Dec. 8, 2025

3 HISTORIAS de TERROR DE BRUJERÍA MEXICANA como: La Criada, Marca en la Piel y Más... Inframundo

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Inframundo Relatos De Terror
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0:00 No olvides suscribirte y activar la campanita de notificaciones. Muy buenos días, queridos madrugadores o trasnochadores. Si estás escuchando, esto significa que la sombra de la madrugada aún te acompaña y la oscuridad te cobija. A todos los que están en movimiento, que van o vienen a su trabajo, amas de casa, estudiantes y trabajadores, este espacio es para ustedes, sin más comenzamos.

1:00 Buenas noches comunidad, mi nombre es reina y esto me pasó en González, Tamaulipas en 1998. He guardado esta historia durante años porque aún hoy, cuando la recuerdo, siento cómo se me eriza la piel. No sé si algún día podré borrar por completo lo que vi dentro de aquella casa. En ese tiempo trabajaba como cocinera para la familia saldívar, una de esas familias que siempre parecían estar por encima de todos. Vivía en 1/4 pequeño junto a la despensa y mis responsabilidades comenzaban antes de que saliera el sol. Preparar los desayunos, organizar los alimentos del día, tener listas las cenas, mantener la cocina impecable. Todo recaía en mí.

1:56 Era pesado, pero me ofrecía un sueldo seguro y techo, cosas que yo necesitaba desesperadamente. La tragedia llegó sin aviso. Una tarde, cuando regresé del mercado, encontré la casa sumida en un silencio extraño. Me enteré de que el señor Saldívar y su hijo adolescente habían sido levantados al salir de un negocio familiar. Días después los encontraron sin vida en unos cañaverales camino a xicotécatl. Las autoridades no dijeron mucho, pero todos sabíamos quienes eran los responsables. La señora Regina, su esposa, quedó destrozada. Esa mujer siempre había sido estricta pero cordial. Después de lo ocurrido, su carácter cambió de manera aterradora.

2:48 Dejó de hablarle a la gente. Caminaba por la casa con la mirada perdida y explotaba por cualquier cosa mínima. Parecía una sombra de lo que había sido, pero con un odio nuevo que se sentía en el aire. Muchos empleados renunciaron sin pensarlo. Solo quedamos carmelo, el jardinero viejo, y yo. Él venía de una comunidad pequeña y no sabía leer. Yo tenía una hija estudiando lejos. Los 2 estábamos amarrados por necesidad, así que soportamos todo. La señora casi no nos dirigía la palabra, pero su presencia bastaba para que el ambiente se sintiera pesado y extraño.

3:32 Con el paso de los meses, por recomendación de una amiga suya, llegó una muchacha joven para ayudar con la limpieza. Tenía unos 16 años y se llamaba Erika Lozano. Provenía de un rancho cerca de chinampa de Gorostiza y llegó con la esperanza de ganar algo de dinero para su familia. Se notaba tímida, con manos que mostraban el trabajo duro del campo y una mirada que combinaba ilusión e ingenuidad. Erika no estaba acostumbrada a las labores detalladas de una casa grande. Se le pasaba limpiar algunas esquinas. Dejaba mal acomodada la ropa de cama o no recordaba el orden de las vajillas finas.

4:18 Yo traté de enseñarle lo básico, pero su nerviosismo la hacía equivocarse de nuevo. Era una muchacha buena pero inexperta. Lo que más me inquietó no fueron sus errores, sino la forma en que la señora Regina empezó a observarla. No miraba a Erika como a una empleada que debía corregirse, sino como si quisiera medirla, estudiarla, probar algo en ella. Era una mirada que duraba más de lo normal, como si buscara ver dentro de la muchacha. Desde ese momento supe que algo andaba mal, pero no imaginaba hasta dónde llegaría. Poco a poco la casa empezó a sentirse diferente. Los parecían más fríos, las noches más silenciosas y el comportamiento de la señora se volvía cada vez más errático. Carmelo intentaba no meterse en nada, pero yo notaba que él también estaba incómodo.

5:22 Erika, sin saberlo, había entrado en el peor momento y en la peor casa posible. Y aunque todavía no lo sabíamos, sería ella quien pagaría el precio más alto. Los errores de Erika, por pequeños que fueran, provocaban algo inquietante en la señora Regina. Cada día la trataba peor, como si necesitara descargar sobre ella todo el rencor que llevaba encima. La intensidad de los malos tratos fue subiendo de manera alarmante. No importaba que la muchacha hiciera bien sus tareas. La Patrona siempre encontraba un motivo para lastimarla. Y nosotros no podíamos intervenir. Carmelo y yo le debíamos dinero a la señora y ese endeudamiento nos tenía atrapados.

6:14 Nos llenaba de frustración verla sufrir. Regina le hacía repetir los quehaceres una y otra vez, le tiraba la cubeta de agua para obligarla a comenzar desde cero. La insultaba con palabras que buscaban romperla por dentro en ocasiones. La empujaba con fuerza o le jalaba el cabello hasta dejarle mechones en la mano. Una tarde, mientras limpiaba la sala, la señora Le cortó un pedazo grande del cabello con unas tijeras de cocina. Luego lo aventó al brasero donde yo preparaba comida. El olor a cabello quemado me revolvió el estómago.

