3 Relatos de Ranchos - El Rancho Donde las Apariciones No Dejaban a Nadie Dormir
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🎙️ Relatos de Terror Reales por Inframundo Relatos
Historias mexicanas de apariciones, carreteras, brujas, traileros y sucesos paranormales basados en testimonios reales.
Este episodio es una recopilación profunda y oscura narrada con estilo cinematográfico y ambientación realista, diseñada para provocar tensión, miedo y ansiedad nocturna. Prepárate para vivir experiencias que marcaron para siempre a quienes las enfrentaron.
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🔎 Temas de este episodio
Historias paranormales reales
Relatos de terror en México
Relatos de carretera
Relatos de traileros
Brujas reales en México
Terror narrado en primera persona
Relatos para no dormir
Misterio y sucesos inexplicables
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0:00 Muy buenos días madrugadores. Los saluda su amigo Alejandro a todas las amas de casa, a las madres luchonas que ya están preparando mochilas lonches y cargando a los niños. Gracias por acompañarnos una vez más. Aquí comenzamos con los relatos hola a todos. Voy a contarles un relato que tengo desde hace un tiempo, pero nunca me había animado a mandar a ningún canal. Espero que ustedes lo puedan narrar. Vivo en el rancho de mi familia, en el estado de Hidalgo por acá debido a la temperatura baja que luego se puede encontrar en diferentes épocas del año. En muchas ocasiones hay niebla.
0:52 Cuando cae pareciera que se traga todo y curiosamente. Es en esos días cuando se puede ver que un especie de bolas de fuego cruzan el cielo en varias direcciones. Siempre andan buscando algo y nadie se había enterado de que se trataba hasta que en una ocasión me animé a seguir a una. Tendría unos 20 años y era muy atrabancada. A mis papás no les gustaba cómo actuaba. Pero finalmente la vida de rancho exige que incluso las hembras seamos bravas. Y yo no era la excepción. Recuerdo que en esa ocasión ya habíamos guardado al ganado porque la niebla se había dejado caer temprano.
1:39 El sol se estaba poniendo por completo mientras le daba una cepillada la canela. Mi yegua y mis perros descansaban alrededor. Estaba concentrada en mi tarea cuando noté que una especie de luz brillaba mi espalda. Enseguida me di la vuelta para buscar que estaba pasando. En poco tiempo me di cuenta que ninguna de las luces de las rejas estaba fallando. Vi que en el cielo las famosas bolas hacían su traslado de un sitio a otro. En ese momento me pareció una buena idea encillar de vuelta a canela. Para ir a investigar qué estaba pasando, mis perros comenzaron a llorar.
2:26 No querían que me moviera del sitio donde me encontraba, pero como no quería perderme de esa oportunidad única en la vida, tomé mi rifle por cualquier cosa y los corrí de regreso a la casa. Ambos protestaron bastante, cosa inusual en ellos, que eran completamente obedientes a mi palabra. Pero después de una reprimenda se dieron cuando los animales entraron a la casa. Mi mamá salió al corral para ver por qué no venía. Me alcanzó a ver la espalda. Mientras salía del rancho, me gritó montones de cosas, pero la verdad es que no tenía ganas de hacerle caso. Caminé con canela hasta la base del cerro que estaba cerca de nuestra propiedad.
3:15 Noté que las esferas recorrían el cielo de forma constante cruzando por un punto, así que pensé que en medio de esa espesura tendría que haber algo bueno, como la maleza era demasiado espesa para que canela pasará cómodamente, la dejé sujeta de forma ligera a un árbol, lo suficiente para que no se soltara. Pero a tiempo de hacerlo, si veía algo que la asustara y quería correr. Pese a la oscuridad, los pasos constantes de las luces iluminaban mi camino como si fuera un estroboscopio. El corazón me latía a toda velocidad.
