetir que no todo lo que uno encuentra en el campo está vivo o muerto. Solo. Ahora entiendo lo que quería decir. Esta historia me la contó una sola vez con los ojos llenos de sombra y me la juró como cierta.

9:30 Yo mismo tengo lo que quedó de aquella noche, una camisa manchada, rota, aún con olor a miedo. Corría el año de 1964. Mi abuelo vivía con sus padres en un rancho en las afueras de lagos de Moreno, Jalisco. Asus 16 años ayudaba con las tareas del campo, pero ese día le encargaron algo distinto, su padre había comprado un caballo a un vecino que vivía a unas cuantas leguas por el viejo camino rural. Le pidió que fuera por él antes de que anocheciera montó su yegua y tomó rumbo con calma.

10:14 El cielo aún estaba claro cuando llegó a la mitad del trayecto, cerca de un Arroyo Seco donde solían beber los animales. Fue ahí donde lo vio un niño no mayor de 5 años desnudo sentado sobre la Tierra polvorienta. Jugando con lo que parecía ser un cachorro, sujetándolo de lomo, el abuelo lo saludó al pasar, esperando ver algún adulto cerca. Pero no había nadie. El Niño levantó la vista y lo siguió con la mirada, sin sonreír. Su expresión no era la de un niño.

10:56 Mi abuelo apretó las riendas inquieto al llegar a la finca. El dueño del caballo ya lo esperaba. Se saludaron rápido, ataron el nuevo animal con una cuerda y comenzaron el regreso. El sol ya se escondía detrás de los cerros. Cuando volvió a pasar por el mismo punto, el aire estaba denso. Ambos caballos comenzaron a bufar nerviosos, resoplando y forcejeando. El abuelo miró hacia donde antes había visto al niño ya no estaba. Pero el cachorro yacía sobre las piedras destrozado, con la piel abierta y las costillas expuestas.

11:39 Sintió un escalofrío bajo la vista, sin saber por qué, y ahí lo vio. Bajo el vientre del nuevo caballo, prendido como una garrapata, estaba el mismo niño, sólo que no era un niño. Sus extremidades eran anormalmente largas. Sus manos tenían garras negras y filosas. Una de ellas ya estaba dentro del caballo, hurgando con lentitud entre la carne. Viva el animal renunchaba con dolor, pero no se movía. El abuelo gritó solto la cuerda y clavó los talones en su yegua.

12:20 El animal arrancó con furia, galopando entre la maleza. No había avanzado ni 100 m cuando. Algo lo golpeó en la espalda con fuerza brutal. Sintió como si se le hubiera enterrado un machete. Se sostuvo con dificultad, sin dejar que el miedo lo tirara del caballo. Llegó a su casa huyando de dolor. Su padre corrió a recibirlo. Apenas alcanzó a balbucear unas palabras antes de caer desmayado. Despertó en su cama boca abajo. Su padre le decía que no se moviera.

13:01 Sentía fuego en la espalda. Las heridas eran profundas, como hechas por cuchillos o garras de cuervos. Las garras del niño le habían alcanzado la carne desgarrándola en forma de zarpazos irregulares. Un curandero del pueblo llegó en la madrugada. Lo roció con alcohol. Le aplicó una mezcla que ardía como brasas y rezó en un idioma que no entendía. Dijo que lo que lo atacó no era cosa de este mundo, que no debía volver por ese camino al caer la tarde, que hay cosas en el monte que se alimentan de la carne y otras que prefieren el alma.

13:44 El caballo que dejó atrás fue hallado a la mañana siguiente. Estaba abierto en canal, sin órganos. Lo más extraño es que no había rastro de sangre. El suelo estaba limpio, como si algo se hubiera alimentado con cuidado. Algunos en el pueblo dijeron que fue un Jaguar o un loco del pueblo, pero las heridas en la espalda de mi abuelo no correspondían a ningún animal conocido y El Niño nadie supo jamás de dónde había salido. Mi abuelo jamás volvió a cabalgar. Solo por años. Usó camisas de lino largas para cubrir las cicatrices. En una de ellas, la que llevaba esa noche, aún se notan los surcos de sangre seca y los tajos que nunca se cerraron del todo.