6:57 También la obligaba a permanecer encerrada en una bodega donde carmelo guardaba herramientas viejas, un espacio húmedo y lleno de telarañas. Ahí la dejaba por horas, sin comida, sin agua, a veces sólo con restos fríos de la cena que nosotros mismos habíamos desechado. Era una crueldad que ningún ser humano merecía. Confieso que fuimos cobardes. Una vez intentamos defenderla, pero Regina reaccionó con tal violencia que nos amenazó con acusarnos de robo. Yo sabía que tenía influencia suficientes para meterme en problemas y tenía terror de que algo le pasara a mi hija, que estudiaba en una secundaria.

7:46 A unas cuadras de ahí, carmelo, ya viejo y cansado, solo decía que lo mejor era no meterse. Erika, sin embargo, llegó a un límite. Una tarde, mientras la señora tenía visitas en el porche, la muchacha llevó una bandeja con café y pan. Al acercarse dejó caer la charola con toda intención, salpicando la alfombra nueva que la señora tanto presumía. Fue un acto desesperado que sólo empeoró su situación. Las amigas de Regina se rieron y la miraron como si fuese un animal torpe. La señora la mandó a su cuarto y cuando la reunión terminó, desató en ella una furia que no había mostrado antes.

8:34 Los gritos se escucharon desde la cocina. Erika recibió golpes que parecían no tener fin. Yo sentía el corazón acelerado, pero cuando intenté acercarme, Regina salió al con una mirada que me dejó paralizada. Carmelo y yo retrocedimos, no podíamos hacer nada. Esa noche la señora Le quemó las manos con aceite caliente que estaba usando para freír. El olor a piel quemada me provocó náuseas que aún hoy recuerdo. Al día siguiente, la muchacha no pudo levantarse. Tenía fiebre, las manos ampolladas la espalda llena de moretones, su cuerpo Delgado. No soporto más.

9:18 Y enfermó de gravedad la señora al ver que aquello podía traerle consecuencias. Decidió sacarla de la casa, la llevó a la terminal de autobuses y simplemente la dejó ahí, como si se deshiciera de un objeto viejo pasar un día sin saber de ella. Una señora que trabajaba en otra casa me dijo que Erika había regresado a su comunidad según lo que su familia comentó. Yo no sé si era cierto, pero al contarle lo ocurrido sentí. Que al menos quitaba un poco de la carga que llevaba encima. Desde entonces no supe más de esa muchacha. No sé si sobrevivió o si su familia pudo atender sus heridas.

10:06 Tiempo después, la señora Regina contrató a otra empleada, una mujer llamada Minerva, de unos 30 años, con un porte firme y un carácter difícil de leer. No era tímida como Erika. Tenía un modo de caminar que mostraba fuerza y cierta soberbia. Sin embargo, trabajaba bien y cumplía los caprichos de la Patrona sin fallar. Pronto se ganó su confianza al grado de acompañarla a cada lugar al que iba Minerva. Nos trataba mejor que la señora decía venir de un rancho en Veracruz, aunque nunca entraba en detalles. Su llegada cambió la dinámica de la casa, pero no la oscuridad que ya se respiraba en ella.

10:56 Algo seguía creciendo entre esas paredes, algo que tarde o temprano iba a estallar con el paso de las semanas. Minerva también se ganó mi confianza. Había algo en su manera de trabajar, en su forma de hablar y de tratarme que me hacía sentir cierta estabilidad después de todo lo vivido. Un día terminé contándole la historia completa de la familia saldívar, la tragedia del señor y del muchacho y los cambios terribles que transformaron a la señora Regina en alguien irreconocible. También le hablé de Erika de todo el dolor y la crueldad que sufrió antes de desaparecer de nuestras vidas.

11:43 Minerva, escucho todo con una calma que me desconcertó. Sólo dijo que ya lo sabía, que prefería evitar problemas y que lo mejor era apoyarla en lo que necesitara. Sus palabras me dejaron pensando, pero no imaginé lo que vendría después. Con el tiempo empecé a notar que Minerva tenía costumbres extrañas. Por las noches, salía al patio, encendía veladoras pequeñas y murmuraba oraciones que no eran católicas. Lo hacía escondida, como si temiera que alguien la viera cuando iba al mercado. Compraba objetos raros, hierbas secas, figuras de barro, frascos con líquidos turbios.

12:28 Los guardaba en su cuarto y una vez que fui a dejarle ropa doblada, vi que tenía un altar improvisado. Había una imagen de la santa Muerte rodeada de símbolos que jamás había visto. Cuando la señora Regina salía de la Casa, Minerva recorría los pasillos con una actitud inquietante. A veces dejaba ceniza en las esquinas, otras frotaba las paredes con aceites que despedían un olor amargo. Una tarde decidí decirle que aquello podía meternos en problemas. Minerva me miró con seriedad y me explicó que la señora era mala. Que había cometido cosas que tarde o temprano debía pagar y que ella misma estaba ahí para ajustar cuentas del pasado. Sus palabras me helaron por dentro. No volví a cuestionarla en ese momento, lo admito, la seguridad de mi Patrona dejó de importarme. Los días pasaron y la salud de Regina comenzó a deteriorarse sin explicación.