3:57 Conforme brincaba las raíces y pasaba las ramas y arbustos, noté que bajo esa iluminación. Las plantas brillaban de forma poco natural en los espacios que compartían con todo, como si se tratara de una luminiscencia parecida a la de la luz negra o ultravioleta. Eso me intrigó más. Me apresuré a llegar al punto de cruce y en medio del cerro encontré un claro donde había varias mujeres sentadas alrededor de un fuego que brillaba en extravagantes tonos de verde. Sentí la emoción, abrirme los ojos como platos, las pupilas las tenía bien dilatadas para grabarme cada detalle de eso. Sentía que tenía un subidón de alguna sustancia. En presencia de eso.
4:50 Las damas estaban desnudas, se encontraban cantando en un idioma que no conocía por algún motivo. La niebla respetaba su círculo. En medio del fuego podía ver que tenían el cuerpo de un hombre amarrado. Ya estaba demasiado chamuscado como para reconocerlo, pero por el volumen se notaba que podría ser un hombre bastante fuerte. Pasé saliva de forma pesada, tenía la garganta seca. Creo que si en ese momento hubiera hablado, no me habría salido la voz. Después de pronunciar un sonido que parecía el de un hombre en repetidas ocasiones, una de las mujeres se levantó del piso. Sus carnes se mescían con el canto de las otras. De forma intempestiva saltó al fuego. No tenía temor de ninguna cosa.
5:43 A continuación de las flamas saltó una bola que se elevó por los aires chisporroteando y luego recorrió los cielos junto con las otras. El resto de las mujeres gritaron con alegría. Parecía que no cabía más contento que lo que estaban haciendo en ese momento. Todas vitoreaban y recomenzaron el ritual para que otra pudiera elevarse por los cielos como una bola de fuego, como esas Brujas que dicen los viejos que se pasean los cerros. En medio de ese caos, una mujer extendió una mano al fuego, tomó un pedazo de la carne del hombre sacrificado y la comió con un gusto singular. Podía notar que sus facciones no eran del todo humanas. Al ver eso, no pude contenerme más. Me llevé las manos a la boca para evitar gritar, pero ellas percibieron el cambio en el ambiente y enseguida voltearon en mi dirección.
6:47 Pude notar que sus ojos negros, como esa noche, me miraban con odio descomunal. Algunas gruñeron mostrando hileras de dientes putrefactos, mientras que otras se levantaron listas para comenzar a correr detrás de mí. Inmediatamente salí de ahí, las piernas me reaccionaron solas, pasaba brincando por las ramas del cerro como alma que lleva el diablo. Los pantalones de mezclilla que llevaba y las botas recibieron la mayor parte del daño, pero mis piernas alcanzaron a rasguñarse. Sabía que si esas cosas tenían olfato, me iban a seguir por el olor a sangre. Pero al menos les estaba sacando una buena distancia. El corazón me latía a 100 por hora. Era como si no hubiera mañana la forma en que me esforzaba y quizá tenía razón.
7:42 Mi ser estaba segura de que si me detenía, probablemente no abría. Mañana vi a la Canela, donde la deje. El animal estaba inquieto y más al verme correr. Creo que vio a los seres que me seguían porque se espantó tanto que relinchó se soltó de la amarre y corrió de regreso al rancho. Maldije mi suerte, pero pensé que al menos no tendrían a mi canela. Ya me estaba fallando el cuerpo cuando por fin salí del Bosquecillo. Tardaría unos minutos en llegar al rancho, pero no sabía si las piernas me iban a dar lo suficiente.
8:24 Menos en esa niebla espesa. Los gritos salvajes de las criaturas que tenía la espalda me mandaban a ir más aprisa. Pero creo que mis músculos ya habían dado lo suficiente como para que el resto del mundo se disolviera en el negro que te provoca la falta de aire en los pulmones. Estaba por perder la poca cordura que me quedaba cuando apunté el rifle a mi espalda. Pensé que si me iba sería balazos. Apunté a las mujeres sin dudarlo y disparé algunas rondas. Pero aunque los proyectiles daban en el blanco, eran simplemente demasiadas.
