Jan. 10, 2026

4 ATERRADORAS HISTORIAS DE GUARDIAS Y VELADORES - INFRAMUNDO RELATOS

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Inframundo Relatos De Terror
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🎙️ Relatos de Terror Reales por Inframundo Relatos

Historias mexicanas de apariciones, carreteras, brujas, traileros y sucesos paranormales basados en testimonios reales.

Este episodio es una recopilación profunda y oscura narrada con estilo cinematográfico y ambientación realista, diseñada para provocar tensión, miedo y ansiedad nocturna. Prepárate para vivir experiencias que marcaron para siempre a quienes las enfrentaron.

🎧 Usa audífonos para una experiencia inmersiva.

Si tienes una historia real y deseas que aparezca en un episodio, envíala a: ⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠inframundorelatos@gmail.com⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠

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🔎 Temas de este episodio

  • Historias paranormales reales

  • Relatos de terror en México

  • Relatos de carretera

  • Relatos de traileros

  • Brujas reales en México

  • Terror narrado en primera persona

  • Relatos para no dormir

  • Misterio y sucesos inexplicables

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0:17 Mi nombre es Leandro Ruiz Velasco, soy originario de Aguascalientes, aunque esta historia ocurrió durante una temporada en que trabajé como guardia nocturno en la ciudad de Zacatecas. Fue entre los años 2016 y 2018. Cuando acepté un empleo temporal en la Universidad Autónoma de Zacatecas, en uno de sus campus más antiguos, ubicado cerca del centro histórico, siempre me gustó la tranquilidad de trabajar de noche, las instalaciones solas, el silencio, la sensación de tener todo bajo control, pero en aquel edificio antiguo, esa tranquilidad pronto se convirtió. En una sombra pesada, una presencia que me robó el sueño y casi la vida.

1:14 Mi jornada comenzaba a las 10:00 de la noche y terminaba a las 7:00 de la mañana. Cada noche. Al llegar, un conserje de edad avanzada me entregaba las llaves con una sonrisa discreta y un par de frases amables. Después se marchaba. Y me dejaba a cargo del complejo un edificio de 2 plantas con pasillos largos, escaleras de madera crujiente y salones que llevaban décadas en uso. Mi única instrucción era simple pero precisa, hacer rondas regulares y mantener especial vigilancia sobre el sector de ciencias forenses, en especial un aula cerrada, el aula 13.

2:02 Desde la primera noche note que algo no estaba bien con ese lugar. El aula tenía ventanales amplios que daban hacia un pequeño jardín interior. Cada vez que pasaba cerca. Sentía como si algo me observara desde dentro. Al principio pensé que era el reflejo de las luces o mi imaginación cansada, pero todo cambió en la tercera noche. Eran cerca de la 1:00 de la madrugada cuando vi Por Primera Vez aquella figura. Era un hombre Alto, Delgado, con un traje gris claro, cabello blanco muy corto y una expresión neutral.

2:47 Estaba de pie, inmóvil, observándome desde el interior del aula 13. Me acerqué con la linterna, pero al enfocarlo desapareció. Pensé que tal vez era una ilusión provocada por la falta de sueño. Apagué la linterna y ahí estaba otra vez. Esta vez me armé de valor y me acerqué. La silueta no se movía, solo me observaba cuando llegué a la puerta del aula, que debía estar cerrada con candado. No había nadie. Mire por el cristal, el salón estaba completamente vacío. Regresé a mi ronda, pero no pasó mucho para que lo volviera a ver.

3:30 Ahora, del lado exterior, frente a la misma puerta, caminaba lentamente como flotando. Corría hacia él y justo cuando iba a alcanzarlo, atravesó la pared y se desvaneció. Sentí un frío interno que me dejó sin aliento. Fue la primera vez que creí estar perdiendo la razón. A la mañana siguiente, cuando llegó el conserje, le conté lo sucedido. Sólo me miró y dijo. Mientras no, entre contigo no hay peligro. Pensé que bromeaba hasta que me explicó la historia del aula 13.