14:41 Cuando murió el abuelo me dejó esa camisa, me pidió que la cuidara. Me dijo que mientras la tenga conmigo. Sabrá que el mal existe y que a veces viene con rostro de inocencia. aún tengo viva a mi abuela dolores, una mujer de rostro sereno pero con una mirada que guarda tormentas hace unos días.

15:23 Mientras regaba sus plantas en la casa de Tepatitlán, me contó algo que, según ella, nunca había dicho a nadie más. Lo hizo con voz pausada, como si al recordar aquella escena se le secara la boca por dentro. Yo la escuché con atención y ahora me atrevo a narrarla con su permiso. Todo ocurrió en el verano de 1964. Cuando tenía apenas 6 años y en ese entonces vivía con sus padres en una casa de campo en las afueras del municipio, no tenía hermanos, así que se entretenía sola con los animales, las flores silvestres y los árboles frutales que crecían desordenados por el amplio terreno que rodeaba la casa. Entre esos árboles había una higuera vieja gruesa. Más alta que cualquier otro árbol del patio. Siempre le había dado miedo, pero no sabía por qué. Ese viernes por la tarde sus padres dormían la siesta y ella salió a jugar bajo el sol.

16:36 Abrazadora la Tierra, despedía un calor seco que olía a campo recién trabajado. Jugaba con unas piedras cuando comenzaron a caer hojas desde las ramas altas de la higuera. Al levantar la vista vio un gato gris, Delgado, trepado justo donde comenzaban las ramas gruesas. Nunca antes lo había visto y sin pensar mucho, corrió hacia el tronco. Trepar no le costó su cuerpo. Pequeño y ágil, se aferraba con fuerza al tronco rugoso, cada rama que dejaba atrás. La acercaba más al animal, sin embargo, al llegar a la altura donde estaba el gato, algo cambió, ya no estaba ahí. En su lugar vio sentada a una niña de su misma edad, la ropa sucia, el rostro pálido y una expresión que no pertenecía a una niña de 6 años.

17:39 Era como si llevara siglos mirando todo desde lo alto. Mi abuela no podía moverse, estaba paralizada por el terror. Aquella niña le extendió la mano y se acercó lentamente sobre la misma rama. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, le tomó la mano y comenzó a apretarla con uñas que no parecían de carne, sino de madera. Astillada un dolor agudo subió por su brazo. Y en ese momento gritó queriendo zafarse. Pero perdió el equilibrio. La caída no fue libre.

18:22 Sintió como su cabeza era calada hacia arriba. No entendía nada hasta que se dio cuenta de que la niña la sostenía del cabello no con las manos, sino como si sus dedos se hubieran enredado entre cada hebra. Estaba colgando, balanceándose como un péndulo humano sin poder gritar por el peso en el cuero cabelludo. Escuchaba risas, una carcajada hueca que no salía de la garganta de una niña, sino de algo más profundo, algo que había habitado ese árbol por mucho antes que su familia.

19:06 Sus brazos colgaban sin fuerza. Su cuello le dolía. Sus ojos no podían dejar de ver los ojos de aquella niña, vacíos, opacos pero vivos. De pronto, la risa se detuvo. La criatura comenzó a balancearse de un lado a otro, como si quisiera arrancarle el cuero cabelludo de un solo tirón. Fue ahí cuando los gritos de mi abuela llegaron hasta la casa. Sus padres salieron corriendo. La encontraron colgando de los cabellos, los pies golpeando en el aire, como si alguien invisible la sacudiera.

19:47 Subieron al árbol entre gritos y confusión. Cuando por fin la bajaron, notaron que su cabello estaba enredado entre 2 ramas. La madre lloraba, el padre maldecía a la higuera, pero ninguno le creyó lo que ella decía entre sollozos. Dijeron que era un accidente que la niña había imaginado todo. Los días siguientes fueron un infierno. Dolores se orinaba en la cama. No quería salir al patio. Cada vez que alguien mencionaba la higuera, se tapaba los oídos. Su madre la llevó con una curandera en una de las rancherías cercanas.

