4 ATERRADORAS HISTORIAS DE CARRETERA CON GUERRERO DE LUZ │ INFRAMUNDO RELATOS
📌 Contenido del video:00:00 INTRO01:15 EL ASIENTO DEL MUERTO06:52 EL ROSTRO QUE SONRIE14:00 EL PASAJERO QUE NUNCA BAJÓ25:35 LAS CENIZAS#InframundoRelatos #RelatosDeTerror #HistoriasDeTerror #TerrorEnCarretera #LeyendasMexicanas #RelatosReales #RelatosOscuros #MisteriosDeMéxico #RutaDelInfierno #GuerreroDeLuz #HistoriasParanormales #TerrorLatino #RelatosDeLaNoche #InframundoPodcast
0:12 A lo largo del tiempo hemos escuchado historias de Tráileros, taxistas e innumerables relatos de terror ocurridos en la carretera, estos lugares solitarios donde se aparecen espectros, personas que aún no saben que ya no están vivos. En esta ocasión escucharás cuatro aterradores relatos en carretera, pero no estoy solo. Esta noche nos acompaña nuestro querido amigo Guerrero de los. ¿Hola a todos, qué gusto estar aquí con ustedes? Antes que nada, quiero agradecer al canal Inframundo por invitarme a colaborar. Es un honor compartir este espacio en esta Comunidad. Hoy les traigo 2 historias de terror ocurridas en carreteras. Espero las disfruten.
1:01 Recuerda al terminar de escuchar estas anécdotas, ve a su canal y suscríbete, dile que va de nuestra parte, te lo agradecería enormemente. El asiento del muerto. Narrado por Tomás Barajas Hermosillo, Sonora escrito y adaptado por orcus, mi nombre es Tomás Barajas, tengo 36 años y vivo en Hermosillo, Sonora. Trabajo desde hace 7 años en una empresa de control de plagas, me encargo de fumigar bodegas, restaurantes y ranchos en toda la región norte, paso la mayor parte del tiempo en carretera, viajando solo.
1:46 Cruzando pueblos casi fantasmas entre Sonora y Sinaloa, nunca me interesaron las historias de fantasmas. Me parecían cuentos para asustar niños o para matar el tiempo en noches sin luz. Siempre fui escéptico, incluso burlón. Me reía de quienes aseguraban haber visto algo del otro mundo. Todo eso cambio el día que me entregaron una camioneta que no me pertenecía, la misma en la que murió un compañero de trabajo. A Manuel lo encontraron volcado cerca de Ímuris. Su cuerpo quedó atrapado entre los fierros retorcidos. Murió al instante, eso dijeron en la empresa una semana después. Me asignaron su ruta, su equipo de trabajo y también su vehículo, una RAM Blanca modelo 2017, con el logotipo de la empresa.
2:34 Aún adentro estaban sus cosas, nadie las retiró, documentos, herramientas, hasta su chamarra seguía colgada del asiento trasero. Durante los primeros días no noté nada extraño. Comencé a recorrer las rutas que eran de él, firmaba entregas, llenaba reportes y conducía por horas entre pueblos solitarios. Todo era normal hasta que los comentarios comenzaron a repetirse. En cada retén de la guardia Nacional o en las revisiones militares, los oficiales miraban el asiento del copiloto con insistencia. Hacían sus preguntas sin dejar de ver ese espacio vacío a mi lado. A veces hacían una pausa prolongada, como si notaran algo fuera de lugar y me dejaban ir sin más.
3:18 Después vino lo de mi hija. Una tarde, al llegar a casa, ella se acercó con una expresión seria, como si hubiera visto algo que no entendía. Me dijo que el señor que venía conmigo estaba triste, me quedé helado. Pensé que era una confusión, pero su descripción fue precisa. Dijo que tenía la cabeza rota, los ojos cerrados y que no hablaba. Su voz era inocente, pero lo que dijo me dejó paralizado. Empecé a prestar más atención. Cada vez que me detenía en alguna gasolinera, alguien terminaba observando el asiento del copiloto, algunos saludaban al aire, otros ofrecían agua o preguntaban si necesitaba algo.
4:00 En una ocasión, un despachador se me quedó mirando en no dijo una palabra, pero no dejaba de ver el interior de la cabina. Su rostro se fue poniendo pálido. Cuando le pregunté qué pasaba, simplemente bajó la cabeza y regresó al interior del local. La peor noche fue en la carretera Federal 15, cerca de Santa Ana. Era tarde, conducía solo de regreso a Hermosillo. No había autos, ni luces, ni señales de vida en kilómetros, todo era desierto, asfalto y viento seco. Iba escuchando música baja con la mirada fija en el camino, cuando sentí un cambio en el aire algo helado.