4:11 Resulta que durante años esa aula fue utilizada por la Facultad de Medicina para prácticas de anatomía con restos reales. Uno de los esqueletos que albergaban había sido donado por una familia que al parecer. Ocultó detalles turbios sobre la muerte de aquel hombre. Nunca se supo bien cómo murió, pero desde que sus restos llegaron comenzaron los reportes extraños, voces, sombras, figuras. Cruzando pasillos vacíos. El aula fue cerrada, pero los huesos seguían ahí, almacenados en un armario bajo llave, esperando ser trasladados a otro campus. Según el conserje, varias personas afirmaban haber visto al dueño de esos huesos vagando de noche por los pasillos. Las noches siguientes se volvieron cada vez más pesadas. Él aparecía con más frecuencia, a veces observándome desde la biblioteca, otras parado junto a la garita o incluso caminando detrás de mí.

5:22 Yo me encerraba a rezar, esperando que se esfumara con el amanecer. Pero una noche, ya casi al final del turno, algo cambió. Estaba en la garita, con los ojos cerrados, tratando de mantener la calma. Cuando sentí un cambio de temperatura era como si alguien hubiera abierto un congelador justo detrás de mí. Me di vuelta y lo vi. Estaba dentro de la garita, frente a mí. Su rostro no era como antes, tenía la piel arrancada, los ojos saltones, una expresión de odio indescriptible. Su cuerpo parecía descomponerse, pero aún se sostenía en pie. Avanzó hacia mí y sentí como todo se nublaba. Caía al suelo sin poder respirar. Con el corazón latiendo de forma caótica, sólo recuerdo sus ojos. Y una sonrisa que no era humana.

6:24 Perdí la conciencia. Cuando desperté, estaba en la enfermería de la universidad, me dijeron que el conserje me encontró desmayado y llamó a emergencias. Nadie entendía qué me había pasado. Los médicos hablaron de un colapso por estrés. Yo sé que fue otra cosa. Renuncié esa misma semana, desde entonces tengo problemas cardíacos. Y evito hablar de lo ocurrido, pero hay algo que nunca podré olvidar. Antes de irme, el conserje me dio un dato curioso, la caja con los restos de aquel hombre fué trasladada a otra sede. Pero aún hay reportes de apariciones en el aula 13. Y lo más aterrador, la Cámara de Seguridad que apunta a la puerta captó algo antes de mi desmayo.

7:16 Una figura blanca entrando a la garita sin abrir la puerta. Me llamo Tomás Villeda y aunque nací en Durango, hace algunos años viví y trabajé en baja California, concretamente en un centro de convenciones en Ensenada, era guardia de seguridad en el turno nocturno. Lo que voy a contarles ocurrió hace 5 años, nunca he podido olvidarlo y aunque trato de explicarlo con lógica, algo en mí me dice que ese hombre no se fue del todo. Yo tenía 22 años y compartía el turno con Elías contreras, un viejo de 64, bromista empedernido, de esos que hasta en la peor situación tenían un chiste listo. Llevaba más de 3 décadas en el oficio y era una leyenda dentro de la empresa.

8:20 Ya estaba cerca del retiro, pero no quería dejar de trabajar. Decía que si se iba a morir, al menos que lo sorprendiera. Patrullando. No ha costado. Trabajábamos de 8 de la noche a 6 de la mañana. Uno patrullaba mientras el otro monitoreaba las cámaras, luego alternábamos. Era rutina. Elías tenía esa costumbre molesta de hablarme todo el tiempo por el radio, contándome historias viejas, metiéndose conmigo o narrándome lo hermosa que era su nieta. Y como yo no le llegaba ni a los talones, le encantaba fastidiarme con eso. Esa noche en particular no fue distinta. Cerca de las 5:00 de la mañana era mi turno de hacer rondines. Él estaba en la sala de monitores. Me hablaba como siempre, riéndose, lanzando sus bromas y recordándome que jamás tendría una nieta tan bonita como la suya.

9:25 Yo le seguía El juego, aunque ya me tenía harto. De repente se quedó en silencio. Lo llamé varias veces, nada. Sentí un nudo en el estómago. Pensé que le había pasado algo. Entonces volvió a hablar, pero su tono había cambiado. Ya no era burlón, estaba asustado. Me dijo que había alguien caminando justo detrás de mí. Me giré de inmediato, no vi nada, escaneé cada rincón con la linterna, el corredor estaba completamente vacío. Él insistía que lo veía desde las cámaras, que era un hombre alto, con ropa oscura, que caminaba directamente hacia mí.