9:07 Ya las tenía a un salto de distancia. Cuando sentí un jalón que me levantó del piso por el cuello de mi chamarra por el impacto, solté el rifle. Después un brazo me tomó por la cintura y me puso en las ancas del caballo. Me agarre como pude. Escuché la voz de mi hermano mentándome, la madre por necia. Me llevaba en un caballo negro enorme, que era su preferido a todo galope. Pese a la niebla, mi hermano siempre ha sido un jinete espléndido, así que le sacamos ventaja a esos entes con relativa facilidad.
9:47 Ellas no seguían. Pero no pudieron cruzar las Cercas del rancho que el caballo brioso de mi hermano brincó sin problemas y nos metimos a resguardo en la casa. En el establo estaban canela, los perros moviéndome la cola y mi madre con una cara de que estaba por ahorcarme. Me metieron la peor regañada de la vida y me prohibieron montar a mi caballo una semana. Pero estaban aliviados de que pude volver. Cuando les conté mi historia, mi abuela me dijo que era una necia por ir a ver que estaba pasando en el cerro. Después de todo, era bien sabido que esas bolas de fuego eran Brujas que habitaban las zonas poco habitadas del país. A partir de ese momento comencé a ser mucho más juiciosa con todo mi rifle.
10:44 Nunca lo encontramos de nueva cuenta. Pero si algunos de los casquillos que disparé, junto con montones de sangre negra embarrados entre la hierba, como para corroborar que mi historia fue verdadera y no una alucinación de una muchacha que actuaba como potranca Brava, mi nombre es Pedro Aguilar. Nací y crecí en un rancho llamado el olvido. En lo más profundo de la sierra, entre Jalisco y Zacatecas, la gente en esa región dice que hay cosas que no deben nombrarse. Después de las 9:00 de la noche yo no lo creía, pero después de lo que viví sé que hay cosas que no sólo deben callarse, sino enterrarse y jamás mirar atrás.
11:38 El rancho estaba rodeado de lomas secas. Magueyes torcidos y una línea de mezquites tan vieja como las cruces oxidadas del panteón. Vivíamos 6 familias separadas por veredas polvorientas. No había luz eléctrica ni señal de radio, solo gallinas, Tierra y un sol que parecía castigo. Todo comenzó en el verano del año 2000. Las lluvias se retrasaron. El ganado empezó a morir por falta de pasto y los viejos decían que algo raro estaba rondando el monte. Animales con las entrañas afuera, gallinas degolladas sin que faltara ni una pluma.
12:21 Las veredas amanecían con huellas grandes como de perro, pero con forma humana. Una mañana mi primo hilario fue a revisar el rastrojo viejo detrás de la loma no volvió. Tardamos 2 días en encontrarlo, estaba colgado de cabeza en un mezquite, con la lengua fuera y las uñas arrancadas. La policía nunca llegó allá, todo lo arreglábamos solos, lo enterramos sin cajón, envuelto en Petates. Esa noche empezaron las verdaderas pesadillas. Yo me quedé a dormir en casa de mis abuelos para acompañarlos a eso de las 3:00. Los perros comenzaron a llorar.
13:05 No a ladrar, a llorar. Luego los caballos se soltaron del corral, me asomé por la rendija y los vi 3 figuras caminaban por el Rastrojo, lentas, Encorvadas, tenían el cuerpo cubierto de Tierra Seca y los brazos colgando, como si no tuvieran huesos, no hacían ruido, solo pasaban uno de ellos arrastraba algo, una soga. La misma con la que habíamos enterrado a hilario. No le dije a nadie. Pensé que estaba soñando, que era el susto, pero cada noche volvían siempre caminando entre los surcos secos, siempre mirando hacia la casa, sin acercarse del todo, como si esperaran algo, como si buscaran a alguien.