4:42 Una presencia pesada, bajé la mirada y vi el cinturón del copiloto tenso, como si estuviera sujetando un cuerpo. Escuché una respiración lenta, profunda, cargada de un sonido húmedo, como si los pulmones de alguien se llenaran de sangre. Al inhalar esa respiración estaba dentro del vehículo, orillé la camioneta de golpe. Abrí la puerta y salí corriendo. Vomité junto a la carretera, me costaba respirar. Llamé a mi jefe esa misma madrugada y le pedí que me asignara otro vehículo. No le di detalles, pero él no preguntó, solo me dijo que no era el primero al que le pasaba eso con esa camioneta. Al día siguiente, cuando fui a entregar el vehículo, él me confesó que todos los que la usaron después de la muerte de Manuel experimentaron lo mismo, ruido, sombras, apariciones, una constante sensación de que alguien más iba con ellos. Intentaron venderla varias veces. La mandaron a un lote en Nogales, la ofrecieron como chatarra, pero siempre regresaba. Una vez apareció de nuevo en el estacionamiento de la empresa, con las llaves puestas y el motor tibio. Desde entonces la mantienen bajo una lona en la parte trasera de las oficinas.
5:59 Está ahí inmóvil, pero cada vez que paso cerca me invade ese mismo frío. A veces parece que algo se mueve adentro, como si respirara. No sé qué quedó atrapado en esa cabina. No sé si fue el alma de Manuel o si algo más oscuro se aferró a esta camioneta al momento del accidente. Lo único que sé es que ese asiento del copiloto no estaba vacío. Nunca más volví a subirme a ese vehículo. Conduzco otro vehículo, ahora uno nuevo sin historia, pero aún hay noches en las que al mirar por el espejo retrovisor, me parece ver un bulto oscuro junto a mí. Como si lo que sea que estaba allí no quisiera soltarme del todo. Hay cosas que no tienen explicación y el problema es que uno no necesita entenderlas para empezar a temerlas. El rostro que sonríe, historia compartida por Rubén Carranza, muy buenas comunidad de Inframundo. Mi nombre es Rubén Carranza.
7:09 Vivo en Zacatecas y quiero contar algo que me ocurrió hace unos años. Nunca fui supersticioso ni nada de creer en lo paranormal, pero lo que sucedió con un auto que compré cambió mi manera de ver la muerte y sus huellas. Compré un vehículo usado en un lote ubicado en las afueras de Guadalupe. Era un sedán antiguo. Modelo noventero pero bien cuidado. La pintura estaba intacta, el motor respondía y el interior tenía ese olor a plástico viejo mezclado con humedad que no incomoda. Lo único raro era una mancha oscura en el asiento trasero. El vendedor dijo que era vino, quizás café seco y que ya la había limpiado varias veces.
8:04 No le di importancia. El precio era justo y necesitaba el carro con urgencia. Al principio todo fue normal. Lo usaba para ir a trabajar, recoger a mis hijos de la escuela y visitar a mis padres los fines de semana. Pero después de la primera semana comenzaron los detalles incómodos. La mancha volvía. Aunque la limpiara con cepillo y detergente, aunque mandara lavar a la tapicería con químicos, regresaba en el mismo sitio, como si emergiera desde el fondo de la tela.
8:48 Una tarde fui a recoger a mi hija menor. Mi nieto, que entonces tenía 5 años. Salió corriendo a Abrazarme, pero al ver el coche se detuvo. De golpe se quedó en la banqueta sin moverse. Con los ojos clavados en el asiento trasero, le hablé varias veces, pero no reaccionó. Solo empezó a Temblar. Mi hija corrió a él y cuando se acercó me di cuenta que El Niño tenía la cara desencajada, como si estuviera viendo algo imposible. No quiso subir, lo cargaron intentando calmarlo, pero comenzó a llorar como si algo lo estuviera tocando. Dejamos el coche estacionado y pedimos un taxi. Nadie volvió a mencionar lo ocurrido, aunque todos lo pensábamos. 2 días después regresé con El Niño para intentar superar su miedo.