10:11 Juraba que lo tenía a escasos metros. En ese instante sentí un aire frío y seco. Rosarme el cuello, no dude, corrí, crucé el salón principal y tomé las escaleras porque no me atrevía a esperar el elevador. Elías gritaba por el radio que el tipo me seguía, que no me detuviera, que subiera al cuarto de cámaras. La carrera fue un infierno. El edificio parecía alargarse con cada escalón. Me tropecé, me raspe Las Palmas al caer, pero me levanté enseguida. El miedo no me dejaba pensar. Sentía como si algo invisible respirara justo detrás de mí cuando estaba a punto de llegar al piso donde él estaba.

11:01 De pronto, la radio estalló con una carcajada, la risa de Elías. Había sido una broma. Detuve la carrera. Me apoyé en la baranda, jadeando entre furia y alivio. Le grité improperios por el radio. Le dije que era un viejo desgraciado, que esa vez sí había pasado. Él solo se reía. Fue su última risa. Cuando llegué al cuarto de monitores lo encontré en el suelo, boca arriba, con los ojos abiertos y el rostro congelado en una expresión de tranquilidad. Estaba muerto. Los paramédicos dijeron que fue un infarto fulminante.

11:42 Murió de un paro cardiorrespiratorio, según el informe, falleció unos minutos antes de que yo llegara, pero había estado hablando conmigo. Me había gritado, me había hecho correr, me había hecho reír y enfurecer. Después de muerto no entendíamos nada. Hasta que revisamos los vídeos de esa noche, las cámaras mostraban algo imposible en la grabación. Cuando él me decía por radio que alguien me seguía. No era una broma. Si había una figura detrás de mí. Pero era él, Elías, caminando por los pasillos del edificio, Siguiéndome, con esa sonrisa juguetona que solía tener. En varias cámaras se le ve acercándose como si flotara más que caminar.

12:36 En una de ellas, justo cuando yo salgo corriendo, el aparece frente a la Cámara, aunque según los registros ya estaba muerto en ese momento frente a las pantallas. Las grabaciones fueron eliminadas por decisión del jefe de seguridad. Dijo que era por respeto a Elías, pero. Yo sé que fue porque lo que se grabó no puede explicarse porque sabían que no era una broma. Nunca volví a patrullar. Solo a veces cuando paso por el centro de convenciones. Siento que me observan desde las cámaras, como si alguien, desde la sala de monitores, siguiera haciendo su trabajo. Elías fue un bromista hasta el final y también después. Mi nombre es Emiliano Acevedo Rivas, soy originario de michoacán y lo que voy a contarles ocurrió en el año 2009, cuando trabajé como guardia de seguridad nocturno en un museo ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. En ese entonces tenía 33 años y como muchos, creía que los fantasmas eran parte de los libros o de las películas. Pero todo cambió en sólo 3 noches. El Museo estaba construido en

14:09 una casona colonial restaurada, muros gruesos de cantera rosa, vitrales oscuros y un patio central que por las noches parecía respirar por sí solo. Era una zona tranquila. Lejos del bullicio y yo, solía pasar las primeras horas de mi turno platicando con algunos vecinos que caminaban con sus perros o salían del trabajo. Una tarde, justo antes de entrar a cubrir mi turno, la vi era una mujer joven, de no más de 30 años. Cruzando la acera frente al Museo. Llevaba en brazos a un bebé que no dejaba de llorar. Su rostro estaba manchado de maquillaje corrido. Parecía desesperada.

14:56 Me acerqué y le ofrecí ayuda, pero no me respondió. Sólo después de unos segundos me miró y me pidió casi en susurros que sostuviera el bebé. Mientras hacía una llamada, tomé al pequeño en brazos. Su llanto cesó al instante. Me miró con unos ojos profundamente tristes a pesar del momento. Sentí una conexión extraña con él, como si nos conociéramos de antes. Cuando ella regresó, me agradeció con un gesto y se marchó apresurada. Sin decir más. Me quedé mirando su figura, alejarse hasta perderse en la esquina. Esa misma noche comenzó todo.