13:58 Una madrugada salí con un machete. Quería ver si eran reales. Me escondí detrás del chiquero a las 3:00. Salieron de entre los magueyes. Eran cadáveres secos con las cuencas vacías y los labios resecos pegados a la encía. Caminaban como si buscaran su propio entierro. Uno de ellos se detuvo, volteó hacia mí, aunque no tenía ojos. Supe que me miraba. El aire se volvió denso, como cuando se viene una tormenta. El miedo me dobló las piernas. Caí al suelo. Cuando levanté la cabeza ya no estaban.
14:38 Al día siguiente encontré las huellas, las mismas enormes, deformes, como si los dedos fueran al revés. Iban directo al aljibe. Al fondo flotaba una gallina negra sin cabeza. El agua tenía un color espeso, como sangre vieja. Mis tíos dijeron que alguien estaba haciendo trabajo de Tierra, algo enterrado sin permiso. Un alma que no había sido recibida por Dios. La única solución era desenterrar al que anduviera suelto y quemarlo, pero todos estábamos seguros de haber enterrado bien a hilario. 3 días después, el pozo amaneció con la tapa removida y dentro encontramos una mano seca, no un cuerpo, sólo una mano con los dedos torcidos y los tendones como alambres.
15:32 El mismo lazo de hilario estaba amarrado alrededor de ella. Quemamos la mano en el comal, la Tierra tembló esa noche, no regresaron hasta hoy. Hace 2 semanas regresé al rancho para ver a mi madre enferma. Me quedé solo en la Casa por la noche y a las 3 los perros comenzaron a llorar. El viento arrastraba Tierra caliente contra las ventanas. Salí al patio solo por costumbre y vi las siluetas otra vez. Ya no eran 3, eran cuatro. Uno de ellos, cojeaba, tenía la mano envuelta en un lazo quemado.
16:15 Los que caminan entre el rastrojo no vienen por sangre, no buscan venganza, solo buscan arrastrar a otro con ellos, porque una vez que los ves ya saben dónde encontrarte. Me llamo Saúl Herrera. Lo que voy a contar ocurrió en el rancho de mi abuelo, allá por el año 1998, en los llanos de Durango. En ese tiempo yo tenía 17 años y todo lo que sabía de la vida se limitaba al campo, al ganado y a no preguntar demasiado cuando los mayores guardaban silencio.
16:59 Ese verano me mandaron a cuidar una parcela sola, más alejada que de costumbre. Tenía que vigilar unas vacas recién paridas y mantener cerrado un corral improvisado cerca de una zona que le llamaban el bajo del quemado. Nunca supe por qué le decían así. Nadie lo explicaba, sólo decían que por ahí mejor no andar de noche me instalé con un catre viejo. Una lámpara de petróleo y un machete largo que mi abuelo me había regalado semanas antes. Él lo había bendecido con agua de pozo, como lo hacían antes, y me dijo que nunca lo dejará lejos del cuerpo. Al principio creí que era una exageración, una de esas cosas de gente mayor que mezcla religión con superstición. La primera noche no dormí bien.
17:55 Se escuchaban ruidos raros. Como pasos entre el Zacate seco. Al principio pensé que eran coyotes o alguna vaca suelta, pero había algo en el ritmo que no era normal, lentos, pesados, como si alguien caminara sin dirección, pero sin detenerse nunca. A la segunda noche, mientras el viento mecía las ramas del mezquite, sentí que la temperatura bajó de golpe un frío seco sin explicación. Me envolví con la cobija, pero el frío venía desde el suelo, como si la Tierra misma se estuviera enfriando desde adentro. Desperté de golpe a las 3:00 de la madrugada, no por un ruido, sino por una sensación, como si alguien me estuviera observando. Me senté en el catre y prendí la lámpara. El aire era espeso, pesado.