9:50 Apenas me acerqué al vehículo. El pequeño rompió en llanto otra vez al preguntarle que veía, señaló el asiento trasero. Dijo que un señor con la cara rota lo estaba mirando. Dijo que tenía un agujero en la frente, que de ahí salía sangre y que sonreía de una forma que le daba miedo. Esa misma noche decidí investigar, volví al lote donde lo compré. El vendedor se mostró incómodo. Primero dijo que no sabía nada, luego me confesó que la familia del anterior dueño. Lo había dejado a consignación tras un suceso trágico en el interior del vehículo, justo en el asiento trasero. Le habían arrebatado la vida a un anciano durante un asalto. Era el suegro del dueño original. Le dispararon en la cabeza a quemarropa, mientras los demás gritaban y rogaban por sus vidas. La sangre empapó el respaldo y el asiento. Lo limpiaron, intentaron quitar el rastro, pero la mancha siempre regresa.
11:05 También lo hacían los compradores. 3 personas lo habían devuelto. Todos decían lo mismo, que alguien más iba con ellos, que a veces lo veían por el retrovisor, que al pasar por las calles solas lo sentían respirando uno de ellos. Vio el rostro completo reflejado en la ventana, una sonrisa rota, una frente abierta, ojos que no parpadeaban. Pensé en deshacerme del auto, pero me negaba a creer que algo pudiera quedar atado a un objeto como un espíritu viejo, negándose a desaparecer aun así.
11:51 Cada vez que alguien se subía ocurría algo, puertas que se trababan, luces internas que parpadeaban sin razón. Una vez al conducir, solo vi claramente por el retrovisor una figura sentada en el asiento trasero. No era un reflejo, no era un mal sueño. El rostro estaba allí, la herida era real, la sonrisa inhumana. Después de esa noche lo dejé estacionado frente a mi casa. No lo moví durante semanas. Empezaron a aparecer marcas de dedos en los vidrios empañados, como si alguien respirara desde adentro. Una madrugada escuché la alarma, sonar al salir vía el auto encendido, con las luces altas apuntando directo a mi casa. Nadie había entrado.
12:52 Las llaves estaban en mi bolsillo, lo llevé de regreso al lote. Nadie quiso aceptarlo. Intenté venderlo por mi cuenta. Los interesados se echaron para atrás, apenas lo vieron. Uno dijo que el coche tenía algo encima, otro que escuchó una voz antes de abrir la puerta. Al final lo doné a un taller, donde terminó abandonado por años, cubierto por polvo y óxido. Hasta donde sé, nadie volvió a encenderlo. Nunca tuve más experiencias con fantasmas ni cosas extrañas, pero cada vez que paso por ese viejo taller no puedo evitar mirar entre los autos varados. A veces creo verlo cubierto de hojas secas, con las ventanas empañadas por dentro.
13:45 Juro que. ¿Si me detengo lo suficiente, ve el rostro de ese anciano mirándome de nuevo con su sonrisa torcida y su frente aún sangrando? El pasajero que nunca bajó autor orkuz lugar, chilpancingo, Guerrero. Mi nombre es Benjamín ríos. Llevo más de 20 años en las calles de Guerrero como taxista, pero nada de lo que viví antes me preparó para lo que me sucedió cuando tenía 24 años. En ese entonces recién había terminado una temporada difícil de desempleo, con una hija en camino y la desesperación creciendo día con día.
14:32 Fue por eso que acepté el turno nocturno de un viejo taxi Nissan tsuru, propiedad de un hombre que apenas me conocía. Pero que necesitaba urgentemente a alguien para cubrir el turno de su anterior conductor. Lo que no sabía era que ese conductor llevaba semanas muerto. No pregunté demasiado, me entregaron las llaves, los papeles del vehículo y una advertencia vaga sobre evitar ciertas zonas durante la madrugada. Para mí esas palabras no significaban nada. Necesitaba dinero y ya los primeros días fueron normales, gente que subía ebria. Parejas peleando, algún borracho que vomitaba en el asiento trasero.
15:14 Lo típico, pero todo cambió en mi segunda semana. Una noche en la que pasé por la zona vieja del centro, justo frente a una gasolinera abandonada, y noté algo extraño. Un hombre estaba parado junto Al Poste oxidado de una parada de camión. Vestía camisa blanca empapada en sudor, pantalón oscuro y una gorra que no dejaba ver. Su rostro levantó el brazo. Me detuve, abrió la puerta trasera y subió sin decir palabra. Me pareció raro, pero no hice preguntas. El tipo no olía mal, aunque el aire dentro del taxi se volvió denso, con un aroma tenue a Tierra húmeda y cigarro viejo, me dijo con voz ronca que lo llevara a la Colonia San Rafael.