15:40 Mi turno era de 8 de la noche a 6 de la mañana. Los guías salían a las 8:30 y yo quedaba completamente solo en el recinto. Sólo una lámpara antigua permanecía encendida en la entrada. Para el resto del edificio usaba una linterna a eso de las 10:00 de la noche, mientras revisaba la sala de Exposiciones Virreinales, escuché un sonido que heló mi sangre. Un bebé, llorando, me detuve aguce. El oído volvió a sonar. Era claro, cercano. Pero cada vez que intentaba seguir el sonido se desplazaba.

16:23 A veces parecía venir del segundo piso, otras del fondo del archivo. Camine por todo el Museo tratando de localizarlo, pero nunca llegaba a él. A las 6:00 de la mañana, cuando llegó mi relevo, me fui sin decir palabra. La noche siguiente el llanto regresó. Esta vez no sólo era un llanto, había lamentos. Como si el bebé gritara de dolor, era imposible ignorarlo. Me destrozaba los nervios. En un momento, colapsé y grité al aire que por favor se detuviera. Y lo hizo. Un silencio absoluto. Me rodeó tan espeso que podía oír mis propios latidos. Lo que vino después me cambió para siempre. La tercera noche.

17:12 El llanto fue lo de menos. Eran casi las 3:00 de la mañana cuando al cruzar el salón de esculturas prehispánicas, los vi primero el llanto, luego una figura. En el extremo del pasillo, una mujer avanzaba lentamente el cabello enmarañado, los brazos extendidos, cargando algo su rostro, su rostro era un mapa de podredumbre, una máscara de piel desgarrada, los labios rotos. Los ojos vidriosos e inyectados. La reconocida inmediato era ella, la mujer que días antes me pidió cargar a su hijo. Y lo más espeluznante, el bebé que traía en brazos. Estaba perfectamente sano.

18:00 Llorando, sí, pero completo, sin un rasguño. Fue entonces cuando entendí, ella había muerto esa misma tarde y había venido a buscarme cuando llegó mi compañero. Le conté todo, pensó que deliraba hasta que le describí con exactitud el rostro de la mujer. Me miró pálido y me dijo que esa descripción coincidía con la de una vecina que vivía a 2 calles del Museo, Una madre soltera que, según rumores, no se había visto desde hacía días. Fuimos juntos hasta la casa. Nadie respondía. Llamamos a la policía. Mintiendo, que éramos familiares, preocupados, entraron con orden, encontraron el cuerpo de la mujer al pie de la escalera, desnucada ya en avanzado estado de descomposición, en una habitación al fondo, dentro de un closet y cubierto con mantas.

19:01 Estaba el bebé, vivo, pero deshidratado y débil. La autopsia indicó que la mujer había muerto 3 días antes. Exactamente el día que me pidió que cargara al bebé frente al Museo Intenté adoptarlo. Hubo trámites, pero familiares lejanos se lo llevaron al Norte. Desde entonces no supe más. A veces me pregunto si aquel niño, ya con 15 años, sabrá que durante 3 noches su alma lloró por ayuda y que su madre atrapada entre el amor y el horror. Cruzó la muerte para que alguien la escuchara.

19:44 No volví a trabajar en ese museo, pero todas las noches cuando cruzo el centro histórico bajo la mirada, así paso frente a la vieja casona, porque juro que en ciertos reflejos del ventanal aún la veo sosteniendo al niño, buscando a alguien más que le ayude. Me llamo Rodrigo Ledesma Cuéllar, soy originario de Toluca, Estado de México, actualmente tengo 38 años y aunque he trabajado en muchas cosas a lo largo de mi vida, hubo un empleo que partió mi existencia en 2 ser guardia de seguridad en el antiguo hospital General San Lorenzo. Un lugar que ya no existe y que más que demolerlo fue borrado. Fue en 2012.

20:45 Cuando entré a cubrir una vacante nocturna temporal. Mi jefe me dijo que sería por una semana en un pabellón cerrado del hospital, en lo que retiraban equipo médico antiguo y aseguraban los accesos. Sonaba fácil llegar a las 9:00 de la noche, patrullar cada tanto. Y aguantar el turno hasta las 6:00 de la mañana. El pabellón que debía vigilar era el más alejado del complejo, una estructura vieja, sin pacientes ni personal clínico. La zona había sido usada décadas atrás como área de infecciones respiratorias graves. Estaba clausurada desde hacía años, pero lo más extraño no fue la soledad del lugar.