20:32 La mujer no hizo preguntas. Solo frotó la frente con una cruz de hierbas y le dijo que la higuera tenía algo dentro, algo viejo, algo que se alimentaba del miedo. Pasaron los años y la vida siguió en curso, pero dolores nunca olvidó esa cara ni esos ojos que parecían pedazos de noche pegados a una cara sin alma. Cuando cumplió 35 años y sus padres ya habían muerto, lo primero que hizo fue mandar talar la higuera. No permitió que nadie usara la madera ni para leña ni para muebles. Pagó para que quemaran hasta la raíz. Hoy esa parte del terreno es solo Tierra seca. Ni las malas hierbas crecen ahí.

21:26 Y aunque todos en la familia piensan que fue exagerada. Yo sé que hizo lo correcto. Mi abuela no volvió a hablar del tema, pero guarda un mechón de cabello que se desprendió en aquella tarde. Lo tiene en un pañuelo viejo dentro de una caja de madera, como recuerdo de lo que habita en los árboles que han estado demasiado tiempo de pie. El pañuelo maldito, experiencia de tadeo ríos, muy buenas noches, comunidad. Tenía 9 años cuando todo ocurrió, vivía con mis padres en un barrio tranquilo a las afueras de León, Guanajuato. A esa edad lo único que me importaba era salir de la escuela y quedarme a jugar con mis amigos en el campo baldío que estaba junto a las canchas.

22:28 Esa tarde me estuve más de la cuenta. Cuando el sol ya iba bajando, me di cuenta de que estaba solo. Mis amigos se habían ido sin avisarme y comencé a correr rumbo a mi casa. Cruzando el baldío. Sentí que algo me trabó el pie me fui de bruces contra la Tierra Seca. El golpe fue tan fuerte que me quedé tirado por varios segundos. Cuando intenté levantarme me ardía la rodilla derecha. Estaba pelada y sangrando. Empecé a llorar por el dolor y también por miedo a que mi mamá me regañara por llegar tarde.

23:08 Apenas podía caminar. Fue entonces cuando escuché una voz que me preguntó si me encontraba bien. Era una señora, la reconocía al instante, viví a una cuadra de mi casa, era una viejita bajita, siempre vestida con rebozo negro. Los niños la respetábamos porque tenía fama de resandera y porque nos regalaba dulces. Cuando pasábamos frente a su casa se me acercó despacio y me ayudó a sacudir el polvo del uniforme. Me acarició la cabeza como si me conociera de toda la vida.

23:49 Luego sacó un pequeño pañuelo blanco bordado con flores azules y me lo entregó. Me dijo que me lo llevara, que era para limpiarme la sangre y que ya no llorara. Le di las gracias y la VI alejarse hacia el camino de Tierra que cruzaba hacia el panteón viejo. Llegué a casa llorando. A pesar de eso, mi madre no me gritó. ¿Se preocupó más por la herida? Pronto todo cambió. Cuando le conté lo del pañuelo, se le borró el color del rostro. Me quitó el pañuelo de la mano y lo llevó al fondo del patio. Lo roció con gasolina y le prendió fuego. Yo no entendía nada, le pregunté si había hecho algo malo, pero no me respondió, esa noche no dormí bien. Soñé con la señora, la veía parada fuera de mi casa, con los brazos estirados y la cara gris.

24:51 Al día siguiente comenzaron cosas raras en la casa. Las luces parpadeaban sin explicación. Se escuchaban pasos en la cocina, aunque no había nadie a veces. Al asomarme al patio veíamos sombras moverse detrás del tanque de gas. Los perros del vecino aulleaban sin parar cada que oscurecía una tarde apareció un gato muerto en la entrada. Luego fue una gallina decapitada. Mis padres intentaban mantenerse calmados, pero el ambiente era cada vez más pesado. A los 3 días mi pierna dejó de responder, ya no podía moverla, el dolor era constante y no había forma de calmarlo. Los médicos decían que no encontraba nada anormal. Me mandaron a reposar pomadas, sueros, pero no mejoraba. Cada día perdía más fuerzas.