16:00 Durante el trayecto no hablo más. Lo verdaderamente extraño comenzó después de dejarlo. Cuando quise cobrarle no había nadie en el asiento, solo una mancha húmeda donde debió estar sentado. Me bajé, abrí la puerta trasera, el asiento seguía caliente, pero el hombre no estaba. Revisé los alrededores por si se había bajado sin pagarme nada. Todo estaba vacío. Me sacudí el susto y continué pensando que quizás el cansancio me estaba jugando malas pasadas, pero no fue así. Las noches siguientes los pasajeros evitaban subirse a mi taxi. Algunos me miraban con miedo, otros directamente me insultaban.
16:44 Cuando me acercaba nadie decía, por qué una señora incluso se persignó y cruzó la calle al verme detenerme frente a ella. Cuando intentaba mirarme al espejo retrovisor, algo me lo impedía. Me sentía observado desde el asiento trasero, aunque el taxi estuviera vacío. Comencé a tener dolores de cabeza y el olor a cigarro empapaba el tapiz. Era como si alguien fumara todas las noches dentro del coche, aunque yo jamás he tocado un cigarro. Una madrugada, una joven aceptó el servicio, apenas subió, preguntó si estaba seguro de que el asiento trasero no estaba ocupado. Me quedé helado. La muchacha me miró con extrañeza. Me dijo que el señor de la camisa blanca le daba mala espina.
17:32 Que parecía furioso, como si no quisiera compartir el viaje, no tuve valor para responder. Ella se bajo 2 calles antes de su destino, tiró el dinero sobre el tablero y salió sin mirar atrás. Yo no me atreví a voltear. Desde entonces comencé a dejar de trabajar a las 3:00 de la madrugada, justo cuando el aire dentro del vehículo se volvía muy frío y los faros parecían iluminar rostros que no estaban ahí. Los perros en la calle ladraban al taxi. Mis vecinos decían que por las noches se escuchaban pasos alrededor del auto y siempre cada noche el asiento trasero amanecía mojado. Una mancha circular como de sudor o agua estancada, imposible de secar por completo. Una noche, un hombre mayor se subió con bolsas de mercado. Me preguntó cuánto tiempo llevaba con el taxi. Le respondí.
18:27 Guardó silencio un momento. Luego, sin mirarme, me dijo que ese vehículo nunca debió regresar a las calles, que el anterior conductor había muerto apuñalado en la parte trasera por un asaltante y que nunca pudieron limpiar del todo la sangre me dijo que el hombre seguía ahí esperando terminar su turno. Me estremecí aquello no era un rumor cualquiera me dio instrucciones para encontrar a una persona que podría ayudarme, alguien que según él, ya había lidiado con cosas parecidas. Esa misma semana fui a ver al curandero en las orillas del cerro el calvario. Me recibió sin sorpresa, como si ya supiera por qué estaba ahí.
19:08 Me dio una bolsita de tela roja con sal negra, Romero y un crucifijo oxidado. Me pidió que lo colgara del espejo retrovisor y que nunca lo retirará. Me advirtió que no hablara con la sombra si llegaba a verlo, que solo manejara, que evitara mirar los espejos por más que sintiera la presencia. Las siguientes noches no mejoraron. El olor a cigarro se mezclaba con algo más fuerte, como carne descompuesta. A veces el radio se encendía solo con canciones viejas de los años 80. Escuchaba jadeos, golpes en el toldo y sentía un peso detrás de mí. Pero me mantuve firme, no hablé, no miré, sólo conduje con la bolsita roja colgando y el corazón acelerado.
19:56 El curandero me dijo que si resistía a 30 noches seguidas, el alma perdería fuerza y terminaría por marcharse. Pero nadie me había dicho que esa alma no quería irse. Nadie me había advertido que lo que habitaba en ese taxi ya no era humano. Las siguiente semana se convirtieron en un infierno. El taxi dejó de ser un medio de trabajo y pasó a ser una prisión con ruedas cada noche. El peso detrás de mí era más fuerte, los asientos crujían solos. Las luces interiores parpadeaban sin motivo y el motor fallaba justo a las 3.23 de la madrugada. No importaba si estaba detenido en movimiento o apagado. Esa hora maldita era siempre el momento en que la temperatura descendía abruptamente y los vidrios se empañaban desde adentro.