13:36 Se enfermaba con frecuencia. Iba al médico y regresaba con bolsas llenas de medicinas que parecían no surtir efecto. Su piel adquirió un tono pálido, como si algo la estuviera consumiendo desde dentro. De repente empezó a tener dolores que no tenían un origen claro y una noche tuvo que ser llevada al hospital porque perdió el conocimiento en la escalera. Minerva no me contaba detalles. Pero cada vez que hablaba de la Patrona lo hacía con un tono frío. Casi satisfecho, decía que todo lo que estaba viviendo era consecuencia de su propia maldad, que la vida al fin estaba devolviendo lo que ella había sembrado. Yo, al escucharla sentí un escalofrío recorrerme la espalda y, aunque me avergüence decirlo algo dentro de mí, sintió alivio.

14:35 No era bueno desear mal, pero después de ver todo lo que Regina había hecho, era difícil sentir lástima por ella. La salud de la señora Empeoró rápido, no tenía una enfermedad clara. Los estudios médicos no mostraban nada grave, pero su cuerpo se debilitaba cada día más. El chofer que la acompañó a una revisión me dijo que los doctores no encontraban explicación. Había algo que no encajaba. El cuerpo se apagaba, pero los exámenes decían que todo estaba bien. En medio de ese caos, tanto el chofer como carmelo, el jardinero, fueron despedidos sin aviso. La señora ya casi no hablaba con nadie, pero alguien tomó las decisiones por ella.

15:25 Sospecho que fue Minerva, aunque nunca lo dijo abiertamente. De la noche a la mañana quedamos solo ella y yo, dentro de aquella casa que empezaba a sentirse más extraña, más silenciosa y más sombría. Y sin saberlo. Lo peor aún estaba por venir. Cuando la salud de la señora Regina empeoró de manera alarmante, llegó a vivir con nosotras una pariente suya, una mujer seria que trabajaba como enfermera. Dormía en 1/4, contiguo al de la Patrona, y se encargaba de sus medicamentos, curaciones y revisiones nocturnas. Minerva y yo continuábamos con el aseo, la limpieza y las tareas pesadas de la casa, aunque para ese momento yo ya sabía que el estado de la señora no era natural. Minerva era la responsable una tarde. Mientras la enfermera y Minerva llevaron a Regina al hospital para nuevos estudios, la casa quedó en un silencio denso. Mi curiosidad pudo más que mi prudencia. Tenía tiempo sintiendo que algo se movía en esa casa de una forma que no correspondía a nada lógico. Sabía que Minerva escondía secretos y que su cuarto era el centro de todo ella.

16:55 Siempre lo mantenía bajo llave. Aún así, yo tenía un juego completo de llaves de la casa desde que entré a trabajar allí. Así que, dominada por una sensación que mezclaba miedo y necesidad de saber, abrí la puerta, el olor me golpeó de inmediato. Era una mezcla de hierbas quemadas, aceite rancio y Tierra húmeda. La habitación estaba completamente a oscuras. Salvo por las luces de decenas de veladoras repartidas por el suelo, había montones de hojas secas, cuencos con líquidos espumosos, frascos con objetos que no quise reconocer.

17:37 Lo que más me paralizó fue un altar que ocupaba casi toda la pared del fondo. Había vasos con líquidos turbios, flores negras, figuras de barro con rostros distorsionados. Y en el centro, una fotografía reciente de la señora Regina clavada con alfileres. Frente a la foto había un muñeco hecho de tela, amarrado con hilos rojos y cubierto con mechones de cabello que reconocí sin dificultad. Era el mismo cabello que la señora había perdido semanas antes. Minerva lo había guardado. Supe entonces con un terror profundo, que la Patrona estaba siendo víctima de algo más que mala suerte o enfermedad. Minerva la estaba deshaciendo poco a poco. Los días siguientes fueron una confirmación brutal. Cada vez que la señora regresaba del hospital lo hacía peor. Llegaba arrastrándose sin fuerzas para sostenerse sola. Con vendajes nuevos cubriendo partes de su cara y brazos, escuchábamos a los médicos decir que sus estudios salían normales, pero su cuerpo se deterioraba como si algo lo consumiera desde dentro.

18:56 Una noche, la enfermera me pidió ayuda para bañar y cambiar los vendajes de Regina. El olor al abrir la puerta del cuarto me obligó a taparme la nariz. Era la peste de carne podrida. Cuando la enfermera retiro los vendajes no pude contener un grito. Sus brazos estaban llenos de huecos que parecían mordidos por la carne misma. Sus piernas mostraban zonas negras hinchadas, supurando, pus. La piel de sus manos se caía a pedazos como papel mojado. Lo peor fue su rostro. La mitad estaba hundida.