21:34 Sino la presencia de una habitación sin número, una puerta de acero oxidado al final del corredor completamente cerrada. Nadie me dijo nada sobre ella, pero algo en mi instinto me pedían no acercarme. La primera noche fue tranquila. Camine, revisé, tomé café y escribí un par de mensajes. Pero a eso de las 3:30 de la mañana, mientras me encontraba en una silla junto a la entrada, un leve crujido, me alerto. Venía del fondo del pasillo, apagué la lámpara y escuché de nuevo otro sonido, esta vez como si arrastraran algo pesado por el piso.

22:19 Me levanté y caminé con la linterna encendida, pero al llegar al final del pasillo todo parecía en orden. Salvo por un detalle, la puerta sin número ahora estaba entreabierta. Me acerqué con cautela, como si algo invisible me sujetara de los pies adentro, apenas iluminado por el reflejo de la linterna, había un espacio vacío y una estructura metálica en el centro. Era una vieja camilla quirúrgica oxidada, cubierta de manchas oscuras. Pero lo que me heló la sangre fue lo que había encima. O una figura humana, o eso parecía. Era un cuerpo delgado, casi en los huesos, cubierto por vendas. Ennegrecidas.

23:09 No se movía, no respiraba, pero no estaba allí. Cuando patrulle Por Primera Vez, lo sé, porque esa sala estaba vacía. Sin embargo, ahí estaba ahora, como si alguien. O algo lo hubiese traído de otro sitio. Retrocedí lentamente, cerrando la puerta de nuevo. Esa noche no volví a acercarme. La segunda noche fue peor. A la misma hora, un olor a quemado comenzó a invadir el pasillo. Pensé que algo eléctrico estaba fallando. Seguí el aroma hasta la sala sin número. Estaba abierta de nuevo y esta vez.

23:50 Del interior salía humo, no era fuego, sino vapor denso. Al entrar el cuerpo de la camilla ya no estaba cubierto de vendas. Ahora era carne carbonizada, pero fresca, como si alguien la hubiese sacado del horno. Hace segundos, las paredes rezumaban una sustancia negra espesa y lo que era aún más inexplicable, en el fondo, donde antes no había nada. Apareció un horno crematorio antiguo empotrado en la pared, como si hubiese estado allí. Siempre me acerqué al vidrio que cubría su frente. Adentro las llamas ardían y entre ellas se retorcía una figura humanoide. Tenía rostro, tenía ojos y me miraba. Sus labios se abrieron como si gritara, pero no se oía nada. Sólo el crepitar del fuego cuando su mano, completamente derretida, tocó el cristal desde adentro, su carne se despegó y quedó adherida al vidrio.

24:58 Di un paso atrás y el horno se apagó de golpe. Todo quedó en penumbras. Corrí, salí del hospital y me refugié en el casetón exterior, temblando como nunca en mi vida. Esa noche no regresé al pabellón. Al día siguiente le conté todo a mi jefe. No se burló, sólo me miró serio, como si ya hubiese escuchado algo similar. Me confesó que ese pabellón había sido clausurado tras una serie de muertes inexplicables durante la pandemia de influenza del 2009. Según los rumores, se improvisó un horno clandestino para incinerar cuerpos de pacientes que jamás fueron reclamados.

25:44 Nadie lo autorizó. Nadie lo reguló, pero las cenizas seguían allí, al igual que algunas almas. No terminé la semana. Me fui al tercer día con la mirada perdida y el alma hecha pedazos. Intenté olvidar, pero no pude. Cada vez que vuelo humo o veo una llama danzar en la oscuridad, me acuerdo de esos ojos consumidos por el fuego y del silencio que dejó su grito, querida comunidad. Espero que esta entrega les haya gustado. Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar, por favor. No olviden dejarme sus comentarios, esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido.

26:43 Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte, nos vemos en una próxima entrega, esto fué. Inframundo, relatos.