20:47 Una madrugada, mientras circulaba por una avenida vacía, vi la figura en el retrovisor. Ya no era sólo una silueta. Sin un rostro borroso, pálido, con las cuencas de los ojos negras y hundidas, no gritó, no habló, sólo me miraba con una sonrisa torcida y los dientes podridos. Intenté ignorarlo, pero algo en mi mente comenzó a fracturarse. Me dolía la cabeza, sentía punzadas en los oídos y el volante temblaba en mis manos. Cerré los ojos durante un par de segundos y cuando los abrí, el rostro estaba frente a mí. Reflejado en el parabrisas desde dentro tuve que orillarme, vomité fuera del taxi y lloré. Esa noche.
21:31 Juré no volver a manejar, pero el curandero me visitó al día siguiente, sin que yo lo llamara. Me dijo que debía resistir, que se abandonaba. Ahora el espíritu se quedaría ligado a mí, ya no al vehículo, sino a mi cuerpo, a mi sombra. Me entregó una vela negra con cera gruesa y un papel doblado con unas palabras que no me atreví a leer. Me pidió que la última noche, la número 30, encendiera esa vela en el asiento trasero del taxi justo a las 3:00 de la madrugada y que la dejara arder. Sin detenerme, tenía que mantenerme en movimiento, no frenar, no mirar atrás, no escuchar nada.
22:12 Que viniera de ese asiento. Me advirtió que podía haber cosas, pero no debía reaccionar. La noche llegó. Salí de casa temblando. Nadie sabía lo que iba a hacer. El curandero esperó conmigo hasta las 2:30, luego se fue dejándome solo a las 3:00. Encendí la vela. El interior del taxi se llenó de un humo espeso y denso, casi como alquitrán. Sentí que algo se retorcía detrás de mí. Escuché susurros, gruñidos, el asiento crujía como si alguien se moviera con violencia. Manejé por las calles vacías de chilpancingo. Rodeando la ciudad, sin rumbo, solo concentrado en no mirar los espejos, en no girar la cabeza en algún punto, empecé a sentir una presencia más intensa. No era sólo un peso, era odio, rencor, una rabia que me arañaba la nuca con dedos invisibles.
23:10 En el parabrisas comenzaron a aparecer gotas de un líquido espeso y oscuro. No estaba lloviendo, pero el vidrio se manchaba como si desde el interior algo rezumara. El motor empezó a fallar, las luces parpadearon, el radio encendió solo con una canción antigua que sonaba distorsionada. Grité sin emitir sonido y seguí manejando en el asiento trasero. La vela seguía encendida. A pesar del aire del movimiento, la cera derretida caía como sangre espesa sobre la tapicería. Sentí como algo sería lentamente detrás de mí, un cuerpo alargado, delgado. Como si alguien se sentara con los huesos rotos, el aire olía cigarro a carne en descomposición y sudor viejo, pero no me detuve.
24:00 La figura se inclinó hacia adelante, la podía sentir respirando junto a mi oído. No me hablaba, solo gruñía, me heló la sangre, sentir un dedo invisible, presionar mi garganta, pero me mantuve en movimiento. Comencé a rezar en aunque las palabras no salían claras. 3.30 en ese instante exacto, el motor del taxi se detuvo. Solo el vehículo frenó lentamente, el humo desapareció, el frío se disipó, la vela se apagó con un crujido seco, el retrovisor se cayó por sí solo y sentí una paz que no había sentido en semanas. Esa fue La Última Vez que aquel pasajero estuvo conmigo. El curandero confirmó que el alma había sido desterrada. Me recomendó vender el taxi o bendecirlo por completo. Decidí quemarlo.
24:55 Fue mejor no arriesgarse. Compré otro vehículo con mis propios medios. Empecé desde cero, pero con la certeza de que había ganado una batalla que muchos no podrían contar. Desde entonces sigo trabajando de noche, pero siempre limpio el auto con sal antes de subir. No permito que nadie fume. Y nunca recojo pasajes cerca de la vieja gasolinera abandonada, porque aún hay noches en las que por el rabillo del ojo creo ver una silueta en la banqueta levantando la mano, pero yo ya no me detengo. Las cenizas, experiencia basada en hechos reales por Rodrigo Bárcenas. Muy buenas noches, comunidad.
25:49 He escuchado muchas historias de compañeros que aseguran haber sentido presencias en sus unidades mientras conducen de madrugada, sobre todo cuando se detienen en gasolineras solitarias o en tramos despoblados. Algunos los cuentan entre Risas, otros lo hacen con seriedad, como si cada palabra les reviviera lo vivido. En mi caso, solía burlarme, reía cuando alguien decía que se le subió el muerto al camión, me parecía absurdo hasta que me tocó a mí. Mi nombre es Rodrigo Bárcenas.