19:37 Casi sin piel, dejando ver el brillo de los dientes bajo una capa gelatinosa, la señora Lloraba y gemía cada vez que el agua tocaba sus heridas, como si miles de agujas. La atravesaran fue una escena que nunca he podido borrar. Parecía que algo la estaba pudriendo, viva. En sus últimos días fue internada de nuevo. No hubo mejoría. Los doctores no encontraron la causa de sus males. Su cuerpo siguió cediendo hasta que una tarde murió en medio de un dolor indescriptible. Dijeron que había sido un paro respiratorio, pero yo sabía que había sido otra cosa, algo que se cocinó dentro de su propia casa. Después del funeral, los familiares anunciaron que nos despedirían a Minerva y a mí la casa quedaría cerrada. Minerva, sin embargo, ya había empacado sus cosas antes de que llegaran.

20:40 Parecía saber perfectamente que su trabajo había terminado y fue en ese momento, antes de que nos ordenaran salir, cuando ocurrió lo que jamás podré olvidar. Cuando la señora Regina murió, la casa quedó envuelta en un extraño, como si por fin hubiera soltado un peso que llevaba años acumulando. Su hermana llegó al siguiente día y al ver el Estado en el que había terminado, ordenó que todo lo que hubiese estado en contacto con ella fuera quemado. Ropa, cobijas, sábanas, el colchón, incluso las toallas que usábamos para moverla, todo debía desaparecer. Obedecí sin hacer preguntas, encendí una fogata en el patio trasero y lancé cada prenda al fuego. El olor a tela quemada y humedad era nauseabundo, pero algo dentro de mí sentía que era necesario. Era como borrar los últimos rastros de aquello que había desecho a la señora Por dentro.

21:48 Cuando terminé, no quedaba nada más que cenizas negras y un humo espeso que se elevaba hacia el cielo despejado después de casi 20 años trabajando para esa familia. Me entregaron 1000 pesos como agradecimiento y un simple que te vaya bien. Guardé el dinero en mi bolso y salí de la casa sintiendo el sol en el rostro y el viento, golpeándome con suavidad. Tenía miedo de volver a empezar, pero también una extraña sensación de libertad, como si por fin me quitara un peso que llevaba años arrastrando. Decidí regresar a mi pueblo. Donde vivían mi hija y mi hermana. Caminé hasta la central de autobuses y al llegar la VI, Minerva estaba sentada en una de las bancas, esperando su camión. Con su postura altiva y esa forma tranquila de mirar todo desde arriba se veía distinta, menos rígida, casi relajada. Me acerque y me senté a su lado.

22:55 Comenzamos a hablar de forma pausada como 2 personas que comparten un secreto demasiado grande para decir en voz alta, yo tenía dentro de mí una duda que me había acompañado desde la noche en que descubrí su altar, pero no necesitaba expresarla. Minerva ya sabía lo que yo quería entender. Se limitó a decir que rechina había pagado todo lo que debía. Que la vida tenía maneras de ajustar cuentas. Lo dijo con una calma inquietante, pero no con la soberbia que solía mostrar en la casa. Había algo más profundo en su voz, una tristeza que nunca le había conocido. Entonces ocurrió lo que no esperaba. Me confesó que no se llamaba Minerva, que ese nombre lo había usado para entrar a la casa sin levantar sospechas. Su verdadero nombre era águeda.

23:53 Y su voz se quebró un poco cuando lo dijo. Era la primera vez que la veía vulnerable. La dureza desapareció de sus ojos dejando ver un dolor que llevaba demasiado tiempo escondido. Me explicó que era la madre de Erika, que cuando su hija volvió al pueblo apenas podía hablar, con las manos quemadas y el cuerpo lleno de moretones que duró pocos días con vida. Murió sin que su familia pudiera hacer nada. Prometió que no dejaría ese sufrimiento impune y cumplió su palabra. Dijo que ahora regresaba a Llorarle como debía porque por fin sentía que había cerrado algo que la estaba destruyendo desde adentro.

24:43 No había alegría en su rostro, sólo un cansancio profundo, como si la venganza le hubiera costado más de lo que imaginaba. Subió al camión sin mirar atrás. Supe que no volvería a verla jamás. Cuando el autobús se la llevó, quedé sola en la banca, sintiendo un vacío extraño. No podía evitar recordar sus rituales, las veladoras, los murmullos en el patio, la foto atravesada por alfileres. Tampoco podía olvidar el rostro de la señora Regina deshecho. Carcomido por algo que ningún médico pudo explicar, ahí fue cuando entendí que esa casa nunca estuvo enferma.

25:28 Lo que estaba enfermo era el rencor que se acumuló en ella durante años hasta convertirse en algo capaz de destruir a cualquiera que se atreviera a vivir ahí. Esa fue La Última Vez que miré hacia atrás. Y aunque han pasado tantos años. Hay noches en las que aún siento el olor a hierbas quemadas, como si algo de aquella historia me siguiera acompañando. Buenas noches, comunidad de Inframundo. Esta historia me la contó mi abuela hace muchos años y siempre la recorté porque ocurrió en nuestro pueblo, aquí en México.