25:51 Mi madre lloraba en silencio, mi padre maldecía cada que los focos se apagaban solos. Yo empecé a sentir que me moría lentamente. Pase de cojear a no poder sentarme solo. Luego ya no podía levantarme de la cama para cuando se cumplió un mes, mi cuerpo de la cintura para abajo estaba paralizado. Visitamos curanderos del pueblo, nadie pudo hacer nada. Una mujer me frotó con huevo y lo quebró en el vaso. El líquido se volvió negro. Otra me pasó un ramo de ruda por todo el cuerpo mientras murmuraba oraciones. Todos coincidían con una cosa, alguien me había hecho daño. Fue un primo de mi mamá quien habló con un brujo que vivía en las faldas del cerro del Cubilete. Un hombre que según decía.

26:48 ¿Podía quitar maldiciones? Mis padres me llevaron en brazos hasta su casa. Era de madera, sin lujos, pero con un aroma fuerte a incienso y copal. El hombre me miró sin tocarme, dijo que yo no estaba enfermo, que me habían atrapado con un objeto, le contaron del pañuelo. Él solo asintió con la cabeza y nos dijo que tendría que trabajar varios días para sacarme aquello. Durante una semana entera, el brujo fue a mi casa. Cada tarde me hacía limpias con ramas de pirul, pasaba fuego por encima de mi cuerpo y recitaba oraciones en voz baja.

27:31 El último día enterró algo en el baldío donde me caí. No nos dijo que era solo, pidió que no regresáramos por ahí. Empecé a mejorar a la segunda semana. Primero pude mover los dedos. Luego levantar un poco las piernas al mes ya caminaba de nuevo. No volví a jugar en ese baldío. Nadie volvió a mencionarlo. Años después, ya siendo adulto, me enteré por una vecina que la señora que me había dado el pañuelo había muerto una semana antes del día en que me lo entregó. Las veladoras de su casa y su cuerpo fueron enterrados en el panteón viejo. Justo donde la vi caminar aquella noche. Hoy tengo más de 60 años y aún me duele la rodilla cuando llueve.

28:23 Cada vez que paso por el camino de Tierra que lleva el panteón, no puedo evitar mirar hacia el monte. A veces creo ver su figura en el atardecer, con el rebozo negro ondeando entre los árboles. Nunca más volví a aceptar algo de alguien que no sé si pertenece a este mundo. Muchas gracias por escucharme agradecido. Relato basado en la anécdota de Ezequiel Villegas.

29:04 Buenas noches, Inframundo. De niño solía sentarme a los pies de mis abuelos cada vez que se amaban las reuniones familiares. Mi abuela cocinaba mientras mi abuelo contaba historias que por más que pasaran los años, me seguían helando la sangre. Entre todas estas historias había una que no dejaba de repetirse en mi cabeza. Cada noche la contaba en voz baja, como si al mencionarla demasiado fuerte. Pudiera despertar algo dormido. Siempre supe que era real porque nunca le contaba con tono de burla o como una leyenda. Lo hacía con una seriedad que calaba hasta en los huesos. Corría el año de 1977.

29:53 Mis abuelos, aún jóvenes, acababan de casarse. Vivían en la ciudad de Puebla, cerca del barrio de los fuertes. Aquella noche de sábado habían asistido a una fiesta. Era ya pasada la medianoche cuando decidieron regresar caminando a casa. Como era costumbre en aquellos tiempos, no se pensaba en peligros como hoy. El silencio de la madrugada apenas era interrumpido por el crujido de los pasos sobre el empedrado. Para volver debían cruzar un viejo puente que dividía la zona residencial de la parte antigua del barrio.

30:33 Era un paso obligado. Colgado y largo por donde el río Atoyac fluía turbio y constante, estaban por llegar al puente cuando notaron algo extraño. Una figura solitaria caminaba justo en el centro encorvada, arrastrando lo que parecía ser un bulto pesado sobre los hombros. Mis abuelos se detuvieron. La figura se detuvo también sin decir nada. Como si supiera que lo observaban, el hombre se dirigió al borde del puente y dejó caer el bulto al río. El sonido del impacto con el agua retumbó en el aire espeso de aquella madrugada.