26:33 Trabajo para una empresa de mudanzas en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Ese día me asignaron una ruta que iba desde Tapachula hasta un rancho en motozintla. Iba con mi compañero de trabajo blas salmerón. La familia que contrató el servicio estaba haciendo su cambio de casa. Cuando llegamos por sus cosas, ya tenía la mayoría de los muebles y cajas amontonados en la sala. Solo faltaban un par de cosas grandes en las recámaras. En la última habitación, la señora de la casa nos pidió que tratáramos con sumo cuidado una pequeña caja de madera. Dijo que si era posible la lleváramos en la cabina con nosotros.
27:29 No me pareció gran cosa. Era una caja pequeña, aunque al levantarla. Notamos que era más pesada de lo que aparentaba. Como teníamos espacio entre el asiento accedimos, no pasaron ni 40 minutos de camino. Cuando el camión comenzó a fallar, se apagó en plena carretera 2 veces, algo que nunca nos había ocurrido. Blas me dijo que desde que subimos la caja había sentido un escalofrío correrle por la espalda, le ignoré. Pero él aseguraba que vio a alguien sentado en la parte trasera de la cabina. Al momento de arrancar, nos detuvimos en un paradero para comer algo.
28:18 El tráiler se sentía extraño. El ambiente dentro era denso, pesado afuera. El aire se movía sin lógica. Entramos a una funda a la orilla del camino. Una mujer que atendía en el lugar se nos quedó viendo con una mueca extraña. Nos pregunto si los ancianos del camión también bajarían a comer. Pensamos que bromeaba, le seguimos la corriente. Blas se burló y le dijo que le sirviera un par de órdenes. Reímos, pero por dentro, algo se encogía minutos después. Mientras esperaba a que la familia terminara de almorzar, tuve el impulso de voltear hacia el camión. Lo que vi me heló la sangre.
29:09 A través de la ventanilla trasera vi 2 figuras sentadas. En el interior, un par de ancianos con los ojos alargados y deformes, como si la piel se les hubiera fundido al cráneo. Me observaban fijamente, no parpadeaban. Sus ojos eran vacíos, sin luz ni alma. Sentí como si el concreto del estacionamiento me absorbiera los pies. No podía moverme, apenas respiraba sólo sus ojos clavados en mí hasta que sentí una sacudida en la espalda. Era blas diciéndome que ya nos teníamos que ir cuando volvía a mirar al tráiler.
29:57 La figura ya no estaba durante el resto del trayecto. No volví a hablar. Ni el ni yo dijimos palabra alguna algo en ese silencio lo decía todo, no era su gestión, lo que vimos era real y no viajábamos juntos. Desde ese momento, cada bache en la carretera parecía una respiración, cada sombra en el retrovisor una advertencia. El camino pesaba más de lo normal. Era como si lleváramos a alguien más o a algo más acompañándonos. Al llegar al rancho, el dueño nos recibió con una sonrisa.
30:42 Lo primero que pidió fue la caja de madera. Blas la tomo y se le entregó con ambas manos. Entonces, sin que nadie se lo preguntará, el hombre abrazó la caja como si fuera un niño. Y se la llevó hacia la casa sin mirar atrás. Su hija, que había estado cerca durante toda la descarga, nos sonrió con burla y nos soltó la frase que terminó de enterrarnos el alma. Dijo que en la caja estaban las cenizas de sus abuelos. Sentí que el mundo se tambaleaba. Todo cobró sentido, los viejos del camión, el olor a humedad.
31:26 Y madera podrida, el silencio que aplastaba la cabina, las fallas mecánicas, las miradas vacías, los ancianos que viajaron con nosotros no eran recuerdos, no eran simbólicos y eran más bien reales, pues nos acompañaron en cuerpo y alma, o al menos lo que quedaba de ellos, sus ceniza y su presencia. Blas. ¿No volvió a tocar una caja sin preguntar qué llevaba dentro? Yo tampoco. Jamás nos volvimos a burlar de los compañeros que hablaban de muertos en el camino desde ese día. Sé que hay cosas que no deben viajar con los vivos y si lo hacen, uno debe tener el respeto suficiente para no provocar lo que duerme en el polvo, porque a veces incluso en sus cenizas. Los muertos aún tienen la necesidad de mirar por la ventanilla de un auto o de un camión. Muchas gracias por escucharme.
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