26:26 Mi abuela nació en un pequeño poblado de Hidalgo. Donde el panteón quedaba en una loma rodeada de pirules viejos. Era un cementerio muy antiguo, con tumbas, partidas, lápidas hundidas y sepulturas que tenían ya más de 100 años. La gente del pueblo decía que algunas de esas tumbas guardaban un aire extraño, algo que podía curar o enfermar a quien se acostar encima. Eran creencias viejas que. Casi todos habían olvidado hasta 1985. Ese año llegó una familia nueva al pueblo.

27:09 La madre se llamaba Alicia, Viuda desde hacía poco tiempo. El esposo murió de una enfermedad agresiva y ella decidió regresar a la Casa antigua de sus abuelos para empezar de nuevo sus hijos, marina y Nicolás. 2 adolescentes entraron a la secundaria que estaba a unos kilómetros, todas las mañanas pasaba por ellos una camioneta escolar. Los primeros días todo iba normal, pero una tarde marina le dijo a su mamá que había visto a una mujer observándolos desde detrás de un mezquite cerca de la escuela, decía que vestía ropa vieja y que tenía una expresión muy extraña.

27:55 También contó que durante el recreo la volvió a ver caminando junto a un anciano que usaba un bastón de madera. Alicia no se preocupó, pensó que eran vecinos curiosos por la llegada de una familia nueva, pero a la mañana siguiente algo cambió. Durante el descanso, Nicolás vio al mismo anciano sentado frente a la entrada de la escuela. No hablaba, no se movía mucho. Sólo se quedaba viendo hacia donde estaban él y su hermana. A unos metros, la misma mujer estaba recargada en la barda, igual de inmóvil.

28:36 Lo raro era que ninguno de los otros estudiantes se fijaba en ellos. Era como si solo los hermanos los notaran. Marina llegó a casa con un mal presentimiento. Algo en esas 2 personas la inquietaba. Como si no pertenecieran al lugar, mi abuela decía que no eran vecinos ni gente del pueblo. Aseguraba que había algo más detrás de su presencia, especialmente porque ese panteón viejo siempre tuvo fama de despertar cosas cuando alguien vulnerable llegaba al pueblo y según ella, esa familia llego justo en el peor momento. El hombre que Nicolás había visto días antes volvió a aparecer, esta vez más cerca de la escuela. Usaba un bastón largo y unos lentes oscuros que cubrían la mitad de su rostro.

29:32 El muchacho, sin decirle nada a su hermana, se acercó movido por la curiosidad. Quería saber quién era ese anciano que siempre parecía estar observando. Se sentó a su lado en la banca de cemento. El viejo dijo llamarse Don Laureano y explicó que tenía una enfermedad que lo había dejado casi ciego. Nicolás, intentando ser amable, comentó que le gustaban sus lentes. Don Laureano le agradeció y dijo que la enfermedad le daba días buenos y días muy malos, por eso casi no salía de su casa. La charla duró poco.

30:15 De pronto, una mujer apareció caminando rápido entre los árboles, la misma que marina había visto antes. Su expresión era dura, como si nunca estuviera de buen humor. Cuando vio a Nicolás sentado junto al anciano, aceleró el paso, llegó de golpe, lo tomó con fuerza de los hombros y lo empujó hacia atrás. El Niño cayó al suelo, sorprendido. Ella levantó al viejo y le murmuró algo al oído. Marina, que estaba un poco más lejos, alcanzó a ver como la señora le daba un manotazo a su hermano antes de alejarse. La niña corrió para ayudarlo.

30:58 Nicolás estaba aturdido. Marina la enfrentó con indignación, aunque sin poder evitar que la voz le temblará. La anciana les dijo que no se acercaran más a su marido. Que no tenía nada que hacer hablando con él. Luego los insultó llamándolos fuereños, Mugrosos y otras palabras que hirieron a los 2 hermanos. Marina, enfadada, le advirtió que no volviera a tocar a Nicolás. La mujer soltó una carcajada extraña, casi burlona y se alejó caminando despacio junto al anciano antes de dar vuelta en la esquina.

31:40 El coraje de Nicolás pudo más que su miedo. Tomó una piedra pequeña y la lanzó. Le pegó en la espalda. La señora Volteó con una expresión que le celó la sangre, así que ambos se echaron a correr y se escondieron en la escuela antes de que los viera. El resto de la tarde pasó tranquila hasta que volvieron a casa. Alicia los esperaba en la cocina con gesto serio. Alguien del barrio ya le había contado que sus hijos le habían tirado una piedra a una mujer mayor. Los hermanos le explicaron lo que había pasado y la madre se enojó todavía más, pero esta vez no con ellos, sino con la anciana.

32:26 Salió de inmediato hacia la Casa de la Mujer. Cuando llegó, golpeó fuerte la puerta y esperó. La anciana salió con una expresión fría. Como si ya supiera por qué iban a buscarla, Alicia le reclamó el maltrato hacia Nicolás y le dijo que no tenía derecho a ponerles un dedo encima. La anciana le contestó que sus hijos no tenían por qué hablarle a su marido, que él era lo único que le quedaba. De nuevo los llamó forasteros y Alicia le aclaró que su familia era de ese mismo pueblo. Aunque ella hubiera crecido en Monterrey, la discusión subió de tono y al final Alicia se fue molesta y nerviosa, diciéndose a sí misma que el problema había quedado cerrado.