31:20 Luego el sujeto salió corriendo y desapareció entre las calles oscuras. Mis abuelos quedaron paralizados. No necesitaban ver más. Lo que acababan de presenciar no era una escena común. No había duda de que habían sido testigos de algo terrible. Sin perder tiempo, se dirigieron a la comisaría, que estaba cerca del centro. Allí, entre nervios y temblores, narraron lo que habían visto, les tomaron los datos y les pidieron que al día siguiente acudieran para una declaración más formal. Regresaron a casa con el alma encogida. Apenas pudieron dormir.

32:05 A eso del mediodía del domingo tocaron la puerta, era un grupo de policías. Les informaron que ya habían recuperado el cuerpo del río. Se trataba de un joven sin identificar, aproximadamente de su misma edad, que presentaba signos de violencia. Les agradecieron por el aviso y les reiteraron la invitación para que por la tarde acudieran a formalizar su testimonio. A pesar del horror de la noticia, mis abuelos sintieron alivio al saber que se tomaría acción. Pensaban que ya nada peor podía ocurrir, pero estaban equivocados.

32:49 Poco después de que los oficiales se marcharon, el timbre volvió a sonar. Era un muchacho joven, Delgado, vestido de manera humilde. Tenía la piel pálida y los ojos hundidos, pero en su rostro había una extraña paz. Apenas vio a mis abuelos, se puso a darle las gracias y les dijo que lo que habían hecho permitiría que se hiciera justicia, que gracias a ellos su caso no quedaría impune. Mis abuelos no supieron que responder, no lo conocían. Nunca lo habían visto. Pensaron que tal vez se trataba de un pariente del joven sin vida.

33:30 El muchacho repitió varias veces. Un hombre dijo llamarse Rogelio Velázquez. Después de agradecerles una última vez, dio media vuelta y se fue caminando por la calle, perdiéndose entre las casas del barrio. Mis abuelos se quedaron parados en la puerta. Intentando entender lo que acababa de suceder, la tranquilidad del joven contrastaba con el caos emocional que ellos cargaban. No era lógico, pero trataron de convencerse de que era alguien que simplemente buscaba consuelo en medio del dolor.

34:13 Por la tarde acudieron a la comandancia los oficiales. Les pidieron que. Relatara nuevamente lo que vieron, ellos aprovecharon para comentar que ya había ido a verlos. Un familiar del fallecido dijeron que se llamaba Rogelio Velázquez. Los policías sunciaron el seño. Se miraron entre ellos como si acabaran de escuchar una blasfemia. Les preguntaron si podían identificar al sospechoso y al supuesto familiar del difunto entre un conjunto de fotografías. Mis abuelos aceptaron. Colocaron varias imágenes sobre la mesa, 1 * 1 fueron descartándolas hasta que señalaron 2.

34:57 Una era del hombre al que vieron lanzar el cuerpo al río era el asesino, el otro era del joven que había ido a su casa a darle las gracias, el mismo rostro, la misma expresión tranquila, los mismos ojos hasta la misma ropa. El silencio en la sala fue absoluta. Los oficiales no sabían cómo reaccionar. Finalmente, uno de ellos les dijo que no podía ser, que rogelio velázquez era el nombre del difunto, que el cuerpo encontrado esa madrugada era el de ese joven que no tenía familiares cercanos, que lo habían identificado por una credencial de trabajo que llevaba en un bolsillo. Mis abuelos salieron de ahí sin comprender nada. La escena del puente, la visita del muchacho. Todo cobraba otro sentido.

35:55 El joven no fue a darle las gracias como un familiar. Fue el mismo el espíritu del asesinado, agradecido por no haber quedado en el olvido, agradecido porque su muerte no fue en vano. Desde ese día nunca volvieron a cruzar el puente. Y cuando contaban la historia siempre lo hacían con una mezcla de temor y respeto, porque a veces la justicia viene desde donde menos lo esperamos y otras veces desde el más allá. Querida Comunidad, espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos.

37:03 Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega, esto fue Inframundo, relatos.