18:52 Me levanté para revisar el corral. Al acercar me sentí un olor raro. No animal, noa monte era un olor como de carne chamuscada. Lo vi ahí, parado entre los palos del cerco. No era un hombre, pero tampoco parecía bestia. Tenía forma humana, pero su piel estaba negra, como si hubiese sido quemada por completo. No brillaba, no sudaba, sólo estaba ahí, con los brazos caídos, con la cabeza ladeada, como si tratara de entenderme. No se movía, sólo me miraba con unos ojos blancos sin pupilas. Me quedé helado, incapaz de gritar. El machete colgaba de mi cinturón. Lo agarré con las 2 manos sin saber si correr o defenderme, pero no se acercó.
19:45 Retrocedió hasta desaparecer en la oscuridad no dormí nada esa noche al amanecer revisé todo el perímetro, no encontré huellas. Solo un pedazo de Tierra completamente calcinada, como si algo muy caliente se hubiese quedado parado allí durante horas. Pensé en irme, pero el orgullo me retuvo. Me dije que debía ser un sueño, una alucinación o un juego cruel de mi mente cansada, pero la tercera noche me demostró que no era imaginación. El aire volvió a enfriarse, pero ahora era diferente. No era frío. Era ausencia de calor, como si me estuviera congelando desde dentro.
20:32 Salí de la choza con el machete en mano, no tuve que buscarlo. El ya estaba allí, en medio del llano, esta vez más cerca. Su cuerpo parecía aún más deteriorado, con pedazos de piel desprendiéndose como ceniza. Avance unos pasos decidido a enfrentarlo. No me importaba lo que fuera. Pero cuando lo tuve, a menos de 5 m, sonrió, no con la boca, con la carne de su rostro, que se estiró como si imitara una mueca humana. Su cuerpo comenzó a vibrar y de su espalda brotó un humo espeso que olía a muerte.
21:13 No recuerdo haber gritado, solo recuerdo haber corrido. Crucé el monte sin dirección, tropezando con piedras, ramas, espinas. Sentía que me perseguía sin hacer ruido, como si su sombra ya estuviera pegada a mi espalda. Cuando por fin llegué a la casa de mi abuelo, me desmayé en el corredor. Al despertar tenía marcas de quemaduras en la espalda, como si me hubieran apoyado una plancha ardiendo. La camisa estaba hecha cenizas, el machete seguía en mi mano, pero la hoja estaba negra. Torcida como si hubiese tocado fuego vivo. Estuve con fiebre varios días, nadie me dijo nada, solo me cubrieron con trapos húmedos y le echaron sal y oraciones al catre donde dormía.
22:05 Nadie volvió a enviarme al bajo del quemado. Ahora, años después, se que lo que vi no era un hombre ni un animal, era lo que quedó de alguien que no fue enterrado como debía. Alguien que ardió por dentro, alguien que no terminó de morir. Y cuando el campo se queda en silencio y el frío baja sin motivo, me cuesta respirar porque sé que allá en el monte, entre la maleza y la Tierra quemada, todavía camina el que nunca dejó de arder.
22:45 No sé si esto que viví fue un castigo o una advertencia, pero desde aquella noche no volví a tener paz. Mi nombre es Marcelo del real. Tengo 42 años y hace unos años atrás cometí el error más grande de mi vida, aceptar quedarme a vivir en una casa maldita. Todo comenzó cuando mi tía, una mujer ya mayor, me ofreció un rancho que había pertenecido a su difunto hermano. Nunca lo conocí. Aparentemente vivió en reclusión los últimos 20 años. Nadie del pueblo hablaba de él con claridad. Algunos lo recordaban como un ermitaño, otros como un loco y unos pocos en voz baja, decían que nunca había estado solo en esa casa. Yo no creía en supersticiones, así que acepté. Me encontraba desempleado y la idea de salir de la ciudad me pareció liberadora.