33:19 Cuando se retiró, escuchó un murmullo extraño de la anciana y luego el sonido de un escupitajo detrás de ella, pero prefirió no voltear. Regresó a su casa y les pidió a los niños que no se acercaran más a esas personas. Por ningún motivo. Trató de seguir su día con normalidad, haciendo el aseo y preparando la cena. Pero algo dentro de ella se sentía inquieto. Esa noche casi no durmió y al amanecer, en un sábado nublado y húmedo, comenzaría el verdadero problema. La mañana siguiente Amaneció fría y húmeda.

33:59 El cielo estaba cubierto y el aire calaba hasta los huesos. Aún así, Alicia siguió con la rutina de siempre, preparó el desayuno para sus hijos, limpiaron sus cuartos y recogieron sus cosas. Después de un rato, le pidió a Nicolás que llevara unas flores al Panteón donde estaban enterrados sus bisabuelos. El muchacho aceptó sin quejarse. Caminó entre las calles polvosas del pueblo, cruzó la avenida principal y subió la pequeña pendiente que llevaba al cementerio. Colocó las flores sobre la tumba, limpió un poco la lápida y se quedó unos minutos en silencio, como su mamá le había enseñado el trayecto de regreso.

34:50 Era un camino estrecho que cruzaba un pequeño arroyo por medio de un puente viejo de madera. Apenas sostenido por unos barandales carcomidos, fue ahí donde ocurrió algo que cambiaría la vida de todos. Justo en medio del puente estaba don Laureano, el anciano de los lentes oscuros. Su cuerpo ocupaba casi todo el paso y apenas dejaba espacio para cruzar. Nicolás intento pasar por atrás de él para no molestarlo, pero sin querer lo rozó con el hombro. El viejo reaccionó de inmediato. Levantó el bastón con fuerza y le dio un golpe seco en la mejilla.

35:34 Nicolás cayó de rodillas, aturdido y con lágrimas de dolor. Cuando levantó la mirada, vió como el anciano alzaba de nuevo el bastón para golpearlo otra vez. Esta vez falló El Niño sin pensarlo, sujeto la vara para evitar otro golpe en medio del susto. Le dio una patada al hombre en la pierna. Don Laureano perdió el equilibrio y tropezó hacia atrás. Nicolás empujó instintivamente para apartarlo, pero el anciano chocó contra la baranda vieja que se dio por completo. El cuerpo del hombre cayó al arroyo con un golpe húmedo.

36:15 Quedó boca abajo, inmóvil, flotando entre las piedras y las hojas. Nicolás horrorizado. Salió corriendo sin mirar atrás. Del otro lado del puente estaba doña Berenice, la esposa del anciano. Había visto al niño correr y cuando se acercó al puente descubrió la baranda rota. Después vio el cuerpo de su marido en el agua. Sus gritos alertaron a los vecinos, que corrieron para sacar al hombre del arroyo. Ya no tenía vida. Berenice, fuera de sí, fue directo a la Casa de Alicia. Tocó la puerta a golpes y empezó a gritar que El Niño había matado a su esposo.

36:58 Alicia salió Desconcertada y la discusión se volvió intensa hasta que Nicolás apareció en el. La anciana lo vio y, llena de odio, le escupió directamente en los ojos. Luego murmuró unas palabras extrañas y lo señaló como si estuviera marcándolo. Alicia Reacciono Empujándola. Hacia fuera de la casa, cerró la puerta con fuerza y abrazó Asus hijos tratando de calmarlos. Después interrogó a Nicolás y él le contó todo lo que había pasado. La madre decidió que al día siguiente no saldrían de la casa.

37:40 Ese día pasó lento pero tranquilo. Los hermanos hablaron por horas en su cuarto tratando de entender por qué esa señora los odiaba tanto. Al caer la noche se acostaron, pero Nicolás no pudo dormir. Tenía pesadillas constantes y un dolor extraño en los ojos, como si algo le ardiera por dentro. Al amanecer, Alicia tomó una decisión, tenía miedo de que la gente del pueblo señalara a su hijo como un asesino. Por eso les dijo que irían al entierro de don Laureano y que Nicolás debía disculparse.

38:22 En cuanto llegaron al funeral, El Niño se acercó a Berenice para pedir perdón. Ella lo escuchó con atención. Se veía tranquila, demasiado tranquila, casi sonriente. Le dijo que no debía preocuparse, que ella había actuado mal aquel día. Pero mi abuela siempre decía que cuando alguien calla, sonríe y se muestra amable. De repente eso es una mala señal. En el velorio, Nicolás se acercó de nuevo a doña Berenice para disculparse por todo lo ocurrido. La anciana lo escuchó sin mostrar rencor y le dijo que la acompañara a despedirse de don Laureano.

39:06 Alicia no se dio cuenta de ese momento. La mujer aprovechó para llevar al niño hacia la sala donde el cuerpo estaba velado, sin que nadie los viera. Bereniz tomó la cabeza del muchacho con una fuerza que no se esperaba de una mujer de su edad. Lo obligó a inclinarse hacia el rostro del difunto. El anciano tenía la boca entreabierta. La mujer murmuró palabras que El Niño no entendió. En ese instante, un humo gris, Delgado y pesado salió desde la boca del muerto y entró directo a la de Nicolás.

39:46 La expresión de bereniz se cambió. Tenía una sonrisa cargada de maldad. Salieron rápido de la sala. Nicolás no decía una palabra, caminaba lento, mirando al suelo, como si algo se hubiera apagado dentro de él. Marina lo vio así y lo llevó de inmediato con su mamá. Alicia pensó que El Niño estaba nervioso y triste por el funeral. No imaginó lo que realmente había pasado esa noche. Todo pareció normal. Pero al amanecer, algo inquietante ocurrió. Nicolás no se levantaba, Alicia fue a su cuarto y vio a marina acariciando el rostro de su hermano. La niña le dijo que Nicolás no había dormido bien, que lloró toda la noche y que no quería comer. También le dijo que su hermano no veía nada y que no respondía. Cuando ella le hablaba, tenía los ojos irritados. Y una mirada perdida.

40:50 Marina mencionó entonces que la anciana había llevado a Nicolás al cuerpo del difunto. Durante el velorio, Alicia lo escuchó sin darle demasiada importancia, pero la preocupación ya la estaba consumiendo. Minutos después salió de la casa para pedir ayuda. Se encontró con doña Carmen, una anciana que vivía cerca y que trabajaba en su huerto desde temprano. Alicia le contó lo sucedido. La mujer dejó de cortar hierbas y la miró con una seriedad profunda. Le dijo que brenis tenía fama de meterse con cosas malas, que muchos años atrás ya la señalaban de hacer mal de ojo y que nadie le creyó. Cuando lo advirtió, contó que su propio nieto había muerto por una maldición que, según ella, esa mujer le había echado. También le explicó algo que Alicia jamás habría imaginado. Dijo que lo que Nicolás había absorbido frente al muerto era el aire del sepultado, una energía que algunas personas usaban para hacer daño.

42:01 Para quitarle eso al niño, debía llevarlo al panteón viejo del Cerro y Acostarlo sobre una de las tumbas antiguas. Allí debía dejarlo dormir unos minutos para que. La tumba le quitara el mal. Luego, al regresar, tenían que cruzar el puente y arrojar la ropa del niño al agua para cortar cualquier rastro de la maldición. Cuando terminara todo debía dejar al niño en casa y volver con ella para preparar un contra hechizo. Esa noche, ya casi oscureciendo, Alicia tomó a Nicolás en brazos y lo llevó al panteón. El lugar estaba silencioso.

42:43 Apenas iluminado por el brillo apagado de la Luna, buscó una de las tumbas más viejas cubiertas de musgo y Tierra Seca y acostó al niño. Ahí permaneció a su lado durante un largo rato. Con el paso de los minutos, Nicolás comenzó a parpadear. Después movió los ojos hacia la luz. Poco a poco recuperó la visión. Al salir del Panteón, Alicia y Marina cruzaron el puente. Ahí dejaron caer la ropa del niño al arroyo. Tal como les habían dicho, la corriente arrastró las prendas hasta perderse entre las piedras.

43:24 Cuando llegaron a casa, Alicia dejó a Nicolás descansando. El cambio en él era evidente, ya no lloraba y parecía más tranquilo. Después fue directamente con doña Carmen. Entre las 2 realizaron un trabajo para devolver el mal de ojo a su origen. La anciana rezó, arrojó hierbas al fuego y preparó un sahumerio pesado que impregnó toda la casa de un olor fuerte y terroso. Días después, la verdad salió a la luz. Berenice comenzó a comportarse de manera extraña, hablando sola por las calles y delirando frente a los vecinos.

44:09 Finalmente, frente a varias personas, confesó que había hecho daño durante años, utilizando brujerías contra quienes le molestaban. Dijo que su esposo había sido su cómplice por mucho tiempo. Esa misma tarde, consumida por el delirio y la culpa, berenice se arrojó al río desde el mismo puente donde laureano había muerto después de eso. Alicia y sus hijos pudieron seguir su vida en paz. Nicolás nunca volvió a hablar del humo gris y el pueblo dejó de acercarse a las tumbas más antiguas del panteón.

44:49 Mi abuela decía que algunas cosas deben respetarse porque hay muertos que todavía respiran. No sé en qué momento empecé a sentir que algo no andaba bien conmigo. Al principio pensé que era puro cansancio de ese que se acumula cuando uno anda resolviendo cosas todo el día. Pero después de aquella visita que hice al Rancho Viejo de mi tía clara, todo comenzó a descomponerse. Despacio, como cuando una fruta se pudre por dentro sin que se note por fuera.