23:46 El rancho estaba varios kilómetros del último caserío, alejado entre brechas de Tierra seca, maleza espesa y cerros desnudos. Me dijeron que si quería llegar tendría que caminar porque nadie me llevaría hasta allá. Lo tomé como una exageración. Me fui solo con una mochila, algo de comida. Un encendedor, un machete oxidado y una linterna. A mitad de camino, un perro famélico comenzó a seguirme flaco, de ojos opacos pero silencioso. No me molestó. Caminaba detrás de mí, como si ya supiera a dónde íbamos.
24:28 La casa estaba en pie, aunque vencida por el tiempo. Las puertas rechinaban, el techo estaba parchado con pedazos de lámina y cuero. Y la Tierra parecía haberse comido los cimientos. La vegetación había trepado por las paredes, como si intentara taparla del mundo. No había luz ni agua, pero si una quietud que me resultó hostil desde el primer instante, esa quietud que parece observarte, me instalé apenas con lo básico. Encendí una fogata fuera para preparar algo caliente. El perro se sentó frente a mí, no me pedía comida, no me miraba, sólo estaba ahí inmóvil. Cuando entré a la casa me llevé una vela al cuarto principal. El aire estaba cargado de un olor dulzón, parecido al azufre mezclado con Tierra húmeda.
25:25 No sé por qué, pero esa noche no me quise acostar. Me senté en una silla rota con el machete en la mano. La llama de la vela temblaba a pesar de que no había viento. El perro se acostó junto a la cama, pero de pronto se levantó tenso, con el hocico bajo y las orejas hacia atrás. Gruñó bajo ronco. Supe que algo no estaba bien. Vi la figura parada junto a la puerta del cuarto. No entró, no tenía rostro, era un montón de sombra prensada, compacta, pero no proyectaba ninguna silueta en la pared. Sólo unos ojos opacos flotaban en medio de aquella oscuridad, como 2 Carbones apagados. El perro lanzó un chillido y corrió debajo de la cama. La vela estalló como si le hubieran soplado con rabia. Me quedé en la oscuridad total.
26:22 El calor se volvió sofocante, pero al mismo tiempo el cuerpo me tiritaba como si estuviera helado. La figura entró sin hacer ruido y a su paso el aire se volvía espeso, negro, inmóvil. No me podía mover, era como si algo me presionara el pecho. En el rincón de la habitación, la sombra comenzó a deshacerse lentamente en una niebla espesa. De ella salía un sonido como el silbido de una caldera rota, acompañado de un olor a carne quemada y grasa rancia. Las paredes sudaban, las puertas se abrieron de golpe.
27:04 La casa pareció respirar. No fue una corriente de aire, fue como si algo enorme se hubiera despertado debajo de los cimientos. No recuerdo cuánto duró, tal vez minutos, tal vez horas. Sólo sé que cuando la luz del amanecer comenzó a colarse entre las rendijas, sentí que la casa volvía a quedarse vacía. Me acerqué al rincón donde había estado la figura. El piso estaba cubierto con una mancha negra perfectamente delineada, como si alguien se hubiera derretido allí. No era aceite, no era Tierra, era hollín seco, que al tocarlo se deshacía entre los dedos dejando un olor a osamenta vieja.
27:50 Me agaché para buscar al perro debajo de la cama. Lo encontré, no respiraba. Estaba seco, momificado, con los ojos completamente blancos y la lengua negra colgando como trapo quemado. Su cuerpo no pesaba más que un fajo de ramas secas. No entendí nada, no quise entender, salí de la casa tambaleando, la mochila quedó adentro, solo me llevé el machete. Camine sin detenerme hasta llegar al pueblo, pero no volví a hablar de eso con nadie semanas después. Supe por un anciano del lugar que a quien la sombra visita nunca lo olvida, que esa mancha de hollín no desaparece con el tiempo que cuando llega la noche la casa la expulsa, pero ella se queda flotando cerca, esperando otra vela encendida, otro cuerpo cansado, otro silencio que pueda habitar desde entonces.
28:50 No puedo estar en la oscuridad, no por miedo. Sino porque ya siento su calor detrás de mí respirando con la lentitud de algo que nunca debió haber sido despertado.
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