45:44 Esa tarde regresé a mi casa con una sensación que no supe explicar. Traía un cosquilleo leve en los brazos, algo que no dolía, pero no era normal. Me bañé, cené cualquier cosa y me tiré en la cama pensando que sólo era el calor del día. Pero esa noche desperté porque sentía algo arrastrándose por debajo de la piel. Fue rápido, como si una lombriz me cruzara el antebrazo. Encendí la luz y no vi nada, pero el ardor siguió horas enteras. Los siguientes días aparecieron moretones raros, redondos, casi perfectos, como si alguien me hubiera puesto monedas calientes en la piel.

46:31 Me revisé en el espejo y vi que uno de ellos tenía algo que parecía una figura, como un pequeño símbolo en forma de espiral. Me quedé mirándolo un buen rato. Una espiral muy delgadita, marcada en rojo, como si me hubieran quemado. Ahí fue cuando todo se fue al carajo. Comencé a escuchar un zumbido a dentro de la cabeza. No era un sonido exterior, sino algo que vibraba dentro, como si me hablaran sin palabras, una especie de presión en el oído, un pitido seco, repetitivo y junto con eso, una sensación de que.

47:12 Alguien me observaba desde las esquinas de mi propia casa. No veía sombras ni figuras claras, pero sentía los ojos encima de mí. Cada vez que apagaba la luz, el sueño se volvió un problema. Por más cansado que estuviera, no lograba dormir profundo. Cerraba los ojos y veía paredes húmedas, Tierra removida, uñas enterrándose en el barro. No sabía si eran sueños o recuerdos ajenos, pero despertaba con la respiración agitada y un sabor metálico en la boca. El símbolo en mi brazo comenzó a cambiar. Ya no era una espiral.

47:55 Ahora tenía una especie de ramificaciones que se extendían como raíces. La piel se veía erosionada, seca, como si estuviera desapareciendo poco a poco. Cada mañana era más grande. Una tarde, mientras me lavaba la cara, escuché un golpe seco en la puerta principal. No eran golpes fuertes, sino 3 toques lentos, pausados, como si quien fuera supiera que yo estaba del otro lado conteniendo la respiración. Me quedé inmóvil. Con las manos mojadas. No me atreví a mover un solo músculo. Los golpes se repitieron idénticos, sin prisa y luego nada.

48:40 Silencio absoluto. Después de eso, algo empezó a seguirme en los reflejos. Primero lo vi en la ventana de la cocina, una figura flaca, muy flaca, parada detrás de mí. Pensé que era mi sombra deformada, pero no coincidía con mis movimientos. Cuando giré no había nadie, pero el vidrio seguía empañado, como si alguien hubiera respirado cerca. Luego lo vi en el cuarto. En el espejo del closet, una mujer, o mejor dicho, algo con forma de mujer, no tenía rostro, solo piel estirada y manchas oscuras alrededor donde se supone que iban los ojos.

49:25 Se movía despacio, como si flotara, y siempre aparecía justo detrás de mí, lo suficientemente cerca para hacerme sentir el aire frío en la nuca. Las noches se volvieron insoportables. A veces me despertaba con el cuerpo paralizado y el símbolo en el brazo ardiendo, como si me lo estuvieran marcando otra vez. Sentía unas manos ásperas, sujetándome los tobillos, jalándome hacia los pies de la cama. No podía gritar ni moverme. Solo escuchaba un murmullo seco como hojas secas, frotándose unas con otras.

50:05 Un día amanecí con Tierra en las uñas. Mucha Tierra. Compacta, como si hubiera estado escarbando mis manos temblaban el color de la Tierra era oscuro, casi negro, y cuando la Oli tenía ese olor que uno solo encuentra cerca de tumbas viejas, ya no podía fingir que no estaba pasando nada. Lo último fue hace 3 noches. Me desperté porque sentí que alguien se sentaba al borde de mi cama. El colchón se hundió. Real, pesado. El aire se volvió helado y ahí, en medio de la oscuridad, escuché una respiración que no era mía, lenta, profunda. Justo en mi oído, el símbolo en mi brazo brilló como una quemadura fresca.

50:56 No tengo idea de que me hicieron en ese rancho ni quién lo hizo. Sólo sé que desde entonces no estoy solo. Algo viene conmigo desde aquel día. Algo que no he podido ver de frente, pero que cada noche se acerca un poco más. Yo ya no me reconozco en el espejo y creo que ella tampoco me reconoce como vivo. Porque anoche, mientras intentaba dormir, sentí una mano fría, tomarme del hombro y esta vez no desapareció cuando encendí la luz, querida comunidad. Espero que esta entrega les haya gustado.

51:38 Es un honor para mí pasar un buen rato con ustedes. Muchas gracias por abrirme la puerta de su hogar. Por favor, no olviden dejarme sus comentarios. Esto nos ayuda a seguir trayendo mejor contenido. Me encanta leer sus experiencias y conocernos un poco más. Si el video les gustó, por favor, no duden en compartirlo con sus amigos. Esto nos ayuda a llegar a más personas y que la Comunidad siga creciendo. Un abrazo muy fuerte. Nos vemos en una próxima entrega. Esto fue inframundos relatos.